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La brujita de la calle Elm - Mildred Clingerman

Nina causó un impacto tremendo en nuestro barrio. Por supuesto, estábamos advertidos; pero durante los dos días primeros nos parecía imposible que una niña tan hermosa pudiera manifestarse como siete clases de infierno sin atenuaciones. 

La conocí por primera vez un día de finales de la primavera. Yo estaba de visita en casa de mistress Pritchett, que está al lado de la mía. Había cometido el error de decirle a mistress Pritchett que parecía como si siempre hubiera de andar rezagada en las tareas domésticas. Ella insistió en que fuera a verla, para observar cómo se organizaba la jornada. 

Nunca he sabido resistirme a las demostraciones de los expertos. Todos los años, en la feria del condado, compro pequeños ayudantes de cocina que parecen muy fáciles de manejar. Sin embargo, puestos en mis manos, se convierten en Misterios Espantosos.

Me pasé dos horas viendo cómo mistress Pritchett ordenaba rincones y alisaba superficies arrugadas, y en todas las habitaciones borraba toda posible huella de que hubiera pasado nadie por allí. ¡Pobre marido de mistress Pritchett!, pensaba yo. 

En la calle Elm, a la vivienda de mistress Pritchett la llamaban «el reproche viviente»... dirigido a las demás mujeres de la vecindad. Ni míster Pritchett, ni su hijo tenían derecho a obstaculizar la marcha continua y suave de las tareas de la jornada del ama de casa. 

Los días de mistress Pritchett eran todos, sin excepción, una serie de chasquidos y un ronroneo de motor continuo, apareciendo sucesivamente bonitos compartimientos cuadrados, con sus correspondientes rótulos: «limpieza», «cocina», «niño», «compras». 

En la habitación del pequeño la vi inclinarse sobre el cochecillo y embutir otro centímetro y medio de manta en el costado de mano derecha. Maniobra que centraba el nudo de adorno de cinta azul bajo el mentón del Señorito Pritchett.

Por su parte, el Señorito Pritchett permanecía inerte, salvo por el lento abrirse y cerrarse de los párpados. Al cabo de siete meses y medio de una existencia ordenada y perfecta, el pequeño Pritchett había adquirido el aire y el porte exactos de un magistrado del Tribunal Supremo. Mistress Pritchett empujó el cochecillo hasta el soleado porche y abandonó al niño a su judicial contemplación de un mundo que quizá entablara, o no entablara, pleito.

Yo recordé de qué modo mis propios hijos, a su edad, solían llorar para llamar la atención. De todas formas, pensé, no se parecían nada a salchichas gordas. De regreso a la sala de estar, mistress Pritchett levantó los turgentes cojines del sofá e inspeccionó de cerca las grietas de los brazos del mismo. 

Y me explicó que una vez —hacía un par de años— encontró un hueso de naranja enterrado allí... prueba acusadora —colegí— de que en las breves ausencias de la esposa, a míster Pritchett seguía atormentándole su pecado más característico. La noticia me alegró. El hombre seguía comiendo naranjas en la sala de estar, explicó ella, pero ya no apilaba las cortezas en los ceniceros. No podía. Mistress Pritchett le había hecho renunciar al tabaco y había retirado los ceniceros. ¡Pobre míster Pritchett!

Hasta las demostraciones de los expertos acaban fastidiando, especialmente si van acompañadas de unas conferencias en miniatura, calculadas para inculcarme la Doctrina Pritchett de las Labores Domésticas, que yo sabía muy bien me sería siempre tan ajena como los ritos druídicos y tenía, poco más o menos, las mismas probabilidades de que la pusiera en práctica. Me disponía a marchar cuando sonó el timbre de la puerta.

Dos figuras se plantaron ante nosotras. Una era una chica delgada, con gafas, de unos doce años de edad, cuyo pelo se salía de unas trenzas mal hechas para colgar como una cortina sobre la elevada frente. Su mano sujetaba con fuerza una correa de cuero a la que estaba atada una beldad de cuatro años, un auténtico budín con hoyuelos en las mejillas y con un vestido azul sin mangas. 

El budín tenía una sonrisa encantadora. Aquí está, me dije, la perfección. Sencillamente, a una se le pasaba por alto que la pequeñuela llevaba los codos vendados —y también ambas rodillas— y que en una redonda mejilla ostentaba, como un cachete, una magulladura de color amarillo y verde.

La niña mayor se apartó de la cara, soplando, un mechón de cabello que le molestaba y se enrolló una vuelta más de tira de cuero alrededor del brazo.

—Esta —dijo, señalando a la Visión— es Nina. Acabamos de instalarnos en aquella casa nueva de la manzana vecina y yo visito a todos los vecinos para avisarles... Es más que justo. Especialmente a los que tienen niños.

Haciendo una pausa, apartó la mirada de mistress Pritchett y la fijó en su sala de estar.

—¿Le sabría mal que entrase? La verdad es que ahora no hay ningún peligro. Como ven, la correa es nueva, y en todo caso Nina me tiene una consideración especial. Me la ha tenido siempre. ¿No es una suerte? Pero, por supuesto —dijo—, no puedo estar con ella continuamente. Tengo el colegio, y lo demás... Por esto quería explicarles algo. ¿Me lo permiten? Gracias; agradeceremos que nos dejen entrar.

Mistress Pritchett y yo retrocedimos ante este resuelto ataque. Yo volví a sentarme. La mañana empezaba a tomar un aire divertido.

—¡Qué habitación tan pulcra! —exclamó la niña—. ¿Toda la casa la tiene así? Usted debe de sufrir una compulsión, o algo parecido. Sé todo lo relativo al subconsciente animal, comprenda. Mi hermano, el padre de ésta —y sacudió la correa indicando a Nina—, es profesor de la Universidad. Ah, de paso, me llamo Garnet Bayard. Y tendió una manecita un tanto sucia primero a mistress Pritchett y luego a mí. El apretón fue rápido y para abajo, al estilo de los franceses. Se sentó con mucha compostura en la mejor silla, y la radiante Nina se apoyó en sus huesudas rodillas.

—Ocurre lo siguiente —dijo luego, inclinándose con aire confidencial hacia nosotras—. Nina expresa su agresividad fácil y espontáneamente, sin que le importen las consecuencias dolorosas que ello pueda acarrearle. De ahí los vendajes. Naturalmente, tampoco le importa lo dolorosas que puedan ser las consecuencias para sus víctimas. Ellos, me refiero a sus padres y al psiquiatra, creen que se trata simplemente de una fase pasajera, y que tienen el deber de proporcionarle «objetos inanimados» en los que desahogar su agresividad. 

A mí, personalmente, esta fase ya me empieza a cargar. Estoy con mi hermano y su esposa desde que nació Nina, y, francamente, siempre ha sido así. Lamento infinito el expresarme como una reaccionaria; pero hasta que la psiquiatría tenga algo más de ciencia... Garnet enarcó las cejas y levantó los hombros—, da lo mismo que uno eche mano de la brujería. La verdad es que el estudio de la brujería me resulta fascinante. Mi hermano tiene una preciosa colección de libros antiguos sobre este tema...

Pero mistress Pritchett, que abría y cerraba la boca hacía rato sin que lograse emitir ningún sonido, encontró por fin la voz.

—No lo entiendo. ¿De qué has venido a... advertirnos?

Garnet la miró sorprendida.

—Pues, he venido a advertirles respecto a Nina. Muerde. Da puntapiés. Pellizca a los niños de pecho. Dirige su triciclo contra las posaderas de las encantadoras damitas ancianas, y siempre hace blanco. Es un infierno sobre ruedas. —Garnet se volvió para sonreírme—. Me gusta hacer juegos de palabras. Opino que hasta los chistes malos son deliciosos. ¿Usted no?

Mistress Pritchett tartamudeaba.

—¿Quieres..., quieres decir que ataca a la gente sin que la provoquen? ¿En qué piensan sus padres? ¿No pueden dominarla nada en absoluto?

—Me tienen a mí —dijo Garnet—, y la correa. En cuanto a lo que piensan, ¿acaso se sabe nunca? De cualquier persona, quiero decir. Pamela, la madre de Nina, en estos momentos está tendida, leyendo a Proust. Una se figuraría que el leer a Proust debería inducirla a rondar por ahí estremecida por antiguas impresiones medio olvidadas y un tanto puercas. Pero el efecto que realmente produce en Pamela consiste en hacerla dormir. El movimiento la cansa, y la vista de tantas y tantas cajas y barriles sin desembalar la empujan hacia Proust, simplemente. Hoy tiene un día de ésos.

Yo vi que mistress Pritchett había llegado a la fase de estrujamiento de manos.

—Pero... ¿qué quieren que nosotros, los vecinos, hagamos para solucionarlo?

—Para solucionar, ¿qué? ¿El caso de Nina? Nada, excepto tener la puerta del jardín cerrada a cal y canto. Y cuando salgan a pie, miren atrás con frecuencia. Sabe acercarse a su presa con un sigilo pasmoso.

Era, casi, la hora del almuerzo. Tuve que marcharme a la carrera, a pesar de lo mal que me sabía; pero me fui recreándome con el cuadro que brindaba la cara de mistress Pritchett mientras escuchaba a Garnet con horrorizada fascinación. Sus ojos, pensaba yo, tenían la misma expresión que si, de pronto, se hallaran contemplando unos panoramas exóticos, extravagantes. Y decidí que la primavera se presentaba más agradable aún que de costumbre. 

Por supuesto, después de la llegada de Nina y Garnet, el barrio ya no resultó nunca más soso y aburrido; pero no había demasiados motivos para una justa indignación. Cierto, nosotras, las mujeres, siempre reaccionábamos cuando se mencionaba a los Pritchett. Unas chasqueábamos la lengua, otras sonreíamos, y todas formábamos coro para murmurar:

—¡Pobre míster Pritchett...!

Viviendo como vivía yo en la casa de al lado, veía bastantes más cosas que la mayoría. Por ejemplo, como todas las mañanas mistress Pritchett barría la acera, delante de la casa, apenas había salido míster Pritchett, como si hubiera decidido borrar sus indecisas pisadas. Yo la oía cuando le soltaba severas conferencias —y no en miniatura precisamente— y, sin embargo, jamás oí, ni una sola vez, que míster Pritchett replicase.

En las reuniones de sociedad había escuchado yo muchas especulaciones picarescas acerca de cómo fabricaron al Señorito Pritchett. Durante los seis o siete primeros años de matrimonio no habían tenido hijos, y cuando mistress Pritchett empezó a salir con pulcros vestidos oscuros de futura mamá, algunas parejas, de las más alegres, sostenían que estaba a punto de alumbrar al Hombre Nuevo, una criatura similar a un robot, más o menos parecida a un experto en eficiencia, aunque restándole las cuerdas vocales.

Me temo que todos sufrimos una desilusión al ver que el bebé no había trastornado la rígida rutina de aquella casa. Algunas mujeres habían osado decir:

—¡Sí, pero esperad a que empiece a andar o a probar de comer solo! —Por mi parte, no tenía tales esperanzas. Estaba seguro de que mistress Pritchett era una contrincante de talla más que sobrada para su hijo. Yo había observado la lenta metamorfosis de míster Pritchett, quien no había sido siempre objeto de la compasión medio desdeñosa de sus vecinos. 

Años atrás nos habíamos intercambiado libros, y algunas veces hasta unas pocas palabras, al atardecer, parados en su impoluto trozo de césped, contemplando ávidamente nuestro patio sembrado de juguetes, de niños que se revolcaban y de gatos y perros. En tales ocasiones hablábamos de cerveza, de palomas y de la afición a la pintura al óleo. A él le gustaban en extremos estas tres cosas; pero mistres Pritchett las desterraba como «fuente de desorden». 

A veces aquel hombre decía cosas hermosísimas, inesperadas, como por ejemplo el atardecer aquel en que le expliqué mis fatigas por medir con exactitud nuestras ventanas para proveerme de cortinas nuevas. Le dije que lo había probado cuatro veces y que cada vez me salía un número de pulgadas exasperantemente distinto de los anteriores.

—Sí —comentó él con una sonrisa afectuosa—, las cintas métricas tienen una cosa rara. Yo creo que nos odian y que a veces no pueden resistir la tentación de burlarse de nosotros... porque somos bastante estúpidos para imaginar que podemos domesticar, aunque no sea más que un corto pedacito de espacio, o encerrarlo dentro de unas vallas.

Yo entré en casa y contemplé la cinta métrica con unos ojos nuevos. Las palabras de míster Pritchett sólo sirvieron para reafirmar mi propia convicción de que el mundo era un lugar espantoso y sorprendente, en el que podía producirse el hecho más inesperado, y de que lo mejor que yo podía hacer era mantenerme bastante adaptable para gozar de él.

Yo albergaba el nada caritativo deseo de que el primer ataque de Nina se dirigiera contra mistress P., pero el asalto inicial, se dirigió, por desgracia, contra mis dos hijos. Mientras los vendaba y tranquilizaba, el relato emergió entre sollozos. Nina los había atropellado con su triciclo mientras ellos estaban arrodillados y distraídos jugando a las canicas. De todos modos, me di cuenta de que la herida más grave la habían sufrido en su amor propio. Parecía inimaginable que una niña de cuatro años osara atacar a muchachos de ocho y diez. 

Y, por el diablo, que ya nunca volvería a sorprenderlos de aquella manera. Los sollozos terminaron cuando los dos muchachos se pusieron a explicarse detalladamente el uno al otro cómo le darían una lección. Aquí tuve que intervenir para separarlos antes de que se olvidaran de que aquello era una mera demostración y para indicarles hasta qué punto llegaría mi repulsa si se rebajaban a pelear con una niña de cuatro años.

—Pues, ¿qué haremos? —gimieron—. ¿Quieres que nos tendamos en el suelo y dejemos que pase y repase por encima de nosotros con aquel viejo triciclo que tiene? ¿Quieres que nos haga añicos?

Yo recordé las palabras de Garnet:

—Mirad atrás continuamente. Si la veis venir, apartaos. ¡Corred!

Este consejo no me valió sino miradas rebeldes; pero a las dos semanas se había convertido en la norma de actuación general de todos los niños de la vecindad y asimismo de la mayoría de adultos. Los que no utilizaban tácticas evasivas, pronto aprendieron a corregirse. 

Nina mordió al cartero en el pulgar, colgándose de él como un «terrier». Nina le dio un cabezazo en la barriga al obeso míster Simpson. En dos ocasiones. Nina dispersaba todo grupo de niños que viera, pedaleando furiosamente y lanzándose en medio de ellos. Yo me habitué a escuchar alaridos de terror y pies que herían el suelo. 

Sabía entonces que Nina había aparecido en la manzana. Pero en medio de tanta conmoción y tanta sangre, Nina conservaba aquella sonrisa subyugadora. Las madres empezamos a pensar con afán en el verano, cuando terminarían las clases y Garnet podría entrar plenamente en funciones.

Todas estábamos de acuerdo en que Nina sufría tanto daño como cualquiera. Más, en realidad. Pocas veces la veía que no anduviera con algo vendado. No hablaba mucho, ni siquiera cuando se hallaba bajo el cuidado de Garnet, y, por supuesto, nadie se paraba a conversar con ella en caso contrario. No nos decidíamos a visitar a sus padres, pues los primeros que lo intentaron quedaron un tanto defraudados por la acogida que les dispensaron los Bayard. 

Según me dijeron, la madre de Nina era una mujer lánguida que vivía en un cenagal de libros y polvo, y que, cuando le hablaban de los delitos de su hija, o se ponía como una fiera o soltaba una alegre carcajada. La risa del profesor Bayard con motivo de Nina era más bien superficial, y alguien se fijó en que tenía varios cardenales en las espinillas. 

He ahí una de las cosas que desazonaban a los visitantes: en casa, el profesor no llevaba más que unos pantalones cortos, y a un par de damas, de las más viejas, les disgustaba la vista de su desnudo pecho, angostito, puntiagudo. Y tenía una conversación, decían, como no habían oído nunca otra semejante. Muy erudita; pero al mismo tiempo plagada de palabrotas anglosajonas malsonantes. A mí se me antojaba que los Bayard habían de ser una gente divertida; pero por el momento estaba demasiado ocupada para buscar su compañía.

Por lo demás, Garnet buscaba la mía con bastante frecuencia para tenerme informada de la vida y milagros de los Bayard, aunque generalmente, y con gran contento por mi parte su conversación discurría por derroteros más lejanos. Nina no representaba amenaza alguna cuando la traía Garnet. 

Se sentaba a jugar con los juguetes, ya grandes, de los muchachos y los libros ilustrados, siendo ella misma una hermosa ilustración. Me tenía hechizada. De todos modos, Garnet me hizo observar que hasta los toros mecánicos se quedan alguna vez sin carburante. La conversación de Garnet obraba en mí el mismo efecto que había obrado en otro tiempo la de míster Pritchett. 

Yo reconocía que aquella chiquilla era un genio y que quizá un día asombrara al mundo con su originalidad y su fuego. Pero entonces, a sus doce años, se contentaba asombrándome a mí. Su rápida mente captaba, clasificaba, desechaba; su lengua pronunciaba perfectamente palabras nuevas recién aprendidas, acuñando en forma impecable sus pensamientos más nuevos. 

A mí me gustaba porque era una niña que sentía interés por todo: personas, gatos, pasteles, estrellas, o la manera de fregar un suelo. En este preciso momento me daba cuenta de que Garnet había nacido para poetisa. Hubo ocasión, sin embargo, en que la vi como a un magistrado de la ley, o como a una simple bruja.

Esto último empezó el día que Garnet vino corriendo a decirme que, estudiando la hechicería, había descubierto una posible cura para Nina.

—Estoy convencida —me dijo—, de que —utilizando una terminología anticuada— tiene un demonio en el cuerpo. ¿Por qué no? El psiquiatra, con las muñequitas y los muebles de juguete que le da, ¿no pretende esto precisamente, inducir al demonio a que se salga de su cuerpo? Le da esas cosas para que ella se construya un mundo en miniatura y luego reaccione ante dicho mundo, mientras él la observa. 

Y ella reacciona, ya lo creo que sí. Aplasta. Rompe. Pero ¿por qué? Por todo lo que ese hombre ha aprendido, habría podido muy bien salir a este mundo real y observarla aquí. ¿Sabe a cuánto asciende nuestra cuenta de vendas, solamente? Si no hacemos algo, y muy pronto, se matará. —Garnet se tiraba del cabello, excitada—. Vaya, ahora cualquier día atacará incluso a la gente que viaja en automóvil.

»Tengo que volverme. He dejado a Pamela ocupada en la eterna tarea de vendarla. La semana pasada Pamela y yo llegamos a la conclusión de que a Nina le encanta que la venden... Acababa de interceptar a un hombre que iba en bicicleta y, al parecer, luego se ha creído con derecho a un vendaje mayúsculo, aunque en realidad sólo necesitaba un trocito de esparadrapo. ¡Y cómo chillaba! 

De modo que estamos realizando un experimento: la envolvemos en vendas como una momia varias veces al día. Yo no tengo mucha fe en ello, y Nina no se cansa de protestar diciendo que no hay nada "rojo". ¿Tendría usted una botella de esa salsa con setas, tomate o nueces que llaman catsup? Nosotros nunca tenemos. Pamela opina que a las personas que consumen catsup habría que arrojarlas a las tinieblas exteriores; pero a mí me gusta...

Encontré una botella de catsup y se la entregué humildemente a Garnet.

—Deseo que estés sobre la pista del mal de Nina —dije—. Esa idea del vendaje me parece acertada. Quizá se haga daño para que su madre esté ocupada con ella.

Garnet movió la cabeza con aire impaciente.

—Una explicación demasiado sencilla —objetó—. Además, prefectamente anodina. A propósito, necesito unas cuantas..., hummm... hierbas. Para el hechizo, ya sabe; el exorcismo. Llevo ya dos días reuniendo cosas. ¡Vaya montón he formado! ¿Tiene usted romero? Bien. Yo me encargaré de las semillas de adormidera. A Pamela no le he dicho nada de eso de la hechicería. A mi hermano no le preocuparía, lo sé. Se pondría a reír. Pero en ocasiones Pam es capaz de portarse como una madre muy primitiva con respecto a Nina. Esta noche asisten a una fiesta de la Facultad, de manera que en cuanto les haya dicho «adiós» con la mano, montaré el escenario y realizaré la tarea.

Me sentí alarmada.

—¡Garnet! ¿Estás segura de no causarle ningún daño? ¿Verdad que no le harás tomar a Nina mezclas ni pociones raras?

—Claro que no. Me limitaré a sentarla en medio de una estrella de cinco puntas que habré trazado con tiza en el suelo y luego pondré en obra mi abracadabra. En realidad combino tres hechizos diferentes, escogiendo los rasgos mejores de cada uno. —Se volvió para salir, y luego titubeó—. El caso es que..., ¿verdad que probablemente usted no se hallará en las proximidades de nuestra casa esta noche? Se me ha ocurrido que el demonio de Nina podría ir a la caza de otro huésped. El libro no dice nada a este respecto. Sólo para evitar todo peligro, ¿por qué no tiene a toda su familia encerrada en casa entre las siete y las siete y media de la tarde?

Le prometí tenerla, y Garnet se marchó.

Aquella tarde, mientras se acercaba la media hora de la hechicería, yo me sentía un poco nerviosa. Creo que casi esperaba oír el ruido de una tremenda explosión seguido de una nube en forma de hongo.

Hasta un poco después de las ocho no recibí la primera indicación de que el demonio de Nina quizá hubiera encontrado posada nueva, aunque ni Garnet ni yo podremos saberlo nunca con certeza absoluta.

Garnet me telefoneó inmediatamente después de la «ceremonia».

—Por supuesto, el hechizo ha obrado efecto. Nina estaba sentada allí, tranquilamente, probando de aplastarse los dedos con el martillo de goma, sonriendo como un ángel. Yo corría a su alrededor casi como una loca, ya sabe, quemando incienso, agitando las manos, arrojando aquí y allá bolsitas de hierbas, cuando de pronto las cortinas de la ventana grande han caído con estrépito espantoso. 

Nina se ha puesto a chillar como una maníaca. Yo misma me he sentido un poco trastornada; pero todas las luces estaban encendidas, y todavía había de ultimar unos cuantos detalles. Nina ha continuado soltando unos alaridos penetrantes y golpeando furiosamente el suelo con los pies... Era un redoble perfectamente diabólico. 

En el preciso momento que yo terminaba la conjura, alguien ha llamado a la puerta. Al abrir, míster Pritchett ha entrado como una exhalación y ha cogido a Nina antes de que yo pudiera explicarle nada. El hombre pasaba por allí, sabe usted, ha oído los gritos y ha temido que Nina se hubiera lastimado una vez más.

»El hombre ha tenido que verme, forzosamente, a través de la ventana, y me figuro que habrá pensado que yo me dejaba llevar por el pánico, o algo así. Pero, escuche... el caso es que Nina ha dejado de llorar inmediatamente y que le ha abrazado, en lugar de darle puntapiés... y, bueno, míster Pritchett tenía la respiración alterada y estaba muy pálido, de modo que yo le he ofrecido una copa de la ginebra de Pam... ¡Y él la ha aceptado! Y no termina aquí la cosa; cuando ha salido, hace unos momentos nada más, iba murmurando algo sobre cerveza, palomas ¡y el derecho que tiene todo hombre a expresarse! ¡Vaya, nada menos! ¿Qué opina usted?

Cuando colgué, pensaba: «¡Pobre míster Pritchett; una copita de ginebra ha dado rienda suelta a todos esos amorcillos sofocados!» Me invadió una tristeza tan grande que dejé la cálida paz de nuestra sala de estar, en la que tanto estábamos realmente, y salí a contemplar las estrellas. 

Al cabo de un rato me convencí de que estaba escuchando a míster Pritchett, que cantaba una picaresca canción de taberna, y me quedé atónita al verle plantado en el umbral de la puerta de su cocina, arrojando botes de cerveza vacíos a las tinieblas. Detrás de él, veía a mistress Pritchett, estrechándose el pecho con sus propios brazos, abierta la boca, pero sin poder pronunciar palabra.

Por supuesto, la calle Elm no resulta, en la actualidad, demasiado aburrida. Pero ya no queda demasiado campo para una justiciera indignación. Algunas chasqueamos la lengua cuando se menciona al travieso pequeño de los Pritchett, y algunas nos sonreímos. Y me dicen que hay personas que se quejan de las palomas de míster Pritchett y las consideran un maldito estorbo; pero a mí me gusta verles describir grandes arcos sobre el fondo del cielo.

Ayer cuando corrí a ver un momento a la pobre mistress Pritchett, encontré los ceniceros de la sala de estar llenos —como de costumbre— de cortezas de naranja. Además, en el suelo advertí un bote vacío de cerveza semiescondido por el volante del sillón, Y también observé una expresión nueva en los ojos de mistress Pritchett; como si estuviera contemplando un dilatado panorama, lleno de encanto, y hallase que le gustaba bastante.

—Míster Pritchett —me dijo muy ufana—, acaba de ser premiado con un importante ascenso. Y no me sorprende lo más mínimo..., ¡es un hombre tan enérgico!

Lamento tener que decir que los Bayard se han trasladado. La idea de los vendajes debió de obrar su magia en Nina, o quizá el mérito le corresponda al psiquiatra. La gente de por aquí todavía la echa de menos. Al fin y al cabo, el mundo no está tan lleno de belleza como para que uno se resigne fácilmente a separarse de ella, y menos si ésta va acompañada de una dulzura como la que poseía Nina en estos últimos años.

Pero, a quien más añoro es a Garnet. ¡Una muchacha de corazón tan intrépido, tan original y tan absolutamente deliciosa! Aunque hubo un tiempo en que la miraba con un sentimiento pariente del miedo. Pues, ¿quién desea que la justicia retributiva ande suelta por sus cercanías? Y hasta, ¿quién quiere que lo que ande suelto sea una bruja?