INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta hostia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hostia. Mostrar todas las entradas

Luitpold Von Iss - Coraly Pirmez


El prior del convento de S... en Austria volvía a su celda después del oficio de la noche. Cansado de la dura jornada, se sentó antes de echarse a dormir.
Era a mediados de las vacaciones de septiembre.
El religioso había asistido por la mañana a los funerales de un alumno del colegio, que había muerto a los quince años de edad.
Los padres del difunto quisieron que, desde el púlpito, el prior pronunciara una oración fúnebre, según se acostumbraba cuando fallecía un miembro de su casa condal.
El superior no se había negado a ello; pero, se acordaba como si fuera ahora, la preparación del pequeño discurso no le había resultado fácil, pues, por nada en el mundo, el santo varón habría consentido en deformar la verdad.
¿Y qué se podía decir del adolescente? ¿Qué virtudes había practicado?
De una poderosa familia, futuro heredero de altos títulos, poseedor de un mayorazgo, este hijo único había sido adorado por sus padres y adulado por sus numerosos vasallos, sirvientes y criados, siempre a sus órdenes.
El muchacho poseía atractivas cualidades físicas: era guapo, gentil, de modales distinguidos; pero, desgraciadamente, era orgulloso, egoísta, muy ignorante y nada sumiso. Fue precisamente la desobediencia lo que le acarreó, tan joven, la muerte.
Comunicaron al prior que, de vuelta de una expedición de pesca, Luitpold se había resfriado.
Los más célebres doctores de Viena, llamados con toda urgencia, habían tranquilizado a los padres sobre la curación de la enfermedad, pero, no obstante, recomendaron al joven conde no tomar, por unos días, el aire de la noche.
A pesar de los consejos de la docta facultad, el estudiante se escapó a la mañana siguiente, a medianoche, para pasear por el bosque, pues un guarda de caza le había asegurado que el urogallo de las montañas dejaría oír su misterioso canto.
Y realmente el gran urogallo había aparecido, cosa inaudita en septiembre. Luitpold había oído el grito fantástico y vio brillar a la luz de la luna el suntuoso plumaje; pero Luitpold había vuelto temblando al castillo y, ocho días más tarde, se marchaba de este mundo. La crónica de la aldea señorial lo narraba de este modo.
–¡Pobre nuestro joven conde! –gemían los villanos mientras agonizaba–; en su delirio sólo habla de gallos salvajes, corzos, ciervos y ortegas. ¡Oh, destino!, ¡no será él quien vea estos bosques, no será su fusil el que derribará al gran urogallo, el pájaro de la desgracia...!
Antes de pronunciar la oración fúnebre, el prior preguntó por los últimos momentos del difunto.
–¿Había recibido los santos sacramentos?
–¡Ciertamente, reverendo! –había contestado el bailío, administrador de los bienes de la noble casa–. La señora condesa no quiso descuidar este punto de las buenas costumbres.
Pero el ayuda de cámara confesó, muy bajo, que el capellán había sido llamado a la cabecera del moribundo un cuarto de hora antes de su muerte y, si el joven señor recibió la comunión, continuó más bajo todavía, la recibiría durante los últimos minutos que preceden a la eternidad.
–¿Y el muchacho –preguntó el prior– supo al menos que iba a morir?
–No, reverendo padre, la señora condesa no permitió que se lo dijeran. Ella misma dijo al capellán del pueblo, enviado en el último momento, que el señor Luitpold, alumno de la abadía de S..., era muy pío: «bastaría con insinuarle con delicadeza –añadió– que para lograr una pronta recuperación, haría bien en confesarse y comulgar, pues la madre deseaba que tomara parte, pasado mañana, en una cacería a caballo por los llanos del condado». Sobre todo, había insistido varias veces la señora condesa: «¡no os olvidéis de hablarle tal como os he indicado, no fuera que el chico se asustara!».
–¡Vaya, vaya! –suspiró el religioso que escuchaba con atención.
–Para los villanos y el guarda de caza –prosiguió el ayuda de cámara–, la muerte del joven señor es una pérdida.
–¿Y esto por qué? –preguntó el prior, ávido de encontrar un tema para su discurso.
–Pues bien, reverendo, el difunto era muy generoso en sus excursiones de placer: el conde regalaba varios florines para recompensar al guarda que le indicaba un nido de currucas o una nidada de perdigones, y no se olvidaba de gratificar al que le traía o mariposas para su colección, o edelweiss para su herbario, o un ruiseñor para su pajarera. ¡Siempre mi señor remuneraba los pequeños servicios!
El prior aprovechó estas explicaciones obtenidas de una fuente tan verídica.
Durante la oración fúnebre, se extendió ampliamente sobre el pesar de los padres, habló de los magnánimos instintos de la flor de generosidad encerrada en el corazón del hijo que lloraban; esta flor que, bien cultivada, se habría transformado más adelante en bellas obras de caridad.
El superior de la abadía acababa de entrar, como decíamos, en su celda y pensaba en la magnificencia de los funerales del joven conde y también, en menor grado, en la oración fúnebre pronunciada.
«Realmente no ha estado del todo mal –pensó con secreta complacencia–, lo he conseguido. Y no obstante era difícil, con tan pocos argumentos...»; pero, al darse cuenta de estos efluvios de vanidad, el religioso se apresuró a retractarse y suspiró profundamente.
Una vaga tristeza invadía su corazón. Ya la había sentido durante el servicio divino y ahora volvía a apoderarse de él.
De repente, hostigaron su espíritu terribles pensamientos sobre el destino eterno de Luitpold.
«¡Dónde estará su alma! –se preguntaba con angustia el prior–. ¡Oh, Señor, tened piedad, tened piedad de ella!»
Y el abad, abatido por el peso de una inquietud indefinible, olvidándose de su descanso que le era tan necesario, se arrodilla y empieza a rezar el rosario.
En ese momento, llaman a la puerta de su celda. Un golpe seco, rudo.
«¿Quién puede llamar a estas horas? –se dijo–. Es medianoche, ya hace tiempo que acompañé a los monjes a sus celdas.
»¡Pero no!, es una ilusión, no han llamado, porque habría oído el benedicamus domine que nuestra regla ordena decir cuando se llama a la puerta del prior».
Y continúa rezando el rosario. Pero vuelven a llamar.
El religioso se levanta. Antes de que llegue a su pequeña puerta, se abre sola y entran dos personajes.
Silenciosamente, se colocan a ambos lados de la puerta y hacen un signo imperativo al abad.
El religioso comprende. Esta señal indica: ¡En marcha, nosotros te seguimos!
Más tarde se dio cuenta: si el prior se hubiera negado a cumplir esta orden, habría sido inútil.
Salió de la celda.
Los fantasmas, inclinándose ante el abad, se colocaron uno a su derecha y otro a su izquierda.
Ante ellos, las puertas de los claustros se abrieron y cerraron como por encanto.
Aunque la noche era lluviosa, sin luna ni estrellas centelleantes, el camino estaba iluminado por un extraño resplandor que surgía de sus acompañantes.
El de la derecha llevaba un pequeño cáliz o, mejor, una custodia de oro; el de la izquierda, una espada luminosa que brillaba en la sombría noche.
Los fantasmas tenían alas de una blancura radiante. Blancura parecida a la de sus vestidos, que recordaban a la nieve cuando brilla bajo el sol.
«¡Son ángeles! –se dijo el viejo admirado–. Qué pueden desear de mí, pobre pecador, estos enviados celestiales».
–¡Seguidnos! –dijeron, como si respondieran al pensamiento del religioso.
Y los siguió, mientras intentaba comparar las voces de los fantasmas con las melodiosas notas del órgano de la catedral de Viena.
Después de andar bastante tiempo, llegaron al cementerio. El perfume del romero y de los cipreses impregnaba el aire. La verja de hierro macizo se abrió ante ellos, como se habían abierto sin ruido las puertas del monasterio.
Se encaminaron hacia las tumbas pertenecientes a las familias de patricios.
Pronto llegaron ante una capilla sepulcral, cuyos revestimientos eran de mármol jaspeado.
El ángel de la espada luminosa tocó la puerta de bronce repujada de escudos de armas. Se abrió.
«¡Es el sepulcro de los condes de Iss...! –pensó el prior, emocionado–. Esta mañana ha recibido al último vástago de este ilustre nombre».
Los ángeles entrarón.
El religioso los seguía. Vio, a la luz de una lamparilla que temblaba en un pequeño nicho, una larga hilera de tumbas: varias de mármol negro representaban a un caballero completamente armado; otras, a una joven en actitud de orar; otras aún, una columna rota; algunas sostenían la mitra y el báculo. Pero todas tenían un punto en común: el escudo de la casa de Iss... esculpido en el frontispicio «oro en la faja de las gules».
Esta casa tenía alianzas hasta con el trono.
Los ángeles se detuvieron ante la última tumba. Era un mausoleo de mármol de Carrara. Llevaba inscrito un único nombre:
LUITPOLD
el último de nuestra raza
En este momento un enorme ruido, parecido al bramido del trueno, agitó el recinto sepulcral: la espada del ángel había partido el mausoleo y la parte superior de la tumba se abrió estrepitosamente.
–Acercaos y contemplad –dijo el ángel al religioso.
¿Qué vio? ¡Ah, es espantoso decirlo...! Vio lo que fue Luitpold, conde von Iss...
Está allí, muerto... el sudario roto deja el cadáver al descubierto. Un reptil, especie de serpiente marina, roe el corazón y las entrañas. La cabeza está intacta... la boca abierta... De esta boca pende un objeto brillante, diáfano, como el diamante, reluciente como el sol.
El segundo ángel deposita entre las manos del religioso el cáliz de oro e indica, con un gesto respetuoso, el objeto brillante que se encuentra entre los dientes y el paladar sin rozar con ninguno de ellos.
El religioso se inclina y toma, con la patena, la hostia consagrada, el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Y los ángeles se arrodilan y exclaman: ¡Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus exercituum!
El religioso ha comprendido.
Poniendo de nuevo la santa hostia en el cáliz, el prior se arrodilla y adora.
Es la hostia que Luitpold recibió momentos antes de partir hacia la eternidad, sin que la condesa, ciega por el cariño, permitiera que se advirtiese a su desgraciado hijo que moriría y que debía prepararse para la muerte.
Esta narración que precede puede leerse en los Recuerdos históricos, manuscrito del reverendo padre Von Bartel, prior de la abadía de S..., en Austria, muerto en olor de santidad el 17 de septiembre de 1785. Fue escrito hace cien años. El documento del prior acaba de este modo: «Me desperté de rodillas por la mañana en la capilla de nuestro convento.
»Pensé que había tenido un triste sueño, ¡realmente triste!
»Sin duda –me dije a mí mismo–, me habré quedado solo, según la costumbre, después de rezar las completas y me habrá sorprendido el sueño...
»Mientras, recopilando mis recuerdos, me acordé perfectamente de que la víspera había subido la gran escalera hacia las nueve de la noche, para acompañar a nuestros religiosos a sus celdas...
»Estaba en este punto de mis pensamientos cuando entró el hermano sacristán. Venía a adornar el altar para la primera misa que se celebra a las cuatro.
»El hermano, mirándome, parecía sorprendido».
–¿Cómo, reverendo padre prior, habéis dado un paseo tan de mañana con este tiempo lluvioso?
»–¿Por qué me lo preguntáis, hermano Adalberto?
»–¡Pero, padre prior, los zapatos os traicionan: habéis andado por caminos enfangados... y no hablemos de la sotana!, también os acusa... está empapada de lluvia».
»Sus palabras me trastornaron y, sin contestar al querido hermano, que me miraba con curiosidad, incluso boquiabierto, encendí los cirios del altar y quise coger la llave del tabernáculo.
»No estaba en su escondite.
»Maquinalmente, metí la mano en el bolsillo de mi sotana: ¡la pequeña llave dorada, con borlas de oro, estaba allí!
»¡Incomprensible, inexplicable!
»Últimamente, no había distribuido la santa comunión al pueblo..., ¿cómo era posible que la llave del tabernáculo estuviese en mi bolsillo?
»Temblando abrí la puertecilla de cobre cincelado...
»¡Dios mío!, todavía tiemblo al escribirlo...
»La abrí... y vi... ¡el cáliz de oro! ¡Este cáliz escondido en la abadía, pero que yo..., ¡yo!, había visto en las manos del ángel y que yo mismo había sostenido para tomar... de la boca de un cadáver el cuerpo de Dios vivo!
»¡Y en este cáliz, ayer desconocido, una hostia!
»Cerré llorando la puerta del tabernáculo y prometí al Señor que nadie sabría, antes de mi muerte, lo que había ocurrido aquella noche de septiembre del año 1784.
»Mientras, preparándome para ofrecer el santo sacrificio, intentaba tranquilizarme.
»"Dios –me dije– ha permitido este milagro porque Luitpold recibió demasiado cerca de su muerte la santa hostia, y las especies no pudieron ser consumidas..., sufriendo una profanación en la boca de un cadáver...
»No, no, lo que he visto no es de ningún modo un indicio de la reprobación de esta alma...".
»Y me puse a rezar por ella.
»Pero, durante la celebración de la misa, soporté el peso de una angustia mortal.
»Hacia las ocho y media, el guarda de las tumbas vino al convento, donde está su hijo entre nuestros hermanos conversos.
»Lo encontré cuando me dirigía al coro para salmear la sexta y la nona. Se me acercó y me pidió permiso para decirme algo sorprendente, extraordinario, ¡inalaudito!
»–Bien, ¿qué tienes que decirme?
»–Esta mañana, reverendo padre prior, cuando iba a poner aceite en la lámpara mortuoria del mausoleo Von Iss..., ¡encontré la tumba del conde Luitpold partida en dos y las letras de su nombre rotas!
»Después de las vísperas me dirigí hacia el mausoleo.
»¡Sí, la piedra estaba rota de arriba abajo; no obstante, los pedazos de Carrara habían sido reunidos y leí, grabado en letras de fuego, esta palabra que hará temblar a los sacrílegos: ¡Condenado!».