Ganándose
el pasaje y la paga como explorador, Dilvish cabalgaba por delante de
la caravana ese día, comprobando la viabilidad de las sendas montañosas e
investigando nuevos caminos en previsión de posibles peligros. El sol
había llegado al mediodía cuando Dilvish descendió por el otro lado de
la poco alta cordillera Kalgani y avanzó por las estribaciones hacia el
valle que iba ensanchándose en dirección al bosque y a las llanuras.
—Un
recorrido singularmente normal —comentó Black al hacer una pausa en lo
alto de una colina para contemplar la sinuosa senda que conducía a los
distantes árboles.
—En
mis tiempos —dijo Dilvish—, las cosas habrían sido distintas. Esta
región estaba llena de bandas de salteadores. Seguían el sol. Despojaban
a los viajeros. De vez en cuando hasta se reunían para asaltar algún
pueblo de los alrededores.
—¿Pueblos? —dijo su gran y oscura montura, cuya piel relucía como el metal—. No he visto ningún pueblo.
Dilvish meneó la cabeza.
—¿Quién
sabe lo que puede haber pasado en doscientos años? —Señaló el valle—.
Creo que había uno ahí abajo. No muy grande. Se llamaba Tregli. Pasé la
noche en su posada en varias ocasiones.
Black miró en esa dirección.
—¿Vamos a ir hacia allí?
Dilvish observó el sol.
—Es hora de comer —comentó—, y aquí los vientos son fuertes. Vayamos un poco más lejos. Comeré ahí abajo.
Black
se inclinó hacia adelante y comenzó a bajar la pendiente. Aumentó su
velocidad conforme iba nivelándose el terreno, volviendo a la senda.
Dilvish miró alrededor mientras avanzaban, como si buscara rasgos
sobresalientes.
—¿Qué son esos destellos de color? —le preguntó Black—. A cierta distancia de aquí.
Dilvish
observó una zona azul, amarilla y blanca, con ocasionales destellos
rojos, que acababa de aparecer al otro lado de un lejano recodo.
—No lo sé —dijo—. Podríamos echar un vistazo.
Varios
minutos más tarde, llegaron a los restos cubiertos de enredaderas de un
bajo muro de piedra. Por delante había piedras dispersas que formaban
dibujos vagamente evocadores del perfil de los cimientos de una
construcción. En diversos puntos, conforme avanzaban, vieron depresiones
a ambos lados, dispuestas de tal forma que parecían indicar la anterior
existencia de sótanos, llenos de escombros y cubiertos de hierba en ese
momento.
—Detente
—dijo Dilvish. Señaló hacia la izquierda, hacia un lugar donde todavía
se alzaba una porción de pared—. Ésa es la fachada de la posada que he
mencionado. Estoy seguro. Creo que nos encontramos en la calle
principal.
—¿De verdad?
Black
empezó a excavar la hierba con su afilado y hendido casco. Momentos
después centelleó una chispa al golpear un adoquín. Black ensanchó el
agujero, dejando al descubierto más adoquines unidos.
—Esto parece haber sido una calle —dijo.
Dilvish desmontó y se acercó a la ruinosa porción de pared, la pasó y prosiguió por la zona situada detrás.
Al cabo de varios minutos regresó.
—El viejo pozo aún se ve detrás —dijo—. Pero el techo se desplomó y se pudrió, y está completamente cubierto de arbustos.
—¿Podría sugerir que guardes tu sed para ese arroyo que cruzamos en las montañas?
Dilvish enseñó una cuchara.
—...
Y he encontrado esto medio enterrado en donde estaba la cocina. Tal vez
haya comido con ella yo mismo, hace años. Sí, ésta es la posada.
—Era —sugirió Black.
La sonrisa se desvaneció y Dilvish movió la cabeza.
—Cierto.
Lanzó la cuchara por encima del hombro y montó.
—Ha cambiado tanto...
—¿Te gustaba el lugar? —preguntó Black mientras continuaban su marcha.
—Era un agradable sitio de paso. La gente era cordial. Gocé de buenas comidas.
—¿Qué crees que pudo pasar? ¿Esos salteadores que mencionaste?
—Parece una buena suposición —replicó Dilvish—. A menos que hubiera alguna enfermedad.
Siguieron por el camino cubierto de maleza. Un conejo pasó ante ellos cuando se dirigían al otro extremo del pueblo.
—¿Dónde quieres comer? —inquirió Black.
—Lejos de este lugar muerto —dijo Dilvish—. Tal vez en ese campo. —Respiró profundamente—. Parece tener un olor agradable.
—Son las flores —dijo Black—. Abundan. Fue su color lo que vimos desde arriba. ¿No estaban ahí... en los viejos tiempos?
Dilvish meneó la cabeza.
—No. Había algo... No recuerdo exactamente qué. Una especie de parquecillo por estos parajes.
Cruzaron
una arboleda, llegaron al claro. Grandes flores similares a amapolas,
azules, blancas, amarillas, ocasionalmente rojas... se movían casi a la
altura del cuello de Black, oscilaban en lo alto de unos pilosos tallos
del grosor de un dedo. Estaban encaradas al sol. Sus penetrantes
perfumes flotaban en el aire.
—Hay
un rincón despejado, a la sombra, al pie de ese árbol tan alto... a la
izquierda —observó Black—. Incluso parece haber una mesa para tu uso.
Dilvish miró en esa dirección.
—¡Ajá!
—dijo—. Ahora recuerdo. Esa losa de piedra no es una mesa. Bueno... en
cierta forma lo es. Es un altar. El pueblo de Tregli adoraba al aire
libre... a Manata, diosa de las cosas que crecen. Dejaban pasteles,
mieles y otras ofrendas en el altar. Bailaban aquí. Cantaban aquí, al
atardecer. Yo presencié uno de los servicios. Tenían una sacerdotisa...
He olvidado su nombre.
Llegaron bajo el árbol, donde Dilvish desmontó.
—El árbol ha crecido y el altar está hundido —observó, apartando unos escombros de la piedra.
Se puso a canturrear una tonada sencilla y repetitiva, mientras buscaba comida en una alforja.
—Nunca te había oído cantar, silbar o canturrear —comentó Black.
Dilvish bostezó.
—Sólo trato de recordar la canción que oí aquella tarde, cuando estuve aquí. Creo que era algo parecido.
Se sentó con la espalda apoyada en el tronco del árbol y empezó a comer.
—Dilvish, hay algo extraño en este lugar...
—A mí me parece extraño sólo en virtud de que ha cambiado tanto —replicó él, partiendo un trozo de pan.
El viento cambió. Los olores de las flores llegaron con más intensidad.
—No me refiero a eso.
Dilvish dio un bocado y contuvo otro bostezo.
—No lo entiendo.
—Ni yo.
Black bajó la cabeza y dejó de moverse.
Dilvish
miró alrededor y aguzó el oído largo rato. Los únicos sonidos, empero,
eran los susurros de la hierba, las flores, las hojas del árbol,
agitadas por el viento.
—No parece haber nada raro por aquí —dijo en voz baja.
Black no replicó.
Dilvish observó a su montura.
—¿Black?
Con sumo cuidado preparó su espada y recogió los pies. Varió el equilibrio de su almuerzo hacia la losa.
—¡Black!
La criatura siguió inmóvil, muda, igual que una enorme estatua negra.
Dilvish se puso en pie, se tambaleó, volvió a recostarse en el árbol. Tenía dificultades para respirar.
—¿Eres tú, mi enemigo? —preguntó—. ¿Por qué no te dejas ver?
No
hubo réplica. Dilvish observó de nuevo el campo, respirando el
embriagador perfume de las flores. Su visión comenzó a fallar mientras
miraba, manchando los colores y distorsionando los perfiles.
—¿Qué está pasando?
Dio
un paso al frente, y otro, tambaleándose en dirección a su montura.
Cuando estuvo junto a Black, le pasó un brazo por el cuello y se apoyó
con fuerza. De pronto levantó su camisa con la mano izquierda y apretó
la cara en la tela.
—¿Será un narcótico...? —dijo, y acto seguido se desmayó y se deslizó en parte hacia el suelo.
Black no se movió pese a todo.
Había
gritos en la oscuridad y recias voces que daban órdenes. Dilvish se
hallaba a la sombra de unos árboles. Un gigante, un hombre de corpulenta
figura y rizada barba, se encontraba inmóvil junto a él. Los dos
miraban en dirección a las fluctuantes luces.
—El pueblo entero parece estar ardiendo —sonó la grave voz del hombre más corpulento.
—Sí, y parece que los que siguen al sol están asesinando a los habitantes.
—No podemos hacer nada aquí. Son demasiados. Podríamos acabar despedazados, además.
—Cierto, y yo ansiaba una tarde tranquila. Bordeemos el lugar y sigamos nuestro camino.
Se
adentraron en las sombras y se alejaron del escenario de la carnicería.
Los chillidos eran más escasos, ya que aumentaba el número de muertos.
Muchos hombres estaban amontonando el producto del saqueo y bebiendo en
botellas cogidas en la llameante posada. Algunos continuaban formados
junto a las mujeres que quedaban, todas desgreñadas, con los ojos muy
abiertos y la ropa desgarrada. Al otro lado, un techo se hundió de
repente, y una fuente de chispas se alzó hacia el cielo nocturno.
—Pero
si algún borracho se cruza en nuestro camino —observó el hombre del
cabello rizado mientras avanzaban—, lo cogeremos por los talones y lo
destriparemos, para saldar cuentas con los dioses.
—Mantén los ojos abiertos. Tal vez tengas suerte.
El otro contuvo la risa.
—Jamás
sé cuándo bromeas —dijo al cabo de unos instantes—. Quizá no lo haces
nunca. Eso también puede ser divertido... para otros.
Avanzaban
por un rocoso declive cubierto de arbustos paralelo a la ciudad. A la
izquierda, los gritos iban apagándose. Esporádicas llamaradas hacían
danzar las sombras que les rodeaban.
—No estaba bromeando —dijo Dilvish un poco más tarde—. Tal vez he olvidado cómo hacerlo.
El otro le tocó el hombro.
—Adelante. El claro... —dijo.
Se detuvieron.
—Sí, recuerdo...
—Hay algo ahí.
Siguieron
avanzando, con más lentitud. Una luz que fluctuaba de forma regular,
quizá la de varias antorchas, brillaba al otro lado del campo en las
proximidades de un gran árbol de gruesas ramas.
Al
acercarse más vieron un grupo de hombres ante el pequeño altar de
piedra. Uno de ellos estaba sentado encima y bebía una botella de vino.
Otros dos conducían por la hierba a una mujer rubia con un vestido
verde, con las manos atadas a la espalda. Iba hablando, pero sus
palabras eran imperceptibles. Se debatía, y los dos hombres la
empujaban. Después cayó al suelo, y la levantaron.
—Conozco a esa mujer —dijo Dilvish—. Es Sanya, la sacerdotisa. Pero...
Se llevó las manos a la cabeza y se las apretó a las sienes.
—Pero... ¿qué ha sucedido? ¿Cómo he llegado aquí? Creo haber visto a Sanya hace tiempo, mucho tiempo...
Volvió la cabeza y miró la cara de su compañero mientras lo cogía del brazo.
—Tú —dijo—, amigo mío... Creo conocerte desde hace siglos y, sin embargo... Perdóname... No recuerdo tu nombre.
La frente del otro se arrugó al mismo tiempo que sus ojos se entrecerraban.
—Yo...
Tú me llamas Black —dijo de repente—. Sí... ¡y ésta no es mi forma
normal! Empiezo a recordar... Era de día, y este campo estaba lleno de
flores. Creo que nos dormimos... ¡Y el pueblo! Apenas eran restos...
Meneó la cabeza.
—No sé qué ha pasado... ¿Qué hechizo, qué poder nos ha traído a este lugar?
—Pero tú tienes poderes propios —dijo Dilvish—. ¿No pueden ayudarnos? ¿Puedes usarlos todavía?
—Yo... no lo sé. Creo que he olvidado... algunas cosas.
—Si morimos aquí... en este sueño, o lo que sea... ¿moriremos realmente? ¿Puedes conjeturarlo?
—Nosotros...
Lo estoy viendo más claro ahora... Las flores del campo quieren
nuestras vidas. Las rojas son las que tienen viajeros asesinos. Te
drogan con su perfume, después se enrollan en tu cuerpo y te arrancan la
vida. Pero algo ha obstaculizado su tentativa con nosotros. Esto no es
un sueño. Estamos presenciando lo que ocurrió realmente. No sé si
podemos cambiar lo que ya sucedió. Pero debemos estar aquí por algún
motivo.
—¿Podemos morir aquí? —repitió Dilvish.
—Estoy convencido de que sí. Incluso yo, si caigo en este lugar... aunque preveo toda clase de intrigantes problemas teológicos.
—¡Al
infierno con ellos! —dijo Dilvish, y avanzó, abriéndose paso entre las
sombras del borde del claro en dirección al otro lado—. Creo que
pretenden sacrificar a la sacerdotisa en el altar de su propia diosa.
—Sí
—dijo Black, moviéndose en silencio detrás—. No me gustan, y ambos
estamos armados. ¿Qué opinas? Hay bastantes en la piedra y dos con la
mujer... Pero podemos llegar muy cerca sin ser vistos.
—De acuerdo. ¿Sabes usar esa espada... aunque tenga una forma rara?
Black contuvo la risa.
—No
es totalmente rara —replicó—. Los dos de la derecha nunca sabrán cómo
han llegado al Infierno. Sugiero que te ocupes del que está a un lado
mientras los pongo en camino. Luego líbrate del que está a la izquierda.
—Sacó una larga y pesada espada que sostuvo con una sola mano—. Quizás
estén todos un poco borrachos, además —añadió—. Eso ayudará.
Dilvish sacó su espada. Ambos se aproximaron.
—Di cuándo —musitó.
Black alzó su arma.
—¡Ahora!
Black
era poco más que una mancha bajo la fluctuante luz. Mientras Dilvish
caía sobre su hombre para matarlo, una sangrienta cabeza rebotó cerca de
su pie; la segunda víctima de Black ya estaba cayendo.
Un
gran grito brotó de los otros mientras Dilvish arrancaba la espada del
cuerpo del hombre que había matado y se volvía para enfrentarse a otro.
El arma de Black descendió de nuevo, cortando el codo de un espadachín, y
su pie izquierdo salió disparado, alcanzando al hombre en la base de la
región lumbar. Dilvish creyó oír el crujido de la espina dorsal cuando
el atacado cayó al suelo.
Pero
ya había espadas en las manos de los restantes hombres, y al otro lado
del campo, en dirección al pueblo que ardía en llamas, brotaron gritos.
Por el rabillo del ojo Dilvish vio varias siluetas que se abalanzaban
sobre ellos, armas en mano. Hizo retroceder varios pasos al segundo
hombre, superó su guardia, le dio una patada en la rodilla y le cortó el
cuello con un violento golpe.
Se
volvió para atacar a otro que venía corriendo hacia él, y reparó en que
Black había roto la cabeza a un hombre contra el altar y espetado a
otro más con su larga espada, levantándolo del suelo con la fuerza de la
arremetida. En ese momento había gritos por todas partes.
Dilvish
se puso al alcance de un nuevo rival y usó la guarda de su arma para
machacarle el mentón. Le dio una patada mientras caía y hundió la punta
de su espada en la guarda de otro hombre, partiéndole varios dedos. El
herido chilló y soltó la espada. Tras esquivar un ataque, Dilvish lanzó
un golpe bajo y cortó la rodilla de otro, paralizándolo.
Luego
retrocedió ante dos nuevos atacantes y dio rápidas vueltas para que
ambos se obstruyeran. Golpeó, arremetió, pararon su golpe, paró él las
réplicas, acometió de nuevo, superó una parada y tajó una muñeca.
Escuchó el bramido de Black en alguna parte, un sonido en parte humano,
en parte animal, seguido momentos después por diversos chillidos.
Dilvish
tiró al herido y le dio una patada, alcanzó al otro en el estómago con
su espada, notó picor en el hombro, vio sangre, se volvió para encararse
con otro atacante...
Se
deshizo de él con una serie de movimientos prácticamente de ensueño.
Otro hombre, que venía corriendo hacia él, resbaló en un charco de
sangre recién derramada y Dilvish lo remató antes de que pudiera
levantarse.
Una
estaca le golpeó en el costado. Se encogió un momento y retrocedió
moviendo de un lado a otro la espada. Vio cerca a Black, que seguía
derribando atacantes con una esgrima casi temeraria. Se dispuso a
gritarle, para decirle que podían ponerse espalda contra espalda y
defenderse mejor...
Un
agudo grito sonó y los atacantes vacilaron. Las cabezas se volvieron en
dirección al altar y el movimiento se paralizó un instante.
La
sacerdotisa Sanya yacía en la piedra, sangrando. Un hombre alto y de
cabello rubio acababa de retirar el arma de su pecho. Los labios de
Sanya seguían moviéndose, bien maldiciendo o bien rezando, pero las
palabras eran inaudibles.
Los
labios del hombre rubio también se movían. Al otro lado del campo, otro
grupo de hombres llegaba desde el pueblo. Un goteo rojo comenzó en la
comisura izquierda de los labios de Sanya y su cabeza se ladeó de
pronto, con los ojos todavía abiertos, sin ver. El hombre rubio irguió
la cabeza.
—¡Ahora traedme a esos dos! —exclamó, levantando la espada una vez más y apuntándola hacia Dilvish y Black.
Con
este gesto, la manga del hombre rubio cayó hacia atrás dejando al
descubierto varios tatuajes en su brazo derecho. Dilvish había visto
esas marcas en otras ocasiones. Diversos chamanes de las tribus de las
montañas se tatuaban de esa forma; cada marca representaba una victoria
sobre un vecino y aumentaba el poder del que la lucía. ¿Qué hacía un
hombre como aquel con esa banda de andrajosos degolladores, obviamente
en calidad de jefe? ¿Habían aniquilado a su tribu? ¿O...?
Dilvish respiró profundamente.
—¡No te preocupes! —gritó—. ¡Voy hacia allí!
Se abalanzó hacia el hombre rubio.
Su espada topó con la del otro en el altar, fue rechazada. Dilvish empezó a dar vueltas. Lo mismo hizo el chamán.
—¿Te expulsó tu gente? —preguntó Dilvish—. ¿Por qué crímenes?
El
hombre le lanzó una fugaz mirada colérica, luego sonrió y con un
visible gesto detuvo a los salteadores que corrían en su ayuda.
—Éste es mío —afirmó—. Ustedes ocúpense del otro.
Movió el brazo izquierdo, que también estaba cubierto de tatuajes, sobre su pecho y lo acercó a la espada.
—Reconoces lo que soy —dijo— y, sin embargo, me desafías. Eso es imprudente.
Brotaron llamas en la espada que sostenía. Dilvish entrecerró los ojos para protegerlos de la repentina llamarada.
El
arma trazó confusas líneas de fuego al moverla el hombre rubio. Sin
embargo, Dilvish paró la primera acometida, notando un momentáneo calor
en la mano. Por detrás, sonó el grito de batalla de Black y el reanudado
estruendo de las armas. Un hombre lanzó un chillido.
Dilvish
propinó un golpe que fue parado por la llameante espada, y notó el
creciente calor de esa arma en su muñeca al parar a su vez y buscar una
brecha en la guardia del otro.
Se
alejaron del altar y del árbol, poniendo a prueba las respectivas
defensas en terreno despejado. Por los ruidos, detrás de él en ese
momento, Dilvish dedujo que Black seguía resistiendo. ¿Pero cuánto
tiempo podía continuar así?, se preguntó. Pese a su gran fuerza y
agilidad, había muchos hombres enfrentados a Black...
La
manga de Dilvish empezó a humear con el intercambio de golpes. El
chamán, comprobó, era un buen espadachín. A diferencia de sus hombres,
además, estaba totalmente sobrio... y no jadeaba tanto como Dilvish.
¿Cuál
era el propósito de todo aquello?, se preguntó Dilvish. Lanzó un tajo a
la cabeza que sabía no iba a superar la guardia del otro, retrocedió y
paró el golpe en el pecho que se produjo con gran fuerza. Fingió
tambalearse y recobrarse, con la esperanza de que su adversario se
sintiera confiado en exceso. ¿Por qué estaban allí? ¿Cuál era el motivo
de la transformación de Black, de que los dos se hallaran en el
escenario de la antigua masacre?
Dilvish
siguió retrocediendo, dando muestras de fatiga, sólo en parte fingidas,
estudiando el estilo de su rival, parpadeando frente al resplandor de
la otra espada, con la mano derecha dolorida como si hubiera estado en
un horno. ¿Por qué había acudido en ayuda de una mujer ya condenada, y
con tan escasas posibilidades?
Una
visión cruzó de pronto su mente... Otra noche, hacía tiempo, otra mujer
a punto de ser sacrificada por otro mago, las consecuencias de su
acto... Dilvish sonrió al pensar que había hecho lo mismo otra vez y que
volvería a hacerlo si la situación se presentaba de nuevo... porque era
algo que se había preguntado durante los largos días de dolor. En ese
fugaz instante, vio algo de su propio ser: el temor de que las duras
pruebas sufridas hubieran roto algo en su interior, algo que en ese
momento comprendió que permanecía inalterado.
Ensayó otro tajo a la cabeza. Había habido cierto detalle en la última respuesta del chamán...
¿Acaso
alguna deidad de amable disposición había previsto el acto de Dilvish,
considerando algún uso incomprensible del mismo en aquella batalla?
¿Acaso esa deidad le había concedido esa breve visión de su carácter
como favor en el momento de la muerte? ¿O bien...?
¡Sí! ¡La respuesta llegaba con fuerza de nuevo! Si él retrocedía y movía la espada con rapidez por debajo...
Dilvish empezó a planear la maniobra mientras cedía terreno y fingía otra vez que daba un traspié.
Oyó
el juramento que lanzaba Black, a la derecha, y otro hombre chilló.
Aunque logre matar al chamán, se preguntó Dilvish, ¿cuánto tiempo
duraremos los dos con los hombres que quedan en el campo y los que
llegarán del pueblo en llamas?
Pero
en ese instante, Dilvish no pudo asegurar si fue por el efecto de la
llameante espada en sus humedecidos ojos, todo cuanto tenía ante él
pareció ondularse y agitarse. Todo pareció paralizado en ese momento: su
quite, la mueca burlona en el semblante cubierto de sudor del chamán...
En esa esquirla de infinitud, Dilvish vio su oportunidad.
Lanzó un tajo a la cabeza.
Su adversario paró el golpe, y el llameante arco de la respuesta centelleó hacia su pecho.
Retrocedió,
moviendo rápidamente la espada hacia abajo, en círculo y hacia arriba.
La punta de la flamígera espada desgarró la manga de su jubón por encima
del bíceps derecho.
Se
revolvió y se cogió la quemada muñeca derecha con la otra mano, con la
espada horizontal y apuntando al pecho de su rival. Ya desequilibrado
por el movimiento, se lanzó hacia adelante y vio que su arma atravesaba
al chamán mientras ambos caían. Durante un instante notó la ardiente
hoja de su adversario en su muslo derecho.
Después, de nuevo la agitación, un latido eterno, prolongado.
Dilvish
se echó hacia atrás y sacó su espada. Muchos colores, ígneos, marrones,
verdes, rojos brillantes... comenzaron a manchar su visión. La
flamígera espada llameó, perdió brillo, se apagó en el suelo. Luego se
convirtió en un mero tiznajo oscuro en un lienzo cambiante. Los sonidos
del conflicto cesaron en la posición de Black.
Dilvish se puso en pie, con el arma dispuesta y el brazo tensado para moverla. Pero nadie más se acercó.
En
el extremo del campo, en dirección al altar donde yacía muerta la
sacerdotisa, parecía estar sonando una voz... femenina y un poco
estridente. Dilvish miró hacia allí y de inmediato desvió sus aún
lacrimosos ojos, porque sólo había luz, que cobraba brillo, latido tras
latido.
—Escuché
mi himno, Libertador —resonaron las palabras—, y cuando miré, vi que
podía confiar en tu ser. Un viejo agravio no puede repararse, pero he
aguardado largo tiempo este castigo, el de los que siguen al sol.
Alrededor,
como si fueran vidrio empañado, Dilvish vio las erguidas siluetas de
muchos de los hombres que habían venido a atacarles. Fluctuaron y sus
perfiles se hicieron borrosos mientras él los contemplaba. Pero uno de
ellos parecía haber brotado, en silencio, a la izquierda...
La voz se dulcificó:
—... Y para ti, que te preocupaste por este lugar, aunque sólo fuera brevemente, ¡mi bendición!
El
hombre parecía estar ya muy cerca, con la espada levantada,
bamboleándose con lentos movimientos. Los demás se habían transformado
en manchas de color entre un brillo cada vez más intenso... y también el
que se acercaba pareció cambiar cuando Dilvish alzó su espada.
La flor cayó.
Dilvish
extendió la mano en busca de algo donde apoyarse, no encontró nada y
usó la espada a modo de bastón. Escuchó un ruido de pateo, después
silencio. Alrededor de él, el lugar rebosaba de sol vespertino. Entre
las altas hierbas había flores arrancadas y pisoteadas, cerca y lejos.
Las que aún se erguían estaban encaradas al sol, cimbreantes.
—¿Black?
—¿Sí?
Dilvish volvió la cabeza. Black estaba sacudiendo la suya.
—Extrañas visiones... —empezó a decir.
—Pero
no un sueño —terminó Black, y Dilvish dedujo que ello era cierto por el
temblor de su enrojecida mano y la sangre que todavía brotaba de sus
numerosas heridas.
—Manata —dijo—, terminaré la tarea, por lo que me has mostrado.
—Ha sido magnífico tenerte allí —replicó Dilvish mientras se adentraban en las sombras cada vez más largas—. Maravilloso.
—Ahora podrás decir a los jefes de la caravana que el camino está libre.
—Sí. ¿Lo oíste tú también?
Black guardó silencio unos instantes.
—Las flores no chillan —dijo por fin.
Por debajo y por detrás, el humo seguía alzándose y flotaba en el menguante día.
Mientras subían las estribaciones montañosas, Black reanudó la conversación.
—Ha sido magnífico luchar a tu lado de esa forma. Me pregunto si no podría aprender ese encantamiento...