Nadie comentó sobre el traje nuevo del emperador, debido a la férrea costumbre de fusilar a todo aquel que lo contradecía. No, no, no. Sonrieron, alabaron el armiño sutil, y lo llevaron a pasear afuera, a admirar la nieve que seguía cayendo, la helada mortal que, seguramente no podría notar, su majestad, en medio de tanta tela, brocal y piel abrigadora.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
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