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La rana zarevna - Cuento popular Ruso

En un reino muy lejano vivía un zar que tenía tres hijos jóvenes, solteros y tan gallardos que ni la palabra puede expresarlo ni la pluma reflejarlo. El pequeño se llamaba Iván-zarévich.

Un buen día les dijo el zar:
—¡Queridos hijos! Tomad cada uno una flecha y disparadla con el arco muy tenso: donde caiga buscaréis esposa.

El hermano mayor disparó y su flecha cayó en el patio de un boyardo, frente a la torre de las doncellas. La del mediano voló hasta el patio de un mercader y se clavó en el porche de la casa, donde estaba su encantadora hija. La del pequeño cayó en un sucio pantano, donde la recogió una rana.

Y preguntó Iván-zarévich:
—¿Cómo me voy a casar con una rana? ¡Somos demasiado distintos!

—Pide su mano —le respondió el zar—; está visto que ese es tu destino.

Así pues, los hijos del zar se casaron: el mayor con la doncella boyarda, el mediano con la hija del mercader y el pequeño con la rana.

Un día el zar los llamó y les anunció:
—Quiero que vuestras esposas tejan para mí una alfombra en una sola noche.

Iván-zarévich, muy abatido, llegó a sus aposentos con la cabeza completamente hundida entre los hombros.

—¡Croac, croac! Iván-zarévich, ¿por qué estás tan triste? ¿Es que tu padre te ha dicho alguna palabra poco amable?

—¿Cómo no estar triste? Mi señor padre me ha ordenado que le tejas una alfombra de seda en una sola noche.

—¡No te aflijas, zarévich! Acuéstate, duerme, reposa; por la mañana las cosas se ven mejor.

Y, en cuanto el joven se hubo acostado, la rana se quitó la piel y se convirtió en una hermosísima doncella, Vasilisa la Sabia. A continuación salió al porche y gritó muy fuerte:

—¡Niñeras, ayas mías! ¡Reuníos y preparaos, tejed una alfombra de seda como aquella sobre la que solía sentarme en casa de mi querido padre!

Dicho y hecho. Cuando a la mañana siguiente Iván-zarévich se despertó, la rana ya tenía acabada una alfombra con unos bordados de oro y plata tan maravillosos que no se pueden concebir ni imaginar, solo en un cuento contar.

Iván-zarévich, muy contento, tomó la alfombra y se la llevó al zar.

Llegaron también sus hermanos, cada uno con la suya. Al ver la del hijo mayor, el zar dijo:
—Una alfombra así solo sirve para ponerla frente a una puerta.

Cuando el hijo mediano le mostró la suya, el zar dijo:
—Una alfombra así solo sirve para limpiarse los pies.

Pero, al ver la de Iván-zarévich, dijo:
—¡Esta alfombra es digna de estar ante el trono de un zar!

Pasaron los días y el zar llamó de nuevo a sus hijos y les anunció:
—Quiero que para mañana vuestras esposas horneen para mí un pan blanco y esponjoso.

Iván-zarévich, muy abatido, llegó a sus aposentos con la cabeza completamente hundida entre los hombros.

—¡Croac, croac! Iván-zarévich, ¿por qué estás triste? —le preguntó la rana—. ¿Es que tu padre te ha dicho alguna palabra poco amable?

—¿Cómo no estar triste? ¡Mi señor padre me ha ordenado que para mañana le hornees un pan blanco y esponjoso!

—¡No te aflijas, zarévich! Acuéstate, duerme, reposa; por la mañana las cosas se ven mejor.

En cuanto el joven se hubo acostado, la rana se quitó la piel y se convirtió en una hermosísima doncella, Vasilisa la Sabia. A continuación, salió al porche y gritó muy fuerte:

—¡Niñeras, ayas mías! ¡Reuníos y preparaos, haced un pan tan blanco y esponjoso como el que comía en casa de mi querido padre!

Cuando a la mañana siguiente Iván-zarévich se despertó, la rana ya tenía preparado un pan tan maravilloso que no se puede concebir ni imaginar, solo en un cuento contar: ¡Qué adornos tan ingeniosos, todo decorado con las ciudades y murallas del zar!

Iván-zarévich, muy contento, envolvió el pan y se lo llevó al zar. Cuando el soberano vio el de su hijo mayor ordenó que se lo sirvieran a los criados; cuando vio el del mediano, hizo lo mismo. Pero cuando Iván-zarévich le mostró el suyo, exclamó:

—¡Esto es un pan! ¡Un pan como este solo puede comerse en un día de fiesta!

Al cabo de un tiempo el zar llamó de nuevo a sus hijos y les anunció:
—Deseo que mañana acudáis con vuestras esposas al banquete que voy a dar.

Iván-zarévich, muy abatido, llegó a sus aposentos con la cabeza completamente hundida entre los hombros.

—¡Croac, croac! Iván-zarévich, ¿por qué estás tan triste? ¿Es que tu padre te ha dicho alguna palabra poco amable?

—¿Cómo no estar triste? Mi señor padre me ha ordenado que acuda al banquete contigo. ¿Cómo voy a mostrarte delante de todos?

—¡No te aflijas, zarévich! Ve tú solo a palacio, yo llegaré más tarde. Y cuando oigas un golpe y un trueno tendrás que decir: «Es mi ranita, que viene en una cajita».

Los hermanos mayores acudieron al banquete con sus esposas, engalanadas y bien vestidas, y cuando vieron a Iván-zarévich se echaron a reír:
—¿Qué ocurre, hermano? ¿Has venido sin tu esposa? ¡Haberla traído envuelta en un pañuelo! ¿Dónde encontraste a semejante belleza? ¡Seguro que recorriste todos los pantanos!

Pero, de pronto, se oyó un golpe y un trueno tan fuerte que el palacio entero se puso a temblar. Los huéspedes, muy asustados, dieron un respingo y no supieron qué hacer. Y dijo entonces Iván-zarévich:
—¡No temáis, queridos huéspedes! ¡Es mi ranita, que ha venido en una cajita!

Y, veloz como un rayo, llegó a la entrada del palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos del que se apeó Vasilisa la Sabia. ¡Era tan hermosa que su belleza no se puede concebir ni imaginar, solo en un cuento contar! 

Iván-zarévich la tomó del brazo y la acompañó hasta una mesa de roble cubierta con un mantel bordado. Los huéspedes empezaron a comer, beber y festejar. Vasilisa la Sabia bebió un poquito de agua y se derramó el resto por la manga izquierda; comió un poquito de cisne y se escondió los huesos en la manga derecha. 

Al ver tales astucias, las esposas de los hermanos mayores la imitaron. Más tarde, cuando Vasilisa la Sabia se puso a bailar con Iván-zarévich, agitó la mano derecha y surgió un lago; agitó la izquierda y aparecieron unos bellos cisnes blancos nadando en el agua. ¡El zar y los huéspedes se quedaron con la boca abierta! 

Con el deseo de imitarla, las esposas de los hermanos mayores se pusieron también a bailar: agitaron la mano izquierda y solo lograron a todos salpicar; agitaron la derecha y un hueso cayó en el ojo del zar.

Tal fue el enfado del soberano que las echó de muy malos modos.

Mientras tanto, Iván-zarévich había aprovechado para volver raudo a sus aposentos. Quería encontrar la piel de rana y quemarla en una hoguera. Cuando Vasilisa la Sabia regresó, busca que te busca: ¡ni rastro de la piel de rana! Triste y afligida, le dijo:

—Oh, ¡qué has hecho, Iván-zarévich! Si hubieras esperado un poquito más habría sido tuya por siempre jamás. Y ahora, ¡adiós! Búscame a tres mil leguas de aquí, en un reino remoto, donde habita el malvado Koschéi el Inmortal.

Y sin más, salió volando por la ventana convertida en un cisne blanco. Iván-zarévich lloró con amargura y decidió marcharse adonde el viento lo llevase. Tal vez pasó mucho tiempo o tal vez poco, tal vez ya estaba lejos o tal vez cerca, pero un buen día se encontró a un viejecillo en el camino.

—¡Buenos días, valeroso joven! —le saludó—. ¿Qué buscas? ¿Hacia dónde te diriges?

El zarévich le contó su desgracia.

—¡Ah, Iván-zarévich! ¿Por qué tuviste que quemar la piel de rana? ¡Si no fuiste tú quien se la puso, tampoco eras tú quien se la debía quitar! Vasilisa la Sabia era más astuta y más lista que su padre, por lo que este, muy enfadado, le ordenó que viviera tres años convertida en una rana. Toma este ovillo: lánzalo, déjalo rodar y síguelo sin miedo.

Iván-zarévich le dio las gracias y empezó a seguir el ovillo. Al cruzar un campo abierto topó con un oso, le apuntó con su arco y el oso le pidió:
—¡No, no me mates, Iván-zarévich! ¡Algún día te seré útil!

El joven lo dejó tranquilo y siguió su camino. Al cabo de un rato levantó la mirada y vio a un pato volando por el cielo. Le apuntó con su arco y, ya iba a dispararle, cuando el pato pronunció con voz humana:
—¡No, no me mates, Iván-zarévich! ¡Algún día te seré útil!

El joven se apiadó del animal y continuó su camino.

De pronto vio a una liebre corriendo como una flecha y al apuntarle con el arma la liebre le dijo:
—¡No, no me mates, Iván-zarévich! ¡Algún día te seré útil!

El joven se apiadó del animal y continuó su camino hasta que llegó al mar azul. Había en la arena un lucio que agonizaba.

—¡Ah, Iván-zarévich! ¡Apiádate de este pobre pez, devuélveme al mar! —le imploró el lucio.

El joven lo lanzó al agua y anduvo por la orilla.

Tal vez pasara mucho tiempo, tal vez pasara poco, pero el caso es que el ovillo rodó y rodó hasta que llegó a una cabaña que se alzaba sobre unas patitas de gallina y daba vueltas sobre sí misma sin cesar.

—Cabañita, cabañita, ponte como te digo: hacia mí la parte delantera y hacia el bosque la trasera.

Y la cabaña volteó hasta que la puerta se detuvo frente a Iván-zarévich y la parte trasera quedó orientada hacia el bosque. El joven entró y vio que, sobre la novena hilera de ladrillos, por encima del horno, estaba tumbada la bruja Baba Yagá: tenía una pata de hueso, la nariz clavada en el techo y se afilaba los dientes.

—¡Salud, valeroso joven! ¿A qué se debe tu visita? —preguntó la bruja.

—¡Baba Yagá, Pata de Hueso! ¡Mejor será que ofrezcas a este joven gallardo comida, bebida y un buen baño! Después ya podrás preguntar.

La bruja le dio de comer y beber y también le preparó un baño. El zarévich le contó que estaba buscando a su esposa, Vasilisa la Sabia.

—¡Ah, sé quién es! —dijo Baba Yagá—. Ahora vive en el palacio de Koschéi el Inmortal. No te será fácil encontrarla ni vencer a Koschéi: su muerte se halla en la punta de una aguja, la aguja está dentro de un huevo, el huevo está dentro de una pata, la pata está dentro de una liebre, la liebre está dentro de un arca y el arca está en la copa de un alto roble que Koschéi vigila mejor que a su propio ojo.

Y le indicó dónde crecía el roble.

Cuando llegó, Iván-zarévich no supo cómo hacer para alcanzar el arca de tan alto que estaba. Y, de pronto, quién sabe de dónde, salió un oso que echó a correr hacia el árbol y lo arrancó de cuajo. El arca cayó y se rompió en mil pedazos. Del arca salió una liebre a todo correr. Pero otra liebre empezó a perseguirla y, cuando la atrapó, la hizo añicos. De su interior salió una pata que echó a volar muy, muy alto. Pero otro pato se precipitó sobre ella y le dio un buen golpetazo. La pata, entonces, dejó caer un huevo y el huevo se precipitó al mar, donde se hundió.

Iván-zarévich, al ver la desgracia que le acontecía, se deshizo en lágrimas. Pero de pronto un lucio nadó hacia la orilla con el huevo entre los dientes. El zarévich lo tomó, lo cascó, sacó una aguja de su interior y la punta se rompió. Y Koschéi no pudo hacer nada: por más que luchara y por más que corriera de aquí para allá, murió sin remedio.

Iván-zarévich se dirigió al palacio del malvado, rescató a Vasilisa la Sabia y juntos regresaron al reino. Y, a partir de entonces, vivieron en armonía hasta el final de sus días.

El príncipe rana - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa de la que cuentan que, cada vez que se cansaba de partirse la cabeza contra la estructura masculina de poder reinante en su castillo, solía relajarse paseando por los bosques y sentándose junto a un pequeño estanque. 

Allí, se entretenía lanzando al aire su pelota dorada preferida y cavilando acerca del papel de las luchadoras ecofeministas en su época.

Un día, mientras se recreaba imaginando la utopía en que podría convertirse su reino de ocupar las mujeres los círculos de poder, dejó caer la pelota, y ésta rodó hasta el estanque. 

El estanque era tan profundo y lóbrego que la princesa no lograba ver dónde había ido a parar. Ni qué decir tiene que no lloró, si bien sí anotó mentalmente que debería tener más cuidado en el futuro.

Súbitamente, oyó una voz que le decía: —Princesa, yo podría devolveros vuestra pelota.

Miró a su alrededor y vio la cabeza de una rana que asomaba sobre la superficie del estanque. —No, no —dijo—, jamás esclavizaría a un miembro de otra especie animal obligándolo a trabajar en beneficio de mis egoístas intereses. —Bien, ¿qué os parece entonces si llegamos a un acuerdo basado en estas circunstancias concretas? Recuperaré vuestra pelota si a cambio me hacéis un favor.

La princesa accedió de buen grado a tan cabal propuesta. La rana se sumergió bajo el agua y, a los pocos instantes, emergió portando en la boca la pelota dorada. Tras escupirla sobre la orilla, dijo: —Y ahora que yo os he hecho un favor, querría sondear vuestra opinión acerca de la atracción física entre especies distintas.

La princesa no lograba imaginar de qué podía estar hablando la rana, pero ésta continuó: —Veréis... lo cierto es que no soy ni mucho menos una rana. En realidad, soy un hombre, al que un malvado brujo hizo víctima de un hechizo. Por más que mi forma anfibia no sea ni mejor ni peor que mi forma humana —sino únicamente diferente—, me encantaría rodearme de nuevo de la compañía de las personas. Y lo único que puede romper este hechizo es el beso de una princesa.

La princesa reflexionó un momento acerca de las posibilidades de acoso sexual entre especies distintas, pero los argumentos de la rana habían ablandado su corazón. Se inclinó y depositó un beso sobre la frente de la rana. 

Y allí mismo, sobre el mismo estanque en el que había descubierto al animal, apareció ante sus ojos un hombre ataviado con una camisa de golf y unos pantalones a cuadros francamente chillones: se trataba de un individuo de mediana edad, verticalmente limitado y ligeramente escaso de cabello en su zona superior.

La princesa se quedó estupefacta. —Lamento mucho si lo que voy a decir suena algo clasista —tartamudeó—, pero... en fin, quiero decir que... tenía entendido que los brujos solían aplicar sus hechizos a príncipes. —Por lo general, sí —dijo él—, pero esta vez la víctima resultó ser un hombre de negocios normal y corriente. El caso es que trabajo en una compañía de promoción inmobiliaria, y el brujo pensó que pretendía engañarle en un litigio de lindes. Sea como fuere, me invitó a jugar al golf y, justamente cuando me disponía a dar el primer golpe, me transformó. Sin embargo, no quisiera que pensara que he perdido el tiempo durante el período que he pasado convertido en rana. He tenido ocasión de conocer cada centímetro cuadrado de estos bosques y pienso que se trata de una zona ideal para construir un complejo de oficinas, urbanizaciones y apartamentos en multipropiedad. ¡Está magníficamente situado, y las cifras encajan a la perfección! El banco no hubiera aprobado ningún préstamo tratándose su cliente de una rana, pero ahora que he recuperado mi forma humana, vendrán a comerme de la mano. ¿Os imagináis? ¡Qué maravilla! Y, os lo aseguro: hablo de un proyecto ambicioso. Basta con desecar el estanque, talar el ochenta por ciento de los árboles y contratar mano de obra para...

El promotor-rana vio interrumpido su discurso: la princesa le había embutido la pelota dorada entre los dientes. A continuación, la joven volvió a sumergirle bajo el agua y le sujetó allí con fuerza hasta que dejó de debatirse. 

Mientras regresaba caminando hacia el castillo, no pudo por menos de asombrarse ante el número de buenas acciones que puede llevar a cabo una persona en una sola mañana. Y, aunque pudo haber quien echara de menos a la rana, nadie volvió a acordarse jamás del promotor inmobiliario.

La rana que quiso hincharse como un buey - Jean de La Fontaine

        Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.

 

“Mirad, hermanas, decía a sus compañeras; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él? –No.- ¿Y ahora?- Tampoco. -¡Ya lo logré! -¡Aún estás muy lejos!”

 

Y el bichuelo infeliz hinchóse tanto, que reventó.

 

Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas. 

Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.

El rey Rana - Hermanos Grimm

 En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosa que hasta el Sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha.

Junto al palacio real extendíase un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría, poníase a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola con la mano al caer; era su juguete favorito.

Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía levantada, hízolo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver su fondo.

La niña se echó a llorar; y lo hacía cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando en medio de sus lamentaciones oyó una voz que decía:

—¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!

La niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua.

—¡Ah!, ¿eres tú, viejo chapoteador? —dijo—. Pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.

—Cálmate y no llores más —replicó la rana—. Yo puede arreglarlo. Pero ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?

—Lo que quieras, mi buena rana —respondió la niña—; mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.

Mas la rana contestó:

—No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro.

—¡Oh, sí! —exclamó ella—. Te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota —mas pensaba para sus adentros—. ¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas?

Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir, nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. Soltóla en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él.

—¡Aguarda, aguarda! —gritóle la rana—. ¡Llévame contigo; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!

Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar «cro, cro» con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca.

Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta:

—¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!

Ella corrió a la puerta para ver quién llamaba y, al abrir, encontróse con la rana allí plantada. Cerró de un portazo y volvióse a la mesa, llena de zozobra.

Al observar el Rey cómo le latía el corazón, le dijo:

—Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?

—No —respondió ella—, no es un gigante, sino una rana asquerosa.

—Y ¿qué quiere de ti esa rana?

—¡Ay, padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar.

Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:

«¡Princesita, la más niña, ábreme!

¿No sabes lo que ayer me dijiste junto a la fresca fuente?

¡Princesita, la más niña, ábreme!»

Dijo entonces el Rey:

—Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.

La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó:

—¡Súbeme a tu silla!

La princesita vacilaba, pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa y, ya acomodado en ella, dijo:

—Ahora acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas.

La niña la complació, pero veíase a las claras que obedecía a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela:

—¡Ay! Estoy ahíta y me siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda; dormiremos juntas.

La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo:

—No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.

Cogióla, pues, con dos dedos, llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya se había acostado, acercóse la rana a saltitos y exclamó:

—Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.

La princesita acabó la paciencia; cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared:

—¡Ahora descansarás, asquerosa!

Pero en cuanto la rana cayó al suelo dejó de ser rana, y convirtióse en un príncipe, un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija.

Contóle entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; díjole que al día siguiente se marcharían a su reino.

Durmiéronse, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en torno al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza.

La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. El fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no cabía en sí de gozo por la liberación de su señor.

Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su espalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:

«¡Enrique, que el coche estalla!

—No, no es el coche lo que falla,

es un aro de mi corazón,

que ha estado lleno de aflicción

mientras viviste en la fontana

convertido en rana.»

Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz.