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El príncipe rana - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa de la que cuentan que, cada vez que se cansaba de partirse la cabeza contra la estructura masculina de poder reinante en su castillo, solía relajarse paseando por los bosques y sentándose junto a un pequeño estanque. 

Allí, se entretenía lanzando al aire su pelota dorada preferida y cavilando acerca del papel de las luchadoras ecofeministas en su época.

Un día, mientras se recreaba imaginando la utopía en que podría convertirse su reino de ocupar las mujeres los círculos de poder, dejó caer la pelota, y ésta rodó hasta el estanque. 

El estanque era tan profundo y lóbrego que la princesa no lograba ver dónde había ido a parar. Ni qué decir tiene que no lloró, si bien sí anotó mentalmente que debería tener más cuidado en el futuro.

Súbitamente, oyó una voz que le decía: —Princesa, yo podría devolveros vuestra pelota.

Miró a su alrededor y vio la cabeza de una rana que asomaba sobre la superficie del estanque. —No, no —dijo—, jamás esclavizaría a un miembro de otra especie animal obligándolo a trabajar en beneficio de mis egoístas intereses. —Bien, ¿qué os parece entonces si llegamos a un acuerdo basado en estas circunstancias concretas? Recuperaré vuestra pelota si a cambio me hacéis un favor.

La princesa accedió de buen grado a tan cabal propuesta. La rana se sumergió bajo el agua y, a los pocos instantes, emergió portando en la boca la pelota dorada. Tras escupirla sobre la orilla, dijo: —Y ahora que yo os he hecho un favor, querría sondear vuestra opinión acerca de la atracción física entre especies distintas.

La princesa no lograba imaginar de qué podía estar hablando la rana, pero ésta continuó: —Veréis... lo cierto es que no soy ni mucho menos una rana. En realidad, soy un hombre, al que un malvado brujo hizo víctima de un hechizo. Por más que mi forma anfibia no sea ni mejor ni peor que mi forma humana —sino únicamente diferente—, me encantaría rodearme de nuevo de la compañía de las personas. Y lo único que puede romper este hechizo es el beso de una princesa.

La princesa reflexionó un momento acerca de las posibilidades de acoso sexual entre especies distintas, pero los argumentos de la rana habían ablandado su corazón. Se inclinó y depositó un beso sobre la frente de la rana. 

Y allí mismo, sobre el mismo estanque en el que había descubierto al animal, apareció ante sus ojos un hombre ataviado con una camisa de golf y unos pantalones a cuadros francamente chillones: se trataba de un individuo de mediana edad, verticalmente limitado y ligeramente escaso de cabello en su zona superior.

La princesa se quedó estupefacta. —Lamento mucho si lo que voy a decir suena algo clasista —tartamudeó—, pero... en fin, quiero decir que... tenía entendido que los brujos solían aplicar sus hechizos a príncipes. —Por lo general, sí —dijo él—, pero esta vez la víctima resultó ser un hombre de negocios normal y corriente. El caso es que trabajo en una compañía de promoción inmobiliaria, y el brujo pensó que pretendía engañarle en un litigio de lindes. Sea como fuere, me invitó a jugar al golf y, justamente cuando me disponía a dar el primer golpe, me transformó. Sin embargo, no quisiera que pensara que he perdido el tiempo durante el período que he pasado convertido en rana. He tenido ocasión de conocer cada centímetro cuadrado de estos bosques y pienso que se trata de una zona ideal para construir un complejo de oficinas, urbanizaciones y apartamentos en multipropiedad. ¡Está magníficamente situado, y las cifras encajan a la perfección! El banco no hubiera aprobado ningún préstamo tratándose su cliente de una rana, pero ahora que he recuperado mi forma humana, vendrán a comerme de la mano. ¿Os imagináis? ¡Qué maravilla! Y, os lo aseguro: hablo de un proyecto ambicioso. Basta con desecar el estanque, talar el ochenta por ciento de los árboles y contratar mano de obra para...

El promotor-rana vio interrumpido su discurso: la princesa le había embutido la pelota dorada entre los dientes. A continuación, la joven volvió a sumergirle bajo el agua y le sujetó allí con fuerza hasta que dejó de debatirse. 

Mientras regresaba caminando hacia el castillo, no pudo por menos de asombrarse ante el número de buenas acciones que puede llevar a cabo una persona en una sola mañana. Y, aunque pudo haber quien echara de menos a la rana, nadie volvió a acordarse jamás del promotor inmobiliario.

La rana que quiso hincharse como un buey - Jean de La Fontaine

        Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.

 

“Mirad, hermanas, decía a sus compañeras; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él? –No.- ¿Y ahora?- Tampoco. -¡Ya lo logré! -¡Aún estás muy lejos!”

 

Y el bichuelo infeliz hinchóse tanto, que reventó.

 

Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas. 

Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.

El rey Rana - Hermanos Grimm

 En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosa que hasta el Sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha.

Junto al palacio real extendíase un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría, poníase a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola con la mano al caer; era su juguete favorito.

Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía levantada, hízolo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver su fondo.

La niña se echó a llorar; y lo hacía cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando en medio de sus lamentaciones oyó una voz que decía:

—¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!

La niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua.

—¡Ah!, ¿eres tú, viejo chapoteador? —dijo—. Pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.

—Cálmate y no llores más —replicó la rana—. Yo puede arreglarlo. Pero ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?

—Lo que quieras, mi buena rana —respondió la niña—; mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.

Mas la rana contestó:

—No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro.

—¡Oh, sí! —exclamó ella—. Te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota —mas pensaba para sus adentros—. ¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas?

Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir, nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. Soltóla en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él.

—¡Aguarda, aguarda! —gritóle la rana—. ¡Llévame contigo; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!

Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar «cro, cro» con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca.

Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta:

—¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!

Ella corrió a la puerta para ver quién llamaba y, al abrir, encontróse con la rana allí plantada. Cerró de un portazo y volvióse a la mesa, llena de zozobra.

Al observar el Rey cómo le latía el corazón, le dijo:

—Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?

—No —respondió ella—, no es un gigante, sino una rana asquerosa.

—Y ¿qué quiere de ti esa rana?

—¡Ay, padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar.

Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:

«¡Princesita, la más niña, ábreme!

¿No sabes lo que ayer me dijiste junto a la fresca fuente?

¡Princesita, la más niña, ábreme!»

Dijo entonces el Rey:

—Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.

La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó:

—¡Súbeme a tu silla!

La princesita vacilaba, pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa y, ya acomodado en ella, dijo:

—Ahora acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas.

La niña la complació, pero veíase a las claras que obedecía a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela:

—¡Ay! Estoy ahíta y me siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda; dormiremos juntas.

La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo:

—No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.

Cogióla, pues, con dos dedos, llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya se había acostado, acercóse la rana a saltitos y exclamó:

—Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.

La princesita acabó la paciencia; cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared:

—¡Ahora descansarás, asquerosa!

Pero en cuanto la rana cayó al suelo dejó de ser rana, y convirtióse en un príncipe, un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija.

Contóle entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; díjole que al día siguiente se marcharían a su reino.

Durmiéronse, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en torno al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza.

La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. El fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no cabía en sí de gozo por la liberación de su señor.

Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su espalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:

«¡Enrique, que el coche estalla!

—No, no es el coche lo que falla,

es un aro de mi corazón,

que ha estado lleno de aflicción

mientras viviste en la fontana

convertido en rana.»

Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz.