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No se asombre, Sargento - Eraclio Zepeda

 

Esto jué entrando la nochecita; serían por ahí de las seis de la tarde, porque ya los zanates se dejaban caer como puñados de frijol sobre el zacatal. Yo tenía como dos diyas de no dormir, esperando que en cualquier momento el viento cambiara de camino y se llevara el ánima de mi tata que ya se andaba queriendo morir desde dos semanas antes. 

No se sabe qué es lo que tenía; el dotor nomás meneaba la cabeza de un lado pal otro, igualito que un gavilán cuando anda buscándole el ruido a los conejos: nomás eso hacía, digo, y no declaraba qué es lo que le había caido al tata quebrándole el cuerpo con aquellos calenturones como de terciana. 

Que si era esto, que si era aquello, y no sé cuántos decíres más. La verdá es que desde que le echó la primera revisada yo me quedé con la seguridá de que aquel dotor nomás andaba dándole vueltas al bramadero sin saber en donde meter el nudo.

El tata era hombre macizo, cuerudo como decimos; pero de pronto, cuando vino a ver, se le empezaron a poner los ojos turbios, ya no aguantaba la boca, y ya no se pudo levantar del catre; ansina empezó la cosa: después pujaba y echaba maldiciones porque se quería parar pa meter el hombro en las tareas, pero ya las juerzas no le daban cabalidá. A yo me entraba un pálpito por los dedos cada vez que entraba al cuarto y le pasaba las manos por aquella cara que parecía piedra de rescoldo por lo caliente. 

Y él nomás me quedaba viendo y buscaba la manera de reírse conmigo, y yo también le contestaba de la misma intención, pero por dentro sentía que me quebraban el chaco y me cundía por todo el cuerpo una retumbadera de hipos que parecía que ya merito me iba a poner a chillar. Sólo por no darle un disgusto al viejo jué que no se me pusieron de cristal los ojos con la lloradera. Pero apenitas salía del cuarto me iba pal corral y allá me hacía guaje hasta que me pasaba el sentimiento.

Yo, desde que cayó enjermo, sabía que ya se le había pelado la fortaleza y que no era más que una cañita seca de milpa. Supe que el tata no tenía pa cuando sanar; y lo más seguro era que ya no volviera a caminar más nunca. En las noches me jalaba los pelos y me mordía la boca pa no pegar de gritos, porque yo sabía que no quedaba otra cosa sino irle a buscar su lugarcito pa enterrarlo, porque era seguro que se me moría. 

Palabra que sentía un miedo como el que dan las cuevas de Cerro Hueco cuando uno las mira de chamaco; esa misma calazón que da la soledá y la negrura era la que me tenía golpeado en aquellos diyas de la gravedá del viejo. De la misma formalidá que si él me estuviera contando cosas de en antes, yo veía un montón de sucedidos que me pasaban por la cara, y eran cosas que habíamos visto juntos el viejo y yo. 

Ansina eran todas las noches: de la cruz a la firma del sueño yo no podía ni cabecear viendo aquellos recuerdos que se me metían por todos lados como avisándome que ya eran los últimos momentos que pasábamos juntos; algunos de esos recuerdos me hacían chillar de tristeza y hasta puéque también de alegría, y esos eran los que se me encajaban en el corazón; pero otros me rechinaban los dientes de coraje y se me acomodaban en los camotes; otros se me clavaban por debajo y yo me sonreía de contento porque es que me había acordado de alguna mujer; pero otros de plano me hacían carcajiar y era que se me metían por los sobacos porque yo sentía que me cosquilleaban de al tiro. 

Así me pasaba aquellas noches: pensando y repensando recuerdos que me salían de quién sabe dónde, y yo los jugueteaba y aluego los volvía a surdir en la oscuridá, pa volverlos a sacar al rato como si juera lino de esos güeyes que nomás se la pasan eructando la comida pa volverla a masticar. 

Y en medio de todas esas revolcaderas en el catre, lo que más me calaba era que en toda la vida no había sabido gozar de la cercanía del tata; nomás muy de vez en cuando me le acercaba; pero casi siempre me la pasaba viéndolo de lejecitos como si solo juera un conocido. La verdá es que él y yo habíamos vivido en una vencindá nomás, pero no muy platicamos de cosas de verdá. Y todo por mi culpa. 

Primero jué porque a las horas de juntarse yo prefería pelarme al monte a buscar animalitos pa matar; aluego porque me tenía que esconder de sus ojos pa echarme el pinche cigarrito. Y más en después, porque prefería cambalachear sus pláticas por las bebederas con los amigos o por seguirle el paso a alguna hembra. Ansina siempre, por cualquier babosada, yo me le pelaba al viejo y casi no lo había oído platicar de todo lo que él sabía. 

Sólo muy de cuando en cuando, en los campamentos, cuando a juerzas tenía que estar con él, es que me hablaba de lo que tenía guardado pa contármelo a mí, de lo que sabía, de lo que había visto o de lo que le había tocado hacer. Y yo me ponía más contento que una ceiba llena de pericos de oírle todas aquellas cosas. Y cuando regresábamos pa la casa yo les presumía a los compañeros de lo que había aprendido y me hacía el compromiso de ya no separarme del viejo pa seguir oyéndolo. 

Pero a los pocos diyas ya andaba por ahí haciéndome el amalditado buscando mis cosas lejos de su autoridá. Total y cuenta que ahora que el viejo se me andaba muriendo yo sentía un coraje de todos los diablos contra mí solito por no haber oído sus palabras que tanta falta me hacían ahora. Me daba cuenta que no había aprendido nada del viejo; que sólo de a por jueras lo conocía bien; pero de su carne no había agarrado nada por mi culpa. ¡Uno no sabe qué tal es la tierra hasta que la vende!

Me acuerdo cuando se murió mi nana: el viejo estaba como si le hubieran metido un balazo; hablaba nomás por hablar; pa que no dijeran que era llorón. Pero en su soledá el pobre se había quedado como uno de esos palos huecos al que las hormigas le han robado toda la interioridá. Yo era ansina de chamaquito, pero también estaba que no podía decir nada de la pena que me andaba pegando. 

Y quién sabe por qué, pero la tristeza del tata era lo que más me dejaba rompida el alma. Y yo, pishpilinito como estaba, me hice la obligación de cuidar al viejo, de ya no dejarlo solo, de que siempre me sintiera cerca del ruido de sus espuelas. Pero apenas acabamos de rezarle su novena a mi nana, ya cuanto hay me había olvidado del pensamiento, y ya andaba otra vez trotando con toda la chamacada buscando nidos de pajaritos. Y el viejo solo en su soledá.

Y ahora que el viejo se andaba muriendo me crecía la carga de conciencia, y también me maldecía por no haber sabido acompañarlo. Pero ya pa qué. Eso es lo que pensaba: ahora ya pa qué.

    Ansina fueron pasando los diyas, cada vez me convencía más de que el viejo no tenía remedio. La enjermedá se lo estaba chupando. Ya no era ni su sombra lo que ahora se revolcaba bajo las chamarras del catre. Que me maldigan los santos si hice pecado, pero casi quería que ya se me muriera porque a las claras veía que estaba sufriendo más de la cuenta. 

    Él, que siempre había sido como un muchacho por su fortaleza, debe de haber estado con el desconsuelo pudriéndole la agonía de ver que ya no le quedaban esperanzas. Al menos eso era lo que yo me figuraba. El tata se iba quedando con el puro pellejo untado sobre el esqueleto, y yo nomás lo veía y la tristeza me cundía de plano.

Un día amaneció sin calentura y yo me empecé a alegrar y a pensar que a lo mejor se salvaba. Pero cuando el dotor llegó me dijo que eso era lo pior. Que cuando la quemazón se acaba es que ya la vida se dio por vencida y ya no quiere seguir pataleando. Y ansina jué realmente.

Ese día cayó un gran aguacero que duró desde que tempraneó la mañana hasta que se contó el ganadito. Toda la jornada jué un solo lloviznar, y macizo, como aquellos aguaceros que ya no se ven seguido. A mí eso me tenía encabritado porque mi nana se murió en día de llovizna, y ella decía que la nana grande también se había pelado en medio de un temporal. Son esas señas que no fallan.

Como decía al principio, serían las seis de la tarde cuando el dotor salió con una cara larga como un tecomate, y todo pálido.

—Quién sabe si hice mal —me dijo—, pero su papá me preguntó que si tenía remedio y yo lo vi tan macho y tan seguro que no lo quise engañar y le hice ver que estaba grave y que se iba a morir. Así se lo dije.

Yo sentí como si me hubieran metido un palo ardiendo. Pegué un reparo y de un salto me paré del banquito en que estaba sentado y me quedé parado frente al dotor. Estaba con el coraje rebalsándome la boca. Hubiera querido agarrar el machete y darle por la madre allí mismo. Tenía piquetes en los ojos como si me hubiera untado chile. Pero aluego me puse a pensar que tal vez eso era lo más mejor; al tata siempre le habían gustado las cosas derechas y a lo macho. 

Recordé que una vez me había dicho que lo bueno aquí en el campo es saber cuando se va uno a morir; que en el campo la muerte no es más que un sucedido que a juerzas tiene que llegar y casi siempre es hasta una salida pa los problemas. Porque pensé todo esto, y porque el dotor, pa qué es más que la verdá, me quedó viendo muy machito, jué que me empecé a apaciguar, y con la cabeza le di a entender que lo que había hecho estaba bien. 

Aluego me voltié y me quedé viendo pa la pared, hasta que oí clarito los cascos del caballo del dotor pasando por las lajas de la tranca. Entonces respiré hasta onde pude y me juí pal cuarto del tata; me urgía verlo porque el pobre debía de estar queriendo consuelo.

    Antecito de la puerta entuavía me detuve. Me quedé buscando la manera de hablarle. De que se olvidara de lo que le habían dicho, de que supiera que ahí estaba su hijo pa darle la mano en los momentos alrevesados, y sobre todo, me quedé parado pa coger valor, porque sentía que de las piernas me subían olitas de calosfrío y si el tata notaba que yo ya mero soltaba la lloradera se iba a poner enojado. Eso me quedé haciendo cuando oí que me llamaba. Ya sin pensarlo más eché el paso y me metí en su cuarto.

—Si viera usté qué galán está lloviendo —le dije—, este año vamos a tener buen tiempo pa trabajar.

— Tenés que aprovecharlo. El gasto va a ser juerte. Así que ponéte a pensar qué es lo que vas a hacer pa ir pagando las deudas que salgan.

Yo me hice guaje y me puse a ver por la ventanita como si no hubiera entendido lo que me había querido decir. Frente a la ventana pasó despacio el caballo del viejo y yo no más por hablar le dije:

—¡Si usté viera qué hermoso anda su caballo! Con estos diyitas de descanso se ha puesto como bestia de general por lo gordo. Le va a dar alegría cuando usté lo vuelva a montar. Caballo acostumbrado a buena rienda sólo a esa mano se encariña.

El viejo se empezó a sonreír pero aluego, de golpe, cortó el gusto y me dijo:

—Ese animal vendélo a una persona que sea muy de a caballo. Y que se lo lleven pronto pa que no le caiga sangre en su corazón de la tristeza de no encontrarme.

—Pa qué dice eso. ..

—Pos tal vez tú no estés sobre avisado, pero yo me voy a morir dentro de poco; ya me lo dijo el dotor.

—No piense eso, tata.

Entonces él me hizo una seña con la mano como diciéndome que me callara.

    —Ahora tú vas a ser el que se quede al frente de todo. Procurá ser como son los hombres; siempre listo pa cualquier eventualidá y  a resolverla como debe ser. No te echés pa atrás en nada de lo que sepás que tienes la razón y también reconocéla cuando no la tengás.

Yo sentí que una chibola me subía y me bajaba por la garganta, pero el viejo me obligaba a ponerme hombrecito nomás con demostrarme su serenidá.

—El dotor me dijo que tal vez no pase la noche ¿lo sabías?

Con una seña de la cabeza le dije que sí, y él me quedó viendo como esperando que yo le dijera más cosas:

—Desde la semana pasada supe que usté se iba a morir, y desde entonces he estado preparando todo lo necesario.

Clarito vide cómo al tata se le alegraron los ojos y yo entendí que era del gusto de verme controlado; aluego me puso su mano sobre la frente y yo la sentí fría, fría, como si la muerte ya le anduviera buscando la embocadura.

—Procurá que todo quede en orden. —Y aluego me acercó más la cabeza jalándome con su mano—. Y que no hayan gritos ni nada en el velorio. Si falta dinero pedíle prestado a mi compadre José; él te dará lo que haga falta pal entierro. No es que tenga obligación; pero hemos sido muy amigos.

—Desde hace como siete diyas me dijo que todos los gastos corrían por su cuenta.

    Mi tata se sonrió y movió la cabeza. Esos son amigos —dijo— que no fallan ni se escuenden cuando uno los precisa.

    Y aluego como si no quisiera que se le fuera a ir ningún pensamiento de los que se le venían:

—Oí. .. ahí me buscás un lugarcito que no esté tan pior pa que me entierren.

Yo sentí que me puyaban los riñones, pero hice la juerza y ni siquiera moví la cara. Me lo quedé viendo y le di a entender que de eso ni tuviera cuidado. En después ya no pude aguantarme y le dije:

—¡Caray viejo! ¿Cómo puede usté estar tan macho hablando de estas cosas sin que siquiera le tiemble la voz?

El tata se sonrió.

—Cuando está uno viejo ya no hay miedo de nada. Uno anda tranquilo porque ya hizo de todo, y todo lo gozó Y lo sufrió. Yo estoy contento de todo lo que vide y lo que arranqué y lo que sembré. Cuando te murás, ahí lo vas a ver, también estarás igual.

—Pos quien sabe. A yo se me arruga el cuero no más de pensarlo...

—No tenés porqué. La muerte no mata, lo que mata es la suerte, y siendo ansina pos pa qué alegar. Lo que sí, acordáte siempre, nunca debes de sentirte solo; onde quiera que estés yo voy a andar contigo. Y cuando te murás yo voy a estar esperándote al ladito pa mostrarte el camino.

Así, con esa serenidá con que lo estoy contando me lo dijo. Hasta pué que más a lo macho, porque a yo, con todo y que ya pasaron sus añitos, entuavía siento una urgencia en el gañote cuando platico de estas cosas.

    Me quedaba mirando como si se quisiera aprender de memoria mi cara pa no olvidarme en el otro mundo y poderme reconocer cuando me viniera a enseñar el camino de los muertos de ley. Y yo sentí que sus ojos me picoteaban la cara.

En después me estuvo platicando sus recuerdos. De lo que yo nunca había querido oírle me estuvo platicando. Y era como si de plano juéramos cuates más bien que padre y cría. Me contó de cuando anduvo con la carabina repartiendo muerte en la bola, de las ciudades que vio, de sus amigos, de sus enemigos, de sus risas y sus miedos; hasta de sus mujeres y de algunos hermanos que a lo mejor me dejó rodando por las rancherías. A las claras se veía que no quería llevarse ningún recuerdo pal entierro. Y yo los recibía como si juera lluvia de abril, porque a lo macho nunca he aprendido más cosas que esa noche. ¡Cómo sabía cosas el viejo!

Yo sentía que estaba recuperando todo el camino chueco que había caminado. Que en esos últimos decires el tata me abonaba la boca con sus cosas; que me dejaba de golpe todo lo que yo debí ir cargando poquito a poco. Pero me sentía tranquilo, porque ahora sí lo sentía a él bien cerquita del corazón como si lo tuviera adentro de la camisa.

—Acordáte: cuando te murás yo te voy a estar esperando: no tengás miedo. Hay dos cosas a las que no tiene caso sacarles la vuelta: nacer y morirse. De una y otra forma que te caigan es lo mismo. Lo que sí, hay que ponerse listo pa hacer lo que se debe en la vida pa poderse morir tranquilo.

Y yo lo quedaba viendo.

    —Otra cosa que debés recordar es que es mejor que te maten por lo que sabés que es la verdá que vivir jediendo a mentira.

Así estuvo hablando toda la noche y yo pegado a la orilla de su catre. A cada palabra que sacaba a las claras se veía que se iba quedando más acabado. Yo veía que se me estaba pelando, y me daba un rechinamiento de güesos el solo pensar que no le podía echar una manita pa nada. Cuando cantó el gallo me dijo: —Agarráme juerte la mano—. Y yo se la apreté y él se jué poniendo más pálido. 

Movía la boca sin parar y cualquiera hubiera pensado que estaba rezando, pero yo que lo conocía bien sabía que nomás repasaba recuerdos pa no olvidarse de nada. De repente los chuchos empezaron a latir muy feo, como si tuvieran miedo o como si estuvieran llorando, y yo sentí que el tata me aflojaba la mano. Le besé la frente igual que cuando se iba pa cualquier viaje y le cerré los ojos. Aluego le prendí unas velas y me juí a arreglar lo necesario y a llamar a los amigos.

Ansina jué como se murió mi tata. Amina me enseñó a morir. Ansina jué que me dijo lo que se debe hacer. Ansina jué que me prometió que siempre iba a andar a mi lado esperando a que me muriera pa vigilar que todo juera como es la obligación; pa que constatara que hijo de tigre tigrillo. Por eso es que usté no debe espantarse que yo esté tan tranquilo. A cada palada de tierra que saco es una carga menos que tengo. Cuando acabe de abrir la tumba ya todo va estar arreglado. 

Pero yo voy a andar entero porque es como hay que portarse, como es la obligación. Porque sé que en estas llanadas lo mejor es no patalear cuando nos llega la hora; porque sé que el tata tenía razón cuando me dijo que la muerte no viene a ser más que un caballo matrero al que algún día tenemos que montar. Por eso es que estoy tranquilo señor. Y usté, sargento, también debe de estar igual. Hoy le toca tirar a usté, mañana le tocará recibir.

¡Bueno! yo ya acabé de hacer la tumba. No más le recomiendo que me entierren hasta el fondo. Usté dice, sargento, en dónde me pongo pa que me fusile.

Los tres cerditos - James Finn Garner

Había una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una hermosa casa. 

Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar, los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron viviendo en paz e independencia.

Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. 

Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar! 

Pero los cerditos respondieron: —Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.

Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. 

El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.

Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Pero los cerditos gritaron a su vez: —¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!

Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»

A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. 

Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.

El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.

Para entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.

Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. 

Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. 

A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.

Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.

Ningún cabo suelto - Miriam Allen Deford

Los dos hombres penetraron silenciosamente en la gran mansión por la puerta de atrás, donde ningún vecino podía verles. No tenían llave de la puerta principal y nadie les habría abierto si hubieran llamado al timbre.

—Está bien —dijo Ferguson—. Nos detenemos un momento y tomamos una o dos copas. ¿Hay algo...?

Girdner le miró fríamente.

—Se trata de un asunto mío. Hazlo una vez más y el trato se habrá roto. Encontraré a alguna otra persona. Iros a vuestra habitación, los dos.

Ella podía llegar en cualquier momento.

Llegaba tarde, como siempre. Girdner hizo una mueca. Llegaba tarde a su propio funeral.

Y también al de su esposo.

Era casi la una de la mañana cuando escuchó su coche. Aquél era el momento más peligroso.

Era una noche oscura, sin luna; él había pensado en todo, como hacía siempre. No encendió la luz del porche, sino que se limitó a abrir la puerta suavemente para permitir que ella entrara. Después, él mismo condujo su coche hacia la parte lateral de la casa, donde los arbustos eran más espesos. Haberle indicado a ella dónde tenía que dejarlo, habría significado una discusión. No tardó en volver y cerró la puerta tras él.

Ella estaba de pie en el vestíbulo, esperando. Y él no le pidió que pasara a la sala de estar.

—¿Está todo preparado? —preguntó ella, con aquel arrogante tono suyo.

—¿Tiene usted todo listo? —devolvió él la pregunta.

Cuando se trataba de arrogancia, podía golpearla hasta arrojarla al suelo.

—¿Se refiere al dinero? —preguntó ella, sonriendo—. Lo he traído. La mitad ahora y la otra mitad... después.  

Girdner se tragó su furia.

—No fue eso lo que acordamos, madame. Está usted comprando algo, y yo lo estoy vendiendo. Si no hubiera usted sabido que yo poseía lo que deseaba y que podía garantizar su entrega, no habría venido a verme. Tengo que pagar a mis hombres mañana por la mañana. Págueme lo que acordamos y habremos terminado.

Ella sacudió la cabeza en un gesto de terquedad. Girdner apretó los puños.

—¿De qué tiene miedo? —preguntó él—. ¿De un chantaje? Soy un comerciante. Una vez vendida mi mercancía ya no tengo nada más que ver con el cliente.

—Usted no..., pero los hombres que ha contratado...

—Esa es exactamente la palabra... los he contratado. Les he contratado ya con anterioridad y, sin duda alguna, les volveré a contratar, a ellos o a otros como ellos. Son técnicos... especialistas. No tienen otro interés que realizar su trabajo y que se les pague por ello.

—Debe recordar, además, que, tanto en mi caso como en el de ellos, cualquier futura insatisfacción hará que quede usted inevitablemente envuelta en ello. Ninguno de nosotros puede acusar al otro sin eso. Eso nos protege a ambos... o a todos nosotros, si así lo prefiere.

De mala gana, ella abrió su bolso de piel de cocodrilo. El contó cuidadosamente el dinero, inspeccionando los billetes para comprobar que no hubiera números seguidos, así como ninguna relación de denominaciones. Después, dejó el fajo descuidadamente sobre la mesa del vestíbulo y volvió a abrir la puerta.

—Buenas noches, madame, y adiós. No encienda las luces de su coche hasta que no llegue a la carretera —sonrió ligeramente y añadió—: Pasado mañana, sus sueños se habrán convertido en realidad. Felicidades.

Cerró y aseguró la puerta una vez ella hubo salido. Permaneció allí, escuchando, hasta que el coche se hubo marchado, recogió después el fajo de billetes, apagó la luz del vestíbulo y subió las escaleras.

Se metió directamente en la cama y durmió profundamente durante ocho horas.

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Dunlap, el sordomudo a quien Girdner había rescatado años antes de los barrios bajos y que ahora le servía con una lealtad servil, preparó el desayuno para Coates y para Ferguson en la cocina. Girdner lo recibió en su habitación, servido en una bandeja. Una vez desayunado, bañado, afeitado y vestido, bajó a su estudio y llamó para que los dos hombres se reunieran con él.

Les observó a ambos con una mirada crítica: Coates, el más alto, estaba tranquilo y taciturno, como siempre, pero Ferguson parecía muy inquieto y preocupado. Girdner tomó nota mental para sustituirle en el próximo contrato. Sin embargo, hoy podría hacerlo; sólo estaba allí como ayudante de Coates y podía confiar en Coates para que siguiera las órdenes e hiciera las cosas de un modo competente, siempre y cuando su paga estuviera segura en su bolsillo.

Había mucho tiempo: James Wardle Blakeney nunca llegaba a su oficina antes de las 11:30 de la mañana.

—Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dijo Girdner duramente—. ¿Alguna pregunta?

—Exactamente lo mismo que en el caso de Sánchez, ¿no es verdad? —preguntó nerviosamente Ferguson.

—Completamente diferente al caso de Sánchez —dijo Girdner con energía—. Aquello fue un golpe directo y el resultado fue accidental. En esta ocasión, se nos paga para que provoquemos un accidente.

Ferguson tuvo el mal gusto de reírse disimuladamente. Girdner decidió que, en efecto, tenía que prescindir de él y, desde luego, aquello significaba que tendría que ser eliminado. ¿Cómo se podía haber deteriorado tanto un hombre de su experiencia? Girdner se dio cuenta de que Coates mostraba una expresión ceñuda; probablemente estaba pensando en lo mismo.

—Además —añadió Girdner—, deberías tener mejor sentido y no mencionar asuntos pasados.

—¡Oh, claro, claro! —exclamó Ferguson con nerviosismo.

«Me pregunto —pensó Girdner— si esto le está ocurriendo porque se ha casado. El matrimonio arruina a un buen hombre que desarrolla su clase de trabajo.» Captó deliberadamente la mirada de Coates y, sin que Ferguson se diera cuenta, puso unos cuantos billetes más en uno de los montones que había colocado sobre la mesa. Coates asintió imperceptiblemente.

—Aquí está vuestro dinero —dijo Girdner—. Contadlo y marcharos. Conocéis el plan y tenéis vuestros billetes de avión. ¿Está todo correcto?

—¡Oh, claro, claro! —volvió a exclamar Ferguson, metiéndose su dinero en un bolsillo, sin contarlo.

Coates, por el contrario, los contó cuidadosamente, volvió a asentir con la cabeza y se puso el dinero en la cartera. «Adiós, Ferguson», pensó Girdner; se reuniría con James Wardle Blakeney antes de que hubiera terminado el día.

Los dos hombres abandonaron la casa por la puerta de atrás. Girdner escuchó hasta que oyó cerrarse la puerta y a Dunlap correr el cerrojo. Después, dejando a un lado sus preocupaciones, se reclinó en el sillón y encendió el primer puro del día. Otro buen negocio del que tenía que dejar de preocuparse. «Creo —reflexionó— que me voy a tomar un descanso..., quizá haga un viaje a alguna parte antes de aceptar otro trabajo. No vale la pena ser avaricioso.»

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 De haberle conocido, James Wardle Blakeney habría sabido que tenía varios rasgos comunes con Augustus Girdner: era reservado, orgulloso, independiente, tenaz y puntual. También tenía un buen número de rasgos totalmente diferentes a los de Girdner, pero ésos no tenían ninguna importancia por el momento.

Con objeto de mantenerse en forma —una cuestión de vanidad para un hombre de cuarenta y cuatro años casado con una mujer de veintiséis— había decidido andar el par de kilómetros que separaban su residencia del despacho, cada vez que estaba en la ciudad, e independientemente del tiempo que hiciera, como no fuera un huracán o una ventisca. Siempre seguía el mismo camino, andando con rapidez, sin prestar ninguna atención a todo lo que le rodeaba, dirigiendo su mente hacia los problemas que le esperaban en el despacho.

El gran problema de hoy era la fusión metropolitana. ¿Debía o no debía utilizar aquel chisme nuevo durante el inminente almuerzo-conferencia? ¿Era ético? Los resultados beneficiosos de su utilización, ¿superarían su dudosa propiedad? Pensó en Newnham; era un cliente muy astuto; sin duda alguna, lo habría utilizado de haber sido el primero en conseguirlo. Sí, decidió, lo haría. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Resultaba divertido pensar en lo que podía hacer la tecnología en estos tiempos.

En aquel momento, y de un modo muy engorroso, fue abordado por un hombre que venía en dirección opuesta. Le fastidió sobre todo porque no reconoció a aquel hombre pequeño, pulcro y sonriente que se detuvo ante él, extendiéndole la mano en espera de que se la estrechara.

—¡Míster Blakeney! —dijo el hombre, mostrándole sus brillantes dientes—. ¡Qué agradable volverle a ver!

Blakeney se encontraba con mucha gente por cuestiones muy diferentes. No había memoria capaz de recordar todos sus rostros y todos sus nombres. Y, lo que era peor aún, últimamente notaba con disgusto cómo su memoria había ido perdiendo aquella elasticidad de hacía veinte años. Pero el sentido de la amabilidad le impulsó a estrechar la mano tendida hacia él.

—Me alegro de verle... —empezó a decir, confiando en no mostrarse tan abrupto como para ofender a alguien que podía sentir que tenía un cierto derecho a ser recordado.

Pero el hombre pequeño, en lugar de hablar, agarró la mano de Blakeney con una sorprendente fuerza y, para perplejidad y alarma del financiero, le arrastró, como si estuviera tirando de un pez capturado, hacia un coche que se había detenido junto a la acera. 

Antes de que Blakeney pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo —su pensamiento había estado profundamente preocupado por lo que iba a hacer sobre la fusión metropolitana—, otro hombre, alto y fornido, le cogió del otro brazo. Entre los dos, le metieron en el vehículo y en menos de un minuto se encontró tumbado en el suelo del asiento trasero, amordazado, con los ojos vendados, una manta sobre su cuerpo y con los pies del hombre más alto firmemente plantados sobre su espalda. Blakeney se retorció y gorgoteó unos sonidos sin efectividad alguna mientras el coche avanzó tranquilamente por la calle.

Blakeney no tardó en dejar de retorcerse. No cabía la menor duda de que había sido raptado para obtener un rescate; creía que aquella clase de cosas habían dejado de suceder desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero recordó muy bien las crónicas que había leído sobre sucesos similares, comprendiendo que sólo las víctimas que habían mantenido la cabeza fría y habían utilizado su inteligencia fueron las únicas no sólo en salir indemnes de la situación, sino incluso en poder conducir a la policía hacia los criminales lo que, en algunos casos, permitió hasta recuperar el dinero del rescate. Tenía todos los sentidos bloqueados, excepto sus oídos, así es que los podía utilizar.

Sabía la rutina del procedimiento por intuición. Sería llevado a un lugar apartado y oculto, donde le mantendrían incomunicado, mientras los secuestradores enviaban una nota pidiendo el rescate a su esposa, o la llamaban por teléfono, o bien se ponían en contacto con cualquiera de sus socios en los negocios. Probablemente, harían esto último, puesto que Iris no tenía la menor idea de dónde o cómo conseguir la considerable suma que, sin duda alguna, exigirían. Tanto ella como su socio serían advertidos para que no informaran a la policía; pero él temía que lo hicieran así, tratando de ocultarlo. Preferiría que no lo hicieran; a las personas raptadas les pueden suceder cosas muy desagradables si los intermediarios no obedecen las órdenes.

Por el ruido, se dio cuenta de cuándo penetraron en el túnel y de cuándo salieron, y poco después la calzada pavimentada se convirtió en un camino en mal estado y los otros coches que había estado escuchando hasta entonces fueron disminuyendo hasta que el ruido de sus motores desapareció por completo. 

Cerca de toda gran ciudad, y a una distancia fácilmente alcanzable, suelen existir enclaves de zonas no desarrolladas urbanísticamente o abandonadas, a las que nadie suele acudir. Estos hombres eran profesionales; habrían preparado ya algún lugar donde ocultarle. 

Tenía una idea bastante buena de la dirección de donde habían llegado, procedentes de la ciudad, y podía recordar algunos de los puntos por los que había pasado, en una u otra ocasión, con su propio coche. Se imaginaba que en alguno de aquellos lugares debía haber alguna casa abandonada.

Sin lugar a dudas, el vehículo se detuvo... Por lo que había podido apreciar, se trataba de un desvencijado cacharro, lo que volvía a demostrar la experiencia de aquellos criminales; sin duda alguna, lo habían adquirido a buen precio de un lote de vehículos de segunda mano, y todo lo que se le exigía al coche era que los llevara adonde habían llegado y que regresara después, sin él y sin uno de los secuestradores; después, sería abandonado en cualquier calle solitaria. De este modo, no había ninguna complicación con vehículos robados. Con su gran talento para las cuestiones administrativas, Blakeney casi aprobó las disposiciones: eran limpias y similares a cualquier negocio.

—Fuera —dijo el hombre alto del asiento de atrás, apartando los pies del cuerpo de Blakeney, cubierto hasta entonces por la manta.

Fue la primera palabra pronunciada por aquel hombre. Se levantó la manta y Blakeney se arrastró trabajosamente hacia la puerta abierta, poniéndose después en pie sobre el terreno accidentado.

Tenía la vaga impresión de que había árboles a su alrededor; estaba seguro de que había uno cerca, contra el que terminó por apoyarse hasta que sus brazos y piernas empezaron a dolerle a causa de las espinas. Ahora le llevarían al interior de la casa, que debía estar muy cerca; le introducirían en una habitación oscura, que sería la celda de su prisión hasta que fuera rescatado. Lo que no podía imaginar era que no había ninguna casa en más de un kilómetro a la redonda.

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 —Está bien —dijo Ferguson—. Muévete.

Se estaba dirigiendo a Coates, que dejó de apretar el brazo de Blakeney. Ferguson se metió entre dos pinos bajos en aquel camino abierto en el bosque y apuntó cuidadosamente hacia la nuca de Blakeney.

Blakeney cayó boca abajo, pesadamente, sin un sonido. Hubo una sacudida momentánea y después se quedó quieto.

—Bastante bien, ¿verdad? —preguntó Ferguson echándose a reír.

Era una risa que parecía un gimoteo.

—Tan limpio como un buen silbido —dijo Coates, mostrándose de acuerdo—. He oído decir que siempre lo eres.

Y, ahora, debía tener en cuenta los cambios en el plan original.

Ferguson estaba todo emocionado. Coates le miró con disgusto. Girdner tenía razón: Ferguson había sido un hombre muy útil en su época, pero su época ya había pasado. Ahora se había convertido en una persona de la que se podía prescindir.

—Bien —dijo Ferguson excitadamente—, ahora hazle rodar... es pesado. Le dejaremos la cartera... tienen que encontrar la tarjeta de identidad..., pero un tipo como éste debe llevar bastante dinero encima, y no hay razón alguna para no cogerlo. Será una especie de paga extra —dijo, riéndose disimuladamente.

Cambio de plan número uno: no se debe coger ningún dinero a Blakeney, o la policía sabría que habría habido una tercera persona involucrada. No había tiempo que perder.

Ferguson se colocó el arma en la pistolera y encendió un cigarrillo. Estuvo hablando y moviéndose todo el rato.

—En cuanto hagamos eso, nos metemos en el coche y nos marchamos, ¿eh? Llegamos a la ciudad, dejamos este cacharro donde dijiste y después podemos irnos al aeropuerto por separado. Tú sigues tu camino y yo el mío. ¿Has hecho algún otro trabajo anterior para Girdner?

—Dos veces —contestó Coates—. ¿Y tú?

—Algunas más. Pero nunca nada como esto..., sólo trabajos ordinarios —se echó a reír—. Con éste no hemos perdido el tiempo, ¿verdad? Ese tipo de Girdner... ¡qué cerebro!

—Cierra el pico —dijo Coates.

Una conversación tonta era una de las cosas que más le disgustaban.

Ferguson volvió a reír, y siguió hablando:

—¿Quién va a escuchar, excepto tú y nuestro difunto amigo? ¡Vaya! ¿Sabías que existiera una organización como ésta? ¡Eso sí que es convertirse en una viuda rica de un golpe! Me pregunto cómo pudo ponerse en contacto con Girdner.

—De la misma forma que lo hicimos nosotros —dijo Coates—. Conexiones del sindicato. Ella no es como nosotros, pero, desde luego, tampoco es un ángel. Probablemente, lo tuvo todo planeado desde el principio. Y ahora, si quieres...

—Está bien, está bien. Déjame que recupere la respiración. No hay prisa. ¡Vaya! Supongo que es eso... ¡ella es la mitad de joven que él y dos veces más hermosa! —Ferguson se echó a reír sofocadamente—. Probablemente, él se la encontró en un bar y después ella le atrapó. En el fondo, la admiro. Naturalmente, Girdner tuvo que haber elaborado los detalles con ella; pero todo el asunto... escribir la nota de rescate ella misma... tal y como dictara Girdner. Supongo que fue así. Y él se habrá ocupado de que ella tuviera una máquina de escribir segura, de la que poder desembarazarse luego... Y después, dársela a la bofia, tras haber hecho como si pagara el rescate... y te apuesto a que ha sido una buena suma... Nosotros hemos cobrado bien, pero eso sólo era una pequeña parte del total...

Coates ya había escuchado bastante.

—¡Eh! —gritó duramente—. ¡Mira aquí!

Alarmado, Ferguson se volvió. Instantáneamente, Coates, que tenía el doble de peso y de fuerza, se abalanzó sobre él, al mismo tiempo que Ferguson sacaba el arma de la pistolera —las dos balas debían proceder de la misma arma—, y antes de que el pequeño hombre se hubiera dado cuenta de lo que ocurría, Coates le disparó en la sien, situando el arma lo bastante cerca como para dejar en ella señales de pólvora.

Ferguson se derrumbó de golpe. Hábilmente, Coates soltó la mano del muerto, que empuñaba el arma con fuerza.

No necesitaba limpiar sus huellas..., ni siquiera en el coche; no había tocado nada que pudiera mostrar sus huellas y en cuanto a Ferguson, ya no importaba.

Cambio de plan número dos: no podía llevarse el coche. Sería otra forma de demostrar que una tercera persona había estado involucrada. Bueno, todavía era temprano y no le separaban más de seis o siete kilómetros hasta la próxima parada de autobús en una pequeña ciudad. ¿Le quedaba alguna cosa por hacer?

Sí, la parte del dinero de Ferguson. En realidad, se lo había ganado él, Coates y, por otra parte, resultaría sospechoso dejar allí a Ferguson con tanto dinero.

Lo cogió todo, excepto la suma razonable que se supondría podría llevar una persona como Ferguson. Unió los billetes a los suyos, colocándolos todos en el cinturón preparado para llevar dinero, que había traído para que no le abultara demasiado en los bolsillos. ¿El billete de avión de Ferguson? No, sería mejor dejarlo. Eso les permitiría saber quién fue, antes de identificar incluso sus huellas. Coates se ató los pantalones sobre el cinturón y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no se había olvidado de nada.

Todo estaba bien. Ferguson había comprado el coche; Coates nunca le había visto hasta que se encontraron la noche anterior en la casa de Girdner; así pues, no había nada que pudiera relacionarles a ambos. Sólo una cuestión más: ¿debía acelerar el descubrimiento mediante una llamada telefónica anónima? Girdner había dejado bien claro que el cuerpo de Blakeney debía ser encontrado con rapidez; se tenía que poder disponer de un esposo muerto antes de dar lectura al testamento. Este lugar estaba aislado. ¿Habría por allí cazadores, chicos o excursionistas que pudieran encontrarse con los cuerpos al día siguiente o así? Quizá no.

Bueno, antes de coger el autobús telefonearía a la comisaría central de policía de la ciudad para darles el soplo, y después colgaría. Por su parte, ella llamaría a la policía en cuanto recibiera la nota donde se pedía el rescate, que ella se había dirigido a sí misma; para entonces, todo habría aparecido ya en los periódicos y en la televisión.

Dando un último vistazo a la satisfactoria escena, Coates comenzó a caminar confiadamente por el camino que llevaba hacia la carretera, manteniéndose alerta para ocultarse en cuanto viera pasar a alguien. Pero ningún ser viviente se cruzó con él, excepto un solitario conejo. Si seguía teniendo aquella misma suerte, se encontraría con pocos vehículos en la carretera a aquella hora del día, y si veía venir a alguno empezaría a correr como si estuviera realizando ejercicios gimnásticos. No iba vestido tan elegantemente como Girdner, pero iba vestido lo bastante bien como para ser considerado como un nuevo devoto de la nueva manía del ejercicio de correr al aire libre. En cualquier caso, nadie le confundiría con un secuestrador, ni se pararía para detenerle.

Siguió andando a paso largo, sonriendo al recordar el repentino terror que se reflejó en el rostro de Ferguson un segundo antes de morir. Que la policía tratara ahora de desentrañar el rompecabezas de por qué el secuestrador había matado a su víctima y después, repentinamente, por alguna razón inexplicable, se había suicidado con la misma arma.

Coates se sintió satisfecho de aquel buen trabajo, tan bien hecho. Había sido un trabajo verdaderamente profesional en el que no había quedado ningún cabo suelto.

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 Todo funcionó con exactitud. Iris Blakeney ni siquiera estaba nerviosa. No se puede estar nervioso, al menos cuando todo está a cargo de un empresario como Girdner. Todo lo que tenía que hacer era seguir con exactitud sus instrucciones, y así lo hizo. Al parecer, uno de sus hombres hasta había llamado por teléfono para asegurarse de que el cuerpo del pobre James fuera descubierto con rapidez, y así sucedió, en efecto, antes de que oscureciera aquella misma noche.

Ensayó de nuevo la conmoción y la pena que debía sentir en cuanto supiera las noticias. El teléfono no tardaría en empezar a sonar, y después sería acosada por los periodistas y por los amigos de James y por sus parientes y socios de negocios. Gracias al cielo ella no tenía ninguno. Sólo tendría que pasar una semana o dos de conmoción y fastidio, y después comenzaría su nueva, su maravillosa nueva vida. Sí, ya sonaba el timbre en la puerta principal; se puso en tensión para enfrentarse al primer encuentro, mientras escuchaba a la criada acudir a abrir la puerta.

Dos hombres entraron en la casa. Iban vestidos con ropas civiles, pero, desde luego, ella se dio cuenta de que se trataba de policías.

—¿Tienen ustedes..., tienen ustedes alguna noticia? —preguntó con voz temblorosa, como si no hubiera escuchado las noticias en la televisión.

Escuchó, casi medio desmayada, cómo uno de ellos comenzó a recitar la letanía que precede a todo arresto desde la ley Miranda.

—¡Pero qué diablos...! —empezó a decir, pasando rápidamente de la conmoción a la expresión de rabia.

—Vamos, hermana —dijo fatigadamente uno de los policías—. ¿Sabe lo que encontramos en el bolsillo superior de la chaqueta de su esposo? Uno de esos hermosos y pequeños magnetófonos. Al parecer, cuando cayó al suelo lo activó de algún modo. ¡Y vaya si hay cosas interesantes en esa cinta!