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El montón de arena - John Keefauver

Los primeros que llegaron a la playa vieron el montón de arena e imaginaron que lo había hecho alguien al amanecer. Alguien que, quizá, lo había abandonado para irse a desayunar y que regresaría más tarde, durante el transcurso de la mañana, para terminar la escultura y poder participar así en el concurso de castillos de arena de aquel día. 

Aquello parecía una buena explicación (al menos así se pensó más tarde) sobre la existencia del gigantesco montón de arena de por lo menos siete metros de altura, quizá ocho y pico, con una base proporcionada, situado en la playa, no muy lejos del agua, y que ya estaba allí a las nueve de la mañana, sin nadie a su alrededor.

Parecía haber sido hecho con extraordinaria rapidez o, de todos modos, sin ningún diseño, como si se tratara del primer paso para construir una gigantesca escultura cuya arena habría salido de aquel enorme montón. No hubo extrañeza al principio; eso apareció más tarde, cuando toda la ciudad estaba hablando ya de la pequeña colina de arena.

Al principio, nadie prestó mucha atención al montón (solo algunos se preguntaron quién podría haber pensado en crear una escultura tan gigantesca; alguien que tendría que haberla empezado a construir al amanecer), porque todo el mundo estaba más preocupado por construir su propia escultura para participar en el concurso.

Pero a medida que fue avanzando la mañana y nadie apareció para continuar el trabajo en la montaña de arena, empezó a hablarse más sobre el extraño montón, sobre todo después de que llegaran los jueces alrededor del mediodía y empezaran a preguntar a unos y a otros si alguien sabía a quién pertenecía la colina de arena.

—¿Era una inscripción en el concurso? —Naturalmente, nadie sabía más de lo que pudieran saber los jueces.

Así es que aquella cosa quedó allí, sin que nadie la atendiera ni la trabajara, mientras las horas pasaban y los padres les decían a sus hijos que no subieran sobre ella, ni que la tocaran siquiera, porque podría tratarse del comienzo de una escultura. Aquella resultaba una orden muy difícil de cumplir para los chicos, porque la gran montaña de arena era el lugar más tentador donde poder jugar. 

De hecho, uno de los chicos subió a la colina para terminar bajando, con lágrimas en los ojos, cuando su padre le amenazó gritándole. Entonces, el padre trató de alisar las pisadas de su hijo, refunfuñando todo el tiempo contra el loco —más bien locos, por el tamaño de la montaña— que hizo aquello y luego se marchó, dejándolo sin vigilancia.

A las dos de la tarde, los jueces empezaron a recorrer el largo centenar de creaciones de arena, arriba y abajo de la playa en una extensión aproximada de quinientos metros: había castillos, desde luego, de todos los tamaños; animales (cocodrilos, tortugas y ballenas); creaciones excéntricas como el VW, la hamburguesa y el trozo de tarta («Almuerzo»), una bañera con una mujer dentro, un ratón aproximándose a una ratonera con un trozo de queso en ella, las pirámides y esculturas relacionadas con el programa espacial. Y el montón de arena.

A las tres y media, los jueces ya habían comparado sus notas y concedido el primer premio a «Apolo 12». El segundo premio fue para el VW, y el ratón, la ratonera y el queso consiguieron el tercero. Los jueces ignoraron el montón de arena; lo consideraron como tarea de unos muchachos que habían terminado por cansarse.

Tradicionalmente, después de haber concedido los premios y cuando ya la gente empezaba a marcharse a casa, se permitía a los niños destruir las esculturas. De todos modos, la marea las cubriría y se podía conceder aquel placer a los chicos. Los niños se lanzaron salvajemente contra las creaciones, gritando de placer, mientras los padres les observaban casi con el mismo gusto. 

Ocasionalmente, algún adulto se unía a su hijo en la tarea de destrozar una de las esculturas de arena. Pero los pequeños no podían hacer mucho para destruir la montaña de arena. Corrieron arriba y abajo de ella, dándole patadas, pero habrían necesitado una pala mecánica para haberla destrozado por completo. O eso, o haber trabajado durante horas para aplanarla. Los adultos ignoraron el montón de arena.

Cuando empezó a caer la neblina de la tarde y el tiempo se hizo más frío, se produjo un rápido abandono de la playa, que tenía ahora el aspecto de haberse producido allí una verdadera batalla campal. Únicamente el gran montón de arena permaneció intacto. Sin embargo, la marea alta de la noche se encargaría de ella. ¿Qué locos podrían haber realizado todo aquel trabajo para no volver a aparecer y terminar su tarea? ¿Qué tontos podrían haber sido?

Al oscurecer, la marea lamía ya la base de la montaña de arena. Poco después del amanecer, un madrugador que vivía frente a la playa se dio cuenta de la presencia de un coche de la policía aparcado frente a su casa. Cuando salió para investigar, vio a uno de los policías en la playa, observando el montón de arena. Cuando el policía regresó a su coche, le dijo al residente que se había acercado a él:

—Esa maldita colina de arena aún sigue ahí. Parece como si la marea no le hubiera quitado ni un solo centímetro.

Y cuando el residente se dirigió a la playa, él mismo pudo comprobar que la marea alta había aplanado y alisado todos los restos de las esculturas de arena del día anterior durante la noche y la madrugada, dejando únicamente el gigantesco montón de arena que, en cualquier caso, parecía ser aún más grande que el día anterior. La base de la montaña aparecía plana allí donde la marea la había rodeado, pero, extrañamente, la marea parecía no haber aplanado ni derribado ninguna parte de la base.

A media mañana, una buena cantidad de niños estaban jugando sobre el enorme montón, pero este era de tal tamaño que el único daño que le hicieron fue el de dejar una gran cantidad de pisadas sobre él. Los adultos miraban la montaña con curiosidad, pero entonces ninguno de ellos trató de mantener a sus hijos alejados de ella.

Mientras el mismo residente almorzaba en la terraza de su casa frente a la playa, vio un coche de la prensa aparcado en la calle de enfrente. Un fotógrafo se acercó a la playa y sacó algunas fotografías de la colina de arena, y en el periódico local de aquella tarde apareció una fotografía de la «Misteriosa montaña de arena que desafía al mar». La historia contada bajo la fotografía estaba redactada con bastante atrevimiento.

Aquella misma tarde, y según pudo estimar el residente, unas cien personas se encontraban alrededor de la montaña de arena esperando que subiera la marea. Los niños jugaban sobre ella y, en esta ocasión, estaban acompañados por algunos muchachos mayores. Sin embargo, un hombre le gritó a su hijo diciéndole que bajara de la montaña:

—¿Por qué? —quiso saber el niño.

—No discutas conmigo. ¡Baja de ahí!

Cuando la marea rodeó poco a poco el gran montón, todos los padres hicieron bajar a sus hijos de la montaña, sobre la que solo quedaron los jóvenes de mayor edad, aquellos que habían acudido allí sin sus padres. 

Gritaban y reían a medida que la marea rodeaba el montón por completo, hasta que uno de ellos, algo más joven, se quedó en silencio y finalmente saltó desde el montón de arena al agua y echó a correr hacia la parte seca de la playa. 

Después, los otros le siguieron, uno tras otro, hasta que la montaña de arena, llena de pisadas, se quedó aislada en medio del agua, que fue subiendo milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que avanzó la noche.

Algunos mirones habían traído linternas, pero, a medida que se iban viendo forzados a apartarse de la montaña, sus luces fueron perdiendo efectividad gradualmente. Sin embargo, cuando un coche patrulla que había en la calle contigua a la playa encendió sus luces y las enfocó sobre el montón de arena, todos pudieron ver que la montaña seguía incólume, como si una ola fuera quitándole arena y otras aportándole más.

Al día siguiente, una multitud más numerosa rodeaba el montón de arena. El propio residente que vivía frente a la playa pudo ver en las primeras informaciones locales de la televisión un informe sobre la «montaña de arena» que «sobrevivió a la noche». 

Las imágenes demostraban claramente que la montaña seguía siendo tan grande aquella mañana como lo había sido el día anterior. Y aquella tarde apareció en el periódico local otra fotografía y otro comentario sobre la montaña de arena, aunque en esta ocasión se publicó en la portada.

La historia seguía contándose con ligereza y un oceanólogo dijo que la montaña permanecía como consecuencia de la «presión ejercida por la mole de arena». Más adelante, se incluía el comentario de un geólogo: «La arena del mar se amontona de diversas formas..., especialmente con la ayuda de algunos bromistas locales dotados de muchas palas y un verdadero aguante».

Durante aquella noche, la gente era mucho más numerosa que la noche anterior, aunque hubo más padres que mantuvieron a sus hijos alejados del montón. Se habló de excavar la montaña para aplanarla o, al menos, para ver qué demonios había en su interior. Pero ninguna de aquellas conversaciones era seria. Sería realizar una gran cantidad de trabajo para nada. Sería algo tonto. Que el agua se encargara de deshacerse de ella.

A medida que la marea fue rodeando la montaña de arena, las conversaciones disminuyeron cuando pareció evidente que, una vez más, la montaña iba a resistir la marea alta de aquella noche. Los mirones, incluyendo a algunos que permanecían en la calle, se quedaron en silencio. Las luces de un coche patrulla iluminaron, también esta vez, la montaña de arena a medida que iba subiendo el nivel del agua, como si la montaña fuera un monumento. 

Muchos espectadores permanecieron allí incluso hasta que la marea alcanzó su punto más alto y, justo poco antes del amanecer, cuando la marea volvió a subir un poco, dos ancianos permanecieron junto al coche patrulla que había vuelto al lugar, deteniéndose y volviendo a dirigir sus faros hacia la playa. La montaña de arena continuaba allí. Según dijo uno de los hombres, era como si se tratara de la única escultura real que hubiera habido allí jamás.

Al cuarto día de existencia de la montaña de arena, solo unos pocos padres permitieron a sus hijos jugar sobre ella. Desde luego, hubo chicos de mayor edad que acudieron a la playa solos, sin sus padres, y que subieron y bajaron de la montaña. 

Pero al quinto día solo siete chicos ascendieron a la montaña, aunque fue un día hermoso y soleado y la playa se vio abarrotada de gente. Un hombre se había traído una pala e iba de un lado a otro de la playa preguntando a la gente si había algún otro voluntario con palas. No hubo nadie. 

Así es que el hombre se dirigió solo hacia la montaña de arena y, divertidamente, empezó a introducir su pala en la arena; pero se tuvo que detener cuando uno de los jóvenes que estaban sobre el montón empezó a gritar para terminar bajando a la playa, seguido de los demás, como si cada uno de ellos tuviera miedo de quedarse solo sobre la montaña.

—¿Qué ocurre? —se le preguntó al niño que lloraba.

Pero todo lo que hizo el muchacho fue balbucear que se había «asustado». Y el hombre de la pala regresó a donde estaba su familia, en la misma playa, y le dio la espalda al montón de arena.

Al séptimo día de la montaña de arena, un sábado, tres coches cargados de hombres que llevaban varias cajas de cerveza acamparon cerca de la colina de arena a primeras horas del atardecer. Cada uno de ellos llevaba una pala. Inmediatamente, una multitud se congregó a su alrededor para preguntar si iban a aplanar la montaña de arena y que, si era así, se dieran prisa.

—¡Claro que lo vamos a hacer! —dijo uno de los hombres que, al parecer, era su jefe; un hombre de unos treinta años, corpulento y peludo—. En cuanto nos tomemos unas cuantas cervezas.

La multitud esperó con impaciencia mientras los hombres, gastándose bromas entre ellos, recostándose sobre las espaldas, mirando hacia la montaña de arena, bebían lentamente sus cervezas. Ante los gritos de «¿Qué estáis esperando?», «¡Vamos!» y «¡No se puede hacer nada ahí tumbados!», los hombres se echaron a reír y miraron a su jefe, que dijo:

—No hay prisa, muchachos. Ese montón de arena no se va a marchar a ningún lado. Y si hay algo dentro, tampoco va a desaparecer.

Después, al ver que una media docena de hombres que no pertenecían a su grupo se habían marchado para regresar provistos de sus propias palas, se levantó y dijo:

—Vamos. Ahí está nuestro trabajo.

Pero después, viendo que los seis hombres provistos de palas tampoco tenían prisa por empezar a excavar la montaña, se volvió a tumbar y abrió otra lata de cerveza. Los otros hicieron lo mismo. A medida que cada uno de ellos terminaba su lata de cerveza, la colocaba cuidadosamente en un montón que, toscamente y en miniatura, se parecía a la montaña de arena. Ninguno de los hombres ofreció una cerveza a nadie que no formara parte de su grupo, y ninguno de ellos llevaba puesto el bañador.

A primeras horas de la noche, cuando ya se habían bebido casi toda la cerveza y la marea empezaba a lamer la montaña de arena, el jefe se levantó y, deliberada y dramáticamente, mirando primero a su alrededor para comprobar que estaba siendo observado, destruyó el montón de latas de cerveza de un fuerte puntapié.

—¡Está bien! —gritó—. ¡Vayamos a por ese maldito montón de arena!

Y animados por algunos —aunque la mayor parte de los mirones permanecían silenciosos—, los hombres hundieron sus palas en la montaña de arena. Empezaron a excavar furiosamente, arrojando la arena tan lejos como podían. Eran unos doce, que rodearon el montón de arena a varios niveles y, dirigidos por su jefe, cantaron mientras trabajaban:

—Montaña, montaña, excávala. Montaña, montaña, remuévela. Montaña, montaña, alcanzad su corazón. Montaña, montaña...

Los mirones se acercaron al montón de arena tanto como pudieron, hasta el punto adonde iba a parar la arena arrojada por las palas, mientras que, tras ellos, al ver la gente cómo se atacaba a la montaña, acudía hacia ella desde todas las partes de la playa y desde la calle que corría paralela al mar. Los coches se detenían y sus ocupantes bajaban para observar.

—... remuévela —los mirones se sumaban ahora al canto—, alcanzad su corazón.

Al cabo de unos momentos, algunos de los espectadores provistos de palas preguntaron a los bebedores de cerveza si podían ayudar y, una vez obtenido el permiso, subieron también a la montaña y empezaron a excavar.

—... remuévela.

Los hombres que no tenían palas subieron a la colina para ir quitando arena con las manos, cantando al mismo tiempo. Después, subieron las mujeres, y los jóvenes, y los niños.

—... remuévela.

Finalmente, el montón de arena quedó cubierto de gente que cantaba, excavaba furiosamente, apartaba arena con las manos, sin reírse, apretándose cada vez más a medida que los bebedores de cerveza trabajaban en la base y mientras la parte superior de la montaña iba siendo aplanada.

—... alcanzad su corazón.

Ahora, el nivel del agua estaba aumentando alrededor de la montaña decapitada, humedeciendo la arena arrojada desde la altura del montón que quedaba, aplanándola, volviendo a llevársela hacia el océano. Aumentando milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que el sol descendía más y más, el agua fue invadiendo la zona hasta que algunos hombres y mujeres recogieron a sus hijos más pequeños y vadearon desde la base de la montaña hasta la playa seca. 

Una de las mujeres se cayó y su hija gritó de terror cuando, alcanzada por detrás por una poderosa palada de arena, cayó al agua. Un policía los sacó rápidamente de allí. Su coche patrulla estaba listo para iluminar la escena en el caso de que se hiciera completamente de noche antes de que hubiera podido ser destruida la montaña. Sus luces ya estaban encendidas y dirigidas hacia el montón de arena.

Poco a poco, el nivel de arena de la montaña fue descendiendo, hasta que solo siguieron excavando los primeros hombres, ahora más lentamente y cantando menos, aunque los mirones seguían cantando con fuerza, casi con furia. 

Después, cuando el océano empezó a lamer la parte superior de lo que quedaba del montón de arena, los trabajadores fueron abandonando el agua, hasta que solo quedó en ella su jefe, sudando, trabajando duro y limitando su canto a un «¡excava, remueve, corazón!».

Se apartó del agua en el momento en que el océano cubrió finalmente la montaña, sintiéndose desilusionado y farfullando:

—¡Demonios! No había una maldita cosa en ese montón de arena.

El residente que vivía frente a la playa se levantó al amanecer. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su sala de estar, no supo si sentirse desilusionado o aliviado al ver que la montaña había desaparecido. Supuso que sintió un poco de ambas cosas, pero sobre todo se sintió aliviado.

Desde la distancia no pudo ver cómo comenzaba a formarse una nueva montaña de arena, no muy lejos de la que había sido destruida. Sin embargo, ya avanzado el día, tanto él como otros pudieron verla a medida que la marea de la mañana apilaba más y más arena. 

Y también pudo ver la segunda pequeña montaña, cerca de la primera, mientras ambas crecían a una velocidad similar. A las nueve de la mañana siguiente, las dos eran más grandes que la antigua montaña de arena.

Las aguas del mar - Clarice Lispector

Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones. 

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. 

Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.

Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal -y la alegría es una fatalidad- ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. 

Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. 

La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.

El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).

Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. 

Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.

Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.

Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas -ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas-, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano. 

El pecho desnudo - Italo Calvino

El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero -piensa mientras
sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular- yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.

De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija adelante, de modo de rozar con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se retraen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris contra el cielo. Sí -reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el camino-, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza. ¿Pero será justo proceder así? -sigue reflexionando-. ¿No es aplastar la persona humana al nivel de las cosas, considerarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía masculina, encallecida con los años en insolencia rutinaria?
Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, desliza su mirada por la playa con objetividad imparcial, hace de modo que, apenas el pecho de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un brinco. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apreciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la visión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantiene en mitad del aire, describiendo una curva que acompaña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada. Creo que así mi posición resulta bastante clara -piensa Palomar-, sin malentendidos posibles. ¿Pero este sobrevolar de la mirada no podría al fin de cuentas entenderse como una actitud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los senos a la penumbra donde los han mantenido siglos de pudibundez sexomaníaca y de concupiscencia como pecado...
Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Palomar que, pese a pertenecer a la generación madura para la cual la desnudez del pecho femenino iba asociada a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio en las costumbres, sea por lo que ello significa como reflejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada. Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más hacia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando volublemente el paisaje, se detendrá en los senos con cuidado especial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nubes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas. Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de inferencias desviantes. Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.

No puedo evitar decir adiós - Ann Mackenzie

Me llamo Karen Anders y tengo nueve años y soy pequeña y morena y corta de vista y vivo con Max y Libby y no tengo amigas

Max es mi hermano y es veinte años mayor que yo y tiene los ojos juntos y aire preocupado nosotros los Anders fuimos siempre muy caseros tiene asma también

Libby siempre fue guapa pero ahora ha cogido peso y en su bikini nuevo parece una luchadora de lucha libre a mí me gustaría tener un bikini pero Lib no me lo comprará yo creo que no me daría tanto miedo el agua si tuviera un bikini amarillo que ponerme en la playa

Una vez cuando yo tenía siete años mi padre y mi madre fueron de compras y no volvieron nunca a casa hubo un atraco en el banco como en la tele y Lib dijo que aquel loco les segó por la mitad

Antes de que se fueran yo sabía que tenía que despedirles y yo dije claro y despacito adiós Mamá primero y luego adiós Papá pero nadie se fijó mucho viendo que sólo iban de compras pero después Max se acordó y le dijo a Libby por la forma en que esa nena dijo adiós se podría pensar que lo sabía lo que iba a pasar

Libby dijo por amor de Dios sé razonable querido cómo iba ella a poder saberlo pero me imagino que ahora somos nosotros los responsables de ella has pensado en eso

Por su tono de voz no parecía precisamente complacida

Bueno después que vine a vivir con Max y Libby yo supe que tenía que despedirme del hermano de Lib Dick estaba jugando a las cartas con ellos en la salita y cuando Lib gritó Karen vete a la cama me acerqué a él y me planté toda tiesa con las manos caídas y los dedos entrelazados como la señorita Jones nos manda en la escuela cuando tenemos coro

Yo dije muy despacio y claro bueno adiós Dick y Libby me echó una especie de mirada rara

Dick no levantó la mirada de sus cartas y dijo buenas noches nena La noche siguiente antes de que ninguno de nosotros volviera a verle estaba muerto de una enfermedad llamada peritonitis te revienta en el estómago y te lo llena de agujeros

Lib dijo Max oíste como le dijo adiós a Dick y Max empezó a jadear y a dar boqueadas y dijo que ya te lo dije verdad que había algo raro lo que me pone enfermo de miedo es de quien se va a despedir la próxima vez ya me gustaría saberlo y Lib dijo vamos querido vamos procura tranquilizarte

Yo salí de detrás de la puerta donde estaba escuchando y dije no te preocupes Max estarás perfectamente

Tenía la cara toda llena de ronchas y la boca azul y con un susurro rasposo dijo cómo lo sabes

Qué pregunta más tonta como si fuera a decírselo aunque lo supiera

Libby se inclinó hacia mí y pegó su cara a la mía y su aliento olía a cigarrillos y a licor y a ensalada de ajo

Ella solo dijo entre dientes nunca vuelvas a decirle adiós a nadie oyes nunca jamás

Lo malo es que no puedo evitar decir adiós

Después de esto todo fue bien y yo creí que a lo mejor se habían olvidado pero Libby seguía sin querer comprarme el bikini nuevo

Un día en la escuela supe que tenía que despedirme de Kimberley y Charlene y Brett y de Susie

Bueno pues entrecrucé las manos delante de mí y les fui diciendo adiós lenta y cuidadosamente uno por uno

La señorita Jones dijo por Dios Karen por qué tanta solemnidad querida y yo le contesté bueno verá es que se van a morir

Ella dijo Karen eres una niña cruel y malvada no debes decir cosas así mira cómo has hecho llorar a la pobre Susie y ella dijo Susie querida entra en el coche pronto estarás en casa y te encontrarás perfectamente

Así que Susie se secó las lágrimas y corrió detrás de Kimberley y Charlene y Brett y se subió al coche justo al lado de la mamá de Charlene porque esa semana le tocaba a ella traer y llevar los niños a la escuela

Y esa fue la última vez que les vimos porque el coche patinó y se salió de la carretera de la montaña y cayó dando vueltas por toda la pendiente basta el fondo del valle y se incendió

Al día siguiente no hubo escuela porque fueron los funerales y cantamos canciones y echamos flores en las tumbas

Nadie quería ponerse a mi lado

Cuando acabó la señorita Jones se acercó a ver a Libby y yo dije buenas noches y ella me respondió pero rehuyendo la mirada y ella respiraba como ansiosa cuando Libby me mandó que me fuera a jugar

Bueno cuando la señorita Jones se fue Libby me llamó para que volviera y me dijo no te dije que nunca jamás volvieras a decir adiós a nadie

Ella me agarró con fuerza y parecía como si los ojos le ardiesen y me retorció el brazo y me dolía y yo grité no por favor no pero ella siguió retorciendo y retorciendo así que dije si no me sueltas le diré adiós a Max

Fue lo único que se me ocurrió para hacer que parase

Ella dejó de retorcerme el brazo pero seguía agarrándomelo y dijo Dios mío quieres decir que puedes hacer que pase que puedes hacerlos morir

Bueno claro que no puedo pero yo no iba a decírselo a ella así que por si pensaba volver a hacerme daño yo dije sí que puedo

Ella me soltó y caí de espaldas con fuerza y ella me dijo estás bien te he hecho daño Karen querida y yo dije sí y más vale que no vuelvas a hacerlo y ella dijo que yo solo estaba bromeando y que no lo decía en serio

Así que entonces supe que ella me tenía miedo y yo dije que quería un bikini para llevar en la playa uno amarillo porque el amarillo es mi color favorito

Ella dijo bueno querida ya sabes que hemos de tener cuidado con los gastos y yo dije quieres que me despida de Max o no

Ella se dejó caer contra la pared y cerró los ojos y se quedó quieta del todo durante un rato y yo dije qué haces y ella contestó pensando

Entonces de repente abrió los ojos y me sonrió y dijo oye sabes que mañana vamos a ir a comer a la playa y yo dije quieres decir que me vas a comprar un bikini y ella dijo sí tu bikini y todo lo que quieras

Así que ayer por la tarde compramos el bikini y hoy a primera hora Lib fue a la cocina y preparó para la comida el pollo frito y la macedonia de naranja y la tarta de chocolate y las rosquillas especiales que hace para acompañarla y dijo Karen estás segura de que todo está de tu gusto y yo dije claro todo tiene un aspecto magnifico y ahora que tengo mi bikini nuevo no voy a tener miedo de las olas y Libby se rió y puso la cesta de la comida en el coche ella tiene unos brazos morenos muy fuertes y dijo no me parece que no

Entonces subí a mi cuarto y me puse el bikini que me venía perfectamente y fui a mirarme en el 'espejo y miré y miré y después entrecrucé los dedos delante de mí y me sentí rara y dije despacio y claro adiós Karen adiós Karen adiós adiós