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Yo, en otra vida, fui Avestruz - Clara Obligado

        Yo, en otra vida, fui Avestruz. Le llamará la atención, porque aquí me ve con mi aspecto de madre de familia un poco entrada en carnes, pero eso fue hace mucho tiempo y en otro país, cuando era joven y, además, transcurrió en paralelo. Quiero decir que, al mismo tiempo, fui mujer y avestruz.

Es posible que usted no sepa bien qué es un avestruz. Pues mire, son unos animales preciosos con un cuello larguísimo, que nosotros llamamos ñandú y más científicamente rhea americana, porque avestruz es el nombre que tienen en África. Todo esto lo busqué en la enciclopedia Vida salvaje que compré en cuotas y que traía de regalo el microondas. Me valió la pena, con el amor que le tomé a esos bichos.

A mí me encantaba correr por las pampas, las pampas, eso que sale en los folletos de viaje, donde los pastos son tan altos que llegan hasta los cuernos de las vacas y la tierra es tan plana que da la vuelta al mundo. Como le estaba diciendo, me encantaba correr sobre todo cuando caía la tarde y el cielo dibuja una franja rosa y azul alrededor de la tierra y los pájaros vuelan bajito porque regresan cansados a la laguna. No, no era peligroso, entonces no nos cazaban para hacer plumeros, eso vino mucho después.

Como le digo: éramos la mar de felices. Tal vez se esté preguntando cuándo pasó la historia, más que cómo es eso de que haya sido, al mismo tiempo, mujer y avestruz. Aquí, donde me ve, yo tengo más de cuarenta años y lo de la avestruz fue hace por lo menos cien. Me trajo unos problemas terribles explicarle a mi marido que yo había vivido en otro tiempo y en otro lugar: lo de la avestruz, ni siquiera lo intenté, ya sabe lo poco comprensivos que son los hombres.

Mi otro estado era fenomenal, sobre todo porque el macho de la manada cuidaba de las crías, que se llaman charitos; así que nosotras, las hembras, nos la pasábamos de miedo, todo el día picoteando por ahí, alargando el cuello y charlando entre nosotras. ¿Se imagina lo que es tener ese porte, esa elegancia, esos ojos grandes y grises, esas pestañazas? Era una preciosidad y yo, que soy tan presumida, disfrutaba como una loca. Las otras hembras, no, porque, aunque los teníamos todas iguales, yo, además, era mujer.

Un día me cazaron con las boleadoras y me llevaron a un rancho, como le dicen por allí a las casitas construidas con barro y que a los alemanes ahora les parecen tan ecológicas. Bueno, le resumo. El criollo se encariñó conmigo y después de acariciarme mucho el lomo me amansé, y me dedicaba a comer bichitos por el patio. Bichitos y todo lo que encontraba, porque ya sabe, las avestruces nos tragamos cualquier cosa. 

Me encantaba sentir cómo bajaba la plata por mi cuello, hasta el buche; el hombre era soguero, y el patio estaba lleno de brillos. Perdone, tampoco sabrá lo que es ser soguero, enseguida se lo explico: es un oficio que consiste en hacer las riendas y todas esas cosas para los caballos, y él las hacía muy adornadas.

Era precioso verlo sentarse de tardecita, cuando el cielo es un remolino de nubes, y enjabonarse las manos para ponerse a trenzar. Ahí nomás, con tres hilitos de cuero atados a un árbol, el hombre sacaba un cabestro, una cincha, un bozal. Iba acariciando los tientos y haciendo nudos mientras mezclaba la plata y justo cuando el sol se escondía se levantaba del banquito para ponerse a pensar. 

Yo no sé qué pensaría el hombre, pero frente a un sol que se pone tan rojo y con esas nubes, algo importante debía de ser. Luego se me acercaba y me decía, acariciándome las plumas, con los ojos acuosos: «Ay, mi linda avestruz, qué gauchita, mi linda avestruz».

En invierno metía la cabeza bajo sus sábanas y, como era muy cariñoso y yo estaba calentita, me hacía un lugar. Él apagaba el farol y yo apoyaba el pico contra su pecho y también sentía su calor, y el corazón de los humanos, que bombea pesado y lento. Ya sé que le parecerá extraño, pero yo dormía con el hombre.

Como le decía, además de ñandú era mujer, y me metía contentísima en su cama. Sólo echaba de menos una piel sensible para sentirlo más, porque la caricia en las plumas no es suficiente. A usted se lo puedo decir: sentía la añoranza de mis pechos.

La que no estaba tan contenta era la novia, que a veces venía a visitarlo. Era una mulata fea y ordinaria, vestida de colores chillones que no pegan con los tonos tan sobrios de la pampa, y además tenía el pelo mota, los ojos como carbones y el cuello corto, así que no soportaba esos ojazos grises míos y por eso, cuando estábamos solas, me decía: «maldita presumida, te voy a arrancar las plumas y voy a hacerme zapatos con tu piel». 

Un día trató de que me comiera un cigarro encendido y el hombre se enfadó tanto que casi le pega. Yo silbaba de contenta pero, como soy tan discreta, me salí de la habitación para que se pudieran reconciliar. Y me quedé sola en el patio, con la cabeza bajo el ala, porque ojos que no ven, corazón que no siente.

Qué bonito es el campo en primavera, todo lleno de florcitas, con el cielo tan azul, los peludos agujereándolo todo, las perdices con su agudísimo reclamo, las vizcachas, los teros. Yo correteaba feliz bamboleando el cuello, abriendo mucho las alas para mantener el equilibrio, golpeando la pampa como un tambor, porque nosotras, no sé si se ha fijado, tenemos unas piernas tremendas. 

A lo lejos oía llamar al macho de la manada y, qué quiere que le diga, se me despertaba el instinto, con tantos animales apareándose que había por ahí. Al fin y al cabo, era natural. Parece que al hombre le pasaba lo mismo, porque en esa época —piense que le hablo de cien años atrás— las mujeres no se entregaban sin pasar por la boda y la mulata le permitía todo, menos lo esencial, que tonta no era y quería casarse, para dejarlo después ardiendo. Y solo.

Así que una noche de luna plagada de luciérnagas, cuando las ranas croan y huele el campo a verde y a nuevo, el hombre me empezó a llamar desde la cama, primero con silbiditos, pero después con palabras y, mientras decía «mi linda avestruz, mi hembrita, qué mansita mi linda avestruz», iba dejando un lugar a su lado y apagando el farol, aunque ya no hacía frío va y me acaricia el lomo con sus manos grandes y curtidas y yo sin saber qué pensar, porque nunca había visto a un hombre desnudo y ahora él estaba desembarazándose de todo lo que nos separaba y yo dudando de sus intenciones pero al mismo tiempo me esponjaba para que encontrara la piel, y era tan dulce su peso de hombre que mire, lo dejé hacer.

Así fue como perdí la virginidad. Por eso no se lo he contado a mi marido, ya sabe lo celoso que es. Que haya vivido en otro siglo y en otro país eso, en el fondo, le gusta: dice que da cultura.

616 Todo es Infierno - David Zurdo

Capítulo 14 

Audrey cortó sin responder la llamada de Joseph a su teléfono celular. El bombero no había dejado de intentar hablar con ella en los últimos días. La memoria del contestador de la casa de Audrey estaba llena de mensajes suyos, y la secretaria de la consulta no sabía ya cómo decirle que su jefa llevaba días sin acudir al despacho. La psiquiatra estaba evitando a Joseph y él ya tenía que haberse dado cuenta de ello. Pero no iba a desistir. De momento se limitaba a esas insistentes llamadas telefónicas. No había aparecido aún en casa de Audrey, ni tampoco en la residencia de ancianos, aunque lo haría más tarde o más temprano. Joseph era una buena persona y estaba preocupado por ella. ¿Cómo podría no estarlo después del estado en que se presentó en su casa aquella noche, empapada y completamente aturdida?

Audrey había ido al apartamento de Joseph siguiendo un impulso. Buscaba el más primitivo de los consuelos: el abrazo de otro ser humano. Se sentía dolida y desamparada, y eso le hizo cometer un error que ahora trataba de enmendar. Ella y Joseph habían acabado acostándose y haciendo el amor, algo que Audrey no buscaba ni pretendía cuando fue a casa del bombero. Era la primera vez que estaba con un hombre desde… no recordaba desde cuándo. Joseph había sido tierno y cariñoso con ella, y eso no hacía sino empeorar la situación y volver más difícil lo que Audrey tenía que hacer. No quería empezar ninguna relación de ningún tipo. Ni siquiera con alguien tan encantador como Joseph. Quería centrar todas sus fuerzas en encontrar de nuevo a su hijo Eugene. Solo eso le importaba.

Ante la insistencia de Joseph, Audrey le había contado aquella noche cómo la mujer de su amigo Michael McGale acababa de morir de un infarto repentino en un restaurante próximo a su consulta. Lo hizo de un modo atropellado y confuso, y demasiadas cosas quedaron por aclarar. Pero Joseph no la presionó para que le contara más de lo que Audrey quiso contarle. Esta dejó el apartamento poco antes del amanecer, tras despertarse de un sueño ligero e inquieto, cuajado de pesadillas. Joseph había pasado buena parte de la noche intentando serenar a Audrey en los peores momentos. Realmente era una buena persona. Pero Audrey debía seguir adelante. Ella sola. No quería involucrarle en lo que iba a ocurrir y en su incierto y temible desenlace.

Daniel estaba poseído por el Demonio. La madre superiora tenía razón. A Audrey ya no le quedaban dudas sobre eso. «Demuéstrame que lo que dices es cierto y creeré en ti», le había dicho Audrey al Daniel oscuro, cuando este dejó ver que era el Demonio y afirmó que podría contarle la verdad sobre Eugene. Audrey no le creyó, e ingenuamente le exigió una prueba. Él ansiaba dársela. Y lo hizo. La falta de fe de Audrey había condenado a la mujer de su amigo Michael. Una muerte más con la que su alma tendría que cargar. Ese fue el precio para que se le abrieran los ojos, porque ahora sí tenía fe. Ahora sí creía que Daniel sabía la verdad sobre Eugene, y que el Demonio hablaba por su boca.

Audrey deseaba conocer esa verdad. Lo necesitaba atormentadamente. Cada segundo que pasaba en la ignorancia de lo que había sido de Eugene era un nuevo clavo que le atravesaba el alma. El ser que poseía a Daniel podía acabar con ese sufrimiento. Pero Audrey tendría que pagar un precio por ello. Las enseñanzas de sus padres y su formación religiosa coincidían en que el Demonio nunca da nada a cambio de nada. Y a Audrey le aterraba perder lo único que aún le importaba, aparte de encontrar a Eugene: su alma.

Se hallaba en medio de dos abismos igual de profundos, entre los que parecía que iba a verse obligada a elegir. Pero había vuelto a la residencia con la firme esperanza de no tener que hacerlo. Días antes creía haber descubierto un modo de hacer hablar al ser diabólico que habitaba el interior de Daniel sin condenarse por eso irremisiblemente a las llamas del Infierno. Una sola posibilidad, que, además, salvaría también al viejo jardinero, inocente de todo aquello.

En pocos minutos, un sacerdote enviado por la diócesis de Boston llevaría a cabo con Daniel un ritual de exorcismo. La madre superiora se había ocupado de hacer los preparativos y de acelerarlos todo lo posible. Se mostró de acuerdo con la idea del exorcismo en cuanto Audrey se la propuso. La religiosa sospechaba ya desde hacía tiempo de la presencia del Maligno en Daniel, pero no quería ser ella quien propusiera un exorcismo, a no ser que Audrey estuviera también convencida. Y ese momento había llegado.

Ante la entrada de la residencia, quieta y con la mirada perdida en los vetustos muros, Audrey rezó. Por primera vez en muchos años, lo hizo con auténtica humildad. Le pidió a Dios que la ayudara en este trance, para que el exorcista consiguiera arrancar de Daniel al Demonio y para que ella pudiera arrancarle al Demonio la verdad sobre Eugene. Audrey sabía que el exorcismo era peligroso y que podría sacar a la luz hechos oscuros de su pasado, pero no había alternativa. Además, eso ya no la preocupaba. El Demonio no le mintió cuando dijo que nada es más importante que la verdad.

Se sentía débil y mareada. El hedor a enfermedad y orines rancios de la entrada le revolvió el estómago, aunque no había nada en él excepto un poco de agua. Llevaba tres días sin comer alimentos sólidos. El padre Tomás Gómez, que celebraría el exorcismo, le había comunicado a la madre superiora que un ayuno riguroso de todos los que fueran a asistir al ritual era imprescindible para combatir eficazmente al Demonio. Eso decidió que solo Audrey y el sacerdote participaran en el exorcismo de Daniel. La madre Victoria insistió con terquedad en hacerlo también, pero Audrey logró disuadirla. La psiquiatra argumentó primero que la edad avanzada de la religiosa no le permitiría un ayuno absoluto, pues eso pondría en peligro su salud. Pero la religiosa no cedió. Estaba dispuesta a arriesgarse si con eso ayudaba a liberar a Daniel del Maligno. Frente a esta actitud, Audrey utilizó otro argumento, el único capaz de convencerla: la fragilidad de la madre superiora no solo no ayudaría a Daniel, sino que podría fortalecer al ser que lo poseía y hacer que resultara imposible expulsarlo de él. La monja cedió por fin, para alivio de Audrey, aunque una parte egoísta de ella habría deseado que no lo hiciera.

El exorcismo iba a celebrarse en la habitación de Daniel. Era el lugar más discreto aparte de la sala de terapia, que enseguida fue descartada. Tanto a la madre Victoria como a Audrey les daba la impresión de que la sala era un «terreno favorable» para el Enemigo.

Antes de dirigirse hacia la habitación, Audrey pasó por el despacho de la religiosa. La conversación que mantuvieron fue corta. Empezó con una petición de la monja: «Ve con Daniel. Está muy asustado y el padre Gómez no me permite verlo. Nosotras rezaremos por él en la capilla», y terminó con un ruego afligido: «Que Dios nos proteja».

Un inusual olor a incienso se mezclaba con el tufo rutinario a desinfectante en el pasillo que conducía hasta Daniel. Delante de la puerta de su habitación, el exorcista esperaba a Audrey, vestido para el combate. Pues de eso se trataba, de un combate. Sobre el hábito llevaba puesta la túnica ceremonial de lino blanco, el alba, y de su cuello colgaba una estola morada. Cuando habló, fue muy directo en sus palabras:

—Señorita Barrett, soy el padre Gómez. Aunque la Iglesia recomienda ahora que esté presente un psiquiatra en los exorcismos, sus conocimientos científicos aquí no sirven de nada por sí mismos, así es que haga el favor de observar y no intervenir en ningún momento, salvo cuando yo se lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

Quizá por influencia del cine, Audrey esperaba encontrarse con un sacerdote ya anciano, de aspecto sabio y mirada profunda, con un gesto duro esculpido en mil batallas contra el Príncipe del Mal. Esa era la imagen que Audrey tenía de un sacerdote exorcista. Y no pudo evitar sentirse decepcionada, además de temerosa. El padre Gómez era un hombre joven, de origen puertorriqueño y gesto altivo. Su voz afectada y su comentario desdeñoso revelaban una soberbia que la inquietó. Un exorcismo es una lucha despiadada entre el Bien y el Mal, una tierra de nadie donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran más igualadas que en ningún otro caso. Para vencer la batalla son necesarias fe y perseverancia. Pero también humildad. Un exorcista que carezca de ella puede caer fácilmente en las trampas del Demonio. Dios es quien sale victorioso en un exorcismo, y no el exorcista, que es su mero instrumento. Ojalá el padre Gómez no se olvidara de ello.

—¿Es este su primer exorcismo? —Audrey tuvo que preguntar. Había demasiado en juego.

—¡Claro que no! ¡Por supuesto que no es mi primer exorcismo!

—Me alegro. Para mí, sí lo es.

Él la miró con desdén y, sin añadir nada más, entró en la habitación de Daniel. Allí el olor a incienso era casi sofocante. Daniel estaba sentado encima de la cama. A su lado, el exorcista había puesto el crucifijo que normalmente colgaba de la pared. Y Audrey detectó también otro cambio: sobre la mesilla en la que solía haber una lámpara, el padre Gómez había colocado una imagen de la Santísima Virgen y dos pequeños recipientes, uno con agua bendita y otro con sal.

—¡Au… drey! Tengo… miedo.

—Vuelve a sentarte —le ordenó a Daniel el sacerdote, cuando vio que el anciano iba a levantarse de la cama.

—No hace falta que le hable así —dijo Audrey—. ¿No ve que está aterrorizado? Tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí. No va a pasarte nada.

El exorcista puso una mueca exasperada, antes de decir:

—Señorita Barrett, ya le he dicho que usted debe limitarse a hacer lo que yo le diga. Si eso no le parece bien, será mejor que se marche ahora mismo y que no participe en el ritual. No se puede ser condescendiente con Satanás.

Audrey pensó: «Este no es Satanás, pedazo de imbécil. Es solo un pobre anciano retrasado que está muerto de miedo». Sin embargo, lo que dijo fue:

—Haré todo lo que me ordene.

—Muy bien —la voz del padre Gómez sonó aguda, de complacencia—. Puede empezar poniéndole esto a Daniel.

Al ver lo que el exorcista sacó de su maletín, Audrey tuvo que contenerse otra vez.

—Yo… no quiero… co… rreas.

La expresión doliente de Daniel le partió a Audrey el corazón.

—Daniel, ¿confías en mí?

—Sí.

—Entonces ¿me crees si te digo que es necesario que te pongas las correas? —Daniel asintió—. No las apretaré mucho.

—Apriételas todo lo posible.

Por tercera vez, Audrey no dijo lo que estaba pensando. La mirada de odio que le dirigió al exorcista fue más que elocuente.

—Tengo que hacerle caso al padre Gómez. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Yo… con… fío… en ti.

Siguiendo las instrucciones del exorcista, Audrey ató con las correas las manos de Daniel; una a la cabecera de la cama y otra a su pie. El anciano quedó así con los brazos extendidos, como el propio Cristo que descansaba a su lado. La penosa imagen hizo asentir, satisfecho, al padre Gómez. Luego, rebuscó de nuevo en su maletín, del que esta vez sacó una pequeña cámara de vídeo digital.

—¿Va a grabar el exorcismo? —Esto había cogido a Audrey por sorpresa. Se había resignado a que, durante el ritual, pudieran revelarse acontecimientos de su pasado que habría preferido mantener ocultos. Pero nunca se le ocurrió que fueran a quedar registrados en una cinta.

—Yo grabo todos mis exorcismos. De hecho, es preceptivo cuando los medios técnicos lo permiten.

—¿De verdad lo cree necesario, padre Gómez?

En la respuesta de él volvió a percibirse su hiriente y peligrosa soberbia.

—El registro de imagen y sonido en el exorcismo es un procedimiento habitual en el siglo XXI. ¿Acaso le molesta?

«Claro que me molesta, engreído de mierda».

—No. No me molesta.

El padre Gómez puso la cámara digital sobre una cómoda apoyada en la pared hacia la que miraba Daniel. Después de graduar el zoom y el enfoque, oprimió el botón de grabación y volvió atrás.

—Empecemos de una vez. La cámara ya está en marcha. Puede orar en silencio por Daniel, pero se lo repito una vez más: no intervenga en ningún momento, salvo cuando yo se lo ordene expresamente.

—Así lo haré.

El exorcista se colocó a la izquierda de Daniel e indicó a Audrey que se pusiera al otro lado. La psiquiatra vio al padre Gómez mirar al objetivo de la cámara. Él mostraba una estúpida autocomplacencia. Incluso llegó a arreglarse los cabellos, como si fuera a prepararse para un concurso de belleza masculina, en vez de para un combate contra el Demonio. Por fin, sacó de un bolsillo el libro con el ritual del exorcismo y, tras cerrar los ojos, comenzó a orar para sus adentros. Terminado el rezo preparatorio, hizo la señal de la cruz, que exhortó a Audrey a hacer también, y dijo:

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Usted debe responder «amén».

—Amén.

Extendiendo los brazos y las manos, el exorcista prosiguió:

—Dios, Padre Omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros. —Hacia Audrey, dijo—: Y con tu espíritu.

—Y con tu espíritu.

—Daniel, te pido tu permiso para expulsar a los demonios que te atormentan. ¿Me lo concedes?

Daniel no sabía qué responder. Por eso, miró a Audrey, que asintió y le dijo en un murmullo: «Di que sí».

—Sí… Sí.

Ahora, el exorcista tomó un puñado de sal, que echó en el recipiente con agua bendita:

Te suplicamos, Dios Todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor

El padre Gómez volvió a mirar hacia Audrey. Pero ella no contestó «Amén». Estaba ensimismada.

—¡Responda amén! —exclamó el padre Gómez.

—Amén.

Airado, el exorcista comenzó la súplica litánica. La furia de su voz desvirtuó las dulces palabras de la oración:

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios, para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda bondadosamente la invocación de su Iglesia a favor de nuestro hermano Daniel, que sufre gravemente.

El anciano estaba sufriendo, sí. Pero el demonio que llevaba dentro no parecía resentirse en absoluto por el ritual. De hecho, Audrey aún no había notado siquiera su maléfica presencia.

—Arrodillémonos para comenzar las letanías —dijo el exorcista—. Tú no, Daniel.

Este no habría podido arrodillarse aunque hubiera tenido que hacerlo, porque las correas que lo sujetaban a la cama se lo habrían impedido. El jardinero sudaba. De la frente húmeda le caían gotas sobre los ojos sin que pudiera limpiárselas con sus manos atadas. Audrey vio la mirada suplicante del anciano y estuvo a punto de levantarse para enjugarle ella misma el sudor. No lo hizo porque sabía que, en ese caso, el exorcista la echaría de la habitación. Fijó cobardemente su mirada en el suelo, incapaz de soportar la angustia de Daniel.

—Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Así inició el padre Gómez una monótona y larga oración, por la que se imploraba a Dios, la Virgen, los ángeles y todos los santos que intercedieran por Daniel. El ruego terminó con las palabras: «Cristo, escúchanos». Fue entonces cuando Audrey, que tenía ya doloridas las rodillas desnudas, levantó de nuevo los ojos hacia Daniel. Él la observaba fijamente. Y Audrey no habría necesitado leer en sus labios las mudas palabras «Aquí estoy» para saber que el Demonio había ocupado una vez más su cuerpo. De nada de esto se percató el padre Gómez, ni tampoco de cómo le temblaban las piernas a Audrey cuando él dijo:

—Levantémonos. Señor y Dios nuestro, a quien pertenece compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra súplica para que la compasión de tu misericordia libere a este servidor tuyo, Daniel, que está sujeto por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

—A… mén —dijo Audrey con voz entrecortada.

El inocente jardinero había abandonado la habitación. Su cuerpo lo habitaba ahora el ser que llevaba atormentándolo desde el incendio del convento. Con ese fuego se inició el torrente de sucesos casi inimaginables que había desembocado en este exorcismo, en el preciso momento de medir realmente las fuerzas del Bien y del Mal. Porque los dos contendientes se encontraban ya en el campo de batalla.

—Buenas tardes, padre Gómez —dijo el Daniel oscuro, en un remedo de burlona cortesía. Mientras hablaba, se dedicó a mirar con curiosidad las correas que lo aferraban a la cama.

—¡Por fin te atreves a mostrarte, cobarde Satanás!

Audrey tuvo que reconocer que el exorcista había identificado al momento la presencia diabólica y que no se había amilanado ante ella. Lo que Audrey deseaba era que esa entereza se mantuviera y que su exceso de confianza no le hiciera fracasar.

—¿Me llamas cobarde, sacerdote?

El tono del Daniel oscuro seguía siendo burlesco, pero el exorcista ignoró sus palabras. Eso le habían enseñado a hacer. Aferró con más fuerza que nunca el libro que sostenía entre las manos, y leyó:

—Bajo la protección del Altísimo, les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo…

—¿No me contestas? ¿Te niegas a escucharme? —preguntó Daniel.

El padre Gómez alzó la voz:

—Tú eres, Señor, mi refugio. Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Tú eres, Señor, mi refugio.

—Eso pensaba también aquella muchacha de Guatemala… Que el Señor era su refugio. Pobre insensata…

El exorcista vaciló. Su silencio no llegó a durar un segundo, pero Audrey se dio cuenta de que vaciló antes de proseguir con la letanía:

—Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa…

—Vivía en aquella cabaña infecta —siguió hablando Daniel, con su voz insidiosa—. Tenía solo doce años, ¿verdad?

Audrey se apartó aún más de Daniel. Este seguía sentado en el borde de la cama, con los brazos extendidos. Pero su semejanza con un Cristo crucificado resultaba ahora blasfema. Daniel exhalaba una maleficencia casi física, con la que Audrey temía contagiarse, quizá irracionalmente. O quizá no. El padre Gómez se mantuvo firme, en cambio. Aunque Audrey juraría que, de no haber tenido él que sujetar el libro del ritual entre las manos, se habría tapado con ellas los oídos para no tener que escuchar las palabras venenosas de Daniel.

—… Te cubrirá con sus plumas —dijo el exorcista, en voz más alta—, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Tú, Señor, eres mi refugio.

—La niña tenía solo doce años, sí. Y ya guardaba un pequeño secreto.

Daniel miró a Audrey, que se estremeció.

—Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza…

—¡ESCÚCHAME, SACERDOTE!

Las correas se rasgaron por sí solas con un ruido breve y seco. Una ráfaga de aire fétido les agitó las ropas. El grito de Audrey se perdió entre las manos con las que se tapó la boca.

—… Con solo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos.

Nervioso, el padre Gómez continuó. Pero Daniel volvió a interrumpirle mientras se desataba tranquilamente los restos de las correas que seguían atados a sus muñecas:

—He dicho que… ¡ME ESCUCHES!

El exorcista se quedó rígido y, luego, comenzó a andar hacia atrás, hasta estrellarse contra la cómoda sobre la que descansaba la cámara digital. Faltó poco para que el fuerte impacto la hiciera caer al suelo. Alguien que viera grabado ese momento podría pensar que fue el propio exorcista quien caminó de espaldas y se tropezó accidentalmente con la cómoda. Pero Audrey sabía que no era eso lo que había ocurrido. Ella vio la mueca de pánico que se apoderó del rostro del padre Gómez. El exorcista no se había movido por su voluntad. Daniel le había hecho moverse como una marioneta. El anciano jardinero habló otra vez. Y su voz era temible:

—Tú la mataste.

—¡Fue el demonio que la poseía quien la mató!

Así se defendió el exorcista. Estaba gateando por el suelo, bajo la pérfida mirada de Daniel, con el rostro desencajado y balbuceando: «El libro, ¿dónde está el libro?».

—¿Sabías que estaba embarazada?

El padre Gómez se quedó mudo y se detuvo. No lo sabía. Audrey, que estaba acurrucada en una esquina, se limitaba a observar. El libro que buscaba el exorcista había ido a parar entre los pies de Daniel, que lo cogió del suelo y se lo lanzó por el aire.

—Aquí tienes tu libro, sacerdote.

Él se incorporó a duras penas, con el libro aferrado en su mano diestra. Respirando agitadamente, buscó el punto del ritual en el que este se había interrumpido, pero no consiguió encontrarlo. Desesperado, agarró la cruz que había sobre la cama y, poniéndola entre él y Daniel, a modo de escudo, comenzó a leer a gritos en una página cualquiera:

—¡Apártate de este siervo Daniel, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia! ¡Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto…!

Estas palabras hicieron que ocurriera lo que ya parecía imposible. Daniel empezó a retorcerse, como si las simples palabras fueran flechas ardientes. Audrey contempló horrorizada los terribles cambios que se desataron en el cuerpo del anciano y que la cámara no llegó a captar de un modo claro. Algo se movía por debajo de la piel de Daniel. Algo escurridizo, que deformó su cara y que le hizo arrancarse la camisa entre aullidos de dolor.

—¡Dios, Dios, Dios! —gimió Audrey.

El torso de Daniel estaba surcado por una malla de venas negras. Palpitantes. Vivas. Que iban cambiando de forma y de posición por debajo de su piel. Audrey se volvió hacia el exorcista. La expresión de él era casi lunática. Y la misma locura se transmitía a sus palabras, dichas a voces:

—¡… Superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la cruz y, resucitado del sepulcro, transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, de Daniel, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su sangre! ¡TE CONJURO, SATANÁS, QUE ENGAÑAS AL GÉNERO HUMANO…!

De la boca de Daniel surgió una mezcla de mil voces abominables, que gritaron su agonía en mil lenguas distintas. Era el momento. El demonio que poseía a Daniel estaba a punto de ser derrotado. Audrey tenía que preguntarle por Eugene. Ahora que estaba más débil que nunca. Antes de que el exorcista lo expulsara por completo.

Audrey se arrodilló junto a la cama en la que Daniel continuaba retorciéndose, aullando de un modo espeluznante. El padre Gómez estaba tan absorto que no se molestó en reprenderla. Se limitó a proseguir con el ritual, gritando con todas sus fuerzas las palabras que creía poderosas. Del oído derecho de Daniel emergió de pronto un líquido negro que salpicó el rostro de Audrey. Olía a muerte y a decadencia. Ella sintió una arcada y, a continuación, unos dolorosos calambres le comprimieron el estómago vacío. Con un sabor amargo a bilis en la boca, Audrey se dispuso a preguntarle a Daniel qué había ocurrido con su hijo Eugene. La cara de Daniel estaba mirando al lado contrario de la psiquiatra. Cuando la volvió hacia Audrey, todas sus esperanzas se desvanecieron.

El demonio que lo poseía y que el exorcista pensaba estar muy cerca de derrotar, le había guiñado un ojo, como ya hiciera en otra ocasión. Había vuelto a engañarla. Los había engañado a los dos. Una risa cruel e infinitamente remota surgió de aquella criatura maléfica, que gritó:

—¡TODO ES INFIERNO!

Las palabras del exorcista se detuvieron. Y Audrey, simplemente, se rindió.

—Acércate —pidieron las voces demoníacas que hablaban como una sola. Ellas susurraron algo al oído de Audrey. La verdad que ansiaba conocer.


El nuevo traje del emperador - James Finn Garner

Hace mucho tiempo, muy lejos de aquí, vivía un sastre itinerante que un día llegó a un país desconocido. Ahora bien, los sastres que acostumbran a desplazarse de un lugar a otro son personas por lo general reservadas que cuidan de no traspasar los límites de la comunidad. 

Aquel sastre, sin embargo, era un individuo hipergregario, además de limitado en cuanto a modestia se refiere, por lo que no tardó en vérsele en la taberna local abusando del alcohol, invadiendo el espacio privado del personal femenino y relatando ignorantes historias acerca de caldereros, recogedores de estiércol y otros comerciantes.

El tabernero se quejó a la policía, cuyos miembros detuvieron al sastre y le arrastraron a presencia del emperador. Como cabe esperar, toda una vida de convencimiento acerca de la absoluta legitimidad de la monarquía y la inherente superioridad de los varones habían convertido al emperador en un tirano fatuo e intelectualmente limitado. 

El sastre reconoció aquellas facetas de su carácter y decidió utilizarlas en provecho propio. —¿Deseas expresar alguna solicitud antes de que te destierre de mi reino para siempre? —le preguntó el emperador. —Tan sólo que Vuestra Majestad me conceda el honor de confeccionar un nuevo traje real —repuso el sastre—, ya que he traído conmigo un tejido especial tan raro y delicado que sólo puede ser visto por ciertas personas, precisamente por aquéllas que Vos querríais tener en vuestro reino: personas políticamente correctas, moralmente nobles, intelectualmente agudas y culturalmente tolerantes que no fuman, ni beben, ni encuentran diversión en las chanzas sexistas; personas que no ven demasiada televisión, que no escuchan música country y que no organizan barbacoas.

Tras un instante de reflexión, el emperador accedió a su propuesta. Se sentía halagado por el concepto —pleno de fascismo y testosterona— de que el Imperio y sus habitantes existían únicamente para mejorar su imagen. Sería como estar casado con una mujer bandera y multiplicar cien mil veces la sensación resultante.

Ni que decir tiene que el sutilísimo tejido en cuestión no existía. Tantos años de vida fuera de los límites de una sociedad normal habían facilitado al sastre el desarrollo de un código moral propio que le invitaba a estafar y a humillar al emperador en nombre de los artesanos independientes en general. 

Y así, a lo largo de su diligente tarea, pudo convencer al emperador de estar cortando y cosiendo piezas de tela que, desde el más estricto sentido objetivo de la realidad, no existían.

Cuando el sastre anunció que había terminado, el emperador acudió a contemplar su nuevo atavío frente al espejo. Quien le hubiera visto allí, desnudo como el día en que vino al mundo, habría podido comprobar que los años que había pasado explotando al campesinado le habían convertido en una repelente masa de carne fofa y blancuzca. 

Ni que decir tiene que el propio emperador también lo advirtió, si bien fingió que era perfectamente capaz de distinguir tan hermosa y políticamente correcta vestimenta. Inmediatamente, ordenó celebrar un desfile al día siguiente para lucir su nuevo esplendor.

A la mañana siguiente, sus súbditos se congregaron en las calles para contemplar el grandioso desfile. Para entonces, ya se había corrido la voz acerca del nuevo traje del emperador, visible únicamente por personas ilustradas y de sanas costumbres, y no había ciudadano que no hubiera resuelto aparentar más rectitud que cualquiera de sus vecinos.

El desfile comenzó con gran algarabía. A medida que el emperador paseaba su pálida, abotargada y patriarcal anatomía por la calle, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa y admiración ante la belleza de su nuevo traje. Todos, con la excepción de un niño pequeño, que gritó: —¡El emperador está desnudo! 

El desfile se detuvo. El emperador interrumpió su avance, y sobre la multitud se abatió un silencio sepulcral, hasta que un campesino de excelentes reflejos mentales exclamó: —¡No, no lo está! ¡Sencillamente, ha adoptado un estilo de vida alternativo en lo que se refiere a su atuendo! 

De la muchedumbre se elevó una ovación, y todos los presentes se despojaron de sus vestiduras y se pusieron a danzar bajo la luz del sol, tal y como para ello los había diseñado la naturaleza. A partir de aquel día, el país pasó a admitir aquel estilo alternativo de vestimenta, y el sastre, privado de su modo de vida, empaquetó su aguja y sus hilos y nunca más volvió a saberse de él.

La brujita de la calle Elm - Mildred Clingerman

Nina causó un impacto tremendo en nuestro barrio. Por supuesto, estábamos advertidos; pero durante los dos días primeros nos parecía imposible que una niña tan hermosa pudiera manifestarse como siete clases de infierno sin atenuaciones. 

La conocí por primera vez un día de finales de la primavera. Yo estaba de visita en casa de mistress Pritchett, que está al lado de la mía. Había cometido el error de decirle a mistress Pritchett que parecía como si siempre hubiera de andar rezagada en las tareas domésticas. Ella insistió en que fuera a verla, para observar cómo se organizaba la jornada. 

Nunca he sabido resistirme a las demostraciones de los expertos. Todos los años, en la feria del condado, compro pequeños ayudantes de cocina que parecen muy fáciles de manejar. Sin embargo, puestos en mis manos, se convierten en Misterios Espantosos.

Me pasé dos horas viendo cómo mistress Pritchett ordenaba rincones y alisaba superficies arrugadas, y en todas las habitaciones borraba toda posible huella de que hubiera pasado nadie por allí. ¡Pobre marido de mistress Pritchett!, pensaba yo. 

En la calle Elm, a la vivienda de mistress Pritchett la llamaban «el reproche viviente»... dirigido a las demás mujeres de la vecindad. Ni míster Pritchett, ni su hijo tenían derecho a obstaculizar la marcha continua y suave de las tareas de la jornada del ama de casa. 

Los días de mistress Pritchett eran todos, sin excepción, una serie de chasquidos y un ronroneo de motor continuo, apareciendo sucesivamente bonitos compartimientos cuadrados, con sus correspondientes rótulos: «limpieza», «cocina», «niño», «compras». 

En la habitación del pequeño la vi inclinarse sobre el cochecillo y embutir otro centímetro y medio de manta en el costado de mano derecha. Maniobra que centraba el nudo de adorno de cinta azul bajo el mentón del Señorito Pritchett.

Por su parte, el Señorito Pritchett permanecía inerte, salvo por el lento abrirse y cerrarse de los párpados. Al cabo de siete meses y medio de una existencia ordenada y perfecta, el pequeño Pritchett había adquirido el aire y el porte exactos de un magistrado del Tribunal Supremo. Mistress Pritchett empujó el cochecillo hasta el soleado porche y abandonó al niño a su judicial contemplación de un mundo que quizá entablara, o no entablara, pleito.

Yo recordé de qué modo mis propios hijos, a su edad, solían llorar para llamar la atención. De todas formas, pensé, no se parecían nada a salchichas gordas. De regreso a la sala de estar, mistress Pritchett levantó los turgentes cojines del sofá e inspeccionó de cerca las grietas de los brazos del mismo. 

Y me explicó que una vez —hacía un par de años— encontró un hueso de naranja enterrado allí... prueba acusadora —colegí— de que en las breves ausencias de la esposa, a míster Pritchett seguía atormentándole su pecado más característico. La noticia me alegró. El hombre seguía comiendo naranjas en la sala de estar, explicó ella, pero ya no apilaba las cortezas en los ceniceros. No podía. Mistress Pritchett le había hecho renunciar al tabaco y había retirado los ceniceros. ¡Pobre míster Pritchett!

Hasta las demostraciones de los expertos acaban fastidiando, especialmente si van acompañadas de unas conferencias en miniatura, calculadas para inculcarme la Doctrina Pritchett de las Labores Domésticas, que yo sabía muy bien me sería siempre tan ajena como los ritos druídicos y tenía, poco más o menos, las mismas probabilidades de que la pusiera en práctica. Me disponía a marchar cuando sonó el timbre de la puerta.

Dos figuras se plantaron ante nosotras. Una era una chica delgada, con gafas, de unos doce años de edad, cuyo pelo se salía de unas trenzas mal hechas para colgar como una cortina sobre la elevada frente. Su mano sujetaba con fuerza una correa de cuero a la que estaba atada una beldad de cuatro años, un auténtico budín con hoyuelos en las mejillas y con un vestido azul sin mangas. 

El budín tenía una sonrisa encantadora. Aquí está, me dije, la perfección. Sencillamente, a una se le pasaba por alto que la pequeñuela llevaba los codos vendados —y también ambas rodillas— y que en una redonda mejilla ostentaba, como un cachete, una magulladura de color amarillo y verde.

La niña mayor se apartó de la cara, soplando, un mechón de cabello que le molestaba y se enrolló una vuelta más de tira de cuero alrededor del brazo.

—Esta —dijo, señalando a la Visión— es Nina. Acabamos de instalarnos en aquella casa nueva de la manzana vecina y yo visito a todos los vecinos para avisarles... Es más que justo. Especialmente a los que tienen niños.

Haciendo una pausa, apartó la mirada de mistress Pritchett y la fijó en su sala de estar.

—¿Le sabría mal que entrase? La verdad es que ahora no hay ningún peligro. Como ven, la correa es nueva, y en todo caso Nina me tiene una consideración especial. Me la ha tenido siempre. ¿No es una suerte? Pero, por supuesto —dijo—, no puedo estar con ella continuamente. Tengo el colegio, y lo demás... Por esto quería explicarles algo. ¿Me lo permiten? Gracias; agradeceremos que nos dejen entrar.

Mistress Pritchett y yo retrocedimos ante este resuelto ataque. Yo volví a sentarme. La mañana empezaba a tomar un aire divertido.

—¡Qué habitación tan pulcra! —exclamó la niña—. ¿Toda la casa la tiene así? Usted debe de sufrir una compulsión, o algo parecido. Sé todo lo relativo al subconsciente animal, comprenda. Mi hermano, el padre de ésta —y sacudió la correa indicando a Nina—, es profesor de la Universidad. Ah, de paso, me llamo Garnet Bayard. Y tendió una manecita un tanto sucia primero a mistress Pritchett y luego a mí. El apretón fue rápido y para abajo, al estilo de los franceses. Se sentó con mucha compostura en la mejor silla, y la radiante Nina se apoyó en sus huesudas rodillas.

—Ocurre lo siguiente —dijo luego, inclinándose con aire confidencial hacia nosotras—. Nina expresa su agresividad fácil y espontáneamente, sin que le importen las consecuencias dolorosas que ello pueda acarrearle. De ahí los vendajes. Naturalmente, tampoco le importa lo dolorosas que puedan ser las consecuencias para sus víctimas. Ellos, me refiero a sus padres y al psiquiatra, creen que se trata simplemente de una fase pasajera, y que tienen el deber de proporcionarle «objetos inanimados» en los que desahogar su agresividad. 

A mí, personalmente, esta fase ya me empieza a cargar. Estoy con mi hermano y su esposa desde que nació Nina, y, francamente, siempre ha sido así. Lamento infinito el expresarme como una reaccionaria; pero hasta que la psiquiatría tenga algo más de ciencia... Garnet enarcó las cejas y levantó los hombros—, da lo mismo que uno eche mano de la brujería. La verdad es que el estudio de la brujería me resulta fascinante. Mi hermano tiene una preciosa colección de libros antiguos sobre este tema...

Pero mistress Pritchett, que abría y cerraba la boca hacía rato sin que lograse emitir ningún sonido, encontró por fin la voz.

—No lo entiendo. ¿De qué has venido a... advertirnos?

Garnet la miró sorprendida.

—Pues, he venido a advertirles respecto a Nina. Muerde. Da puntapiés. Pellizca a los niños de pecho. Dirige su triciclo contra las posaderas de las encantadoras damitas ancianas, y siempre hace blanco. Es un infierno sobre ruedas. —Garnet se volvió para sonreírme—. Me gusta hacer juegos de palabras. Opino que hasta los chistes malos son deliciosos. ¿Usted no?

Mistress Pritchett tartamudeaba.

—¿Quieres..., quieres decir que ataca a la gente sin que la provoquen? ¿En qué piensan sus padres? ¿No pueden dominarla nada en absoluto?

—Me tienen a mí —dijo Garnet—, y la correa. En cuanto a lo que piensan, ¿acaso se sabe nunca? De cualquier persona, quiero decir. Pamela, la madre de Nina, en estos momentos está tendida, leyendo a Proust. Una se figuraría que el leer a Proust debería inducirla a rondar por ahí estremecida por antiguas impresiones medio olvidadas y un tanto puercas. Pero el efecto que realmente produce en Pamela consiste en hacerla dormir. El movimiento la cansa, y la vista de tantas y tantas cajas y barriles sin desembalar la empujan hacia Proust, simplemente. Hoy tiene un día de ésos.

Yo vi que mistress Pritchett había llegado a la fase de estrujamiento de manos.

—Pero... ¿qué quieren que nosotros, los vecinos, hagamos para solucionarlo?

—Para solucionar, ¿qué? ¿El caso de Nina? Nada, excepto tener la puerta del jardín cerrada a cal y canto. Y cuando salgan a pie, miren atrás con frecuencia. Sabe acercarse a su presa con un sigilo pasmoso.

Era, casi, la hora del almuerzo. Tuve que marcharme a la carrera, a pesar de lo mal que me sabía; pero me fui recreándome con el cuadro que brindaba la cara de mistress Pritchett mientras escuchaba a Garnet con horrorizada fascinación. Sus ojos, pensaba yo, tenían la misma expresión que si, de pronto, se hallaran contemplando unos panoramas exóticos, extravagantes. Y decidí que la primavera se presentaba más agradable aún que de costumbre. 

Por supuesto, después de la llegada de Nina y Garnet, el barrio ya no resultó nunca más soso y aburrido; pero no había demasiados motivos para una justa indignación. Cierto, nosotras, las mujeres, siempre reaccionábamos cuando se mencionaba a los Pritchett. Unas chasqueábamos la lengua, otras sonreíamos, y todas formábamos coro para murmurar:

—¡Pobre míster Pritchett...!

Viviendo como vivía yo en la casa de al lado, veía bastantes más cosas que la mayoría. Por ejemplo, como todas las mañanas mistress Pritchett barría la acera, delante de la casa, apenas había salido míster Pritchett, como si hubiera decidido borrar sus indecisas pisadas. Yo la oía cuando le soltaba severas conferencias —y no en miniatura precisamente— y, sin embargo, jamás oí, ni una sola vez, que míster Pritchett replicase.

En las reuniones de sociedad había escuchado yo muchas especulaciones picarescas acerca de cómo fabricaron al Señorito Pritchett. Durante los seis o siete primeros años de matrimonio no habían tenido hijos, y cuando mistress Pritchett empezó a salir con pulcros vestidos oscuros de futura mamá, algunas parejas, de las más alegres, sostenían que estaba a punto de alumbrar al Hombre Nuevo, una criatura similar a un robot, más o menos parecida a un experto en eficiencia, aunque restándole las cuerdas vocales.

Me temo que todos sufrimos una desilusión al ver que el bebé no había trastornado la rígida rutina de aquella casa. Algunas mujeres habían osado decir:

—¡Sí, pero esperad a que empiece a andar o a probar de comer solo! —Por mi parte, no tenía tales esperanzas. Estaba seguro de que mistress Pritchett era una contrincante de talla más que sobrada para su hijo. Yo había observado la lenta metamorfosis de míster Pritchett, quien no había sido siempre objeto de la compasión medio desdeñosa de sus vecinos. 

Años atrás nos habíamos intercambiado libros, y algunas veces hasta unas pocas palabras, al atardecer, parados en su impoluto trozo de césped, contemplando ávidamente nuestro patio sembrado de juguetes, de niños que se revolcaban y de gatos y perros. En tales ocasiones hablábamos de cerveza, de palomas y de la afición a la pintura al óleo. A él le gustaban en extremos estas tres cosas; pero mistres Pritchett las desterraba como «fuente de desorden». 

A veces aquel hombre decía cosas hermosísimas, inesperadas, como por ejemplo el atardecer aquel en que le expliqué mis fatigas por medir con exactitud nuestras ventanas para proveerme de cortinas nuevas. Le dije que lo había probado cuatro veces y que cada vez me salía un número de pulgadas exasperantemente distinto de los anteriores.

—Sí —comentó él con una sonrisa afectuosa—, las cintas métricas tienen una cosa rara. Yo creo que nos odian y que a veces no pueden resistir la tentación de burlarse de nosotros... porque somos bastante estúpidos para imaginar que podemos domesticar, aunque no sea más que un corto pedacito de espacio, o encerrarlo dentro de unas vallas.

Yo entré en casa y contemplé la cinta métrica con unos ojos nuevos. Las palabras de míster Pritchett sólo sirvieron para reafirmar mi propia convicción de que el mundo era un lugar espantoso y sorprendente, en el que podía producirse el hecho más inesperado, y de que lo mejor que yo podía hacer era mantenerme bastante adaptable para gozar de él.

Yo albergaba el nada caritativo deseo de que el primer ataque de Nina se dirigiera contra mistress P., pero el asalto inicial, se dirigió, por desgracia, contra mis dos hijos. Mientras los vendaba y tranquilizaba, el relato emergió entre sollozos. Nina los había atropellado con su triciclo mientras ellos estaban arrodillados y distraídos jugando a las canicas. De todos modos, me di cuenta de que la herida más grave la habían sufrido en su amor propio. Parecía inimaginable que una niña de cuatro años osara atacar a muchachos de ocho y diez. 

Y, por el diablo, que ya nunca volvería a sorprenderlos de aquella manera. Los sollozos terminaron cuando los dos muchachos se pusieron a explicarse detalladamente el uno al otro cómo le darían una lección. Aquí tuve que intervenir para separarlos antes de que se olvidaran de que aquello era una mera demostración y para indicarles hasta qué punto llegaría mi repulsa si se rebajaban a pelear con una niña de cuatro años.

—Pues, ¿qué haremos? —gimieron—. ¿Quieres que nos tendamos en el suelo y dejemos que pase y repase por encima de nosotros con aquel viejo triciclo que tiene? ¿Quieres que nos haga añicos?

Yo recordé las palabras de Garnet:

—Mirad atrás continuamente. Si la veis venir, apartaos. ¡Corred!

Este consejo no me valió sino miradas rebeldes; pero a las dos semanas se había convertido en la norma de actuación general de todos los niños de la vecindad y asimismo de la mayoría de adultos. Los que no utilizaban tácticas evasivas, pronto aprendieron a corregirse. 

Nina mordió al cartero en el pulgar, colgándose de él como un «terrier». Nina le dio un cabezazo en la barriga al obeso míster Simpson. En dos ocasiones. Nina dispersaba todo grupo de niños que viera, pedaleando furiosamente y lanzándose en medio de ellos. Yo me habitué a escuchar alaridos de terror y pies que herían el suelo. 

Sabía entonces que Nina había aparecido en la manzana. Pero en medio de tanta conmoción y tanta sangre, Nina conservaba aquella sonrisa subyugadora. Las madres empezamos a pensar con afán en el verano, cuando terminarían las clases y Garnet podría entrar plenamente en funciones.

Todas estábamos de acuerdo en que Nina sufría tanto daño como cualquiera. Más, en realidad. Pocas veces la veía que no anduviera con algo vendado. No hablaba mucho, ni siquiera cuando se hallaba bajo el cuidado de Garnet, y, por supuesto, nadie se paraba a conversar con ella en caso contrario. No nos decidíamos a visitar a sus padres, pues los primeros que lo intentaron quedaron un tanto defraudados por la acogida que les dispensaron los Bayard. 

Según me dijeron, la madre de Nina era una mujer lánguida que vivía en un cenagal de libros y polvo, y que, cuando le hablaban de los delitos de su hija, o se ponía como una fiera o soltaba una alegre carcajada. La risa del profesor Bayard con motivo de Nina era más bien superficial, y alguien se fijó en que tenía varios cardenales en las espinillas. 

He ahí una de las cosas que desazonaban a los visitantes: en casa, el profesor no llevaba más que unos pantalones cortos, y a un par de damas, de las más viejas, les disgustaba la vista de su desnudo pecho, angostito, puntiagudo. Y tenía una conversación, decían, como no habían oído nunca otra semejante. Muy erudita; pero al mismo tiempo plagada de palabrotas anglosajonas malsonantes. A mí se me antojaba que los Bayard habían de ser una gente divertida; pero por el momento estaba demasiado ocupada para buscar su compañía.

Por lo demás, Garnet buscaba la mía con bastante frecuencia para tenerme informada de la vida y milagros de los Bayard, aunque generalmente, y con gran contento por mi parte su conversación discurría por derroteros más lejanos. Nina no representaba amenaza alguna cuando la traía Garnet. 

Se sentaba a jugar con los juguetes, ya grandes, de los muchachos y los libros ilustrados, siendo ella misma una hermosa ilustración. Me tenía hechizada. De todos modos, Garnet me hizo observar que hasta los toros mecánicos se quedan alguna vez sin carburante. La conversación de Garnet obraba en mí el mismo efecto que había obrado en otro tiempo la de míster Pritchett. 

Yo reconocía que aquella chiquilla era un genio y que quizá un día asombrara al mundo con su originalidad y su fuego. Pero entonces, a sus doce años, se contentaba asombrándome a mí. Su rápida mente captaba, clasificaba, desechaba; su lengua pronunciaba perfectamente palabras nuevas recién aprendidas, acuñando en forma impecable sus pensamientos más nuevos. 

A mí me gustaba porque era una niña que sentía interés por todo: personas, gatos, pasteles, estrellas, o la manera de fregar un suelo. En este preciso momento me daba cuenta de que Garnet había nacido para poetisa. Hubo ocasión, sin embargo, en que la vi como a un magistrado de la ley, o como a una simple bruja.

Esto último empezó el día que Garnet vino corriendo a decirme que, estudiando la hechicería, había descubierto una posible cura para Nina.

—Estoy convencida —me dijo—, de que —utilizando una terminología anticuada— tiene un demonio en el cuerpo. ¿Por qué no? El psiquiatra, con las muñequitas y los muebles de juguete que le da, ¿no pretende esto precisamente, inducir al demonio a que se salga de su cuerpo? Le da esas cosas para que ella se construya un mundo en miniatura y luego reaccione ante dicho mundo, mientras él la observa. 

Y ella reacciona, ya lo creo que sí. Aplasta. Rompe. Pero ¿por qué? Por todo lo que ese hombre ha aprendido, habría podido muy bien salir a este mundo real y observarla aquí. ¿Sabe a cuánto asciende nuestra cuenta de vendas, solamente? Si no hacemos algo, y muy pronto, se matará. —Garnet se tiraba del cabello, excitada—. Vaya, ahora cualquier día atacará incluso a la gente que viaja en automóvil.

»Tengo que volverme. He dejado a Pamela ocupada en la eterna tarea de vendarla. La semana pasada Pamela y yo llegamos a la conclusión de que a Nina le encanta que la venden... Acababa de interceptar a un hombre que iba en bicicleta y, al parecer, luego se ha creído con derecho a un vendaje mayúsculo, aunque en realidad sólo necesitaba un trocito de esparadrapo. ¡Y cómo chillaba! 

De modo que estamos realizando un experimento: la envolvemos en vendas como una momia varias veces al día. Yo no tengo mucha fe en ello, y Nina no se cansa de protestar diciendo que no hay nada "rojo". ¿Tendría usted una botella de esa salsa con setas, tomate o nueces que llaman catsup? Nosotros nunca tenemos. Pamela opina que a las personas que consumen catsup habría que arrojarlas a las tinieblas exteriores; pero a mí me gusta...

Encontré una botella de catsup y se la entregué humildemente a Garnet.

—Deseo que estés sobre la pista del mal de Nina —dije—. Esa idea del vendaje me parece acertada. Quizá se haga daño para que su madre esté ocupada con ella.

Garnet movió la cabeza con aire impaciente.

—Una explicación demasiado sencilla —objetó—. Además, prefectamente anodina. A propósito, necesito unas cuantas..., hummm... hierbas. Para el hechizo, ya sabe; el exorcismo. Llevo ya dos días reuniendo cosas. ¡Vaya montón he formado! ¿Tiene usted romero? Bien. Yo me encargaré de las semillas de adormidera. A Pamela no le he dicho nada de eso de la hechicería. A mi hermano no le preocuparía, lo sé. Se pondría a reír. Pero en ocasiones Pam es capaz de portarse como una madre muy primitiva con respecto a Nina. Esta noche asisten a una fiesta de la Facultad, de manera que en cuanto les haya dicho «adiós» con la mano, montaré el escenario y realizaré la tarea.

Me sentí alarmada.

—¡Garnet! ¿Estás segura de no causarle ningún daño? ¿Verdad que no le harás tomar a Nina mezclas ni pociones raras?

—Claro que no. Me limitaré a sentarla en medio de una estrella de cinco puntas que habré trazado con tiza en el suelo y luego pondré en obra mi abracadabra. En realidad combino tres hechizos diferentes, escogiendo los rasgos mejores de cada uno. —Se volvió para salir, y luego titubeó—. El caso es que..., ¿verdad que probablemente usted no se hallará en las proximidades de nuestra casa esta noche? Se me ha ocurrido que el demonio de Nina podría ir a la caza de otro huésped. El libro no dice nada a este respecto. Sólo para evitar todo peligro, ¿por qué no tiene a toda su familia encerrada en casa entre las siete y las siete y media de la tarde?

Le prometí tenerla, y Garnet se marchó.

Aquella tarde, mientras se acercaba la media hora de la hechicería, yo me sentía un poco nerviosa. Creo que casi esperaba oír el ruido de una tremenda explosión seguido de una nube en forma de hongo.

Hasta un poco después de las ocho no recibí la primera indicación de que el demonio de Nina quizá hubiera encontrado posada nueva, aunque ni Garnet ni yo podremos saberlo nunca con certeza absoluta.

Garnet me telefoneó inmediatamente después de la «ceremonia».

—Por supuesto, el hechizo ha obrado efecto. Nina estaba sentada allí, tranquilamente, probando de aplastarse los dedos con el martillo de goma, sonriendo como un ángel. Yo corría a su alrededor casi como una loca, ya sabe, quemando incienso, agitando las manos, arrojando aquí y allá bolsitas de hierbas, cuando de pronto las cortinas de la ventana grande han caído con estrépito espantoso. 

Nina se ha puesto a chillar como una maníaca. Yo misma me he sentido un poco trastornada; pero todas las luces estaban encendidas, y todavía había de ultimar unos cuantos detalles. Nina ha continuado soltando unos alaridos penetrantes y golpeando furiosamente el suelo con los pies... Era un redoble perfectamente diabólico. 

En el preciso momento que yo terminaba la conjura, alguien ha llamado a la puerta. Al abrir, míster Pritchett ha entrado como una exhalación y ha cogido a Nina antes de que yo pudiera explicarle nada. El hombre pasaba por allí, sabe usted, ha oído los gritos y ha temido que Nina se hubiera lastimado una vez más.

»El hombre ha tenido que verme, forzosamente, a través de la ventana, y me figuro que habrá pensado que yo me dejaba llevar por el pánico, o algo así. Pero, escuche... el caso es que Nina ha dejado de llorar inmediatamente y que le ha abrazado, en lugar de darle puntapiés... y, bueno, míster Pritchett tenía la respiración alterada y estaba muy pálido, de modo que yo le he ofrecido una copa de la ginebra de Pam... ¡Y él la ha aceptado! Y no termina aquí la cosa; cuando ha salido, hace unos momentos nada más, iba murmurando algo sobre cerveza, palomas ¡y el derecho que tiene todo hombre a expresarse! ¡Vaya, nada menos! ¿Qué opina usted?

Cuando colgué, pensaba: «¡Pobre míster Pritchett; una copita de ginebra ha dado rienda suelta a todos esos amorcillos sofocados!» Me invadió una tristeza tan grande que dejé la cálida paz de nuestra sala de estar, en la que tanto estábamos realmente, y salí a contemplar las estrellas. 

Al cabo de un rato me convencí de que estaba escuchando a míster Pritchett, que cantaba una picaresca canción de taberna, y me quedé atónita al verle plantado en el umbral de la puerta de su cocina, arrojando botes de cerveza vacíos a las tinieblas. Detrás de él, veía a mistress Pritchett, estrechándose el pecho con sus propios brazos, abierta la boca, pero sin poder pronunciar palabra.

Por supuesto, la calle Elm no resulta, en la actualidad, demasiado aburrida. Pero ya no queda demasiado campo para una justiciera indignación. Algunas chasqueamos la lengua cuando se menciona al travieso pequeño de los Pritchett, y algunas nos sonreímos. Y me dicen que hay personas que se quejan de las palomas de míster Pritchett y las consideran un maldito estorbo; pero a mí me gusta verles describir grandes arcos sobre el fondo del cielo.

Ayer cuando corrí a ver un momento a la pobre mistress Pritchett, encontré los ceniceros de la sala de estar llenos —como de costumbre— de cortezas de naranja. Además, en el suelo advertí un bote vacío de cerveza semiescondido por el volante del sillón, Y también observé una expresión nueva en los ojos de mistress Pritchett; como si estuviera contemplando un dilatado panorama, lleno de encanto, y hallase que le gustaba bastante.

—Míster Pritchett —me dijo muy ufana—, acaba de ser premiado con un importante ascenso. Y no me sorprende lo más mínimo..., ¡es un hombre tan enérgico!

Lamento tener que decir que los Bayard se han trasladado. La idea de los vendajes debió de obrar su magia en Nina, o quizá el mérito le corresponda al psiquiatra. La gente de por aquí todavía la echa de menos. Al fin y al cabo, el mundo no está tan lleno de belleza como para que uno se resigne fácilmente a separarse de ella, y menos si ésta va acompañada de una dulzura como la que poseía Nina en estos últimos años.

Pero, a quien más añoro es a Garnet. ¡Una muchacha de corazón tan intrépido, tan original y tan absolutamente deliciosa! Aunque hubo un tiempo en que la miraba con un sentimiento pariente del miedo. Pues, ¿quién desea que la justicia retributiva ande suelta por sus cercanías? Y hasta, ¿quién quiere que lo que ande suelto sea una bruja?