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La brujita de la calle Elm - Mildred Clingerman

Nina causó un impacto tremendo en nuestro barrio. Por supuesto, estábamos advertidos; pero durante los dos días primeros nos parecía imposible que una niña tan hermosa pudiera manifestarse como siete clases de infierno sin atenuaciones. 

La conocí por primera vez un día de finales de la primavera. Yo estaba de visita en casa de mistress Pritchett, que está al lado de la mía. Había cometido el error de decirle a mistress Pritchett que parecía como si siempre hubiera de andar rezagada en las tareas domésticas. Ella insistió en que fuera a verla, para observar cómo se organizaba la jornada. 

Nunca he sabido resistirme a las demostraciones de los expertos. Todos los años, en la feria del condado, compro pequeños ayudantes de cocina que parecen muy fáciles de manejar. Sin embargo, puestos en mis manos, se convierten en Misterios Espantosos.

Me pasé dos horas viendo cómo mistress Pritchett ordenaba rincones y alisaba superficies arrugadas, y en todas las habitaciones borraba toda posible huella de que hubiera pasado nadie por allí. ¡Pobre marido de mistress Pritchett!, pensaba yo. 

En la calle Elm, a la vivienda de mistress Pritchett la llamaban «el reproche viviente»... dirigido a las demás mujeres de la vecindad. Ni míster Pritchett, ni su hijo tenían derecho a obstaculizar la marcha continua y suave de las tareas de la jornada del ama de casa. 

Los días de mistress Pritchett eran todos, sin excepción, una serie de chasquidos y un ronroneo de motor continuo, apareciendo sucesivamente bonitos compartimientos cuadrados, con sus correspondientes rótulos: «limpieza», «cocina», «niño», «compras». 

En la habitación del pequeño la vi inclinarse sobre el cochecillo y embutir otro centímetro y medio de manta en el costado de mano derecha. Maniobra que centraba el nudo de adorno de cinta azul bajo el mentón del Señorito Pritchett.

Por su parte, el Señorito Pritchett permanecía inerte, salvo por el lento abrirse y cerrarse de los párpados. Al cabo de siete meses y medio de una existencia ordenada y perfecta, el pequeño Pritchett había adquirido el aire y el porte exactos de un magistrado del Tribunal Supremo. Mistress Pritchett empujó el cochecillo hasta el soleado porche y abandonó al niño a su judicial contemplación de un mundo que quizá entablara, o no entablara, pleito.

Yo recordé de qué modo mis propios hijos, a su edad, solían llorar para llamar la atención. De todas formas, pensé, no se parecían nada a salchichas gordas. De regreso a la sala de estar, mistress Pritchett levantó los turgentes cojines del sofá e inspeccionó de cerca las grietas de los brazos del mismo. 

Y me explicó que una vez —hacía un par de años— encontró un hueso de naranja enterrado allí... prueba acusadora —colegí— de que en las breves ausencias de la esposa, a míster Pritchett seguía atormentándole su pecado más característico. La noticia me alegró. El hombre seguía comiendo naranjas en la sala de estar, explicó ella, pero ya no apilaba las cortezas en los ceniceros. No podía. Mistress Pritchett le había hecho renunciar al tabaco y había retirado los ceniceros. ¡Pobre míster Pritchett!

Hasta las demostraciones de los expertos acaban fastidiando, especialmente si van acompañadas de unas conferencias en miniatura, calculadas para inculcarme la Doctrina Pritchett de las Labores Domésticas, que yo sabía muy bien me sería siempre tan ajena como los ritos druídicos y tenía, poco más o menos, las mismas probabilidades de que la pusiera en práctica. Me disponía a marchar cuando sonó el timbre de la puerta.

Dos figuras se plantaron ante nosotras. Una era una chica delgada, con gafas, de unos doce años de edad, cuyo pelo se salía de unas trenzas mal hechas para colgar como una cortina sobre la elevada frente. Su mano sujetaba con fuerza una correa de cuero a la que estaba atada una beldad de cuatro años, un auténtico budín con hoyuelos en las mejillas y con un vestido azul sin mangas. 

El budín tenía una sonrisa encantadora. Aquí está, me dije, la perfección. Sencillamente, a una se le pasaba por alto que la pequeñuela llevaba los codos vendados —y también ambas rodillas— y que en una redonda mejilla ostentaba, como un cachete, una magulladura de color amarillo y verde.

La niña mayor se apartó de la cara, soplando, un mechón de cabello que le molestaba y se enrolló una vuelta más de tira de cuero alrededor del brazo.

—Esta —dijo, señalando a la Visión— es Nina. Acabamos de instalarnos en aquella casa nueva de la manzana vecina y yo visito a todos los vecinos para avisarles... Es más que justo. Especialmente a los que tienen niños.

Haciendo una pausa, apartó la mirada de mistress Pritchett y la fijó en su sala de estar.

—¿Le sabría mal que entrase? La verdad es que ahora no hay ningún peligro. Como ven, la correa es nueva, y en todo caso Nina me tiene una consideración especial. Me la ha tenido siempre. ¿No es una suerte? Pero, por supuesto —dijo—, no puedo estar con ella continuamente. Tengo el colegio, y lo demás... Por esto quería explicarles algo. ¿Me lo permiten? Gracias; agradeceremos que nos dejen entrar.

Mistress Pritchett y yo retrocedimos ante este resuelto ataque. Yo volví a sentarme. La mañana empezaba a tomar un aire divertido.

—¡Qué habitación tan pulcra! —exclamó la niña—. ¿Toda la casa la tiene así? Usted debe de sufrir una compulsión, o algo parecido. Sé todo lo relativo al subconsciente animal, comprenda. Mi hermano, el padre de ésta —y sacudió la correa indicando a Nina—, es profesor de la Universidad. Ah, de paso, me llamo Garnet Bayard. Y tendió una manecita un tanto sucia primero a mistress Pritchett y luego a mí. El apretón fue rápido y para abajo, al estilo de los franceses. Se sentó con mucha compostura en la mejor silla, y la radiante Nina se apoyó en sus huesudas rodillas.

—Ocurre lo siguiente —dijo luego, inclinándose con aire confidencial hacia nosotras—. Nina expresa su agresividad fácil y espontáneamente, sin que le importen las consecuencias dolorosas que ello pueda acarrearle. De ahí los vendajes. Naturalmente, tampoco le importa lo dolorosas que puedan ser las consecuencias para sus víctimas. Ellos, me refiero a sus padres y al psiquiatra, creen que se trata simplemente de una fase pasajera, y que tienen el deber de proporcionarle «objetos inanimados» en los que desahogar su agresividad. 

A mí, personalmente, esta fase ya me empieza a cargar. Estoy con mi hermano y su esposa desde que nació Nina, y, francamente, siempre ha sido así. Lamento infinito el expresarme como una reaccionaria; pero hasta que la psiquiatría tenga algo más de ciencia... Garnet enarcó las cejas y levantó los hombros—, da lo mismo que uno eche mano de la brujería. La verdad es que el estudio de la brujería me resulta fascinante. Mi hermano tiene una preciosa colección de libros antiguos sobre este tema...

Pero mistress Pritchett, que abría y cerraba la boca hacía rato sin que lograse emitir ningún sonido, encontró por fin la voz.

—No lo entiendo. ¿De qué has venido a... advertirnos?

Garnet la miró sorprendida.

—Pues, he venido a advertirles respecto a Nina. Muerde. Da puntapiés. Pellizca a los niños de pecho. Dirige su triciclo contra las posaderas de las encantadoras damitas ancianas, y siempre hace blanco. Es un infierno sobre ruedas. —Garnet se volvió para sonreírme—. Me gusta hacer juegos de palabras. Opino que hasta los chistes malos son deliciosos. ¿Usted no?

Mistress Pritchett tartamudeaba.

—¿Quieres..., quieres decir que ataca a la gente sin que la provoquen? ¿En qué piensan sus padres? ¿No pueden dominarla nada en absoluto?

—Me tienen a mí —dijo Garnet—, y la correa. En cuanto a lo que piensan, ¿acaso se sabe nunca? De cualquier persona, quiero decir. Pamela, la madre de Nina, en estos momentos está tendida, leyendo a Proust. Una se figuraría que el leer a Proust debería inducirla a rondar por ahí estremecida por antiguas impresiones medio olvidadas y un tanto puercas. Pero el efecto que realmente produce en Pamela consiste en hacerla dormir. El movimiento la cansa, y la vista de tantas y tantas cajas y barriles sin desembalar la empujan hacia Proust, simplemente. Hoy tiene un día de ésos.

Yo vi que mistress Pritchett había llegado a la fase de estrujamiento de manos.

—Pero... ¿qué quieren que nosotros, los vecinos, hagamos para solucionarlo?

—Para solucionar, ¿qué? ¿El caso de Nina? Nada, excepto tener la puerta del jardín cerrada a cal y canto. Y cuando salgan a pie, miren atrás con frecuencia. Sabe acercarse a su presa con un sigilo pasmoso.

Era, casi, la hora del almuerzo. Tuve que marcharme a la carrera, a pesar de lo mal que me sabía; pero me fui recreándome con el cuadro que brindaba la cara de mistress Pritchett mientras escuchaba a Garnet con horrorizada fascinación. Sus ojos, pensaba yo, tenían la misma expresión que si, de pronto, se hallaran contemplando unos panoramas exóticos, extravagantes. Y decidí que la primavera se presentaba más agradable aún que de costumbre. 

Por supuesto, después de la llegada de Nina y Garnet, el barrio ya no resultó nunca más soso y aburrido; pero no había demasiados motivos para una justa indignación. Cierto, nosotras, las mujeres, siempre reaccionábamos cuando se mencionaba a los Pritchett. Unas chasqueábamos la lengua, otras sonreíamos, y todas formábamos coro para murmurar:

—¡Pobre míster Pritchett...!

Viviendo como vivía yo en la casa de al lado, veía bastantes más cosas que la mayoría. Por ejemplo, como todas las mañanas mistress Pritchett barría la acera, delante de la casa, apenas había salido míster Pritchett, como si hubiera decidido borrar sus indecisas pisadas. Yo la oía cuando le soltaba severas conferencias —y no en miniatura precisamente— y, sin embargo, jamás oí, ni una sola vez, que míster Pritchett replicase.

En las reuniones de sociedad había escuchado yo muchas especulaciones picarescas acerca de cómo fabricaron al Señorito Pritchett. Durante los seis o siete primeros años de matrimonio no habían tenido hijos, y cuando mistress Pritchett empezó a salir con pulcros vestidos oscuros de futura mamá, algunas parejas, de las más alegres, sostenían que estaba a punto de alumbrar al Hombre Nuevo, una criatura similar a un robot, más o menos parecida a un experto en eficiencia, aunque restándole las cuerdas vocales.

Me temo que todos sufrimos una desilusión al ver que el bebé no había trastornado la rígida rutina de aquella casa. Algunas mujeres habían osado decir:

—¡Sí, pero esperad a que empiece a andar o a probar de comer solo! —Por mi parte, no tenía tales esperanzas. Estaba seguro de que mistress Pritchett era una contrincante de talla más que sobrada para su hijo. Yo había observado la lenta metamorfosis de míster Pritchett, quien no había sido siempre objeto de la compasión medio desdeñosa de sus vecinos. 

Años atrás nos habíamos intercambiado libros, y algunas veces hasta unas pocas palabras, al atardecer, parados en su impoluto trozo de césped, contemplando ávidamente nuestro patio sembrado de juguetes, de niños que se revolcaban y de gatos y perros. En tales ocasiones hablábamos de cerveza, de palomas y de la afición a la pintura al óleo. A él le gustaban en extremos estas tres cosas; pero mistres Pritchett las desterraba como «fuente de desorden». 

A veces aquel hombre decía cosas hermosísimas, inesperadas, como por ejemplo el atardecer aquel en que le expliqué mis fatigas por medir con exactitud nuestras ventanas para proveerme de cortinas nuevas. Le dije que lo había probado cuatro veces y que cada vez me salía un número de pulgadas exasperantemente distinto de los anteriores.

—Sí —comentó él con una sonrisa afectuosa—, las cintas métricas tienen una cosa rara. Yo creo que nos odian y que a veces no pueden resistir la tentación de burlarse de nosotros... porque somos bastante estúpidos para imaginar que podemos domesticar, aunque no sea más que un corto pedacito de espacio, o encerrarlo dentro de unas vallas.

Yo entré en casa y contemplé la cinta métrica con unos ojos nuevos. Las palabras de míster Pritchett sólo sirvieron para reafirmar mi propia convicción de que el mundo era un lugar espantoso y sorprendente, en el que podía producirse el hecho más inesperado, y de que lo mejor que yo podía hacer era mantenerme bastante adaptable para gozar de él.

Yo albergaba el nada caritativo deseo de que el primer ataque de Nina se dirigiera contra mistress P., pero el asalto inicial, se dirigió, por desgracia, contra mis dos hijos. Mientras los vendaba y tranquilizaba, el relato emergió entre sollozos. Nina los había atropellado con su triciclo mientras ellos estaban arrodillados y distraídos jugando a las canicas. De todos modos, me di cuenta de que la herida más grave la habían sufrido en su amor propio. Parecía inimaginable que una niña de cuatro años osara atacar a muchachos de ocho y diez. 

Y, por el diablo, que ya nunca volvería a sorprenderlos de aquella manera. Los sollozos terminaron cuando los dos muchachos se pusieron a explicarse detalladamente el uno al otro cómo le darían una lección. Aquí tuve que intervenir para separarlos antes de que se olvidaran de que aquello era una mera demostración y para indicarles hasta qué punto llegaría mi repulsa si se rebajaban a pelear con una niña de cuatro años.

—Pues, ¿qué haremos? —gimieron—. ¿Quieres que nos tendamos en el suelo y dejemos que pase y repase por encima de nosotros con aquel viejo triciclo que tiene? ¿Quieres que nos haga añicos?

Yo recordé las palabras de Garnet:

—Mirad atrás continuamente. Si la veis venir, apartaos. ¡Corred!

Este consejo no me valió sino miradas rebeldes; pero a las dos semanas se había convertido en la norma de actuación general de todos los niños de la vecindad y asimismo de la mayoría de adultos. Los que no utilizaban tácticas evasivas, pronto aprendieron a corregirse. 

Nina mordió al cartero en el pulgar, colgándose de él como un «terrier». Nina le dio un cabezazo en la barriga al obeso míster Simpson. En dos ocasiones. Nina dispersaba todo grupo de niños que viera, pedaleando furiosamente y lanzándose en medio de ellos. Yo me habitué a escuchar alaridos de terror y pies que herían el suelo. 

Sabía entonces que Nina había aparecido en la manzana. Pero en medio de tanta conmoción y tanta sangre, Nina conservaba aquella sonrisa subyugadora. Las madres empezamos a pensar con afán en el verano, cuando terminarían las clases y Garnet podría entrar plenamente en funciones.

Todas estábamos de acuerdo en que Nina sufría tanto daño como cualquiera. Más, en realidad. Pocas veces la veía que no anduviera con algo vendado. No hablaba mucho, ni siquiera cuando se hallaba bajo el cuidado de Garnet, y, por supuesto, nadie se paraba a conversar con ella en caso contrario. No nos decidíamos a visitar a sus padres, pues los primeros que lo intentaron quedaron un tanto defraudados por la acogida que les dispensaron los Bayard. 

Según me dijeron, la madre de Nina era una mujer lánguida que vivía en un cenagal de libros y polvo, y que, cuando le hablaban de los delitos de su hija, o se ponía como una fiera o soltaba una alegre carcajada. La risa del profesor Bayard con motivo de Nina era más bien superficial, y alguien se fijó en que tenía varios cardenales en las espinillas. 

He ahí una de las cosas que desazonaban a los visitantes: en casa, el profesor no llevaba más que unos pantalones cortos, y a un par de damas, de las más viejas, les disgustaba la vista de su desnudo pecho, angostito, puntiagudo. Y tenía una conversación, decían, como no habían oído nunca otra semejante. Muy erudita; pero al mismo tiempo plagada de palabrotas anglosajonas malsonantes. A mí se me antojaba que los Bayard habían de ser una gente divertida; pero por el momento estaba demasiado ocupada para buscar su compañía.

Por lo demás, Garnet buscaba la mía con bastante frecuencia para tenerme informada de la vida y milagros de los Bayard, aunque generalmente, y con gran contento por mi parte su conversación discurría por derroteros más lejanos. Nina no representaba amenaza alguna cuando la traía Garnet. 

Se sentaba a jugar con los juguetes, ya grandes, de los muchachos y los libros ilustrados, siendo ella misma una hermosa ilustración. Me tenía hechizada. De todos modos, Garnet me hizo observar que hasta los toros mecánicos se quedan alguna vez sin carburante. La conversación de Garnet obraba en mí el mismo efecto que había obrado en otro tiempo la de míster Pritchett. 

Yo reconocía que aquella chiquilla era un genio y que quizá un día asombrara al mundo con su originalidad y su fuego. Pero entonces, a sus doce años, se contentaba asombrándome a mí. Su rápida mente captaba, clasificaba, desechaba; su lengua pronunciaba perfectamente palabras nuevas recién aprendidas, acuñando en forma impecable sus pensamientos más nuevos. 

A mí me gustaba porque era una niña que sentía interés por todo: personas, gatos, pasteles, estrellas, o la manera de fregar un suelo. En este preciso momento me daba cuenta de que Garnet había nacido para poetisa. Hubo ocasión, sin embargo, en que la vi como a un magistrado de la ley, o como a una simple bruja.

Esto último empezó el día que Garnet vino corriendo a decirme que, estudiando la hechicería, había descubierto una posible cura para Nina.

—Estoy convencida —me dijo—, de que —utilizando una terminología anticuada— tiene un demonio en el cuerpo. ¿Por qué no? El psiquiatra, con las muñequitas y los muebles de juguete que le da, ¿no pretende esto precisamente, inducir al demonio a que se salga de su cuerpo? Le da esas cosas para que ella se construya un mundo en miniatura y luego reaccione ante dicho mundo, mientras él la observa. 

Y ella reacciona, ya lo creo que sí. Aplasta. Rompe. Pero ¿por qué? Por todo lo que ese hombre ha aprendido, habría podido muy bien salir a este mundo real y observarla aquí. ¿Sabe a cuánto asciende nuestra cuenta de vendas, solamente? Si no hacemos algo, y muy pronto, se matará. —Garnet se tiraba del cabello, excitada—. Vaya, ahora cualquier día atacará incluso a la gente que viaja en automóvil.

»Tengo que volverme. He dejado a Pamela ocupada en la eterna tarea de vendarla. La semana pasada Pamela y yo llegamos a la conclusión de que a Nina le encanta que la venden... Acababa de interceptar a un hombre que iba en bicicleta y, al parecer, luego se ha creído con derecho a un vendaje mayúsculo, aunque en realidad sólo necesitaba un trocito de esparadrapo. ¡Y cómo chillaba! 

De modo que estamos realizando un experimento: la envolvemos en vendas como una momia varias veces al día. Yo no tengo mucha fe en ello, y Nina no se cansa de protestar diciendo que no hay nada "rojo". ¿Tendría usted una botella de esa salsa con setas, tomate o nueces que llaman catsup? Nosotros nunca tenemos. Pamela opina que a las personas que consumen catsup habría que arrojarlas a las tinieblas exteriores; pero a mí me gusta...

Encontré una botella de catsup y se la entregué humildemente a Garnet.

—Deseo que estés sobre la pista del mal de Nina —dije—. Esa idea del vendaje me parece acertada. Quizá se haga daño para que su madre esté ocupada con ella.

Garnet movió la cabeza con aire impaciente.

—Una explicación demasiado sencilla —objetó—. Además, prefectamente anodina. A propósito, necesito unas cuantas..., hummm... hierbas. Para el hechizo, ya sabe; el exorcismo. Llevo ya dos días reuniendo cosas. ¡Vaya montón he formado! ¿Tiene usted romero? Bien. Yo me encargaré de las semillas de adormidera. A Pamela no le he dicho nada de eso de la hechicería. A mi hermano no le preocuparía, lo sé. Se pondría a reír. Pero en ocasiones Pam es capaz de portarse como una madre muy primitiva con respecto a Nina. Esta noche asisten a una fiesta de la Facultad, de manera que en cuanto les haya dicho «adiós» con la mano, montaré el escenario y realizaré la tarea.

Me sentí alarmada.

—¡Garnet! ¿Estás segura de no causarle ningún daño? ¿Verdad que no le harás tomar a Nina mezclas ni pociones raras?

—Claro que no. Me limitaré a sentarla en medio de una estrella de cinco puntas que habré trazado con tiza en el suelo y luego pondré en obra mi abracadabra. En realidad combino tres hechizos diferentes, escogiendo los rasgos mejores de cada uno. —Se volvió para salir, y luego titubeó—. El caso es que..., ¿verdad que probablemente usted no se hallará en las proximidades de nuestra casa esta noche? Se me ha ocurrido que el demonio de Nina podría ir a la caza de otro huésped. El libro no dice nada a este respecto. Sólo para evitar todo peligro, ¿por qué no tiene a toda su familia encerrada en casa entre las siete y las siete y media de la tarde?

Le prometí tenerla, y Garnet se marchó.

Aquella tarde, mientras se acercaba la media hora de la hechicería, yo me sentía un poco nerviosa. Creo que casi esperaba oír el ruido de una tremenda explosión seguido de una nube en forma de hongo.

Hasta un poco después de las ocho no recibí la primera indicación de que el demonio de Nina quizá hubiera encontrado posada nueva, aunque ni Garnet ni yo podremos saberlo nunca con certeza absoluta.

Garnet me telefoneó inmediatamente después de la «ceremonia».

—Por supuesto, el hechizo ha obrado efecto. Nina estaba sentada allí, tranquilamente, probando de aplastarse los dedos con el martillo de goma, sonriendo como un ángel. Yo corría a su alrededor casi como una loca, ya sabe, quemando incienso, agitando las manos, arrojando aquí y allá bolsitas de hierbas, cuando de pronto las cortinas de la ventana grande han caído con estrépito espantoso. 

Nina se ha puesto a chillar como una maníaca. Yo misma me he sentido un poco trastornada; pero todas las luces estaban encendidas, y todavía había de ultimar unos cuantos detalles. Nina ha continuado soltando unos alaridos penetrantes y golpeando furiosamente el suelo con los pies... Era un redoble perfectamente diabólico. 

En el preciso momento que yo terminaba la conjura, alguien ha llamado a la puerta. Al abrir, míster Pritchett ha entrado como una exhalación y ha cogido a Nina antes de que yo pudiera explicarle nada. El hombre pasaba por allí, sabe usted, ha oído los gritos y ha temido que Nina se hubiera lastimado una vez más.

»El hombre ha tenido que verme, forzosamente, a través de la ventana, y me figuro que habrá pensado que yo me dejaba llevar por el pánico, o algo así. Pero, escuche... el caso es que Nina ha dejado de llorar inmediatamente y que le ha abrazado, en lugar de darle puntapiés... y, bueno, míster Pritchett tenía la respiración alterada y estaba muy pálido, de modo que yo le he ofrecido una copa de la ginebra de Pam... ¡Y él la ha aceptado! Y no termina aquí la cosa; cuando ha salido, hace unos momentos nada más, iba murmurando algo sobre cerveza, palomas ¡y el derecho que tiene todo hombre a expresarse! ¡Vaya, nada menos! ¿Qué opina usted?

Cuando colgué, pensaba: «¡Pobre míster Pritchett; una copita de ginebra ha dado rienda suelta a todos esos amorcillos sofocados!» Me invadió una tristeza tan grande que dejé la cálida paz de nuestra sala de estar, en la que tanto estábamos realmente, y salí a contemplar las estrellas. 

Al cabo de un rato me convencí de que estaba escuchando a míster Pritchett, que cantaba una picaresca canción de taberna, y me quedé atónita al verle plantado en el umbral de la puerta de su cocina, arrojando botes de cerveza vacíos a las tinieblas. Detrás de él, veía a mistress Pritchett, estrechándose el pecho con sus propios brazos, abierta la boca, pero sin poder pronunciar palabra.

Por supuesto, la calle Elm no resulta, en la actualidad, demasiado aburrida. Pero ya no queda demasiado campo para una justiciera indignación. Algunas chasqueamos la lengua cuando se menciona al travieso pequeño de los Pritchett, y algunas nos sonreímos. Y me dicen que hay personas que se quejan de las palomas de míster Pritchett y las consideran un maldito estorbo; pero a mí me gusta verles describir grandes arcos sobre el fondo del cielo.

Ayer cuando corrí a ver un momento a la pobre mistress Pritchett, encontré los ceniceros de la sala de estar llenos —como de costumbre— de cortezas de naranja. Además, en el suelo advertí un bote vacío de cerveza semiescondido por el volante del sillón, Y también observé una expresión nueva en los ojos de mistress Pritchett; como si estuviera contemplando un dilatado panorama, lleno de encanto, y hallase que le gustaba bastante.

—Míster Pritchett —me dijo muy ufana—, acaba de ser premiado con un importante ascenso. Y no me sorprende lo más mínimo..., ¡es un hombre tan enérgico!

Lamento tener que decir que los Bayard se han trasladado. La idea de los vendajes debió de obrar su magia en Nina, o quizá el mérito le corresponda al psiquiatra. La gente de por aquí todavía la echa de menos. Al fin y al cabo, el mundo no está tan lleno de belleza como para que uno se resigne fácilmente a separarse de ella, y menos si ésta va acompañada de una dulzura como la que poseía Nina en estos últimos años.

Pero, a quien más añoro es a Garnet. ¡Una muchacha de corazón tan intrépido, tan original y tan absolutamente deliciosa! Aunque hubo un tiempo en que la miraba con un sentimiento pariente del miedo. Pues, ¿quién desea que la justicia retributiva ande suelta por sus cercanías? Y hasta, ¿quién quiere que lo que ande suelto sea una bruja?

Dulces para esa dulzura - Robert Bloch

Irma no tenía figura de bruja.

Tenía unos rasgos menudos, regulares, un cutis melocotón y crema, ojos azules, y cabello rubio, casi ceniciento. Además, era una niñita de ocho años.

—¿Por qué la fastidia así? —sollozaba miss Pall—. De este modo le vino la idea, al principio: porque él la llama brujita.

Sam Steever acomodó nuevamente la voluminosa barriga en el crujiente sillón giratorio y plegó las gordas manos sobre el regazo. Su adiposa máscara de abogado permanecía impasible; pero estaba bastante afligido.

Las mujeres como miss Pall no deberían sollozar nunca. Las gafas les resbalan, la delgada nariz se les encoge, los arrugados párpados se les enrojecen y el lacio cabello se les desordena.

—Por favor, domínese —invitaba Sam Steever—. Quizá si discutiéramos ese asunto, desde el principio hasta el fin, de una manera sensata...

—¡No me importa! —miss Pall se sorbía las lágrimas—. Yo no vuelvo allá. No lo soporto. Y a fin de cuentas, tampoco puedo hacer nada. Aquel hombre es su hermano, y ella es la hija de su hermano. La responsabilidad no pesa sobre mí. Yo hice cuanto pude...

—Claro que hizo cuanto pudo —Sam Steever sonrió benignamente, como si miss Pall fuese la presidente de un jurado—. Lo comprendo perfectamente. A pesar de lo cual, no comprendo por qué se ha trastornado usted tanto, querida señorita.

Miss Pall se quitó las gafas y se secó los ojos con un pañuelo estampado de flores. Luego depositó la mojada pelota de tela en el bolso, apretó el cierre, se puso los lentes de nuevo y se irguió en la silla.

—Muy bien, míster Steever —dijo—. Voy a esforzarme lo mejor que sepa para enterarle bien de los motivos que me inducen a dejar de ser una empleada de su hermano.

La buena mujer reprimió un sorbetón tardío, y continuó:

—Me presenté a John Steever hace dos años, como usted sabe ya, respondiendo a un anuncio en que se solicitaba un ama de llaves. Cuando descubrí que había de actuar de gobernanta de una niña de seis años, huérfana de madre, me descorazoné. Ignoro por completo el arte de cuidar niños.

—Los seis primeros años John contrató una niñera profesional —dijo, asintiendo Sam Steever—. Ya sabe usted que la madre de Irma murió al dar a luz.

—Sí, estoy al corriente del caso —contestó miss Pall, en tono remilgado—. Naturalmente, una niña solitaria, abandonada, enternece el corazón de cualquiera. ¡Y aquella niña estaba tan terriblemente sola...! Ah, míster Steever, si usted la hubiera visto, refugiándose cabizbaja por los rincones de aquella casona tan antigua y fea...

—Sí, la vi, la vi —asintió prestamente Sam Steever con el deseo de evitar otro arranque—. Y sé cuanto ha hecho usted por Irma. Mi hermano es bastante irreflexivo, y hasta un poco egoísta, a veces. No comprende.

—Es cruel —declaró miss Pall con súbita vehemencia—. Cruel y perverso. Aunque sea su hermano, yo afirmo que no sirve para padre de ningún niño. Cuando yo llegué allí, la pequeña tenía los bracitos negros y morados de golpes. El padre solía coger un cinturón...

—Lo sé. A veces pienso que John no se ha recobrado nunca del choque que sufrió al morir su esposa. Por eso estuve tan contento cuando vino usted, querida dama. Pensé que lograría mejorar la situación.

—Lo intenté —gimoteó miss Pall—. Usted sabe que lo intenté. En dos años, nunca levanté la mano contra la niña, aunque su hermano me ha dicho muchísimas veces que la castigara. «Déle una paliza a la brujita —solía recomendarme—. Es lo único que le hace falta: una buena azotaina.» Y entonces la pequeña se escondía detrás de mí y me pedía en un susurro que la protegiese. Pero no lloraba, míster Steever. ¿Sabe usted que nunca la he visto llorar?

Sam Steever se sentía vagamente irritado y un tanto aburrido. Deseaba que la madura clueca siguiera con su polluelo. Por ello sonrió y rezumó meladura.

—Pero ¿qué problema se le plantea, exactamente, querida señora?

—Cuando llegué, todo marchaba estupendamente. Nos aveníamos muy bien. Empecé a enseñar las primeras letras a Irma... y me llevé la sorpresa de ver que ya leía a la perfección. Su hermano negó que él le hubiera enseñado; pero la niña se pasaba horas acurrucada en el sofá, con un libro en las manos. «Muy propio de ella —solía decir el padre—. Una brujita antinatural. No juega con las otras niñas. Es una brujita.» Así se expresaba siempre, míster Steever. Como si la pequeña fuese una especie de... no sé qué. ¡Y en cambio, es tan dulce, sosegada y bonita!

»¿Tan raro es que leyese? Yo misma era como ella, de niña; porque..., pero no importa.

»De todos modos, tuve una sorpresa mayúscula el día que la vi manejar la Enciclopedia Británica. "¿Qué estás leyendo, Irma?", le pregunté: Ella me lo enseñó. Era el artículo sobre brujería.

»¿Ve usted cuán mórbidos pensamientos ha inculcado su hermano en aquella pobre cabecita?

»Yo hice cuanto pude. Salí a comprarle juguetes. Ya sabe usted que no tenía ninguno en absoluto; ni una triste muñeca. ¡Ni siquiera sabía jugar! Probé de hacerle tomar afición a otras niñas de la vecindad; pero fue inútil. Las otras no la entendían a ella, y ella no comprendía a las otras. Hubo escenas desagradables. Los pequeños son crueles; no reflexionan. Y su padre no la dejaba asistir a la escuela pública. Tenía que instruirla yo...

«Entonces le traje la arcilla de escultor. Le gustó. Se pasaba horas haciendo caras de arcilla. Para una niña de seis años, Irma demostraba verdadero talento.

»Hacíamos muñecas y yo les cortaba y cosía vestidos. El primer año fue un año de dicha, míster Steever. Sobre todo durante los meses aquellos que su hermano pasó en América del Sur. Pero este año, a su regreso..., ¡no sabría ni comentarlo siquiera!

—Por favor —dijo Sam Steever—. Debe comprenderlo. John no es feliz. La pérdida de la esposa, el declive de su negocio de importación, y la bebida... Pero, en fin, usted ya está enterada de todo eso.

—De lo único que estoy enterada es de que odia a su hija —atajó viva y repentinamente miss Pall—. La odia. Quiere que sea mala; para poderla azotar. «Si usted no vapulea a esta brujita, lo haré yo», suele decir. Y entonces se la lleva arriba y le da con el cinturón... Debe usted hacer algo, míster Steever, si no quiere que acuda a las autoridades yo misma.

Y la loca chismosa lo haría, sin duda, pensó Sam Steever. Remedio: otra dosis de meladura.

—Pero ¿y en cuanto a Irma...? —insistió él.

—Oh, también ha cambiado. Desde que su padre ha regresado, este año. Ya no quiere jugar conmigo, y apenas me mira. Es como si yo la hubiera defraudado, míster Steever, al no protegerla de aquel hombre. Además..., ella misma se cree bruja.

Una locura. Una locura total, increíble. Sam Steever hizo crujir el sillón, al ponerse erguido.

—Ah, no es preciso que me mire así, míster Steever. Se lo dirá ella misma... ¡si va usted un día de visita a la casa!

El hombre percibió el tono de reproche de la voz de la gobernanta y quiso apaciguarla con un movimiento de cabeza conciliador.

—Me lo dijo con todas las letras —prosiguió miss Pall—. Si su padre quiere que sea bruja, lo será. Y no quiere jugar conmigo, ni con nadie, porque las brujas no juegan. Esta víspera de Todos los Santos pasada quería que le diese una escoba. ¡Ah, si no fuese tan trágico, sería divertido! Esa niña está perdiendo el juicio.

»Hace unas semanas, creí que había cambiado. Fue cuando me pidió, un domingo, que la llevase al templo. "Quiero ver el bautismo", me dijo. Imagínese ¡una niña de ocho años interesada en bautismos! Lee demasiado; ahí está el mal.

»Pues bien, fuimos a la iglesia y estuvo tan dulce como ella sola sabe serlo con su vestidito azul nuevo, y cogida de mi mano. Yo estaba orgullosa de ella, míster Steever, realmente orgullosa.

»Pero después se encerró, una vez más, e inmediatamente, en su concha. Anda por la casa, leyendo, corre por el patio al atardecer y habla consigo misma.

»La causa quizá esté en que su hermano no quisiera traerle un gatito. Ella le importunaba pidiéndole un gato negro. El le preguntó para qué lo quería, y ella respondió: "Porque las brujas siempre tienen un gato negro." Entonces él se la llevó arriba.

»Yo no se lo puedo impedir, ya sabe usted. Volvió a pegarle la noche que nos quedamos sin electricidad y no supimos encontrar las velas. El dijo que ella las había robado. ¡Imagínese, acusar a una niña de ocho años de robar velas!

.«Aquello fue el principio del fin. Entonces hoy, cuando el padre ha encontrado a faltar el cepillo para el cabello...

—¿Dice usted que le pegaba con el cepillo para el cabello?

—Sí. Ella ha confesado que lo robó. Ha dicho que lo necesitaba para su muñeco.

—Pero ¿no ha dicho usted antes que no tiene muñecas ni muñecos?

—En efecto; pero se hizo uno. Al menos yo creo que se lo hizo. Nunca lo he visto... ya que nunca quiere enseñarnos nada; ni nos habla en la mesa. Es imposible gobernarla, simplemente.

»Aunque el muñeco ése que se hizo... es pequeño. Lo sé porque a veces lo lleva escondido bajo el brazo. Le habla y lo acaricia; pero no quiere enseñárnoslo, ni a mí ni a él. Cuando él le preguntó por el cepillo del cabello, ella respondió que lo había cogido para el muñeco.

«Entonces su hermano se ha dejado arrastrar por una cólera terrible... ¡Se había pasado toda la mañana en la habitación empinando el codo de nuevo! Oh, no crea que no lo sé. Pero ella se ha limitado a sonreír, y ha dicho que ahora ya podía volver a cogerlo. Y se ha ido a su mesita escritorio y se lo ha entregado. No lo había estropeado nada; me fijé en que el cepillo conservaba aún el cabello del padre.

»A pesar de lo cual, él se lo ha arrancado de la mano, y luego se ha puesto a golpearle los hombros con el cepillo, y le ha retorcido el brazo, y luego...

Miss Pall se acurrucó en la silla y extrajo unos tremendos y agitados sollozos del angosto pecho.

Sam Steever le dio unas palmaditas en el hombro, agitándose a su alrededor como un elefante sobre un canario herido.

—Eso es todo, míster Steever. He venido a verle, directamente. No quiero volver a la casa aquella ni para recoger mis cosas. No puedo soportarlo más... su manera de pegarle... y el ver cómo ella no lloraba, sino que únicamente se reía, y reía, y reía... A veces creo que, de verdad, es una bruja... que su padre la ha convertido en una bruja...

Sam Steever cogió el teléfono. El timbre había roto el alivio de silencio que quedara después de la precipitada marcha de miss Pall.

—Hola... ¿Eres tú, Sam?

Sam reconoció la voz de su hermano, algo maleada por la bebida.

—Sí, John.

—Supongo que la vieja murciélago ha ido corriendo a verte para dar rienda suelta a la lengua.

—Si te refieres a miss Pall, la he visto, en efecto.

—No le hagas caso. Yo te lo explicaré todo.

—¿Quieres que vaya a verte? Hace meses que no te visito.

—Pues enseguida no. Tengo hora con el médico esta tarde.

—¿Te encuentras mal?

—Me duele el brazo. Será reúma, o algo así. Me aplico un poco de diatermia. Pero mañana te llamaré y pondremos en claro todo ese enredo.

—De acuerdo.

Pero el día siguiente John Steever no llamó. Más o menos a la hora de cenar, Sam le llamó a él.

Cosa rara, respondió al teléfono Irma. Su vocecita delgada, estridente tenía un acento débil, en los oídos de Sam.

—Papá está arriba, durmiendo. Ha estado enfermo.

—Bueno, no le molestes. ¿De qué se trata? ¿Del brazo?

—De la espalda, ahora. Dentro de poco tendrá que volver al consultorio del médico.

—Dile que le llamaré mañana, pues. Eh..., ¿marcha bien todo, Irma? Quiero decir si no echas de menos a miss Pall,

—No. Me alegro de que se fuera. Es una tonta.

—Ah. Sí. Comprendo. Pero, si necesitas algo, telefonéame. Y espero que papá se restablezca.

—Sí. Yo también —respondió Irma. Y en seguida se puso a reír, y luego colgó.

La tarde siguiente, cuando John Steever telefoneó a Sam en la oficina de éste, no hubo risitas. Tenía la voz sobria, con la sobriedad aguda del dolor.

—Sam..., por el amor de Dios, ven. ¡A mí me pasa algo!

—¿Qué hay?

—Este dolor... ¡me está matando! Tengo que verte, pronto.

—Me espera un cliente en el despacho; pero me desembarazaré de él. Oye, espera un minuto. ¿Por qué no llamas al médico?

—Ese curandero no puede ayudarme. Me recetó diatermia para el brazo y ayer me la recetó para la espalda.

—¿No te remedió?

—El dolor desapareció, sí. Pero se ha renovado. Me siento... como aplastado. Tengo una opresión aquí, en el pecho. No puedo respirar.

—Por lo que dices, parece una pleuresía. ¿Por qué no lo llamas?

—No es pleuresía. Me examinó ya. Me dijo que estaba más sano que un dólar nuevo. No, orgánicamente no tengo nada anormal. Pero no pude explicarle la verdadera causa.

—¿La verdadera causa?

—Sí. Los alfileres. El alfiler que ese pequeño demonio está clavando en el muñeco que se hizo. En el brazo, en la espalda. Ahora me tiene cogido. No puedo bajar a impedírselo y apoderarme del muñeco. Y nadie más lo creería. Pero es el muñeco, no cabe duda; el que se hizo con cera y con el cabello de mi cepillo. Oh..., al hablar, sufro... ¡Ah, la brujita del diablo! Corre, Sam. Prométeme que harás algo..., lo que sea..., que le quitarás el muñeco..., que te apoderarás del muñeco...

Media hora después, a las cuatro y treinta, Sam Steever entraba en casa de su hermano.

Irma le abrió la puerta.

Sam tuvo un sobresalto al verla plantada allí, risueña e imperturbable, con el cabello rubio pálido peinado inmaculadamente para atrás, dejando al descubierto el rosado óvalo de la cara. Parecía una muñequita, exactamente. Una muñequita...

—Hola, tío Sam.

—Hola, Irma. Tu papá me ha telefoneado, ¿no te lo ha dicho? Decía que no se encontraba muy bien...

—Ya lo sé. Pero ahora está perfectamente. Duerme. Algo le sucedió a Sam Steever; una gota de agua glacial le bajó por el espinazo.

—¿Duerme? —repitió con voz ronca—. ¿Arriba?

Y antes de que la niña hubiese abierto la boca, subía los escalones a saltos hasta el segundo piso y recorría el pasillo a grandes zancadas, hasta el cuarto de John.

John yacía en la cama. Estaba dormido; solamente dormido. Sam Steever notaba el subir y bajar acompasado del pecho al respirar. Tenía la faz tranquila, sosegada.

Entonces la gota de agua fría se evaporó, y Sam tuvo fuerzas para murmurar:

—Tonterías —entre dientes, al mismo tiempo que se volvía.

Mientras bajaba, improvisaba planes apresuradamente. Unas vacaciones de seis meses, para su hermano... Se abstendrían de llamarlo una cura... Un orfanato para Irma; le darían ocasión de alejarse de aquella morbosa casona antigua, de tantos y tantos libros...

A mitad de las escaleras, se detuvo. Mirando por encima de la barandilla, vio a Irma en el sofá, acurrucadita como una bolita blanca. Hablaba a una cosa que tenía acunada en los brazos y que iba meciendo con el movimiento del cuerpo.

De modo que la muñeca (o el muñeco) existían, después de todo.

Sam Steever bajó de puntillas, silenciosamente y se acercó a Irma.

—Hola —dijo.

La niña dio un salto y levantó ambos brazos para cubrir por completo lo que fuere que estuviera mimando, y que ahora estrechaba contra sí.

A Sam Steever se le ocurrió la idea de una muñeca apretada por el pecho...

Irma levantaba los ojos hacia él, convertida en una máscara de inocencia. En aquella media luz, su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña que escondía..., ¿qué?

—Papá está mejor ahora, ¿verdad que sí? —balbució Irma.

—Sí, mucho mejor.

Yo sabía que lo estaría.

—Pero me temo que tendrá que marcharse a gozar de un descanso. Un descanso muy largo.

Una sonrisa se filtró a través de la máscara.

—Perfecto —dijo la niña.

—Naturalmente —continuó Sam—, tú no podrías quedarte sola aquí. Me estaba preguntando..., quizá podríamos enviarte a una escuela, o a una especie de hogar de...

Irma se puso a reír.

—Ah, no debe preocuparse por mí —replicó. Y dejó sitio en el sofá mientras Sam se sentaba; pero en seguida se levantó de un salto, al verle acercarse a ella.

Con el movimiento, los brazos de Irma se apartaron algo del cuerpo, y Sam Steever vio un par de piernecitas delgadas colgando bajo el codo. Eran unas piernas vestidas con pantalones y que lucían unos trocitos de cuero por zapatos.

—¿Qué tienes ahí, Irma? —preguntó Sam—. ¿Es un muñeco?

Y pausadamente extendió la regordeta mano. Irma retrocedió.

—No puede verlo —dijo.

—Pues yo quiero verlo. Miss Pall me dijo que haces unos muñecos preciosos.

—Miss Pall es tonta. Y usted también. Vayase.

—Por favor, Irma. Déjame verlo.

Pero mientras estaba hablando, Sam Steever contemplaba ya la parte superior del muñeco, que quedó un momento al descubierto, al retroceder Irma. Era una cabeza perfecta, con mechones de cabello sobre una cara blanca. El crepúsculo disimulaba la fisonomía, pero a pesar de todo Sam reconoció los ojos, la nariz, la barbilla...

Y no pudo continuar fingiendo.

—¡Dame ese muñeco, Irma! —ordenó secamente—. Sé qué es. Sé quién es...

Por un instante, la máscara desapareció de la faz de Irma, y Sam tuvo ante su mirada la imagen del miedo descarnado.

La niña lo sabia. Sabía que él lo sabía.

Pero en seguida, con la misma presteza, la máscara volvió a su sitio.

Irma volvía a ser ni más ni menos que una chiquilla dulce, mimada y terca mientras movía la cabeza alegremente y le miraba con malicia de picaruela.

—¡Oh, tío Sam! —exclamó riendo—. ¡Qué tonto es usted! ¡Si esto no es ni siquiera un muñeco de verdad...!

—¿Qué es, entonces? —murmuró él. Irma se rió de nuevo, levantando la figura mientras contestaba:

—Pues... ¡es caramelo, únicamente!

—¿Caramelo?

Irma hizo un gesto afirmativo. Luego, con gesto rápido, se metió la cabecita de la imagen en la boca.

Y la cortó de un mordisco.

Arriba sonó un solo grito, desgarrador.

Mientras Sam Steever se volvía y subía las escaleras corriendo, la pequeña Irma, todavía mascando gravemente, salió por la puerta principal y se hundió en la noche.