LAS SUPEREXPERIENCIAS DEL IMBÉCIL
Ya
sé que el Imbécil es más guapo que yo. Nadie me lo ha dicho así claramente,
pero yo noto que la gente lo piensa, porque no soy tonto. Soy más feo, vale, lo
admito, pero no soy tonto. Me doy cuenta cuando sube la Luisa a casa y nos ve a
los dos en pijama y dice mirando al Imbécil:
-Es un
niño de anuncio. Y luego me mira a mi y dice:
-Ahora,
éste es el que tiene mejor corazón de los dos, Cata, te pongas como te pongas.
Me doy
cuenta también cuando nos arreglamos para salir los domingos y mi madre piensa
en voz alta:
-Mi niño
chico, por qué será que con cualquier cosilla que le vistas parece un príncipe.
Y como
tampoco es tonta y ve que yo me quedo como esperando algo, pues añade:
-No te
pongas celosillo, tonto, ya verás cuando seas mayor y te puedas poner
lentíllas, y crezcas, y adelgaces un poco, y te dejes de arrancar la ceja
cuando estás nervioso... Ya verás, no vas a parecer tú, te las vas a llevar de
calle.
Y encima
no me puedo enfadar porque es justo cuando mi madre me dice esas cosas uno de
los pocos momentos en que no me está riñendo; qué va, al contrario, hay veces
que hasta me está dando un beso y peinándome la ceja izquierda con su dedo
mojado en saliva (es que la ceja izquierda me la arranco cuando me pongo de los
nervios).
Y yo me dejo que me dé esos besos, y mientras me los está dando y me
está diciendo cosas, a mí se me pone una sonrisa de tonto como si me estuvieran
diciendo cosas buenas, pero luego, según vamos por la calle yo y el Imbécil, me
pongo a pensarlo y pensarlo, y caigo en la cuenta de que en el fondo me ha
puesto verde una vez más y no sé por qué me entran ganas de pagarlo con el
Imbécil. Bueno, sí sé por qué, porque con mi madre no me atrevo.
Y ha habido
veces, lo voy a confesar públicamente, que, después de que mi madre me dijera
esas cosas que parecen buenas pero que en realidad son malas, me ha entrado una
rabia tan terrible que, sin venir a cuento, le he pegado un empujón al Imbécil,
pero como el Imbécil es tan raro y me admira y nunca piensa que yo sea un
hermano atravesao y retorcido, se cree que el empujón ha sido de broma, como
tantas veces que nos damos empujones, y va el tío y, partiéndose el pecho de
risa, se levanta del suelo y me lo devuelve.
Y claro, son de esos momentos en
que ni tu propio rival se entera de que le tienes una manía horrible, ni tu
madre de que te ha insultado, y a mí me encantaría irme derecho al despacho de
la sita Espe, la psicóloga de mi colegio, y contarle mi gran trauma, pero ya te
dije que la psicóloga no me quiere ni ver, que prefiere codearse con niños
abusones y macarras como Yihad.
Es una psicóloga extraña, sólo le gustan los
pacientes violentos, y no como yo, que, encima de que siempre me pegan, cuando
estoy muy nervioso me arranco mi propia ceja, y cuando por fin decido hacer el
mal y le doy un empujón al Imbécil, me toma a cachondeo.
Supongo
que cuando sea mayor tendré que ir a un psicólogo de esos a los que hay que
pagar y que me dará por fin la razón cuando le cuente todos estos feos que me
están haciendo (la gente que me rodea en general).
Pero
aunque ya sabía que el Imbécil es más guapo que yo, porque me lo llevan
diciendo desde el día en que nació, yo tenía la esperanza de superarle en una
cosa, sólo en una: había una chica de mi clase que estaba por mí. Bueno, sí,
todo el mundo sabe que esa chica es Melody Martínez, y Melody no es
precisamente la tía que tiene más éxito entre las niñas de mi clase, porque nos
saca una cabeza a todos los chicos (bueno, a mí y a Mostaza nos saca dos),
porque lleva calcetines con sandalias, porque es bastante burra y porque la
tenemos bastante miedo, por si se enfada y nos da una patada. Yo la tengo
miedo, no a que me vaya a pegar, porque, ya se sabe, está por mí. La tengo
miedo porque me hace quedar en ridiculo delante de mis compañeros y me defiende
de los que se meten conmigo y me hace quedar como un gallina.
A mi me
hubiera gustado más que la que estuviera por mi fuera Susana Bragas-sucias, que
se parece un poco a Cameron Díaz (más guapa la Susana), pero la Susana lleva
años sin decidirse, desde que íbamos todos juntos a preescolar, y yo,
personalmente, ya me he hartado.
Yo sé que mis compañeros se ríen de mi porque
Melody, la caballona, como la llama Yihad, me persigue y hace todo lo posible
por salvarme si jugamos a un rescate, o, por ejemplo, un ejemplo, si cuento un
chiste, tiene que hacer como que se parte el pecho, cuando todo el mundo sabe
que a mí no se me da bien contar chistes, y yo preferiría que dijera como mis
amigos: "¡Qué maaaaalo, Manolito!". Pero no, ella hace como que se
mea y se tira de espaldas como una locaria, que a mi me da hasta vergüenza que
se ría alguien así de un chiste mío.
Pero de
todas formas, aunque no haya tenido mucha suerte con la niña a la que le gusto,
yo creo que, en el fondo, todos me envidian un poco porque ninguna tía de mi
clase le ha soltado a ninguno de mis amigos así tan sin cortarse ni un pelo eso
de "estoy por tí", y claro, eso me da a mí una superexperiencia que
todos mis amigos se mueren de envidia podrida aunque lo disimulen. Lo sé porque
de vez en cuando se les escapa preguntarme si es verdad lo que va diciendo
Melody, eso de que me dio un beso en el portal y de que me llamó la otra noche
a mi casa pasadas las 11.
Y yo
procuro poner la sonrisa más enigmática que tengo y les digo una frase que he
oído muchas tardes en las películas de problemáticas humanas que ponen en la
tele:
-Prefiero
no hablar de eso.
El
Imbécil sabe la verdad, sabe que Melody se coló conmigo en el portal aunque los
dos (yo y el propio Imbécil) empujábamos la puerta para cerrarla y dejarla
fuera con todas nuestras fuerzas, pero ella, la caballona, tiene más músculos
de los que nosotros tendremos nunca en la vida y pegó un empujón que nos tiró
de espaldas contra el cactus que puso la Luisa en la entrada, porque la Luisa
es la presidenta y manda sobre todos nosotros y se empeñó en poner un cactus
porque los cactus no necesitan ni sol ni agua ni que nadie les dé los buenos
días, y el cactus se ha hecho así de grande, que parece un cactus del desierto
salvaje y cada dos por tres un vecino se tropieza con el cactus y tiene que ir
a urgencias porque se le ha clavado una espina mortal. Ya digo, yo y el Imbécil
nos caímos de culo en el cactus y al Imbécil se le pinchó una púa de esas en el
culo, y mientras yo se la quitaba la Melody aprovechó para colarse.
Era el
Día de los Enamorados y Melody había anunciado en el patío que pensaba darme un
beso. Comprenderás que no iba a dejar que lo hiciera allí, en el colegio,
delante de todo el mundo, así que me pasé el recreo en el váter, más aburrido
que una ostra, aunque el Imbécil me encontró después de buscarme
desesperadamente, como hace todos los días (si no me ve, se pone a llorar), y
me dio la mitad de su bocadillo.
Del váter me volví a clase, y cuando sonó la
sirena para irnos a casa, salí corriendo y me encontré con el Imbécil en el
quiosco del señor Mariano, tal y como habíamos acordado en nuestro plan para
librarnos de M.M. Pero Melody no estaba dispuesta a dejarme escapar: nos siguió
corriendo hasta el portal y, después del empujón, me agarró de la cara y me
quiso estampar un beso en los morros, pero yo me retiré a tiempo y le puse la
nariz, porque en los morros, la verdad, me daba un poco de asco.
Aunque sé que
hay gente que lo hace, porque lo veo todos los sábados en el Parque del
Ahorcado cuando se van los mayores a darse el lote, que se ponen todos detrás
del Árbol del Ahorcado, que es el único árbol que hay en mi parque y, claro, si
te interesa, estás al tanto de todo lo que hacen. Y a Yihad, a mí y al Orejones
nos interesa bastante y hay veces que nos sentamos en el banco del parque en
invierno a las siete, que ya es de noche, y nos helamos de frío, pero nos
quedamos, y Yihad dice que algún día seremos nosotros los que estemos detrás
del Árbol del Ahorcado y yo, la verdad, no termino de creerme eso de que algún
día estaré quedándome congelado con Melody dándome un besito aquí y otro allá.
Yo le
dije al Imbécil que no se le ocurriera contar nunca, nunca que Melody se me
había abalanzado, y subimos a casa, yo rojo de vergüenza, y mi madre dijo eso
de "qué raro, qué raro está este chico".
Estaba
raro, pero además es que soy raro, porque después de huir de Melody, después de
la vergüenza que pasé por gustarle tanto, luego, después de esos momentos de
alta tensión ambiental, no sé qué mosca me picó que me pasé la tarde dándole
lecciones al Imbécil sobre las tías y mis experiencias. Y el Imbécil me miraba
como si estuviera viendo a un ser sobrenatural. Era uno de esos momentos en que
no me importaba reconocer que era más feo que él, porque me sentía como el
típico feo con éxito. Si esto era así con 10 años, pensaba yo para mi mismo,
qué pasaría cuando tuviera 20.
Íbamos
al día siguiente camino del colegio y yo le iba diciendo al Imbécil que lo que
le gustaba a Melody de mi era mi gran personalidad, que no era un bestia como
Yihad, ni un niño mimado como el Ore, que yo era un tío con gancho. Por la cara
con que me miraba el Imbécil, yo estaba seguro de que me admiraba bastante.
Pasábamos por el portal de Mostaza y la Melanio, la hermana pequeña de Mostaza,
y en ese momento la Melanio y Mostaza salían. Mostaza me dijo:
-¿Qué,
te dio por fin Melody el beso del Día de los Enamorados?
Yo le
dije que me dejara en paz, y fue al oír lo del Día de los Enamorados cuando
Melanie se quitó el chupete, se paró delante del Imbécil y, sin decir nada, le
arrancó al Imbécil el suyo, le agarró la cabeza y le dio un beso en todo el
morro. Yo pensé que el Imbécil se iba a cortar, pero el Imbécil el tío ni se
apartó.
Me miró como pidiéndome permiso para llevar a cabo todas las enseñanzas
que yo le había dado la tarde anterior, y le devolvió el beso a la Melanie, y
la Melanie se lo devolvió a él, y hubo un momento en que tuvimos que separarlos
porque, no sé tú qué pensarás, pero con cuatro años que tiene el Imbécil me
parece un poco pronto para esas superexperiencias, y además, qué fuerte, en un
momento se había comido más roscas que yo, que le doblaba la edad. No sólo era
más guapo que yo, encima, tenia más éxito y ahora era un experto. Le iba a dar
un empujón de rabia, pero me lo ahorré. Para qué, si es un niño extraño que me
quiere aunque le empuje.
Esa
noche, que era viernes, el Imbécil se vino a mi cama. Es que los viernes es el
dia que llega mi padre a casa. Y como se van por ahí de bares hasta las tantas
le dicen que duerma conmigo. Pero además, ese viernes nos habían dado las
vacaciones de Navidad y era el viernes mejor de nuestras vidas.
Los viernes,
con el Imbécil en nuestra terraza de aluminio visto, es imposible dormirse,
porque se pone como loco, y se pasa un rato con mi abuelo y luego se viene
conmigo y le da la risa y se pone a hablar en la oscuridad cuando nos estamos
quedando dormidos y mi abuelo dice que qué rollo de niño. Pero esa noche, con
todas las vacaciones por delante y todos los regalos que nos estaban trayendo
los Reyes que ya estaban camino de Carabanchel, yo tampoco podía pegar ojo.
Esa
noche, el Imbécil quería enseñarle a mi abuelo cómo le había agarrado la
Melanie para darle un beso y me agarraba a mí de la cara y yo le decía que ni
se le ocurriera darme el beso a mí, y entonces el Imbécil se lo enseñaba a mi
abuelo con un cojín, y mi abuelo y yo teníamos que quitarle el cojín de delante
de la cara porque se emocionaba con el cojín y nos daba miedo de que se ahogara
a sí mismo por esa pasíón que le entraba.
Ese viernes en que el Imbécil no se
dormía, aprovechando que mis padres estaban en los bares, nos disfrazamos, yo
de pastorcillo y él de oveja, y le hicimos a mi abuelo toda la actuación.
Teníamos que despertarlo de vez en cuando porque se nos quedaba dormido. Luego
también le hicimos del Orejones cuando estaba recitando y le dieron los
apretones de la muerte. Y luego hicimos del Alcalde de la Capa y jugamos a que
el alcalde salvaba a los niños que se tiraban por el Viaducto y a las ancianas
a punto de ser atropelladas y a los camioneros que iban a tener un accidente,
aunque mi abuelo dijo que ese juego no le gustaba nada, pero nada de nada.
Esa
Navidad iba a ser la más importante de nuestras vidas, aunque ninguno de
nosotros lo sabíamos todavía, y menos el Imbécil, que vivía en el mundo mundial
de la felicidad. El Imbécil se había pedido otra Barbie para jugar a los bolos
con ellas, y se había pedido tres dinosaurios, incluido el Tyrannosaurus Rex,
que es su favorito, y se había pedido el barco pirata de los Legos, porque le
gusta que mi padre se ponga a montar el barco pirata todo el día de Reyes y
lleguen las tres de la mañana y no haya terminado.
Es un niño sádico. Y se
había pedido un juego de magia porque dice que le gusta ser mago. Se pone un
trapo de la cocina encima de la cabeza y luego se lo quita y dice que ha
desaparecido y nosotros tenemos que hacer como que no le vemos, y el pobre se
lo cree y yo le tengo dicho a mi madre que algún día hay que decirle la
terrible verdad, no vaya a ser que un día del futuro, cuando sea mago de
verdad, haga el truco ese de la desaparición y el público responda
violentamente. De momento, los Reyes le trajeron su juego de magia y ahora hace
que desaparece en vez de con el trapo de cocina con un trapo de seda negro que
venia en la caja y se da con la varita mágica en la cabeza unos golpazos antes
de descubrirse la cabeza. Es bastante emocionante.
Mi
abuelo se había pedido una radio porque en la suya ya sólo se oyen las
interferencias, aunque decía que sólo le traerían una bufanda porque pensaba
que con él los Reyes nunca tenían ni un detalle. Pero se equivocó, porque le
trajeron su radio con cascos incluidos y desde entonces mi abuelo siempre está
con los cascos y no se entera de nada, ni oye el timbre de la puerta, ni el del
teléfono, ni cuando le llama el Imbécil para que le saque de la bañera porque
ya está arrugado como un garbanzo. Y mi madre dice que en qué hora le traerían
los Reyes esa radio y esos cascos.
Y a mí
me trajeron una goma nueva para las gafas y unos calcetines y unos
calzoncillos. Pero sobre todo me gustaron los juegos de la PlayStation y el
juego de la cueva del terror, y un discman, que era la ilusión de mi vida, con
sus supercascos, y desde entonces me pongo los cascos y no oigo ni el timbre de
la puerta ni el del teléfono y mi madre dice que vaya idea que tuvieron los
Reyes con semejante regalo.
Y en casa de la Luisa nos trajeron, como todos los
años, un puzle superpedagógico de 1.500 piezas, y la Luisa y mi madre se
pasaron toda la tarde haciéndolo sin dirigirle la palabra a nadie, y Bernabé y
mi padre montando el barco del Imbécil, y así pudimos bajarnos yo y el Imbécil
al banco del Parque del Ahorcado donde había otros chavales, Yihad, el Ore,
Mostaza, etcétera, que habían dejado a sus padres y a sus madres haciendo
barcos y puzles.
Yo puse
el discman y le di un auricular al Imbécil y otro me lo puse yo. Hacía bastante
frío y todos, mis amigos y yo, estábamos superapretados en el banco. Todos
estaban pensativos porque dentro de dos días tendríamos que verle la cara otra
vez a la sita Asunción. Pero yo estaba más superpensativo que los demás porque
sabía una cosa que no sabía nadie, y menos el Imbécil. Mi madre me había dicho
una cosa bastante extraña.
Me había dicho que, a lo mejor, sólo a lo mejor,
había dicho, este año que empezaba teníamos, a lo mejor, sólo a lo mejor, otro
niño, o en su defecto, niña, en la familia García Moreno. Me había pedido que
no se lo dijera al Imbécil, porque era a lo mejor, sólo a lo mejor, y había que
saberlo seguro. Así que me había dicho mi madre que, de momento, era un secreto
entre yo y ella. Pero yo sabía que si mi madre me había dicho eso era porque
todos lo sabían, la Luisa, Bernabé, mi abuelo, mi padre, todos lo sabían ya,
porque yo no soy tan superimportante para mi madre.
Y me dio pena que el Imbécil
fuera el último en enterarse (del secreto). Estuve por decírselo, pero pensé,
vamos a dejarle que tenga algún mes más de felicidad, porque dentro de poco
dejará de ser el niño de su mamá, el niño de la cuna gigantesca, el niño más
gracioso de la infancia. Además, el tío, de estar tan apretado contra mí en el
banco, con el gorro puesto hasta las cejas, moviendo el chupete a toda
velocidad y escuchando una canción romántica de Chenoa, se me había quedado
dormido.