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Los tres cerditos - James Finn Garner

Había una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una hermosa casa. 

Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar, los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron viviendo en paz e independencia.

Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. 

Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar! 

Pero los cerditos respondieron: —Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.

Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. 

El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.

Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Pero los cerditos gritaron a su vez: —¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!

Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»

A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. 

Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.

El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.

Para entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.

Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. 

Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. 

A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.

Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.

El nuevo traje del emperador - James Finn Garner

Hace mucho tiempo, muy lejos de aquí, vivía un sastre itinerante que un día llegó a un país desconocido. Ahora bien, los sastres que acostumbran a desplazarse de un lugar a otro son personas por lo general reservadas que cuidan de no traspasar los límites de la comunidad. 

Aquel sastre, sin embargo, era un individuo hipergregario, además de limitado en cuanto a modestia se refiere, por lo que no tardó en vérsele en la taberna local abusando del alcohol, invadiendo el espacio privado del personal femenino y relatando ignorantes historias acerca de caldereros, recogedores de estiércol y otros comerciantes.

El tabernero se quejó a la policía, cuyos miembros detuvieron al sastre y le arrastraron a presencia del emperador. Como cabe esperar, toda una vida de convencimiento acerca de la absoluta legitimidad de la monarquía y la inherente superioridad de los varones habían convertido al emperador en un tirano fatuo e intelectualmente limitado. 

El sastre reconoció aquellas facetas de su carácter y decidió utilizarlas en provecho propio. —¿Deseas expresar alguna solicitud antes de que te destierre de mi reino para siempre? —le preguntó el emperador. —Tan sólo que Vuestra Majestad me conceda el honor de confeccionar un nuevo traje real —repuso el sastre—, ya que he traído conmigo un tejido especial tan raro y delicado que sólo puede ser visto por ciertas personas, precisamente por aquéllas que Vos querríais tener en vuestro reino: personas políticamente correctas, moralmente nobles, intelectualmente agudas y culturalmente tolerantes que no fuman, ni beben, ni encuentran diversión en las chanzas sexistas; personas que no ven demasiada televisión, que no escuchan música country y que no organizan barbacoas.

Tras un instante de reflexión, el emperador accedió a su propuesta. Se sentía halagado por el concepto —pleno de fascismo y testosterona— de que el Imperio y sus habitantes existían únicamente para mejorar su imagen. Sería como estar casado con una mujer bandera y multiplicar cien mil veces la sensación resultante.

Ni que decir tiene que el sutilísimo tejido en cuestión no existía. Tantos años de vida fuera de los límites de una sociedad normal habían facilitado al sastre el desarrollo de un código moral propio que le invitaba a estafar y a humillar al emperador en nombre de los artesanos independientes en general. 

Y así, a lo largo de su diligente tarea, pudo convencer al emperador de estar cortando y cosiendo piezas de tela que, desde el más estricto sentido objetivo de la realidad, no existían.

Cuando el sastre anunció que había terminado, el emperador acudió a contemplar su nuevo atavío frente al espejo. Quien le hubiera visto allí, desnudo como el día en que vino al mundo, habría podido comprobar que los años que había pasado explotando al campesinado le habían convertido en una repelente masa de carne fofa y blancuzca. 

Ni que decir tiene que el propio emperador también lo advirtió, si bien fingió que era perfectamente capaz de distinguir tan hermosa y políticamente correcta vestimenta. Inmediatamente, ordenó celebrar un desfile al día siguiente para lucir su nuevo esplendor.

A la mañana siguiente, sus súbditos se congregaron en las calles para contemplar el grandioso desfile. Para entonces, ya se había corrido la voz acerca del nuevo traje del emperador, visible únicamente por personas ilustradas y de sanas costumbres, y no había ciudadano que no hubiera resuelto aparentar más rectitud que cualquiera de sus vecinos.

El desfile comenzó con gran algarabía. A medida que el emperador paseaba su pálida, abotargada y patriarcal anatomía por la calle, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa y admiración ante la belleza de su nuevo traje. Todos, con la excepción de un niño pequeño, que gritó: —¡El emperador está desnudo! 

El desfile se detuvo. El emperador interrumpió su avance, y sobre la multitud se abatió un silencio sepulcral, hasta que un campesino de excelentes reflejos mentales exclamó: —¡No, no lo está! ¡Sencillamente, ha adoptado un estilo de vida alternativo en lo que se refiere a su atuendo! 

De la muchedumbre se elevó una ovación, y todos los presentes se despojaron de sus vestiduras y se pusieron a danzar bajo la luz del sol, tal y como para ello los había diseñado la naturaleza. A partir de aquel día, el país pasó a admitir aquel estilo alternativo de vestimenta, y el sastre, privado de su modo de vida, empaquetó su aguja y sus hilos y nunca más volvió a saberse de él.

Caperucita Roja - James Finn Garner

Erase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta. —Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es —respondió. 

—No sé si sabes, querida —dijo el lobo—, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita: —Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial —en tu caso propia y globalmente válida— que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. 

Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo: —Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca. 

—Acércate más, criatura, para que pueda verte —dijo suavemente el lobo desde el lecho. 

—¡Oh! —repuso Caperucita— Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes! 

—Han visto mucho y han perdonado mucho, querida. 

—Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva. 

—Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida. 

—Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo: —Soy feliz de ser quien soy y lo que soy —y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. 

Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente. —¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? —inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios. 

—¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! —prosiguió Caperucita—
¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. 

Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

El porquerizo - Hans Christian Andersen

Érase una vez un príncipe que andaba mal de dinero. Su reino era muy pequeño, aunque lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el príncipe quería hacer.

Sin embargo, fue una gran osadía por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y decirle en la cara: -¿Me quieres por marido?-. Si lo hizo, fue porque la fama de su nombre había llegado muy lejos. Más de cien princesas lo habrían aceptado, pero, ¿lo querría ella?

Pues vamos a verlo.

En la tumba del padre del príncipe crecía un rosal, un rosal maravilloso; florecía solamente cada cinco años, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de fragancia tal, que quien la olía se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones. 

Además, el príncipe tenía un ruiseñor que, cuando cantaba, habríase dicho que en su garganta se juntaban las más bellas melodías del universo. Decidió, pues, que tanto la rosa como el ruiseñor serían para la princesa, y se los envió encerrados en unas grandes cajas de plata.

El Emperador mandó que los llevaran al gran salón, donde la princesa estaba jugando a «visitas» con sus damas de honor. Cuando vio las grandes cajas que contenían los regalos, exclamó dando una palmada de alegría:

- ¡A ver si será un gatito! -pero al abrir la caja apareció el rosal con la magnífica rosa.

- ¡Qué linda es! -dijeron todas las damas.

- Es más que bonita -precisó el Emperador-, ¡es hermosa!

Pero cuando la princesa la tocó, por poco se echa a llorar.

- ¡Ay, papá, qué lástima! -dijo-. ¡No es artificial, sino natural!

- ¡Qué lástima! -corearon las damas-. ¡Es natural!

- Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja -, aconsejó el Emperador; y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.

- ¡Superbe, charmant! -exclamaron las damas, pues todas hablaban francés a cual peor.

- Este pájaro me recuerda la caja de música de la difunta Emperatriz -observó un anciano caballero-. Es la misma melodía, el mismo canto.

- En efecto -asintió el Emperador, echándose a llorar como un niño.

- Espero que no sea natural, ¿verdad? -preguntó la princesa.

- Sí, lo es; es un pájaro de verdad -respondieron los que lo habían traído.

- Entonces, dejadlo en libertad -ordenó la princesa; y se negó a recibir al príncipe.

Pero éste no se dio por vencido. Se embadurnó de negro la cara y, calándose una gorra hasta las orejas, fue a llamar a palacio.

- Buenos días, señor Emperador -dijo-. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?

- Bueno -replicó el Soberano-. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos.

Y así el príncipe pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un reducido y mísero cuartucho en los sótanos, junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Pero se pasó el día trabajando, y al anochecer había elaborado un primoroso pucherito, rodeado de cascabeles, de modo que en cuanto empezaba a cocer las campanillas se agitaban, y tocaban aquella vieja melodía:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

Pero lo más asombroso era que, si se ponía el dedo en el vapor que se escapaba del puchero, enseguida se adivinaba, por el olor, los manjares que se estaban guisando en todos los hogares de la ciudad. ¡Desde luego la rosa no podía compararse con aquello!

He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo con una expresión de contento en su rostro; pues también ella sabía la canción del "Querido Agustín". Era la única que sabía tocar, y lo hacía con un solo dedo.

- ¡Es mi canción! -exclamó-. Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.

Tuvo que ir una de las damas, pero antes se calzó unos zuecos.

- ¿Cuánto pides por tu puchero? -preguntó.

- Diez besos de la princesa -respondió el porquerizo.

- ¡Dios nos asista! -exclamó la dama.

- Éste es el precio, no puedo rebajarlo -, observó él.

- ¿Qué te ha dicho? -preguntó la princesa.

- No me atrevo a repetirlo -replicó la dama-. Es demasiado indecente.

- Entonces dímelo al oído -. La dama lo hizo así.

- ¡Es un grosero! -exclamó la princesa, y siguió su camino; pero a los pocos pasos volvieron a sonar las campanillas, tan lindamente:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

- Escucha -dijo la princesa-. Pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.

- Muchas gracias -fue la réplica del porquerizo-. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.

- ¡Es un fastidio! - exclamó la princesa -. Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.

Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.

¡Dios santo, cuánto se divirtieron! Toda la noche y todo el día estuvo el puchero cociendo; no había un solo hogar en la ciudad del que no supieran lo que en él se cocinaba, así el del chambelán como el del remendón. Las damas no cesaban de bailar y dar palmadas.

- Sabemos quien comerá sopa dulce y tortillas, y quien comerá papillas y asado. ¡Qué interesante!

- Interesantísimo -asintió la Camarera Mayor.

- Sí, pero de eso, ni una palabra a nadie; recordad que soy la hija del Emperador.

- ¡No faltaba más! -respondieron todas-. ¡Ni que decir tiene!

El porquerizo, o sea, el príncipe -pero claro está que ellas lo tenían por un porquerizo auténtico- no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses y danzas conocidos desde que el mundo es mundo.

- ¡Oh, esto es soberbio! -exclamó la princesa al pasar por el lugar.

- ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?

- Pide cien besos de la princesa -fue la respuesta que trajo la dama de honor que había entrado a preguntar.

- ¡Este hombre está loco! -gritó la princesa, echándose a andar; pero se detuvo a los pocos pasos-. Hay que estimular el Arte -observó-. Por algo soy la hija del Emperador. Dile que le daré diez besos, como la otra vez; los noventa restantes los recibirá de mis damas.

- ¡Oh, señora, nos dará mucha vergüenza! -manifestaron ellas.

- ¡Ridiculeces! -replicó la princesa-. Si yo lo beso, también podéis hacerlo vosotras. No olvidéis que os mantengo y os pago-. Y las damas no tuvieron más remedio que resignarse.

- Serán cien besos de la princesa -replicó él- o cada uno se queda con lo suyo.

- Poneos delante de mí -ordenó ella; y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla.

- ¿Qué alboroto hay en la pocilga? -preguntó el Emperador, que acababa de asomarse al balcón. Y, frotándose los ojos, se caló los lentes-. Las damas de la Corte que están haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.

Y se apretó bien las zapatillas, pues las llevaba muy gastadas.

¡Demonios, y no se dio poca prisa!

Al llegar al patio se adelantó callandito, callandito; por lo demás, las damas estaban absorbidas contando los besos, para que no hubiese engaño, y no se dieron cuenta de la presencia del Emperador, el cual se levantó de puntillas.

- ¿Qué significa esto? -exclamó al ver el besuqueo, dándole a su hija con la zapatilla en la cabeza cuando el porquerizo recibía el beso número ochenta y seis.

- ¡Fuera todos de aquí! -gritó, en el colmo de la indignación. Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.

Y he aquí a la princesa llorando, y al porquerizo regañándole, mientras llovía a cántaros.

- ¡Ay, mísera de mí! -exclamaba la princesa-. ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!

Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe, tan hermoso y gallardo, que la princesa no tuvo más remedio que inclinarse ante él.

- He venido a decirte mi desprecio -exclamó él-. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, y, en cambio, besaste al porquerizo por una bagatela. ¡Pues ahí tienes la recompensa!

Y entró en su reino y le dio con la puerta en las narices. Ella tuvo que quedarse fuera y ponerse a cantar:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

El gato Mog - Joan Aiken

Érase una vez una señora mayor, la señora Jones, que vivía con su gato Mog. Esta señora tenía una panadería en un pueblecito situado en el fondo de un valle que había entre dos montañas.

Todas las mañanas podía verse encendida la luz de la casa de la panadera, mucho antes que la de las otras casas del pueblo, ya que ella se levantaba muy temprano para preparar hogazas y bollos, tartas de mermelada y bizcochos.

Lo primero que hacía la señora Jones por la mañana era encender un buen fuego. Luego, preparaba la masa a la que añadía agua, azúcar y levadura. A continuación colocaba la masa en moldes y los ponía junto al fuego para que el contenido aumentara de volumen.

Mog se despertaba también temprano. Se levantaba para cazar ratones. Cuando había cazado todos los ratones de la panadería, le gustaba echarse junto al calor del fuego. Pero la señora Jones no lo dejaba, para que no la estorbase al hacer las hogazas y los bollos.

Ella le decía:

—No te eches sobre los bollos, Mog.

Los bollos iban aumentando de tamaño, debido a la levadura. Esta hace que el pan y los bollos se esponjen y se hagan más y más grandes.

Como a Mog no le estaba permitido echarse junto al fuego, se iba a jugar al fregadero.

La mayoría de los gatos odian el agua, pero Mog no. Le encantaba, le gustaba sentarse junto al grifo, y atrapar con sus garras las gotas, a medida que caían, y mojarse los bigotes.

¿Qué aspecto tenía Mog? Su lomo y sus costados, así como sus patas (hasta donde hubieran llegado los calcetines, caso de llevarlos), su cara, sus orejas y parte de su cola, eran blancos. Tenía blanca la punta de la cola, franjas blancas en las orejas y bigotes blancos. El agua había aclarado el color de mermelada de su piel y sus patas y barriga estaban limpias.

Sin embargo, esta afición al agua tampoco le agradaba a su dueña, y le dijo:

—Mog, estás muy excitado. No haces más que salpicar agua sobre mis moldes de bollos. Vete a jugar fuera.

Mog se sintió ofendido. Se marchó con las orejas gachas y el rabo caído (cuando los gatos están contentos, alzan las orejas y el rabo). Estaba lloviendo mucho. Un río impetuoso, que arrastraba muchas piedras, cruzaba la ciudad. Mog se metió en el agua en busca de algún pez. Pero en aquella parte del río no había peces. Mog estaba calado, aunque no le importó. De pronto comenzó a estornudar.

En ese momento, la señora Jones abrió la puerta y lo llamó:

—¡Mog! Ya he puesto los bollos en el horno. Ahora ya puedes venir y echarte junto al fuego.

Mog estaba tan mojado que relucía como si le hubieran sacado brillo. Cuando se echó junto al fuego, estornudó nueve veces.

La señora Jones dijo:

—¡Oh, Mog! ¿No te habrás enfriado?

Lo secó con una toalla y le dio un poco de leche con levadura, ya que la levadura es buena para las personas enfermas. A continuación lo dejó echado junto al fuego y se puso a preparar unas tartas de mermelada. Después de poner las tartas en el horno, cogió su paraguas y se marchó a hacer unas compras.

¿Qué creéis que le estaba sucediendo a Mog?

Pues que la levadura estaba haciéndole crecer. Mientras dormitaba junto al calor del fuego, aumentaba de tamaño con gran rapidez.

Primero creció como una oveja.

Luego creció como un asno.

Luego creció como un caballo percherón.

Luego creció como un hipopótamo.

Llegó a ser demasiado grande para caber en la pequeña cocina de la señora Jones, y era enorme para poder salir por la puerta. Las paredes de la cocina estaban a punto de estallar.

Cuando la señora Jones volvió a su casa con la bolsa de la compra y el paraguas, dio un grito:

—¡Dios mío! ¿Qué le pasa a mi casa?

Toda la casa estaba abombada y se balanceaba. Unos enormes bigotes asomaban por la ventana de la cocina. Por la puerta salió una cola de color mermelada. Una pata blanca asomó por la ventana de un dormitorio, y una oreja con franjas blancas por otra ventana.

—¡Miau! —dijo Mog.

Se acababa de despertar de su siesta y estaba estirándose.

En aquel momento se derrumbó la casa.

—¡Oh, Mog! —dijo llorando la señora Jones—. ¡Mira lo que has hecho!

Los habitantes del pueblo se quedaron atónitos cuando vieron lo que había sucedido. A la señora Jones le dejaron que se fuera a vivir al ayuntamiento, porque estaban orgullosos de ella (y de sus bollos), pero la situación de Mog era más complicada.

El alcalde dijo:

—Supongamos que sigue creciendo y derrumba nuestro ayuntamiento. ¿Y si se vuelve agresivo? No es aconsejable tenerlo en el pueblo. Es demasiado grande.

La señora Jones replicó:

—Mog es un gato muy cariñoso. No sería capaz de hacer daño a nadie.

—Esperaremos y veremos lo que hacemos —dijo el alcalde—. Supongamos que se sienta encima de alguien, por ejemplo. Y si tiene hambre, ¿qué va a comer? Es mejor que viva fuera del pueblo, en el monte.

En ese momento todos comenzaron a azuzarlo:

—¡Psssst!

Y el pobre Mog fue echado del pueblo. Aún seguía lloviendo con fuerza y el agua bajaba en riada de las montañas, lo que a Mog no le preocupó en absoluto.

Pero la pobre señora Jones estaba muy triste. Comenzó a preparar un nuevo surtido de hogazas de pan y de bollos en el ayuntamiento, llorando tanto sobre ellos que la masa resultó muy húmeda y salada.

Mientras, Mog caminaba por el valle, entre las dos montañas. Ya era mayor que un elefante, casi tan grande como una ballena. Cuando lo vieron acercarse las ovejas que había por allí, se asustaron mucho y se alejaron corriendo. Pero él no les prestó atención. Estaba buscando peces en el río y pescó un montón. Lo estaba pasando bien.

Llegó a llover tanto, que Mog escuchó un rugido sordo proveniente de la parte alta del valle. Miró y vio una avalancha de agua que descendía hacia él. El río comenzaba a desbordarse, a medida que caía en él más y más agua de lluvia procedente de la montaña.

Mog pensó:

—Si no detengo esa agua, se llevará todos esos sabrosos peces.

Así que se sentó en mitad del valle y se reclinó. Parecía una enorme hogaza de pan casero.

El agua no pudo pasar.

La gente del pueblo oía el ruido del agua desbordada y estaba muy asustada.

El alcalde gritó:

—Corramos hacia las montañas antes de que el agua llegue al pueblo, si no queremos ahogarnos todos.

Así que todos corrieron hacia las montañas, unos hacia un lado del pueblo y otros hacia otro.

¿Qué vieron entonces?

¡Caramba! Vieron a Mog sentado en medio del valle. Detrás de él había un gran lago.

—Señora Jones —dijo el alcalde—. ¿Puede usted hacer que su gato permanezca ahí hasta que construyamos un dique de lado a lado del valle para poder retener el agua?

—Lo intentaré —contestó la señora—. Normalmente se queda quieto si se le acaricia debajo de la barbilla.

Y así se hizo. Durante tres días, todo el mundo se turnó haciéndole cosquillas a Mog debajo de la barbilla con rastrillos para el heno. Mog ronroneaba de placer. Sus ronroneos producían grandes olas en la superficie del lago que había formado el agua.

Durante todo este tiempo los mejores constructores estaban levantando un dique de lado a lado del valle.

La gente llevó a Mog toda clase de golosinas para comer. Crema y leche condensada, hígado y tocino, sardinas e, incluso, chocolate. Pero no tenía mucha hambre, había comido muchos peces.

Al tercer día terminaron el dique. El pueblo estaba a salvo.

El alcalde, muy contento, dijo:

—Ahora veo que Mog es un gato gentil y cariñoso. Puede vivir con usted en el ayuntamiento, señora Jones. Le entrego este premio en agradecimiento por su labor.

El premio, que en adelante distinguiría a Mog, consistía en una placa que, prendida de una cadena de plata, colgaba de su cuello. La placa decía:

«MOG SALVÓ A NUESTRO PUEBLO»

La señora Jones y Mog vivieron felizmente desde entonces en el Ayuntamiento.

Si vais al pueblecito de Carnmog, veréis al policía deteniendo el tráfico, mientras Mog se dirige por las calles camino del lago a pescar algo para el desayuno. Su cola se agita por encima de las casas, y sus bigotes rozan las ventanas de los pisos altos. Pero la gente sabe que no les hará ningún daño, porque el gato es un amigo.

Le encanta jugar en el lago y algunas veces se moja tanto que estornuda. Pero la señora Jones no le volverá a dar levadura.

¡Ya es bastante grande!

Manolito tiene un secreto - Elvira Lindo

  LAS SUPEREXPERIENCIAS DEL IMBÉCIL

 

Ya sé que el Imbécil es más guapo que yo. Nadie me lo ha dicho así claramente, pero yo noto que la gente lo piensa, porque no soy tonto. Soy más feo, vale, lo admito, pero no soy tonto. Me doy cuenta cuando sube la Luisa a casa y nos ve a los dos en pijama y dice mirando al Imbécil:

-Es un niño de anuncio. Y luego me mira a mi y dice:

-Ahora, éste es el que tiene mejor corazón de los dos, Cata, te pongas como te pongas.

Me doy cuenta también cuando nos arreglamos para salir los domingos y mi madre piensa en voz alta:

-Mi niño chico, por qué será que con cualquier cosilla que le vistas parece un príncipe.

Y como tampoco es tonta y ve que yo me quedo como esperando algo, pues añade:

-No te pongas celosillo, tonto, ya verás cuando seas mayor y te puedas poner lentíllas, y crezcas, y adelgaces un poco, y te dejes de arrancar la ceja cuando estás nervioso... Ya verás, no vas a parecer tú, te las vas a llevar de calle.

Y encima no me puedo enfadar porque es justo cuando mi madre me dice esas cosas uno de los pocos momentos en que no me está riñendo; qué va, al contrario, hay veces que hasta me está dando un beso y peinándome la ceja izquierda con su dedo mojado en saliva (es que la ceja izquierda me la arranco cuando me pongo de los nervios). 

Y yo me dejo que me dé esos besos, y mientras me los está dando y me está diciendo cosas, a mí se me pone una sonrisa de tonto como si me estuvieran diciendo cosas buenas, pero luego, según vamos por la calle yo y el Imbécil, me pongo a pensarlo y pensarlo, y caigo en la cuenta de que en el fondo me ha puesto verde una vez más y no sé por qué me entran ganas de pagarlo con el Imbécil. Bueno, sí sé por qué, porque con mi madre no me atrevo. 

Y ha habido veces, lo voy a confesar públicamente, que, después de que mi madre me dijera esas cosas que parecen buenas pero que en realidad son malas, me ha entrado una rabia tan terrible que, sin venir a cuento, le he pegado un empujón al Imbécil, pero como el Imbécil es tan raro y me admira y nunca piensa que yo sea un hermano atravesao y retorcido, se cree que el empujón ha sido de broma, como tantas veces que nos damos empujones, y va el tío y, partiéndose el pecho de risa, se levanta del suelo y me lo devuelve. 

Y claro, son de esos momentos en que ni tu propio rival se entera de que le tienes una manía horrible, ni tu madre de que te ha insultado, y a mí me encantaría irme derecho al despacho de la sita Espe, la psicóloga de mi colegio, y contarle mi gran trauma, pero ya te dije que la psicóloga no me quiere ni ver, que prefiere codearse con niños abusones y macarras como Yihad. 

Es una psicóloga extraña, sólo le gustan los pacientes violentos, y no como yo, que, encima de que siempre me pegan, cuando estoy muy nervioso me arranco mi propia ceja, y cuando por fin decido hacer el mal y le doy un empujón al Imbécil, me toma a cachondeo.

Supongo que cuando sea mayor tendré que ir a un psicólogo de esos a los que hay que pagar y que me dará por fin la razón cuando le cuente todos estos feos que me están haciendo (la gente que me rodea en general).

Pero aunque ya sabía que el Imbécil es más guapo que yo, porque me lo llevan diciendo desde el día en que nació, yo tenía la esperanza de superarle en una cosa, sólo en una: había una chica de mi clase que estaba por mí. Bueno, sí, todo el mundo sabe que esa chica es Melody Martínez, y Melody no es precisamente la tía que tiene más éxito entre las niñas de mi clase, porque nos saca una cabeza a todos los chicos (bueno, a mí y a Mostaza nos saca dos), porque lleva calcetines con sandalias, porque es bastante burra y porque la tenemos bastante miedo, por si se enfada y nos da una patada. Yo la tengo miedo, no a que me vaya a pegar, porque, ya se sabe, está por mí. La tengo miedo porque me hace quedar en ridiculo delante de mis compañeros y me defiende de los que se meten conmigo y me hace quedar como un gallina.

A mi me hubiera gustado más que la que estuviera por mi fuera Susana Bragas-sucias, que se parece un poco a Cameron Díaz (más guapa la Susana), pero la Susana lleva años sin decidirse, desde que íbamos todos juntos a preescolar, y yo, personalmente, ya me he hartado. 

Yo sé que mis compañeros se ríen de mi porque Melody, la caballona, como la llama Yihad, me persigue y hace todo lo posible por salvarme si jugamos a un rescate, o, por ejemplo, un ejemplo, si cuento un chiste, tiene que hacer como que se parte el pecho, cuando todo el mundo sabe que a mí no se me da bien contar chistes, y yo preferiría que dijera como mis amigos: "¡Qué maaaaalo, Manolito!". Pero no, ella hace como que se mea y se tira de espaldas como una locaria, que a mi me da hasta vergüenza que se ría alguien así de un chiste mío.

Pero de todas formas, aunque no haya tenido mucha suerte con la niña a la que le gusto, yo creo que, en el fondo, todos me envidian un poco porque ninguna tía de mi clase le ha soltado a ninguno de mis amigos así tan sin cortarse ni un pelo eso de "estoy por tí", y claro, eso me da a mí una superexperiencia que todos mis amigos se mueren de envidia podrida aunque lo disimulen. Lo sé porque de vez en cuando se les escapa preguntarme si es verdad lo que va diciendo Melody, eso de que me dio un beso en el portal y de que me llamó la otra noche a mi casa pasadas las 11.

Y yo procuro poner la sonrisa más enigmática que tengo y les digo una frase que he oído muchas tardes en las películas de problemáticas humanas que ponen en la tele:

-Prefiero no hablar de eso.

El Imbécil sabe la verdad, sabe que Melody se coló conmigo en el portal aunque los dos (yo y el propio Imbécil) empujábamos la puerta para cerrarla y dejarla fuera con todas nuestras fuerzas, pero ella, la caballona, tiene más músculos de los que nosotros tendremos nunca en la vida y pegó un empujón que nos tiró de espaldas contra el cactus que puso la Luisa en la entrada, porque la Luisa es la presidenta y manda sobre todos nosotros y se empeñó en poner un cactus porque los cactus no necesitan ni sol ni agua ni que nadie les dé los buenos días, y el cactus se ha hecho así de grande, que parece un cactus del desierto salvaje y cada dos por tres un vecino se tropieza con el cactus y tiene que ir a urgencias porque se le ha clavado una espina mortal. Ya digo, yo y el Imbécil nos caímos de culo en el cactus y al Imbécil se le pinchó una púa de esas en el culo, y mientras yo se la quitaba la Melody aprovechó para colarse.

Era el Día de los Enamorados y Melody había anunciado en el patío que pensaba darme un beso. Comprenderás que no iba a dejar que lo hiciera allí, en el colegio, delante de todo el mundo, así que me pasé el recreo en el váter, más aburrido que una ostra, aunque el Imbécil me encontró después de buscarme desesperadamente, como hace todos los días (si no me ve, se pone a llorar), y me dio la mitad de su bocadillo. 

Del váter me volví a clase, y cuando sonó la sirena para irnos a casa, salí corriendo y me encontré con el Imbécil en el quiosco del señor Mariano, tal y como habíamos acordado en nuestro plan para librarnos de M.M. Pero Melody no estaba dispuesta a dejarme escapar: nos siguió corriendo hasta el portal y, después del empujón, me agarró de la cara y me quiso estampar un beso en los morros, pero yo me retiré a tiempo y le puse la nariz, porque en los morros, la verdad, me daba un poco de asco. 

Aunque sé que hay gente que lo hace, porque lo veo todos los sábados en el Parque del Ahorcado cuando se van los mayores a darse el lote, que se ponen todos detrás del Árbol del Ahorcado, que es el único árbol que hay en mi parque y, claro, si te interesa, estás al tanto de todo lo que hacen. Y a Yihad, a mí y al Orejones nos interesa bastante y hay veces que nos sentamos en el banco del parque en invierno a las siete, que ya es de noche, y nos helamos de frío, pero nos quedamos, y Yihad dice que algún día seremos nosotros los que estemos detrás del Árbol del Ahorcado y yo, la verdad, no termino de creerme eso de que algún día estaré quedándome congelado con Melody dándome un besito aquí y otro allá.

Yo le dije al Imbécil que no se le ocurriera contar nunca, nunca que Melody se me había abalanzado, y subimos a casa, yo rojo de vergüenza, y mi madre dijo eso de "qué raro, qué raro está este chico".

Estaba raro, pero además es que soy raro, porque después de huir de Melody, después de la vergüenza que pasé por gustarle tanto, luego, después de esos momentos de alta tensión ambiental, no sé qué mosca me picó que me pasé la tarde dándole lecciones al Imbécil sobre las tías y mis experiencias. Y el Imbécil me miraba como si estuviera viendo a un ser sobrenatural. Era uno de esos momentos en que no me importaba reconocer que era más feo que él, porque me sentía como el típico feo con éxito. Si esto era así con 10 años, pensaba yo para mi mismo, qué pasaría cuando tuviera 20.

Íbamos al día siguiente camino del colegio y yo le iba diciendo al Imbécil que lo que le gustaba a Melody de mi era mi gran personalidad, que no era un bestia como Yihad, ni un niño mimado como el Ore, que yo era un tío con gancho. Por la cara con que me miraba el Imbécil, yo estaba seguro de que me admiraba bastante. Pasábamos por el portal de Mostaza y la Melanio, la hermana pequeña de Mostaza, y en ese momento la Melanio y Mostaza salían. Mostaza me dijo:

-¿Qué, te dio por fin Melody el beso del Día de los Enamorados?

Yo le dije que me dejara en paz, y fue al oír lo del Día de los Enamorados cuando Melanie se quitó el chupete, se paró delante del Imbécil y, sin decir nada, le arrancó al Imbécil el suyo, le agarró la cabeza y le dio un beso en todo el morro. Yo pensé que el Imbécil se iba a cortar, pero el Imbécil el tío ni se apartó. 

Me miró como pidiéndome permiso para llevar a cabo todas las enseñanzas que yo le había dado la tarde anterior, y le devolvió el beso a la Melanie, y la Melanie se lo devolvió a él, y hubo un momento en que tuvimos que separarlos porque, no sé tú qué pensarás, pero con cuatro años que tiene el Imbécil me parece un poco pronto para esas superexperiencias, y además, qué fuerte, en un momento se había comido más roscas que yo, que le doblaba la edad. No sólo era más guapo que yo, encima, tenia más éxito y ahora era un experto. Le iba a dar un empujón de rabia, pero me lo ahorré. Para qué, si es un niño extraño que me quiere aunque le empuje.

Esa noche, que era viernes, el Imbécil se vino a mi cama. Es que los viernes es el dia que llega mi padre a casa. Y como se van por ahí de bares hasta las tantas le dicen que duerma conmigo. Pero además, ese viernes nos habían dado las vacaciones de Navidad y era el viernes mejor de nuestras vidas. 

Los viernes, con el Imbécil en nuestra terraza de aluminio visto, es imposible dormirse, porque se pone como loco, y se pasa un rato con mi abuelo y luego se viene conmigo y le da la risa y se pone a hablar en la oscuridad cuando nos estamos quedando dormidos y mi abuelo dice que qué rollo de niño. Pero esa noche, con todas las vacaciones por delante y todos los regalos que nos estaban trayendo los Reyes que ya estaban camino de Carabanchel, yo tampoco podía pegar ojo. 

Esa noche, el Imbécil quería enseñarle a mi abuelo cómo le había agarrado la Melanie para darle un beso y me agarraba a mí de la cara y yo le decía que ni se le ocurriera darme el beso a mí, y entonces el Imbécil se lo enseñaba a mi abuelo con un cojín, y mi abuelo y yo teníamos que quitarle el cojín de delante de la cara porque se emocionaba con el cojín y nos daba miedo de que se ahogara a sí mismo por esa pasíón que le entraba. 

Ese viernes en que el Imbécil no se dormía, aprovechando que mis padres estaban en los bares, nos disfrazamos, yo de pastorcillo y él de oveja, y le hicimos a mi abuelo toda la actuación. Teníamos que despertarlo de vez en cuando porque se nos quedaba dormido. Luego también le hicimos del Orejones cuando estaba recitando y le dieron los apretones de la muerte. Y luego hicimos del Alcalde de la Capa y jugamos a que el alcalde salvaba a los niños que se tiraban por el Viaducto y a las ancianas a punto de ser atropelladas y a los camioneros que iban a tener un accidente, aunque mi abuelo dijo que ese juego no le gustaba nada, pero nada de nada.

Esa Navidad iba a ser la más importante de nuestras vidas, aunque ninguno de nosotros lo sabíamos todavía, y menos el Imbécil, que vivía en el mundo mundial de la felicidad. El Imbécil se había pedido otra Barbie para jugar a los bolos con ellas, y se había pedido tres dinosaurios, incluido el Tyrannosaurus Rex, que es su favorito, y se había pedido el barco pirata de los Legos, porque le gusta que mi padre se ponga a montar el barco pirata todo el día de Reyes y lleguen las tres de la mañana y no haya terminado. 

Es un niño sádico. Y se había pedido un juego de magia porque dice que le gusta ser mago. Se pone un trapo de la cocina encima de la cabeza y luego se lo quita y dice que ha desaparecido y nosotros tenemos que hacer como que no le vemos, y el pobre se lo cree y yo le tengo dicho a mi madre que algún día hay que decirle la terrible verdad, no vaya a ser que un día del futuro, cuando sea mago de verdad, haga el truco ese de la desaparición y el público responda violentamente. De momento, los Reyes le trajeron su juego de magia y ahora hace que desaparece en vez de con el trapo de cocina con un trapo de seda negro que venia en la caja y se da con la varita mágica en la cabeza unos golpazos antes de descubrirse la cabeza. Es bastante emocionante.

Mi abuelo se había pedido una radio porque en la suya ya sólo se oyen las interferencias, aunque decía que sólo le traerían una bufanda porque pensaba que con él los Reyes nunca tenían ni un detalle. Pero se equivocó, porque le trajeron su radio con cascos incluidos y desde entonces mi abuelo siempre está con los cascos y no se entera de nada, ni oye el timbre de la puerta, ni el del teléfono, ni cuando le llama el Imbécil para que le saque de la bañera porque ya está arrugado como un garbanzo. Y mi madre dice que en qué hora le traerían los Reyes esa radio y esos cascos.

Y a mí me trajeron una goma nueva para las gafas y unos calcetines y unos calzoncillos. Pero sobre todo me gustaron los juegos de la PlayStation y el juego de la cueva del terror, y un discman, que era la ilusión de mi vida, con sus supercascos, y desde entonces me pongo los cascos y no oigo ni el timbre de la puerta ni el del teléfono y mi madre dice que vaya idea que tuvieron los Reyes con semejante regalo. 

Y en casa de la Luisa nos trajeron, como todos los años, un puzle superpedagógico de 1.500 piezas, y la Luisa y mi madre se pasaron toda la tarde haciéndolo sin dirigirle la palabra a nadie, y Bernabé y mi padre montando el barco del Imbécil, y así pudimos bajarnos yo y el Imbécil al banco del Parque del Ahorcado donde había otros chavales, Yihad, el Ore, Mostaza, etcétera, que habían dejado a sus padres y a sus madres haciendo barcos y puzles.

Yo puse el discman y le di un auricular al Imbécil y otro me lo puse yo. Hacía bastante frío y todos, mis amigos y yo, estábamos superapretados en el banco. Todos estaban pensativos porque dentro de dos días tendríamos que verle la cara otra vez a la sita Asunción. Pero yo estaba más superpensativo que los demás porque sabía una cosa que no sabía nadie, y menos el Imbécil. Mi madre me había dicho una cosa bastante extraña. 

Me había dicho que, a lo mejor, sólo a lo mejor, había dicho, este año que empezaba teníamos, a lo mejor, sólo a lo mejor, otro niño, o en su defecto, niña, en la familia García Moreno. Me había pedido que no se lo dijera al Imbécil, porque era a lo mejor, sólo a lo mejor, y había que saberlo seguro. Así que me había dicho mi madre que, de momento, era un secreto entre yo y ella. Pero yo sabía que si mi madre me había dicho eso era porque todos lo sabían, la Luisa, Bernabé, mi abuelo, mi padre, todos lo sabían ya, porque yo no soy tan superimportante para mi madre. 

Y me dio pena que el Imbécil fuera el último en enterarse (del secreto). Estuve por decírselo, pero pensé, vamos a dejarle que tenga algún mes más de felicidad, porque dentro de poco dejará de ser el niño de su mamá, el niño de la cuna gigantesca, el niño más gracioso de la infancia. Además, el tío, de estar tan apretado contra mí en el banco, con el gorro puesto hasta las cejas, moviendo el chupete a toda velocidad y escuchando una canción romántica de Chenoa, se me había quedado dormido.

El hada del diente - Harvey Jacobs

Cuando Roger Ploom perdió el primer diente su madre armó un revuelo enorme. Y le dijo al pequeño que pusiera el diente bajo la almohada. Ahí fue a parar, pues, el diente caído, y Roger se durmió. Cuando se despertó, encontró un dólar en el lugar donde había estado el diente.

—El hada de los dientes ha venido durante la noche —le dijo su madre.

Cuando empezó a bailarle otro diente, Roger reventaba de gozo. Naturalmente, cuando Roger Ploom mordió un caramelo, el diente se cayó. Bajo la almohada fue también éste, y por la mañana halló en su puesto un dólar.

La tercera vez que a Roger Ploom le cayó un diente probó de mantenerse despierto para ver al hada de los dientes. ¿Qué aspecto tendría aquella criatura que cambiaba dólares por dientes viejos? ¿Vestiría como los dentistas? ¿Qué hacía de los dientes? ¿Tenían algún valor en alguna otra parte? 

El padre de Roger Ploom era dueño de una tienda. Compraba cosas a un precio y las vendía a otro, superior. ¿Se dedicaba el hada de los dientes a una actividad parecida, sacando un beneficio? Había de haber algo que explicase el motivo de lo que sucedía bajo su almohada en el corazón de la noche. 

Roger Ploom se quedó dormido antes de que viniera el hada de los dientes. Se despertó al amanecer, y allí estaba su tercer dólar, terso y verde como la lechuga, esperando su regordeta mano.

—El hada de los dientes, ¿siempre deja un dólar a cambio de un diente? —le pregunto Roger Ploom a su madre.

—Para los chicos buenos, sí —respondió la madre—. Para los malos, no.

De modo que los niños malos, y es de presumir que sucediera igual con las niñas malas, no obtenían nada a cambio de los dientes que se les caían. ¿Por qué? ¿Tendrían algo aquellos dientes que no permitiera aprovecharlos? ¿O, simplemente, sería el hada una criatura que sólo querría tratar con unos cuantos individuos que le merecieran confianza? 

El tema en conjunto interesaba profundamente a Roger Ploom. También le interesaba el dinero. El problema lo constituía el transcurso de tiempo que necesitaban sus dientes para empezar a movérsele, bailar y caer. 

En el cuarto diente, Roger se esforzó en colaborar en este proceso, y acelerarlo. Con la lengua, movía el diente adelante y atrás. Lo cual le producía una sensación deliciosa de placer y dolor. Le daba pena ver cómo el diente cedía y caía lo mismo que una hoja. Pero disfrutaba al conseguir otro dólar.

—Eres un chico afortunado —dijo su padre cuando Roger Ploom le enseñó la última recompensa—. Sin duda ganas más que trabajando.

El padre acababa de corroborar lo que Roger Ploom sospechaba. Había encontrado una veta riquísima. Eso de los dientes caídos era un negocio que andaba parejo con la lámpara de Aladino y el vellocino de oro.

Roger Ploom consideró que este asunto era un non sequitur, pero aceptó un diente de Bettey, que iba a su misma clase. Roger le dio una moneda de cinco centavos. Y Bettey los aceptó. Bettey era una chica mala en todos los conceptos, una arma–camorras. No cabía duda, a ella nunca le daban ni un centavo por sus dientes. 

Roger Ploom la eligió para la primera transacción por dos motivos. Quería ver si se podía engañar al hada de los dientes. Y quería saber si los dientes de niña se pagaban al mismo precio que los suyos.

—Me ha caído otro diente —le dijo a su madre. Le enseñó el incisivo de Bettey y luego lo puso bajo la almohada.

—¡Canastos, y cómo creces! —exclamó la madre.

Aquella mañana tentó cuidadosamente bajo la almohada. Era una prueba vital. Si el hada de los dientes andaba distraída y aceptaba el de Bettey, él habría hallado una mina de oro. En cambio, si el hada era una de esas criaturas que lo saben todo, Roger quizá ya no cosechara ni un penique más, ni siquiera por sus propias gemas blancas, perlinas.

Bajo la almohada había un dólar, lo mismo que las otras veces. De modo que, o el hada era una tonta, o necesitaba dientes, y los necesitaba con urgencia. Roger Ploom, muchacho práctico, se inclinó por la segunda probabilidad. Sus padres le habían dicho muchísimas veces que nadie da un dólar a cambio de nada. Y el dicho tenía lógica. 

Aquel hada necesitaba dientes y los pagaría a buen precio. La procedencia no importaba. Lo que importaba era quien llevara el negocio y el ritual de la almohada. Roger Ploom, niño bueno, podía actuar de agente con impunidad total. 

Evidentemente, su dormitorio resultaba un terreno perfecto, un lugar adecuado para que el hada lo visitase. En la ciudad abundaban los niños malos. En su propio jardín de la infancia había cuatro y cada uno representaba un criadero potencial de dientes.

Pero, también ahora, el problema lo constituía el tiempo. Los dientes llegaban a manos de Roger Ploom de tarde en tarde y en poca cantidad. Durante los dos meses siguientes sólo pudo comprar dos.

El primero le valió un dólar, como esperaba. El segundo lo tuvo que comprar a cincuenta centavos. El niño que se lo vendió, Billy Latik, era un regateador duro. Dado que el diente le costaba tan caro, Roger Ploom decidió que también había de venderlo a un precio mayor. ¿Cómo podría comunicárselo al hada de los dientes?

Roger Ploom sospechaba que su madre sabía la manera de ponerse en contacto con la desconocida criatura. Cada vez que tenía un diente se lo decía a su madre, y la información iba a parar a su destino. ¿Cómo podría comunicar él directamente, dejando a su madre fuera del negocio? En fin de cuentas, ella no tenía nada que ver.

De modo que habló con miss Bromph, la maestra, y le dijo que necesitaba su ayuda. Le explicó que quería radactar un cuento y le pidió que le escribiese unas palabras en un papel. Miss Bromph sonrió satisfechísima. De buena gana escribió lo que en realidad era una petición dirigida al hada, exigiéndole más dinero, y dijo que se trataba de un cuento muy lindo. Roger Ploom no veía nada lindo en aquellas líneas, pero las tenía.

Y el papelito pasó a ocupar el puesto indicado bajo la almohada; pero el diente caro no. Primero quería saber la respuesta. Aquella noche sonó el teléfono, y Roger oyó que su madre hablaba con alguien. 

Por la manera de hablar de su madre, a Roger Ploom se le antojó que en el otro extremo del hilo estaba miss Bromph. Mas, ¿para qué llamaría una maestra a su casa? No tenía sentido. Lo importante del caso es que al día siguiente encontró un dólar y medio bajo la almohada, y por la noche dejó el diente en su puesto.

Aquel día, en el colegio, Roger Ploom estaba demasiado inquieto incluso para jugar. Si el hada de los dientes los pagaba a un dólar cincuenta cada uno era que tenía muchas ganas de comprar. ¿Podía darse el caso de que hubiera gran escasez de dientes, una verdadera crisis de dientes, allá donde viviera el hada? ¿Y cuánto duraría? 

Roger Ploom sabía que él no era el único proveedor. Una niña buena, Leslie Vine, también obtuvo un dólar por un diente, la semana pasada. ¿Y si millares de niños buenos se extraían de pronto millones de dientes y la bolsa del hada se cerraba por completo? Era el momento de dar el golpe.

Aquella noche, en la cama, Roger Ploom deseaba tener un hermano, o una hermana, o mejor todavía, muchos hermanos y hermanas, como las familias que veía en la televisión. Pero en pura realidad sólo contaba consigo mismo y con sus padres. Tendría que arreglárselas con estos elementos.

Su padre y su madre vieron el Ultimo Programa y se pasaron horas —le pareció a Roger— hablando. Por fin, se fueron a la cama. Roger permaneció inmóvil hasta que oyó la respiración aquélla, indicadora de que se habían dormido. Luego se levantó en silencio y fue a buscar la caja de los instrumentos. 

El contacto de las tenazas en la boca era frío, y cuando apretaba los brazos de las mismas sentía un vivo dolor. No, el plan que se había trazado no servía. No podía arrancarse sus propios dientes.

Roger Ploom oía los ronquidos de su padre. Era un hombre que dormía como un tronco; su madre lo decía siempre. Nada lograba despertarle, ni siquiera el despertador. Además, tenía dientes que no utilizaría nunca, dos hileras. Se vanagloriaba de que tendría una dentadura perfecta hasta el día de su muerte. Le venía de familia. Unos dientes como aquéllos podían valer muy bien dos dólares cada uno, y hasta diez. Acaso cien.

Roger Ploom entró de puntillas en el dormitorio de sus padres. Su madre dormía acurrucada de cara a la pared. Su padre estaba cerca de la puerta, fácilmente accesible. Y, cosa todavía mejor, tenía la boca abierta de par en par. Era una persona excelente su padre, así con la boca bien abierta y una sonrisa en la cara. Sin duda estaba soñando algo agradable.

Roger Ploom cogió las tenazas y probó que tal apretaban. Se le escapó una risita en la oscuridad. Mañana, sin duda alguna, tendría lo suficiente para comprarse un triciclo. O quizá dos.