El
manuscrito estaba pulcramente mecanografiado. La cubierta podría haber sido
copiada casi palabra por palabra de una de aquellas publicaciones de «Sea un
autor», completadas con la pro forma: «Sometido para publicación a sus honorarios usuales.»
Miss Edwina
Martin, asistente del editor de Historias de crimen y descubrimiento, lo leyó primero. Dos cosas le llamaron la atención. Una de ellas era
el título: Tres formas de robar un banco. Método 1. La otra era el nombre del autor, Nathan Waite. Miss Martin, que
conocía a casi todos los escritores profesionales de historias de crímenes en
los Estados Unidos, y que había tratado con la mayor parte de ellos, no
reconoció el nombre.
A
la carta que acompañaba el manuscrito le faltaba la verborrea usual del
escritor hecho y derecho, pero un párrafo situado hacia la mitad de la carta
atrajo su atención: «Puede que desee usted cambiar el título, porque lo que
hizo Rawlings no fue realmente un robo. De hecho, es probablemente legal. Ahora
estoy trabajando en una historia que titularé Tres formas de robar un banco. Método 2. Se la enviaré en cuanto haya terminado de volverla a copiar a máquina.
El método 2 es legal casi con toda seguridad. Si desea usted comprobar el
método 1, le sugiero que se lo muestre a su propio banquero.»
Según
descubrió después, Rawlings era el protagonista de la historia. En cuanto a la
propia historia, era cruda y redundante; fallaba en cuanto al desarrollo de los
personajes y casi servía únicamente como vehículo para bosquejar el método 1.
En cuanto al método, tenía que ver con la extensión del crédito a los
poseedores de cuentas corrientes...
Uno de esos tratos en los que el banco
estimula a los poseedores de cuentas corrientes a que extiendan cheques sin
tener fondos para cubrirlos. En ese caso, el banco amplía el crédito. No hay
papeles, ni notas. (La desconfianza del autor por esta forma comercial aparecía
claramente en la historia.)
El
primer impulso de miss Martin fue devolver la historia, acompañándola con una
amable carta de rechazo. (Nunca utilizaba el inhumano impreso de rechazo.) Pero
había algo en la confiada presentación del método que la preocupó. Añadió un
memorándum al manuscrito, sujetándolo con un clip, y garabateando un gran signo
de interrogación en él, enviándolo después al editor. Lo volvió a recibir al
día siguiente, junto con una nota adicional: «Se trata de una terrible
tontería, pero el plan parece casi real. ¿Por qué no lo compruebas con Frank
Wordell?»
Frank
Wordell era uno de los vicepresidentes del banco que trabajaba con el editor de
miss Martin. Acordó con él una cita para almorzar, le entregó la carta y el
manuscrito, y empezó a corregir unas galeradas mientras él le echaba un
vistazo. Levantó la mirada cuando le escuchó respirar. Su rostro mostraba una
delicada sombra de color blanco verdoso.
—¿Puede
dar resultado? —preguntó.
—No
estoy completamente seguro —dijo el vicepresidente con voz temblorosa—. Tendría
que saber la opinión de algunas de las personas que trabajan en el departamento
de crédito a cuentas corrientes. Pero creo que daría resultado —dudó un momento
y añadió—: Dios mío, esto podría costamos varios millones. Escuche... no
estaría pensando en publicar esto, ¿verdad? Quiero decir que si esto llega a
manos del público...
Miss
Martin, que no sentía una gran admiración por la mentalidad bancaria, no quiso
comprometerse.
—Necesita
ser revisado —dijo—. Aún no hemos tomado una decisión.
El
banquero apartó su plato y se inclinó hacia adelante.
—Y
él dice que hay otro método, el dos. Si se trata de algo similar a esto podría
arruinar todo el negocio bancario —y entonces se le ocurrió un pensamiento—. Y
le llama a todo esto Tres formas de robar un banco. Eso significa que debe existir un tercer método. ¡Es terrible! No, no
podemos permitir que ustedes publiquen esto, y tenemos que ver a ese hombre
inmediatamente.
Aquellas
palabras fueron desafortunadas para ser utilizadas con Edwina Martin, que
extendió la mano cogiendo la carta y el manuscrito.
—Eso
lo tenemos que decidir nosotros —dijo con frialdad.
Sólo
después de que él le describiera la destrucción potencial de la economía del
país, le permitió llevarse los papeles al banco. El vicepresidente estaba tan
trastornado que se olvidó de pagar la cuenta de la comida.
La
llamó por teléfono algunas horas después.
—Hemos
celebrado una reunión de emergencia —le dijo—. El personal del departamento de
crédito a cuentas corrientes dice que el método uno puede dar resultado.
También puede ser legal, pero, aun cuando no lo fuera, nos costaría millones de
dólares en pleitos. Escuche, miss Martin, queremos que compre usted esa
historia y nos asigne el copyright a nosotros. ¿Nos protegería eso contra él e impediría que vendiera la
historia a algún otro editor?
—Tal
y como está escrita ahora, sí —le dijo—. Pero nadie puede impedirle escribir
otra historia utilizando el mismo método —tras recordar que él no había pagado
la cuenta de la comida, no sentía ningún deseo especial de cooperar—. De todos
modos, no compramos material que no tengamos la intención de publicar.
Pero
tras una reunión de emergencia entre un comité de la Asociación Bancaria
Municipal, convocada en sesión extraordinaria, y el editor, se decidió comprar
la historia de Nathan Waite y depositar el manuscrito en la cámara acorazada
más profunda del mayor banco. En interés de la economía nacional.
Miss
Martin pensó que «economía» era una palabra muy apropiada. Durante la reunión,
un enorme y viejo capitalista, con una riqueza personal que se encontraba en el
rango de las decenas de millones, planteó la cuestión del pago a Nathan Waite.
—Supongo
que tenemos que comprarla —gruñó—. ¿Cuánto pagan ustedes por historias de ese
tipo?
Miss
Martin, sabiendo que el autor nunca había publicado nada y que, por lo tanto,
su nombre no era conocido, sugirió una cifra.
—Naturalmente
—añadió—, como nunca será publicada no existe tampoco la posibilidad de que sea
traducida, de que aparezca en alguna antología, ni de que reciba derechos
cinematográficos o de televisión —el capitalista se estremeció—. Así es que
creo que sería justo pagar al autor algo más de la cifra usual.
—No,
no —protestó el hombre—. No hay ni que pensar en ello. Después de todo,
nosotros nunca recuperaremos ese dinero. Y también tendremos que comprar los
métodos dos y tres. Piensen en eso. Por otra parte, tenemos que imaginar una
forma de evitar que escriba otras historias utilizando los mismos métodos. Por
eso, será suficiente con la cifra usual. Nada de extras.
Como
había treinta bancos representados en la Asociación y como el gasto que
correspondería a cada uno sería inferior a los diez dólares por historia, miss
Martin dejó de sentir todo tipo de aprecio por el anciano capitalista.
Aquel
mismo día, miss Martin envió una carta y un cheque a Nathan Waite. La carta
explicaba que, en aquellos momentos, no se podía determinar una fecha para la
publicación, pero que el editor ansiaba leer las historias en las que se
explicaban la segunda y la tercera formas de robar un banco. Ella firmó la
carta con disgusto. Sabía muy bien que, para un autor novel, el cheque
resultaba algo insignificante comparado con la gloria de la publicación de lo
escrito. Publicación que nunca se produciría.
Una
semana más tarde le llegó una carta y el manuscrito de Tres formas de robar un banco. Método 2. La historia en sí era un desastre, pero el método volvía a parecer
convincente. En este caso se trataba de tinta magnética y proceso de datos.
Miss Martin acordó una cita con Frank Wordell y le llevó el manuscrito a su
oficina. El vicepresidente lo leyó con rapidez y se estremeció.
—Ese
hombre es un genio —murmuró—. Evidentemente, posee una excelente formación en
el campo bancario...
—¿Qué
sabe usted de su formación? —preguntó Edwina.
—¡Oh!
—dijo él sin pensárselo mucho—. Le hemos investigado, claro está. Hemos hecho
que una de las mejores agencias de detectives del negocio bancario le
investigue... ya desde que me enseñó usted aquella primera carta. No pudimos
sacar mucho de él.
La
voz de miss Martin sonó entonces amenazadoramente:
—¿Quiere
darme a entender que investigaron ustedes a míster Waite..., un hombre cuya existencia sólo conocieron a
través de su correspondencia con nosotros?
—Claro
está —dijo Wordell bastante sorprendido—. Un hombre que posee unos
conocimientos tan peligrosos como los que él tiene... No podíamos confiar en
que no hiciera nada más que limitarse a escribir historias. ¡Oh, no! Nadie
podría detenerle. Trabajó en un banco durante años y años, ya sabe. En una
pequeña ciudad de Connecticut. Le despidieron hace un año. Tenían que encontrar
un puesto para el sobrino del presidente. Sin embargo, le concedieron una
pensión. El diez por ciento de su salario.
—Años
y años, dice. ¿Cuántos años?
—¡Oh!
No lo recuerdo bien. Tendría que mirar el informe. Creo que veinticinco.
—Naturalmente,
entonces no tendría ningún resentimiento por haber sido despedido —dijo ella
con sequedad, extendiendo después su mano y diciendo—: Permítame ver de nuevo
su carta.
La
carta que había acompañado el segundo manuscrito daba cordialmente las gracias
al editor por haber aceptado la primera historia, así como por el cheque. Uno
de sus párrafos decía: «Supongo que ha comprobado usted el método 1 con su
banquero, tal y como le sugerí. Espero que también le mostrará el método 2,
sólo para estar seguro de que funcionaría. Tal y como dije en mi primera carta,
se trata de un método que es legal casi con toda seguridad.»
—¿Es
legal? —preguntó miss Martin.
—Es
legal, ¿qué?
—El
método dos. El que acaba de leer.
—Digámoslo
de este modo. No es ilegal. Para conseguir que fuera ilegal, cada banco que
utiliza el proceso de datos tendría que llevar a cabo algunos grandes cambios
en sus formas y procedimientos. Se tardaría varios meses en poder hacerlo y,
mientras tanto, podríamos perder incluso más millones que con la utilización
del método uno. Se trata de algo terrible, miss Martin..., de algo muy
terrible.
El
método 2 causó un verdadero pánico en los consejos de administración de la
Asociación Bancaria Municipal. Se tomó el acuerdo general de comprar
inmediatamente la segunda historia y secuestrarla para siempre.
También se
acordó, por consenso general, que como el método 3 podría ser incluso más
catastrófico que los dos anteriores, no podrían esperar a recibir más historias
de míster Waite. (Miss Martin, que estaba presente en la reunión, preguntó si
se elevaría el precio de la segunda historia, teniendo en cuenta el hecho de
que míster Waite, tras haber recibido un cheque, ya era un autor profesional.
El anciano banquero señaló que la obra de Waite no había sido publicada, de
modo que no estaba justificado abonarle un precio mayor por la segunda.)
Se
adoptó un plan. Miss Martin invitaría a míster Waite a que viniera desde
Connecticut, para mantener una aparente charla entre autor y editor. En
realidad, sería conducido ante un comité elegido por la Asociación Bancaria
Municipal.
—Tendremos
allí a nuestros abogados —dijo el anciano—. Le haremos sentir el temor de Dios.
Haremos que nos cuente el método 3. Le pagaremos el precio de otra historia si
nos vemos obligados a ello. Después, encontraremos algún modo de hacerle
callar.
Miss
Martin, su superior y el editor terminaron por aceptar este plan a
regañadientes. Ella casi deseo haber rechazado simplemente el primer manuscrito
que Nathan Waite le envió. Pero lo que más le dolía era la actitud adoptada por
los banqueros. Bajo su punto de vista, Nathan Waite no era más que un criminal
común.
Llamó
a Nathan Waite a su casa de Connecticut y le invitó a venir a verles. Decidió
por su cuenta que la Asociación Bancaria Municipal pagaría los gastos, fueran
cuales fuesen los pasos que tuviera que dar para conseguirlo.
A
través del teléfono, la voz del hombre sonó sorprendentemente joven y sólo daba
una ligera impresión de acento yanqui:
—Supongo
que tengo mucha suerte al poder vender una historia tras otra. Le estoy muy
agradecido, miss Martin. Y tendré un gran placer en ir a verla. Supongo que
querrá usted hablar sobre la próxima historia.
Sintió
cómo se rebelaba su conciencia, pero, a pesar de todo, contestó:
—Bien,
sí, míster Waite. Los métodos uno y dos fueron tan inteligentes que existe un
gran interés en conocer el tercer método.
—Llámeme
simplemente Nate, señorita. Y ahora quisiera decirle algo sobre ese tercer
método: no existe la menor duda de que es legal. La única cuestión que se puede
plantear es si se trata de un método honesto. Me refiero al compararlo con los
métodos uno y dos. Y hablando de los dos primeros métodos, ¿comprobó usted su
eficacia con su banquero? Supongo que le habrá mostrado el método uno antes de
comprar la historia. Me estaba preguntando si se sorprendió al conocer el
segundo método.
—¡Oh!
Quedó bastante impresionado —se limitó a decir.
—Entonces,
creo que se sentirá realmente interesado por conocer el tercer método.
Acordaron
detalles sobre su visita, para dos días después, y colgaron el teléfono.
-.-.-.-.-.-.-.-
Míster
Waite se presentó en el despacho de miss Martin exactamente a la hora acordada.
Se trataba de un hombre pequeño, ya entrado en sus cincuenta, con un pelo
blanco reluciente ligeramente elevado en una parte, a la moda antigua. Su
rostro estaba bronceado, proporcionándole un fondo muy efectivo para sus agudos
ojos azules. Se inclinó con una encantadora cortesía que hizo a miss Martin
sentirse como una Judas. Ella se levantó y, saliendo desde detrás de su mesa,
se adelantó hacia él.
—Míster
Waite... —empezó a decir.
—Nate.
—Está
bien, Nate. Me siento muy disgustada con todo este asunto, y ni siquiera sé
cómo se nos ha obligado a entrar en él. Nate, no compramos sus historias con la
intención de publicarlas. Para ser honesta..., y creo que ya es hora de serlo,
las historias son malas. Las compramos porque el banco... los bancos más bien,
nos pidieron que lo hiciéramos así. Temen que si las historias llegan a
publicarse, la gente empezaría a utilizar sus métodos.
—Malas,
dice usted —dijo él, frunciendo el ceño—. Me siento muy desilusionado al
escuchar eso. Pensé que la que escribí sobre el método dos no era tan mala.
Ella
puso la mano sobre su brazo, en un gesto de simpatía y le miró, viendo que
estaba sonriendo.
—Claro
que son malas —dijo él—. Las escribí así deliberadamente. Le apuesto a que es
algo casi tan duro como escribir bien. Así que los bancos han pensado que los
métodos darían resultado, ¿eh? No me sorprende. He pensado mucho en esos
métodos.
—Aún
están más interesados en conocer el tercero —dijo ella—. Quieren entrevistarse
con usted esta tarde y discutir la adquisición de su próxima historia. En
realidad, quieren pagarle para que no la escriba, o para que escriba cualquier
otra cosa —añadió.
—No
será una gran pérdida para el mundo literario. ¿Con quién nos entrevistaremos?
¿Con la Asociación Bancaria Municipal? ¿Con un viejo tipo que tiene el aspecto
de un cocodrilo?
Miss
Edwina Martin tuvo la sensación de que allí se había desarrollado un complot;
había leído miles de historias de detectives para no darse cuenta. Retrocedió y
miró al hombre.
—Usted
conocía todo esto —le acusó.
—No
todo —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Pero lo planeé así de algún modo. Y me
pareció que todo estaba saliendo tal y como lo planeé cuando ellos acudieron a
una agencia de detectives para investigarme.
—No
consiguieron nada haciéndolo —dijo ella airadamente—. Y quiero que sepa que
nosotros no tuvimos nada que ver con eso. Ni siquiera lo supimos hasta más
tarde. Y no voy a acudir con usted a esa entrevista. Me lavo las manos de todo
este asunto. Que sean ellos mismos los que le compren su próxima historia.
—Deseo
que venga —dijo él—. Puede divertirse mucho.
Ella
se mostró de acuerdo, con la condición de que él pidiera más dinero del que su
editor le habría pagado.
—También
había planeado pedir un poco más —le dijo—. Sobre todo al ver que están tan
interesados en conocer el tercer método.
Mientras
almorzaban, le contó algo sobre su carrera como empleado de banco y bastante
más sobre su vida en una pequeña ciudad de Connecticut. Ella se enteró así de
que este hombre sencillo, de palabras simples, era un matemático aficionado de
considerable reputación. Era una autoridad en cuestiones de cibernética y un
respetado astrónomo.
Mientras
tomaban el café explicó algo sobre su filosofía personal.
—No
me enfadé cuando el banco me despidió —dijo—. El nepotismo siempre se infiltra
entre nosotros. Supongo que podría haber llegado a ser un magnate en el banco
de una gran ciudad. Pero estaba contento de vivir adecuadamente, lo que me
permitía hacer las cosas que realmente me gustaban. Soy básicamente un
perezoso. Mi esposa murió unos años después de nuestra boda, y no apareció
nadie que me estimulara más de lo que yo mismo deseaba.
«Por
otra parte, hay algo especial en un pequeño banco de una pequeña ciudad. Sabe
uno los problemas de todo el mundo, tanto económicos como de otro tipo, y de
vez en cuando puede romper las reglas para ayudar a uno o a otro. A su manera,
el banquero es un personaje casi tan importante como el médico del pueblo —se
detuvo un momento y continuó
después—: Pero ahora ya no es así. Ahora todo está reglamentado, computarizado
y deshumanizado. No tiene uno un banquero en el viejo sentido de la palabra. Se
tiene más bien un ejecutivo de finanzas que es cada vez más una parte de una
gran empresa, y que tiene que responder ante un consejo de directores. Se ve
obligado a trabajar de acuerdo con una serie de estrictas reglas que no le
permiten atender ningún tipo de factores humanos.
Miss
Martin, fascinada, hizo una seña, pidiendo más café.
—Como
hacer una hoja de depósito, por ejemplo —siguió diciendo él—. Se solía acudir
al banco, se rellenaba la hoja indicando el nombre y dirección y la cantidad
que se deseaba depositar. Eso hacía que un hombre se sintiera bien, y también
era algo bueno para él. «Mi nombre es John Doe y he ganado este dinero, y vivo
en tal sitio y quiero que ahorre esta cantidad de dinero para mí.» Y uno le
lleva el dinero al cajero y se pasa un rato hablando con el cliente.
Nate
se puso azúcar en el café y siguió hablando:
—No
tardará mucho tiempo en desaparecer la figura del cajero. Ya ahora no puede uno
rellenar una hoja de depósito en la mayor parte de los bancos. Le envían a uno
una tarjeta computarizada, con su nombre y número. Todo lo que uno tiene que
hacer es indicar la fecha y la cantidad. El dinero que se ahorran en pagar a
los empleados se lo gastan en imbéciles anuncios por televisión. Fue
precisamente uno de esos anuncios televisados lo que me inspiró para escribir
estas historias.
—Nate,
usted nos utilizó —dijo miss Martin, sonriendo por un momento—. Pero aun cuando
les venda la historia sobre el tercer método, eso no hará daño más que a sus
sentimientos. El dinero no saldrá de sus bolsillos y ni siquiera unos cuantos
miles de dólares significarán mucho para ellos.
—Lo
importante —dijo él con suavidad—, es obligarles a que se den cuenta de que
cualquier sistema mecánico inventado por el hombre, puede ser vencido por el
hombre. Si consigo que se den cuenta de que el elemento humano no puede ser
despreciado, me sentiré satisfecho. Y ahora, creo que deberíamos acudir ya a
esa reunión.
Miss
Martin, que se había sentido preocupada por Nathan Waite, sintió de repente una
gran confianza. Nate era capaz de vencer en un encuentro con una docena de
viejos capitalistas.
-.-.-.-.-.-.-.-.-
Les
esperaba un comité formado por doce miembros de la Asociación Bancaria
Municipal, dirigido por el anciano, y flanqueado por una docena de abogados.
Nathan Waite hizo una inclinación de cabeza cuando entró en la sala donde
estaba reunido el comité. El anciano preguntó:
—¿Es
usted Waite?
—Míster
Waite —dijo Nate con tranquilidad. Un joven abogado, vestido con un impecable
traje gris, habló:
—Se
trata de esas historias que usted escribió y por las que nosotros hemos pagado.
¿Se da cuenta de que sus llamados métodos son ilegales?
—Mire,
hijo mío, ayudé a redactar las leyes bancarias de mi estado, y de vez en cuando
realizo algún que otro trabajo para el Consejo de la Reserva Federal. Me
sentiría muy contento de poder discutir sobre leyes bancarias con usted.
Un
abogado más maduro dijo con agudeza:
—Cállate,
Andy —después, volviéndose a Nate, añadió—: Míster Waite, no sabemos si sus dos
primeros métodos son criminales o no. Sabemos, sin embargo, que llevar adelante
un caso de este tipo nos costaría una gran cantidad de dinero y muchos
problemas y, mientras tanto, si el método uno o el dos cayera en manos del
público, podría causar un daño y unas pérdidas incalculables. Quisiéramos tener
ciertas seguridades de que eso no ocurrirá.
—Han
adquirido ustedes las historias en las que se describen los dos primeros
métodos. Generalmente, soy considerado como un hombre honorable. Tal y como
miss Martin puede afirmar, no volveré a utilizar esas mismas historias.
El
del traje gris dijo cínicamente:
—Puede
que no lo haga esta semana. Pero ¿y a la semana que viene? Cree usted habernos
puesto entre la espada y la pared...
—Dije
que te callaras, Andy —espetó furiosamente el abogado de mayor edad; después,
volviéndose hacia Nate, siguió—: Yo soy Peter Hart. Le ruego disculpe a mi
colega. Acepto el hecho de que es usted un hombre honorable, míster Waite.
El
anciano banquero les interrumpió:
—No
le preocupe eso. ¿Qué ocurre con el tercer método..., la tercera forma de robar
un banco? ¿Es tan sutil como las dos primeras?
—Tal
y como le dije a miss Martin —dijo Nate suavemente—, la palabra «robo» es
inapropiada para este caso. Los métodos uno y dos no son éticos, quizá sean
ilegales, porque son métodos para conseguir dinero de un banco. Pero el método
tres es legal fuera de toda sombra de duda. Tienen mi palabra de que es así.
Doce
banqueros y doce abogados comenzaron a hablar simultáneamente. El anciano calmó
el furor levantando una mano.
—¿Quiere
usted decir que dará tan buen resultado como los dos primeros métodos?
—Estoy
absolutamente seguro de ello.
—Entonces,
se lo compraremos. El mismo precio que por las dos historias primeras, y ni
siquiera tendrá que escribirla. Díganos simplemente cuál es el tercer método. Y
le daremos quinientos dólares si nos promete que nunca escribirá otra historia.
El
anciano se dejó caer hacia atrás, abrumado por su propia generosidad. Peter
Hart parecía estar disgustado.
Nathan
Waite sacudió su cabeza.
—Tengo
aquí un documento —dijo—. Ha sido redactado por el mejor abogado de mi estado,
especializado en contratos. Es un buen amigo mío. Me gustaría que míster Hart
le diera un vistazo. En él se dice que su Asociación me pagará 25.000 dólares
al año durante el resto de mi vida y que, posteriormente, los pagos seguirán
efectuándose a perpetuidad a varias organizaciones de caridad que serán citadas
en mi testamento.
Bedlam
desató su furia. Miss Martin se sintió entusiasmada y captó una sonrisa de
admiración en el rostro de Peter Hart.
Nate
esperó pacientemente a que se hubiera disipado la conmoción causada por sus
palabras. Cuando pudo ser escuchado, dijo:
—Resulta
una cantidad demasiado elevada para ser pagada por una simple historia. Así
pues, y tal como específica el contrato, trabajaré como asesor de la Asociación
Bancaria Municipal... en un cargo que pueden llamar consejero en relaciones
humanas. Es un título que suena muy bien. Evidentemente, al ser consejero
estaré demasiado ocupado como para escribir más historias de este tipo. Eso
también está especificado en el contrato.
El
abogado del traje gris se levantó, solicitando la atención de todos.
—¿Qué
pasa con el método tres? ¿Se explica en el contrato? ¡Tenemos que conocer el
tercer método!
—Se
lo contaré —asintió Nate—, en cuanto hayan firmado ese contrato.
Peter
Hart levantó la mano, solicitando silencio.
—Si
quiere usted esperar en la antesala, míster Waite, nos gustaría discutir entre
nosotros las condiciones del contrato.
Nate
abandonó la sala, acompañado por miss Martin.
—Estuvo
usted tremendo —dijo ella—. ¿Cree que estarán de acuerdo?
—Estoy
seguro de que lo aprobarán. Pueden discutir sobre la cláusula séptima... porque
me da derecho a aprobar o rechazar todos los anuncios comerciales bancarios que
se emitan por televisión. Pero están tan asustados con respecto al tercer
método —dijo, brillándole los ojos—, que hasta se mostrarán dispuestos a
aceptar eso.
Cinco
minutos más tarde, Peter Hart les llamó para que se presentaran ante un sumiso
grupo de miembros del comité.
—Hemos
decidido que la Asociación necesita con urgencia un consejero en relaciones
humanas —dijo—. Míster Graves —añadió, indicando hacia el derrotado anciano— y
yo mismo hemos firmado en nombre de la Asociación Bancaria Municipal. A
propósito, el contrato está maravillosamente redactado... no existe la menor
posibilidad de hallar un hueco legal en él. Sólo tiene que firmarlo usted
mismo.
El
del traje gris volvió a levantarse.
—Espere
un minuto —dijo—. Todavía no nos ha dicho cuál es el tercer método.
Nate
extendió su mano para coger el contrato.
—¡Oh,
sí! —exclamó, casi murmurando, y después de haberlo firmado, añadió—: Tres formas de robar un banco. Método 3. Bien, se trata de algo bastante simple: éste es el tercer método.