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Tres formas de robar un banco - Harold R. Daniels


El manuscrito estaba pulcramente mecanografiado. La cubierta podría haber sido copiada casi palabra por palabra de una de aquellas publicaciones de «Sea un autor», completadas con la pro forma: «Sometido para publicación a sus honorarios usuales.» 

Miss Edwina Martin, asistente del editor de Historias de crimen y descubrimiento, lo leyó primero. Dos cosas le llamaron la atención. Una de ellas era el título: Tres formas de robar un banco. Método 1. La otra era el nombre del autor, Nathan Waite. Miss Martin, que conocía a casi todos los escritores profesionales de historias de crímenes en los Estados Unidos, y que había tratado con la mayor parte de ellos, no reconoció el nombre.

A la carta que acompañaba el manuscrito le faltaba la verborrea usual del escritor hecho y derecho, pero un párrafo situado hacia la mitad de la carta atrajo su atención: «Puede que desee usted cambiar el título, porque lo que hizo Rawlings no fue realmente un robo. De hecho, es probablemente legal. Ahora estoy trabajando en una historia que titularé Tres formas de robar un banco. Método 2. Se la enviaré en cuanto haya terminado de volverla a copiar a máquina. El método 2 es legal casi con toda seguridad. Si desea usted comprobar el método 1, le sugiero que se lo muestre a su propio banquero.»

Según descubrió después, Rawlings era el protagonista de la historia. En cuanto a la propia historia, era cruda y redundante; fallaba en cuanto al desarrollo de los personajes y casi servía únicamente como vehículo para bosquejar el método 1. En cuanto al método, tenía que ver con la extensión del crédito a los poseedores de cuentas corrientes... 

Uno de esos tratos en los que el banco estimula a los poseedores de cuentas corrientes a que extiendan cheques sin tener fondos para cubrirlos. En ese caso, el banco amplía el crédito. No hay papeles, ni notas. (La desconfianza del autor por esta forma comercial aparecía claramente en la historia.)

El primer impulso de miss Martin fue devolver la historia, acompañándola con una amable carta de rechazo. (Nunca utilizaba el inhumano impreso de rechazo.) Pero había algo en la confiada presentación del método que la preocupó. Añadió un memorándum al manuscrito, sujetándolo con un clip, y garabateando un gran signo de interrogación en él, enviándolo después al editor. Lo volvió a recibir al día siguiente, junto con una nota adicional: «Se trata de una terrible tontería, pero el plan parece casi real. ¿Por qué no lo compruebas con Frank Wordell?»

Frank Wordell era uno de los vicepresidentes del banco que trabajaba con el editor de miss Martin. Acordó con él una cita para almorzar, le entregó la carta y el manuscrito, y empezó a corregir unas galeradas mientras él le echaba un vistazo. Levantó la mirada cuando le escuchó respirar. Su rostro mostraba una delicada sombra de color blanco verdoso.

—¿Puede dar resultado? —preguntó.

—No estoy completamente seguro —dijo el vicepresidente con voz temblorosa—. Tendría que saber la opinión de algunas de las personas que trabajan en el departamento de crédito a cuentas corrientes. Pero creo que daría resultado —dudó un momento y añadió—: Dios mío, esto podría costamos varios millones. Escuche... no estaría pensando en publicar esto, ¿verdad? Quiero decir que si esto llega a manos del público...

Miss Martin, que no sentía una gran admiración por la mentalidad bancaria, no quiso comprometerse.

—Necesita ser revisado —dijo—. Aún no hemos tomado una decisión.

El banquero apartó su plato y se inclinó hacia adelante.

—Y él dice que hay otro método, el dos. Si se trata de algo similar a esto podría arruinar todo el negocio bancario —y entonces se le ocurrió un pensamiento—. Y le llama a todo esto Tres formas de robar un banco. Eso significa que debe existir un tercer método. ¡Es terrible! No, no podemos permitir que ustedes publiquen esto, y tenemos que ver a ese hombre inmediatamente.

Aquellas palabras fueron desafortunadas para ser utilizadas con Edwina Martin, que extendió la mano cogiendo la carta y el manuscrito.

—Eso lo tenemos que decidir nosotros —dijo con frialdad.

Sólo después de que él le describiera la destrucción potencial de la economía del país, le permitió llevarse los papeles al banco. El vicepresidente estaba tan trastornado que se olvidó de pagar la cuenta de la comida.

La llamó por teléfono algunas horas después.

—Hemos celebrado una reunión de emergencia —le dijo—. El personal del departamento de crédito a cuentas corrientes dice que el método uno puede dar resultado. También puede ser legal, pero, aun cuando no lo fuera, nos costaría millones de dólares en pleitos. Escuche, miss Martin, queremos que compre usted esa historia y nos asigne el copyright a nosotros. ¿Nos protegería eso contra él e impediría que vendiera la historia a algún otro editor?

—Tal y como está escrita ahora, sí —le dijo—. Pero nadie puede impedirle escribir otra historia utilizando el mismo método —tras recordar que él no había pagado la cuenta de la comida, no sentía ningún deseo especial de cooperar—. De todos modos, no compramos material que no tengamos la intención de publicar.

Pero tras una reunión de emergencia entre un comité de la Asociación Bancaria Municipal, convocada en sesión extraordinaria, y el editor, se decidió comprar la historia de Nathan Waite y depositar el manuscrito en la cámara acorazada más profunda del mayor banco. En interés de la economía nacional.

Miss Martin pensó que «economía» era una palabra muy apropiada. Durante la reunión, un enorme y viejo capitalista, con una riqueza personal que se encontraba en el rango de las decenas de millones, planteó la cuestión del pago a Nathan Waite.

—Supongo que tenemos que comprarla —gruñó—. ¿Cuánto pagan ustedes por historias de ese tipo?

Miss Martin, sabiendo que el autor nunca había publicado nada y que, por lo tanto, su nombre no era conocido, sugirió una cifra.

—Naturalmente —añadió—, como nunca será publicada no existe tampoco la posibilidad de que sea traducida, de que aparezca en alguna antología, ni de que reciba derechos cinematográficos o de televisión —el capitalista se estremeció—. Así es que creo que sería justo pagar al autor algo más de la cifra usual.

—No, no —protestó el hombre—. No hay ni que pensar en ello. Después de todo, nosotros nunca recuperaremos ese dinero. Y también tendremos que comprar los métodos dos y tres. Piensen en eso. Por otra parte, tenemos que imaginar una forma de evitar que escriba otras historias utilizando los mismos métodos. Por eso, será suficiente con la cifra usual. Nada de extras.

Como había treinta bancos representados en la Asociación y como el gasto que correspondería a cada uno sería inferior a los diez dólares por historia, miss Martin dejó de sentir todo tipo de aprecio por el anciano capitalista.

Aquel mismo día, miss Martin envió una carta y un cheque a Nathan Waite. La carta explicaba que, en aquellos momentos, no se podía determinar una fecha para la publicación, pero que el editor ansiaba leer las historias en las que se explicaban la segunda y la tercera formas de robar un banco. Ella firmó la carta con disgusto. Sabía muy bien que, para un autor novel, el cheque resultaba algo insignificante comparado con la gloria de la publicación de lo escrito. Publicación que nunca se produciría.

Una semana más tarde le llegó una carta y el manuscrito de Tres formas de robar un banco. Método 2. La historia en sí era un desastre, pero el método volvía a parecer convincente. En este caso se trataba de tinta magnética y proceso de datos. Miss Martin acordó una cita con Frank Wordell y le llevó el manuscrito a su oficina. El vicepresidente lo leyó con rapidez y se estremeció.

—Ese hombre es un genio —murmuró—. Evidentemente, posee una excelente formación en el campo bancario...

—¿Qué sabe usted de su formación? —preguntó Edwina.

—¡Oh! —dijo él sin pensárselo mucho—. Le hemos investigado, claro está. Hemos hecho que una de las mejores agencias de detectives del negocio bancario le investigue... ya desde que me enseñó usted aquella primera carta. No pudimos sacar mucho de él.

La voz de miss Martin sonó entonces amenazadoramente:

—¿Quiere darme a entender que investigaron ustedes a míster Waite..., un hombre cuya existencia sólo conocieron a través de su correspondencia con nosotros?

—Claro está —dijo Wordell bastante sorprendido—. Un hombre que posee unos conocimientos tan peligrosos como los que él tiene... No podíamos confiar en que no hiciera nada más que limitarse a escribir historias. ¡Oh, no! Nadie podría detenerle. Trabajó en un banco durante años y años, ya sabe. En una pequeña ciudad de Connecticut. Le despidieron hace un año. Tenían que encontrar un puesto para el sobrino del presidente. Sin embargo, le concedieron una pensión. El diez por ciento de su salario.

—Años y años, dice. ¿Cuántos años?

—¡Oh! No lo recuerdo bien. Tendría que mirar el informe. Creo que veinticinco.

—Naturalmente, entonces no tendría ningún resentimiento por haber sido despedido —dijo ella con sequedad, extendiendo después su mano y diciendo—: Permítame ver de nuevo su carta.

La carta que había acompañado el segundo manuscrito daba cordialmente las gracias al editor por haber aceptado la primera historia, así como por el cheque. Uno de sus párrafos decía: «Supongo que ha comprobado usted el método 1 con su banquero, tal y como le sugerí. Espero que también le mostrará el método 2, sólo para estar seguro de que funcionaría. Tal y como dije en mi primera carta, se trata de un método que es legal casi con toda seguridad.»

—¿Es legal? —preguntó miss Martin.

—Es legal, ¿qué?

—El método dos. El que acaba de leer.

—Digámoslo de este modo. No es ilegal. Para conseguir que fuera ilegal, cada banco que utiliza el proceso de datos tendría que llevar a cabo algunos grandes cambios en sus formas y procedimientos. Se tardaría varios meses en poder hacerlo y, mientras tanto, podríamos perder incluso más millones que con la utilización del método uno. Se trata de algo terrible, miss Martin..., de algo muy terrible.

El método 2 causó un verdadero pánico en los consejos de administración de la Asociación Bancaria Municipal. Se tomó el acuerdo general de comprar inmediatamente la segunda historia y secuestrarla para siempre. 

También se acordó, por consenso general, que como el método 3 podría ser incluso más catastrófico que los dos anteriores, no podrían esperar a recibir más historias de míster Waite. (Miss Martin, que estaba presente en la reunión, preguntó si se elevaría el precio de la segunda historia, teniendo en cuenta el hecho de que míster Waite, tras haber recibido un cheque, ya era un autor profesional. El anciano banquero señaló que la obra de Waite no había sido publicada, de modo que no estaba justificado abonarle un precio mayor por la segunda.)

Se adoptó un plan. Miss Martin invitaría a míster Waite a que viniera desde Connecticut, para mantener una aparente charla entre autor y editor. En realidad, sería conducido ante un comité elegido por la Asociación Bancaria Municipal.

—Tendremos allí a nuestros abogados —dijo el anciano—. Le haremos sentir el temor de Dios. Haremos que nos cuente el método 3. Le pagaremos el precio de otra historia si nos vemos obligados a ello. Después, encontraremos algún modo de hacerle callar.

Miss Martin, su superior y el editor terminaron por aceptar este plan a regañadientes. Ella casi deseo haber rechazado simplemente el primer manuscrito que Nathan Waite le envió. Pero lo que más le dolía era la actitud adoptada por los banqueros. Bajo su punto de vista, Nathan Waite no era más que un criminal común.

Llamó a Nathan Waite a su casa de Connecticut y le invitó a venir a verles. Decidió por su cuenta que la Asociación Bancaria Municipal pagaría los gastos, fueran cuales fuesen los pasos que tuviera que dar para conseguirlo.

A través del teléfono, la voz del hombre sonó sorprendentemente joven y sólo daba una ligera impresión de acento yanqui:

—Supongo que tengo mucha suerte al poder vender una historia tras otra. Le estoy muy agradecido, miss Martin. Y tendré un gran placer en ir a verla. Supongo que querrá usted hablar sobre la próxima historia.

Sintió cómo se rebelaba su conciencia, pero, a pesar de todo, contestó:

—Bien, sí, míster Waite. Los métodos uno y dos fueron tan inteligentes que existe un gran interés en conocer el tercer método.

—Llámeme simplemente Nate, señorita. Y ahora quisiera decirle algo sobre ese tercer método: no existe la menor duda de que es legal. La única cuestión que se puede plantear es si se trata de un método honesto. Me refiero al compararlo con los métodos uno y dos. Y hablando de los dos primeros métodos, ¿comprobó usted su eficacia con su banquero? Supongo que le habrá mostrado el método uno antes de comprar la historia. Me estaba preguntando si se sorprendió al conocer el segundo método.

—¡Oh! Quedó bastante impresionado —se limitó a decir.

—Entonces, creo que se sentirá realmente interesado por conocer el tercer método.

Acordaron detalles sobre su visita, para dos días después, y colgaron el teléfono.

-.-.-.-.-.-.-.- 

Míster Waite se presentó en el despacho de miss Martin exactamente a la hora acordada. Se trataba de un hombre pequeño, ya entrado en sus cincuenta, con un pelo blanco reluciente ligeramente elevado en una parte, a la moda antigua. Su rostro estaba bronceado, proporcionándole un fondo muy efectivo para sus agudos ojos azules. Se inclinó con una encantadora cortesía que hizo a miss Martin sentirse como una Judas. Ella se levantó y, saliendo desde detrás de su mesa, se adelantó hacia él.

—Míster Waite... —empezó a decir.

—Nate.

—Está bien, Nate. Me siento muy disgustada con todo este asunto, y ni siquiera sé cómo se nos ha obligado a entrar en él. Nate, no compramos sus historias con la intención de publicarlas. Para ser honesta..., y creo que ya es hora de serlo, las historias son malas. Las compramos porque el banco... los bancos más bien, nos pidieron que lo hiciéramos así. Temen que si las historias llegan a publicarse, la gente empezaría a utilizar sus métodos.

—Malas, dice usted —dijo él, frunciendo el ceño—. Me siento muy desilusionado al escuchar eso. Pensé que la que escribí sobre el método dos no era tan mala.

Ella puso la mano sobre su brazo, en un gesto de simpatía y le miró, viendo que estaba sonriendo.

—Claro que son malas —dijo él—. Las escribí así deliberadamente. Le apuesto a que es algo casi tan duro como escribir bien. Así que los bancos han pensado que los métodos darían resultado, ¿eh? No me sorprende. He pensado mucho en esos métodos.

—Aún están más interesados en conocer el tercero —dijo ella—. Quieren entrevistarse con usted esta tarde y discutir la adquisición de su próxima historia. En realidad, quieren pagarle para que no la escriba, o para que escriba cualquier otra cosa —añadió.

—No será una gran pérdida para el mundo literario. ¿Con quién nos entrevistaremos? ¿Con la Asociación Bancaria Municipal? ¿Con un viejo tipo que tiene el aspecto de un cocodrilo?

Miss Edwina Martin tuvo la sensación de que allí se había desarrollado un complot; había leído miles de historias de detectives para no darse cuenta. Retrocedió y miró al hombre.

—Usted conocía todo esto —le acusó.

—No todo —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Pero lo planeé así de algún modo. Y me pareció que todo estaba saliendo tal y como lo planeé cuando ellos acudieron a una agencia de detectives para investigarme.

—No consiguieron nada haciéndolo —dijo ella airadamente—. Y quiero que sepa que nosotros no tuvimos nada que ver con eso. Ni siquiera lo supimos hasta más tarde. Y no voy a acudir con usted a esa entrevista. Me lavo las manos de todo este asunto. Que sean ellos mismos los que le compren su próxima historia.

—Deseo que venga —dijo él—. Puede divertirse mucho.

Ella se mostró de acuerdo, con la condición de que él pidiera más dinero del que su editor le habría pagado.

—También había planeado pedir un poco más —le dijo—. Sobre todo al ver que están tan interesados en conocer el tercer método.

Mientras almorzaban, le contó algo sobre su carrera como empleado de banco y bastante más sobre su vida en una pequeña ciudad de Connecticut. Ella se enteró así de que este hombre sencillo, de palabras simples, era un matemático aficionado de considerable reputación. Era una autoridad en cuestiones de cibernética y un respetado astrónomo.

Mientras tomaban el café explicó algo sobre su filosofía personal.

—No me enfadé cuando el banco me despidió —dijo—. El nepotismo siempre se infiltra entre nosotros. Supongo que podría haber llegado a ser un magnate en el banco de una gran ciudad. Pero estaba contento de vivir adecuadamente, lo que me permitía hacer las cosas que realmente me gustaban. Soy básicamente un perezoso. Mi esposa murió unos años después de nuestra boda, y no apareció nadie que me estimulara más de lo que yo mismo deseaba.

«Por otra parte, hay algo especial en un pequeño banco de una pequeña ciudad. Sabe uno los problemas de todo el mundo, tanto económicos como de otro tipo, y de vez en cuando puede romper las reglas para ayudar a uno o a otro. A su manera, el banquero es un personaje casi tan importante como el médico del pueblo —se detuvo un momento y continuó después—: Pero ahora ya no es así. Ahora todo está reglamentado, computarizado y deshumanizado. No tiene uno un banquero en el viejo sentido de la palabra. Se tiene más bien un ejecutivo de finanzas que es cada vez más una parte de una gran empresa, y que tiene que responder ante un consejo de directores. Se ve obligado a trabajar de acuerdo con una serie de estrictas reglas que no le permiten atender ningún tipo de factores humanos.

Miss Martin, fascinada, hizo una seña, pidiendo más café.

—Como hacer una hoja de depósito, por ejemplo —siguió diciendo él—. Se solía acudir al banco, se rellenaba la hoja indicando el nombre y dirección y la cantidad que se deseaba depositar. Eso hacía que un hombre se sintiera bien, y también era algo bueno para él. «Mi nombre es John Doe y he ganado este dinero, y vivo en tal sitio y quiero que ahorre esta cantidad de dinero para mí.» Y uno le lleva el dinero al cajero y se pasa un rato hablando con el cliente.

Nate se puso azúcar en el café y siguió hablando:

—No tardará mucho tiempo en desaparecer la figura del cajero. Ya ahora no puede uno rellenar una hoja de depósito en la mayor parte de los bancos. Le envían a uno una tarjeta computarizada, con su nombre y número. Todo lo que uno tiene que hacer es indicar la fecha y la cantidad. El dinero que se ahorran en pagar a los empleados se lo gastan en imbéciles anuncios por televisión. Fue precisamente uno de esos anuncios televisados lo que me inspiró para escribir estas historias.

—Nate, usted nos utilizó —dijo miss Martin, sonriendo por un momento—. Pero aun cuando les venda la historia sobre el tercer método, eso no hará daño más que a sus sentimientos. El dinero no saldrá de sus bolsillos y ni siquiera unos cuantos miles de dólares significarán mucho para ellos.

—Lo importante —dijo él con suavidad—, es obligarles a que se den cuenta de que cualquier sistema mecánico inventado por el hombre, puede ser vencido por el hombre. Si consigo que se den cuenta de que el elemento humano no puede ser despreciado, me sentiré satisfecho. Y ahora, creo que deberíamos acudir ya a esa reunión.

Miss Martin, que se había sentido preocupada por Nathan Waite, sintió de repente una gran confianza. Nate era capaz de vencer en un encuentro con una docena de viejos capitalistas.

-.-.-.-.-.-.-.-.- 

 Les esperaba un comité formado por doce miembros de la Asociación Bancaria Municipal, dirigido por el anciano, y flanqueado por una docena de abogados. Nathan Waite hizo una inclinación de cabeza cuando entró en la sala donde estaba reunido el comité. El anciano preguntó:

—¿Es usted Waite?

—Míster Waite —dijo Nate con tranquilidad. Un joven abogado, vestido con un impecable traje gris, habló:

—Se trata de esas historias que usted escribió y por las que nosotros hemos pagado. ¿Se da cuenta de que sus llamados métodos son ilegales?

—Mire, hijo mío, ayudé a redactar las leyes bancarias de mi estado, y de vez en cuando realizo algún que otro trabajo para el Consejo de la Reserva Federal. Me sentiría muy contento de poder discutir sobre leyes bancarias con usted.

Un abogado más maduro dijo con agudeza:

—Cállate, Andy —después, volviéndose a Nate, añadió—: Míster Waite, no sabemos si sus dos primeros métodos son criminales o no. Sabemos, sin embargo, que llevar adelante un caso de este tipo nos costaría una gran cantidad de dinero y muchos problemas y, mientras tanto, si el método uno o el dos cayera en manos del público, podría causar un daño y unas pérdidas incalculables. Quisiéramos tener ciertas seguridades de que eso no ocurrirá.

—Han adquirido ustedes las historias en las que se describen los dos primeros métodos. Generalmente, soy considerado como un hombre honorable. Tal y como miss Martin puede afirmar, no volveré a utilizar esas mismas historias.

El del traje gris dijo cínicamente:

—Puede que no lo haga esta semana. Pero ¿y a la semana que viene? Cree usted habernos puesto entre la espada y la pared...

—Dije que te callaras, Andy —espetó furiosamente el abogado de mayor edad; después, volviéndose hacia Nate, siguió—: Yo soy Peter Hart. Le ruego disculpe a mi colega. Acepto el hecho de que es usted un hombre honorable, míster Waite.

El anciano banquero les interrumpió:

—No le preocupe eso. ¿Qué ocurre con el tercer método..., la tercera forma de robar un banco? ¿Es tan sutil como las dos primeras?

—Tal y como le dije a miss Martin —dijo Nate suavemente—, la palabra «robo» es inapropiada para este caso. Los métodos uno y dos no son éticos, quizá sean ilegales, porque son métodos para conseguir dinero de un banco. Pero el método tres es legal fuera de toda sombra de duda. Tienen mi palabra de que es así.

Doce banqueros y doce abogados comenzaron a hablar simultáneamente. El anciano calmó el furor levantando una mano.

—¿Quiere usted decir que dará tan buen resultado como los dos primeros métodos?

—Estoy absolutamente seguro de ello.

—Entonces, se lo compraremos. El mismo precio que por las dos historias primeras, y ni siquiera tendrá que escribirla. Díganos simplemente cuál es el tercer método. Y le daremos quinientos dólares si nos promete que nunca escribirá otra historia.

El anciano se dejó caer hacia atrás, abrumado por su propia generosidad. Peter Hart parecía estar disgustado.

Nathan Waite sacudió su cabeza.

—Tengo aquí un documento —dijo—. Ha sido redactado por el mejor abogado de mi estado, especializado en contratos. Es un buen amigo mío. Me gustaría que míster Hart le diera un vistazo. En él se dice que su Asociación me pagará 25.000 dólares al año durante el resto de mi vida y que, posteriormente, los pagos seguirán efectuándose a perpetuidad a varias organizaciones de caridad que serán citadas en mi testamento.

Bedlam desató su furia. Miss Martin se sintió entusiasmada y captó una sonrisa de admiración en el rostro de Peter Hart.

Nate esperó pacientemente a que se hubiera disipado la conmoción causada por sus palabras. Cuando pudo ser escuchado, dijo:

—Resulta una cantidad demasiado elevada para ser pagada por una simple historia. Así pues, y tal como específica el contrato, trabajaré como asesor de la Asociación Bancaria Municipal... en un cargo que pueden llamar consejero en relaciones humanas. Es un título que suena muy bien. Evidentemente, al ser consejero estaré demasiado ocupado como para escribir más historias de este tipo. Eso también está especificado en el contrato.

El abogado del traje gris se levantó, solicitando la atención de todos.

—¿Qué pasa con el método tres? ¿Se explica en el contrato? ¡Tenemos que conocer el tercer método!

—Se lo contaré —asintió Nate—, en cuanto hayan firmado ese contrato.

Peter Hart levantó la mano, solicitando silencio.

—Si quiere usted esperar en la antesala, míster Waite, nos gustaría discutir entre nosotros las condiciones del contrato.

Nate abandonó la sala, acompañado por miss Martin.

—Estuvo usted tremendo —dijo ella—. ¿Cree que estarán de acuerdo?

—Estoy seguro de que lo aprobarán. Pueden discutir sobre la cláusula séptima... porque me da derecho a aprobar o rechazar todos los anuncios comerciales bancarios que se emitan por televisión. Pero están tan asustados con respecto al tercer método —dijo, brillándole los ojos—, que hasta se mostrarán dispuestos a aceptar eso.

Cinco minutos más tarde, Peter Hart les llamó para que se presentaran ante un sumiso grupo de miembros del comité.

—Hemos decidido que la Asociación necesita con urgencia un consejero en relaciones humanas —dijo—. Míster Graves —añadió, indicando hacia el derrotado anciano— y yo mismo hemos firmado en nombre de la Asociación Bancaria Municipal. A propósito, el contrato está maravillosamente redactado... no existe la menor posibilidad de hallar un hueco legal en él. Sólo tiene que firmarlo usted mismo.

El del traje gris volvió a levantarse.

—Espere un minuto —dijo—. Todavía no nos ha dicho cuál es el tercer método.

Nate extendió su mano para coger el contrato.

—¡Oh, sí! —exclamó, casi murmurando, y después de haberlo firmado, añadió—: Tres formas de robar un banco. Método 3. Bien, se trata de algo bastante simple: éste es el tercer método.

El cinturón de Venus - Harold Lawlor

La primera vez que Kenny Wilcox oyó hablar a su esposa del increíble Cinturón de Venus, ambos se estaban vistiendo para salir por la noche.

Estaba en pie ante la cómoda, los tirantes sosteniendo los pantalones de noche, los hombros delineados bajo la blanca camiseta, las manos sosteniendo un cepillo militar. Lanzaba maldiciones por lo bajo, pero con profundo sentimiento, mientras intentaba fútilmente suavizar las ondulaciones de su rizado cabello negro.

Baby estaba ante el tocador, ignorando la forma habitual de su boca al tratar de pintarla de manera distinta, obscena y provocativa, delineándola caprichosamente con espesa y roja crema.

—Hoy compré un cinturón —dijo Baby al mismo tiempo que se pasaba el lápiz de labios. De modo que sonó «ho ompré un urón». Llevaban ya tres meses casados, lo bastante para que Kenny supiera traducirlo.

—¿De veras? —dijo él ausente—. ¿Piensas pasar contrabando a Newcastle?

Era una broma, y bastante fina, pensó él, pues contenía implícitamente una alusión a la perfecta silueta de Baby. Sin embargo, a Baby no le sentó bien, pues su ebúrnea frente se frunció suavemente, y sus ojos buscaron el reflejo que le devolvía el espejo del tocador.

—No sé de qué estás hablando —dijo—. El caso es que compré este cinturón a un viejecito que me asaltó en Michigan Boulevard mientras miraba un escaparate. Le di diez dólares por él. ¿No es magnífico?

Por el rabillo del ojo, Kenny captó un relámpago de fuego rojo, verde y blanco. Juró lo que se entiende por un buen y rotundo juramento, y colgó el cepillo militar. No era la clase de cinturón que él creía adecuado para ella. Era un estrecho cinturón adornado con malla dorada, incrustado de brillantes gemas que lo hacían muy pesado.

Lo suficiente para sacarte un ojo de un golpe.

 

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Kenny—. Esas piedras parecen auténticas.

—Bueno, ¡es que lo son! —Baby estaba indignada—. Lo llevé después al Barham y me dijeron que los diamantes, rubíes y esmeraldas eran auténticos, tal como me había imaginado. No creerás que iba a gastar diez dólares...

—¡Pero fíjate! —dijo Kenny—. ¡Diez dólares! Entonces son peligrosas. Las han robado.

Esta observación sólo consiguió poner a Baby más nerviosa.

—¿Acaso soy un policía? ¿Es que también tenía que haberle preguntado un montón de cosas insidiosas que no son de mi incumbencia? Además, me dijo que el cinturón era suyo, y que tenía perfecto derecho a venderlo. ¡Chúpate ésa, mangas verdes!

Cuando Baby llegaba a este estado, lo más recomendable era intentar aplacarle el genio. Baby era hermosa, pero no muy inteligente. Sin embargo, Kenny sabía por experiencia que, siguiendo la extraña lógica que ella adoptaba, resultaba más lista de lo que parecía, una auténtica maravilla, a su manera.

Así, teniendo esto en cuenta, Kenny procuró ser muy, muy amable.

—Escucha, Baby —dijo—. ¿Por qué ese viejo iba a venderte por diez dólares lo que valdría una pequeña fortuna?

Baby resopló.

—Él me explicó todo eso. Me dijo que diez dólares era sólo un... un pago simbólico. Dijo que realmente lo estaba vendiendo con espíritu de malicia. Y dijo que apaciguaría su mente vendiéndoselo a la primera mujer hermosa que apareciera por la avenida. Y obviamente, fui yo.

Satisfecha de su explicación, Baby cogió un vestido de noche negro y se lo pasó por su brillante y rubia cabeza.

—¿Espíritu de malicia? —dijo Kenny pensativamente—. ¿Qué crees que quiso decir con eso?

Por desgracia, iba a descubrirlo demasiado pronto. Aunque no exactamente entonces. Y no por Baby, ni por el anciano, de quien nunca más se supo.

—No lo sé —Baby se encogió de hombros—. Pero eso es lo que dijo. Ah, y también que era el Cinturón de Venus.

La frase sonó melodiosa en la mente de Kenny, conjurando románticas imágenes.

—El Cinturón de Venus —repitió suavemente.

—¡Aja! Ya sabes, Venus, donde hay góndolas.

—¡No, no, no, por el amor de Dios! ¡Eso es Venecia! —exclamó Kenny con desesperación, emergiendo de sus ensoñaciones—. Venus era la diosa del Amor.

Aquello impresionó a Baby, aunque no mucho.

—¡Oh! Bueno, lo que sea. Él caso es que ahora yo tengo su cinturón.

Se colocó el enjoyado cinturón en torno a su estrecha cintura y corrió a contemplar con admiración el efecto que hacía ante el espejo.

Y fue justo entonces cuando ocurrió lo más incomprensible.

Pero antes de proceder con el relato del Cinturón de Venus, es necesario que lancemos una mirada retrospectiva sobre Baby.

Cuando la señora de Oren P. Nicolson se divorció del señor Oren P. Nicolson, percibió para sobrevivir cien mil dólares de la fortuna de medio millón que poseía su marido. Poco después, y más bien a la ligera, el señor Oren P. Nicolson se casó con la señorita Baby Czwatka, la chica menudita y muy rubia que despachaba tabaco en el vestíbulo del Edificio Nicolson.

Baby se hizo cargo del resto.

Todo el mundo quería a Baby, y todos le desearon suerte en su romance, con la posible excepción, claro, de la primera señora de Oren P. Nicolson. Pero hasta las fregonas del Edificio Nicolson le mostraron su afecto y buena voluntad. Una delegación de las mismas, encabezada por una tal señora Tillie Kopek, sonriendo de oreja a oreja, obsequió a Baby con un ramillete de flores la víspera de su boda. Baby estaba bastante emocionada. Incluso derramó unas cuantas lágrimas. Y prometió afectuosamente a la señora Tillie Kopek que nunca, nunca la olvidaría.

Y así se casaron. El matrimonio duró siete meses... agitados meses aquéllos, cuyos días y noches se sucedían con casi turbulenta actividad. A veces, el señor Oren P. Nicolson se preguntaba cómo podían aguantarlo sus arterias.

Hasta que, por fin, no aguantaron más.

La mañana del catorce de agosto, al despertarse, Baby se encontró al señor Oren P. Nicolson muerto por fallo cardíaco sobre su cama de madera pulimentada, pareja con la suya propia.

Fue todo muy trágico.

Baby, que había cobrado afecto al hombrecito, se sintió desconsolada. Aunque no inconsolable. A fin de cuentas, reflexionó, la viudez podía haber sido peor. Ella era joven. De luto estaba para comérsela. Además era propietaria de un cuarto de millón de dólares, un abrigo de visón, un «Lincoln Continental», y deslumbrantes joyas.

Todo eso, menos los veintisiete dólares con cincuenta que se había gastado en procurar una placa al monumento de Oren P. Nicolson en el cementerio de Evergreen.

Pero es que era así de generosa.

—Así soy yo —confiaba Baby a Kenny Wilcox un año después—. Soy la clase de persona que daría a otra su última camisa. Dame cien dólares y no seré feliz hasta que no haya encontrado a quién dárselos.

—Bueno, en ese caso —sugirió Kenny, una repentina idea—, dame cien dólares.

—¡Por aquí! —exclamó bruscamente Baby, furiosa. Entonces vio el destello de malicia en los soñadores ojos azules de él, y dijo—: ¡Oh, tú y tus eternas tomaduras de pelo!

Por entonces estaba enamorada de él. Era tan guapo, alto y moreno, sus mejillas un poco hundidas, la expresión indolente de sus ojos azules mantenían en lo más profundo un destello divertido ante el boato efímero. Y ella pensó que era muy inteligente, casi hasta dar asco.

—Porque ¡fíjate! —señaló ella, a modo de prueba—. Eres periodista en un periódico.

Ante tal muestra de sagacidad, por parte de la chica, Kenny ni se atrevió a replicar. Sólo podía asentir tolerante, modestamente.

Él era periodista de salón de un periódico matutino, y su trabajo se desarrollaba por la noche, en los clubs. Por cierto, había conocido a Baby en una de sus rondas, en el bar Bami-Bami. Y le pareció una chica muy divertida. Desde entonces le acompañaba siempre. Todo era gratis y, además, los lugares que él visitaba estaban, según frase de Baby, emporcados de mujeres guapas. Uno se tropezaba con ellas por todas partes. Obviamente, él necesitaba una mano que lo contuviera, y hasta con Baby a su lado...

—¡La leche! —diría Kenny con pasión, echando el ojo a una danseuse de cabaret de cabello anaranjado, generosamente ataviada con tres pedazos de seda estratégicamente situados y media docena de diamantes de bisutería—. Escucha eso, ¿quieres?

Baby escucharía y comenzaría a pinchar.

—Su silueta no es ni pizca mejor que la mía —diría ella a la defensiva—. Lo que pasa es que ves más de lo que hay.

Kenny se apresuraba a admitir la justicia de la observación.

—Cierto —acordaría él, y Baby volvería a respirar otra vez.

Así las cosas, quizá no extrañe a nadie que fuera Baby la primera en pensar que el matrimonio podía ser una buena idea. Y sin avisar, una noche, en el Golden Pumpkin, se lo propuso a Kenny, al que cogió con la guardia baja, y que, al escucharla, se quedó con la boca abierta.

—Ya sé —asintió ella, advirtiendo su asombro—. Sin duda piensas que estoy loca, al querer casarme contigo...

Pues no. Él no se hubiera atrevido a afirmar tal cosa.

—...teniendo yo tanto dinero y todo lo demás —prosiguió Baby, sin escucharle—. Pero, a fin de cuentas, el dinero no lo es todo. Y de cualquier modo, todo quedará a mi nombre.

—Oh —dijo muy débilmente.

—¿Así que lo comprendes? —dijo Baby—. Entonces todo está arreglado.

—Pero —atajó él, con tanta delicadeza como le fue posible—, yo no estoy enamorado de ti.

—¡Lo estarás! —exclamó Baby, y él pensó que su confianza era realmente espeluznante.

—Pero yo no quiero casarme —dijo esta vez en tono hostil.

—¿Y qué importa? —Baby alzó un dedo admonitorio—. Yo sé lo que te conviene.

Naturalmente, él no tenía la menor intención de casarse con la chica. Por supuesto que no, ¡por todos los dioses! Tan seguro estaba de su decisión que sin duda no sabría explicar a nadie cómo pudo ser posible que tres semanas más tarde se casara. Dios sabe que ha intentado racionalizar su demencia desde entonces. Quizá el parloteo de Baby lo llevó hasta un estado semicomatoso, dejándole indefenso. Realmente no lo sabe. Queda a la estimación personal de cada uno.

Esto nos conduce a la noche en que Baby se puso el Cinturón de Venus y en la que ocurrió lo más incomprensible.

 

Pues una extraña metamorfosis tomó cuerpo en Kenny. Descubrió, repentinamente, que no quería salir. No quería ir a trabajar. No quería hacer nada sino quedarse en casa y hacer el amor con Baby.

Sin duda se había vuelto loco. Idiotas como eran sus corazonadas, aún le quedaba el suficiente sentido común como para darse cuenta de lo excéntrica que era su conducta. No la había amado cuando se casó con ella, y en tres meses, que él supiera, no habían cambiado sus sentimientos.

Pero ahora... ahora la miraba con ojos de carnero degollado, mientras el corazón se le ablandaba. Nunca se le había aparecido tan hermosa, tan deseable. En torno a ella se derramaba un aura que irradiaba la cualidad de la luz. A la mierda con el trabajo. Comenzaría por trabajarla a ella, con los brazos extendidos, y los ojos brillantes como los de un lobo.

Baby necesitó un momento para reaccionar.

—¡Por Dios! —exclamó, casi estrangulada por el abrazo y los besos de él—. ¿Qué mosca te ha picado?

Ella no estaba exactamente sorprendida. Pero él nunca se había comportado así antes. En ocasiones anteriores, ella era siempre la primera en meter mano y sus afectuosos abrazos le eran invariablemente devueltos por él con lo que ella pensaba todo el ardor de un bacalao muerto.

Su confusión actual, en tal caso, era perdonable.

—¿Qué te pasa? —dijo ella.

—No lo sé —respondió él acremente, como farfullando para sí mismo—. Lo único que sé es que te amo. No salgamos. Quedémonos y...

—No seas enfermizo —avisó Baby, ruborizándose un poco. Se acercó a él. Aquello era tan gratificante como misterioso. Tenía que tener tiempo para pensar—. Claro que vamos a salir.

Él estaba prácticamente en manos de ella, lo cual era, en verdad, una situación nueva.

—Muy bien —dijo él—. Saldremos. Haremos lo que quieras.

Y le sonrió alegremente.

Ante tal canina devoción, su asombro no hizo sino aumentar. Kenny jamás había sido así. No sabía qué hacer con la sumisión. Pero se puso sobre los hombros el abrigo de visón, y los dos salieron del apartamento.

Eso y meterse en líos fue todo uno.

 

El mozo del ascensor, vestido con una chaqueta raída y unos pantalones de un color muy chillón, no alzó la mirada del tebeo que leía cuando ambos entraron. Mecánicamente, condujo el ascensor hacia abajo; pero al llegar a la planta baja, alzó la mirada, quizá por costumbre, esperando una propina.

Entonces fue cuando se fijó en Baby. Parpadeó una vez, dos veces. Su boca se abrió y se cerró como la de un pez fuera del agua. Y una expresión de lo más beatífica se extendió lentamente sobre su pecoso rostro.

Al parecer, Baby no se percató de la existencia del joven. Pero Kenny sí, y se sintió molesto. Mientras abandonaban el ascensor y caminaban por el vestíbulo, desierto a tan temprana hora, el mozo les siguió un corto trecho con los ojos hipnotizados y fijos en Baby.

Kenny se dio cuenta de este acecho silencioso. Normalmente era el más amable de los hombres, pero su reciente comportamiento arriba, en el apartamento, le había dejado algo trastornado. Como no podía evitar sus reacciones anteriores, se posesionó, en cambio, del poder de interrogarlas. No le gustó el sentimiento que había experimentado no hacía mucho y que, por alguna extraña razón, se había enseñoreado de sus emociones.

Así, con los nervios ya excitados, comprobó que la conducta del mozo del ascensor no había servido sino para acercarle más al borde del precipicio.

—Tranquilo, muchacho —avisó por encima del hombro, intentando controlar el deje irritado de su voz.

—Pero si no hago nada —respondió el otro—. Me limito a mirarla. No puedo evitarlo. Está tan... tan...

Evidentemente, la deleitable contemplación de Baby era lo que impedía completar la descripción.

Baby, dándose cuenta por fin de la curiosa conducta del mozo, miró intrigada a Kenny.

—Pero ¿qué...?

Kenny se encogió de hombros. Su posesivo apretón en el codo de Baby la hizo apresurarse.

—¡Largo! —exclamó Kenny por encima del hombro.

Pero el mozo no le hizo caso. Tampoco las siguientes advertencias hicieron decrecer su admiración.

Kenny, por último, se vio obligado a pararse. Se volvió. Extendió la mano y la plantó sobre la cara del muchacho, empujándole al mismo tiempo. El chico cayó al suelo sobre sus pantalones chillones, y un sonido de amenaza cruzó el aire.

Pero no había resentimiento en el rostro del joven por haber recibido aquel trato. Por el contrario seguía mirando a Baby con expresión fascinada, casi con ojos de carnero degollado.

Kenny, murmurando con ira, empujó a Baby hacia la puerta giratoria. Aunque los problemas no habían hecho más que comenzar.

Se puso delante de Baby e hizo una seña al portero para que parase un taxi. Cuando éste se detuvo junto al bordillo, Kenny se hizo a un lado y ayudó a Baby a entrar.

Los ojos del portero cayeron sobre ella por vez primera, la enfocaron y se agrandaron. Les siguió a lo largo de la acera, pegado a los talones de Kenny. Incluso intentó meterse en el coche con ellos.

Kenny se detuvo. Su puño derecho le golpeó con furia en el costado.

—Pero ¿no hay más que locos en esta casa? —murmuró.

Kenny no se molestó en argumentar. De nuevo extendió la mano, dando el empujón de rigor. Y el portero, sin resentimiento, se quedó allí, sentado en la acera, rodeado de pedazos de mica, no más brillantes, sin embargo, que la mirada que mantenía fija sobre Baby.

Kenny sacudió la cabeza y se dispuso a entrar en el taxi para reunirse con Baby. Lo hizo a tiempo de descubrir al taxista bajando el vidrio de separación y saltando al asiento trasero.

Por entonces, Kenny ya estaba empezando a darse cuenta de que algo no iba del todo bien.

—¡Por todos los diablos! —exclamó irritado—. ¿Qué narcótico te has puesto? —Y al taxista—. ¡Vuelva junto al volante, antes de que le rompa los dientes!

Baby se rió ahogadamente. El taxista hizo caso omiso del empujón que, por cierto, no fue suave, y de repente el renacuajo y gordito conductor se encontró clavado sobre la separación. Pero no parecía importarle. No podía dejar de mirar a Baby.

—Por favor —dijo Baby suavemente—, vuelva tras el volante. Queremos ir al Club Carioca.

—Por usted, señorita —susurró el taxista—, haría cualquier cosa.

Y obedeció, sonriendo con cara de bobo. E incluso mientras conducía, Kenny advirtió que no dejaba de mirar a Baby por el espejo retrovisor.

Había una peculiar expresión en el rostro de Baby. Una mezcla de desconcierto, iluminación, esperanza, y autosatisfacción. En verdad era un estudio de emociones.

—No entiendo nada —dijo Kenny.

La rubia cabeza de Baby asentía.

—Creo que sé dónde está la causa.

—Bueno, ¿qué es lo que hace que todo sea tan extraño?

—El Cinturón de Venus —susurró Baby.

—¿El Cinturón de Venus?

. —¡Ajá! Creo que me convierte en una mujer irresistible. —La miró como si se hubiera vuelto como una cabra y entonces ella añadió—: ¡Oh, Kenny, piensa en ello! Debo estar muy cerca de la diosa del Amor.

—Quizá seas una góndola —soltó Kenny. Era cierto que aquella noche ejercía alguna extraña influencia sobre los hombres, pero su localización del poder era completamente fantástica. La abrazó y la estrechó contra sí—. No digas sandeces.

El caso es que, tal como siguió la cosa, Baby demostró estar muy sana...

 

Todavía hablan de aquella noche en el Club Carioca.

El negocio se fue al traste.

Nada más entrar Baby, un hombre le echó una mirada frívola, que pronto se quedó fija. Otros, advirtiendo la dirección del mesmérico ensimismamiento y la expresión más bien de imbécil que había en su cara, se volvieron para mirar también.

Sus miradas también se quedaron fijas en ella.

La autoseguridad de Baby, mientras se dirigía con Kenny a una mesa bien delante, era sorprendente. Apenas se instaló en la mesa elegida por ella (el maître estaba demasiado atareado para atenderles, como suele ocurrir con todos los maître) cuando todos los hombres del lugar dejaron sus sillas para formar una especie de círculo encantado en torno a ella.

No avanzaron. No hicieron nada ofensivo, Únicamente permanecían quietos, mirándola como se mira a un ídolo de oro.

Esto fue suficiente para Kenny, que sintió un repentino escalofrío.

Todas las mujeres que habían quedado abandonadas miraban a Baby con ojos como puñales. Y muchos silbidos de protesta se adivinaban detrás de las manos alzadas. Una mujer, más decidida que el resto, se levantó, se acercó a su compañero y le cogió de una oreja, pero él se limitó a encogerse de hombros.

Los músicos hacía rato que habían abandonado sus instrumentos para ir a engrosar el corro. La cohorte de adoradores aumentó el nerviosismo de Kenny. No es que nadie le estuviera mirando a él, pero el hecho de brillar a costa de la gloria ajena le hacía sentirse molesto.

—Diles que se vayan —pidió a Baby.

—¡De acuerdo! —dijo Baby, aunque su satisfacción era obvia—. En realidad, la situación es bastante embarazosa. —Movió la mano con actitud de reina—. Caballeros, pueden marcharse ya.

Los caballeros obedecieron y se alejaron, aunque con cierta resistencia localizada en las persistentes miradas que lanzaban al marcharse reculando.

—¿Ves? —dijo Baby, no pudiendo reprimir una risa tonta de excitación. Aquello era lo que todas las mujeres soñaban: convertirse en irresistibles para todos los hombres. Era suficiente para desquiciar una cabeza más sabia que la de Baby.

Kenny comenzó a bramar. ¡Santo Dios! ¿Qué había ocurrido ante sus propias barbas? ¿Qué extraño poder había adquirido Baby sobre los hombres? Entonces, mirando de reojo, localizó a un hombre que no había obedecido la petición de Baby. Un hombrecillo, estrecho de pecho y barrigón, en forma de quemador de incienso.

El personajillo se acercó a la mesa y, sin ser invitado, se sentó junto a ellos.

—¡Jamás vi cosa igual! —dijo a Kenny, sin dejar de mirar a Baby—. ¡Qué atractivo erótico! Es como Dorothy Lamour, sólo que más... más así. No puedo resistirme a ella.

—¿Y quién es usted? —preguntó fríamente Kenny.

Aquello pareció herir los sentimientos del hombrecillo. Se levantó, no muy raudo, y dijo con empressement:

—Soy Serge Ratkov, presidente de los estudios de la Twentieth Century Ratkov, Hollywood, Estados Unidos.

—Perfecto, ya puede largarse —dijo Kenny fastidiado—. ¡Señor, qué noche!

El señor Ratkov se quedó mirando a Baby.

—¿Bromea? —dijo señalando a Kenny.

—Claro que sí —Baby miró a Kenny. ¿Quién podía ser tan violento con un magnate del cine?—. ¿Qué puedo hacer por usted, querido señor Ratkov?

El señor Ratkov puso el índice sobre la mesa.

—Quiero que firme un contrato para actuar en el cine.

Sonrió alegremente. Era evidente que esperaba que Baby se desmayara. Y quizá debiera haberlo hecho (¿qué mujer puede resistirse a la tentación de Hollywood?) de no haber soltado Kenny un puñetazo sobre la mesa. Aquello era demasiado.

—¡Ella no quiere firmar ningún contrato! ¡No quiere ir a Hollywood! —gritó—. ¡Está casada conmigo! Y se va a quedar aquí, ¿entiende?

El señor Ratkov lo ignoró y se dedicó a Baby.

—¡Vamos! ¿Va a quedarse aquí cuando podría encontrarse en cualquier parte con Errol Flynn y Tyrone Power?

—Oh, Kenny —dijo Baby—. ¡Errol Flynn y Tyrone Power! ¡Piénsalo!

Kenny, enormemente deprimido, lo pensó.

El señor Ratkov estaba dejando su tarjeta en la mano de Baby.

—En mi oficina. A las diez en punto, mañana por la mañana —dijo—. ¡Firmaremos nuestro contrato!

Parecía que ya nada más tenían que hacer allí, salvo marcharse. Cualquier otra cosa habría sido anticlimática. Así, pues, se dirigieron hacia la salida, aunque todos los hombres del lugar pretendieron seguirles.

Baby tuvo que volverse en la puerta y decirles que permanecieran en el interior. Obedecieron, aunque su resistencia era visible.

 

Después de llegar a casa se entabló una pequeña batalla entre los dos. Ni que decir tiene que hubo otros altercados menores por el camino, cuando otro taxista, el portero, el mozo del ascensor y varios caballeros desconocidos del vestíbulo intentaron seguirles hasta el apartamento.

Kenny cogió al último de ellos en el pasillo, justo frente a su puerta, y lo aplanó contra la pared. Cuando pudo cerrar la puerta a sus espaldas, quedándose solo con Baby, boqueaba pesadamente.

No derrochó tiempo en diplomacias. Dijo llanamente:

—¡Ya estás quitándote ese jodido Cinturón de Venus!

—Pues a mí no me da la gana.

—Pero ¿no te das cuenta? —dijo Kenny desesperadamente—. Es la causa de todo este lío. Puede ser, mejor dicho. Nunca, hasta hoy, has causado tanta conmoción entre los hombres.

—Mira, yo no llamaría lío a un contrato cinematográfico.

—Pero tú no vas a firmar ese contrato, ¿verdad que no?

—Por supuesto que sí. ¿Quién dice que no?

Kenny paseó por el piso.

—Pues yo no voy a Hollywood. Mi trabajo está aquí. ¿Qué iba a hacer yo allí?

—Pero, Kenny, querido. Seguramente ganaré una fortuna. No necesitarás hacer nada.

Detuvo su paseo irritado y se la quedó mirando.

—¿Acaso es eso lo que piensas de mí? ¿Que me voy a contentar con ser sólo el marido de una estrella de cine? ¡Pues no! ¡Ya te estás quitando esa sucia idea de la cabeza!

—Tú eres el único que se está comportando sucia e irrazonablemente, y ya estoy cansada de discutir sobre el asunto. —Se levantó y se dirigió al dormitorio—. Ya no te haré más caso.

Pero cuando desaparecía, había una pensativa expresión en su rostro. Una vez que ella cerró la puerta a sus espaldas, Kenny se dejó caer en una silla y escondió la cabeza entre las manos. ¡Si pudiera al menos hacerla comprender! Si ella se iba a Hollywood, todo terminaría entre ellos. Habían sido felices aquellos últimos meses. Sí, él lo había sido. Más aún: él... él amaba a Baby.

—¡Dios mío! —dijo en voz alta, con temor, cuando esta consideración se le hizo patente.

Pero era cierto. La amaba.

Cuando salió del dormitorio, se había puesto una bata. Kenny se sentía muy desgraciado, demasiado agobiado por el reciente descubrimiento de que realmente la amaba como para darse cuenta del brillo extraño que había en los ojos de ella. Si lo hubiera visto, se habría entristecido más. Se habría preguntado para qué se había levantado ahora.

Fue ella la que cogió el hilo de la conversación, reanudándola donde la habían dejado.

—No veo por qué tienes que preocuparte por lo que yo hago —dijo ella. Él se sentía excesivamente preocupado como para advertir la oculta expresión que ella adoptaba—. Deberías alegrarte de deshacerte de mí. Nunca me amaste. Al principio, no querías casarte. Prácticamente, te forcé a ello. De modo que si firmo el contrato, tú serás libre.

Ella quería reconciliarse. Se notaba.

De modo que él dijo:

—De acuerdo. Pero recuerda esto. Ahora te quiero. Y siempre te querré.

Ella permaneció inmóvil, mirándole con la boca abierta. Evidentemente, no podía pronunciar palabra. Lo único que hizo fue volverse y caminar hacia el dormitorio.

Kenny suspiró y la siguió desapasionadamente.

Todo giraba en torno a ese Cinturón de Venus. Si ella no se lo pusiera por la mañana, Serge Ratkov se preguntaría qué había visto en ella la noche anterior. Ella sería incapaz de secundar la sensación ya creada. Serge creería que la reacción de los hombres del Carioca la pasada noche no había sido más que una broma.

¡Si Baby no tuviera el cinturón!

Kenny se incorporó en la cama, para reflexionar mejor en ello. No era hora para deshacerse de él. Esperaría a la mañana. Siempre se levantaba antes que Baby. Cogería el Cinturón de Venus y lo vendería al precio que fuera.

En cierto modo, pensó lleno de remordimientos, seria una sucia maniobra. Pero todo era lícito en el amor y la guerra. La pérdida del cinturón podría matarla. Hasta podría llegar a odiarle. Pero él la apaciguaría. Derramaría tanto amor sobre ella, que no podría resistirse.

Sonrió en la oscuridad y sintió que se le quitaba un peso de encima. Por fin se sumió en un sueño profundo y sin pesadillas.

 

Pero por la mañana, cuando se despertó, Baby se había marchado ya.

Al principio no podía creerlo. Realmente no lo creyó hasta que, al abrir el joyero de ella, comprobó que también el Cinturón de Venus había desaparecido.

Era demasiado tarde.

Lo que más le hería era que ni siquiera hubiera dejado una nota. Se había ido sin decirle adiós. Como si nunca le hubiera amado. No la insultó. Era culpa suya. El amor no podía vivir del aire. Su indiferencia durante los pasados meses podía haber matado cualquier amor que ella sintiese por él.

Se maldijo a sí mismo abyectamente y paseó de un lado a otro de la habitación como un alma en pena. Nunca pensó que la ausencia de Baby pudiera representar tal diferencia. Nunca había pensado que pudiera preocuparse por ella tanto, y que la vida le pareciera ahora tan vacía.

Cuando llegó la tarde, todavía estaba sentado frente al fuego moribundo. Entonces oyó un ruido a su espalda.

Baby.

Al principio creyó que era una materialización de sus evocaciones. Pero era muy real.

Se puso en pie como un rayo, sin creerlo.

—¡Baby! ¡Has vuelto!

Estaba ya entre sus brazos, vertiendo una lluvia de besos sobre ella.

Y ella le susurraba palabras entrecortadas, ahogada por las lágrimas.

—¡Es verdad! ¡Me amas! Y por mí misma y no por llevar el Cinturón de Venus. Lo descubrí anoche. Cuando me dijiste que me amabas, yo no llevaba puesto el ceñidor. ¡Me lo había dejado en el dormitorio!

—Y... ¿dónde está ahora?

—¿Importa algo?

—No.

Kenny la abrazó con más fuerza.

—¿Y el contrato?

—Oh, ¿a quién le interesa Hollywood? —Una luz soñadora apareció en la mirada de Baby—. Después de todo, el dinero no lo es todo, como siempre he dicho. Y de cualquier manera —arrugó la frente—, ese Ratkov tuvo la osadía de ofrecerme sólo cien dólares a la semana para empezar.

 

Baby rehusó llanamente decir a Kenny lo que había hecho con el Cinturón de Venus. Y quizás él nunca lo hubiera descubierto. Pero una noche llegó a casa muy tarde. Había hecho cola durante varias horas para ver a la increíblemente sensacional Gloria Gayle en la increíblemente sensacional película Corazones despedazados.

Se había tragado la película tres veces, con el resto de la audiencia masculina, incapaz de abandonar la sala.

Había abandonado el cine— ya de noche, cuando éste se cerró.

Se lo confesó todo a Baby. Y ahora, mientras él se sentaba al borde de la cama, con aire soñador y absorto, y se quitaba los calcetines, dijo suspirando:

—¡La Gloria Gayle! ¡Es bestial! Deberías verla. Todo el mundo estaba hipnotizado.

Miró a Baby, sentada sobre un almohadón, con la barbilla apoyada en una mano, y una maliciosa sonrisa en los ojos.

—¿Sonríes? —dijo él—. ¡Que te digo que la tía es bestial! Me pregunto de dónde la habrán sacado.

Baby se echó a reír.

—Kenny, querido...

—¿Sí?

—¿Todavía me amas a ?

La ausencia abandonó sus ojos y volvió a mirar a Baby como siempre... a Baby, que lo había sacrificado todo por él.

—¡Claro que sí! ¡No digas sandeces! —Con tan romántica declaración, le echó la zarpa y de forma inimitable le demostró que estaba satisfecho de ella.

Vaya que sí.

Cuando la dejó respirar nuevamente, ella dijo tranquilamente:

—Entonces te diré quién es Gloría Gayle. Su verdadero nombre es Tillie Kopek. Y se dice que fue la mujer de la limpieza en el Edificio Nicolson. Pero, claro —añadió maliciosamente—, esto puede ser una artimaña de una mujer celosa.