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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 3 y último)

Mientras él me miraba, yo tenía consciencia de una batalla interior, como si en algún punto de las profundidades de mi ser unos ángeles enemigos estuvieran en lucha. Cuando tomé, por fin, una decisión, comprendí yo misma que actuaba guiada menos por la razón que obedeciendo al impulso de cierta corriente secreta de pensamiento. Pero el cielo sabe que incluso entonces, mientras le desafiaba, aquel hombre me tenía cautiva.

—Doctor Maradick —dije, levantando francamente por primera vez los ojos al encuentro de los suyos—, yo creo que su esposa está tan sana como yo... o como usted.

Él tuvo un sobresalto.

—Entonces, ¿ella no le habló con franqueza?

—Puede estar equivocada, destemplada, presa de una tremenda aflicción... —lo dije sin el menor énfasis—, pero no es, y estaría dispuesta a jugarme mi futuro en ello, una paciente indicada para un asilo. Llevarla a Rosedale sería una tontería..., sería una crueldad.

—¿Una crueldad, dice? —Una expresión atormentada cruzó su rostro, y su voz tomó un acento extraordinariamente dulce—. ¿Verdad que no me cree capaz de ser cruel con ella?

—No, no le creo. —También a mí se me había dulcificado la voz.

—Dejaremos las cosas tal como están. Quizá el doctor Brandon pueda hacernos otras indicaciones. —Sacó el reloj de bolsillo y lo comparó con el de pared. Nerviosamente, observé yo, como si la acción fuese una pantalla que escondiera su desazón, o su perplejidad—. Ahora tengo que irme. Por la mañana hablaremos de nuevo.

Pero por la mañana no hablamos, y durante el mes que cuidé a Mrs. Maradick no volvieron a llamarme al estudio de su marido. Cuando le encontraba en el vestíbulo, o por las escaleras, cosa poco frecuente, se mostraba tan encantador como de costumbre; no obstante, a pesar de su cortesía, yo tenía la persistente sensación de que aquella noche me valoró suficientemente y decidió que ya no podía sacar partido alguno de mí.

A medida que pasaban los días, Mrs. Maradick parecía cobrar fuerzas. Después de aquella primera noche con ella, nunca más me habló de su hija, nunca más aludió, ni con una sola palabra, a la terrible acusación que había levantado contra su marido. Era como una mujer que se recobrara de una gran pena, excepto que se mostraba más dulce y amable. 

No es maravilla que todos los que se acercaban a ella la amasen; porque la rodeaba un encanto que era como el misterio de la luz, no de la oscuridad. Siempre he tenido la idea de que se parecía muchísimo a un ángel, todo lo que pueda parecérsele una mujer de este mundo. Y con todo, a pesar de su cualidad angélica, había ocasiones en que odiaba y temía, a la vez, a su marido. 

Aunque mientras yo estuve allí nunca entró en el cuarto de su mujer, ni escuché nunca su nombre de labios de ella hasta una hora antes del fin; la expresión de terror de la cara de la dama me advertía, siempre que las pisadas del doctor cruzaban el vestíbulo, de que el alma misma de la pobre mujer se estremecía al oírle acercarse.

En todo el mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, al entrar repentinamente en el dormitorio de Mrs. Maradick, encontré un jardincito, de esos que los niños improvisan con chinitas y trocitos de madera, en el alféizar de la ventana. No le dije nada a Mrs. Maradick, y más tarde, cuando la criada bajó las cortinas, advertí que el jardín había desaparecido. 

Desde entonces me he preguntado con frecuencia si la niña era invisible para el resto de nosotros y solo su madre podía verla. Pero no había manera de averiguarlo, salvo preguntando, y Mrs. Maradick estaba tan bien y era tan buena que nunca tuve valor para interrogarla. 

Las cosas, por su parte, no podían marchar mejor de lo que marchaban, y yo me estaba diciendo que pronto podría salir a tomar el aire, cuando he ahí que el final se presentó repentinamente.

Era un suave día de enero, de esos que traen un sabor anticipado de primavera en mitad del invierno, y cuando bajé por la tarde, me paré un minuto junto a la ventana del final del pasillo para contemplar el laberinto de tiestos de flores del jardín. 

Había allí un antiguo surtidor con dos muchachos de mármol, riendo, en el centro del paseo engravillado, y el agua, que aquella mañana había dado para contentar a Mrs. Maradick, brillaba como plata bajo el chorro de los rayos del sol. 

Nunca en enero había encontrado una atmósfera tan tranquila y primaveral, y, contemplando el jardín, se me ocurrió que sería buena idea que Mrs. Maradick saliese a broncearse un rato bajo los rayos del sol. Me parecía raro que no le permitiesen respirar otro aire puro que el que le entraba por la ventana. 

Sin embargo, cuando entré en su habitación, hallé que ella no tenía ganas de salir. Estaba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta, que daba sobre el surtidor, y al oírme entrar levantó la vista de un librito que estaba leyendo. En el alféizar de la ventana había un tiesto de narcisos trompones. Las flores le gustaban mucho, y procurábamos que siempre tuviera algún tiesto en la habitación.

—¿Sabe qué estoy leyendo, Miss Randolph? —me preguntó con aquella voz suya, tan suave. Y me leyó una estrofa en voz alta, mientras yo me acercaba al estante para prepararle una dosis de medicina.

—«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra narcisos; porque el pan alimenta el cuerpo; pero los narcisos deleitan el alma». Esto es muy hermoso, ¿no se lo parece a usted?

—Sí —le contesté. Y luego le pregunté si no le gustaría bajar a dar un paseo por el jardín.

—A él no le gustaría —me respondió. Era la primera vez que mencionaba a su marido desde la noche que entré en aquella casa—. No quiere que salga.

Quise hacerle abandonar la idea, tomándola a broma; pero fue inútil, y al cabo de unos minutos renuncié a mi empeño y me puse a conversar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió la idea de que el miedo que Mrs. Maradick tenía a su marido fuese otra cosa que una fantasía. 

Por supuesto, veía perfectamente que no estaba loca; pero también sabía yo que a veces hay personas muy cuerdas afectadas de prejuicios inexplicables, y acepté su desafecto como un mero capricho, o una aversión. Entonces no lo entendía y —tanto da que lo confiese antes de llegar al final— hoy sigo sin entenderlo. Anoto las cosas que vi realmente, y repito que mi espíritu jamás se inclinó hacia el terreno de lo milagroso.

Las primeras horas de la tarde las pasamos en amable conversación; conversaba animadamente, cuando surgía algún tema que le interesase, y fue la última hora del día, esa hora grave y quieta en que los movimientos de la vida parecen cesar y vacilar durante unos cortos, preciosos minutos, la que nos trajo aquello que yo había temido en silencio desde mi primera noche en la casa. 

Recuerdo que me había levantado a cerrar la ventana y asomaba el cuerpo fuera para respirar unas bocanadas de aire agradable, cuando en el pasillo sonaron unas pisadas intencionadamente leves, y llegó a mis oídos la llamada habitual del doctor Brandon. 

Antes de que yo pudiera cruzar la habitación, la puerta se abrió y entraron el doctor y Miss Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me lo había parecido tanto, nunca la había visto tan acorazada y encajonada en su actitud profesional como en aquel momento.

—Me alegra verla tomando el aire. —Mientras el doctor Brandon se acercaba a la ventana, yo me preguntaba maliciosamente qué clase de contradicciones le habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades nerviosas.

—¿Quién era el otro médico que ha traído usted esta mañana? —preguntó gravemente Mrs. Maradick. Y esto fue todo lo que jamás supe de la visita del segundo alienista.

—Una persona deseosa de curarla a usted. —El doctor se dejó caer en una silla, a su vera, y le dio una palmadita en la mano con los largos, pálidos dedos—. Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo un par de semanas. Miss Peterson ha venido para ayudarla a prepararse, y yo tengo el coche abajo, esperando. No podría ofrecérsenos un día mejor para hacer un viaje, ¿verdad que no?

El momento había llegado por fin. Comprendí al instante lo que quería decir el médico, y se lo expliqué a Mrs. Maradick. Una oleada de color acudió a sus mejillas y las abandonó, y cuando me aparté de la ventana y le rodeé los hombros con el brazo, noté que su cuerpo se estremecía. 

Me di cuenta nuevamente, como me la había dado aquella noche en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que penetraba en mi cerebro desde el aire de mi entorno. Aunque me costase mi carrera de enfermera y una reputación de demencia, comprendí que había de obedecer aquel aviso invisible.

—Van a llevarme a un asilo —dijo Mrs. Maradick.

El médico se escudó tras una negativa o unas evasivas tontas; pero antes de que hubiera terminado, yo me aparté de Mrs. Maradick y me enfrenté con él impulsivamente. En una enfermera, esto equivalía a una rebelión franca y clara, y sabía que el gesto arruinaba mi futuro profesional. A pesar de todo, no me importaba y no vacilé. Me impulsaba una fuerza más poderosa que yo.

—Doctor Brandon —dije—, le suplico, le imploro que espere hasta mañana. Hay cosas que debo contarle.

En la faz del médico apareció una expresión rara, y comprendí, incluso en medio de mi excitación, que estaba decidiendo mentalmente en qué grupo había de situarme, a qué clase de manifestaciones morbosas pertenecía yo.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó él en tono apaciguador. Pero vi que miraba a Miss Peterson, y esta fue al armario a buscar el abrigo de pieles y el sombrero de Mrs. Maradick.

De pronto esta, sin previo aviso, arrojó los chales lejos de sí y se puso en pie.

—Si me envían fuera —dijo—, no volveré nunca más. No viviré lo suficiente para poder regresar.

El gris del crepúsculo invadía el ambiente, y mientras permanecía plantada allí, en las sombras de la habitación, su faz brillaba, pálida y con tanto aspecto de flor como los narcisos del alféizar de la ventana.

—¡No puedo marcharme! —gritó con voz más aguda—. ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su rostro claramente, oí su voz, y entonces... —¡el horror de la escena se me echa encima de nuevo!— vi que la puerta se abría lentamente y la niñita cruzaba la habitación corriendo en dirección a su madre. Vi que la niña levantaba los bracitos, y vi que la madre se inclinaba y la estrechaba contra su pecho. Tan estrechamente unidas estaban en aquel apasionado abrazo que sus formas parecían mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—¿Y después de esto, pueden dudar? —Escupí las palabras con furia casi salvaje... y luego, al apartar la vista de la madre y la hija para fijarla en el doctor Brandon y en Miss Peterson, comprendí, desalentada... —¡oh, el sobresalto de aquel descubrimiento!— que estaban ciegos para la niña. 

Sus rostros impasibles revelaban la consternación de la ignorancia, no de la convicción. No habían visto nada, salvo los brazos vacíos de la madre y el rápido, estrambótico gesto con que se había inclinado para abrazar una presencia invisible. 

Solo mi visión, y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar la telaraña de hechos materiales y ver la forma espiritual de la niña, solo mi visión no quedaba cegada por la arcilla a través de la cual miraba.

—¿Y después de esto, puede dudar? —El doctor Brandon me devolvía mis propias palabras. ¿Tenía él la culpa, pobre hombre, si la vida no le había concedido más que los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si solo podía ver la mitad de las cosas que tenía delante?

En todo caso, ellos no veían, y como no veían, comprendí que sería inútil explicárselo. Antes de una hora, llevaban a Mrs. Maradick al asilo; y la pobre se marchó pacíficamente, aunque cuando llegó el momento de separarse de mí mostró un vestigio leve de sentimiento. Recuerdo que en el último instante, mientras estábamos paradas en la acera, se levantó el negro velo que llevaba por la niña y dijo:

—Quédese con ella todo el tiempo que pueda, Miss Randolph. Yo no regresaré ya.

Luego subió al coche y se la llevaron, mientras yo la seguía con la mirada, conteniendo los sollozos en la garganta. Con lo espantoso que me parecía el caso, no comprendía, por supuesto, todo el horror que encerraba; porque si lo hubiera comprendido, no me habría quedado allí, quieta, en la acera. 

La verdad es que no lo comprendí hasta varios meses después, cuando llegó la noticia de que había muerto en el asilo. Nunca supe de qué dolencia falleció, aunque recuerdo vagamente que se dijo algo de «fallo cardíaco»..., que es una expresión sobradamente indefinida. Por mi parte, estoy convencida de que murió de miedo a vivir.

Con gran sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedase, después de haber llevado a su esposa a Rosedale, como enfermera oficinista suya, y cuando llegó la noticia de la muerte de Mrs. Maradick nadie habló de que yo hubiera de marcharme. 

En el día de hoy todavía no sé para qué me quería en aquella casa. Acaso pensara que si seguía viviendo bajo su techo tendría menos oportunidades de chismorrear; quizá todavía deseara poner a prueba el poder de su hechizo sobre mí. Tenía una vanidad increíble para un hombre tan realmente importante. 

Le he visto sonrojarse de placer cuando la gente se volvía para mirarle por la calle, y sé que no era incapaz de aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. ¡Pero era guapísimo en verdad, el cielo lo sabe! Imagino que pocos hombres han sido objeto de tan estúpidos enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se fue un par de meses al extranjero. Mientras estuvo fuera yo pasé mis vacaciones en Virginia. Cuando regresó, tenía más trabajo que nunca —su fama no conocía límites— y mis días estaban tan llenos de citas y escapadas precipitadas hacia casos de urgencia que apenas me quedaba un minuto para recordar a la pobre Mrs. Maradick. 

Desde la tarde que la llevaron al asilo, la niña no había vuelto a frecuentar la casa; yo me estaba convenciendo ya, por fin, de que aquella figurita había sido una ilusión óptica, el efecto de un cambio de luces en la penumbra de las viejas habitaciones, y no la aparición que en otro tiempo creí contemplar. 

No se necesita mucho tiempo para que un espectro se borre de la memoria, especialmente si una persona lleva la vida activa y metódica que yo me vi obligada a llevar aquel invierno. Quizá..., ¿quién sabe...? —recuerdo que me decía a mí misma—, quizá los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora no estuviera en sus cabales. 

Con esta visión del pasado, el juicio que me merecía el doctor Maradick iba cambiando insensiblemente. Creo que terminé por absolverle del todo. Pero entonces, cuando se levantaba limpio y espléndido en el veredicto que yo pronunciaba sobre él, la inversión vino tan precipitadamente que me quedo sin aliento, ahora, cuando trato de revivir aquellas circunstancias. 

La violencia del sesgo que tomaron de pronto los acontecimientos me dejó, imagino a menudo, con una desorientación perpetua de la imaginación.

Fue en mayo cuando nos enteramos de la defunción de Mrs. Maradick, y un año después, exactamente, en medio de una tarde perfumada en la que los jacintos florecían en grupos en torno del viejo surtidor, el ama de llaves entró en el despacho, donde yo me entretenía repasando unas cuentas, para traerme la noticia del próximo casamiento del doctor.

—No es sino lo que podíamos esperar —concluyó muy sensata—. La casa debe de parecerle vacía..., ¡es un hombre tan sociable! Pero yo no puedo dejar de imaginarme —añadió lentamente después de una pausa durante la cual me sentí recorrida por un escalofrío—, no puedo dejar de imaginarme que ha de ser duro para esa otra mujer el disponer del dinero que la pobre Mrs. Maradick heredó de su primer marido.

—¿Se trata, pues, de una cantidad de dinero muy grande? —pregunté con viva curiosidad.

—Muy grande. —Y movió la mano como si las palabras fueran una cosa demasiado inconsistente para expresarla—. ¡Millones y millones!

—Abandonarán esta casa, por supuesto.

—Esto ya está hecho, querida mía. El año que viene, por estas fechas, no quedará ni un ladrillo. La derribarán, y sobre el solar edificarán una casa de apartamentos.

Otro escalofrío me recorrió de nuevo. No podía soportar la idea de que el viejo hogar de Mrs. Maradick pudiera caerse a pedazos.

—No me ha dicho cómo se llama la novia —comenté—. ¿Es alguna que conoció estando en Europa?

—¡Oh, no, Dios mío! Es la misma con la cual estaba prometido antes de casarse con Mrs. Maradick; solo que, según dice la gente, le dejó porque no era bastante rico. Luego ella se casó con no sé qué lord o príncipe de ultramar; pero más tarde se divorciaron, y ahora ha vuelto a su primer amor. ¡Ahora ya es bastante rico, me figuro, hasta para una mujer como esa!

Todo aquello era perfectamente cierto, supongo; sonaba tan verosímil como un reportaje de un periódico; y, sin embargo, mientras el ama de llaves me lo explicaba, yo percibía, o creía percibir, una especie de silencio impalpable, siniestro, en el aire. 

Estaba nerviosa, sin duda; me había trastornado lo repentino con que el ama de llaves me había espetado la noticia; pero mientras permanecía sentada allí tenía, vivamente, la impresión de que la vieja casa estaba escuchando..., de que había una presencia real, auténtica, aunque invisible, en la habitación o en el jardín. 

Sin embargo, un instante después, cuando miré por la larga ventana que se abría sobre la terraza de ladrillo, solo vi la leve luz solar sobre el jardín desierto, con su laberinto de tiestos, su surtidor de mármol y sus trechos de jacintos trompones.

El ama de llaves se había marchado —creo que vino a llamarla una criada— y yo continuaba sentada detrás de la mesa cuando las palabras de Mrs. Maradick en aquella última noche emergieron en mi pensamiento. 

Los jacintos me trajeron el recuerdo de la mujer; porque mientras los miraba crecer tan tranquilos y áureos bajo la luz del sol, se me ocurrió pensar en el placer que le habría dado a ella el contemplarlos. Casi inconscientemente, me repetí la estrofa que la difunta señora me leyó:

«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra jacintos»... y fue en aquel instante, mientras tenía aún las palabras en los labios, cuando volví la vista hacia el laberinto de tiestos y vi a la niña saltando a la comba por el sendero engravillado que iba hasta el surtidor. 

Con toda claridad, con la claridad de la luz del día, la vi venir con ese andar que las niñas llaman paso de danza, entre los bajos bordes de las macetas hasta el lugar donde crecían los jacintos, junto al surtidor. Desde el lacio cabello castaño hasta el vestido escocés plisado y los piececitos que brincaban, calzados con calcetines blancos y zapatos negros, sobre la cuerda en movimiento, era para mí un ser tan real como el suelo que pisaba o los risueños muchachos de mármol apostados bajo el chapoteo del agua. 

Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si podía alcanzarla..., si podía al menos hablar con ella..., comprendía que quizá, por fin, pudiera resolver el misterio. Pero con el primer revuelo de mi vestido en la terraza, la etérea forma se disolvió en la quieta penumbra del laberinto. 

Ni un soplo de aire agitó las flores, ni una sombra pasó sobre el disperso chorro del agua; y, no obstante, débil y estremecida en todos mis nervios, me senté en el peldaño de ladrillo de la terraza y estallé en llanto. Debía de comprender que ocurriría algo terrible antes de que derribasen la casa de Mrs. Maradick.

Aquella noche el doctor comió fuera. Estaba con la dama con quien iba a casarse, me dijo el ama de llaves, y sería casi medianoche cuando le oí llegar y subir a su cuarto. Yo estaba en el piso inferior porque no podía dormir, y aquella tarde había dejado en el despacho el libro que ahora quería terminar de leer. 

El libro —ya no recuerdo cuál era— me pareció muy interesante cuando lo empecé por la mañana; pero después de la visita de la niña, aquella novela romántica se me antojaba tan sosa como un tratado sobre cuidado de enfermos. Me resultaba imposible seguir las líneas, y estaba a punto de irme a la cama cuando el doctor Maradick abrió la puerta con el llavín y subió las escaleras.

Yo continuaba sentada allí cuando sonó el teléfono de mi mesa, de una manera que a mis nervios sobreexcitados les pareció singularmente brusca, y la voz de la inspectora me dijo apresuradamente que al doctor Maradick se le necesitaba con gran urgencia en el hospital. 

Estaba yo tan habituada a estas llamadas nocturnas de urgencia que me quedé muy tranquilizada después de haber llamado al doctor a su cuarto y haber escuchado el tono amable, cordial de su voz al responder. Todavía no se había desnudado —me dijo— y bajaría inmediatamente, mientras yo ordenaba que viniera de nuevo su coche, que debía de haber llegado apenas al garaje.

—¡Estaré ahí dentro de cinco minutos! —dijo con la misma animación que si le hubiera llamado para su boda.

Le oí cruzar su habitación, y antes de que pudiera llegar a la cima de las escaleras, abrí la puerta y salí al vestíbulo para encender la luz y esperarle con el sombrero y el abrigo preparados. El interruptor eléctrico estaba en el extremo del vestíbulo, y mientras me dirigía allá, guiada por el leve resplandor que bajaba del descansillo de arriba, levanté los ojos hacia las escaleras que ascendían en la penumbra, con la esbelta balaustrada de caoba, hasta el tercer piso. 

Y fue entonces, en el mismo momento que el doctor, tarareando alegremente, empezaba a descender a toda prisa las escaleras, cuando vi con toda claridad —y así lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una cuerda de saltar a la comba, enrollada al descuido en el suelo, como si se hubiera caído de una manita distraída, en la curva de las escaleras. 

De un salto llegué al interruptor, inundando el vestíbulo de luz. Y en el preciso momento que encendía las luces, mientras tenía el brazo estirado todavía hacia atrás, oí que el canturreo se convertía en un grito de terror o sorpresa, y vi que la figura de las escaleras tropezaba y se desplomaba pesadamente mientras sus manos parecían buscar apoyo en el vacío. 

El grito de advertencia murió en mi garganta al mismo tiempo que veía al doctor Maradick rodando por el largo tramo de escaleras hasta llegar abajo, junto a mis pies. Antes de inclinarme sobre él, antes de limpiarle la sangre de la frente y tentar con la mano su silencioso corazón, ya sabía que estaba muerto.

Algo... —pudo ser, como cree la gente, un paso en falso en la oscuridad, o acaso fuese, como yo me siento inclinada a creer y atestiguar, un juicio invisible—, algo le había matado en el momento en que más ganas tenía de vivir.

La aparición - María Consuelo Villarán

Agustín bebió apresurado la taza de café que Clorinda le había servido. Hay camote para el pan, le dijo, alargando un plato pequeño con unas cuantas tajadas.
El hombre cogió el camote con su recia mano velluda y lo introdujo al pan.

—Solo tengo unos minutos para desayunar —comentó— ahorita tocan el pito de la fábrica.

Clorinda se quitó el mandil que ceñía su figura.

—Todavía tienes tiempo, toma tranquilo tu desayuno, yo te voy a envolver unas yucas fritas con queso para tu almuerzo.

El hombre suspiró mirando a su mujer envolviendo apurada su merienda en un papel plástico.
Él cogió el paquete y lo cubrió con un periódico.

—Voy a trabajar de corrido —dijo, haciéndole una seña de despedida.
Clorinda lo despidió con un ademán de mano. Se dirigió al dormitorio y vio a los niños que dormían, miró el reloj, ya era hora de que se levantaran para ir a la escuela.

Suavemente los despertó y los comenzó a vestir, ante las quejas y protestas de los chicos que querían seguir durmiendo. Marita era la menor y la más quejumbrosa.

Después del desayuno les preparó su lonchera y los dejó en la escuela.

De regreso buscó las llaves en el bolsillo de su chompa. Siempre tenía dificultad en abrir la puerta, al fin lo logró y entró. Las ventanas estaban cerradas y había poca iluminación en el interior.

Distraídamente pasó revista a la salita y al mirar el sillón del fondo lanzó una exclamación de sorpresa.

Una señora muy anciana estaba sentada en un sillón.

—¿Quién es usted? —gritó sobresaltada—, ¿qué hace en mi casa?

La mujer no contestó, fijó la mirada. 

— ¿Cómo ha podido entrar si las puertas estaban con llave?

—Dame un pan —dijo la anciana estirando la mano.

Clorinda entró a la cocina llamando a su marido, aunque sabía que él no estaba.

Por fin regresó a la sala y, ante su sorpresa, la mujer había desaparecido.

Sin explicarse lo que le había sucedido, preparó el almuerzo y fue en busca de sus hijos.

De regreso los sentó a la mesa y les sirvió un plato de sopa y yucas fritas.

Marita se bajó de la silla y miró hacia la sala.

—¡Mami, mami! —dijo volteando la cara—, hay una abuelita en la sala.

Pepe volteó a mirar.

—Mentirosa —dijo— no hay nadie.

Clorinda se estremeció.

—No hay nadie, hijita, te ha parecido —murmuró.

La niña siguió almorzando, de rato en rato miraba hacia la sala.

—Pepe, mira, ahí está la abuela, me está llamando —le dijo despacio.

El chico le jaló el cabello, llevándose la cuchara a la boca.

—¡Mamá, el Pepe me está pegando porque le digo que la abuela me llama!
Clorinda no se atrevía a mirar a la sala. Esperó que terminaran de almorzar y se llevó a sus hijos al dormitorio, allí se pusieron a realizar las tareas. Ella se fue a lavar la ropa. Luego de la cena acostó a los niños y se sentó al lado de su cama. Pepe prontamente se durmió.

Marita, en cambio, estaba recostada contra su mamá.

—¿Mami, por qué la abuela no se va?

—¿Por qué dices eso, hijita? Aquí no hay nadie.

Clorinda abrigaba a su niña y le temblaban las manos.

—Sí, mami, si vamos a la sala vas a ver.

—Por favor, nena, duerme, no quiero oírte hablar tonterías, me crispas los nervios— Clorinda trataba de tranquilizar a su hija y sosegarse ella también.

La niña guardó silencio.

Clorinda sabía que su hijita no mentía. ¿Acaso no la había visto ella también?
Al llegar su esposo, la mujer lo llamó aparte y le contó lo sucedido.

—Tonterías —dijo el hombre—, mejor sería que te ocupes de algo más serio.

—Tú nunca crees en nada —dijo nerviosa y colérica la mujer.

¿Y si le hiciera algo a Marita? —pensó horrorizada—. La acostaré conmigo.

Su marido tenía turno de noche en la fábrica de tejidos. Clorinda se quedó sola.

Las horas pasaban y ella no podía dormir, tenía a su hijita abrazada contra su pecho.
Recordaba las palabras de la niña y se llenaba de miedo y de angustia. La pequeña habitación estaba cubierta por una oscuridad asfixiante.

Quiso pasar la mano por la cabecita de su niña y un grito de espanto brotó de sus labios, despertando a los niños que lloraron asustados.

Al acariciar a la nena había tocado una mano rugosa encima de la cabeza de la criatura.

—¡Pepe, hijo, enciende la luz! —exclamó.

El niño corrió y apretó el interruptor. Ella no vio nada. ¿Sería sugestión? No, había tocado una mano arrugada, fría y venosa.

La luz quedó encendida.

—¿Por qué gritaste, mamá? —preguntó el niño.

—Casi me caigo y me asusté —respondió. No tardaron los niños en quedarse dormidos nuevamente.

Al día siguiente su marido no tenía guardia, la mujer sabía que no le prestaría atención; sin embargo, llegando la noche, le contó lo sucedido al acostarse.

El hombre la escuchó distraído.

—Tengo sueño —dijo y se acomodó para dormir.

Clorinda, desconsolada, trataba de mantenerse despierta, pero al fin el sueño la rindió.
Al poco rato un ruido la despertó, de un salto encendió la luz.

Marita se había levantado y arrastrando sus zapatitos se dirigía hacia la sala. Ella me está llamando.

Clorinda gritó y corrió tras la niña deteniéndola. 

—¿Por qué te has levantado? —le preguntó asombrada.

—Déjame, mamá, no me agarres, yo quiero ir a la sala. Ella me está llamando.

—¿Pero para qué? Anda, ven, acuéstate.

—No, mami, yo quiero ir, la abuelita quiere que vaya.

—Tus abuelitos están en Piura, esa mujer es mala, no debes ir, si te vuelves a levantar le cuento a tu papá y te va a pegar.

La pequeña se puso a llorar.

—No seas mala, mamá, yo quiero ir.

—¿Van a dejar dormir o no? —rugió el marido.

—¡Ya ves, tu papá está molesto!

Marita volvió a la cama sollozando.

Clorinda apagó la luz y encendió la lamparita para vigilar a la niña. Marita fingía dormir, más de una vez Clorinda vio que su hija la observaba y luego cerraba los ojos.
La madre, al fin cansada, se quedó dormida.

Clorinda soñaba intranquila cuando, de pronto, abrió los ojos y vio a su hija que se iba nuevamente a la sala. Aterrada se levantó de la cama.

—¡Marita!, ven acá —le gritó.

La niña no contestó, se detuvo, pero luego siguió avanzando.

La mujer saltó de la cama y corriendo alcanzó a su hija, la cargó y abrazándola fuerte la llevó consigo.

—¿Estás loca? ¿Adónde quieres ir?

—Mamá —contestó llorando la niña—, yo no quiero ir, pero siento como si me jalaran.

Clorinda despertó a su marido. El hombre, al ver a su hija y a su mujer llorando, se levantó y furioso fue directo a la sala.

—¡Aquí no hay nadie! —dijo molesto, regresando a la cama—. ¡Ya déjenme dormir! ¡Mañana tengo que madrugar!

En vano Clorinda intentó retenerlo despierto, el hombre se acostó y a los pocos minutos se volvió a dormir.

La madre se acostó en la cama de Marita, sujetando fuertemente a su pequeña.

—¡Ahí está, mamá! —gritó la niña.

La madre la vio. En efecto, estaba la anciana estaba a los pies de la cama tendiendo las manos hacia la niña.

—¡Jesús, esta mujer es el demonio! —gritó la mujer.

—Jesús —repitió la niña llorando.

La anciana abrió la boca como sonriendo, pero su sonrisa era una mueca. Les mostró entonces unos colmillos que no eran humanos.

Mirando a Clorinda le dijo:

—Dame un pan —y señaló a la niña

El cinturón de Venus - Harold Lawlor

La primera vez que Kenny Wilcox oyó hablar a su esposa del increíble Cinturón de Venus, ambos se estaban vistiendo para salir por la noche.

Estaba en pie ante la cómoda, los tirantes sosteniendo los pantalones de noche, los hombros delineados bajo la blanca camiseta, las manos sosteniendo un cepillo militar. Lanzaba maldiciones por lo bajo, pero con profundo sentimiento, mientras intentaba fútilmente suavizar las ondulaciones de su rizado cabello negro.

Baby estaba ante el tocador, ignorando la forma habitual de su boca al tratar de pintarla de manera distinta, obscena y provocativa, delineándola caprichosamente con espesa y roja crema.

—Hoy compré un cinturón —dijo Baby al mismo tiempo que se pasaba el lápiz de labios. De modo que sonó «ho ompré un urón». Llevaban ya tres meses casados, lo bastante para que Kenny supiera traducirlo.

—¿De veras? —dijo él ausente—. ¿Piensas pasar contrabando a Newcastle?

Era una broma, y bastante fina, pensó él, pues contenía implícitamente una alusión a la perfecta silueta de Baby. Sin embargo, a Baby no le sentó bien, pues su ebúrnea frente se frunció suavemente, y sus ojos buscaron el reflejo que le devolvía el espejo del tocador.

—No sé de qué estás hablando —dijo—. El caso es que compré este cinturón a un viejecito que me asaltó en Michigan Boulevard mientras miraba un escaparate. Le di diez dólares por él. ¿No es magnífico?

Por el rabillo del ojo, Kenny captó un relámpago de fuego rojo, verde y blanco. Juró lo que se entiende por un buen y rotundo juramento, y colgó el cepillo militar. No era la clase de cinturón que él creía adecuado para ella. Era un estrecho cinturón adornado con malla dorada, incrustado de brillantes gemas que lo hacían muy pesado.

Lo suficiente para sacarte un ojo de un golpe.

 

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Kenny—. Esas piedras parecen auténticas.

—Bueno, ¡es que lo son! —Baby estaba indignada—. Lo llevé después al Barham y me dijeron que los diamantes, rubíes y esmeraldas eran auténticos, tal como me había imaginado. No creerás que iba a gastar diez dólares...

—¡Pero fíjate! —dijo Kenny—. ¡Diez dólares! Entonces son peligrosas. Las han robado.

Esta observación sólo consiguió poner a Baby más nerviosa.

—¿Acaso soy un policía? ¿Es que también tenía que haberle preguntado un montón de cosas insidiosas que no son de mi incumbencia? Además, me dijo que el cinturón era suyo, y que tenía perfecto derecho a venderlo. ¡Chúpate ésa, mangas verdes!

Cuando Baby llegaba a este estado, lo más recomendable era intentar aplacarle el genio. Baby era hermosa, pero no muy inteligente. Sin embargo, Kenny sabía por experiencia que, siguiendo la extraña lógica que ella adoptaba, resultaba más lista de lo que parecía, una auténtica maravilla, a su manera.

Así, teniendo esto en cuenta, Kenny procuró ser muy, muy amable.

—Escucha, Baby —dijo—. ¿Por qué ese viejo iba a venderte por diez dólares lo que valdría una pequeña fortuna?

Baby resopló.

—Él me explicó todo eso. Me dijo que diez dólares era sólo un... un pago simbólico. Dijo que realmente lo estaba vendiendo con espíritu de malicia. Y dijo que apaciguaría su mente vendiéndoselo a la primera mujer hermosa que apareciera por la avenida. Y obviamente, fui yo.

Satisfecha de su explicación, Baby cogió un vestido de noche negro y se lo pasó por su brillante y rubia cabeza.

—¿Espíritu de malicia? —dijo Kenny pensativamente—. ¿Qué crees que quiso decir con eso?

Por desgracia, iba a descubrirlo demasiado pronto. Aunque no exactamente entonces. Y no por Baby, ni por el anciano, de quien nunca más se supo.

—No lo sé —Baby se encogió de hombros—. Pero eso es lo que dijo. Ah, y también que era el Cinturón de Venus.

La frase sonó melodiosa en la mente de Kenny, conjurando románticas imágenes.

—El Cinturón de Venus —repitió suavemente.

—¡Aja! Ya sabes, Venus, donde hay góndolas.

—¡No, no, no, por el amor de Dios! ¡Eso es Venecia! —exclamó Kenny con desesperación, emergiendo de sus ensoñaciones—. Venus era la diosa del Amor.

Aquello impresionó a Baby, aunque no mucho.

—¡Oh! Bueno, lo que sea. Él caso es que ahora yo tengo su cinturón.

Se colocó el enjoyado cinturón en torno a su estrecha cintura y corrió a contemplar con admiración el efecto que hacía ante el espejo.

Y fue justo entonces cuando ocurrió lo más incomprensible.

Pero antes de proceder con el relato del Cinturón de Venus, es necesario que lancemos una mirada retrospectiva sobre Baby.

Cuando la señora de Oren P. Nicolson se divorció del señor Oren P. Nicolson, percibió para sobrevivir cien mil dólares de la fortuna de medio millón que poseía su marido. Poco después, y más bien a la ligera, el señor Oren P. Nicolson se casó con la señorita Baby Czwatka, la chica menudita y muy rubia que despachaba tabaco en el vestíbulo del Edificio Nicolson.

Baby se hizo cargo del resto.

Todo el mundo quería a Baby, y todos le desearon suerte en su romance, con la posible excepción, claro, de la primera señora de Oren P. Nicolson. Pero hasta las fregonas del Edificio Nicolson le mostraron su afecto y buena voluntad. Una delegación de las mismas, encabezada por una tal señora Tillie Kopek, sonriendo de oreja a oreja, obsequió a Baby con un ramillete de flores la víspera de su boda. Baby estaba bastante emocionada. Incluso derramó unas cuantas lágrimas. Y prometió afectuosamente a la señora Tillie Kopek que nunca, nunca la olvidaría.

Y así se casaron. El matrimonio duró siete meses... agitados meses aquéllos, cuyos días y noches se sucedían con casi turbulenta actividad. A veces, el señor Oren P. Nicolson se preguntaba cómo podían aguantarlo sus arterias.

Hasta que, por fin, no aguantaron más.

La mañana del catorce de agosto, al despertarse, Baby se encontró al señor Oren P. Nicolson muerto por fallo cardíaco sobre su cama de madera pulimentada, pareja con la suya propia.

Fue todo muy trágico.

Baby, que había cobrado afecto al hombrecito, se sintió desconsolada. Aunque no inconsolable. A fin de cuentas, reflexionó, la viudez podía haber sido peor. Ella era joven. De luto estaba para comérsela. Además era propietaria de un cuarto de millón de dólares, un abrigo de visón, un «Lincoln Continental», y deslumbrantes joyas.

Todo eso, menos los veintisiete dólares con cincuenta que se había gastado en procurar una placa al monumento de Oren P. Nicolson en el cementerio de Evergreen.

Pero es que era así de generosa.

—Así soy yo —confiaba Baby a Kenny Wilcox un año después—. Soy la clase de persona que daría a otra su última camisa. Dame cien dólares y no seré feliz hasta que no haya encontrado a quién dárselos.

—Bueno, en ese caso —sugirió Kenny, una repentina idea—, dame cien dólares.

—¡Por aquí! —exclamó bruscamente Baby, furiosa. Entonces vio el destello de malicia en los soñadores ojos azules de él, y dijo—: ¡Oh, tú y tus eternas tomaduras de pelo!

Por entonces estaba enamorada de él. Era tan guapo, alto y moreno, sus mejillas un poco hundidas, la expresión indolente de sus ojos azules mantenían en lo más profundo un destello divertido ante el boato efímero. Y ella pensó que era muy inteligente, casi hasta dar asco.

—Porque ¡fíjate! —señaló ella, a modo de prueba—. Eres periodista en un periódico.

Ante tal muestra de sagacidad, por parte de la chica, Kenny ni se atrevió a replicar. Sólo podía asentir tolerante, modestamente.

Él era periodista de salón de un periódico matutino, y su trabajo se desarrollaba por la noche, en los clubs. Por cierto, había conocido a Baby en una de sus rondas, en el bar Bami-Bami. Y le pareció una chica muy divertida. Desde entonces le acompañaba siempre. Todo era gratis y, además, los lugares que él visitaba estaban, según frase de Baby, emporcados de mujeres guapas. Uno se tropezaba con ellas por todas partes. Obviamente, él necesitaba una mano que lo contuviera, y hasta con Baby a su lado...

—¡La leche! —diría Kenny con pasión, echando el ojo a una danseuse de cabaret de cabello anaranjado, generosamente ataviada con tres pedazos de seda estratégicamente situados y media docena de diamantes de bisutería—. Escucha eso, ¿quieres?

Baby escucharía y comenzaría a pinchar.

—Su silueta no es ni pizca mejor que la mía —diría ella a la defensiva—. Lo que pasa es que ves más de lo que hay.

Kenny se apresuraba a admitir la justicia de la observación.

—Cierto —acordaría él, y Baby volvería a respirar otra vez.

Así las cosas, quizá no extrañe a nadie que fuera Baby la primera en pensar que el matrimonio podía ser una buena idea. Y sin avisar, una noche, en el Golden Pumpkin, se lo propuso a Kenny, al que cogió con la guardia baja, y que, al escucharla, se quedó con la boca abierta.

—Ya sé —asintió ella, advirtiendo su asombro—. Sin duda piensas que estoy loca, al querer casarme contigo...

Pues no. Él no se hubiera atrevido a afirmar tal cosa.

—...teniendo yo tanto dinero y todo lo demás —prosiguió Baby, sin escucharle—. Pero, a fin de cuentas, el dinero no lo es todo. Y de cualquier modo, todo quedará a mi nombre.

—Oh —dijo muy débilmente.

—¿Así que lo comprendes? —dijo Baby—. Entonces todo está arreglado.

—Pero —atajó él, con tanta delicadeza como le fue posible—, yo no estoy enamorado de ti.

—¡Lo estarás! —exclamó Baby, y él pensó que su confianza era realmente espeluznante.

—Pero yo no quiero casarme —dijo esta vez en tono hostil.

—¿Y qué importa? —Baby alzó un dedo admonitorio—. Yo sé lo que te conviene.

Naturalmente, él no tenía la menor intención de casarse con la chica. Por supuesto que no, ¡por todos los dioses! Tan seguro estaba de su decisión que sin duda no sabría explicar a nadie cómo pudo ser posible que tres semanas más tarde se casara. Dios sabe que ha intentado racionalizar su demencia desde entonces. Quizá el parloteo de Baby lo llevó hasta un estado semicomatoso, dejándole indefenso. Realmente no lo sabe. Queda a la estimación personal de cada uno.

Esto nos conduce a la noche en que Baby se puso el Cinturón de Venus y en la que ocurrió lo más incomprensible.

 

Pues una extraña metamorfosis tomó cuerpo en Kenny. Descubrió, repentinamente, que no quería salir. No quería ir a trabajar. No quería hacer nada sino quedarse en casa y hacer el amor con Baby.

Sin duda se había vuelto loco. Idiotas como eran sus corazonadas, aún le quedaba el suficiente sentido común como para darse cuenta de lo excéntrica que era su conducta. No la había amado cuando se casó con ella, y en tres meses, que él supiera, no habían cambiado sus sentimientos.

Pero ahora... ahora la miraba con ojos de carnero degollado, mientras el corazón se le ablandaba. Nunca se le había aparecido tan hermosa, tan deseable. En torno a ella se derramaba un aura que irradiaba la cualidad de la luz. A la mierda con el trabajo. Comenzaría por trabajarla a ella, con los brazos extendidos, y los ojos brillantes como los de un lobo.

Baby necesitó un momento para reaccionar.

—¡Por Dios! —exclamó, casi estrangulada por el abrazo y los besos de él—. ¿Qué mosca te ha picado?

Ella no estaba exactamente sorprendida. Pero él nunca se había comportado así antes. En ocasiones anteriores, ella era siempre la primera en meter mano y sus afectuosos abrazos le eran invariablemente devueltos por él con lo que ella pensaba todo el ardor de un bacalao muerto.

Su confusión actual, en tal caso, era perdonable.

—¿Qué te pasa? —dijo ella.

—No lo sé —respondió él acremente, como farfullando para sí mismo—. Lo único que sé es que te amo. No salgamos. Quedémonos y...

—No seas enfermizo —avisó Baby, ruborizándose un poco. Se acercó a él. Aquello era tan gratificante como misterioso. Tenía que tener tiempo para pensar—. Claro que vamos a salir.

Él estaba prácticamente en manos de ella, lo cual era, en verdad, una situación nueva.

—Muy bien —dijo él—. Saldremos. Haremos lo que quieras.

Y le sonrió alegremente.

Ante tal canina devoción, su asombro no hizo sino aumentar. Kenny jamás había sido así. No sabía qué hacer con la sumisión. Pero se puso sobre los hombros el abrigo de visón, y los dos salieron del apartamento.

Eso y meterse en líos fue todo uno.

 

El mozo del ascensor, vestido con una chaqueta raída y unos pantalones de un color muy chillón, no alzó la mirada del tebeo que leía cuando ambos entraron. Mecánicamente, condujo el ascensor hacia abajo; pero al llegar a la planta baja, alzó la mirada, quizá por costumbre, esperando una propina.

Entonces fue cuando se fijó en Baby. Parpadeó una vez, dos veces. Su boca se abrió y se cerró como la de un pez fuera del agua. Y una expresión de lo más beatífica se extendió lentamente sobre su pecoso rostro.

Al parecer, Baby no se percató de la existencia del joven. Pero Kenny sí, y se sintió molesto. Mientras abandonaban el ascensor y caminaban por el vestíbulo, desierto a tan temprana hora, el mozo les siguió un corto trecho con los ojos hipnotizados y fijos en Baby.

Kenny se dio cuenta de este acecho silencioso. Normalmente era el más amable de los hombres, pero su reciente comportamiento arriba, en el apartamento, le había dejado algo trastornado. Como no podía evitar sus reacciones anteriores, se posesionó, en cambio, del poder de interrogarlas. No le gustó el sentimiento que había experimentado no hacía mucho y que, por alguna extraña razón, se había enseñoreado de sus emociones.

Así, con los nervios ya excitados, comprobó que la conducta del mozo del ascensor no había servido sino para acercarle más al borde del precipicio.

—Tranquilo, muchacho —avisó por encima del hombro, intentando controlar el deje irritado de su voz.

—Pero si no hago nada —respondió el otro—. Me limito a mirarla. No puedo evitarlo. Está tan... tan...

Evidentemente, la deleitable contemplación de Baby era lo que impedía completar la descripción.

Baby, dándose cuenta por fin de la curiosa conducta del mozo, miró intrigada a Kenny.

—Pero ¿qué...?

Kenny se encogió de hombros. Su posesivo apretón en el codo de Baby la hizo apresurarse.

—¡Largo! —exclamó Kenny por encima del hombro.

Pero el mozo no le hizo caso. Tampoco las siguientes advertencias hicieron decrecer su admiración.

Kenny, por último, se vio obligado a pararse. Se volvió. Extendió la mano y la plantó sobre la cara del muchacho, empujándole al mismo tiempo. El chico cayó al suelo sobre sus pantalones chillones, y un sonido de amenaza cruzó el aire.

Pero no había resentimiento en el rostro del joven por haber recibido aquel trato. Por el contrario seguía mirando a Baby con expresión fascinada, casi con ojos de carnero degollado.

Kenny, murmurando con ira, empujó a Baby hacia la puerta giratoria. Aunque los problemas no habían hecho más que comenzar.

Se puso delante de Baby e hizo una seña al portero para que parase un taxi. Cuando éste se detuvo junto al bordillo, Kenny se hizo a un lado y ayudó a Baby a entrar.

Los ojos del portero cayeron sobre ella por vez primera, la enfocaron y se agrandaron. Les siguió a lo largo de la acera, pegado a los talones de Kenny. Incluso intentó meterse en el coche con ellos.

Kenny se detuvo. Su puño derecho le golpeó con furia en el costado.

—Pero ¿no hay más que locos en esta casa? —murmuró.

Kenny no se molestó en argumentar. De nuevo extendió la mano, dando el empujón de rigor. Y el portero, sin resentimiento, se quedó allí, sentado en la acera, rodeado de pedazos de mica, no más brillantes, sin embargo, que la mirada que mantenía fija sobre Baby.

Kenny sacudió la cabeza y se dispuso a entrar en el taxi para reunirse con Baby. Lo hizo a tiempo de descubrir al taxista bajando el vidrio de separación y saltando al asiento trasero.

Por entonces, Kenny ya estaba empezando a darse cuenta de que algo no iba del todo bien.

—¡Por todos los diablos! —exclamó irritado—. ¿Qué narcótico te has puesto? —Y al taxista—. ¡Vuelva junto al volante, antes de que le rompa los dientes!

Baby se rió ahogadamente. El taxista hizo caso omiso del empujón que, por cierto, no fue suave, y de repente el renacuajo y gordito conductor se encontró clavado sobre la separación. Pero no parecía importarle. No podía dejar de mirar a Baby.

—Por favor —dijo Baby suavemente—, vuelva tras el volante. Queremos ir al Club Carioca.

—Por usted, señorita —susurró el taxista—, haría cualquier cosa.

Y obedeció, sonriendo con cara de bobo. E incluso mientras conducía, Kenny advirtió que no dejaba de mirar a Baby por el espejo retrovisor.

Había una peculiar expresión en el rostro de Baby. Una mezcla de desconcierto, iluminación, esperanza, y autosatisfacción. En verdad era un estudio de emociones.

—No entiendo nada —dijo Kenny.

La rubia cabeza de Baby asentía.

—Creo que sé dónde está la causa.

—Bueno, ¿qué es lo que hace que todo sea tan extraño?

—El Cinturón de Venus —susurró Baby.

—¿El Cinturón de Venus?

. —¡Ajá! Creo que me convierte en una mujer irresistible. —La miró como si se hubiera vuelto como una cabra y entonces ella añadió—: ¡Oh, Kenny, piensa en ello! Debo estar muy cerca de la diosa del Amor.

—Quizá seas una góndola —soltó Kenny. Era cierto que aquella noche ejercía alguna extraña influencia sobre los hombres, pero su localización del poder era completamente fantástica. La abrazó y la estrechó contra sí—. No digas sandeces.

El caso es que, tal como siguió la cosa, Baby demostró estar muy sana...

 

Todavía hablan de aquella noche en el Club Carioca.

El negocio se fue al traste.

Nada más entrar Baby, un hombre le echó una mirada frívola, que pronto se quedó fija. Otros, advirtiendo la dirección del mesmérico ensimismamiento y la expresión más bien de imbécil que había en su cara, se volvieron para mirar también.

Sus miradas también se quedaron fijas en ella.

La autoseguridad de Baby, mientras se dirigía con Kenny a una mesa bien delante, era sorprendente. Apenas se instaló en la mesa elegida por ella (el maître estaba demasiado atareado para atenderles, como suele ocurrir con todos los maître) cuando todos los hombres del lugar dejaron sus sillas para formar una especie de círculo encantado en torno a ella.

No avanzaron. No hicieron nada ofensivo, Únicamente permanecían quietos, mirándola como se mira a un ídolo de oro.

Esto fue suficiente para Kenny, que sintió un repentino escalofrío.

Todas las mujeres que habían quedado abandonadas miraban a Baby con ojos como puñales. Y muchos silbidos de protesta se adivinaban detrás de las manos alzadas. Una mujer, más decidida que el resto, se levantó, se acercó a su compañero y le cogió de una oreja, pero él se limitó a encogerse de hombros.

Los músicos hacía rato que habían abandonado sus instrumentos para ir a engrosar el corro. La cohorte de adoradores aumentó el nerviosismo de Kenny. No es que nadie le estuviera mirando a él, pero el hecho de brillar a costa de la gloria ajena le hacía sentirse molesto.

—Diles que se vayan —pidió a Baby.

—¡De acuerdo! —dijo Baby, aunque su satisfacción era obvia—. En realidad, la situación es bastante embarazosa. —Movió la mano con actitud de reina—. Caballeros, pueden marcharse ya.

Los caballeros obedecieron y se alejaron, aunque con cierta resistencia localizada en las persistentes miradas que lanzaban al marcharse reculando.

—¿Ves? —dijo Baby, no pudiendo reprimir una risa tonta de excitación. Aquello era lo que todas las mujeres soñaban: convertirse en irresistibles para todos los hombres. Era suficiente para desquiciar una cabeza más sabia que la de Baby.

Kenny comenzó a bramar. ¡Santo Dios! ¿Qué había ocurrido ante sus propias barbas? ¿Qué extraño poder había adquirido Baby sobre los hombres? Entonces, mirando de reojo, localizó a un hombre que no había obedecido la petición de Baby. Un hombrecillo, estrecho de pecho y barrigón, en forma de quemador de incienso.

El personajillo se acercó a la mesa y, sin ser invitado, se sentó junto a ellos.

—¡Jamás vi cosa igual! —dijo a Kenny, sin dejar de mirar a Baby—. ¡Qué atractivo erótico! Es como Dorothy Lamour, sólo que más... más así. No puedo resistirme a ella.

—¿Y quién es usted? —preguntó fríamente Kenny.

Aquello pareció herir los sentimientos del hombrecillo. Se levantó, no muy raudo, y dijo con empressement:

—Soy Serge Ratkov, presidente de los estudios de la Twentieth Century Ratkov, Hollywood, Estados Unidos.

—Perfecto, ya puede largarse —dijo Kenny fastidiado—. ¡Señor, qué noche!

El señor Ratkov se quedó mirando a Baby.

—¿Bromea? —dijo señalando a Kenny.

—Claro que sí —Baby miró a Kenny. ¿Quién podía ser tan violento con un magnate del cine?—. ¿Qué puedo hacer por usted, querido señor Ratkov?

El señor Ratkov puso el índice sobre la mesa.

—Quiero que firme un contrato para actuar en el cine.

Sonrió alegremente. Era evidente que esperaba que Baby se desmayara. Y quizá debiera haberlo hecho (¿qué mujer puede resistirse a la tentación de Hollywood?) de no haber soltado Kenny un puñetazo sobre la mesa. Aquello era demasiado.

—¡Ella no quiere firmar ningún contrato! ¡No quiere ir a Hollywood! —gritó—. ¡Está casada conmigo! Y se va a quedar aquí, ¿entiende?

El señor Ratkov lo ignoró y se dedicó a Baby.

—¡Vamos! ¿Va a quedarse aquí cuando podría encontrarse en cualquier parte con Errol Flynn y Tyrone Power?

—Oh, Kenny —dijo Baby—. ¡Errol Flynn y Tyrone Power! ¡Piénsalo!

Kenny, enormemente deprimido, lo pensó.

El señor Ratkov estaba dejando su tarjeta en la mano de Baby.

—En mi oficina. A las diez en punto, mañana por la mañana —dijo—. ¡Firmaremos nuestro contrato!

Parecía que ya nada más tenían que hacer allí, salvo marcharse. Cualquier otra cosa habría sido anticlimática. Así, pues, se dirigieron hacia la salida, aunque todos los hombres del lugar pretendieron seguirles.

Baby tuvo que volverse en la puerta y decirles que permanecieran en el interior. Obedecieron, aunque su resistencia era visible.

 

Después de llegar a casa se entabló una pequeña batalla entre los dos. Ni que decir tiene que hubo otros altercados menores por el camino, cuando otro taxista, el portero, el mozo del ascensor y varios caballeros desconocidos del vestíbulo intentaron seguirles hasta el apartamento.

Kenny cogió al último de ellos en el pasillo, justo frente a su puerta, y lo aplanó contra la pared. Cuando pudo cerrar la puerta a sus espaldas, quedándose solo con Baby, boqueaba pesadamente.

No derrochó tiempo en diplomacias. Dijo llanamente:

—¡Ya estás quitándote ese jodido Cinturón de Venus!

—Pues a mí no me da la gana.

—Pero ¿no te das cuenta? —dijo Kenny desesperadamente—. Es la causa de todo este lío. Puede ser, mejor dicho. Nunca, hasta hoy, has causado tanta conmoción entre los hombres.

—Mira, yo no llamaría lío a un contrato cinematográfico.

—Pero tú no vas a firmar ese contrato, ¿verdad que no?

—Por supuesto que sí. ¿Quién dice que no?

Kenny paseó por el piso.

—Pues yo no voy a Hollywood. Mi trabajo está aquí. ¿Qué iba a hacer yo allí?

—Pero, Kenny, querido. Seguramente ganaré una fortuna. No necesitarás hacer nada.

Detuvo su paseo irritado y se la quedó mirando.

—¿Acaso es eso lo que piensas de mí? ¿Que me voy a contentar con ser sólo el marido de una estrella de cine? ¡Pues no! ¡Ya te estás quitando esa sucia idea de la cabeza!

—Tú eres el único que se está comportando sucia e irrazonablemente, y ya estoy cansada de discutir sobre el asunto. —Se levantó y se dirigió al dormitorio—. Ya no te haré más caso.

Pero cuando desaparecía, había una pensativa expresión en su rostro. Una vez que ella cerró la puerta a sus espaldas, Kenny se dejó caer en una silla y escondió la cabeza entre las manos. ¡Si pudiera al menos hacerla comprender! Si ella se iba a Hollywood, todo terminaría entre ellos. Habían sido felices aquellos últimos meses. Sí, él lo había sido. Más aún: él... él amaba a Baby.

—¡Dios mío! —dijo en voz alta, con temor, cuando esta consideración se le hizo patente.

Pero era cierto. La amaba.

Cuando salió del dormitorio, se había puesto una bata. Kenny se sentía muy desgraciado, demasiado agobiado por el reciente descubrimiento de que realmente la amaba como para darse cuenta del brillo extraño que había en los ojos de ella. Si lo hubiera visto, se habría entristecido más. Se habría preguntado para qué se había levantado ahora.

Fue ella la que cogió el hilo de la conversación, reanudándola donde la habían dejado.

—No veo por qué tienes que preocuparte por lo que yo hago —dijo ella. Él se sentía excesivamente preocupado como para advertir la oculta expresión que ella adoptaba—. Deberías alegrarte de deshacerte de mí. Nunca me amaste. Al principio, no querías casarte. Prácticamente, te forcé a ello. De modo que si firmo el contrato, tú serás libre.

Ella quería reconciliarse. Se notaba.

De modo que él dijo:

—De acuerdo. Pero recuerda esto. Ahora te quiero. Y siempre te querré.

Ella permaneció inmóvil, mirándole con la boca abierta. Evidentemente, no podía pronunciar palabra. Lo único que hizo fue volverse y caminar hacia el dormitorio.

Kenny suspiró y la siguió desapasionadamente.

Todo giraba en torno a ese Cinturón de Venus. Si ella no se lo pusiera por la mañana, Serge Ratkov se preguntaría qué había visto en ella la noche anterior. Ella sería incapaz de secundar la sensación ya creada. Serge creería que la reacción de los hombres del Carioca la pasada noche no había sido más que una broma.

¡Si Baby no tuviera el cinturón!

Kenny se incorporó en la cama, para reflexionar mejor en ello. No era hora para deshacerse de él. Esperaría a la mañana. Siempre se levantaba antes que Baby. Cogería el Cinturón de Venus y lo vendería al precio que fuera.

En cierto modo, pensó lleno de remordimientos, seria una sucia maniobra. Pero todo era lícito en el amor y la guerra. La pérdida del cinturón podría matarla. Hasta podría llegar a odiarle. Pero él la apaciguaría. Derramaría tanto amor sobre ella, que no podría resistirse.

Sonrió en la oscuridad y sintió que se le quitaba un peso de encima. Por fin se sumió en un sueño profundo y sin pesadillas.

 

Pero por la mañana, cuando se despertó, Baby se había marchado ya.

Al principio no podía creerlo. Realmente no lo creyó hasta que, al abrir el joyero de ella, comprobó que también el Cinturón de Venus había desaparecido.

Era demasiado tarde.

Lo que más le hería era que ni siquiera hubiera dejado una nota. Se había ido sin decirle adiós. Como si nunca le hubiera amado. No la insultó. Era culpa suya. El amor no podía vivir del aire. Su indiferencia durante los pasados meses podía haber matado cualquier amor que ella sintiese por él.

Se maldijo a sí mismo abyectamente y paseó de un lado a otro de la habitación como un alma en pena. Nunca pensó que la ausencia de Baby pudiera representar tal diferencia. Nunca había pensado que pudiera preocuparse por ella tanto, y que la vida le pareciera ahora tan vacía.

Cuando llegó la tarde, todavía estaba sentado frente al fuego moribundo. Entonces oyó un ruido a su espalda.

Baby.

Al principio creyó que era una materialización de sus evocaciones. Pero era muy real.

Se puso en pie como un rayo, sin creerlo.

—¡Baby! ¡Has vuelto!

Estaba ya entre sus brazos, vertiendo una lluvia de besos sobre ella.

Y ella le susurraba palabras entrecortadas, ahogada por las lágrimas.

—¡Es verdad! ¡Me amas! Y por mí misma y no por llevar el Cinturón de Venus. Lo descubrí anoche. Cuando me dijiste que me amabas, yo no llevaba puesto el ceñidor. ¡Me lo había dejado en el dormitorio!

—Y... ¿dónde está ahora?

—¿Importa algo?

—No.

Kenny la abrazó con más fuerza.

—¿Y el contrato?

—Oh, ¿a quién le interesa Hollywood? —Una luz soñadora apareció en la mirada de Baby—. Después de todo, el dinero no lo es todo, como siempre he dicho. Y de cualquier manera —arrugó la frente—, ese Ratkov tuvo la osadía de ofrecerme sólo cien dólares a la semana para empezar.

 

Baby rehusó llanamente decir a Kenny lo que había hecho con el Cinturón de Venus. Y quizás él nunca lo hubiera descubierto. Pero una noche llegó a casa muy tarde. Había hecho cola durante varias horas para ver a la increíblemente sensacional Gloria Gayle en la increíblemente sensacional película Corazones despedazados.

Se había tragado la película tres veces, con el resto de la audiencia masculina, incapaz de abandonar la sala.

Había abandonado el cine— ya de noche, cuando éste se cerró.

Se lo confesó todo a Baby. Y ahora, mientras él se sentaba al borde de la cama, con aire soñador y absorto, y se quitaba los calcetines, dijo suspirando:

—¡La Gloria Gayle! ¡Es bestial! Deberías verla. Todo el mundo estaba hipnotizado.

Miró a Baby, sentada sobre un almohadón, con la barbilla apoyada en una mano, y una maliciosa sonrisa en los ojos.

—¿Sonríes? —dijo él—. ¡Que te digo que la tía es bestial! Me pregunto de dónde la habrán sacado.

Baby se echó a reír.

—Kenny, querido...

—¿Sí?

—¿Todavía me amas a ?

La ausencia abandonó sus ojos y volvió a mirar a Baby como siempre... a Baby, que lo había sacrificado todo por él.

—¡Claro que sí! ¡No digas sandeces! —Con tan romántica declaración, le echó la zarpa y de forma inimitable le demostró que estaba satisfecho de ella.

Vaya que sí.

Cuando la dejó respirar nuevamente, ella dijo tranquilamente:

—Entonces te diré quién es Gloría Gayle. Su verdadero nombre es Tillie Kopek. Y se dice que fue la mujer de la limpieza en el Edificio Nicolson. Pero, claro —añadió maliciosamente—, esto puede ser una artimaña de una mujer celosa.