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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 3 y último)

Mientras él me miraba, yo tenía consciencia de una batalla interior, como si en algún punto de las profundidades de mi ser unos ángeles enemigos estuvieran en lucha. Cuando tomé, por fin, una decisión, comprendí yo misma que actuaba guiada menos por la razón que obedeciendo al impulso de cierta corriente secreta de pensamiento. Pero el cielo sabe que incluso entonces, mientras le desafiaba, aquel hombre me tenía cautiva.

—Doctor Maradick —dije, levantando francamente por primera vez los ojos al encuentro de los suyos—, yo creo que su esposa está tan sana como yo... o como usted.

Él tuvo un sobresalto.

—Entonces, ¿ella no le habló con franqueza?

—Puede estar equivocada, destemplada, presa de una tremenda aflicción... —lo dije sin el menor énfasis—, pero no es, y estaría dispuesta a jugarme mi futuro en ello, una paciente indicada para un asilo. Llevarla a Rosedale sería una tontería..., sería una crueldad.

—¿Una crueldad, dice? —Una expresión atormentada cruzó su rostro, y su voz tomó un acento extraordinariamente dulce—. ¿Verdad que no me cree capaz de ser cruel con ella?

—No, no le creo. —También a mí se me había dulcificado la voz.

—Dejaremos las cosas tal como están. Quizá el doctor Brandon pueda hacernos otras indicaciones. —Sacó el reloj de bolsillo y lo comparó con el de pared. Nerviosamente, observé yo, como si la acción fuese una pantalla que escondiera su desazón, o su perplejidad—. Ahora tengo que irme. Por la mañana hablaremos de nuevo.

Pero por la mañana no hablamos, y durante el mes que cuidé a Mrs. Maradick no volvieron a llamarme al estudio de su marido. Cuando le encontraba en el vestíbulo, o por las escaleras, cosa poco frecuente, se mostraba tan encantador como de costumbre; no obstante, a pesar de su cortesía, yo tenía la persistente sensación de que aquella noche me valoró suficientemente y decidió que ya no podía sacar partido alguno de mí.

A medida que pasaban los días, Mrs. Maradick parecía cobrar fuerzas. Después de aquella primera noche con ella, nunca más me habló de su hija, nunca más aludió, ni con una sola palabra, a la terrible acusación que había levantado contra su marido. Era como una mujer que se recobrara de una gran pena, excepto que se mostraba más dulce y amable. 

No es maravilla que todos los que se acercaban a ella la amasen; porque la rodeaba un encanto que era como el misterio de la luz, no de la oscuridad. Siempre he tenido la idea de que se parecía muchísimo a un ángel, todo lo que pueda parecérsele una mujer de este mundo. Y con todo, a pesar de su cualidad angélica, había ocasiones en que odiaba y temía, a la vez, a su marido. 

Aunque mientras yo estuve allí nunca entró en el cuarto de su mujer, ni escuché nunca su nombre de labios de ella hasta una hora antes del fin; la expresión de terror de la cara de la dama me advertía, siempre que las pisadas del doctor cruzaban el vestíbulo, de que el alma misma de la pobre mujer se estremecía al oírle acercarse.

En todo el mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, al entrar repentinamente en el dormitorio de Mrs. Maradick, encontré un jardincito, de esos que los niños improvisan con chinitas y trocitos de madera, en el alféizar de la ventana. No le dije nada a Mrs. Maradick, y más tarde, cuando la criada bajó las cortinas, advertí que el jardín había desaparecido. 

Desde entonces me he preguntado con frecuencia si la niña era invisible para el resto de nosotros y solo su madre podía verla. Pero no había manera de averiguarlo, salvo preguntando, y Mrs. Maradick estaba tan bien y era tan buena que nunca tuve valor para interrogarla. 

Las cosas, por su parte, no podían marchar mejor de lo que marchaban, y yo me estaba diciendo que pronto podría salir a tomar el aire, cuando he ahí que el final se presentó repentinamente.

Era un suave día de enero, de esos que traen un sabor anticipado de primavera en mitad del invierno, y cuando bajé por la tarde, me paré un minuto junto a la ventana del final del pasillo para contemplar el laberinto de tiestos de flores del jardín. 

Había allí un antiguo surtidor con dos muchachos de mármol, riendo, en el centro del paseo engravillado, y el agua, que aquella mañana había dado para contentar a Mrs. Maradick, brillaba como plata bajo el chorro de los rayos del sol. 

Nunca en enero había encontrado una atmósfera tan tranquila y primaveral, y, contemplando el jardín, se me ocurrió que sería buena idea que Mrs. Maradick saliese a broncearse un rato bajo los rayos del sol. Me parecía raro que no le permitiesen respirar otro aire puro que el que le entraba por la ventana. 

Sin embargo, cuando entré en su habitación, hallé que ella no tenía ganas de salir. Estaba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta, que daba sobre el surtidor, y al oírme entrar levantó la vista de un librito que estaba leyendo. En el alféizar de la ventana había un tiesto de narcisos trompones. Las flores le gustaban mucho, y procurábamos que siempre tuviera algún tiesto en la habitación.

—¿Sabe qué estoy leyendo, Miss Randolph? —me preguntó con aquella voz suya, tan suave. Y me leyó una estrofa en voz alta, mientras yo me acercaba al estante para prepararle una dosis de medicina.

—«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra narcisos; porque el pan alimenta el cuerpo; pero los narcisos deleitan el alma». Esto es muy hermoso, ¿no se lo parece a usted?

—Sí —le contesté. Y luego le pregunté si no le gustaría bajar a dar un paseo por el jardín.

—A él no le gustaría —me respondió. Era la primera vez que mencionaba a su marido desde la noche que entré en aquella casa—. No quiere que salga.

Quise hacerle abandonar la idea, tomándola a broma; pero fue inútil, y al cabo de unos minutos renuncié a mi empeño y me puse a conversar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió la idea de que el miedo que Mrs. Maradick tenía a su marido fuese otra cosa que una fantasía. 

Por supuesto, veía perfectamente que no estaba loca; pero también sabía yo que a veces hay personas muy cuerdas afectadas de prejuicios inexplicables, y acepté su desafecto como un mero capricho, o una aversión. Entonces no lo entendía y —tanto da que lo confiese antes de llegar al final— hoy sigo sin entenderlo. Anoto las cosas que vi realmente, y repito que mi espíritu jamás se inclinó hacia el terreno de lo milagroso.

Las primeras horas de la tarde las pasamos en amable conversación; conversaba animadamente, cuando surgía algún tema que le interesase, y fue la última hora del día, esa hora grave y quieta en que los movimientos de la vida parecen cesar y vacilar durante unos cortos, preciosos minutos, la que nos trajo aquello que yo había temido en silencio desde mi primera noche en la casa. 

Recuerdo que me había levantado a cerrar la ventana y asomaba el cuerpo fuera para respirar unas bocanadas de aire agradable, cuando en el pasillo sonaron unas pisadas intencionadamente leves, y llegó a mis oídos la llamada habitual del doctor Brandon. 

Antes de que yo pudiera cruzar la habitación, la puerta se abrió y entraron el doctor y Miss Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me lo había parecido tanto, nunca la había visto tan acorazada y encajonada en su actitud profesional como en aquel momento.

—Me alegra verla tomando el aire. —Mientras el doctor Brandon se acercaba a la ventana, yo me preguntaba maliciosamente qué clase de contradicciones le habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades nerviosas.

—¿Quién era el otro médico que ha traído usted esta mañana? —preguntó gravemente Mrs. Maradick. Y esto fue todo lo que jamás supe de la visita del segundo alienista.

—Una persona deseosa de curarla a usted. —El doctor se dejó caer en una silla, a su vera, y le dio una palmadita en la mano con los largos, pálidos dedos—. Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo un par de semanas. Miss Peterson ha venido para ayudarla a prepararse, y yo tengo el coche abajo, esperando. No podría ofrecérsenos un día mejor para hacer un viaje, ¿verdad que no?

El momento había llegado por fin. Comprendí al instante lo que quería decir el médico, y se lo expliqué a Mrs. Maradick. Una oleada de color acudió a sus mejillas y las abandonó, y cuando me aparté de la ventana y le rodeé los hombros con el brazo, noté que su cuerpo se estremecía. 

Me di cuenta nuevamente, como me la había dado aquella noche en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que penetraba en mi cerebro desde el aire de mi entorno. Aunque me costase mi carrera de enfermera y una reputación de demencia, comprendí que había de obedecer aquel aviso invisible.

—Van a llevarme a un asilo —dijo Mrs. Maradick.

El médico se escudó tras una negativa o unas evasivas tontas; pero antes de que hubiera terminado, yo me aparté de Mrs. Maradick y me enfrenté con él impulsivamente. En una enfermera, esto equivalía a una rebelión franca y clara, y sabía que el gesto arruinaba mi futuro profesional. A pesar de todo, no me importaba y no vacilé. Me impulsaba una fuerza más poderosa que yo.

—Doctor Brandon —dije—, le suplico, le imploro que espere hasta mañana. Hay cosas que debo contarle.

En la faz del médico apareció una expresión rara, y comprendí, incluso en medio de mi excitación, que estaba decidiendo mentalmente en qué grupo había de situarme, a qué clase de manifestaciones morbosas pertenecía yo.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó él en tono apaciguador. Pero vi que miraba a Miss Peterson, y esta fue al armario a buscar el abrigo de pieles y el sombrero de Mrs. Maradick.

De pronto esta, sin previo aviso, arrojó los chales lejos de sí y se puso en pie.

—Si me envían fuera —dijo—, no volveré nunca más. No viviré lo suficiente para poder regresar.

El gris del crepúsculo invadía el ambiente, y mientras permanecía plantada allí, en las sombras de la habitación, su faz brillaba, pálida y con tanto aspecto de flor como los narcisos del alféizar de la ventana.

—¡No puedo marcharme! —gritó con voz más aguda—. ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su rostro claramente, oí su voz, y entonces... —¡el horror de la escena se me echa encima de nuevo!— vi que la puerta se abría lentamente y la niñita cruzaba la habitación corriendo en dirección a su madre. Vi que la niña levantaba los bracitos, y vi que la madre se inclinaba y la estrechaba contra su pecho. Tan estrechamente unidas estaban en aquel apasionado abrazo que sus formas parecían mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—¿Y después de esto, pueden dudar? —Escupí las palabras con furia casi salvaje... y luego, al apartar la vista de la madre y la hija para fijarla en el doctor Brandon y en Miss Peterson, comprendí, desalentada... —¡oh, el sobresalto de aquel descubrimiento!— que estaban ciegos para la niña. 

Sus rostros impasibles revelaban la consternación de la ignorancia, no de la convicción. No habían visto nada, salvo los brazos vacíos de la madre y el rápido, estrambótico gesto con que se había inclinado para abrazar una presencia invisible. 

Solo mi visión, y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar la telaraña de hechos materiales y ver la forma espiritual de la niña, solo mi visión no quedaba cegada por la arcilla a través de la cual miraba.

—¿Y después de esto, puede dudar? —El doctor Brandon me devolvía mis propias palabras. ¿Tenía él la culpa, pobre hombre, si la vida no le había concedido más que los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si solo podía ver la mitad de las cosas que tenía delante?

En todo caso, ellos no veían, y como no veían, comprendí que sería inútil explicárselo. Antes de una hora, llevaban a Mrs. Maradick al asilo; y la pobre se marchó pacíficamente, aunque cuando llegó el momento de separarse de mí mostró un vestigio leve de sentimiento. Recuerdo que en el último instante, mientras estábamos paradas en la acera, se levantó el negro velo que llevaba por la niña y dijo:

—Quédese con ella todo el tiempo que pueda, Miss Randolph. Yo no regresaré ya.

Luego subió al coche y se la llevaron, mientras yo la seguía con la mirada, conteniendo los sollozos en la garganta. Con lo espantoso que me parecía el caso, no comprendía, por supuesto, todo el horror que encerraba; porque si lo hubiera comprendido, no me habría quedado allí, quieta, en la acera. 

La verdad es que no lo comprendí hasta varios meses después, cuando llegó la noticia de que había muerto en el asilo. Nunca supe de qué dolencia falleció, aunque recuerdo vagamente que se dijo algo de «fallo cardíaco»..., que es una expresión sobradamente indefinida. Por mi parte, estoy convencida de que murió de miedo a vivir.

Con gran sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedase, después de haber llevado a su esposa a Rosedale, como enfermera oficinista suya, y cuando llegó la noticia de la muerte de Mrs. Maradick nadie habló de que yo hubiera de marcharme. 

En el día de hoy todavía no sé para qué me quería en aquella casa. Acaso pensara que si seguía viviendo bajo su techo tendría menos oportunidades de chismorrear; quizá todavía deseara poner a prueba el poder de su hechizo sobre mí. Tenía una vanidad increíble para un hombre tan realmente importante. 

Le he visto sonrojarse de placer cuando la gente se volvía para mirarle por la calle, y sé que no era incapaz de aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. ¡Pero era guapísimo en verdad, el cielo lo sabe! Imagino que pocos hombres han sido objeto de tan estúpidos enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se fue un par de meses al extranjero. Mientras estuvo fuera yo pasé mis vacaciones en Virginia. Cuando regresó, tenía más trabajo que nunca —su fama no conocía límites— y mis días estaban tan llenos de citas y escapadas precipitadas hacia casos de urgencia que apenas me quedaba un minuto para recordar a la pobre Mrs. Maradick. 

Desde la tarde que la llevaron al asilo, la niña no había vuelto a frecuentar la casa; yo me estaba convenciendo ya, por fin, de que aquella figurita había sido una ilusión óptica, el efecto de un cambio de luces en la penumbra de las viejas habitaciones, y no la aparición que en otro tiempo creí contemplar. 

No se necesita mucho tiempo para que un espectro se borre de la memoria, especialmente si una persona lleva la vida activa y metódica que yo me vi obligada a llevar aquel invierno. Quizá..., ¿quién sabe...? —recuerdo que me decía a mí misma—, quizá los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora no estuviera en sus cabales. 

Con esta visión del pasado, el juicio que me merecía el doctor Maradick iba cambiando insensiblemente. Creo que terminé por absolverle del todo. Pero entonces, cuando se levantaba limpio y espléndido en el veredicto que yo pronunciaba sobre él, la inversión vino tan precipitadamente que me quedo sin aliento, ahora, cuando trato de revivir aquellas circunstancias. 

La violencia del sesgo que tomaron de pronto los acontecimientos me dejó, imagino a menudo, con una desorientación perpetua de la imaginación.

Fue en mayo cuando nos enteramos de la defunción de Mrs. Maradick, y un año después, exactamente, en medio de una tarde perfumada en la que los jacintos florecían en grupos en torno del viejo surtidor, el ama de llaves entró en el despacho, donde yo me entretenía repasando unas cuentas, para traerme la noticia del próximo casamiento del doctor.

—No es sino lo que podíamos esperar —concluyó muy sensata—. La casa debe de parecerle vacía..., ¡es un hombre tan sociable! Pero yo no puedo dejar de imaginarme —añadió lentamente después de una pausa durante la cual me sentí recorrida por un escalofrío—, no puedo dejar de imaginarme que ha de ser duro para esa otra mujer el disponer del dinero que la pobre Mrs. Maradick heredó de su primer marido.

—¿Se trata, pues, de una cantidad de dinero muy grande? —pregunté con viva curiosidad.

—Muy grande. —Y movió la mano como si las palabras fueran una cosa demasiado inconsistente para expresarla—. ¡Millones y millones!

—Abandonarán esta casa, por supuesto.

—Esto ya está hecho, querida mía. El año que viene, por estas fechas, no quedará ni un ladrillo. La derribarán, y sobre el solar edificarán una casa de apartamentos.

Otro escalofrío me recorrió de nuevo. No podía soportar la idea de que el viejo hogar de Mrs. Maradick pudiera caerse a pedazos.

—No me ha dicho cómo se llama la novia —comenté—. ¿Es alguna que conoció estando en Europa?

—¡Oh, no, Dios mío! Es la misma con la cual estaba prometido antes de casarse con Mrs. Maradick; solo que, según dice la gente, le dejó porque no era bastante rico. Luego ella se casó con no sé qué lord o príncipe de ultramar; pero más tarde se divorciaron, y ahora ha vuelto a su primer amor. ¡Ahora ya es bastante rico, me figuro, hasta para una mujer como esa!

Todo aquello era perfectamente cierto, supongo; sonaba tan verosímil como un reportaje de un periódico; y, sin embargo, mientras el ama de llaves me lo explicaba, yo percibía, o creía percibir, una especie de silencio impalpable, siniestro, en el aire. 

Estaba nerviosa, sin duda; me había trastornado lo repentino con que el ama de llaves me había espetado la noticia; pero mientras permanecía sentada allí tenía, vivamente, la impresión de que la vieja casa estaba escuchando..., de que había una presencia real, auténtica, aunque invisible, en la habitación o en el jardín. 

Sin embargo, un instante después, cuando miré por la larga ventana que se abría sobre la terraza de ladrillo, solo vi la leve luz solar sobre el jardín desierto, con su laberinto de tiestos, su surtidor de mármol y sus trechos de jacintos trompones.

El ama de llaves se había marchado —creo que vino a llamarla una criada— y yo continuaba sentada detrás de la mesa cuando las palabras de Mrs. Maradick en aquella última noche emergieron en mi pensamiento. 

Los jacintos me trajeron el recuerdo de la mujer; porque mientras los miraba crecer tan tranquilos y áureos bajo la luz del sol, se me ocurrió pensar en el placer que le habría dado a ella el contemplarlos. Casi inconscientemente, me repetí la estrofa que la difunta señora me leyó:

«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra jacintos»... y fue en aquel instante, mientras tenía aún las palabras en los labios, cuando volví la vista hacia el laberinto de tiestos y vi a la niña saltando a la comba por el sendero engravillado que iba hasta el surtidor. 

Con toda claridad, con la claridad de la luz del día, la vi venir con ese andar que las niñas llaman paso de danza, entre los bajos bordes de las macetas hasta el lugar donde crecían los jacintos, junto al surtidor. Desde el lacio cabello castaño hasta el vestido escocés plisado y los piececitos que brincaban, calzados con calcetines blancos y zapatos negros, sobre la cuerda en movimiento, era para mí un ser tan real como el suelo que pisaba o los risueños muchachos de mármol apostados bajo el chapoteo del agua. 

Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si podía alcanzarla..., si podía al menos hablar con ella..., comprendía que quizá, por fin, pudiera resolver el misterio. Pero con el primer revuelo de mi vestido en la terraza, la etérea forma se disolvió en la quieta penumbra del laberinto. 

Ni un soplo de aire agitó las flores, ni una sombra pasó sobre el disperso chorro del agua; y, no obstante, débil y estremecida en todos mis nervios, me senté en el peldaño de ladrillo de la terraza y estallé en llanto. Debía de comprender que ocurriría algo terrible antes de que derribasen la casa de Mrs. Maradick.

Aquella noche el doctor comió fuera. Estaba con la dama con quien iba a casarse, me dijo el ama de llaves, y sería casi medianoche cuando le oí llegar y subir a su cuarto. Yo estaba en el piso inferior porque no podía dormir, y aquella tarde había dejado en el despacho el libro que ahora quería terminar de leer. 

El libro —ya no recuerdo cuál era— me pareció muy interesante cuando lo empecé por la mañana; pero después de la visita de la niña, aquella novela romántica se me antojaba tan sosa como un tratado sobre cuidado de enfermos. Me resultaba imposible seguir las líneas, y estaba a punto de irme a la cama cuando el doctor Maradick abrió la puerta con el llavín y subió las escaleras.

Yo continuaba sentada allí cuando sonó el teléfono de mi mesa, de una manera que a mis nervios sobreexcitados les pareció singularmente brusca, y la voz de la inspectora me dijo apresuradamente que al doctor Maradick se le necesitaba con gran urgencia en el hospital. 

Estaba yo tan habituada a estas llamadas nocturnas de urgencia que me quedé muy tranquilizada después de haber llamado al doctor a su cuarto y haber escuchado el tono amable, cordial de su voz al responder. Todavía no se había desnudado —me dijo— y bajaría inmediatamente, mientras yo ordenaba que viniera de nuevo su coche, que debía de haber llegado apenas al garaje.

—¡Estaré ahí dentro de cinco minutos! —dijo con la misma animación que si le hubiera llamado para su boda.

Le oí cruzar su habitación, y antes de que pudiera llegar a la cima de las escaleras, abrí la puerta y salí al vestíbulo para encender la luz y esperarle con el sombrero y el abrigo preparados. El interruptor eléctrico estaba en el extremo del vestíbulo, y mientras me dirigía allá, guiada por el leve resplandor que bajaba del descansillo de arriba, levanté los ojos hacia las escaleras que ascendían en la penumbra, con la esbelta balaustrada de caoba, hasta el tercer piso. 

Y fue entonces, en el mismo momento que el doctor, tarareando alegremente, empezaba a descender a toda prisa las escaleras, cuando vi con toda claridad —y así lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una cuerda de saltar a la comba, enrollada al descuido en el suelo, como si se hubiera caído de una manita distraída, en la curva de las escaleras. 

De un salto llegué al interruptor, inundando el vestíbulo de luz. Y en el preciso momento que encendía las luces, mientras tenía el brazo estirado todavía hacia atrás, oí que el canturreo se convertía en un grito de terror o sorpresa, y vi que la figura de las escaleras tropezaba y se desplomaba pesadamente mientras sus manos parecían buscar apoyo en el vacío. 

El grito de advertencia murió en mi garganta al mismo tiempo que veía al doctor Maradick rodando por el largo tramo de escaleras hasta llegar abajo, junto a mis pies. Antes de inclinarme sobre él, antes de limpiarle la sangre de la frente y tentar con la mano su silencioso corazón, ya sabía que estaba muerto.

Algo... —pudo ser, como cree la gente, un paso en falso en la oscuridad, o acaso fuese, como yo me siento inclinada a creer y atestiguar, un juicio invisible—, algo le había matado en el momento en que más ganas tenía de vivir.

La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 1)

Era una tierra plácida de inquieta y dulce fantasía,

en la que brotaban sueños ante los ojos entornados

y fantásticos castillos en las nubes que pasaban,

las que jamás huyen de un cielo de verano.

Castillo de la Indolencia

 

Encontrada entre los papeles del difunto

Diedrich Knickerbocker

 
 
    En lo más profundo de una de las inmensas ensenadas de playas que el Hudson acaricia en sus orillas orientales, se produce un enorme ensanchamiento al que los viejos marinos holandeses llamaron en tiem­pos Tappan Zee; para navegarlo, recogían las velas prudentemente mientras invocaban a San Nicolás. 
 
    Justo allí se alza una pequeña aldea con su puerto recoleto, a la que algunos dan el nombre de Greensburg, pero a la que la mayoría de la gente llama Tarry Town. Recibió este nombre, por lo que sabemos, en tiempos antiguos; se lo dieron las bue­nas mujeres de un villorrio vecino, pues era en las tabernas de Tarry Town donde sus maridos se demoraban muy largamente en los días de mercado. Eso es lo que dicen; yo no puedo dar fe de ello, pero aquí lo hago constar en aras de la autenticidad de los hechos que se narran.

No muy lejos de esta villa, acaso a un par de millas, se abre un valle pequeño, al que acaso haya que llamar simplemente una lengua de tie­rra entre las altas colinas, que desde luego no tiene igual en todo el mundo por la tranquilidad que allí se respira. Un arroyuelo cruza el valle con su rumor delicioso que le obliga a uno a descansar. Allí, nin­gún ruido turba tu paz, salvo, acaso, el canto súbito de una codorniz o el repiqueteo de un pájaro carpintero en cualquier árbol, nada más; el resto, tranquilidad plena.

Recuerdo que, siendo yo niño, hice mi primera cacería de ardillas en un bosque preñado de nogales no muy altos que derramaban su sombra a uno de los lados de aquel pequeño valle. Vagabundeaba por allí al mediodía, en esas horas en las que la naturaleza se muestra particular­mente inmóvil, y me sobresaltó el estruendo que hizo mi propia esco­peta al disparar, pues en la profanación de aquel silencio sabático el dis­paro se eternizó en el aire hasta que al fin el eco me lo devolvió con furia. 

Si alguna vez deseara retirarme del mundo y todas sus tentaciones bus­cando el solaz de los lugares más encantadoramente apacibles y gratos, no dudaría en dirigirme a este pequeño valle, pues ningún otro lugar conozco que tanta paz ofrezca.

Este lugar, desde tiempos remotos, desde que se asentaron aquí los primeros colonos holandeses, se conoce como Sleepy Hollow, sin duda por las características tan peculiares de los descendientes de los colonos holandeses, gente apacible, serena, acaso indolente... 

También desde antiguo se llama a los mozos del lugar, en los pueblos vecinos, los muchachos del valle soñoliento. Realmente, es como si esta tierra estu­viera envuelta en una atmósfera de ensoñación y calma densa. Algunos cuentan que fue hechizada por cierto doctor alemán en los primeros tiempos de los asentamientos de colonos; para otros, fue un antiguo jefe indio, mago o profeta de la tribu, el que encantó la región antes de que la descubriese Hendrick Hudson

Y ciertamente parece este lugar, aún hoy, envuelto en un poderoso hechizo que llena de extrañas fantasma­gorías las cabezas de esas buenas gentes que lo habitan, haciéndoles caminar de continuo en una especie de duermevela. 

Creen, por supuesto, en los más raros poderes; suelen caer a menudo en trance y tienen visiones; escuchan en el aire voces y músicas indescifrables... No hay vecino que no tenga noticia de algún hecho extraordinario o que no se sepa alguna historia maravillosa, o que no pueda señalar qué paraje alberga entre sus profusas sombras algún espectro acechante; las estrellas fugaces y los meteoritos de fuego a menudo cruzan el valle, acaso por todo ello, con más frecuencia que en cualquier otra parte de la región; podría decirse, pues, que aquí el demonio de la pesadilla y sus figuras diabólicas tienen el mejor escenario posible para ejecutar sus danzas y morisquetas.

    El espíritu dominante, sin embargo, el que más influjo tiene sobre la imaginación de las gentes, el que parece someter a todos los espíritus que habitan los aires, es un fantasma, auténtico rey de esta región encan­tada; un fantasma decapitado que se aparece a lomos de un caballo... Para algunos, no es otro que el espectro de un soldado que sirvió en la caballería de Hesse; un soldado al que una bala de cañón arrancó de cuajo la cabeza en una batalla de la Guerra Revolucionaria y que aún galopa, como llevado por el viento, en las noches más oscuras. 
 
    Sus dominios, empero, no son únicamente los del valle, y muchos aseguran haberlo visto por caminos más alejados y especialmente en las cercanías de una iglesia apartada del pueblo. Los historiadores de la región más dignos de aprecio aseguran que, tras haber estudiado en detalle todas las versiones que se dan sobre el jinete decapitado, y tras haberlas contras­tado, han llegado a la conclusión de que el cuerpo de aquel soldado reci­bió sepultura en el camposanto de aquella iglesia junto a la que se apa­rece, sí, pero que su fantasma vaga por las noches y pena en busca de su cabeza en lo que fue campo de batalla; después, antes de que amanezca, ha de regresar a su tumba... Por eso atraviesa a galope tendido el valle poco antes de que comience a clarear el día.

Así es como se interpreta, de común, esta superstición legendaria, que tanto alienta las historias que se dicen unos a otros los habitantes de esta región en sombras; así es como se dio al espectro el nombre de El Jinete sin cabeza de Sleepy Hollow.

Reseñemos, sin embargo, un hecho claro, cual lo es que la propen­sión a tener visiones espectrales no es sólo cosa de estas buenas gentes que habitan el valle; aseguro que quien resida aquí por un tiempo también las tendrá. No importa cuán despierto hayas sido, una vez te adentras en las sombras de esta región ya no puedes permanecer ajeno a su influjo; la ensoñación mágica de su atmósfera se apodera de ti al instante; no tardarás mucho en tener visiones, en soñar con los ojos abiertos.

Tengo mucho cariño a este pacífico lugar, sin embargo, pues fue aquí, al igual que en otros valles próximos, donde los holandeses que buscaron refugio en el gran Estado de Nueva York dejaron costumbres, usos y tradiciones que aún se conservan, en contra de lo ocurrido en otros lugares, donde han sido arrastradas por la marea inmigratoria y por el progreso que transforma día a día nuestra emprendedora nación, de manera imparable. 

Por eso digo que un lugar como Sleepy Hollow es un remanso de paz en el que las corrientes migratorias no se llevan ni la hierba ni el cauce de los arroyos con sus aguas saltarinas y burbujeantes; tienen aquí una suerte de puerto en el que remansarse mientras más allá se producen los torrentes que arrasan. Ya han pasado muchos años desde que logré despojarme, además, del velo de sombras de Sleepy Hollow, pero aún me pregunto si no seguirán en el valle los mismos árboles y en el pueblo las mismas familias vegetando en este confín que les da protección.

En este apartado rincón de la naturaleza vivía en una época ya remota de la historia americana, esto es, hace unos treinta años, una bellísima persona llamada Ichabod Crane, que se «aletargaba», cual gus­taba decir, en Sleepy Hollow, para instruir convenientemente a los niños del pueblo. Era natural de Connecticut, un Estado que abastece a la Unión de aventureros de obra y de pensamiento y del que cada año parten miles de hombres para trabajar como leñadores en las fronteras con los otros estados o como maestros de escuela en los mismos.

    El apellido Crane le iba de maravilla. Era alto, extremadamente flaco, de largos brazos, de piernas no menos desmesuradas, con los hombros muy estrechos, con las manos que parecían írsele casi una milla de las mangas, con los pies que podían haberse utilizado como si fueran palas, con toda su estampa, en fin, como desmadejada, como si su cuerpo se mantuviese unido, extrañamente, en todas sus partes. 
 
    De su cabeza pequeña y aplanada salían dos orejas gigantescas y parecían habérsele incrustado bajo la frente chata aquellos dos ojos verdes, como de vidrio; su nariz, de tan larga, parecía buscar de continuo algo en el suelo; digamos que su cabeza, de perfil, parecía una veleta con silueta de gallo, que hubiera sido puesta en la fina varilla de hierro de su cuello para indicar la dirección de los vientos. 
 
    Quien lo viera en un día de viento, a zancadas por la ladera de una colina, con sus ropas que pare­cían bailarle en el cuerpo, bien podría pensar en una llegada a la tierra del espíritu del hambre... O que un espantapájaros se largaba de su campo de trigo...

Su escuela estaba en una casa de una planta y de una sola estancia, una casa hecha de troncos, tosca y rural; en los cristales de la única ven­tana, varios de ellos parcialmente rotos, parches de hojas arrancadas de cuadernos escolares. 

No sin bastante ingenio protegía la casa, sin embargo, con un picaporte hecho de mimbre durante sus ratos de ocio, en la puerta, y unas estacas que apuntalaban la contraventana, de forma tal que el curioso arquitecto tenía por seguro que, de entrar algún ladrón, y aunque tuviera fácil el acceso, salir de allí le resultaría de veras difícil. Era como si se hubiese inspirado en una trampa para pescar anguilas creada por un Yost Von Houten cualquiera. 

La escuela, en fin, se alzaba en un paraje solitario, a las afueras del pueblo, en un pequeño bosque que crecía a los pies de una colina; un enorme abedul le daba sombra y un sinuoso riachuelo pasaba muy cerca. El murmullo de las voces de sus discípulos, como el rumor de una colmena, lo arrullaba en los pesados días del verano, aunque en ocasiones, al hacerse escanda­loso, le obligaba a levantar la voz en tono de amenaza y reprobación, e incluso a aguijonear con un palmetazo la mano de uno de aquellos hol­gazanes jaraneros que tan escandalosamente se desviaban de la senda del conocimiento... 

A decir verdad, era un maestro concienzudo; siempre tenía en mente esa máxima de oro que dice así: «La letra con sangre entra». Desde luego, no mimaba mucho a sus alumnos el viejo Icha­bod Crane...

No quisiera que se le tuviese, sin embargo, por uno de esos maestros crueles y prepotentes que disfrutan haciendo sufrir y denigrando a sus discípulos; por el contrario, administraba justicia con claro discerni­miento entre el bien y el mal, más que con severidad; exoneraba de peso las espaldas del más débil para hacerlo recaer en el más fuerte; castigaba con indulgencia al que se estremecía con los golpes de su vara, pero bri­llaba clamorosamente la llama de la justicia cuando sacudía sin contem­placiones a un muchacho holandés cabezota y terco, a un pilluelo que, aun soportando el castigo, se le volviera contumaz y altivo, gruñón y despectivo ante cada golpe de su vara. 

Era lo que él decía «cumpli­miento de mi deber» encargado por los padres de sus alumnos; cabe señalar, además, que nunca infligió castigo alguno a cualquiera de los muchachos sin antes asegurarle, para dar el necesario consuelo al insolente, que lo hacía por su bien, añadiendo: «Me estarás por ello agrade­cido de por vida».

    Cuando acababan las clases, empero, era siempre el mejor compa­ñero de juegos de los niños; las tardes de los días festivos acompañaba a los más pequeños hasta sus casas, muy especialmente a los que tenían alguna hermana mayor hermosa, o por madre a una buena ama de casa famosa en el vecindario por su excelente despensa. 
 
    Por eso, sobre todo, hacía cuanto estaba en su mano para ser querido y apreciado por sus pupilos. Lo que cobraba en la escuela era poco, apenas le llegaba para comprarse el pan de cada día, y ha de hacerse notar que era hombre muy comilón y con unas tragaderas capaces de dilatarse como una anaconda, por lo que, a fin de vivir cual es debido, y siguiendo la costumbre de entonces para con los maestros, se alojaba y comía en las granjas de los padres de sus alumnos. Vivía una semana en cada granja; iba de granja en granja, pues, con sus escasas pertenencias mundanas metidas en un pañuelo de algodón.

Aquello, empero, no debía de resultarles en exceso gravoso a sus rús­ticos patrones, quienes de común consideran una carga excesiva alimen­tar a cualquier maestro y todo un derroche mantener una escuela, por lo que procuraba hacerse grato y útil a quienes le daban comida y techo. 

Así, y como no era cosa de exagerar, ayudaba a los labriegos en sus tareas más sencillas, apilaba el heno, reparaba una valla, iba a la pradera a bus­car el ganado que pastaba, cortaba leña cuando comenzaba a dejarse sentir el frío del invierno... No se mostraba entonces, en fin, con la dignidad arrogante de que hacía gala en la escuela, su pequeño imperio, y se comportaba no ya educado y cortés, sino decididamente obsequioso; era la admiración de las madres por el cariño con que trataba entonces a sus hijos, sobre todo a los más chicos, y como el león que acaricia con sus garras al cordero que se va a comer, ponía en sus rodillas a cualquiera de los pequeños mientras con el pie de la otra pierna mecía la cuna de otro aún más chico durante horas.

Además de vocación semejante, hacía demostración de otras no menos reseñables; era el maestro de canto del pueblo y buenas y muy relucientes monedas le caían por enseñar a entonar debidamente los sal­mos a los jóvenes vecinos. No hay ni que decir cuánto se pavoneaba y gozaba los domingos en la iglesia, con su coro compuesto por cantores bien seleccionados, allí, en lugar preeminente, robando protagonismo, lo sabía bien el maestro, al viejo pastor oficiante. 

Es verdad que su voz, al cantar, se dejaba sentir por encima del susurro de las oraciones; toda­vía hoy se oyen en la iglesia los domingos por la mañana, durante la celebración de los oficios, unos trinos que, dicen los lugareños, son los legítimos descendientes de la nariz de Ichabod Crane, trinos que pue­den escucharse hasta más allá de una milla, a través del aire, por donde está la alberca... 

Así, pillando por aquí, trampeando por allá, como se dice vulgarmente de un modo u otro hacía más llevadera su vida el modesto pedagogo, incluso medianamente regalada, aunque eran no pocos, esos que en nada aprecian el trabajo intelectual, los que creían que llevaba una vida muy fácil, maravillosamente apacible, a cambio de nada, de ningún esfuerzo.

    Un maestro de escuela es por lo general un hombre, sin embargo, tenido por importante en el círculo femenino de las comunidades rura­les. Se le tiene por una especie de ídolo, por un caballero tan ocioso como culto, superior, por ello, a los hombres gárrulos que componen el elemento masculino de los pueblos; acaso únicamente se le considere inferior en saberes con respecto al pastor de la iglesia... 
 
    Su presencia, así las cosas, causa siempre cierta expectativa cuando está a la mesa en cual­quier casa, dispuesto a dar buena cuenta de lo que va a servirse; es su presencia, nada más, lo que hace que las buenas amas de casa se afanen especialmente en preparar platillos exquisitos y dulces suculentos en abundancia; algunas hasta aprovechan la ocasión para sacar a relucir sus juegos de té de plata... 
 
    Nuestro hombre de letras, en suma, estaba parti­cularmente feliz entre las damas sonrientes del pueblo y aledaños. Era digno de verse cuánto gozaba de su compañía, cómo se lucía ante ellas en el jardín de la iglesia y en el camposanto próximo los domingos, una vez concluido el oficio, descifrándoles las crípticas inscripciones de las tumbas, ofreciéndoles racimos de uvas silvestres de los árboles del jar­dín, paseando con toda aquella grey femenina por las márgenes de la presa del molino... 
 
    Ni que decir tiene que los gárrulos hombres del lugar, tan menoscabados como envidiosos, ni se atrevían a intervenir; se limitaban a mirarle desde lejos, envidiosos de su sabiduría y superior elegancia.

De aquella su vida en cierto modo errabunda, le venía además otra condición, la de ser una especie de gacetilla rodante, pues llevaba de casa en casa noticias, rumores y chismorreos en general de toda la comarca; eso, por supuesto, hacía que su presencia fuera acogida con especial interés, sobre todo por parte de las mujeres de las casas, quienes además gozaban especialmente de su erudición por cuanto tenía hechas una cuantas y al parecer buenas lecturas, tales como la de la obra de Cotton Mather Historia de la brujería en Nueva Inglaterra, un asunto, el de la brujería, en el que, dicho sea de paso, creía firme y fervorosamente el maestro.

(CONTINUARA...)

La novia del espectro - William Harrison Ainsworth

El Castillo de Hernswolf, a fines del año 1655, era el centro de la moda y la alegría. El barón del mismo nombre era el más poderoso noble en Alemania, e igualmente celebrado por los logros patrióticos de sus hijos, y la belleza de su única hija. 

El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. 

Era una mansión almenada, de estilo gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico, y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. 

Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por la alegre luz del sol. 

Las campanas del Castillo repicaron en un alegre tañido ante la cercanía del crepúsculo invernal, y el guardián se apostó con su séquito en la galería de almenas, para anunciar el arribo de los visitantes que habían sido invitados a compartir las diversiones que reinaban entre las paredes. 

Lady Clotilda, la única hija del Barón, recién había cumplido sus diecisiete años, y se había invitado a un brillante auditorio para celebrar el cumpleaños. Las grandes habitaciones abovedadas habían sido abiertas para la recepción de los numerosos invitados, y el alborozo de la tarde apenas había comenzado cuando el reloj de la torre comenzó sus repiques con solemnidad inusual, e inmediatamente un forastero alto, vestido con un traje negro, hizo su aparición en el salón de baile. Se inclinó cortésmente a uno y otro lado, pero fue recibido por todos con la más estricta reserva. 

Nadie sabía quien era ni de donde venía, pero era evidente por su apariencia, que era un noble de primer rango, y aunque su presentación fue aceptada con recelo, fue tratado por todos con respeto. Se dirigió particularmente a la hija del Barón, y era tan inteligente en sus comentarios, tan jovial en sus salidas, y tan fascinante en su discurso, que rápidamente interesó los sentimientos de su joven y sensible oyente. 

Finalmente, luego de alguna vacilación por parte del anfitrión, quien, con el resto de los visitantes, era incapaz de acercarse al extraño con indiferencia, fue invitado a permanecer unos pocos días en el castillo, invitación que fue alegremente aceptada. 

Cuando cundió el silencio de la noche y todos se hubieron retirado a descansar, la monótona y pesada campana se oyó oscilando a uno y otro lado en la torre gris, aunque era apenas un aliento para mover los árboles del bosque. 

Muchos de los invitados, cuando se encontraron la mañana siguiente en la mesa del desayuno, aseguraron que hubo sonidos de la música más celestial, mientras que la mayoría persistieron en afirmar que habían oído ruidos horribles, provenientes, al parecer, de la habitación ocupada en aquel momento por el extraño. 

Este pronto hizo, sin embargo, su aparición en el círculo del desayuno, y cuando se hizo alusión a las circunstancias de la noche precedente, una oscura sonrisa de significado inexpresable jugueteó en sus lóbregas facciones. Y luego recayó en una expresión de las más profunda melancolía. 

Dirigió su conversación principalmente a Clotilda, y cuando habló de los diferentes climas que había visitado, de las soleadas regiones de Italia, donde los simples hálitos de la fragancia de las flores, y la brisa del verano suspiran sobre una tierra de dulces, cuando le habló de esos países deliciosos, donde la sonrisa del día se hunde en la blanda belleza de la noche, y la hermosura del cielo nunca es oscurecida ni por un instante, provocó lágrimas sentimentales en su hermosa oyente, y por primera vez ella lamentó nunca haber salido de su hogar. 

Los días se sucedieron, y a cada momento aumentó el fervor de los inexpresables sentimientos que le inspiraba el extraño. El nunca habló de amor, pero se veía en su lenguaje, en sus maneras, en los insinuantes tonos de su voz, en la suavidad de su sonrisa, y cuando comprobó que había tenido éxito en infundir en ella sentimientos favorables, una mueca del más diabólico significado apareció por un instante, y murió luego en su oscuro semblante. 

Cuando la veía en compañía de sus padres, era al mismo tiempo respetuoso y sumiso, y era únicamente cuando estaba solo con ella, en su paseo a través de los oscuros recovecos del bosque, que asumía el aspecto del más apasionado admirador. 

Mientras estaba sentado una tarde con el Barón en la habitación revestida en madera de la biblioteca, sucedió que la conversación giró hacia un tema sobrenatural. El extraño permaneció reservado y misterioso durante la discusión, pero cuando el Barón en una forma jocosa negó la existencia de espíritus, e imitó satíricamente su apariencia, sus ojos brillaron con un fulgor sobrenatural, y su forma pareció dilatarse aún más de sus dimensiones naturales. 

Cuando la conversación hubo cesado, se produjo una pavorosa pausa de pocos segundos y se escuchó un coro de armonía celestial sonando a través del oscuro bosque. Todos se extasiaron de gozo, pero el extraño estaba perturbado y lúgubre, miraba a su noble anfitrión con compasión, y algo parecido a una lágrima cruzó sus ojos. 

Después del lapso de unos pocos segundos, la música agonizó suavemente en la distancia, y todo se serenó como antes. Poco después el Barón dejó la estancia, y fue seguido casi inmediatamente por el extraño. 

No había estado ausente mucho tiempo, cuando se oyó un ruido horrible, como el de una persona en agonía de muerte, y el Barón fue descubierto muerto extendido a lo largo de los corredores. Su semblante estaba convulsionado de dolor, y el apretón de una mano era visible en su garganta ennegrecida. 

Se dio la alarma instantáneamente, el castillo fue revisado en todas direcciones, pero el extraño no fue vuelto a ver. El cuerpo del Barón, mientras tanto, fue calladamente entregado a la tierra, y el recuerdo de su horrenda transacción, recordado solo como una cosa que una vez fue. 

Luego de la partida del extraño, quien ciertamente había fascinado sus sentimientos en extremo, los ánimos de la gentil Clotilda evidentemente declinaron. Ella amaba caminar tarde y temprano en los senderos que él había frecuentado una vez, para recordar sus últimas palabras; detenerse en su dulce sonrisa; y deambular por el sitio donde ella había hablado de amor con él una vez. 

Evitaba toda sociedad, y nunca parecía estar contenta sino cuando estaba sumida en la soledad de su cuarto. Era entonces cuando descargaba su aflicción en lágrimas; y el amor que su orgullo de doncella disimulaba modestamente en público, explotaba en los momentos de privacidad. Tan bella, y aún tan resignada en su justo luto, que parecía ya un ángel liberado de las redes del mundo, preparada para realizar su vuelo al cielo. 

Ella estaba una tarde de verano vagando por el sitio aislado que había elegido como lugar favorito, lentas pisadas avanzaron hacia ella. Se dio vuelta, y para su infinita sorpresa descubrió al extraño. Él dio un paso alegremente a su lado, y comenzó una animada conversación. "Cuando partiste," exclamó la niña alborozada, "pensé que toda la alegría se había fugado para siempre de mi lado, pero ahora regresaste y, ¿no deberíamos estar contentos de nuevo?" 

"Contentos" replicó el extraño, con una desdeñosa explosión de sarcasmo, "podré alguna vez ser feliz de nuevo, podré, pero disculpa la agitación, mi amor, y atribúyelo al placer que experimento al encontrarte. ¡Oh! Tengo tantas cosas que contarte, ¡sí! Y muchas palabras afectuosas que recibir, ¿no es así, cariño? Ven, dime la verdad, ¿no has estado feliz en mi ausencia? ¡No! Lo veo en esos ojos hundidos, en ese semblante pálido, que el pobre vagabundo había cobrado al menos algún leve interés en el corazón de su amada. 

He deambulado por otros climas, he visto otras naciones, me he encontrado con otras damas, hermosas y exitosas, pero no he encontrado sino un ángel, y ella está aquí ante mí. Acepta esta simple ofrenda de mi afecto, queridísima," continuó el extraño, arrancando una rosa de su tallo, "es hermosa como las flores silvestres que adornan tu pelo, y dulce como el amor que te tengo." 

"Es dulce, por cierto," replicó Clotilda, "pero su dulzura tiene corta vida, como el amor manifestado por el hombre. Que no sea este, entonces, el tipo de tu afecto, tráeme la delicada siempreverde, la dulce flor que florece durante todo el año, y yo diré, mientras la enrollo en mi pelo: ‘Las violetas han florecido y muerto, las rosas han florecido y decaído, pero la siempreverde todavía está joven, ¡y así es el amor de mí corazón!’ 

Tu no podrás abandonarme. Yo no vivo sino en tí, tú eres mi esperanza, mis pensamientos, mi existencia misma. Y si te pierdo, pierdo mi todo. Yo no era sino una solitaria flor silvestre en la tierra salvaje de la naturaleza, hasta que tú me transplantaste a un suelo más amigable, y puedes ahora romper el corazón tierno al que enseñaste primero a brillar con pasión." 

"No hables de ese modo," contestó el extraño, se me desgarra el alma misma al escucharte, déjame, olvídame, evítame para siempre, o sobrevendrá tu ruina eterna. Yo soy una cosa abandonada de Dios y el hombre, y tú no ves sino el corazón lastimado que late apenas dentro de esta móvil masa deforme; deberías escapar de mí, como si fuera una víbora en tu camino. Aquí está mi corazón, amor, siente qué frío está, no tiene pulso que delate su emoción, porque todo está helado y muerto como los amigos que alguna vez conocí." 

"Tú eres infeliz, amor, y tu pobre Clotilda estará para socorrerte. Piensas que puedo abandonarte en tu desgracia. ¡No! Deambularé contigo a través del mundo entero, y seré tu sirviente, tu esclava, si eso es lo que quieres. Yo te protegeré de las noches frías, y que el viento no sople demasiado fuerte en tu cabeza desprotegida. Yo te defenderé de la tormenta que aúlle alrededor, y aunque el mundo consagre tu nombre al escarnio, aunque los amigos se separaren, y se unan mustios en la tumba, habrá un corazón tierno que te ame mejor en tu desgracia, y te valore, y aún te bendiga". 

Ella se detuvo, y sus ojos azules se bañaron en lágrimas, mientras se volvía resplandeciente de afecto hacia el extraño. Él desvió su cabeza de su mirada, y una sonrisa sardónica de la más oscura, la más mortífera malicia cruzó sobre su delicado semblante. 

En un instante, la expresión declinó, su vidriosa vista fija retomó su frío sobrenatural, y se volvió una vez más hacia su acompañante. "Es la hora del crepúsculo," exclamó, "la hora suave, la más hermosa, cuando los corazones de los amantes están felices, y la naturaleza sonríe en armonía con sus sentimientos, pero para mí ya no sonreirá más, antes de que mañana amanezca yo estaré muy lejos de la casa de mi amada, de las escenas que mi corazón atesora, como en un sepulcro. ¿Pero debo dejarte a ti, queridísima flor silvestre, para ser presa de un torbellino, víctima de la explosión de la montaña?" 

"No, no nos separaremos," replicó la apasionada niña, "donde tú vayas, yo iré, tu casa será mi casa, y tu Dios será mi Dios." 

"Promételo, promételo" volvió a la carga el extraño, mientras la aferraba de la mano. "Promételo por el espantoso juramento que yo te dictaré". 

Entonces él le pidió que se arrodillara, y sosteniendo su mano derecha en una actitud amenazante hacia el cielo, y arrojando hacia atrás sus oscuros rizos negros, exclamó en amargas imprecaciones con la espantosa sonrisa de un demonio encarnado: "Que las maldiciones de un Dios ofendido", gritó, "te persigan, te aferren en la tempestad y en la calma, en el día y en la noche, en la enfermedad y en el pesar, en la vida y en la muerte, si te desviaras de la promesa que has hecho aquí de ser mía. ¡Qué los espíritus oscuros de los condenados al Infierno aúllen en tus oídos los coros malditos de los demonios, que el aire torture tu seno con las llamas inextinguibles del infierno! ¡Qué tu alma sea como el lazareto de la corrupción, donde el fantasma del placer ausente sea venerado, como en una tumba: dónde el gusano de las cien cabezas nunca muere, donde el fuego nunca se extingue! ¡Qué el espíritu del demonio controle tu mente, y proclame a tu paso: ‘ESTA ES LA ABANDONADA DE DIOS Y DEL HOMBRE’, qué espantosos espectros te persigan en la noche, qué tus amigos más queridos desciendan a la tumba día a día, y los maldigas en su aliento moribundo! ¡Qué todo aquello más horrible en la naturaleza humana, más solemne que el lenguaje pueda enmarcar, o los labios puedan pronunciar, que esto, y más que esto, sea tu parte eterna, si violases el juramento que aquí has hecho!". 

Él se detuvo, apenas sabiendo lo que ella hizo, la niña aterrorizada accedió al horrendo juramento, y prometió fidelidad eterna a aquel que sería su señor de allí en adelante. "Los espíritus de los condenados, te agradecen por tu ayuda," gritó el extraño, "he cortejado bravamente a mi bella novia. Ella es mía, mía para siempre. Si, cuerpo y alma son míos, míos en la vida y míos en la muerte. ¿Por qué lloras mi dulzura, antes de que haya pasado la luna de miel? ¡Por qué! Ciertamente tienes motivo para sollozar: pero cuando próximamente nos encontremos deberemos firmar el contrato nupcial". 

Luego imprimió un frío saludo en la mejilla de su joven novia, y amortiguando los horrores impronunciables de su semblante, le pidió que lo encontrara a las ocho esa misma noche en la capilla adyacente al castillo de Hernswolf. Ella se volvió hacia él con un suspiro ardiente, como implorando su protección, pero el extraño se había ido. 

Al entrar en el Castillo, se la observaba afectada por la más profunda melancolía. Sus parientes se esforzaron en vano para acertar con la causa de su desconsuelo, pero el tremendo juramento que había prestado había paralizado completamente sus facultades, y estaba temerosa de traicionarse aún por la más leve entonación de su voz, o la menor variación en la expresión de su semblante. 

Cuando la noche hubo concluido, la familia se retiró a descansar, pero Clotilda, que era incapaz de reposar, dada la agitación de su ánimo, pidió que la dejaran sola en la biblioteca contigua a su habitación. 

Todo era ahora noche profunda, cada sirviente se había retirado a descansar hacía largo tiempo, y el único sonido que se podía percibir era el tétrico lamento del perro guardián cuando aullaba a la luna. 

Clotilda permaneció en la biblioteca en actitud de profunda meditación. La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias. El reloj de la esquina norte del Castillo repicó la hora a las doce, y el sonido hizo eco de manera lúgubre en la solemne quietud de la noche. 

De pronto el picaporte de la puerta de roble del extremo más lejano de la habitación se levantó suavemente, y una figura pálida, ataviada con las vestimentas de la tumba, avanzó lentamente por la habitación. Ningún sonido anticipaba su aproximación, mientras se movía con pasos silenciosos hacia la mesa donde estaba ubicada la dama. 

Al principio ella no lo percibió, hasta que sintió una mano helada de muerte aferrar rápidamente la suya, y oyó murmurar una solemne voz en su oído, "Clotilda." Ella levantó la vista, una figura oscura estaba parada a su lado, intentó gritar, pero su voz era desigual al esfuerzo empleado; su vista estaba fija, como si fuera magia, en la forma en que, lentamente removía el atuendo que ocultaba su semblante, y revelaba los ojos lívidos y forma esquelética de su padre. 

Parecía contemplarla con pena y sentimiento, y exclamó melancólicamente: "Clotilda, los vestidos y los sirvientes están listos, la campana de la iglesia ha repicado, y el sacerdote está en el altar, pero ¿dónde está la novia comprometida? Hay una habitación para ella en la tumba, y mañana ella estará conmigo." 

"¿Mañana?" vaciló la niña distraída, "los espíritus del infierno deben haberlo registrado, y mañana el enlace debe ser cancelado." La figura se detuvo, retirándose lentamente, y pronto se perdió en la oscuridad de la distancia. 

La mañana, noche, llegó, y cuando el reloj de la sala marcó las ocho, Clotilda estaba en su camino a la capilla. Era una noche oscura y sombría. Espesas masas de nubes oscuras navegaban a través del firmamento, y el rugido del viento hacía eco horriblemente entre los árboles del bosque. 

Ella alcanzó el lugar fijado, una figura la estaba esperando, esta avanzó, y descubrió los rasgos del extraño. "¡Por qué!" Está bien, mi novia," exclamó con una risa sardónica, "y bien voy a recompensar tu cariño. Sígueme." Avanzaron juntos en silencio a través de las ventosas naves de la capilla, hasta que alcanzaron el cementerio contiguo. Aquí se detuvieron por un instante, y el extraño, en un tono suave, dijo, "Solamente una hora más, y la lucha quedará atrás. Y aún este corazón de malicia encarnada puede sentir, cuando se consagra un espíritu tan joven, tan puro a la tumba. Pero debe, debe ser," prosiguió, "como si la memoria de su amor pasado se precipitase en su mente, porque el demonio al cual obedezco lo ha deseado así. Pobre niña, te estoy conduciendo a tus nupcias, pero el sacerdote estará muerto, tus padres los esqueletos descompuestos que se desmoronan en pilas alrededor, y los testigos de nuestra unión, los gusanos perezosos que se regocijan en los huesos cariados de los muertos. Ven, mi joven novia, el sacerdote está impaciente por su víctima." 

Mientras avanzaban, una débil luz azul se movía velozmente delante de ellos, y exhibió en el extremo del cementerio los portales de una cripta. Estaba abierta, y entraron en ella en silencio. El viento cavernoso se precipitó a través de la lúgubre residencia de la muerte, y por todos lados se apilaban los restos descompuestos de los féretros, los que caían pieza por pieza encima de la húmeda... 

Cada paso que daban era sobre un cuerpo muerto, y los huesos blanqueados rechinaban horriblemente bajo sus pies. En el centro de la bóveda se levantaba una pila de esqueletos sin enterrar, sobre la que estaba sentada, una figura tan horrenda aún para ser concebida por la imaginación más oscura. 

Mientras se aproximaban a ella, el hueco de la cripta resonó con una carcajada infernal, y cada cadáver descompuesto pareció cobrar una vida perversa. El extraño hizo una pausa, y luego aferró a su víctima con la mano, estalló un suspiro desde su corazón. Una lágrima resplandeció en su ojo. No fue sino por un instante, la figura frunció horriblemente el entrecejo ante su vacilación, y agitó su mano descarnada. 

El extraño avanzó, hizo ciertos círculos místicos en el aire, articuló palabras misteriosas, e hizo una pausa, desaforado por el terror. Súbitamente levanto su voz y exclamó salvajemente: "Esposa del espíritu de la oscuridad, unos pocos momentos son todavía tuyos, para que puedas saber a quién te has encomendado. Yo soy el espíritu imperecedero del miserable a quien maldijo el Salvador en la cruz. Me miró en la última hora de su existencia, y esa Mirada aún no ha transcurrido, porque yo estoy maldito en toda la Tierra. Estoy eternamente condenado al infierno y debo abastecer el paladar de mi maestro hasta que el mundo sea abrasado tal y como un pergamino, y los cielos y la tierra hayan muerto. Yo soy aquel al que debes haber leído, y aquel de cuyas proezas has oído. Un millón de almas me ha condenado mi maestro a atrapar, y cuando mi pena sea cumplida, yo conoceré el reposo de la tumba. Tú eres la milésima alma que he atrapado. Te he visto en tu hora de pureza, y te he marcado de inmediato para mi casa. Tu padre al que mate por su temeridad, y permití que te advirtiera de tu destino: y yo mismo he sido seducido por tu inocencia. ¡Ha! El hechizo trabaja briosamente, y tú pronto lo verás, mi dulce, a quien has encadenado tu eterno destino, porque mientras las estaciones se muevan en su curso natural, mientras los relámpagos destellen, y los truenos rujan, tu pena será eterna. Mira abajo y vé a lo que estás destinada." 

Ella miró, la bóveda se abrió en mil distintas direcciones, la tierra bostezó en pedazos, y el rugido de aguas potentes se oyó. Un océano viviente de fuego derretido brilló en el abismo debajo de ella, y se mezcló con los alaridos de los condenados al infierno, y los gritos triunfantes de los demonios, representaban un horror más horrible que la imaginación. 

Diez millones de almas estaban retorciéndose en las llamas ardientes, y mientras las oleadas hirvientes los lanzaban violentamente contra las rocas ennegrecidas e inflexibles, maldecían con blasfemias desesperadas, y cada maldición hacía eco con los truenos. 

El extraño se precipitó hacia su víctima. Por un instante la sostuvo sobre la vista llameante, mirando tiernamente en su cara y sollozó como si fuera un niño. Eso no fue sino un impulso momentáneo, nuevamente la aferró en sus brazos, la arrojó violentamente con furia, y mientras su última mirada de partida se fundía con bondad en su rostro, vociferó con fuerza: "No es mío el crimen, pero la religión que tú profesas, ¿no dice que hay un fuego de eternidad preparado para las almas de los malvados, y no has incurrido tú en sus tormentos?" 

Ella, pobre niña, no escuchó, no hizo caso de los gritos del blasfemador. Su delicada forma rebotó de roca en roca, sobre oleadas, y sobre espuma, mientras sentía, que el océano se zamarreaba como si estuviera victorioso de recibir su alma, y mientras ella se hundía profundamente en la fosa ardiente, diez mil voces reverberaron desde el fondo del abismo, "¡Espíritu del mal! Aquí hay ciertamente una eternidad de tormentos preparada para ti, porque aquí el gusano nunca muere, y el fuego nunca se extingue."