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El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 2)


Al principio, Barton indicaría los síntomas de su mal de un modo tan desenvuelto que podría pensarse que le interesaba muy poco su salud y que había problemas mucho más graves que le preocupaban. Particularmente, habría dicho que sufría trastornos cardíacos y dolores de cabeza, pero lo habría dicho de una manera como si él no tuviera nada que ver con el enfermo.

Entonces el médico le preguntó, según se cree, si no tenía razones para inquietarse por alguna cosa, si había algo que le preocupaba de una manera especial. Barton, parece, que habría respondido como forzado, que todos sus asuntos marchaban bien, gracias, y que no había nada en concreto que lo preocupara. Se pretende que el doctor habría diagnosticado trastornos estomacales, que habría prescrito remedios anodinos y que, en el momento de marcharse, el capitán le habría dicho:

—Doctor, me olvidaba de lo que quería preguntaros; se trata de algo relacionado con vuestra profesión. Os parecerá ridículo, me imagino, pero como se trata de una apuesta, os estaré muy agradecido si me queréis contestar.

El médico aceptó; en este momento parece que Barton se sintió incómodo y que al final se decidió como aquel que se lanza al agua:

—En primer lugar, querría haceros algunas preguntas sobre el tétanos. Esto os parecerá idiota, ya os lo he dicho, pero como se trata de una apuesta... Veréis: un hombre atacado por el tétanos parece morir, un médico competente constata su muerte y, no obstante, el enfermo se cura. ¿Es esto posible?

—En absoluto, y pretender lo contrario sería un contrasentido científico.

—De acuerdo, pero si el médico es un impostor, es posible que se equivoque y que confunda la muerte con uno de los estadios de la enfermedad.

—Fantasías, mi querido señor, no hay nada más muerto que un muerto de tétanos y nadie se equivocaría sobre esto.

—Veamos la otra pregunta. Es posible que en el extranjero, Nápoles, por ejemplo, los registros de un hospital estén mal llevados y que pueda inscribirse una defunción que no ha existido. Un error material, en fin...

—Esto no lo sé. En todo caso, en nuestro país jamás oí nada parecido.

—No os voy a entretener más, apreciado doctor, sólo un último problema que someto a vuestra sagacidad. No os riáis demasiado a expensas mías si mi pregunta os parece demasiado estúpida, y decidme simplemente si existe una enfermedad cuyos efectos principales serían la reducción de las dimensiones del paciente, la contracción de su cuerpo, pero respetando las proporciones. Aunque existan muy pocos casos de ella, incluso si se trata de una rarísima enfermedad, decídmelo.

—No conozco la existencia de una enfermedad tal, jamás existió y sin duda alguna no creo que exista jamás.

Barton acogería esta última información con un aire alucinado y habría preguntado entonces al doctor Rowlands si era posible pedir que arrestaran a un loco que amenaza a una persona honesta. El médico debió responder que creía que era posible, pero que para estos asuntos era mejor consultar a un abogado. Luego se habría marchado. El sirviente del capitán explicó más tarde que, al llegar al vestíbulo, el doctor exclamó, golpeándose la frente:

—Olvidé mi bastón en la habitación, voy a buscarlo.

Se dice —pero qué es lo que no dice la gente— que al entrar en la habitación en la que se encontraba Barton, el médico habría visto cómo su receta se quemaba en la chimenea. También se fijaría en que su cliente parecía huraño y muy desgraciado. Deduciría entonces que el capitán sufría del espíritu, no del cuerpo.

Explico todo esto como simples comentarios sin pruebas, puesto que naturalmente el doctor Rowlands se negó siempre a dar el más mínimo detalle sobre esta entrevista, refugiándose en el secreto profesional. No obstante, lo que puedo asegurar es que, una semana más tarde, los periódicos de la ciudad publicaron un anuncio que decía así:

«M. Sylvestre Yolland, antiguo marinero a bordo del Dolphin, o a falta de él, su pariente más próximo, tenga la bondad de presentarse urgentemente a la oficina del señor Hubert Smith, abogado, Dame Street, para enterarse de ciertos hechos susceptibles de su mayor interés. Discreción absoluta. Las puertas del estudio permanecerán abiertas hasta la medianoche».

Más arriba he dicho que Barton había sido comandante del Dolphin y fue este detalle el que hizo pensar a la gente que quizá él estaba detrás de este anuncio. Todavía esto no es más que una hipótesis, puesto que Smith, el abogado, se negó a decir el nombre de su cliente. Tampoco se supo si el anuncio había dado algún resultado.

Poco a poco pareció que el capitán Barton volvía a reemprender sus costumbres; ya era hora, pues se empezaba a murmurar a sus espaldas que se volvía misántropo y que su mujer sería muy desgraciada al lado de un hombre así. 

Naturalmente, el rumor público exageraba, como siempre, e incluso en los peores problemas Barton había demostrado tener un equilibrio de carácter ejemplar. Como máximo se le notaba un aire desconfiado e inquieto que no desapareció de su persona hasta pasadas unas semanas. 

Una noche, la del gran banquete de la logia filosófica a la que pertenecía, se mostró muy alegre, bebió más de lo que tenía por costumbre, quizá para evadirse de sus problemas; estuvo hablador, incluso excitado. Sus comensales apenas le reconocían.

Se marchó de la reunión hacia las diez y media, todavía bajo los efectos de su ficticia alegría, y determinó acabar la noche en casa de lady L... para charlar agradablemente en compañía de su prometida. Con esta intención se dirigió a casa de estas damas. Ya he dicho que este excelente personaje había bebido; que se me entienda bien, Barton no estaba borracho, ni siquiera achispado, simplemente algo alegre. No obstante, era dueño de sí mismo y su cortesía era la de siempre.

El único efecto importante de sus libaciones era una especie de profundo desprecio por sus antiguos terrores, una altiva indiferencia ante todo lo que, algunas horas antes, le parecía inquietante. No obstante, en la medida en que pasaba el tiempo y los efectos del vino se disipaban, el capitán notó cómo sus angustias volvían a apoderarse de él tanto más fuertes cuanto más débiles las había creído.

Cuando dejó a las damas estaba preso de no sabía qué extraño presentimiento; se daba cuenta de que podía temerlo todo del camino de vuelta a su casa. Pero a Barton le gustaba dominarse, no quería verse despreciado ante sus propios ojos, se negaba a dar importancia a lo que, razonaba, no tenía la más mínima. Y lo que le ocurrió aquella noche fue sin duda alguna la consecuencia directa del miedo que experimentaba a tener miedo por nada.

Estaba cansado y con gusto habría mandado llamar un coche para volver a su casa, pero no quiso hacerlo: pensaba que su fatiga no era más que una excusa para sus terrores, que calificaba de supersticiosos. Por ello determinó volver a pie. Podía escoger entre dos calles, pero con una obstinación incomprensible, decidió tomar aquella en la que le acechaba el peligro misterioso del que le habían amenazado. Andando hacia la calle nueva, se decía que esta vez tendría la conciencia limpia y que descubriría si los temores eran absurdos o estaban fundamentados.

Barton era valiente, ya lo he dicho, pero esa noche, mientras sus pasos se acercaban al punto crítico, tenía que recurrir a todas las fuerzas de su voluntad para no volver atrás. Sabía demasiado bien, a pesar de su escepticismo, que un ser malévolo lo acechaba escondido en las sombras, y, con el corazón oprimido por el angustioso dilema, penetró en la calle en construcción.

Andaba rápido. Temblaba de miedo, pero se tranquilizó poco a poco: ningún ruido de pasos tras de sí. Cuando había recorrido dos tercios de la calle estaba casi a punto de reírse de sus temores, pero lo que aconteció en aquel momento acabó con su seguridad: oyó la detonación de un arma de fuego al mismo tiempo que una bala le pasó rozando las orejas. 

La tentativa de asesinato de que acababa de ser víctima provocó en el capitán el deseo de lanzarse a la persecución del tirador, pero muy pronto renunció a este proyecto; primero por la oscuridad reinante y luego porque las construcciones existentes a lo largo de toda la calle ofrecían demasiados escondites. Por otro lado, todo estaba en calma y ningún ruido podía orientar a Barton en su búsqueda. Reemprendió su camino.

Algunos segundos después surgió el espantoso hombrecillo que había encontrado anteriormente. Pasó muy de prisa por delante de Barton, que le oyó murmurar con furia:

—¿Todavía vivo? ¿No ha muerto aún? ¡Ah, esto ya...!

Desde entonces, los tormentos del capitán empezaron a reflejarse en sus conversaciones y en su rostro; los que le conocían notaron que parecía sufrir una cruel enfermedad. No había denunciado la tentativa de asesinato e incluso no dijo nada sobre ello durante varias semanas. 

No obstante, el pobre hombre, que no podía justificar el enfriamiento de su relación con miss Montague, tuvo que hacer un considerable esfuerzo para intentar presentar a su novia un aspecto alegre y despreocupado. 

Dada la discreción que conservaba sobre las persecuciones de que era víctima, se podía suponer que sabía qué pensar acerca de la identidad de su verdugo. Pero no es posible mantener impunemente una larga tensión nerviosa, y por ello el capitán se hacía cada día más impresionable y menos capaz de soportar las furtivas apariciones de su enemigo.

Un día decidió confesar lo que le atormentaba a un célebre capellán, el reverendo Zorling, que le había conocido en otra ocasión. Es muy fácil de adivinar cuánto costaba al orgullo racionalista del capitán semejante determinación. El pastor estaba en su habitación de trabajo y se dedicaba a su ocupación favorita, el estudio de la teología, cuando Barton fue a verle. Zorling consideró por unos instantes la confusión de su visitante, la palidez de su rostro, el desorden en sus vestidos y se preguntó qué cosa debía preocupar al capitán para dejarlo en aquel estado.

Después de las banalidades acostumbradas, Barton empezó a hablar:

—Debéis considerar muy extraña mi visita; en realidad, la naturaleza de nuestras relaciones no me autorizaba propiamente hablando a ella; de hecho sólo la justifican las extraordinarias circunstancias que la han provocado. Me atrevo a pensar que perdonaréis mi intrusión cuando conozcáis exactamente el motivo.

El reverendo Zorling le aseguró que no le molestaba lo más mínimo, que era bien recibido, que podía confiar en él y que esperaba justificar la confianza de la que era merecedor. Barton continuó; hablaba con una voz entrecortada, sus ojos miraban al vacío:

—Quiero pediros consejo, reverendo, y solicito... vuestra bondad..., vuestra paciencia, más que otra cosa. Sufro hasta tal punto...

El pastor dijo, dulcemente:

—Amigo mío, haré todo lo que esté a mi alcance, pero temo que...

Barton le interrumpió:

—Sé lo que me vais a decir, que como la ayuda que me podéis brindar es de tipo espiritual, no me será provechosa porque... no soy creyente. Pero, reverendo, no estéis tan seguro de mi falta de fe. De momento, puedo adelantaros que desde hace bastante tiempo los problemas de religión retienen todo mi interés. He llegado a pensar de este modo después de ciertas circunstancias de una naturaleza extremadamente particular.

El fuego brillaba alegremente en la chimenea; Zorling acercó sus viejas manos deformadas por la artritis a las llamas y murmuró:

—Supongo que os preguntáis acerca de las pruebas de la existencia de Dios.

Barton pareció algo confuso, se mordió los labios, abrió la boca, la cerró y al fin se decidió:

—No, realmente, esto no... No me he preguntado a este respecto y no he llegado todavía a discutir estos asuntos... Sólo...

Balbuceaba, murmuraba entre dientes, y el pastor le rogó que hablara con mayor claridad. El capitán se echó hacia atrás sobre su silla, pareció tomar una enérgica resolución y empezó:

—Sabréis, todo el mundo sabe hasta qué punto desconfío de lo que se denomina la revelación, pero hay una cosa de la que estoy convencido y es que existe más allá de nosotros un mundo sobrenatural del que no tenemos normalmente conciencia, felizmente sin duda... Sea como fuere, sé que existe y que un Dios terrible es su dueño. También sé que castiga nuestras faltas de una manera indirecta, pero espantosa. Lo sé, reverendo, porque yo soy la víctima de la cólera de este Dios, porque sufro, en vida, los horrores del infierno y un demonio se ha empeñado en mi perdición.

A medida que Barton hablaba, el ritmo de su discurso se aceleraba, parecía estar al borde de la crisis nerviosa y el reverendo Zorling estaba muy preocupado por esta actitud tan distinta de la acostumbrada calma del capitán. Se recogió unos minutos, y luego dijo:

—Me doy cuenta de que sufrís enormemente, querido capitán, pero ante todo querría sugeriros que los trastornos a los que atribuís un origen celestial puedan deberse a males estrictamente fisiológicos, aunque esto pueda pareceros muy banal. Podría ser que un cambio de aires y algunos tonificantes os devuelvan la alegría de vivir. La gente se ha burlado de Hipócrates y de su teoría de los humores según la cual los trastornos del espíritu provenían la mayoría de las veces de la afección de alguno de nuestros órganos. Me parece que encierra mucha más sabiduría que la mayor parte de las teorías actuales. Sea como fuere, estoy convencido de que un régimen adecuado, un cambio de aires, es decir, mucho ejercicio, serán el remedio más seguro para vuestros males.

El capitán se encogió de hombros con una especie de furor desesperado:

—No estoy en condiciones de engañarme con falsas esperanzas, reverendo, y la única oportunidad que tengo es combatir al ser sobrenatural que me persigue por medio de otro, más poderoso y que esté completamente a mi favor.

—¡Oh! ¡Oh, capitán, no caigáis en el maniqueísmo! ¿Cómo podéis determinar la naturaleza de lo que os atormenta? Otras personas han sufrido tanto o más que vos sin por ello...

Barton le interrumpió; parecía estar a punto de estallar:

—No, no, yo no soy supersticioso, muy al contrario, e incluso quizá fui demasiado tiempo escéptico. De todas formas, no hago más que fiarme del testimonio constante y repetido de mis sentidos, no puedo rechazar hechos materialmente verídicos que otras personas han podido constatar en mi compañía. Lo que no tengo más remedio que admitir es que no puedo ponerlo en duda porque tengo cantidad de pruebas materiales de ello, y es que estoy perseguido por un DIABLO.

El rostro del capitán estaba dominado por un indescriptible terror, y Zorling se estremeció:

—¡Que Dios os ampare! ¡Que Dios os ampare! —exclamó.

—¿Lo hará? ¿Creéis que lo hará?

—Si le rezáis...

—No puedo, lo he probado, mi fe en Él es insuficiente y no puedo pronunciar palabras sin creer.

—Perseverad y obtendréis lo que buscáis.

—Imposible, cada vez que he intentado rezar, una angustia insondable y misteriosa se ampara de mi ser. Yo no puedo soportar la idea de la eternidad y de un creador. Mi espíritu se niega a ello, es así, no puedo hacer nada más y si tengo algún modo de salvarme, no será precisamente con plegarias.

El reverendo Zorling dijo:

—Entonces, no veo la manera de ayudaros, mi pobre amigo; decidme lo que esperáis de mí.

Barton se esforzaba en mantenerse tranquilo.

—Os lo voy a explicar todo, todo lo que me ha ocurrido y que todavía me ocurre, todo lo que me hace odiar la muerte y detestar la vida.

Entonces narró detalladamente todo lo que el lector ya conoce, y concluyó:

—Esto es todo. Ahora estas persecuciones son constantes y sólo estoy en calma algunos momentos. ¡Oh! Naturalmente, no siempre veo a mi torturador, pero oigo cosas muy extrañas, risas sardónicas, llamadas innombrables. Cuando camino por las calles, me siguen. Voces me gritan a los oídos que mis crímenes son imperdonables, que claman venganza y que seré condenado.

De pronto, palideció:

—Escuchad, escuchad, esto vuelve a empezar. ¿Os dais cuenta de que no estoy loco?

El viento se había calmado bruscamente y en medio de su susurro le pareció o imaginó oír plañidos, gritos de rabia y risas demoníacas.

—¿Qué pensáis de esto? —gritó Barton, que parecía sobreexcitado.

El pastor, superando poco a poco el terror que se había amparado de sí, murmuró:

—No era más que el viento. ¿Qué veis de extraordinario en ello?

No estaba muy convencido de lo que acababa de decir, pero quería calmar a su visitante. Su falsa tranquilidad no logró el resultado que había previsto, pues Barton gemía:

—Era el diablo, reverendo, el Maligno, Satán, todo lo que queráis menos el viento; no, ¡el viento seguro que no!

Zorling estaba mucho menos convencido de lo que quería dar a entender, y el capitán se daba cuenta de ello. Dijo:

—Sé lo que me vais a decir, pero... ¿cómo resistir lo irresistible? ¿Qué debo hacer, qué puedo hacer?

—Poner freno a vuestra imaginación y dejar de atormentaros.

Barton se levantó y se puso a dar vueltas alrededor de la mesa a grandes zancadas:

—Yo no me imagino nada. ¿He imaginado lo que vos mismo habéis oído, he imaginado la criatura maldita que dos de mis amigos han visto tan bien como yo mismo?

El reverendo Zorling estaba confundido; no sabía exactamente qué decir y acabó por aconsejar al capitán:

—Según lo que comentáis, habéis visto a menudo a la... persona que os persigue. ¿Por qué no intentáis hablar claramente con ella? Sabéis que, reflexionando bien, todo puede explicarse, absolutamente todo, sin por ello tener que utilizar la intervención de factores sobrenaturales.

—¡Sí, claro que sí! —dijo pensativamente Barton—. Lo que pasa es que yo sé, debido a ciertos hechos que me parece inútil contaros, sé que esta aparición procede del diablo. Si quisierais os podría dar mil pruebas irrefutables de ello. Me aconsejáis hablar con él... él..., en fin, esta persona, pero no puedo, es más fuerte que yo. Cuando estoy en su presencia, sufro todos los tormentos del infierno, pierdo el uso de todas mis facultades; querría no morir jamás —sé demasiado bien lo que me espera cuando esto ocurra— sino fundirme en una nada absoluta. Cómo queréis que hable en semejantes condiciones... ¡Oh! Sufro demasiado, Dios mío, sed misericordioso, no me atormentéis más.

El capitán, después de pronunciar estas palabras, se había desplomado sobre una silla y parecía poseído por horribles sufrimientos. Al cabo de unos minutos, prosiguió:

—Sé que haréis lo imposible por mí, puesto que ahora sabéis la naturaleza y la causa de mis sufrimientos. Creo que habéis comprendido la impotencia en ayudarme a mí mismo y os ruego que recéis por mí. Quizá vuestra acción tenga cierta influencia, no sé... En todo caso, reverendo, dejadme ilusionar con que interpondréis vuestros rezos entre mí y mi perseguidor, dejad que crea que Dios os escuchará... Desearía tanto lograr un poco de tranquilidad...

El pastor aseguró a su visitante que rogaría por él y lo condujo hasta su coche. Una vez solo, Zorling meditó mucho tiempo sobre la extraña confesión que le había hecho el capitán Barton.

En lo sucesivo, los tormentos del capitán fueron tan visibles que el rumor público se amparó de ellos y les atribuyó mil causas distintas: se hablaba de dificultades económicas o de pesares por haber decidido casarse tan pronto. 

Algunos sugerían, al fin, que en última instancia el excelente Barton podía sufrir una enfermedad mental. En verdad debo decir que esta hipótesis parecía la más digna de crédito y se daba por verdadera en los salones de la ciudad.

La joven miss Montague se había dado cuenta muy pronto de cómo se había modificado el carácter de su prometido, pero a pesar de su intuición femenina, no pudo adivinar la razón que empujaba a Barton a no verla más que en raras ocasiones. 

Su tía, lady L..., extrañada primero, inquieta luego, alarmada al fin, resolvió preguntar a Barton qué es lo que le ocurría. El capitán se resignó a hablar y si la certidumbre de que no era nada que las afectara tranquilizó primero a las damas, se alarmaron enseguida por las consecuencias fatales que parecían tener sobre su salud e incluso la razón del desgraciado hombre.

Poco tiempo después, el general Montague llegaba de las Indias. Conocía a su futuro yerno desde hacía muchos años, no ignoraba nada de su situación financiera ni de sus relaciones y lo consideró como un partido más que honorable para su hija. El general fue puesto al corriente de las «visiones» del capitán, lo que hizo mucha gracia al excelente militar que corrió a casa de Barton:

—Querido amigo —le dijo—, mi hermana lady L... me ha explicado que sois presa de Dios sabe qué diablos de una clase nueva. ¿Qué es esta fantasía?

El capitán suspiró; parecía abrumado. Montague continuó:

—¡No os entiendo, amigo! Tenéis una cara de muerto cuando estáis a punto de contraer matrimonio.

—Por favor, cambiemos de tema, general.

—¡Oh, no! —dijo el otro, con esa obstinación testaruda y esa falta de tacto que forman el patrimonio exclusivo de los militares de carrera cuando han llegado a un alto grado—. ¡Oh, no! Por el contrario, hablemos de ello. Quiero comunicaros lo que pienso de este absurdo problema: un bromista de mal gusto os ha puesto en ridículo, de muy mal gusto, en esto estoy de acuerdo, pero no vale la pena preocuparse. Para hablar claro, lo que me han contado me ha afligido; en fin, querido amigo, basta con hacer una pequeña investigación para esclarecer este supuesto misterio. Necesitaríamos una semana...

Barton suspiró, tristemente:

—General, ignoráis...

—Pero no, santo Dios, sé que es un asqueroso hombrecillo, casi un enano, el que os atormenta. Lleva un gorro y una levita y un chaleco rojo. Tiene una espantosa cabeza y os sigue por todas partes, burlándose de vos y buscando cualquier ocasión para asustaros. Pues bien, palabra de Montague, que lo atraparé a este farsante y le quitaré las ganas de continuar. Lo haré azotar en la plaza pública, le...

—Es lo que os decía, no sabéis nada. Si tuvieseis las mismas pruebas que yo, mi general, comprenderíais que es imposible hacer lo que decís...

—Esto lo veremos cuando os traiga, debidamente atado, al responsable de vuestros temores. ¿Os apostáis algo?

De repente se interrumpió. Barton acababa de saltar lejos de la ventana por donde hacía unos instantes estaba mirando. Estaba pálido y balbuceaba señalando la calle:

—¡¡Lo he visto, está... está... allí!!

 

(CONTINUARÁ...) 

El tranvía fantasma - Benoit J Suykerbuyk

—¡Que llega el tranvía fantasma! —gritaba la gente mientras corría por la calle.

Los niños empezaron a chillar excitados, sin hacer caso de las llamadas de sus maestros. Pronto todo el mundo se parapetó detrás de las empalizadas que habían levantado los miembros de la Defensa Civil.

Casi las dos de la tarde. Siempre aparecía a esa hora. Aunque la curiosidad era muy grande, nadie se preocupó ya más en saltar las empalizadas. El número de accidentes había aumentado rápidamente. La primera víctima, seis meses atrás, fue un niño de dos años, atropellado mientras jugaba en aquellos raíles que desde hacía más de diez años no se utilizaban.

Dijeron que había sido un coche conducido por alguna de esas personas que siempre tienen prisa. Pero al día siguiente, tres hombres fueron testigos de la muerte de un borracho. En el cuerpo de las víctimas no se encontró ninguna herida, ni el más leve rasguño. El forense dictaminó muerte por causas desconocidas.

Las dos de la tarde. Allí estaba. Ni un susurro se oía mientras «la cosa» rodaba sin hacer ruido.

Entonces ocurrió algo en lo que nadie había reparado. Un hombre iba corriendo por la calzada y subió en el último instante al tranvía. Luego este desapareció al doblar la esquina. Era inútil seguirlo hasta allí, pues los raíles no iban más lejos...

Al día siguiente, a las dos de la tarde, un cuerpo fue empujado fuera del tranvía por manos invisibles. Rápidamente acudió la gente para ayudar al hombre. Con la mirada perdida en el vacío, y con el movimiento de sus manos, parecía contener algo, defenderse de algo situado frente a él, al mismo tiempo que murmuraba presa de espanto:

—No lo haga, no lo haga, no lo haga... —repetidamente, sin cesar, continuamente—: ¡No lo haga, no lo haga, no lo haga...!

Pero lo más horrible y espantoso era que las ropas de aquel hombre estaban sucias, llenas de barro, y despedían un hedor tan repugnante como si se hubiera revolcado en una tumba recién abierta...


Jimmy - Lester del Rey

Siempre he pensado que el encontrar a un fantasma habría de ser una cosa bastante reconfortante. Cuando un hombre ha pasado de los cincuenta y tiene edad suficiente para hacerse una idea de la muerte, todo lo que demuestre que no se llega a un final completo y absoluto, vacío de significado, ha de ser un consuelo. ¡Ni siquiera el verse uno condenado a frecuentar un determinado lugar, a solas, durante toda la eternidad tiene el horror del no ser!
Naturalmente, la religión proporciona esperanzas a ciertas personas; pero la mayoría no tenemos ya la fe de nuestros mayores. Un fantasma debería constituir una prueba en contra de la inimaginable finalidad de la muerte.
Así solía pensar yo. Ahora, no lo sé. Ojalá supiera explicar lo de Jimmy...
Le oíamos, no cabe duda. A la muerte de mamá, toda la familia le oyó, incluso mi hermana Agnes, que es la atea más convencida que conozco. Hasta su hermana menor, que se hallaba en el piso de abajo a la sazón, subió corriendo para ver quién era el otro niño. No, no se trató de una alucinación colectiva, como tampoco se trató de algo que pueda explicarse por las leyes naturales que conocemos.
El doctor también oyó aquello, y por la cara que puso me figuro que había oído a Jimmy anteriormente y más de una vez. De todos modos, no quiere hablar del asunto, y los otros no habían podido vivir una experiencia anterior, porque nunca habían estado allí. Yo soy el único que puede declarar que he oído a Jimmy en otras ocasiones, aparte de aquélla. Ojalá no hubiera de reconocerlo así, ni siquiera ante mí mismo.
Eramos una familia numerosa, aunque la tradición de las familias numerosas estuviera dando ya las últimas boqueadas, a la vuelta del siglo. Mamá y papá lo habían querido así, y las cuatro niñas que perecieron antes de tener la menor posibilidad de vivir no cambiaron mucho las cosas. Quedamos con vida seis muchachos y tres chicas, y para mamá esto lo justificaba todo. 
Me figuro que habríamos sido una familia más numerosa aún, si un toro enfurecido no hubiese matado a papá, mientras yo estaba lejos, salvando al mundo para la Democracia. Quizá mamá hubiera encontrado otros maridos —la extensa finca de lowa, con su grande y antigua casona se los habría proporcionado—, pero se había pronunciado resueltamente contra semejante posibilidad. 
Nosotros, los hermanos mayores, nos fuimos a trabajar a la ciudad, ayudando a los otros a cursar sus estudios hasta que también ellos encontraron empleos. Con el tiempo, mamá se quedó sola en la vieja casa, mientras la ciudad crecía y se desparramaba, hasta que la finca fue vendida a parcelas, porque ya se hallaba en la periferia.
Eso le procuró a mamá una pequeña fortuna, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. No parecía necesitarnos, y se iba volviendo una persona de conducta atontada y con la cual resultaba difícil tratar. De modo que, poco a poco, nuestras visitas se fueron haciendo más escasas. 
Yo trabajaba en Des Moines y era el que vivía más cerca de ella; pero tenía mi propia vida, y, por otra parte, mamá parecía dichosa y capaz, a pesar de haber dejado bastante atrás los setenta años.
Yo le enviaba felicitaciones en su cumpleaños y en las fiestas importantes —o al menos Liza se las enviaba en mi nombre— y seguía cultivando el propósito de ir a verla. Pero mi hijo mayor pareció desmoronarse, después de la Segunda Guerra Mundial; mi hija se casó con un camionero y tuvo gemelos antes de encontrar un apartamento decente; a mi hijo pequeño lo hicieron prisionero en Corea; a mí me ascendieron a presidente de la compañía de materiales para tejados, y, en el club, un profesor nuevo me entrenaba a marcar más de noventa la mayor parte del tiempo.
Entonces mamá empezó a escribir cartas; las primeras cartas de verdad que escribía en muchos años. Eran bastante animadas, estaban llenas de pequeñas noticias sobre algunos vecinos, los nuevos cortinajes de las ventanas, una receta para preparar pastel de mantecado de limón, y cosas así. Al principio lo consideré una señal excelente. Luego advertí algo en ellas que empezó a inquietarme. De todos modos, hasta la quinta no encontré nada concreto.
En ésa escribía unas cuantas palabras sobre el maestro nuevo de la antigua escuela. Yo repasé la carta un par de veces antes de recordar que el edificio escuela había sido demolido quince años atrás. Después de darme cuenta de este detalle, otras cosas empezaron a conjuntarse. Las cortinas que mencionaba las había puesto hacía varios años, y la receta era la primera que preparó... ¡aquella que siempre salía demasiado dulce, antes de que la modificara! Había otras cosas, además.
Todo ello no cesaba de inquietarme, y por eso telefoneé. Mamá tenía una voz excelente, aunque estaba un poco preocupada temiendo que me hubiera pasado algo. Habló un par de minutos; luego murmuró algo acerca de tener el almuerzo en la estufa, y colgó rápidamente. No podía ser más normal. Saqué mis palos y había bajado la mitad de los escalones de la fachada cuando algo me hizo retroceder para repasar nuevamente sus cartas.
Después telefoneé al doctor Matthews. Al cabo de medio minuto invertido en identificarme, le pregunté por mi madre.
Su voz se revistió inmediatamente del acento profesional. La anciana estaba muy bien... en unas condiciones físicas notablemente buenas para una mujer de su edad. No, no había motivo alguno para que fuera allá en seguida. No le pasaba nada, en absoluto.
El médico extremaba la nota, al mismo tiempo que no sabía esconder por completo la inquietud de su voz. Supongo que por aquellas fechas yo había pensado en tomarme unos días de vacaciones, en el futuro, para ir a verla. Pero apenas hubo colgado el teléfono el médico, volví a dejar los palos en el armario y me cambié de ropa. Liza estaba fuera, en algún club de perfeccionamiento, y le dejé una nota. Ella se había llevado el convertible, de modo que yo estaba de suerte. 
Habíamos traído recientemente el «Cadillac» nuevo de que le hicieran un repaso y estaba ideal para una buena carrera. Además, con él corría menos peligro de que me regalaran una papeleta de multa, si pisaba con algún exceso el acelerador; la mayoría de guardias se sienten inclinados a mostrarse menos duros con los personajes que conducen coches de esa categoría. Así pues, corrí bastante todo el camino.
Matthews seguía viviendo en la misma casa; pero la blancura de su cabello me causó una viva impresión. Me miró arrugando la frente, examinándome con la mirada desde la cintura hasta el poco cabello que me quedaba, para descender de nuevo hacia el rostro. Luego levantó la mano pausadamente, dirigiendo una rápida ojeada al «Cadillac».
—Supongo que ahora todo el mundo te llama A. J. —comentó—. Y puesto que ya estás aquí, entra.
Me hizo cruzar la sala de espera y me acompañó al consultorio. Sus ojos volaron de nuevo hacia el coche, en el exterior. No sé de dónde, sacó una botella de buen whisky escocés. Viendo el signo afirmativo que le hice, mezcló licor con agua de una nevera. Luego se acomodó, estudiándome mientras ocupaba su sillón habitual.
—Conque A. J., ¿eh? —comentó otra vez. Pero me pareció advertir cierto deje ácido en sus palabras—. Esto da a entender que has triunfado. Pensaba que tu madre había dicho algo acerca de que, hace unos años, tú te encontraste en un apuro.
—No financiero —puntualicé. Yo habría pensado que sólo se acordaba Liza de aquello. A la sazón debió de escribir a mi madre; porque yo había cuidado de que la noticia no llegara a los periódicos. Y luego que me avine a comprar la línea de camiones para mi yerno, Liza acabó perdonándome definitivamente. No era asunto de la incumbencia de Matthews; pero me acordé de que por aquellas latitudes los médicos se consideran con derecho a saberlo todo y enterarse de todo—. ¿Por qué, doctor?
El hombre me estudió, dejó que sus ojos volvieran a recorrer el coche, y luego levantó el vaso para apurar el whisky.
—Simple curiosidad... No, caramba, tanto da que sea sincero. Al fin y al cabo, la verás dentro de unos momentos. Es una anciana, Andrew, y posee una fortuna que podríamos calificar de muy saneadita. Cuando los hijos, que no se han acordado de ella durante años enteros se presentan de pronto, puede que no sea por cariño. ¡Pero yo no permitiré que ahora le pase nada a Martha!
Las implicaciones de estas palabras encajaban demasiado con mis propias sospechas, que noté se consolidaban, mezclándose con disgusto y un toque de miedo. No quería hacer la pregunta. Quería enojarme con él, y acusarle de viejo entrometido. Pero había de saberlo.
—¿Quiere decir... demencia senil?
—No —respondió prestamente, enarcando un poco una ceja—. ¡No, Andrew, no está loca! Está en excelentes condiciones físicas, y bastante cuerda para cuidar de sí misma durante los quince años que es probable que aún viva. No necesita médicos de lujo ni psiquiatras. Acuérdate de esto, nada más, y de que es una anciana. 
¡Trece hijos en menos de veinte años! Viuda antes de los cuarenta. Solitaria todos estos años últimos, aunque sea demasiado independiente para molestar a sus hijos. Las ancianas tienen derecho a toda suerte de felicidad que puedan proporcionarse. ¡No lo olvides!
Se interrumpió; pareció sorprendido de sí mismo. Luego se puso en pie y cogió el sombrero.
—Vamos, te acompañaré.
El buen médico me fue dando una lección de historia local mientras corríamos por unas calles en las que, la última vez que estuve por allí, se cultivaba el maíz. Donde antes había la arboleda, ahora se levantaba un hospital, y la fuente antigua quedaba escondida por una casa de vecinos. La casona en que nacimos nosotros continuaba en pie, extendiéndose con fea afectuosidad entre aquellas imitaciones de cajas de piano a las que hoy en día llaman casas.
Quise volverme; pero Matthews me hizo seña de que le siguiera por la acera. La puerta de la calle continuaba abierta. El médico entró, ladeando la cabeza hacia las escaleras.
—¡Martha! ¡Eh, Martha!
—Ha vuelto Jimmy, doctor —respondió desde arriba una voz. Era la de mi madre, inalterada, salvo por un canturreo desconcertante, que no le había oído nunca, y exhalé un profundo suspiro de alivio.
—Muy bien, Martha —contestó el médico—. Le veré un momento, pues, y más tarde la visitaré a usted. Porque cuando vea a quién le traigo, no me querrá por aquí. ¡Es Andrew!
—¡Qué bien! ¡Dígale que se siente, y me visto en un minuto!
El doctor levantó los hombros.
—Pasaré unos minutos sentado en el jardín —me dijo—. Luego regresaré allá en taxi. Pero, recuérdalo: tu madre merece toda la dicha que se pueda procurar. ¡No se la arruines!
El médico salió por la puerta del fondo; yo encontré el saloncito y me dejé caer en el viejo sofá. Luego arrugué la frente. Lo habíamos subido al ático en 1913, cuando papá compró el mobiliario nuevo. Afiné la mirada a través de la semioscuridad y fui distinguiendo todos los muebles antiguos. 
Hasta la alfombra era la misma que había cuando yo era pequeño. Entonces pasé a las otras habitaciones, y las encontré tal como estaban cuarenta años atrás, excepto por el televisor de la sala de estar y la cocina, completamente moderna, con una olla de sopa burbujeando a lomos del fogón.
Volvía a sentir una especie de nudo en la garganta y la misma inquietud que experimentaba anteriormente, cuando el sonido de pasos en las escaleras me hizo levantar los ojos.
Mamá bajaba, con cierta lentitud, pero sin ningún signo de debilidad. No apoyaba la mano en la baranda. Habría podido hacer juego perfectamente con los muebles de la casa, salvo por las arrugas y el cabello blanco. Llevaba un vestido nuevo, ¡aunque copia exacta del que solía llevar cuando yo era niño todavía!
Parece que no oyó la exclamación que emití. Su mano se levantó para coger la mía, y todo su cuerpo se inclinó adelante para besarme en la mejilla.
—Tienes muy buen aspecto, Andrew. Ea, veamos, veamos. Hummm. Liza te alimenta bien, lo noto. Pero apuesto a que te comerías una sopa y un pastel realmente preparados en casa, ¿eh? Ven a la cocina. Te los preparo en un minuto.
No sólo estaba en excelente forma física, sino que parecía quince años más joven de lo que realmente era. Y hasta se acordó de llamarme Andrew, en lugar de los varios apodos cariñosos que utilizó durante mi infancia. ¡Aquello no era senilidad! 
Una mujer senil habría echado mano del más antiguo de dichos apodos, según yo recordaba muy bien, en particular por haber tenido que luchar denodadamente para conseguir que abandonase los nombrecitos de la niñez. Sin embargo, la casa...
Mi madre iba y venía por la cocina, y me sirvió una sopa caliente riquísima. Cuando yo era niño, mi madre no era buena cocinera; pero había ido mejorando continuamente, y ahora resultaba superlativa.
—Supongo que el doctor ha pronunciado bien el nombre de Jimmy —dijo con toda naturalidad—. Ahora se ha ido a correr por ahí. Bueno, después de pasarse dos semanas encerrado aquí con el sarampión, no puedo reprochárselo. Recuerdo cómo estabas tú cuando lo tuviste. ¿Te has fijado en cómo he ordenado la casa, Andrew?
—Me he fijado en los muebles antiguos. Pero ¿ese Jimmy...?
—Ah, tú no le conoces, ¿verdad que no? No importa; le conocerás. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte, Andrew?
Procuré imaginarme la situación, mientras maldecía al doctor por no haberme avisado. Claro, había oído algo acerca de que uno de mis varios sobrinos había quedado viudo. ¿Sería el que tenía ese muchacho joven? Pero ¿no se marchó a Alaska? No, ése era el hijo de Frank. Además, ¿por qué había de cargar nadie a mi madre con las tareas de cuidar a un chiquillo? Había una multitud de mujeres más jóvenes en la familia.
Advertí que me miraba fijamente, y recobré la compostura.
—Saldré dentro de un par de horas, madre. Solamente...
—Has sido muy amable viniendo —me interrumpió, siguiendo su vieja costumbre de interrumpir nuestras respuestas—. Tenía siempre el propósito de ir a veros a ti y a Liza; pero el arreglo de la casa me tuvo muy ocupada. Dos hombres bajaron los muebles del ático; pero todo lo demás lo hice yo sola. Con estos muebles antiguos aquí, me siento más joven.
Echó en un plato una cuarta parte de pastel de melocotón y me lo puso delante, junto con una buena taza de café caliente. También ella se sirvió pastel de melocotón y se llenó la taza de café. Yo me representaba mentalmente a Liza con sus vitaminas y sus dietas. ¿Cuál era la senil?
—Ahora Jimmy va a la escuela —dijo—. Está loco por su profesora, además. ¿Más pastel, Andrew? Tendré que guardar un trozo para el pequeño Jimmy, pero todavía quedan dos.
Se oyó un ruido súbito en el exterior; mamá se levantó de un salto y fue apresuradamente hacia la puerta trasera. Luego volvió a entrar en la cocina.
—No era nada —explicó—. Sólo el hijo de una vecina tomando un atajo. De todos modos, me gustaría que fuesen más agradables y jugasen con Jimmy. A veces se siente solo. ¿Te gusta mi cocina, Andrew?
—Es bonita —dije con cautela, procurando no perder los hilos de la conversación—. Pero bastante moderna.
—La cocina y el televisor, en efecto —convino alegremente—. Hay cosas modernas que son bonitas. También lo son algunas antiguas. En la cama tengo un colchón de espuma de caucho; pero el resto del cuarto... Sube, Andrew. ¡Te enseñaré una cosa que me parece elegante de veras!
La casa estaba limpia y no tenía ninguna habitación cerrada. Yo lo iba meditando mientras subíamos las escaleras. Y no había visto ninguna criada. Mi madre soltó un bufido de desprecio cuando mencioné el hecho.
—Claro que lo hago yo. Es trabajo de mujer, ¿verdad? Además, Jimmy me ayuda un poco. Se está volviendo muy servicial.
El dormitorio era algo digno de ser contemplado. Me recordó lo que había visto yo en grabados y películas sobre los años noventa del siglo pasado; lleno de voluntes y chucherías. El resto de la casa quedaba apagado por el trabajo que habían realizado los años, al pasar, decolorando tapizados y papeles de las paredes. En cambio, aquí todo parecía brillante y nuevo.
—Contraté a un joven decorador de Chicago para que la arreglase —explicó con orgullo—. Como la hubiera querido yo cuando era niña. Costó una fortuna; pero Jimmy me dijo que debía hacerlo, puesto que lo quería así. —Y se rió de buena gana—. Siéntate, Andrew. ¿Qué tal van Liza y tú? ¿Se siguen peleando por aquella bribonzuela con la que te sorprendió, o Liza ha seguido mi consejo? Fue muy tonta al dejar que te enterases de que lo sabía. Yo he comprobado que nunca se muestra tan amoroso un hombre como cuando tiene un pecadillo..., especialmente si a la sazón la mujer le trata con verdadera dulzura.
Pasamos una hora larga hablando de varias cosas, y me sentí muy a gusto. Le expliqué cómo, finalmente, nos devolvían nuestro hijo menor; embarcaría pronto. Me dejé regañar por consentir cómo consentía que mi hijo mayor abusara de mí, y por lo que ella llamaba mi estupidez en relación a mi yerno. Su idea de dejarle, al principio, reducido únicamente a la condición de socio joven no era mala. Hubiera debido ocurrírseme a mí mismo. También me explicó todas las habladurías referentes a la familia. Fuese como fuere, seguía la marcha de los acontecimientos. 
Yo no me había enterado siquiera de la defunción de Pete; aunque sí había tenido noticia de otras dos. Tuve el propósito de asistir a los entierros; pero hubo entonces aquel considerable negocio con la Midcity Asphalt y luego el ímprobo trabajo que nos dio el meter a nuestro hombre en el Congreso. Son cosas que siempre suelen presentarse en los momentos menos oportunos.
Cuando me levanté por fin, no sentía el menor temor de que mi madre pudiera poner en ridículo a la familia. Si Matthews se figuraba que podía molestarme el hecho de que hubiera vuelto a instalar los muebles antiguos y de que hubiera hecho decorar esta habitación a estilo ultramoderno, y no importa lo que le hubiera costado, él era quien estaba senil. 
En verdad, me sentía a gusto. Aquello había sido mejor que una partida entera de golf, ganando yo. Me puse a decirle que pensaba volver pronto. Hasta pensaba traer a Liza y la familia, cuando hiciera las vacaciones, en lugar de irnos a Bermuda como habíamos hablado.
Ella se levantó para besarme otra vez. Luego se contuvo.
—¡Dios santo! Ya te marchas, y todavía no conoces a Jimmy. ¡Siéntate un momento, nada más, Andrew!
Levantó prestamente la persiana, dando paso al olor de las rosas de detrás de la casa.
—¡Jimmy! ¡Jimmy! Se hace tarde. Entra. Pero lávate la cara y las manos antes de subir. Quiero que conozcas a tu tío Andrew.
Mamá regresó, sonriendo como si pidiera excusas.
—Es mi mimado, Andrew —dijo—. Yo siempre procuré ser equitativa en el amor a mis hijos; ¡pero pienso que a Jimmy le tengo un cariño especial!
Abajo se oyó el ruido de una puerta cerrándose con cuidado; luego percibí las pisadas apagadas de un muchacho subiendo hacia la cocina. Mamá continuaba sonriendo con ancha sonrisa, más dichosa de lo que la había visto yo en muchos años... desde que murió papá, en realidad. Luego las pisadas sonaron en las escaleras. 
Yo sonreía para mí mismo pensando que Jimmy debía de subir los escalones de dos en dos, utilizando la baranda para darse impulso. De pequeño, yo siempre lo hacía así. Estaba meditando en cuán similares son todos los muchachos cuando las pisadas llegaron al rellano y se encaminaron hacia la habitación.
Me disponía a mirar hacia la puerta; pero el cambio operado en el rostro de mi madre me llamó la atención. De pronto parecía incluso joven, y los ojos le brillaban mientras fijaba la mirada en la puerta, detrás de mí.
Oí el leve ruido de la misma al abrirse y cerrarse, e inicié el movimiento de volverme. Pero entonces sentí un cosquilleo en el espinazo. ¡Allí había algo anormal!
Luego, al dar media vuelta, lo reconocí. Cuando se abre una puerta, el aire de la habitación se mueve. Y aunque nunca nos fijamos en este movimiento, si no se produce nos llama la atención. Entonces, esta anormalidad nos dice que no pudo tratarse de una puerta auténtica. Esta vez, el aire no se había movido.
Ahora los pasos sonaban delante de mí, indecisos, como los de un muchachito tímido, de unos seis años. Pero allí no había nadie. La gruesa alfombra no se hundía siquiera mientras el suave sonido de los pasos se acercaba y se paraba, enfrente mismo de mí.
—Este es tío Andrew, Jimmy —anunció mi madre, gozosa—. Dale la mano como un niño bien educado, vamos. Ha venido de lejos, de Des Moines, para verte.
Yo tendí la mano, impulsado por un vago deseo de complacerla, al mismo tiempo que sentía correr un sudor frío por los brazos y las piernas. Hasta moví la mano como si alguien me la estrechara. Luego me dirigí con paso inseguro hacia la puerta, la abrí de golpe y empecé a bajar las escaleras.
Detrás, sonaban inciertos los pasos del niño, siguiéndome hasta el rellano. Pero a continuación los apagaron las pisadas de mi madre, al bajar rápidamente las escaleras para alcanzarme.
—¡Andrew, pienso que en presencia de un niño te vuelves tímido! Tú no me engañas. ¡Te marchas corriendo, sólo porque no sabes qué decirle a Jimmy! —Y sonreía divertida. Luego me cogió la mano de nuevo—. Vuelve pronto, muy pronto, Andrew.
No sé cómo, pero creo que pronuncié las frases oportunas. Ella se volvió para subir las escaleras de nuevo, al mismo tiempo que yo oía el crujido de unas pisadas arriba, allí donde no había nadie. Luego salí de la casa y subí al coche. Tuve la buena suerte de encontrar un par de sorbos de whisky en una botella de la guantera. Aunque el licor no me sirvió de mucho.
Evité el pasar por delante de la vivienda del doctor Matthews. Me dirigí hacia la carretera principal y apuré al máximo el potente motor, sin que me importara la policía. Quería poner toda la distancia que pudiera entre mi persona y las pisadas espectrales del pequeño Jimmy. ¿Un fantasma? ¡Ni eso siquiera! Sólo unas pisadas y el ruido levísimo de una puerta que no se abrió. Jimmy no era ni un fantasma siquiera; no podía serlo.
Tuve que disminuir la marcha cuando brotó de mi garganta la primera carcajada. Salí de la carretera y dejé que la risa me sacudiese, hasta que el dolor de costado acabó por cortarla.
Después de este desahogo me sentí mejor. Y cuando volví a poner el «Cadillac» en marcha, empezaba a pensar. Al llegar a las afueras de Des Moines lo tenía resuelto y explicado todo.
Se trataba de una alucinación, por supuesto. El doctor Matthews había tratado de avisarme de que mi madre sufría una determinada forma de chochez. Se había creado un hijo para sí, retrocediendo hasta su propia juventud. El colegio que no existía, la pasión por la profesora, el sarampión..., todo eran cosas reales que volvía a vivir a través de Jimmy. 
Pero como se mantenía tan completamente cuerda sobre cualquier cuestión excepto esta única fantasía, me había engañado, me había hecho creer que estaba en posesión de todas sus facultades. Cuando explicó el retorno de los muebles antiguos, eliminó todas mis dudas, que se habían centrado en este punto.
Sí, me hizo dar por descontado que Jimmy era un niño real. Y me había inducido a oír pisadas cuando su propia actitud de persona que escucha me había preparado para ello. Sus propias, ligeras reacciones, me habían atraído a seguir su imaginación... sin duda vi algún leve gesto y seguí su propia marcha. Aquello había sido estupendamente real, para ella... y yo había sufrido una ilusión de los sentidos.
No era imposible. Ahí está el secreto de muchas de las grandes ilusiones del escenario. Contribuyeron al fenómeno mis propios recuerdos de la vieja casona, y le dio vida el hecho de que ella creía en los pasos como ningún ilusionista de escenario podría creer. Me convencí a mí mismo casi por completo. Tenía que convencerme. Acabé casi desterrando de mi mente aquellas pisadas y no pensé sino en mi madre. 
Las palabras del médico me volvieron a la memoria, y moví la cabeza asintiendo. Se trataba de una fantasía inofensiva, y mi madre tenía derecho a gozar de este placer. Estaba sobradamente cuerda para cuidar de sí misma, sin duda alguna, y mucho mejor, físicamente, de lo que podía reclamar. Con el interés que demostraba el doctor Matthews por ella, no había motivo para que yo me inquietase por nada.
Así que cuando metía el coche en el garaje ya estaba haciendo planes otra vez para organizar la empresa de transportes, siguiendo el consejo que me había dado mamá de constituirme en el socio más antiguo. No había perdido el día, después de todo.
La vida continuaba casi exactamente igual que de costumbre. Mi hijo menor había regresado a casa por una temporada. Yo había esperado su retorno con gran emoción; pero en cierto modo el Ejército había roto los lazos entre nosotros. Ni cuando yo tenía tiempo, nunca hallábamos muchos temas de conversación. 
Se me figura que sentimos una especie de alivio cuando se fue a ocupar un empleo en Nueva York; en todo caso yo estaba muy atareado despejando las consecuencias de una camorra en que se había metido el hijo mayor. Mi hija estaba encinta de nuevo, y su marido daba pruebas de una incapacidad total por colaborar conmigo. No me quedaba mucho tiempo para pensar en el pequeño Jimmy. Liza no me había preguntado detalles del viaje, y era una suerte, porque así nada me impedía olvidarlo en buena parte.
De vez en cuando escribía a mi madre, ahora. Sus cartas se hicieron más largas, y a veces aparecía en ellas el nombre de Jimmy, junto con unos consejos sobre el negocio de los transportes. La mayor parte eran perfectamente inútiles, por supuesto; pero vi que sabía mucho más de negocios de lo que yo me figuraba. Lo cual me daba motivo para volverle a escribir.
Durante un tiempo pagué unos crecidos honorarios a un psiquiatra; pero en general se limitó a confirmar las conclusiones que yo mismo había sacado. Y como las otras tonterías que quería meterme en la mollera no me interesaban, al cabo de un tiempo dejé de consultarle.
Luego me olvidé por completo de esta cuestión. Fue cuando la New Mode Roofing and Asphalt lanzó el primer globo sonda sugiriendo una fusión. Yo había echado la semilla de esta idea durante meses; pero el conseguir que se hiciera de modo que la dirección quedara en mis manos resultó un problema espinoso. Finalmente tuve que ceder en parte, aviniéndome a trasladar la sede general a Akron, cortando, de la noche a la mañana, nuestras raíces de donde las habíamos clavado y aposentándonos de nuevo. 
Liza me armó una escena tremenda, y nuestra hija se negó lisa y llanamente a trasladarse. Hete ahí que cuando el negocio de los transportes empezaba a dejar ganancias, tuve que resignarme a entregárselo por entero a mi yerno. Aunque la separación se nos iba echando encima ya desde que él se negó a despedir a mi hijo mayor de la tarea de conducir un camión con remolque.
Quizá diera lo mismo. Al chico parecía gustarle el cambio. Estaríamos en Akron, nadie sabría nada de lo sucedido, y él saldría mejor librado que cuando rondaba con alguno de los amigos que tenía antes. Pensaba escribir a mamá sobre este asunto, puesto que una vez me lo sugirió, y yo hasta sospechaba que ella tuvo algo que ver. Pero el traslado acaparó toda mi atención. Luego hubo el problema de organizar la nueva empresa.
Decidí visitar a mi madre en lugar de escribirle. Esta vez no me dejaría engañar por aquella alucinación. El nuevo psiquiatra me lo aseguró, y me aconsejó que fuera. Yo había señalado ya en mi calendario la fecha del mes próximo para la visita.
El proyecto no pudo llegar a buen fin. El doctor Mattews me telefoneó a las dos de la madrugada, después de haber perdido dos días averiguando mi paradero a través de amigos y conocidos. Naturalmente, a nadie se le ocurrió buscar mi nombre en una guía comercial.
Mamá tenía pulmonía y la prognosis era desfavorable.
—A su edad, estas cosas son serias —dijo. Y esta vez no daba un tono profesional a la voz—. Será mejor que vengas tan pronto como puedas. Ella ha preguntado por ti varias veces.
—Contrato un avión al momento —respondí. Esto desataría el infierno en la reunión que teníamos convocada para discutir el asunto de las acciones; pero, evidentemente, yo no podía dejar de acudir al lado de mi madre. Casi me había convencido, días atrás, de que la buena mujer continuaría en pie veinte años más. Y ahora—... ¿Cómo ha sido?
—Fue la tormenta de la semana pasada. ¡Salió con los chanclos y un paraguas, en medio de la tormenta, para recoger a Jimmy en el colegio! Se mojó hasta los huesos. Cuando llegué a su casa ya tenía fiebre. Lo he probado todo; pero...
Colgué el aparato sintiendo náuseas. ¡El pequeño Jimmy! Por un minuto deseé que fuera bastante real para poderlo estrangular.
Llamé a la puerta de Liza y le encargué que contratase el avión mientras yo hacía el equipaje y despertaba a mi secretaria por el otro teléfono. Liza me llevó al aeropuerto, donde el aeroplano se estaba calentando mientras esperaba. Me volvía para decir adiós a mi esposa y me encontré con que estaba sacando otra bolsa del portamaletas.
—Te acompaño —anunció llanamente. Inicié una discusión, vi la cara que ponía, y lo dejé.
Unos minutos después, despegábamos.
La mayor parte de nuestros familiares estaban allí ya, rondando por las cercanías del dormitorio recién decorado donde mi madre yacía bajo una tienda de oxígeno; puñados de familiares grandes y pequeños ocupaban todas las habitaciones del segundo piso, fijas las miradas en la cerrada puerta y hablando y discutiendo con los ásperos susurros que la gente emplea en el escenario de la muerte.
Matthews les indicó, con el ademán, que se retiraran y se acercó a mí inmediatamente.
—Me temo que no hay esperanza, Andrew —dijo, con lágrimas en los ojos.
—¿No podemos hacer nada? —preguntó Liza, cuya voz descendió, adoptando el murmullo áspero de las otras—. ¿Nada en absoluto, doctor?
Matthews meneó la cabeza.
—He hablado ya con los mejores colegas de la región. Lo hemos intentado todo. Hasta las plegarias.
Desde un costado del vestíbulo, Agnes emitió un bufido sonoro. Al parecer su ateísmo militante no se dejaba domesticar por nada. No importaba. La casa estaba invadida por la muerte; su presencia era tan clara que se olía. A mí siempre me ha fastidiado el derroche y la banalidad de la muerte. Pero ahora aquello me afectaba personalmente, y era peor. Detrás de aquella puerta cerrada yacía mi madre, moribunda, y no podía hacer nada por socorrerla.
—¿Puedo entrar? —pregunté, contra mi deseo.
Matthews hizo un gesto de asentimiento.
—Ahora ya no puede perjudicarla. Y ella quería verte.
Entré detrás del médico, con los ojos de los demás clavados en mi espalda. Matthews hizo una seña a la enfermera para que saliese y se acercó a la ventanilla. El sonido de asfixia que producía su garganta dominaba el leve silbido del oxígeno. Yo vacilé; después me acerqué a la cama.
Mamá estaba tendida en ella, y tenía los ojos abiertos. Los dirigió hacia mí; pero no se notó que me reconociera. Sus delgadas manos tiraban de la transparente tienda que la cubría. Yo miré a Matthews, quien movió la cabeza lentamente en signo afirmativo.
—Ahora ya no importará.
El médico me ayudó a apartar la tienda. La mano de mi madre tentaba el aire, mientras el ruido sibilante de su respiración aumentaba de volumen. Probé de seguir la dirección de su dedo al señalar. Pero fue Matthews quien cogió un retrato pequeño de un muchachito y se lo puso en las manos. Ella se lo acercó al pecho.
—¡Mamá! —El grito me salió más fuerte de lo que me proponía—. ¡Soy Andy! ¡Estoy aquí!
Volvió los ojos de nuevo y movió los apergaminados labios.
—¿Andrew? —preguntó con voz débil. Luego pasó brevemente por su rostro la sombra de una sonrisa. Meneó un poquitín la cabeza—. ¡Jimmy! ¡Jimmy! —Sus manos levantaron el retrato hasta que pudo verlo—. ¡Jimmy! —repitió.
De abajo subió el sonido de una puerta cerrándose dulcemente, y unas pisadas cruzaron el suelo del piso. Luego emprendieron las escaleras, de dos en dos; pero ahora las pisadas eran rápidas, sin necesidad de la baranda. Cruzaron el rellano. La puerta continuó cerrada, pero se oyó el ruidito de una empuñadura al girar. Unas pisadas jóvenes cruzaron la alfombra, invisibles; era un sonido que parecía reducir al silencio a todos los demás. Las pisadas llegaron a la cama y se detuvieron.
Mamá volvió los ojos en aquella dirección, y la sonrisa se encendió de nuevo. Una mano se levantó. Luego mi madre se echó atrás y dejó de respirar.
El silencio quedó interrumpido nuevamente por el ruido de unos pies..., unos pies más pesados, más seguros, que pareció se plantaban en el suelo bajando de la cama. Sonaron dos series de pisadas. Unas podían ser las de un muchachito. Las otras eran unos sones rápidos, secos que sólo puede producir una mujer joven que se apresura con su primogénito al lado. Las pisadas cruzaron la habitación.
Esta vez no hubo ningún titubeo ante la puerta, ni ruido alguno de que ésta se abriera o cerrara. Las pisadas continuaron por el rellano y las escaleras. Mientras Matthews y yo seguíamos hacia el vestíbulo, las pisadas parecieron acelerarse en dirección a la puerta trasera. Ahora, por fin, se percibió el ruidito suave, pausado de una puerta al cerrarse, y luego el silencio.
Yo miré atrás bruscamente y vi los ojos de todos los demás fijos en la puerta trasera, mientras las estiradas faces revelaban unas emociones de las que nunca había sido testigo. Agnes se levantó despacio, con los ojos hacia lo alto. Sus delgados labios se abrieron, vacilaron y se cerraron en una línea tensa. Volvió a sentarse como una mujer–palo que se plegase, dirigiendo una mirada a su alrededor para ver si los otros se habían fijado.
Su hija subía del piso inferior, corriendo escaleras arriba.
—¡Mamá! ¡Mamá!, ¿quién era el niño que he oído pasar?
Yo no esperé la respuesta, ni las palabras roncas con que Matthews confirmó la noticia del fallecimiento de mi madre. Yo había vuelto al lado del pobre cuerpo anciano, y le quité el retrato de las cerradas manos.
Liza me había seguido; su faz empezaba apenas a recobrar el color.
—Espectros —dijo con voz trastornada. Luego movió la cabeza y su acento se dulcificó—. Era tu madre y una hija que ha venido del otro mundo, a buscarla. Yo siempre pensé...
—No —le dije—. No es una de aquellas hermanas mías que murieron demasiado jóvenes. No es tan sencillo, Liza. No es tan cómodo. Era un niño. Un niño que tuvo el sarampión a los seis años, que subía los escalones de dos en dos..., un niño llamado Jimmy...
Ella me miró fijamente, con expresión dubitativa; luego bajó los ojos hacia el retrato que yo tenía en la mano..., un retrato de mí mismo a los seis años.
—Pero tú... —empezó. En seguida se volvió, sin terminar, mientras los otros empezaban a entrar desordenadamente en la habitación. Tuvimos que quedarnos para la ceremonia, naturalmente, aunque me figuro que mi madre no me necesitaba en el funeral. Ya tenía a su Jimmy.
Mamá quiso que yo me llamase James, en honor a su padre; pero papá se empeñó en que me llamara Andrew, en honor al suyo. Venció papá, y me pusieron Andrew en primer lugar. Pero hasta que cumplí los diez años, mamá siempre me llamó Jimmy. Jimmy, Andy, Andrew, A. J. Recordé que, según las antiguas creencias, el nombre de un hombre formaba parte de su alma.
De todos modos, aquello no tenía sentido, por mucho que quisiera analizarlo. Probé de discutirlo con Matthews; pero el médico no quiso hacer ningún comentario. Lo intenté también con Liza cuando estábamos en el aeroplano, de regreso.
—Creo en el espíritu de mi madre —terminé diciendo. Lo había pasado y repasado todo tantas veces por mi mente, que había acabado aceptando el hecho—. Pero ¿quién era Jimmy? Todos le oímos, hasta la hija de Agnes le oyó desde abajo. De manera que no se trató de una ilusión de los sentidos. Pero no puede ser un fantasma. ¡Un fantasma es un espíritu que ha retornado, el alma de un hombre que falleció!
—¿Y bien...? —preguntó Liza fríamente. Yo aguardé, pero ella continuó mirando por la ventanilla del aeroplano, sin pronunciar ni una palabra más.
Antes solía pensar yo que el conocer un fantasma había de infundirle seguridad a un hombre. Ahora no lo sé. Si al menos pudiera explicarme lo del pequeño Jimmy...