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La coartada perfecta - Patricia Highsmith

La multitud se arrastraba como un monstruo ciego y sin mente hacia la entrada del metro. Los pies se deslizaban hacia adelante unos pocos centímetros, se paraban, volvían a deslizarse. Howard odiaba las multitudes. Le hacían sentir pánico. Su dedo estaba en el gatillo, y durante unos segundos se concentró en no permitir que lo apretara, pese a que se había convertido en un impulso casi incontrolable.

Había descosido el fondo del bolsillo de su sobretodo, y ahora sujetaba la pistola en ese bolsillo con su mano enguantada. Las bajas y anchas espaldas de George estaban a menos de medio metro frente a él, pero había un par de personas entre medio. Howard giró los hombros y se encajó en el espacio entre un hombre y una mujer, empujando ligeramente al hombre.

Ahora estaba inmediatamente detrás de George, y la parte delantera de su sobretodo desabrochado rozaba la espalda del abrigo del otro. Howard niveló la pistola en su bolsillo. Una mujer golpeó su brazo derecho, pero mantuvo firme la puntería contra la espalda de George, con los ojos fijos en su sombrero de fieltro. 

Una voluta del humo del cigarro del otro hombre se enroscó en las fosas nasales de Howard, familiar y nauseabunda. La entrada del metro estaba a tan sólo un par de metros. Dentro de los próximos cinco segundos, se dijo Howard, y al mismo tiempo su mano izquierda se movió para echar hacia atrás el lado derecho de su sobretodo, hizo un movimiento incompleto, y una décima de segundo más tarde la pistola disparó.

Una mujer chilló.

Howard dejó caer la pistola a través del abierto bolsillo.

La multitud había retrocedido ante la explosión del arma, arrastrando a Howard consigo. Unas cuantas personas se agitaron ante él, pero por un instante vio a George en un pequeño espacio vacío en la acera, tendido de lado, con el delgado cigarro a medio fumar aún sujeto entre sus dientes, que Howard vio desnudos por un instante, luego cubiertos por el relajarse de su boca.

—¡Le han disparado! —gritó alguien.

—¿Quién?

—¿Dónde?

La multitud inició un movimiento hacia adelante con un rugir de curiosidad, y Howard fue arrastrado hasta casi donde estaba tendido George.

—¡Échense atrás! ¡Van a pisotearle! —gritó una voz masculina.

Howard fue hacia un lado para librarse de la multitud y bajó las escaleras del metro. El rugir de voces en la acera fue reemplazado de pronto por el zumbido de la llegada de un tren. Howard rebuscó mecánicamente algo de cambio y sacó una moneda. Nadie a su alrededor parecía haberse dado cuenta de que había un hombre muerto tendido en la parte de arriba de las escaleras. ¿No podía usar otra salida para volver a la calle e ir en busca de su coche? Lo había aparcado apresuradamente en la Treinta y cinco, cerca de Broadway. No, podía tropezar con alguien que le hubiera visto cerca de George en la multitud. Howard era muy alto. Destacaba. Podía recoger el coche un poco más tarde. Miró su reloj. Exactamente las 5:54.

Cruzó la estación y tomó un tren hacia el norte. Sus oídos eran muy sensibles al ruido, y normalmente el chirrido del acero sobre acero era una tortura intolerable para él; pero ahora, mientras permanecía de pie sujeto a una de las correas, apenas escuchaba el insoportable ruido y se sentía agradecido por la despreocupación de los pasajeros que leían el periódico a su alrededor. 

Su mano derecha, aún en el bolsillo de su sobretodo, tanteó automáticamente el descosido fondo. Esta noche tenía que volver a coserlo, se recordó. Bajó la vista a la parte delantera de la prenda y vio, con un repentino shock, casi con dolor, que la bala había abierto un agujero en el sobretodo. Sacó rápidamente su mano derecha y la colocó sobre el agujero, sin dejar de mirar el panel publicitario que tenía delante.

Frunció intensamente el ceño mientras revisaba todo el asunto una vez más, intentando ver si había cometido algún error en alguna parte. Había abandonado el almacén un poco antes que de costumbre —a las 5:15— para poder estar en la calle Treinta y cuatro a las 5:30, cuando George abandonaba siempre su tienda. El señor Luther, el jefe de Howard, había dicho: «Hoy termina usted pronto, ¿eh, Howard?» Pero lo mismo había ocurrido algunas otras veces antes, y el señor Luther no pensaría en nada malo al respecto. Y había borrado todas las posibles huellas de la pistola, y también de las balas. 

Había comprado la pistola haría unas cinco semanas en Bennington, Vermont, y no había tenido que dar su nombre cuando lo hizo. No había vuelto a Bennington desde entonces. Creía que era realmente imposible que la policía pudiera llegar a encontrar el rastro del arma. Y nadie le había visto disparar aquel tiro, estaba seguro de ello. Había escrutado a su alrededor antes de meterse en el metro, y nadie miraba en su dirección.

Howard tenía intención de ir hacia el norte unas cuantas estaciones, luego regresar y recoger su coche; pero ahora pensó que primero debía librarse del sobretodo. Demasiado peligroso intentar que cosieran un agujero como aquél. No tenía el aspecto de la quemadura de un cigarrillo, parecía exactamente lo  que era. Debía apresurarse. Su coche estaba a menos de tres manzanas de donde había disparado a George. 

Probablemente sería interrogado esta noche acerca de George Frizell, porque la policía interrogaría con toda seguridad a Mary, y si ella no mencionaba su nombre, sus caseras —la de ella y la de George— sí lo harían. George tenía tan pocos amigos.

Pensó en meter el sobretodo en alguna papelera en una estación del metro. Pero demasiada gente se daría cuenta de ello. ¿En una de la calle? Eso también parecía muy llamativo; después de todo, era un sobretodo casi nuevo. No, tenía que ir a casa y coger algo para envolverlo antes de poder tirarlo.

Salió en la estación de la calle Setenta y dos. Vivía en un pequeño apartamento en la planta baja de un edificio de piedra marrón en la calle Setenta y cinco Oeste, cerca de la avenida West End. Howard no vio a nadie cuando entró, lo cual era estupendo porque podía decir, si era interrogado al respecto, que había vuelto a casa a las 5:30 en vez de casi a las 6:00. Tan pronto hubo entrado en su apartamento y encendido la luz, Howard supo lo que haría con el sobretodo: quemarlo en la chimenea. Era lo más seguro.

Sacó algunas monedas y un aplastado paquete de cigarrillos del bolsillo izquierdo del sobretodo, se quitó la prenda y la tiro sobre el sofá. Entonces cogió el teléfono y marcó el número de Mary.

Respondió al tercer timbrazo.

—Hola, Mary —dijo—. Hola. Ya está hecho.

Un segundo de vacilación,

—¿Hecho? ¿De veras, Howard? No estarás...

No, no estaba bromeando. No sabía qué otra cosa decirle, qué otra cosa se atrevía a decir por teléfono.

—Te quiero. Cuídate, querida —dijo con voz ausente.

—¡Oh, Howard! —Se echó a llorar.

—Mary, probablemente la policía hablará contigo. Quizá dentro de unos pocos minutos. —Crispó la mano en el auricular, deseoso de rodear a la mujer con sus brazos, de besar sus mejillas que ahora debían estar húmedas de lágrimas—. No me menciones, querida..., simplemente no lo hagas, te pregunten lo que te pregunten. Todavía tengo que hacer algunas cosas y he de apresurarme. Si tu casera me menciona, no te preocupes por ello, puedo arreglarlo..., pero tú no lo hagas primero. ¿Has entendido? —Se daba cuenta de que le estaba hablando de nuevo como si fuera una niña, y de que eso no era bueno para ella; pero éste no era el mejor momento para estar pensando en lo que era bueno para ella y lo que no—. ¿Has entendido, Mary?

—Sí —dijo ella, con un hilo de voz.

—No estés llorando cuando venga la policía, Mary. Lávate la cara. Tienes que tranquilizarte... —Se detuvo—. Ve a ver una película, amor, ¿quieres? ¡Sal antes de que llegue la policía!

—Está bien.

—¡Prométemelo!

—De acuerdo.

Colgó y se dirigió a la chimenea. Arrugó algunas hojas de periódico, puso un poco de leña encima y encendió una cerilla.

Ahora se alegró de haber comprado algo de leña para Mary, se alegró de que a Mary le gustara el fuego de la chimenea, porque él llevaba meses viviendo allí antes de conocer a Mary y nunca había pensado en encender el fuego.

Mary vivía directamente al otro lado de la calle frente a George, en la Dieciocho Oeste. Lo primero que haría la policía sería lógicamente ir a casa de George e interrogar a su casera, porque George vivía sólo y no había a nadie más a quien interrogar. La casera de George... 

Howard recordaba unos breves atisbos de ella inclinada fuera de su ventana el verano pasado, delgada, pelo gris, espiando con una horrible intensidad lo que hacía todo el mundo en la casa..., indudablemente le diría a la policía que había una chica al otro lado de la calle con la que el señor Frizell pasaba mucho tiempo. 

Howard sólo esperaba que la casera no le mencionara inmediatamente a él, porque era lógico que supusiera que el joven con el coche que acudía a ver a Mary tan a menudo era su novio, y era lógico que sospechara la existencia de un sentimiento de celos entre él y George. Pero quizá no le mencionara. Y quizá Mary estuviese fuera de la casa cuando llegara la policía.

Hizo una momentánea pausa, tenso, en el acto de echar más madera al fuego. Intentó imaginar exactamente lo que Mary sentía ahora, tras saber que George Frizell estaba muerto. 

Intentó sentir lo mismo él, a fin de poder predecir su comportamiento, a fin de poder ser capaz de confortarla mejor. ¡Confortarla! ¡Lo había liberado de un monstruo! Debería sentirse regocijada. Pero sabía que al principio se sentiría destrozada. Conocía a George desde que era una niña. George había sido el mejor amigo de su padre.... pero cuál hubiera sido el comportamiento de George con otro hombre era algo que Howard sólo podía suponer; cuando el padre de ella murió, George, soltero, se había hecho cargo de Mary como si fuera su padre. 

Pero con la diferencia de que controlaba todos sus movimientos, la convenció de que no podía hacer nada sin él, la convenció de que no debía casarse con nadie que él desaprobara. Lo cual era todo el mundo. Howard, por ejemplo. Mary le había dicho que había habido otros dos jóvenes antes a los que George había arrojado de su vida.

Pero Howard no había sido arrojado. No había caído en las mentiras de George de que Mary estaba enferma, de que Mary estaba, demasiado cansada para salir o para ver a nadie. George había llegado a llamarle varias veces e intentado romper sus citas..., pero él había ido a su casa y la había sacado muchas tardes, pese al terror que ella sentía de la furia de George. 

Mary tenía veintitrés años, pero George había conseguido que siguiera siendo una niña. Mary tenía que Ir con George incluso para comprar un vestido nuevo. Howard no había visto nada como aquello en su vida. Era como un mal sueño, o algo en una historia fantástica que era demasiado inverosímil para creerlo. 

Howard había supuesto que George estaba enamorado de ella de alguna extraña manera, y se lo había preguntado a Mary poco después de conocerla, pero ella le había dicho: «¡Oh, no! ¡jamás me ha tocado, nunca!» Y era completamente cierto que George nunca la había tocado siquiera. En una ocasión, mientras se decían adiós, George había rozado sin querer su hombro, y había saltado hacia atrás como si acabara de quemarse y había dicho: « ¡Disculpa! » Era muy extraño.

Sin embargo, era como si George hubiera encerrado la mente de Mary en alguna parte.—.., como una prisionera de su propia mente, como si no tuviera mente propia. Howard no podía expresarlo en palabras. Mary tenía unos ojos blandos y oscuros que miraban de una forma trágica e impotente, y esto hacía que a veces se sintiera como loco al respecto, lo bastante loco como para enfrentarse a la persona que le había hecho aquello a la muchacha. Y la persona era George Frizell. 

Howard nunca podría olvidar la mirada que le lanzó George cuando Mary los presentó, una mirada superior, sonriente, de suficiencia, que parecía decir: «Puedes intentarlo. Sé que vas a intentarlo. Pero no vas a llegar muy lejos. »

George Frizell había sido un hombre bajo y fornido con una pesada mandíbula y densas cejas negras. Tenía una pequeña tienda en la calle Treinta y seis Oeste, donde se especializaba en reparar sillas, pero a Howard le parecía que no tenía otro interés en la vida más que Mary. 

Cuando estaba con ella se concentraba sólo en ella, como si estuviera ejerciendo algún poder hipnótico sobre ella, y Mary se comportaba como si estuviera hipnotizada. Estaba completamente dominada por George. Siempre estaba mirándole, observándole por encima del hombro para ver si aprobaba lo que estaba haciendo, aunque sólo estuviera sacando unas chuletas del horno.

Mary amaba a George y le odiaba al mismo tiempo. Howard había sido capaz de conseguir que odiara a George, hasta cierto punto..., y luego ella se ponía de pronto a defenderle de nuevo.

—Pero George fue tan bueno conmigo después de que mi padre muriera, cuando estaba completamente sola, Howard —protestaba. Y así habían derivado durante casi un año, con Howard intentando eludir a George y ver a Mary unas cuantas veces a la semana, con Mary vacilando entre continuar viéndole o romper con él porque tenía la sensación de que le estaba haciendo demasiado daño.

—¡Quiero casarme contigo! —le había dicho Howard una docena de veces, cuando Mary se había sumido en sus agónicos accesos de autocondenación. Nunca había conseguido hacerle comprender que haría cualquier cosa por ella.

—Yo también te quiero, Howard —le había dicho ella muchas veces, pero siempre con una tristeza trágica que era como la tristeza de un prisionero que, no puede hallar una forma de escapar. Pero había una forma de liberarla, una forma violenta y definitiva. Howard había decidido seguirla...

Ahora estaba de rodillas delante de la chimenea, intentando romper el sobretodo en trozos lo bastante pequeños como para que ardieran bien. La tela resultaba extremadamente difícil de cortar, y las costuras casi igual de difíciles de desgarrar. Intentó quemarla sin cortarla, empezando con la esquina inferior, pero las llamas trepaban por el tejido hacia sus manos, mientras que el material en sí parecía tan resistente al fuego como el asbesto.

Se dio cuenta de que tenía que cortarlo en trozos pequeños. Y el fuego debía ser más grande y más ardiente.

 Howard añadió más leña. Era una chimenea pequeña con una parrilla de hierro abombada y no mucho fondo, de modo que los trozos de madera que había puesto asomaban por delante más allá del borde de la parrilla. Atacó de nuevo el sobretodo con las tijeras. Pasó varios minutos tan sólo para desprender una manga. Abrió una ventana para conseguir que el olor de la tela quemada saliera de la habitación.

El sobretodo completo le ocupó casi una hora porque no podía poner mucho a la vez sin ahogar el fuego. Contempló el último trozo empezar a humear en el centro, observó las llamas abrirse camino y lamer un círculo que se iba haciendo más grande. Estaba pensando en Mary, veía su blanco rostro dominado por el miedo cuando llegara la policía, cuando le comunicaran por segunda vez la muerte de George. 

Intentaba imaginar lo peor, que la policía había llegado justo después de que él hablara con ella, y que ella había cometido algún imperdonable error, había revelado a la policía lo que ya sabía de la muerte de George, pero era incapaz de decirles quién se lo había comunicado; imaginó que en su histeria pronunciaba su nombre, Howard Quinn, como el del hombre que podía haberlo hecho.

Se humedeció los labios, aterrado de pronto por el convencimiento de que no podía confiar en Mary. La amaba —estaba seguro de ello—, pero no podía confiar en ella.

Por un alocado y ciego momento, sintió deseos de correr a la calle Dieciocho Oeste para estar con ella cuando llegara la policía. Se vio a sí mismo enfrentarse desafiante a los agentes, con su brazo rodeando los hombros de Mary, respondiendo a todas las preguntas, parando cualquier sospecha. Pero eso era una locura. El simple hecho de que estuvieran allí, en el apartamento de ella, juntos...

Oyó una llamada a su puerta. Un momento antes había visto con el rabillo del ojo a alguien entrar por la puerta delantera del edificio, pero no había pensado que pudieran acudir a verle a él. De pronto empezó a temblar.

—¿Quién es? —preguntó.

—La policía. Estamos buscando a Howard Quinn. ¿Es éste el apartamento Uno A?

Howard miró al fuego. El sobretodo había ardido por completo, del último trozo no quedaban más que unas brillantes ascuas. Y ellos no estarían interesados en la prenda, pensó. Sólo habían venido para hacerle unas preguntas, como se las habían hecho a Mary. Abrió la puerta y dijo:

—Yo soy Howard Quinn.

Eran dos policías, uno bastante más alto que el otro. Entraron en la habitación. Howard vio que ambos miraban a la chimenea. El olor a tela quemada flotaba todavía en la habitación.

—Supongo que sabe usted por qué estamos aquí —dijo el agente más alto—. Quieren verle en comisaría. Será mejor que venga con nosotros. —Miró fijamente a Howard. No era una mirada amistosa.

 Por un momento Howard creyó que iba a desvanecerse. Mary debía de habérselo contado todo, pensó; todo.

—Está bien —dijo.

El agente más bajo tenía los ojos fijos en la chimenea.

—¿Qué ha estado quemando aquí? ¿Tela?

—Sólo un viejo..., unas viejas prendas —dijo Howard.

Los policías intercambiaron una mirada, una especie de señal regocijada, y no dijeron nada. Parecían tan seguros de su culpabilidad, pensó Howard, que no necesitaban hacer preguntas. Habían supuesto que había quemado su sobretodo y por qué lo había quemado. Howard tomó su trinchera del armario y se la puso.

Salieron de la casa y bajaron los escalones delanteros hacia un coche del Departamento de Policía aparcado junto al bordillo.

Howard se preguntó qué le estaría ocurriendo a Mary ahora. No había tenido intención de traicionarle, estaba seguro de ello. Quizás había sido un desliz accidental después de que la policía la interrogara e interrogara hasta hacer que se derrumbase. 0 quizás ella se había mostrado tan trastornada cuando llegaron que se lo dijo todo antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. 

Howard se maldijo a sí mismo por no haber tomado más precauciones respecto a Mary, por no haberla enviado fuera de la ciudad. La noche anterior le había dicho a Mary que iba a hacerlo hoy, así que no debería haber resultado una impresión tan grande para ella. ¡Qué estúpido había sido! ¡Qué poco la comprendía realmente después de todos sus esfuerzos por conseguirlo! ¡Cuánto mejor habría sido si hubiera matado a George sin decirle a ella nada en absoluto!

El coche se detuvo, y salieron. Howard no había prestado atención al lugar al que se dirigían, y no intentó verlo ahora. Había un gran edificio delante de él, y cruzó una puerta con los dos agentes y desembocó en una habitación parecida a una pequeña sala de tribunal donde un agente de policía estaba sentado tras un alto escritorio, como un juez.

—Howard Quinn —anunció uno de los policías.

El agente en el escritorio alto le miró desde arriba con interés.

—Howard Quinn. El joven de la prisa terrible —dijo con una sonrisa sarcástica—. ¿Es usted el Howard Quinn que conoce a Mary Purvis?

—Sí.

—¿Y a George Frizell?

—Sí —murmuró Howard.

—Eso pensé. Su dirección coincide. He estado hablando con los chicos de homicidios. Desean formularle algunas preguntas. Parece que también tiene problemas allí. Para usted ha sido una tarde ajetreada, ¿eh?

Howard no acababa de comprender. Miró a su alrededor en busca de Mary. Había otros dos policías sentados en un banco contra la pared, y un hombre con un traje raído dormitando en otro banco; pero Mary no estaba en la habitación.

—¿Sabe por qué está usted aquí esta noche, señor Quinn? —preguntó el agente en tono hostil.

—Sí. —Howard miró a la base del alto escritorio. Sentía como si algo en su interior se estuviera derrumbando, un armazón que lo había sostenido durante las últimas horas, pero que había sido imaginario todo el tiempo..., su sensación de que tenía  un deber que cumplir matando a George Frizell, que así liberaba a la muchacha a la que amaba y que le amaba, que liberaba al mundo de un hombre malvado, horrible y monstruoso. 

Ahora, bajo los fríos ojos profesionales de los tres policías, Howard podía ver lo que había hecho tal como lo veían ellos..., como el arrebatar una vida humana, ni más ni menos. ¡Y la muchacha por quien lo había hecho le había traicionado! Lo deseara o no, Mary le había traicionado. Howard se cubrió los ojos con una mano.

—Puedo que esté trastornado por el asesinato de alguien a quien conocía, señor Quinn, pero a las seis menos cuarto no sabía usted nada de eso.... ¿o sí lo sabía, por alguna casualidad? ¿Era por eso por lo que tenía tanta prisa para llegar a su casa o a donde fuera?

Howard intentó imaginar lo que el agente quería decir. Su cerebro parecía paralizado. Sabía que había disparado a George casi exactamente a las 5:43. ¿Estaba siendo sarcástico el agente? Howard le miró. Era un hombre de unos cuarenta años, con un rostro rechoncho y alerta. Sus ojos eran desdeñosos.

—Estaba quemando alguna ropa en su chimenea cuando entramos, capitán —dijo el policía más bajo que estaba de pie al lado de Howard.

—¿Oh? —dijo el capitán—. ¿Por qué quemaba usted ropa?

Lo sabía muy bien, pensó Howard. Sabía lo que había quemado y por qué, del mismo modo que lo sabían los dos agentes de policía.

—¿Qué ropa estaba quemando? —preguntó el capitán.

Howard siguió sin decir nada. La irónica pregunta le enfurecía y avergonzaba al mismo tiempo.

 —Señor Quinn —dijo el capitán en un tono más fuerte—, a las seis menos cuarto de esta tarde atropelló usted a un hombre con su coche en la esquina de la Octava Avenida y la calle Sesenta y ocho y se dio a la fuga. ¿Es eso correcto?

Howard alzó la vista hacia él, sin comprender.

—¿Se dio cuenta usted de que había atropellado a alguien, sí o no? —preguntó el capitán, con voz más fuerte aún.

Estaba allí por otra cosa, se dio cuenta de pronto Howard. ¡Atropellar a alguien con el coche y salir huyendo!

—Yo... no...

—Su víctima no ha muerto, si eso le hace más fácil el hablar. Pero eso no es culpa suya. Ahora se halla en el hospital con una pierna rota..., un hombre viejo que no puede permitirse pagar un hospital. —El capitán le miró con el ceño fruncido— Creo que deberíamos llevarlo a verle. Supongo que sería bueno para usted. Ha cometido uno de los delitos más vergonzosos de los que puede culparse a un hombre..., atropellar a alguien y no detenerse a auxiliarle. De no ser por una mujer que se apresuró a tomar el número de su matrícula, tal vez no le hubiéramos atrapado nunca.

Howard comprendió de pronto.

La mujer había cometido un error, quizá sólo un número en la matrícula.... pero le había proporcionado una coartada. Si no lo aceptaba, estaba perdido. Había demasiado contra él, aunque Mary no hubiera dicho nada.... el hecho de que hoy había abandonado el almacén antes de lo habitual, la maldita coincidencia de la llegada de la policía justo cuando estaba quemando el sobretodo. Howard alzó la vista al furioso rostro del capitán.

—Estoy dispuesto a ir a ver a ese hombre —dijo con voz contrita.

—Llévenlo al hospital —dijo el capitán a los dos policías— Cuando vuelva, los chicos de homicidios ya estarán aquí. E incidentalmente, señor Quinn, se le exigirá una fianza de cinco mil dólares. Si no quiere pasar aquí la noche, será mejor que los consiga. ¿Quiere intentar conseguirlos esta noche?

El señor Luther, su jefe, podía conseguirlos para él aquella misma noche, pensó Howard.

—¿Puedo hacer una llamada telefónica?

El capitán hizo un gesto hacia un teléfono en una mesa contra la pared.

Howard buscó el número del señor Luther en la guía que había sobre la mesa y lo marcó. Respondió la señora Luther. Howard la conocía un poco, pero no se entretuvo en educados intercambios de, banalidades y preguntó si podía hablar con el señor Luther.

—Hola, señor Luther —dijo—. Querría pedirle un favor. He tenido un mal accidente con el coche. Necesito cinco mil dólares de fianza... No, no estoy herido, pero.... ¿podría extender para mi un cheque y enviarlo con un mensajero?

—Traeré el cheque yo mismo —dijo el señor Luther—. Usted quédese tranquilo ahí. Pondré al abogado de la compañía en el asunto, Si necesita usted ayuda. No acepte ningún abogado que le ofrezcan, Howard. Tenemos a Lyles, ya sabe.

Howard le dio las gracias. La lealtad del señor Luther lo azoraba. Le pidió al agente de policía que estaba a su lado cuál era dirección de la comisaría y se la dio a su jefe. Luego colgó y salió con los dos policías que le habían estado aguardando.

Se dirigieron a un hospital en la Setenta Oeste. Uno de los policías preguntó en recepción dónde estaba Louis Rosasco, luego subieron en el ascensor.

El hombre estaba en una habitación para él solo, con la cama Ievantada y la pierna escayolada y suspendida por cuerdas del lecho. Era un hombre canoso de unos sesenta y cinco o setenta años, con un rostro largo y curtido y oscuros y hundidos ojos que parecían extremadamente cansados.

—Señor Rosasco —dijo el agente de policía más alto—, éste es Howard Quinn, el hombre que le atropelló.

El señor Rosasco asintió sin mucho interés, aunque clavó sus ojos en Howard.

—Lo siento mucho —dijo Howard torpemente—. Estoy dispuesto a pagar todas las facturas que le ocasione el accidente, puede estar seguro de ello. —El seguro de su coche se ocuparía de la factura del hospital, pensó. Luego estaba el asunto de la multa del tribunal.... al menos mil dólares cuando todo hubiera terminado, pero se las arreglaría con algunos préstamos.

El hombre en la cama seguía sin decir nada. Parecía atontado por los sedantes.

El agente que les había presentado se mostró insatisfecho de que no tuvieran nada que decirse el uno al otro.

—¿Reconoce a este hombre, señor Rosasco?

El señor Rosasco negó con la cabeza.

—No vi al conductor. Todo lo que vi fue un gran coche negro que se lanzaba sobre mí —dijo lentamente—. Me golpeó un lado de la pierna...

Howard encajó los dientes y aguardó. Su coche era verde, verde claro. Y no era particularmente grande.

—Era un coche verde, señor Rosasco —dijo el policía más bajo con una sonrisa. Estaba comprobando una pequeña ficha amarilla que había sacado de su bolsillo— Un sedán Pontiac verde. Cometió usted un error.

—No, era un coche negro —dijo positivamente el señor Rosasco.

—No. Su coche es verde, ¿no es así, Quinn?

Howard asintió una sola vez, rígido.

—A las seis empezaba a ser oscuro. Probablemente no pudo verlo usted muy bien —dijo alegremente el policía al señor Rosasco.

Howard miró al señor Rosasco y contuvo el aliento. Por un momento el señor Rosasco miró a los dos agentes, con el ceño fruncido, desconcertado, y luego su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada. Estaba dispuesto a dejarlo correr. Howard se relajó un poco.

—Creo que será mejor que duerma un poco, señor Rosasco —dijo el agente más bajo—. No se preocupe por nada. Nosotros nos ocuparemos de todo.

Lo último que vio Howard de la habitación fue el cansado y marchito perfil del señor Rosasco en la almohada, con los ojos cerrados.

El recuerdo de su rostro permaneció con Howard mientras bajaban al vestíbulo. Su coartada...

-.-.-.-.-.-.-.- 

Cuando llegaron de vuelta a la comisaría el señor Luther ya había llegado, y también un par de hombres con ropas civiles..., los hombres de homicidios, supuso Howard. El señor Luther se dirigió hacia Howard, con su redondo y sonrosado rostro preocupado.

 —¿Qué es todo esto? —preguntó—. ¿Realmente atropelló usted a alguien y se dio a la fuga?

 Howard asintió, con rostro avergonzado.

 —No estaba seguro de haberle alcanzado. Hubiera podido pararme ... pero no lo hice.

 El señor Luther le miró con ojos llenos de reproche, pero iba permanecer leal, pensó Howard.

 —Bien, ya les he dado el cheque de su fianza —dijo.

 —Gracias, señor.

 Uno de los hombres con ropas civiles se dirigió hacia Howard. Era un hombre esbelto, con unos penetrantes ojos azules con un rostro delgado.

 —Tengo algunas preguntas que hacerle, señor Quinn. ¿Conoce usted a Mary Purvis y a George Frizell?

 —Sí.

 —¿Puedo preguntarle dónde estaba usted esta noche a las seis menos veinte?

 —Estaba..., iba en mi coche hacia el norte. Desde los almacenes donde trabajo en la Cincuenta y tres y la Séptima Avenida a mi apartamento en la calle Setenta y cinco.

 —¿Y atropelló a un hombre a las seis menos cuarto?

 —Lo hice —admitió Howard.

 El detective asintió con la cabeza.

 —¿Sabe que alguien disparó contra George Frizell esta tarde exactamente a las seis menos dieciocho minutos?

 El detective sospechaba de él, pensó Howard. ¿Qué les haría dicho Mary? Si tan sólo supiera... Pero el capitán de la policía no había dicho específicamente que Frizell hubiera sido tiroteado. Howard juntó las cejas.

 —No —dijo.

 —Pues así fue. Hablamos con su novia. Ella dice que lo hizo usted.

 El corazón de Howard se detuvo por un momento. Miró los interrogantes ojos del detective.

 —Eso simplemente no es cierto.

 El detective se encogió de hombros.

 —Está muy histérica. Pero también está muy segura.

 —¡Eso no es cierto! Salí del almacén, allí es donde trabajo, alrededor de las cinco. Tomé el coche... —Su voz se quebró. Era Mary quien le estaba hundiendo... Mary.

 —Usted es el novio de Mary Purvis, ¿no? —Insistió el detective.

 —Sí —respondió Howard—. No puedo..., ella tiene que estar...

 —¿Quería usted apartar a Frizell del camino?

 —Yo no lo maté. ¡No tengo nada que ver con ello! ¡Ni siquiera sabía que hubiera muerto! —balbuceó.

 —Prizell veía a Mary muy a menudo, ¿no? Eso es lo que me han dicho las dos caseras. ¿Pensó alguna vez que podían estar enamorados el uno del otro?

 —No. Por supuesto que no.

 —¿No estaba usted celoso de George Frizell?

 —En absoluto.

 Las arqueadas cejas del detective descendieron y se juntaron en el centro. Todo su rostro fue un signo de interrogación.

 —¿No? —preguntó, sarcástico.

 —Escuche, Shaw —dijo el capitán de la policía, al tiempo que se ponía en pie detrás de su escritorio—. Sabemos dónde estaba Quinn a las seis menos cuarto. Puede que sepa quién lo hizo, pero no lo hizo él.

 —¿Sabe usted quién lo hizo, señor Quinn? —preguntó el detective.

 —No, no lo sé.

 —El capitán McCaffery me dice que estaba quemando usted algunas ropas en su chimenea esta noche. ¿Estaba quemando un sobretodo?

 Howard agitó la cabeza en un desesperado signo de asentimiento.

 —Estaba quemando un gabán, y una chaqueta también. Estaban llenos de polillas. No los quería más tiempo en mi armario.

 El detective apoyó un pie en una silla de respaldo recto y se inclinó más hacia Howard.

 —Eran unos momentos más bien curiosos de quemar un gabán, ¿no cree? ¿Justo después de atropellar a un hombre con su coche y quizá matarlo? ¿Qué gabán estaba quemando.? ¿El del asesino? ¿Tal vez porque tenía un agujero de bala en él?

 —No —dijo Howard.

 —¿No arregló usted las cosas para que alguien matara a Frizell? ¿Alguien que le trajo ese gabán para que se desembarazara de él?

 —No. —Howard miró al señor Luther, que estaba escuchando atentamente. Se envaró.

 —¿No mató usted a Frizell, saltó a su coche y corrió a su casa, atropellando a un hombre por el camino?

 —Shaw, eso es imposible —intervino el capitán McCaffery—. Tenemos la hora exacta en que ocurrió. ¡No puedes ir de la Treinta y cuatro y la Séptima hasta la Sesenta y ocho y la Octava en tres minutos, no importa lo rápido que conduzcas! ¡Enfréntate a ello!

 El detective mantuvo sus ojos clavados en Howard.

 —¿Trabaja usted para ese hombre? —preguntó; hizo un gesto con la cabeza hacia el señor Luther.

 —Sí.

 —¿A qué se dedica?

 —Soy el vendedor para Long Island de Artículos Deportivos William Luther. Contacto con las escuelas en Long Island, y también coloco nuestros artículos en los almacenes de ahí fuera. Informo al almacén de Manhattan a las nueve y a la cinco. —Recitó aquello como un loro. Sentía débiles las rodillas. Pero su coartada se mantenía..., como un muro de piedra.

 —Muy bien —dijo el detective. Bajó su pie de la silla y se volvió capitán—. Todavía seguimos trabajando en el caso. La cosa aún está muy abierta para nuevas noticias, nuevos indicios. —Le sonrió Howard, una fría sonrisa de despedida. Luego añadió—: Por cierto, ¿ha visto usted esto alguna vez antes? —Sacó su mano del bolsillo, con el pequeño revólver de Bennington en su palma.

 Howard lo miró con el ceño fruncido.

 —No, nunca lo había visto antes.

 El hombre volvió a guardarse el arma en el bolsillo.

 —Puede que deseemos hablar de nuevo con usted —dijo, con otra débil sonrisa.

 Howard sintió la mano del señor Luther sobre su brazo. Salieron a la calle.

 —¿Quién es George Frizell? —preguntó el señor Luther.

 Howard se humedeció los labios. Se sentía muy extraño, como si hubieran acabado de golpearle en la cabeza y su cerebro estuviera entumecido.

 —Un amigo de una amiga. Un amigo de una muchacha que conozco.

 —¿Y la muchacha? ¿Mary Purvis, dijo el policía? ¿Está usted enamorado de ella?

 Howard no respondió. Clavó la vista en el suelo mientras andában.

 —¿Es la que lo ha acusado?

 —Sí —dijo Howard.

 La mano del señor Luther se apretó más alrededor de su brazo.

 —Creo que le iría bien un trago. ¿Entramos?

 Howard se dio cuenta de que estaban de pie frente a un bar. Abrió la puerta.

 —Ella estará probablemente muy trastornada —dijo el señor Luther—. A las mujeres les ocurre eso. Fue un amigo suyo al que dispararon, ¿no es cierto?

 Ahora era la lengua de Howard la que estaba paralizada, mientras que su cerebro giraba a toda velocidad. Estaba pensando que no iba a poder volver a trabajar para el señor Luther después de esto, que no podía engañar a un hombre como el señor Luther... El señor Luther seguía hablando y hablando. Howard tomó el pequeño vaso de licor y bebió la mitad de su contenido. El señor Luther le estaba diciendo que Lyles le sacaría de aquello lo más rápidamente que fuera posible.

 —Tiene que ser más cuidadoso, Howard. Es usted impulsivo. Siempre he sabido eso. Tiene sus lados buenos y malos, por supuesto. Pero esta noche..., tuve la sensación de que usted sabía que podía haber disparado a ese hombre.

 —Tengo que llamar por teléfono —dijo Howard—. Discúlpeme un minuto. —Se apresuró a la cabina de la parte de atrás del bar. Tenía que saber de ella. Mary tenía que estar ya en casa. Si no estaba en casa, iba a morirse allí mismo, dentro de la cabina telefónica. Estallaría.

 —¿Diga? —Era la voz de Mary, apagada y carente de vida.

 —Hola, Mary. Soy yo. No es posible..., ¿qué le dijiste a la policía?

 —Se lo conté todo —dijo Mary lentamente— Que tú mataste a mi amigo.

 —¡Mary!

 —Te odio.

 —¡Mary, no lo dirás en serio! —exclamó. Pero sí lo decía en serio, y él lo sabía.

  —Yo le quería y le necesitaba, y tú le mataste —dijo ella—. Te odio.

 Howard apretó los dientes y dejó que las palabras resonaran su cerebro. La policía no iba a cogerle. Ella no podría hacerle esto, al menos. Colgó.

 Luego permaneció de pie allí en la barra, mientras la tranquila voz del señor Luther seguía desgranando y desgranando palabras como si no se hubiera parado mientras Howard telefoneaba.

 —La gente tiene que pagar, eso es todo —estaba diciendo el señor Luther—. La gente tiene que pagar por sus errores y no cometerlos de nuevo... Ya sabe que pienso mucho en usted, Howard. Superará todo esto. —Hizo una pausa—. ¿Habló con la señorita Purvis?

 —No pude comunicarme con ella —dijo Howard.

 Diez minutos más tarde había dejado al señor Luther y se dirigía al centro de la ciudad en un taxi. Le había dicho al conductor que se detuviera en la Treinta y siete y la Séptima, para que en caso de ser seguido por la policía, pudiera simplemente caminar un poco desde allá hasta coger su coche.

 Bajó en la calle Treinta y siete, pagó al conductor y miró a su rededor. No vio ningún coche que pareciera estar siguiéndole.

 Caminó en dirección a la calle Treinta y cinco. Los dos whiskys de centeno que se había tomado con el señor Luther le habían dado fuerzas. Caminó rápidamente, con la cabeza alzada, y sin embargo de una forma curiosa y aterradora, se sentía completamente perdido. Su Pontiac verde estaba aparcado junto al bordillo allá donde lo había dejado. Sacó las llaves y abrió la puerta.

 Tenía una multa.... la vio tan pronto como se sentó detrás del volante. Sacó la mano y la cogió de debajo del limpiaparabrisas. Una multa de aparcamiento.

 Un asunto insignificante, pensó, tan insignificante que sonrió. Mientras conducía hacia casa, se le ocurrió que la policía había cometido un error muy estúpido no retirándole su permiso de conducir cuando lo tuvieron en la comisaría, y empezó a reírse de ello. La multa estaba en el asiento a su lado. Parecía tan trivial, tan inocua comparada con lo que había pasado, que se rió de la multa también.

 Luego, casi con la misma brusquedad, sus ojos se llenaron de lágrimas. La herida que le habían causado las palabras de Mary todavía estaba abierta, y sabía que aún no había empezado a dolerle. Y, antes de que empezara a doler, intentó fortalecerse. 

Si Mary se obstinaba en acusarle, él insistiría en que fuera examinada por un psiquiatra. No estaba cuerda del todo, siempre lo había sabido. Había intentado llevarla a un psiquiatra por lo de George, pero ella siempre se había negado. No tenía la menor posibilidad con sus acusaciones, porque él tenía una coartada, una coartada perfecta. Pero si ella insistía...

 Había sido Mary quien en realidad lo había animado a matar a George, ahora estaba seguro de ello. Había sido ella quien había metido la idea en su cabeza con un millar de cosas que había ido insinuando. No hay salida a esta situación, Howard, a menos que él muera. Así que él lo había matado —por ella—, y Mary se había vuelto contra él. Pero la policía no iba a cogerle.

 Había un espacio para aparcar de casi cinco metros cerca de su casa y Howard deslizó el coche junto al bordillo. Lo cerró y fue a su casa.

 El olor a tela quemada flotaba aún en su apartamento, y le sorprendió, porque tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo. Estudió la multa de aparcamiento de nuevo, ahora bajo una mejor luz.

 Y supo de pronto que su coartada había desaparecido tan bruscamente como apareció.

 La multa le había sido impuesta exactamente a las 5:45.

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 3)

         11

Una vez la policía hubo abandonado la habi­tación con Jan, un silencio tenso se cernió sobre los presentes. Starkwedder dijo:

-Bien, supongo que he de comprobar si han logrado sacar mi coche de la cuneta; no pasamos por delante al venir hacia aquí.

-No -respondió Laura-, el sendero co­mienza en el otro lado de la carretera.

-Ya veo -respondió Starkwedder mientras se dirigía a los ventanales. Al salir a la terraza, comen­tó-: ¡Qué diferente se ve todo con la luz del día!

Tan pronto se marchó, Laura y Farrar se mi­raron.

-Julian! -exclamó ella-. ¡El encendedor! ¡Dije que era mío!

-¿Dijiste que era tuyo? ¿Al inspector?

-No. A él.

-A ese tipo... -comenzó Farrar, pero en­mudeció al ver a Starkwedder pasearse por la te­rraza-. Laura...

-¡Ten cuidado! -le advirtió ella mientras se acercaba a la pequeña ventana del vano y mi­raba al exterior-. Quizá nos esté escuchando.

-¿Quién es? -preguntó Farrar-. ¿Le co­noces?

Laura se acercó al centro de la estancia.

-No, no le conozco -dijo-. Tuvo un ac­cidente con el coche y vino anoche, justo des­pués de...

Julian le rozó la mano tendida sobre el res­paldo del sofá.

-No pasa nada, Laura. Sabes que haré todo lo que pueda.

-Julian... las huellas dactilares.

-¿Qué huellas?

-En esa mesa y en el cristal de la ventana. ¿Son tuyas?

Farrar retiró la mano de la suya para indicar que Starkwedder volvía a pasar por la terraza. Sin volverse hacia la ventana, ella se apartó de él y dijo en voz alta:

-Es muy amable de tu parte, Julian, estoy convencida de que puedes ayudarnos con mu­chas cosas.

Starkwedder deambulaba por la terraza. Cuando hubo desaparecido de vista, Laura dijo:

-¿Son tuyas estas huellas dactilares, Julian? Piensa.

Farrar permaneció pensativo un instante y luego dijo:

-Las de la mesa quizá sí.

-¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?

De nuevo distinguieron a Starkwedder caminando de un lado a otro de la terraza. Laura dio una calada al cigarrillo.

-La policía sospecha de un hombre llamado MacGregor -dijo.

-Muy bien -respondió él-. Es probable que sigan pensando así.

-Pero imagina...

Farrar la interrumpió.

-Debo marcharme, tengo una reunión -dijo mientras se incorporaba-. No pasa nada -la tranquilizó con unas palmadas en el hombro-. No te preocupes, yo me ocuparé de que estés bien.

La expresión de Laura era de incompren­sión, casi de desesperación. Pero Farrar, al pare­cer ajeno a ello, se dirigió a los ventanales. Al sa­lir, se encontró con Starkwedder, que entraba de nuevo en el estudio. Farrar se apartó con cortesía para evitar chocar con él.

-¿Se marcha usted a alguna parte? -pre­guntó Starkwedder.

-Sí. Estos días voy bastante ajetreado. Las elecciones se celebran dentro de una semana.

-Ya -respondió Starkwedder-. Perdone mi ignorancia, pero ¿qué partido representa us­ted? ¿El conservador?

-Soy liberal -respondió Farrar con al­tivez.

-¡Ah! ¿Todavía existen?

Julian Farrar suspiró y se marchó sin pro­nunciar palabra. Starkwedder dedicó a Laura una mirada dura.

-Ya veo -dijo con furia contenida-, o al menos estoy empezando a ver.

-¿Qué quiere decir?

-Es su amiguito, ¿verdad? -dijo mientras se acercaba a ella-. Vamos, ¿sí o no?

-Ya que lo pregunta, ¡sí, lo es! -respondió desafiante.

Starkwedder la miró y dijo:

-Hay muchas cosas que no me dijo anoche, ¿no es cierto? Por eso cogió su encendedor tan deprisa y dijo que era suyo. -Starkwedder se alejó unos pasos y se volvió hacia ella-. ¿Cuánto tiempo hace que dura esta historia entre uste­des dos?

-Bastante -respondió ella con un hilo de voz. -¿Nunca pensó en abandonar a Warwick y marcharse con él?

-No. Está la carrera política de Julian, po­dría arruinarle.

Starkwedder se sentó malhumorado en un extremo del sofá.

-Seguro que no, hoy en día no. ¿No acep­tan todos el adulterio con tranquilidad?

-Son circunstancias muy especiales -intentó explicar Laura-. Era amigo de Richard, y tratándose de un inválido...

-Sí, ya veo. Es cierto que no representaría muy buena publicidad para él -replicó Stark­wedder.

Laura se acercó al sofá y se quedó de pie, de­lante de él.

-¿Supongo que piensa que debería habér­selo explicado anoche? -comentó con frialdad. El apartó los ojos de su mirada.

-No tenía ninguna obligación -murmuró. Laura pareció tranquilizarse.

-No pensé que importara... -dijo-. Quiero decir... lo único en lo que podía pensar era en que había matado a Richard.

Pareció ganarse de nuevo a simpatía de Starkwedder, pues éste murmuró:

-Entiendo. -Después de una pausa añadió-: Yo tampoco podía pensar en nada más. -Enmu­deció de nuevo y después alzó los ojos hacia ella-. ¿Quiere probar un pequeño experimento? ¿Dón­de se encontraba ayer cuando disparó a Richard?

-¿Dónde me encontraba? -repitió Laura perpleja.

-Sí, eso he dicho.

Después de pensarlo un momento, ella res­pondió.

-Allí -señaló los ventanales.

-Acérquese al lugar desde donde disparó -le pidió Starkwedder.

Laura se levantó y comenzó a deambular nerviosa por la habitación.

-No... no lo recuerdo -dijo-. No me pida que lo recuerde. -Parecía asustada.

-Su marido le dijo algo -le recordó Stark­wedder-, algo que hizo que usted cogiera la pis­tola. -Se levantó del sofá y se dirigió a la mesa junto al sillón para apagar el cigarrillo-. Vamos, representemos la escena -continuó-. Allí está la mesa y la pistola -dijo mientras cogía el cigarrillo de Laura y lo depositaba en el cenicero-. Estaban discutiendo y usted cogió la pistola, cójala...

-¡No quiero! -exclamó ella.

-No sea tonta. No está cargada. Vamos, có­jala.

Reticente, Laura lo hizo.

-Recuerde que la atrapó con fuerza, no como ahora. La cogió con fuerza y disparó. Muéstreme cómo lo hizo.

Sosteniendo la pistola con torpeza, ella se alejó unos pasos de él.

-Yo... yo -balbució.

-Vamos, muéstremelo -ordenó con fuerza Starkwedder.

Laura intentó apuntar el arma.

-Vamos, ¡dispare! No está cargada. Mientras Laura seguía titubeando, él le arre­bató la pistola.

-¡Me lo imaginaba! -exclamó-. Jamás ha disparado un arma en su vida, no sabe cómo ha­cerlo. -Con la vista clavada en la pistola agre­gó-: Usted no disparó a su marido.

-Sí que lo hice -insistió ella.

-No, no lo hizo.

Laura preguntó con tono asustado:

-¿Por qué iba a decir entonces que lo hi­ce yo?

Starkwedder respiró hondo. Se acercó al sofá y se dejó caer en él.

-La respuesta me parece bastante evidente: porque fue Julian Farrar quien le mató.

-¡No! -exclamó ella casi en un grito.

-¡Sí!

-¡No!

-Le digo que sí -insistió él.

-Si fue Julian, ¿por qué diablos iba a decir que lo hice yo?

Starkwedder le dirigió una mirada desapa­sionada.

-Porque usted pensó, con bastante acierto, que yo la encubriría, y tuvo razón. -Starkwed­der se reclinó en el sofá antes de proseguir-. Sí, jugó muy bien conmigo. Pero se acabó, ¿lo entiende? Que me aspen si voy a contar un montón de mentiras para salvar el pellejo del mayor Fa­rrar.

Se hizo un silencio. Laura sonrió y fue hacia la mesa junto al sillón para recoger el cigarrillo. Se volvió hacia Starkwedder y dijo:

-¡Sí que lo hará! ¡Tendrá que hacerlo! ¡Ya le ha dado su versión a la policía! ¡Ahora no pue­de cambiarla!

-¿Qué? -respondió él perplejo.

Laura se sentó en el sillón.

-Por mucho que sepa o crea saber -pun­tualizó-, tendrá que ajustarse a su versión. Ahora es usted cómplice, lo dijo usted mismo -explicó.

Starkwedder se levantó y exclamó:

-¡Menuda zorra! -La miró con desprecio sin pronunciar palabra y, girando sobre los talo­nes, se marchó.

Laura le observó avanzar por el jardín. Hizo ademán de seguirle y llamarle, pero cambió de opinión y, con aire abatido, abandonó el estudio por la puerta del pasillo.

 

12

Ese mismo día, a última hora de la tarde, Ju­lian Farrar caminaba nervioso de un lado a otro del estudio. Las ventanas de la terraza estaban abiertas; el sol, a punto de ocultarse tras el ho­rizonte, proyectaba una luz dorada sobre el jardín. Farrar había sido citado por Laura War­wick, que al parecer necesitaba verle con ur­gencia. Mientras esperaba, Farrar consultó su reloj repetidas veces.

Con aire disgustado, echó un vistazo a la te­rraza y después se adentró de nuevo en la habita­ción, no sin antes mirar de nuevo el reloj. En ese instante vio un periódico sobre la mesa situada junto al sillón y lo cogió. Se trataba de un diario local, The Western Echo, que publicaba en pri­mera página un artículo sobre la muerte de Ri­chard Warwick: «Prominente residente local asesinado por un agresor misterioso», rezaba el titular. 

Farrar se sentó y comenzó a leer el ar­tículo con nerviosismo. Pasados unos minutos, dejó el periódico a un lado, se dirigió a la ventana y, con un último vistazo a la habitación, se aden­tró en el jardín. Había recorrido la mitad del te­rreno cuando oyó un ruido a sus espaldas. Dio media vuelta y comenzó a farfullar:

-Laura, lo siento, yo... -Pero se detuvo en seco al comprobar que la persona que venía en su dirección no era Laura Warwick, sino Angell, el asistente del difunto Richard Warwick.

-Señor, la señora Warwick me ha pedido que le comunique que bajará enseguida -dijo Angell-. Pero yo me preguntaba si sería posible hablar un momento con usted.

-Claro. ¿De qué se trata?

Angell se acercó a Julian Farrar y dio unos pasos más alejándose de la casa, como si le preo­cupara que alguien pudiera oír lo que tenía que decir.

-¿Y bien? -preguntó Farrar al adivinar sus intenciones.

-Señor, siento cierta preocupación sobre mi situación en esta casa y quería consultarlo con usted.

Preocupado por sus propios asuntos, Julian Farrar no estaba interesado en aquello.

-Y bien, ¿cuál es el problema?

Angell reflexionó un momento antes de contestar:

-Con la muerte del señor Warwick, pierdo mi puesto de trabajo.

-Sí, supongo que sí. Pero, no creo que ten­ga dificultad en encontrar otro, ¿verdad?

-Espero que no, señor.

-Usted es un hombre cualificado, ¿no es cierto? -preguntó Farrar.

-Oh, sí. Además, siempre tengo la posibili­dad de trabajar en un hospital o en un centro pri­vado, ya lo sé.

-Entonces, ¿qué le preocupa? -indagó Fa­rrar.

-Pues bien, señor, las circunstancias en las que este trabajo ha llegado a su término han sido muy desagradables para mí.

-Hablando en cristiano, no le gusta la idea de haberse visto involucrado en un asesinato. ¿Es eso?

-Podríamos decirlo así, señor -asintió el asistente.

-Pues bien, me temo que nadie puede hacer nada al respecto. De todos modos, supongo que la señora Warwick le dará buenas referencias. -Farrar sacó la pitillera y la abrió.

-No creo que haya ningún problema al res­pecto, señor -respondió Angell-. La señora Warwick es una persona muy agradable, encan­tadora, si me permite decirlo.

Farrar, que había decidido esperar a Laura, estaba a punto de regresar a la casa, pero se giró al percibir algo extraño en la actitud del asis­tente.

-¿Qué quiere decir? -preguntó con voz queda.

-No quisiera causar ninguna molestia a la señora Warwick -respondió Angell con voz melosa.

Antes de replicar, Farrar extrajo un cigarrillo de la pitillera.

-¿Quiere decir que está alargando su estadía por deferencia a ella?

-Es cierto, señor -confirmó Angell-, que la ayudo con los asuntos de la casa, pero no es eso lo que quería decir exactamente. -Guardó silencio un instante antes de continuar-. De hecho, es una cuestión de conciencia, señor.

-¿Qué puñetas quiere decir? -espetó Fa­rrar irritado.

Angell parecía incómodo, pero su voz sonó segura cuando respondió:

-Creo que no se da cuenta de la dificultad de mi situación, señor, al tener que declarar ante la policía, quiero decir. Es mi deber como ciuda­dano ayudar a la policía en todo lo que me sea posible pero, al mismo tiempo, quisiera perma­necer fiel a mis patronos.

Farrar se giró para encender el cigarrillo.

-Habla usted como si hubiese alguna clase de conflicto -comentó.

-Si lo piensa bien, señor, se dará cuenta de que es inevitable. Podríamos decir que se da un conflicto de lealtades.

Farrar lo miró.

-¿Adónde quiere llegar, Angell?

-La policía, señor, no puede evaluar la si­tuación -respondió Angell-. Quizá, y sólo quizá, esta situación pudiera resultar muy im­portante en un caso como éste. Sabe usted, hace bastante tiempo que padezco insomnio.

-¿Es necesario que hablemos de sus dolen­cias? -preguntó Farrar.

-Me temo que sí, señor, pues aunque ayer me retiré temprano, fui incapaz de conciliar el sueño.

-Cuánto lo siento -respondió Farrar con acritud-. Pero realmente...

-Verá, señor -continuó Angell, haciendo caso omiso de la interrupción-, dada la ubica­ción de mi dormitorio en esta casa, he llegado a tener conocimiento de ciertos asuntos de los que quizá la policía no sea plenamente consciente.

-¿Qué intenta decir?

-El difunto señor Warwick -respondió Angell- era un hombre enfermo e inválido. En estas tristes circunstancias, era de esperar que una mujer atractiva como la señora Warwick buscara, ¿cómo diría yo?, otro vínculo en otra parte.

-Así que se trata de eso -dijo Farrar-. Creo que no me agrada su tono, Angell.

-No, señor. Pero no se precipite en su jui­cio. Si lo piensa bien, quizá comprenda lo difícil que es mi situación, pues poseo una informa­ción que, de momento, no he compartido con la policía, pero que quizá sería mi deber hacerlo.

Farrar lo miró con frialdad.

-Creo que lo de ir a la policía es un farol; lo que usted quiere decir es que podría remover el asunto a no ser que... -Se detuvo antes de com­pletar la frase-. ¿A no ser qué?

Angell se encogió de hombros.

-Como usted bien dice, soy enfermero ti­tulado. Pero a veces, mayor Farrar, pienso que me gustaría establecer mi propio negocio, un pe­queño centro, no exactamente una clínica sino un lugar en el que pudiera acoger a cinco o seis pacientes. Con la ayuda de un asistente, claro. 

Seguramente los pacientes serían hombres difíci­les de cuidar en casa por sus problemas con el al­cohol, ya sabe. Por desgracia, aunque he logrado ahorrar una suma considerable, no es suficiente, y por ello me preguntaba si...

Farrar completó la frase por él:

-Usted se preguntaba si yo, o si yo y la señora Warwick, podríamos ayudarle con su pro­vecto.

-Sólo me lo preguntaba, señor -respondió Angell con tono dócil-. Sería muy bondadoso por su parte.

-Sí que lo sería, ¿verdad? -respondió Fa­rrar sarcástico.

-Usted ha sugerido, con cierta precipita­ción -prosiguió Angell-, que amenazaba con remover el asunto, supongo que está pensando en el escándalo. Pero no es ésa mi intención, señor. Jamás soñaría con hacer algo así.

-¿Adónde quiere llegar, Angell? -pregun­tó Farrar a punto de perder los estribos-. Porque es obvio que pretende llegar a alguna parte.

Angell sonrió con modestia antes de respon­der. Cuando habló fue con voz queda pero firme:

-Como le decía, señor, anoche no podía dormir; así que estaba tumbado en la cama escu­chando la sirena de niebla (siempre he pensa­do que es un sonido muy deprimente), cuando de pronto creí oír una persiana chocando con­tra una ventana, un ruido muy molesto cuando se intenta conciliar el sueño. Me levanté, miré por la ventana y me pareció que se trataba de la persiana de la despensa, situada casi debajo de la mía.

-¿Y bien?

-Decidí bajar a cerrar la persiana -conti­nuó Angell-. Y cuando lo hacía, oí un disparo. En ese momento no le di mayor importancia, pues pensé: Ya está otra vez el señor Warwick haciendo de las suyas, aunque es imposible que vea nada con esta neblina. Después me dirigí a la despensa y cerré la persiana. No se por qué, pero mientras estaba allí me invadió cierta inquietud. Además, al otro lado de la ventana, oí unos pasos en dirección a la casa.

-Se refiere al camino que lleva a... -le inte­rrumpió Farrar volviendo los ojos en esa direc­ción.

-Sí, señor -confirmó Angell-. El camino que va desde la terraza, rodea la casa y pasa por delante de las dependencias del servicio. Nadie utiliza ese camino, señor, excepto usted cuando lo toma como atajo para ir a su casa.

El asistente guardó silencio y clavó los ojos en Farrar, quien simplemente respondió: -Prosiga.

-Como le decía, me sentía un poco inquieto, pensaba que quizá había algún merodeador por la casa, así que no puede imaginarse el alivio que sen­tí al verle pasar por delante de la ventana de la des­pensa. Caminaba deprisa, en dirección a su casa.

Farrar guardó silencio y después dijo:

-Realmente no entiendo cuál es el sentido de lo que me explica. ¿Acaso tiene alguno?

Con un carraspeo de disculpa, Angell res­pondió.

-Sólo me preguntaba, señor, si había usted mencionado a la policía que ayer estuvo aquí vi­sitando al señor Warwick. Si no es así, y supo­niendo que me interrogaran de nuevo sobre los acontecimientos de anoche...

Farrar le interrumpió.

-¿Supongo que es consciente de que la pena por chantaje es muy dura? -preguntó con sequedad.

-¿Chantaje, señor? -respondió Angell con aire sorprendido-. No sé qué quiere decir, tan sólo se trata de mi deber para con la policía...

-La policía ya está satisfecha con la identi­dad de la persona que asesinó al señor Warwick, de hecho a ese tipo sólo le faltó firmar con su nombre, por lo que no es muy probable que va­yan a hacerle más preguntas.

-Le aseguro, señor -repuso Angell con tono alarmado-, que sólo quería...

-Sé muy bien que es imposible que recono­ciera a nadie en la niebla tan espesa de anoche, sólo se ha inventado esta historia para... -Farrar enmudeció al ver que Laura Warwick salía al jardín.


13

-Siento haberte hecho esperar, Julian -se disculpó Laura mientras se acercaba. Parecía sorprendida de ver a Angell y Julian Farrar conversando.

-Señor, quizá pueda hablar más tarde con usted sobre este pequeño asunto -murmuró Angell antes de marcharse. Hizo una pequeña reverencia a Laura, cruzó el jardín con paso rápido y viró al llegar a la esquina de la casa.

Laura siguió su marcha y después dijo con apremio:

-Julian, tengo que...

Él le interrumpió.

-¿Por qué has mandado por mí, Laura?

-preguntó enfadado.

-Te he estado esperando todo el día -res­pondió ella sorprendida.

-He estado muy ocupado toda la mañana -repuso él-, y esta tarde he tenido varias reu­niones; no puedo dejar esas cosas cuando están tan cerca las elecciones. De todos modos, ¿no crees que sería mejor que no nos viéramos por una temporada?

-Pero necesitamos hablar de varias cosas. Farrar la tomó del brazo para alejarla de la casa.

-¿Sabes que Angell ha intentado chanta­jearme?

-¿Angell? -exclamó Laura incrédula.

-Sí, está claro que sabe lo nuestro y tam­bién sabe, o al menos dice saber, que estuve aquí anoche.

Ella ahogó un grito.

-¿Quieres decir que te vio?

-Dice que me vio -replicó Farrar.

-Pero es imposible que te viera con esa niebla.

-Me ha contado una historia sobre que bajó a la despensa para cerrar una persiana y que me vio pasar cuando regresaba a casa. También dice que oyó un disparo poco antes pero que no le dio mayor importancia.

-¡Dios mío! ¡Qué horror! ¿Qué vamos a hacer?

Farrar fue a consolarla con un abrazo, pero echó una ojeada a la casa y se abstuvo. Después la observó con detenimiento.

-Todavía no sé qué vamos a hacer, tendre­mos que pensar en algo.

-No le vas a pagar, ¿verdad?

-No. Si empiezas, es el principio del fin. Pero, por otro lado, ¿qué puede hacerse? -pre­guntó a la vez que se pasaba la mano por la fren­te-. Pensé que nadie sabía que estuve aquí anoche, estoy convencido de que mi ama de llaves lo ignora. Pero la cuestión es: ¿es cierto que me vio Angell o sólo finge haberme visto?

-¿Qué sucederá si acude a la policía? -pre­guntó Laura con voz temblorosa.

-No sé. Tenemos que pensar, pensar con cuidado. -Comenzó a caminar de un lado a otro-. Podríamos ignorarle aduciendo que es un farol y que está mintiendo, que yo jamás salí de casa anoche.

-Pero están las huellas dactilares -objetó Laura.

-¿Qué huellas?

-Te has olvidado de las huellas de la me­sa -le recordó ella-. La policía cree que son de MacGregor, pero si Angell les cuenta esta historia, querrán tomar tus huellas, y enton­ces...

-Ya -masculló Farrar-. Bien, pues en­tonces tendré que reconocer que estuve aquí e inventarme alguna historia, que vine para ver a Richard y que conversamos...

-Podrías decir que se encontraba en perfec­to estado cuando te marchaste.

Farrar la miró sin afecto alguno.

-¡Qué fácil haces que parezca todo! -replicó-. ¿De verdad puedo decir eso? -añadió sarcástico.

-¡Tendrás que decir algo! -respondió Laura a la defensiva.

-Sí, que apoyé la mano cuando me incliné a ver... -Tragó saliva al revivir la escena.

-Siempre y cuando piensen que las huellas son de MacGregor -dijo Laura.

-¡MacGregor! ¡MacGregor! -espetó él fu­rioso-. ¿Qué demonios te hizo sacar ese men­saje del periódico y ponerlo sobre el cuerpo de Richard? ¿No estabas corriendo un gran riesgo?

-Sí... no... ¡No lo sé! -chilló Laura confundida.

Farrar la contempló con desprecio.

-Teníamos que pensar en algo -suspiró Laura-. Yo... yo no podía pensar. Fue idea de Michael,

-¿Michael?

-Michael Starkwedder.

-¿Quieres decirme que él te ayudó? -pre­guntó Farrar incrédulo.

-¡Sí, lo hizo! Por eso quería verte, para ex­plicarte...

Farrar se acercó a Laura y masculló:

-¿Qué tiene que ver ese Michael -enfatizó el nombre de pila de Starkwedder-, ese Michael Starkwedder en todo esto?

-Entró y me encontró allí, con la pistola en la mano y...

-¡Dios Santo! -exclamó él al tiempo que se apartaba de ella-. Y de alguna manera le convenciste de que...

-Creo que él me convenció a mí -murmu­ró ella con tristeza mientras daba un paso hacia Farrar-. ¡Oh, Julian!

Laura estaba a punto de rodearle el cuello con los brazos, pero él la apartó.

-Ya te lo he dicho, haré todo lo que pueda -le aseguró-. No creas que no, pero...

Laura le observó.

-Has cambiado -comentó con voz queda.

-Lo siento, pero es que no puedo sentir lo mismo -reconoció Farrar, desesperado-. Después de lo sucedido, no puedo sentir lo mismo.

-Yo sí. Al menos eso creo. No importa lo que hayas hecho, Julian, siempre sentiré lo mismo.

-Nuestros sentimientos no importan ahora -dijo Farrar-. Tenemos que ajustarnos a los hechos.

Ella le miró.

-Lo sé. Dije a Starkwedder que yo... bueno, ya sabes, que fui yo.

Farrar la contempló con incredulidad. -¿Le dijiste eso a Starkwedder?

-Sí.

-¿Y estuvo de acuerdo en ayudarte? ¿Un extraño? ¡Ese hombre debe de estar loco!

-Sí, quizá esté un poco loco, pero fue reconfortante tenerle allí.

-¡Así que no hay hombre que se te resista! ¿Se trata de eso? -exclamó Farrar, y se giró. Después se volvió hacia Laura de nuevo-. De todos modos, un asesinato... -Enmudeció al tiempo que sacudía la cabeza.

-Intentaré no pensar en ello -contestó ella-. No fue premeditado, Julian, fue un im­pulso -agregó con tono casi suplicante.

-No es necesario que hablemos más de ello. Ahora tenemos que pensar en lo que vamos a hacer.

-Ya lo sé, están tus huellas y el encendedor.

-Sí -recordó Farrar-, debió de caerse cuando me incliné sobre el cuerpo.

-Starkwedder sabe que es tuyo -dijo Lau­ra-. Pero no puede hacer nada al respecto, aho­ra ya se ha comprometido y no puede cambiar su versión de los hechos.

Farrar la observó un instante. Cuando habló de nuevo fue con cierto tono heroico:

-Llegado el caso, Laura, yo asumiré la cul­pa -le aseguró.

-¡No, no quiero que hagas eso! -exclamó ella y le agarró el brazo, pero lo soltó tras lanzar una ojeada nerviosa a la casa-. ¡No quiero que lo hagas! -repitió.

-No creas que no entiendo cómo sucedió -dijo Farrar-. Cogiste la pistola y le disparaste sin saber lo que hacías, y...

Laura ahogó un grito.

-¿Qué? ¿Acaso pretendes que diga que le maté yo? -espetó.

-En absoluto -respondió Farrar con aire avergonzado-. Ya te he dicho que estoy dispuesto a asumir la culpa si fuera necesario. Laura sacudió la cabeza, perpleja.

-Pero si decías que sabías cómo había ocu­rrido...

Él la observó.

-Escucha, no creo que fuera un acto delibe­rado ni premeditado. Sé que no lo fue, sé que le disparaste porque...

Laura 1e interrumpió:

-¿Que yo le disparé? ¿Realmente crees que yo le disparé?

Farrar se dio la vuelta al tiempo que excla­maba:

-¡Dios mío! Va a ser imposible, ni siquiera somos capaces de ser honestos con nosotros mismos. Laura parecía desesperada. Intentó tranquilizarse antes de replicar con énfasis:

-¡Yo no le disparé y tú lo sabes!

Hubo un silencio. El se volvió lentamente hacia ella.

-Entonces ¿quién lo hizo? -preguntó. De pronto lo comprendió y añadió-: ¡Laura! No estarás diciendo que yo le maté.

Se encontraban frente a frente. Guardaron silencio durante un instante. Luego Laura dijo:

-Oí el disparo, Julian. -Respiró hondo an­tes de continuar-. Oí el disparo y tus pasos mientras te alejabas por el camino. Bajé, y allí estaba Richard, muerto.

Pasado un instante, Farrar respondió con suavidad:

-Laura, yo no le maté. -Alzó la vista al cie­lo como en busca de inspiración y después clavó los ojos en ella-. Vine para hablar con Richard -explicó-, para decirle que después de las elec­ciones tendríamos que llegar a algún acuerdo so­bre el divorcio. Oí un disparo poco antes de lle­gar, pensé que se trataba de uno de los juegos de Richard, como siempre. Entré, y allí estaba, muerto. El cuerpo todavía estaba caliente.

Ella le miró perpleja.

-¿Caliente? -repitió.

-No llevaba más de uno o dos minutos muerto. Como es natural, pensé que le habías matado tú, ¿quién más podía haber sido?

-No lo comprendo -murmuró ella.

-Supongo... supongo que pudo ser un sui­cidio -aventuró Farrar, pero Laura le interrum­pió.

-No, no pudo ser, porque... -Enmudeció al oír los gritos exaltados del joven Jan en el inte­rior de la casa.

 

14

Farrar y Laura corrieron hacia la casa y casi chocaron con Jan cuando salió por la contraven­tana de la terraza.

-¡Laura! -gritó mientras le empujaba ha­cia la biblioteca-. Laura, ahora que Richard ha muerto, todas sus pistolas, rifles y cosas así me pertenecen, ¿verdad? Quiero decir, yo soy su hermano, soy el hombre de la familia.

Julian Farrar les siguió a la biblioteca, se acercó al sillón y se sentó en el brazo mientras Laura trataba de tranquilizar a Jan, que no cesa­ba de quejarse.

-Benny no me deja coger las pistolas, las ha guardado con llave en el armario de allá arriba. -Señaló con un gesto hacia la puerta-. Pero son mías, estoy en mi derecho. Dile que me dé la llave.

-Escucha, Jan, cariño -comenzó Laura, pero Jan no quería ser interrumpido. Se dirigió rá­pido hacia la puerta y dio media vuelta gritando:

-Me trata como a un niño. Todos me tratan como a un niño, pero soy un hombre. Ten­go diecinueve años, soy casi mayor de edad.

-Abrió los brazos como si intentara abarcar sus pistolas-. Todas las cosas de Richard me perte­necen. Haré lo mismo que él, dispararé contra las ardillas, los pájaros y los gatos. -Rió histéri­co-. Quizá dispare también contra las personas que no me gustan.

-No debes excitarte, Jan -le advirtió Laura.

-No estoy excitado -respondió enfurru­ñado-. Pero no voy a dejar que... que me victi­micen. Ahora soy el señor de la casa y todos ha­rán lo que yo diga. -Se detuvo un instante y después se dirigió a Farrar-: Yo también podría ser juez de paz si quisiera, ¿verdad, Julian?

-Todavía eres demasiado joven para eso -contestó Farrar.

Jan se encogió de hombros y se volvió hacia Laura.

-Todos me tratáis como a un niño -volvió a lamentarse-. Pero ahora que Richard ha muerto ya no podéis. -Fue hasta el sofá, se sen­tó y se cruzó de piernas-. Además, supongo que ahora también soy rico, ¿verdad? Esta casa me pertenece, nadie puede mandarme, ahora mandaré yo. No dejaré que la tonta de Benny me diga lo que tengo que hacer, si Benny intenta darme órdenes, yo... ¡yo ya sé lo que haré!

Laura se acercó a él.

-Jan, cariño -susurró con dulzura-, éste es un momento muy difícil para todos, y las co­sas de Richard no pertenecerán a nadie hasta que vengan los abogados, lean el testamento y lo autentifiquen. ¿Lo comprendes?

La voz de Laura tuvo un efecto balsámico y tranquilizador sobre Jan. El joven la miró, le ro­deó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su regazo.

-Comprendo lo que dices, Laura -dijo-. Te quiero, Laura. Te quiero mucho.

-Sí, cariño -murmuró ella con dulzura-. Yo también te quiero.

-Estás contenta de que Richard haya muer­to, ¿verdad? -preguntó Jan de repente. Sorprendida, ella respondió:

-No, claro que no.

-Sí que lo estás -replicó él, astuto-. Aho­ra podrás casarte con Julian.

Laura lanzó una rápida mirada a Julian, que se puso en pie mientras Jan continuaba hablando.

-Sé que hace mucho tiempo que quieres ca­sarte con Julian. Todos piensan que no me doy cuenta de las cosas, o que no sé nada, pero no es así. Ahora estáis bien, la situación se ha arreglado y estáis contentos. Estáis contentos porque... -Calló al oír la voz de la señorita Bennett en el pasillo llamándolo.

Jan rió.

-¡Benny, tonta! -gritó mientras daba saltos en el sofá.

-Pórtate bien con Benny -le reprendió Laura mientras le ayudaba a ponerse en pie-. Está muy preocupada por todo -añadió mien­tras lo acompañaba hasta la puerta-. Tienes que ayudar a Benny, Jan, porque ahora eres el hom­bre de la familia.

Jan abrió la puerta, miró a Laura y después a Julian.

-De acuerdo, de acuerdo -prometió con una sonrisa-. Lo haré. -Abandonó la habita­ción, cerró la puerta tras de sí y comenzó a gritar «¡Benny!».

Laura se volvió hacia Farrar, que se acercó a ella.

-No tenía ni idea de que supiera lo nuestro -exclamó ella.

-Ese es el problema con las personas como Jan. Nunca sabes cuánto saben. Es muy... quiero decir... se altera muy rápido, ¿verdad?

-Sí, se pone nervioso muy rápido -reco­noció Laura-. Pero ahora que no está Richard para burlarse de él, se tranquilizará, será más normal, estoy segura.

Farrar parecía dudoso.

-No lo sé -comenzó, pero se detuvo al en­trar Starkwedder por la contraventana de la te­rraza.

-Hola -dijo con tono alegre.

-Hola -respondió Farrar titubeante.

-¿Cómo va todo? ¿Felices como perdices? -preguntó Starkwedder mientras los contem­plaba. Sonrió-: Ya veo, dos son compañía y tres son multitud. No debería haber entrado por la contraventana así, un caballero se hubiera dirigi­do a la puerta principal y hubiera llamado al tim­bre, ¿no es así? Pero, saben, yo no soy ningún caballero.

-Por favor... -comenzó Laura, pero Stark­wedder la interrumpió.

-De hecho -explicó-, he venido por dos razones. En primer lugar, para despedirme, ya han verificado mis antecedentes y las altas esfe­ras de Abadan han confirmado que soy un hombre bueno y honesto. Así que ya soy libre de marcharme.

-Siento que se vaya tan pronto -dijo Laura.

-Muy amable por su parte -respondió Starkwedder con cierta acritud-, sobre todo si se tiene en cuenta la manera en que me he entrometido en este asesinato familiar. -Contempló a Laura un instante y después se acercó a la silla del escritorio-. Pero he entrado por la contraventana por otra razón. La policía me ha acom­pañado en su coche y, aunque no se mostraron muy comunicativos, creo que se traen algo entre manos.

Laura ahogó un grito de consternación.

-¿La policía ha vuelto?

-Sí -confirmó Starkwedder.

-Pero pensé que ya habían acabado esta ma­ñana.

Starkwedder le dirigió una mirada astuta. -¡Por eso digo que se traen algo entre ma­nos! -exclamó.

Laura y Farrar se acercaron al oír unas voces en el pasillo. La puerta se abrió y entró la madre de Richard Warwick, muy erguida y dueña de sí misma, a pesar de seguir caminando con ayuda de un bastón.

-¡Benny! -exclamó por encima del hom­bro antes de dirigirse a Laura-. ¡Ah! Estás aquí, Laura. Te estábamos buscando.

Farrar se aproximó a la señora Warwick y la ayudó a sentarse en el sillón.

-Qué amable por tu parte volver a pasar por aquí, Julian, con lo ocupado que estás -comentó.

-Hubiera venido antes, señora Warwick -respondió Farrar-, pero hoy ha sido un día especialmente ajetreado. Si puedo hacer algo para ayudar... -Enmudeció al entrar en el estudio la señorita Bennett seguida del inspector Thomas.

El policía, que se detuvo en el centro de la habitación, llevaba un maletín en la mano. Stark­wedder se sentó en la silla del escritorio y encen­dió un cigarrillo mientras el sargento Cadwalla­der entraba acompañado de Angell.

-No encuentro al joven Warwick, señor -dijo el sargento al inspector mientras se acer­caba a los ventanales de la terraza.

-Está fuera en algún lugar, ha salido a dar un paseo -anunció la señorita Bennett.

-No importa -dijo el inspector. Observó a todos los presentes. Su actitud había cambiado y ahora mostraba cierta severidad.

Después de esperar un momento a que ha­blara, la señora Warwick preguntó con frial­dad:

-¿Debo suponer que tiene más preguntas que hacer, inspector Thomas?

-Sí, señora Warwick, me temo que sí.

La voz de la señora Warwick sonó cansada cuando preguntó:

-¿Todavía no tiene noticias de ese MacGre­gor?

-Al contrario -respondió el inspector.

-¿Lo han encontrado? -preguntó la seño­ra Warwick, ansiosa.

-Sí.

Todos reaccionaron con manifiesta agita­ción. Laura y Farrar se mostraron incrédulos mientras que Starkwedder se volvió hacia el ins­pector.

La voz severa de la señorita Bennett rasgó el silencio:

-Entonces, ¿le han arrestado?

El inspector la miró antes de responder.

-Creo que eso es imposible, señorita Bennett.

-¿Imposible? -exclamó-. Pero, ¿por qué?

-Porque está muerto -respondió el inspector con voz seca.

 

15

El anuncio del inspector Thomas fue recibi­do con un silencio atónito. Laura susurró con voz titubeante y temerosa:

-¿Qué ha dicho?

-He dicho que ese MacGregor ha muerto. Todos emitieron un grito de sorpresa. El ins­pector inició la explicación:

-John MacGregor murió en Alaska hace más de dos años, poco después de regresar de In­glaterra a Canadá.

-¡Muerto! -exclamó Laura, incrédula.

En ese momento Jan cruzó la terraza y de­sapareció de vista.

-Esto lo cambia todo, ¿no es así? -conti­nuó el inspector-. No fue John MacGregor quien colocó esa nota de venganza sobre el cadá­ver del señor Warwick. Pero es obvio, ¿no creen?, que la dejó alguien que conocía la historia de MacGregor y del accidente en Norfolk. -Se acercó al escabel y colocó el maletín encima- Lo cual nos limita, de forma definitiva, a alguna persona de esta casa.

-¡No! -protestó la señorita Bennett al tiempo que se acercaba al inspector-. ¿No pudo haber sido...?

-¿Sí, señorita Bennett? -la instó el inspec­tor y esperó un instante, pero ella se vio incapaz de continuar. Desesperada, se alejó hacia los ventanales.

El inspector centró su atención en la madre de Richard Warwick.

-Como usted comprenderá -dijo inten­tando mostrarse compasivo-, esto cambia las cosas.

-Sí, por supuesto -respondió ella antes de ponerse en pie-. ¿Me necesita para algo más, inspector?

-De momento no, señora Warwick.

-Gracias -murmuró ella mientras se diri­gía a la puerta que Angell se apresuró a abrirle.

Julian Farrar también se incorporó para acompañarla, luego regresó y se colocó pensati­vo detrás del sillón. Mientras tanto, el inspector Thomas había abierto el maletín y extrajo una pistola.

Angell seguía a la señora Warwick cuando el inspector le llamó con tono imperioso:

-¡Angell!

Sobresaltado, el asistente regresó al estudio y cerró la puerta.

-¿Sí, señor? -respondió.

El inspector se acercó a él llevando en la mano lo que era sin duda el arma del crimen.

-Es acerca de esta pistola; esta mañana no estaba seguro, pero ¿puede o no puede decir con certeza si pertenecía al señor Warwick?

-No quisiera equivocarme, inspector -res­pondió Angell-. Tenía muchas pistolas.

-Se trata de una pistola europea -le infor­mó el inspector mostrándole el arma-, supongo que es un recuerdo de alguna parte.

Jan volvió a cruzar la terraza en dirección contraria, sin que nadie le viera, con una pistola que intentaba ocultar.

Angell echó un vistazo a la pistola que el ins­pector tenía en la mano.

-El señor Warwick poseía algunas pistolas extranjeras, señor -dijo-. Pero él mismo se ocupaba de sus armas y no dejaba que yo las to­cara.

El inspector se volvió hacia Farrar.

-Mayor -dijo-, seguramente usted tiene recuerdos de la guerra. ¿Le dice algo esta arma? Farrar lanzó un rápido vistazo a la pistola.

-No, me temo que no.

El inspector introdujo de nuevo el arma en el maletín.

-El sargento Cadwallader y yo -anunció volviéndose hacia los presentes- queremos examinar la colección de armas del señor Warwick. Creo entender que tenía licencia para la mayoría.

-¡Oh, sí! -le aseguró Angell-. Las licen­cias se encuentran en uno de los cajones de su dormitorio, y todas las pistolas y el resto de las armas están en el armario de las armas.

El sargento Cadwallader se acercó a la puer­ta, pero la señorita Bennett le impidió abando­nar la habitación.

-Un momento. Querrá usted la llave del ar­mario- dijo al tiempo que sacaba una del bolsillo.

-¿Lo ha cerrado con llave? -inquirió el inspector-. ¿Por qué?

La respuesta de la señorita Bennett fue igual de lacónica:

-Creo que esa pregunta es innecesaria. Tantas armas, y la munición... es muy peligroso, todo el mundo lo sabe.

El sargento disimuló una sonrisa. Tomó la llave que le tendió la gobernanta, se dirigió a la puerta y se detuvo en el umbral por si el inspec­tor deseaba acompañarle. Disgustado por el co­mentario de la señorita Bennett, el inspector agregó:

-Necesito hablar con usted de nuevo, Angell. -Dicho esto, cogió el maletín, abandonó la habitación seguido por el sargento y dejó la puerta abierta para Angell.

Sin embargo, el asistente no le siguió de inmediato sino que, después de lanzar una mirada nerviosa a Laura, que estaba sentada con los ojos clavados en la puerta, se acercó a Farrar y mur­muró:

-Sobre ese pequeño asunto, señor. Estoy impaciente por arreglarlo pronto...

Con voz entrecortada, Farrar respondió:

-Creo... creo que podré hacer algo al res­pecto.

-Gracias, señor -contestó Angell con una leve sonrisa-. Muchas gracias. -El asistente estaba a punto de trasponer la puerta cuando Fa­rrar le dijo con tono autoritario:

-¡No! Espere un momento, Angell.

El asistente se volvió hacia él y Farrar gritó:

-¡Inspector Thomas!

Hubo una pausa tensa. Un momento más tarde, el inspector apareció por la puerta con el sargento detrás:

-¿Sí, señor Farrar?

Farrar adoptó una actitud distendida al tiem­po que se acercaba al sillón.

-Antes de que empiece con las preguntas rutinarias -comentó-, hay algo que debería haberle dicho. De hecho, hubiera tenido que mencionárselo esta mañana, pero estábamos to­dos tan consternados... La señora Warwick aca­ba de informarme de que desean identificar unas huellas dactilares. Aquí, en la mesa, me parece que dijo; pues bien, con toda probabilidad serán mías.

Hubo un silencio. El inspector se acercó a Farrar lentamente antes de preguntarle:

-¿Estuvo usted aquí anoche, mayor Farrar?

-Sí. Vine a conversar con Richard después de cenar, como suelo hacer a menudo.

-¿Y le encontró...?

-Le encontré muy malhumorado y depre­sivo, así que no me quedé mucho tiempo.

-¿A qué hora fue eso? -preguntó el ins­pector.

Farrar reflexionó un instante y luego res­pondió:

-No me acuerdo, quizá a las diez, o a las diez y media.

El inspector le observó.

-¿Podría ser un poco más preciso? -in­quirió.

-Lo siento, pero no -fue la respuesta de Farrar.

Después de un silencio ligeramente tenso, el inspector preguntó con un tono que pretendía ser indiferente.

-¿Supongo que no discutirían acaloradamente?

-No, por supuesto que no -respondió Fa­rrar. Después consultó su reloj y agregó-: Ten­go que asistir a una reunión en el ayuntamiento y no puedo retrasarme. -Dio media vuelta y se dirigió a la contraventana-. Así que, si no le im­porta... -dijo al llegar a la terraza.

-No puede hacer esperar a los del ayuntamiento -convino el inspector mientras se acer­caba a él-. Pero estoy seguro de que entenderá, mayor Farrar, que me gustaría tener una declara­ción completa sobre sus movimientos de anoche. Quizá podamos hacerlo mañana por la ma­ñana. -Hizo una pausa antes de proseguir- Se dará cuenta, claro, de que no tiene obligación al­guna de declarar, que es un acto plenamente voluntario por su parte, y que tiene derecho a exi­gir la presencia de su abogado.

La madre de Richard Warwick había entrado de nuevo en la habitación, pero permaneció en silencio mientras escuchaba las últimas pala­bras del inspector. Farrar contuvo el aliento al asimilar las palabras que acababa de pronunciar el inspector.

-Lo comprendo, perfectamente -dijo-. ¿Qué le parece mañana a las diez? Mi abogado estará presente.

Farrar salió por la terraza y el inspector se volvió hacia Laura Warwick.

-¿Vio al mayor Farrar cuando vino aquí anoche? -le preguntó.

-Yo, yo... -comenzó ella titubeante, pero Starkwedder acudió en su ayuda.

-No creo que a la señora Warwick le ape­tezca contestar ninguna pregunta ahora mismo -manifestó al inspector.

 

16

Starkwedder y el inspector Thomas se miraron en silencio durante un instante. A continua­ción, habló éste:

-¿Qué ha dicho usted, señor Starkwedder? -preguntó.

-He dicho que no creo que a la señora War­wick le apetezca contestar más preguntas por el momento.

-¿De verdad? ¿Acaso es asunto suyo?

La madre de Richard Warwick se unió a la discusión. -El señor Starkwedder tiene razón -terció.

El inspector se volvió hacia Laura con expre­sión inquisidora. Pasados unos instantes, ésta murmuró:

-No, no quiero responder más preguntas ahora mismo.

Satisfecho, Starkwedder sonrió al inspector, el cual dio media vuelta y abandonó la habitación acompañado del sargento. Angell les siguió y cerró la puerta detrás de sí. En ese momento Laura dijo:

-Pero debería hablar, debo... debo decirles.

-El señor Starkwedder tiene razón, Laura -la interrumpió la señora Warwick-. Cuanto menos digas ahora, mejor. -Caminó unos pa­sos por la habitación apoyándose en el bastón antes de añadir- Debemos ponernos en contacto con el señor Adams de inmediato. -Se volvió hacia Starkwedder y explicó- Es nuestro abogado. -Miró a la señorita Bennett-. Llámale ahora, Benny.

La señorita Bennett asintió y se acercó al te­léfono, pero la señora Warwick la detuvo.

-No; utiliza el supletorio de arriba -le in­dicó y agregó- Laura, acompáñala.

Laura se puso en pie titubeante y lanzó una mirada confusa a su suegra. Pero ésta meramente dijo:

-Quiero hablar con el señor Starkwedder.

-Pero... -protestó Laura, aunque la señora Warwick la interrumpió.

-No te preocupes, querida, haz lo que te digo.

Laura dudó un instante, pero luego salió al pasillo seguida de la señorita Bennett, que cerró la puerta tras de sí. La señora Warwick se acercó a Starkwedder.

-No sé de cuánto tiempo disponemos -dijo deprisa al tiempo que lanzaba una mirada a la puerta-. Quiero que me ayude.

El se sorprendió.

-¿Cómo? -preguntó.

-Usted es un hombre inteligente, y un ex­traño. Ha llegado a nuestras vidas desde el exte­rior, no sabemos nada de usted, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros.

Starkwedder asintió.

-Una visita inesperada, ¿eh? -murmuró. Se sentó en un brazo del sofá-. Ya me lo han dicho antes -comentó.

-Como es usted un extraño -prosiguió ella-, voy a pedirle que haga algo por mí. -Sa­lió a la terraza y miró en ambas direcciones.

Pasado un instante, Starkwedder dijo:

-Sí, ¿señora Warwick?

Mientras entraba en la habitación, ella co­menzó a hablar con tono apremiante.

-Hasta esta noche había una explicación ra­zonable para esta tragedia. Un hombre al que mi hijo había hecho daño al matar accidentalmente a su hijo había venido a vengarse. Sé que suena melodramático pero, después de todo, cosas así se leen en los periódicos.

-Si usted lo dice -comentó él mientras se preguntaba a dónde conducía esa conversación.

-Pero me temo que ahora ya no existe esa explicación, con lo cual el asesinato de mi hijo vuelve a la familia. -Se acercó al sillón-. Hay dos personas que no pueden haber disparado a mi hijo y ésas son su mujer y la señorita Bennett, pues estaban juntas cuando se produjo el disparo.

Starkwedder le lanzó una fugaz mirada y dijo «Vaya».

-No obstante -añadió la señora War­wick-, a pesar de que Laura no pudo haber ma­tado a su marido, puede saber quién fue.

-Eso la convertiría en cómplice. Ella y ese Julian Farrar, ¿a eso se refiere?

Ella torció el gesto.

-No -respondió. Se alejó del sillón y lan­zó otra mirada a la puerta antes de agregar- Ju­lian Farrar no disparó a mi hijo.

Starkwedder se levantó del brazo del sofá.

-¿Cómo puede saberlo? -preguntó.

-Lo sé -contestó la señora Warwick mien­tras se alejaba unos pasos de él para luego volverse-. Voy a contarle a usted, un extraño, algo que nadie de mi familia sabe: soy una mujer a la que no le queda mucho tiempo de vida.

-Lo siento -comenzó Starkwedder, pero ella levantó la mano para interrumpirle-. No se lo digo para que me compadezca, sino para ex­plicar algo que, en caso contrario, sería difícil de explicar. Hay veces en las que uno elige una línea de acción que no elegiría si le quedaran varios años de vida.

-¿Por ejemplo? -preguntó Starkwedder. Ella le observó.

-En primer lugar, tengo que explicarle otra cosa, señor Starkwedder, debo contarle algo so­bre mi hijo. -La señora Warwick se sentó en el sofá-. Yo quería mucho a mi hijo; de niño y du­rante su juventud tenía muchas virtudes. Tenía éxito, era ingenioso, valiente, de carácter alegre, era una gran compañía. -Se detuvo como si estuviera recordando-. Tengo que reconocer que también tenía los defectos asociados con esas cualidades: le frustraban las limitaciones, los obstáculos. Tenía una veta cruel y una especie de arrogancia fatal. Todo funcionaba bien siempre y cuando tuviera éxito, pero su carácter no le permitía enfrentarse a las adversidades, y hacía tiempo que yo venía observando su declive.

Starkwedder se sentó en el escabel frente a ella.

-Si dijera que se había convertido en un monstruo -prosiguió la madre de Richard Warwick-, parecería una exageración, pero de alguna forma lo era, un monstruo egoísta, orgu­lloso y cruel. Como él había sufrido, sentía nece­sidad de hacer sufrir a los demás. -En su voz había amargura-. Así que todos comenzaron a sufrir por su culpa, ¿me comprende?

-Creo que sí -murmuró él.

La voz de la señora Warwick volvió a dulci­ficarse cuando continuó.

-Pues bien, tengo mucho cariño a mi nuera, es una chica de gran espíritu, bondadosa y fuerte. Richard la deslumbró, pero no sé si realmente se enamoró de él. De todos modos, he de reco­nocer que hizo todo lo que una esposa podía hacer para que la enfermedad e inactividad de Richard fueran soportables.

Reflexionó un instante antes de continuar con voz triste:

-Pero Richard no quería su ayuda, la recha­zaba. A veces pienso que incluso la odiaba, quizá sea eso más natural de lo que pensamos. Así que creo que me entenderá cuando le diga que al fi­nal sucedió lo inevitable: Laura se enamoró de otro hombre.

Starkwedder la observó con atención.

-¿Por qué me cuenta todo esto? -pre­guntó.

-Porque es usted un extraño -respondió ella-. Todos estos amores, odios y tribulacio­nes no significan nada para usted, así que puede escuchar sin verse afectado.

-Quizá.

Como si no le hubiera oído, ella prosiguió.

-Así que se llegó a un punto en el que parecía que la única manera de resolver todas las difi­cultades era con la muerte de Richard.

Starkwedder continuó observándola con atención.

-Así que ¿la muerte de Richard era conve­niente? -murmuró.

-Sí.

Hubo un silencio. Entonces Starkwedder se incorporó, rodeó el escabel y se acercó a la mesa para apagar el cigarrillo.

-Perdóneme si soy tan directo, señora Warwick -se disculpó- pero ¿acaso se está confesando autora de un asesinato?

 

 

CONTINUARÁ...