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El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 2)


Al principio, Barton indicaría los síntomas de su mal de un modo tan desenvuelto que podría pensarse que le interesaba muy poco su salud y que había problemas mucho más graves que le preocupaban. Particularmente, habría dicho que sufría trastornos cardíacos y dolores de cabeza, pero lo habría dicho de una manera como si él no tuviera nada que ver con el enfermo.

Entonces el médico le preguntó, según se cree, si no tenía razones para inquietarse por alguna cosa, si había algo que le preocupaba de una manera especial. Barton, parece, que habría respondido como forzado, que todos sus asuntos marchaban bien, gracias, y que no había nada en concreto que lo preocupara. Se pretende que el doctor habría diagnosticado trastornos estomacales, que habría prescrito remedios anodinos y que, en el momento de marcharse, el capitán le habría dicho:

—Doctor, me olvidaba de lo que quería preguntaros; se trata de algo relacionado con vuestra profesión. Os parecerá ridículo, me imagino, pero como se trata de una apuesta, os estaré muy agradecido si me queréis contestar.

El médico aceptó; en este momento parece que Barton se sintió incómodo y que al final se decidió como aquel que se lanza al agua:

—En primer lugar, querría haceros algunas preguntas sobre el tétanos. Esto os parecerá idiota, ya os lo he dicho, pero como se trata de una apuesta... Veréis: un hombre atacado por el tétanos parece morir, un médico competente constata su muerte y, no obstante, el enfermo se cura. ¿Es esto posible?

—En absoluto, y pretender lo contrario sería un contrasentido científico.

—De acuerdo, pero si el médico es un impostor, es posible que se equivoque y que confunda la muerte con uno de los estadios de la enfermedad.

—Fantasías, mi querido señor, no hay nada más muerto que un muerto de tétanos y nadie se equivocaría sobre esto.

—Veamos la otra pregunta. Es posible que en el extranjero, Nápoles, por ejemplo, los registros de un hospital estén mal llevados y que pueda inscribirse una defunción que no ha existido. Un error material, en fin...

—Esto no lo sé. En todo caso, en nuestro país jamás oí nada parecido.

—No os voy a entretener más, apreciado doctor, sólo un último problema que someto a vuestra sagacidad. No os riáis demasiado a expensas mías si mi pregunta os parece demasiado estúpida, y decidme simplemente si existe una enfermedad cuyos efectos principales serían la reducción de las dimensiones del paciente, la contracción de su cuerpo, pero respetando las proporciones. Aunque existan muy pocos casos de ella, incluso si se trata de una rarísima enfermedad, decídmelo.

—No conozco la existencia de una enfermedad tal, jamás existió y sin duda alguna no creo que exista jamás.

Barton acogería esta última información con un aire alucinado y habría preguntado entonces al doctor Rowlands si era posible pedir que arrestaran a un loco que amenaza a una persona honesta. El médico debió responder que creía que era posible, pero que para estos asuntos era mejor consultar a un abogado. Luego se habría marchado. El sirviente del capitán explicó más tarde que, al llegar al vestíbulo, el doctor exclamó, golpeándose la frente:

—Olvidé mi bastón en la habitación, voy a buscarlo.

Se dice —pero qué es lo que no dice la gente— que al entrar en la habitación en la que se encontraba Barton, el médico habría visto cómo su receta se quemaba en la chimenea. También se fijaría en que su cliente parecía huraño y muy desgraciado. Deduciría entonces que el capitán sufría del espíritu, no del cuerpo.

Explico todo esto como simples comentarios sin pruebas, puesto que naturalmente el doctor Rowlands se negó siempre a dar el más mínimo detalle sobre esta entrevista, refugiándose en el secreto profesional. No obstante, lo que puedo asegurar es que, una semana más tarde, los periódicos de la ciudad publicaron un anuncio que decía así:

«M. Sylvestre Yolland, antiguo marinero a bordo del Dolphin, o a falta de él, su pariente más próximo, tenga la bondad de presentarse urgentemente a la oficina del señor Hubert Smith, abogado, Dame Street, para enterarse de ciertos hechos susceptibles de su mayor interés. Discreción absoluta. Las puertas del estudio permanecerán abiertas hasta la medianoche».

Más arriba he dicho que Barton había sido comandante del Dolphin y fue este detalle el que hizo pensar a la gente que quizá él estaba detrás de este anuncio. Todavía esto no es más que una hipótesis, puesto que Smith, el abogado, se negó a decir el nombre de su cliente. Tampoco se supo si el anuncio había dado algún resultado.

Poco a poco pareció que el capitán Barton volvía a reemprender sus costumbres; ya era hora, pues se empezaba a murmurar a sus espaldas que se volvía misántropo y que su mujer sería muy desgraciada al lado de un hombre así. 

Naturalmente, el rumor público exageraba, como siempre, e incluso en los peores problemas Barton había demostrado tener un equilibrio de carácter ejemplar. Como máximo se le notaba un aire desconfiado e inquieto que no desapareció de su persona hasta pasadas unas semanas. 

Una noche, la del gran banquete de la logia filosófica a la que pertenecía, se mostró muy alegre, bebió más de lo que tenía por costumbre, quizá para evadirse de sus problemas; estuvo hablador, incluso excitado. Sus comensales apenas le reconocían.

Se marchó de la reunión hacia las diez y media, todavía bajo los efectos de su ficticia alegría, y determinó acabar la noche en casa de lady L... para charlar agradablemente en compañía de su prometida. Con esta intención se dirigió a casa de estas damas. Ya he dicho que este excelente personaje había bebido; que se me entienda bien, Barton no estaba borracho, ni siquiera achispado, simplemente algo alegre. No obstante, era dueño de sí mismo y su cortesía era la de siempre.

El único efecto importante de sus libaciones era una especie de profundo desprecio por sus antiguos terrores, una altiva indiferencia ante todo lo que, algunas horas antes, le parecía inquietante. No obstante, en la medida en que pasaba el tiempo y los efectos del vino se disipaban, el capitán notó cómo sus angustias volvían a apoderarse de él tanto más fuertes cuanto más débiles las había creído.

Cuando dejó a las damas estaba preso de no sabía qué extraño presentimiento; se daba cuenta de que podía temerlo todo del camino de vuelta a su casa. Pero a Barton le gustaba dominarse, no quería verse despreciado ante sus propios ojos, se negaba a dar importancia a lo que, razonaba, no tenía la más mínima. Y lo que le ocurrió aquella noche fue sin duda alguna la consecuencia directa del miedo que experimentaba a tener miedo por nada.

Estaba cansado y con gusto habría mandado llamar un coche para volver a su casa, pero no quiso hacerlo: pensaba que su fatiga no era más que una excusa para sus terrores, que calificaba de supersticiosos. Por ello determinó volver a pie. Podía escoger entre dos calles, pero con una obstinación incomprensible, decidió tomar aquella en la que le acechaba el peligro misterioso del que le habían amenazado. Andando hacia la calle nueva, se decía que esta vez tendría la conciencia limpia y que descubriría si los temores eran absurdos o estaban fundamentados.

Barton era valiente, ya lo he dicho, pero esa noche, mientras sus pasos se acercaban al punto crítico, tenía que recurrir a todas las fuerzas de su voluntad para no volver atrás. Sabía demasiado bien, a pesar de su escepticismo, que un ser malévolo lo acechaba escondido en las sombras, y, con el corazón oprimido por el angustioso dilema, penetró en la calle en construcción.

Andaba rápido. Temblaba de miedo, pero se tranquilizó poco a poco: ningún ruido de pasos tras de sí. Cuando había recorrido dos tercios de la calle estaba casi a punto de reírse de sus temores, pero lo que aconteció en aquel momento acabó con su seguridad: oyó la detonación de un arma de fuego al mismo tiempo que una bala le pasó rozando las orejas. 

La tentativa de asesinato de que acababa de ser víctima provocó en el capitán el deseo de lanzarse a la persecución del tirador, pero muy pronto renunció a este proyecto; primero por la oscuridad reinante y luego porque las construcciones existentes a lo largo de toda la calle ofrecían demasiados escondites. Por otro lado, todo estaba en calma y ningún ruido podía orientar a Barton en su búsqueda. Reemprendió su camino.

Algunos segundos después surgió el espantoso hombrecillo que había encontrado anteriormente. Pasó muy de prisa por delante de Barton, que le oyó murmurar con furia:

—¿Todavía vivo? ¿No ha muerto aún? ¡Ah, esto ya...!

Desde entonces, los tormentos del capitán empezaron a reflejarse en sus conversaciones y en su rostro; los que le conocían notaron que parecía sufrir una cruel enfermedad. No había denunciado la tentativa de asesinato e incluso no dijo nada sobre ello durante varias semanas. 

No obstante, el pobre hombre, que no podía justificar el enfriamiento de su relación con miss Montague, tuvo que hacer un considerable esfuerzo para intentar presentar a su novia un aspecto alegre y despreocupado. 

Dada la discreción que conservaba sobre las persecuciones de que era víctima, se podía suponer que sabía qué pensar acerca de la identidad de su verdugo. Pero no es posible mantener impunemente una larga tensión nerviosa, y por ello el capitán se hacía cada día más impresionable y menos capaz de soportar las furtivas apariciones de su enemigo.

Un día decidió confesar lo que le atormentaba a un célebre capellán, el reverendo Zorling, que le había conocido en otra ocasión. Es muy fácil de adivinar cuánto costaba al orgullo racionalista del capitán semejante determinación. El pastor estaba en su habitación de trabajo y se dedicaba a su ocupación favorita, el estudio de la teología, cuando Barton fue a verle. Zorling consideró por unos instantes la confusión de su visitante, la palidez de su rostro, el desorden en sus vestidos y se preguntó qué cosa debía preocupar al capitán para dejarlo en aquel estado.

Después de las banalidades acostumbradas, Barton empezó a hablar:

—Debéis considerar muy extraña mi visita; en realidad, la naturaleza de nuestras relaciones no me autorizaba propiamente hablando a ella; de hecho sólo la justifican las extraordinarias circunstancias que la han provocado. Me atrevo a pensar que perdonaréis mi intrusión cuando conozcáis exactamente el motivo.

El reverendo Zorling le aseguró que no le molestaba lo más mínimo, que era bien recibido, que podía confiar en él y que esperaba justificar la confianza de la que era merecedor. Barton continuó; hablaba con una voz entrecortada, sus ojos miraban al vacío:

—Quiero pediros consejo, reverendo, y solicito... vuestra bondad..., vuestra paciencia, más que otra cosa. Sufro hasta tal punto...

El pastor dijo, dulcemente:

—Amigo mío, haré todo lo que esté a mi alcance, pero temo que...

Barton le interrumpió:

—Sé lo que me vais a decir, que como la ayuda que me podéis brindar es de tipo espiritual, no me será provechosa porque... no soy creyente. Pero, reverendo, no estéis tan seguro de mi falta de fe. De momento, puedo adelantaros que desde hace bastante tiempo los problemas de religión retienen todo mi interés. He llegado a pensar de este modo después de ciertas circunstancias de una naturaleza extremadamente particular.

El fuego brillaba alegremente en la chimenea; Zorling acercó sus viejas manos deformadas por la artritis a las llamas y murmuró:

—Supongo que os preguntáis acerca de las pruebas de la existencia de Dios.

Barton pareció algo confuso, se mordió los labios, abrió la boca, la cerró y al fin se decidió:

—No, realmente, esto no... No me he preguntado a este respecto y no he llegado todavía a discutir estos asuntos... Sólo...

Balbuceaba, murmuraba entre dientes, y el pastor le rogó que hablara con mayor claridad. El capitán se echó hacia atrás sobre su silla, pareció tomar una enérgica resolución y empezó:

—Sabréis, todo el mundo sabe hasta qué punto desconfío de lo que se denomina la revelación, pero hay una cosa de la que estoy convencido y es que existe más allá de nosotros un mundo sobrenatural del que no tenemos normalmente conciencia, felizmente sin duda... Sea como fuere, sé que existe y que un Dios terrible es su dueño. También sé que castiga nuestras faltas de una manera indirecta, pero espantosa. Lo sé, reverendo, porque yo soy la víctima de la cólera de este Dios, porque sufro, en vida, los horrores del infierno y un demonio se ha empeñado en mi perdición.

A medida que Barton hablaba, el ritmo de su discurso se aceleraba, parecía estar al borde de la crisis nerviosa y el reverendo Zorling estaba muy preocupado por esta actitud tan distinta de la acostumbrada calma del capitán. Se recogió unos minutos, y luego dijo:

—Me doy cuenta de que sufrís enormemente, querido capitán, pero ante todo querría sugeriros que los trastornos a los que atribuís un origen celestial puedan deberse a males estrictamente fisiológicos, aunque esto pueda pareceros muy banal. Podría ser que un cambio de aires y algunos tonificantes os devuelvan la alegría de vivir. La gente se ha burlado de Hipócrates y de su teoría de los humores según la cual los trastornos del espíritu provenían la mayoría de las veces de la afección de alguno de nuestros órganos. Me parece que encierra mucha más sabiduría que la mayor parte de las teorías actuales. Sea como fuere, estoy convencido de que un régimen adecuado, un cambio de aires, es decir, mucho ejercicio, serán el remedio más seguro para vuestros males.

El capitán se encogió de hombros con una especie de furor desesperado:

—No estoy en condiciones de engañarme con falsas esperanzas, reverendo, y la única oportunidad que tengo es combatir al ser sobrenatural que me persigue por medio de otro, más poderoso y que esté completamente a mi favor.

—¡Oh! ¡Oh, capitán, no caigáis en el maniqueísmo! ¿Cómo podéis determinar la naturaleza de lo que os atormenta? Otras personas han sufrido tanto o más que vos sin por ello...

Barton le interrumpió; parecía estar a punto de estallar:

—No, no, yo no soy supersticioso, muy al contrario, e incluso quizá fui demasiado tiempo escéptico. De todas formas, no hago más que fiarme del testimonio constante y repetido de mis sentidos, no puedo rechazar hechos materialmente verídicos que otras personas han podido constatar en mi compañía. Lo que no tengo más remedio que admitir es que no puedo ponerlo en duda porque tengo cantidad de pruebas materiales de ello, y es que estoy perseguido por un DIABLO.

El rostro del capitán estaba dominado por un indescriptible terror, y Zorling se estremeció:

—¡Que Dios os ampare! ¡Que Dios os ampare! —exclamó.

—¿Lo hará? ¿Creéis que lo hará?

—Si le rezáis...

—No puedo, lo he probado, mi fe en Él es insuficiente y no puedo pronunciar palabras sin creer.

—Perseverad y obtendréis lo que buscáis.

—Imposible, cada vez que he intentado rezar, una angustia insondable y misteriosa se ampara de mi ser. Yo no puedo soportar la idea de la eternidad y de un creador. Mi espíritu se niega a ello, es así, no puedo hacer nada más y si tengo algún modo de salvarme, no será precisamente con plegarias.

El reverendo Zorling dijo:

—Entonces, no veo la manera de ayudaros, mi pobre amigo; decidme lo que esperáis de mí.

Barton se esforzaba en mantenerse tranquilo.

—Os lo voy a explicar todo, todo lo que me ha ocurrido y que todavía me ocurre, todo lo que me hace odiar la muerte y detestar la vida.

Entonces narró detalladamente todo lo que el lector ya conoce, y concluyó:

—Esto es todo. Ahora estas persecuciones son constantes y sólo estoy en calma algunos momentos. ¡Oh! Naturalmente, no siempre veo a mi torturador, pero oigo cosas muy extrañas, risas sardónicas, llamadas innombrables. Cuando camino por las calles, me siguen. Voces me gritan a los oídos que mis crímenes son imperdonables, que claman venganza y que seré condenado.

De pronto, palideció:

—Escuchad, escuchad, esto vuelve a empezar. ¿Os dais cuenta de que no estoy loco?

El viento se había calmado bruscamente y en medio de su susurro le pareció o imaginó oír plañidos, gritos de rabia y risas demoníacas.

—¿Qué pensáis de esto? —gritó Barton, que parecía sobreexcitado.

El pastor, superando poco a poco el terror que se había amparado de sí, murmuró:

—No era más que el viento. ¿Qué veis de extraordinario en ello?

No estaba muy convencido de lo que acababa de decir, pero quería calmar a su visitante. Su falsa tranquilidad no logró el resultado que había previsto, pues Barton gemía:

—Era el diablo, reverendo, el Maligno, Satán, todo lo que queráis menos el viento; no, ¡el viento seguro que no!

Zorling estaba mucho menos convencido de lo que quería dar a entender, y el capitán se daba cuenta de ello. Dijo:

—Sé lo que me vais a decir, pero... ¿cómo resistir lo irresistible? ¿Qué debo hacer, qué puedo hacer?

—Poner freno a vuestra imaginación y dejar de atormentaros.

Barton se levantó y se puso a dar vueltas alrededor de la mesa a grandes zancadas:

—Yo no me imagino nada. ¿He imaginado lo que vos mismo habéis oído, he imaginado la criatura maldita que dos de mis amigos han visto tan bien como yo mismo?

El reverendo Zorling estaba confundido; no sabía exactamente qué decir y acabó por aconsejar al capitán:

—Según lo que comentáis, habéis visto a menudo a la... persona que os persigue. ¿Por qué no intentáis hablar claramente con ella? Sabéis que, reflexionando bien, todo puede explicarse, absolutamente todo, sin por ello tener que utilizar la intervención de factores sobrenaturales.

—¡Sí, claro que sí! —dijo pensativamente Barton—. Lo que pasa es que yo sé, debido a ciertos hechos que me parece inútil contaros, sé que esta aparición procede del diablo. Si quisierais os podría dar mil pruebas irrefutables de ello. Me aconsejáis hablar con él... él..., en fin, esta persona, pero no puedo, es más fuerte que yo. Cuando estoy en su presencia, sufro todos los tormentos del infierno, pierdo el uso de todas mis facultades; querría no morir jamás —sé demasiado bien lo que me espera cuando esto ocurra— sino fundirme en una nada absoluta. Cómo queréis que hable en semejantes condiciones... ¡Oh! Sufro demasiado, Dios mío, sed misericordioso, no me atormentéis más.

El capitán, después de pronunciar estas palabras, se había desplomado sobre una silla y parecía poseído por horribles sufrimientos. Al cabo de unos minutos, prosiguió:

—Sé que haréis lo imposible por mí, puesto que ahora sabéis la naturaleza y la causa de mis sufrimientos. Creo que habéis comprendido la impotencia en ayudarme a mí mismo y os ruego que recéis por mí. Quizá vuestra acción tenga cierta influencia, no sé... En todo caso, reverendo, dejadme ilusionar con que interpondréis vuestros rezos entre mí y mi perseguidor, dejad que crea que Dios os escuchará... Desearía tanto lograr un poco de tranquilidad...

El pastor aseguró a su visitante que rogaría por él y lo condujo hasta su coche. Una vez solo, Zorling meditó mucho tiempo sobre la extraña confesión que le había hecho el capitán Barton.

En lo sucesivo, los tormentos del capitán fueron tan visibles que el rumor público se amparó de ellos y les atribuyó mil causas distintas: se hablaba de dificultades económicas o de pesares por haber decidido casarse tan pronto. 

Algunos sugerían, al fin, que en última instancia el excelente Barton podía sufrir una enfermedad mental. En verdad debo decir que esta hipótesis parecía la más digna de crédito y se daba por verdadera en los salones de la ciudad.

La joven miss Montague se había dado cuenta muy pronto de cómo se había modificado el carácter de su prometido, pero a pesar de su intuición femenina, no pudo adivinar la razón que empujaba a Barton a no verla más que en raras ocasiones. 

Su tía, lady L..., extrañada primero, inquieta luego, alarmada al fin, resolvió preguntar a Barton qué es lo que le ocurría. El capitán se resignó a hablar y si la certidumbre de que no era nada que las afectara tranquilizó primero a las damas, se alarmaron enseguida por las consecuencias fatales que parecían tener sobre su salud e incluso la razón del desgraciado hombre.

Poco tiempo después, el general Montague llegaba de las Indias. Conocía a su futuro yerno desde hacía muchos años, no ignoraba nada de su situación financiera ni de sus relaciones y lo consideró como un partido más que honorable para su hija. El general fue puesto al corriente de las «visiones» del capitán, lo que hizo mucha gracia al excelente militar que corrió a casa de Barton:

—Querido amigo —le dijo—, mi hermana lady L... me ha explicado que sois presa de Dios sabe qué diablos de una clase nueva. ¿Qué es esta fantasía?

El capitán suspiró; parecía abrumado. Montague continuó:

—¡No os entiendo, amigo! Tenéis una cara de muerto cuando estáis a punto de contraer matrimonio.

—Por favor, cambiemos de tema, general.

—¡Oh, no! —dijo el otro, con esa obstinación testaruda y esa falta de tacto que forman el patrimonio exclusivo de los militares de carrera cuando han llegado a un alto grado—. ¡Oh, no! Por el contrario, hablemos de ello. Quiero comunicaros lo que pienso de este absurdo problema: un bromista de mal gusto os ha puesto en ridículo, de muy mal gusto, en esto estoy de acuerdo, pero no vale la pena preocuparse. Para hablar claro, lo que me han contado me ha afligido; en fin, querido amigo, basta con hacer una pequeña investigación para esclarecer este supuesto misterio. Necesitaríamos una semana...

Barton suspiró, tristemente:

—General, ignoráis...

—Pero no, santo Dios, sé que es un asqueroso hombrecillo, casi un enano, el que os atormenta. Lleva un gorro y una levita y un chaleco rojo. Tiene una espantosa cabeza y os sigue por todas partes, burlándose de vos y buscando cualquier ocasión para asustaros. Pues bien, palabra de Montague, que lo atraparé a este farsante y le quitaré las ganas de continuar. Lo haré azotar en la plaza pública, le...

—Es lo que os decía, no sabéis nada. Si tuvieseis las mismas pruebas que yo, mi general, comprenderíais que es imposible hacer lo que decís...

—Esto lo veremos cuando os traiga, debidamente atado, al responsable de vuestros temores. ¿Os apostáis algo?

De repente se interrumpió. Barton acababa de saltar lejos de la ventana por donde hacía unos instantes estaba mirando. Estaba pálido y balbuceaba señalando la calle:

—¡¡Lo he visto, está... está... allí!!

 

(CONTINUARÁ...) 

La tumba - H. P. Lovecraft

«Sedibus ut saltem placidis in morte quiescam
**Virgilio**

Al abordar las circunstancias que han provocado mi reclusión en este asilo para enfermos mentales, soy consciente de que mi actual situación provocará las lógicas reservas acerca de la autenticidad de mi relato. 

Es una desgracia que el común de la humanidad sea demasiado estrecha de miras para sopesar con calma e inteligencia ciertos fenómenos aislados que subyacen más allá de su experiencia común, y que son vistos y sentidos tan solo por algunas personas psíquicamente sensibles. 

Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan solo en virtud de los frágiles sentidos físicos y mentales mediante los que las percibimos; pero el prosaico materialismo de la mayoría tacha de locuras a los destellos de clarividencia que traspasan el vulgar velo del empirismo chabacano.

Mi nombre es Jervas Dudley, y desde mi más tierna infancia he sido un soñador y un visionario. Lo bastante adinerado como para no necesitar trabajar, y temperamentalmente negado para los estudios formales y el trato social de mis iguales, viví siempre en esferas alejadas del mundo real; pasando mi juventud y adolescencia entre libros antiguos y poco conocidos, así como deambulando por los campos y arboledas en la vecindad del hogar de mis antepasados. 

No creo que lo leído en tales libros, o lo visto en esos campos y arboledas, fuera lo mismo que otros chicos pudieran leer o ver allí; pero de tales cosas debo hablar poco, ya que explayarme sobre ellas no haría sino confirmar esas infamias despiadadas acerca de mi inteligencia que a veces oigo susurrar a los esquivos enfermeros que me rodean. Será mejor para mí que me ciña a los sucesos sin entrar a analizar las causas.

Ya he dicho que vivía apartado del mundo real, aunque no que viviera solo. Eso no es para seres humanos, ya que quien se aparta de la compañía de los vivos inevitablemente frecuenta la compañía de cosas que no tienen, o al menos no demasiada, vida. 

Cerca de mi casa existe una curiosa hondonada boscosa en cuyas profundidades umbrías pasaba la mayor parte del tiempo; leyendo, pensando y soñando. En sus musgosas laderas tuvieron lugar mis primeros pasos infantiles, y en torno a sus robles grotescamente nudosos se entretejieron mis primeras fantasías de adolescencia. 

Terminé por conocer bien a las dríadas tutelares de tales árboles, y a menudo he atisbado sus salvajes danzas a los fieros rayos de la luna menguante... pero no debo hablar ahora de eso. Debo ceñirme a la tumba abandonada de los Hyde, una vieja y rancia familia cuyo último descendiente directo había sido introducido en su negro seno décadas antes de mi nacimiento.

Esta cripta de la que hablo es de viejo granito, carcomido y descolorido por brumas y humedades de generaciones. Excavado en la ladera, tan solo la entrada de la estructura resulta visible. La puerta, un bloque pesado e imponente de piedra, cuelga sobre oxidados goznes de hierro, y se encuentra entornada de forma extraña y siniestra mediante pesadas cadenas y candados, siguiendo una rústica costumbre de hace medio siglo. 

La residencia del linaje cuyos vástagos yacen aquí en urnas antiguamente coronaba la cuesta donde se halla la tumba, pero hace mucho que se derrumbó víctima de las llamas provocadas por la desastrosa caída de un rayo. Los más viejos del lugar a veces hablan con voces apagadas e inquietas acerca de la tormenta de medianoche que destruyó esa melancólica mansión; mencionando lo que ellos llaman «cólera divina» en una forma tal que en años posteriores aumentaría la siempre fuerte fascinación que sentía por ese sepulcro devorado por las malezas. 

Tan solo un hombre había perecido por el fuego. Cuando el último de los Hyde fue sepultado en este lugar de sombras y quietud, aquella triste urna de cenizas había llegado de una tierra distante, ya que la familia se había marchado tras el incendio de la mansión. Ya no queda nadie para depositar flores en el portal de granito, y pocos se aventuran entre las deprimentes sombras que parecen demorarse en forma extraña alrededor de sus piedras gastadas por el agua.

Nunca olvidaré la tarde en que me encontré por primera vez con esa casa de muerte casi oculta. Era mediados de verano, cuando la alquimia de la naturaleza transmuta el paisaje silvestre en una vívida y casi homogénea masa de verdor; cuando los sentidos se ven intoxicados por oleadas de húmedo verdor y el aroma sutilmente indefinible de la tierra y la vegetación. En tales parajes la mente pierde la perspectiva; tiempo y espacio se hacen vanos e irreales, y los sucesos de un pasado perdido laten insistentemente sobre la conciencia cautivada. 

Estuve vagabundeando todo el día a través de las místicas arboledas, pensando en cosas de las que no hace falta hablar y conversando con seres que no debo mencionar. A la edad de diez años, yo había visto y oído multitud de maravillas ocultas para el vulgo; y era curiosamente viejo en ciertos aspectos.

Cuando, tras abrirme paso entre dos exuberantes zarzales, me topé bruscamente con la entrada de la cripta, yo no sabía lo que había descubierto. Los oscuros bloques de granito, la puerta tan curiosamente entreabierta y los relieves funerarios sobre el arco no despertaron en mí asociaciones tristes o terribles. 

Sobre tumbas y sepulcros ya era mucho lo que sabía e imaginaba, aunque por mi peculiar carácter me había apartado de todo contacto con camposantos y cementerios. La extraña casa de piedra en la ladera representaba para mí una fuente de interés y especulaciones; y su interior frío y húmedo, dentro del que vanamente trataba de ojear a través de la abertura tan incitante, no tenía para mí connotaciones de muerte o decadencia.

Pero de ese instante de curiosidad nació el loco e irracional deseo que me ha conducido a este infierno de reclusión. Azuzado por una voz que debía proceder del espantoso corazón de la espesura, resolví penetrar aquellas tinieblas que me reclamaban, a pesar de las cadenas que impedían mi acceso. 

En la menguante luz del día, alternativamente sacudí los herrumbrosos impedimentos, dispuesto a franquear la puerta de piedra, e intenté escurrir mi magro cuerpo a través del espacio ya abierto; pero nada de todo esto resultó. Tras la curiosidad del principio, ahora me encontraba frenético; y cuando en el crepúsculo que avanzaba volví a casa, había jurado al centenar de dioses del bosque que, a cualquier precio, algún día me abriría paso hasta las oscuras y heladas profundidades que parecían reclamarme. 

El médico de barba gris que acude cada día a mi cuarto dijo una vez a un visitante que tal decisión representaba el comienzo de una penosa monomanía; pero esperaré el juicio final de los lectores cuando estos hayan sabido todo.

Consumí los meses posteriores al descubrimiento en inútiles tentativas de forzar el complejo candado de la cripta entreabierta, así como en discretas indagaciones acerca de la naturaleza e historia de esa estructura. Con el oído tradicionalmente receptivo de los niños, aprendí mucho, aun cuando mi habitual reserva me llevó a no comunicar a nadie ni esos datos ni la decisión tomada. 

Quizás debiera mencionar que no me sorprendí ni me aterré al conocer la naturaleza de la cripta. Mis originales ideas acerca de la vida y de la muerte me habían llevado a asociar, de alguna vaga forma, la fría arcilla y el cuerpo animado; y sentí que esa grande y siniestra familia de la mansión incendiada estaba en algún modo presente en el pétreo recinto que yo trataba de explorar. 

Las habladurías sobre ritos salvajes e idólatras orgías ocurridas antiguamente en el viejo lugar despertaban en mí un nuevo y poderoso interés por la tumba, ante cuyas puertas podía sentarme durante horas y más horas cada día. En cierta ocasión lancé una vela por la rendija de la entrada; pero no pude ver nada sino un tramo de húmedos peldaños que descendía. El olor del lugar me repelía al tiempo que me fascinaba. Sentía haberlo aspirado ya antes, en un remoto pasado anterior a todo recuerdo; previo incluso a mi estancia en el cuerpo que ahora habito.

El año siguiente al descubrimiento de la tumba encontré una traducción carcomida por los gusanos de las Vidas paralelas de Plutarco en el ático atestado de libros de mi hogar. Leyendo la vida de Teseo, quedé sumamente impresionado por aquel pasaje que habla sobre la gran roca bajo la que el héroe infantil habría de encontrar las señales de su destino tras hacerse lo suficientemente adulto como para alzar su enorme peso. 

Esa leyenda consiguió aplacar mi acuciante impaciencia por penetrar la cripta, ya que me hizo percibir que aún no había llegado el tiempo. Más tarde, me dije, alcanzaría fuerza e ingenio bastantes como para franquear con facilidad la puerta pesadamente encadenada; pero hasta ese momento debía conformarme con lo que parecían los designios del Destino.

En consecuencia, la atención dedicada al húmedo portal se tornó menos persistente, y dediqué mucho de mi tiempo a otras meditaciones sobre asuntos igualmente extraños. A veces me levantaba sigilosamente durante la noche, saliendo a pasear por aquellos camposantos y cementerios de los que mis padres me habían mantenido alejado. 

Qué hacía allí no sabría decir, ya que no estoy seguro de la realidad de algunos hechos; pero sé que al día siguiente de alguno de tales paseos solía asombrarme con la posesión de un conocimiento sobre temas casi olvidados durante muchas generaciones. 

Fue durante una noche así que estremecí a la comunidad con una extraña hipótesis acerca del enterramiento del rico y famoso hacendado Brewster, una celebridad local sepultada en 1711 y cuya lápida de pizarra, ostentando el grabado de una calavera y dos tibias cruzadas, iba convirtiéndose lentamente en polvo. 

En un instante de infantil imaginación juré no solo que el sepulturero, Goodman Simpson, había hurtado sus zapatos con hebilla de plata, medias de seda y calzones de raso al muerto antes del entierro, sino que el mismo hacendado, aún vivo, se había girado por dos veces en su ataúd cubierto de tierra el día después de ser sepultado.

Pero la idea de penetrar la tumba nunca abandonó mis pensamientos; viéndose de hecho estimulada por el inesperado descubrimiento genealógico de que mis propios antepasados maternos mantenían un ligero parentesco con la familia de los Hyde, considerada extinta. 

El último de mi rama paterna, yo era asimismo el último de ese linaje más viejo y misterioso. Comencé a considerar esa tumba como mía, y a esperar con ansiedad el futuro, aguardando el momento en que pudiera traspasar la puerta de piedra y descender en la oscuridad aquellos viscosos peldaños. 

Adquirí el hábito de escuchar con gran atención junto al portal entornado, eligiendo para esa curiosa vigilia mis horas preferidas en la quietud de la medianoche. Al alcanzar la edad adulta, había abierto un pequeño claro en la espesura ante la fachada cubierta de moho de la ladera, permitiendo a la vegetación adyacente circundar y cubrir aquel espacio a semejanza de un selvático enramado. Tal enramado era mi templo, la puerta aherrojada del santuario, y aquí yacía tendido en el musgoso suelo, sumido en extraños pensamientos y forjando sueños extraños.

La noche de la primera revelación hacía bochorno. Debí quedarme dormido a causa del cansancio, ya que tuve la clara sensación de despertar al oír las voces. Dudo en mencionar sus tonos y acentos; de su cualidad no quiero ni hablar; pero puedo decir que había extraordinarias diferencias en su vocabulario, pronunciación y en la construcción de frases. 

Cada matiz del dialecto de Nueva Inglaterra, desde las groseras sílabas de los colonos puritanos a la retórica precisa de cincuenta años atrás, parecía hallarse representado en aquel sombrío coloquio, aunque solo más tarde caí en la cuenta. En ese instante, de hecho, mi atención estaba distraída con otro fenómeno; un suceso tan fugaz que no podría jurar que haya sucedido realmente. 

Apenas creí estar despierto cuando una luz se apagó apresuradamente dentro del hondo sepulcro. No creo haber quedado pasmado o sumido en el pánico, aunque soy consciente de haber sufrido un cambio grande y permanente durante esa noche. Al volver a casa me dirigí sin vacilar a un podrido arcón del ático, en cuyo interior encontré la llave que al día siguiente abriría fácilmente la barrera contra la que tanto tiempo había luchado en vano.

Fue al suave resplandor del final de la tarde cuando por vez primera accedí a la cripta de la ladera abandonada. Un hechizo me envolvía, y mi corazón latía con un alborozo que apenas puedo describir. Mientras cerraba a mis espaldas la puerta y descendía los pringosos escalones a la luz de mi solitaria vela, creí reconocer el camino y, aunque la vela chisporroteaba debido al sofocante ambiente del lugar, me sentía singularmente a gusto con aquel aire viciado de osario. 

Mirando alrededor, columbré multitud de losas de mármol sobre las que reposaban ataúdes o restos de ellos. Algunos estaban sellados e intactos, pero otros casi se habían deshecho, dejando las manijas de plata y placas caídas entre algunos curiosos montones de polvo blancuzco. En una de las placas leí el nombre de sir Geoffrey Hyde, que había llegado de Sussex en 1640 y muerto aquí unos años después. 

En un llamativo nicho había un ataúd bastante bien conservado y vacío que me hizo sonreír a la par que estremecer. Un extraño impulso me llevó a encaramarme a la amplia losa, apagar la vela y yacer dentro de la caja desocupada.

Con la luz gris del alba salí dando tumbos de la cripta y aseguré la cadena de la puerta a mi espalda. Ya no era un joven, aun cuando tan solo veintiún inviernos habían pasado por mi envoltura corporal. Los aldeanos más madrugadores que alcanzaron a presenciar mi vuelta a casa me contemplaron atónitos, asombrados de los signos de juerga tormentosa visibles en alguien cuya vida era tenida por sobria y solitaria. No me mostré ante mis padres hasta después de un largo y reparador sueño.

En adelante frecuenté cada noche la tumba; viendo, escuchando y realizando actos que jamás debo revelar. Mi forma de hablar, siempre susceptible de las influencias más inmediatas, fue lo primero en sucumbir al cambio, y la súbita aparición de arcaísmos en mi habla fue pronto advertida. 

Más tarde, mi conducta se tiñó de un extraño valor y temeridad, hasta el punto de que inconscientemente comencé a adoptar la actitud de un hombre de mundo, a pesar de mi reclusión de por vida. Mi anteriormente silenciosa lengua se tornó voluble, con la gracia fácil de un Chesterfield o el cinismo ateo de un Rochester. 

Mostraba una curiosa erudición, completamente alejada de los saberes fantásticos y monacales de los que me había empapado en mi juventud, y cubría las hojas de guarda de mis libros con fáciles e improvisados epigramas que tenían influencias de Gay, Prior y los más vivos de los burlones y poetas augustos. 

Una mañana, durante el desayuno, me puse al borde del desastre al declamar con acentos netamente ebrios una efusión de alegría bacanal del siglo dieciocho; un soplo de alegría georgiana nunca consignada en libros, que rezaba más o menos así:

> Acudid acá, mozos, con vuestras jarras de cerveza,
> Y bebed por el presente antes de que se esfume;
> Apilad en vuestro plato una montaña de carne,
> Pues el comer y el beber nos brinda alivio.
> Así que colmad vuestros vasos,
> Ya que la vida pronto pasará;
> ¡Cuando estéis muertos no brindaréis a la salud del rey o de vuestra chica!
> Anacreonte tenía la nariz roja, según cuentan:
> ¿Pero qué es una nariz colorada a cambio de estar alegre y vivaz?
> ¡Dios me valga! Mejor rojo como estoy aquí, que blanco como un lirio... ¡y muerto medio año!
> Así que Betty, mi dama,
> Ven y dame un beso;
> ¡En el infierno no hay hija de ventero que se te pueda comparar!
> El joven Harry se mantiene todo lo tieso que puede,
> Pronto perderá la peluca y caerá bajo la mesa;
> Pero colmad vuestras copas y hacedlas circular...
> ¡Mejor bajo la mesa que bajo tierra!
> Así que reíd y gozad. Bebed sin cesar:
> ¡Bajo seis pies de tierra no os será tan fácil disfrutar!
> ¡El diablo me confunda! Apenas puedo andar,
> ¡Maldito sea si puedo tenerme en pie o hablar!
> Aquí, posadero, manda a Betty por una silla;
> ¡Me iré a casa en un rato, ya que mi mujer no está!
> Así que echadme una mano;
> No me tengo en pie,
> ¡Pero contento estoy mientras me mantenga sobre la tierra!

Por esa época comencé a albergar mi actual miedo al fuego y las tormentas. Antes indiferente a tales cosas, sentía ahora un inexplicable horror ante ellas; y era capaz de recogerme al rincón más profundo de la casa cuando los cielos amenazaban con aparato eléctrico. 

Uno de mis refugios favoritos durante el día era el ruinoso sótano de la mansión quemada, y con la imaginación podría pintar la estructura tal y como había sido antiguamente. En cierta ocasión asusté a un aldeano conduciéndolo en secreto a un sombrío subsótano cuya existencia me parecía conocer a pesar del hecho de que había permanecido desconocido y olvidado durante muchas generaciones.

Al final ocurrió lo que tanto había temido. Mis padres, alarmados por la alteración de ademanes y apariencia de su único hijo, comenzaron a ejercer sobre mis movimientos un discreto espionaje que amenazaba con conducirme al desastre. 

No había comentado a nadie mis visitas a la tumba, habiendo guardado mi secreto propósito con religioso celo desde la infancia; pero ahora me veía obligado a guardar precauciones cuando deambulaba por los laberintos de la hondonada boscosa, ya que debía despistar a un posible perseguidor. 

Guardaba la llave de la cripta colgando de un cordel alrededor de mi cuello, cuya existencia tan solo era conocida por mí. Nunca saqué del sepulcro ninguna de las cosas que encontré entre sus muros.

Una mañana, mientras salía de la húmeda tumba y cerraba las cadenas del portal con mano no demasiado firme, advertí en un matorral adyacente el rostro de un observador. Sin duda, el fin estaba cerca; ya que mi enramado había sido descubierto y el objeto de mis salidas nocturnas desvelado. 

El hombre no se me acercó, por lo que me apresuré a volver a casa en un esfuerzo por espiar lo que pudiera informar a mi preocupado padre. ¿Iban mis estancias más allá de la puerta encadenada a ser reveladas al mundo? Imaginen mi regocijado asombro cuando escuché al espía contar a mi padre con un precavido susurro que yo había pasado la noche en el enramado exterior a la tumba, ¡con mis ojos somnolientos clavados en la hendidura que entreabría la puerta aherrojada! ¿Mediante qué milagro se había visto engañado el observador?

Ahora estaba convencido de que un agente sobrenatural me protegía. Envalentonado por tal circunstancia celestial, volví a visitar abiertamente la cripta, seguro de que nadie podría presenciar mi entrada. Durante una semana degusté al completo los placeres de ese osario común que no debo describir, cuando aquello sucedió y me arrancaron de allí para traerme a este maldito lugar de pesar y monotonía.

No debí salir esa noche, ya que el estigma del trueno acechaba en las nubes, y una infernal fosforescencia brotaba del fétido pantano ubicado al fondo de la hondonada. La llamada de los muertos, también, era distinta. En vez de la tumba de la ladera, procedía del calcinado sótano en lo alto, cuyo demonio tutelar me hacía señas con dedos invisibles. 

Cuando salí de una arboleda intermedia al llano que hay ante las ruinas, contemplé a la brumosa luz lunar algo que siempre había esperado vagamente. La mansión, desaparecida un siglo antes, alzaba una vez más sus majestuosas formas ante la mirada extasiada; cada ventana resplandecía con el fulgor de multitud de velas. Por el largo sendero acudían los carruajes de la aristocracia de Boston, al tiempo que una muchedumbre de petimetres empolvados iba llegando a pie desde las mansiones vecinas.

Con tal gentío me mezclé, a sabiendas de que mi sitio estaba entre los anfitriones, no entre los invitados. En el salón sonaba la música, risas, y el vino estaba en cada mano. Reconocí algunas caras, aunque las hubiera distinguido mucho mejor de haber estado secas, o consumidas por la muerte y la descomposición. Entre una multitud salvaje y audaz yo era el más extravagante y disipado. Alegres blasfemias brotaban a torrentes de mis labios, y mis bruscos chascarrillos no respetaban la ley de Dios, el hombre o la naturaleza.

Súbitamente, un retumbar de trueno, haciéndose oír aún sobre el estrépito de aquella juerga tumultuosa, rasgó el mismo tejado e impuso un soplo de miedo en aquella porcina compañía. Rojas llamaradas y tremendas ráfagas de calor envolvieron la casa, y los concelebrantes, aterrorizados por el descenso de una calamidad que parecía trascender los designios de una naturaleza ciega, huyeron vociferando en la noche. 

Tan solo quedé yo, atado a mi asiento por un terror mortal jamás sentido hasta entonces. Y en ese instante un segundo horror tomó posesión de mi alma. Quemado vivo hasta ser reducido a cenizas, mi cuerpo disperso a los cuatro vientos, ¡jamás podría yacer en la tumba de los Hyde! ¿Acaso no tenía derecho a descansar durante el resto de la eternidad entre los descendientes de sir Geoffrey Hyde? ¡Sí! Reclamaría mi herencia de muerte aun cuando mi espíritu hubiera de buscar durante eras otra morada carnal que la situase en aquella losa vacía del nicho de la cripta. ¡Jervas Hyde nunca arrostraría el triste destino de Palinuro!

Mientras el espejismo de la casa ardiente se desvanecía, me encontré gritando y debatiéndome como un loco entre los brazos de dos hombres, uno de los cuales era el espía que me había seguido hasta la tumba. La lluvia caía a raudales, y sobre el horizonte sur había fogonazos de los relámpagos que acababan de pasar sobre nuestras cabezas. 

Mi padre, con el rostro surcado de pesar, no hacía gesto mientras yo le pedía a voces que me dejara reposar en la tumba, advirtiendo con frecuencia a mis captores que me trataran con toda la delicadeza posible. Un círculo oscurecido en el suelo del arruinado sótano indicaba un violento golpe de los cielos, y en esa parte un grupo de aldeanos curiosos con linternas indagaban en una pequeña caja de antigua factura que la caída del rayo había aflorado a la luz.

Cesando en mis inútiles y ahora sin objeto forcejeos, observé a los espectadores mientras examinaban el hallazgo, y se me permitió participar de su descubrimiento. La caja, cuyos cerrojos habían sido rotos por el golpe que la había desenterrado, contenía multitud de documentos y objetos de valor; pero yo tan solo tenía ojos para una cosa. Era la miniatura en porcelana de un joven con una elegante peluca de rizos, ostentando las iniciales «J. H.». El rostro era tal y como yo me veía, de suerte que bien pudiera haber estado contemplándome en un espejo.

Al día siguiente me trajeron a este cuarto con barrotes en la ventana, pero me he mantenido al tanto de ciertas cosas merced a un sirviente no muy espabilado y ya de edad por quien sentí gran cariño durante la infancia, y quien, al igual que yo, ama los cementerios. Lo que me he atrevido a contar de mis experiencias dentro de la cripta tan solo me ha brindado sonrisas conmiserativas. 

Mi padre, que me visita a menudo, dice que no he traspasado el portal encadenado y jura que el herrumbroso cerrojo, cuando él lo examinó, no daba muestras de haber sido tocado en cincuenta años. 

Incluso afirma que todo el pueblo conocía mis viajes a la tumba, y que con frecuencia me observaban durmiendo en el enramado exterior a la espantosa fachada, con los ojos entreabiertos y fijos en el resquicio que conduce al interior.

Contra tales afirmaciones carezco de pruebas, ya que mi llave se perdió durante la lucha en esa noche de horror. Las extrañas cosas del pasado que aprendí durante aquellos encuentros nocturnos con los muertos son atribuidas al fruto de mi codicioso e incesante hojear de los viejos volúmenes de la biblioteca familiar. 

De no haber sido por mi viejo criado Hiram, a estas alturas yo mismo estaría bastante convencido de mi propia locura. Pero Hiram, fiel hasta el final, ha tenido fe en mí y ha provocado lo que me lleva a publicar al menos parte de esta historia. Hace una semana forzó el cerrojo que aseguraba la puerta de la tumba perpetuamente entornada y descendió con una linterna a las sombrías profundidades. 

En una losa, en el interior de un nicho, descubrió un ataúd viejo, pero vacío, en cuya deslustrada placa reza esta simple palabra: «Jervas». En ese ataúd y en esa cripta me ha prometido que seré sepultado.

La brujita de la calle Elm - Mildred Clingerman

Nina causó un impacto tremendo en nuestro barrio. Por supuesto, estábamos advertidos; pero durante los dos días primeros nos parecía imposible que una niña tan hermosa pudiera manifestarse como siete clases de infierno sin atenuaciones.

La conocí por primera vez un día de finales de la primavera. Yo estaba de visita en casa de mistress Pritchett, que está al lado de la mía. Había cometido el error de decirle a mistress Pritchett que parecía como si siempre hubiera de andar rezagada en las tareas domésticas. Ella insistió en que fuera a verla para observar cómo se organizaba la jornada.

Nunca he sabido resistirme a las demostraciones de los expertos. Todos los años, en la feria del condado, compro pequeños ayudantes de cocina que parecen muy fáciles de manejar. Sin embargo, puestos en mis manos, se convierten en Misterios Espantosos.

Me pasé dos horas viendo cómo mistress Pritchett ordenaba rincones y alisaba superficies arrugadas, y en todas las habitaciones borraba toda posible huella de que hubiera pasado nadie por allí. «¡Pobre marido de mistress Pritchett!», pensaba yo.

En la calle Elm, a la vivienda de mistress Pritchett la llamaban «el reproche viviente»... dirigido a las demás mujeres de la vecindad. Ni míster Pritchett ni su hijo tenían derecho a obstaculizar la marcha continua y suave de las tareas de la jornada del ama de casa.

Los días de mistress Pritchett eran todos, sin excepción, una serie de chasquidos y un ronroneo de motor continuo, apareciendo sucesivamente bonitos compartimientos cuadrados, con sus correspondientes rótulos: «limpieza», «cocina», «niño», «compras».

En la habitación del pequeño la vi inclinarse sobre el cochecillo y embutir otro centímetro y medio de manta en el costado de mano derecha. Maniobra que centraba el nudo de adorno de cinta azul bajo el mentón del señorito Pritchett. Por su parte, el señorito Pritchett permanecía inerte, salvo por el lento abrirse y cerrarse de los párpados. Al cabo de siete meses y medio de una existencia ordenada y perfecta, el pequeño Pritchett había adquirido el aire y el porte exactos de un magistrado del Tribunal Supremo. Mistress Pritchett empujó el cochecillo hasta el soleado porche y abandonó al niño a su judicial contemplación de un mundo que quizá entablara, o no entablara, pleito.

Yo recordé de qué modo mis propios hijos, a su edad, solían llorar para llamar la atención. De todas formas, pensé, no se parecían nada a salchichas gordas. De regreso a la sala de estar, mistress Pritchett levantó los turgentes cojines del sofá e inspeccionó de cerca las grietas de los brazos del mismo. Y me explicó que una vez —hacía un par de años— encontró un hueso de naranja enterrado allí... prueba acusadora —colegí— de que en las breves ausencias de la esposa, a míster Pritchett seguía atormentándole su pecado más característico. La noticia me alegró. El hombre seguía comiendo naranjas en la sala de estar, explicó ella, pero ya no apilaba las cortezas en los ceniceros. No podía. Mistress Pritchett le había hecho renunciar al tabaco y había retirado los ceniceros. ¡Pobre míster Pritchett!

Hasta las demostraciones de los expertos acaban fastidiando, especialmente si van acompañadas de unas conferencias en miniatura, calculadas para inculcarme la Doctrina Pritchett de las Labores Domésticas, que yo sabía muy bien me sería siempre tan ajena como los ritos druídicos y tenía, poco más o menos, las mismas probabilidades de que la pusiera en práctica. Me disponía a marchar cuando sonó el timbre de la puerta.

Dos figuras se plantaron ante nosotras. Una era una chica delgada, con gafas, de unos doce años de edad, cuyo pelo se salía de unas trenzas mal hechas para colgar como una cortina sobre la elevada frente. Su mano sujetaba con fuerza una correa de cuero a la que estaba atada una beldad de cuatro años, un auténtico budín con hoyuelos en las mejillas y con un vestido azul sin mangas. El budín tenía una sonrisa encantadora. «Aquí está —me dije—, la perfección». Sencillamente, a una se le pasaba por alto que la pequeñuela llevaba los codos vendados —y también ambas rodillas— y que en una redonda mejilla ostentaba, como un cachete, una magulladura de color amarillo y verde.

La niña mayor se apartó de la cara, soplando, un mechón de cabello que le molestaba y se enrolló una vuelta más de tira de cuero alrededor del brazo.

—Esta —dijo, señalando a la Visión— es Nina. Acabamos de instalarnos en aquella casa nueva de la manzana vecina y yo visito a todos los vecinos para avisarles... Es más que justo. Especialmente a los que tienen niños.

Haciendo una pausa, apartó la mirada de mistress Pritchett y la fijó en su sala de estar.

—¿Le sabría mal que entrase? La verdad es que ahora no hay ningún peligro. Como ven, la correa es nueva, y en todo caso Nina me tiene una consideración especial. Me la ha tenido siempre. ¿No es una suerte? Pero, por supuesto —dijo—, no puedo estar con ella continuamente. Tengo el colegio, y lo demás... Por esto quería explicarles algo. ¿Me lo permiten? Gracias; agradeceremos que nos dejen entrar.

Mistress Pritchett y yo retrocedimos ante este resuelto ataque. Yo volví a sentarme. La mañana empezaba a tomar un aire divertido.

—¡Qué habitación tan pulcra! —exclamó la niña—. ¿Toda la casa la tiene así? Usted debe de sufrir una compulsión, o algo parecido. Sé todo lo relativo al subconsciente animal, comprenda. Mi hermano, el padre de esta —y sacudió la correa indicando a Nina—, es profesor de la Universidad. Ah, de paso, me llamo Garnet Bayard.

Y tendió una manecita un tanto sucia primero a mistress Pritchett y luego a mí. El apretón fue rápido y para abajo, al estilo de los franceses. Se sentó con mucha compostura en la mejor silla, y la radiante Nina se apoyó en sus huesudas rodillas.

—Ocurre lo siguiente —dijo luego, inclinándose con aire confidencial hacia nosotras—: Nina expresa su agresividad fácil y espontáneamente, sin que le importen las consecuencias dolorosas que ello pueda acarlearle. De ahí los vendajes. Naturalmente, tampoco le importa lo dolorosas que puedan ser las consecuencias para sus víctimas. Ellos, me refiero a sus padres y al psiquiatra, creen que se trata simplemente de una fase pasajera, y que tienen el deber de proporcionarle «objetos inanimados» en los que desahogar su agresividad. A mí, personalmente, esta fase ya me empieza a cargar. Estoy con mi hermano y su esposa desde que nació Nina y, francamente, siempre ha sido así. Lamento infinito el expresarme como una reaccionaria; pero hasta que la psiquiatría tenga algo más de ciencia... —Garnet enarcó las cejas y levantó los hombros—, da lo mismo que uno eche mano de la brujería. La verdad es que el estudio de la brujería me resulta fascinante. Mi hermano tiene una preciosa colección de libros antiguos sobre este tema...

Pero mistress Pritchett, que abría y cerraba la boca hacía rato sin que lograse emitir ningún sonido, encontró por fin la voz.

—No lo entiendo. ¿De qué has venido a... advertirnos?

Garnet la miró sorprendida.

—Pues he venido a advertirles respecto a Nina. Muerde. Da puntapiés. Pellizca a los niños de pecho. Dirige su triciclo contra las posaderas de las encantadoras damitas ancianas, y siempre hace blanco. Es un infierno sobre ruedas. —Garnet se volvió para sonreírme—. Me gusta hacer juegos de palabras. Opino que hasta los chistes malos son deliciosos. ¿Usted no?

Mistress Pritchett tartamudeaba.

—¿Quieres... quieres decir que ataca a la gente sin que la provoquen? ¿En qué piensan sus padres? ¿No pueden dominarla nada en absoluto?

—Me tienen a mí —dijo Garnet— y la correa. En cuanto a lo que piensan, ¿acaso se sabe nunca? De cualquier persona, quiero decir. Pamela, la madre de Nina, en estos momentos está tendida, leyendo a Proust. Una se figuraría que el leer a Proust debería inducirla a rondar por ahí estremecida por antiguas impresiones medio olvidadas y un tanto puercas. Pero el efecto que realmente produce en Pamela consiste en hacerla dormir. El movimiento la cansa, y la vista de tantas y tantas cajas y barriles sin desembalar la empujan hacia Proust, simplemente. Hoy tiene un día de esos.

Yo vi que mistress Pritchett había llegado a la fase de estrujamiento de manos.

—Pero... ¿qué quieren que nosotros, los vecinos, hagamos para solucionarlo?

—¿Para solucionar qué? ¿El caso de Nina? Nada, excepto tener la puerta del jardín cerrada a cal y canto. Y cuando salgan a pie, miren atrás con frecuencia. Sabe acercarse a su presa con un sigilo pasmoso.

Era, casi, la hora del almuerzo. Tuve que marcharme a la carrera, a pesar de lo mal que me sabía; pero me fui recreándome con el cuadro que brindaba la cara de mistress Pritchett mientras escuchaba a Garnet con horrorizada fascinación. Sus ojos, pensaba yo, tenían la misma expresión que si, de pronto, se hallaran contemplando unos panoramas exóticos, extravagantes. Y decidí que la primavera se presentaba más agradable aún que de costumbre.

Por supuesto, después de la llegada de Nina y Garnet, el barrio ya no resultó nunca más soso y aburrido; pero no había demasiados motivos para una justa indignación. Cierto, nosotras, las mujeres, siempre reaccionábamos cuando se mencionaba a los Pritchett. Unas chasqueábamos la lengua, otras sonreíamos, y todas formábamos coro para murmurar: «¡Pobre míster Pritchett!».

Viviendo como vivía yo en la casa de al lado, veía bastantes más cosas que la mayoría. Por ejemplo, cómo todas las mañanas mistress Pritchett barría la acera, delante de la casa, apenas había salido míster Pritchett, como si hubiera decidido borrar sus indecisas pisadas. Yo la oía cuando le soltaba severas conferencias —y no en miniatura precisamente— y, sin embargo, jamás oí, ni una sola vez, que míster Pritchett replicase.

En las reuniones de sociedad había escuchado yo muchas especulaciones picarescas acerca de cómo fabricaron al señorito Pritchett. Durante los seis o siete primeros años de matrimonio no habían tenido hijos, y cuando mistress Pritchett empezó a salir con pulcros vestidos oscuros de futura mamá, algunas parejas, de las más alegres, sostenían que estaba a punto de alumbrar al Hombre Nuevo, una criatura similar a un robot, más o menos parecida a un experto en eficiencia, aunque restándole las cuerdas vocales.

Me temo que todos sufrimos una desilusión al ver que el bebé no había trastornado la rígida rutina de aquella casa. Algunas mujeres habían osado decir: «¡Sí, pero esperad a que empiece a andar o a probar de comer solo!». Por mi parte, no tenía tales esperanzas. Estaba segura de que mistress Pritchett era una contrincante de talla más que sobrada para su hijo. Yo había observado la lenta metamorfosis de míster Pritchett, quien no había sido siempre objeto de la compasión medio desdeñosa de sus vecinos.

Años atrás nos habíamos intercambiado libros, y algunas veces hasta unas pocas palabras, al atardecer, parados en su impoluto trozo de césped, contemplando ávidamente nuestro patio sembrado de juguetes, de niños que se revolcaban y de gatos y perros. En tales ocasiones hablábamos de cerveza, de palomas y de la afición a la pintura al óleo. A él le gustaban en extremo estas tres cosas; pero mistress Pritchett las desterraba como «fuente de desorden».

A veces aquel hombre decía cosas hermosísimas, inesperadas, como por ejemplo el atardecer aquel en que le expliqué mis fatigas por medir con exactitud nuestras ventanas para proveerme de cortinas nuevas. Le dije que lo había probado cuatro veces y que cada vez me salía un número de pulgadas exasperantemente distinto de los anteriores.

—Sí —comentó él con una sonrisa afectuosa—, las cintas métricas tienen una cosa rara. Yo creo que nos odian y que a veces no pueden resistir la tentación de burlarse de nosotros... porque somos bastante estúpidos para imaginar que podemos domesticar, aunque no sea más que un corto pedacito de espacio, o encerrarlo dentro de unas vallas.

Yo entré en casa y contemplé la cinta métrica con unos ojos nuevos. Las palabras de míster Pritchett solo sirvieron para reafirmar mi propia convicción de que el mundo era un lugar espantoso y sorprendente, en el que podía producirse el hecho más inesperado, y de que lo mejor que yo podía hacer era mantenerme bastante adaptable para gozar de él.

Yo albergaba el nada caritativo deseo de que el primer ataque de Nina se dirigiera contra mistress P., pero el asalto inicial se dirigió, por desgracia, contra mis dos hijos. Mientras los vendaba y tranquilizaba, el relato emergió entre sollozos. Nina los había atropellado con su triciclo mientras ellos estaban arrodillados y distraídos jugando a las canicas. De todos modos, me di cuenta de que la herida más grave la habían sufrido en su amor propio. Parecía inimaginable que una niña de cuatro años osara atacar a muchachos de ocho y diez.

Y, por el diablo, que ya nunca volvería a sorprenderlos de aquella manera. Los sollozos terminaron cuando los dos muchachos se pusieron a explicarse detalladamente el uno al otro cómo le darían una lección. Aquí tuve que intervenir para separarlos antes de que se olvidaran de que aquello era una mera demostración y para indicarles hasta qué punto llegaría mi repulsa si se rebajaban a pelear con una niña de cuatro años.

—Pues ¿qué haremos? —gimieron—. ¿Quieres que nos tendamos en el suelo y dejemos que pase y repase por encima de nosotros con aquel viejo triciclo que tiene? ¿Quieres que nos haga añicos?

Yo recordé las palabras de Garnet: «Mirad atrás continuamente. Si la veis venir, apartaos. ¡Corred!».

Este consejo no me valió sino miradas rebeldes; pero a las dos semanas se había convertido en la norma de actuación general de todos los niños de la vecindad y asimismo de la mayoría de adultos. Los que no utilizaban tácticas evasivas pronto aprendieron a corregirse. Nina mordió al cartero en el pulgar, colgándose de él como un terrier. Nina le dio un cabezazo en la barriga al obeso míster Simpson. En dos ocasiones. Nina dispersaba todo grupo de niños que viera, pedaleando furiosamente y lanzándose en medio de ellos. Yo me habitué a escuchar alaridos de terror y pies que herían el suelo.

Sabía entonces que Nina había aparecido en la manzana. Pero en medio de tanta conmoción y tanta sangre, Nina conservaba aquella sonrisa subyugadora. Las madres empezamos a pensar con afán en el verano, cuando terminarían las clases y Garnet podría entrar plenamente en funciones.

Todas estábamos de acuerdo en que Nina sufría tanto daño como cualquiera. Más, en realidad. Pocas veces la veía que no anduviera con algo vendado. No hablaba mucho, ni siquiera cuando se hallaba bajo el cuidado de Garnet y, por supuesto, nadie se paraba a conversar con ella en caso contrario. No nos decidíamos a visitar a sus padres, pues los primeros que lo intentaron quedaron un tanto defraudados por la acogida que les dispensaron los Bayard.

Según me dijeron, la madre de Nina era una mujer lánguida que vivía en un cenagal de libros y polvo, y que, cuando le hablaban de los delitos de su hija, o se ponía como una fiera o soltaba una alegre carcajada. La risa del profesor Bayard con motivo de Nina era más bien superficial, y alguien se fijó en que tenía varios cardenales en las espinillas. He ahí una de las cosas que desazonaban a los visitantes: en casa, el profesor no llevaba más que unos pantalones cortos y a un par de damas, de las más viejas, les disgustaba la vista de su desnudo pecho, angostito, puntiagudo. Y tenía una conversación, decían, como no habían oído nunca otra semejante. Muy erudita, pero al mismo tiempo plagada de palabrotas anglosajonas malsonantes. A mí se me antojaba que los Bayard habían de ser una gente divertida; pero por el momento estaba demasiado ocupada para buscar su compañía.

Por lo demás, Garnet buscaba la mía con bastante frecuencia para tenerme informada de la vida y milagros de los Bayard, aunque generalmente, y con gran contento por mi parte, su conversación discurría por derroteros más lejanos. Nina no representaba amenaza alguna cuando la traía Garnet. Se sentaba a jugar con los juguetes, ya grandes, de los muchachos y los libros ilustrados, siendo ella misma una hermosa ilustración. Me tenía hechizada. De todos modos, Garnet me hizo observar que hasta los toros mecánicos se quedan alguna vez sin carburante. La conversación de Garnet obraba en mí el mismo efecto que había obrado en otro tiempo la de míster Pritchett.

Yo reconocía que aquella chiquilla era un genio y que quizá un día asombrara al mundo con su originalidad y su fuego. Pero entonces, a sus doce años, se contentaba asombrándome a mí. Su rápida mente captaba, clasificaba, desechaba; su lengua pronunciaba perfectamente palabras nuevas recién aprendidas, acuñando en forma impecable sus pensamientos más nuevos. A mí me gustaba porque era una niña que sentía interés por todo: personas, gatos, pasteles, estrellas, o la manera de fregar un suelo. En este preciso momento me daba cuenta de que Garnet había nacido para poetisa. Hubo ocasión, sin embargo, en que la vi como a un magistrado de la ley, o como a una simple bruja.

Esto último empezó el día que Garnet vino corriendo a decirme que, estudiando la hechicería, había descubierto una posible cura para Nina.

—Estoy convencida —me dijo— de que —utilizando una terminología anticuada— tiene un demonio en el cuerpo. ¿Por qué no? El psiquiatra, con las muñequitas y los muebles de juguete que le da, ¿no pretende esto precisamente: inducir al demonio a que se salga de su cuerpo? Le da esas cosas para que ella se construya un mundo en miniatura y luego reaccione ante dicho mundo mientras él la observa. Y ella reacciona, ya lo creo que sí. Aplasta. Rompe. Pero ¿por qué? Por todo lo que ese hombre ha aprendido, habría podido muy bien salir a este mundo real y observarla aquí. ¿Sabe a cuánto asciende nuestra cuenta de vendas, solamente? Si no hacemos algo, y muy pronto, se matará. —Garnet se tiraba del cabello, excitada—. Vaya, ahora cualquier día atacará incluso a la gente que viaja en automóvil.

»Tengo que volverme. He dejado a Pamela ocupada en la eterna tarea de vendarla. La semana pasada Pamela y yo llegamos a la conclusión de que a Nina le encanta que la venden... Acababa de interceptar a un hombre que iba en bicicleta y, al parecer, luego se ha creído con derecho a un vendaje mayúsculo, aunque en realidad solo necesitaba un trocito de esparadrapo. ¡Y cómo chillaba! De modo que estamos realizando un experimento: la envolvemos en vendas como una momia varias veces al día. Yo no tengo mucha fe en ello, y Nina no se cansa de protestar diciendo que no hay nada "rojo". ¿Tendría usted una botella de esa salsa con setas, tomate o nueces que llaman catsup? Nosotros nunca tenemos. Pamela opina que a las personas que consumen catsup habría que arrojarlas a las tinieblas exteriores; pero a mí me gusta...

Encontré una botella de catsup y se la entregué humildemente a Garnet.

—Deseo que estés sobre la pista del mal de Nina —dije—. Esa idea del vendaje me parece acertada. Quizá se haga daño para que su madre esté ocupada con ella.

Garnet movió la cabeza con aire impaciente.

—Una explicación demasiado sencilla —objetó—. Además, perfectamente anodina. A propósito, necesito unas cuantas..., hummm... hierbas. Para el hechizo, ya sabe; el exorcismo. Llevo ya dos días reuniendo cosas. ¡Vaya montón he formado! ¿Tiene usted romero? Bien. Yo me encargaré de las semillas de adormidera. A Pamela no le he dicho nada de eso de la hechicería. A mi hermano no le preocuparía, lo sé. Se pondría a reír. Pero en ocasiones Pam es capaz de portarse como una madre muy primitiva con respecto a Nina. Esta noche asisten a una fiesta de la Facultad, de manera que en cuanto les haya dicho «adiós» con la mano, montaré el escenario y realizaré la tarea.

Me sentí alarmada.

—¡Garnet! ¿Estás segura de no causarle ningún daño? ¿Verdad que no le harás tomar a Nina mezclas ni pociones raras?

—Claro que no. Me limitaré a sentarla en medio de una estrella de cinco puntas que habré trazado con tiza en el suelo y luego pondré en obra mi abracadabra. En realidad combino tres hechizos diferentes, escogiendo los rasgos mejores de cada uno. —Se volvió para salir, y luego titubeó—. El caso es que... ¿verdad que probablemente usted no se hallará en las proximidades de nuestra casa esta noche? Se me ha ocurrido que el demonio de Nina podría ir a la caza de otro huésped. El libro no dice nada a este respecto. Solo para evitar todo peligro, ¿por qué no tiene a toda su familia encerrada en casa entre las siete y las siete y medio de la tarde?

Le prometí tenerla y Garnet se marchó. Aquella tarde, mientras se acercaba la media hora de la hechicería, yo me sentía un poco nerviosa. Creo que casi esperaba oír el ruido de una tremenda explosión seguido de una nube en forma de hongo. Hasta un poco después de las ocho no recibí la primera indicación de que el demonio de Nina quizá hubiera encontrado posada nueva, aunque ni Garnet ni yo podremos saberlo nunca con certeza absoluta.

Garnet me telefoneó inmediatamente después de la «ceremonia».

—Por supuesto, el hechizo ha obrado efecto. Nina estaba sentada allí, tranquilamente, probando de aplastarse los dedos con el martillo de goma, sonriendo como un ángel. Yo corría a su alrededor casi como una loca, ya sabe, quemando incienso, agitando las manos, arrojando aquí y allá bolsitas de hierbas, cuando de pronto las cortinas de la ventana grande han caído con estrépito espantoso. Nina se ha puesto a chillar como una maníaca. Yo misma me he sentido un poco trastornada; pero todas las luces estaban encendidas y todavía había de ultimar unos cuantos detalles. Nina ha continuado soltando unos alaridos penetrantes y golpeando furiosamente el suelo con los pies... Era un redoble perfectamente diabólico. En el preciso momento que yo terminaba la conjura, alguien ha llamado a la puerta. Al abrir, míster Pritchett ha entrado como una exhalación y ha cogido a Nina antes de que yo pudiera explicarle nada. El hombre pasaba por allí, sabe usted, ha oído los gritos y ha temido que Nina se hubiera lastimado una vez más.

»El hombre ha tenido que verme, forzosamente, a través de la ventana, y me figuro que habrá pensado que yo me dejaba llevar por el pánico, o algo así. Pero escuche... el caso es que Nina ha dejado de llorar inmediatamente y que le ha abrazado, en lugar de darle puntapiés... y, bueno, míster Pritchett tenía la respiración alterada y estaba muy pálido, de modo que yo le he ofrecido una copa de la ginebra de Pam... ¡Y él la ha aceptado! Y no termina aquí la cosa; cuando ha salido, hace unos momentos nada más, iba murmurando algo sobre cerveza, palomas ¡y el derecho que tiene todo hombre a expresarse! ¡Vaya, nada menos! ¿Qué opina usted?

Cuando colgué, pensaba: «¡Pobre míster Pritchett; una copita de ginebra ha dado rienda suelta a todos esos amorcillos sofocados!». Me invadió una tristeza tan grande que dejé la cálida paz de nuestra sala de estar, en la que tanto estábamos realmente, y salí a contemplar las estrellas. Al cabo de un rato me convencí de que estaba escuchando a míster Pritchett, que cantaba una picaresca canción de taberna, y me quedé atónita al verle plantado en el umbral de la puerta de su cocina, arrojando botes de cerveza vacíos a las tinieblas. Detrás de él veía a mistress Pritchett, estrechándose el pecho con sus propios brazos, abierta la boca, pero sin poder pronunciar palabra.

Por supuesto, la calle Elm no resulta, en la actualidad, demasiado aburrida. Pero ya no queda demasiado campo para una justiciera indignación. Algunas chasqueamos la lengua cuando se menciona al travieso pequeño de los Pritchett, y algunas nos sonreímos. Y me dicen que hay personas que se quejan de las palomas de míster Pritchett y las consideran un maldito estorbo; pero a mí me gusta verles describir grandes arcos sobre el fondo del cielo.

Ayer, cuando corrí a ver un momento a la pobre mistress Pritchett, encontré los ceniceros de la sala de estar llenos —como de costumbre— de cortezas de naranja. Además, en el suelo advertí un bote vacío de cerveza semiescondido por el volante del sillón. Y también observé una expresión nueva en los ojos de mistress Pritchett; como si estuviera contemplando un dilatado panorama, lleno de encanto, y hallase que le gustaba bastante.

—Míster Pritchett —me dijo muy ufana— acaba de ser premiado con un importante ascenso. Y no me sorprende lo más mínimo... ¡es un hombre tan enérgico!

Lamento tener que decir que los Bayard se han trasladado. La idea de los vendajes debió de obrar su magia en Nina, o quizá el mérito le corresponda al psiquiatra. La gente de por aquí todavía la echa de menos. Al fin y al cabo, el mundo no está tan lleno de belleza como para que uno se resigne fácilmente a separarse de ella, y menos si esta va acompañada de una dulzura como la que poseía Nina en estos últimos años.

Pero a quien más añoro es a Garnet. ¡Una muchacha de corazón tan intrépido, tan original y tan absolutamente deliciosa! Aunque hubo un tiempo en que la miraba con un sentimiento pariente del miedo. Pues ¿quién desea que la justicia retributiva ande suelta por sus cercanías? Y hasta ¿quién quiere que lo que ande suelto sea una bruja?