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El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 3)

 

El militar se levantó precipitadamente y corrió hacia la ventana, a través de la que vio a un individuo que le pareció reconocer como el que le habían descrito. 

El hombre en cuestión gesticulaba de una manera repugnante. Montague cogió su sombrero y su bastón y salió en tromba; deseaba acabar rápidamente con el que llamaba «el farsante». 

Una vez en la calle, fue inútil mirar en todas direcciones: ni rastro del hombre. Ya he dicho que era algo limitado, como todos los oficiales superiores o casi todos, y se empeñó; bajo la mirada divertida de los viandantes, corrió de una calle a otra sin encontrar al que buscaba. 

No obstante, acabó por darse cuenta de que la persecución carecía de sentido y que el individuo pudo perfectamente haber entrado en cualquiera de las casas. Se detuvo, se arregló y volvió a casa del capitán. Este temblaba de pies a cabeza y preguntó:

—¿Y bien?

—¿Y bien? Lo he visto, al fin he visto a este tipo... En cuanto a saber si es el vuestro... No obstante, corre como una liebre o posee un escondite cerca de aquí: no he podido cogerlo y no deseaba más que esto, ¡diablos! De todas formas, no tiene mucha importancia, otro día le cogeré y entonces, palabra de honor, le romperé mi bastón en sus costillas.

A pesar de las fanfarronadas del valiente general Montague y de sus promesas de ayuda, el capitán continuó sufriendo los mismos tormentos. 

La criatura que le perseguía no le daba un instante de reposo; tanto de día como de noche el pobre Barton estaba expuesto a sus persecuciones. A medida que pasaba el tiempo de esta espantosa manera, la salud del capitán, debilitada por tantas angustias, declinaba. 

Muy pronto su estado era tan alarmante que lady L... y su hermano, el general, lograron persuadir a Barton de que un breve viaje le sería muy conveniente. 

Los efectos de un cambio de aires le serían saludables y el más escéptico de sus amigos, enterado del asunto por Montague, llegaba a insinuar que, cambiando el medio de vida, no tendría ocasión de ocuparse de lo que denominaban con desprecio «las ilusiones nerviosas del loco de Barton».

En lo que le concernía, Montague sabía perfectamente que no eran ilusiones y que existía un personaje muy real inmensamente malévolo, y quizá con intenciones criminales hacia el pobre capitán. 

Esta hipótesis no era nada divertida, pero el general creía que un cambio de costumbres, suprimiendo la causa de los terrores de Barton, le demostraría que el ser que le perseguía no tenía nada de sobrenatural.

Entonces recuperaría la salud, se reiría de sus alarmas y, a su regreso, no tendría más que ocuparse en garantizar su seguridad económica.

El capitán se embarcó en compañía de su futuro suegro, primero hacia Inglaterra y luego a Calais. El general esperaba mucho de este viaje; en efecto, después de su partida, Barton parecía completamente normal, no sentía ninguno de los tormentos que le habían llevado a la desesperación y su alegría era absoluta. 

Debe considerarse que el excelente capitán había llegado a considerar sus sufrimientos como parte integrante de su vida y que el hecho de verlos esfumarse representaba un segundo nacimiento. 

Ahora se atrevía a hacer proyectos para el futuro y hablaba al general de lo que sería su nueva vida, una vez casado.

El día de su llegada a Calais hacía buen tiempo y mucha gente se había reunido para ver atracar al navío. Los dos hombres bajaron. Montague iba delante; alguien le tocó el brazo y le dijo:

—No corráis tanto, señor, si no vuestro compañero no os podrá seguir, pues parece muy enfermo el pobre.

El general dio media vuelta y se acercó a Barton que, en efecto, parecía encontrarse muy mal. Le interrogó con inquietud:

—¿Qué pasa, amigo?

—Era él, él..., lo he reconocido...

—¿Quién? Oh, queréis decir...

—Sí, él.

—¿El infame? ¿Por dónde ha pasado? ¿Por dónde ha huido?

—Sí, lo he visto, pero ha desaparecido.

—Ya lo he oído, por Júpiter, pero ¿por dónde se ha ido?

Barton hablaba como en sueños y sólo comprendía a medias las pesadas preguntas de su amigo:

—Estaba aquí, ha desaparecido...

El general se estaba poniendo nervioso:

—Ya lo he oído, ya lo he oído, pero decidme cómo iba vestido y por dónde huyó...

Blandía su bastón con unos movimientos agresivos; habría querido atrapar al malvado desconocido. Barton balbuceó:

—Le habéis visto, os ha dicho algo señalándome con el dedo... Que Dios me ayude...

Pero ya Montague se había lanzado en medio del gentío para intentar atrapar al individuo. 

No obstante, y a pesar del aspecto característico del que buscaba y de la benévola ayuda de una docena de personas que creían que el general perseguía a un ladrón, no encontró ni el rastro del hombrecillo y, sofocado, volvió al lado de su futuro yerno. 

Este murmuró, como si estuviera mortalmente herido:

—Todo esto no sirve para nada, más vale abandonar. Jamás escaparé de su persecución, me encontrará siempre y donde sea... ¡Oh, ya no puedo más!

El general se encogió de hombros; estaba más irritado que alarmado y encontraba muy poco viril la resignación de Barton:

—No digáis tonterías, amigo. No es más que un hombre, os la tiene jurada... De acuerdo, pero de una forma u otra lo atraparemos.

Estas viriles palabras fueron impotentes para tranquilizar al capitán, que desde entonces se hundió todavía más en un lúgubre abandono. Su salud no resistió este nuevo golpe; no deseaba más que una cosa: volver a su casa y morir cuanto antes.

El viaje de retorno a Irlanda fue tranquilo y Montague lo aprovechó para animar a su compañero a que tomara gusto por la vida. Todo fue inútil. 

De todos modos, aunque hubiera conseguido algo, no habría servido de nada, pues apenas llegó a Dublín, Barton vio a su perseguidor. 

Desde aquel momento, el capitán había perdido toda su energía y voluntad. Sus amigos se ocupaban de los más mínimos detalles de su vida y, pasivamente, él les dejaba hacer.

Lady L... y el general Montague decidieron arrancarle de la soledad de su casa y le instalaron en una propiedad de la vieja dama. 

Como el médico del capitán insistía en ver en su paciente un trastorno nervioso, se siguieron sus consejos y encerraron a Barton en unas habitaciones que daban a un patio cerrado por altos muros. 

De este modo creían preservarlo de la vista de cualquier extraño que su febril imaginación podría tomar, aunque se le pareciera levemente, por el perseguidor que había visto o había imaginado ver al principio. 

El general y lady L... admitieron el aparente acierto del punto de vista del médico y creían, como él, que la reclusión, si se prolongaba un mes o más, tendría como principal y feliz efecto suprimir las ilusiones de Barton, devolverle el sentido común que no hacía mucho poseía e impedirle asociar tormentos imaginados a la vista de un personaje real y a lo mejor completamente inofensivo.

El médico recomendó rodear al enfermo de afecto y alegría, no dejarle solo ni un instante y concluyó diciendo que esta terapéutica debía ser radical. 

Barton aceptó con indiferencia su nueva situación, aunque esperaba la disminución de sus torturas, ya que las precauciones que he explicado resultaban eficaces. 

En consecuencia mejoró; su salud física empezó a restablecerse, lentamente, es cierto, y de una manera que no permitía pensar que pudiera volver a ser el que había sido. 

No obstante, sus amigos estuvieron muy agradecidos al médico por este ligero principio de recuperación y, en especial, la joven miss Montague, que había sufrido mucho por la enfermedad de quien le ataba la tierna relación que ya conocemos.

Los días pasaban en calma. Pronto haría un mes que se había iniciado el tratamiento y no se había producido incidente alguno. Podía pensarse que la obsesión del capitán había desaparecido y ya podía constatarse en él un nuevo interés por el mundo exterior y por su propia persona. 

Pero ocurriría un nuevo acontecimiento que haría replantear de nuevo toda la situación: un día, lady L..., que se daba inyecciones como muchos viejos que tienen ciertos conocimientos médicos, envió a una de sus sirvientas a recoger un cierto número de plantas que crecían en el huerto. 

Quería hacer una tisana con ellas para combatir los reumatismos de su hermano. Pero fue imposible, pues la sirvienta volvió sin cumplir con su cometido y parecía muy asustada. Explicó a lady L... que apenas había llegado al huerto cuando una risa sardónica la había apartado de sus ocupaciones. 

Había levantado la cabeza y había visto a través del seto a un individuo de aspecto muy sospechoso. La miraba con unos ojos que la aterrorizaron; luego se puso a hablar. 

Ella le escuchaba sin poder desprenderse de una penosa sensación de miedo y asco. Le había encomendado transmitir un mensaje al capitán Barton: era necesario que este empezara a salir, a ver gente, a llevar una existencia normal; de lo contrario, recibiría una visita en su habitación que no le gustaría lo más mínimo. 

Y el individuo demostró, empezando a escalar la valla, que no le serían necesarios muchos esfuerzos para cumplir con su amenaza.

La pobre muchacha había huido, trastornada, y ahora acababa de contar la aventura a su dueña, que le ordenó, bajo la amenaza de despido, guardar silencio sobre este asunto. 

Enseguida, lady L... ordenó hacer una batida alrededor de su propiedad. No sirvió para nada, naturalmente, y la vieja dama se confesó a su hermano. El general la escuchó gravemente, movió la cabeza con aire comprensivo y dijo:

—Entiendo.

De hecho, no comprendía nada, pero tomó conciencia del peligro y dobló la vigilancia a la que Barton estaba sometido. Era gracias a rápidas decisiones de este tipo que Montague debía su escalada, que ni su fortuna (inexistente) ni su inteligencia (casi inexistente) habrían conseguido.

Durante este tiempo, el capitán, que se encontraba mejor y que se creía en perfecta seguridad, se paseaba a veces por el patio rodeado de altos muros del que ya he hablado. 

Respirar aire puro devolvía poco a poco los colores de la salud a las mejillas de Barton. Puede lógicamente decirse que sin la estupidez de un sirviente, el capitán habría gozado de paz por lo menos durante cierto tiempo; desgraciadamente, ocurrió que uno de los sirvientes encargados del cuidado de Barton dejó entreabierta la puerta del patio. 

Esta puerta, de madera maciza, estaba protegida por una reja de hierro y, en principio, debía estar siempre cerrada. No obstante, ese día no lo estaba y Barton, acercándose a la puerta para ver a qué calle daba, tuvo la desagradabilísima sorpresa de ver a su perseguidor, que le miraba terriblemente entre los barrotes de la reja, felizmente cerrada. 

El capitán se quedó helado; su respiración se hizo ronca y entrecortada, sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo como una masa inerte.

Le encontraron algunos instantes más tarde, lo llevaron a su habitación, lo desnudaron y lo acostaron. Desde entonces, se dieron cuenta de que había cambiado mucho y muy de prisa: ya no estaba ni triste ni inquieto, sino que, por el contrario, manifestaba una calma inhumana; se diría que ya estaba muerto. 

El general, que ya no entendía nada (si es que alguna vez comprendió algo), pero que no por ello dejaba de ser una buena persona muy dada a los demás, pasaba la mayor parte de su tiempo en la cabecera de Barton, que un día le dijo en un tono de dulce resignación:

—Esto se acaba, mi querido general, y empiezo a recibir algún consuelo de este orden espiritual de cosas de donde proviene mi desgracia. Se acerca el fin de mis penas y al final conoceré la paz.

Montague le miró extrañado:

—¿Qué queréis decir?

—Que ya he sufrido bastante y que mi castigo se acaba. Es posible, no lo sé, que tenga que soportar el peso de mis remordimientos durante toda la eternidad, pero en muy poco tiempo dejarán de torturarme. Tengo la prueba, ¿cómo explicarlo?, revelada... si queréis y si esta palabra no os choca. Debo sufrir todavía, es cierto, pero lo haré con humildad y serenidad...

—¡Ah!, qué contento estoy, os curaréis —dijo Montague con una voz jovial que disimulaba muy mal la sincera emoción de este viejo soldado de tierno corazón—; os curaréis y podréis reemprender vuestra antigua vida.

Pero Barton le desengañó:

—No me entendéis; ya no tengo fuerzas para sobrellevar una vida que me pesa, voy a morir. Sí, voy a morir. Le veré otra vez todavía, una sola vez y luego...

Se encogió de hombros. El general preguntó:

—¿Cómo podéis afirmar una cosa así? ¿Es él, vuestro perseguidor, el que os lo ha dicho?

—No..., no ha sido él. Un ser de su especie no podría darme tan buenas noticias... No puedo explicaros con exactitud de qué manera esto me ha sido revelado: esto me obligaría a evocar a personas muertas desde hace ya mucho y no serviría para nada; incluso sería indecente...

Calladas lágrimas caían por sus mejillas. Montague creyó que su amigo lloraba lamentándose de su destino, como hacen a veces los niños o los viejos. 

Entonó su mejor voz de mando (en el ejército le habían puesto el sobrenombre de Stentor irlandés; en realidad debo decir que el autor de esta fina broma, un lugarteniente galo, murió poco tiempo después de haberla formulado. ¡Una meningitis se lo llevó!) y gritó:

—Nada de tonterías, Barton, no echéis la soga tras el caldero, no os dejéis llevar, sed un hombre. Dios mío...

—No blasfeméis, Montague.

—Esta sí que es buena; sois vos, un ateo, un filósofo, quien me prohíbe blasfemar. Sí, bueno, en fin... intentad razonar, amigo: sois víctima de alucinaciones o el juguete de un bribón que se burla de vos y os llevará donde le plazca debido a la influencia que ejerce sobre vuestro sistema nervioso. Si es así, este tipo es un cobarde y, si tiene algo contra vos, sería más noble dar la cara que...

—Sí, esto es, tiene algo contra mí. La expresión es exacta... Sólo que la Justicia del Cielo se ha mezclado en el asunto; ha permitido al demonio que empleara para atormentarme a la misma persona que podía haberse quejado de mí... Es el Infierno..., pero Dios se ha apiadado de mí, su misericordia es infinita. Y me sentiría muy feliz de morir si pudiera evitar por última vez la espantosa cara del diablo que me ha atormentado durante tantos meses. Pero sé que nos encontraremos cara a cara antes del fin; sólo de pensarlo me siento aterrorizado, una repugnancia, un miedo innombrable que una buena persona como vos no puede ni imaginar...

Y el capitán perdía poco a poco su calma, grandes gotas de sudor caían por su pálida frente, sus descarnadas manos se contraían espasmódicamente sobre las sábanas y, un poco asustado, Montague cambió de conversación para llevarla a un terreno menos crítico:

—Y el sueño del que me hablabais...

—No era realmente un sueño... Más bien la impresión de encontrarme fuera y de sentir de una manera distinta. No obstante, todo era tan real, tan tangible como lo que nos rodea en estos momentos. ¿Cómo podría haceros comprender que se trataba auténticamente de una realidad? Otra realidad distinta de la que nosotros conocemos, pero igualmente real...

Siempre dispuesto a concretar, el general preguntó:

—Explicadme qué han visto vuestros ojos, lo que vuestras orejas han oído.

Barton se mordió los labios, miró largo rato hacia un punto imaginario sobre su cama y luego habló:

—La visión de quien vos sabéis me hizo perder el sentido y muy lentamente volví en sí. Cuando emergía de la nebulosa de mi desmayo me encontré tendido en el suelo, a la orilla de un lago rodeado por una cadena de montañas. Una extraña luminosidad rosada iluminaba todas las cosas. El espectáculo de este país desconocido me llenaba de una dolorosa y triste felicidad. De repente me di cuenta de que mi cabeza se apoyaba en las rodillas de una muchacha que cantaba una extraña canción que me hacía pensar en mi vida, en la pasada y en la futura. Me acordé entonces de amores pasados y que creía completamente olvidados; lloraba, sí, lloraba al escuchar esta voz que conocía perfectamente. Estaba tan hechizado por su canto que no pude mirar el rostro de la muchacha. Quería hacerlo, pero me sentía impotente para arriesgar un solo movimiento. Y luego, poco a poco, la voz maravillosa calló, al mismo tiempo que desaparecía el paisaje. Os vi a vos y a vuestra hermana que os acercabais sobre mí y me sonreíais... Pero una inmensa paz se había amparado de mí porque sabía que al fin sería perdonado.

Barton lloraba, pero su rostro parecía rebosante de una felicidad inefable, aunque marcada de melancolía. Los días siguientes permaneció calmo y sereno la mayor parte del tiempo; los únicos momentos en que se excitaba era cuando pensaba en la última visita que debía recibir antes de encontrar la paz definitiva. 

En estos momentos se sumergía en unos ataques de tan espantoso terror que todos los habitantes de la casa sufrían las influencias, salvo Montague, cuyo espíritu estaba resueltamente cerrado ante todo lo que no entendía... 

E incluso los que se tenían por caracteres fuertes estaban poseídos por extraños presentimientos que, por otro lado, no hubieran confesado bajo ningún motivo.

Desde entonces, Barton permanecía herméticamente encerrado en su habitación con los postigos cerrados y las cortinas siempre corridas. Además, exigió que su criado durmiera en la misma habitación. 

Naturalmente habían accedido a todas sus peticiones y el sirviente había instalado su cama a los pies de la de su dueño. El criado era, dentro de su condición, una persona muy respetable y sentía gran estima por su dueño. 

Puede juzgarse por estos detalles con qué cuidado cumplía con sus obligaciones, y en particular con la de velar por la aplicación de las precauciones por medio de las cuales el capitán esperaba impedir la visita del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Así pues, el sirviente permanecía constantemente al lado de Barton, que cada día temía más la soledad.

Imagino superfluo decir que, dado el carácter particularísimo de la situación, no se hizo nada para adelantar la boda de miss Montague con el desgraciado capitán. Por otra parte, debo aclarar que la chica no estaba preocupada por el atraso sine die de sus proyectos matrimoniales. 

En realidad jamás había sentido por Barton más que una sincera amistad y su inclinación de prometida no tenía nada en común con una pasión loca y romántica. 

No obstante, pasaba la mayor parte de sus días cerca del capitán y se esforzaba en distraerlo de su hipocondría. Le leía novelas, le contaba los últimos chismes, pero nada de todo ello le importaba lo más mínimo.

Es sabido que a las jóvenes así como a las mujeres viejas les gusta rodearse de animales favoritos sobre los que vuelcan parte de la ternura que la sociedad no les permite dispensar a sus semejantes. Para algunas son ratoncillos blancos o tortugas; para otras, gatos o monos. 

Miss Montague se había encaprichado con una especie de viejo búho que un jardinero le había traído. Este rasgo pone en evidencia la extravagancia que preside estos afectos antinaturales si se considera que el pájaro preferido de la muchacha era de una raza universalmente detestada por ser un símbolo de desgracia, de miseria y de muerte. 

Esta historia del búho puede parecer fuera de mi relato pero, como se verá, está siniestramente atada al final del mismo. Barton, y esto prueba que no estaba tan loco como algunos insinuaban, empezó a odiar al detestable animal de una manera tan arrebatada que habría podido parecer cómica...

Hacia las dos de la mañana, en una noche de invierno, el sirviente de Barton fue despertado por su dueño que le dijo:

—No se ve muy claro aquí...

Una vela permanecía siempre encendida en la habitación.

—No se ve muy claro..., pero tengo la impresión de que este condenado búho se ha escapado de su dueña y se esconde en algún rincón. Buscadlo y sacadlo de aquí, por favor...

El criado obedeció y encendió otra vela. De repente, el grito del pájaro nocturno rompió el silencio. Esto hacía pensar que, efectivamente, el búho no estaba lejos; quizá no estaba en la habitación, pero seguramente en el corredor sobre el que daba. 

Smith, el sirviente, abrió la puerta que, como por los efectos de una corriente de aire, se cerró a su paso. No se inquietó por ello y continuó buscando. En este punto debo precisar que la pared de la habitación estaba agujereada por una especie de ventana que daba al corredor: Smith se podía dirigir por la luz que provenía de este tragaluz.

—Smith, Smith, por favor, ¿querríais poner la vela encima de la mesita de noche?

La voz del capitán salía de detrás del cortinaje que rodeaba su cama y Smith se disponía a entrar en la habitación para ejecutar lo que su dueño le había ordenado cuando la sorpresa y el miedo lo paralizaron en su sitio: una voz contestaba a Barton al mismo tiempo que la luz se desplazaba como si alguien cambiara la vela de lugar. 

Smith veía esto por el tragaluz que he mencionado. El pobre hombre dudaba entre la curiosidad y el miedo; no obstante, iba a empujar la puerta cuando oyó unos ruidos confusos, gemidos, y la voz de su dueño que balbucía:

—¡Señor..., oh..., Señor...!

Hubo un silencio. Smith temblaba de pies a cabeza; luego un grito horrible, un aullido demente que era como la expresión de un terror incoercible ante lo abyecto, ante lo innombrable... 

El criado, empujado por un terror que es fácil de adivinar, corrió hacia la puerta. No podía abrirla... O no giraba bien el pomo o estaba cerrada por el interior, es lo que nunca se supo; el hecho es que fue inútil forcejear, no pudo llegar a Barton. 

Completamente loco de terror, Smith se lanzó por el corredor y encontró al general que, despertado por el ruido, corría. El silencio se hizo de golpe más siniestro que los ruidos que lo habían precedido.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el capitán? —gritó Montague.

—No lo sé, no sé nada. ¡Dios se apiade de nosotros! ¡Estoy seguro de que mi señor ha muerto, sí, sí, estoy seguro!

El general no le hizo más preguntas. De todas formas, el desgraciado sirviente era incapaz de dar la más mínima explicación y Montague corrió hacia la puerta, que se abrió sin dificultad; con un enorme ruido de alas, el búho salió de detrás de las cortinas del lecho y desapareció por el tragaluz abierto.

—¡Pájaro de la desgracia! —farfulló Montague, visiblemente emocionado.

—Alguien ha cambiado la vela de lugar, señor, ahora está cerca de la cama... —balbució Smith.

—Sí, pero no os quedéis ahí parado, imbécil, abrid las cortinas.

El sirviente no se movió. Furioso, Montague le puso la vela entre las manos y se acercó a la cama. La débil luz de la vela que se consumía sobre la mesita de noche permitió ver a los dos hombres atemorizados un cuerpo replegado sobre sí mismo; se diría que Barton había retrocedido al máximo ante..., ¿ante qué, de hecho?

—Barton, amigo, ¿qué os pasa? —gritó el general.

Un silencio irónico fue su respuesta. Acercó entonces la vela para iluminar el rostro de su amigo: en verdad era un espectáculo innoble. Los rasgos espantosamente crispados, el color demasiado pálido y los ojos en blanco del desgraciado Barton no permitían la menor duda sobre su estado.

—Está muerto —dijo Montague, y no hizo ningún otro comentario.

Los dos hombres permanecieron unos momentos en silencio; luego el general dijo:

—Ya está frío...

El sirviente de repente se sobresaltó, pareció salir de su estupor y dijo:

—Dios poderoso, mirad, señor, ¿veis lo que yo veo?

Con un dedo señalaba la cama en desorden: se veía la huella de un cuerpo muy pesado. Oyeron acercarse unos pasos; rápidamente Montague se esforzó en dar una apariencia normal de lecho mortuorio; luego los dos hombres salieron para acoger al resto de la familia y comunicarles la horrible noticia.

Naturalmente, jamás se llegó a poner en claro el enigma que rodeaba la muerte del capitán. No se supo más que esto que, a fin de cuentas, quizá no tenía ninguna relación con lo ocurrido: algunos años antes de retirarse, Barton se había enamorado de una joven de Plymouth que era la hija de uno de los marineros de su barco. 

La había hecho su amante; y el padre de la pequeña, cuando se enteró de su conducta, la castigó duramente. El capitán, loco de rabia, se había vengado utilizando al máximo los medios de coerción que su posición le permitía ejercer con un marino. El individuo, un tal Sylvestre Yolland, logró escapar. Murió poco después en un hospital de Nápoles...

Evidentemente, no osaré afirmar que estos hechos sean el origen de la persecución que costó la vida de Barton. Sé que él lo creía así, pues fue la única mala acción que jamás cometió. Sea lo que fuere, es de temer que esta historia jamás quede explicada satisfactoriamente.

El medallón - Karl Edward Wagner

Se trataba de un pequeño medallón de oro, de finales de la época victoriana, con forma de corazón, los típicos adornos de la época y una pesada cadenilla de oro. Formaba parte de un lote de joyas heredadas por el que Pandora había pujado con éxito. Estaba muy satisfecha de su compra, a pesar de que la puja había sido muy elevada. Por lo general, le iba bien en sus viajes de compras.

Pandora Smythe (había decidido volver a utilizar su apellido de soltera) era la propietaria y encargada de una tienda de antigüedades de Pine Hill, Carolina del Norte, una aburrida ciudad universitaria invadida por las nuevas urbanizaciones, los yuppies que empleaban las numerosas oficinas del lugar y los jubilados que venían del norte. 

Pandora era de origen británico y no podía quejarse de los recién llegados, ya que les encantaba gastarse el dinero en muebles antiguos para adornar sus nuevas casas adosadas, las cuales habían sido construidas allí donde un año antes no había más que árboles.

Su tienda se llamaba La Caja de Pandora, como no podía ser de otra manera. Tenía mucho movimiento, por lo que Pandora había contratado a tres dependientes, uno de los cuales le acompañaba en sus viajes de compras. Pandora Smythe tenía la tez color melocotón con nata, las facciones angulosas pero bonitas y los ojos verdes. Era rubia y bastante alta; salía a correr todos los días para conservar el buen tipo y frisaba los treinta años. Sus dos vicios eran las novelas románticas y llorar cuando veía antiguos dramones en blanco y negro en cintas de vídeo alquiladas.

Le hubiera gustado ser Bette Davis, pero en realidad era una inteligente mujer de negocios que sólo había cometido en su vida dos equivocaciones dignas de mención: casarse con Matthew McKee (con quien había convivido casi un año entero a pesar de la falta de amor, sus flirteos en público y los maltratos a los que la sometía cuando se emborrachaba) y comprarse un medallón.

Había sido un buen día en la tienda. Doreen y Mavis se las habían arreglado muy bien y Derrick se había encargado del empaquetamiento y entrega de los artículos subastados más grandes: unos enormes muebles victorianos de calidad y unas excelentes piezas rústicas que serían cargadas en la parte trasera de unas camionetas Volvo antes de que acabase la semana. 

Pandora llevó a la trastienda el joyero, reprendiéndose porque había pagado demasiado por él. Pero había sido inevitable, porque el desgraciado de Stuart Reading también había mostrado gran interés por el lote. Probablemente habría costado más si las joyas se hubieran vendido por separado, pero cuando lo habían sacado a subasta todavía quedaba mucho día por delante y, además, la mayoría de las piezas eran de bisutería y su valor intrínseco era inferior al que tenían como antigüedades.

—¡Oh! ¡Me encantan estos pendientes de jade! —exclamó Mavis a Pandora, que estaba ordenando su tesoro sobre el escritorio.

—Pues resta el precio de tu salario —Pandora les echó una ojeada—. Cuestan cincuenta dólares. Son de fines de siglo. Y no son de jade, sino de jaspe verde.

—Entonces te doy treinta dólares.

—Cuarenta. Eso es oro.

—Te olvidas del descuento para los empleados. Treinta dólares. Los tengo en efectivo.

—Hecho —Pandora entregó los pendientes a Mavis. Podría habérselos vendido fácilmente a un cliente por cincuenta dólares, pero tenía simpatía por sus empleados y por Mavis en concreto. Además, el lote incluía piezas que podían proporcionarle ganancias más considerables de las que creía. Si se lo dijera a Stuart Reading, se moriría de rabia.

—Aquí tienes —Mavis había ido rápidamente a coger su cartera.

—Es una venta. Ponlo en la caja —Pandora estaba separando los artículos que pudieran requerir la tasación de un joyero profesional. De éstos había unos cuantos.

—Mira. Este me gusta —Pandora cogió el medallón de oro. Tenía una inscripción en latín que rezaba: Face quidlibet voles.

Mavis lo examinó.

—Época victoriana tardía. De oro. Tuyo por sólo doscientos dólares.

—Ya lo he comprado, Mavis —Pandora estaba forcejeando con la cadenilla de oro—. Échame una mano con el cierre.

Mavis se colocó detrás de ella y le puso la cadenilla al cuello.

—¿Vas a quedártelo tú?

—Creo que lo llevaré unos días. ¿Qué te parece?

—Pues que necesitas una falda de lana que le vaya a juego.

Pandora se miró en un espejo antiguo y se arregló el pelo.

—Me gusta. Creo que voy a llevarlo durante una temporada. Como has dicho, podríamos pedir doscientos dólares por él. Es de oro macizo. Fíjate qué trabajo más exquisito.

Mavis miró el escote de Pandora.

—No sé qué significa la inscripción: Face no sé qué voles… ¿Haz no sé qué por dar una vuelta…? Qué tontería.

Pandora observó su imagen en el espejo con detenimiento.

—Es el problema que tiene el oro: se nota que lo han usado mucho. Y, en cuanto a la inscripción, la última vez que leí algo en latín fue cuando iba al instituto.

—Vamos a abrirlo a ver qué hay dentro —Mavis forcejeó con el fiador—. Seguro que contiene un mechón de pelo o un retrato antiguo —volvió a intentarlo—. Mierda, no se abre.

—Deja de tirar —protestó Pandora—. Ya lo haré cuando llegue a casa.

Pandora se duchó tranquilamente, se enfundó un albornoz y una toalla en la cabeza, preparó una pequeña tetera, puso leche, dos azucarillos y un poco de limón en su taza, encendió la televisión, se hizo un ovillo en su sofá favorito, se arrebujó con un edredón de pluma de oca y esperó a que se le secara el pelo. Lo tenía demasiado lacio para su gusto, por lo que prefería no usar el secador. La televisión era aburrida, pero el té estaba sabroso. 

Empezó a manipular el fiador del medallón de oro; no había conseguido abrir el cierre de la cadena antes de ducharse, pero el agua caliente había solucionado el problema. El fiador se abrió de golpe, pero dentro no había nada. Pandora frunció el entrecejo. Sintiéndose cansada por el viaje de compras, poco a poco se quedó dormida.

Llevaba un uniforme de gimnasia del colegio. Dos monjas estaban cogiéndola de los brazos y ella estaba inclinada sobre un escritorio. Una tercera monja le había levantado la falda y le había bajado bruscamente su decorosa braga de algodón blanco. Sostenía una regla de madera. Las otras chicas de la clase la miraban con miedo y expectación.

—Te han visto toqueteándote —dijo la monja.

—¡Soy una mujer de negocios adulta! ¿Quién demonios es usted?

—No has hecho más que empeorar las cosas —la monja le dio un reglazo en el trasero. Pandora soltó un grito de dolor y entonces los golpes empezaron a lloverle encima. Pandora se echó a llorar. Sus compañeras de clase rieron disimuladamente. La monja siguió azotándole el trasero, cada vez más enrojecido. Pandora gritaba y trataba de soltarse de las otras dos religiosas, que la sujetaban fuertemente. La azotaina continuó.

De pronto, Pandora sintió la oleada de un orgasmo. Se irguió conteniendo la respiración y estuvo a punto de volcar la taza de té. La terminó y observó que el medallón estaba cerrado. Debía de haberlo cerrado ella misma mientras dormía. Era la última vez que bebía un té cargado antes de irse a la cama. Se quitó la toalla de la cabeza y se sacudió el pelo. Qué sueño más extraño… Ella nunca había ido a una escuela católica. Sus padres pertenecían a la Iglesia anglicana y ella era una humanista secular, tal como se decía ahora en la jerga políticamente correcta.

Le dolía el trasero. Cuando se miró en el espejo, comprobó que tenía moratones.

A la mañana siguiente no vio nada que le llamara la atención cuando se miró en el espejo. Pandora restó importancia al asunto y lo atribuyó a las arrugas del albornoz y a su imaginación calenturienta. Dejó que sus empleados se ocuparan de la tienda mientras ella ojeaba los anuncios por palabras y los avisos de las próximas subastas. 

Doreen consiguió vender con facilidad por setecientos dólares la mesa de duramen de pino, que estaba mal restaurada y había sido comprada por una décima parte del precio de venta. Pandora empezó a sentirse mejor, pero, aun así, volvió a casa temprano. Se acordó de una película de James Bond que había visto e imaginó que Doreen y Mavis eran Bambi y Thumper, y Derrick era James Bond. Podía dejar la tienda en sus manos.

Se puso un camisón rosa estilo jovencita ingenua (tenía debilidad por la ropa de los años cincuenta), se hizo un ovillo en la cama y se puso a leer Deseo ardiente de enamorada, de David Drake, su escritor favorito de novela romántica. Involuntariamente, jugueteó con el medallón y la tapa se abrió.

Pandora llevaba un sujetador blanco con copa en pico y medias con liguero. Su vestido de noche debía de estar en algún lugar del asiento trasero de su coche, un Chevrolet del cincuenta y seis. Ella estaba de rodillas sobre la hierba del cementerio.

Biff y Jerry tenían prisa, ya que la policía estaba patrullando aquella zona en busca de adolescentes que iban allí para experimentar sensaciones fuertes. Acababan de bajarse los vaqueros y los calzoncillos. Se encontraban al lado del coche y Pandora les estaba haciendo una mamada a los dos al mismo tiempo.

No podía meterse las dos pollas en la boca por completo, por lo que les chupaba los capullos y los lamía rápidamente por turnos mientras se las meneaba y se masturbaba frotándose la vagina. Como a ninguno se le había ocurrido comprar condones, les había dicho que tenía la regla.

—¡Dios mío! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…! —estaba gritando Biff.

—¡Cállate ya, mamón! ¡Vas a conseguir que la policía nos coja con el culo al aire!

Pandora no dijo nada y siguió haciendo el ruido que se produce cuando se sorbe y chupa algo. No podía cerrar los labios sobre las dos pollas y la saliva se le escurría por la barbilla hasta el sujetador.

Jerry soltó un gruñido y Biff repitió:

—¡Dios mío!

El semen de los dos inundó la boca de Pandora a más velocidad de la que ella podía tragarlo y le regó la cara. Ella engulló el pegajoso y salado chorro, chupando las dos pollas mientras estas iban perdiendo rigidez y sin dejar en ningún momento de frotarse la vagina. Tuvo el orgasmo justo en el momento en que conseguía que las dos pollas fláccidas llegaran al fondo de su garganta.

Pandora se incorporó en la cama repentinamente y con la novela todavía cogida entre las manos. Nunca había subido a un Chevrolet del cincuenta y seis. Tenía las mejillas y la barbilla cubiertas de saliva. Se las limpió con un pañuelo de papel y entonces se dio cuenta de que sabía a semen. Era semen.

El medallón se había cerrado.

Al día siguiente Pandora no hizo nada útil en la tienda y volvió a casa a la hora de comer aduciendo que tenía síntomas de gripe. Sus empleados se mostraron comprensivos, ya que no tenía buen aspecto. Mavis le telefoneó para recordarle que el sábado había una subasta a la que Pandora y Derrick pensaban acudir y añadió que Stuart Reading había llamado.

Pandora le contestó que Stuart Reading podía irse al cuerno y luego decidió tomar una ducha caliente. Quizá fuera cierto que tenía la gripe.

Una ducha era justo lo que necesitaba: caliente, con mucho vapor y relajante para los músculos. Mientras se secaba, rozó el medallón con los dedos y este se abrió con un chasquido.

Pandora se encontraba en un vestuario de hombres lleno de vapor y solo llevaba puesto un suspensorio blanco y elástico, pero no tenía ningún bulto en la entrepierna, a diferencia de las demás personas que había en el vestuario, musculosos hombres empapados en sudor y que lucían abultados suspensorios.

Uno de ellos le pegó en el trasero con una toalla enrollada y Pandora profirió un grito.

—Si quieres jugar a fútbol con los chicos, tendrás que inclinarte.

La obligaron a ponerse de rodillas sobre un banco de gimnasio y, al cabo de unos segundos, notó que una polla enjabonada le presionaba el ano. Pandora soltó un chillido cuando el capullo la penetró y la polla se coló brutalmente hasta los testículos. El hombre empezó a embestirla violentamente, acicateado por los gritos de ánimo de los demás. Pandora contuvo la respiración y consiguió soportar el dolor. Al cabo de unos minutos, notó que la polla se ponía tirante, se calentaba aún más y descargaba un chorro de semen en su recto.

La segunda penetración no fue tan dolorosa y el hombre se corrió rápidamente después de unas cuantas acometidas apresuradas. La tercera polla era gorda y larga; el hombre la folló por el culo lentamente mientras los demás le gritaban que se diera prisa. El cuarto hombre parecía que no iba a acabar nunca de correrse. El quinto entró y salió de su trasero en un momento. El sexto se lo tomó con calma e hizo una pausa para beberse una cerveza. Para cuando le tocó al séptimo, Pandora ya tenía el ano dolorido y ensangrentado, pero el hombre la excitó mediante un masaje en la vagina. El octavo hizo lo mismo y jugó con su clítoris. Con el noveno, Pandora tuvo por fin un orgasmo.

Despertó tumbada en su cama sintiendo un dolor horroroso en el trasero. El medallón estaba cerrado. Se dirigió al retrete con urgencia, pese a que apenas podía andar. Cuando se sentó, vio que echaba un poco de sangre y una gran cantidad de semen. Luego, mientras se limpiaba, se quitó el suspensorio. Ella nunca había tenido un suspensorio.

Pandora telefoneó a su terapeuta y obtuvo hora para el día siguiente. La doctora Rosalind Walden le había prestado un gran apoyo durante los aciagos meses de su fracasado matrimonio y Pandora pensaba que le ayudaría a comprender las pesadillas que había tenido, si es que habían sido realmente pesadillas.

La doctora Walden era una morena con buen tipo, el pelo bastante corto y de aproximadamente la misma altura que ella. Más que una psiquiatra, parecía una profesional de éxito. Aquel día llevaba un conjunto holgado de hilo en tonos oscuros y medias negras. Pandora se sentía cómoda con ella y, agradecida, se dejó caer en el sillón.

Al cabo de un rato, la doctora Walden dijo:

—De modo que piensas que estos sueños guardan relación con este medallón antiguo. ¿Por qué no te deshaces de él, pues?

—Creo que disfruto con las fantasías —contestó Pandora.

—Estás recuperándote de un matrimonio disfuncional durante el cual tu marido te maltrató tanto física como sexualmente. Creo que puede haber una parte de ti que disfruta siendo la víctima. Es preciso que exploremos estas necesidades reprimidas. Pero antes vamos a echar un vistazo al medallón.

La doctora Walden se inclinó sobre ella y empezó a forcejear con el fiador. A Pandora le resultó agradable el roce de sus manos sobre su pecho.

—No consigo abrirlo.

—Permíteme.

Pandora abrió el medallón. Rosalind acercó la cabeza y la besó suavemente en los labios. A continuación, sus lenguas se entrelazaron. Jadeante, Rosalind dejó de besarla y se volvió para quitarse las bragas. Pandora se sorprendió al ver que llevaba un liguero negro. Rosalind arrojó las bragas negras de encaje al suelo y rápidamente se sentó a horcajadas sobre la cara de Pandora. Luego se levantó la falda y miró a Pandora a los ojos.

—Quieres lamerme el coño. Tú sabes que quieres lamerme el coño. ¡Dime que quieres lamerme el coño! —Rosalind se había afeitado la entrepierna para ponerse un tanga. Le olía a almizcle y a perfume suave, y tenía los labios hinchados y separados.

—Quiero lamerte el coño.

—¡Dilo más alto! ¡Dentro de un momento ya no podrás pedírmelo!

—¡Sí! —gritó Pandora—. ¡Quiero lamerte el coño!

Rosalind descendió sobre su cara, haciéndola callar con su mordaza de carne. Con la falda levantada a la altura del pecho, observó la cara de Pandora mientras se mecía adelante y atrás sobre su lengua, se estrujaba los senos y daba empellones con el clítoris contra su nariz.

Casi sin poder respirar, Pandora consiguió lametear rápidamente el clítoris de Rosalind y su vagina. Tenía el coño salado y al mismo tiempo dulce por las secreciones. La excitaba. Entonces notó que a ella también se le humedecía la vagina. Rosalind se corrió en su boca, medio asfixiándola. Tras una breve convulsión extática, Rosalind empezó a moverse con más vigor. Pandora tenía la vagina cada vez más caliente y húmeda. Trató de masturbarse, pero las piernas de Rosalind le inmovilizaban los brazos y no pudo meterse la mano bajo la falda. El segundo orgasmo de Rosalind fue lo bastante violento como para provocarle a ella otro.

Pandora se incorporó repentinamente en el sillón. El medallón estaba cerrado y la doctora Walden tomaba notas.

—Las fantasías sexuales reprimidas son comunes en todas las personas y no es nada raro que los pacientes incluyan a sus terapeutas en ellas… Oh, ¿quieres un café? Te has quedado dormida durante un momento.

—Estoy bien.

—¿Estás segura de que puedes conducir? Te recetaré algo que te ayudará a dormir por la noche. Lo más probable es que las preocupaciones laborales y la tensión de los viajes sean la causa de la aparición de estas fantasías sexuales en la fase de sueño profundo. Prueba esto durante una semana. Si te va bien, te haré otra receta. En caso contrario, quizá sea necesario considerar la posibilidad de un antidepresivo. De todas maneras, no dudes en llamarme en cualquier momento.

—Gracias —Pandora cogió su bolso, que estaba en el suelo junto al sillón. A su lado había unas bragas negras de encaje. Rápidamente, mientras la doctora Walden le hacía la receta, las cogió y las metió en el bolso.

Derrick Sloane llamó a la puerta de su casa a las seis de la mañana. Pandora se puso el albornoz y le hizo pasar. Derrick parecía desconcertado.

—Quedamos en que vendría a eso de las seis y no has dicho nada, así que aquí me tienes, a la hora exacta. ¿Te encuentras bien? La gripe puede ser muy molesta. Si quieres quedarte en casa hasta que te recuperes, puedo ir a despertar a Mavis y decirle a Doreen que se ocupe de la tienda mientras nosotros vamos a la subasta.

—No. Es que mi psicóloga me ha dado unas pastillas para dormir. Me visto en un momento. ¿Te importaría poner la cafetera?

—No sabía que fueras al psiquiatra.

Derrick ya sabía manejarse en su cocina y estaba esperándole con una taza cuando acabó de vestirse.

—Gracias. Esto me sentará bien. No puedo perderme esta subasta.

Derrick preparaba el café mejor que Pandora. Era más alto que ella y muy fornido, tenía veintitantos años y era un buen conocedor de antigüedades. Era la persona perfecta para levantar y cargar piezas pesadas en las subastas y para moverlas en la tienda. Poseía una belleza misteriosa, y a Pandora le gustaba bastante, aunque sospechaba que era homosexual. Fuera como fuese, no le había hecho ninguna insinuación a ella o a las empleadas de la tienda, y eso que Mavis era una preciosidad.

Hacía una luminosa mañana de primavera y Pandora se sentía mejor gracias al café. Se había puesto unos vaqueros desteñidos, unas Reebok desgastadas y una camiseta de manga corta que abogaba por la salvación de las ballenas. Derrick llevaba unas Docker negras, una camiseta de Graceland y una chaqueta ligera de cuero negro. Le daría calor en cuanto el sol ascendiera. Pandora echó un vistazo a su reloj. Llevaban cierto retraso, pero llegarían a tiempo de ver la exposición de los artículos.

Derrick condujo velozmente. Pandora contempló con admiración sus hombros. Consiguieron llegar a la exposición previa a la subasta con tiempo de sobra. Se trataba de una granja de finales del siglo XIX de la que sus herederos querían deshacerse junto con todos sus bienes. Pandora sabía a ciencia cierta que la casa era un tesoro.

Stuart Reading se encontraba allí, naturalmente, conversando con los demás tratantes. Discretamente, se puso al lado de Pandora. Era un hombre de sesenta y pico años, calvo y barrigudo, que apestaba a tabaco.

—¿Ya has echado un vistazo a ese lote de joyas de la herencia Beale? Ya veo que llevas puesto su medallón.

—¿El medallón de quién?

—El de Tilda Beale. Si pujé menos que tú por el lote fue sólo porque estaba interesado en unas pocas piezas. Puedo ofrecerte un precio muy bueno por ellas. Por los pendientes de jaspe, por ejemplo.

—Eran de jade y ya están vendidos.

—Eran de crisólito, para ser exactos. ¿Todavía tienes el collar de cornalina y sanguinaria? ¿Y los pendientes a juego? Vamos, ofréceme un buen precio y no pujaré contra ti por esa cama de laca roja en la que has puesto los ojos. Ya tengo un comprador para ellos, de modo que podrás quedarte la cama sin necesidad de sobrepujarme y los dos saldremos ganando.

Reading miró el medallón y lo cogió del pecho de Pandora ante el desagrado de esta.

Face quidlibet voles. «Haz lo que quieras». Aleister Crowley. ¿Dónde demonios adquiriría esto? Lo llevaba siempre. Probablemente era la divisa de la familia. ¿Has pensado en venderlo?

—Los pendientes y el collar están a la venta, por supuesto, pero el medallón no. ¿Qué sabes de Tilda Beale?

—Deberías hacer tus deberes, querida, si deseas permanecer a flote en este negocio. Era una recatada solterona que jamás tuvo un pensamiento impuro. Una matriarca de nuestra Iglesia —Reading pertenecía a la Iglesia Baptista del Sur—. Falleció a los ciento tres años. Era una mujer maravillosa. Una mujer de las que hay pocas.

—¿No tenía pensamientos impuros?

—Si tuvo alguno, lo cual me extrañaría muchísimo, lo mantuvo guardado en su corazón. Mira, están a punto de empezar. ¿Hacemos un trato o no?

Lo hicieron, y Derrick y Pandora se llevaron triunfalmente la cama de laca roja.

Cuando descargaron la cama y el resto de las compras de Pandora, Derrick sugirió que fueran a su casa a beber la botella de champán que tenía guardada desde que su equipo había perdido la Super Bowl. Pandora se sentía animada por el éxito obtenido en la subasta y por haber vendido el collar y los pendientes a Stuart Reading a un precio desorbitado. Su comprador debía de ser tonto.

—¡Estupendo! —exclamó. ¿Estaba Derrick haciéndole una insinuación? Quizá se había formado una idea equivocada de él.

Derrick tenía varias botellas de champán. Con ayuda de un poco de queso Brie y unas galletas Ritz acabaron la primera rápidamente. Derrick no dejaba de excusarse y, cuando dijo que se le habían acabado la mantequilla de cacahuetes y el Velveeta, los dos prorrumpieron en carcajadas.

—¿Qué opinas de este medallón? —dijo Pandora, que ya había bebido una copa de más.

—¿Todavía lo llevas? Seguro que tiene dentro la fotografía de una mujer y un mechón de pelo. Lo vi en la subasta junto con el resto del lote la semana pasada.

—Pero está vacío.

—¿De veras? Bueno, da igual. Vamos a echar un vistazo —Derrick forcejeó con el fiador.

—Déjame a mí —dijo Pandora. El medallón se abrió.

Antes de que acabaran de darse el primer beso, Derrick ya estaba quitándole la camiseta. Ella le quitó a él la suya. Pandora llevaba sujetador, de modo que se lo quitó, tras lo cual también le quitó los vaqueros. Ella lo imitó. No tuvieron que quitarse muchas cosas más para quedar desnudos.

—¿Te importa si te ato? —preguntó Derrick.

—¿Cómo? —Pandora estaba medio aturdida por el champán.

—No es más que un juego inofensivo, pero resulta de lo más excitante. Así conseguiré que alcances una nueva cima de la pasión.

Parecía una mala frase sacada de una de sus novelas románticas, pero Pandora estaba dispuesta a todo. Derrick había empezado a empalmarse, y Pandora comprendió que se había equivocado al considerarlo homosexual. A poco que ella le ayudara, podría llegar a medirle unos veinticinco centímetros.

—Claro que no me importa.

Derrick abrió un cajón lleno de cuerdas y artilugios. Pandora puso las manos a la espalda y él se las ató.

—Ahora vamos a ver cuánto puedes acercar los codos.

—¡Me haces daño! —gimió ella cuando Derrick le ató los brazos brutalmente con otra cuerda.

A continuación cogió otra y se la ató a la altura de los senos, apretándoselos cruelmente.

—Ya te acostumbrarás —dijo él. Le había ceñido la cintura con otra cuerda y, tras darle varias vueltas, se la había pasado varias veces por la vagina y el trasero, tirando de ella fuertemente—. Ya se te está humedeciendo el coño. Ahora entra en la habitación y túmbate en la cama.

Derrick le ató a continuación tobillos y rodillas. Luego la puso boca abajo, le ató las muñecas con los tobillos y los juntó tirando del nudo. Pandora tenía ahora los tobillos asidos con las manos y sentía un poco de dolor. Tenía la espalda arqueada y los senos dirigidos hacia arriba. Aquello no era ningún juego, pero ya era demasiado tarde.

—Pero ¿cómo vas a follarme de este modo?

—Por la garganta, encanto. Abre bien la boca, zorra, si quieres que luego te desate.

Derrick, que estaba al lado de la cama y la había cogido por el pelo, introdujo de pronto la enorme polla erecta hasta el fondo de su garganta. Pandora trató de abarcarla con la boca y pensó en una película que había visto sobre un tal señor Rabolargo o algo parecido. Estaba totalmente indefensa. Aunque quizá fuera todo una broma.

Derrick estaba excitado y se corrió muy rápidamente, llenando su boca con chorros de semen. Le agarró la cabeza y le golpeó la cara una y otra vez contra su entrepierna, gritándole obscenidades. Cuando ella le hubo chupado hasta la última gota de semen, él se apartó de su boca. Pandora estaba muy dolorida a causa de la brutal forma en que la había atado Derrick.

—Creo que este juego ya ha durado bastante. Desátame, por favor.

—Pues yo creo que hablas demasiado —Derrick estaba rebuscando en el montón de ropa. Dobló esmeradamente sus bragas y luego se las metió en la boca por la parte de la entrepierna, que estaba sucia, y se lo ató fuertemente con el sujetador.

—De este modo no se te saldrá el semen mientras planeo lo que voy a hacer el resto de la tarde.

Pandora se balanceaba de atrás adelante sobre la cama, impotente e incapaz de nada excepto gruñir apagadamente.

Derrick la puso de lado, le rodeó con otra larga cuerda por encima de los senos y luego le hizo un fuerte torniquete en cada uno de ellos. Estos no tardaron en inflamarse a causa de la constricción. Derrick, que parecía satisfecho por el efecto que producían sus abultados y enrojecidos senos, cogió unas pinzas para la ropa y se las puso en los pezones. Pandora profirió unos sonidos ahogados por la mordaza.

Derrick la observó retorcerse mientras se fumaba un cigarrillo. Entonces se levantó y lo apagó sobre el trasero de Pandora, cuyos gritos se perdieron en la mordaza formada por las bragas y el sujetador. Derrick encendió otro cigarrillo.

—¿Te gusta, zorra? Ahora vamos a probar otro juego.

Derrick trajo una vela de la mesa del comedor, la encendió y empezó a verter cera caliente sobre los torturados senos de Pandora, quien profirió enloquecidamente unos sonidos amortiguados por la mordaza. Su dolor excitó a Derrick, que se empalmó rápidamente y empezó a frotarse la polla contra sus senos y su cara mientras dejaba que la cera cayera gota a gota sobre los rojos e hinchados senos.

—Creo que voy a correrme por tu nariz para ver si puedes respirar semen —Pandora le miró con expresión suplicante. Ya tenía dificultades para respirar a causa de la mordaza.

—Tal vez luego. Vamos a ver si te gusta esto —Derrick eyaculó sobre sus doloridos senos y a continuación vertió cera caliente sobre el semen—. ¿Qué está más caliente, puta? He pensado que te gustaría. Ahora vamos a probar esto.

Derrick la puso boca abajo y le encajó violentamente el cabo de vela encendida entre las nalgas.

—Si permaneces quieta y no protestas porque la cera caliente se te escurre por el culo y el chocho, puede que apague la vela antes de que se consuma del todo.

Aplastó el cigarrillo sobre su otra nalga, encendió otro y se sentó para mirarla. Luego sacó de un cajón un cuchillo largo y probó el filo. Pandora sentía un dolor espantoso pero aun así retorció el cuerpo para restregarse el clítoris mientras la cera caliente caía gota a gota por la raja de su trasero. La vela seguía consumiéndose y la llama le quemaba ahora las muñecas. No tardaría en quemarle las nalgas. Pandora se retorció con más fuerza, restregándose el clítoris con la cuerda. La llama llegó a su trasero.

Le costó muchísimo alcanzar el orgasmo, pero lo consiguió. El medallón estaba cerrado.

De pronto, Pandora se levantó del sillón de Derrick tambaleándose.

—Espero que te guste la infusión de hierbas. Ésta es una de mis favoritas. Ya verás cómo te espabila. Llevas una hora dormida. No deberías mezclar las subastas con la gripe.

Derrick tenía puesto un chándal. Puso la bandeja del té en la mesa que había al lado del sillón y empezó a servirlo.

—A todo esto, te presento a mi amigo Denny. Ha llegado cuando estabas en el reino de los sueños.

Denny era un joven guapo, rubio y musculoso que debía de haber cumplido los veinte hacía poco. La saludó con la mano e hizo los típicos comentarios graciosos al tiempo que aceptaba la taza de infusión. Luego dijo:

—Derrick me ha dicho que no habéis parado desde las seis de la mañana. No me extraña que te hayas quedado dormida.

—El vaso de Chablis ha contribuido a ello —dijo Derrick antes de beber un trago de infusión—. Y además, por muy liberadas que estén las mujeres, no deberías haber insistido en ayudarme a levantar los muebles. Cuando acabemos, te llevaremos a casa. Realmente necesitas tomarte unos días libres de la tienda. Nosotros podemos ocuparnos de ella. Estamos preocupados por ti. La gripe puede ser mucho peor que un simple resfriado.

Derrick y Denny llevaron a Pandora a casa. Ella les dio las gracias, cerró la puerta con llave, se desnudó, se quitó la cera que todavía tenía pegada a los senos, se tomó una pastilla y se tendió sobre la cama.

Como era domingo, se quedó en la cama hasta la tarde. A los pocos minutos de levantarse estaba andando por la casa con paso inseguro, enfundada en su albornoz y revolviendo una mezcla de café, azúcar y brandy con la que iba a tomarse una aspirina. Después de esto se tomó un brandy solo y luego se aposentó en su sillón favorito.

Debía de tener la gripe. Le dolían las articulaciones como si la hubieran inmovilizado con cuerdas. Entre la gripe, el peso que había levantado, el exceso de trabajo… Bueno, el lunes por la mañana estaría como una rosa. Aunque también podía tomarse un día libre como le había sugerido Derrick. Probablemente había hecho el ridículo desmayándose como lo había hecho. Necesitaba tomar más vitaminas y hacer más ejercicio. Y nada de beber champán. ¿O Chablis?

No habían bebido champán. Derrick había ido a su casa sólo para recoger el correo y dar de comer al gato, y ella había tenido que hacer una llamada. ¿Que había bebido un vaso de Chablis…? Quizá. ¿Un desvanecimiento? A saber… Había cogido la gripe y trabajaba en exceso. Tenía los nervios crispados.

Fue al lavabo y se sentó cuidadosamente en el retrete porque el trasero le dolía mucho. Luego de deponer se sintió mucho mejor. Entonces vio el cabo de una vela flotar en la taza.

Tiró de la cadena y salió apresuradamente del cuarto de baño sin parar de gritar.

—¡Zorra! ¡Zorra! ¡Eres una jodida zorra baptista! ¡Una mojigata de mierda! —Pandora irrumpió tambaleándose en su dormitorio y tiró de la cadena de oro del medallón—. ¡Zorra! ¡Zorra! Conque guardaste todas tus fantasías sexuales en tu corazón, ¿eh? ¡Eres una zorra! ¡Una zorra de mierda! ¡Te vas a enterar!

Pandora no consiguió abrir el fiador. Tras varios intentos, rompió la cadena, irritándose el cuello al hacerlo. Arrojó la cadena y el medallón al suelo y este se abrió de golpe. Empezó a pisotearlo con el pie desnudo, pero no era más que un medallón con un mechón de pelo y el retrato de una joven de otro siglo. Pandora se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos.

—No eres tú, sino yo. Tengo los nervios crispados. No puedo seguir reprimiendo mis fantasías. Ni siquiera quiero hacerlo. No quiero ser como tú.

Pandora se lavó el rasguño del cuello y, al mirarse en el espejo, contempló con admiración el corazón rojo que tenía tatuado sobre el seno izquierdo. Lo había borrado de su mente, pero ahora se acordaba de aquella ocasión en que, tras beber unas copas, había pasado por delante de un establecimiento donde hacían tatuajes. 

Se acordaba de la determinación que había sentido y de la sensación de la aguja al penetrar en su piel. Se preguntó qué otras cosas no recordaba de las que le habían ocurrido durante sus desvanecimientos y a partir de qué momento habían comenzado sus fantasías. La última paliza que le había propinado su marido le había obligado a permanecer tres días en el hospital.

Se estaba haciendo tarde, pero los bares de solteros estaban abiertos y seguramente con un ambiente muy interesante. Pandora eligió su vestimenta cuidadosamente y al final se puso medias con liguero, bragas, un sujetador que le realzaba los senos, un ajustado vestido de tubo y zapatos con tacones de aguja, todo negro. Gracias al acentuado escote y al atrevido sujetador, podía lucir el tatuaje en forma de corazón. 

Ahora recordaba que al comprar aquellas prendas no había experimentado ninguna vergüenza: se había sentido descarada y había sonreído a la dependienta de una manera que había puesto nerviosa a la joven. Aquélla era la primera vez que Pandora se ponía el conjunto, o al menos eso pensaba ella.

Se maquilló con cuidado y se cepilló el pelo mientras se preguntaba qué podía hacer a continuación. Vio una pequeña mancha parecida a una postilla en el dobladillo del vestido y la limpió. Quizá debería ponerse el vestido rojo en lugar de aquél.

La doctora Walden le había dicho que podía llamar en cualquier momento. Cuando saliera del bar de solteros, quizá. Podía preguntarle su opinión. Pero daba igual si lo hacía aquella noche u otra.

Abrió un cajón y dejó caer la navaja en su bolso de lentejuelas negro. Frunciendo el ceño, la sacó y apretó el botón del resorte: el mecanismo, bien engrasado, funcionaba, y la hoja estaba afilada y limpia. Volvió a meter la navaja en el bolso. Recordaba que la había encontrado en una caja de curiosidades comprada en una subasta. Como el medallón. También recordaba que le había limpiado la sangre antes de guardarla en el cajón por última vez. ¿O se trataba sólo de otra fantasía? El cuchillo era auténtico.

Con Derrick posiblemente resultaría divertido, así que lo dejaría para más tarde. ¿Y Mavis? Mavis sería algo delicioso… Ya no volvería a ser la víctima.