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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 2)

El último grito cesó con una apagada nota. Ridley se puso de pie y cruzó el salón hasta una ventana. Frotó el empañado vidrio con la palma de la mano, con un rápido movimiento circular. Acercó la cara a la parte que había limpiado, conteniendo el aliento.

—¿Qué ves? —le preguntó por fin Reena.

—Nieve —murmuró Ridley—, hielo...

—¿Nada más?

—Mi reflejo —respondió el joven, colérico, apartándose de la ventana.

Paseó de un lado a otro. Al pasar junto al rostro del espejo, los espectrales labios se movieron.

—Ha llegado la hora —dijo el espejo.

Ridley replicó con una obscenidad. Continuó paseando, las manos aferradas a la espalda.

—¿Crees que Meg vio realmente algo abajo? —preguntó.

—Sí. Hasta el espejo ha cambiado su tonada.

—¿Qué piensas que es?

—Un hombre con una extraña montura.

—Tal vez no venga hacia aquí. Quizá va de camino a otro sitio.

Reena rió en silencio.

—De camino a la taberna más próxima para echar unos tragos —dijo ella.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡No pienso con claridad! ¡Estoy nervioso! Supongamos, solo supongamos, que él no llega aquí. Solo es un hombre.

—Con una espada. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una en tus manos?

Ridley se humedeció los labios.

—Y él debe ser bastante fuerte —dijo Reena— para haber llegado tan lejos cruzando estas inmensidades.

—Están los criados. Me obedecen. Puesto que ya están muertos, él tendrá problemas para matarlos.

—Ese será el resultado más lógico. Por otra parte, los criados son algo más lentos y torpes que la gente normal... y es posible despedazarlos.

—No haces mucho para animarme, ¿sabes?

—Trato de ser realista. Si afuera hay un hombre con botas elfas, tiene una posibilidad de llegar aquí. Si es de raza fuerte y maneja bien la espada, tiene la posibilidad de cumplir la misión para la que fue enviado.

—¿Y tú seguirás burlándote y lamentándote cuando él me rebane la cabeza? ¡Recuerda que la tuya también rodará!

Reena sonrió.

—No soy responsable en modo alguno de lo que sucedió.

—¿Realmente crees que él lo verá de esa forma? ¿Que se tomará la molestia de verlo así?

Reena apartó la mirada.

—Tuviste una oportunidad —dijo muy despacio— de ser uno de los grandes. Pero no quisiste seguir los cursos normales del desarrollo. Ansiabas poder. Precipitaste las cosas. Corriste lejos. Creaste una situación doblemente peligrosa. Pudiste explicar el cierre como un experimento que no resultó. Pudiste disculparte. Él se habría irritado, pero lo habría aceptado. Pero ahora, sin poder remediar lo que hiciste, ni hacer mucho en otro sentido, todo sea dicho, ahora él se enterará de lo que pasó. Sabrá que intentaste multiplicar tu poder hasta el punto incluso de desafiarle. Ya sabes cuál ha de ser su respuesta en estas circunstancias. Casi simpatizo con él. Si yo fuera él, tendría que hacer lo mismo: destruirte antes de que dominaras al otro. Te has convertido en un hombre sumamente peligroso.

—¡Pero si estoy impotente! ¡No puedo hacer una maldita cosa! ¡Ni siquiera hacer callar a ese simple espejo! —gritó Ridley, señalando el rostro que acababa de hablar otra vez—. ¡En este estado no constituyo amenaza para nadie!

—Aparte de que le has importunado al impedirle el acceso a una de sus fortalezas —dijo Reena—, él tendrá que considerar la posibilidad de que tú continúes aprovechándote... Es decir, que si tú te haces con el control del otro, serás uno de los magos más poderosos del mundo. Siendo su aprendiz... perdón, su exaprendiz, que al parecer ha usurpado una parte de su dominio, solo puede pasar una cosa: un duelo mágico en el que tú tienes una posibilidad de acabar con él. Ya que ese duelo aún no ha comenzado, él debe suponer que no estás preparado... o que estás recurriendo a cierto juego de espera. Por eso ha enviado un vengador humano, antes de correr el riesgo de que tú hayas transformado este lugar en alguna especie de trampa mágica.

—Todo pudo ser un simple accidente. Él también tendría que considerar esa posibilidad...

—En las circunstancias actuales, ¿correrías tú el riesgo de suponer eso y aguardar? Ya conoces la respuesta. Enviarías un asesino.

—He sido un buen siervo. Le he cuidado este lugar...

—Asegúrate de pedirle misericordia por eso la próxima vez que lo veas.

Ridley se detuvo y se frotó las manos.

—Tal vez tú podrías seducirlo. Eres muy atractiva...

Reena sonrió de nuevo.

—Me acostaría con él en un iceberg y no me quejaría —dijo—. Si eso nos sacara del apuro, le ofrecería el mejor paseo a caballo de su larga vida. Pero un mago como ese...

—No él. El vengador.

—Ah.

Reena enrojeció de pronto. Luego meneó la cabeza.

—No puedo creer que alguien que ha viajado tanto se deje disuadir de sus propósitos por un poco de coqueteo, aunque sea con alguien de mis reconocidos encantos. Por no hablar de la idea del castigo a su fracaso. No. Te desvías otra vez del problema real. Solo hay una salida para ti, y ya sabes cuál es.

Ridley bajó los ojos, manoseó el anillo de la cadena.

—El otro... —dijo—. Si controlara al otro, todos nuestros problemas terminarían...

Miró fijamente el anillo como si estuviera hipnotizado.

—Exacto —replicó Reena—. Esa es la única posibilidad real.

—Pero ya conoces mis temores...

—Sí. También son los míos.

—Si no da resultado... ¡si el otro me controla a mí!

—Bien, de cualquier forma estás condenado. Recuerda: un camino es seguro. El otro... ese camino ofrece todavía una posibilidad.

—Sí —dijo Ridley, que seguía sin mirar a la joven—. ¡Pero tú no conoces el horror de eso!

—Puedo suponerlo.

—¡Pero no tienes que sufrirlo!

—Tampoco he creado yo esta situación.

Ridley le lanzó una feroz mirada.

—Estoy harto de oírte alegar inocencia simplemente porque el otro no es tu creación. ¡Al principio hablé contigo y te expliqué todo cuanto pretendía hacer! ¿Intentaste disuadirme? ¡No! ¡Viste las ganancias que nos aguardaban! ¡Me apoyaste para hacerlo!

Reena se tapó la boca con las puntas de los dedos y bostezó delicadamente.

—Hermano —dijo—, supongo que tienes razón. Pero eso no cambia nada, ¿verdad? Nada de lo que hay que hacer...

Ridley hizo rechinar los dientes y se volvió de espaldas.

—No lo haré. ¡No puedo!

—Tal vez pienses de otra forma cuando él llame a la puerta.

—Tenemos infinidad de métodos para enfrentarnos a un solo hombre... ¡aunque sea un espadachín experto!

—¿Pero no lo entiendes? Aunque triunfaras, solo estarías posponiendo la decisión, no resolviendo el problema.

—Necesito ese tiempo. Tal vez imagine una forma de obtener una pequeña ventaja sobre el otro.

Las facciones de Reena se suavizaron.

—¿Realmente crees eso?

—Todo es posible, supongo...

La joven suspiró y se levantó. Se acercó a Ridley.

—Ridley, estás engañándote —dijo—. Jamás serás más fuerte que ahora.

—¡No es cierto! —exclamó él. Continuó yendo de un lado a otro—. ¡No es cierto!

Otro grito sonó en el pasillo. El espejo repitió su mensaje.

—¡Hazlo callar! ¡Tenemos que hacerle callar! ¡Después me preocuparé del otro!

Dio media vuelta y salió impetuosamente del salón. Reena bajó la mano que había alzado hacia Ridley y volvió a la mesa para acabar el vino. El hogar seguía dando quejidos.

Black completó el hechizo. Jinete y montura permanecieron inmóviles un rato.

—¿Ya está? —preguntó finalmente Dilvish.

—Ya está. Ahora estás protegido hasta el segundo nivel.

—No me siento distinto.

—Así debes sentirte.

—¿Debo hacer algo especial para solicitar su defensa si surge la necesidad?

—No, es totalmente automático. Pero que eso no te impida ejercitar la precaución normal respecto a cosas mágicas. Cualquier método tiene puntos débiles. Pero esto es lo mejor que podía hacer yo en el escaso tiempo disponible.

Dilvish asintió y miró la torre de hielo. Black levantó la cabeza y también la observó.

—Supongo que todos los preliminares están resueltos —dijo Dilvish.

—Eso parece. ¿Estás listo?

—Sí.

Black inició el avance. Mirando hacia abajo, Dilvish observó que los cascos parecían de mayor tamaño, más lisos. Quiso hacer la correspondiente pregunta al respecto, pero el viento sopló con más fuerza conforme Black cobraba velocidad y el guerrero decidió economizar su aliento. La nieve le produjo picor en mejillas y manos. Entrecerró los ojos y se inclinó más hacia adelante.

Todavía en terreno plano, el paso de Black fue aumentando poco a poco, y su casco despidió un sonido casi como de campana al golpear una piedra. Pronto avanzó más velozmente que cualquier caballo. A ambos lados, todo se convirtió en una nívea mancha. Dilvish trató de no mirar al frente para proteger sus ojos y su cara. Se agarró con fuerza y pensó en el rumbo que había seguido.

Había escapado del mismo Infierno tras dos siglos de tormento. Muchos humanos que había conocido ya habían muerto y el mundo estaba algo cambiado. Pero el que le había desterrado, condenándole al hacer tal cosa, seguía vivo: el viejo mago Jelerak. 

En los meses siguientes a su regreso, Dilvish buscó a ese ser, una vez libre de la exigencia de una vieja obligación ante los muros de Portaroy. En ese momento, pensó Dilvish, solo vivía para vengarse. Y aquella torre, aquella torre de hielo, una de las siete fortalezas de Jelerak, era el punto más próximo a su enemigo al que había llegado.

Del Infierno se había llevado una colección de Frases Atroces, hechizos de mortífera potencia, tan mortíferos que el que los pronunciaba podía correr un riesgo tan grande como la víctima si su ejecución era ligeramente menos que perfecta. Dilvish solo había usado una Frase Atroz desde su regreso, consiguiendo arrasar una ciudad entera. Su escalofrío fue provocado por el recuerdo de aquel día en la cumbre de la colina, no por las heladas ráfagas que le asaltaban.

Un cambio de equilibrio le indicó que Black había llegado a la pendiente e iniciado el ascenso. El viento producía un ruido atronador. Dilvish bajó la cabeza para protegerse de la persistente caída de hielo. Notó el rápido crujido de los cascos de Black, un sonido constante, todos los movimientos extraordinariamente potentes. Si Black resbalaba, Dilvish sabía que todo habría acabado... Adiós otra vez, mundo... Y Jelerak seguiría impune...

Conforme la reluciente superficie volaba bajo él, Dilvish se esforzó en apartar de su mente los pensamientos en Jelerak, muerte y venganza. Mientras escuchaba el viento y los crujidos del hielo, sus pensamientos se libraron del presente, flotaron sobre los días de infortunio, los días de campañas y viajes, y se posaron en una húmeda mañana estival en los bosques de la lejana Tierra Elfa. 

Él iba de caza cerca del castillo de Mirata. El sol era enorme y dorado, las brisas frescas y, por todas partes... verdor. Dilvish casi olió la tierra, notó la textura de la corteza de los árboles... ¿Volvería a conocer eso alguna vez, tal como había hecho en otro tiempo?

Un grito inarticulado escapó de su garganta, lanzado contra el viento, el destino y la tarea que se había asignado. Dilvish maldijo y se agarró más fuertemente con las piernas; su equilibrio se había alterado otra vez y Dilvish comprendió que la subida era más empinada.

Los cascos de Black golpeaban el suelo quizás un poco más lentamente. Las manos, los pies y la cara de Dilvish estaban entumeciéndose. Se preguntó cuánto habrían ascendido. Se aventuró a mirar al frente, pero solo vio velocísima nieve. «Hemos recorrido un gran trecho», decidió. ¿Dónde estaría el final?

Evocó sus recuerdos de la montaña vista desde abajo, trató de juzgar su posición. Seguramente estarían cerca del punto medio. Quizás, incluso lo habían pasado... Contó los latidos de su corazón, contó las veces que caían los cascos de Black. Sí, al parecer la enorme bestia estaba yendo más despacio... Se arriesgó de nuevo a mirar al frente. 

En esta ocasión tuvo un fugacísimo vislumbre de la imponente cuesta alzada y extendida ante él, centelleando en el atardecer, escarpada, cristalina. La montaña ocultaba buena parte del cielo, por lo que Dilvish dedujo que debían estar cerca.

Black continuó avanzando más despacio. El rugiente viento bajó su voz. La nieve golpeó a Dilvish con fuerza ligeramente disminuida. Dilvish miró hacia atrás por encima del hombro. Vio la gran pendiente extendida detrás, reluciente como los mosaicos de los baños de Ankyra. Hacia abajo, hacia abajo y hacia atrás... Habían recorrido una gran distancia.

Black iba más despacio. Dilvish escuchó tanto como vio el crujir de nieve y hielo aplastados bajo los cascos. Se soltó un poco, se echó ligeramente hacia atrás, levantó la cabeza. Allí estaba el último trecho hacia la torre, que relucía oscuramente, mucho más cerca ya.

De pronto, el viento cesó. El monolito debía estar bloqueándolo, decidió Dilvish. La nieve flotaba con mucha más suavidad. El paso de Black se había transformado en un mediogalope, aunque se esforzaba con no menos diligencia que hasta entonces. El viaje por el túnel cubierto de blanco estaba próximo a su fin.

Dilvish varió de nuevo su posición para examinar mejor la elevada escarpa. En este lugar, su superficie se había convertido en un conjunto de texturas. Con el aleteo de las sombras, Dilvish distinguió prominencias, grietas. Roca desnuda sobresalía en numerosos lugares. Rápidamente Dilvish recorrió posibles caminos hacia la cumbre.

Black iba más despacio todavía, casi paseando, pero ya estaban cerca del lugar donde empezaba la escarpadura más abrupta. Dilvish miró alrededor en busca de un punto donde parar.

—¿Qué te parece ese borde de la derecha, Black? —preguntó.

—No es gran cosa —fue la réplica—. Pero vamos hacia allí. La parte más arriesgada será llegar a la roca. No te sueltes aún.

Dilvish se agarró fuertemente mientras Black salvaba cien metros, cien más.

—Desde aquí parece más ancho que desde abajo —observó.

—Sí. Y también más alto. Agárrate bien. Si resbalamos aquí, hay un largo trecho hasta abajo.

El paso de Black se aceleró un poco con la cercanía del saliente que se alzaba casi hasta la altura de un hombre en la ladera. Estaba encajado ligeramente en la faz de la escarpa. Black saltó. Sus cascos traseros golpearon una prominencia de medio metro, una desnuda arruga de helada roca que se extendía horizontalmente por debajo del saliente. El impulso le permitió continuar. La prominencia se partió y destrozó, pero las patas delanteras de Black ya estaban en el rocoso zócalo y las traseras se enderezaron con un suave brinco. Black se debatió en el saliente y encontró un punto de apoyo.

—¿Estás bien? —preguntó Black.

—Sí —dijo Dilvish.

Volvieron simultáneamente la cabeza, despacio, y contemplaron las olas de blanco levantadas por el viento, nubes de humo que atravesaban el rutilante paraje. Dilvish extendió la mano y dio unas palmadas en el lomo de Black.

—Bien hecho —dijo—. En algunos momentos he estado un poco preocupado.

—¿Piensas que has sido el único?

—No. ¿Podremos bajar otra vez?

Black hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pero tendremos que hacerlo con bastante más lentitud que el ascenso. Es posible que hasta tengas que caminar junto a mí, agarrado. Ya veremos. Este saliente parece prolongarse un poco hacia la montaña. Lo examinaré mientras te dedicas a tus asuntos. Quizás haya un camino de descenso algo mejor. Será más fácil averiguarlo desde aquí.

—De acuerdo —dijo Dilvish, y desmontó por el lado más próximo a la faz de la montaña.

Se quitó los guantes y se frotó las manos, sopló encima de ellas, se las metió bajo las axilas unos instantes.

—¿Has determinado el lugar para tu escalada?

—A la izquierda. —Dilvish señaló el lugar con la cabeza—. Esa grieta llega casi hasta arriba, y es bastante irregular a ambos lados.

—Parece una buena elección. ¿Cómo llegarás hasta allí?

—Comenzaré a subir por aquí. Estos agarraderos parecen bastante buenos. Llegaré a esa grieta después de la primera raja, esa tan grande.

Dilvish se quitó el cinto con la espada y se lo echó al hombro. Se frotó de nuevo las manos, se puso los guantes después.

—Será mejor que me ponga en marcha —dijo—. Gracias, Black. Ya nos veremos.

—Buen detalle que calces esas botas elfas —dijo Black—. Si tropiezas, sabes que caerás de pie... al final.

Dilvish soltó una risotada y extendió la mano hacia el primer agarradero.

Vistiendo un oscuro vestido, envuelta en un mantón verde, la bruja se hallaba sentada en una banqueta en el rincón del recinto subterráneo. Las antorchas llameaban y despedían humo en los dos huecos de la pared, fundiendo las porciones superiores y laterales del barniz de hielo que cubría paredes y techo. Una lamparilla de aceite ardía cerca de sus pies en la roca cubierta de paja del suelo. La bruja canturreó mientras acariciaba una de las hogazas de pan que llevaba en su manto.

Frente a ella había tres pesadas puertas de madera, cerradas con barras de oxidado metal, con ventanillas de rejas en lo alto. Tenues ruidos de movimiento brotaban de la del centro, pero la bruja no les prestaba atención. El agua que goteaba del irregular techo de piedra por encima de las antorchas había formado charcos que se extendían por la hierba y perdían sus lindes. El ruido del goteo acompañaba de forma sincopada el canturreo de la bruja.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantaba—. Venid, Meg. Venid con mamá Meg.

Hubo ruido de fuga precipitada en la paja, en el oscuro rincón próximo a la puerta de la izquierda. Apresuradamente la bruja partió un trozo de pan y lo echó en esa dirección. Hubo nuevos crujidos y suaves movimientos. La bruja hizo un gesto de aprobación, se meció en su asiento y sonrió.

En algún punto, tal vez detrás de la puerta central, hubo un tenue gemido. La bruja ladeó la cabeza un instante, pero después solo hubo silencio.

Lanzó otra miga de pan al mismo rincón. Los ruidos que siguieron fueron más rápidos, más pronunciados. La paja se alzó y descendió. La bruja echó otro trozo, frunció los labios y pronunció un suave ruido de gorjeo. Lanzó más pan.

—Mis pequeñas —cantó de nuevo, mientras una decena de ratas se aproximaban, saltaban sobre el pan, lo partían y lo tragaban. Más animales salieron de las partes oscuras y se unieron a los primeros para luchar por la comida. Se produjeron aislados chillidos con aumentada frecuencia, que poco a poco convergieron en un coro.

La bruja rió entre dientes. Lanzó más pan, más cerca. Treinta o cuarenta ratas se pelearon por las migas.

Tras la puerta central hubo un resonar de cadenas, seguido por otro gemido. Pero la atención de la bruja se centraba en sus pequeñas. Se inclinó hacia adelante y cambió la lamparilla a una posición próxima a la pared de la derecha. Partió otro trozo de pan y dispersó las migas por el suelo ante sus pies.

Numerosos cuerpecillos hicieron susurrar la paja al acercarse. Los chillidos cobraron más fuerza. Hubo un fuerte resonar de cadenas, un gemido mucho más potente. Algo se movió dentro de la celda y chocó contra la puerta, que se agitó, y otro gemido se alzó sobre los ruidos de las ratas.

La bruja volvió la cabeza en esa dirección, arrugando un poco la frente. El siguiente golpe en la puerta produjo un retumbo. Durante un segundo, algo similar a un ojo enorme pareció atisbar por las rejas. El gemido sonó otra vez, casi formando palabras:

—¡Meg!... ¡Meg!...

La bruja se incorporó en la silla y miró fijamente la puerta de la celda. El siguiente estrépito, el más fuerte hasta entonces, hizo resonar violentamente la puerta. Las ratas estaban ya frotando las piernas de la bruja, levantadas sobre sus patas traseras, danzando. La bruja extendió la mano para acariciar a una, a otra... Les dio de comer en sus manos.

Del interior de la celda brotó de nuevo el gemido, esta vez formando extraños sonidos:

—Mmmmegg... Mmeg...

La bruja levantó la cabeza una vez más y miró en esa dirección. Hizo ademán de levantarse. En ese instante, empero, una rata saltó a su regazo. Otro animal trepó por su espalda y se posó en su hombro derecho.

—Preciosas... —dijo ella, frotando su mejilla con una y acariciando a la otra—. Preciosas...

Hubo un ruido como de una cadena partiéndose, seguido por un terrorífico golpe en la puerta. Sin embargo, la bruja no prestó atención, porque sus preciosas ratas estaban bailando y jugando para ella...

 

(CONTINUARÁ...) 

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 3)

 

El militar se levantó precipitadamente y corrió hacia la ventana, a través de la que vio a un individuo que le pareció reconocer como el que le habían descrito. 

El hombre en cuestión gesticulaba de una manera repugnante. Montague cogió su sombrero y su bastón y salió en tromba; deseaba acabar rápidamente con el que llamaba «el farsante». 

Una vez en la calle, fue inútil mirar en todas direcciones: ni rastro del hombre. Ya he dicho que era algo limitado, como todos los oficiales superiores o casi todos, y se empeñó; bajo la mirada divertida de los viandantes, corrió de una calle a otra sin encontrar al que buscaba. 

No obstante, acabó por darse cuenta de que la persecución carecía de sentido y que el individuo pudo perfectamente haber entrado en cualquiera de las casas. Se detuvo, se arregló y volvió a casa del capitán. Este temblaba de pies a cabeza y preguntó:

—¿Y bien?

—¿Y bien? Lo he visto, al fin he visto a este tipo... En cuanto a saber si es el vuestro... No obstante, corre como una liebre o posee un escondite cerca de aquí: no he podido cogerlo y no deseaba más que esto, ¡diablos! De todas formas, no tiene mucha importancia, otro día le cogeré y entonces, palabra de honor, le romperé mi bastón en sus costillas.

A pesar de las fanfarronadas del valiente general Montague y de sus promesas de ayuda, el capitán continuó sufriendo los mismos tormentos. 

La criatura que le perseguía no le daba un instante de reposo; tanto de día como de noche el pobre Barton estaba expuesto a sus persecuciones. A medida que pasaba el tiempo de esta espantosa manera, la salud del capitán, debilitada por tantas angustias, declinaba. 

Muy pronto su estado era tan alarmante que lady L... y su hermano, el general, lograron persuadir a Barton de que un breve viaje le sería muy conveniente. 

Los efectos de un cambio de aires le serían saludables y el más escéptico de sus amigos, enterado del asunto por Montague, llegaba a insinuar que, cambiando el medio de vida, no tendría ocasión de ocuparse de lo que denominaban con desprecio «las ilusiones nerviosas del loco de Barton».

En lo que le concernía, Montague sabía perfectamente que no eran ilusiones y que existía un personaje muy real inmensamente malévolo, y quizá con intenciones criminales hacia el pobre capitán. 

Esta hipótesis no era nada divertida, pero el general creía que un cambio de costumbres, suprimiendo la causa de los terrores de Barton, le demostraría que el ser que le perseguía no tenía nada de sobrenatural.

Entonces recuperaría la salud, se reiría de sus alarmas y, a su regreso, no tendría más que ocuparse en garantizar su seguridad económica.

El capitán se embarcó en compañía de su futuro suegro, primero hacia Inglaterra y luego a Calais. El general esperaba mucho de este viaje; en efecto, después de su partida, Barton parecía completamente normal, no sentía ninguno de los tormentos que le habían llevado a la desesperación y su alegría era absoluta. 

Debe considerarse que el excelente capitán había llegado a considerar sus sufrimientos como parte integrante de su vida y que el hecho de verlos esfumarse representaba un segundo nacimiento. 

Ahora se atrevía a hacer proyectos para el futuro y hablaba al general de lo que sería su nueva vida, una vez casado.

El día de su llegada a Calais hacía buen tiempo y mucha gente se había reunido para ver atracar al navío. Los dos hombres bajaron. Montague iba delante; alguien le tocó el brazo y le dijo:

—No corráis tanto, señor, si no vuestro compañero no os podrá seguir, pues parece muy enfermo el pobre.

El general dio media vuelta y se acercó a Barton que, en efecto, parecía encontrarse muy mal. Le interrogó con inquietud:

—¿Qué pasa, amigo?

—Era él, él..., lo he reconocido...

—¿Quién? Oh, queréis decir...

—Sí, él.

—¿El infame? ¿Por dónde ha pasado? ¿Por dónde ha huido?

—Sí, lo he visto, pero ha desaparecido.

—Ya lo he oído, por Júpiter, pero ¿por dónde se ha ido?

Barton hablaba como en sueños y sólo comprendía a medias las pesadas preguntas de su amigo:

—Estaba aquí, ha desaparecido...

El general se estaba poniendo nervioso:

—Ya lo he oído, ya lo he oído, pero decidme cómo iba vestido y por dónde huyó...

Blandía su bastón con unos movimientos agresivos; habría querido atrapar al malvado desconocido. Barton balbuceó:

—Le habéis visto, os ha dicho algo señalándome con el dedo... Que Dios me ayude...

Pero ya Montague se había lanzado en medio del gentío para intentar atrapar al individuo. 

No obstante, y a pesar del aspecto característico del que buscaba y de la benévola ayuda de una docena de personas que creían que el general perseguía a un ladrón, no encontró ni el rastro del hombrecillo y, sofocado, volvió al lado de su futuro yerno. 

Este murmuró, como si estuviera mortalmente herido:

—Todo esto no sirve para nada, más vale abandonar. Jamás escaparé de su persecución, me encontrará siempre y donde sea... ¡Oh, ya no puedo más!

El general se encogió de hombros; estaba más irritado que alarmado y encontraba muy poco viril la resignación de Barton:

—No digáis tonterías, amigo. No es más que un hombre, os la tiene jurada... De acuerdo, pero de una forma u otra lo atraparemos.

Estas viriles palabras fueron impotentes para tranquilizar al capitán, que desde entonces se hundió todavía más en un lúgubre abandono. Su salud no resistió este nuevo golpe; no deseaba más que una cosa: volver a su casa y morir cuanto antes.

El viaje de retorno a Irlanda fue tranquilo y Montague lo aprovechó para animar a su compañero a que tomara gusto por la vida. Todo fue inútil. 

De todos modos, aunque hubiera conseguido algo, no habría servido de nada, pues apenas llegó a Dublín, Barton vio a su perseguidor. 

Desde aquel momento, el capitán había perdido toda su energía y voluntad. Sus amigos se ocupaban de los más mínimos detalles de su vida y, pasivamente, él les dejaba hacer.

Lady L... y el general Montague decidieron arrancarle de la soledad de su casa y le instalaron en una propiedad de la vieja dama. 

Como el médico del capitán insistía en ver en su paciente un trastorno nervioso, se siguieron sus consejos y encerraron a Barton en unas habitaciones que daban a un patio cerrado por altos muros. 

De este modo creían preservarlo de la vista de cualquier extraño que su febril imaginación podría tomar, aunque se le pareciera levemente, por el perseguidor que había visto o había imaginado ver al principio. 

El general y lady L... admitieron el aparente acierto del punto de vista del médico y creían, como él, que la reclusión, si se prolongaba un mes o más, tendría como principal y feliz efecto suprimir las ilusiones de Barton, devolverle el sentido común que no hacía mucho poseía e impedirle asociar tormentos imaginados a la vista de un personaje real y a lo mejor completamente inofensivo.

El médico recomendó rodear al enfermo de afecto y alegría, no dejarle solo ni un instante y concluyó diciendo que esta terapéutica debía ser radical. 

Barton aceptó con indiferencia su nueva situación, aunque esperaba la disminución de sus torturas, ya que las precauciones que he explicado resultaban eficaces. 

En consecuencia mejoró; su salud física empezó a restablecerse, lentamente, es cierto, y de una manera que no permitía pensar que pudiera volver a ser el que había sido. 

No obstante, sus amigos estuvieron muy agradecidos al médico por este ligero principio de recuperación y, en especial, la joven miss Montague, que había sufrido mucho por la enfermedad de quien le ataba la tierna relación que ya conocemos.

Los días pasaban en calma. Pronto haría un mes que se había iniciado el tratamiento y no se había producido incidente alguno. Podía pensarse que la obsesión del capitán había desaparecido y ya podía constatarse en él un nuevo interés por el mundo exterior y por su propia persona. 

Pero ocurriría un nuevo acontecimiento que haría replantear de nuevo toda la situación: un día, lady L..., que se daba inyecciones como muchos viejos que tienen ciertos conocimientos médicos, envió a una de sus sirvientas a recoger un cierto número de plantas que crecían en el huerto. 

Quería hacer una tisana con ellas para combatir los reumatismos de su hermano. Pero fue imposible, pues la sirvienta volvió sin cumplir con su cometido y parecía muy asustada. Explicó a lady L... que apenas había llegado al huerto cuando una risa sardónica la había apartado de sus ocupaciones. 

Había levantado la cabeza y había visto a través del seto a un individuo de aspecto muy sospechoso. La miraba con unos ojos que la aterrorizaron; luego se puso a hablar. 

Ella le escuchaba sin poder desprenderse de una penosa sensación de miedo y asco. Le había encomendado transmitir un mensaje al capitán Barton: era necesario que este empezara a salir, a ver gente, a llevar una existencia normal; de lo contrario, recibiría una visita en su habitación que no le gustaría lo más mínimo. 

Y el individuo demostró, empezando a escalar la valla, que no le serían necesarios muchos esfuerzos para cumplir con su amenaza.

La pobre muchacha había huido, trastornada, y ahora acababa de contar la aventura a su dueña, que le ordenó, bajo la amenaza de despido, guardar silencio sobre este asunto. 

Enseguida, lady L... ordenó hacer una batida alrededor de su propiedad. No sirvió para nada, naturalmente, y la vieja dama se confesó a su hermano. El general la escuchó gravemente, movió la cabeza con aire comprensivo y dijo:

—Entiendo.

De hecho, no comprendía nada, pero tomó conciencia del peligro y dobló la vigilancia a la que Barton estaba sometido. Era gracias a rápidas decisiones de este tipo que Montague debía su escalada, que ni su fortuna (inexistente) ni su inteligencia (casi inexistente) habrían conseguido.

Durante este tiempo, el capitán, que se encontraba mejor y que se creía en perfecta seguridad, se paseaba a veces por el patio rodeado de altos muros del que ya he hablado. 

Respirar aire puro devolvía poco a poco los colores de la salud a las mejillas de Barton. Puede lógicamente decirse que sin la estupidez de un sirviente, el capitán habría gozado de paz por lo menos durante cierto tiempo; desgraciadamente, ocurrió que uno de los sirvientes encargados del cuidado de Barton dejó entreabierta la puerta del patio. 

Esta puerta, de madera maciza, estaba protegida por una reja de hierro y, en principio, debía estar siempre cerrada. No obstante, ese día no lo estaba y Barton, acercándose a la puerta para ver a qué calle daba, tuvo la desagradabilísima sorpresa de ver a su perseguidor, que le miraba terriblemente entre los barrotes de la reja, felizmente cerrada. 

El capitán se quedó helado; su respiración se hizo ronca y entrecortada, sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo como una masa inerte.

Le encontraron algunos instantes más tarde, lo llevaron a su habitación, lo desnudaron y lo acostaron. Desde entonces, se dieron cuenta de que había cambiado mucho y muy de prisa: ya no estaba ni triste ni inquieto, sino que, por el contrario, manifestaba una calma inhumana; se diría que ya estaba muerto. 

El general, que ya no entendía nada (si es que alguna vez comprendió algo), pero que no por ello dejaba de ser una buena persona muy dada a los demás, pasaba la mayor parte de su tiempo en la cabecera de Barton, que un día le dijo en un tono de dulce resignación:

—Esto se acaba, mi querido general, y empiezo a recibir algún consuelo de este orden espiritual de cosas de donde proviene mi desgracia. Se acerca el fin de mis penas y al final conoceré la paz.

Montague le miró extrañado:

—¿Qué queréis decir?

—Que ya he sufrido bastante y que mi castigo se acaba. Es posible, no lo sé, que tenga que soportar el peso de mis remordimientos durante toda la eternidad, pero en muy poco tiempo dejarán de torturarme. Tengo la prueba, ¿cómo explicarlo?, revelada... si queréis y si esta palabra no os choca. Debo sufrir todavía, es cierto, pero lo haré con humildad y serenidad...

—¡Ah!, qué contento estoy, os curaréis —dijo Montague con una voz jovial que disimulaba muy mal la sincera emoción de este viejo soldado de tierno corazón—; os curaréis y podréis reemprender vuestra antigua vida.

Pero Barton le desengañó:

—No me entendéis; ya no tengo fuerzas para sobrellevar una vida que me pesa, voy a morir. Sí, voy a morir. Le veré otra vez todavía, una sola vez y luego...

Se encogió de hombros. El general preguntó:

—¿Cómo podéis afirmar una cosa así? ¿Es él, vuestro perseguidor, el que os lo ha dicho?

—No..., no ha sido él. Un ser de su especie no podría darme tan buenas noticias... No puedo explicaros con exactitud de qué manera esto me ha sido revelado: esto me obligaría a evocar a personas muertas desde hace ya mucho y no serviría para nada; incluso sería indecente...

Calladas lágrimas caían por sus mejillas. Montague creyó que su amigo lloraba lamentándose de su destino, como hacen a veces los niños o los viejos. 

Entonó su mejor voz de mando (en el ejército le habían puesto el sobrenombre de Stentor irlandés; en realidad debo decir que el autor de esta fina broma, un lugarteniente galo, murió poco tiempo después de haberla formulado. ¡Una meningitis se lo llevó!) y gritó:

—Nada de tonterías, Barton, no echéis la soga tras el caldero, no os dejéis llevar, sed un hombre. Dios mío...

—No blasfeméis, Montague.

—Esta sí que es buena; sois vos, un ateo, un filósofo, quien me prohíbe blasfemar. Sí, bueno, en fin... intentad razonar, amigo: sois víctima de alucinaciones o el juguete de un bribón que se burla de vos y os llevará donde le plazca debido a la influencia que ejerce sobre vuestro sistema nervioso. Si es así, este tipo es un cobarde y, si tiene algo contra vos, sería más noble dar la cara que...

—Sí, esto es, tiene algo contra mí. La expresión es exacta... Sólo que la Justicia del Cielo se ha mezclado en el asunto; ha permitido al demonio que empleara para atormentarme a la misma persona que podía haberse quejado de mí... Es el Infierno..., pero Dios se ha apiadado de mí, su misericordia es infinita. Y me sentiría muy feliz de morir si pudiera evitar por última vez la espantosa cara del diablo que me ha atormentado durante tantos meses. Pero sé que nos encontraremos cara a cara antes del fin; sólo de pensarlo me siento aterrorizado, una repugnancia, un miedo innombrable que una buena persona como vos no puede ni imaginar...

Y el capitán perdía poco a poco su calma, grandes gotas de sudor caían por su pálida frente, sus descarnadas manos se contraían espasmódicamente sobre las sábanas y, un poco asustado, Montague cambió de conversación para llevarla a un terreno menos crítico:

—Y el sueño del que me hablabais...

—No era realmente un sueño... Más bien la impresión de encontrarme fuera y de sentir de una manera distinta. No obstante, todo era tan real, tan tangible como lo que nos rodea en estos momentos. ¿Cómo podría haceros comprender que se trataba auténticamente de una realidad? Otra realidad distinta de la que nosotros conocemos, pero igualmente real...

Siempre dispuesto a concretar, el general preguntó:

—Explicadme qué han visto vuestros ojos, lo que vuestras orejas han oído.

Barton se mordió los labios, miró largo rato hacia un punto imaginario sobre su cama y luego habló:

—La visión de quien vos sabéis me hizo perder el sentido y muy lentamente volví en sí. Cuando emergía de la nebulosa de mi desmayo me encontré tendido en el suelo, a la orilla de un lago rodeado por una cadena de montañas. Una extraña luminosidad rosada iluminaba todas las cosas. El espectáculo de este país desconocido me llenaba de una dolorosa y triste felicidad. De repente me di cuenta de que mi cabeza se apoyaba en las rodillas de una muchacha que cantaba una extraña canción que me hacía pensar en mi vida, en la pasada y en la futura. Me acordé entonces de amores pasados y que creía completamente olvidados; lloraba, sí, lloraba al escuchar esta voz que conocía perfectamente. Estaba tan hechizado por su canto que no pude mirar el rostro de la muchacha. Quería hacerlo, pero me sentía impotente para arriesgar un solo movimiento. Y luego, poco a poco, la voz maravillosa calló, al mismo tiempo que desaparecía el paisaje. Os vi a vos y a vuestra hermana que os acercabais sobre mí y me sonreíais... Pero una inmensa paz se había amparado de mí porque sabía que al fin sería perdonado.

Barton lloraba, pero su rostro parecía rebosante de una felicidad inefable, aunque marcada de melancolía. Los días siguientes permaneció calmo y sereno la mayor parte del tiempo; los únicos momentos en que se excitaba era cuando pensaba en la última visita que debía recibir antes de encontrar la paz definitiva. 

En estos momentos se sumergía en unos ataques de tan espantoso terror que todos los habitantes de la casa sufrían las influencias, salvo Montague, cuyo espíritu estaba resueltamente cerrado ante todo lo que no entendía... 

E incluso los que se tenían por caracteres fuertes estaban poseídos por extraños presentimientos que, por otro lado, no hubieran confesado bajo ningún motivo.

Desde entonces, Barton permanecía herméticamente encerrado en su habitación con los postigos cerrados y las cortinas siempre corridas. Además, exigió que su criado durmiera en la misma habitación. 

Naturalmente habían accedido a todas sus peticiones y el sirviente había instalado su cama a los pies de la de su dueño. El criado era, dentro de su condición, una persona muy respetable y sentía gran estima por su dueño. 

Puede juzgarse por estos detalles con qué cuidado cumplía con sus obligaciones, y en particular con la de velar por la aplicación de las precauciones por medio de las cuales el capitán esperaba impedir la visita del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Así pues, el sirviente permanecía constantemente al lado de Barton, que cada día temía más la soledad.

Imagino superfluo decir que, dado el carácter particularísimo de la situación, no se hizo nada para adelantar la boda de miss Montague con el desgraciado capitán. Por otra parte, debo aclarar que la chica no estaba preocupada por el atraso sine die de sus proyectos matrimoniales. 

En realidad jamás había sentido por Barton más que una sincera amistad y su inclinación de prometida no tenía nada en común con una pasión loca y romántica. 

No obstante, pasaba la mayor parte de sus días cerca del capitán y se esforzaba en distraerlo de su hipocondría. Le leía novelas, le contaba los últimos chismes, pero nada de todo ello le importaba lo más mínimo.

Es sabido que a las jóvenes así como a las mujeres viejas les gusta rodearse de animales favoritos sobre los que vuelcan parte de la ternura que la sociedad no les permite dispensar a sus semejantes. Para algunas son ratoncillos blancos o tortugas; para otras, gatos o monos. 

Miss Montague se había encaprichado con una especie de viejo búho que un jardinero le había traído. Este rasgo pone en evidencia la extravagancia que preside estos afectos antinaturales si se considera que el pájaro preferido de la muchacha era de una raza universalmente detestada por ser un símbolo de desgracia, de miseria y de muerte. 

Esta historia del búho puede parecer fuera de mi relato pero, como se verá, está siniestramente atada al final del mismo. Barton, y esto prueba que no estaba tan loco como algunos insinuaban, empezó a odiar al detestable animal de una manera tan arrebatada que habría podido parecer cómica...

Hacia las dos de la mañana, en una noche de invierno, el sirviente de Barton fue despertado por su dueño que le dijo:

—No se ve muy claro aquí...

Una vela permanecía siempre encendida en la habitación.

—No se ve muy claro..., pero tengo la impresión de que este condenado búho se ha escapado de su dueña y se esconde en algún rincón. Buscadlo y sacadlo de aquí, por favor...

El criado obedeció y encendió otra vela. De repente, el grito del pájaro nocturno rompió el silencio. Esto hacía pensar que, efectivamente, el búho no estaba lejos; quizá no estaba en la habitación, pero seguramente en el corredor sobre el que daba. 

Smith, el sirviente, abrió la puerta que, como por los efectos de una corriente de aire, se cerró a su paso. No se inquietó por ello y continuó buscando. En este punto debo precisar que la pared de la habitación estaba agujereada por una especie de ventana que daba al corredor: Smith se podía dirigir por la luz que provenía de este tragaluz.

—Smith, Smith, por favor, ¿querríais poner la vela encima de la mesita de noche?

La voz del capitán salía de detrás del cortinaje que rodeaba su cama y Smith se disponía a entrar en la habitación para ejecutar lo que su dueño le había ordenado cuando la sorpresa y el miedo lo paralizaron en su sitio: una voz contestaba a Barton al mismo tiempo que la luz se desplazaba como si alguien cambiara la vela de lugar. 

Smith veía esto por el tragaluz que he mencionado. El pobre hombre dudaba entre la curiosidad y el miedo; no obstante, iba a empujar la puerta cuando oyó unos ruidos confusos, gemidos, y la voz de su dueño que balbucía:

—¡Señor..., oh..., Señor...!

Hubo un silencio. Smith temblaba de pies a cabeza; luego un grito horrible, un aullido demente que era como la expresión de un terror incoercible ante lo abyecto, ante lo innombrable... 

El criado, empujado por un terror que es fácil de adivinar, corrió hacia la puerta. No podía abrirla... O no giraba bien el pomo o estaba cerrada por el interior, es lo que nunca se supo; el hecho es que fue inútil forcejear, no pudo llegar a Barton. 

Completamente loco de terror, Smith se lanzó por el corredor y encontró al general que, despertado por el ruido, corría. El silencio se hizo de golpe más siniestro que los ruidos que lo habían precedido.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el capitán? —gritó Montague.

—No lo sé, no sé nada. ¡Dios se apiade de nosotros! ¡Estoy seguro de que mi señor ha muerto, sí, sí, estoy seguro!

El general no le hizo más preguntas. De todas formas, el desgraciado sirviente era incapaz de dar la más mínima explicación y Montague corrió hacia la puerta, que se abrió sin dificultad; con un enorme ruido de alas, el búho salió de detrás de las cortinas del lecho y desapareció por el tragaluz abierto.

—¡Pájaro de la desgracia! —farfulló Montague, visiblemente emocionado.

—Alguien ha cambiado la vela de lugar, señor, ahora está cerca de la cama... —balbució Smith.

—Sí, pero no os quedéis ahí parado, imbécil, abrid las cortinas.

El sirviente no se movió. Furioso, Montague le puso la vela entre las manos y se acercó a la cama. La débil luz de la vela que se consumía sobre la mesita de noche permitió ver a los dos hombres atemorizados un cuerpo replegado sobre sí mismo; se diría que Barton había retrocedido al máximo ante..., ¿ante qué, de hecho?

—Barton, amigo, ¿qué os pasa? —gritó el general.

Un silencio irónico fue su respuesta. Acercó entonces la vela para iluminar el rostro de su amigo: en verdad era un espectáculo innoble. Los rasgos espantosamente crispados, el color demasiado pálido y los ojos en blanco del desgraciado Barton no permitían la menor duda sobre su estado.

—Está muerto —dijo Montague, y no hizo ningún otro comentario.

Los dos hombres permanecieron unos momentos en silencio; luego el general dijo:

—Ya está frío...

El sirviente de repente se sobresaltó, pareció salir de su estupor y dijo:

—Dios poderoso, mirad, señor, ¿veis lo que yo veo?

Con un dedo señalaba la cama en desorden: se veía la huella de un cuerpo muy pesado. Oyeron acercarse unos pasos; rápidamente Montague se esforzó en dar una apariencia normal de lecho mortuorio; luego los dos hombres salieron para acoger al resto de la familia y comunicarles la horrible noticia.

Naturalmente, jamás se llegó a poner en claro el enigma que rodeaba la muerte del capitán. No se supo más que esto que, a fin de cuentas, quizá no tenía ninguna relación con lo ocurrido: algunos años antes de retirarse, Barton se había enamorado de una joven de Plymouth que era la hija de uno de los marineros de su barco. 

La había hecho su amante; y el padre de la pequeña, cuando se enteró de su conducta, la castigó duramente. El capitán, loco de rabia, se había vengado utilizando al máximo los medios de coerción que su posición le permitía ejercer con un marino. El individuo, un tal Sylvestre Yolland, logró escapar. Murió poco después en un hospital de Nápoles...

Evidentemente, no osaré afirmar que estos hechos sean el origen de la persecución que costó la vida de Barton. Sé que él lo creía así, pues fue la única mala acción que jamás cometió. Sea lo que fuere, es de temer que esta historia jamás quede explicada satisfactoriamente.