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Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 2)

—¡Louisa! —intervino incisivo su esposo según se enderezaba en el asiento—. ¡Reacciona!

Lo había dicho en tono más alto, de pronto cortante. Ella alzó vivamente la mirada.

—¡Tú estás celoso, Edward!

—¿De un miserable gato gris?

—Entonces, ¿a qué esa aspereza, ese cinismo? Si es así como piensas comportarte, mejor será que vuelvas a tu trabajo en el jardín y nos dejes en paz, el uno con el otro. ¿Verdad que sí, tesoro? —añadió dirigiéndose al gato en tanto le acariciaba la cabeza—, ¿verdad que será lo mejor para todos? Y luego, esta noche, los dos, tú y yo, volveremos a disfrutar tu música. Oh, sí —prosiguió mientras besaba repetidamente al animal en el cuello—, y también podríamos obsequiarnos un poco de Chopin. Sí, no hace falta que me lo digas: sé bien que te entusiasmaba Chopin. Fuisteis grandes amigos, ¿verdad, encanto? Lo cierto es que en casa de Chopin fue donde conociste al gran amor de tu vida, Madame No Sé Cuántos. Tuviste con ella tres hijos naturales, ¿no es verdad? Claro que sí, tunante, no intentes negarlo. De manera que —lo besó de nuevo— te ofreceré un poco de Chopin, y eso te hará evocar toda suerte de bellos recuerdos, ¿a que sí?

—¡Louisa, basta ya de esto!

—Oh, no seas pesado, Edward.

—Te estás comportando como una perfecta idiota. Y, eso aparte, olvidas que esta noche vamos a jugar a la canasta a casa de Bill y Betty.

—Oh, ahora me sería de todo punto imposible salir. Ni hablar de eso.

Edward se puso en pie lentamente, se inclinó para apagar la colilla en el cenicero y, en tono apacible, dijo:

—Una cosa: todas estas monsergas de que estás hablando no te las tomarás en serio, ¿verdad?

—Pues claro que sí. Creo que ya no puede haber duda al respecto. Y lo que es más: considero que esto nos carga con una enorme responsabilidad... a los dos. A ti también, Edward.

—¿Sabes qué pienso? Pienso que habrías de consultar con un médico. Y lo antes posible, por cierto.

Dicho esto, dio media vuelta y salió a trancos de la habitación por la puerta encristalada, camino del jardín. Después de esperar a que hubiese cruzado la superficie plantada de césped, al reencuentro de sus zarzas y sus fogatas, y cuando por fin se hubo perdido de vista, Louisa se volvió y, con el gato todavía en brazos, corrió hacia la puerta principal. Momentos más tarde conducía el coche en dirección a la ciudad.

Estacionó frente a la biblioteca pública, dejó el gato en el coche, cerró con llave, subió presurosa la escalinata que daba acceso al edificio y encaminóse derecho hacia la sala de información, donde se puso a consultar las fichas referentes a dos temas: LISZT y REENCARNACIÓN.

En el apartado REENCARNACIÓN halló algo escrito por un tal F. Milton Willis y publicado en 1921 con el título de Repetición de las vidas terrenales: cómo y por qué. Sobre Liszt encontró dos biografías. Tomó en préstamo los tres volúmenes, volvió al coche y emprendió el regreso.

Llegada a la casa, puso al gato en el sofá y sentóse a su lado con los tres libros, dispuesta para un rato de lectura seria. Decidió empezar por la obra de F. Milton Willis. El libro, aunque delgado y un tanto manido, tenía peso y resultaba agradable al tacto, y el nombre del autor sonaba en cierto modo a autoridad.

La doctrina de la reencarnación, leyó, sostiene que las almas pasan por formas animales cada vez más perfectas. «Así, por ejemplo, al igual que un adulto no puede volver a la niñez, tampoco puede un hombre renacer convertido en animal». Releyó la frase. Pero ¿cómo sabría eso el autor? ¿Cómo podía estar tan seguro? Era ilógico. Nadie podía estar cierto sobre una cosa semejante. Su afirmación, al mismo tiempo, la desalentó en gran medida.

«En torno a nuestro centro consciente, en todos nosotros existen, además del cuerpo denso exterior, otros cuatro cuerpos, invisibles para el ojo de la carne, pero perfectamente observables para aquellos en quienes las facultades de percepción de lo superfísico han experimentado el necesario desarrollo...».

Esto no lo entendió en absoluto, pero siguió leyendo, y así alcanzó, poco más adelante, un interesante pasaje donde se señalaba el tiempo que por lo regular un alma permanecía ausente de la tierra antes de regresar a otro cuerpo. Los plazos variaban según el tipo de individuo, y el señor Willis ofrecía el siguiente detalle sobre el particular:

Borrachos e incapaces de empleo: 40/50 años.

Obreros no especializados: 60/100 años.

Obreros especializados: 100/200 años.

La burguesía: 200/300 años.

Clase media alta: 500 años.

Terratenientes de máxima categoría: 600/1.000 años.

Introducidos en la Senda de la Iniciación: 1.500/2.000 años.

Consultó de prisa uno de los dos libros restantes para averiguar cuánto tiempo llevaba muerto Liszt. La biografía lo declaraba fallecido en Bayreuth, en 1886. Hacía de ello sesenta años. Así pues, y según el señor Willis, para volver tan pronto tenía que haber sido un obrero no especializado, cosa que no parecía hacer en absoluto al caso. 

Los métodos de clasificación del autor no le merecían, por otra parte, una opinión demasiado favorable. Según él, los «terratenientes de máxima categoría» eran poco menos que los seres supremos de la tierra. Chaquetas rojas, brindis de monteros y sádico asesinato de zorros... No, resolvió, no me parece correcto. Y encontró placer en ese principio de duda al respecto del señor Willis.

En un punto posterior, tropezó con una lista de las reencarnaciones más famosas. Epicteto, se le informó, había vuelto a la tierra en la persona de Ralph Waldo Emerson; Cicerón, en la de Gladstone; Alfredo el Grande, en la de la reina Victoria; y Guillermo el Conquistador, en la de Lord Kitchener. Ashoka Vardhana, rey de la India en 272 a. C., había regresado en la persona del coronel Henry Steel Olcott, prestigioso abogado americano. Pitágoras se reencarnó en el Maestro Koot Hoomi, fundador de la Sociedad Teosófica junto con Madame Blavatsky y el coronel H. S. Olcott (el prestigioso abogado americano, alias Ashoka Vardhana, rey de la India). 

No se mencionaba quién fue Madame Blavatsky. Se decía, en cambio, que «Theodore Roosevelt ha desempeñado, a través de numerosas reencarnaciones, el papel de conductor de hombres... De él descendía la estirpe real de la antigua Caldea, de cuyo territorio fue nombrado gobernador, en los alrededores del año 30.000 a. C., por la Entidad que conocemos como César, y que en aquel entonces era rector de Persia. Roosevelt y César, repetidamente reunidos en el poder administrativo y militar, habían sido en un tiempo, muchos milenios atrás, marido y mujer...».

Louisa no necesitó leer más. El señor F. Milton Willis no era, bien a las claras, sino un conjeturador. Sus dogmáticas aseveraciones no la habían impresionado. Aunque el buen hombre andaba probablemente por buen camino, sus declaraciones eran extravagantes, sobre todo la que formulaba en el mismo principio del libro, relativa a los animales. 

Confiaba ella que en breve estaría en condiciones de poner en un aprieto a toda la Sociedad Teosófica, con su demostración de que un ser humano podía, en efecto, renacer en forma de animal inferior. Y también que, para reaparecer en un plazo inferior a los cien años, no era preciso haber sido obrero no especializado.

Seguidamente pasó a una de las biografías, que hojeaba sin demasiada atención cuando volvió su marido, procedente del jardín.

—¿Qué haces? —quiso saber.

—Oh... nada importante: unas pequeñas comprobaciones aquí y allá. Dime, cariño, ¿sabías que Theodore Roosevelt fue en un tiempo la mujer de César?

—Mira, Louisa, ¿por qué no acabamos con estas majaderías? No me gusta verte hacer el ridículo de esta manera. Dame de una vez ese condenado gato y yo mismo lo llevaré a la comisaría.

Louisa no pareció oírle. Boquiabierta, tenía la vista clavada en un retrato que de Liszt ofrecía el libro visible en su regazo.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Edward, mira!

—¿Qué?

—¡Esto! ¡Las verrugas que tiene en la cara! ¡Ya las había olvidado! Sus grandes verrugas, que llegaron a hacerse famosas. Sus mismos discípulos, ansiosos de parecerse a él, se dejaban en la cara, justo donde él las tenía, pequeños grupos de pelos.

—Y eso ¿qué tiene que ver con el asunto?

—¿Lo de los estudiantes? Nada. Pero lo de las verrugas, sí.

—Oh, Dios. Oh, santo Dios todopoderoso.

—¡También el gato las tiene! Fíjate, te lo voy a demostrar.

Se acomodó al animal en la falda y se puso a examinarle la cara.

—¡Aquí! ¡Aquí hay una! ¡Y aquí, otra! ¡Un momento! ¡Estoy segura de que las tiene en el mismo sitio! ¿Dónde está ese retrato?

Tratábase de un famoso retrato que representaba al músico en su vejez, con su rostro de espléndidos y poderosos trazos enmarcado por una espesa cabellera gris que le cubría las orejas y la mitad de la nuca. Las grandes verrugas del rostro, cinco en total, habían sido reproducidas fielmente.

—Veamos, el retrato muestra una encima de la ceja derecha. —Examinó la cabeza del animal en esa zona—. ¡Sí! ¡Aquí está! ¡Exactamente en el mismo sitio! Luego, otra, a la izquierda, en la parte alta de la nariz. ¡Pues también está aquí! Y otra, un poco más abajo, ya en la mejilla. Y, las dos últimas, bastante juntas, bajo el lado derecho del mentón. ¡Edward! ¡Edward! ¡Ven a ver esto! ¡Corresponden exactamente!

—Eso no demuestra nada.

Alzó la mirada y la fijó en su esposo, quien, plantado en pie en mitad de la sala, todavía con el suéter verde y los pantalones caqui, seguía sudando en abundancia.

—Tienes miedo, ¿verdad, Edward? Miedo de perder tu preciosa dignidad y de que la gente, por una vez en la vida, piense que estás haciendo el ridículo.

—Lo que ocurre, sencillamente, es que me niego a abandonarme a la histeria.

Louisa volvió a su libro y leyó un poco más.

—Esto es interesante —dijo—. Dice aquí que Liszt adoraba toda la obra de Chopin, con una excepción: el Scherzo en si bemol. Esa pieza, al parecer, la aborrecía. La llamaba el «Scherzo de la institutriz», y aseguraba que debía reservarse a las mujeres que practicasen esa profesión, y solo para ellas.

—¿Y qué?

—Escúchame, Edward. En vista de que insistes en esa horrenda actitud sobre todo esto, te diré lo que voy a hacer. Voy a interpretar ahora mismo ese scherzo, y tú te quedas aquí y observas lo que ocurra.

—Tras lo cual te dignarás, a lo mejor, a preparar un poco de cena.

Louisa se puso en pie y tomó del estante un gran volumen encuadernado en verde, que contenía todas las obras de Chopin.

—Aquí está. Oh, sí, lo recuerdo. Desde luego, es bastante feo. Y ahora, escucha, o, mejor dicho, observa. Observa qué hace el gato.

Colocó la partitura en el piano y tomó asiento. Su marido se quedó en pie. Tenía las manos en los bolsillos y un cigarrillo entre los labios y, bien que a pesar suyo, vigilaba al gato ahora adormecido en el sofá. 

El primer efecto, en cuanto Louisa inició su interpretación, fue tan espectacular como en las anteriores ocasiones. El animal se enderezó de un brinco, como aguijoneado, y por espacio de al menos un minuto se mantuvo inmóvil, con las orejas de punta y todo el cuerpo trémulo. 

Luego, inquieto, comenzó a recorrer el sofá arriba y abajo en toda su longitud. Por último saltó al suelo y, con la nariz y la cola en alto, abandonó lenta, majestuosamente la habitación.

—¡Ahí tienes! —exclamó Louisa al tiempo que se levantaba de un salto y corría detrás del gato—. ¿Qué quieres más? ¡Esto lo demuestra!

Volvió cargada con él y lo dejó en el sofá. La cara de la mujer irradiaba entusiasmo toda ella; los puños, de puro comprimidos, los tenía blancos; y el pequeño moño que le coronaba la nuca empezaba a aflojársele, cayéndole a un lado.

—¿Qué me dices ahora, Edward? ¿Qué opinas? —indagó riendo nerviosa.

—Debo reconocer que ha resultado muy divertido.

—¡Divertido! Mi querido Edward, esto es lo más maravilloso que haya ocurrido jamás. ¡Oh, válgame Dios! ¿No es fantástico pensar que tenemos a Franz Liszt viviendo en casa?

—Vamos, Louisa, no nos pongamos histéricos.

—No puedo evitarlo, no puedo. ¡Y pensar que se va a quedar con nosotros para siempre...!

—¿Cómo has dicho?

—¡Oh, Edward! Oh, Edward, estoy tan emocionada que apenas acierto a hablar. ¿Y sabes lo que voy a hacer? Como todos los músicos del mundo querrán conocerle, porque eso es seguro, y preguntarle acerca de la gente que conoció... Beethoven, Chopin, Schubert...

—No sabe hablar —observó su marido.

—Bueno... de acuerdo. Pero eso no impedirá que quieran conocerle, siquiera por verlo, tocarlo, interpretar para él sus composiciones, cosas modernas que jamás había escuchado...

—Tampoco fue tan eminente. Si hablásemos de Bach, o de Beethoven...

—Por favor, Edward, no me interrumpas. Total que lo que voy a hacer es notificarlo a todos los compositores importantes del mundo entero. Es mi deber. Les diré que Franz Liszt está aquí y les invitaré a visitarle. ¿Y qué ocurrirá? Que vendrán a verlo desde todos los rincones de la tierra, en avión.

—¿A ver un gato gris?

—Eso, vida mía, no importa. Se trata de él. Su aspecto nos tiene a todos sin cuidado. ¡Oh, Edward, será la cosa más emocionante que haya ocurrido jamás!

—Pensarán que estás loca.

—Ya lo veremos.

Tenía al gato en brazos y le acariciaba con ternura, sin por ello perder de vista a su marido, que había avanzado hasta la puerta encristalada y desde allí contemplaba el jardín. Con el principio de la anochecida, el césped viraba lentamente del verde al negro, y allá lejos se elevaba en blanca columna el humo de su fogata.

—No —dijo él sin volverse—, no me avengo a eso. No lo verá esta casa. Pasaríamos por dos perfectos imbéciles.

—Edward, ¿qué quieres decir?

—Ni más ni menos lo que he dicho. Me niego en redondo a que rodees de publicidad una tontada como esta. ¿Que has ido a topar con un gato adiestrado? Perfecto, magnífico. Quédatelo, si eso te complace. No tengo nada en contra. Pero de ahí no quiero que pases. ¿Me has entendido, Louisa?

—¿De dónde no debo pasar?

—No quiero oír más majaderías de estas. Te comportas como una chiflada.

Lentamente, Louisa dejó al gato en el sofá. Luego, con la misma lentitud, se puso en pie, tan alta como lo permitía su corta estatura, y avanzó un paso.

—¡Que el diablo te lleve, Edward! —gritó al tiempo que descargaba una patada en el suelo—. ¡Por una vez que algo emocionante ocurre en nuestras vidas, te mueres de miedo de comprometerte, no sea que fueran a reírse de ti! Es eso, ¿no es cierto? No irás a negarlo, ¿verdad?

—Louisa, ya basta. Vuelve en ti y acaba de una vez con esto.

Cruzó la sala, tomó un cigarrillo de la caja que estaba sobre la mesa y lo encendió con el descomunal encendedor acharolado. A su esposa, que se había quedado mirándole, comenzó a manarle el llanto por los lagrimales en dos arroyuelos que surcaron sus empolvadas mejillas.

—Estas escenas vienen repitiéndose demasiado a menudo en los últimos tiempos, Louisa —estaba diciendo el hombre—. No, no me interrumpas. Escúchame. Me hago perfectamente cargo de que esta puede ser una difícil época de tu vida y de que...

—¡Oh, Dios santo! ¡Si serás idiota! ¡Si serás fatuo e idiota! ¿Acaso no te das cuenta de que esto es distinto, de que esto es... de que esto es un milagro?

En ese punto, atravesando la habitación, él la asió con firmeza por los hombros. Tenía en la boca el cigarrillo recién encendido, y allí donde la copiosa transpiración habíase secado en cercos resaltaba, en pálidas manchas, la textura de su cutis.

—Me vas a escuchar —replicó el hombre—. Tengo hambre, he renunciado al golf y me he pasado el día entero trabajando en el jardín; estoy extenuado y hambriento y necesito cenar un poco. Y tú también. De manera que andando a la cocina y a ver si me preparas algo apetitoso.

Louisa retrocedió un paso y llevóse ambas manos a la boca.

—¡Cielos! —exclamó—. Lo había olvidado por completo. Tiene que estar lo que se dice famélico. Aparte un poco de leche, no le he dado nada de comer desde que llegó.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser? A él, claro está. Es preciso que me ponga a prepararle en seguida algo verdaderamente especial. Ojalá supiese cuáles eran sus platos favoritos. ¿Qué crees tú que podría gustarle, Edward?

—¡Louisa... maldita sea...!

—Vamos, Edward, por favor; siquiera por una vez, quiero hacer las cosas a mi manera. Y tú —añadió mientras se agachaba para acariciar al gato suavemente con los dedos—, quédate aquí; no tardaré.

Entró en la cocina y se detuvo un instante a pensar qué cosa especial podría prepararle. ¿Y si le hiciera un soufflé, un buen soufflé de queso? Sí, eso resultaría bastante refinado. Claro que a Edward los soufflés no le complacían demasiado, pero, en fin, la cosa no tenía arreglo.

Cocinera solo mediana, no siempre estaba segura de acertar los soufflés; pero en esta ocasión se esmeró y tuvo cuidado en esperar a que el horno alcanzase la temperatura indicada. Mientras aguardaba a que se cociera el soufflé, y mientras revolvía en busca de algo con que acompañarlo, se le ocurrió que a buen seguro Liszt no había probado jamás ni los aguacates ni los pomelos y resolvió darle a conocer ambas cosas, mezcladas en ensalada. Sería interesante ver su reacción. Desde luego que sí.

Cuando todo estuvo listo, lo puso en una bandeja y lo llevó a la sala de estar. En el preciso instante en que entraba en el cuarto vio a su marido, que, procedente del jardín, trasponía la puerta de cristales.

—Aquí tiene su cena —anunció Louisa en tanto la depositaba en la mesa y se volvía hacia el sofá—. ¿Dónde está?

Su marido cerró con llave la puerta de acceso al jardín y cruzó la estancia para procurarse un cigarrillo.

—Edward, ¿ dónde está?

—¿Quién?

—Ya lo sabes.

—Ah, sí. Sí, sí, claro. Pues, verás...

Atento a encender el pitillo, tenía adelantada la cabeza y las manos en torno al enorme encendedor acharolado. Al levantar la mirada vio que su mujer tenía la vista fija en él: en sus zapatos, en los bajos de sus pantalones caqui, húmedos de caminar por la hierba alta.

—He salido un momento, a ver qué tal seguía la hoguera... —continuó.

La mirada de ella fue ascendiendo lenta, hasta detenerse en las manos.

—Todavía sigue ardiendo —prosiguió—. Creo que durará toda la noche.

Pero la forma en que ella le miraba le tenía violento.

—¿Qué ocurre? —preguntó al apartar el encendedor. Y como bajara la vista, advirtió por primera vez el largo, delgado arañazo que le cruzaba la mano de nudillo a muñeca.

—¡Edward!

—Sí, ya lo sé —respondió—. Esas zarzas son terribles. Le destrozan a uno. Pero bueno, Louisa, espera... ¿Qué te ocurre?

—¡Edward!

—Oh, por amor de Dios, mujer, siéntate y no pierdas la calma. No hay motivo para ponerse así. ¡Louisa! ¡Louisa, siéntate!

Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 1)

Louisa, sosteniendo un trapo de cocina, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre.

—¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo!

Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigió a paso lento hacia la superficie cubierta de césped, internóse en ella, seguida por la débil sombra que proyectaba su cuerpo, contorneó los rosales y, al cruzar frente a él, tocó con un dedo el reloj de sol. 

Su paso cadencioso y el suave balanceo de hombros y brazos le daban un porte bastante garboso para una mujer menuda y un poco metida en carnes. Pasó bajo la morera, ganó el caminillo enladrillado y lo siguió hasta el paraje desde donde podía dominar el declive que se formaba al fondo del vasto jardín.

—¡Edward! ¡El almuerzo!

Por fin lo había descubierto, a cosa de setenta metros de distancia, en el extremo del declive, donde empezaba el bosque. Espigado, pero de cuerpo estrecho, vestido con unos pantalones caqui y un suéter verde oscuro, dedicábase, plantado junto a una gran fogata, horca en mano, a amontonar zarzas sobre el fuego, que, voraz, levantaba llamas anaranjadas y enviaba hacia el jardín nubes de humo lechoso y un maravilloso aroma a hojas quemadas y a otoño.

Louisa descendió la pendiente al encuentro de su marido. De haberlo deseado, le habría sido fácil repetir la llamada y hacerse oír; pero las grandes hogueras tenían algo que la impulsaba hacia ellas, hacia su inmediata vecindad, donde pudiera percibir su crepitar y su calor.

—El almuerzo —repitió conforme se acercaba.

—Ah, hola. Sí, está bien. En seguida voy.

—¡Qué espléndido fuego!

—He decidido limpiar esto de zarzas —comentó su esposo—. Me tienen harto y aburrido.

Su alargado rostro estaba húmedo de sudor, cuyas gotillas le moteaban todo el bigote, como rocío, y dos pequeños regueros le corrían garganta abajo hasta donde comenzaba el cuello alto del suéter.

—Cuidado con excederte, Edward.

—De veras me gustaría, Louisa, que dejaras de tratarme como si fuera un octogenario. Un poco de ejercicio nunca ha perjudicado a nadie.

—Sí, cariño, lo sé. ¡Oh, Edward! ¡Mira! ¡Mira!

Se volvió el hombre y miró a Louisa, que señalaba hacia el otro extremo de la fogata.

—¡Míralo, Edward! ¡El gato!

Sentado en tierra, tan próximo al fuego que sus llamas parecían tocarlo a veces, un gatazo de color insólito por demás dedicábase, inmóvil por completo, la cabeza ladeada y la nariz al viento, a contemplar al matrimonio con sus ojos amarillos y apacibles.

—¡Se va a quemar! —exclamó Louisa.

Y, dejando caer el trapo, echó a correr hacia el animal, lo aferró con ambas manos y, levantándolo con viveza, volvió a dejarlo en la hierba, a prudente distancia de las llamas.

—¡Gato loco! —apostrofó mientras se sacudía el polvo de las manos—. ¿Qué te ocurre a ti?

—Los gatos saben lo que se hacen —observó su marido—. No verás a ninguno hacer algo que no le plazca. Los gatos, no.

—¿De quién es? ¿Lo habías visto antes?

—No, nunca. Tiene un color rarísimo.

El gato se había sentado en la hierba y les miraba de soslayo. Tenían sus ojos una velada expresión introspectiva, algo curiosamente sabio y reflexivo, y en torno a la nariz mostraba un delicadísimo gesto de desdén, como si aquellos dos seres de edad madura —el uno menudo, regordete y rosado; flaco y sudoroso en extremo el otro— fuesen motivo de cierta sorpresa pero escaso interés. Muy largo y sedoso, de un gris puramente plateado y sin el menor matiz de azul, el pelaje del animal era, desde luego, inusitado en un gato.

Louisa se inclinó y le acarició la cabeza.

—Tienes que irte a casa —le dijo—. Sé un gato bueno y vuélvete a tu casa, que es donde debes estar.

Marido y mujer acometieron despaciosos la cuesta en dirección a su vivienda. El gato, que se había levantado, los siguió, primero a cierta distancia y luego, conforme avanzaban, aproximándose más y más. Pronto estuvo a su lado y, rebasándoles, les precedió a través del césped camino de la casa con la cola enhiesta como un mástil, cual si fuera el dueño del lugar.

—Márchate a tu casa —dijo el hombre—. A casa. No te queremos.

Pero cuando alcanzaron ellos la suya les siguió al interior y Louisa le dio un poco de leche en la cocina. Durante el almuerzo saltó encima de la silla libre que quedaba entre ambos y, sentado allí, con la cabeza justo al ras de la mesa, asistió al resto de la comida observando su curso con aquellos ojos suyos, de un amarillo oscuro, que no dejaban de viajar despaciosos de la mujer al hombre y de este nuevamente a ella.

—No me gusta este gato —comentó Edward.

—Oh, yo lo encuentro precioso. Confío en que se quede un rato más.

—Escúchame bien, Louisa. Este bicho no puede quedarse aquí de ninguna manera. Se ha perdido, pero tiene dueño. Y, si por la tarde continúa merodeando por aquí, harás bien en llevarlo a la policía. Ellos se encargarán de que vuelva a su casa.

Terminado el almuerzo, Edward volvió a su trabajo de jardinería y Louisa se dirigió, como de costumbre, hacia el piano. Intérprete competente y melómana devota, casi todas las tardes pasaba cosa de una hora tocando para sí. El gato se había instalado ahora en el sofá; y como ella se detuviera al pasar y lo acariciara, abrió los ojos, la miró un instante y, cerrándolos de nuevo, se volvió a dormir.

—Eres un gato encantador —dijo—. Y de un color divino. Ojalá pudieras quedarte conmigo.

Recorrían sus dedos la piel de la cabeza cuando tropezaron con una hinchazón, una pequeña protuberancia situada justo encima del ojo derecho.

—Pobre gato —continuó—, tienes bultitos en esa cara tan linda. Te estarás haciendo viejo.

Siguió su camino y tomó asiento en la larga banqueta del piano, pero no se puso a tocar en seguida. Uno de sus pequeños placeres particulares estaba en elaborar cotidianamente una especie de concierto del día, con un programa elegido con esmero, que estudiaba punto por punto antes de empezar. 

Contraria desde siempre a interrumpir el gozo de la interpretación mientras discurría qué pieza atacar seguidamente, lo que buscaba era una breve pausa entre una y otra, en tanto el público, aplaudiendo enfervorizado, pedía más. Imaginar un auditorio embellecía el momento, y a veces, durante las interpretaciones —en los días afortunados, claro está—, la sala comenzaba a danzar, a desdibujarse y a oscurecerse hasta que ya no veía sino fila tras fila de butacas y todo un mar de blancos rostros vueltos hacia ella según escuchaban con arrobada y concentrada adoración.

Unas veces tocaba de memoria; otras, con partitura. Hoy quería hacerlo de memoria, que era lo que más se acomodaba a su ánimo. ¿Y en qué consistiría el programa? Sentada al piano con sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo, la estampa que ofrecía era la de una mujer menudita, regordeta, sonrosada, de cara redonda y todavía muy bonita y pelo recogido en pulido moño sobre la nuca. 

Desviando un poco la vista hacia la derecha alcanzaba a ver al gato, que dormía ovillado en el sofá, y el bello contraste que ofrecía su piel gris plateado sobre el púrpura del cojín. ¿Qué tal algo de Bach, para empezar? O, mejor todavía, de Vivaldi. La adaptación que Bach hizo, para órgano, de su Concerto Grosso en re menor. Sí: eso en primer término. Luego, algo de Schumann, quizá. ¿El Carnaval? Eso sería agradable. ¿Y a continuación? Bueno... un poquitín de Liszt, para amenizar. Uno de sus Sonetos de Petrarca; el segundo, en mi mayor, que era el más bonito. Después, más Schumann, otra de sus piezas alegres, las Kinderscenen. Y finalmente, para el encore, un vals de Brahms, o quizá dos, si se sentía predispuesta.

Vivaldi, Schumann, Liszt, Schumann, Brahms. Un programa muy bonito y que podía interpretar fácilmente prescindiendo de partituras. Se acercó un poco más al piano y aguardó unos instantes a la espera de que alguien de entre el público —algo le decía ya que este era uno de sus días afortunados— acabase de toser. Y entonces, con la pausada gracia que acompañaba la mayoría de sus movimientos, alzó las manos sobre el teclado y comenzó a tocar.

Aunque en ese momento concreto no estaba, ni mucho menos, pendiente del gato —a decir verdad había olvidado su presencia—, en cuanto los primeros acordes graves de Vivaldi sonaron suaves en la habitación, por el rabillo del ojo percibió, en el sofá, a su derecha, un súbito revuelo, un instantáneo movimiento.

Dejó de tocar en el acto.

—¿Qué tienes? —dijo vuelta hacia el gato—. ¿Qué te pasa?

El animal, que unos segundos antes dormía apacible, se había erguido en el diván y enhiesto, muy tenso, trémulo todo él, las orejas de punta, miraba de hito en hito el piano.

—¿Te he asustado? —indagó amable—. A lo mejor es que nunca habías oído música.

No, dijo para sí. No creo que se trate de eso. Bien pensado, la reacción del gato no le parecía de temor. No había percibido en él ni amilanamiento ni intención de retroceder, sino antes bien lo contrario: una voluntad de adelantarse, una especie de avidez. La cara, por otra parte... bueno, mostraba una expresión singular, una mezcla de sorpresa y de conmoción. 

Claro está que la cara de un gato es una cosa pequeña y bastante inexpresiva; pero, aun así, si observaba uno con atención el juego combinado de ojos y orejas, y en especial la zona situada por debajo de estas, donde la piel era tan móvil, a veces cabía captar el reflejo de emociones muy vivas. Muy atenta ahora a la cara del animal, y porque le intrigaba ver qué ocurriría esta segunda vez, Louisa avanzó las manos hacia el teclado y recomenzó la pieza de Vivaldi.

Debido a que ahora el gato lo esperaba, solo se produjo, por de pronto, una pequeña tensión adicional del cuerpo. Pero, según la música iba ganando rapidez y volumen camino de ese primer y emocionante movimiento que constituye la introducción de la fuga, una extraña expresión que frisaba casi en el éxtasis comenzó a invadir el rostro del animal. Las orejas, hasta ese momento enderezadas, fueron entrando poco a poco en reposo: cayeron los párpados; la cabeza se ladeó; y Louisa hubiera podido jurar que el animal comprendía y estimaba su trabajo.

Lo que vio (o creyó ver) era algo que había advertido muchas veces en el rostro de los que seguían con atento oído una pieza musical. Cuando el sonido se apodera por completo de un oyente y lo absorbe en sí, se hace patente en aquel una peculiar expresión, de intenso éxtasis, tan fácil de reconocer como pudiera serlo una sonrisa. Y, por lo que Louisa veía, era esa, casi exactamente, la expresión que ahora mostraba el gato.

Concluida la fuga, atacó la siciliana, todo ello sin perder de vista al animal que ocupaba el sofá. La prueba concluyente de que la escuchaba se produjo al final, cuando cesó la música: parpadeó el gato, se revolvió un poco, estiró una pata, buscó una postura más cómoda y, habiendo echado una rápida ojeada alrededor, volvió hacia ella, expectante, los ojos. 

Era aquella, punto por punto, la reacción del asiduo seguidor de conciertos ante la momentánea liberación de la pausa que en una sinfonía separa dos movimientos. Tan netamente humana resultó esa conducta, que sintió Louisa una extraña oleada de emoción en el pecho.

—¿Te ha gustado? —preguntó—. ¿Te gusta Vivaldi?

Apenas dicho esto, le invadió un sentimiento de ridículo, pero no tan vivo —y eso es lo que la sobrecogió un poco— como hubiera correspondido.

En fin, ya no quedaba sino continuar, como si tal cosa, con el programa, cuyo próximo punto era el Carnaval. Así que hubo empezado a tocar, el gato se atiesó de nuevo y enderezó su postura; luego, conforme la música iba penetrándole lenta y plácidamente, cayó de nuevo en aquel curioso estado de arrobo, en el que parecían mezclarse el ensueño y la sensación de ser engullido. 

Resultaba en verdad extravagante —y cómico también— ver a aquel gato plateado aposentarse allí en el sofá y entregarse a semejantes transportes. Y lo que llevaba la cosa al puro absurdo, concluyó Louisa, era el hecho de que aquella música, en la que tanto placer parecía hallar el animal, era a todas luces demasiado difícil, demasiado clásica para ser apreciada por la mayoría de los humanos.

Quizá no sea cierto que disfrute, pensó. A lo mejor se trata de una especie de reacción hipnótica, como se da en las serpientes. Bien mirado, si a ellas se las puede encantar mediante la música, ¿por qué no a un gato? Solo que se contaban por millones de ellos los que a diario oían la música de radios, gramófonos y pianos durante toda su vida, sin que hasta ahora, que ella supiera, se hubiese observado en ninguno semejante conducta. Y el que tenía delante se comportaba como si siguiese una a una las notas. Era ciertamente increíble.

¿Pero no resultaba, también, maravilloso? Desde luego que sí. A decir verdad, o mucho se equivocaba o era una especie de milagro, uno de esos milagros que se dan en los animales quizá una vez cada cien años.

—Ya he visto que esta te ha entusiasmado —dijo al terminar la pieza—. Si bien lamento no haberla interpretado hoy demasiado bien. ¿Cuál te ha complacido más, la de Vivaldi, o la de Schumann?

Como el gato no respondiera, Louisa, temerosa de perder la atención de su oyente, pasó sin demora al siguiente tema del programa: el segundo Soneto de Petrarca, de Liszt.

Y en ese punto ocurrió algo extraordinario: apenas interpretados los tres o cuatro primeros compases, los bigotes del animal comenzaron a agitarse de forma perceptible. Lentamente, tras enderezarse todavía un punto, inclinó la cabeza primero a un lado, luego al otro, y dejó flotar la mirada en el vacío con una especie de gesto de ceñuda concentración que parecía decir: «¿Qué es esto? No, no me lo digas. ¡Lo conozco tan bien...! Y, sin embargo, en este momento no acierto a identificarlo». Fascinada, con la boca entreabierta y una media sonrisa, Louisa continuó tocando mientras se preguntaba qué iría a ocurrir a continuación.

El gato se levantó, avanzó hacia un extremo del sofá, sentóse de nuevo y escuchó un rato más; y luego, inopinadamente, saltó al suelo, de ahí a la banqueta del piano, y allí se instaló, a su lado, atento al precioso soneto, ahora sin ensimismarse, sino muy tieso, sus ojazos amarillos fijos en los dedos de Louisa.

—¡Vaya! —exclamó conforme hacía sonar el último acorde—. Conque has venido a sentarte junto a mí, ¿no? ¿Prefieres esto al sofá? Está bien, te dejaré quedarte, a condición de que te estés quieto y no empieces a dar saltos. —Alargó una mano y, en tanto acariciaba el lomo del animal desde la cabeza a la cola, agregó—: Esto era de Liszt. No creas, a veces puede resultar de una vulgaridad espantosa; pero, en piezas como esta, es verdaderamente encantador.

Porque empezaba a encontrar placer en esa extravagante pantomima animal, atacó directamente el próximo tema del programa, las Kinderscenen de Schumann.

No llevaba más de un par de minutos de interpretación, cuando se dio cuenta de que el gato, de nuevo en movimiento, había vuelto a su antiguo acomodo del sofá. Estando pendiente solo de sus propias manos en aquel instante, sin duda se debía a eso el que ni siquiera hubiese advertido su marcha; aunque, con todo, el movimiento tenía que haber sido rápido y silencioso en extremo. 

Pero, por mucho que el animal siguiera mirándola, en apariencia pendiente todavía de la música, Louisa tuvo la impresión de que no mostraba ahora el embelesado entusiasmo de antes, el que provocara la pieza de Liszt. Por si eso fuera poco, el acto de abandonar la banqueta y volver al sofá se hubiera dicho un moderado pero positivo gesto de desencanto.

—¿Qué pasa? —indagó al terminar—. ¿Qué tiene Schumann de malo? ¿Y qué hay de tan maravilloso en Liszt?

El gato le devolvió la mirada de sus ojos ambarinos y de pupilas con pintas de un negro azabache.

Esto empieza a ponerse interesante, se dijo la mujer; y también, según se mire, un tanto inquietante... Pero el simple hecho de ver al animal tendido en el sofá, tan vivaz y atento, tan a las claras deseoso de más música, le devolvió la confianza.

—Está bien —dijo—. Te diré lo que voy a hacer. Voy a modificar, especialmente para ti, mi programa. Ya que Liszt parece gustarte tanto, te interpretaré otra de sus piezas.

Tras un momento de vacilación conforme buscaba en la memoria algo bueno de Liszt, inició lentamente una de las doce pequeñas composiciones de Der Weihnachtsbaum. Muy atenta ahora al gato, lo primero que advirtió fue que otra vez volvía a mover los bigotes. 

Saltó a la alfombra, se quedó allí un instante, con la cabeza inclinada y trémulo de excitación, y seguidamente, el paso lento y cadencioso, contorneó el piano, saltó a la banqueta y se acomodó junto a Louisa.

En eso estaban cuando apareció Edward procedente del jardín.

—¡Edward! —exclamó la mujer en tanto se levantaba de un brinco—. ¡Oh, Edward, tesoro! ¡Atiende! ¡Escucha lo que ha ocurrido!

—¿Qué pasa ahora? —replicó él—. Yo quisiera un poco de té.

Era el suyo uno de esos rostros de nariz afilada, angostos y levemente purpúreos, que el sudor hacía brillar ahora como si fuera un alargado y húmedo grano de uva.

—¡Es el gato! —continuó ella admirativa al tiempo que señalaba al animal plácidamente sentado en la banqueta—. ¡Cuando te enteres de lo que ha ocurrido...!

—Creí haberte dicho que lo llevaras a la policía.

—Pero escúchame, Edward. Esto es apasionante de verdad. Se trata de un gato melómano.

—Oh, ¿de veras?

—No solo le gusta la música sino que, además, la entiende.

—Vamos, Louisa, déjate ya de bobadas, y, por lo que más quieras, tomemos un poco de té. Estoy acalorado y rendido de tanto cortar zarzas y hacer fogatas.

Se acomodó en una butaca, tomó un pitillo de una caja que tenía al lado y lo encendió con el enorme encendedor acharolado que había junto a aquella.

—Lo que tú no comprendes —continuó Louisa— es que aquí, en nuestra casa, ha estado sucediendo en tu ausencia algo por demás apasionante, algo que incluso podría ser... bueno... trascendental.

—Seguro que sí.

—¡Edward, por favor...!

Estaba la mujer en pie junto al piano, su carita más sonrosada que nunca, y en las mejillas sendas rosetas de un encendido escarlata.

—Si te interesa —agregó—, te diré lo que pienso.

—Te escucho, cariño.

—Creo que en este momento podríamos encontrarnos en presencia de... —se interrumpió, como percatándose, súbitamente, de lo absurdo de la idea.

—Continúa...

—Quizá lo consideres una tontería, Edward; pero es lo que pienso en realidad...

—¿En presencia de quién, por amor de Dios?

—¡Del mismísimo Franz Liszt!

Su marido dio una larga y lenta chupada al pitillo y expulsó el humo en dirección al techo. Sus mejillas, hundidas, de piel atirantada, eran las de quien lleva largos años usando dentadura postiza; y, cuando succionaba un cigarrillo, aún se le sumían más y hacían que los pómulos descollasen como los de una calavera.

—No te sigo —respondió.

—Edward, atiende, por favor. A juzgar por lo que he visto esta tarde con mis propios ojos, da toda la impresión de tratarse de una especie de reencarnación.

—¿Te refieres a esa porquería de gato?

—Por favor, cariño, no hables así.

—No estarás enferma, ¿verdad, Louisa?

—Me encuentro perfectamente, muchas gracias. Si acaso, un poco confusa, lo reconozco; pero ¿quién no se sentiría así después de lo que acaba de ocurrir? Edward, te juro que...

—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido, si puede saberse?

Se lo expuso. Él la escuchaba despatarrado en el sillón, dando chupadas al pitillo cuyo humo proyectaba hacia el techo con una tenue sonrisa cínica en los labios.

—Yo no veo nada extraordinario en todo eso —dijo cuando su esposa hubo concluido—. Se trata, simplemente, de un gato adiestrado. Se lo han enseñado a hacer; eso es todo.

—No digas tonterías, Edward. En cuanto me pongo a tocar algo de Liszt, se excita todo él y corre a sentarse en la banqueta, a mi lado. Pero solo reacciona así con Liszt. Y nadie puede enseñarle a un gato a distinguir a Liszt de Schumann. Como que ni siquiera tú notas la diferencia. Él, en cambio, ha acertado siempre. Y Liszt, por otra parte, no es nada conocido.

—Han sido dos veces —observó él—. Solo lo ha hecho dos veces.

—Con eso basta.

—Pues a ver, que lo repita. Vamos.

—No. Decididamente, no. Porque si este gato es Liszt, como yo así lo creo, o cuando menos el alma de Liszt, o el elemento, como quiera que se llame, que sobrevive, está claro que no es justo, ni tampoco demasiado amable, someterle a toda una serie de pruebas humillantes.

—Pero, ¡querida mía!, esto no es más que un gato, un gato gris y bastante estúpido que esta mañana en el jardín ha estado a punto de chamuscarse la piel junto a la hoguera. Y, por otra parte, ¿qué sabes tú de reencarnaciones?

—Si hay un alma en ese animal, para mí es bastante —replicó Louisa con firmeza—. Lo importante es el alma.

—Pues nada: veámosle actuar. Veámosle distinguir entre su propia obra y la de otro.

—No, Edward, ya te lo he dicho: me niego a hacerle pasar por nuevas y estúpidas pruebas circenses. Por hoy, basta y sobra. Pero te diré lo que voy a hacer. A eso sí estoy dispuesta. Voy a tocarle un poco de su propia música.

—Mucho vas a probar con eso.

—Tú obsérvale. Algo puedes dar por seguro: en cuanto la reconozca, se negará a moverse de la banqueta donde ahora lo ves.

Louisa se dirigió hacia el estante donde guardaba las partituras, tomó un libro con partituras de Liszt, lo hojeó con rapidez y eligió otra de sus más bellas composiciones: la Sonata en si menor. Aunque solo se proponía interpretar su primera parte, una vez estuvo en ello, y como advirtiese la forma en que escuchaba el animal, literalmente trémulo de placer y observando sus manos con aquel aire de concentración embelesada, le faltó valor para interrumpirse y la tocó completa. Terminada la pieza, volvió los ojos hacia su esposo y dijo sonriente:

—Ya lo has visto. No me negarás que le tenía encantado por completo.

—Le gusta ese ruido, no es más que eso.

—Estaba verdaderamente encantado. ¿No es cierto, precioso? —insistió, tomando en brazos al gato—. ¡Oh, si pudiera hablar...! ¿Te das cuenta? ¡En su juventud conoció a Beethoven! Y también a Schubert, a Mendelssohn, a Schumann; a Berlioz y a Grieg, a Delacroix y a Ingres, a Heine y a Balzac. Y aguarda un momento... ¡Cielo santo, si fue suegro de Wagner! ¡Tengo en los brazos al suegro de Wagner!

(CONTINUARÁ...)

Te reconocería en cualquier parte - Edward D. Hoch


16 de noviembre de 1942

Desde lo alto de la duna no se podía ver nada en ninguna dirección... nada, excepto la imperturbable y siempre cambiante monotonía del desierto africano. Contrell se limpió la arena, mezclada con el sudor de su rostro, e hizo una seña a los otros para que avanzaran. El tanque, un enorme monstruo enfermo que solo deseaba que lo abandonaran para morir, se puso lentamente en movimiento, arrojando pulverizados chorros de arena por entre sus cadenas.

—¿Has visto algo? —preguntó Grove, acercándose a él por detrás.

—Nada. No hay alemanes, ni italianos, ni siquiera árabes.

Willy Grove se descolgó la carabina de su hombro.

—Deberían estar por aquí. Nuestros aviones de reconocimiento los han localizado siguiendo este camino.

—Con la vieja «Bertha» tal y como está —gruñó Contrell—, será mejor que no nos encontremos con ellos. Seis hombres y un viejo tanque armado contra el orgulloso Afrika Korps de Rommel.

—Pero recuerda que ellos se están retirando, y nosotros no. Quizá estén dispuestos a rendirse.

—Claro que pueden estarlo —asintió Contrell dudosamente.

Solo hacía un mes que conocía a Willy Grove —su nombre completo era Willoughby McSwing Grove, imposible de pronunciar—. Lo conocía desde que lo había encontrado poco antes de la invasión del norte de África. 

Su primera impresión fue que era un hombre como él, arrojado en sus primeros veinte años a una guerra imposible que amenazaba con envolverlos a todos en sangre y llamas. Pero, a medida que transcurrieron las semanas, fue surgiendo gradualmente un Willy Grove diferente; una persona que ahora estaba cerca de él, explorando con cuidado el vacío valle lleno de arena que se extendía ante ellos.

—¡Maldita sea! ¿Dónde estarán?

—Parece como si estuvieras listo para entablar batalla. ¡Demonios! Creo que si los veo venir echaré a correr en dirección contraria —Contrell cogió los restos de un arrugado y casi vacío paquete de cigarrillos—. Una duna arenosa, cerca de la frontera con Túnez, no es el lugar más adecuado para un par de cabos.

Grove se sentó en cuclillas, dejando la carabina ligeramente apoyada contra su rodilla.

—Estás en lo cierto... al menos sobre lo de ser cabos. Ya sabes lo que he estado pensando durante estas últimas semanas... Si regreso de una pieza a Estados Unidos, voy a ingresar en la academia militar para convertirme en oficial.

—Ya has encontrado un hogar.

—Ríete si quieres. Un tipo como yo puede hacer cosas mucho peores para vivir.

—Claro. Podrías robar bancos. ¿Qué demonios hacen los oficiales de un ejército cuando no hay ninguna guerra?

Willy Grove pensó un momento en aquella pregunta.

—No te preocupes. Va a haber una guerra en alguna parte durante un largo tiempo, quizá durante el resto de nuestras vidas.

—¿Crees tú que Hitler resistirá tanto?

—Hitler, Stalin, los japoneses. Siempre habrá alguien, no te preocupes.

Contrell dio otra chupada a su cigarrillo y de repente observó con toda su atención. Había algo que se movía sobre la cima de una de las dunas, algo...

—¡Mira!

Grove sacó sus prismáticos.

—¡Maldita sea! Está bien, son ellos. Todo el podrido ejército alemán.

Contrell arrojó su cigarrillo y se dejó caer por la duna para decírselo a los otros. El oficial al mando era un capitán que conducía el moribundo tanque como si fuera su tumba. Miró hacia el suelo mientras Contrell le informaba y después dio una orden tajante.

—Llevaremos a «Bertha» a lo alto de la duna y nos dejaremos ver. Pueden pensar que tenemos muchos más por aquí y largarse.

—A la orden, señor.

Y entonces, Contrell pensó que también podían enviarle al infierno.

Cuando el herido monstruo de acero estuvo situado en posición, el primero de los tres tanques alemanes ya estaba a tiro. Contrell observó cómo los grandes cañones se enfilaban uno al otro... dos gigantes inútiles, capaces únicamente de destruir. Se preguntó cómo sería el mundo si los cañones también tuvieran el poder de reconstruir. 

Pero tuvo poco tiempo para pensar en aquello o en cualquier otra cosa antes de que el cañón alemán rebufara con un destello de fuego, seguido, un instante después, por la sorda onda de sonido que los alcanzó. Una eclosión de arena y humo llenó el aire a su izquierda cuando el proyectil cayó cerca de su objetivo.

—¡A tierra! —gritó Grove—. ¡Nos han localizado!

La vieja «Bertha» devolvió el fuego, errando el tiro por muy poco contra el tanque más cercano. Pero el número y la potencia de fuego estaban en contra de ella. El segundo proyectil alemán explotó contra las cadenas de la izquierda, y el tercero dio contra la torreta. «Bertha» estaba prácticamente muerta. Alguien lanzó un grito... Contrell pensó que podía haber sido el capitán.

Grove estaba tendido sobre la arena a unos metros de distancia.

—Esos malditos trastos son como ataúdes de hierro —dijo, notando el olor de la carne quemada.

Contrell empezó a levantarse.

—¿Ha quedado alguien con vida?

—Nadie. ¡Échate a tierra! Vienen en esta dirección.

—¡Dios! —aquello fue como una oración en labios de Contrell—. ¿Qué hacemos?

—No te muevas. Ya saldremos de esto de algún modo.

Dos de los tanques enemigos permanecieron inmóviles en la distancia, mientras que el tercero empezó a acercarse. Sobre la parte de atrás había dos soldados alemanes, que saltaron a tierra echando a correr. Uno de ellos llevaba un rifle y el otro lo que parecía ser una pistola ametralladora. Contrell puso su cuerpo en tensión, en espera de los probables disparos, manteniendo su rostro casi enterrado en la arena.

El comandante del tanque alemán apareció en la torreta, gritando algo. El soldado que llevaba la pistola ametralladora se volvió... y de pronto Willy Grove se puso en pie. Su carabina traqueteó casi como una ametralladora, alcanzando al alemán por la espalda. Con su mano izquierda, lanzó una granada hacia el tanque y después se lanzó contra el segundo alemán antes de que este pudiera elevar su arma.

La granada explotó lo bastante cerca como para dejar fuera de combate al oficial y Contrell empezó a moverse. Corrió en zigzag hacia el vehículo alemán, sabiendo que Grove estaba justo detrás de él, corriendo.

—Los he alcanzado a los dos —gritó Willy—. ¡Quédate abajo!

Subió al vehículo, apartó al moribundo oficial de lo alto de la torreta y disparó una rociada de balas al interior del tanque. Después, hizo girar la ametralladora del calibre 50.

—¡Espera! —gritó Contrell—. ¡Se están rindiendo!

En efecto, se rendían. Las tripulaciones de los otros dos tanques estaban abandonando sus vehículos y empezaban a avanzar hacia ellos, a través de la arena, con los brazos en alto.

—Supongo que ya están hartos de guerra —dijo Grove, apuntando la ametralladora hacia ellos.

—¿No lo estamos todos?

Grove esperó hasta que los ocho hombres se encontraron a unos treinta metros de distancia. Entonces, su dedo apretó el gatillo y una repentina rociada de balas salpicó toda la zona. Los alemanes, totalmente sorprendidos, trataron de dar media vuelta y echar a correr, pero murieron así, de pie.

—Pero ¿qué demonios has hecho? —gritó Contrell, subiendo al tanque y colocándose junto a Grove—. ¡Se estaban rindiendo!

—Quizá sí; quizá no. Podían haber tenido granadas escondidas bajo los brazos o algo. No se pueden correr riesgos.

—¿Te has vuelto loco o algo así, Grove?

—Estoy vivo, y eso es lo que importa —Grove saltó del vehículo, cayendo a tierra de pie, con un movimiento fácil y seguro—. Daremos nuestra propia versión de la historia, muchacho, y terminaremos con medallas.

—¡Los has asesinado!

—Eso es lo que se hace en la guerra —dijo Grove tristemente—. Se los mata, y después se recogen las medallas.

 

 30 de noviembre de 1950

Corea era un país lleno de colinas y de sierras, con una tierra demasiado pobre para arar y en la que resultaba imposible combatir. El capitán Contrell la vio por primera vez con una mezcla de resignación y de desesperación, pensando únicamente en la facilidad con que toda su compañía podría ser eliminada sin tener la menor oportunidad de defenderse contra un ejército mucho más familiarizado con el terreno.

Ahora, mientras noviembre hacía que las fáciles victorias del otoño se convirtieran en las amargas derrotas del invierno, tuvo buenas razones para recordar aquellas primeras impresiones. Los chinos habían empezado a tomar parte en la lucha y a cada hora que pasaba llegaban nuevos informes de todo el valle de Chongchon, indicando que su número no solo se podía contar por miles, sino por cientos de miles. La palabra que estaba en la mente de todo el mundo, aunque nadie se atreviera a pronunciarla, era «retirada».

—Nos echarán al mar, capitán —le dijo a Contrell uno de sus sargentos.

—Ya está bien de hablar de eso. Reúna a los hombres por si tenemos que largarnos rápido. Compruebe la colina 314.

Las colinas eran tan numerosas y anónimas que habían tenido que numerarlas de acuerdo con su altura. Solo eran lugares para morir y, para los hombres que estaban ante sus armas, todas eran iguales.

Algunos tanques, cubiertos de barro helado, rodaban atravesando la neblina de la mañana, retirándose. Contrell se plantó ante el vehículo que iba en cabeza y le hizo señas para que se detuviera. Entonces vio que se trataba de cañones autopropulsados «Bofors» de 40 milímetros, un arma antiaérea que había sido utilizada con efectividad como apoyo a la infantería. Como consecuencia de la distancia y de la neblina, le habían parecido tanques y, en realidad, lo eran para todos los propósitos prácticos.

—¿Qué demonios ocurre, capitán? —le espetó una voz.

—¿Puede llevar a algunos hombres con usted?

El oficial saltó a tierra y Contrell observó algo en aquel movimiento que le recordó repentinamente una escena desértica, ocho años antes.

—¡Willy Grove! ¡Que me condenen si no eres tú!

Grove pestañeó con rapidez, pareciendo enfocar más nítidamente con sus ojos y, por la insignia de su cuello, Contrell se dio cuenta de que ahora era mayor.

—Bien, Contrell, ¿no es eso? Me alegro de volver a verte.

—Hace ya mucho tiempo; desde África, Willy.

—Mucho más frío aquí, ya lo sé. Pensé que habías abandonado el ejército después de la guerra.

—Lo abandoné durante tres semanas y no pude resistirlo. Supongo que esta vida militar se le mete a uno en el cuerpo al cabo de un tiempo. ¿Qué tal van las cosas por allá delante?

El rostro de Grove se ensombreció.

—Si fueran algo bien, ¿crees que estaríamos siguiendo este camino?

—¿Te retiras por el paso?

—Es el único camino que queda. He oído decir que los chinos también están a punto de cortarlo.

—¿Podemos retirarnos sobre sus vehículos?

Grove se rio entre dientes y dijo:

—Claro. Podéis coger las granadas y dejarlas aquí —se dio una palmada en la pistola del calibre 45 que llevaba al cinto, como si fuera su cartera, y añadió—: Subid a bordo.

Contrell dio una orden seca a su sargento y esperó hasta que la mayor parte de sus mermadas fuerzas encontraran hueco en los vehículos. Después, él mismo subió al «tanque» del mayor Grove. En la distancia de la mañana pudieron escuchar el loco sonar de las cornetas, lo que normalmente significaba otro avance chino.

—Están cerrando la trampa —dijo.

—Todo es como te lo dije una vez —dijo Grove, asintiendo—. La lucha nunca termina. Sin embargo, nunca supuse que tendríamos que luchar contra los chinos.

—¿No te gusta luchar contra los chinos?

—No hay ninguna diferencia —dijo el mayor, encogiéndose de hombros—. Los chinos mueren como cualquier otra persona. Incluso con más facilidad cuando están drogados con eso que suelen fumar.

La columna se introdujo en el paso, la única ruta que aún quedaba abierta hacia el sur. Pero casi inmediatamente se dieron cuenta de que las colinas y tramos boscosos que había a ambos lados de la carretera estaban llenos de enemigos que les esperaban. Contrell miró hacia atrás y vio cómo su sargento se doblaba y caía al suelo, con el cuerpo casi cortado por la ráfaga de una ametralladora camuflada. Ante ellos, la carretera aparecía cortada por un camión incendiado. Grove se puso de pie para ver mejor.

—¿Podemos rodearles? —preguntó Contrell, respirando con dificultad.

—Rodearles o pasar a través de ellos.

—Se trata de surcoreanos.

Los que aún estaban vivos y eran capaces de correr, salían a toda prisa del camión incendiado y echaban a correr hacia el vehículo de Grove.

—¡Fuera de aquí! —gritó Grove—. ¡Atrás!

Se inclinó hacia abajo y empujó a uno de los surcoreanos que trataba de encaramarse al vehículo, arrojándole sobre la polvorienta carretera. Cuando otro empezó a subir por el mismo sitio, Grove se sacó tranquilamente la pistola del calibre 45 y le metió una bala en la cabeza.

Contrell lo observó todo como si estuviera viendo una vieja película olvidada después de varios años. «Ya he estado antes aquí —pensó, recordando las mismas medallas que compartieron después del episodio de África del Norte—. Los hombres como Grove nunca cambiaban... al menos para mejorar».

—Eran surcoreanos, Willy —dijo tranquilamente, acercando su boca al oído del mayor.

—¿Y qué demonios me importa a mí eso? ¿Acaso se creen que dirijo un maldito servicio de autobuses?

No volvieron a hablar más del asunto hasta que se encontraron viajando hacia el sur, en medio del ejército norteamericano en retirada. Contrell se preguntaba dónde terminaría todo aquello, la retirada. ¿En el mar, en Tokio... o en California?

Se detuvieron a fumar un cigarrillo y Contrell dijo:

—No tenías por qué haber matado a aquel hombre, Willy.

—¿No? ¿Y qué es lo que se suponía que debía hacer? ¿Dejar que subieran ellos y que nos mataran a nosotros allí mismo? Adelante, informa si quieres. Conozco muy bien mi ley militar, y también conozco mi ley moral. Ocurre lo mismo que con el bote salvavidas cuando está abarrotado.

—Creo que lo que a ti te gusta es matar.

—¿Y a qué soldado no le gusta?

—A mí.

—¡Demonios! Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Por diversión o por juego?

—Creí que podría hacer algo para ayudar al mundo a mantenerse en paz.

—El único medio de mantener el mundo en paz es matando a todos los que causan problemas.

—¿Y aquel soldado causaba problemas?

—Para mí sí, aunque solo fuera en aquel momento.

—Pero tú disfrutaste haciéndolo. Casi podía verlo en tu rostro. Fue lo mismo que en el norte de África.

El mayor Grove se volvió, apartando el rostro.

—Conseguí una medalla por lo de África del Norte, compañero. Eso me ayudó a convertirme en un mayor.

—Sí, dan medallas por matar —asintió Contrell con tristeza—. Y creo que a veces no les interesa saber muchos detalles.

Alguien dio una orden y Grove arrojó el cigarrillo.

—Vamos, muchacho. No te preocupes por eso. Nos vamos.

Contrell asintió y le siguió. Y una vez, solo una vez, se volvió para mirar el camino por donde habían venido... 

 

 24 de agosto de 1961

Hacía solo tres horas que el mayor Contrell se encontraba en Berlín cuando escuchó mencionar el nombre de Willy Grove en una conversación mantenida en el club de oficiales. Quien hablaba era un capitán ligeramente borracho al que le gustaba aparentar que había estado defendiendo Berlín de los rusos desde que terminó la guerra.

—Grove —dijo, con un ligero tono de respeto en su voz—. Coronel Willoughby McSwing Grove. ¡Ese es su nombre! Dicen que se convertirá en general antes de que termine el año. ¡Si hubierais visto cómo se enfrentó a aquellos rusos la semana pasada! ¡Si lo hubierais visto!

—He oído decir que estaba en Berlín —le dijo Contrell sin mayor comentario—. Lo conozco de los viejos tiempos.

—¿Corea?

Contrell asintió y añadió:

—Y el norte de África, hace casi veinte años, cuando todos nosotros éramos un poco más jóvenes.

—No sabía que hubiera luchado en la Segunda Guerra Mundial.

—Eso fue antes de convertirnos en oficiales.

—Resulta difícil imaginarse al viejo Grove antes de que fuera oficial —dijo el capitán—. Debía haberle visto usted la semana pasada... Estaba allí, de pie, observando cómo construían aquel maldito muro y no tardó en dirigirse en línea recta hacia la línea divisoria. El oficial ruso también estaba allí y se quedaron de pie, uno frente al otro, a solo unos centímetros de distancia, mirándose, en espera de que uno u otro hiciera un falso movimiento. 

El ruso no tardó en volverse y se marchó ¡y que me condene si el viejo Grove no sacó su 45! Por un momento, todos nosotros pensamos que iba a cargarse a aquel comunista, y creo que todos habríamos estado de su parte si se hubiera decidido a hacerlo. 

Ya sabe usted, se pasa uno demasiado tiempo con todo este asunto... ese aumento y disminución de las tensiones... y al cabo de un tiempo solo se desea que surja alguien como el coronel Grove, capaz de apretar un gatillo o un botón y conseguir que todos nos dediquemos de una vez y para siempre al asunto que nos interesa.

—¿El asunto de matar?

—¿Qué otra cosa puede hacer un soldado?

Contrell dejó su copa sin contestar, y preguntó:

—¿Dónde está Grove? ¿Se ha casado ya?

—Si se ha casado, no existe el menor vestigio de esposa. Vive en el edificio del cuartel general, en la base aérea.

—Gracias —Contrell dejó sobre el mostrador un billete arrugado—. Yo pago las bebidas. Me entretuve mucho con su conversación.

Encontró al coronel Grove después de haberle buscado durante una hora. No estaba en su alojamiento, sino en su oficina, observando las calles principales del Berlín Oeste. Su pelo aparecía un poco más blanco y su actitud era un poco más enérgica, pero seguía siendo el mismo Willy Grove. Un hombre que ya estaba en la cuarentena. Un soldado.

—¡Contrell! ¡Bienvenido a Berlín! He oído decir que te habían destinado aquí.

Se estrecharon las manos como dos viejos amigos. Contrell dijo:

—Tengo entendido que has conseguido dominar bastante bien la situación.

—La tenía perfectamente dominada hasta que empezaron a construir ese maldito muro la pasada semana. Casi me cargué a un oficial ruso.

—Ya lo he oído comentar. ¿Por qué no lo hiciste?

El coronel Grove sonrió.

—Me conoces demasiado bien para mentirte, mayor. Hemos pasado juntos algunas cosas. Tú eres el que siempre ha dicho que tengo una cierta debilidad por matar.

—«Debilidad» no es la palabra exacta para definirlo.

—Bueno, da igual. En cualquier caso, eres probablemente el que mejor conoce mis sentimientos en estos momentos. En aquella situación, le podía haber matado. Pero me controlé. Se dice que me van a hacer general, muchacho. Así es que estos días tengo que mantener bien limpia la nariz. Nada de disputas.

—Y yo sigo siendo un mayor. Supongo que no sigo el camino correcto.

—Tú no tienes el instinto de matar, Contrell. Nunca lo tuviste.

El mayor Contrell encendió lentamente un cigarrillo.

—No creo que un soldado necesite tener instinto de matar en estos tiempos, Willy. Pero ya hemos estado discutiendo la misma cuestión desde hace casi veinte años, cada vez que nos hemos visto.

—Y, sin embargo, no la hemos discutido a fondo —dijo Willy Grove sonriendo—. Siento no tener en esta ocasión a nadie a quien matar para ti.

—¿Qué habrías hecho en la vida civil, Willy?

—No lo sé. Nunca he pensado mucho en eso.

—De haber vivido hace cien años, probablemente te habrías convertido en un pistolero en el Oeste. Hace cuarenta años habrías sido un contrabandista de Chicago, con una ametralladora. Ahora, solo te queda el ejército.

Grove sonrió duramente, pero no pareció asombrarse. Se levantó de detrás de la mesa y se dirigió hacia la ventana. Mirando hacia la abarrotada calle, dijo:

—Quizá estés en lo cierto. En realidad no lo sé. Lo único que sé es que he matado a cincuenta y dos hombres en toda mi vida, lo que resulta ser un buen promedio. A la mayor parte de ellos les miré directamente a los ojos antes de disparar. A otros pocos les alcancé por la espalda, como estuvo a punto de pasarle a ese ruso la semana pasada.

—Con eso podrías haber iniciado una guerra.

—Sí. Y algún día quizá lo haga. Si tuviera el poder para... —se detuvo, sin terminar de pronunciar la frase.

—Gracias a Dios, no todos son como tú —dijo Contrell.

—Pero tengo a bastantes de ellos a mi lado. Hay bastantes que saben que el ejército significa guerra, y que la guerra significa muerte. No puedes escapar a ese hecho; no importa lo duramente que lo intentes. No puedes escapar.

Miró al coronel de pelo blanco y recordó al capitán con quien había hablado aquella tarde en el bar. Quizá estaban en lo cierto. Quizá era él el único que estaba equivocado. ¿Acaso había desperdiciado toda su vida persiguiendo un sueño imposible de un ejército sin necesidad de guerra ni de matar?

—De todos modos, seguiré mi camino —dijo.

—Buena suerte, mayor.

Una semana más tarde Contrell oyó decir que un guardia ruso había sido muerto junto al muro durante un intercambio de disparos con la policía del Berlín Occidental. Según una versión de los hechos, un oficial norteamericano había disparado personalmente la bala fatal. Pero a Contrell le fue imposible comprobar la veracidad de este rumor.

 

 5 de abril de 1969

Era el Sábado Santo en Washington, una ciudad expectante bajo un cálido sol primaveral. Los pasillos del Pentágono estaban más vacíos que de costumbre para ser un sábado, y solo había cierta actividad en una oficina situada en el ala occidental del edificio. El general Willoughby McSwing Grove, recientemente nombrado presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, se encontraba en sus oficinas.

El coronel Contrell lo encontró inclinado sobre los cajones de una mesa, distribuyendo y colocando en los lugares adecuados el contenido de un abultado maletín. Levantó la mirada y quedó un tanto sorprendido al ver a su visitante.

—Bien... Contrell, ¿verdad? No te he visto desde hace bastantes años. ¿Coronel? Vas saliendo adelante.

—No tan rápido como tú, general.

Grove sonrió ligeramente, aceptando el comentario como una especie de cumplido.

—Ahora estoy en la cúspide. Un buen lugar para un hombre de mi edad. Tengo todo el pelo blanco, pero me siento muy bien. ¿Tengo el aspecto de siempre, coronel?

—Te reconocería en cualquier parte, general.

—Hay mucho que hacer, muchísimo. He esperado y trabajado durante toda mi vida para alcanzar este puesto, y ahora lo he conseguido. Nuestro nuevo presidente me ha prometido rienda suelta en cuanto se refiera al tratamiento de la situación internacional.

—Pensé que lo haría así —dijo Contrell tranquilamente—. ¿Tienes ya algún plan?

—He tenido planes durante toda mi vida —se dio la vuelta en su cómodo sillón giratorio y se quedó mirando por la ventana hacia la distante ciudad—. Les voy a demostrar para qué sirve un ejército.

El coronel Contrell carraspeó, aclarándose la garganta.

—¿Sabes una cosa, Willy? Me ha costado la mayor parte de mi vida, pero al final me has convencido de que a veces puede ser necesario matar.

—Bien, me alegro de que hayas venido para...

El general Grove empezó a volverse en el sillón y Contrell le disparó una sola bala en la sien izquierda.

Después de haberlo hecho y durante un instante, Contrell se quedó mirando el cuerpo, sin darse cuenta de que el arma se había ido deslizando de sus dedos hasta caer al suelo. En su mente solo había un pensamiento que desplazaba a todos los demás: ¿Cómo podría explicarlo todo en la corte marcial?