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Te reconocería en cualquier parte - Edward D. Hoch


16 de noviembre de 1942

Desde lo alto de la duna no se podía ver nada en ninguna dirección... nada, excepto la imperturbable y siempre cambiante monotonía del desierto africano. Contrell se limpió la arena, mezclada con el sudor de su rostro, e hizo una seña a los otros para que avanzaran. El tanque, un enorme monstruo enfermo que solo deseaba que lo abandonaran para morir, se puso lentamente en movimiento, arrojando pulverizados chorros de arena por entre sus cadenas.

—¿Has visto algo? —preguntó Grove, acercándose a él por detrás.

—Nada. No hay alemanes, ni italianos, ni siquiera árabes.

Willy Grove se descolgó la carabina de su hombro.

—Deberían estar por aquí. Nuestros aviones de reconocimiento los han localizado siguiendo este camino.

—Con la vieja «Bertha» tal y como está —gruñó Contrell—, será mejor que no nos encontremos con ellos. Seis hombres y un viejo tanque armado contra el orgulloso Afrika Korps de Rommel.

—Pero recuerda que ellos se están retirando, y nosotros no. Quizá estén dispuestos a rendirse.

—Claro que pueden estarlo —asintió Contrell dudosamente.

Solo hacía un mes que conocía a Willy Grove —su nombre completo era Willoughby McSwing Grove, imposible de pronunciar—. Lo conocía desde que lo había encontrado poco antes de la invasión del norte de África. 

Su primera impresión fue que era un hombre como él, arrojado en sus primeros veinte años a una guerra imposible que amenazaba con envolverlos a todos en sangre y llamas. Pero, a medida que transcurrieron las semanas, fue surgiendo gradualmente un Willy Grove diferente; una persona que ahora estaba cerca de él, explorando con cuidado el vacío valle lleno de arena que se extendía ante ellos.

—¡Maldita sea! ¿Dónde estarán?

—Parece como si estuvieras listo para entablar batalla. ¡Demonios! Creo que si los veo venir echaré a correr en dirección contraria —Contrell cogió los restos de un arrugado y casi vacío paquete de cigarrillos—. Una duna arenosa, cerca de la frontera con Túnez, no es el lugar más adecuado para un par de cabos.

Grove se sentó en cuclillas, dejando la carabina ligeramente apoyada contra su rodilla.

—Estás en lo cierto... al menos sobre lo de ser cabos. Ya sabes lo que he estado pensando durante estas últimas semanas... Si regreso de una pieza a Estados Unidos, voy a ingresar en la academia militar para convertirme en oficial.

—Ya has encontrado un hogar.

—Ríete si quieres. Un tipo como yo puede hacer cosas mucho peores para vivir.

—Claro. Podrías robar bancos. ¿Qué demonios hacen los oficiales de un ejército cuando no hay ninguna guerra?

Willy Grove pensó un momento en aquella pregunta.

—No te preocupes. Va a haber una guerra en alguna parte durante un largo tiempo, quizá durante el resto de nuestras vidas.

—¿Crees tú que Hitler resistirá tanto?

—Hitler, Stalin, los japoneses. Siempre habrá alguien, no te preocupes.

Contrell dio otra chupada a su cigarrillo y de repente observó con toda su atención. Había algo que se movía sobre la cima de una de las dunas, algo...

—¡Mira!

Grove sacó sus prismáticos.

—¡Maldita sea! Está bien, son ellos. Todo el podrido ejército alemán.

Contrell arrojó su cigarrillo y se dejó caer por la duna para decírselo a los otros. El oficial al mando era un capitán que conducía el moribundo tanque como si fuera su tumba. Miró hacia el suelo mientras Contrell le informaba y después dio una orden tajante.

—Llevaremos a «Bertha» a lo alto de la duna y nos dejaremos ver. Pueden pensar que tenemos muchos más por aquí y largarse.

—A la orden, señor.

Y entonces, Contrell pensó que también podían enviarle al infierno.

Cuando el herido monstruo de acero estuvo situado en posición, el primero de los tres tanques alemanes ya estaba a tiro. Contrell observó cómo los grandes cañones se enfilaban uno al otro... dos gigantes inútiles, capaces únicamente de destruir. Se preguntó cómo sería el mundo si los cañones también tuvieran el poder de reconstruir. 

Pero tuvo poco tiempo para pensar en aquello o en cualquier otra cosa antes de que el cañón alemán rebufara con un destello de fuego, seguido, un instante después, por la sorda onda de sonido que los alcanzó. Una eclosión de arena y humo llenó el aire a su izquierda cuando el proyectil cayó cerca de su objetivo.

—¡A tierra! —gritó Grove—. ¡Nos han localizado!

La vieja «Bertha» devolvió el fuego, errando el tiro por muy poco contra el tanque más cercano. Pero el número y la potencia de fuego estaban en contra de ella. El segundo proyectil alemán explotó contra las cadenas de la izquierda, y el tercero dio contra la torreta. «Bertha» estaba prácticamente muerta. Alguien lanzó un grito... Contrell pensó que podía haber sido el capitán.

Grove estaba tendido sobre la arena a unos metros de distancia.

—Esos malditos trastos son como ataúdes de hierro —dijo, notando el olor de la carne quemada.

Contrell empezó a levantarse.

—¿Ha quedado alguien con vida?

—Nadie. ¡Échate a tierra! Vienen en esta dirección.

—¡Dios! —aquello fue como una oración en labios de Contrell—. ¿Qué hacemos?

—No te muevas. Ya saldremos de esto de algún modo.

Dos de los tanques enemigos permanecieron inmóviles en la distancia, mientras que el tercero empezó a acercarse. Sobre la parte de atrás había dos soldados alemanes, que saltaron a tierra echando a correr. Uno de ellos llevaba un rifle y el otro lo que parecía ser una pistola ametralladora. Contrell puso su cuerpo en tensión, en espera de los probables disparos, manteniendo su rostro casi enterrado en la arena.

El comandante del tanque alemán apareció en la torreta, gritando algo. El soldado que llevaba la pistola ametralladora se volvió... y de pronto Willy Grove se puso en pie. Su carabina traqueteó casi como una ametralladora, alcanzando al alemán por la espalda. Con su mano izquierda, lanzó una granada hacia el tanque y después se lanzó contra el segundo alemán antes de que este pudiera elevar su arma.

La granada explotó lo bastante cerca como para dejar fuera de combate al oficial y Contrell empezó a moverse. Corrió en zigzag hacia el vehículo alemán, sabiendo que Grove estaba justo detrás de él, corriendo.

—Los he alcanzado a los dos —gritó Willy—. ¡Quédate abajo!

Subió al vehículo, apartó al moribundo oficial de lo alto de la torreta y disparó una rociada de balas al interior del tanque. Después, hizo girar la ametralladora del calibre 50.

—¡Espera! —gritó Contrell—. ¡Se están rindiendo!

En efecto, se rendían. Las tripulaciones de los otros dos tanques estaban abandonando sus vehículos y empezaban a avanzar hacia ellos, a través de la arena, con los brazos en alto.

—Supongo que ya están hartos de guerra —dijo Grove, apuntando la ametralladora hacia ellos.

—¿No lo estamos todos?

Grove esperó hasta que los ocho hombres se encontraron a unos treinta metros de distancia. Entonces, su dedo apretó el gatillo y una repentina rociada de balas salpicó toda la zona. Los alemanes, totalmente sorprendidos, trataron de dar media vuelta y echar a correr, pero murieron así, de pie.

—Pero ¿qué demonios has hecho? —gritó Contrell, subiendo al tanque y colocándose junto a Grove—. ¡Se estaban rindiendo!

—Quizá sí; quizá no. Podían haber tenido granadas escondidas bajo los brazos o algo. No se pueden correr riesgos.

—¿Te has vuelto loco o algo así, Grove?

—Estoy vivo, y eso es lo que importa —Grove saltó del vehículo, cayendo a tierra de pie, con un movimiento fácil y seguro—. Daremos nuestra propia versión de la historia, muchacho, y terminaremos con medallas.

—¡Los has asesinado!

—Eso es lo que se hace en la guerra —dijo Grove tristemente—. Se los mata, y después se recogen las medallas.

 

 30 de noviembre de 1950

Corea era un país lleno de colinas y de sierras, con una tierra demasiado pobre para arar y en la que resultaba imposible combatir. El capitán Contrell la vio por primera vez con una mezcla de resignación y de desesperación, pensando únicamente en la facilidad con que toda su compañía podría ser eliminada sin tener la menor oportunidad de defenderse contra un ejército mucho más familiarizado con el terreno.

Ahora, mientras noviembre hacía que las fáciles victorias del otoño se convirtieran en las amargas derrotas del invierno, tuvo buenas razones para recordar aquellas primeras impresiones. Los chinos habían empezado a tomar parte en la lucha y a cada hora que pasaba llegaban nuevos informes de todo el valle de Chongchon, indicando que su número no solo se podía contar por miles, sino por cientos de miles. La palabra que estaba en la mente de todo el mundo, aunque nadie se atreviera a pronunciarla, era «retirada».

—Nos echarán al mar, capitán —le dijo a Contrell uno de sus sargentos.

—Ya está bien de hablar de eso. Reúna a los hombres por si tenemos que largarnos rápido. Compruebe la colina 314.

Las colinas eran tan numerosas y anónimas que habían tenido que numerarlas de acuerdo con su altura. Solo eran lugares para morir y, para los hombres que estaban ante sus armas, todas eran iguales.

Algunos tanques, cubiertos de barro helado, rodaban atravesando la neblina de la mañana, retirándose. Contrell se plantó ante el vehículo que iba en cabeza y le hizo señas para que se detuviera. Entonces vio que se trataba de cañones autopropulsados «Bofors» de 40 milímetros, un arma antiaérea que había sido utilizada con efectividad como apoyo a la infantería. Como consecuencia de la distancia y de la neblina, le habían parecido tanques y, en realidad, lo eran para todos los propósitos prácticos.

—¿Qué demonios ocurre, capitán? —le espetó una voz.

—¿Puede llevar a algunos hombres con usted?

El oficial saltó a tierra y Contrell observó algo en aquel movimiento que le recordó repentinamente una escena desértica, ocho años antes.

—¡Willy Grove! ¡Que me condenen si no eres tú!

Grove pestañeó con rapidez, pareciendo enfocar más nítidamente con sus ojos y, por la insignia de su cuello, Contrell se dio cuenta de que ahora era mayor.

—Bien, Contrell, ¿no es eso? Me alegro de volver a verte.

—Hace ya mucho tiempo; desde África, Willy.

—Mucho más frío aquí, ya lo sé. Pensé que habías abandonado el ejército después de la guerra.

—Lo abandoné durante tres semanas y no pude resistirlo. Supongo que esta vida militar se le mete a uno en el cuerpo al cabo de un tiempo. ¿Qué tal van las cosas por allá delante?

El rostro de Grove se ensombreció.

—Si fueran algo bien, ¿crees que estaríamos siguiendo este camino?

—¿Te retiras por el paso?

—Es el único camino que queda. He oído decir que los chinos también están a punto de cortarlo.

—¿Podemos retirarnos sobre sus vehículos?

Grove se rio entre dientes y dijo:

—Claro. Podéis coger las granadas y dejarlas aquí —se dio una palmada en la pistola del calibre 45 que llevaba al cinto, como si fuera su cartera, y añadió—: Subid a bordo.

Contrell dio una orden seca a su sargento y esperó hasta que la mayor parte de sus mermadas fuerzas encontraran hueco en los vehículos. Después, él mismo subió al «tanque» del mayor Grove. En la distancia de la mañana pudieron escuchar el loco sonar de las cornetas, lo que normalmente significaba otro avance chino.

—Están cerrando la trampa —dijo.

—Todo es como te lo dije una vez —dijo Grove, asintiendo—. La lucha nunca termina. Sin embargo, nunca supuse que tendríamos que luchar contra los chinos.

—¿No te gusta luchar contra los chinos?

—No hay ninguna diferencia —dijo el mayor, encogiéndose de hombros—. Los chinos mueren como cualquier otra persona. Incluso con más facilidad cuando están drogados con eso que suelen fumar.

La columna se introdujo en el paso, la única ruta que aún quedaba abierta hacia el sur. Pero casi inmediatamente se dieron cuenta de que las colinas y tramos boscosos que había a ambos lados de la carretera estaban llenos de enemigos que les esperaban. Contrell miró hacia atrás y vio cómo su sargento se doblaba y caía al suelo, con el cuerpo casi cortado por la ráfaga de una ametralladora camuflada. Ante ellos, la carretera aparecía cortada por un camión incendiado. Grove se puso de pie para ver mejor.

—¿Podemos rodearles? —preguntó Contrell, respirando con dificultad.

—Rodearles o pasar a través de ellos.

—Se trata de surcoreanos.

Los que aún estaban vivos y eran capaces de correr, salían a toda prisa del camión incendiado y echaban a correr hacia el vehículo de Grove.

—¡Fuera de aquí! —gritó Grove—. ¡Atrás!

Se inclinó hacia abajo y empujó a uno de los surcoreanos que trataba de encaramarse al vehículo, arrojándole sobre la polvorienta carretera. Cuando otro empezó a subir por el mismo sitio, Grove se sacó tranquilamente la pistola del calibre 45 y le metió una bala en la cabeza.

Contrell lo observó todo como si estuviera viendo una vieja película olvidada después de varios años. «Ya he estado antes aquí —pensó, recordando las mismas medallas que compartieron después del episodio de África del Norte—. Los hombres como Grove nunca cambiaban... al menos para mejorar».

—Eran surcoreanos, Willy —dijo tranquilamente, acercando su boca al oído del mayor.

—¿Y qué demonios me importa a mí eso? ¿Acaso se creen que dirijo un maldito servicio de autobuses?

No volvieron a hablar más del asunto hasta que se encontraron viajando hacia el sur, en medio del ejército norteamericano en retirada. Contrell se preguntaba dónde terminaría todo aquello, la retirada. ¿En el mar, en Tokio... o en California?

Se detuvieron a fumar un cigarrillo y Contrell dijo:

—No tenías por qué haber matado a aquel hombre, Willy.

—¿No? ¿Y qué es lo que se suponía que debía hacer? ¿Dejar que subieran ellos y que nos mataran a nosotros allí mismo? Adelante, informa si quieres. Conozco muy bien mi ley militar, y también conozco mi ley moral. Ocurre lo mismo que con el bote salvavidas cuando está abarrotado.

—Creo que lo que a ti te gusta es matar.

—¿Y a qué soldado no le gusta?

—A mí.

—¡Demonios! Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Por diversión o por juego?

—Creí que podría hacer algo para ayudar al mundo a mantenerse en paz.

—El único medio de mantener el mundo en paz es matando a todos los que causan problemas.

—¿Y aquel soldado causaba problemas?

—Para mí sí, aunque solo fuera en aquel momento.

—Pero tú disfrutaste haciéndolo. Casi podía verlo en tu rostro. Fue lo mismo que en el norte de África.

El mayor Grove se volvió, apartando el rostro.

—Conseguí una medalla por lo de África del Norte, compañero. Eso me ayudó a convertirme en un mayor.

—Sí, dan medallas por matar —asintió Contrell con tristeza—. Y creo que a veces no les interesa saber muchos detalles.

Alguien dio una orden y Grove arrojó el cigarrillo.

—Vamos, muchacho. No te preocupes por eso. Nos vamos.

Contrell asintió y le siguió. Y una vez, solo una vez, se volvió para mirar el camino por donde habían venido... 

 

 24 de agosto de 1961

Hacía solo tres horas que el mayor Contrell se encontraba en Berlín cuando escuchó mencionar el nombre de Willy Grove en una conversación mantenida en el club de oficiales. Quien hablaba era un capitán ligeramente borracho al que le gustaba aparentar que había estado defendiendo Berlín de los rusos desde que terminó la guerra.

—Grove —dijo, con un ligero tono de respeto en su voz—. Coronel Willoughby McSwing Grove. ¡Ese es su nombre! Dicen que se convertirá en general antes de que termine el año. ¡Si hubierais visto cómo se enfrentó a aquellos rusos la semana pasada! ¡Si lo hubierais visto!

—He oído decir que estaba en Berlín —le dijo Contrell sin mayor comentario—. Lo conozco de los viejos tiempos.

—¿Corea?

Contrell asintió y añadió:

—Y el norte de África, hace casi veinte años, cuando todos nosotros éramos un poco más jóvenes.

—No sabía que hubiera luchado en la Segunda Guerra Mundial.

—Eso fue antes de convertirnos en oficiales.

—Resulta difícil imaginarse al viejo Grove antes de que fuera oficial —dijo el capitán—. Debía haberle visto usted la semana pasada... Estaba allí, de pie, observando cómo construían aquel maldito muro y no tardó en dirigirse en línea recta hacia la línea divisoria. El oficial ruso también estaba allí y se quedaron de pie, uno frente al otro, a solo unos centímetros de distancia, mirándose, en espera de que uno u otro hiciera un falso movimiento. 

El ruso no tardó en volverse y se marchó ¡y que me condene si el viejo Grove no sacó su 45! Por un momento, todos nosotros pensamos que iba a cargarse a aquel comunista, y creo que todos habríamos estado de su parte si se hubiera decidido a hacerlo. 

Ya sabe usted, se pasa uno demasiado tiempo con todo este asunto... ese aumento y disminución de las tensiones... y al cabo de un tiempo solo se desea que surja alguien como el coronel Grove, capaz de apretar un gatillo o un botón y conseguir que todos nos dediquemos de una vez y para siempre al asunto que nos interesa.

—¿El asunto de matar?

—¿Qué otra cosa puede hacer un soldado?

Contrell dejó su copa sin contestar, y preguntó:

—¿Dónde está Grove? ¿Se ha casado ya?

—Si se ha casado, no existe el menor vestigio de esposa. Vive en el edificio del cuartel general, en la base aérea.

—Gracias —Contrell dejó sobre el mostrador un billete arrugado—. Yo pago las bebidas. Me entretuve mucho con su conversación.

Encontró al coronel Grove después de haberle buscado durante una hora. No estaba en su alojamiento, sino en su oficina, observando las calles principales del Berlín Oeste. Su pelo aparecía un poco más blanco y su actitud era un poco más enérgica, pero seguía siendo el mismo Willy Grove. Un hombre que ya estaba en la cuarentena. Un soldado.

—¡Contrell! ¡Bienvenido a Berlín! He oído decir que te habían destinado aquí.

Se estrecharon las manos como dos viejos amigos. Contrell dijo:

—Tengo entendido que has conseguido dominar bastante bien la situación.

—La tenía perfectamente dominada hasta que empezaron a construir ese maldito muro la pasada semana. Casi me cargué a un oficial ruso.

—Ya lo he oído comentar. ¿Por qué no lo hiciste?

El coronel Grove sonrió.

—Me conoces demasiado bien para mentirte, mayor. Hemos pasado juntos algunas cosas. Tú eres el que siempre ha dicho que tengo una cierta debilidad por matar.

—«Debilidad» no es la palabra exacta para definirlo.

—Bueno, da igual. En cualquier caso, eres probablemente el que mejor conoce mis sentimientos en estos momentos. En aquella situación, le podía haber matado. Pero me controlé. Se dice que me van a hacer general, muchacho. Así es que estos días tengo que mantener bien limpia la nariz. Nada de disputas.

—Y yo sigo siendo un mayor. Supongo que no sigo el camino correcto.

—Tú no tienes el instinto de matar, Contrell. Nunca lo tuviste.

El mayor Contrell encendió lentamente un cigarrillo.

—No creo que un soldado necesite tener instinto de matar en estos tiempos, Willy. Pero ya hemos estado discutiendo la misma cuestión desde hace casi veinte años, cada vez que nos hemos visto.

—Y, sin embargo, no la hemos discutido a fondo —dijo Willy Grove sonriendo—. Siento no tener en esta ocasión a nadie a quien matar para ti.

—¿Qué habrías hecho en la vida civil, Willy?

—No lo sé. Nunca he pensado mucho en eso.

—De haber vivido hace cien años, probablemente te habrías convertido en un pistolero en el Oeste. Hace cuarenta años habrías sido un contrabandista de Chicago, con una ametralladora. Ahora, solo te queda el ejército.

Grove sonrió duramente, pero no pareció asombrarse. Se levantó de detrás de la mesa y se dirigió hacia la ventana. Mirando hacia la abarrotada calle, dijo:

—Quizá estés en lo cierto. En realidad no lo sé. Lo único que sé es que he matado a cincuenta y dos hombres en toda mi vida, lo que resulta ser un buen promedio. A la mayor parte de ellos les miré directamente a los ojos antes de disparar. A otros pocos les alcancé por la espalda, como estuvo a punto de pasarle a ese ruso la semana pasada.

—Con eso podrías haber iniciado una guerra.

—Sí. Y algún día quizá lo haga. Si tuviera el poder para... —se detuvo, sin terminar de pronunciar la frase.

—Gracias a Dios, no todos son como tú —dijo Contrell.

—Pero tengo a bastantes de ellos a mi lado. Hay bastantes que saben que el ejército significa guerra, y que la guerra significa muerte. No puedes escapar a ese hecho; no importa lo duramente que lo intentes. No puedes escapar.

Miró al coronel de pelo blanco y recordó al capitán con quien había hablado aquella tarde en el bar. Quizá estaban en lo cierto. Quizá era él el único que estaba equivocado. ¿Acaso había desperdiciado toda su vida persiguiendo un sueño imposible de un ejército sin necesidad de guerra ni de matar?

—De todos modos, seguiré mi camino —dijo.

—Buena suerte, mayor.

Una semana más tarde Contrell oyó decir que un guardia ruso había sido muerto junto al muro durante un intercambio de disparos con la policía del Berlín Occidental. Según una versión de los hechos, un oficial norteamericano había disparado personalmente la bala fatal. Pero a Contrell le fue imposible comprobar la veracidad de este rumor.

 

 5 de abril de 1969

Era el Sábado Santo en Washington, una ciudad expectante bajo un cálido sol primaveral. Los pasillos del Pentágono estaban más vacíos que de costumbre para ser un sábado, y solo había cierta actividad en una oficina situada en el ala occidental del edificio. El general Willoughby McSwing Grove, recientemente nombrado presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, se encontraba en sus oficinas.

El coronel Contrell lo encontró inclinado sobre los cajones de una mesa, distribuyendo y colocando en los lugares adecuados el contenido de un abultado maletín. Levantó la mirada y quedó un tanto sorprendido al ver a su visitante.

—Bien... Contrell, ¿verdad? No te he visto desde hace bastantes años. ¿Coronel? Vas saliendo adelante.

—No tan rápido como tú, general.

Grove sonrió ligeramente, aceptando el comentario como una especie de cumplido.

—Ahora estoy en la cúspide. Un buen lugar para un hombre de mi edad. Tengo todo el pelo blanco, pero me siento muy bien. ¿Tengo el aspecto de siempre, coronel?

—Te reconocería en cualquier parte, general.

—Hay mucho que hacer, muchísimo. He esperado y trabajado durante toda mi vida para alcanzar este puesto, y ahora lo he conseguido. Nuestro nuevo presidente me ha prometido rienda suelta en cuanto se refiera al tratamiento de la situación internacional.

—Pensé que lo haría así —dijo Contrell tranquilamente—. ¿Tienes ya algún plan?

—He tenido planes durante toda mi vida —se dio la vuelta en su cómodo sillón giratorio y se quedó mirando por la ventana hacia la distante ciudad—. Les voy a demostrar para qué sirve un ejército.

El coronel Contrell carraspeó, aclarándose la garganta.

—¿Sabes una cosa, Willy? Me ha costado la mayor parte de mi vida, pero al final me has convencido de que a veces puede ser necesario matar.

—Bien, me alegro de que hayas venido para...

El general Grove empezó a volverse en el sillón y Contrell le disparó una sola bala en la sien izquierda.

Después de haberlo hecho y durante un instante, Contrell se quedó mirando el cuerpo, sin darse cuenta de que el arma se había ido deslizando de sus dedos hasta caer al suelo. En su mente solo había un pensamiento que desplazaba a todos los demás: ¿Cómo podría explicarlo todo en la corte marcial?

La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 4)

    Fue a la hora de las brujas, en lo más negro ya de la noche, cuando Ichabod, con su cresta de gallo orgulloso ahora caída, meditabundo y con mucho dolor en su amargado corazón, tomó el camino de vuelta por las laderas de los cerros desde los que se dominaba Tarry Town... 

    Aquellos lugares que de manera tan distinta había contemplado, y con el ánimo no menos distinto, pocas horas antes, cuando aún el día era hermoso. La noche, ahora, se mostraba tan triste como él; acaso, igual de dolorida. 

    Abajo y a lo lejos, el Tappan Zee, profundamente negro, albergaba una luz que en la lejanía se mostraba siniestra, la lámpara que se mecía en el mástil de una embarcación pequeña allí anclada, a merced del vaivén moroso de las aguas. Puede que fuese aquella pequeña embar­cación que había contemplado con deleite por la tarde, pero ahora le pareció totalmente distinta, incluso infame. 

    A las doce de la noche, en aquel aterrador silencio que todo lo presidía, oyó el maestro poco des­pués el ladrido largo y agudo, pero muy débil, como lastimero, de un perro guardián; lo sintió tan lejos que se dijo que ni los perros querrían ya acercarse a él. También le parecía sentir, de tarde en tarde, el canto de un gallo, pero lo tenía por un simple eco como escapado de sus sueños; o como llegado de una granja en la que nadie querría ya darle aloja­miento ni comida. 

Por donde pasaba nada vivo se veía, ni se percibía; acaso, únicamente, el canto monocorde y melancólico de los grillos, el croar impertinente de una rana de las ciénagas, quejumbrosa, como si no pudiera dormir bien en aquella tan propicia humedad o como si la hubiese despertado él mismo al pasar por allí con su caballo.

Todas las historias de aparecidos, de muertos y de fantasmas, que había oído contar aquella noche, comenzaron a agitarse entonces en su cabeza, cual si se le hubiera metido un torbellino en ella... La noche, encima, era cada vez más negra, según se adentraba en el bosque; las estrellas del cielo parecían haberse clavado en la bóveda celeste como sin brillo, ocultas a cada poco por algunas nubes que pasaban.

Jamás se había sentido el bueno de Ichabod ni tan solo ni tan desgra­ciado como aquella noche; llegaba ya a uno de esos puntos tenidos por malditos en todas las leyendas de la región, un lugar, al parecer, favorito de los espectros, cuando de pronto se topó con un árbol enorme, un tulipero que se alzaba por encima de todos los demás, como un mojón gigantesco animado por la savia; un mojón tan poderoso de ramas como otros árboles lo son de tronco... 

Aquellas ramas del tulipero ofrecían, en su retorcimientos, figuras tan fantásticas como incontables que tocaban el suelo para remontarse después hasta el aire; era el árbol, por cierto, en el que cayó cautivo de los seres de la noche, según la leyenda, el pobre y malogrado mayor André, que así, perdiendo allí la vida, le dio nombre, al punto de que todos en la región se referían a él como el árbol del mayor André. 

Las gentes del lugar, cuando lo mentaban, lo hacían con una mezcla de temor y de reverencia supersticiosa, y acto seguido se lamentaban de la suerte trágica del mayor, un héroe desventurado, como si con su evocación cariñosa quisieran espantarlo para que no se les apareciera entre lamentos y gritos desgarradores.

    Cuando más se iba aproximando Ichabod a tan terrorífico árbol, y para quitarse de encima el miedo, comenzó a silbar inopinadamente... Mas oyó entonces que era respondido con un silbido idéntico... Se dijo, empero, que no era más que una ráfaga de viento súbito que le llegó a través de las retorcidas ramas del tulipero... 
 
    No obstante, cuando ya estuvo prácticamente bajo el árbol, dejó de silbar y detuvo su cabalga­dura. Algo informe, de lo que sólo percibía un color blanco, pendía de una de las fuertes ramas; urgió de nuevo a su caballo, para acercarse, y comprobó entonces que no colgaba de rama alguna cualquier cosa, sino que el tronco mostraba una herida en su corteza, como si hubiera sido alcanzada por un rayo. 
 
    No tuvo apenas tiempo de respirar en paz, sin embargo, pues al punto escuchó un gemido largo y sentido... Se puso a temblar; apenas podía controlar ahora la mandíbula y sus piernas; así y todo, armándose de valor de nuevo, siguió un poco más allá, y otra vez aliviado comprobó que aquello no había sido más que el sonido hecho por dos ramas que se rozaban a merced de la brisa... Salió Ichabod de los dominios del árbol, pues, pero no había escapado con ello al peligro que se cernía sobre él.

A unas doscientas yardas del árbol cruzaba el camino un arroyuelo que se precipitaba hacia una zona de légamos conocida como el pantano de Wiley. Para cruzarlo, unos troncos hábilmente dispuestos ofrecían el paso propio de un puente, y del lado de la corriente del arroyuelo varios castaños y robles, por cuyos troncos trepaba la hierba, se cerraban como una bóveda sobre aquel paso tan improvisado como eficaz. 

Algo en su interior, entonces, le hizo sentir una cierta aprensión, como si unos pasos más allá no hubiese otra cosa que una gruta oscura y sin salida... Atravesar aquello, pues, le supondría la prueba más difícil de superar. 

Sabía bien el maestro, además, que fue entre aquellos árboles, robles y castaños, donde se escondieron los soldados que, más allá de la leyenda, tendieron la emboscada al mayor André; eso, y la leyenda en sí misma, hicieron que el puente fuera tenido por todos como un lugar maldito, que sólo debía cruzarse de noche y en compañía... Y él iba solo... Ahora comprendía bien el terror de sus alumnos cuando, con la oscuridad de los días de invierno, tenían que atravesarlo para regresar a sus casas una vez concluidas las lecciones.

Cuanto más se aproximaba su montura al riachuelo, más fuerte le latía en el pecho el corazón a Ichabod, como si le fuera a hacer saltar las costillas. Pero, respirando hondo, haciendo acopio de todo el valor y de toda la fuerza de voluntad que hubo de requerirse para no dar mar­cha atrás, fustigó violentamente a su caballo, le clavó los tacones de sus botas en los ijares, en la esperanza de que el penco saliese casi de estam­pida para cruzar aquello cuanto antes, pero el mal bicho que era aquel caballo, resabiado e indolente, no hizo más que un violento escorzo hacia su derecha, para que su jinete se golpeara de manera brutal con­tra un árbol... 

El maestro, ahora tan enfadado como preso del pánico, y que a cada segundo que pasaba en aquel lugar sentía aún más miedo, tiró de las riendas, sin embargo, hacia el lado contrario, para herir en los belfos al caballo con el bocado y obligarlo así a seguir el rumbo que quería... 

Más fue inútil; el penco se echó a galope, sí, pero no para cruzar lo que su jinete le indicaba, sino para tirarse de costado, violen­tamente, como si hubiera sido abatido por un disparo, contra unas zar­zas repletas de espinas que había a la izquierda del camino. 

Aún maltre­cho, se levantó Ichabod, volvió a montar y castigó con una dureza inimaginable al bruto, sacudiéndole con la fusta aún más fuerte que antes y clavándole los tacones de sus botas en los ijares con auténtica saña... El viejo Pólvora relinchó, se puso de manos y salió otra vez a galope... Mas justo cuando llegaba a la embocadura del puente se paró en seco, como las mulas... 

A punto estuvo de salir lanzado el maestro por encima de las orejas del penco, y si no lo hizo fue porque se agarró con fuerza al cuello de la bestia malvada... Iba a castigarlo de nuevo con otra ración de fustazos, pero entonces percibió unas pisadas en el agua... Al tétrico amparo ofrecido por la bóveda de los árboles apenas vio una sombra informe, erguida, alargada y ancha, quieta, como abri­gada en la oscuridad cual fiera dispuesta a lanzarse sobre el viajero que osara entrar en sus dominios. 

El vello del pobre pedagogo se erizaba a impulsos del terror que lo embargaba. ¿Qué podía hacer o decir? Era demasiado tarde para girar la grupa de su caballo y escapar por donde había venido; además, podía tratarse de un espectro, de un fantasma, de un espíritu, seres del aire capaces de atravesarlo incluso de cara al viento. 

Así que, haciendo aco­pio de los últimos rescoldos de valor y de cordura que ardían en su pecho y en su cabeza, y a despecho de su voz en un hilo, escuchó no sin sorpresa que de su boca salía una pregunta: «Quién eres?» Como la sombra no respondiera repitió la pregunta. Y tampoco obtuvo res­puesta. Así que no le quedó otra que atizar con la fusta de nuevo al mal­dito Pólvora, clavándole con saña los tacones una vez más, cantar con voz temblorosa y en un puro grito uno de sus salmos y galopar por donde había llegado... 

Mas justo entonces la sombra se interpuso en su camino, abandonando su anterior escondite, para cerrarle el paso. Ahora, a corta distancia, podía distinguir mejor la sombra, que adquiría forma: a pesar de la lobreguez de la noche vio a un jinete corpulento que montaba un altísimo y muy fuerte caballo negro. 

No parecía ni molesto ni amigable. Ichabod, no obstante, hizo que su caballo siguiera, al paso ahora, y cuando llegó a su altura el jinete se apartó, lo dejó pasar, y luego siguió junto al maestro, situando su caballo del lado por el que no veía su penco, que ahora parecía tranquilo y manso, manejable.

Concluyó Ichabod su salmo y se decidió entonces a mirar a su noc­turno compañero, a pesar del miedo, recordando de golpe aquella aven­tura de la apuesta que narrara Brom el Huesos... Eso fue lo que le hizo fustigar de nuevo a su penco, en la esperanza de dejar atrás al fantasma... Mas picó espuelas el jinete maldito para alcanzarlo de nuevo, sin mayor esfuerzo de su montura. 

Al maestro no se le ocurrió otra cosa que tirar atrás de las bridas, para hacer más lento el paso de su jamelgo. Pero el jinete hizo lo mismo. A Ichabod le latía entonces el corazón de manera que casi se le oía, más aún que el retumbar de los cascos de los caballos en el silencio de la noche. 

Se puso a cantar otro salmo, que ahora, empero, no le salió; tenía la boca seca por el pánico, la lengua se le pegaba al paladar y no le salían ni una nota, ni una palabra de la primera estrofa... Su compañero nocturno parecía obstinado en su silencio, algo que aún le resultaba más temible al maestro. Pronto, empero, sabría el porqué.

    Descendían ambos, emparejadas sus monturas, por la ladera de una leve colina, en la claridad que auspiciaba el fondo del firmamento y la ausencia en aquella zona de bosque, cuando se percató, aun mirándole de reojo, de que aquel ser era aún más corpulento de lo que ya de por sí le había parecido antes; y que no tenía cabeza, lo que hará comprender a cualquiera la clase de pánico que, sobre los ya padecidos, embargó ahora al pobre pedagogo... 
 
    Mucho más, ni habría que decirlo, cuando com­probó cómo el jinete apoyaba su propia cabeza, que llevaba hasta entonces bajo un brazo, en el arzón de la silla de su caballo. Mil escalofríos, como latigazos, sacudieron de arriba abajo el cuerpo de Ichabod, empa­vorecido. No pudo pensar nada, ni considerar por más tiempo su situa­ción; comenzó a pegar a su caballo con manos y pies... 
 
    Pólvora, al menos, obedeció esta vez, lanzándose a galope tendido... Pero fue en vano, porque de inmediato tuvo de nuevo a su altura al jinete sin cabeza; galopaban en una enloquecida carrera, sacando chispas de las piedras los cascos de sus caballos; inclinado sobre el cuello de su penco, Ichabod sentía que su traje flotaba en el aire, lo que le complacía pues le daba la sensación de que podría dejar atrás al fantasma... 
 
    Pero llegaron juntos hasta el cruce de caminos en el que se tomaba el que conducía hasta Sleepy Hollow; entonces, Pólvora, que parecía poseído por un demonio, cambió inopinadamente de rumbo, y en vez de girar a la dere­cha, como procedía, se tiró en su loca carrera por la cuesta de un sendero arenoso que llevaba desde los árboles al puente, ese otro puente famoso de las historias de aparecidos, el grande que lleva a la colina frondosa en la que se alzan la iglesia encalada que tiene a su vera el camposanto.

Hasta ese preciso momento, el pánico que también sentía el pobre penco parecía otorgarle cierta ventaja sobre el fantasma, aun cuando, desde luego, no fuera tan buen jinete como el decapitado... Pero cuando llevaba recorrida no más de la mitad del sendero, sintió que se le afloja­ban las cinchas de la silla de montar y algo así como si su penco se le escurriera entre las piernas. 

Trató de equilibrarse y de asir la silla de montar con las piernas, para que no se le fuera, pero nada; se salvó de una terrible caída, y del consiguiente batacazo, aferrándose con todas sus fuerzas al cuello y a las crines del penco, mientras su silla caía irreme­diablemente al suelo y era pisoteada, lo oyó perfectamente, por los cas­cos del caballo del fantasma que estaba a punto de darle alcance. 

Así y todo, pensó en la ira de Hans Van Ripper cuando le contara que había destrozado su silla de montar preferida, la que solía poner los domingos a su montura... Pero fue sólo un instante; lo que sufría ahora era insupe­rable; los enfados de Van Ripper resultaban una tontería comparado con aquello... 

Sentía cada vez más cercano al fantasma; Ichabod, que no era precisamente un jinete indio, iba peor que mal montando a pelo y a todo galope, y a punto estaba de caerse por un lado, cuando lograba rehacerse y a punto estaba de caer por el otro lado; además, golpeaban tan brutalmente sus nalgas contra los huesos del penco, que le parecía inminente el batacazo; al menos así, se decía, si se tronchaba el cuello acabaría de una vez por todas aquella pesadilla...

Un claro entre los árboles le hizo cobrar mayor confianza, sin embargo, y ansió embocar el puente que conducía a la iglesia cuanto antes, ya que era aquél el camino que había tomado inopinadamente su caballo. La luz de la luna, que caía trémula sobre las aguas, le hizo saber que no erraba en sus pronósticos. 

Vio casi acto seguido el encalado de la iglesia, que refulgía en la oscuridad a través de los árboles; recordar que allí, en el puente, se había esfumado el fantasma cuando compitió con­tra Brom el Huesos, le hizo sentir alivio. «Si llego en cabeza al puente estaré a salvo», pensó; y justo en ese momento oyó a sus espaldas el reso­plido del caballo del fantasma, un caballo igualmente fantasmagórico, que casi le quemaba; volvió a fustigar al viejo Pólvora y cruzó en cabeza el puente, levantando un estrépito de tablas bajo su galope. 

Ya del otro lado, no pudo evitar volverse con la esperanza de que, al igual que en el relato del fanfarrón, y cual parecía norma en los fantasmas, se hubiera hecho una llamarada de fuego su perseguidor, esfumándose de inme­diato... Pero lo que vio, empero, fue mucho más aterrador; se irguió el jinete en su montura sobre los estribos, tomó su cabeza con una mano y la lanzó con fuerza hacia Ichabod, que no pudo esquivar tan espantoso proyectil... La cabeza del fantasma se estrelló contra la suya con un sonido de piedras que se entrechocaran... Cayó a tierra; Pólvora, el jinete decapitado y su caballo negro pasaron por encima de aquel cuerpo yaciente como una simple brisa.

    A la mañana siguiente el malencarado Van Ripper encontró su viejo caballo a las puertas de su casa, sin montura, claro, y arrastrando la brida... El pobre penco, sabio a fin de cuentas, saciaba su hambre y tra­taba de olvidarse de la noche anterior arrancando a mordiscos puñados de hierba. 

    Ichabod, por el contrario, no hizo acto de presencia, a pesar de que era la hora del desayuno. Llegó la hora del almuerzo, y por muy raro que le pareciera al granjero, tampoco apareció. Sin él en la escuela, los alumnos pasaban el rato junto al riachuelo; nadie sabía nada acerca de su maestro... 

Comenzó a temer Van Ripper, ya avanzada la tarde, que algo malo le hubiera ocurrido; además albergaba aún la esperanza de que, con la aparición de Ichabod, lo hiciera también su silla de montar. Varias averiguaciones dieron pronto su fruto... Encontraron sus huellas, y a un lado del camino, aunque enterrada casi por completo en el suelo arenoso y un tanto destrozada, hallaron también la silla de montar del viejo holandés. 

Las huellas conducían hasta el puente; desde allí vieron flotar el sombrero del infortunado Ichabod en la parte donde las aguas eran más negras y profundas; no muy lejos, cerca de la orilla, vieron también una calabaza partida.

Pronto se organizó una partida para rastrear el curso del riachuelo, pero fue en vano; nadie albergó al final duda alguna sobre lo que más evidente era, esto es, que Ichabod no estaba por allí, ni vivo ni muerto. 

Luego, Hans Van Ripper, que se instituyó en una especie de albacea tes­tamentario del maestro, examinó sus pertenencias... Apenas nada; dos camisas y otra medio rota; un par de corbatas de lazo, dos pares, o acaso sólo uno, de medias, unos viejos pantalones de pana, una navaja mohosa, un libro de salmos con gran cantidad de marcas en cada página, un diapasón roto... 

Los libros y el mobiliario de la escuela, por otra parte, pertenecían a la comunidad, salvo la Historia de la brujería, de Cotton Mather, y un Almanaque de Nueva Inglaterra, además de un volumen que trataba de los oráculos y otro sobre los sueños... Entre las páginas del libro sobre los sueños había una hoja de papel llena de tachaduras y borrones de tinta, el resultado de un intento que hiciera el pobre maestro por dedicar unos sentidos versos a la joven heredera de los Van Tassel. 

Aquellos libros tan mágicos y el poema frustrado fueron a parar al fuego, de la mano del propio Van Ripper, quien decidió en el preciso instante de arrojarlos a las llamas, y después de haberles echado un vistazo somero, que sus hijos jamás volverían a pisar una escuela, harto convencido como lo estaba de que nada bueno podía obtenerse de la lectura ni de la escritura... Por lo demás, se dijo el granjero, parecía evidente que si Ichabod tenía ahorrado algún dinero, al margen del que había recibido un par de días atrás como paga por su trabajo, había desaparecido con él mismo.

El caso de la desaparición del maestro fue la comidilla de todos en la iglesia, el domingo siguiente. Grupos de chismosos, aquí y allá, en el jar­dín de la iglesia y hasta entre las tumbas del camposanto, hablaban lar­gamente de ello, especulando sobre mil posibilidades a cual más desca­bellada; después, como de paseo, y sin dejar de hablar del caso, cruzaron el puente y caminaron por la orilla, deteniéndose especialmente en los puntos donde se hallaron el sombrero del maestro y la calabaza partida. 

Las historias de Brouwer, de Brom el Huesos, y muchas otras más, die­ron mucho que pensar y opinar a todo el mundo... Así que, después de sopesar estas y aquellas posibilidades, mientras fumaban plácidamente sus pipas de aromático tabaco, los hombres de Sleepy Hollow concluye­ron que la única solución al enigma la ofrecía el hecho inequívoco de que el pobre maestro había sido raptado por el fantasma del jinete sin cabeza. 

Como Ichabod era soltero y no tenía deudas, la gente dejó de pensar en él y en su desaparición muy pronto, no tenían por qué estru­jarse por más tiempo la sesera... Se habilitó otra casa como escuela y pronto hubo en el pueblo un nuevo maestro.

    Es verdad, en cualquier caso, que un viejo granjero que ha estado recientemente en Nueva York, ahora que han transcurrido ya unos cuantos años desde que desapareció Ichabod Crane, añade nuevos ele­mentos de misterio a la historia, lo que sin duda encantará a todos en Sleepy Hollow, pues cuenta que Ichabod Crane sigue vivo. 
 
    Asegura que huyó del valle por miedo a una nueva aparición del fantasma y también por el dolor que le causó el rechazo de la hija de Van Tassel. Dice también que vive en un lugar muy apartado, donde poco después de su llegada siguió ejerciendo la docencia mientras estudiaba leyes, lo que le facultó para desempeñarse como abogado y entrar con éxito en política, apareciendo en los periódicos varias veces cuando se presentó en una candidatura... 
 
    Dice también este hombre que no hace mucho ha sido nombrado juez del Ten Pound Court. En lo que a Brom el Huesos respecta, sólo cabe decir que, poco después de la desaparición de quien fuera su rival en amores, condujo triunfante a la bella Katrina al altar... Y como no podía ser de otra manera, cada vez que Brom el Huesos oía decir algo sobre la calabaza partida que se halló en el río, un poco más allá de donde flotaba el sombrero del maestro, se moría de risa... 
 
    Eso hizo pensar a más de uno que a buen seguro sabía bastante más de lo que decía sobre la desaparición de Ichabod, pero no creo digna de ser tenida en cuenta tal opinión, pues según las viejas coma­dres de Sleepy Hollow, tan sabias ellas para emitir juicios sobre asuntos así de escabrosos, Ichabod fue apartado de este mundo por medios perfectamente sobrenaturales.

Como era de esperar, tan abracadabrante suceso se ha convertido ya en una de las historias favoritas de las gentes de la región, que lo narran en las noches de invierno al calor de la lumbre. El puente maldito, así las cosas, se ha convertido en uno de los lugares que más cuidadosamente evitan quienes en este valle moran, presos de un terror supersticioso a tan inocente lugar... 

Acaso tal sea la razón de que hace unos pocos años se decidiera desviar el camino que llevaba a la iglesia, y que hacía obliga­torio el paso por el puente, por la orilla de la presa del molino. 

La que fue escuela en donde impartió sus enseñanzas Ichabod Crane no es más que una casa en ruinas lamentables; quienes se atreven a pasar relativa­mente cerca de sus paredes desconchadas y húmedas de moho, lo hacen con bastante aprensión, despacio para no pisar fuerte, pues cuentan que allí vive, nada menos, el fantasma del pobre Ichabod. 

Los mozos que labran la tierra, por su parte, cuando regresan agotados a sus casas, tras una larga y dura jornada, sobre todo en el verano, cuando empieza a anochecer, aseguran que se oye en la lejanía la voz de quien fuera el maestro de Sleepy Hollow entonando uno de sus salmos tan melancóli­camente que se les parte el corazón de pena.

POST SCRIPTUM

Por. Mr. Knickerbocker, de su puño y letra

    La historia precedente va escrita, en su mayor parte, con las mismas palabras que escuché en una reunión celebrada en el Ayuntamiento de la antañona ciudad de Manhattoes, lleno aquel día de muchas y muy importantes gentes del lugar. 
 
    El narrador de la historia era un anciano venerable y de trato exquisito, todo un caballero a pesar de su raído traje que a primera vista hacía que se le tomara por un pordiosero.

Tenía aquel hombre un rostro en el que eran perceptibles, a la vez, la tristeza y una cierta jovialidad, lo que hacía pensar inevitablemente en que hacía muchos esfuerzos para desviar nuestra atención de sus trazas más que menesterosas.

En cuanto concluyó su narración, estallaron los presentes en risas, si no en carcajadas, sobre todo un par de concejales que allí había, hom­bres un tanto groseros, por lo demás, de esos que suelen dormir durante las sesiones del Ayuntamiento... No obstante, había también entre la concurrencia otro anciano, alto, seco, adusto, de pobladas cejas, que miraba a todos con bastante severidad, incluso con desprecio. 

Con las manos sobre la mesa unas veces, y cruzado de brazos otras, inclinaba a menudo la cabeza y parecía preocupado, como si una espantosa carga lo abrumase. Era uno de esos caballeros de edad, circunspectos y severos, que sólo ríen cuando de veras tienen motivos para hacerlo. O cuando la ley se les muestra favorable tras una dura querella.

Una vez cesaron las risas destempladas de los demás y se hizo de nuevo el silencio en la sala, apoyó un brazo en el reposabrazos del sillón, se puso el otro a la cadera, preguntó alzando las cejas elocuentemente, como en sorpresa burlona, cuál era la moraleja de aquella historia y qué se pretendía demostrar a través de la misma. 

Entonces, el narrador, que justo en ese preciso momento bebía un buen vaso de vino para refres­carse la garganta y los labios, secos por la vehemencia de que hizo gala al contar la historia, se quedó con el vaso a medio camino unos segundos, miró a quien lo interpelaba tan sarcásticamente, aunque con un aire, sin embargo, de bondad y hasta de gran deferencia e incluso aceptación de sus palabras, depositó después el vaso en la mesa, lentamente, mientras tomaba aire, y observó que la historia, atendiendo a la más inequívoca lógica de los propios hechos, no pretendía más que demostrar lo que a continuación se expone:

«Que no hay situación en la vida de la que no se pueda extraer ven­taja, e incluso obtener placer, siempre y cuando sepamos aprovecharnos de ella.

»Que, en lógica consecuencia, pues, quien se atreva a echar una carrera a un jinete muerto, tendrá muchas posibilidades de sufrir un accidente.

»Ergo, si un maestro de escuela pueblerina resulta rotundamente rechazado por una joven y hermosa holandesa a la que pretende, de inmediato obtendrá dicho maestro el beneficio de una buena carrera profesional en la abogacía y hasta en la política».

El caballero de las pobladas cejas frunció y alzó éstas una y otra vez, sorprendido por tan apabullante silogismo; mientras, el viejecito del traje raído le contemplaba, o eso me pareció, con un inmenso y no menor sarcástico aire de triunfo. 

El adusto caballero, al fin, no tuvo sino que reconocer que todo aquello estaba muy bien, que el argumento había sido bien defendido, aunque mostró una leve objeción: en cualquier caso, tal historia, para su gusto y para sus entendederas, resultaba un tanto extravagante, añadiendo que, encima, le habían quedado sin aclaración un par de puntos.

«Le aseguro, caballero, que ni yo mismo me creo la mitad de ese cuento», le respondió entonces el narrador.