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El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)

Una visita inesperada - Agatha Christie (Parte 1)

     1

    Era poco antes de las doce de una fría noche de noviembre. Volutas de neblina ensombrecían tramos de la oscura y estrecha carretera rural del sur de Gales, flanqueada de árboles, no muy le­jos del canal de Bristol, donde una sirena de nie­bla lanzaba un intermitente aullido melancólico. De vez en cuando se oía el distante ladrido de un perro o el triste ulular de un ave nocturna. 

    Las escasas casas que jalonaban el camino, poco más que un sendero, se encontraban distantes entre sí. En uno de los tramos más oscuros, donde el camino viraba al pasar por delante de una her­mosa casa de tres plantas con un amplio jardín, había un coche con las ruedas delanteras atascadas en la cuneta. Después de pisar el acelerador repetidas veces para sacar el automóvil de la zan­ja, el conductor debió de decidir que no valía la pena seguir intentándolo y el motor enmudeció.

Pasaron unos minutos antes de que el con­ductor bajara del vehículo. Era un hombre fornido, de cabello rubio rojizo, de unos treinta y cinco años de edad. Tenía la piel curtida y llevaba un traje de tweed grueso, un abrigo oscuro y sombrero. Valiéndose de una linterna, empezó a cruzar el jardín hacia la casa y se detuvo a medio camino para estudiar la elegante fachada del edi­ficio del siglo XVIII. 

Al llegar a las contraventa­nas, vio que el edificio estaba sumido en la oscu­ridad. Echó un vistazo al interior. Al no percibir ningún movimiento, dio unos golpes en el cristal. No hubo respuesta. Al cabo de unos instantes probó con el tirador y la contraventana se abrió. El hombre entró en una estancia sumida en la oscuridad.

Una vez dentro, permaneció inmóvil, a la es­cucha de sonidos o movimientos.

-¿Hola? -llamó-. ¿Hay alguien?

Alumbró la habitación con la linterna y com­probó que se trataba de un estudio bien amueblado con las paredes cubiertas de libros. En el cen­tro de la estancia vislumbró a un hombre atractivo, de mediana edad, sentado en una silla de ruedas frente a los ventanales, con una manta sobre el regazo. Daba la impresión de haberse quedado dormido.

-¡Ah, hola! -dijo el intruso-. No preten­día asustarle, lo siento. Es esta endiablada niebla. He acabado con el coche en la cuneta y no tengo la menor idea de dónde me encuentro. ¡Ah! Perdone, he dejado la puerta abierta. -Se volvió hacia la cristalera, la cerró y corrió las cortinas-. Supongo que me desvié de la carretera general en algún momento -explicó-, hace más de una hora que circulo por estos caminos llenos de curvas.

No hubo respuesta.

-¿Está dormido? -preguntó el intruso, e iluminó la cara del hombre con la linterna.

El hombre no abrió los ojos ni se movió. Cuando el intruso le tocó el hombro para des­pertarle, el cuerpo se derrumbó.

-¡Santo Dios! -exclamó el hombre de la linterna.

Permaneció un momento inmóvil, indeciso, sin saber qué hacer. Iluminó la habitación de nuevo y descubrió un interruptor de la luz junto a la puerta. Cruzó la estancia para encenderlo. Se iluminó la lámpara de un escritorio.

Dejó la linterna sobre la mesa y, sin apartar la vista de la silla de ruedas, la rodeó. Vio una se­gunda puerta con otro interruptor, lo encendió y se iluminaron dos lámparas en dos mesas situa­das de forma estratégica. Luego, se acercó hacia el hombre de la silla de ruedas, pero se sobresaltó al ver a una atractiva joven de unos treinta años, con un vestido de cóctel y chaqueta a juego, de pie junto a una estantería en un vano del estudio. Los brazos le colgaban inertes a ambos lados del cuerpo. No se movió ni habló. Parecía incluso como si intentara no respirar. Hubo un instante de silencio en el que se estudiaron mutuamente. Entonces, el hombre habló:

-¡Está... muerto! -exclamó.

Sin la menor expresión en el rostro, la mujer respondió:

-Sí.

-¿Lo sabía ya?

-Sí.

El hombre se aproximó al cadáver en la silla de ruedas.

-Le han disparado en la cabeza. ¿Quién...? -Enmudeció cuando la mujer reveló la mano derecha, hasta entonces oculta entre los pliegues de su vestido. Llevaba una pistola. El hombre contuvo el aliento. Cuando dedujo que no le estaba amenazando con el arma, se acercó y, con suavidad, le cogió la pistola. ¿Le ha disparado? -preguntó.

-Sí -respondió la mujer al cabo de unos segundos.

El hombre se alejó y depositó el arma sobre una mesa junto a la silla de ruedas, contempló el cadáver unos instantes y echó un vistazo alrede­dor.

-El teléfono está allí -dijo la mujer, seña­lando el escritorio con la cabeza.

-¿El teléfono? -repitió el hombre. Parecía sorprendido.

-Por si quiere llamar a la policía -repuso la mujer con el mismo tono distante.

El hombre la miró con desconcierto.

-Unos minutos más o menos no cambian nada -comentó-. De todos modos, no les será fácil llegar hasta aquí con esta niebla; antes qui­siera saber algo más... -Se interrumpió y observó el cadáver-: ¿Quién es?

-Mi marido -respondió ella-. Se llama Richard Warwick. Yo soy Laura Warwick.

-Vaya... ¿No será mejor que se siente?

Laura Warwick se dirigió con lentitud vaci­lante al extremo de un sofá.

El hombre preguntó:

-¿Puedo ofrecerle algo de beber..., algu­na otra cosa? Debe de haber sido un shock para usted.

-¿Disparar a mi marido? -repuso con tono irónico.

El hombre recuperó la compostura e intentó seguirle:

-Sí, supongo que sí. ¿O es que se trataba de un juego?

-Sí, era un juego -respondió ella imperté­rrita. El hombre frunció el entrecejo con expre­sión perpleja-. De todos modos, aceptaré esa bebida.

El hombre sirvió un coñac de la licorera si­tuada en la mesa, junto a la silla de ruedas. Se lo ofreció a la mujer, que bebió. Pasados unos mi­nutos preguntó:

-Bien, ¿qué le parece si me lo cuenta todo?

Laura Warwick lo miró.

-¿No sería mejor que llamara a la policía?

-Cada cosa a su tiempo. No pasa nada si te­nemos una pequeña charla antes, ¿verdad? -Se sacó los guantes, los metió en el bolsillo de la chaqueta y empezó a desabrocharse el abrigo.

Laura Warwick empezó a perder la compos­tura:

-Yo no... ¿Quién es usted?... ¿Por qué ha venido aquí esta noche? ¡Por el amor de Dios! ¡Dígame quién es usted!

 

2

-Muy bien -respondió el hombre. Se mesó los cabellos y contempló la habitación como si se preguntara por dónde o cómo empe­zar-. Me llamo Michael Starkwedder, desde luego un apellido inusual. Soy ingeniero, trabajo para la compañía Anglo-Iranian y acabo de re­gresar del golfo Pérsico. -Hizo una pausa como si estuviera recordando Oriente Medio o, quizá, intentando decidir hasta qué punto era necesario entrar en detalles. Se encogió de hom­bros-. Hace unos días que estoy aquí en Gales, visitando viejos lugares. La familia de mi madre era de esta parte del mundo y me estaba plan­teando la posibilidad de comprarme una casita.

Sacudió la cabeza y sonrió.

-Llevaba dos horas dando vueltas por estos enrevesados caminos del sur de Gales cuando el coche se atascó en una cuneta. A mi alrededor no había más que una niebla espesa, pero caminé a tientas hasta la casa con la esperanza de encontrar un teléfono o incluso, con suerte, cobijo para esta noche. La puerta de la ventana no esta­ba cerrada, así que entré y de repente me encon­tré con... -Hizo un gesto hacia el cadáver en la silla de ruedas.

Laura Warwick le miró con ojos inexpresivos.

-Llamó a la puerta varias veces -murmuró.

-Sí, pero no contestó nadie.

Laura contuvo el aliento.

-No, no respondí -susurró.

Él la miró, como si intentara formarse una opinión sobre ella. Dio un paso hacia el cadáver y después se volvió hacia la mujer.

-Como iba diciendo, la contraventana no estaba cerrada, así que entré.

Laura bajó la mirada hacia la copa de coñac. Habló como si citara un texto:

-La puerta se abre, y entra una visita ines­perada. -Tembló ligeramente-. De niña siem­pre me había asustado ese dicho, «una visita ines­perada». -Echó la cabeza hacia atrás, miró a su huésped inesperado y de pronto exclamó-: ¿Por qué no llama a la policía y acabamos con esto de una vez?

Starkwedder se acercó al cadáver.

-Todavía no -respondió-. Dentro de un momento, quizá. ¿No me quiere decir por qué le disparó?

La voz de Laura volvió a adoptar un tono irónico al responder:

-Podría darle muy buenas razones para ello: en primer lugar, bebía en exceso. Por otro lado, era muy cruel, insoportablemente cruel. Le odiaba desde hace años. -Al ver que Starkwed­der la miraba con severidad, dijo-: ¿Qué espe­raba que le dijera?

-¿Hacía años que le odiaba? -murmuró él. Se acercó al cadáver con lentitud-. Pero algo es­pecial sucedió esta noche, ¿verdad?

-Tiene razón. Sí, algo muy especial sucedió esta noche, así que cogí la pistola y..., y le dispa­ré. Tan simple como eso. -Lanzó una mirada a Starkwedder antes de continuar-. Pero ¿de qué sirve hablar de ello? Al fin y al cabo, lo único que podrá hacer es llamar a la policía, no tengo esca­patoria.

Starkwedder la contempló.

-No es tan fácil como usted cree -observó.

-¿Por qué no?

El se acercó a ella mientras le hablaba de for­ma pausada:

-No es tan fácil hacer lo que usted me está instando a hacer. Es una mujer, una mujer muy atractiva.

Laura le miró fijamente.

-¿Supone eso alguna diferencia? -pre­guntó.

El respondió con ligereza:

-En teoría no, pero en la práctica sí. -Se quitó el abrigo, lo depositó sobre el sillón y se situó de nuevo frente al cuerpo de Richard War­wick.

-¡Ah! Así que estamos hablando de caba­llerosidad -comentó Laura con indiferencia.

-Llámelo curiosidad, si prefiere. Quisiera saber qué ha sucedido aquí.

Laura guardó silencio un instante antes de responder:

-Ya se lo he dicho.

Starkwedder comenzó a caminar alrededor de la silla de ruedas sin apartar la vista del cadá­ver. Parecía fascinado.

-Me ha contado los hechos desnudos, tal vez -admitió-. Pero nada más que eso.

-También le he proporcionado un móvil -repuso Laura-. No hay nada más que contar. De todos modos, ¿por qué tendría que creer en mis palabras? Podría inventar lo que me diera la gana. Sólo tiene mi palabra de que Richard era un hombre cruel que bebía y me hacía la vida im­posible. Y de que le odiaba.

-Sin duda puedo aceptar esta última afir­mación sin más -respondió Starkwedder sin dejar de estudiar el cuerpo-. Después de todo, hay bastantes indicios que dan prueba de ello. -Se volvió a acercar al sofá y miró a Laura-: Pero aún así, ¿no cree que es una solución un poco drástica? Dice que le odiaba desde hace años. ¿Por qué no le dejó? Seguro que hubiera sido más sencillo.

Laura titubeó al responder:

-No... no tengo dinero propio.

-Mi querida señora, si hubiera podido probar que era un hombre cruel, adicto a la bebida y todo lo demás, podría haberse divorciado (o separado) de él y haber obtenido una pensión, o como sea que se llame.

Laura, sin saber qué decir, se levantó y, dán­dole la espalda, se acercó a la mesa para dejar el vaso.

-¿Tiene hijos? -inquirió Starkwedder.

-No, gracias a Dios -contestó. -Entonces, ¿por qué no le dejó?

Confusa, Laura se volvió hacia su interlo­cutor.

-Bueno... ahora heredaré todo el dinero.

-Se equivoca. No van a permitir que se aproveche del resultado de un crimen. ¿O acaso pensaba que...? -Titubeó-. ¿Qué es lo que pensaba?

-No sé qué quiere decir.

Starkwedder se sentó en el sillón.

-Usted no es una mujer estúpida -comen­tó-. Incluso si heredara todo el dinero de su marido, no le serviría de mucho si se pasa el resto de su vida entre rejas. -Se acomodó en el sillón y agregó-: Supongamos que yo no hubiera venido esta noche. ¿Qué hubiera hecho?

-¿Acaso importa?

-Quizá no, pero me interesa. ¿Cuál hubiese sido su versión de los hechos si yo no hubiera llegado y le hubiera pillado con las manos en la masa? ¿Hubiera alegado que había sido un acci­dente? ¿Un suicidio?

-No lo sé. -Laura parecía desesperada; cruzó la estancia en dirección al sofá y se sentó sin mirar a Starkwedder-. No tengo ni idea. Lo cierto es que... que no he tenido tiempo de pen­sarlo.

-No, quizá no... pero no creo que se tratara de un acto premeditado, sino que actuó por im­pulso. -Se levantó del sillón y se acercó a la pared-. De hecho, creo que se debió a algo que dijo su marido. ¿Qué fue?

-No importa -respondió Laura.

-¿Qué dijo? ¿Qué fue lo que dijo?

Laura le miró sin pestañear.

-Eso es algo que no revelaré jamás a nadie. Starkwedder regresó al sofá y se colocó de­trás de ella.

-Se lo preguntarán en el juicio -dijo.

-No contestaré. No pueden obligarme. -Pero su abogado tendrá que saberlo -replicó él-. Quizá eso suponga una gran diferencia para usted.

Laura se volvió hacia él.

-¿Es que no lo entiende? No tengo ninguna esperanza, estoy preparada para lo peor.

-¿Por qué? ¿Sólo porque entré por esa ven­tana? Si no lo hubiera hecho...

-¡Pero lo hizo!

-Sí, lo hice, y por ello usted va a cargar con el muerto. ¿Es eso lo que piensa?

Laura no respondió. El se acercó a un extre­mo del sofá y sacó un paquete de cigarrillos.

-Tenga -dijo mientras le ofrecía un ciga­rrillo y cogía otro para sí-. Bien, ahora vamos a retroceder un poco en el tiempo. Hacía años que usted odiaba a su marido, y esta noche dijo algo que colmó su paciencia, así que cogió la pistola... -Se detuvo en seco, se incorporó y se dirigió a la mesa que se encontraba junto a la silla de rue­das y contempló la pistola-. Por cierto, ¿qué hacía aquí sentado con una pistola al lado? No es algo muy normal.

-Ah, eso. Es que solía disparar a los gatos. Starkwedder la miró con expresión de sorpresa.

-¿A los gatos?

-Bien, supongo que tendré que contarle al­gunas cosas -repuso Laura con resignación.

 

3

Starkwedder la miró confundido.

-¿Y bien? -la instó.

Laura respiró hondo y, con la mirada al fren­te, comenzó a hablar:

-A Richard le gustaba la caza mayor, así es como nos conocimos, en Kenia. Por entonces era diferente, o quizá es que mostraba sus virtu­des y no sus defectos. Tenía buenas cualidades, ¿sabe?, era generoso y valiente. Muy valiente; resultaba muy atractivo para las mujeres.

Alzó la vista, como si viese a Starkwedder por primera vez, y él, devolviéndole la mirada, le encendió el cigarrillo y luego se encendió el suyo.

-Prosiga -pidió.

-Nos casamos poco después de conocernos -continuó ella-, pero dos años más tarde sufrió un accidente terrible: le atacó un león. Tuvo suerte de salir con vida, pero desde entonces fue un semiinválido, no podía caminar bien. -Se in­clinó hacia atrás, tenía aspecto más relajado.

Starkwedder se sentó en un escabel delante de ella.

Laura dio una calada al cigarrillo y luego exhaló el humo.

-Dicen que las desgracias mejoran el carác­ter, pero no fue así en el caso de Richard. En lu­gar de ello, se acentuaron todos sus defectos: el rencor, una vena sádica, la bebida... Hacía la vida imposible a todos los habitantes de la casa, pero se lo permitíamos porque, ya sabe, todos decían «pobre Richard, es tan triste ser un inválido». No deberíamos haberlo aguantado, por supues­to, ahora soy consciente de ello. Lo único que conseguimos con eso fue animarle a pensar que podía hacer lo que quisiera.

Laura se incorporó y se acercó a la mesa jun­to al sofá para tirar la ceniza en el cenicero.

-Lo que más le gustaba era la caza. Desde que nos mudamos a esta casa, se sentaba aquí cada noche cuando todos dormían y Angell, su mayordomo y factótum, supongo que podría­mos llamarle así, le traía el coñac y una de sus pistolas. Después, ordenaba abrir los ventanales y se sentaba aquí, al acecho del brillo de los ojos de un gato, de un conejo o incluso de un perro. Claro que últimamente no había muchos cone­jos, con la epidemia esa... ¿cómo se llama?, mixi­matosis, o algo así. Pero sí mataba bastantes ga­tos. -Dio otra calada al cigarrillo-. También les disparaba durante el día... y a los pájaros.

-¿No se quejaban los vecinos?

-Por supuesto -replicó Laura mientras se sentaba de nuevo en el sofá-. Sólo hace un par de años que estamos aquí. Antes vivíamos en Norfolk, donde entre las víctimas de Richard hubo dos o tres animales domésticos y recibi­mos muchas quejas. Por eso nos mudamos aquí, porque es una casa aislada y sólo tenemos un ve­cino en varios kilómetros a la redonda. Por otro lado, abundan las ardillas, los pájaros y los gatos abandonados.

Hizo una pausa y luego prosiguió:

-En realidad, el problema en Norfolk se debió a una mujer que vino un día a casa a reco­lectar dinero para la fiesta del pueblo. Cuando se marchó calle abajo, Richard comenzó a disparar a diestro y siniestro y, según nos explicó después entre carcajadas, la mujer «se asustó como un cervatillo». Dijo que el trasero le temblaba como una gelatina. La mujer acudió a la policía y se produjo un revuelo.

-Ya lo imagino -replicó Starkwedder lacónico.

-No obstante, Richard salió airoso. Tenía el permiso en regla de todas sus armas, como era de esperar, y además aseguró a la policía que sólo las utilizaba para cazar conejos. Justificó las que­jas de la señorita Butterfield aduciendo que era una solterona que se imaginaba cosas, juró que jamás se le hubiera ocurrido dispararle. Richard era una persona muy convincente, y no tuvo problema en conseguir que la policía le creyera.

Starkwedder se levantó del escabel y se acer­có al cadáver.

-Al parecer, su marido poseía un sentido del humor bastante perverso -comentó con acritud mientras echaba un vistazo a la mesa jun­to a la silla de ruedas-. Así pues, tener una pis­tola a su lado era su rutina nocturna; pero no es posible que esperara cazar algo esta noche, no con esta niebla.

-Siempre pedía que le pusieran una pistola allí -comentó Laura-. Todas las noches, era como un niño con su juguete. A veces disparaba a la pared y hacía dibujos. Allí, fíjese -dijo señalando los ventanales-. A la izquierda, detrás de la cortina.

Starkwedder levantó la cortina de la izquier­da y vio un dibujo de agujeros de bala en el marco.

-Dios santo, marcó sus iniciales «R.W.» en la pared con agujeros de bala. Increíble. -Dejó caer la cortina y regresó junto a Laura-. Debo admitir que tenía muy buena puntería. Debía de ser terrible vivir con él.

-Lo era-repuso Laura-. Pero ¿es necesa­rio que continuemos hablando de todo esto? No hacemos más que postergar lo inevitable. Tiene que llamar a la policía, no hay otra opción. ¿No ve que sería más clemente por su parte hacerlo de una vez? ¿O es que quiere que lo haga yo? ¿Es eso? Pues bien, lo haré.

Se acercó al teléfono, pero Starkwedder le sujetó la mano en el momento en que levantaba el auricular.

-Primero tenemos que hablar -le dijo.

-Ya hemos hablado. De todos modos, no hay nada de que hablar.

-Sí que lo hay. Quizá sea estúpido por mi parte, pero tenemos que encontrar una salida.

-¿Una salida? ¿Para mí? -repuso Laura incrédula.

-Sí, para usted. -Él se alejó unos pasos y luego se volvió hacia ella-. ¿Es usted valiente? ¿Sería capaz de mentir si fuera necesario? ¿Men­tir de forma convincente?

Laura le miró.

-Está loco -dijo.

-Probablemente -convino él.

Ella sacudió la cabeza, perpleja.

-No sabe lo que está haciendo -dijo.

-Sé muy bien lo que estoy haciendo -re­plicó Starkwedder-. Me estoy convirtiendo en su cómplice.

-Pero ¿por qué? ¿Por qué?

Starkwedder la observó un instante antes de responder.

-Sí, ¿por qué? -repitió-. Por una razón muy simple, supongo. Es usted una mujer muy atractiva y me horroriza la idea de que pase los mejores años de su vida entre rejas. Es tan duro como estar colgado de una soga y no morir. Además, la situación no parece muy prometedo­ra para usted. Su marido era un inválido, por lo que cualquier alegato de provocación por su parte se basaría sólo en su palabra, y, como no parece muy dispuesta a darla, no creo que un ju­rado la absuelva.

Laura le miró.

-Usted no me conoce -dijo-. Quizá sea mentira todo lo que le he dicho.

-Quizá -concedió él con tono alegre-. Y quizá yo sea un idiota, pero le creo.

Laura se sentó en el escabel, de espaldas a él. Ninguno de los dos habló durante unos minu­tos. Después, se volvió hacia él; sus ojos brilla­ban con renovada esperanza. Le miró inquisitiva y asintió levemente.

-Sí -dijo-. Puedo mentir si es necesario.

-Bien. Ahora dígame -se acercó a la mesa junto a la silla de ruedas y echó la ceniza en el ce­nicero-, ¿quién hay en esta casa? ¿Quién vive aquí?

-Está la madre de Richard. Y está Benny... la señorita Bennett, una mezcla de ama de llaves y secretaria. Una ex enfermera. Hace años que está con nosotros y siente devoción por Richard. Después está Angell, ya lo he mencionado antes, creo. Podríamos decir que es el enfermero y el mayordomo. Suele cuidar de Richard.

Starkwedder se sentó sobre un brazo del sofá.

-¿Vive algún sirviente en la casa?

-No, ninguno se queda a dormir, todos vie­nen durante el día. Y También esta Jan, claro.

-¿Jan? ¿Quién es Jan?

Laura le miró con recelo antes de responder. Después, con cierta reticencia, explicó:

-Es el medio hermano pequeño de Richard. Él... él vive con nosotros.

Starkwedder se acercó al escabel donde esta­ba Laura.

-Cuéntemelo todo -insistió-. ¿Qué es lo que no quiere decirme de Jan?

Laura titubeó un momento.

-Jan es un encanto -dijo-, es muy cari­ñoso, pero no es como las demás personas. Es... es lo que llaman un retrasado.

-Entiendo -murmuró Starkwedder com­prensivo-. Pero usted le aprecia mucho, ¿no es así?

-Sí -admitió Laura-. Le aprecio mucho, ésa es la verdadera razón por la que no podía abandonar a Richard. Por Jan. Si Richard se hu­biera salido con la suya, hubiera enviado a Jan a un manicomio.

Starkwedder dio una vuelta alrededor de la silla de ruedas, mientras observaba pensativo el cuerpo de Richard Warwick.

-Ya veo -murmuró-. ¿Con eso la amenazaba? ¿Que si le dejaba enviaría al chico a un manicomio?

-Sí -respondió ella-. Si yo hubiera creído que podía ganar lo suficiente para mantener a Jan v a mí misma... pero no sabía cómo. Además, claro está, Richard era el tutor legal de Jan.

-¿Era Richard amable con él? -preguntó Starkwedder.

-A veces -respondió.

-¿Y las otras veces?

-A menudo le decía que iba a mandarlo fuera. Le decía: «Serán muy amables contigo, te cuidarán bien. Además, estoy seguro de que Laura te visitará una o dos veces al año.» Jan se ponía muy nervioso y empezaba a tartamudear, rogándole que no lo hiciera. Al final, Richard se echaba atrás en la silla y reía a carcajadas.

-Comprendo -comentó Starkwedder mientras observaba a la mujer. Tras una pausa, repitió pensativo-: Comprendo.

Laura se incorporó y se acercó a la mesa que estaba junto al sillón para apagar el cigarrillo.

-No tiene por qué creerme -exclamó-. No tiene por qué creer ni una palabra de lo que le digo, quizá me lo esté inventando todo.

-Ya le he dicho que correría ese riesgo -re­plicó Starkwedder mientras se sentaba de nuevo en el brazo del sofá-. Bien, ¿y qué clase de mu­jer es Benny? ¿Es astuta? ¿Lista?

-Es muy eficiente y competente. Starkwedder chasqueó los dedos.

-Explíqueme una cosa -dijo-. ¿Cómo es posible que nadie en la casa haya oído el dis­paro?

-Bueno, la madre de Richard es bastante mayor y está algo sorda. La habitación de Benny se encuentra en el otro lado de la casa, y el dor­mitorio de Angell está bastante alejado, separado por una puerta de doble paño. Jan duerme en el dormitorio, encima de esta habitación, pero siempre se acuesta temprano y tiene un sueño muy profundo.

-Todo muy conveniente -comentó Stark­wedder.

-¿Qué sugiere? ¿Que hagamos que parezca un suicidio?

Starkwedder volvió a contemplar el cadáver.

-No -respondió sacudiendo la cabeza-. Me temo que no hay posibilidad de que parezca un suicidio. -Se acercó a la silla de ruedas y es­tudió a Richard Warwick antes de preguntar-: Supongo que era diestro, ¿no?

-Sí.

-Me lo temía. En ese caso, no pudo haberse disparado a sí mismo desde este ángulo -dijo, mientras señalaba la sien izquierda de Warwick-. Además, no hay rastros de quemadura. -Perma­neció pensativo unos segundos y agregó-: No, la pistola tuvo que ser disparada desde cierta distan­cia. El suicidio queda descartado. -Calló de nuevo antes de continuar-. Pero existe la posibilidad del accidente, claro.

Tras un silencio, Starkwedder comenzó a ex­plicar lo que tenía en mente:

-Digamos, por ejemplo, que yo llegué esta noche, tal como ocurrió en realidad, y que trope­cé y entré de golpe por la contraventana. -Se acercó a los ventanales y fingió entrar de un tro­piezo-. Richard pensó que era un ladrón y me disparó a ciegas. Por lo que me ha explicado de sus costumbres, sería algo muy plausible. Entonces yo me acerqué a él -se dirigió deprisa al cuerpo inerte en la silla de ruedas- y le quité la pistola.

Laura le interrumpió.

-Y el arma se disparó durante el forcejeo, ¿no es eso?

-Sí-convino él, pero se corrigió-: No, eso no sirve. Como ya he dicho, la policía se dará cuenta enseguida de que el arma no fue disparada desde tan cerca. -Se detuvo a pensar y luego continuó-: Digamos que le quité el arma... -Sa­cudió la cabeza y dejó caer los brazos en un gesto de frustración-. No, eso no sirve. Si ya le había quitado el arma, ¿por qué tenía que matarle? No es fácil -suspiró-. Bueno, vamos a considerarlo un asesinato, un simple y llano asesinato. Pero tiene que ser un asesinato cometido por una per­sona o personas desconocidas. -Se acercó a la ventana, apartó la cortina y miró hacia afuera como si buscara inspiración.

-¿Un ladrón, quizá? -sugirió Laura. Starkwedder permaneció pensativo un ins­tante y dijo:

-Bueno, supongo que podría ser un ladrón, pero es un poco artificial. -Vaciló, calló y luego añadió-: ¿Qué tal si fuera un enemigo? Suena un poco melodramático, pero, por lo que me ha contado, su marido parece el tipo de persona que tiene enemigos. ¿Me equivoco?

-Supongo que no -respondió Laura con cautela-. Supongo que Richard tenía enemigos, pero...

-Ahora no importan los peros -la inte­rrumpió Starkwedder, mientras apagaba el ciga­rrillo en el cenicero de la mesa junto a la silla de ruedas y se acercaba al sofá-. Cuénteme todo sobre los enemigos de Richard. El número uno sería, supongo, la señorita del trasero de gelati­na, la mujer a la que disparó. Aunque, de todos modos, no es probable que sea una asesina; segu­ro que sigue viviendo en Norfolk, así que es difí­cil pensar que viniese a Gales para acabar con Ri­chard. -Se sentó en un extremo del sofá-. ¿Quién podría tener algo contra él?

Laura parecía dubitativa. Comenzó a cami­nar y a desabrocharse la chaqueta.

-Bueno -dijo-, había un jardinero, hace cosa de un año... Richard le despidió y se negó a darle una recomendación. El hombre no se lo tomó muy bien y le amenazó.

-¿Quién era? ¿Un hombre de la zona? -preguntó Starkwedder.

-Sí. Era de Llanfechan, a unos seis kilóme­tros de aquí. -Una vez desabrochada la chaque­ta, se la quitó y la depositó sobre el brazo del sofá.

Starkwedder frunció el entrecejo.

-No me convence el jardinero -dijo-. Apuesto a que tiene una buena coartada; que estaba en casa y, si no la tiene, o si sólo puede co­rroborarla su mujer, quizá el pobre hombre acabe en prisión por un crimen que no ha cometido. No, no nos sirve. Lo que necesitamos es un enemigo del pasado, alguien que no resulte fácil de rastrear.

Laura se paseaba alrededor del sofá intentado pensar mientras Starkwedder hablaba.

-¿Y alguien que conociera Richard en sus tiempos de cazador de tigres y leones? ¿Alguna persona de Kenia, de Sudáfrica o de la India? De algún lugar que la policía no pueda investigar con facilidad.

-Si pudiera pensar en alguien... -respon­dió Laura con desesperación-. Si pudiera re­cordar alguna de esas historias que me contaba Richard...

-Tampoco disponemos de ninguna prueba a mano -masculló Starkwedder-. Ya sabe, un turbante sij, un cuchillo Mao Mao o una flecha envenenada. -Starkwedder se llevó las manos ala frente, intentando concentrarse-. ¡Maldita sea! Lo que queremos es una persona con un motivo, alguien al que Richard humillara. -Se acercó a Laura y le instó-: ¡Piense! ¡Vamos! ¡Piense!

-No... no puedo pensar -respondió ella con voz quebrada por la frustración.

-Me ha explicado qué tipo de hombre era su marido, seguro que hubo algún incidente, al­guna persona... ¡Dios santo! Tiene que haber alguien.

Laura caminaba por la estancia desesperada tratando de pensar en algo.

-Alguien que le amenazara, que le amenazara con razón -la animó Starkwedder. Laura se volvió hacia él.

-Sí, hubo alguien, acabo de acordarme.... Un hombre. Richard atropelló a su hijo.

 

4

Starkwedder miró a Laura.

-¿Richard atropelló a un niño? -preguntó exaltado-. ¿Cuándo ocurrió?

-Hace unos dos años, cuando vivíamos en Norfolk. El padre de la criatura le amenazó va­rias veces.

El se sentó en el escabel.

-Bien, ésa podría ser una posibilidad. Ex­plíqueme todo lo que recuerde sobre el caso.

Laura caviló unos instantes antes de hablar.

-Richard regresaba a su casa desde Cromer -dijo-. Había bebido mucho, cosa habitual en él. Atravesó un pequeño pueblo a cien kilóme­tros por hora; haciendo eses, aparentemente. El niño salió corriendo a la carretera desde una fonda. Richard lo atropelló y el crío murió al instante.

-¿Su marido podía conducir, a pesar de su discapacidad? -preguntó Starkwedder. -Sí, podía. Tuvieron que construir un coche especial, con los mandos a su alcance, pero sí, podía conducir ese vehículo.

-Ya -dijo-. ¿Qué pasó con lo del niño? La policía pudo haberle arrestado por homicidio.

-Hubo una investigación, por supuesto -ex­plicó Laura, y su voz se tiñó de una nota amarga al añadir-, pero Richard fue eximido de toda culpa.

-¿Hubo algún testigo?

-Bueno, estaba el padre de la criatura, que lo vio todo, y también una enfermera (la enfer­mera Warburton), que acompañaba a Richard en el coche. Tuvo que declarar, pero según ella Ri­chard no conducía a más de cincuenta kilómetros por hora y, además, sólo había bebido una copita de jerez. Según su versión, el accidente fue inevi­table: el niño se había lanzado a toda carrera con­tra el coche. La creyeron a ella, no al padre del crío, que dijo que Richard conducía de forma temeraria y a gran velocidad. Tengo entendido que el pobre hombre no ocultó su rabia al expresar sus sentimientos. -Laura se trasladó al sillón y añadió-: Cualquiera habría creído a la enferme­ra Warburton; era la viva imagen de la honesti­dad, la verdad, la moderación y todas esas cosas.

-¿No iba usted en el coche? -preguntó Starkwedder.

-No. Yo estaba en casa.

-Entonces, ¿cómo sabe que lo que dijo esa enfermera no es verdad?

Laura se sentó en la butaca.

-Oh, Richard hablaba del asunto con la mayor tranquilidad del mundo -dijo con tono amargo-. Recuerdo cuando volvieron del inte­rrogatorio. Dijo: «Bravo, Warbie, menuda ac­tuación. Seguramente me has librado de una buena condena.» A lo que ella respondió: «No merece haberse librado, señor Warwick. Usted sabe que conducía muy rápido, lo de ese pobre niño es terrible.» Pero Richard respondió: «¡Ol­vídese de ello! Ya le he compensado lo suficien­te. De todos modos, qué más da un mocoso más o menos en este mundo superpoblado; de buena se ha librado. Le aseguro que no tendré proble­mas para conciliar el sueño.»

Starkwedder se levantó del escabel y, mirando por encima del hombro el cadáver de Richard Warwick, dijo con tono severo:

-Cuanto más oigo hablar de su marido, más dispuesto estoy a creer que lo que ocurrió esta noche fue un homicidio justificado más que un asesinato. -Se acercó a Laura y continuó-: Ahora bien. Ese hombre cuyo hijo fue atropellado , ¿cómo se llama?

-Tenía un apellido escocés, me parece -res­pondió Laura-. Mac, Mac algo. ¿McLeod? ¿McCrae? No lo recuerdo.

-Intente recordarlo. ¿Vive aún en Norfolk?

-No, no -dijo Laura-. Sólo estaba aquí de visita. Para ver a los parientes de su mujer, creo. Era de Canadá, si no recuerdo mal.

-Canadá... eso sí está lejos -observó Starkwedder-. Tomaría tiempo encontrarle. Sí -dijo, situándose detrás del sofá-, creo que tiene posibilidades. Pero, por Dios, intente re­cordar su nombre. -Se dirigió hacia su abrigo, sacó sus guantes de un bolsillo y se los puso. A continuación, echando un vistazo alrededor, preguntó-: ¿Hay algún periódico por aquí?

-¿Periódico? -repitió Laura sorprendida.

-Uno que no sea de hoy. De ayer o antea­yer sería mejor.

Laura se encaminó a una alacena situada de­trás de la butaca.

-Aquí hay algunos viejos. Los guardamos para encender la chimenea.

Starkwedder abrió la alacena y sacó un dia­rio. Después de revisar la fecha, anunció:

-Este servirá. -Cerró la puerta de la alace­na, llevó el periódico al escritorio y de un cajón sacó unas tijeras.

-¿Qué piensa hacer? -inquirió Laura.

-Vamos a crear algunas pruebas. -Abrió y cerró las tijeras a modo de demostración. Ella le miró confundida.

-Pero suponga que la policía logra encon­trar a ese hombre. ¿Qué pasaría entonces? El le sonrió.

-Si aún vive en Canadá, les tomará su tiem­po. Y, cuando le encuentren, sin duda tendrá una coartada para esta noche; el encontrarse a varios miles de kilómetros de distancia será más que su­ficiente y, para entonces, ya será un poco tarde para investigar las cosas por aquí. De todos mo­dos, no podemos hacer mucho más, pero al menos nos dará un respiro.

Laura parecía preocupada.

-No me gusta -dijo.

Starkwedder la miró.

-Mi querida joven, no puede permitirse el lujo de escoger. Lo que tiene que hacer es recor­dar el nombre de ese hombre.

-No lo consigo -insistió ella.

-¿McDougall, tal vez? ¿O Mackintosh? -sugirió.

Ella se apartó de él llevándose las manos a los oídos.

-¡Basta! -exclamó-. No hace más que em­peorarlo. Ya ni siquiera estoy segura de que fuera Mac algo.

-Bueno, si no puede recordarlo, no puede -concedió Starkwedder-. Tendremos que arre­glárnoslas sin el nombre. ¿No recuerda la fecha, por casualidad, o algún otro dato que pudiera ser útil?

-Sí, la fecha sí. Fue el 15 de mayo. Sorprendido, Starkwedder preguntó:

-Muy bien, y, ¿cómo diablos se acuerda de eso?

Ella respondió con tono amargo:

-Porque ocurrió el día de mi cumpleaños.

-Ya... Bien, con eso resolvemos un pequeño problema. Además, parece que hemos tenido suerte. Este periódico es del 15. -Recortó la fecha.

Acercándose a la mesa, Laura señaló que la fecha del periódico era del 15 de noviembre, no de mayo.

-Sí -admitió él-, pero son los números lo que más cuesta. Ahora, mayo. Mayo es una pala­bra corta. Aquí hay una M. Ahora una A, una Y y una O.

-¿Qué diablos está haciendo?

Por toda respuesta, mientras se sentaba en la silla del escritorio, él dijo:

-¿Tiene pegamento?

Laura estaba a punto de coger un pote de pe­gamento de un casillero, pero él la detuvo.

-No toque nada. No queremos que deje sus huellas. -Starkwedder cogió el pote de pegamento con la mano enguantada y quitó la tapa-. Cómo convertirse en un criminal en un día... -dijo-. Ah, y aquí hay un bloc de papel... de esos que se encuentran en todas partes. -Lo cogió del casillero y procedió a pegar las letras y las palabras en una hoja-. Ahora, mire esto. Uno, dos... tres. Es un poco engorroso con los guantes, pero aquí lo tiene. «15 de mayo. Cuenta saldada.» Vaya, la palabra «cuenta» se ha despe­gado. -Volvió a pegarla-. Ya está. ¿Qué le parece?

Arrancó la hoja del bloc y se la enseñó, des­pués se levantó y se acercó al cadáver de Richard Warwick en la silla de ruedas.

-Lo meteremos en el bolsillo de su chaque­ta. -Mientras lo hacía, un encendedor cayó al suelo-. ¿Qué es esto?

Laura emitió un lamento e intentó coger el encendedor, pero Starkwedder ya lo había hecho y lo estaba examinando.

-Démelo -exclamó ella sin aliento-. ¡Dé­melo!

Sorprendido, Starkwedder se lo dio.

-Es... es mi encendedor -explicó ella sin que viniera a cuento.

-Muy bien, de modo que es su encendedor. No es motivo para alterarse así. -La contem­pló-. No estará perdiendo la calma, ¿verdad?

Laura se alejó en dirección al sofá. Por el camino frotó el encendedor contra la falda como para eliminar cualquier huella digital, procurando que Starkwedder no la viera.

-No, por supuesto que no -le aseguró.

Una vez comprobado que el mensaje estaba bien sujeto en el bolsillo superior de la chaqueta, Starkwedder se dirigió al escritorio, tapó el pote de pegamento, se quitó los guantes y extrajo un pañuelo.

-¡Ya está! -anunció-. Listos para el si­guiente paso. ¿Dónde está esa copa de la que be­bía hasta ahora?

Laura cogió la copa de la mesa donde la ha­bía depositado. Dejó el encendedor encima de la mesa, se acercó a Starkwedder, que cogió la copa. Se disponía a borrar las huellas dactilares, pero se detuvo en seco.

-No -murmuró-. No; sería una estupidez.

-¿Por qué? -inquirió Laura.

-Bueno, tiene que haber alguna huella -ex­plicó-, tanto en la copa como en la licorera. Las del asistente, para empezar, y probablemente también las de su marido. Si no las hubiera, la policía sospecharía. -Bebió un sorbo de la copa-. Ahora tengo que encontrar una manera de explicar las mías -añadió-. No es fácil ser un criminal ¿verdad?

-¡Oh, no lo haga! -exclamó ella-. No se involucre en esto. Podrían sospechar de usted. Con aire divertido, él respondió:

-Soy un tipo bastante respetable, muy por encima de toda sospecha. Además, en cierto sen­tido, ya estoy involucrado. Mi coche está allí fuera, atascado en el barro. No se preocupe, lo único que podrían presentar en mi contra es un poco de perjurio y unas pequeñas inexactitudes sobre el elemento tiempo, pero no lo harán, si usted desempeña bien su papel.

Asustada, Laura permaneció sentada sobre el escabel, de espaldas a él. Starkwedder se volvió hacia ella.

-¿Y bien? -dijo-. ¿Está lista?

-¿Lista? ¿Para qué? -preguntó Laura.

-Venga, tiene que recuperar la compostura. -Me siento... estúpida... -murmuró ella-.

No... no puedo pensar.

-No tiene que pensar. Sólo tiene que obede­cer órdenes. ¿Tiene en casa algún tipo de caldera?

-¿Una caldera? -repitió Laura, y después respondió-: Bueno, está la caldera del agua.

-Magnífico. -Cogió el periódico, recogió los trocitos de papel y se lo entregó a Laura-. Lo primero que hará es ir a la cocina y meter esto en la caldera. Luego subirá, se quitará la ropa y se pondrá una bata, un negligé o lo que sea que utilice. -Hizo una pausa-. ¿Tiene aspirinas?

-Sí -respondió Laura desconcertada.

Como si pensara y planificara al mismo tiempo, Starkwedder continuó:

-Bien, pues arrójelas al váter. Luego vaya donde alguien... su suegra o, cómo se llama, ¿la señorita Bennett?, y diga que tiene jaqueca y que necesita una aspirina. Mientras esté con quienquiera que sea, deje la puerta abierta. Por cierto, oirá un disparo.

-¿Qué disparo? -repuso Laura sin apartar los ojos.

Starkwedder se dirigió a la mesa que estaba junto a la silla de ruedas y cogió la pistola.

-Yo me ocuparé de eso -dijo. Examinó el arma-. Mmm, parece extranjera. Un recuerdo de guerra, ¿no es así?

Laura se levantó del escabel.

-No lo sé -le dijo-. Richard tenía varias pistolas extranjeras.

-Me pregunto si está registrada -dijo Starkwedder como para sí mismo, mientras sos­tenía la pistola.

Laura se sentó en el sofá.

-Richard tenía licencia, un permiso para las armas de su colección.

-Supongo que sí debía tener uno, pero eso no significa que todas estuviesen registradas a su nombre. Las personas suelen ser bastante descuidadas con estas cosas. ¿Hay alguien que pudiera saberlo con certeza?

-Tal vez Angell. ¿Es importante? Starkwedder empezó a pasearse por la habi­tación.

-Bueno, dada la manera en la que estamos construyendo esta historia, lo más probable es que el viejo Mac nosequé (el padre del niño al que atropelló Richard) irrumpiera en el estudio hecho una furia empuñando su propia arma. Pero también podría haber ocurrido a la inversa. Ese hombre entra de repente. Richard, que está medio dormido, coge su pistola, pero el hombre se la quita y dispara. Admito que suena un poco rocambolesco, pero no tenemos muchas opcio­nes; es inevitable correr ciertos riesgos.

Starkwedder depositó el arma sobre la mesa junto a la silla de ruedas.

-Bien, ¿hemos pensado en todo? Espero que sí. Cuando llegue la policía, no se percatará del hecho de que le hayan disparado quince o veinte mi­nutos más temprano. Por esta carretera y con la niebla que hay, tardarán lo suyo. -Se dirigió a la cortina de los ventanales, la levantó y echó un vis­tazo a los orificios que había en la pared-. «R. W.» Muy bonito, intentaré añadir el punto final.

Starkwedder devolvió la cortina a su lugar, regresó al sofá y se sentó.

-Cuando oiga el disparo -explicó a Lau­ra-, debe mostrarse alarmada y traer aquí abajo a la señorita Bennett y a cualquier otra persona a quien pueda reunir. Su versión es que no sabe nada. Fue a dormir, se despertó con un intenso dolor de cabeza, fue a buscar una aspirina... y eso es todo lo que sabe. ¿Lo comprende?

Ella asintió.

-Muy bien -dijo él-. Yo me ocupo del resto. ¿Se encuentra mejor?

-Creo que sí -susurró Laura.

-Entonces haga lo que tiene que hacer. Laura vaciló.

-Usted... no tiene por qué hacer esto -comentó-. No tiene que hacerlo, no debería invo­lucrarse.

-No volvamos otra vez a lo mismo. Todos tenemos nuestra propia manera de... ¿cómo lo diría?, de divertirnos. Usted se ha divertido dis­parando a su marido y ahora me divierto yo. Digamos que siempre he deseado comprobar cómo me las arreglaría con una historia de detectives en la vida real. -Le dedicó una leve sonrisa tranqui­lizadora-. Bien, ¿puede hacer lo que le pido?

Laura asintió.

-De acuerdo. Ah, veo que lleva reloj. ¿Qué hora tiene?

Laura le mostró su reloj de pulsera y él ajus­tó la hora del suyo.

-Poco menos de diez minutos para... Le daré tres... no, cuatro minutos. Cuatro minutos para ir a la cocina, quemar ese periódico en la caldera, subir a la primera planta, cambiarse de ropa e ir a buscar a la señorita Bennett o a quien sea. ¿Podrá hacerlo? -Le sonrió.

Laura asintió.

-Bien. Exactamente a las doce menos cinco oirá un disparo. En marcha.

Ella se dirigió a la puerta, pero de pronto se volvió y le miró, insegura de sí misma. Starkwedder cruzó la habitación para abrirle la puerta.

-No me defraudará, ¿verdad? -preguntó.

-No -respondió ella con un hilo de voz. -Bien.

Laura se disponía a abandonar la habitación cuando Starkwedder vio su chaqueta en uno de los brazos del sofá. La llamó y se la entregó con una sonrisa. Ella salió de la habitación y él cerró la puerta.

 

5

Después de cerrar la puerta, Starkwedder repasó mentalmente lo que tenía que hacer. Al cabo de unos instantes, consultó el reloj y extrajo un cigarrillo. Cuando se disponía a coger el encendedor de la mesa, vio una foto de Laura en una de las estanterías. La cogió y la miró y, con una sonrisa, la devolvió a su lugar antes de en­cender el cigarrillo. 

Depositó de nuevo el encen­dedor sobre la mesa y sacó un pañuelo para lim­piar todas las huellas que pudiera haber en los brazos del sillón y en el retrato. Después devol­vió la silla a su lugar, retiró el cigarrillo de Laura del cenicero, se dirigió a la mesa junto a la silla de ruedas e hizo lo propio con su colilla. 

A conti­nuación limpió la superficie del escritorio, colo­có las tijeras en su lugar y arregló el secante. Echó un vistazo alrededor, en el suelo, en busca de trocitos de papel. Encontró uno cerca del es­critorio y lo introdujo en el bolsillo de su panta­lón. Pasó el pañuelo por el interruptor de la luz y la silla del escritorio, se acercó a los ventanales, cerró ligeramente las cortinas y con la linterna alumbró el camino del exterior.

Demasiado duro para dejar pisadas, pensó para sí. Colocó la linterna sobre la mesa y cogió la pistola. Luego de comprobar que estuviese cargada, la limpió con el pañuelo, se dirigió al es­cabel y depositó el arma encima. Después de mi­rar el reloj de nuevo, se colocó el sombrero, la bufanda y los guantes. Con el abrigo colgado del brazo, se disponía a apagar las luces cuando se acordó de eliminar las huellas del paño y el pomo de la puerta. A continuación apagó las luces, y regresó al escabel mientras se ponía el abri­go. Tomó el arma pero, cuando iba a disparar contra las iniciales de la pared, cayó en la cuenta de que estaban ocultas por la cortina.

¡Maldita sea!, pensó. Cogió la silla del escri­torio y la utilizó para correr la cortina y mante­nerla sujeta. Regresó a su posición junto al esca­bel, disparó y se acercó a la pared para examinar el resultado. ¡No está mal!, se congratuló.

Mientras devolvía la silla del escritorio a su posición, Starkwedder oyó voces en el pasillo y se precipitó al exterior por la contraventana lle­vándose la pistola consigo. Unos instantes des­pués reapareció, cogió la linterna y volvió a salir corriendo.

Cuatro personas acudieron a la biblioteca desde distintas partes de la casa. La madre de Ri­chard Warwick, una anciana alta e imponente, vestía una bata y caminaba con la ayuda de un bastón.

-¿Qué ocurre, Jan? -preguntó al adoles­cente en pijama con rostro inocente que estaba a su lado-. ¿Qué es todo este jaleo en medio de la noche? -inquirió mientras se les unía una mujer de edad madura y pelo cano con bata de frane­la-. Benny -ordenó a ésta-, dime qué ocurre.

En ese momento llegó Laura, y la señora Warwick prosiguió:

-¿Habéis perdido la cabeza? Laura, ¿qué pasa? Jan... ¿Me va a decir alguien qué sucede en esta casa?

-Apuesto a que es Richard -dijo el mu­chacho, que aparentaba unos diecinueve años, aunque su voz y sus maneras eran las de un niño-. Debe de estar disparando contra la nie­bla otra vez. -Y añadió con cierto tono de irritación-: Decidle que no debería despertarnos así. Estaba profundamente dormido, y también lo estaba Benny. ¿No es verdad, Benny? Ten cuidado, Laura, Richard es peligroso.

-Fuera la niebla es muy espesa -comentó Laura-. He echado un vistazo desde la ventana del rellano y apenas se distingue el camino. No sé a qué le puede estar disparando con esta niebla. Es absurdo. Además, me pareció oír un grito.

La señorita Bennett fue la primera en entrar en la biblioteca. Mujer alerta y activa, como correspondía a una ex enfermera de hospital, habló con tono algo oficioso:

-No veo por qué te has de alterar así, Lau­ra. No es más que Richard, divirtiéndose como de costumbre. Además, yo no he oído ningún disparo. Estoy segura de que no pasa nada, te es­tás imaginando cosas. Aún así, es un hombre muy egoísta, y se lo diré. Richard -llamó al en­trar en la habitación-. Richard, ¿sabes qué hora es? ¡Nos has asustado!

Cubierta con una bata, Laura entró en la ha­bitación detrás de la señorita Bennett. Encendió la luz y se acercó al sofá, seguida de Jan. El mu­chacho miró a la señorita Bennett, que contem­plaba a Richard Warwick en su silla de ruedas.

-¿Qué pasa, Benny? -preguntó Jan-. ¿Qué ocurre?

-Es Richard -respondió la ex enfermera con la voz extrañamente serena-. Se ha suici­dado.

-¡Mirad! -exclamó el joven Jan señalando la mesa-. Ha desaparecido su pistola.

Se oyó una voz proveniente del jardín: -¿Hola? ¿Todo bien ahí dentro?

Jan miró por la ventana del vano y gritó: -¡Hay alguien fuera!

-¿Fuera? -repitió la señorita Bennett-. ¿Quién? -Se disponía a abrir la cortina cuando Starkwedder entró de pronto por la contraven­tana. La señorita Bennett dio un paso atrás, alarmada, y Starkwedder preguntó con tono apre­miante:

-¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Qué ha pasado? -Posó la mirada en Richard Warwick-. ¡Ese hombre está muerto! -exclamó-. Le han dis­parado. -Miró con actitud desconfiada alrede­dor, estudiando a los presentes.

-¿Quién es usted? -preguntó la señorita Bennett-. ¿De dónde ha salido?

-Se me ha atascado el coche en la cuneta -respondió él-. Llevo horas perdido, y he su­bido hasta la casa para pedir ayuda. Oí un dispa­ro, y alguien salió corriendo por la contraventa­na y ha chocado conmigo. -Exhibiendo una pistola, Starkwedder añadió-: Se le cayó esto.

-¿Hacia adónde iba ese hombre? -pre­guntó la señorita Bennett.

-¿Cómo diablos voy a saberlo con esta nie­bla?

Jan permanecía delante del cuerpo de Ri­chard, observándolo.

-Alguien ha matado a Richard -gritó.

-Eso parece -convino Starkwedder-. Convendría que llamasen a la policía. -Dejó la pistola en la mesa, cogió la licorera y se sirvió una copa de coñac-. ¿Quién es?

-Mi esposo -respondió Laura inexpresi­vamente mientras se sentaba en el sofá.

Con tono de preocupación, Starkwedder se dirigió a ella:

-Beba esto. -Laura levantó la vista hacia él-. Ha sufrido un shock. El coñac le sentará bien -añadió enfáticamente. Mientras ella cogía la copa, Starkwedder, de espaldas a los demás, le dedicó una sonrisa de connivencia para llamar su atención sobre la manera en que había resuelto el problema de las huellas dactilares. 

Alejándose de ella, lanzó su sombrero sobre el sillón y, des­pués, al notar que la señorita Bennett se estaba inclinando sobre el cadáver de Richard War­wick, se volvió rápidamente-. No toque nada, señora -le dijo-. Esto parece un asesinato y, si es así, no debemos tocar nada.

Irguiéndose, la señorita Bennett se apartó del cuerpo con gesto horrorizado.

-¿Un asesinato? -exclamó-. ¡No puede ser!

La señora Warwick, madre del difunto, en­tró en el estudio, preguntando:

-¿Qué ha ocurrido?

-¡Han matado a Richard! -le dijo Jan. Pa­recía más entusiasmado que preocupado.

-Silencio, Jan -ordenó la señorita Bennett.

-¿Qué has dicho? -preguntó la señora Warwick en voz baja.

-Ha dicho que le han asesinado -le infor­mó Benny, señalando a Starkwedder.

-Richard -susurró la señora Warwick, mientras Starkwedder se situaba de espaldas a la contraventana.

Jan se acercó al cadáver y exclamó:

-¡Mirad, tiene algo en el pecho, un papel! Y hay algo escrito.

Estiró el brazo para cogerlo, pero Starkwed­der le detuvo:

-No lo toques. Ni se te ocurra tocarlo. -Se inclinó sobre el cuerpo y leyó-: «15 de mayo. Cuenta saldada.»

-¡Dios Santo! MacGregor -exclamó la se­ñorita Bennett, situándose detrás del sofá.

Laura se puso de pie. La señora Warwick frunció el entrecejo.

-¿Quieres decir aquel hombre..., el padre del niño que fue atropellado?

-Claro, MacGregor -murmuró Laura para sí misma mientras se sentaba en el sillón. Jan se acercó al cadáver.

-Mirad, está hecho de recortes de periódico

-dijo ansioso. Extendió el brazo, pero Stark­wedder volvió a impedírselo.

-No lo toques -ordenó-. Hay que dejar todo tal cual para la policía. -Se dirigió al telé­fono-. ¿Les parece bien si...?

-No -dijo la señora Warwick-. Lo haré yo.

-Haciéndose cargo de la situación y armándose de valor, fue hasta el escritorio y empezó a marcar.

Jan se acercó nervioso al escabel y se arrodi­lló encima.

-El hombre que salió corriendo -pregun­tó a la señorita Bennett-, ¿crees que...?

-Sssh, Jan -le hizo callar ésta, mientras la señora Warwick hablaba por teléfono con voz tenue y autoritaria:

-¿Es la comisaría? Le llamo de la casa del señor Richard Warwick. El señor Warwick aca­ba de ser encontrado... muerto. Le han asesi­nado.

Los demás la escuchaban atentamente.

-No; fue encontrado por un desconocido -dijo-. Un hombre cuyo coche se ha averiado cerca de la casa, creo... Sí, se lo diré. Llamaré a la fonda. ¿Podrá llevarlo uno de sus coches cuando hayan terminado aquí?... Muy bien.

Colgando, la señora Warwick anunció:

-La policía estará aquí tan pronto se lo permita la niebla. Mandarán dos coches, uno de los cuales regresará de inmediato para llevar a este caballero -señaló a Starkwedder- a la fonda del pueblo. Quieren que pase la noche allí para hablar con él mañana.

-Bueno, puesto que de todos modos no puedo hacer nada con el coche en la zanja, no ten­go inconveniente -repuso Starkwedder.

En ese momento se abrió la puerta que daba al pasillo y un hombre de cuarenta y tantos años, estatura media y cabello negro, entró en la habi­tación atándose el cordón de la bata. Se detuvo apenas cruzado el umbral.

-¿Ocurre algo, señora? -preguntó a la señora Warwick. Luego, mirando más allá, vio el cuerpo de Richard Warwick-. ¡Dios mío! -exclamó.

-Me temo que se ha producido una horrible tragedia, Angell -respondió la señora War­wick-. Han matado al señor Richard, y la policía está de camino. -Se volvió hacia Starkwed­der y dijo-: Este es Angell, el asistente de Richard.

El asistente respondió con una leve y distraí­da inclinación de la cabeza.

-Dios mío -repitió, sin dejar de contem­plar el cadáver de su difunto patrón.

 

    CONTINUARÁ...