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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 3 y último)

Mientras él me miraba, yo tenía consciencia de una batalla interior, como si en algún punto de las profundidades de mi ser unos ángeles enemigos estuvieran en lucha. Cuando tomé, por fin, una decisión, comprendí yo misma que actuaba guiada menos por la razón que obedeciendo al impulso de cierta corriente secreta de pensamiento. Pero el cielo sabe que incluso entonces, mientras le desafiaba, aquel hombre me tenía cautiva.

—Doctor Maradick —dije, levantando francamente por primera vez los ojos al encuentro de los suyos—, yo creo que su esposa está tan sana como yo... o como usted.

Él tuvo un sobresalto.

—Entonces, ¿ella no le habló con franqueza?

—Puede estar equivocada, destemplada, presa de una tremenda aflicción... —lo dije sin el menor énfasis—, pero no es, y estaría dispuesta a jugarme mi futuro en ello, una paciente indicada para un asilo. Llevarla a Rosedale sería una tontería..., sería una crueldad.

—¿Una crueldad, dice? —Una expresión atormentada cruzó su rostro, y su voz tomó un acento extraordinariamente dulce—. ¿Verdad que no me cree capaz de ser cruel con ella?

—No, no le creo. —También a mí se me había dulcificado la voz.

—Dejaremos las cosas tal como están. Quizá el doctor Brandon pueda hacernos otras indicaciones. —Sacó el reloj de bolsillo y lo comparó con el de pared. Nerviosamente, observé yo, como si la acción fuese una pantalla que escondiera su desazón, o su perplejidad—. Ahora tengo que irme. Por la mañana hablaremos de nuevo.

Pero por la mañana no hablamos, y durante el mes que cuidé a Mrs. Maradick no volvieron a llamarme al estudio de su marido. Cuando le encontraba en el vestíbulo, o por las escaleras, cosa poco frecuente, se mostraba tan encantador como de costumbre; no obstante, a pesar de su cortesía, yo tenía la persistente sensación de que aquella noche me valoró suficientemente y decidió que ya no podía sacar partido alguno de mí.

A medida que pasaban los días, Mrs. Maradick parecía cobrar fuerzas. Después de aquella primera noche con ella, nunca más me habló de su hija, nunca más aludió, ni con una sola palabra, a la terrible acusación que había levantado contra su marido. Era como una mujer que se recobrara de una gran pena, excepto que se mostraba más dulce y amable. 

No es maravilla que todos los que se acercaban a ella la amasen; porque la rodeaba un encanto que era como el misterio de la luz, no de la oscuridad. Siempre he tenido la idea de que se parecía muchísimo a un ángel, todo lo que pueda parecérsele una mujer de este mundo. Y con todo, a pesar de su cualidad angélica, había ocasiones en que odiaba y temía, a la vez, a su marido. 

Aunque mientras yo estuve allí nunca entró en el cuarto de su mujer, ni escuché nunca su nombre de labios de ella hasta una hora antes del fin; la expresión de terror de la cara de la dama me advertía, siempre que las pisadas del doctor cruzaban el vestíbulo, de que el alma misma de la pobre mujer se estremecía al oírle acercarse.

En todo el mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, al entrar repentinamente en el dormitorio de Mrs. Maradick, encontré un jardincito, de esos que los niños improvisan con chinitas y trocitos de madera, en el alféizar de la ventana. No le dije nada a Mrs. Maradick, y más tarde, cuando la criada bajó las cortinas, advertí que el jardín había desaparecido. 

Desde entonces me he preguntado con frecuencia si la niña era invisible para el resto de nosotros y solo su madre podía verla. Pero no había manera de averiguarlo, salvo preguntando, y Mrs. Maradick estaba tan bien y era tan buena que nunca tuve valor para interrogarla. 

Las cosas, por su parte, no podían marchar mejor de lo que marchaban, y yo me estaba diciendo que pronto podría salir a tomar el aire, cuando he ahí que el final se presentó repentinamente.

Era un suave día de enero, de esos que traen un sabor anticipado de primavera en mitad del invierno, y cuando bajé por la tarde, me paré un minuto junto a la ventana del final del pasillo para contemplar el laberinto de tiestos de flores del jardín. 

Había allí un antiguo surtidor con dos muchachos de mármol, riendo, en el centro del paseo engravillado, y el agua, que aquella mañana había dado para contentar a Mrs. Maradick, brillaba como plata bajo el chorro de los rayos del sol. 

Nunca en enero había encontrado una atmósfera tan tranquila y primaveral, y, contemplando el jardín, se me ocurrió que sería buena idea que Mrs. Maradick saliese a broncearse un rato bajo los rayos del sol. Me parecía raro que no le permitiesen respirar otro aire puro que el que le entraba por la ventana. 

Sin embargo, cuando entré en su habitación, hallé que ella no tenía ganas de salir. Estaba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta, que daba sobre el surtidor, y al oírme entrar levantó la vista de un librito que estaba leyendo. En el alféizar de la ventana había un tiesto de narcisos trompones. Las flores le gustaban mucho, y procurábamos que siempre tuviera algún tiesto en la habitación.

—¿Sabe qué estoy leyendo, Miss Randolph? —me preguntó con aquella voz suya, tan suave. Y me leyó una estrofa en voz alta, mientras yo me acercaba al estante para prepararle una dosis de medicina.

—«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra narcisos; porque el pan alimenta el cuerpo; pero los narcisos deleitan el alma». Esto es muy hermoso, ¿no se lo parece a usted?

—Sí —le contesté. Y luego le pregunté si no le gustaría bajar a dar un paseo por el jardín.

—A él no le gustaría —me respondió. Era la primera vez que mencionaba a su marido desde la noche que entré en aquella casa—. No quiere que salga.

Quise hacerle abandonar la idea, tomándola a broma; pero fue inútil, y al cabo de unos minutos renuncié a mi empeño y me puse a conversar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió la idea de que el miedo que Mrs. Maradick tenía a su marido fuese otra cosa que una fantasía. 

Por supuesto, veía perfectamente que no estaba loca; pero también sabía yo que a veces hay personas muy cuerdas afectadas de prejuicios inexplicables, y acepté su desafecto como un mero capricho, o una aversión. Entonces no lo entendía y —tanto da que lo confiese antes de llegar al final— hoy sigo sin entenderlo. Anoto las cosas que vi realmente, y repito que mi espíritu jamás se inclinó hacia el terreno de lo milagroso.

Las primeras horas de la tarde las pasamos en amable conversación; conversaba animadamente, cuando surgía algún tema que le interesase, y fue la última hora del día, esa hora grave y quieta en que los movimientos de la vida parecen cesar y vacilar durante unos cortos, preciosos minutos, la que nos trajo aquello que yo había temido en silencio desde mi primera noche en la casa. 

Recuerdo que me había levantado a cerrar la ventana y asomaba el cuerpo fuera para respirar unas bocanadas de aire agradable, cuando en el pasillo sonaron unas pisadas intencionadamente leves, y llegó a mis oídos la llamada habitual del doctor Brandon. 

Antes de que yo pudiera cruzar la habitación, la puerta se abrió y entraron el doctor y Miss Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me lo había parecido tanto, nunca la había visto tan acorazada y encajonada en su actitud profesional como en aquel momento.

—Me alegra verla tomando el aire. —Mientras el doctor Brandon se acercaba a la ventana, yo me preguntaba maliciosamente qué clase de contradicciones le habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades nerviosas.

—¿Quién era el otro médico que ha traído usted esta mañana? —preguntó gravemente Mrs. Maradick. Y esto fue todo lo que jamás supe de la visita del segundo alienista.

—Una persona deseosa de curarla a usted. —El doctor se dejó caer en una silla, a su vera, y le dio una palmadita en la mano con los largos, pálidos dedos—. Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo un par de semanas. Miss Peterson ha venido para ayudarla a prepararse, y yo tengo el coche abajo, esperando. No podría ofrecérsenos un día mejor para hacer un viaje, ¿verdad que no?

El momento había llegado por fin. Comprendí al instante lo que quería decir el médico, y se lo expliqué a Mrs. Maradick. Una oleada de color acudió a sus mejillas y las abandonó, y cuando me aparté de la ventana y le rodeé los hombros con el brazo, noté que su cuerpo se estremecía. 

Me di cuenta nuevamente, como me la había dado aquella noche en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que penetraba en mi cerebro desde el aire de mi entorno. Aunque me costase mi carrera de enfermera y una reputación de demencia, comprendí que había de obedecer aquel aviso invisible.

—Van a llevarme a un asilo —dijo Mrs. Maradick.

El médico se escudó tras una negativa o unas evasivas tontas; pero antes de que hubiera terminado, yo me aparté de Mrs. Maradick y me enfrenté con él impulsivamente. En una enfermera, esto equivalía a una rebelión franca y clara, y sabía que el gesto arruinaba mi futuro profesional. A pesar de todo, no me importaba y no vacilé. Me impulsaba una fuerza más poderosa que yo.

—Doctor Brandon —dije—, le suplico, le imploro que espere hasta mañana. Hay cosas que debo contarle.

En la faz del médico apareció una expresión rara, y comprendí, incluso en medio de mi excitación, que estaba decidiendo mentalmente en qué grupo había de situarme, a qué clase de manifestaciones morbosas pertenecía yo.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó él en tono apaciguador. Pero vi que miraba a Miss Peterson, y esta fue al armario a buscar el abrigo de pieles y el sombrero de Mrs. Maradick.

De pronto esta, sin previo aviso, arrojó los chales lejos de sí y se puso en pie.

—Si me envían fuera —dijo—, no volveré nunca más. No viviré lo suficiente para poder regresar.

El gris del crepúsculo invadía el ambiente, y mientras permanecía plantada allí, en las sombras de la habitación, su faz brillaba, pálida y con tanto aspecto de flor como los narcisos del alféizar de la ventana.

—¡No puedo marcharme! —gritó con voz más aguda—. ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su rostro claramente, oí su voz, y entonces... —¡el horror de la escena se me echa encima de nuevo!— vi que la puerta se abría lentamente y la niñita cruzaba la habitación corriendo en dirección a su madre. Vi que la niña levantaba los bracitos, y vi que la madre se inclinaba y la estrechaba contra su pecho. Tan estrechamente unidas estaban en aquel apasionado abrazo que sus formas parecían mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—¿Y después de esto, pueden dudar? —Escupí las palabras con furia casi salvaje... y luego, al apartar la vista de la madre y la hija para fijarla en el doctor Brandon y en Miss Peterson, comprendí, desalentada... —¡oh, el sobresalto de aquel descubrimiento!— que estaban ciegos para la niña. 

Sus rostros impasibles revelaban la consternación de la ignorancia, no de la convicción. No habían visto nada, salvo los brazos vacíos de la madre y el rápido, estrambótico gesto con que se había inclinado para abrazar una presencia invisible. 

Solo mi visión, y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar la telaraña de hechos materiales y ver la forma espiritual de la niña, solo mi visión no quedaba cegada por la arcilla a través de la cual miraba.

—¿Y después de esto, puede dudar? —El doctor Brandon me devolvía mis propias palabras. ¿Tenía él la culpa, pobre hombre, si la vida no le había concedido más que los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si solo podía ver la mitad de las cosas que tenía delante?

En todo caso, ellos no veían, y como no veían, comprendí que sería inútil explicárselo. Antes de una hora, llevaban a Mrs. Maradick al asilo; y la pobre se marchó pacíficamente, aunque cuando llegó el momento de separarse de mí mostró un vestigio leve de sentimiento. Recuerdo que en el último instante, mientras estábamos paradas en la acera, se levantó el negro velo que llevaba por la niña y dijo:

—Quédese con ella todo el tiempo que pueda, Miss Randolph. Yo no regresaré ya.

Luego subió al coche y se la llevaron, mientras yo la seguía con la mirada, conteniendo los sollozos en la garganta. Con lo espantoso que me parecía el caso, no comprendía, por supuesto, todo el horror que encerraba; porque si lo hubiera comprendido, no me habría quedado allí, quieta, en la acera. 

La verdad es que no lo comprendí hasta varios meses después, cuando llegó la noticia de que había muerto en el asilo. Nunca supe de qué dolencia falleció, aunque recuerdo vagamente que se dijo algo de «fallo cardíaco»..., que es una expresión sobradamente indefinida. Por mi parte, estoy convencida de que murió de miedo a vivir.

Con gran sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedase, después de haber llevado a su esposa a Rosedale, como enfermera oficinista suya, y cuando llegó la noticia de la muerte de Mrs. Maradick nadie habló de que yo hubiera de marcharme. 

En el día de hoy todavía no sé para qué me quería en aquella casa. Acaso pensara que si seguía viviendo bajo su techo tendría menos oportunidades de chismorrear; quizá todavía deseara poner a prueba el poder de su hechizo sobre mí. Tenía una vanidad increíble para un hombre tan realmente importante. 

Le he visto sonrojarse de placer cuando la gente se volvía para mirarle por la calle, y sé que no era incapaz de aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. ¡Pero era guapísimo en verdad, el cielo lo sabe! Imagino que pocos hombres han sido objeto de tan estúpidos enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se fue un par de meses al extranjero. Mientras estuvo fuera yo pasé mis vacaciones en Virginia. Cuando regresó, tenía más trabajo que nunca —su fama no conocía límites— y mis días estaban tan llenos de citas y escapadas precipitadas hacia casos de urgencia que apenas me quedaba un minuto para recordar a la pobre Mrs. Maradick. 

Desde la tarde que la llevaron al asilo, la niña no había vuelto a frecuentar la casa; yo me estaba convenciendo ya, por fin, de que aquella figurita había sido una ilusión óptica, el efecto de un cambio de luces en la penumbra de las viejas habitaciones, y no la aparición que en otro tiempo creí contemplar. 

No se necesita mucho tiempo para que un espectro se borre de la memoria, especialmente si una persona lleva la vida activa y metódica que yo me vi obligada a llevar aquel invierno. Quizá..., ¿quién sabe...? —recuerdo que me decía a mí misma—, quizá los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora no estuviera en sus cabales. 

Con esta visión del pasado, el juicio que me merecía el doctor Maradick iba cambiando insensiblemente. Creo que terminé por absolverle del todo. Pero entonces, cuando se levantaba limpio y espléndido en el veredicto que yo pronunciaba sobre él, la inversión vino tan precipitadamente que me quedo sin aliento, ahora, cuando trato de revivir aquellas circunstancias. 

La violencia del sesgo que tomaron de pronto los acontecimientos me dejó, imagino a menudo, con una desorientación perpetua de la imaginación.

Fue en mayo cuando nos enteramos de la defunción de Mrs. Maradick, y un año después, exactamente, en medio de una tarde perfumada en la que los jacintos florecían en grupos en torno del viejo surtidor, el ama de llaves entró en el despacho, donde yo me entretenía repasando unas cuentas, para traerme la noticia del próximo casamiento del doctor.

—No es sino lo que podíamos esperar —concluyó muy sensata—. La casa debe de parecerle vacía..., ¡es un hombre tan sociable! Pero yo no puedo dejar de imaginarme —añadió lentamente después de una pausa durante la cual me sentí recorrida por un escalofrío—, no puedo dejar de imaginarme que ha de ser duro para esa otra mujer el disponer del dinero que la pobre Mrs. Maradick heredó de su primer marido.

—¿Se trata, pues, de una cantidad de dinero muy grande? —pregunté con viva curiosidad.

—Muy grande. —Y movió la mano como si las palabras fueran una cosa demasiado inconsistente para expresarla—. ¡Millones y millones!

—Abandonarán esta casa, por supuesto.

—Esto ya está hecho, querida mía. El año que viene, por estas fechas, no quedará ni un ladrillo. La derribarán, y sobre el solar edificarán una casa de apartamentos.

Otro escalofrío me recorrió de nuevo. No podía soportar la idea de que el viejo hogar de Mrs. Maradick pudiera caerse a pedazos.

—No me ha dicho cómo se llama la novia —comenté—. ¿Es alguna que conoció estando en Europa?

—¡Oh, no, Dios mío! Es la misma con la cual estaba prometido antes de casarse con Mrs. Maradick; solo que, según dice la gente, le dejó porque no era bastante rico. Luego ella se casó con no sé qué lord o príncipe de ultramar; pero más tarde se divorciaron, y ahora ha vuelto a su primer amor. ¡Ahora ya es bastante rico, me figuro, hasta para una mujer como esa!

Todo aquello era perfectamente cierto, supongo; sonaba tan verosímil como un reportaje de un periódico; y, sin embargo, mientras el ama de llaves me lo explicaba, yo percibía, o creía percibir, una especie de silencio impalpable, siniestro, en el aire. 

Estaba nerviosa, sin duda; me había trastornado lo repentino con que el ama de llaves me había espetado la noticia; pero mientras permanecía sentada allí tenía, vivamente, la impresión de que la vieja casa estaba escuchando..., de que había una presencia real, auténtica, aunque invisible, en la habitación o en el jardín. 

Sin embargo, un instante después, cuando miré por la larga ventana que se abría sobre la terraza de ladrillo, solo vi la leve luz solar sobre el jardín desierto, con su laberinto de tiestos, su surtidor de mármol y sus trechos de jacintos trompones.

El ama de llaves se había marchado —creo que vino a llamarla una criada— y yo continuaba sentada detrás de la mesa cuando las palabras de Mrs. Maradick en aquella última noche emergieron en mi pensamiento. 

Los jacintos me trajeron el recuerdo de la mujer; porque mientras los miraba crecer tan tranquilos y áureos bajo la luz del sol, se me ocurrió pensar en el placer que le habría dado a ella el contemplarlos. Casi inconscientemente, me repetí la estrofa que la difunta señora me leyó:

«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra jacintos»... y fue en aquel instante, mientras tenía aún las palabras en los labios, cuando volví la vista hacia el laberinto de tiestos y vi a la niña saltando a la comba por el sendero engravillado que iba hasta el surtidor. 

Con toda claridad, con la claridad de la luz del día, la vi venir con ese andar que las niñas llaman paso de danza, entre los bajos bordes de las macetas hasta el lugar donde crecían los jacintos, junto al surtidor. Desde el lacio cabello castaño hasta el vestido escocés plisado y los piececitos que brincaban, calzados con calcetines blancos y zapatos negros, sobre la cuerda en movimiento, era para mí un ser tan real como el suelo que pisaba o los risueños muchachos de mármol apostados bajo el chapoteo del agua. 

Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si podía alcanzarla..., si podía al menos hablar con ella..., comprendía que quizá, por fin, pudiera resolver el misterio. Pero con el primer revuelo de mi vestido en la terraza, la etérea forma se disolvió en la quieta penumbra del laberinto. 

Ni un soplo de aire agitó las flores, ni una sombra pasó sobre el disperso chorro del agua; y, no obstante, débil y estremecida en todos mis nervios, me senté en el peldaño de ladrillo de la terraza y estallé en llanto. Debía de comprender que ocurriría algo terrible antes de que derribasen la casa de Mrs. Maradick.

Aquella noche el doctor comió fuera. Estaba con la dama con quien iba a casarse, me dijo el ama de llaves, y sería casi medianoche cuando le oí llegar y subir a su cuarto. Yo estaba en el piso inferior porque no podía dormir, y aquella tarde había dejado en el despacho el libro que ahora quería terminar de leer. 

El libro —ya no recuerdo cuál era— me pareció muy interesante cuando lo empecé por la mañana; pero después de la visita de la niña, aquella novela romántica se me antojaba tan sosa como un tratado sobre cuidado de enfermos. Me resultaba imposible seguir las líneas, y estaba a punto de irme a la cama cuando el doctor Maradick abrió la puerta con el llavín y subió las escaleras.

Yo continuaba sentada allí cuando sonó el teléfono de mi mesa, de una manera que a mis nervios sobreexcitados les pareció singularmente brusca, y la voz de la inspectora me dijo apresuradamente que al doctor Maradick se le necesitaba con gran urgencia en el hospital. 

Estaba yo tan habituada a estas llamadas nocturnas de urgencia que me quedé muy tranquilizada después de haber llamado al doctor a su cuarto y haber escuchado el tono amable, cordial de su voz al responder. Todavía no se había desnudado —me dijo— y bajaría inmediatamente, mientras yo ordenaba que viniera de nuevo su coche, que debía de haber llegado apenas al garaje.

—¡Estaré ahí dentro de cinco minutos! —dijo con la misma animación que si le hubiera llamado para su boda.

Le oí cruzar su habitación, y antes de que pudiera llegar a la cima de las escaleras, abrí la puerta y salí al vestíbulo para encender la luz y esperarle con el sombrero y el abrigo preparados. El interruptor eléctrico estaba en el extremo del vestíbulo, y mientras me dirigía allá, guiada por el leve resplandor que bajaba del descansillo de arriba, levanté los ojos hacia las escaleras que ascendían en la penumbra, con la esbelta balaustrada de caoba, hasta el tercer piso. 

Y fue entonces, en el mismo momento que el doctor, tarareando alegremente, empezaba a descender a toda prisa las escaleras, cuando vi con toda claridad —y así lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una cuerda de saltar a la comba, enrollada al descuido en el suelo, como si se hubiera caído de una manita distraída, en la curva de las escaleras. 

De un salto llegué al interruptor, inundando el vestíbulo de luz. Y en el preciso momento que encendía las luces, mientras tenía el brazo estirado todavía hacia atrás, oí que el canturreo se convertía en un grito de terror o sorpresa, y vi que la figura de las escaleras tropezaba y se desplomaba pesadamente mientras sus manos parecían buscar apoyo en el vacío. 

El grito de advertencia murió en mi garganta al mismo tiempo que veía al doctor Maradick rodando por el largo tramo de escaleras hasta llegar abajo, junto a mis pies. Antes de inclinarme sobre él, antes de limpiarle la sangre de la frente y tentar con la mano su silencioso corazón, ya sabía que estaba muerto.

Algo... —pudo ser, como cree la gente, un paso en falso en la oscuridad, o acaso fuese, como yo me siento inclinada a creer y atestiguar, un juicio invisible—, algo le había matado en el momento en que más ganas tenía de vivir.

Patrocinio Tipa - Eraclio Zepeda

    Todo iba muy bien. Todo caminaba. La risa igual que la sangre caminaba. Pero aluego fue cuando nos cayó la sal. Todo se empezó a descomponer. Yo ya lo tenía completo mi deseo: había tierra, había agua, había dos hijos; los dientes de las mazorcas estaban ya como avisando. Pero todo se echó a perder. Vino el mal y hubo que salir corriendo.

Patrocinio Tipá se vino a vivir a Juan Crispín, el mismo día en que se quemó la ceiba de la plazuela; fue que le cayó un rayo en época de secas y el árbol se quemó todito. Fue muy mala señal aquel rayo en seco, y peor cayendo sobre la ceiba; aquello fue muy mal anticipo, y Patrocinio Tipá llegó ese mero día. Fue como un aviso.

Patrocinio Tipá era de Copoya.

—Me salí de Copoya, que es mi pueblo, porque la tierra del tata ya no ajustaba pa todos los hermanos; y también porque es mi natural andar buscando caminos porque no estoy enraizado en ninguna parte.

Después de mucho caminar, recorriendo todas las riberas del rumbo fue que vino a dar a Juan Crispín. Había viajado mucho el Patrocinio. No se aguantaba en ningún lugar. Apenas se quería encariñar con las calles de algún pueblo, luego luego le empezaba a dar el ansia de seguir otro camino.

—Resulta que nací con pata de vago. Pie de chucho como dicen por allí. Me gusta andar de arriba pa abajo por todas estas tierras del diablo. Desde chiquitío era ya muy dado a pepenar el rumbo; nomás agarraba mi morralito y patas pa qué te quiero.

Patrocinio Tipá conoció tierras. Las cañadas y los valles se le fueron acomodando detrás de los ojos.

—Ya es de nacimiento el andar de andariego. Así es mi natural y ni modo. Fue culpa de mi tata si bien se analiza. Cuando nací, el viejito no se dio prisa pa enterrar mi ombligo que es como debe hacerse, que es como manda la buena crianza. 

Se descuidó el tata; fue que lo puso sobre una piedra del patio y en lo que fue por un machete, pa hacer el hoyito del entierro, vino una urraca y se llevó mi ombligo pa más nunca. Ansina fue que lo contó el viejito. Y siendo ansina, ¿onde diablos voy a estar quieto? Siempre volando como mi ombligo, que esa fue mi ganancia. 

Por eso es que no quedo quieto en ningún lugar; pepeno las ganas de jalar veredas. Si me hubieran enterrado el pellejito, otro fuera el cuento.

Por eso a Patrocinio Tipá le gritaban las huellas de todos los caminos para que él les fuera a poner los pies encima.

Sin embargo, Patrocinio Tipá echó raíces una vez. Fue aquí en Juan Crispín. Aquí vino a dejar el camino, y por eso le cayó la mala suerte; por buscar lo que no era su destino. Vino con propósito de quince días; ese era el plan que traía el Patrocinio. Pero vaya usted a saber qué fue lo que le pasó. Aquí se quedó a trabajar con ganas. Tal vez fue que le cayó ceniza de la ceiba en la cabeza, el día en que llegó, y por eso fue que ya no pudo seguir vagando.

—Me empezó a llegar la gana de tener algo. Siempre había visto las cosas como de prestado. Nunca pal morral. Por eso fue que me entró la ilusión de comprar algunas tierritas aquí en Juan Crispín. Aquí fue que me gustó pa echar las raicitas. 

Es difícil, no vaya asté a creer que no, quedarse viendo las mismas caras cuando se está acostumbrando a ser patrón de veredas. Pero yo, sin embargo, sin ombligo y sin nada, me quedé sembrado en Juan Crispín. ¡Capaz fueron las cenizas de la ceiba las que me agarraron desprevenido!

Tipá trabajó macizo. Se le había metido entre los ojos, igual que antes el paisaje de las tierras ajenas, la idea de tener algo. Y no descansó hasta hundir las manos en la tierra propia.

—No sé, vaya asté a saber por qué, pero eso de pegar de gritos y que esos gritos queden en terreno de uno, es cosa que vale la pena. Yo lo supe bien y por eso es que no me duele andar otra vez de pie de chucho. No le guardo rencor a la época esa, en que me sumí en un  mismo lugar, por que estuve contento, manque después  eso haya sido la causa de mi salazón.

Un año trabajó como baldío en el rancho de ño Pedro Galindo. Luego estuvo como mediero, y siempre trabajando fuerte. Hasta que un día hizo tratos para comprar terrenos a don Pedro.

—No es por presumir, pero me afané galán y le pagué pronto. Por vida de San Roquito que me dio mucha alegría posesionarme de La Esperanza. Son esas siete hectáreas que asté vio a pegaditos a los amates, a un ladito de la Poza del Muerto. Esas tierras que asté constató, llenas de mala yerba, eran La Esperanza; ahora, da tristeza pasar por allí. 

Pero antes, me cae de madre, que era un gusto ver lo bien labradas que estaban. Yo me enterraba hasta los tobillos en los surcos pa sentirme bien adentro de mis tierras. Pa que me pepenaran con ganas porque siempre estaba medio descontento con eso de ser fuereño.

Construyó, cerca de los amates, una casa de paredes de barro. Ahí se sentaba en la puerta a chiflar en las tardes cuando acababa el trabajo.

—De primeras como que me entraba un miedito por no seguir el camino. Tenía cisco de que me salara por no seguir en el camino, que esa era mi obligación por lo de mi ombligo; pero en después pensé que eran puras tonterías. Y eso fue lo que me perdió: andar de confiado.

Y veía contento cómo el maíz hacía canciones con el viento, mientras los clarineros volaban en parvaditas sobre la casa y los amates.

—Luego me vino el amor. Me quedé bien enamorado de la Consuela Cundapí, hija de Pablo Cundapí de oficio carpintero; es aquel que se fue a vivir a Tuxtla, tiene ya su tiempecito.

La Consuela Cundapí era muy bonita. Ella también se enamoró del Patrocinio, y buscó la manera de apalabrarse con él.

—¡Qué chula era mi Consuela! Tenía unos ojos muy negros y daba gusto vérselos y quedarse ahí viéndolos y viéndolos, como si fueran piedritas de anillo. Cuando había baile, mi Consuela se ponía a bailar solita a medio patio, y con los ojitos cerrados bailaba y bailaba, y venía y se iba, como si estuviera soñando; iba entre las parejas de novios como si fuera una tortolita. Ni se veía que moviera los pies. ¡Animas que parecía como si flotara! Bonito era verla con sus trenzas sobre el pecho y sus grandes moñotes verdes, o rojos, o amarillos.

El Patrocinio le habló a Pedro Cundapí, y tanto le dijo y tanto le habló que aquél aceptó que se casara la Consuela.

—Hubo fiesta grande. Mandé traer la marimba y hubo harto trago y harta bulla. Diez manojos de cohetes mandé a quemar ese día. Ya por esas fechas yo era el mero y cabal dueño de La Esperanza. Por allá nos fuimos a vivir; en la primera casa fue que estuvimos, porque ya la otra fue la de la mala suerte.

Aquel año del matrimonio del Patrocinio Tipá hubo una gran cosecha; y él compró una lámpara de gasolina. Luego los hijos empezaron a nacer.

—La Consuela era buena pa írmelos dando. Crecieron contentos. Dos eran: un barraquito: Floreano, y una hembrita: la Chepita. Eran dos, pero hacían bulla y alegría hasta pa aventar pa arriba.

Patrocinio no descuidó los nacimientos. En cuanto nacían tomaba los ombligos y los enterraba muy hondo, en tierra abonada, debajo de un amate, para que enraizaran fuerte en la tierra de La Esperanza, y sintieran, de grandes, la unión a estas llanadas y no fueran a salir con ánima de vago.

—Tenía todo, pero nos cayó la sal. Se nos vino a meter el mal agüero hasta en la última hormiga de La Esperanza. Mala señal fue aquel rayo que me recibió la tarde que asomé por Juan Crispín.

Por el mes de agosto vino de visita la madre de la Consuela.

—Daba gusto ver a la abuela con los nietos. Jugaban al igual. Pero una mañana la viejita amaneció con calentura. Allí empezó la peste. Por la tarde le asomaron unas ronchas que luego se hicieron granitos rojos. Harta agua les salía por los agujeritos que dejaban los granos cuando reventaban. Me fui a llamar al viejo Seín que era muy buen yerbero. Llegó al otro día en la mañanita ¡Je! En cuanto vio a la vieja salió de pelada. No más nos dijo que era virgüela y salió corriendo.

A los tres días se murió la nana de la Consuela y a los ocho ella cayó enferma y al poco el hijo, el Floreanito. Yo andaba muy asustado y llevaba razón. Estaba como presintiendo. Y es que ya nos había caído la sal.

El Floreanito se murió a la semana.

—Yo, palabra, lloré sobre mi hijito. Ni vergüenza me da contarlo. Se me murió en los brazos, porque yo lo cargaba pa que también a yo me pegara la fiebre. Se me fue quedando como dormido en los brazos. Ni siquiera lo pude velar, porque me ordenaron en el cabildo que lo enterrara esa misma tarde. 

Yo, solo, me fui al panteón cargando al Floreanito porque nadie quiso ayudarme por puro miedo a la enfermedá. Ahora me doy cuenta que tenían razón, pero aquel día me hubiera gustado ahorcarlos a uno por uno. Mi Floreanito se quedó en la tierra sin tener rezos, ni música, ni cohetes. La Chepita no se contagió. La mandé con unos parientes pa que me la cuidaran. 

La Consuela pasó la enfermedá. ¡Cómo lloró cuando se vio en el espejo! Estaba toda llena de agujeros como esas carotas de piedra que a veces se encuentran en la montaña. La Consuela quedó marcada por la viruela. Sólo sus ojos negros como piedritas de anillo tenían vida. Todo lo demás se lo llevó el mal junto con las risas del Floreanito.

—Mucho lloraba la Consuela. ¡Mi Consuela! Pero yo la acariciaba y le decía que ahí estaba yo, y ahí estaba la Chepita, y ahí estaban sus siete hectáreas de La Esperanza. "Consoláte, Consuela". le decía todo el día. Y ella como que se quería reír.

Patrocinio Tipá quedó hueco. Quería alegrar a la Consuela pero en el fondo tenía una herida por la que le caía la risa igual que un cántaro roto. Por las noches iba a donde estaba entenado el ombligo del Floreanito y lloraba y hundía las manos en la tierra y luego quemaba flores de cedrón para regar sus cenizas sobre la tierra, para que el alma de su hijo no se fuera de las tierras de La Esperanza,

—Pero ya la sal estaba por todos lados. Hasta en los surcos. Ya todo estaba echándose a perder. Olía a rancio como si el viento estuviera podrido.

Todo traía recuerdos. Aire de recuerdos. Se oían pasos de recuerdos. Toda la casa recordaba las risas sembradas con cariño. 

—Ya la casa me empezó a dar rabia. Jedía de noche. Peor cuando había luna. Por eso fue que pensé que era bueno construir otra casa a un lado del amate. Y así lo hice; sólo pa que al final la desgracia acabara de llevarse a La Esperanza.

Patrocinio Tipá construyó su casa. El mismo fue haciendo las paredes. Los vecinos le ayudaron a colocar las puertas y las vigas. Porque así es la costumbre por estos lados.

Cuando la casa estuvo terminada, Patrocinio Tipá envió las tejas que deben mandarse a las madrinas de la casa. Escogió las diez mejores, las más rojas, las más pulidas, y escogió el sitio exacto en que deberían de ser colocadas cuando las madrinas las devolvieran con las figuritas de adorno, para que la casa estuviera contenta, y hubiera siempre calma bajo el techo. Y de esas diez tejas escogió la mejor, y con barro hizo un caballito que él mismo colocó sobre aquélla y la envió a la casa de la madrina mayor, porque así es la costumbre por estos lados.

—Nombré madrina mayor a ña Petra Cunjamá, para que ella llevara al borrego del bautizo. También alisté la música y el trago. Iba a ser fiesta buena como salió realmente.

A las cinco de la tarde empezaron a llegar los amigos del Patrocinio Tipá. Ya los músicos estaban esperando hacía rato. Desde San Fernando vinieron ese día para tocar en Juan Crispín, en la fiesta de la última teja de la casa del Patrocinio.

—Fue al Fidel Aquino y a sus hijos a los que traje pa que tocaran. Los mismos que hicieron la música cuando me casé con la Consuela. Quise que fueran ellos pa ver si todo volvía a comenzar como en denantes y echábamos la salazón pal otro lado. 

La Consuela se peinó sus trenzas como cuando era muchacha y se puso ropa nueva y estaba muy animada. Desde la muerte del Floreanito la risa se había pelado de su cara pero ahora estaba contenta. Como que quería gozar mucho porque estaba como presintiendo algo.

    Después llegaron las familias invitadas. Al ratito las madrinas con sus tejas arregladas con papel de China y polvo de brillo. Algunas tenían hasta palomitas besándose recortadas en cartón.

—La Consuela recibía las tejas con mucha satisfacción. La casa estaba bonita dicho sea sin presumir. Al rato asomó la madrina mayor; traía un borrego todo vestidito con listones y papel de China y con la cara pintada. Hermoso estaba el borrego pero yo desde que lo vi se me puso algo que me dio mala espina porque tenía dos patitas blancas y esa es mala cuestión. Trae sal. Y ya pa sal estaba bueno.

    La música empezó a sonar y La Esperanza reventaba de puro gusto. Las parejas salieron al patio para bailar los sones.

—Mi Consuela estaba animada. La pobrecita volvió a bailar sola en la mitad del baile, con los ojitos cerrados, como si estuviera soñando, y los brazos caídos y yendo de un lado pal otro sin que le viera mover los pies como si fuera un trompito dormido. 

A mí me tenía muy contento verla otra vez como cuando la conocí, porque desde la virgüela no había querido ser como en denantes. De vez en cuando, bailando, se reía como en sueños y todos la veían con cariño, y de verdá parecía que no tuviera marca de virgüela.

    A las seis de la tarde se empezó a abrir el agujero para el borrego en la mitad de la casa.

—Los cohetes tronaban cada poco, en tandas de a quince. El chucho brincaba tras las varas como si quisiera morder el fuego. ¡Cómo me hubiera gustado que estuviera el Floreanito!

A las seis y media paró la música. Todos se acercaron a la casa y las madrinas recogieron sus tejas vestidas y yo me subí al tejado pa recibirlas. Las madrinas me las iban dando y yo las colocaba en su lugar en el mero lomo del tejado. Al final coloqué la teja de la madrina mayor, ña Petra, que fue con la que cerró la tapa de la viga. Todos echaron aplauso. Luego le puse su cruz pa que no anduvieran rondando espantos por la casa.

    Patrocinio estaba con el gusto metido adentro de los huesos. Veía su casa nueva con el adorno de las tejas de fiesta. Levantó la cara y vio al cielo y los ojos se le llenaron con la luz anaranjada de la tarde. No había nubes. Ese año iba a llover tarde.

—Luego avisé que fuéramos pa dentro de la casa por lo del borrego. Nos amontonamos en la orilla del agujero que habíamos hecho en el piso. La ña Petra vino con el animalito y yo le volví a echar de ver las dos patitas blancas que me daban qué pensar.

La madrina tomó al borrego del pescuezo. Todos se pusieron serios. Algunos tenían hinchadas las venas de la frente.

—Yo mero le pasé el cuchillo a ña Petra. Ella rezó un Padre Nuestro y luego le clavó el cuchillo al borrego a la mitad del pescuezo y lo aventó pal hoyo. ¡Cómo bramaba el borrego! Daba de estremecimientos allá en el fondo. La gente empezó a hacer bulla y a aplaudir. Mandé que tronaran treinta cohetes. Entoavía bramando el borrego le empezamos a aventar la tierra encima.

Lo último que vi del animalito fue una de las patitas blancas. Me la quedé viendo hasta que la chupó la tierra.

Los invitados rellenaron el agujero y luego saltaron sobre la tierra para apretarla.

—Así fue como bautizamos la casa. El borrego sirve pa que no haya muertos en la casa nueva. El se lleva todo lo malo que pueda venir. El sale con la peor parte. A él le toca lo que podía ser pa un cristiano. Pero lo que es a mí, nadie me quitaba de la cabeza que aquel animal no era efectivo porque tenía dos patas blancas.

Cuando todo quedó listo dentro de la casa, las mujeres rezaron y los hombres fueron a beber aguardiente.

—Cómo me da tristeza cuando hablo de aquella fiesta. La Consuela estuvo contenta y mi hijita la Chepita, que ya caminaba, estaba como loca del gusto y corría de un rincón pal otro muerta de la risa. Tenía que acabar mal toda aquella alegría. Porque La Esperanza ya estaba muerta desde que asomó la peste, y el mal agüero andaba rondando como si fuera una lechuza buscando animalitos pa caerles encima.

A las diez se empezaron a ir los invitados. Poco a poco se fue quedando sola La Esperanza. La Consuela todavía bailó la última pieza y al final cargó a la Chepita y bailó con ella en sus brazos.

—Por ahí de las once sólo estaba el viejo Crescencio que ni siquiera podía caminar del pedo que había agarrado. Voy ir a dejar al tío Crescencio le dije a la Consuela. Y dicho y hecho, me lo llevé al viejo, casi cargado, hasta su casa. Mi Consuela se quedó sola en la casa y tocaba las paredes nuevas y miraba las tejas rojas, y las vigas olorosas a resina todavía, y con la lámpara de gasolina alumbraba las dos ventanitas de la casa.

Patrocinio acompañó al viejo hasta su casa. Allí estaba cuando vio el fogonazo de un relámpago y luego el gran retumbo de un rayo.

—Rayo en seco. .. —dijeron.

Patrocinio tuvo un estremecimiento.

—Yo no sé, pero todo aquel día había andado como sobreaviso. Algo nos estaba rondando. Cuando oí el rayo sentí un olor a cacho quemado que se me agarraba de la nariz, que es lo que siempre me pasa cuando tengo miedo de un mal pensamiento.

Patrocinio se regresó rápido para La Esperanza. A cada paso sentía que el corazón le bailaba adentro del pecho y una opresión le cegaba los ojos.

—Empecé a pensar una bola de cosas. Eran como dibujos: Miraba la urraca que se robó mi ombligo; luego la ceiba que se quemó el día en que llegué a Juan Crispín; luego vi los terrenos de La Esperanza cuando entoavía no eran míos. En seguida veía yo que mi obligación era andar caminando por todos los rumbos y que no había hecho caso, y también miraba los ombliguitos de mis hijos que los enterraba hasta el fondo de un agujero, pero los ombligos brincan al igual que el borrego de esa tarde. Vi al Floreanito muerto, todo rojo y  lleno de la sanguaza de los granos. Le piqué al paso.

Al voltear la cuesta que da para sus tierras el Patrocinio sintió que le quebraban las piernas. Su casa estaba rodeada de vecinos y otros llegaban corriendo. El palo de amate estaba desgajado. Sintió que le soplaban dentro del oído, y que un ruidito como de colmillos de jabalí le roía la cabeza. Quiso correr pero tropezó. Quedó de rodillas y temblando.

—Sentía como si el estómago se me hubiera subido a la boca y que lo masticaba, y me quedaba muy agria la lengua. Tuve mucho miedo porque como que adiviné todo lo que pasaba.

—El rayo... el rayo... rayo en seco sobre tu casa, Patrocinio —le gritaban.

—Yo sentía como si la gente estuviera muy lejos o como cuando golpeás una piedra bajo el agua. Palabra que cuando me iba acercando no podía pensar en nada. Parecía como si el alma se me hubiera salido. No la sentía.

—El rayo... la Consuela... el rayo en seco... la Chepita.... primero el relámpago... todo fue de un jalón —le llegaban los gritos al Patrocinio.

Cuando llegó a la casa vio a la Consuela muerta y entre sus brazos a la Chepita también muerta, abrazadas como si el rayo las hubiera agarrado bailando todavía.

—Yo de plano no pude hacer nada. Me quedé como un palo, sin llorar, ni afligirme, sin moverme, como si de un machetazo me hubieran echado afuera la sangre. No sé qué fue lo que me pasó. Pero todo lo veía natural. Como si ya en denantes lo hubiera visto, o como si el tata me lo hubiera platicado cuando era yo chiquitío allá en Copoya. No más me acerqué a mi gente, las abracé y las empecé a besar. Creo que ya mero lloraba pero hasta ahí me acuerdo.

El Patrocinio quedó atontado. No contestaba. No hablaba. No veía. Los vecinos prepararon todo lo necesario.

—Cuando vine a ver, ya mi Consuela y mi Chepita estaban vestidas y con las velas prendidas. Ya había gente rezándoles. Ahí fue cuando me puse a pegar de gritos. Quise salir corriendo pero mi comadre me detuvo. Tenés que quedarte, es tu obligación —me dijo—; y ahí me quedé toda la noche sin darme cuenta de nada.

Al día siguiente enterraron a los muertos del Patrocinio. El fue pero andaba como si también le hubiera tocado el rayo. Parecía que se iba a morir al rato. De vez en cuando pegaba un grito como de loco o como de borracho.

Después del entierro lo llevaron para su casa y lo tendieron en un catre. Ahí se quedó dormido.

—A la media noche me levanté. Había una luna que parecía una rodajita de caña. Ahí fue en donde me di cuenta de todo. Pero ni me maté, ni me arranqué el pellejo, ni me saqué los ojos. Sólo me fui pa donde estaba el amate. Ahí, con el machete, marqué muchas cruces y luego me oriné sobre la tierra en que estaban enterrados los ombliguitos de mis hijos. 

Y luego maldije al rayo que quemó la ceiba de la plazuela y que me echó la sal. Si tanta sal hay en La Esperanza que le caiga toda de un jalón —gritaba. Y agarré puños de sal y los iba sambutiendo en los surcos pa que nunca naciera nada en estas tierras. Y luego agarré la lámpara de gasolina y la encendí y me puse a ver todos los rincones de la casa como buscándole el paso a los espantos. Luego me acordé de las patas blancas del borrego y me puse a desenterrarlo y con el machete me lo hice picadillo y aventé los pedazos pa todos lados. Luego quemé la casa.

    —Le mentaba la madre a los santos porque me hicieron el mal, o no me quisieron hacer el bien que es lo mismo. También les eché maldición a las cenizas que me cayeron en la cabeza aquella tarde en que llegué a Juan Crispín. Luego les grité a mis piernas que no se hundieran en la tierra. Que nos fuéramos pal monte otra vez. Que nos olvidáramos de todo, de las risas, de los chiquitíos, de la Consuela, de los surcos. 

    Le grité a mi ombligo que regresara. Lo último que me acuerdo es que con el cuchillo me hice un tajo en la barriga para quitarme el agujero del ombligo, y que se me cayera, y echarlo a volar, a ver si así quedaba otra vez sin raíz. Después quién sabe qué pasó.

Vine a darme cuenta hasta en la cama del hospital de Tuxtla. Quién sabe quién me llevó.

De esto ya tiene sus años. Ahora estoy viejo. Pero nunca volví a encariñarme con un pueblo. Volví a ser pie de chucho que así es mi natural. A seguir corriendo tierras, detrás de la urraca que le ganó a mi tata allá en Copoya.

A veces, como ahora, vengo a dar a Juan Crispín. Pero sólo de pasada. Le echo una miradita a mis muertos y luego luego sigo mi camino.

Esto fue lo que me pasó. Lo que le pasó al Patrocinio Tipá nacido en Copoya y salado en Juan Crispín.

Lentamente el viejo Patrocinio se levantó de la piedra en que estaba sentado. Agarró la vereda que va para Zoquintiná. Antes de dar la vuelta para bajar al río, una urraca empezó a volar delante de él.

Dios, Tu y Yo… - Jean Ray


Después de más de veinte años de ausencia, regresé a Weston, mi pequeña ciudad natal, que había abandonado cargado de oprobio y pobre como una rata.

Mi vuelta no estaba dictada por ninguna llamada de campanario ni por el deseo de reconciliarme con el pasado.

Veinte años de filibusteo provechoso por los siete mares habían hecho del pobretón que yo fui todo un nabad.

Mi viejo barco de carga, el Fulmar, fue a dormir en una dársena del fondo de un puerto, y mis cuentas corrientes en los bancos de Kingston, Singapoore y Alejandría fueron transferidas al Midland-Bank, de Weston.

Bajé del tren a la hora en que el horizonte enrojecido se nublaba, y apenas hube franqueado la explanada cuando un individuo salió de la penumbra, sombrero en mano.

—Notario Mudgett… ¡Su notario, capitán! He recibido sus órdenes de Colombo y he podido hacer, en su nombre, la adquisición de un inmueble que, espero, responderá a sus deseos. ¡Qué feliz casualidad encontrarle a usted en el preciso momento que da sus primeros pasos por nuestra ciudad!

¡El animal! Debió de estar espiando mi llegada cada vez que entraba un tren en la estación.

—Mudgett —dije—, usted es algunos años mayor que yo; pero el Mudgett que declaró contra mí e hizo que me mandaran a la cárcel por un año era mayor aún.
—Era mi padre —dijo el notario, suspirando—. Murió y espero que Dios haya tenido piedad de su pobre alma. Lamentó toda su vida aquel momento de malhumor, capitán.
—Me gustaría tomar un trago —dije.
—Tendré el placer de ofrecérselo a manera de bienvenida, capitán. Mire: las luces se están encendiendo en el Balmoral. Es un club particular, pero estarán encantados de recibirle.

El director del Banco de Midland debía de haberse ido de la lengua, porque fui recibido por las sonrisas y los saludos de los caballeros instalados alrededor de mesas y por las reverencias de los camareros.

Reconocí algunos rostros, aunque el tiempo los había envejecido traidoramente.

En el fondo de la sala, lanzaron una cifra con voz demasiado alta para no oírse:
—¡No lejos de un millón de libras!

Mi cuenta corriente, en efecto, debía de rozarlo.
A cuya frase, a un vejete, que se llevaba la copa a la boca, le dio hipo.

Reconocí en él al director propietario del Weston-Advertirser, el libelo local que, en otra época, me había hecho una bonita reputación por algunas pillerías insignificantes.
"Tú, víbora —me dije—, dentro de ocho días vendrás a pedirme subsidios para tu asqueroso periódico. Pues bien, ¡serás servido!…"

No había terminado mi segunda copa cuando ya la mayoría de los presentes me habían recordado y se habían acercado a estrecharme la mano. A todos ellos les propiné un shake-hand que les disloqué el hombro.
 

•••
¡Infierno y maldición!
¡Yo, que contaba saborear a gusto el festín divino de la venganza!

Fue suficiente una esquina de cortina levantada por una bonita mano blanca para que la esponja pasara por encima de todos mis rencores y, entre otras capitulaciones, firmé un cheque destinado a alimentar las cajas hambrientas del Weston-Advertirser.

El destino se sirvió del amor para convertirme en un asqueroso asno, y, para colmo, por medio del flechazo, una de las cosas en que nunca he creído en mi vida.

Por la ventana de la cortina, mi vecina más cercana miraba hacia la calle y, al verme pasar, me sonrió. La mano que alzaba la tela de encaje temblaba ligeramente y, en su muñeca, un extraño brazalete de rubíes despedía chispas.

La cortina cayó, pero yo tuve tiempo de ver una figura de tanagra y unos hermosos ojos color de tempestad.

Aquella misma tarde, el notario Mudgett me informó:
—Se trata de miss Martine Messenger…, de una familia patricia del Shropshire. La muchacha vive en Weston hace solamente una quincena de años, por eso usted no pudo conocerla. Cuando vino aquí, apenas tenía veinte años. No hay, pues, indiscreción al calcular su edad.
—¿Rica?
—¡Oh, no! Hasta se pasa sin criados; claro que su casa no es grande.
Y añadió, como con pena:
—No tiene deudas…
Al día siguiente, yo llamaba a la puerta de miss Messenger.
 

•••
Me recibió en un cuadro indigno de su belleza: un salón glacial, muebles de priorato, ramitos de margaritas en jarrones de falso alabastro.

—Vengo, como vecino de usted, a visitarla—le dije.
—Me encanta su gesto, tanto más cuanto que la costumbre se ha perdido —respondió, con su sonrisa del diablo.

Yo había preparado algunas frases destinadas a cebar una demanda claramente formulada. Las frases se me quedaron a retaguardia, como los malos soldados, pero no la demanda clara y formal.
—Miss Messenger, deseo casarme con usted —le dije.
Ella tamborileó la mesa con un ademán que hizo fulgir los rubíes de su brazalete.
—Yo no lo deseo —respondió—; pero, a pesar de eso, continuaremos siendo excelentes vecinos por lo menos.

Sonrió de nuevo y me tendió la mano, rodeada de llamas. Estaba aprisionado, cogido, perdido, decidido a todo porque fuesen míos los ojos, la sonrisa, la mano de fuego…
Los habitantes de Weston ganaron con ello una paz que yo no les había destinado.
 

•••
Pocas mujeres me han negado sus favores por toda la faz de la tierra.
Al abandonar a mi vecina, tuve que recurrir a algunos highballs para poner mis ideas en equilibrio.
—Hermosa diablesa —dije—, puedo admitir que rechaces a un hombre, pero no a un millón de libras, aunque digan que no tienes deudas. A menos que tengas un chulillo…

Pero, en Weston, las bellezas masculinas no se prodigan y yo no podía imaginarme ninguna cabeza conocida mía reposando sobre la almohada de Martine Messenger.
El azar intervino lo suficiente para que los celos me mordieran el alma.

Nuestros jardines, separados solamente por un seto, estaban en la proximidad de un amplio prado comunal abandonado desde hacía muchos años y transformado en una especie de selva.

Una noche, cerca de las doce, iba a echar el cerrojo a la puerta del porche, cuando oí chirriar al portillón del jardín vecino y pude ver una forma alejarse rápidamente bajo la luna.
"La bella Martine elige un extraño camino para ir al pueblo —me dije—. ¿Será el de los gatos?"
Un instante después, la seguía a través de las zarzas, las cizañas y las ortigas.
¡Vaya!
Había estado a punto de gritar esa exclamación.

Martine había abandonado el sendero, serpenteando por entre el barbecho, y marchaba deliberadamente hacia los Groves. Era así como se llamaba un cementerio no afecto después de un proceso entre la comunidad y un caballero de la región, y después que Weston se ofreció una necrópolis moderna al otro lado del pueblo.

Miss Messenger alcanzó un trozo de muralla, último vestigio de la tapia que circundaba el campo santo, cuando una nube cubrió la luna, hundiendo en las tinieblas la siniestra extensión y robando a mi mirada la lejana figura.
—No es sitio a propósito para una cita de amor —gruñí, con desprecio.
Sin embargo, pasé dos horas de plantón en la oscuridad, esperando que miss Messenger regresara.
No la volví a ver hasta la mañana siguiente, a la puerta de su casa, cuando echaba miguitas de pan a los gorriones.
 

•••
Voy a referirme ahora a mi sueño. Como se injerta en una antigua realidad, me veo obligado a referirme a él.
Fue en Sydney.

El Fulmar se hallaba en dique seco y yo había alquilado una habitación en Vine Street. Daba al parque Victoria donde…, ¡el Señor sea alabado!…, apenas crecen los espantosos eucaliptos sin hojas ni sombra. La noche era tórrida y yo dormía mal, cuando, de repente tuve la deliciosa sensación de un abanico que me refrescaba la cara.

En mi duermevela, quise agarrar la misteriosa mano bienhechora y, en efecto, la cogí.

Inmediatamente me desperté, dándome cuenta de que tenía apresada una cosa velluda y desagradable que se debatía con furor. Logré encontrar el interruptor de la luz, instalado a la cabecera de mi cama, y una bombilla se encendió en el techo.
Estuvo a punto de que dejara escapar a mi prisionero, digamos mi prisionera para mayor exactitud.

Era una enorme roussette, uno de esos murciélagos gigantes bastante corrientes en Australia y a los que se les da a voces el nombre de perros voladores.

Aturdido por la luz, el ave nocturna se puso a chillar lúgubremente y su cara me hizo pensar en la de Tina, la perrilla que fue durante mucho tiempo la mascota del Fulmar.
—Tina —dije—, estáte tranquila. No quiero hacerte daño.
Fue entonces cuando vi en el espejo mi cara roja de sangre fresca.
—¡Oh, oh! —exclamé—. Participas con algunas de tus hermanas la fea costumbre de los vampiros. ¡Satanesca bebedora de sangre! Pero esta noche eres bien recibida, porque el toubib (médico) de la Marina me ha encontrado demasiado gordo y me ha aconsejado una sangría. Acabas de evitarme un gasto de más de media corona, Tina. Si quieres un trago más, sírvete.

El pajarraco no hizo nada, pero pareció calmarse, escucharme y hasta sentir agrado por mis palabras.
—Vete, Tina, y si el corazón te lo pide, vuelve mañana.
Dicho lo cual, le devolví la libertad y la vi desaparecer en la oscuridad del parque.
—¿Lo creerán?

Tina volvió todas las noches siguientes. Me había tomado cariño, me despertaba mordiéndome la nariz y las orejas, dándome, a veces, bofetaditas con sus anchas alas membranosas y ladrando dulcemente como mi difunta perrita.
Creo que debió deplorar mi partida.
No me atreví a llevármela.
La vida de a bordo no podía convenirle.
 

•••
Ahora, vuelvo hacia mi sueño más reciente.
Me obligaba a hacer un recorrido por el pasado: estaba en Sydney, en mi habitación de Vine Street. Un abanico me enviaba un airecillo fresco al rostro y, al mismo tiempo, sentí una picadura en la garganta.
—Vamos, Tina, al fin has vuelto… Toma tu bebida, querida —exclamé para mí, alegremente, y la cogí por la pata.
Oí su grito y ella trató de desprenderse.
Me desperté. No estaba en Australia, sino en mi casa de Weston y, en la oscuridad, algo se debatía.
No tuve más que apretar un interruptor para iluminar la habitación y, entonces, fui yo quien gritó, pero con indecible estopor.
En mi puño se retorcía Martine Messenger.
 

•••
Me miraba con ojos inmensos, llenos de pena y de horror.
Una perla roja, húmeda todavía, yacía en una de las comisuras de sus labios y un espejo me devolvía mi imagen, la imagen de mi cara, empapada en sangre.
—Tina… —murmuré, creyendo, iluso aún, que me dirigía a mi roussette de Sydney.
—No me llame Tina —exclamó, con voz ronca, mi cautiva.
El sueño se desvanecía. La realidad subía a la superficie.
Recobré mi ánimo y le dije:
—Tina era una roussette que hizo amistad conmigo. Un murciélago muy grande, bebedor de sangre, un…
—Vampiro…, sí —dijo miss Messeger.
—¿Como usted?
—Sí, como yo.

Yo no había visto otros en mi vida, pero aquellos no se parecían. Sin embargo, encontré la situación de mi gusto.
¡Tanto más cuanto que la golosa era extremadamente bonita!
Llevaba una bata de seda gris que dejaba insolentemente al descubierto sus formas y, tras haber recogido la gota de sangre con la punta de la lengua, su boca me pareció sinuosa y tentadora.

—Tina —dije, siempre teniéndola agarrada por el puño—. Voy a contarte una historia, muy, muy bonita. En Marsella, sorprendí un rata de hotel que quería apoderarse de mi cartera. Hubiera podido entregarla a la Policía; pero eso no me entusiasmaba, porque era bonita y estupendamente formada. Ella encontró justo que gozara de sus caricias y, como este placer fue exorbitante, le dejé mi cartera. Mi historia ha terminado; la nuestra empieza. Rata de hotel y vampiro pagan con la misma moneda.

Dicho lo cual atraje a Martine a mi cama.
Leí tal súplica en sus ojos que detuve mi gesto.
—No… iOh, no! —gimió—. No puedo aún hacerle comprender por qué… No, no. No le negaré nada, pero…, ieso!…
Eso era la cama, que ella miraba con espanto.
—Escuche —me dijo muy bajito—, eso… no es posible… más que abajo.
Abajo…

Me hizo descender al jardín y, cogiéndome de la mano, avanzó con una velocidad tal que estuve a punto de caerme en varias ocasiones. Me hizo atravesar un prado comunal para detenerse, al fin, delante de los Groves.
 

•••
Martine contorneó algunos monumentos funerarios, negros y olvidados, y se detuvo ante una sepultura abierta.
—Eso —dijo—es todo lo que me permiten los poderes de la noche para recibir al sueño y al amor. Estoy muerta… Estaba muerta cuando vine aquí, hace quince años.
La bata de seda se abrió y un soplo ardiente subió de su pecho.
La tumba abierta nos recibió.
De las murallas de fango, que apretaban nuestros miembros como flancos de sarcófago, subía la inmensa ola de amor de los innumerables esponsales celebrados en las profundidades de la tierra…. bodas negras a las que ahora se añadía la nuestra.
 

•••
—Vete—dijo—. Déjame dormir.
Ella había puesto un dedo en sus labios y me miraba interrogadora.
—Dios, tú y yo solos lo sabremos —murmuré, para asegurarle el secreto de nuestras noches futuras.
Me icé para salir de la tumba.
Detrás de mí, una mano invisible deslizó la losa sobre la sepultura.
 

•••
Un hecho estúpido fue la causa de la ruptura fatal.
La mujer que me servía de asistenta cayó enferma y, para reemplazarla, me envió a su hija.
Era una morena magníficamente constituida y de cara provocativa. Se plantó delante de mí, con sus ojos negros fijos en los míos, sus senos puntiagudos al aire, como los de un mascarón de proa.
—¿Es verdad que usted podría pagarme un abrigo de pieles, un reloj de pulsera de oro y brillantes y medias de seda sin que mermase su fortuna? —me preguntó.
—Nada es más cierto—respondí.
—Entonces, ¿a qué espera?—cacareó.
No esperé.

Pero el día en que ella apareció en público con sus costosas prendas y el pueblo murmuró, los postigos de las ventanas de mi vecina permanecieron obstinadamente cerrados.

El carillón lanzó en vano sus notas claras en las profundidades de la casa y el muro medianero permaneció sordo a mis insistentes llamadas.

Por la tarde salté el seto del jardín; pero, apenas hube franqueado el umbral de la puerta trasera, noté el soplo helado de la ausencia y del abandono.
Por la noche, corría a los Groves.

La sepultura estaba abierta y me incliné sobre un monstruoso horror: una calavera reía repugnantemente a las estrellas, un sudario de seda bostezaba sobre una informe podredumbre; entre los huesos del esqueleto ardían los tizones de una multitud de rubíes, mientras que una gran pestilencia subía del sepulcro.

Sin embargo, permanecí allí, implorando al infierno y al cielo a la vez, hasta el momento en que, a lo lejos, cantó un gallo en el campo, anunciando la aurora.
 

•••
El Fulmer ha echado piel nueva. Eso no es más que un remiendo engañoso, pero que sirve para mis fines. Le he encontrado una tripulación, recogida en el ambiente más sórdido que se pueda imaginar. Pronto nos haremos a la mar, y es seguro que, en la próxima tempestad, mi bravo navío hará su huequecito en el inmenso océano.

Participar un secreto con Dios y los restos de un cadáver seria soportar hasta el fin de mis días un fardo demasiado pesado.