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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 1)

Recuerdo que después de la conversación me aparté del teléfono como en un revoloteo romántico. Aunque solo había hablado una vez con el gran cirujano, Roland Maradick, aquella tarde de diciembre pensaba yo que el hablar con él, aunque fuese una sola vez..., el verle en la sala de operaciones una hora nada más... era una aventura que dejaba sin color ni interés todo el resto de la vida. 

Después de tantos años de trabajar en casos de tifoidea y pulmonía, todavía siento el delicioso temblor de mis jóvenes latidos; aún veo los rayos del sol invernal cayendo oblicuamente, a través de las ventanas del hospital, sobre las batas de las enfermeras.

—No ha pronunciado mi nombre. ¿No podría tratarse de una equivocación? —Yo estaba de pie, incrédula, pero estática, delante de la inspectora del hospital.

—No, no ha habido ningún error. Estuve hablando con él antes de que usted bajara. —La enérgica faz de Miss Hemphill se suavizaba al mirarme. Era una mujer alta, decidida, pariente lejana de mi madre, y una de esas enfermeras —esto lo había descubierto yo durante el mes que hacía desde que llegara de Richmond— que los hospitales del Norte, aunque quizá no los pacientes del Norte, parecen preferir y elegir instintivamente.

Desde el primer momento, y a pesar de su aspereza, había concebido cierto aprecio —no me atrevería a llamar «cariño» a una preferencia tan impersonal— por su prima de Virginia. Al fin y al cabo, no todas las enfermeras del Sur, recién terminados sus estudios, pueden presumir de parentesco con una inspectora de un hospital de Nueva York.

—¿Y le ha dado a entender claramente que se refería a mí? —Sencillamente, aquello era tan maravilloso que no podía creerlo.

—Ha preguntado particularmente por la enfermera que estaba con Miss Hudson la semana pasada, cuando él operó. Creo que ni se acordaba siquiera de que tengas un nombre. Cuando le he preguntado si se refería a Miss Randolph, me ha repetido que quería la enfermera que estuvo con Miss Hudson. Era bajita, me ha dicho, y de aspecto vivaracho. Las características, por supuesto, concordarían con otras dos o tres chicas; pero ninguna de ellas estuvo con Miss Hudson.

—Entonces, supongo que es cierto, realmente cierto. —Y los pulsos me cosquilleaban—. ¿Y tengo que estar aquí a las seis?

—Ni un minuto más tarde. La enfermera de día deja el servicio a dicha hora, y a Mistress Maradick no la dejan sola ni un instante.

—Es cosa mental, ¿verdad que sí? Con lo cual resulta más extraño todavía que me haya elegido a mí, porque yo he tenido muy pocos casos mentales.

—Muy pocos casos de cualquier clase. —Miss Hemphill estaba sonriendo, y yo me preguntaba si cuando sonreía las demás enfermeras la reconocían—. Cuando ya estés habituada a la marcha de los asuntos en Nueva York, Margaret, habrás perdido muchísimas cosas, además de la inexperiencia. Me pregunto cuánto tiempo conservarás la simpatía y la imaginación que te caracterizan. Al fin y al cabo, ¿no habrías sido mejor novelista que enfermera?

—No puedo dejar de entregarme en cuerpo y alma a mis casos. Supongo que no debería hacerlo...

—No se trata de lo que uno debería, sino de lo que debe hacer. Cuando hayas agotado hasta el último vestigio de simpatía y entusiasmo y no hayas recibido nada a cambio por ello, ni siquiera que te den las gracias, entenderás por qué trato de evitar que te eches a perder.

—Pero seguramente en un caso como este..., para el doctor Maradick...

—Ah, sí, naturalmente, para el doctor Maradick. —Debió de percibir que solicitaba su confianza, porque al cabo de un minuto dejó caer un rayo de luz sobre la situación—. Sí, es un caso muy triste, si uno piensa en cuán encantador y gran cirujano es el doctor Maradick. —Yo sentí que la sangre se me agolpaba a las mejillas, más arriba del almidonado cuello del uniforme.

—He hablado con él una sola vez —murmuré—, pero es realmente encantador... y tan bondadoso y guapo..., ¿verdad?

—Sus pacientes le adoran.

—Ah, sí. Lo he visto. Todo el mundo frecuenta sus visitas.

Como los pacientes y las demás enfermeras, yo también me había acostumbrado, deliciosa, paulatina y casi imperceptiblemente, a procurar asistir a las visitas diarias del doctor Maradick. Supongo que aquel hombre había nacido para ser idolatrado por las mujeres. 

Desde mi primer día en el hospital, desde el momento que le vi, por entre los semientornados postigos, cuando él bajaba del coche, jamás dudé de que le habían asignado el papel de protagonista de la función. Si no hubiese estado enterada ya de su encanto, del hechizo que ejercía sobre aquel hospital, lo habría percibido en el silencio expectante, como un aliento contenido, que se produjo después de haber pulsado él el timbre de la puerta y que precedió a sus imperiosas pisadas por las escaleras. 

Aun después de los terribles acontecimientos del año siguiente, la primera impresión que conservo de él consiste en un recuerdo a la vez despreocupado y magnífico. 

En aquel instante, mientras estaba mirando por las rendijas de los postigos y le veía con su abrigo de piel oscura, cruzando la acera sobre los pálidos rayos de sol, comprendí más allá de toda duda, lo supe por una especie de presentimiento infalible, que en el futuro mi hado estaría indisolublemente unido al suyo. 

Lo sabía, repito, a pesar de que Miss Hemphill siguiera insistiendo en que esta premonición nacía de una recolección sentimental e indiscriminada efectuada en toda suerte de novelas. Pero no; no fue un flechazo amoroso, por muy impresionable que mi pariente me pudiera considerar. Era solamente la figura de aquel hombre. 

Y aún más que su aspecto, más que el negro brillante de aquellos ojos, el castaño plateado del cabello, el fulgor moreno de su rostro, aún más que su hechizo y su majestad, creo que lo que me ganó el corazón fue la hermosura y simpatía de su voz. Era una voz que, tal como oí más tarde decir a no sé quién, hubiera debido estar recitando siempre poemas.

De modo que ustedes verán por qué... —¡si no puedo hacérselas comprender desde el principio, jamás podré confiar en que comprendan cosas imposibles!—, de modo que ustedes verán por qué acepté la llamada, cuando llegó, como una orden imperativa. No habría podido permanecer alejada, después de haberme llamado él. Por más que hubiese intentado no ir, sé que al final habría acudido. 

Por aquellos días, cuando aún tenía la esperanza de escribir novelas, solía hablar mucho del «destino»; desde entonces he aprendido ya lo tontas que son esa clase de digresiones y supongo que era mi «destino» el verme cogida en la tela de araña de la personalidad de Roland Maradick. Pero no soy la primera enfermera enferma de amor por un médico que jamás se fijó en ella.

—Me alegra que te llamase, Margaret. Puede significar muchísimo para ti. Trata únicamente de no ser demasiado emocional. —Recuerdo que mientras hablaba, Miss Hemphill tenía en la mano un pelargonio —una paciente suya se lo había dado— de una maceta que tenía en el cuarto, y el olor de la flor persiste en mi olfato..., o en mi recuerdo. Desde entonces..., oh, sí, muchísimas veces desde entonces... me he preguntado si también se había dejado coger en la tela de araña.

—Me gustaría estar más enterada del caso. —Yo insistía en que me iluminasen—. ¿Ha visto usted alguna vez a Mistress Maradick?

—Oh, sí, querida. Hace poco más de un año que se casaron; y al principio ella solía venir al hospital y aguardaba fuera mientras el doctor hacía las visitas. Entonces era una mujer de aspecto dulce..., no bonita, precisamente, pero rubia y esbelta, con la sonrisa más adorable, creo yo, que haya visto en mi vida. 

Durante aquellos primeros meses, estaba tan enamorada que nosotros solíamos comentarlo y reírnos. Ver cómo se iluminaba la cara cuando el doctor salía del hospital y cruzaba la acera para subir al coche era todo un espectáculo. No nos cansábamos de observarla. Yo no era inspectora entonces, de manera que tenía más tiempo para mirar por la ventana, cuando estaba de guardia de día. Un par de veces, la dama trajo a su hijita para que viese a un paciente. La niña se le parecía tanto, que cualquier persona habría adivinado, sin que se lo dijeran, que eran madre e hija.

A mí me habían dicho que, cuando conoció al doctor, Mistress Maradick era viuda y tenía una sola hija, por lo cual pregunté, buscando una iluminación que no había hallado todavía:

—Había una gran cantidad de dinero de por medio, ¿verdad?

—Una gran fortuna. Si no hubiera sido tan atractiva, supongo que la gente habría dicho que el doctor Maradick se casaba con ella por el dinero. Solo que —y parecía hacer un esfuerzo por recordar— creo haber oído algo relativo a que estaba depositado de forma que Mistress Maradick perdía todo derecho sobre el mismo si volvía a casarse. 

Ni que me fuera la vida en ello, no podría recordar exactamente cómo era; pero se trataba de un testamento extraño, y sé que Mistress Maradick no podía entrar en posesión del dinero salvo en el caso de que la niña no llegase a mayor. Lo lamentable del caso...

Una enfermera joven entró en el despacho a pedir algo —las llaves del quirófano, creo— y Miss Hemphill se interrumpió sin terminar la frase y salió corriendo. Era una pena que hubiese cortado la narración en el punto en que la cortó. ¡Pobre Mistress Maradick! Quizá yo fuese demasiado emotiva; pero ya antes de verla había empezado a percibir su ternura y su aislamiento.

Los preparativos me costaron muy pocos minutos. Por aquellos días yo siempre tenía una maleta preparada y a punto para llamadas repentinas, y no eran todavía las seis cuando doblaba la calle Diez para entrar en la Quinta Avenida, y me paraba un minuto antes de subir los escalones a contemplar la casa en la que vivía el doctor Maradick. 

Era una casa antigua; las paredes parecían húmedas, aunque esto podía ser debido a la lluvia, y tenía una reja en forma de araña que subía junto a los peldaños de piedra hasta la puerta negra, a través de cuyo anticuado abanico percibí un leve destello de luz. 

Más tarde me enteré de que Mistress Maradick había nacido en la casa —su apellido de soltera era Calloran— y que nunca quiso vivir en ninguna otra parte. Cuando la conocí mejor, supe que era una mujer que tomaba muchísimo apego lo mismo a las personas que a los lugares, y aunque, después de la boda, el doctor Maradick probó de convencerla de que se trasladaran a las afueras de la ciudad, ella no atendió a los deseos del marido y continuó adicta a la antigua casa de la parte baja de la Quinta Avenida. 

Esas mujeres dulces, amables, especialmente si son ricas desde la infancia, resultan a veces singularmente obstinadas. Desde entonces he cuidado a tantas —mujeres de afectos muy fuertes e intelectos débiles— que he llegado a reconocer su especie con solo verlas.

Toqué el timbre y acudieron con cierto retraso. Al entrar en la casa advertí que el vestíbulo estaba completamente a oscuras salvo por el reflejo mortecino de un fuego encendido en la biblioteca. Cuando dije cómo me llamaba y añadí que era la enfermera de noche, el criado opinó, al parecer, que mi humilde persona no merecía mayores iluminaciones. 

Era un anciano mayordomo negro, heredado quizá de la madre de Mistress Maradick, quien, según supe después, era oriunda de Carolina del Sur, y mientras pasaba junto a mí para emprender el ascenso de las escaleras, le oí murmurar vagamente, en un inglés casi incomprensible, que «no iba a encender las luces hasta que la niña hubiese terminado de jugar».

A la derecha del vestíbulo, el leve resplandor me llevó hacia la biblioteca y, cruzando el umbral con paso tímido, me paré junto al fuego para que se me secara el mojado abrigo. Mientras permanecía inclinada hacia la lumbre, con la intención de erguirme en cuanto oyera una pisada, iba pensando en lo acogedora que resultaba aquella habitación después de haber visto las húmedas paredes del exterior, a las que se pegaban unas despojadas plantas trepadoras, y estaba contemplando las extrañas formas y los raros dibujos que el fuego proyectaba sobre la vieja alfombra persa, cuando los faros de un motor que giraba lentamente posaron su luz sobre mí, a través de las blancas cortinas de la ventana. 

Todavía cegada por aquel resplandor, volví la cabeza y vi venir rodando hacia mí, saliendo de la habitación vecina, una pelota de goma de colores rojo y azul. Un momento después, mientras realizaba un infructuoso intento por coger la bola que rodaba por mi vera, cruzó la puerta airosamente una niñita dotada de una ligereza y una gracia singulares; pero se detuvo de pronto, como sorprendida al ver a una persona extraña. 

Era menudita, tan pequeña y delgada que sus pasos no producían el menor ruido en el pulido suelo del umbral, y recuerdo que al mirarla pensé que tenía la cara más seria y dulce que hubiera visto en mi vida. No podía tener —esto me lo dije luego— más de seis o siete años, y, sin embargo, permanecía plantada allí con un curioso aire de dignidad remilgada, como la que habría correspondido a una persona mayor, y me miraba con ojos enigmáticos. 

Vestía una falda escocesa a pliegues, con un trocito de cinta encarnada en el pelo, que llevaba cortado formando flequillo sobre la frente y cayendo, lacio, sobre los hombros. Con todo su hechizo, desde el cabello castaño hasta los calcetines blancos y las zapatillas negras de sus piececitos, lo que recuerdo más vivamente es la mirada singular de sus ojos, que a la oscilante luz parecían de un color indeterminado. Porque lo raro de aquella mirada era que no correspondía, en modo alguno, a una niña. No era el mirar de la infancia, sino de una experiencia profunda, de un conocimiento amargo.

—¿Entrabas a buscar la pelota? —pregunté. Pero mientras tenía aún en los labios la amistosa pregunta, oí que el criado negro regresaba. En mi confusión, hice un intento inefectivo por coger el juguete, que se alejaba rodando y se perdía en las sombras de la sala de estar. Luego, al levantar la cabeza, vi que también la niña había desaparecido de aquellas habitaciones, y, sin buscarla, seguí al negro hasta el agradable estudio del piso superior, donde me esperaba el famoso cirujano.

Hace diez años, cuando el duro trabajo de enfermera no se había cobrado todavía una contribución tan onerosa de mi espíritu, yo me sonrojaba con gran facilidad, de modo que en el instante en que cruzaba el estudio del doctor Maradick me daba cuenta de que tenía las mejillas del color de las peonías. 

Naturalmente, era una tonta —nadie lo sabe mejor que yo—, pero hasta entonces nunca había estado a solas con él, ni por un instante, y para mí aquel hombre era más que un héroe; era —y ahora ya no hay motivo alguno para que me sonroje al confesarlo— casi un dios. 

Por aquellos años yo perdía el juicio ante las maravillas de la cirugía, y, en el quirófano, Roland Maradick tenía bastantes facultades de mago para hacerle perder la carta de navegar a una cabeza más madura y sensata que la mía. Añádase a su reputación y a su maravillosa pericia el hecho de ser —estoy completamente segura— el hombre más guapo, incluso a sus cuarenta y cinco años, que se pueda imaginar. 

Si se hubiera mostrado descortés conmigo, y hasta francamente grosero, yo habría seguido adorándole; pero cuando me tendió la mano y me saludó con el hechizo especial que tenía para las mujeres, comprendí que habría sido yo capaz de morir por él. 

No es raro que por el hospital corriera la voz de que todas las mujeres que operaba se enamoraban de él. En cuanto a las enfermeras..., bueno, no había ni una sola que se hubiera librado de su fascinación; ni siquiera Miss Hemphill, a pesar de que no podía faltarle ni un solo día para cumplir los cincuenta años.

—Me alegra que haya podido venir, Miss Randolph. ¿Estaba usted con Miss Hudson la semana pasada, cuando operaba yo?

Asentí con un movimiento de cabeza. Ni para salvar la vida habría podido pronunciar una palabra sin sonrojarme muchísimo más.

—Me fijé entonces en la animación de su cara. Animación, creo yo, es lo que Mistress Maradick necesita. A la enfermera de día la encuentra deprimente. —Sus ojos se posaron en mí con una expresión tan cariñosa que desde entonces he sospechado que no le pasaba por alto la adoración que yo sentía por él. El cielo sabe que era un muy pequeño motivo de halago a su vanidad, una enfermera recién salida del colegio, pero en algunos hombres no hay tributo demasiado insignificante para que no les dé placer.

—Usted hará cuanto pueda, estoy seguro. —Vaciló un instante, bastante largo solamente para que yo percibiese la ansiedad escondida bajo la sonrisa jovial de su rostro, y luego añadió gravemente—: Deseamos evitar, siempre que sea posible, el mandarla fuera de casa.

Yo solo supe murmurar unas breves frases de respuesta, y después de unas palabras cuidadosamente escogidas sobre la enfermedad de su mujer, el doctor tocó el timbre e indicó a la doncella que me acompañase arriba, a mi habitación. Hasta el momento de subir las escaleras del tercer piso no se me ocurrió que, en realidad, el doctor Maradick no me había explicado nada. Estaba tan en ayunas respecto a la naturaleza de la enfermedad de Mistress Maradick como cuando entré en la casa.

 

(CONTINUARÁ...) 

Los elfos - Ludwig Tieck

–¿Dónde está nuestra pequeña María?

–Está jugando en el prado con el hijo de nuestro vecino contestó la mujer.

–No vayan a perderse –dijo el padre, preocupado–, son tan atolondrados.

La madre echó un vistazo a los pequeños y les llevó su merienda a la mesa.

–¡Qué calor hace! –dijo el muchacho mientras la niña se abalanzaba sobre las rojas cerezas.

–Tengan cuidado, niños –dijo la madre–, no vayan muy lejos de casa ni se adentren en el bosque; su papá y yo vamos al campo.

El joven Andrés contestó:

–¡Oh, no hay por qué preocuparse! El bosque nos asusta y vamos a quedarnos sentados cerca de la casa, donde hay gente.

Al momento, la mujer se retiró y salió acompañada de su esposo. Cerraron ambos la puerta de la casa y se dirigieron al campo y los prados para inspeccionar a los peones y, al mismo tiempo, la cosecha de heno. 

La casa se situaba en una pequeña y verde loma, rodeada por un declive con empalizadas que abarcaban también los huertos y los invernaderos; un poco más abajo, se extendía el pueblo, y a lo lejos se elevaba el palacio ducal. 

Martín arrendaba la propiedad señorial y vivía con su esposa y su única hija, contento porque cada año ahorraba con la perspectiva de hacerse, a costa de su trabajo, un hombre rico ya que la tierra era fértil y el señor conde más bien benévolo.

Al caminar junto a su mujer en dirección de los campos, miró con alegría en torno suyo y dijo:

–Qué distinta es esta región de la otra en que vivíamos, Brígida. Aquí todo es tan verde, el pueblo es abundante en frutos, la tierra derrocha pastos y hermosas flores, todas las casas son alegres y limpias, y los habitantes, ricos. Hasta pienso que los bosques son aquí más hermosos y el cielo más azul; hasta donde alcanza la vista, puede verse el gozo y la alegría ante la generosidad de la Naturaleza.

–En cuanto se está más allá del río –dijo Brígida–, se encuentra uno como en otra Tierra, todo tan triste y raquítico. Cuanto forastero viene, afirma que nuestro pueblo es el más bello de la región.

–Con excepción del valle de abetos –contestó él–. Mira hacia allá, qué negro y triste se ve ese apartado lugar dentro de toda la alegría que lo circunda. Detrás de los obscuros abetos están la humeante casita, los cobertizos derruidos, el hilo de agua que pasa de largo con aire triste. 

–Es cierto –dijo la mujer, mientras permanecían de pie–. Al acercarse a ese lugar, se vuelve uno triste y temeroso sin saber la razón de ello. ¿Quiénes serán en realidad esos que viven allí y por qué se mantienen alejados de toda comunidad como si no tuvieran la conciencia tranquila?

–Pobre chusma –contestó el joven arrendatario–. Parecen gitanos que roban y engañan en lo apartado, y quizá allí sea su escondite. Lo único que me asombra es que el muy benévolo señorío los tolere.

–Podría también ser gente pobre –dijo la mujer, compasivamente– que se avergüenza de su pobreza, aunque uno no tiene realmente razón al culparlos de nada; lo único que da en qué pensar es que no muestran devoción hacia la iglesia. Y no se sabe de qué viven pues el jardincillo, que parece estar completamente abandonado, no los puede ni siquiera alimentar, ni tampoco poseen sus propios campos.

–Sólo Dios sabe en qué se ocupen –continuó Martín, mientras reanudaba sus pasos–, pues ningún ser humano pasa junto a ellos, y el lugar que habitan está apartado y embrujado, de manera que ni los muchachos más traviesos se atreven a acercarse.

Continuaron conversando mientras se encaminaban al campo. Aquella obscura región de la que hablaban estaba situada fuera del pueblo. En una pendiente rodeada de abetos se veía una casita y diversas construcciones pertenecientes a varias granjas casi del todo destruidas. Muy de vez en cuando llegaba a apreciarse el humo de las chimeneas, y más rara todavía era la presencia de gente. 

En una sola ocasión, un curioso que se había atrevido a acercarse advirtió en un banco, delante de la casita, unas horribles mujeruchas vestidas con harapientas ropas acompañadas de unos niños igualmente feos y sucios que se revolcaban entre sus faldas; algunos perros de obscuro pelaje corrían cerca de ellos; al caer la noche, un individuo misterioso que nadie conocía cruzó el camino a la altura del arroyo y entró en la casita; más tarde, a lo lejos, podían verse entre la obscuridad diversas siluetas que se movían como sombras alrededor de una fogata campestre. 

La pendiente, los abetos y la casita derruida daban en verdad una extrañísima impresión dentro del verde y alegre paisaje, en comparación con las blancas casitas del pueblo y el reluciente y magnífico palacio.

Los niños se habían comido la fruta; sintieron deseos de correr, y la pequeña y ágil María le ganó en todas las ocasiones al lento Andrés.

–¡Eso no tiene ninguna gracia! –exclamó finalmente Andrés–. ¡Vamos a hacerlo ahora más lejos, entonces si veremos quién gana!

–Como quieras –dijo la pequeña–. Sólo que no podemos correr hacia donde está el río.

–No –contestó Andrés–. Pero allá, en la colina, donde está el gran peral, a un cuarto de hora de aquí. Yo corro dando vuelta a la izquierda, por la pendiente de los abetos, y tú, que puedes hacerlo, corres por el lado derecho del campo, y los dos llegamos a la misma meta. Entonces veremos quién es el que corre mejor.

–Bueno. Así no nos estorbaremos en el camino; además, mi papá dice que es la misma distancia en dirección de la colina yendo de este lado o más allá de la casa de los gitanos –dijo María, y en seguida comenzó a correr.

Andrés se apresuró tan velozmente que María, al tomar por la derecha, ya no lo alcanzó a ver mas.

–Es realmente un tonto –se dijo–, pues me será suficiente un poco de valor para cruzar el pequeño puente, pasar cerca de la casita y salir del solar hacia el otro lado; así llegaré mucho antes que Andrés.

Ya estaba delante del arroyo, al pie de la colina de abetos.

–¿Cruzo el puente? ¡Qué miedo! –se dijo.

Un falderillo blanco ladraba allí cerca con todo su ímpetu. Al asustarse, el animal le pareció a María como un monstruo y retrocedió inopinadamente.

–¡Ay! –dijo–. Andresito está ahora muy adelantado y yo sigo aquí, como una estatua, pensándolo todavía.

El perro ladraba sin parar; al mirarlo con más detenimiento no le pareció tan horrible sino, por el contrario, muy gracioso: tenía un collar rojo del que colgaba un reluciente cascabel, y toda vez que levantaba la cabeza meneándose al ladrar, el cascabel se dejaba oír encantadoramente.

–¡Eh, sólo tengo que decidirme! –exclamó la pequeña María–. Corro lo más que pueda y ¡rápido, rápido! salgo otra vez al camino. ¡Este animalillo no me ha de devorar tan rápidamente!

Al decir esto, la resuelta y vivaz niña se lanzó hacia el puentecillo y pasó a toda carrera junto al perro, que sin ladrar más le hizo fiestas alrededor. De pronto estaba en la pendiente, de manera que los negros abetos le impedían la vista hacia los contornos de la casa paterna y el resto del paisaje.

Vaya que estaba sorprendida. La rodeaba el jardín de flores más vistoso y alegre, sembrado de tulipanes, rosas y azucenas de incomparables y bellos colores; mariposas azul y púrpura se mecían en los pétalos, aves multicolores se colgaban de los emparrados en las jaulas de lustrosas rejas mientras cantaban hermosas melodías, y algunos niños, en albeantes y cortos vestiditos, de pelo rubio y rizado y de ojos claros, saltaban alrededor. 

Unos jugaban con corderitos, otros daban de comer a los pájaros o bien recolectaban flores que se regalaban mutuamente. Otros más comían cerezas, uvas y albaricoques rojizos. No podía verse ninguna casita. En cambio, una amplia y hermosa casa, con puerta de hierro en artístico y noble talle, lucía en medio de ese espacio. 

María estaba absorta y maravillada, y ni siquiera supo orientarse; pero, como no era nada tonta, en pocos instantes se acercó al primer niño que vio y le tendió la mano para saludarlo.

–¡Qué sorpresa que vengas a visitarnos! –dijo la deslumbrante niña a la que había saludado–. Te he visto correr y saltar allá afuera, pero te has asustado con nuestro perrito.

–¿Entonces no son ustedes ningunos gitanos bribones, como dice Andrés? ¡Vaya! Pero si es un tonto, y ¡el día entero habla sin ton ni son!

–Quédate con nosotros –dijo la maravillosa niña–, te gustará.

–Pero es que estamos corriendo.

–Regresarás a tiempo. ¡Toma y come! 

María comió y encontró la fruta tan dulce como nunca había saboreado ninguna, y Andrés, la carrera y la advertencia de sus padres se borraron por completo de su mente.

Una mujer muy alta, vestida con lujo deslumbrante, se acercó y preguntó por la niña extranjera.

–Hermosa mujer –le dijo María–, vine corriendo hasta aquí y ella me invitó a quedarme.

–Tú sabes, Zerina –dijo la hermosa mujer–, que ella sólo tiene permiso por poco tiempo y, además, tenías que haberme preguntado antes que todo.

–Pensé –dijo la deslumbrante niña– que si la habían dejado cruzar el puente podía entonces quedarse; ya la hemos visto correr a menudo por el campo y tú misma te has deleitado con su carácter alegre y vivaz; al fin y al cabo, tendrá que abandonarnos muy pronto.

–No, yo quiero quedarme aquí –dijo María–. Esto es muy bonito; además, aquí están las cosas más agradables que he visto, sobre todo las fresas y las cerezas. Allá afuera no es tan espléndido como aquí.

La mujer, vestida con sus prendas doradas, se alejó sonriendo y muchos de los niños saltaron entonces alrededor de la alegre María bromeando con ella y animándola a bailar; otros le llevaron corderitos y juguetes maravillosos; unos más tocaron sus instrumentos y cantaron. 

Pero se mantuvo especialmente junto a la compañera que conoció desde su llegada pues era la más amable y simpática de todos. La pequeña María exclamaba una y otra vez:

–Quiero quedarme siempre con ustedes para que sean mis hermanos.

Ante ello, todos los niños se reían abrazándola.

–Ahora vamos a hacer un bonito juego –dijo Zerina.

Corrió velozmente al interior del palacio y volvió con una diminuta caja dorada que guardaba un brillante polen. Tomó un poco de él con sus deditos y esparció algunos granos en el verde suelo. De pronto, se vio crujir el césped en forma de olas y, luego de breves momentos, surgieron de inmediato rosales que crecieron y se desarrollaron al instante, invadiendo el espacio con el más dulce aroma. 

María tomó también un poco de polvo y, cuando lo hubo esparcido, aparecieron blancas azucenas y multicolores claveles. A un movimiento de Zerina, desaparecieron las flores apareciendo otras en su lugar.

–Ahora –dijo Zerina–, prepárate para algo mejor.

Puso entonces dos piñones en el suelo, los pisoteó enérgicamente hasta hundirlos en la tierra y, al momento, dos verdes arbustos comenzaron a erguirse ante los niños.

–Cógete fuerte de mí –le dijo Zerina.

María puso sus brazos alrededor de su tierno cuerpo. Sin pensarlo, se sintió elevada, los arbolillos crecieron debajo de las niñas con asombrosa rapidez hasta que los altos pinos se arqueaban y las niñas tuvieron que mantenerse abrazadas entre las rojas nubes del atardecer, balanceándose de uno a otro lado en medio de besos. 
 
Los otros pequeños subían y bajaban con suma agilidad por entre las ramas de los árboles; se hacían bromas y daban empujones con muchas risas al encontrarse en el camino. Uno de los niños cayó a causa del amontonamiento de los otros y voló entonces por los aires, si bien bajó lenta y seguramente a tierra. 
 
Por último, María sintió miedo, la otra pequeña entonó algunas canciones con voz muy clara y los árboles descendieron tan rápidamente como se habían elevado hasta las nubes.

Entraron por la puerta de hierro hacia el palacio. Sentadas allí, hermosas mujeres, tanto ancianas como jóvenes, se deleitaban dentro de la sala circular comiendo agradables frutas. Entre tanto, podía escucharse una hermosa y sutil melodía. 

En la bóveda había palmeras pintadas, flores y follajes entre los que subían y bajaban, haciendo gráciles movimientos, varias figuras infantiles. 

Las imágenes variaban y centelleaban en los más encendidos colores, de acuerdo con la música; al momento, el verde y el azul se encendían como una diáfana luz y, con tonos de flama dorada y púrpura, el color se opacaba hasta languidecer; entonces los niños, desnudos entre los follajes de flores, parecían avivarse y tomar aliento a través de sus labios rojos de rubí de manera que podía verse el fulgor de los dientecillos y de los ojos azul celeste.

Desde la estancia, una escalera de hierro conducía a un gran hipogeo. Allí, entre una gran cantidad de oro, plata y piedras preciosas, refulgían gemas de infinitos colores; había en las paredes hermosos vasos que parecían rebosantes de magníficos tesoros, y oro trabajado en varias maneras que brillaba con un familiar tono rojizo. 

Incontables enanitos se hallaban ocupados en seleccionar las piezas a fin de ponerlas en los vasos. Otros, jorobados y contrahechos, de largas y enrojecidas narices, traían con muchos trabajos, jadeantes casi hasta inclinar la frente contra el piso, como los molineros bajo su carga de trigo, unos sacos de los que caían al suelo granos de oro. 

En seguida saltaban torpemente de un lado a otro y tomaban las piedrecillas rodantes que iban escapándose; no era raro que, en medio de su inquietud, uno golpeara al otro de manera que caían al suelo, atolondrados bajo su propio peso. Ponían caras hoscas y desdeñosas cuando ella reía ante sus gestos de fealdad. 

Encogido, sentado hasta el fondo, estaba un diminuto anciano a quien Zerina saludó ceremoniosamente en tanto que él agradecía con una severa inclinación de su cabeza. Tenía en la mano un cetro y puesta en la cabeza una corona; todos los demás enanos parecían reconocerlo como su señor y obedecían sus indicaciones.

–¿Qué pasa ahora? –preguntó, malhumorado, cuando las niñas se le acercaron un poco más.

María guardó silencio, temerosa, pero su compañera contestó que sólo habían ido a echar un vistazo a los sótanos.

–¡Las niñerías de siempre! –exclamó el viejo–. ¿No terminará nunca el ocio? –y tras esto, volvió a sus ocupaciones haciendo pesar y seleccionar diversas piezas de oro; envió a otros enanos afuera, y a uno más lo regañó.

–¿Quién es ese señor? –preguntó María.

–Nuestro príncipe del Metal –dijo la pequeña, mientras seguían caminando.

Parecían estar nuevamente afuera; se encontraban en la orilla de un lago. Sin embargo, no había Sol ni podían ver el cielo. Una barquita las recibió y Zerina remó incansablemente. Fue veloz la travesía. En medio del lago, María vio miles de carrizos, canales y afluentes ramificándose desde su centro en todas direcciones.

–Estas aguas corren bajo nuestro jardín hacia el lado derecho –dijo la deslumbrante niña–. Por ello, todo florece tan fresco. Desde aquí puede bajarse a la gran corriente del río. 

De pronto, desde todos los canales, apareció una multitud de niños, y todos se acercaban nadando; muchos llevaban guirnaldas de juncos y lirios; otros, puntas de coral, y otros más iban tocados con retorcidas conchas. 

Un confuso barullo resonaba alegremente desde las obscuras riberas; entre los pequeños era posible apreciar los movimientos de las más hermosas mujeres, y muchos niños a la vez saltaban sin cesar y se colgaban de ellas besándolas en el cuello y los hombros. 

Todas saludaron a la extranjera mientras ésta cruzó el lago en medio de ese alboroto, hasta internarse en un afluente del río, cada vez más estrecho. Por último, la barca se detuvo. Se despidieron de ella y Zerina tocó una roca que se abrió como una puerta y una roja figura femenina las condujo hacia abajo.

–¿Se están divirtiendo? –preguntó Zerina.

–Están tan agitados y contentos como uno los puede ver –contestó la mujer–, y el calor es extremadamente agradable.

Subieron por una escalera circular y, de pronto, María se vio en una sala tan iluminada que, al entrar, sus ojos quedaron deslumbrados. Tapices de un rojo intenso nutrían con una brasa púrpura los muros, y cuando la mirada de María se hubo adaptado vio, para su sorpresa, cómo ciertas figuras saltaban y danzaban sobre los tapices en medio de la mayor alegría y con tan grácil constitución y proporción, que no podía imaginarse otra cosa más cautivante. 

Sus cuerpos semejaban al bermejo metal, y parecía como si la inquieta sangre pulsara visiblemente dentro de ellos. Mostraban su risa ante la niña extranjera saludando con repetidas inclinaciones, pero cuando María intentó acercarse, Zerina la retuvo de pronto con fuerza, gritándole:

–¡Vas a quemarte, María, todo eso es fuego!

María sintió el calor:

–¿Por qué estas figuras tan tiernas no salen y juegan con nosotros? –preguntó a su amiga.

–Porque así como tú vives en el aire, ellas tienen que permanecer en el fuego; de otro modo, morirían. Mira qué bien se sientan, cómo ríen y gritan; allí, bajo tierra, los ríos de fuego se expanden en todas direcciones. Por su causa, crecen ahora las flores, las frutas y los sarmientos; los rojos ríos corren al lado de los riachuelos, y así estos seres de cambiantes llamas se mantienen siempre activos y alegres. Pero es ya demasiado fuego para ti. Vamos otra vez al jardín.

En el jardín, el escenario era distinto. El brillo de la Luna reposaba en cada pétalo, los pájaros permanecían en silencio y los niños dormían, en variados grupos, entre el verde follaje. Pero María y su amiguita no sentían ningún cansancio; en medio de largas conversaciones, paseaban bajo la cálida noche de verano.

Al amanecer, se refrescaron con frutas y leche. María dijo:

–Cambiemos de ambiente y salgamos al abetal para ver de cerca los abetos.

–Con mucho gusto –dijo Zerina–. Así podrás visitar a nuestros guardias, que seguramente van a gustarte. Están en lo alto del terraplén, entre los árboles.

Caminaron entre multicolores jardines, cruzando florestas repletas de ruiseñores; luego ascendieron por colinas rebosantes de parras y, después de seguir el intrincado curso de un claro hilo de agua, llegaron por fin al abetal y al declive que limitaba la región.

–¿Cómo es posible –preguntó María– que adentro tengamos que caminar tanto y afuera la distancia sea tan corta?

–No sé cómo sucede, pero así es –contestó la amiga.

Ascendieron hasta el sombrío abetal y un viento frío venía a acariciarlas desde el exterior; el paisaje parecía cubrirse por completo de niebla. En lo alto, extrañas figuras, cuyos rostros parecían cubiertos de polvo harinoso, estaban de pie, semejantes a las repugnantes cabezas de las lechuzas blancas. 

Se hallaban cubiertas con rugosos abrigos de gruesa y burda lana, y sostenían, abiertos, unos paraguas de extraña piel; soplaban y abanicaban sin parar con alas de murciélago que incidentalmente miraban, absortos, a través de los pliegues.

–Quisiera reír y siento miedo –dijo María.

–Ésos son nuestros buenos y laboriosos guardianes –replicó la pequeña compañera de juegos–. Aquí permanecen produciendo aire a fin de que todo extranjero que quiera acercarse experimente un extraño temor. Están cubiertos de esa manera por la lluvia y el frío pues no soportan ninguna de las dos cosas. Aquí abajo nunca llega nieve ni viento, ni hay frío; aquí es el eterno verano y la eterna primavera, pero si no se relevaran en sus puestos, morirían completamente.

–Pues, ¿quiénes son ustedes? –preguntó María cuando descendían de nuevo entre aromas florales–. ¿O no tienen un nombre con el que uno les pueda reconocer?

–Nos llamamos elfos –dijo la amable niña–. Según he podido escuchar, así nos nombran en el Mundo.

Escucharon un tumulto que surgía del prado más cercano.

–¡Llegó la hermosa ave! –les gritaron los niños, a la distancia.

Todos se agitaban dentro de la estancia. Entre tanto, vieron cómo jóvenes y viejos se apresuraban a cruzar el umbral y cómo se regocijaban; dentro resonaba una música plena de júbilo. 

Al entrar, vieron la circular estancia repleta de las más variadas figuras; todos miraban por encima en dirección de la enorme ave que, con su lujoso plumaje, describía lentamente múltiples círculos. La música se escuchaba más alegre que nunca, y colores y luces cambiaban con increíble rapidez. 

Finalmente, la música se detuvo y el ave se lanzó estrepitosamente por encima de una refulgente corona que flotaba bajo un elevado ventanal, iluminando desde lo alto la bóveda. Su plumaje era de colores verde y púrpura, y a través de él corrían las más brillantes líneas doradas; en su cabeza se movía una diadema de pequeñas plumas, tan claras y luminosas que relampagueaban como si fueran gemas. El pico era rojo y las patas de un azul intenso. 

A cada movimiento del ave, todos los colores lucían entreverados y todas las miradas, embelesadas, se prendían de él. Sus dimensiones eran las de un águila. Al abrir su luminoso pico, una dulce melodía escapó de su agitado pecho en tonos más hermosos aun que los del apasionado ruiseñor; el canto cobraba fuerza y se esparcía como una masa de rayos de luz, de manera que todos, incluso los más pequeñuelos, no podían contener las lágrimas de alegría y entusiasmo. 

Cuando terminó, todos se inclinaron delante del ave, que de nuevo voló en círculos bajo la bóveda, disparándose a través de la puerta y lanzándose hacia el despejado cielo, donde pronto pareció tan sólo un punto rojo, tan rápidamente que, al instante, desapareció en las alturas.

–¿Por qué están todos tan contentos? –preguntó María, inclinándose hacia la hermosa niña, que en ese instante le pareció más pequeña que el día anterior.

–¡Viene el rey! –dijo la pequeña–. Muchos de nosotros todavía no lo hemos visto, y adonde quiera que se dirige hay fortuna y alegría. Mucho tiempo lo hemos esperado, más ansiosamente que ustedes esperan la primavera después de un largo invierno; y ahora anunció su venida con este hermoso mensajero. 

Esta agradable e inteligente ave, que nos ha sido enviada en el servicio del rey, se llama Fénix. Vive en tierras lejanas, en Arabia, en la copa de un árbol del cual sólo hay uno en el Mundo, así como no existe un segundo Fénix. Cuando se siente viejo, fabrica un nido a partir de bálsamos e inciensos, lo enciende y se prende fuego a sí mismo, de modo que muere cantando; de las aromáticas cenizas se levanta otra vez el rejuvenecido Fénix con renovada hermosura. 

Muy raro es que emprenda el vuelo, así que aquellos que llegan a verlo –siendo que tal cosa sucede una vez en siglos– lo inscriben en sus memorias y esperan de ello acontecimientos maravillosos. Pero ahora, amiga mía, tienes también que partir pues no te está concedida la presencia del rey.

Entonces la hermosa mujer del vestido de oro se aproximó entre el tumulto, le hizo señas a María y se alejó con ella bajo una solitaria alameda.

–Tienes ahora que abandonarnos, mi querida niña –le dijo–. El rey quiere mantener su corte en este lugar durante los próximos veinte años o incluso más; se esparcirán fertilidad y bendiciones por todo el país y especialmente aquí. 

Los manantiales y los ríos serán más abundantes, todos los campos y los jardines, más ricos, y más noble el vino, más pródigo el prado y más fresco y verde el bosque; correrán más suaves vientos, ningún granizo perjudicará las cosechas ni inundación alguna amenazará a los hogares. 

Toma este anillo y piensa en nosotros, pero cuídate de hablarle a alguien acerca de nosotros pues si lo haces nos veremos obligados a abandonar esta tierra, y toda la gente de los alrededores, como también tú, carecerán de la fortuna y de las bendiciones que nuestra cercanía les otorga. Besa por última vez a tu compañera y adiós.

Al salir, Zerina lloraba; mientras tanto, María se inclinó para abrazarla y se separaron. Estando ya en el estrecho puente, el aire frío sopló sobre su espalda, desde el abetal, y el falderillo la saludó con sus ladridos dejando oír su cascabel; se volvió para echar una mirada y se apresuró a salir; la densidad de los abetos, la obscuridad de las casitas derruidas y las brumosas siluetas le inspiraron un angustioso temor.

–¡Cómo se habrán preocupado esta noche mis padres por mí! –se dijo, al encontrarse de nuevo en el campo–. Y no les puedo decir dónde estuve ni lo que he visto. Además, nunca lo creerían.

Dos hombres pasaron a su lado, la saludaron, y ella les escuchó decir:

–¡Qué chica más guapa! ¿De dónde será?

María apuró sus pasos al dirigirse a la casa paterna. Los árboles, apenas ayer rebosantes de frutos, se veían ahora raquíticos y sin follaje. La casa estaba pintada de otro color y un nuevo granero se levantaba a su lado. María se sorprendió tanto que creía estar en un sueño. Bajo tal turbación, abrió la puerta de la casa, su padre se hallaba sentado a la mesa, entre una mujer desconocida y un joven extranjero.

–¡Dios mío, padre! –exclamó–. ¿Dónde está mi madre?

–¿Tu madre? –dijo la mujer, presintiendo algo; precipitadamente, dio un paso hacia adelante–. ¡Vaya! ¿No serás...? ¡Pero claro, claro! Eres María, mi perdida que creían muerta, la única, querida María.

La había reconocido por un pequeño lunar debajo del mentón, por sus ojos y por su figura. Todos la abrazaron, todos estaban alegremente emocionados y los padres se enjugaban las abundantes lágrimas. María se sorprendió al notar que casi igualaba en estatura a su padre, y no alcanzaba a comprender que su madre hubiese cambiado y envejecido tanto. Preguntó por el nombre del joven.

–Es Andrés, el hijo de nuestro vecino –dijo Martín–. ¿Cómo es que vuelves tan inesperadamente después de siete largos años? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no nos has enviado noticias tuyas?

–¿Siete años? –preguntó María al no poder orientarse en sus ideas y recuerdos–. ¿Siete años enteros?

–Sí, sí –dijo Andrés, riéndose y tomándole cordialmente la mano–. Te gané, María, llegué hace siete años al peral y he vuelto; y tú, lenta, ¿apenas vas llegando?

Le preguntaron una y otra vez, le insistieron, pero ella, recordando la advertencia, no pudo dar ninguna respuesta. Casi le impusieron el cuento de que se había perdido al subirse a un carro que pasaba; que se había ido a un lugar extraño donde no supo indicar a la gente cuál era su hogar paterno; cómo había ido a parar a una ciudad lejana, donde unas buenas gentes la habían educado y amado; cómo éstas habían muerto y ella se había acordado de su lugar de origen y había decidido hacer el viaje de regreso.

–Dejémoslo así –dijo la madre––. Ya es suficiente con tenerte otra vez a nuestro lado. ¡Mi hijita, mi única, mi todo!

Andrés se quedó a cenar; María aún estuvo desorientada. La casa le parecía pequeña y obscura, le sorprendía su traje, limpio y sencillo, pero le resultaba totalmente ajeno; observó el anillo en su dedo, su oro brillaba a raudales y una piedra de un rojo refulgente resaltaba todavía más. A la pregunta de su padre, contestó que el anillo era un regalo de sus benefactores.

Anhelaba el momento de irse a dormir y, finalmente, se retiró. A la mañana siguiente se sentía serena, había ordenado mejor sus ideas y fue capaz de responder a la gente del pueblo que acudió a saludarla. 

Andrés, que había ido muy temprano, se mostraba afable y alegre, así como dispuesto a servirla. La muchacha, de quince años cumplidos, le había causado gran impresión, e incluso la noche anterior no había podido dormir. La mandaron llamar del palacio, adonde fue y tuvo que contar su historia, que ya había aprendido bien. 

El anciano señor y su mujer admiraron su buen comportamiento, pues era modesta sin ser tímida, respondía cortésmente y con buenas palabras a todas las preguntas que se le hacían; la timidez ante los nobles y ante aquellos de que se rodeaban había desaparecido, pues al comparar estas salas y sus adornos con los prodigios y la elevada belleza que había visto en la estancia secreta de los elfos, este lujo terrenal le parecía opaco, y la presencia de la gente, insignificante. Los jóvenes estaban sumamente encantados con su belleza.

Era febrero. Los árboles se cubrieron mucho antes de lo habitual con su frondosidad. El ruiseñor nunca había aparecido tan pronto. La primavera se presentó en el país con un mayor esplendor, tanto como no podían recordarlo los ancianos mayores. 
 
De todas partes brotaron manantiales que surtían de agua en abundancia a prados y vergeles. Las colinas parecían haber crecido, las regiones donde las parras de uva maduraban se elevaron notablemente, los frutales florecieron como nunca, y una bendición plena de aromas se expandía sobre el paisaje en forma de nubes y de pétalos. 
 
Todo se daba asombrosamente bien, no hubo día en que faltara el agua ni tempestad alguna que dañara las cosechas, el vino brotaba enrojecido de inmensos racimos y los habitantes del pueblo se admiraban sobrecogidos como en mitad de un dulce sueño. El año siguiente fue igual, si bien la gente ya se había acostumbrado a lo maravilloso. En otoño, María cedió a los ruegos de Andrés y de sus propios padres: se hizo su novia y en invierno se casó con él.

Muchas veces recordaba con honda nostalgia su viaje a la región oculta de los abetos; permanecía callada y seria. A pesar de lo hermoso que era todo cuanto la rodeaba, conocía algo todavía más hermoso; por ello, una ligera melancolía transformaba su ser con serena tristeza. 

Le dolía escuchar a su padre o a su marido hablar de los gitanos y bribones que se suponía vivían en la obscura pendiente; muchas veces quiso defenderlos, sobre todo ante Andrés, quien parecía encontrar cierto placer al hablar mal de ellos, pues ella sabía que eran los benefactores de la región. 

No obstante, reprimía siempre sus palabras. Así vivió durante un año, y al siguiente se puso la mar de contenta ante la llegada de una hija, a la cual le dio el nombre de Elfriede, seguramente en recuerdo de los elfos.

La joven pareja vivía con Martín y Brígida en la misma casa, que era suficientemente amplia, y ayudaba a los viejos en los quehaceres domésticos. 

La pequeña Elfriede mostró pronto capacidades y talentos especiales: caminó prematuramente y pudo hablar todo cuando aún no cumplía los primeros doce meses; más aún, después de varios años era tan lista y sensata y de tan extraordinaria belleza que todos la veían con admiración, en tanto su madre no podía dejar de pensar en su semejanza con los relucientes niños que habitaban en la pendiente de los abetos. 

A Elfriede no le agradaba estar con los demás niños; por el contrario, evitaba, hasta el punto de parecer tímida, sus entusiastas juegos, y prefería más que nada estar a solas. Entonces se apartaba en un rincón y leía o trabajaba con ahínco en su delicada costura. 

Muchas veces se le veía profundamente ensimismada o bien caminar de un lado a otro, hablando excitadamente consigo misma. Gustosos, sus padres la dejaban pues era una niña sana y alegre. Pero las respuestas y comentarios extrañamente inteligentes los hacía sentirse preocupados.

–Niños tan listos –dijo la abuela Brígida– a menudo no llegan a mayores, no están hechos para este Mundo. Además, la niña es extraordinariamente hermosa y no se hallará a gusto en este Mundo.

La pequeña tenía la particularidad de disgustarse mucho cuando era ayudada en sus quehaceres; quería siempre hacerlo todo por sí misma. Casi a diario era la primera en levantarse, se aseaba con mucho esmero y se vestía ella sola. 

Era muy cuidadosa por las noches; al guardar sus ropas y vestidos, absolutamente nadie, incluida su madre, tenía permitido acercarse a sus cosas. Su madre la miraba hacer en medio de tales caprichos; aún no sospechaba nada. 

Pero no salió de su asombro cuando, un día de fiesta en que iban de visita al castillo, al mudarle la ropa entre forcejeos, gritos y llantos de la niña descubrió en su pecho, colgada de una cadenita, una extraña medalla de oro; en ella reconoció de inmediato una de las tantas que había visto en la bóveda subterránea. 

La pequeña se asustó mucho, confesó haberla encontrado en el jardín y, al gustarle tanto, la guardó celosamente. Le rogó con tanta insistencia y ternura que le permitiera quedársela, que María se la sujetó de nuevo al cuello y, pensativa y silenciosamente, se encaminó con ella hacia el castillo.

A un costado de la casa había una troje y una construcción donde guardaban los aperos de labranza. Detrás, se hallaba un pequeño prado con un viejo cobertizo que nadie visitaba debido a que después de la nueva disposición de los edificios quedaba muy lejos del jardín. 
 
Era en esa soledad donde Elfriede prefería permanecer; allí nadie la perturbaba, de manera que sus padres no la veían durante gran parte del día. Una tarde, cuando María estaba en las viejas construcciones tratando de poner orden y de hallar alguna cosa, notó que a través de una grieta del muro un rayo de luz caía dentro de la habitación. 
 
Se le ocurrió mirar a través de la grieta para observar a su hija, hallándose con que le fue posible apartar un ladrillo flojo y, de esta manera, ver directamente hacia el cobertizo. Elfriede estaba sentada junto a su banquito y, a su lado, la muy conocida Zerina; ambas jugaban y se divertían en medio de una graciosa armonía. La elfa abrazó a la hermosa niña y, un tanto triste, le dijo:

–¡Mi adorada criatura! Así como contigo, jugué con tu madre cuando siendo pequeña nos visitó. Pero ustedes los humanos crecen demasiado rápido y se convierten rápidamente en gente adulta y razonable. Eso me pone completamente triste. ¡Ah, si permanecieran niños al igual que yo!

–Me gustaría tanto complacerte –dijo Elfriede–, pero todos los míos piensan que muy pronto entraré en razón y que no jugaré más, pues doy claras muestras de ser una niña precoz. ¡Ay! ¡Por si fuera poco, no te volveré a ver a ti, querida Zerinita! Pasa como con las flores de los árboles: ¡qué magnífico el floreciente manzano con sus rojizos y henchidos botones! El árbol crece y se ensancha tanto que cada hombre que camina a su vera piensa también que será algo especial; después llega el Sol, el florecimiento de sus ramas deviene tan felizmente con el duro núcleo en sus entrañas que más tarde excreta el colorido adorno y lo arroja al suelo. Entonces ya no puede ayudársele más en su triste desarrollo, y ha de volver a dar sus frutos hasta el otoño. Ciertamente, una manzana es también placentera y agradable pero insignificante al lado de este florecimiento primaveral. Así ocurre también con la gente; no puedo alegrarme por el hecho de llegar a ser un adulto. ¡Ay, si pudiera visitaros una sola vez!

–Desde que el rey vive con nosotros –dijo Zerina– es absolutamente imposible, pero yo vengo a verte muchas veces sin que nadie me vea ni lo sepa, querida; soy invisible en el aire y vuelo como un pájaro. ¡Oh, vamos a estar juntas mucho tiempo, mientras sigas siendo una pequeña! Y ahora, ¿qué puedo hacer para complacerte?

–Debes quererme tanto como yo te guardo en el corazón; pero hagamos una rosa para nosotras.

Zerina tomó de su pecho su conocido cofrecillo, arrojó dos granos al suelo y, al momento, brotó de él un verde arbusto con un par de rosas de un rojo intenso y que parecían inclinarse y besarse entre sí. Sonrientes, cortaron las rosas y el arbusto desapareció.

–¡Oh, si tan sólo la vida de esta rosa no fuera tan breve! –dijo Elfriede–. Encendida criatura, milagro de la Tierra.

–¡Dame! –dijo la elfa, quien aspiró el capullo antes de besarlo tres veces–. Ahora –dijo al devolvérselo– se mantendrá fresco y floreciente hasta el invierno.

–Quiero guardar esta rosa como si fuera tu propia imagen –dijo Elfriede–; quiero guardarla en el rincón más secreto de mi habitación para besarla todas las noches y todos los días como si fueras tú misma.

–El Sol se está poniendo –dijo Zerina–; ya tengo que irme a casa.

Se abrazaron una vez más y Zerina desapareció.

Por la noche, María tomó a su niña, con una sensación de angustia y respeto, entre sus brazos. A partir de entonces, le dio a su muchachita mayor libertad que antes y, en ocasiones, tranquilizó a su marido cuando éste iba en busca de la niña, lo cual venía haciendo desde tiempo atrás pues no acababa de gustarle su excesivo retraimiento y temía que pudiera volverse una ingenua y poco avispada muchacha. 
 
Sigilosamente, la madre iba repetidas veces ante la grieta del muro y, con frecuencia, encontraba a la pequeña y deslumbrante elfa sentada al lado de su hija, ocupadas ambas en algún juego o en una muy seria conversación.

–¿Te gustaría volar? –preguntó en una ocasión Zerina a su amiguita.

–¡Cuánto me gustaría! –exclamó Elfriede.

De inmediato el hada abrazó a la niña y se elevó con ella de manera que ambas se mantuvieron a la altura del cobertizo. La madre, inquieta, olvidó toda precaución y asomó, asustada, la cabeza con objeto de no perderlas de vista; de pronto Zerina levantó su dedo y, sonriente, la amenazó; descendió con la niña, la estrechó contra su corazón y desapareció. A menudo María fue advertida por la maravillosa niña, quien meneaba la cabeza amenazándola si bien siempre con amables gestos.

María le había dicho muchas veces, en tono de riña, a su marido:

–¡Eres injusto con la gente que habita la casita!

Cuando Andrés insistía en que le explicara por qué estaba en contra de la opinión del pueblo e incluso de la del conde, creyéndose mejor entendida, ella se contenía y, desconcertada, guardaba silencio.

Un día, Andrés llegó a casa a la hora de la comida más impetuoso que otras veces; llegó a afirmar que era necesario desterrar a esa canalla en virtud de que era perniciosa para la región. Ella exclamó entonces, llena de indignación:

–¡Calla! Ellos son nuestros benefactores.

–¿Nuestros benefactores? –preguntó Andrés, sorprendido–. ¿Los vagabundos?

Un arranque de cólera incontenible la llevó a contarle a su marido la historia de su juventud bajo la promesa de guardar el más absoluto silencio, y como se mostrara mayormente incrédulo ante sus palabras y ladeaba la cabeza haciendo más patente su escepticismo, lo condujo a la habitación desde donde acostumbraba observar a su hija y, para su sorpresa, vio a la elfa en el cobertizo jugando con ella.

No supo qué decir. Dejó escapar una exclamación de asombro ante la cual Zerina alzó la vista. Al momento, ésta se puso pálida, tembló con cierta agitación y se mostró hosca sin poder contener su expresión alterada, todo lo cual la hizo comportarse en una actitud amenazante antes de decirle a Elfriede:

–Tú no tienes la culpa de esto, corazón mío, pero nunca conocerán la prudencia por más inteligentes que se crean.

Abrazó a la pequeña, sobresaltada y apuradamente, y voló en seguida como un cuervo, lanzando roncos graznidos, en dirección de los abetos, más allá del jardín.

Al anochecer, la pequeña se mantuvo en extremo callada y, llorando, besaba su rosa. María se sintió presa de angustia; Andrés apenas si dijo algo: se hizo la noche. De pronto susurraron los árboles, los pájaros volaron lanzando angustiosos garlidos, se escuchó el redoble de un trueno que sacudió la Tierra y asimismo quejumbrosas voces que el viento parecía acercar y alejar. 
 
María y Andrés no tenían valor ni para levantarse. Se envolvieron en sus mantas y aguardaron el día temblando de miedo. Por la mañana, la cosa fue tranquilizándose; todo se mantenía en silencio cuando el Sol penetraba con su luz en lo alto de los bosques.

Andrés se levantó y se vistió; al despertar, María se dio cuenta de que la piedra de su anillo se había opacado. Al abrir la puerta, el Sol brillaba ante ellos claramente pero casi no reconocieron el paisaje que había en torno suyo. La frescura del bosque había desaparecido, las colinas eran más bajas, los arroyos corrían cansinos y casi secos, el cielo estaba gris. 

Cuando dirigieron la mirada hacia el abetal, los abetos no les parecieron ni más obscuros ni más tristes que los otros árboles. No había en las casitas situadas detrás de ellos nada que pudiera inspirar ningún temor. Varios aldeanos llegaban y contaban los extraños sucesos de la noche anterior; algunos incluso fueron hasta los solares donde vivían los supuestos gitanos, quienes muy probablemente, según dijeron, se habían ido ya, pues las casitas estaban deshabitadas y su interior se apreciaba como siempre, semejante al de las casas de la gente pobre; incluso parte del mobiliario había sido abandonado.

Elfriede le dijo en secreto a su madre:

–Mamá, por la noche, cuando no podía conciliar el sueño por el miedo a los truenos y me puse a rezar fervientemente, se abrió de pronto la puerta y entró mi compañera de juegos para despedirse. Traía un veliz y tenía puesto un sombrero; traía también un cayado enorme para el camino. Estaba visiblemente enfadada contigo, pues ahora tendrá que soportar las peores y más dolorosas penas por tu causa. ¡Tanto te había amado siempre! De cualquier manera, según dijo ella, abandonarán contra su voluntad nuestra región.

María le prohibió hablar acerca del asunto. Entre tanto, el barquero llegó del otro lado del río; contó cosas extraordinarias. Al caer la noche, según dijo, un hombre de elevada estatura y de aspecto extraño llegó con él para alquilarle la embarcación hasta la hora del amanecer, pero a condición de que se quedara tranquilamente durmiendo en su casa o, al menos, no pasara de la puerta hacia afuera.

–Tenía miedo –continuó el anciano–, pero ese extraño asunto no me dejaba dormir. Me escurrí silenciosamente hacia la ventana y miré hacia afuera buscando con los ojos el río. Grandes y turbulentas nubes flotaban en el cielo y los bosques lejanos susurraban temiblemente. Mi cabaña parecía temblar, y lamentos y aullidos parecían irla cercando lentamente. Entonces miré de pronto una luz blanca que se extendía y se hacía más ancha, como miles y miles de astros caídos del cielo. Palpitando con mucho brillo, se agitó sobre la pendiente del abetal, avanzó a través del campo y se esparció a lo largo de las aguas del río. Entonces escuché por todos lados, como si alguien caminara torpemente, algo parecido a un tintineo y, luego, murmullos. Se dirigieron hacia mi barca y todos treparon a ella; grandes y pequeñas siluetas luminosas, hombres, mujeres y al parecer niños, así como un alto y extraño hombre que iba al frente de ellos hacia la otra orilla. Miles nadaban en las aguas del gran río, al lado de la embarcación, mientras en el aire flotaban luces y nubes blancas, y no había quién diera término a sus lamentos y quejas por tener que viajar tan lejos. El golpe de los remos sobre el agua producía un murmullo aislado de todo lo demás, y después, de pronto, surgió el silencio. Muchas veces atracaba la barca y volvía en todas las ocasiones con una nueva carga. Llevaban consigo muchos toneles de gran peso, que cargaban y hacían rodar unos asquerosos enanos que los acompañaban; parecían diablos o duendes, yo no lo se. Más tarde, en medio de un ondulante fulgor, llegó un engalanado séquito. Un anciano, que montaba un corcel blanco, parecía ser el centro en torno al cual todos se apretujaban; sólo pude apreciar la cabeza del caballo cubierto por completo con unos bellos y lustrosos mantos. El viejo llevaba sobre su cabeza una corona tan brillante que, cuando cruzó el río en dirección de la orilla opuesta, pensé que el Sol quería elevarse y la aurora flameaba frente a mí. Así transcurrió toda la noche; por último me dormí, a la vez alegre y temeroso. Por la mañana todo estaba tranquilo, pero el río casi desapareció, y es tanta su merma que tendré dificultades para gobernar mi embarcación.

En el transcurso de ese mismo año, cuanto abarca la vista iba decreciendo. Los bosques morían, los veneros se agotaban y la región –antaño la común alegría de los viajeros– estaba en el otoño tan asolada, diezmada y yerma por todas partes, que apenas si se mostraba un pequeño sitio, en medio del mar terroso, donde crecieran pálidos yerbajos. 

Los frutales habían desaparecido, las viñas se perdieron y el aspecto del paisaje era tan triste que al año siguiente el conde abandonó con su familia el castillo, que con el curso del tiempo quedó en ruinas.

Elfriede, sumida en la mayor tristeza, contemplaba noche y día su rosa. Recordaba a su compañera de juegos y, a medida que se doblaba y secaba la flor, también ella iba inclinando su cabecita, hasta consumirse antes de llegar la primavera. María iba a plantarse muchas veces enfrente de la casita e imploraba y lloraba por la dicha perdida. Se consumió al igual que su pequeña hija y murió al cabo de pocos años. Entonces el viejo Martín se fue a vivir con su yerno a la región donde antaño había vivido.