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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 2)


Hallé mi habitación suficientemente agradable. Habían decidido —por indicación del doctor Maradick, me figuro— que dormiría en la casa, y después de la austera cama del hospital tuve una agradable sorpresa ante el alegre aspecto de la habitación en que me introdujo la doncella. 

El papel de las paredes lucía un dibujo de rosas y en la ventana había una cortina de quimón floreado. La ventana daba sobre un cuidado jardincito de la parte trasera de la casa. Esto lo supe por la doncella, porque la oscuridad era demasiado densa para que yo pudiera distinguir algo más que un surtidor de mármol y un abeto que parecía viejo, aunque luego supe que habían de replantarlo casi todos los años.

A los diez minutos, me había puesto ya el uniforme y estaba en disposición de acudir al lado de mi paciente; pero por no sé qué motivo —en el día de hoy todavía no he averiguado la causa que la volvió contra mí en el principio— Mistress Maradick se negó a recibirme. Mientras permanecía delante de la puerta, oía cómo, dentro, la enfermera de día probaba de persuadirla de que me dejase entrar. 

Pero fue completamente inútil, y al final me vi obligada a regresar a mi dormitorio y aguardar hasta que a la pobre señora se le hubiera pasado el antojo y consintiera en verme. Lo cual sucedió bastante después de la comida —estarían ya más cerca las once que las diez— y Miss Peterson se sentía completamente agotada cuando vino a buscarme.

—Me temo que pasará usted una mala noche —me decía mientras bajábamos las escaleras juntas. Pronto vi que este era el estilo de Miss Peterson: esperar lo peor de todo y de todos.

—¿Y la tiene a usted así, en vela, muy a menudo?

—Oh, no, habitualmente es muy considerada. Jamás vi un carácter más amable. Pero sigue siempre con esa alucinación...

Y una vez más, igual que en la escena con el doctor Maradick, comprendí que la explicación solo había servido para hacer más impenetrable el misterio. Evidentemente, la alucinación de Mistress Maradick, fuese cual fuere la forma que asumiera, era una fuente de evasivas y subterfugios en aquella casa. 

Ya tenía yo en la punta de la lengua la pregunta de: «Pero ¿en qué consiste esa alucinación?» cuando he ahí que llegamos delante de la puerta de Mistress Maradick, y Miss Peterson me indicó con un ademán que guardara silencio. La puerta se abrió un poquitín para dejarme paso, y vi que Mistress Maradick estaba acostada ya y todas las luces apagadas, excepto una lamparilla de noche encendida sobre un candelabro, al lado de un libro y una botella de agua.

—Yo no entraré —dijo en un susurro Miss Peterson. Por mi parte, estaba a punto de cruzar el umbral cuando vi a la chiquilla, con su vestido escocés plisado, deslizándose a mi vera desde las sombras de la habitación hacia el pasillo iluminado eléctricamente. Llevaba una muñeca en brazos, y al pasar se le cayó en el umbral una cestita de labor de muñeca. 

Sin duda, Miss Peterson recogió prestamente el juguete, porque cuando me volví, al minuto, buscándolo con la mirada, hallé que había desaparecido. Recuerdo que pensé que era muy tarde para que una niñita continuara levantada, y una niña que parecía delicada, además, pero, al fin y al cabo, no era asunto mío, y los cuatro años de estancia en el hospital me habían enseñado a no mezclarme en cosas que no me incumbieran. 

La primera lección que aprende, y muy pronto, una enfermera es la de no querer enderezar el mundo en un solo día.

Cuando crucé la habitación hasta la silla al lado de la cama de Mistress Maradick, esta se volvió sobre el costado y me dirigió la sonrisa más dulce y triste.

—Usted es la enfermera de noche —dijo con voz afable, y apenas abrió los labios comprendí que su manía..., o su alucinación, como la llamaban, no tenía nada de histérico ni de violento—. Me han dicho cómo se llama usted; pero he olvidado el nombre.

—Randolph... Margaret Randolph. —Le cogí afecto desde el primer instante, y creo que ella debió de darse cuenta.

—Parece usted muy joven, Miss Randolph.

—Tengo veintidós años; pero supongo que no los represento. La gente suele considerarme más joven.

Ella permaneció callada un minuto, y mientras me sentaba en la silla, junto a la cama, pensaba en cuán extraordinariamente se parecía a la chiquilla que había visto aquella tarde por primera vez, y, luego, cuando salía de la habitación unos momentos antes. 

Ambas tenían la cara en forma de corazón y con un color levísimo y delicado; el mismo cabello lacio y suave, entre castaño y blondo; y los mismos ojos grandes, graves, muy separados bajo unas arqueadas cejas. Sin embargo, lo que más me sorprendía era que ambas me miraban con aquella expresión enigmática y vagamente meditativa..., solo que en la faz de Mistress Maradick la vaguedad parecía transformarse de vez en cuando en un miedo definido, un chispazo, habría dicho yo casi, de estremecido horror.

Permanecí muy quieta en mi silla, y hasta que llegó la hora de que Mistress Maradick tomase la medicina no se cruzó ni una sola palabra entre nosotras. Luego, cuando me incliné sobre ella con el vaso en la mano, Mistress Maradick levantó la cabeza de la almohada y dijo en un susurro de contenida vehemencia:

—Usted parece bondadosa. Me pregunto si no habrá visto a mi hijita...

Mientras deslizaba el brazo bajo la almohada probé de dirigirle una sonrisa alegre.

—Sí, la he visto dos veces. Y la conocería en cualquier parte por lo mucho que se parece a usted.

Una hermosa luz brilló en sus ojos, y pensé en lo bonita que debía de ser cuando la enfermedad no se había llevado aún la vida y la animación de sus rasgos.

—En esto conozco que usted es buena. —Lo decía con una voz tan fatigada y baja que apenas la oía—. Si no fuese buena, no habría podido verla.

Me pareció un comentario bastante raro; pero me limité a decir:

—Tiene un aspecto delicado para continuar levantada a estas horas.

Un temblor pasó por sus finos rasgos, y por un minuto temí que fuera a estallar en llanto. Cuando se hubo tomado la medicina, dejé el vaso en el estante, me incliné sobre la cama y le alisé el cabello, fino y suave como seda hilada, apartándoselo de la frente. Aquella mujer tenía un algo —no sé qué sería— que hacía que bastaba que te mirase para que la amaras.

—Siempre ha tenido ese aire ligero y etéreo; pero no ha estado enferma ni un solo día en su vida —respondió sosegadamente después de una pausa. Luego, buscando mi mano a tientas, susurró apasionadamente—: ¡No se lo diga a él..., no se lo diga a nadie que la ha visto!

—¿No debo decírselo a nadie? —De nuevo tuve la impresión que había experimentado por primera vez en el estudio del doctor Maradick y luego en las escaleras, con Miss Peterson, de estar buscando un rayo de luz en medio de la oscuridad.

—¿Está segura de que no nos escucha nadie..., de que no hay nadie a la puerta? —me preguntó, apartándome el brazo e incorporándose en las almohadas.

—Segura, completamente segura. Han apagado las luces del pasillo.

—¿Y no se lo contará a él? Prométame que no se lo contará. —En la vaga extrañeza de su expresión se encendió de nuevo el chispazo de horror—. No le gusta que vuelva, porque la mató él.

«¡Porque la mató él!» Entonces se hizo la luz dentro de mí, como en una llamarada. ¡De manera que aquella era la alucinación de Mistress Maradick! Creía que su hijita había muerto..., la niñita a quien yo había visto, con mis propios ojos, salir de la habitación; y creía que su marido, el gran cirujano a quien todos los del hospital idolatrábamos, la había asesinado. 

¡No era extraño que envolviesen en misterio aquella espantosa obsesión! ¡No era raro que ni la misma Miss Peterson hubiera querido sacar a la luz el horrible problema! Simplemente, era una de esas alucinaciones con las que nadie tiene valor suficiente para enfrentarse.

—No sirve de nada contarle a la gente cosas que nadie cree —resumió ella pausadamente, siempre sujetándome la mano con una fuerza que me habría causado dolor si ella no hubiera tenido los dedos tan frágiles—. Nadie cree que la mató. Nadie cree que ella vuelve a casa todos los días. Nadie lo cree..., y, sin embargo, usted la ha visto...

—Sí, la he visto... Pero ¿por qué la habría matado su marido? —Se lo dije con acento apaciguador, tal como se habla a una persona que está loca de remate. Pero no estaba loca; mientras la miraba, habría jurado que no lo estaba, en absoluto.

Por un momento la mujer gimió inarticuladamente, como si el horror de sus pensamientos fuese demasiado grande para convertirse en palabras. Luego disparó los delgados, desnudos brazos en un gesto desesperado.

—¡Porque nunca me amó! —explicó—. ¡Porque no me ha amado nunca!

—Pero se casó con usted —le encarecí dulcemente, al mismo tiempo que le acariciaba el cabello—. Si no la hubiese amado, ¿por qué se habría casado con usted?

—Quería el dinero..., el dinero de mi niña. Cuando yo muera, pasará todo a sus manos.

—Pero él es rico. Ha de amasar una fortuna con su profesión.

—No le basta. Quería millones. —Se había puesto seria y trágica—. No, no me amó nunca. Amaba a otra persona desde siempre..., desde antes de conocerme a mí.

Vi que sería perfectamente inútil querer razonar con ella. Si no estaba loca, se hallaba en un estado de terror y desconfianza tan negros que casi cruzaban la frontera de la demencia. Por un momento tuve la idea de subir al cuarto de la niña y bajársela; pero después de un momento de vacilación comprendí que Miss Peterson y el doctor Maradick debían de haber ensayado ya desde mucho tiempo atrás estas medidas. 

Evidentemente no podía hacer nada, excepto tranquilizarla y sosegarla cuanto pudiese, y así lo hice hasta que se sumió en un sueño ligero que se prolongó hasta bien entrada la mañana.

A las siete, yo estaba exhausta; no a causa del trabajo, sino de la tensión de mis sentimientos de ternura por aquella mujer, y cuando entró una doncella a traerme una taza de café, lo agradecí de veras.  

Mistress Maradick seguía durmiendo —le había administrado una mezcla de bromuro y cloral— y no se despertó hasta que Miss Peterson entró de servicio, una o dos horas después. Luego, cuando bajé, encontré el comedor desierto a excepción de la vieja ama de llaves, que estaba repasando el servicio de plata. Al cabo de un rato me explicó que el doctor Maradick se hacía servir el desayuno en la «sala de la mañana», en la otra parte de la casa.

—¿Y  la niña? ¿Come siempre en su habitación? —La mujer me dirigió una mirada alarmada. Más tarde me pregunté si era de desconfianza o de aprensión.

—No hay ninguna niña. ¿No está enterada?

—¿Enterada? No. ¡Caramba, si ayer la vi! —La mirada que me dirigió la mujer, sí, estaba segura, rebosaba de alarma.

—La niña..., que era la criatura más dulce que he visto en mi vida..., murió de pulmonía hace dos meses exactamente.

—Pues no es posible que muriera. —Yo hacía una tontería al insistir de este modo; pero la sorpresa me había enervado por completo—. Le digo que ayer la vi. —La alarma del rostro de la mujer subió de punto.

Ese es el mal que padece Mistress Maradick. Cree que sigue viéndola.

—¿Y usted no la ve? —Disparé la pregunta sin rodeos.

—No. —La mujer puso los labios muy tirantes—. Yo nunca veo nada.

De modo que yo me equivocaba, después de todo, y la explicación, cuando llegó, solo acentuaba el terror. La niña había muerto... falleció de pulmonía dos meses atrás... y, sin embargo, yo la había visto con mis propios ojos jugando con la pelota en la biblioteca; la había visto salir sigilosamente de la habitación de su madre con una muñeca en brazos.

—¿Hay alguna otra niña en la casa? ¿Podría tratarse de la hija de algún sirviente? —Un rayo de luz se abría paso entre la bruma por la cual yo avanzaba a tientas.

—No, no hay ninguna más. El doctor probó de traer una; pero la pobre señora se puso de tal forma que por poco muere. Además, no se hallaría otra niña tan sosegada y dulce como Dorothea. El verla saltar por ahí con su vestido escocés plisado me hacía pensar en un hada, aunque digan que las hadas solo visten de blanco o de verde.

—¿No la ha visto nadie más...? A la niña, quiero decir... ¿Ningún criado?

Solo Gabriel, el mayordomo de color, que vino con la madre de Mistress Maradick de Carolina del Sur. Me ha contado que es frecuente que los negros posean una especie de segunda visión..., aunque no sé si ese es el nombre que ustedes le darían, exactamente. Pero parece que creen en lo sobrenatural por instinto, y Gabriel está tan viejo y chocho... ya no trabaja; solo acude cuando tocan el timbre de la puerta y limpia la plata, que nadie hace mucho caso de lo que vea...

—El cuarto de la niña, ¿lo tienen igual como cuando vivía?

—Oh, no. El doctor hizo enviar todos los juguetes al hospital de niños. Esto le causó muchísima pena a Mistress Maradick; pero el doctor Brandon creyó, y todas las enfermeras estuvieron de acuerdo con él, que a Mistress Maradick le convenía más no conservar el cuarto como cuando Dorothea vivía.

—¿Dorothea? ¿Así se llamaba la niña?

—Sí. Significa «regalo de Dios», ¿verdad? Se lo pusieron porque era el nombre de Mistress Ballard, madre del primer marido de Mistress Maradick. Ese primer marido era un hombre serio, callado... No se parecía en nada al doctor.

Yo me pregunté si la otra espantosa obsesión de Mistress Maradick había llegado también, por conducto de las enfermeras o las criadas, a oídos del ama de llaves; pero esta no hizo la menor alusión al tema, y, tratándose como se trataba, a mi parecer, de una persona muy charlatana, me pareció más cuerdo suponer que dicha habladuría no había llegado a su conocimiento.

Un poco más tarde, terminado el desayuno y antes de subir a mi cuarto, tuve la primera entrevista con el doctor Brandon, el famoso alienista que atendía a la enferma. Yo no le había visto nunca; pero desde el primer momento de verle hice su valoración casi intuitivamente. 

Era, supongo, suficientemente honrado, cualidad que le he reconocido siempre a pesar del resentimiento que me ha inspirado. Si le faltaba sangre roja en el cerebro, y si por un prolongado contacto con fenómenos anormales había adquirido el hábito de mirar la vida entera como una enfermedad, no era culpa suya. 

Era uno de esos médicos —y todas las enfermeras entenderán qué quiero decir— que trata instintivamente con grupos y no con individuos. Era alto y solemne; tenía la cara muy redonda, y no había hablado yo ni diez minutos con él que ya sabía que se había educado en Alemania, y que allá había aprendido a tratar todo sentimiento como una manifestación patológica. 

Yo solía preguntarme qué sacaba él de la vida, qué sacaba de la vida todo aquel que a fuerza de análisis lo hubiera eliminado todo excepto la estructura descarnada.

Cuando, por fin, llegué a mi cuarto estaba tan cansada que apenas podía recordar ni las preguntas que me había hecho el doctor Brandon ni las instrucciones que me había dado. Me quedé dormida —lo sé— tan pronto como la cabeza tomó contacto con la almohada, y la doncella que entró a ver si quería tomar algo prefirió dejar que terminase el sueño.

Por la tarde, cuando vino de nuevo, trayéndome una taza de té, me encontró todavía pesada y soñolienta. Aunque estaba acostumbrada a las guardias de noche, me sentía como si hubiera bailado desde la puesta del sol hasta la llegada de la aurora. 

Mientras tomaba el té, me decía que era una suerte que no todos los casos afectaran los sentimientos de una tan vivamente como la alucinación de Mrs. Maradick había afectado los míos.

Durante el día no vi al doctor Maradick; pero a las siete, cuando subía, después de comer temprano, a ocupar el puesto de Miss Peterson, que se había quedado de servicio una hora más que de costumbre, me encontró en el vestíbulo y me pidió que entrase en su estudio. 

A mí me pareció más guapo que nunca, con su traje de noche y luciendo una flor blanca en el ojal. Tenía que asistir a un banquete, me dijo el ama de llaves; aunque lo cierto era que siempre asistía a esta u otra solemnidad. Creo que aquel invierno no cenó en casa ni una sola noche.

—¿Ha pasado bien la noche Mrs. Maradick? —Había cerrado la puerta detrás de nosotros, y al volverse dirigiéndome la pregunta, me sonreía amablemente, como si quisiera hacerme sentir a mis anchas desde el comienzo.

—Después de tomar la medicina, ha dormido muy bien. Se la di a las once.

Estuvo un minuto mirándome en silencio, y me di cuenta de que enfocaba sobre mí su personalidad, su hechizo. Era casi como si yo me encontrase en el centro de unos rayos convergentes de luz, tan viva era la impresión que me causaba.

—¿Aludió de alguna forma a su... su alucinación? —preguntó él.

Jamás he sabido de qué forma recibí la advertencia, qué invisibles ondas de percepción sensorial me transmitieron el mensaje; pero mientras permanecía allí, de cara al esplendor de la presencia de aquel hombre, todas las intuiciones de mi espíritu me decían que había llegado el momento en que me debía de pronunciar en favor de uno u otro bando, en aquella casa. Mientras permaneciera allí, o había de estar con Mrs. Maradick, o contra ella.

—Habló con mucha cordura —respondí al cabo de un momento.

—¿Qué dijo?

—Me explicó cómo se encontraba, que echaba de menos a la niña y que todos los días paseaba un rato por la habitación.

La cara del doctor Maradick cambió..., aunque primero no supe determinar en qué sentido.

—¿Ha visto al doctor Brandon?

—Ha venido esta mañana a darme instrucciones.

—Le ha parecido encontrarla peor. Me aconseja que la envíe a Rosedale.

Jamás he intentado, ni aun en secreto, explicarme la conducta del doctor Maradick. Es posible que fuese sincero. Yo solo cuento lo que sé, no lo que creo o imagino, y lo humano es, a veces, tan inescrutable, tan inexplicable, como lo sobrenatural.

 

(CONTINUARÁ...) 


El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 1)

Recuerdo que después de la conversación me aparté del teléfono como en un revoloteo romántico. Aunque solo había hablado una vez con el gran cirujano, Roland Maradick, aquella tarde de diciembre pensaba yo que el hablar con él, aunque fuese una sola vez..., el verle en la sala de operaciones una hora nada más... era una aventura que dejaba sin color ni interés todo el resto de la vida. 

Después de tantos años de trabajar en casos de tifoidea y pulmonía, todavía siento el delicioso temblor de mis jóvenes latidos; aún veo los rayos del sol invernal cayendo oblicuamente, a través de las ventanas del hospital, sobre las batas de las enfermeras.

—No ha pronunciado mi nombre. ¿No podría tratarse de una equivocación? —Yo estaba de pie, incrédula, pero estática, delante de la inspectora del hospital.

—No, no ha habido ningún error. Estuve hablando con él antes de que usted bajara. —La enérgica faz de Miss Hemphill se suavizaba al mirarme. Era una mujer alta, decidida, pariente lejana de mi madre, y una de esas enfermeras —esto lo había descubierto yo durante el mes que hacía desde que llegara de Richmond— que los hospitales del Norte, aunque quizá no los pacientes del Norte, parecen preferir y elegir instintivamente.

Desde el primer momento, y a pesar de su aspereza, había concebido cierto aprecio —no me atrevería a llamar «cariño» a una preferencia tan impersonal— por su prima de Virginia. Al fin y al cabo, no todas las enfermeras del Sur, recién terminados sus estudios, pueden presumir de parentesco con una inspectora de un hospital de Nueva York.

—¿Y le ha dado a entender claramente que se refería a mí? —Sencillamente, aquello era tan maravilloso que no podía creerlo.

—Ha preguntado particularmente por la enfermera que estaba con Miss Hudson la semana pasada, cuando él operó. Creo que ni se acordaba siquiera de que tengas un nombre. Cuando le he preguntado si se refería a Miss Randolph, me ha repetido que quería la enfermera que estuvo con Miss Hudson. Era bajita, me ha dicho, y de aspecto vivaracho. Las características, por supuesto, concordarían con otras dos o tres chicas; pero ninguna de ellas estuvo con Miss Hudson.

—Entonces, supongo que es cierto, realmente cierto. —Y los pulsos me cosquilleaban—. ¿Y tengo que estar aquí a las seis?

—Ni un minuto más tarde. La enfermera de día deja el servicio a dicha hora, y a Mistress Maradick no la dejan sola ni un instante.

—Es cosa mental, ¿verdad que sí? Con lo cual resulta más extraño todavía que me haya elegido a mí, porque yo he tenido muy pocos casos mentales.

—Muy pocos casos de cualquier clase. —Miss Hemphill estaba sonriendo, y yo me preguntaba si cuando sonreía las demás enfermeras la reconocían—. Cuando ya estés habituada a la marcha de los asuntos en Nueva York, Margaret, habrás perdido muchísimas cosas, además de la inexperiencia. Me pregunto cuánto tiempo conservarás la simpatía y la imaginación que te caracterizan. Al fin y al cabo, ¿no habrías sido mejor novelista que enfermera?

—No puedo dejar de entregarme en cuerpo y alma a mis casos. Supongo que no debería hacerlo...

—No se trata de lo que uno debería, sino de lo que debe hacer. Cuando hayas agotado hasta el último vestigio de simpatía y entusiasmo y no hayas recibido nada a cambio por ello, ni siquiera que te den las gracias, entenderás por qué trato de evitar que te eches a perder.

—Pero seguramente en un caso como este..., para el doctor Maradick...

—Ah, sí, naturalmente, para el doctor Maradick. —Debió de percibir que solicitaba su confianza, porque al cabo de un minuto dejó caer un rayo de luz sobre la situación—. Sí, es un caso muy triste, si uno piensa en cuán encantador y gran cirujano es el doctor Maradick. —Yo sentí que la sangre se me agolpaba a las mejillas, más arriba del almidonado cuello del uniforme.

—He hablado con él una sola vez —murmuré—, pero es realmente encantador... y tan bondadoso y guapo..., ¿verdad?

—Sus pacientes le adoran.

—Ah, sí. Lo he visto. Todo el mundo frecuenta sus visitas.

Como los pacientes y las demás enfermeras, yo también me había acostumbrado, deliciosa, paulatina y casi imperceptiblemente, a procurar asistir a las visitas diarias del doctor Maradick. Supongo que aquel hombre había nacido para ser idolatrado por las mujeres. 

Desde mi primer día en el hospital, desde el momento que le vi, por entre los semientornados postigos, cuando él bajaba del coche, jamás dudé de que le habían asignado el papel de protagonista de la función. Si no hubiese estado enterada ya de su encanto, del hechizo que ejercía sobre aquel hospital, lo habría percibido en el silencio expectante, como un aliento contenido, que se produjo después de haber pulsado él el timbre de la puerta y que precedió a sus imperiosas pisadas por las escaleras. 

Aun después de los terribles acontecimientos del año siguiente, la primera impresión que conservo de él consiste en un recuerdo a la vez despreocupado y magnífico. 

En aquel instante, mientras estaba mirando por las rendijas de los postigos y le veía con su abrigo de piel oscura, cruzando la acera sobre los pálidos rayos de sol, comprendí más allá de toda duda, lo supe por una especie de presentimiento infalible, que en el futuro mi hado estaría indisolublemente unido al suyo. 

Lo sabía, repito, a pesar de que Miss Hemphill siguiera insistiendo en que esta premonición nacía de una recolección sentimental e indiscriminada efectuada en toda suerte de novelas. Pero no; no fue un flechazo amoroso, por muy impresionable que mi pariente me pudiera considerar. Era solamente la figura de aquel hombre. 

Y aún más que su aspecto, más que el negro brillante de aquellos ojos, el castaño plateado del cabello, el fulgor moreno de su rostro, aún más que su hechizo y su majestad, creo que lo que me ganó el corazón fue la hermosura y simpatía de su voz. Era una voz que, tal como oí más tarde decir a no sé quién, hubiera debido estar recitando siempre poemas.

De modo que ustedes verán por qué... —¡si no puedo hacérselas comprender desde el principio, jamás podré confiar en que comprendan cosas imposibles!—, de modo que ustedes verán por qué acepté la llamada, cuando llegó, como una orden imperativa. No habría podido permanecer alejada, después de haberme llamado él. Por más que hubiese intentado no ir, sé que al final habría acudido. 

Por aquellos días, cuando aún tenía la esperanza de escribir novelas, solía hablar mucho del «destino»; desde entonces he aprendido ya lo tontas que son esa clase de digresiones y supongo que era mi «destino» el verme cogida en la tela de araña de la personalidad de Roland Maradick. Pero no soy la primera enfermera enferma de amor por un médico que jamás se fijó en ella.

—Me alegra que te llamase, Margaret. Puede significar muchísimo para ti. Trata únicamente de no ser demasiado emocional. —Recuerdo que mientras hablaba, Miss Hemphill tenía en la mano un pelargonio —una paciente suya se lo había dado— de una maceta que tenía en el cuarto, y el olor de la flor persiste en mi olfato..., o en mi recuerdo. Desde entonces..., oh, sí, muchísimas veces desde entonces... me he preguntado si también se había dejado coger en la tela de araña.

—Me gustaría estar más enterada del caso. —Yo insistía en que me iluminasen—. ¿Ha visto usted alguna vez a Mistress Maradick?

—Oh, sí, querida. Hace poco más de un año que se casaron; y al principio ella solía venir al hospital y aguardaba fuera mientras el doctor hacía las visitas. Entonces era una mujer de aspecto dulce..., no bonita, precisamente, pero rubia y esbelta, con la sonrisa más adorable, creo yo, que haya visto en mi vida. 

Durante aquellos primeros meses, estaba tan enamorada que nosotros solíamos comentarlo y reírnos. Ver cómo se iluminaba la cara cuando el doctor salía del hospital y cruzaba la acera para subir al coche era todo un espectáculo. No nos cansábamos de observarla. Yo no era inspectora entonces, de manera que tenía más tiempo para mirar por la ventana, cuando estaba de guardia de día. Un par de veces, la dama trajo a su hijita para que viese a un paciente. La niña se le parecía tanto, que cualquier persona habría adivinado, sin que se lo dijeran, que eran madre e hija.

A mí me habían dicho que, cuando conoció al doctor, Mistress Maradick era viuda y tenía una sola hija, por lo cual pregunté, buscando una iluminación que no había hallado todavía:

—Había una gran cantidad de dinero de por medio, ¿verdad?

—Una gran fortuna. Si no hubiera sido tan atractiva, supongo que la gente habría dicho que el doctor Maradick se casaba con ella por el dinero. Solo que —y parecía hacer un esfuerzo por recordar— creo haber oído algo relativo a que estaba depositado de forma que Mistress Maradick perdía todo derecho sobre el mismo si volvía a casarse. 

Ni que me fuera la vida en ello, no podría recordar exactamente cómo era; pero se trataba de un testamento extraño, y sé que Mistress Maradick no podía entrar en posesión del dinero salvo en el caso de que la niña no llegase a mayor. Lo lamentable del caso...

Una enfermera joven entró en el despacho a pedir algo —las llaves del quirófano, creo— y Miss Hemphill se interrumpió sin terminar la frase y salió corriendo. Era una pena que hubiese cortado la narración en el punto en que la cortó. ¡Pobre Mistress Maradick! Quizá yo fuese demasiado emotiva; pero ya antes de verla había empezado a percibir su ternura y su aislamiento.

Los preparativos me costaron muy pocos minutos. Por aquellos días yo siempre tenía una maleta preparada y a punto para llamadas repentinas, y no eran todavía las seis cuando doblaba la calle Diez para entrar en la Quinta Avenida, y me paraba un minuto antes de subir los escalones a contemplar la casa en la que vivía el doctor Maradick. 

Era una casa antigua; las paredes parecían húmedas, aunque esto podía ser debido a la lluvia, y tenía una reja en forma de araña que subía junto a los peldaños de piedra hasta la puerta negra, a través de cuyo anticuado abanico percibí un leve destello de luz. 

Más tarde me enteré de que Mistress Maradick había nacido en la casa —su apellido de soltera era Calloran— y que nunca quiso vivir en ninguna otra parte. Cuando la conocí mejor, supe que era una mujer que tomaba muchísimo apego lo mismo a las personas que a los lugares, y aunque, después de la boda, el doctor Maradick probó de convencerla de que se trasladaran a las afueras de la ciudad, ella no atendió a los deseos del marido y continuó adicta a la antigua casa de la parte baja de la Quinta Avenida. 

Esas mujeres dulces, amables, especialmente si son ricas desde la infancia, resultan a veces singularmente obstinadas. Desde entonces he cuidado a tantas —mujeres de afectos muy fuertes e intelectos débiles— que he llegado a reconocer su especie con solo verlas.

Toqué el timbre y acudieron con cierto retraso. Al entrar en la casa advertí que el vestíbulo estaba completamente a oscuras salvo por el reflejo mortecino de un fuego encendido en la biblioteca. Cuando dije cómo me llamaba y añadí que era la enfermera de noche, el criado opinó, al parecer, que mi humilde persona no merecía mayores iluminaciones. 

Era un anciano mayordomo negro, heredado quizá de la madre de Mistress Maradick, quien, según supe después, era oriunda de Carolina del Sur, y mientras pasaba junto a mí para emprender el ascenso de las escaleras, le oí murmurar vagamente, en un inglés casi incomprensible, que «no iba a encender las luces hasta que la niña hubiese terminado de jugar».

A la derecha del vestíbulo, el leve resplandor me llevó hacia la biblioteca y, cruzando el umbral con paso tímido, me paré junto al fuego para que se me secara el mojado abrigo. Mientras permanecía inclinada hacia la lumbre, con la intención de erguirme en cuanto oyera una pisada, iba pensando en lo acogedora que resultaba aquella habitación después de haber visto las húmedas paredes del exterior, a las que se pegaban unas despojadas plantas trepadoras, y estaba contemplando las extrañas formas y los raros dibujos que el fuego proyectaba sobre la vieja alfombra persa, cuando los faros de un motor que giraba lentamente posaron su luz sobre mí, a través de las blancas cortinas de la ventana. 

Todavía cegada por aquel resplandor, volví la cabeza y vi venir rodando hacia mí, saliendo de la habitación vecina, una pelota de goma de colores rojo y azul. Un momento después, mientras realizaba un infructuoso intento por coger la bola que rodaba por mi vera, cruzó la puerta airosamente una niñita dotada de una ligereza y una gracia singulares; pero se detuvo de pronto, como sorprendida al ver a una persona extraña. 

Era menudita, tan pequeña y delgada que sus pasos no producían el menor ruido en el pulido suelo del umbral, y recuerdo que al mirarla pensé que tenía la cara más seria y dulce que hubiera visto en mi vida. No podía tener —esto me lo dije luego— más de seis o siete años, y, sin embargo, permanecía plantada allí con un curioso aire de dignidad remilgada, como la que habría correspondido a una persona mayor, y me miraba con ojos enigmáticos. 

Vestía una falda escocesa a pliegues, con un trocito de cinta encarnada en el pelo, que llevaba cortado formando flequillo sobre la frente y cayendo, lacio, sobre los hombros. Con todo su hechizo, desde el cabello castaño hasta los calcetines blancos y las zapatillas negras de sus piececitos, lo que recuerdo más vivamente es la mirada singular de sus ojos, que a la oscilante luz parecían de un color indeterminado. Porque lo raro de aquella mirada era que no correspondía, en modo alguno, a una niña. No era el mirar de la infancia, sino de una experiencia profunda, de un conocimiento amargo.

—¿Entrabas a buscar la pelota? —pregunté. Pero mientras tenía aún en los labios la amistosa pregunta, oí que el criado negro regresaba. En mi confusión, hice un intento inefectivo por coger el juguete, que se alejaba rodando y se perdía en las sombras de la sala de estar. Luego, al levantar la cabeza, vi que también la niña había desaparecido de aquellas habitaciones, y, sin buscarla, seguí al negro hasta el agradable estudio del piso superior, donde me esperaba el famoso cirujano.

Hace diez años, cuando el duro trabajo de enfermera no se había cobrado todavía una contribución tan onerosa de mi espíritu, yo me sonrojaba con gran facilidad, de modo que en el instante en que cruzaba el estudio del doctor Maradick me daba cuenta de que tenía las mejillas del color de las peonías. 

Naturalmente, era una tonta —nadie lo sabe mejor que yo—, pero hasta entonces nunca había estado a solas con él, ni por un instante, y para mí aquel hombre era más que un héroe; era —y ahora ya no hay motivo alguno para que me sonroje al confesarlo— casi un dios. 

Por aquellos años yo perdía el juicio ante las maravillas de la cirugía, y, en el quirófano, Roland Maradick tenía bastantes facultades de mago para hacerle perder la carta de navegar a una cabeza más madura y sensata que la mía. Añádase a su reputación y a su maravillosa pericia el hecho de ser —estoy completamente segura— el hombre más guapo, incluso a sus cuarenta y cinco años, que se pueda imaginar. 

Si se hubiera mostrado descortés conmigo, y hasta francamente grosero, yo habría seguido adorándole; pero cuando me tendió la mano y me saludó con el hechizo especial que tenía para las mujeres, comprendí que habría sido yo capaz de morir por él. 

No es raro que por el hospital corriera la voz de que todas las mujeres que operaba se enamoraban de él. En cuanto a las enfermeras..., bueno, no había ni una sola que se hubiera librado de su fascinación; ni siquiera Miss Hemphill, a pesar de que no podía faltarle ni un solo día para cumplir los cincuenta años.

—Me alegra que haya podido venir, Miss Randolph. ¿Estaba usted con Miss Hudson la semana pasada, cuando operaba yo?

Asentí con un movimiento de cabeza. Ni para salvar la vida habría podido pronunciar una palabra sin sonrojarme muchísimo más.

—Me fijé entonces en la animación de su cara. Animación, creo yo, es lo que Mistress Maradick necesita. A la enfermera de día la encuentra deprimente. —Sus ojos se posaron en mí con una expresión tan cariñosa que desde entonces he sospechado que no le pasaba por alto la adoración que yo sentía por él. El cielo sabe que era un muy pequeño motivo de halago a su vanidad, una enfermera recién salida del colegio, pero en algunos hombres no hay tributo demasiado insignificante para que no les dé placer.

—Usted hará cuanto pueda, estoy seguro. —Vaciló un instante, bastante largo solamente para que yo percibiese la ansiedad escondida bajo la sonrisa jovial de su rostro, y luego añadió gravemente—: Deseamos evitar, siempre que sea posible, el mandarla fuera de casa.

Yo solo supe murmurar unas breves frases de respuesta, y después de unas palabras cuidadosamente escogidas sobre la enfermedad de su mujer, el doctor tocó el timbre e indicó a la doncella que me acompañase arriba, a mi habitación. Hasta el momento de subir las escaleras del tercer piso no se me ocurrió que, en realidad, el doctor Maradick no me había explicado nada. Estaba tan en ayunas respecto a la naturaleza de la enfermedad de Mistress Maradick como cuando entré en la casa.

 

(CONTINUARÁ...) 

El problema de la señora Blynn, el problema del mundo - Patricia Highsmith

La señora Palmer se estaba muriendo; ni a ella ni a ninguna otra persona de la casa le cabía la menor duda al respecto. Los habitantes de la casa habían pasado de ser dos —la señora Palmer y Elsie, la doncella— a ser cuatro en los diez últimos días. 

La hija de Elsie, Liza, que tenía 14 años, había acudido a ayudar a su madre y se había llevado a su peludo perro pastor, Princy, que para la señora Palmer era el cuarto habitante de la casa. Liza se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en la cocina y dormía en la pequeña habitación de techo bajo con dos literas, situada tan solo unos escalones más abajo de la habitación de la señora Palmer. 

La casa era pequeña: un saloncito, comedor y cocina en la planta baja, y arriba, el dormitorio de la señora Palmer, el cuarto de las literas y un cuartito donde dormía Elsie. Todos los techos eran bajos y las puertas y el techo de la escalera aún más bajos, de modo que uno tenía que agachar la cabeza constantemente.

La señora Palmer pensó que ya no tendría que seguir agachando la cabeza mucho tiempo, ya que solo se levantaba dos veces al día, con su bata color lavanda ceñida al cuerpo contra el frío, camino del cuarto de baño. Tenía leucemia. No sufría ningún dolor, pero estaba terriblemente débil. Tenía sesenta y un años. 

Su hijo Gregory, oficial de la RAF, estaba destacado en Oriente Próximo. Tal vez llegaría a tiempo y tal vez no. La señora Palmer, de forma deliberada, no le había mandado un telegrama urgente, pues no quería molestarle ni importunarle; y en su telegrama de respuesta, él había dicho simplemente que haría lo posible por conseguir un permiso e ir a verla, y que le comunicaría la fecha exacta de su llegada. 

Su propio telegrama había sido cobarde, pensó la señora Palmer. ¿Por qué no había tenido el valor de decirle claramente: «Me estoy muriendo, no creo que dure más de una semana. ¿Puedes venir a verme?»?

¡Señora Palmer! ―Elsie asomó la cabeza por la puerta, con una mano enharinada apoyada en el quicio―. ¿A qué hora ha dicho hoy la señora Blynn: a las cuatro y media o a las cinco y media?

La señora Palmer no lo sabía, y le parecía que no tenía ninguna importancia.

―Creo que a las cinco y media.

Elsie asintió preocupada, pensando en qué serviría con el té si era a las cinco y media y no a las cuatro y media. El té de las cinco y media podía ser menos sustancioso, porque la señora Blynn ya habría tomado un té en otra parte.

―¿Quiere que le traiga algo, señora Palmer? ―preguntó en un tono dulce, con sincera preocupación.

―No, gracias, Elsie, estoy bien. ―La señora Palmer suspiró cuando Elsie volvió a cerrar la puerta. Elsie era voluntariosa, pero no inteligente. La señora Palmer no podía hablar con ella, y aunque no pretendía hablar de cosas íntimas con ella, sí le habría gustado tener la sensación de que podía hablar con alguien en la casa si lo deseaba.

La señora Palmer no tenía amigos íntimos en el pueblo, porque solo llevaba un mes allí. Se dirigía a Escocia cuando la invadió otra vez aquella debilidad y se desmayó en el andén de la estación de Ipswich. Un largo viaje a Escocia en tren o incluso en avión pareció entonces totalmente fuera de lugar, de modo que, siguiendo las indicaciones de un médico desconocido, la señora Palmer había cogido un taxi y se había desplazado a un pueblo de la costa este llamado Eamington, donde, según el propio médico, había una enfermera que visitaba a domicilio, y donde el aire era espléndido y vigorizante. 

Obviamente, el médico había pensado que solo necesitaba descansar unas semanas y que luego se recuperaría, pero la señora Palmer tenía la premonición de que eso no era verdad.

Los primeros días se había encontrado mejor en aquel pueblo pequeño y tranquilo; había visto la casita llamada Sea Maiden («Doncella del Mar») y la había alquilado enseguida, pero la racha de energía había durado poco. Ya en Sea Maiden había vuelto a desmayarse y tenía la sensación de que Elsie e incluso otras personas que habían conocido, como el señor Frowley, el agente inmobiliario, tomaban a mal su faiblesse

Ella no solo era una extraña que había venido a molestarles, a pedirles cosas, sino que su recaída ponía en cuestión los poderes curativos del aire de Eamington, que, en aquel momento, consistía básicamente en vientos de tormenta que azotaban día y noche desde el noreste, arrancando los botones de los abrigos y cubriendo todas las ventanas de las casas costeras de una película opaca de sal y rociaduras del mar.

La señora Palmer sentía convertirse en una carga, pero por lo menos podía pagarlo, pensó. Había alquilado una casa de campo bastante desvencijada que, de lo contrario, habría estado vacía todo el invierno, pues ya era principios de febrero. 

Había contratado a Elsie, ofreciéndole un salario por encima de lo habitual en Eamington, le pagaba a la señora Blynn una guinea por una visita de media hora (y la mayor parte de aquella media hora se consumía con el té) y pronto daría trabajo a la funeraria, al sacristán y tal vez también a la floristería. Además, había pagado por adelantado el alquiler de marzo.

Al oír unos pasos rápidos en el pavimento, en un momento de calma del rugido del viento, la señora Palmer se incorporó un poco en la cama. Llegaba la señora Blynn. Un ansioso ceño transformó la fina piel de la frente de la señora Palmer, pero ella sonrió cortésmente, con una cortesía anticipada. Cogió el espejo de mango largo que había en la mesita de noche. Su cara grisácea había dejado de impresionarla o avergonzarla. 

La edad era la edad, la muerte era la muerte, y aunque no era guapa, seguía sintiendo el impulso de hacer lo que pudiera por parecer más agradable al mundo. Se arregló un poco el pelo, se humedeció los labios, esbozó una leve sonrisa, equilibró los hombros del camisón y se acercó más su rebeca rosa. Su palidez le volvía los ojos aún más azules. Ese era un pensamiento agradable.

Elsie llamó a la puerta y la abrió al mismo tiempo.

―La señora Blynn, señora.

―Buenas tardes, señora Palmer ―dijo la señora Blynn, bajando los dos escalones desde el umbral a la habitación de la señora Palmer. Era una mujer corpulenta, con el pelo rubio oscuro y de altura mediana, de unos cuarenta y cinco años, y llevaba su habitual traje de dos piezas, grueso y negro, con un broche rosa en forma de flor sobre el pecho izquierdo, los labios pintados de rosa pálido y tacones bastante altos. 

Como muchas mujeres de Eamington, era viuda de marino, y había empezado a trabajar de enfermera después de los cuarenta. En el pueblo la consideraban una mujer enérgica que hacía su trabajo eficazmente―. ¿Cómo se encuentra esta tarde?

―Buenas tardes. Digamos que bien, dentro de lo que cabe ―dijo la señora Palmer, haciendo un esfuerzo para mostrarse animosa. Ya estaba soltando las sábanas remetidas, preparándose para apartarlas del todo y que la enfermera le pusiera su inyección diaria.

Pero la señora Blynn permanecía de pie con una sonrisa ausente en medio de la habitación, con las manos puestas hacia atrás en las caderas, examinando las paredes y mirando por la ventana. La señora Blynn había vivido en aquella casa con su marido en otro tiempo, durante los seis primeros meses de matrimonio, y todos los días hacía algún comentario al respecto. 

Su marido había sido capitán de un barco mercante y había muerto diez años atrás al colisionar con un barco sueco solo a cincuenta millas de Eamington. La señora Blynn nunca había vuelto a casarse. Elsie decía que su casa estaba llena de fotografías del capitán en uniforme y de su barco.

―Sí, es una casita maravillosa ―dijo la señora Blynn―, aunque esté expuesta al viento. ―Miró a la señora Palmer con ojos brillantes, como diciendo: «Bueno, y ahora vamos a poner esa inyección a ver si se pone bien de una vez, ¿de acuerdo?».

Pero su expresión cambió al instante. Hurgó en su bolso negro en busca de la jeringa y el frasco de claro fluido que no serviría de nada. Su boca perdió la sonrisa y se curvó hacia abajo, y se acentuaron las arrugas en las comisuras. Cuando se concentraba en el descarnado cuerpo de la señora Palmer, sus ojos verde grisáceo se volvían vidriosos, como si no viera nada ni necesitara ver nada: aquel era su oficio y ella sabía cómo hacerlo. La señora Palmer era un objeto que pagaba una guinea por la visita. El objeto iba a morir. La señora Blynn se volvía apática, como si ni siquiera la pérdida de la guinea diaria en tres u ocho días le importara tampoco.

A la señora Palmer no le importaban en absoluto las guineas, pero en vista del hecho de que pronto iba a dejar este mundo, le hubiera gustado que la señora Blynn mostrara algún rasgo humano, como el deseo de prolongar las guineas de sus visitas. Los ojos de la señora Blynn seguían vidriosos, incluso cuando miró hacia la puerta para ver si llegaba Elsie con el té. 

Ocasionalmente, el suelo de madera del vestíbulo crujía por el calor o por la ausencia del mismo, y también crujía cuando alguien andaba cerca de la puerta. Aquel día le dolió la inyección, pero la señora Palmer aguantó sin rechistar. En realidad, no era nada y sonrió ante su insignificancia.

―Hoy ha salido un poco el sol, ¿verdad? ―dijo.

―¿Ah, sí? ―La señora Blynn extrajo la aguja.

―Hacia las once de la mañana, me he fijado. ―Débilmente hizo un gesto con el brazo señalando hacia la ventana que quedaba tras ella.

―Pues ya era hora ―respondió la señora Blynn, guardando su instrumental en el bolso―. Dios mío, y también viene bien un poco de fuego. ―Había cerrado el bolso y se frotaba las manos, acercándose a la chimenea.

Princy estaba echado ante el fuego cuan largo era, como si fuese una alfombra de pelo largo enrollada. La señora Palmer intentó pensar en algo agradable que decir sobre el marido de la señora Blynn, su época en aquella casa, el pueblo, lo que fuera. Pero solo podía pensar en que la vida de la señora Blynn debía de haber sido muy solitaria desde la muerte de su marido. No habían tenido hijos. Según Elsie, la señora Blynn adoraba a su marido y estaba orgullosa de no haber vuelto a casarse.

―¿Tiene muchos pacientes en esta época del año? ―preguntó.

―Oh, sí. Como siempre ―contestó la señora Blynn, todavía frente al fuego y frotándose las manos.

«¿Quién?», se preguntó la señora Palmer. «Háblame de ellos». Esperó, respirando suavemente. Elsie llamó una vez, golpeando con un canto de la bandeja en la puerta.

―Pase, Elsie ―dijeron las dos a la vez, la señora Blynn un poco más alto.

―Aquí tienen ―dijo Elsie, poniendo la bandeja sobre una banqueta formada por dos sólidos almohadones color verde oliva, apilados uno sobre otro. Por el lado de uno de los bollitos chorreó mantequilla derretida, que cayó sobre el plato y empezó a solidificarse mientras Elsie servía el té.

Elsie le tendió a la señora Palmer una taza de té con tres terrones de azúcar, pero sin bollo, porque la señora Blynn decía que eran demasiado indigestos para ella. A la señora Palmer no le importaba. De todas formas apreciaba la visión de los bollitos bien untados de mantequilla, y de gente sana como la señora Blynn comiéndoselos. Le ofrecieron una galleta de jengibre y la rechazó.

La señora Blynn habló brevemente con Elsie de las cañerías de su casa y de alguna oferta que había aquella semana en la carnicería, mientras Elsie permanecía de pie con los brazos cruzados, apoyada en el marco de la puerta, dejando pasar una corriente de aire frío hacia la señora Palmer. Elsie anotaba mentalmente toda la información de la señora Blynn sobre precios. Ahora era la salsa de tomate de la tienda de dietética, que estaba de oferta aquella semana.

―Llámeme si necesita algo ―dijo Elsie como de costumbre, agachando la cabeza para salir.

La señora Blynn estaba absorta en sus bollos, inclinada para que la mantequilla que chorreaba cayera al suelo y no en su falda. La señora Palmer se estremeció y se tapó más.

―¿Va a venir su hijo? ―preguntó la señora Blynn en voz alta y clara, mirando directamente a la señora Palmer.

La señora Palmer no sabía lo que Elsie le habría contado a la señora Blynn. Ella le había dicho a Elsie que su hijo tal vez viniera, eso era todo.

―Aún no lo sé. Supongo que está esperando a decirme la fecha exacta... o para comprobar si puede o no. Ya sabe cómo son las cosas en las Fuerzas Aéreas.

―Humm ―dijo la señora Blynn a través de un bollo, como si por supuesto tuviera que saberlo, ya que su marido había sido militar―. Si no me equivoco, es su único hijo y heredero.

―El único ―contestó la señora Palmer.

―¿Está casado?

―Sí. ―Y anticipándose a la siguiente pregunta―: Tiene una hija, pero aún es muy pequeña.

Los ojos de la señora Blynn vagaron hacia la mesita de noche de la señora Palmer y, de pronto, esta se dio cuenta de que estaba observando... su broche de amatista. La señora Palmer lo había llevado en su rebeca unos días, hasta que se había encontrado tan mal que el broche ya no la animaba, e incluso había empezado a verlo cursi, por lo que había acabado quitándoselo.

―Es un broche muy bonito ―dijo la señora Blynn.

―Sí. Me lo regaló mi marido hace años.

La señora Blynn se acercó a mirarlo, pero no lo tocó. La amatista rectangular estaba engarzada en diminutos brillantes. Se quedó allí de pie, mirándolo con ojos atentos y saltones.

―Supongo que se lo dejará a su hijo... o a su mujer.

La señora Palmer enrojeció, incómoda o disgustada. La verdad era que no había pensado a quién se lo iba a dejar.

―Supongo que mi hijo se lo quedará todo, como mi heredero.

―Espero que su mujer sepa apreciarlo ―dijo la señora Blynn con una sonrisa, dándose la vuelta para dejar la taza de té en el platillo.

Luego, la señora Palmer cayó en la cuenta de que la señora Blynn llevaba días mirando aquel broche, cada vez que sus ojos se desviaban hacia la mesilla de noche. Cuando se marchó la señora Blynn, la señora Palmer cogió el broche y lo guardó en la palma de su mano, con actitud protectora. Su joyero estaba en el otro extremo de la habitación. En aquel momento entró Elsie.

―Elsie, ¿le importaría pasarme esa caja azul de ahí? ―le dijo la señora Palmer.

―Claro, señora ―contestó Elsie, desviándose desde la bandeja del té hacia la caja que había sobre la estantería―. ¿Esta?

Sí, gracias. ―La señora Palmer la cogió, levantó la tapa y guardó el broche junto al collar de perlas. No tenía muchas joyas, tal vez diez u once piezas, pero cada una evocaba una ocasión especial de su vida, un periodo especial, y las apreciaba todas. Observó el perfil romo y sincero de Elsie, que se inclinaba sobre la bandeja, ordenándolo todo para poder llevárselo en un solo viaje.

―Esta señora Blynn ―dijo Elsie, negando con la cabeza y sin mirar a la señora Palmer―. Me ha preguntado si creía que su hijo vendría. ¿Y cómo voy a saberlo yo? Le dije que sí, que yo suponía que sí. ―Estaba de pie con la bandeja, mirando a la señora Palmer y sonriendo tímidamente, como si hubiera hablado demasiado―. El problema de la señora Blynn es que siempre está metiendo la nariz en todo, si me perdona la expresión. Siempre está haciendo preguntas, ¿sabe?

La señora Palmer asintió, sintiéndose demasiado débil en aquel momento como para hacer un comentario. Tampoco tenía nada que decir. Pensó que Elsie había pasado junto al broche de amatista durante días y nunca lo había mencionado ni tocado, seguramente ni siquiera se había fijado en él. De pronto comprendió que prefería de largo a Elsie que a la señora Blynn.

―El problema de la señora Blynn... Tiene buenas intenciones, pero... ―Elsie hizo tambalearse y tintinear la bandeja en su esfuerzo por encogerse de hombros―. Es una lástima. Todo el mundo lo dice ―concluyó, como si aquello le resumiera todo, y se dirigió a la puerta ya abierta―. Con el té, por ejemplo. Siempre hay que comprarle esto y aquello, como si fuera una gran señora o algo así. Me lo dice un día antes. No entiendo por qué no trae ella misma lo que quiere de la panadería de vez en cuando. Ya sabe lo que quiero decir.

La señora Palmer asintió. Supuso que sí lo sabía. La señora Blynn era como una de las antiguas niñeras de Gregory. Como una divorciada que su marido y ella habían conocido en Londres. En realidad, se parecía a mucha gente.

La señora Palmer murió dos días más tarde. Fue un día en que la señora Blynn entró y salió de la casa seis u ocho veces. Por la mañana había llegado un telegrama de Gregory, diciendo que por fin había conseguido un permiso y que saldría en cuestión de horas y aterrizaría en un aeropuerto militar cerca de Eamington. 

La señora Palmer no sabía si llegaría a verle o no; no podía valorar con tanta precisión hasta cuándo durarían sus fuerzas. La señora Blynn le tomaba la temperatura y el pulso con frecuencia, luego giraba sobre un pie en la habitación, mirando a su alrededor como si estuviera sola y sumida en sus pensamientos. Tenía una mirada inexpresivamente agradable y sus mejillas frescas y satinadas irradiaban salud.

―Su hijo vendrá hoy ―había dicho, medio preguntándolo, la señora Blynn en una de sus visitas.

―Sí ―contestó la señora Palmer.

Ya empezaba a oscurecer, aunque solo eran las cuatro de la tarde. Aquellas fueron las últimas palabras claras que intercambió con alguien, porque después se sumió en una especie de ensoñación. 

Veía a la señora Blynn mirando la cajita azul de la estantería, mirándola fijamente incluso mientras sacudía el termómetro. La señora Palmer llamó a Elsie e hizo que le acercara la caja. La señora Blynn ya no estaba en la habitación.

―Esto es para mi hijo, cuando llegue ―dijo la señora Palmer―. Todo. Cada una de las piezas. ¿Entendido? Está todo escrito... ―Pero aunque estuviera todo detallado, una pieza suelta como el broche de amatista podía extraviarse y tal vez Gregory nunca hiciera nada al respecto, tal vez ni siquiera lo echaría en falta, o tal vez pensaría que ella lo había perdido en alguna parte durante las últimas semanas y no lo había comunicado. 

Gregory era así. Luego la señora Palmer sonrió para sí, y también se regañó un poco. «No puedes llevártelo contigo». Aquello era una verdad como un templo, y la gente que lo intentaba era despreciable y bastante absurda―. ¡Elsie, esto es para usted! ―dijo la señora Palmer y le tendió a Elsie el broche de amatista.

―¡Oh, señora Palmer! ¡Oh no, no puedo aceptar algo así! ―dijo Elsie; y no solo no lo cogió sino que incluso retrocedió un paso.

―Ha sido muy buena conmigo ―dijo la señora Palmer. Estaba muy cansada y su brazo cayó sobre la cama―. Está bien ―murmuró, al ver que era inútil.

Su hijo llegó a las seis de aquella tarde, se sentó al borde de su cama, le cogió la mano y le besó la frente. Pero cuando se murió, la señora Blynn estaba más cerca, inclinándose sobre ella con su ancha cara lisa y aterciopelada y sus ojos verde grisáceo, tan inexpresivos como los de un fantástico reptil. 

La señora Blynn continuó hasta el final diciendo cosas animosas y concluyentes como: «Ahora respira bien. Eso es...» o «No hace mucho frío, ¿verdad? Bien...».

Un poco antes, alguien había mencionado la posibilidad de llamar a un sacerdote, pero Gregory y la señora Palmer lo habían rechazado. De modo que fueron los ojos de la señora Blynn lo último que vio cuando la vida la abandonaba. La señora Blynn, tan autoritaria, fuerte y eficaz que uno podría haberla tomado por el propio Dios. 

Sobre todo porque cuando la señora Palmer miró a su hijo, realmente no lo vio; solo distinguió una vaga y pálida figura en la esquina, alto y erguido, con una mancha oscura arriba que debía de ser su pelo. Él la estaba mirando, pero ella ya estaba demasiado débil como para llamarle.

De todas formas, la señora Blynn había hecho que todos se apartaran. Elsie también estaba de pie apoyada en la puerta cerrada, dispuesta a salir corriendo por lo que hiciere falta, dispuesta a obedecer a cualquier petición. Cerca de ella estaba la pequeña figura de Liza, que ocasionalmente susurraba algo y era acallada por su madre.

En un instante, la señora Palmer vio toda su vida —su despreocupada niñez y su juventud, su matrimonio feliz, la sombra de la muerte de su otro hijo a los diez años, el impacto de la muerte de su marido ocho años atrás—, pero en conjunto había sido una vida feliz, pensó, aunque le hubiera gustado tener mejor carácter, más puro, no haber mostrado nunca mal genio o egoísmo, por ejemplo. 

Todo formaba ya parte del pasado, pero lo que quedaba era una sensación de que ella había sido imperfecta, inadecuada, como lo era ahora la presencia de la señora Blynn, como la débil sonrisa de la señora Blynn, inadecuada para el momento y la ocasión. La señora Blynn no lo entendía. Ni siquiera la conocía. En cierto modo, la señora Blynn no podía comprender la buena voluntad.

«Ese era el error, el error de la propia vida. La vida es un largo fracaso de comprensión», pensó la señora Palmer, «una larga y falsa cerrazón del corazón».

La señora Palmer tenía el broche de amatista en la mano izquierda cerrada. Horas atrás, en algún momento de la tarde, lo había cogido con la idea de preservarlo, pero ahora se daba cuenta de que había sido absurdo. También había querido dárselo a Gregory directamente y se le había olvidado. 

Su mano cerrada se levantó dos o tres centímetros, sus labios se movieron, pero no salió de ellos ningún sonido. Quería dárselo a la señora Blynn: un gesto positivo y generoso que todavía podía compensar aquella esencia de incomprensión, pensó, pero ya no tenía fuerzas para realizar su voluntad, y aquello también era como la vida: todo llegaba un poco demasiado tarde. 

Los párpados de la señora Palmer se cerraron ante la visión de los vidriosos y atentos ojos de la señora Blynn.