INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Zepeda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zepeda. Mostrar todas las entradas

No se asombre, Sargento - Eraclio Zepeda

 

Esto jué entrando la nochecita; serían por ahí de las seis de la tarde, porque ya los zanates se dejaban caer como puñados de frijol sobre el zacatal. Yo tenía como dos diyas de no dormir, esperando que en cualquier momento el viento cambiara de camino y se llevara el ánima de mi tata que ya se andaba queriendo morir desde dos semanas antes. 

No se sabe qué es lo que tenía; el dotor nomás meneaba la cabeza de un lado pal otro, igualito que un gavilán cuando anda buscándole el ruido a los conejos: nomás eso hacía, digo, y no declaraba qué es lo que le había caido al tata quebrándole el cuerpo con aquellos calenturones como de terciana. 

Que si era esto, que si era aquello, y no sé cuántos decíres más. La verdá es que desde que le echó la primera revisada yo me quedé con la seguridá de que aquel dotor nomás andaba dándole vueltas al bramadero sin saber en donde meter el nudo.

El tata era hombre macizo, cuerudo como decimos; pero de pronto, cuando vino a ver, se le empezaron a poner los ojos turbios, ya no aguantaba la boca, y ya no se pudo levantar del catre; ansina empezó la cosa: después pujaba y echaba maldiciones porque se quería parar pa meter el hombro en las tareas, pero ya las juerzas no le daban cabalidá. A yo me entraba un pálpito por los dedos cada vez que entraba al cuarto y le pasaba las manos por aquella cara que parecía piedra de rescoldo por lo caliente. 

Y él nomás me quedaba viendo y buscaba la manera de reírse conmigo, y yo también le contestaba de la misma intención, pero por dentro sentía que me quebraban el chaco y me cundía por todo el cuerpo una retumbadera de hipos que parecía que ya merito me iba a poner a chillar. Sólo por no darle un disgusto al viejo jué que no se me pusieron de cristal los ojos con la lloradera. Pero apenitas salía del cuarto me iba pal corral y allá me hacía guaje hasta que me pasaba el sentimiento.

Yo, desde que cayó enjermo, sabía que ya se le había pelado la fortaleza y que no era más que una cañita seca de milpa. Supe que el tata no tenía pa cuando sanar; y lo más seguro era que ya no volviera a caminar más nunca. En las noches me jalaba los pelos y me mordía la boca pa no pegar de gritos, porque yo sabía que no quedaba otra cosa sino irle a buscar su lugarcito pa enterrarlo, porque era seguro que se me moría. 

Palabra que sentía un miedo como el que dan las cuevas de Cerro Hueco cuando uno las mira de chamaco; esa misma calazón que da la soledá y la negrura era la que me tenía golpeado en aquellos diyas de la gravedá del viejo. De la misma formalidá que si él me estuviera contando cosas de en antes, yo veía un montón de sucedidos que me pasaban por la cara, y eran cosas que habíamos visto juntos el viejo y yo. 

Ansina eran todas las noches: de la cruz a la firma del sueño yo no podía ni cabecear viendo aquellos recuerdos que se me metían por todos lados como avisándome que ya eran los últimos momentos que pasábamos juntos; algunos de esos recuerdos me hacían chillar de tristeza y hasta puéque también de alegría, y esos eran los que se me encajaban en el corazón; pero otros me rechinaban los dientes de coraje y se me acomodaban en los camotes; otros se me clavaban por debajo y yo me sonreía de contento porque es que me había acordado de alguna mujer; pero otros de plano me hacían carcajiar y era que se me metían por los sobacos porque yo sentía que me cosquilleaban de al tiro. 

Así me pasaba aquellas noches: pensando y repensando recuerdos que me salían de quién sabe dónde, y yo los jugueteaba y aluego los volvía a surdir en la oscuridá, pa volverlos a sacar al rato como si juera lino de esos güeyes que nomás se la pasan eructando la comida pa volverla a masticar. 

Y en medio de todas esas revolcaderas en el catre, lo que más me calaba era que en toda la vida no había sabido gozar de la cercanía del tata; nomás muy de vez en cuando me le acercaba; pero casi siempre me la pasaba viéndolo de lejecitos como si solo juera un conocido. La verdá es que él y yo habíamos vivido en una vencindá nomás, pero no muy platicamos de cosas de verdá. Y todo por mi culpa. 

Primero jué porque a las horas de juntarse yo prefería pelarme al monte a buscar animalitos pa matar; aluego porque me tenía que esconder de sus ojos pa echarme el pinche cigarrito. Y más en después, porque prefería cambalachear sus pláticas por las bebederas con los amigos o por seguirle el paso a alguna hembra. Ansina siempre, por cualquier babosada, yo me le pelaba al viejo y casi no lo había oído platicar de todo lo que él sabía. 

Sólo muy de cuando en cuando, en los campamentos, cuando a juerzas tenía que estar con él, es que me hablaba de lo que tenía guardado pa contármelo a mí, de lo que sabía, de lo que había visto o de lo que le había tocado hacer. Y yo me ponía más contento que una ceiba llena de pericos de oírle todas aquellas cosas. Y cuando regresábamos pa la casa yo les presumía a los compañeros de lo que había aprendido y me hacía el compromiso de ya no separarme del viejo pa seguir oyéndolo. 

Pero a los pocos diyas ya andaba por ahí haciéndome el amalditado buscando mis cosas lejos de su autoridá. Total y cuenta que ahora que el viejo se me andaba muriendo yo sentía un coraje de todos los diablos contra mí solito por no haber oído sus palabras que tanta falta me hacían ahora. Me daba cuenta que no había aprendido nada del viejo; que sólo de a por jueras lo conocía bien; pero de su carne no había agarrado nada por mi culpa. ¡Uno no sabe qué tal es la tierra hasta que la vende!

Me acuerdo cuando se murió mi nana: el viejo estaba como si le hubieran metido un balazo; hablaba nomás por hablar; pa que no dijeran que era llorón. Pero en su soledá el pobre se había quedado como uno de esos palos huecos al que las hormigas le han robado toda la interioridá. Yo era ansina de chamaquito, pero también estaba que no podía decir nada de la pena que me andaba pegando. 

Y quién sabe por qué, pero la tristeza del tata era lo que más me dejaba rompida el alma. Y yo, pishpilinito como estaba, me hice la obligación de cuidar al viejo, de ya no dejarlo solo, de que siempre me sintiera cerca del ruido de sus espuelas. Pero apenas acabamos de rezarle su novena a mi nana, ya cuanto hay me había olvidado del pensamiento, y ya andaba otra vez trotando con toda la chamacada buscando nidos de pajaritos. Y el viejo solo en su soledá.

Y ahora que el viejo se andaba muriendo me crecía la carga de conciencia, y también me maldecía por no haber sabido acompañarlo. Pero ya pa qué. Eso es lo que pensaba: ahora ya pa qué.

    Ansina fueron pasando los diyas, cada vez me convencía más de que el viejo no tenía remedio. La enjermedá se lo estaba chupando. Ya no era ni su sombra lo que ahora se revolcaba bajo las chamarras del catre. Que me maldigan los santos si hice pecado, pero casi quería que ya se me muriera porque a las claras veía que estaba sufriendo más de la cuenta. 

    Él, que siempre había sido como un muchacho por su fortaleza, debe de haber estado con el desconsuelo pudriéndole la agonía de ver que ya no le quedaban esperanzas. Al menos eso era lo que yo me figuraba. El tata se iba quedando con el puro pellejo untado sobre el esqueleto, y yo nomás lo veía y la tristeza me cundía de plano.

Un día amaneció sin calentura y yo me empecé a alegrar y a pensar que a lo mejor se salvaba. Pero cuando el dotor llegó me dijo que eso era lo pior. Que cuando la quemazón se acaba es que ya la vida se dio por vencida y ya no quiere seguir pataleando. Y ansina jué realmente.

Ese día cayó un gran aguacero que duró desde que tempraneó la mañana hasta que se contó el ganadito. Toda la jornada jué un solo lloviznar, y macizo, como aquellos aguaceros que ya no se ven seguido. A mí eso me tenía encabritado porque mi nana se murió en día de llovizna, y ella decía que la nana grande también se había pelado en medio de un temporal. Son esas señas que no fallan.

Como decía al principio, serían las seis de la tarde cuando el dotor salió con una cara larga como un tecomate, y todo pálido.

—Quién sabe si hice mal —me dijo—, pero su papá me preguntó que si tenía remedio y yo lo vi tan macho y tan seguro que no lo quise engañar y le hice ver que estaba grave y que se iba a morir. Así se lo dije.

Yo sentí como si me hubieran metido un palo ardiendo. Pegué un reparo y de un salto me paré del banquito en que estaba sentado y me quedé parado frente al dotor. Estaba con el coraje rebalsándome la boca. Hubiera querido agarrar el machete y darle por la madre allí mismo. Tenía piquetes en los ojos como si me hubiera untado chile. Pero aluego me puse a pensar que tal vez eso era lo más mejor; al tata siempre le habían gustado las cosas derechas y a lo macho. 

Recordé que una vez me había dicho que lo bueno aquí en el campo es saber cuando se va uno a morir; que en el campo la muerte no es más que un sucedido que a juerzas tiene que llegar y casi siempre es hasta una salida pa los problemas. Porque pensé todo esto, y porque el dotor, pa qué es más que la verdá, me quedó viendo muy machito, jué que me empecé a apaciguar, y con la cabeza le di a entender que lo que había hecho estaba bien. 

Aluego me voltié y me quedé viendo pa la pared, hasta que oí clarito los cascos del caballo del dotor pasando por las lajas de la tranca. Entonces respiré hasta onde pude y me juí pal cuarto del tata; me urgía verlo porque el pobre debía de estar queriendo consuelo.

    Antecito de la puerta entuavía me detuve. Me quedé buscando la manera de hablarle. De que se olvidara de lo que le habían dicho, de que supiera que ahí estaba su hijo pa darle la mano en los momentos alrevesados, y sobre todo, me quedé parado pa coger valor, porque sentía que de las piernas me subían olitas de calosfrío y si el tata notaba que yo ya mero soltaba la lloradera se iba a poner enojado. Eso me quedé haciendo cuando oí que me llamaba. Ya sin pensarlo más eché el paso y me metí en su cuarto.

—Si viera usté qué galán está lloviendo —le dije—, este año vamos a tener buen tiempo pa trabajar.

— Tenés que aprovecharlo. El gasto va a ser juerte. Así que ponéte a pensar qué es lo que vas a hacer pa ir pagando las deudas que salgan.

Yo me hice guaje y me puse a ver por la ventanita como si no hubiera entendido lo que me había querido decir. Frente a la ventana pasó despacio el caballo del viejo y yo no más por hablar le dije:

—¡Si usté viera qué hermoso anda su caballo! Con estos diyitas de descanso se ha puesto como bestia de general por lo gordo. Le va a dar alegría cuando usté lo vuelva a montar. Caballo acostumbrado a buena rienda sólo a esa mano se encariña.

El viejo se empezó a sonreír pero aluego, de golpe, cortó el gusto y me dijo:

—Ese animal vendélo a una persona que sea muy de a caballo. Y que se lo lleven pronto pa que no le caiga sangre en su corazón de la tristeza de no encontrarme.

—Pa qué dice eso. ..

—Pos tal vez tú no estés sobre avisado, pero yo me voy a morir dentro de poco; ya me lo dijo el dotor.

—No piense eso, tata.

Entonces él me hizo una seña con la mano como diciéndome que me callara.

    —Ahora tú vas a ser el que se quede al frente de todo. Procurá ser como son los hombres; siempre listo pa cualquier eventualidá y  a resolverla como debe ser. No te echés pa atrás en nada de lo que sepás que tienes la razón y también reconocéla cuando no la tengás.

Yo sentí que una chibola me subía y me bajaba por la garganta, pero el viejo me obligaba a ponerme hombrecito nomás con demostrarme su serenidá.

—El dotor me dijo que tal vez no pase la noche ¿lo sabías?

Con una seña de la cabeza le dije que sí, y él me quedó viendo como esperando que yo le dijera más cosas:

—Desde la semana pasada supe que usté se iba a morir, y desde entonces he estado preparando todo lo necesario.

Clarito vide cómo al tata se le alegraron los ojos y yo entendí que era del gusto de verme controlado; aluego me puso su mano sobre la frente y yo la sentí fría, fría, como si la muerte ya le anduviera buscando la embocadura.

—Procurá que todo quede en orden. —Y aluego me acercó más la cabeza jalándome con su mano—. Y que no hayan gritos ni nada en el velorio. Si falta dinero pedíle prestado a mi compadre José; él te dará lo que haga falta pal entierro. No es que tenga obligación; pero hemos sido muy amigos.

—Desde hace como siete diyas me dijo que todos los gastos corrían por su cuenta.

    Mi tata se sonrió y movió la cabeza. Esos son amigos —dijo— que no fallan ni se escuenden cuando uno los precisa.

    Y aluego como si no quisiera que se le fuera a ir ningún pensamiento de los que se le venían:

—Oí. .. ahí me buscás un lugarcito que no esté tan pior pa que me entierren.

Yo sentí que me puyaban los riñones, pero hice la juerza y ni siquiera moví la cara. Me lo quedé viendo y le di a entender que de eso ni tuviera cuidado. En después ya no pude aguantarme y le dije:

—¡Caray viejo! ¿Cómo puede usté estar tan macho hablando de estas cosas sin que siquiera le tiemble la voz?

El tata se sonrió.

—Cuando está uno viejo ya no hay miedo de nada. Uno anda tranquilo porque ya hizo de todo, y todo lo gozó Y lo sufrió. Yo estoy contento de todo lo que vide y lo que arranqué y lo que sembré. Cuando te murás, ahí lo vas a ver, también estarás igual.

—Pos quien sabe. A yo se me arruga el cuero no más de pensarlo...

—No tenés porqué. La muerte no mata, lo que mata es la suerte, y siendo ansina pos pa qué alegar. Lo que sí, acordáte siempre, nunca debes de sentirte solo; onde quiera que estés yo voy a andar contigo. Y cuando te murás yo voy a estar esperándote al ladito pa mostrarte el camino.

Así, con esa serenidá con que lo estoy contando me lo dijo. Hasta pué que más a lo macho, porque a yo, con todo y que ya pasaron sus añitos, entuavía siento una urgencia en el gañote cuando platico de estas cosas.

    Me quedaba mirando como si se quisiera aprender de memoria mi cara pa no olvidarme en el otro mundo y poderme reconocer cuando me viniera a enseñar el camino de los muertos de ley. Y yo sentí que sus ojos me picoteaban la cara.

En después me estuvo platicando sus recuerdos. De lo que yo nunca había querido oírle me estuvo platicando. Y era como si de plano juéramos cuates más bien que padre y cría. Me contó de cuando anduvo con la carabina repartiendo muerte en la bola, de las ciudades que vio, de sus amigos, de sus enemigos, de sus risas y sus miedos; hasta de sus mujeres y de algunos hermanos que a lo mejor me dejó rodando por las rancherías. A las claras se veía que no quería llevarse ningún recuerdo pal entierro. Y yo los recibía como si juera lluvia de abril, porque a lo macho nunca he aprendido más cosas que esa noche. ¡Cómo sabía cosas el viejo!

Yo sentía que estaba recuperando todo el camino chueco que había caminado. Que en esos últimos decires el tata me abonaba la boca con sus cosas; que me dejaba de golpe todo lo que yo debí ir cargando poquito a poco. Pero me sentía tranquilo, porque ahora sí lo sentía a él bien cerquita del corazón como si lo tuviera adentro de la camisa.

—Acordáte: cuando te murás yo te voy a estar esperando: no tengás miedo. Hay dos cosas a las que no tiene caso sacarles la vuelta: nacer y morirse. De una y otra forma que te caigan es lo mismo. Lo que sí, hay que ponerse listo pa hacer lo que se debe en la vida pa poderse morir tranquilo.

Y yo lo quedaba viendo.

    —Otra cosa que debés recordar es que es mejor que te maten por lo que sabés que es la verdá que vivir jediendo a mentira.

Así estuvo hablando toda la noche y yo pegado a la orilla de su catre. A cada palabra que sacaba a las claras se veía que se iba quedando más acabado. Yo veía que se me estaba pelando, y me daba un rechinamiento de güesos el solo pensar que no le podía echar una manita pa nada. Cuando cantó el gallo me dijo: —Agarráme juerte la mano—. Y yo se la apreté y él se jué poniendo más pálido. 

Movía la boca sin parar y cualquiera hubiera pensado que estaba rezando, pero yo que lo conocía bien sabía que nomás repasaba recuerdos pa no olvidarse de nada. De repente los chuchos empezaron a latir muy feo, como si tuvieran miedo o como si estuvieran llorando, y yo sentí que el tata me aflojaba la mano. Le besé la frente igual que cuando se iba pa cualquier viaje y le cerré los ojos. Aluego le prendí unas velas y me juí a arreglar lo necesario y a llamar a los amigos.

Ansina jué como se murió mi tata. Amina me enseñó a morir. Ansina jué que me dijo lo que se debe hacer. Ansina jué que me prometió que siempre iba a andar a mi lado esperando a que me muriera pa vigilar que todo juera como es la obligación; pa que constatara que hijo de tigre tigrillo. Por eso es que usté no debe espantarse que yo esté tan tranquilo. A cada palada de tierra que saco es una carga menos que tengo. Cuando acabe de abrir la tumba ya todo va estar arreglado. 

Pero yo voy a andar entero porque es como hay que portarse, como es la obligación. Porque sé que en estas llanadas lo mejor es no patalear cuando nos llega la hora; porque sé que el tata tenía razón cuando me dijo que la muerte no viene a ser más que un caballo matrero al que algún día tenemos que montar. Por eso es que estoy tranquilo señor. Y usté, sargento, también debe de estar igual. Hoy le toca tirar a usté, mañana le tocará recibir.

¡Bueno! yo ya acabé de hacer la tumba. No más le recomiendo que me entierren hasta el fondo. Usté dice, sargento, en dónde me pongo pa que me fusile.

Patrocinio Tipa - Eraclio Zepeda

    Todo iba muy bien. Todo caminaba. La risa igual que la sangre caminaba. Pero aluego fue cuando nos cayó la sal. Todo se empezó a descomponer. Yo ya lo tenía completo mi deseo: había tierra, había agua, había dos hijos; los dientes de las mazorcas estaban ya como avisando. Pero todo se echó a perder. Vino el mal y hubo que salir corriendo.

Patrocinio Tipá se vino a vivir a Juan Crispín, el mismo día en que se quemó la ceiba de la plazuela; fue que le cayó un rayo en época de secas y el árbol se quemó todito. Fue muy mala señal aquel rayo en seco, y peor cayendo sobre la ceiba; aquello fue muy mal anticipo, y Patrocinio Tipá llegó ese mero día. Fue como un aviso.

Patrocinio Tipá era de Copoya.

—Me salí de Copoya, que es mi pueblo, porque la tierra del tata ya no ajustaba pa todos los hermanos; y también porque es mi natural andar buscando caminos porque no estoy enraizado en ninguna parte.

Después de mucho caminar, recorriendo todas las riberas del rumbo fue que vino a dar a Juan Crispín. Había viajado mucho el Patrocinio. No se aguantaba en ningún lugar. Apenas se quería encariñar con las calles de algún pueblo, luego luego le empezaba a dar el ansia de seguir otro camino.

—Resulta que nací con pata de vago. Pie de chucho como dicen por allí. Me gusta andar de arriba pa abajo por todas estas tierras del diablo. Desde chiquitío era ya muy dado a pepenar el rumbo; nomás agarraba mi morralito y patas pa qué te quiero.

Patrocinio Tipá conoció tierras. Las cañadas y los valles se le fueron acomodando detrás de los ojos.

—Ya es de nacimiento el andar de andariego. Así es mi natural y ni modo. Fue culpa de mi tata si bien se analiza. Cuando nací, el viejito no se dio prisa pa enterrar mi ombligo que es como debe hacerse, que es como manda la buena crianza. 

Se descuidó el tata; fue que lo puso sobre una piedra del patio y en lo que fue por un machete, pa hacer el hoyito del entierro, vino una urraca y se llevó mi ombligo pa más nunca. Ansina fue que lo contó el viejito. Y siendo ansina, ¿onde diablos voy a estar quieto? Siempre volando como mi ombligo, que esa fue mi ganancia. 

Por eso es que no quedo quieto en ningún lugar; pepeno las ganas de jalar veredas. Si me hubieran enterrado el pellejito, otro fuera el cuento.

Por eso a Patrocinio Tipá le gritaban las huellas de todos los caminos para que él les fuera a poner los pies encima.

Sin embargo, Patrocinio Tipá echó raíces una vez. Fue aquí en Juan Crispín. Aquí vino a dejar el camino, y por eso le cayó la mala suerte; por buscar lo que no era su destino. Vino con propósito de quince días; ese era el plan que traía el Patrocinio. Pero vaya usted a saber qué fue lo que le pasó. Aquí se quedó a trabajar con ganas. Tal vez fue que le cayó ceniza de la ceiba en la cabeza, el día en que llegó, y por eso fue que ya no pudo seguir vagando.

—Me empezó a llegar la gana de tener algo. Siempre había visto las cosas como de prestado. Nunca pal morral. Por eso fue que me entró la ilusión de comprar algunas tierritas aquí en Juan Crispín. Aquí fue que me gustó pa echar las raicitas. 

Es difícil, no vaya asté a creer que no, quedarse viendo las mismas caras cuando se está acostumbrando a ser patrón de veredas. Pero yo, sin embargo, sin ombligo y sin nada, me quedé sembrado en Juan Crispín. ¡Capaz fueron las cenizas de la ceiba las que me agarraron desprevenido!

Tipá trabajó macizo. Se le había metido entre los ojos, igual que antes el paisaje de las tierras ajenas, la idea de tener algo. Y no descansó hasta hundir las manos en la tierra propia.

—No sé, vaya asté a saber por qué, pero eso de pegar de gritos y que esos gritos queden en terreno de uno, es cosa que vale la pena. Yo lo supe bien y por eso es que no me duele andar otra vez de pie de chucho. No le guardo rencor a la época esa, en que me sumí en un  mismo lugar, por que estuve contento, manque después  eso haya sido la causa de mi salazón.

Un año trabajó como baldío en el rancho de ño Pedro Galindo. Luego estuvo como mediero, y siempre trabajando fuerte. Hasta que un día hizo tratos para comprar terrenos a don Pedro.

—No es por presumir, pero me afané galán y le pagué pronto. Por vida de San Roquito que me dio mucha alegría posesionarme de La Esperanza. Son esas siete hectáreas que asté vio a pegaditos a los amates, a un ladito de la Poza del Muerto. Esas tierras que asté constató, llenas de mala yerba, eran La Esperanza; ahora, da tristeza pasar por allí. 

Pero antes, me cae de madre, que era un gusto ver lo bien labradas que estaban. Yo me enterraba hasta los tobillos en los surcos pa sentirme bien adentro de mis tierras. Pa que me pepenaran con ganas porque siempre estaba medio descontento con eso de ser fuereño.

Construyó, cerca de los amates, una casa de paredes de barro. Ahí se sentaba en la puerta a chiflar en las tardes cuando acababa el trabajo.

—De primeras como que me entraba un miedito por no seguir el camino. Tenía cisco de que me salara por no seguir en el camino, que esa era mi obligación por lo de mi ombligo; pero en después pensé que eran puras tonterías. Y eso fue lo que me perdió: andar de confiado.

Y veía contento cómo el maíz hacía canciones con el viento, mientras los clarineros volaban en parvaditas sobre la casa y los amates.

—Luego me vino el amor. Me quedé bien enamorado de la Consuela Cundapí, hija de Pablo Cundapí de oficio carpintero; es aquel que se fue a vivir a Tuxtla, tiene ya su tiempecito.

La Consuela Cundapí era muy bonita. Ella también se enamoró del Patrocinio, y buscó la manera de apalabrarse con él.

—¡Qué chula era mi Consuela! Tenía unos ojos muy negros y daba gusto vérselos y quedarse ahí viéndolos y viéndolos, como si fueran piedritas de anillo. Cuando había baile, mi Consuela se ponía a bailar solita a medio patio, y con los ojitos cerrados bailaba y bailaba, y venía y se iba, como si estuviera soñando; iba entre las parejas de novios como si fuera una tortolita. Ni se veía que moviera los pies. ¡Animas que parecía como si flotara! Bonito era verla con sus trenzas sobre el pecho y sus grandes moñotes verdes, o rojos, o amarillos.

El Patrocinio le habló a Pedro Cundapí, y tanto le dijo y tanto le habló que aquél aceptó que se casara la Consuela.

—Hubo fiesta grande. Mandé traer la marimba y hubo harto trago y harta bulla. Diez manojos de cohetes mandé a quemar ese día. Ya por esas fechas yo era el mero y cabal dueño de La Esperanza. Por allá nos fuimos a vivir; en la primera casa fue que estuvimos, porque ya la otra fue la de la mala suerte.

Aquel año del matrimonio del Patrocinio Tipá hubo una gran cosecha; y él compró una lámpara de gasolina. Luego los hijos empezaron a nacer.

—La Consuela era buena pa írmelos dando. Crecieron contentos. Dos eran: un barraquito: Floreano, y una hembrita: la Chepita. Eran dos, pero hacían bulla y alegría hasta pa aventar pa arriba.

Patrocinio no descuidó los nacimientos. En cuanto nacían tomaba los ombligos y los enterraba muy hondo, en tierra abonada, debajo de un amate, para que enraizaran fuerte en la tierra de La Esperanza, y sintieran, de grandes, la unión a estas llanadas y no fueran a salir con ánima de vago.

—Tenía todo, pero nos cayó la sal. Se nos vino a meter el mal agüero hasta en la última hormiga de La Esperanza. Mala señal fue aquel rayo que me recibió la tarde que asomé por Juan Crispín.

Por el mes de agosto vino de visita la madre de la Consuela.

—Daba gusto ver a la abuela con los nietos. Jugaban al igual. Pero una mañana la viejita amaneció con calentura. Allí empezó la peste. Por la tarde le asomaron unas ronchas que luego se hicieron granitos rojos. Harta agua les salía por los agujeritos que dejaban los granos cuando reventaban. Me fui a llamar al viejo Seín que era muy buen yerbero. Llegó al otro día en la mañanita ¡Je! En cuanto vio a la vieja salió de pelada. No más nos dijo que era virgüela y salió corriendo.

A los tres días se murió la nana de la Consuela y a los ocho ella cayó enferma y al poco el hijo, el Floreanito. Yo andaba muy asustado y llevaba razón. Estaba como presintiendo. Y es que ya nos había caído la sal.

El Floreanito se murió a la semana.

—Yo, palabra, lloré sobre mi hijito. Ni vergüenza me da contarlo. Se me murió en los brazos, porque yo lo cargaba pa que también a yo me pegara la fiebre. Se me fue quedando como dormido en los brazos. Ni siquiera lo pude velar, porque me ordenaron en el cabildo que lo enterrara esa misma tarde. 

Yo, solo, me fui al panteón cargando al Floreanito porque nadie quiso ayudarme por puro miedo a la enfermedá. Ahora me doy cuenta que tenían razón, pero aquel día me hubiera gustado ahorcarlos a uno por uno. Mi Floreanito se quedó en la tierra sin tener rezos, ni música, ni cohetes. La Chepita no se contagió. La mandé con unos parientes pa que me la cuidaran. 

La Consuela pasó la enfermedá. ¡Cómo lloró cuando se vio en el espejo! Estaba toda llena de agujeros como esas carotas de piedra que a veces se encuentran en la montaña. La Consuela quedó marcada por la viruela. Sólo sus ojos negros como piedritas de anillo tenían vida. Todo lo demás se lo llevó el mal junto con las risas del Floreanito.

—Mucho lloraba la Consuela. ¡Mi Consuela! Pero yo la acariciaba y le decía que ahí estaba yo, y ahí estaba la Chepita, y ahí estaban sus siete hectáreas de La Esperanza. "Consoláte, Consuela". le decía todo el día. Y ella como que se quería reír.

Patrocinio Tipá quedó hueco. Quería alegrar a la Consuela pero en el fondo tenía una herida por la que le caía la risa igual que un cántaro roto. Por las noches iba a donde estaba entenado el ombligo del Floreanito y lloraba y hundía las manos en la tierra y luego quemaba flores de cedrón para regar sus cenizas sobre la tierra, para que el alma de su hijo no se fuera de las tierras de La Esperanza,

—Pero ya la sal estaba por todos lados. Hasta en los surcos. Ya todo estaba echándose a perder. Olía a rancio como si el viento estuviera podrido.

Todo traía recuerdos. Aire de recuerdos. Se oían pasos de recuerdos. Toda la casa recordaba las risas sembradas con cariño. 

—Ya la casa me empezó a dar rabia. Jedía de noche. Peor cuando había luna. Por eso fue que pensé que era bueno construir otra casa a un lado del amate. Y así lo hice; sólo pa que al final la desgracia acabara de llevarse a La Esperanza.

Patrocinio Tipá construyó su casa. El mismo fue haciendo las paredes. Los vecinos le ayudaron a colocar las puertas y las vigas. Porque así es la costumbre por estos lados.

Cuando la casa estuvo terminada, Patrocinio Tipá envió las tejas que deben mandarse a las madrinas de la casa. Escogió las diez mejores, las más rojas, las más pulidas, y escogió el sitio exacto en que deberían de ser colocadas cuando las madrinas las devolvieran con las figuritas de adorno, para que la casa estuviera contenta, y hubiera siempre calma bajo el techo. Y de esas diez tejas escogió la mejor, y con barro hizo un caballito que él mismo colocó sobre aquélla y la envió a la casa de la madrina mayor, porque así es la costumbre por estos lados.

—Nombré madrina mayor a ña Petra Cunjamá, para que ella llevara al borrego del bautizo. También alisté la música y el trago. Iba a ser fiesta buena como salió realmente.

A las cinco de la tarde empezaron a llegar los amigos del Patrocinio Tipá. Ya los músicos estaban esperando hacía rato. Desde San Fernando vinieron ese día para tocar en Juan Crispín, en la fiesta de la última teja de la casa del Patrocinio.

—Fue al Fidel Aquino y a sus hijos a los que traje pa que tocaran. Los mismos que hicieron la música cuando me casé con la Consuela. Quise que fueran ellos pa ver si todo volvía a comenzar como en denantes y echábamos la salazón pal otro lado. 

La Consuela se peinó sus trenzas como cuando era muchacha y se puso ropa nueva y estaba muy animada. Desde la muerte del Floreanito la risa se había pelado de su cara pero ahora estaba contenta. Como que quería gozar mucho porque estaba como presintiendo algo.

    Después llegaron las familias invitadas. Al ratito las madrinas con sus tejas arregladas con papel de China y polvo de brillo. Algunas tenían hasta palomitas besándose recortadas en cartón.

—La Consuela recibía las tejas con mucha satisfacción. La casa estaba bonita dicho sea sin presumir. Al rato asomó la madrina mayor; traía un borrego todo vestidito con listones y papel de China y con la cara pintada. Hermoso estaba el borrego pero yo desde que lo vi se me puso algo que me dio mala espina porque tenía dos patitas blancas y esa es mala cuestión. Trae sal. Y ya pa sal estaba bueno.

    La música empezó a sonar y La Esperanza reventaba de puro gusto. Las parejas salieron al patio para bailar los sones.

—Mi Consuela estaba animada. La pobrecita volvió a bailar sola en la mitad del baile, con los ojitos cerrados, como si estuviera soñando, y los brazos caídos y yendo de un lado pal otro sin que le viera mover los pies como si fuera un trompito dormido. 

A mí me tenía muy contento verla otra vez como cuando la conocí, porque desde la virgüela no había querido ser como en denantes. De vez en cuando, bailando, se reía como en sueños y todos la veían con cariño, y de verdá parecía que no tuviera marca de virgüela.

    A las seis de la tarde se empezó a abrir el agujero para el borrego en la mitad de la casa.

—Los cohetes tronaban cada poco, en tandas de a quince. El chucho brincaba tras las varas como si quisiera morder el fuego. ¡Cómo me hubiera gustado que estuviera el Floreanito!

A las seis y media paró la música. Todos se acercaron a la casa y las madrinas recogieron sus tejas vestidas y yo me subí al tejado pa recibirlas. Las madrinas me las iban dando y yo las colocaba en su lugar en el mero lomo del tejado. Al final coloqué la teja de la madrina mayor, ña Petra, que fue con la que cerró la tapa de la viga. Todos echaron aplauso. Luego le puse su cruz pa que no anduvieran rondando espantos por la casa.

    Patrocinio estaba con el gusto metido adentro de los huesos. Veía su casa nueva con el adorno de las tejas de fiesta. Levantó la cara y vio al cielo y los ojos se le llenaron con la luz anaranjada de la tarde. No había nubes. Ese año iba a llover tarde.

—Luego avisé que fuéramos pa dentro de la casa por lo del borrego. Nos amontonamos en la orilla del agujero que habíamos hecho en el piso. La ña Petra vino con el animalito y yo le volví a echar de ver las dos patitas blancas que me daban qué pensar.

La madrina tomó al borrego del pescuezo. Todos se pusieron serios. Algunos tenían hinchadas las venas de la frente.

—Yo mero le pasé el cuchillo a ña Petra. Ella rezó un Padre Nuestro y luego le clavó el cuchillo al borrego a la mitad del pescuezo y lo aventó pal hoyo. ¡Cómo bramaba el borrego! Daba de estremecimientos allá en el fondo. La gente empezó a hacer bulla y a aplaudir. Mandé que tronaran treinta cohetes. Entoavía bramando el borrego le empezamos a aventar la tierra encima.

Lo último que vi del animalito fue una de las patitas blancas. Me la quedé viendo hasta que la chupó la tierra.

Los invitados rellenaron el agujero y luego saltaron sobre la tierra para apretarla.

—Así fue como bautizamos la casa. El borrego sirve pa que no haya muertos en la casa nueva. El se lleva todo lo malo que pueda venir. El sale con la peor parte. A él le toca lo que podía ser pa un cristiano. Pero lo que es a mí, nadie me quitaba de la cabeza que aquel animal no era efectivo porque tenía dos patas blancas.

Cuando todo quedó listo dentro de la casa, las mujeres rezaron y los hombres fueron a beber aguardiente.

—Cómo me da tristeza cuando hablo de aquella fiesta. La Consuela estuvo contenta y mi hijita la Chepita, que ya caminaba, estaba como loca del gusto y corría de un rincón pal otro muerta de la risa. Tenía que acabar mal toda aquella alegría. Porque La Esperanza ya estaba muerta desde que asomó la peste, y el mal agüero andaba rondando como si fuera una lechuza buscando animalitos pa caerles encima.

A las diez se empezaron a ir los invitados. Poco a poco se fue quedando sola La Esperanza. La Consuela todavía bailó la última pieza y al final cargó a la Chepita y bailó con ella en sus brazos.

—Por ahí de las once sólo estaba el viejo Crescencio que ni siquiera podía caminar del pedo que había agarrado. Voy ir a dejar al tío Crescencio le dije a la Consuela. Y dicho y hecho, me lo llevé al viejo, casi cargado, hasta su casa. Mi Consuela se quedó sola en la casa y tocaba las paredes nuevas y miraba las tejas rojas, y las vigas olorosas a resina todavía, y con la lámpara de gasolina alumbraba las dos ventanitas de la casa.

Patrocinio acompañó al viejo hasta su casa. Allí estaba cuando vio el fogonazo de un relámpago y luego el gran retumbo de un rayo.

—Rayo en seco. .. —dijeron.

Patrocinio tuvo un estremecimiento.

—Yo no sé, pero todo aquel día había andado como sobreaviso. Algo nos estaba rondando. Cuando oí el rayo sentí un olor a cacho quemado que se me agarraba de la nariz, que es lo que siempre me pasa cuando tengo miedo de un mal pensamiento.

Patrocinio se regresó rápido para La Esperanza. A cada paso sentía que el corazón le bailaba adentro del pecho y una opresión le cegaba los ojos.

—Empecé a pensar una bola de cosas. Eran como dibujos: Miraba la urraca que se robó mi ombligo; luego la ceiba que se quemó el día en que llegué a Juan Crispín; luego vi los terrenos de La Esperanza cuando entoavía no eran míos. En seguida veía yo que mi obligación era andar caminando por todos los rumbos y que no había hecho caso, y también miraba los ombliguitos de mis hijos que los enterraba hasta el fondo de un agujero, pero los ombligos brincan al igual que el borrego de esa tarde. Vi al Floreanito muerto, todo rojo y  lleno de la sanguaza de los granos. Le piqué al paso.

Al voltear la cuesta que da para sus tierras el Patrocinio sintió que le quebraban las piernas. Su casa estaba rodeada de vecinos y otros llegaban corriendo. El palo de amate estaba desgajado. Sintió que le soplaban dentro del oído, y que un ruidito como de colmillos de jabalí le roía la cabeza. Quiso correr pero tropezó. Quedó de rodillas y temblando.

—Sentía como si el estómago se me hubiera subido a la boca y que lo masticaba, y me quedaba muy agria la lengua. Tuve mucho miedo porque como que adiviné todo lo que pasaba.

—El rayo... el rayo... rayo en seco sobre tu casa, Patrocinio —le gritaban.

—Yo sentía como si la gente estuviera muy lejos o como cuando golpeás una piedra bajo el agua. Palabra que cuando me iba acercando no podía pensar en nada. Parecía como si el alma se me hubiera salido. No la sentía.

—El rayo... la Consuela... el rayo en seco... la Chepita.... primero el relámpago... todo fue de un jalón —le llegaban los gritos al Patrocinio.

Cuando llegó a la casa vio a la Consuela muerta y entre sus brazos a la Chepita también muerta, abrazadas como si el rayo las hubiera agarrado bailando todavía.

—Yo de plano no pude hacer nada. Me quedé como un palo, sin llorar, ni afligirme, sin moverme, como si de un machetazo me hubieran echado afuera la sangre. No sé qué fue lo que me pasó. Pero todo lo veía natural. Como si ya en denantes lo hubiera visto, o como si el tata me lo hubiera platicado cuando era yo chiquitío allá en Copoya. No más me acerqué a mi gente, las abracé y las empecé a besar. Creo que ya mero lloraba pero hasta ahí me acuerdo.

El Patrocinio quedó atontado. No contestaba. No hablaba. No veía. Los vecinos prepararon todo lo necesario.

—Cuando vine a ver, ya mi Consuela y mi Chepita estaban vestidas y con las velas prendidas. Ya había gente rezándoles. Ahí fue cuando me puse a pegar de gritos. Quise salir corriendo pero mi comadre me detuvo. Tenés que quedarte, es tu obligación —me dijo—; y ahí me quedé toda la noche sin darme cuenta de nada.

Al día siguiente enterraron a los muertos del Patrocinio. El fue pero andaba como si también le hubiera tocado el rayo. Parecía que se iba a morir al rato. De vez en cuando pegaba un grito como de loco o como de borracho.

Después del entierro lo llevaron para su casa y lo tendieron en un catre. Ahí se quedó dormido.

—A la media noche me levanté. Había una luna que parecía una rodajita de caña. Ahí fue en donde me di cuenta de todo. Pero ni me maté, ni me arranqué el pellejo, ni me saqué los ojos. Sólo me fui pa donde estaba el amate. Ahí, con el machete, marqué muchas cruces y luego me oriné sobre la tierra en que estaban enterrados los ombliguitos de mis hijos. 

Y luego maldije al rayo que quemó la ceiba de la plazuela y que me echó la sal. Si tanta sal hay en La Esperanza que le caiga toda de un jalón —gritaba. Y agarré puños de sal y los iba sambutiendo en los surcos pa que nunca naciera nada en estas tierras. Y luego agarré la lámpara de gasolina y la encendí y me puse a ver todos los rincones de la casa como buscándole el paso a los espantos. Luego me acordé de las patas blancas del borrego y me puse a desenterrarlo y con el machete me lo hice picadillo y aventé los pedazos pa todos lados. Luego quemé la casa.

    —Le mentaba la madre a los santos porque me hicieron el mal, o no me quisieron hacer el bien que es lo mismo. También les eché maldición a las cenizas que me cayeron en la cabeza aquella tarde en que llegué a Juan Crispín. Luego les grité a mis piernas que no se hundieran en la tierra. Que nos fuéramos pal monte otra vez. Que nos olvidáramos de todo, de las risas, de los chiquitíos, de la Consuela, de los surcos. 

    Le grité a mi ombligo que regresara. Lo último que me acuerdo es que con el cuchillo me hice un tajo en la barriga para quitarme el agujero del ombligo, y que se me cayera, y echarlo a volar, a ver si así quedaba otra vez sin raíz. Después quién sabe qué pasó.

Vine a darme cuenta hasta en la cama del hospital de Tuxtla. Quién sabe quién me llevó.

De esto ya tiene sus años. Ahora estoy viejo. Pero nunca volví a encariñarme con un pueblo. Volví a ser pie de chucho que así es mi natural. A seguir corriendo tierras, detrás de la urraca que le ganó a mi tata allá en Copoya.

A veces, como ahora, vengo a dar a Juan Crispín. Pero sólo de pasada. Le echo una miradita a mis muertos y luego luego sigo mi camino.

Esto fue lo que me pasó. Lo que le pasó al Patrocinio Tipá nacido en Copoya y salado en Juan Crispín.

Lentamente el viejo Patrocinio se levantó de la piedra en que estaba sentado. Agarró la vereda que va para Zoquintiná. Antes de dar la vuelta para bajar al río, una urraca empezó a volar delante de él.

Quien dice verdad - Eraclio Zepeda


—Quien dice verdá tiene la boca fresca como si masticara hojitas de hierbabuena, y tiene los dientes limpios, blancos, porque no hay lodo en su corazón —decía el viejo tata Juan.
Sebastián Pérez Tul nunca dijo palabra que no encerrara verdad. Lo que hablaba era lo cierto y así había sucedido algún día en algún lugar.
Los que tienen valor pueden ver de noche y llevar la frente erguida. Quien es valiente conserva las manos limpias; sabe recoger su gusto y su pena. Sabe aceptar el castigo. Quien es miedoso huye de su huella y sufre y grita y la luna no puede limpiarle los ojos. Quien no acepta su falta no tiene paz y parece que todas las piedras le sangraran el paso porque no hay sabor en su cuerpo ni paz en su corazón –decía el viejo tata Juan.
Sebastián Pérez Tul nunca evadió el castigo que limpia la falta. Nunca corrió caminos para engañar a la verdad. Nunca tembló ante las penas y vivía en paz con su corazón.
Quien no recuerda vive en el fondo de un pozo y sus acciones pasadas se ponen agrias porque no sienten al viento ni al sol. Los que olvidan no pueden reír y el llanto vive en sus ojos porque no pueden recordar la luz —decía el viejo tata Juan.

Sebastián Pérez Tul vivía con sus recuerdos y estos caminaban a su lado y en su compañía saltaban de alegría y también se ponían a sufrir y a lamentarse. Sebastián Pérez Tul no olvidó nunca lo que sus manos acariciaron o sus pies destruyeron.
Aquel que hiere debe ser herido, y aquel que cura debe ser curado, y el que es matador debe ser matado, y el que perdona debe de ser olvidado en sus faltas. Pero aquel que hace daño y huye, no tiene amor en su espalda, y hay espinas en sus párpados y el sueño le causa dolor y ya no puede volver a cantar —decía el viejo tata Juan.
Sebastián Pérez Tul estaba de acuerdo en todo y no dudó que ahora él debía de cumplir. Nunca pensó en negar que él, con sus manos había matado al ladino Lorenzo Castillo, comerciante en aguardientes.
—Vos lo mataste, Sebastián. Estabas loco de la furia pero vos juiste quien lo cerrajó.
—Juí yo.
—Vos lo seguiste, Sebastián y le gritaste y él se detuvo.
—Le grité y se detuvo. Ese jué su mal: se detuvo.
—Vos lo alcanzaste y le hiciste reclamo. . .
—Le reclamé pué.
—Y vos le agarraste del pelo y lo porraseaste y le empezaste a pegar...
—Le empecé a pegar. Pero yo ya no miraba nada y  sólo quería acabarlo.
—Y aluego cuando quedó quieto lo soltaste y el finado Lorenzo se jué rodando por la cañada.
—Sí pué. Se puso blando y empezó a rodar. Sí pué.
—Vos juíste Sebastián. Pero él se lo anduvo buscando. Si ya lo había hecho el daño, pa qué volvió.
—Pa qué volvió. Esa jué la cosa.
Sebastián Pérez Tul estaba sentado en la entrada de su jacal con los codos apoyados sobre sus gruesas y macizas rodillas, y la cabeza, llena de preocupaciones y sustos, en medio de sus manos. Estaba con el miedo secándole la lengua. Su hermano, el Fermín Pérez Jo, le hablaba y le quería quitar las ganas de arrepentirse.
—Vos se lo alvertiste en San Ramón, a la salida de ciudad Real. Bien que se lo alvertiste. Todos lo oímos clarito.
—Pa que no me anduviera con cosas jué que se lo dije. Pa que supiera de dónde salía el camino. Pa que no le tomaran las cosas desprevenido. Yo se lo dije. Y todos lo oyeron...
—Pero como es su modo, o era, porque ya es dijunto, no hizo caso de razones y nomás se empezó a carcajiar allá en San Ramón.
—Eso jué lo que me dio más rabia, Fermín; eso jué lo que me nubló la vista: se quedó riyendo sin hacer caso de palabras.
—Sí Sebastián, pero vos se lo anticipaste. —No hice traición...
—No Sebastián; vos se lo anticipaste. En San Ramón se lo anticipaste.
San Ramón sólo tiene una larga calle. Por allí corre el viento que viene de los cerros para irse a meter a Ciudad Real. Es sólo una calle pero hay rencor y hay lodo... y hay maldad. San Ramón es el primer anuncio de ladinos que se encuentra cuando se llega a Ciudad Real; y es la última oportunidad para llenarse la boca de amargos cuando se sale de Ciudad Real. Es el último sitio. Hasta allí es que llegan los comerciantes, los curas, los abogados, los burdeles, el viejo señorío, en suma, de Ciudad Real. Hasta allí es que llegan. Hasta allí es que se quedan.
—En San Ramón jué que se lo dije... Allí jué. .
San Ramón tiene nombre de Santo, pero esto no es de primera intención. No es su nombre de origen, porque antes el gobierno le puso Ramón Larrainzar, pero ahora le nombran San Ramón. Los ladinos le hicieron el cambio porque cuando no hay protección de santo los pecados brillan en la oscuridad... y el diablo sigue los reflejos y se guía por los brillos hasta donde están las almas de aquellos que perdieron la pureza.
—Allá jué que me lo encontré de primeras. De nuevo como quien dice. Allá se lo hice ver su mal. Su daño que había dejado; y le hice su anticipo. Se lo anticipé al Lorenzo.
En San Ramón vivía el Lorenzo Castillo, ladino, gordo, comerciante en aguardientes. Allá fue que se lo encontró Sebastián.
Tené cuidado Lorenzo. No asomés por allá. Te dejé salir,  pero no volvás. Te lo estoy alvirtiendo Lorenzo. No volvás.
—Calláte indio.
—Te dejé dormir en mi casa. Te di posada. Te dejé vender trago en mi puerta. Pero cuando todos estábamos borrachos vos te pusiste a robar y aluego pepenaste a mi hija y la dañaste y aluego te empezaste a burlar. No vayás a regresar. Te lo estoy anticipando...

¡Indio mierda! Andarás engazado por la borrachera; Que me voy a meter con tu hija. Ni conozco a la puta esa; pero si es india ha de estar toda apestosa —y el Lorenzo enseñó su boca sucia y sus dientes negros en medio de una carcajada.
—Te lo dije tres veces. No asomés por allá.
—¿Me estás amenazando?¿Desde cuándo los indios me hablan de igual a igual? Ese es que quiero que me digás. Anda, vamos al carajo, no sea que te vaya a meter a la cárcel por injurias y amenazas ¿verdad licenciado? —y el viejo vestido de negro que estaba al lado de Lorenzo, con la cabeza, afirmó y juntos se estuvieron riendo hasta que el Sebastián se perdió de vista.
Así fue como Sebastián Pérez Tul se lo advirtió. Quedó avisado. Se lo dijo las veces que deben de ser; ni una menos ni una más. Así fue como se lo anticipó.
—Pero él ni caso hizo, y te vino a hacer burla, Sebastián. Hasta tu casa te vino a buscar, Sebastián, y te insultó y se volvió a reír de tu hija, y dijo que estaba más galana.
—Y ya estaba sobreaviso. No jué traición.
—No jué traición, Sebastián... Jué a la buena.
Lorenzo Castillo llegó a este paraje, con sus garrafones de aguardiente sobre las tres mulas viejas en que realizaba el comercio. Venía cayéndose de borracho desde San Juan Chamula; allá había hecho una buena venta y del gusto había estado bebiendo hasta que se sintió mareado y pensó en regresar. Iba para Ciudad Real, pero desde que vio el caserío de este lugar se le metió en la cabeza la idea de venir a burlarse del Sebastián. A la casa de éste se dirigió, llegando, y le llamó a gritos, y le insultó y se puso a decir a todos lo de su hija.
—¡A mí los indios me la juegan!

—Vos lo mataste, Sebastián...
—Yo lo maté.
—El tuvo la culpa. No te arrepintás. No tengás triste tu corazón.
—No me da remordimiento. Ni estoy ciscado. Lo maté porque había que acabar lo que es malo, lo que es ponzoña, lo que jiede.
—Pero te debés juyir, Sebastián. Ayer que llevamos al dijunto dijeron que ahora te iban a agarrar.
—No me juyo.
—Peláte Sebastián. La sangre dice que te quedés, pero los policillas y los ladinos no saben de ésto. No saben la lengua ni el corazón. Peláte.
—No.
—Entonces echáles mentira. Decí que vos no juíste. Nosotros lo vamos a decir también, porque ellos no hacen aprecio del corazón.
—No lo voy a negar. Yo juí.
—¡Sebastián! juyíte. Ahí vienen ya los policillas —gritó la Rosa López Chalchele.
—Yo lo maté. Es la verdad. La palabra es limpia. Yo juí.
—Sebastián peláte. Te van a llevar. A la cárcel te van a llevar.
—Es mi pago. Lo maté. Yo lo maté.
Los vecinos iban llegando. Hicieron una rueda ante la puerta del Sebastián. Le aconsejaban que se fuera.  Que pusiera los pies en una vereda y se perdiera por un tiempo.
—¡Juyíte! Te podés juyir.
—Es mi castigo. Ansina está bueno. Mi corazón es limpio y si juyo se apesta.
—El que es ladino ya no se acuerda de la verdá, y cuando la encuentra sólo se burla.
—Vos no tuviste la culpa Sebastián. El se lo buscó.
—Vos se lo habías anticipado. juyíte.
—No.
Los policías de la montada se recortaron sobre la loma. A un lado de la cruz del cerro se destacaban los grandes caballos que hacían saltar las piedras a su paso. Eran cinco.
—Entuavía podés, Sebastián.
—Agarrá camino, Sebastián.
—Juyíte. Vos no tenés pecado.
—Jué el Lorenzo el que se lo buscó.
—Yo juí. No me voy. No me juigo.
Los caballos de los policías bajaron al llano. Se abrieron en una larga línea que abarcaba el pequeño valle.
— Todavía podés, Sebastián. juyíte.
— Tenés mujer. Juyíte.
—Si te agarran te amuelan, Sebastián.
— Tenés hijos, Sebastián. Juyíte.
—No puedo. Estoy debiendo. No es bueno jugar al castigo.
Los policías desenfundaron sus armas. Un brillo frío brincó de los cañones de las carabinas. Ya están entrando al caserío.
—Corréte Sebastián. No te han visto... Al poco podés volver. Se van a olvidar.
—No.
—Sebastián. El Lorenzo era ladino. Vos sos indio. Corréte.
—No. Ansina es como debe ser. Debo quedarme.
Los perros empezaron a ladrar. Los policías estaban entrando a las calles del poblado. Ya se les veían las caras. Clarito oyeron cuando el sargento ordenó cortar cartucho; el ruido seco y ronco de los cerrojos de las carabinas les llegó a la cara. Los perros seguían ladrando y uno de los policías le dio un latigazo al que estaba más cercano. Todo esto lo vieron desde la casa del Sebastián.
—Escondéte. Podés todavía.
—No..
—Escondéte. Te van a fregar.
—Es el castigo.
—Son ladinos los policillas, Sebastián.
—Es el castigo.
—Castigo de otro es que saben, Sebastián.
Los policías se detuvieron a diez metros de los indígenas que los observaban temerosamente.
—Sebastián Pérez Tul: reo de asesinato, —gritó el sargento de policía.
Todos permanecieron callados. Clavaron la vista al suelo.
—¿Quién conoce a este desgraciado? —volvió a gritar.
Sebastián se levantó de su puerta. Se dirigió a los policías. Todos se le quedaron viendo. AIgunos cerraron los puños para no detenerlo.
—¿Quién sabe dónde putas está el asesino? —preguntó a gritos el sargento. Todos los ojos se clavaron en el Sebastián que se iba yendo a donde estaban los policías.
— Aquí estoy, gobierno. . .
—¿Quién sos vos?
—Sebastián Pérez Tul.
—¿Por qué no te pelaste?
—Porque no.
—¿Querés ir a la cárcel?
—Sí.
—¿No tenés dinero pa que te defienda un licenciado en Ciudad Real?
—No.
—Bueno. Volteáte pa que te amarren.
El Sebastián se dio la vuelta. Quedó de espaldas a los policías y con los ojos quería despedirse de su casa, de su mujer, de sus hijos, de su gente, de sus montañas. El Sebastián estaba tranquilo. Nunca conoció su boca más palabra que la de la verdad, y nunca hubo miedo en sus ojos, y siempre tuvo la frente erguida. Nunca hubo temor en sus piernas ante el castigo.
—Ahora —dijo el sargento.
El Sebastián Pérez Tul no supo cómo fue la cosa. La gente oyó un disparo y vieron que aquel caía de rodillas.
—Pa qué perdemos tiempo con éste —dijeron los policías y se alejaron al galope.
—Sebastián, Sebastián, te lo estamos diciendo. Sebastián.
Alguien se arrodilló para levantarlo. Le pasó la mano detrás de la nuca y sintió que por los dedos le corría la sangre del Sebastián. Tenía la cabeza destrozada.
—Te lo dijimos. Te hubieras juyido, Sebastián. Entre varios vecinos levantaron el cuerpo.
—Quien dice verdá tiene la boca fresca como si masticara hojitas de hierbabuena ....—Así empezó a decir el viejo tata Juan, pero la voz se le quebró y los ojos se le llenaron de lágrimas.