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En el bosque - Ryunosuke Akutagawa

  DECLARACIÓN DEL LEÑADOR INTERROGADO POR EL OFICIAL DE INVESTIGACIONES

DE LA KEBUSHI

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese pa­raje de la carretera.

 

 

DECLARACIÓN DEL MONJE BUDISTA INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. El marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mu­jer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su cara. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien ar­mado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...

 

DECLARACIÓN DEL SOPLÓN INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mis­mas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. 

Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él el que mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo.

No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.


 

DECLARACION DE UNA ANCIANA INTERROGADA

POR EL MISMO OFICIAL

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.

 

CONFESION DE TAJOMARU

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como la que ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras que voso­tros matáis por medio del poder, del dinero, y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matáis vosotros, la  sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la habéis matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta, me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa iró­nica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar al hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo espe­raba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en prác­tica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. 

Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su ma­rido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. 

Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría cos­tado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan fu­rioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conse­guí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. 

Y la escuché decir, entrecorta­damente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. 

Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mu­jer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. 

No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resis­tido más de veinte... (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada.

¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

 

CONFESION DE UNA MUJER QUE FUE AL TEMPLO DE KIYOMIZU

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instinti­vamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. 

En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposi­bilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera, ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia. El bandido había desaparecido, y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentí en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me aproximé a mi marido, y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situa­ción horrible en que me encuentro, ya no podré seguir con­tigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte. Has sido testigo de mi ver­güenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal.

Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. 

Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podría hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)

 

LO QUE NARRÓ EL ESPÍRITU POR LABIOS DE UNA BRUJA

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No le escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. 

Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. El le decía: «Ahora que tu cuerpo fue manci­llado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos.

Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¿Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado? Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Má­talo! ¡Acaba con él!». 

Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible? ¿Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas? Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas, hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.)  

Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone, ¿no tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza? ¿Quieres que la mate? ...».

Solamente por esta actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla.

Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que mur­muraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba ¡Ah, ese silencio! 

Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo del sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. 

En aquel mo­mento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...


Muerte fuera de temporada - Mary Barrett

Miss Witherspoon se inclinó hacia el suelo y con su pequeño transplantador removió un poco de tierra en la hierba de su jardín. Se dijo en silencio que no debía cultivar ni remover la tierra demasiado cerca de las plantas, para no dañar las delicadas raíces de la hierba. 

Miss Witherspoon era una jardinera muy cuidadosa, como atestiguaban los resultados conseguidos. Sus flores y césped eran de lo más lozano de la ciudad; en realidad, eran la envidia de todo el mundo, aunque sus vecinos no tuvieran la elegancia de confesarlo.

«Britomar» restregó su lomo contra el tobillo de miss Witherspoon, ronroneando. Miss Witherspoon intentó apartar inútilmente a la gata negra, con un suave golpe de su enguantada mano izquierda.

—Hola, miss Witherspoon —saludó una mujer desde la acera situada al otro lado de la blanca cerca de vallas.

Se trataba de mistress Laurel, la divorciada, siempre elegantemente vestida, que se había instalado desde hacía poco en el vecindario.

—¿Está usted arreglando esos pequeños macizos de flores de mayo de los que tanto he oído hablar? —preguntó con un fingido tono amistoso que no podía ocultar su desdén.

Miss Witherspoon abandonó su tarea, enderezándose.

—Sí, lo estoy haciendo —contestó con fría amabilidad.

Mistress Laurel sonrió condescendientemente y siguió su camino. Por su parte, miss Witherspoon continuó su trabajo sin hacer el menor caso de la interrupción. Tenía cosas mucho más importantes en qué pensar que en la impertinencia de mistress Laurel.

De todos modos, miss Witherspoon estaba acostumbrada a las burlas, pues, durante el transcurso de los años, había adquirido la fama de ser la persona más excéntrica de la ciudad. Cierto es que otras personas de la ciudad se desviaban de diversas formas del comportamiento usual..., borrachos, personas de actitudes imbéciles, e incluso un asesino, si se contaba a aquel Jake Holby que golpeó a su delgada esposa hasta causarle la muerte, cuando la descubrió en el pajar del establo con su empleado. 

Sin embargo, ninguno de estos aberrantes comportamientos era considerado tan peculiar como la insistencia de la anciana miss Witherspoon en mantener el más completo aislamiento. Ninguna persona había penetrado nunca en el interior de su pequeña casa, y únicamente los chicos más temerarios, incitados por los riesgos más irresistibles, se aventuraban a traspasar la puerta o a saltar sobre la verja blanca, para penetrar en su bien cuidado césped, aunque esto lo hacían sólo en la oscuridad de la noche, una vez que la anciana se  había dormido.

Años atrás, los chicos de la ciudad habían compuesto un sonsonete burlón que todavía se cantaba con regocijo: «Miss Witherspoon es un tostón.» Aunque los chicos pensaban que era una frase ingeniosa, muy pocos de ellos se atrevieron jamás a pronunciarla ante la anciana, pues, aunque odiaban admitirlo ante sí mismos y ante los demás, la verdad es que todos se sentían atemorizados ante ella.

En la ciudad, nadie recordaba que miss Witherspoon se hubiera dirigido espontáneamente a ninguna persona que pasara por la acera: tampoco se recordaba que hubiera saludado alguna vez a un vecino a través de la verja. Nunca había llevado sopa a los enfermos, ni pasteles a los afligidos. En resumen, no observaba ninguna de las costumbres sociales habituales. 

Si alguna vez alguien se atrevió a preguntarle el porqué, y si ella decidió contestar, habría dicho que prefería las plantas a la gente, principalmente porque las plantas no pecaban y eran incapaces de causar mal, y además porque, manteniendo su aislamiento, podía observar mejor y objetivamente los delitos cometidos por quienes la rodeaban.

Sin embargo, miss Witherspoon observaba un ritual propio, más o menos social, que realizaba fielmente una vez al año, la Noche de Walpurgis. Mistress Laurel se había referido precisamente a este acontecimiento anual, pero ella no conocía, como no lo conocía ninguna otra persona, el ritual completo. 

Por primera vez, miss Witherspoon estuvo jugando este año con el pensamiento de alterar ligeramente su modelo de actuación. Después de todo, se estaba haciendo vieja y la artritis de sus dedos empezaba a ser un serio y creciente inconveniente. Puede que no le quedaran muchos años más para llevar adelante todo el programa. 

Quizá este año, y sólo por una vez, debiera preocuparse de cuidar a dos personas, en lugar de a una sola. Pero finalmente decidió lo contrario. Una vez que se ha seguido con éxito un modelo de conducta, es mucho mejor mantenerlo.

La Noche de Walpurgis era la única fecha del año que tenía algún significado para miss Witherspoon, la única que ella marcaba en su calendario. Era la víspera del Día de Mayo, nombrado según una misionera y abadesa inglesa que había alcanzado gran renombre expulsando a las brujas. Como saben todos aquellos que hayan leído a sir James Frazer, ésa es la noche preferida por las brujas para salir.

La víspera de Walpurgis de cada año miss Witherspoon preparaba exactamente diez canastillas de flores de mayo. Y cada año, durante aquella noche, las colgaba a hurtadillas de los pomos de las puertas de diez casas distintas. Nunca eran las mismas casas, aunque, como consecuencia del paso de los años, se había visto obligada a repetir en ocasiones. Y cada año, una y sólo una de las canastillas de mayo era especialmente elegida para contener algo particularmente interesante.

Naturalmente, los habitantes de la ciudad sabían perfectamente quién era su benefactor del Día de Mayo. Sólo el jardín de miss Witherspoon podía proporcionar una variedad tan abundante de flores y hierbas.

Para los habitantes de la ciudad, era una especie de juego especular sobre quién se vería favorecido con las pequeñas canastillas de flores y hierbas que, inevitablemente, iban acompañadas por un verso o un dicho escrito por la cuidadosa mano de miss Witherspoon. 

Todo el mundo se burlaba disimuladamente de esta prueba anual de la excentricidad de la anciana. De lo que no solían darse cuenta era de que, cada año, el destinatario de una de las canastillas se encontraba con un extraño e inesperado destino.

Pero eso no importaba. Miss Witherspoon no buscaba fama ni crédito por su trabajo.

Mientras escogía y arrancaba cuidadosamente las flores para cada canastilla, el sol le daba cálida y reconfortantemente sobre su espalda. Ella saboreaba en su mente sus queridos nombres latinos —Lathyrus odoratus (guisante de olor), Lobularia marítima (aliso de olor), Convallaria majalis (lirio de los valles), y, desde luego, el fabuloso jacinto que surgió de la sangre del amigo moribundo de Apolo—, «esa flor sanguínea dedicada con dolor».

Las canastillas quedaron finalmente llenas y las colocó a la sombra fresca del arce. Y ahora, para terminar, debía tomar la decisión más importante. ¿Qué hierba debía elegir para la favorecida décima canastilla? Miss Witherspoon podía utilizar el rizoma de la manzana de mayo; pero eso quizá no fuera lo bastante bonito como para captar el interés. La espuela de caballero podría servir, pero eso significaría secar las semillas y quizá supondría más trabajo del necesario.

En consideración al simbolismo, se sintió tentada de utilizar la flor «hermosa dama», belladona, o, por la misma razón, el acónito. Pero no. La mejor elección sería la Digitalis purpurea, la dedalera. Cierto que su jardín sólo contenía la variedad americana, la Phytolacca americana, y que a ella no le gustaba el feo sonido de su nombre americano. Pero, a pesar de todo, las oscuras bayas moradas eran bonitas y servirían igualmente para su propósito. Así pues, fueron a parar a la décima canastilla, junto con un verso de Rudyard Kipling, que copió con su primorosa escritura:

 

Excelentes hierbas tenían nuestros antiguos padres…

Excelentes hierbas para aliviar su dolor.

 

Como idea adicional, ella añadió: «Las bayas moradas, servidas en cualquier forma, harán que hasta un holgazán en el amor se transforme en una persona ardiente, y un ardiente en un amante apasionado increíble.»

Miss Witherspoon sentía tener que recurrir a una mentira tan franca, pues era una verdadera artista y habría preferido que su ritual anual fuera perfecto en todo. Sin embargo, tendría que olvidarse de este falso detalle en beneficio de su más amplio plan.

Aquella noche, miss Witherspoon salió a la calle, acompañada únicamente por «Britomar». La luz de la luna era brillante y el aire, cálido y húmedo daba una sensación primaveral. Sintiéndose feliz, miss Witherspoon recordó unas estrofas de El Mercader de Venecia:

 

En una noche así,

Medea recogió las hierbas encantadas.

 

Nueve canastillas quedaron colgadas y, después, la décima fue a parar... a la puerta de mistress Laurel.

Dos días después, Edward Johnston, el sastre, falleció de una muerte dolorosa e inexplicable, víctima de algún violento vomitivo ingerido accidentalmente y que, al parecer, le fue servido en una comida preparada por la atractiva divorciada. Porque, lo más extraño del caso fue que no murió en su propia casa, rodeado de su esposa y de sus cuatro hijos, sino en casa de la encantadora vecina de miss Witherspoon. 

Por su parte, miss Witherspoon fue la única de la ciudad que no se sorprendió de que muriera allí, pues sólo ella había observado las frecuentes visitas clandestinas del sastre, y sólo ella suponía cuál de los diez mandamientos estaba siendo transgredido en el interior de la casa de mistress Laurel.

A la mañana siguiente, después de que estas terribles noticias se extendieran por la ciudad, miss Witherspoon estaba trabajando tranquilamente en su jardín, como siempre, cuando llegó un visitante muy poco usual. El sheriff se acercó a ella andando sobre las piedras planas del camino.

—Buenos días, miss Witherspoon —saludó desde el camino, junto al césped.

—Buenos días, sheriff —contestó ella, mirándole desde un macizo de flores, sobre el que había estado inclinada—. ¿Desea usted hablar conmigo?

—Así es.

El vacilante tono de voz del sheriff puso al descubierto sus dudas y lo incómodo que se sentía. Ahora que la podía mirar directamente, le pareció una persona absolutamente inocente, incapaz de hacer daño a nadie. Y, sin embargo, cuando su teoría había terminado por confirmarse aquella mañana, le pareció firme... aunque de una forma extraña.

—Entremos —sugirió miss Witherspoon—. Allí podremos hablar tranquilamente.

Los dos penetraron en la fría y débilmente iluminada sala de estar y se acomodaron en sendas sillas, una frente a la otra, con la mesa de té en medio. «Britomar» saltó al regazo de miss Witherspoon, y la anciana acarició a la gata mientras habló:

—Le he estado esperando desde hace años —dijo.

—¿De verdad? —preguntó el sheriff, claramente desconcertado por aquellas palabras.

—¡Oh, sí! Sabía que no era usted un estúpido, y que algún año llegaría a darse cuenta de la verdad acerca de mis pequeños rituales.

—¿Quiere decir que ha... ¡eh!... hecho esto antes?

Miss Witherspoon asintió con la cabeza.

—¿Sabía usted que acabaría por ser descubierta y sin embargo, continuó haciéndolo?

—Claro que seguí haciéndolo. No abandonaría usted fácilmente su trabajo, su misión en la vida, ¿verdad, sheriff? —la anciana se detuvo, aunque la pregunta era evidentemente retórica—. Claro que no lo haría —se contestó a sí misma—, y tampoco lo haría yo. Después de todo, trabajamos en lo mismo, y ninguno de nosotros podría abandonar honorablemente su tarea. El mundo necesita de nuestros esfuerzos.

El sheriff, que ya empezaba a comprender, preguntó con amabilidad:

—¿Y cuál cree usted que es nuestro trabajo?

—¡Cómo! —exclamó—. Limpiar la ciudad de malhechores —afirmó, como la cosa más natural del mundo—. Hay demasiados para que usted solo se encargue de todos, y muchos de ellos no despiertan su atención. Eso es por lo que todos los años selecciono a un solo candidato para su extinción.

El sheriff no supo qué responder.

Miss Witherspoon apartó a la gata de su regazo y se levantó.

—Perdóneme. Haré el té.

Al cabo de unos minutos regresó de la cocina con una bandeja sobre la que había colocado los elementos necesarios para servir el té. Durante su ausencia, el sheriff había decidido cuál sería su próxima pregunta.

—¿Cómo escogía usted sus..., ¡ejem!..., sus candidatos para la extinción? —preguntó.

—Muy simple: tomaba nota de las personas que violaban uno de los diez mandamientos y las disponía por orden. Este año había llegado al séptimo mandamiento —se miró las manos, plegadas sobre su regazo, como si no se atreviera a pronunciar en voz alta las palabras ante la presencia de un hombre—: No cometerás adulterio.

—¿Quiere usted decir con eso que..., que ya ha eliminado a otras seis personas? —preguntó el sheriff.

—Así es —el orgullo con que contestó miss Witherspoon fue evidente—, empezando por la persona que violó el primer mandamiento con un mayor descaro... John Leger, el presidente del Banco, que tanto adoraba el dinero... y así seguí con la lista hasta llegar al número siete.

Se detuvo un momento, como si esperara un elogio, pero al ver que no escuchaba ninguno, continuó:

—Mi mayor dificultad se me presentó el año pasado... para encontrar un candidato para el número seis. Usted hace un trabajo muy eficiente cuando se trata de detener a los pocos que matan —ahora adoptaba el tono de un profesional que está hablando con otro—. Pero al fin conseguí lo que buscaba. Como comprenderá, el mandamiento no especifica lo que no se debe matar, y todo el mundo sabía que Edna Fairbanks solía preparar carne envenenada para que se la comieran los gatos.

—¡Así es que fue eso! —exclamó el sheriff, dando un suspiro al haber podido resolver de pronto aquel enigma que le atormentaba desde hacía un año. Y entonces preguntó—: Pero ¿qué sucede con usted, miss Witherspoon? ¿No ha estado violando usted misma el sexto mandamiento?

—En realidad no —contestó la anciana, brillándole los ojos ante el placer de poder revelar finalmente a alguien su inteligencia—. He pensado en todo eso con mucho cuidado. En realidad, no he matado a nadie. Me limité a poner a su alcance el instrumento de la muerte. No hay ningún mandamiento que prohíba eso.

El sheriff pensó que la anciana estaba mucho más loca de lo que se había imaginado. En voz alta, preguntó:

—Pero usted se aseguró de que esas personas utilizarían el instrumento, ¿no es cierto? Fue la nota encontrada en la canastilla de mistress Laurel la que me hizo pensar en usted.

—Es cierto que mis notas animaban a esas personas a utilizar mis hierbas, pero sólo tuve éxito porque los mensajes que les daba estimulaban lo peor de las personas que los recibían... era la misma maldad por la que estaban siendo castigadas.

—Bien —dijo el sheriff, admirándola muy a su pesar—, ha hecho usted un trabajo concienzudo Pero, aunque haya sido así, comprenderá que no podemos dejarla en libertad.

—¡Oh! Eso lo comprendo —dijo miss Witherspoon alegremente—. Usted tiene un trabajo que hacer.

El sheriff suspiró con alivio. Aquel asunto se iba a desarrollar mucho mejor de lo que había temido.

—Tómese un poco de tiempo para arreglar sus cosas —le dijo—, y volveré más tarde a por usted con una orden de arresto.

—Eso está bastante bien —dijo miss Witherspoon mientras le acompañaba hacia la puerta.

Después de todo, el jugo de perejil que había echado en el té del sheriff actuaría con rapidez y efectividad. Era tan mortal como la cicuta que bebiera Sócrates.

Sentía mucho que esta muerte tuviera que producirse fuera de temporada. Pero, al fin y al cabo, se trataba de una emergencia. Tampoco le había dicho al sheriff que se había visto obligada a saltarse uno de los mandamientos de la lista. Por lo que sabía, el sheriff no había robado nada. Pero sin duda alguna estaba a punto de violar el mandamiento número nueve, pues ¿acaso no estaba planeando sostener un falso testimonio contra ella? Se había dado cuenta de eso inmediatamente.

Un fantasma tropical - Carlos Fuentes


Les contó que en el pueblo donde vivía junto al mar había muy poca gente rica y una de ellas, fabulosamente pudiente, según decía el rumor, era una mujer muy anciana que ya no salía nunca y que, según todos los chismes de las mujeres del pueblo, guardaba tesoros incalculables y joyas finísimas en rincones secretos de su casa blanca, enjalbegada, de dos pisos, con columnas resistentes a las mordidas del mar... 

Como nadie la veía desde hacía diez años, la gente empezó a darla por muerta. Y como nadie reclamaba su herencia, todos decidieron que el cuento de las joyas era perfectamente fantástico, que la señora sólo tenía bisutería. Y como la casa iba viniendo a menos, escarapeladas las columnas, llenos de goteras los porches y vencidas e inválidas las mecedoras traídas de la Nueva Orleans el siglo pasado, cuando eran la gran novedad gringa, el status symbol de los años 1860, cuando el auge de quién sabe qué, estaba claro que a nadie le interesaba reclamar ninguna herencia, si es que la señora invisible de verdad se había muerto.

Los más viejos decían haberla visto de joven. ¿Cuándo de joven, de joven cuándo? Pues sería allá por los años veintes, cuando las mujeres de la costa empezaron a cortarse el pelo a la bob, con alas de cuervo y nucas pelonas, falditas cortas y tacones altos, toda esa putería que nos llegó del norte... y ella no. 

Los que la vieron entonces dicen que ella, joven y hermosa como era, persistía en vestirse como antes, con faldas largas y botines de lazo, blusas oscuras bien abotonadas hasta el cuello, y uno como collar de la decencia, una corbatilla blanca como la luz de las seis de la mañana detenida por un camafeo. ¿Qué era el camafeo, qué describía, era un novio perdido, muerto, qué qué qué? Una mujer. Era el retrato de una mujer. 

Y cuando la futura anciana señora salía de su casa de pisos de mármol cuadriculados como un tablero de ajedrez, siempre se cubría con un parasol negro, pero su mirada no se la daba a nadie, sino a la mujer del camafeo que tenía tendido al pecho.

La espiaban. Recibía mujeres en su casa. Jamás un hombre. Una señora decente. Pero quién sabe si lo eran las mujeres que recibía. Pelonas, con collares largos cubriéndoles los escotes de satín por donde rebotaban las teticas de seda...
-Pero todo eso pasó hace mil años.
-No hay tal cosa. Nunca hubo mil años. Hubo novecientos noventa y nueve o hubo las mil y una noches. Odio los números redondos.
-Bueno, hace cuarenta y cuatro años, pon tú.
-Pongo yo, pues...
-La dieron por muerta. Es lo interesante.

Y yo que era un muchachito curioso, pero así, reventando de curiosidad, decidí aclarar el misterio de una vez por todas. Iba a cumplir los trece y pronto mi cuerpo ya no iba a caber entre las rejas que protegían la casa de la madama esta. De modo que una noche decidí colarme, pasadas las once, cuando el pueblo o ya se durmió, o ya se emborrachó. 

Apenas cupe entre dos barrotes. Me atarantó el olor de magnolia. Sentí crujir los tablones de la escalera que conduce al porche. La puerta de entrada estaba cerrada pero una ventana tenía los vidrios rotos. Me colé y me encontré en un vestíbulo que era como una rotonda de piso blanquinegro y un techo de emplomados donde un ángel desplegaba alas de pavorreal. De las puntas de las alas caían gotas espesas, aceitosas. Y entraba una luz que no era la de la noche, aunque tampoco la de la mañana. Una luz propia, me dije, sólo de esta casa. Esas cosas pasan en el trópico.

Entonces comencé a explorar. Varias puertas se abrían sobre la rotonda. Eran idénticas entre sí, como en los cuentos de hadas. Abrí la primera y me asustó un Buda de esos que constantemente mueven la cabeza y enseñan la lengua, asintiendo y burlándose.

Cerré apresuradamente y me fui a la siguiente puerta. Aquí tuve suerte. Era una biblioteca, lugar ideal, según las películas de miedo, para esconder cosas y apretar botones que descubren paneles corredizos etcétera. Ya conocen el rollo. 

Pero yo ya había leído en la escuela el cuento de Poe traducido por Cortázar, el de la carta robada. Allí se demuestra que el mejor lugar para esconder algo es el lugar más obvio, el más visible, que de tan visible se vuelve invisible. ¿Qué era lo más obvio en una biblioteca? Los libros. ¿Y entre los libros? El diccionario, el libro sin personalidad propia. ¿Y entre los diccionarios? El de la academia española, la lengua que hablamos todos.

Me fui sobre el libro de pastas de cuero claro y etiqueta roja, que veía todos los días en la escuela. Lo abrí y era lo que yo esperaba. Un libro hueco, una simple caja que abrí sin respirar apenas. Allí estaban las joyas de la vieja dama. Metí la mano para sacar la que más brillaba y allí debí conformarme. 

Pero ustedes ya saben lo que es la codicia cuando no hay conciencia y volví a meter la mano. Sólo que esta vez había allí otra mano que se me adelantó, tomó la mía con fuerza y me obligó a soltar el collar de perlas y mirar hacia, la dueña de la mano helada, descarnada, que con tanta fuerza oprimía la mía.

No era dueña, sino dueño.
Era un hombre. Muy viejo, sin pelo, o más bien con mechones cenizos saliéndole de donde no debieran, las orejas y las narices y los rincones de los labios, un terrible anciano de dientes amarillos y ojeras pantanosas, de cuyo tacto nauseabundo (le apestaban las manos) me desasí con toda la fuerza de mis casi trece años para huir con la única joya que salvé... Me volteé para mirarlo. 

Ya les dije que mi curiosidad siempre me gana. ¡Va a ser mi perdición, muchachos! Quise ver de cuerpo entero a este espanto que se me apareció antes de la medianoche, ¡qué sería después de esa hora!

Era un hombre. Calvo, anciano, macilento y maloliente. Pero vestía como mujer. Un traje largo, antiguo, con botones, cerrado hasta el cuello, una corbatilla que fue blanca, mugrosa, amarilla, y el camafeo de una mujer bellísima, antigua, viva, muerta... ¿quién sabe?

Salí corriendo por donde entré. El espectro de la casa no me persiguió.

Dormí con mi brillante joya escondida bajo la almohada. Al día siguiente, di un pretexto para irme al puerto y enseñársela a un joyero judío que había emigrado de Ámsterdam huyendo de los nazis. Me dijo la verdad: la joya no valía nada, era de las que se encuentran en las tiendas Woolworth en todo el mundo...

Pero nunca le conté a nadie lo que me había pasado. El pueblo siguió creyendo que la vieja había muerto y que su fortuna era un mito, puesto que nadie la reclamaba. Yo no dije la verdad. Ustedes son los primeros en oír mi historia. Agradézcanmela, que nuestras noches van a ser largas y mañana quién sabe si sigamos vivos...

La aparición - María Consuelo Villarán

Agustín bebió apresurado la taza de café que Clorinda le había servido. Hay camote para el pan, le dijo, alargando un plato pequeño con unas cuantas tajadas.
El hombre cogió el camote con su recia mano velluda y lo introdujo al pan.

—Solo tengo unos minutos para desayunar —comentó— ahorita tocan el pito de la fábrica.

Clorinda se quitó el mandil que ceñía su figura.

—Todavía tienes tiempo, toma tranquilo tu desayuno, yo te voy a envolver unas yucas fritas con queso para tu almuerzo.

El hombre suspiró mirando a su mujer envolviendo apurada su merienda en un papel plástico.
Él cogió el paquete y lo cubrió con un periódico.

—Voy a trabajar de corrido —dijo, haciéndole una seña de despedida.
Clorinda lo despidió con un ademán de mano. Se dirigió al dormitorio y vio a los niños que dormían, miró el reloj, ya era hora de que se levantaran para ir a la escuela.

Suavemente los despertó y los comenzó a vestir, ante las quejas y protestas de los chicos que querían seguir durmiendo. Marita era la menor y la más quejumbrosa.

Después del desayuno les preparó su lonchera y los dejó en la escuela.

De regreso buscó las llaves en el bolsillo de su chompa. Siempre tenía dificultad en abrir la puerta, al fin lo logró y entró. Las ventanas estaban cerradas y había poca iluminación en el interior.

Distraídamente pasó revista a la salita y al mirar el sillón del fondo lanzó una exclamación de sorpresa.

Una señora muy anciana estaba sentada en un sillón.

—¿Quién es usted? —gritó sobresaltada—, ¿qué hace en mi casa?

La mujer no contestó, fijó la mirada. 

— ¿Cómo ha podido entrar si las puertas estaban con llave?

—Dame un pan —dijo la anciana estirando la mano.

Clorinda entró a la cocina llamando a su marido, aunque sabía que él no estaba.

Por fin regresó a la sala y, ante su sorpresa, la mujer había desaparecido.

Sin explicarse lo que le había sucedido, preparó el almuerzo y fue en busca de sus hijos.

De regreso los sentó a la mesa y les sirvió un plato de sopa y yucas fritas.

Marita se bajó de la silla y miró hacia la sala.

—¡Mami, mami! —dijo volteando la cara—, hay una abuelita en la sala.

Pepe volteó a mirar.

—Mentirosa —dijo— no hay nadie.

Clorinda se estremeció.

—No hay nadie, hijita, te ha parecido —murmuró.

La niña siguió almorzando, de rato en rato miraba hacia la sala.

—Pepe, mira, ahí está la abuela, me está llamando —le dijo despacio.

El chico le jaló el cabello, llevándose la cuchara a la boca.

—¡Mamá, el Pepe me está pegando porque le digo que la abuela me llama!
Clorinda no se atrevía a mirar a la sala. Esperó que terminaran de almorzar y se llevó a sus hijos al dormitorio, allí se pusieron a realizar las tareas. Ella se fue a lavar la ropa. Luego de la cena acostó a los niños y se sentó al lado de su cama. Pepe prontamente se durmió.

Marita, en cambio, estaba recostada contra su mamá.

—¿Mami, por qué la abuela no se va?

—¿Por qué dices eso, hijita? Aquí no hay nadie.

Clorinda abrigaba a su niña y le temblaban las manos.

—Sí, mami, si vamos a la sala vas a ver.

—Por favor, nena, duerme, no quiero oírte hablar tonterías, me crispas los nervios— Clorinda trataba de tranquilizar a su hija y sosegarse ella también.

La niña guardó silencio.

Clorinda sabía que su hijita no mentía. ¿Acaso no la había visto ella también?
Al llegar su esposo, la mujer lo llamó aparte y le contó lo sucedido.

—Tonterías —dijo el hombre—, mejor sería que te ocupes de algo más serio.

—Tú nunca crees en nada —dijo nerviosa y colérica la mujer.

¿Y si le hiciera algo a Marita? —pensó horrorizada—. La acostaré conmigo.

Su marido tenía turno de noche en la fábrica de tejidos. Clorinda se quedó sola.

Las horas pasaban y ella no podía dormir, tenía a su hijita abrazada contra su pecho.
Recordaba las palabras de la niña y se llenaba de miedo y de angustia. La pequeña habitación estaba cubierta por una oscuridad asfixiante.

Quiso pasar la mano por la cabecita de su niña y un grito de espanto brotó de sus labios, despertando a los niños que lloraron asustados.

Al acariciar a la nena había tocado una mano rugosa encima de la cabeza de la criatura.

—¡Pepe, hijo, enciende la luz! —exclamó.

El niño corrió y apretó el interruptor. Ella no vio nada. ¿Sería sugestión? No, había tocado una mano arrugada, fría y venosa.

La luz quedó encendida.

—¿Por qué gritaste, mamá? —preguntó el niño.

—Casi me caigo y me asusté —respondió. No tardaron los niños en quedarse dormidos nuevamente.

Al día siguiente su marido no tenía guardia, la mujer sabía que no le prestaría atención; sin embargo, llegando la noche, le contó lo sucedido al acostarse.

El hombre la escuchó distraído.

—Tengo sueño —dijo y se acomodó para dormir.

Clorinda, desconsolada, trataba de mantenerse despierta, pero al fin el sueño la rindió.
Al poco rato un ruido la despertó, de un salto encendió la luz.

Marita se había levantado y arrastrando sus zapatitos se dirigía hacia la sala. Ella me está llamando.

Clorinda gritó y corrió tras la niña deteniéndola. 

—¿Por qué te has levantado? —le preguntó asombrada.

—Déjame, mamá, no me agarres, yo quiero ir a la sala. Ella me está llamando.

—¿Pero para qué? Anda, ven, acuéstate.

—No, mami, yo quiero ir, la abuelita quiere que vaya.

—Tus abuelitos están en Piura, esa mujer es mala, no debes ir, si te vuelves a levantar le cuento a tu papá y te va a pegar.

La pequeña se puso a llorar.

—No seas mala, mamá, yo quiero ir.

—¿Van a dejar dormir o no? —rugió el marido.

—¡Ya ves, tu papá está molesto!

Marita volvió a la cama sollozando.

Clorinda apagó la luz y encendió la lamparita para vigilar a la niña. Marita fingía dormir, más de una vez Clorinda vio que su hija la observaba y luego cerraba los ojos.
La madre, al fin cansada, se quedó dormida.

Clorinda soñaba intranquila cuando, de pronto, abrió los ojos y vio a su hija que se iba nuevamente a la sala. Aterrada se levantó de la cama.

—¡Marita!, ven acá —le gritó.

La niña no contestó, se detuvo, pero luego siguió avanzando.

La mujer saltó de la cama y corriendo alcanzó a su hija, la cargó y abrazándola fuerte la llevó consigo.

—¿Estás loca? ¿Adónde quieres ir?

—Mamá —contestó llorando la niña—, yo no quiero ir, pero siento como si me jalaran.

Clorinda despertó a su marido. El hombre, al ver a su hija y a su mujer llorando, se levantó y furioso fue directo a la sala.

—¡Aquí no hay nadie! —dijo molesto, regresando a la cama—. ¡Ya déjenme dormir! ¡Mañana tengo que madrugar!

En vano Clorinda intentó retenerlo despierto, el hombre se acostó y a los pocos minutos se volvió a dormir.

La madre se acostó en la cama de Marita, sujetando fuertemente a su pequeña.

—¡Ahí está, mamá! —gritó la niña.

La madre la vio. En efecto, estaba la anciana estaba a los pies de la cama tendiendo las manos hacia la niña.

—¡Jesús, esta mujer es el demonio! —gritó la mujer.

—Jesús —repitió la niña llorando.

La anciana abrió la boca como sonriendo, pero su sonrisa era una mueca. Les mostró entonces unos colmillos que no eran humanos.

Mirando a Clorinda le dijo:

—Dame un pan —y señaló a la niña