A primera vista parecía que todo estuviera en orden. Allí permanecía el
hombre inmóvil en el sillón cuyo respaldo se había volcado hacia atrás. Miraba
fijamente al techo y tenía los ojos muy abiertos. En línea diagonal a él,
delante de la pantalla que emitía un leve zumbido, había un pupitre sumido en
luz verdosa, y en él se apoyaba un segundo hombre algo inclinado hacia un lado
y con los brazos caídos.
A primera vista parecía que todo estuviera en orden. Pero una observación
más penetrante revelaba que los dos individuos no se habían petrificado en
pleno movimiento, sino que su actividad proseguía. Porque, propiamente, el
hombre del pupitre no se apoyaba en el mueble. Algo le había hecho caer de
espaldas sobre él, y ahora resbalaba poco a poco, y la segunda mirada, la de
comprobación, demostraba que sus pies tocaban el suelo y que el movimiento se
cristalizaba en las puntas de los dedos.
Quizá ni siquiera esto hubiera resultado inquietante.
Lo inquietante era el hilillo de sangre que brotaba de la comisura derecha
de la boca para resbalar por la barbilla y el cuello, y que no indicaba nada
bueno. Era una situación extraña. Uno de los hombres, llamado Hal, yacía
inmóvil en su sillón con los ojos clavados en el techo, y llamaba la atención
el hecho que el respaldo tenía que haberse volcado hacia atrás de manera
violenta, ya que la penúltima ranura aparecía astillada y la butaca presentaba
un profundo arañazo que se extendía hasta la estría siguiente.
Para explicarlo
mejor: el hombre no estudiaba el techo ni seguía con la mirada el reflejo
verde opaco que procedía de la pantalla. Sus ojos tampoco pretendían perforar
el techo. El hombre producía la impresión, más bien, de hallarse simplemente
concentrado, y que en su cabeza se daban caza febriles pensamientos.
El otro, Art, se apoyaba en el pupitre con un brazo ya no flojo. Este
segundo hombre movió la cabeza como si deseara sacudir sus ideas para luego
darles una forma más clara. A continuación se enderezó su cuerpo, como lógica
consecuencia, y Art captó la situación de una sola mirada, al menos en lo que a
Hal se refería.
Con una agilidad pasmosa se deslizó por la estancia hasta inclinarse al
fin sobre el sillón de su compañero. Al hacerlo se agarró a los dos brazos,
para conseguir una sujeción firme.
—¡Hal! —gritó conteniendo la voz, pues en seguida se dio cuenta que éste
no estaba herido ni inconsciente.
—¡Hal!
El cosmonauta sentado acabó por arrugar la frente.
—Art... —repuso.
Art examinó su rostro.
Hal tenía el cabello oscuro, aunque no del todo, con evidente tendencia a
ensortijarse. Pero él se lo había arreglado de manera que dejara visibles las
entradas. Como siempre, iba muy bien peinado, aunque usaba una loción capilar
repugnante, que olía a alcohol de quemar o a esencia de amoníaco o a una mezcla
de ambas cosas.
Hal tenía un pálido color de cara que hubiera desconcertado a
cualquiera de esas personas que creían que los astronautas debían ser todos
unos tipos atezados. Lo que tales personas no podían saber, era que Hal había
estado largo tiempo enfermo antes de ese viaje.
Los ojos de Hal eran grises con reflejos de agua en ellos, lo que acentuaba
aún más el rictus burlón de sus labios. Quien no se fijara en ese rasgo, vería
sólo la expresión vigilante de sus ojos, acostumbrados sin duda a una
penetrante observación.
Art se apartó del sillón.
—¿Qué opinas tú? —preguntó, a la vez que daba media vuelta y avanzaba hacia
la pantalla.
—Lo que es seguro —dijo Hal con voz acompasada—, es que fue una colisión.
—Yo también lo creo —asintió Art—. Pero..., ¿con qué chocamos, para que
continuemos vivos?
—El aire de la nave se mantuvo —indicó Hal.
—Sí, claro. De no ser así, difícilmente podríamos hacer ahora esta
comprobación.
—Todo viene a confirmar que la nave sigue intacta, en conjunto —agregó
Hal.
Art se detuvo delante del pupitre con el que tan desagradables experiencias
había tenido y dio vuelta a las ruedas situadas en el centro de la superficie
gris. El tenue resplandor verde de la inactiva pantalla se fue desvaneciendo
para dar paso a una impenetrable y aterciopelada negrura sólo animada por unos
diminutos puntos del grueso de una aguja que despedían un brillo duro.
Las estrellas no se movían.
—No creo que la nave esté tan intacta como dices —señaló Art—. El
buscador, al menos, se ha ido al infierno.
Art conectó la memoria y de ella salió de inmediato una larga tira de
papel que el joven leyó mientras el vibrante aparato escupía nuevas tiras.
Interrumpiendo el funcionamiento de la memoria, las serpientes de papel no
leídas cayeron al suelo. Art conservó la primera tira durante unos momentos en
la mano. Luego la dejó caer también.
—Muy interesante —dijo con desengaño—. Nuestra nave parece haber chocado
con algo, en efecto, si podemos creer lo que nos cuenta la memoria. Pero eso es
todo. El aparato no se compromete —añadió con un movimiento de cabeza—. Yo no
acierto a imaginarme qué pudo habernos detenido, de no ser un cuerpo celeste de
ínfima categoría.
—¿La memoria registra únicamente que nuestra velocidad relativa descendió
de pronto a cero? —preguntó Hal.
—Eso mismo.
—¿Y nada indica la existencia de un cuerpo sólido o algo por el estilo?
—Nada.
Hal se enderezó y pasó las piernas por encima del tapizado borde del
sillón.
—Eso tiene cierto sentido... —murmuró.
—¿Qué?
Hal esbozó una vaga sonrisa.
—¡Un momento! —exclamó Art, a la vez que levantaba la cabeza con gesto
reflexivo.
Hal le estudiaba ahora de modo distinto: divertido y con aire de
autosuficiencia. Sus cejas formaron un arco.
—Propiamente, la memoria debe haber indicado el rumbo axial que tenía la
nave en relación con las estrellas poco antes de la colisión —dijo entonces
Art—. Comparado con el rumbo actual...
—¿Qué pretendes con eso?
Art gruñó algo, y las tiras de papel crujieron entre sus dedos.
—¡Lo que pensaba! —gritó de súbito, casi asombrado de sí mismo—. El rumbo
axial que llevábamos antes del choque, es el mismo de ahora.
—¿Y eso qué demuestra?
—De momento, nada —admitió Art—, pero puede llegar a significar algo.
—¡Bah, pura casualidad!
—¿Ah, sí?
—¿Por qué no?
—Las coordenadas coinciden perfectamente —declaró Art en voz muy alta—. ¿Y
tú pretendes que sea casualidad? ¡Qué idiotez!
—O sea que lo crees intencionado —dijo Hal, recalcando cada palabra.
—Hum...
—¿Piensas, entonces, que nos quieren bien esas personas que nos detienen de
manera tan violenta para que nos rompamos las cabezas?
—No, eso no —reconoció Art, y sus ojos se abrieron desmesuradamente—.
¿Adónde quieres ir a parar?
—¿No te parece que a alguien le interesaba nuestra desaparición? —indicó
Hal con voz suave.
Art se volvió hacia la pantalla.
—¿Opinas que...?
Dio otros tres largos pasos y se dejó caer en el asiento del piloto.
Intentó poner en marcha los aparatos, y el retumbar que de pronto inundó la
cabina le proporcionó una agradable sensación de seguridad. Pero ésta se
desvaneció cuando, al manejar los instrumentos, la nave no se movió. Al menos,
éstos nada marcaban. Una vez ahogado el ruido de los motores, Art desconectó la
pantalla, las estrellas se borraron y la luz verdosa iluminó su rostro en medio
del silencio que siguió.
—Esto —explicó Hal en un tono de condescendencia— te lo hubiese podido
predecir... ¿No lo sabes hacer rimar? ¿No te sale la cuenta con los cinco
dedos? ¡Porque no creerás que la cosa puede aclararse así como así! Los motores
se ponen en marcha, nos mandan a mil parsecs de distancia, si no más, y
luego, desde lugar bien seguro, mueven la cabeza fingiendo preocupación, y ya
está el problema solucionado. Eso resultaría muy cómodo, pero no resuelve el
conflicto, y yo estoy seguro que no saldremos de aquí mientras no le pongamos
remedio...
»Sí, ya sé que es peligroso permanecer aquí, pero tú mismo has visto que
no nos dejan avanzar... ¿No nos dejan? Tampoco lo sé, en realidad. Puede que
nadie tenga la culpa, y que de veras sea cosa casual. Pura casualidad.
Imagínate que accidentalmente chocamos con algo, la nave da una vuelta entera
y vuelve a la misma posición que tenía antes de entrar en colisión. Bien. El
aire no puede escaparse porque no se ha formado ninguna fuga, dado que hemos
chocado con algo. Probable, ¿no?
»Tú conectas los motores, que funcionan como de costumbre, y pones en
movimiento la nave, que también funciona como siempre... ¿Me entiendes?
—No entiendo ni una palabra —contestó Art.
Hal le miró con los ojos muy abiertos.
—¿No?
—¿Acaso lo comprendes tú?
De pronto, Art sintió frío y se frotó las manos.
—Creo que sí —dijo Hal con voz súbitamente insegura.
—¡Sí, sí...! —repuso Art.
Veintisiete grados.
¿De qué le servía fortalecer el convencimiento de Hal? ¡Que éste siguiera
en su certeza! Era el único modo en que él se beneficiaría.
¡Maldito frío!
Hal habló despacio:
—Hay momentos en los que todo resulta claro, en los que no existe la duda.
Yo viví uno de esos instantes cuando tú recobraste el conocimiento. Había
seguido una cadena de reflexiones y llegué a la conclusión indiscutible, a la
solución de nuestro problema.
—¡De tu problema! —le corrigió Art, aunque en el acto hubiese querido
tragarse las palabras.
No tenía por qué haberlas dicho. Estaba confundido.
Su frase tuvo el efecto de una chispa.
—¡Diantre! —gritó Hal—. ¡Yo nunca tuve la menor duda! —Y más sereno
agregó—: Ni siquiera en los momentos de la mayor vacilación se duda realmente,
ya que uno está profundamente convencido del acierto de sus propias ideas.
—¿Y me revelarás esa solución?
Hal movió la cabeza en sentido negativo.
—Debes hallarla tú mismo. Será la confirmación definitiva.
Lo dijo con voz firme, imperturbable.
El traje espacial era poco manejable, y Art tardó un rato en ponérselo.
Luego saludó con la mano a Hal y avanzó pesadamente hacia la compuerta. Desde
el interior de su escafandra, el ruido producido por sus botas se percibía sólo
como un leve sonido. Pronto no oyó nada más, porque la puerta se abrió con un
potente silbido. Art penetró en la esclusa. Cuando las luces brillaron con la
máxima intensidad, la puerta interior quedó herméticamente cerrada. Se abrió
entonces la puerta exterior y la luz se apagó. Las estrellas esparcían,
serenas, su vivo y agudo resplandor, que hería los ojos.
Art introdujo un filtro bajo la placa visora.
La puerta de la esclusa llevaba unos simples ganchos de los que pendían
rollos de cable de acero. Art sujetó el extremo libre de uno de los cabos a su
traje espacial y se lanzó al vacío. Las estrellas daban vueltas a su alrededor,
cuando él se hubo soltado de la nave. Esta se contrajo hasta que, de un tirón,
el cable se tensó.
Art se vio girar lentamente en la inmensa cueva que formaba el espacio.
Disparó una, dos veces, y la rotación terminó.
En el momento justo.
La mirada quedó fija, y su cabeza se movió poco a poco hacia la izquierda.
El hombre era presa de la máxima curiosidad.
La otra nave describía una amplia curva y se deslizaba en silencio bajo las
estrellas. Tenía la misma forma que éstas. Era una bola de superficie
reluciente y, al menos desde lejos, no se veía su sistema de impulsión ni que
llevara armas.
Los dedos de Art temblaron cuando conectó el teléfono. Se maldijo a sí
mismo por no haberlo hecho antes. Sintió que le invadía una sensación de
infinito alivio cuando, por fin, escuchó el zumbido y los crujidos de la línea.
—¡La solución —gritó aplicando la boca a la membrana— es una nave espacial!
—¡Imbécil! —contestó Hal, con desprecio—. La verdad casi nunca es agradable
—añadió en tono docente—, y sólo pocas personas la soportan. Por lo tanto,
pocas son las que la llegan a conocer. Pero no quiero discursos...
Se produjo una pausa.
La plateada nave permaneció inmóvil.
—No hubo choque —continuó Hal— ni existe otra nave por aquí. Tales cosas
viven únicamente en mi mente, en mi imaginación. Yo las ideé. Igual que a ti.
—Una solución muy asombrosa —dijo Art entre dientes—. Esa sí que no se me
hubiera ocurrido.
—¿Verdad que no? —repuso Hal, satisfecho.
Art pensó que debía impedir a toda costa que su nave cayera en poder de los
desconocidos.
—No creo que tal solución sea acertada de todos modos —indico,
conciliador—. Tú mismo dudas de ella.
—¡No, no, ya no! —repuso Hal—. Tú me has sacado de dudas. Y no es un
milagro, ya que eres parte de mí mismo.
—En ese caso, yo...
«Cuidado —se dijo Art de pronto—. Una cosa tras otra.» Y continuó:
—Entonces, ¿por qué me permitiste buscar la solución, en lugar de
descubrírmela inmediatamente? ¿Hubiera tenido alguna posibilidad de encontrarla
solo?
—No, ninguna posibilidad —confirmó Hal desde la nave—. Pero quería ver cómo
reaccionabas. De cualquier forma, me has decepcionado. Te faltó la fantasía.
Además no te esforzaste. No vales absolutamente nada.
—¿Y semejante calamidad es tu creación? —exclamó Art con amargura.
—Revelaba mi propia valía.
Art ansió febrilmente hallar un argumento con el que derribar todo el
castillo de pensamientos de Hal. Pero su mente parecía negarse a obedecerle.
—Bonito cortocircuito —declaró Hal—. Tú, inventado por mí, te resistes a
aceptar que eres mi obra —y rió divertido—. Pero eso tiene fácil arreglo.
Art desapareció como si jamás hubiera existido.
(Nunca había existido.)
—¿Y ahora qué? —preguntó cuando reapareció al cabo de un rato.
—Hum, la cosa es más complicada de lo que supuse en un principio —murmuró
Hal—. Mira: yo afirmo haber inventado también la existencia de esa nave
plateada. Poco me costaría, entonces, hacer que se desvaneciera.
—Si tú la imaginaste, no sería difícil.
—Bien. Si la nave desaparece, quedará demostrado que yo me la inventé. ¿De
acuerdo?
—De a-cuer-do...
Art miró hacia el lugar donde la otra nave se deslizaba majestuosamente.
Miró, mejor dicho, hacia donde se había deslizado segundos antes. Porque la
nave había desaparecido.
El traje espacial le impidió frotarse los ojos. Se dijo que, si el ingenio
acababa de desvanecerse, antes tenía que haber estado allí, y se preguntó cómo
lo habría hecho Hal. ¿Con el traje espacial puesto? Eso ya le había parecido
extraño desde un principio. ¿Sería cosa del filtro?
—Buen truco —dijo Art—, aunque no lo suficientemente bueno.
Y su voz sonó firme.
—Te equivocas, amigo. No fue un truco. Podría demostrarlo haciéndote
desaparecer, pero tú no te darías mucha cuenta.
—Dado que ya no distingo ninguna otra nave, voy a regresar a la nuestra
—anunció Art.
Y Hal repuso:
—Ya he perdido bastante tiempo contigo. Sin embargo, aún no pienso
disolverte. Quiero que aguantes unas cuantas cosas más. Será mejor que sigas
fuera. Tu provisión de aire durará media hora, poco más o menos. Me llena de
curiosidad ver qué sensación se experimenta manteniendo con el pensamiento un
hombre muerto. Muerto de manera natural.
Hal rió.
Eso era lo que Art había temido. El demente se ponía serio. Si uno no
existe en realidad, ¿por qué debe contar con una probabilidad?
Art comprendió que necesitaba penetrar en la nave y eliminar a Hal. Pero,
¿cómo?
Pregunta: ¿Cómo podría impedírselo Hal?
La nave tenía forma de gota. Era relativamente corta y su máximo diámetro
contaba de ocho a nueve metros. Resultaba, entonces, panzuda y poco esbelta.
Art estaba del lado de la esclusa. Junto a ésta asomaban dos piezas de
artillería cuyos rayos punteados, dirigidos por la memoria, no errarían el
blanco.
Art...
Hal se haría la ilusión de imaginarse quién sabe qué obstáculos para que
él, Art, no pudiera volver a entrar en la nave, cuando en realidad bastaba con
pulsar un botón. Esa presión iría acoplada a la «invención».
Tampoco tenía sentido dar la vuelta a la nave y acercarse a ella por el
otro lado, ya que todo el vehículo estaba erizado de armas.
Art levantó el brazo izquierdo y echó una mirada al aparato que medía el
oxígeno. Le quedaban veinte minutos para regresar a la nave.
Si disparaba los cohetes de dirección para acercarse a la nave, Hal lo
notaría. Los instrumentos de a bordo eran lo suficientemente sensibles para
transmitir la información a la memoria.
¿Qué sucedería si trataba de volver agarrándose a la cuerda?
Cuando Art abandonó la nave, Hal yacía pensativo en su sillón.
¿Controlaría la pantalla?
Bueno, ¿y qué?
Art tuvo la sensación de un velo que se retiraba de sus ojos. El buscador
estaba estropeado y, además, Art intentó recordar... En efecto, la pantalla
mostraba otra parte del espacio. La empresa era expuesta y, para llevarla a
cabo, necesitaba distraer a Hal.
La aguja que marcaba la existencia de oxígeno indicaba que sólo le quedaban
quince minutos.
Art se arrastró hacia delante aferrado al cable. Lentamente flotó hacia el
vehículo. Luego volvió a soltarse, porque la velocidad marcada al principio
seguía siendo la misma, igual que la dirección, y ésta conducía a la nave.
Art dijo:
—Cuando un autor escribe una novela, una obra de teatro o lo que sea,
siempre pone en los personajes por él creados algo de sí mismo. No puede
hacerlo de otra forma, ya que sólo tiene conocimiento exacto de su propio ser
y forzosamente debe partir de sus experiencias personales. En consecuencia,
cada pieza delata la auténtica naturaleza de un poeta, y cada novela la esencia
de su autor. Basta con saber leer. Aun así, a veces resulta difícil reconocer
al escritor detrás de sus figuras, pero eso sucede raramente. Sin embargo,
ocurre en ocasiones, y el motivo es que tanto el dramaturgo como el novelista
no logran trabajar con la suficiente exactitud, es decir, que incluso el más
inteligente tropieza con problemas de expresión.
»Distinto es cuando alguien tiene la posibilidad de inventarse un
personaje. Cuando no se ve obligado a dar vida sobre el papel, en penoso y prolongado
esfuerzo, a una figura con todos sus rasgos, sino que ésta surge de repente, de
un segundo al otro.
—Vas empezando a tener conocimiento de ti mismo —le alabó Hal.
—Entonces estamos de acuerdo —replicó Art—. También en que poseo tus rasgos
y pienso como tú.
—¡Naturalmente, viejo amigo! Pero no debes olvidar que tu situación es
distinta de la mía. Como bien has dicho, eres parte de mi persona. La parte a
la que destino el espanto.
Art respondió impasible:
—¿Quieres decir que, como parte de tu ser, puedo llegar a sentir espanto?
¿Acaso no debo pensar y sentir lo mismo que tú? ¿No tendría que conocer yo
todos los argumentos? ¿Acaso nuestra conversación es algo más que un simple
monólogo?
—Propiamente sí —señaló Hal—. Mi yo superior conversa con mi yo
asustado. Un «monólogo interno» muy plástico y lleno de colorido, sobrecargado
de conmoción. Me proporcionas... Mejor dicho, yo mismo me proporciono una
magnífica idea.
«¡Paciencia! —pensó Art, furioso—. Debo tener paciencia. El monólogo no
tardará en convertirse en diálogo...»
Y exclamó:
—¡Eso no puede ser de ningún modo! Sé de sobras que mis pensamientos me
pertenecen a mí solo. ¿Te enteras?
—Tu argumento no vale gran cosa —objetó Hal—. Además, tus pensamientos me
pertenecen.
—Supongamos que tienes razón —expuso Art, pensativo—. Supongamos que tú me
inventaste o creaste, como prefieras llamarlo... En tal caso, mis pensamientos
te pertenecen y forman una unidad con los tuyos... Pero entonces, yo puedo
afirmar, con el mismo derecho, que tus pensamientos me pertenecen a mí, y que
yo te creé.
—A esto puedo responderte —dijo Hal con toda tranquilidad— que fui yo quien
se dio cuenta de haberte imaginado, y no al revés.
Art alzó su brazo izquierdo y volvió a consultar el aparato que medía el
oxígeno.
Sólo cinco minutos más.
La nave espacial en forma de gota flotaba muy cerca de su cuerpo. El
brillante cable formaba amplios lazos y curvas a su espalda.
Art se fijó en la compuerta. Si mantenía la dirección, iría a parar junto
al borde superior.
Cuando sus botas chocaron contra la pared metálica del vehículo —cosa que
él, naturalmente, no oyó—, comprobó que se había equivocado, aterrizando
todavía más «arriba». Aguzó el oído para saber sí Hal había notado algo, pero
no percibió ningún ruido sospechoso.
Poco a poco avanzó hacia la entrada, sujeto a la superficie de la nave con
sus botas magnéticas. Le aguardaba lo más complicado.
—¿Cómo empezó todo? —inquirió Art—. ¿Por qué me inventaste?
—Fue a causa de la soledad en el espacio —confesó Hal.
Art sabía que encima de la compuerta interior, visible desde la cámara de
control, se encendía una luz roja mientras la esclusa estaba sin aire. Cuando,
una vez dentro, se pudiera desprender del traje espacial, la luz se apagaría.
Ésta no esparcía un resplandor muy intenso, por lo que, si uno no estaba muy
atento, fácilmente le podía pasar inadvertido tal detalle.
—¿En el espacio? —repitió Art.
Si Hal seguía en su sillón, en la misma postura de antes, sólo podía
vigilar la compuerta dando media vuelta. ¿Y para qué iba a volverse?
—Sí, en el espacio —afirmó Hal de nuevo, sin burla en la voz.
Art abrió la compuerta exterior, entró y la cerró de nuevo. En cuanto el
contacto quedó encajado, se encendieron las luces e iluminaron la cara sudorosa
del joven.
Entonces dijo Hal:
—En circunstancias normales no suele suceder que el hombre sufra un shock
tan fuerte que cambie todo su modo de ser. Tú ya conoces la historia del
individuo que cayó prisionero en Fomalhaut y luego fue salvado por Ley. Sus
cabellos se habían vuelto totalmente blancos, le temblaban las manos y no
resistía oír la palabra Fomalhaut ni nada relacionado con ella.
»Existen otros ejemplos de hombres que pagaron sus experiencias con la
pérdida de su personalidad. Siempre hubo casos semejantes. No hay sucesos,
por horribles que te parezcan, que el ser humano ha conocido.
El oxígeno penetró con intenso silbido en la esclusa. Al mismo tiempo
comenzó a calentarse aquel lugar, a luchar contra el frío mortal del espacio,
que parecía adherido a las paredes. Art se quitó el filtro e inmediatamente el
cristal se empañó y gruesas perlas de agua resbalaron por su parte exterior.
—Sin embargo, se suele pasar por alto el más duro trauma que,
evidentemente, sufre el hombre. Es el trance por el que pasa al nacer. De tener
en esos momentos plena conciencia, perdería la razón. Pero hay un segundo
trance espantoso del que no se libra nadie: la muerte. Ahora bien, en esa transformación
no pierde la razón porque pierde algo aún más importante, que es la vida.
La luz verde indicó que Art podía desprenderse del traje espacial sin
peligro. Ansioso se arrancó el casco y tiró del plateado género hasta ver libre
su cuerpo, lo que no logró sin considerable esfuerzo. Cuando por fin pudo
moverse sin impedimentos, se agachó nervioso y desenganchó del traje espacial
su pistola a chorro. El arma era pesada, y la frialdad del metal penetró en su
piel.
Una extraordinaria serenidad le invadió entonces.
Con la mano libre rodeó el pomo de la puerta para abrir la compuerta
interior, pero un súbito instinto le detuvo. Levantó la manga izquierda del
traje espacial y miró el aparato que medía el oxígeno. La aguja se había
parado en la marca de los dos minutos.
Art se hizo cargo, en seguida, de la situación en la sala de mandos. Todo
estaba como se había imaginado. Hal seguía en su sillón y hablaba a través del
micrófono colgado de su pecho. El altavoz situado en la pared produjo un leve
crujido.
«Menos mal que no desconecté el micro de mi traje espacial», pensó Art.
—La navegación interplanetaria proporcionó a los hombres una nueva
conmoción —continuó Hal desde su asiento—. Y aunque ésta todavía no ha sido reconocida
como tal, es sumamente eficaz: la adaptación al espacio. Es algo que requiere
tiempo, ya que cuesta familiarizarse con los misterios de la inmensidad. Para
algunos deben pasar meses; para otros, años. Durante este tiempo se produce una
transformación, un enorme trauma retardado. También el efecto es distinto al
de las demás experiencias de horror. Ello se debe a la particularidad del
espacio. A la tremenda soledad en que el espacio envuelve a los hombres, que
los aísla y los encierra en la cárcel de sus propias meditaciones. No quiero
generalizar, pero los espíritus sensibles reaccionan antes y, cuanto más tiempo
pasa un hombre en el espacio, más destacados y reales se hacen sus pensamientos...
»No sé de qué depende. Ignoro si es el espacio el que da a los hombres la
fuerza para confiar en esos pensamientos. Después de examinar a los astronautas
víctimas de alucinaciones, los médicos afirman que el espacio hace enfermar al
ser humano. Pero yo opino, más bien, que le da una salud nueva.
Art permanecía inmóvil, observando a Hal. Con amargura se dijo que era una
lástima tener que llegar tan lejos.
Luego su cuerpo se tensó y su mano se alzó tranquila.
El arma encañonaba a Hal.
Art vaciló un instante.
«La verdad es que nos parecemos de manera asombrosa —pensó—. Él quería
matarme. Ahora, el que le mata soy yo.»
Y apretó el gatillo.
Un estremecimiento, y Hal cayó hacia atrás.
El arma rodó por el suelo con duro ruido.
Inexplicable, lo que la había sostenido en el aire.
Los ojos de Hal estaban desmesuradamente abiertos.