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616 Todo es Infierno - David Zurdo

Capítulo 14 

Audrey cortó sin responder la llamada de Joseph a su teléfono celular. El bombero no había dejado de intentar hablar con ella en los últimos días. La memoria del contestador de la casa de Audrey estaba llena de mensajes suyos, y la secretaria de la consulta no sabía ya cómo decirle que su jefa llevaba días sin acudir al despacho. La psiquiatra estaba evitando a Joseph y él ya tenía que haberse dado cuenta de ello. Pero no iba a desistir. De momento se limitaba a esas insistentes llamadas telefónicas. No había aparecido aún en casa de Audrey, ni tampoco en la residencia de ancianos, aunque lo haría más tarde o más temprano. Joseph era una buena persona y estaba preocupado por ella. ¿Cómo podría no estarlo después del estado en que se presentó en su casa aquella noche, empapada y completamente aturdida?

Audrey había ido al apartamento de Joseph siguiendo un impulso. Buscaba el más primitivo de los consuelos: el abrazo de otro ser humano. Se sentía dolida y desamparada, y eso le hizo cometer un error que ahora trataba de enmendar. Ella y Joseph habían acabado acostándose y haciendo el amor, algo que Audrey no buscaba ni pretendía cuando fue a casa del bombero. Era la primera vez que estaba con un hombre desde… no recordaba desde cuándo. Joseph había sido tierno y cariñoso con ella, y eso no hacía sino empeorar la situación y volver más difícil lo que Audrey tenía que hacer. No quería empezar ninguna relación de ningún tipo. Ni siquiera con alguien tan encantador como Joseph. Quería centrar todas sus fuerzas en encontrar de nuevo a su hijo Eugene. Solo eso le importaba.

Ante la insistencia de Joseph, Audrey le había contado aquella noche cómo la mujer de su amigo Michael McGale acababa de morir de un infarto repentino en un restaurante próximo a su consulta. Lo hizo de un modo atropellado y confuso, y demasiadas cosas quedaron por aclarar. Pero Joseph no la presionó para que le contara más de lo que Audrey quiso contarle. Esta dejó el apartamento poco antes del amanecer, tras despertarse de un sueño ligero e inquieto, cuajado de pesadillas. Joseph había pasado buena parte de la noche intentando serenar a Audrey en los peores momentos. Realmente era una buena persona. Pero Audrey debía seguir adelante. Ella sola. No quería involucrarle en lo que iba a ocurrir y en su incierto y temible desenlace.

Daniel estaba poseído por el Demonio. La madre superiora tenía razón. A Audrey ya no le quedaban dudas sobre eso. «Demuéstrame que lo que dices es cierto y creeré en ti», le había dicho Audrey al Daniel oscuro, cuando este dejó ver que era el Demonio y afirmó que podría contarle la verdad sobre Eugene. Audrey no le creyó, e ingenuamente le exigió una prueba. Él ansiaba dársela. Y lo hizo. La falta de fe de Audrey había condenado a la mujer de su amigo Michael. Una muerte más con la que su alma tendría que cargar. Ese fue el precio para que se le abrieran los ojos, porque ahora sí tenía fe. Ahora sí creía que Daniel sabía la verdad sobre Eugene, y que el Demonio hablaba por su boca.

Audrey deseaba conocer esa verdad. Lo necesitaba atormentadamente. Cada segundo que pasaba en la ignorancia de lo que había sido de Eugene era un nuevo clavo que le atravesaba el alma. El ser que poseía a Daniel podía acabar con ese sufrimiento. Pero Audrey tendría que pagar un precio por ello. Las enseñanzas de sus padres y su formación religiosa coincidían en que el Demonio nunca da nada a cambio de nada. Y a Audrey le aterraba perder lo único que aún le importaba, aparte de encontrar a Eugene: su alma.

Se hallaba en medio de dos abismos igual de profundos, entre los que parecía que iba a verse obligada a elegir. Pero había vuelto a la residencia con la firme esperanza de no tener que hacerlo. Días antes creía haber descubierto un modo de hacer hablar al ser diabólico que habitaba el interior de Daniel sin condenarse por eso irremisiblemente a las llamas del Infierno. Una sola posibilidad, que, además, salvaría también al viejo jardinero, inocente de todo aquello.

En pocos minutos, un sacerdote enviado por la diócesis de Boston llevaría a cabo con Daniel un ritual de exorcismo. La madre superiora se había ocupado de hacer los preparativos y de acelerarlos todo lo posible. Se mostró de acuerdo con la idea del exorcismo en cuanto Audrey se la propuso. La religiosa sospechaba ya desde hacía tiempo de la presencia del Maligno en Daniel, pero no quería ser ella quien propusiera un exorcismo, a no ser que Audrey estuviera también convencida. Y ese momento había llegado.

Ante la entrada de la residencia, quieta y con la mirada perdida en los vetustos muros, Audrey rezó. Por primera vez en muchos años, lo hizo con auténtica humildad. Le pidió a Dios que la ayudara en este trance, para que el exorcista consiguiera arrancar de Daniel al Demonio y para que ella pudiera arrancarle al Demonio la verdad sobre Eugene. Audrey sabía que el exorcismo era peligroso y que podría sacar a la luz hechos oscuros de su pasado, pero no había alternativa. Además, eso ya no la preocupaba. El Demonio no le mintió cuando dijo que nada es más importante que la verdad.

Se sentía débil y mareada. El hedor a enfermedad y orines rancios de la entrada le revolvió el estómago, aunque no había nada en él excepto un poco de agua. Llevaba tres días sin comer alimentos sólidos. El padre Tomás Gómez, que celebraría el exorcismo, le había comunicado a la madre superiora que un ayuno riguroso de todos los que fueran a asistir al ritual era imprescindible para combatir eficazmente al Demonio. Eso decidió que solo Audrey y el sacerdote participaran en el exorcismo de Daniel. La madre Victoria insistió con terquedad en hacerlo también, pero Audrey logró disuadirla. La psiquiatra argumentó primero que la edad avanzada de la religiosa no le permitiría un ayuno absoluto, pues eso pondría en peligro su salud. Pero la religiosa no cedió. Estaba dispuesta a arriesgarse si con eso ayudaba a liberar a Daniel del Maligno. Frente a esta actitud, Audrey utilizó otro argumento, el único capaz de convencerla: la fragilidad de la madre superiora no solo no ayudaría a Daniel, sino que podría fortalecer al ser que lo poseía y hacer que resultara imposible expulsarlo de él. La monja cedió por fin, para alivio de Audrey, aunque una parte egoísta de ella habría deseado que no lo hiciera.

El exorcismo iba a celebrarse en la habitación de Daniel. Era el lugar más discreto aparte de la sala de terapia, que enseguida fue descartada. Tanto a la madre Victoria como a Audrey les daba la impresión de que la sala era un «terreno favorable» para el Enemigo.

Antes de dirigirse hacia la habitación, Audrey pasó por el despacho de la religiosa. La conversación que mantuvieron fue corta. Empezó con una petición de la monja: «Ve con Daniel. Está muy asustado y el padre Gómez no me permite verlo. Nosotras rezaremos por él en la capilla», y terminó con un ruego afligido: «Que Dios nos proteja».

Un inusual olor a incienso se mezclaba con el tufo rutinario a desinfectante en el pasillo que conducía hasta Daniel. Delante de la puerta de su habitación, el exorcista esperaba a Audrey, vestido para el combate. Pues de eso se trataba, de un combate. Sobre el hábito llevaba puesta la túnica ceremonial de lino blanco, el alba, y de su cuello colgaba una estola morada. Cuando habló, fue muy directo en sus palabras:

—Señorita Barrett, soy el padre Gómez. Aunque la Iglesia recomienda ahora que esté presente un psiquiatra en los exorcismos, sus conocimientos científicos aquí no sirven de nada por sí mismos, así es que haga el favor de observar y no intervenir en ningún momento, salvo cuando yo se lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

Quizá por influencia del cine, Audrey esperaba encontrarse con un sacerdote ya anciano, de aspecto sabio y mirada profunda, con un gesto duro esculpido en mil batallas contra el Príncipe del Mal. Esa era la imagen que Audrey tenía de un sacerdote exorcista. Y no pudo evitar sentirse decepcionada, además de temerosa. El padre Gómez era un hombre joven, de origen puertorriqueño y gesto altivo. Su voz afectada y su comentario desdeñoso revelaban una soberbia que la inquietó. Un exorcismo es una lucha despiadada entre el Bien y el Mal, una tierra de nadie donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran más igualadas que en ningún otro caso. Para vencer la batalla son necesarias fe y perseverancia. Pero también humildad. Un exorcista que carezca de ella puede caer fácilmente en las trampas del Demonio. Dios es quien sale victorioso en un exorcismo, y no el exorcista, que es su mero instrumento. Ojalá el padre Gómez no se olvidara de ello.

—¿Es este su primer exorcismo? —Audrey tuvo que preguntar. Había demasiado en juego.

—¡Claro que no! ¡Por supuesto que no es mi primer exorcismo!

—Me alegro. Para mí, sí lo es.

Él la miró con desdén y, sin añadir nada más, entró en la habitación de Daniel. Allí el olor a incienso era casi sofocante. Daniel estaba sentado encima de la cama. A su lado, el exorcista había puesto el crucifijo que normalmente colgaba de la pared. Y Audrey detectó también otro cambio: sobre la mesilla en la que solía haber una lámpara, el padre Gómez había colocado una imagen de la Santísima Virgen y dos pequeños recipientes, uno con agua bendita y otro con sal.

—¡Au… drey! Tengo… miedo.

—Vuelve a sentarte —le ordenó a Daniel el sacerdote, cuando vio que el anciano iba a levantarse de la cama.

—No hace falta que le hable así —dijo Audrey—. ¿No ve que está aterrorizado? Tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí. No va a pasarte nada.

El exorcista puso una mueca exasperada, antes de decir:

—Señorita Barrett, ya le he dicho que usted debe limitarse a hacer lo que yo le diga. Si eso no le parece bien, será mejor que se marche ahora mismo y que no participe en el ritual. No se puede ser condescendiente con Satanás.

Audrey pensó: «Este no es Satanás, pedazo de imbécil. Es solo un pobre anciano retrasado que está muerto de miedo». Sin embargo, lo que dijo fue:

—Haré todo lo que me ordene.

—Muy bien —la voz del padre Gómez sonó aguda, de complacencia—. Puede empezar poniéndole esto a Daniel.

Al ver lo que el exorcista sacó de su maletín, Audrey tuvo que contenerse otra vez.

—Yo… no quiero… co… rreas.

La expresión doliente de Daniel le partió a Audrey el corazón.

—Daniel, ¿confías en mí?

—Sí.

—Entonces ¿me crees si te digo que es necesario que te pongas las correas? —Daniel asintió—. No las apretaré mucho.

—Apriételas todo lo posible.

Por tercera vez, Audrey no dijo lo que estaba pensando. La mirada de odio que le dirigió al exorcista fue más que elocuente.

—Tengo que hacerle caso al padre Gómez. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Yo… con… fío… en ti.

Siguiendo las instrucciones del exorcista, Audrey ató con las correas las manos de Daniel; una a la cabecera de la cama y otra a su pie. El anciano quedó así con los brazos extendidos, como el propio Cristo que descansaba a su lado. La penosa imagen hizo asentir, satisfecho, al padre Gómez. Luego, rebuscó de nuevo en su maletín, del que esta vez sacó una pequeña cámara de vídeo digital.

—¿Va a grabar el exorcismo? —Esto había cogido a Audrey por sorpresa. Se había resignado a que, durante el ritual, pudieran revelarse acontecimientos de su pasado que habría preferido mantener ocultos. Pero nunca se le ocurrió que fueran a quedar registrados en una cinta.

—Yo grabo todos mis exorcismos. De hecho, es preceptivo cuando los medios técnicos lo permiten.

—¿De verdad lo cree necesario, padre Gómez?

En la respuesta de él volvió a percibirse su hiriente y peligrosa soberbia.

—El registro de imagen y sonido en el exorcismo es un procedimiento habitual en el siglo XXI. ¿Acaso le molesta?

«Claro que me molesta, engreído de mierda».

—No. No me molesta.

El padre Gómez puso la cámara digital sobre una cómoda apoyada en la pared hacia la que miraba Daniel. Después de graduar el zoom y el enfoque, oprimió el botón de grabación y volvió atrás.

—Empecemos de una vez. La cámara ya está en marcha. Puede orar en silencio por Daniel, pero se lo repito una vez más: no intervenga en ningún momento, salvo cuando yo se lo ordene expresamente.

—Así lo haré.

El exorcista se colocó a la izquierda de Daniel e indicó a Audrey que se pusiera al otro lado. La psiquiatra vio al padre Gómez mirar al objetivo de la cámara. Él mostraba una estúpida autocomplacencia. Incluso llegó a arreglarse los cabellos, como si fuera a prepararse para un concurso de belleza masculina, en vez de para un combate contra el Demonio. Por fin, sacó de un bolsillo el libro con el ritual del exorcismo y, tras cerrar los ojos, comenzó a orar para sus adentros. Terminado el rezo preparatorio, hizo la señal de la cruz, que exhortó a Audrey a hacer también, y dijo:

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Usted debe responder «amén».

—Amén.

Extendiendo los brazos y las manos, el exorcista prosiguió:

—Dios, Padre Omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros. —Hacia Audrey, dijo—: Y con tu espíritu.

—Y con tu espíritu.

—Daniel, te pido tu permiso para expulsar a los demonios que te atormentan. ¿Me lo concedes?

Daniel no sabía qué responder. Por eso, miró a Audrey, que asintió y le dijo en un murmullo: «Di que sí».

—Sí… Sí.

Ahora, el exorcista tomó un puñado de sal, que echó en el recipiente con agua bendita:

Te suplicamos, Dios Todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor

El padre Gómez volvió a mirar hacia Audrey. Pero ella no contestó «Amén». Estaba ensimismada.

—¡Responda amén! —exclamó el padre Gómez.

—Amén.

Airado, el exorcista comenzó la súplica litánica. La furia de su voz desvirtuó las dulces palabras de la oración:

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios, para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda bondadosamente la invocación de su Iglesia a favor de nuestro hermano Daniel, que sufre gravemente.

El anciano estaba sufriendo, sí. Pero el demonio que llevaba dentro no parecía resentirse en absoluto por el ritual. De hecho, Audrey aún no había notado siquiera su maléfica presencia.

—Arrodillémonos para comenzar las letanías —dijo el exorcista—. Tú no, Daniel.

Este no habría podido arrodillarse aunque hubiera tenido que hacerlo, porque las correas que lo sujetaban a la cama se lo habrían impedido. El jardinero sudaba. De la frente húmeda le caían gotas sobre los ojos sin que pudiera limpiárselas con sus manos atadas. Audrey vio la mirada suplicante del anciano y estuvo a punto de levantarse para enjugarle ella misma el sudor. No lo hizo porque sabía que, en ese caso, el exorcista la echaría de la habitación. Fijó cobardemente su mirada en el suelo, incapaz de soportar la angustia de Daniel.

—Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Así inició el padre Gómez una monótona y larga oración, por la que se imploraba a Dios, la Virgen, los ángeles y todos los santos que intercedieran por Daniel. El ruego terminó con las palabras: «Cristo, escúchanos». Fue entonces cuando Audrey, que tenía ya doloridas las rodillas desnudas, levantó de nuevo los ojos hacia Daniel. Él la observaba fijamente. Y Audrey no habría necesitado leer en sus labios las mudas palabras «Aquí estoy» para saber que el Demonio había ocupado una vez más su cuerpo. De nada de esto se percató el padre Gómez, ni tampoco de cómo le temblaban las piernas a Audrey cuando él dijo:

—Levantémonos. Señor y Dios nuestro, a quien pertenece compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra súplica para que la compasión de tu misericordia libere a este servidor tuyo, Daniel, que está sujeto por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

—A… mén —dijo Audrey con voz entrecortada.

El inocente jardinero había abandonado la habitación. Su cuerpo lo habitaba ahora el ser que llevaba atormentándolo desde el incendio del convento. Con ese fuego se inició el torrente de sucesos casi inimaginables que había desembocado en este exorcismo, en el preciso momento de medir realmente las fuerzas del Bien y del Mal. Porque los dos contendientes se encontraban ya en el campo de batalla.

—Buenas tardes, padre Gómez —dijo el Daniel oscuro, en un remedo de burlona cortesía. Mientras hablaba, se dedicó a mirar con curiosidad las correas que lo aferraban a la cama.

—¡Por fin te atreves a mostrarte, cobarde Satanás!

Audrey tuvo que reconocer que el exorcista había identificado al momento la presencia diabólica y que no se había amilanado ante ella. Lo que Audrey deseaba era que esa entereza se mantuviera y que su exceso de confianza no le hiciera fracasar.

—¿Me llamas cobarde, sacerdote?

El tono del Daniel oscuro seguía siendo burlesco, pero el exorcista ignoró sus palabras. Eso le habían enseñado a hacer. Aferró con más fuerza que nunca el libro que sostenía entre las manos, y leyó:

—Bajo la protección del Altísimo, les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo…

—¿No me contestas? ¿Te niegas a escucharme? —preguntó Daniel.

El padre Gómez alzó la voz:

—Tú eres, Señor, mi refugio. Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Tú eres, Señor, mi refugio.

—Eso pensaba también aquella muchacha de Guatemala… Que el Señor era su refugio. Pobre insensata…

El exorcista vaciló. Su silencio no llegó a durar un segundo, pero Audrey se dio cuenta de que vaciló antes de proseguir con la letanía:

—Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa…

—Vivía en aquella cabaña infecta —siguió hablando Daniel, con su voz insidiosa—. Tenía solo doce años, ¿verdad?

Audrey se apartó aún más de Daniel. Este seguía sentado en el borde de la cama, con los brazos extendidos. Pero su semejanza con un Cristo crucificado resultaba ahora blasfema. Daniel exhalaba una maleficencia casi física, con la que Audrey temía contagiarse, quizá irracionalmente. O quizá no. El padre Gómez se mantuvo firme, en cambio. Aunque Audrey juraría que, de no haber tenido él que sujetar el libro del ritual entre las manos, se habría tapado con ellas los oídos para no tener que escuchar las palabras venenosas de Daniel.

—… Te cubrirá con sus plumas —dijo el exorcista, en voz más alta—, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Tú, Señor, eres mi refugio.

—La niña tenía solo doce años, sí. Y ya guardaba un pequeño secreto.

Daniel miró a Audrey, que se estremeció.

—Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza…

—¡ESCÚCHAME, SACERDOTE!

Las correas se rasgaron por sí solas con un ruido breve y seco. Una ráfaga de aire fétido les agitó las ropas. El grito de Audrey se perdió entre las manos con las que se tapó la boca.

—… Con solo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos.

Nervioso, el padre Gómez continuó. Pero Daniel volvió a interrumpirle mientras se desataba tranquilamente los restos de las correas que seguían atados a sus muñecas:

—He dicho que… ¡ME ESCUCHES!

El exorcista se quedó rígido y, luego, comenzó a andar hacia atrás, hasta estrellarse contra la cómoda sobre la que descansaba la cámara digital. Faltó poco para que el fuerte impacto la hiciera caer al suelo. Alguien que viera grabado ese momento podría pensar que fue el propio exorcista quien caminó de espaldas y se tropezó accidentalmente con la cómoda. Pero Audrey sabía que no era eso lo que había ocurrido. Ella vio la mueca de pánico que se apoderó del rostro del padre Gómez. El exorcista no se había movido por su voluntad. Daniel le había hecho moverse como una marioneta. El anciano jardinero habló otra vez. Y su voz era temible:

—Tú la mataste.

—¡Fue el demonio que la poseía quien la mató!

Así se defendió el exorcista. Estaba gateando por el suelo, bajo la pérfida mirada de Daniel, con el rostro desencajado y balbuceando: «El libro, ¿dónde está el libro?».

—¿Sabías que estaba embarazada?

El padre Gómez se quedó mudo y se detuvo. No lo sabía. Audrey, que estaba acurrucada en una esquina, se limitaba a observar. El libro que buscaba el exorcista había ido a parar entre los pies de Daniel, que lo cogió del suelo y se lo lanzó por el aire.

—Aquí tienes tu libro, sacerdote.

Él se incorporó a duras penas, con el libro aferrado en su mano diestra. Respirando agitadamente, buscó el punto del ritual en el que este se había interrumpido, pero no consiguió encontrarlo. Desesperado, agarró la cruz que había sobre la cama y, poniéndola entre él y Daniel, a modo de escudo, comenzó a leer a gritos en una página cualquiera:

—¡Apártate de este siervo Daniel, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia! ¡Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto…!

Estas palabras hicieron que ocurriera lo que ya parecía imposible. Daniel empezó a retorcerse, como si las simples palabras fueran flechas ardientes. Audrey contempló horrorizada los terribles cambios que se desataron en el cuerpo del anciano y que la cámara no llegó a captar de un modo claro. Algo se movía por debajo de la piel de Daniel. Algo escurridizo, que deformó su cara y que le hizo arrancarse la camisa entre aullidos de dolor.

—¡Dios, Dios, Dios! —gimió Audrey.

El torso de Daniel estaba surcado por una malla de venas negras. Palpitantes. Vivas. Que iban cambiando de forma y de posición por debajo de su piel. Audrey se volvió hacia el exorcista. La expresión de él era casi lunática. Y la misma locura se transmitía a sus palabras, dichas a voces:

—¡… Superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la cruz y, resucitado del sepulcro, transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, de Daniel, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su sangre! ¡TE CONJURO, SATANÁS, QUE ENGAÑAS AL GÉNERO HUMANO…!

De la boca de Daniel surgió una mezcla de mil voces abominables, que gritaron su agonía en mil lenguas distintas. Era el momento. El demonio que poseía a Daniel estaba a punto de ser derrotado. Audrey tenía que preguntarle por Eugene. Ahora que estaba más débil que nunca. Antes de que el exorcista lo expulsara por completo.

Audrey se arrodilló junto a la cama en la que Daniel continuaba retorciéndose, aullando de un modo espeluznante. El padre Gómez estaba tan absorto que no se molestó en reprenderla. Se limitó a proseguir con el ritual, gritando con todas sus fuerzas las palabras que creía poderosas. Del oído derecho de Daniel emergió de pronto un líquido negro que salpicó el rostro de Audrey. Olía a muerte y a decadencia. Ella sintió una arcada y, a continuación, unos dolorosos calambres le comprimieron el estómago vacío. Con un sabor amargo a bilis en la boca, Audrey se dispuso a preguntarle a Daniel qué había ocurrido con su hijo Eugene. La cara de Daniel estaba mirando al lado contrario de la psiquiatra. Cuando la volvió hacia Audrey, todas sus esperanzas se desvanecieron.

El demonio que lo poseía y que el exorcista pensaba estar muy cerca de derrotar, le había guiñado un ojo, como ya hiciera en otra ocasión. Había vuelto a engañarla. Los había engañado a los dos. Una risa cruel e infinitamente remota surgió de aquella criatura maléfica, que gritó:

—¡TODO ES INFIERNO!

Las palabras del exorcista se detuvieron. Y Audrey, simplemente, se rindió.

—Acércate —pidieron las voces demoníacas que hablaban como una sola. Ellas susurraron algo al oído de Audrey. La verdad que ansiaba conocer.


Asesino en la autopista - William P. McGivern (Parte 3)

 III

 

 Trabajó con rapidez para desatar el nudo que sujetaba su delantal alrededor de su cintura. Cuando lo hubo hecho, se levantó cuidadosamente, apoyándose sobre un codo, y miró hacia la ventanilla, llevando precaución para mantener la cabeza por debajo del asiento delantero. Se dio cuenta con desesperación de que no era posible. El gran hombro y brazo del hombre cerraban por completo la zona situada entre el respaldo del asiento y la ventanilla abierta. Si ella trataba de pasar el delantal a presión, él se daría cuenta de su mano y de que se estaba moviendo a sus espaldas.

—Vamos un poco retrasados —dijo Bogan en aquellos momentos—. Tendré que ir al máximo. Pero no te preocupes. No me cogerán por exceso de velocidad.

El coche se introdujo en el carril de la izquierda y ella vio cómo su cabeza y sus hombros se inclinaban hacia adelante, perdiéndose un poco de vista, mientras lo hacía. Cuando pasaba a otro vehículo, se acercaba más al parabrisas para ver con mayor claridad. Ahora, el balanceo del vehículo le daba a entender que habían vuelto al carril central, viendo entonces cómo su cabeza y sus hombros emergían sobre ella, volviendo a su acostumbrada posición.

Rezó en voz baja. Cuando se movió hacia adelante, la ventanilla abierta había quedado libre, sin que su cuerpo la obstruyera. Y si pasaban a otro coche, él también volvería a inclinarse hacia adelante.

Con su mano derecha, arrugó el delantal hasta convertirlo en una bola, y la fue levantando poco a poco. Cuando pasara a otro coche, ella no podría mirar para ver si él se había movido hacia adelante. En tal caso, se encontraría cerca del espejo retrovisor, siendo capaz de notar cualquier movimiento que se pudiera producir detrás de él. Ella tendría que arriesgarse, levantando el delantal, sacándolo por la ventanilla y dejándolo caer, sin mirar y rezando para que su mano no rozara el hombro.

Avanzaron durante varios minutos por el carril del centro.

—Ya está bien de aire —dijo, con un chasquido de su voz—. En cuanto pasemos a ese camión, subiré la ventanilla y la dejaré así. ¿Para qué me voy a preocupar por tu comodidad? ¿Sientes alguna simpatía por mí? ¿Acaso yo te preocupo algo?

El coche se desvió hacia la izquierda y adquirió velocidad, haciendo que las ruedas chirriaran sobre el pavimento húmedo. Contó lentamente hasta tres, tratando de controlar el temor paralizante que se apoderaba de su cuerpo. «Ahora», pensó, pero no consiguió mover la mano. El coche estaba volviendo casi al carril central y ella se mordió furiosamente su tembloroso labio y dijo: «¡Ahora!», en un desesperado y pequeño murmullo.

Empujó la mano hacia la ventanilla, temiendo un contacto con el cuerpo del hombre, pero no sintió nada, excepto el viento húmedo como hielo contra sus nudillos. Un pliegue de la prenda hizo un ruido de desgarramiento al entrar en contacto con la corriente de aire. Mantuvo el delantal cogido entre el pulgar y el índice, sintiendo cómo se estiraba y se llenaba de viento, y entonces lo soltó. Cuando deslizó la mano, apartándola de la ventanilla, Bogan se reclinó en el asiento, y sus dedos produjeron un ligero roce sobre el tejido de su chaqueta.

Pero él no pareció darse cuenta de nada.

—Si quieres ahogarte —dijo él—, adelante —y subió la ventanilla hasta dejarla ajustada—. ¿Por qué me voy a preocupar? —Había en su voz un tono amenazador y vengativo—. No me importa si tu rostro se pone negro y tus pulmones estallan.

Bogan encendió entonces la radio del coche.

Ella se quedó completamente quieta, agotada por el temor y la tensión. Se llevó el dorso de una mano a la boca, apretándola contra sus labios, para reprimir un sollozo.

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El vendedor llamado Harry Mills juró enojadamente e hizo girar el coche hacia la cuneta llena de grava que flanqueaba la autopista. Su esposa, Muriel, tenía los ojos llenos de lágrimas; su voz temblaba cuando dijo:

—Podíamos habernos matado, Harry. Casi perdiste el control.

—Claro —dijo Harry Mills furiosamente—. No pude ver la carretera durante unos cinco segundos. Esa maldita cosa se pegó justo encima de los limpiaparabrisas. Voy a informar de esto —salió del coche, con el rostro encendido y una expresión de agresividad, y dio la vuelta hasta colocarse junto a su esposa—. No tardará en pasar por aquí algún policía —dijo, y se subió la solapa de su abrigo para protegerse de la lluvia—. Estamos vivitos y coleando, querida. Supongo que hemos tenido mucha suerte.

—¿Qué era eso? —preguntó ella, con el mismo tono de voz, elevado y temeroso—. ¿Qué tiraron esos tontos por la ventanilla?

—Bueno, todavía está agarrado al limpiaparabrisas —dijo él, y empezó a extraer la empapada pieza de tela que había salido volando del coche que iba inmediatamente delante del suyo hasta caer sobre su parabrisas; lo extendió sobre el capó—. Bien, ¿qué te parece esto? —preguntó, y se levantó el sombrero sobre la frente.

La luz roja giratoria de un coche patrulla ya se estaba acercando, moviéndose expertamente a través de los carriles casi abarrotados por el tráfico. Eran las nueve treinta y cinco.

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En el cuartel general, el capitán Royce, acompañado por el sargento Tonelli y por el teniente Trask, estaba de pie, estudiando el largo mapa de la autopista que había en la pared de su despacho. Durante los últimos cuarenta y cinco minutos no habían encontrado ningún rastro del asesino. El capitán Royce sabía que había abandonado el Howard Johnson número 1, acompañado por la chica, aproximadamente a las ocho cincuenta. 

Cuarenta y cinco minutos significaban unos setenta y cinco kilómetros; y en esos setenta y cinco kilómetros el asesino había tenido la posibilidad de abandonar la autopista en cualquier salida situada entre la 12 y la 5. Todas aquellas salidas estaban vigiladas, claro. Resultaba imposible investigar un coche tras otro, pero se estaba prestando una gran atención a los coches tipo sedán de marca «Ford», «Chevrolet» y «Plymouth», especialmente a los que eran conducidos por hombres corpulentos que llevaran gafas. Puede que el asesino hubiera conseguido atravesar la barrera, pero Royce se sentía razonablemente seguro de que aún se encontraba en la autopista.

Miró el gran reloj que había en la pared opuesta y el sargento Tonelli consultó su reloj de pulsera.

Dentro de otros dos minutos más, el convoy presidencial entraría en la autopista por la entrada 5.

Tonelli aclaró su garganta.

—Esos reporteros todavía están ahí afuera, capitán —dijo.

—Un buen sitio para estar —observó Royce.

Durante la última hora habían estado llegando al cuartel general periodistas y reporteros de radio y televisión. Podían causar un gran dolor de cabeza a Royce, y poner en dificultades el tráfico en la autopista, si no les informaba brevemente de lo que estaba sucediendo y de los planes que se estaban realizando para atrapar al asesino; pero Royce estaba preparado para, aceptar esta eventualidad. 

Ahora, todos los patrulleros libres de servicio ya se encontraban trabajando en la autopista, que se había convertido en una trampa de ciento sesenta kilómetros vigilada por todos los coches patrulla, señalizados o no, que estaban en disposición de servicio. Por la autopista rodaban tres vehículos con escuadrones especiales antidisturbios, a intervalos de poco más de treinta kilómetros, listos para converger inmediatamente hacia cualquier lugar donde se diera la alarma, dotados de gases lacrimógenos y balas de goma. 

El teniente Biersby, en el centro de comunicaciones, había alertado a toda la policía situada en un radio de ciento sesenta kilómetros alrededor de la autopista, y esta red se estaba ampliando a cada minuto que pasaba. Los cobradores del peaje, que no eran policías, sino civiles desarmados, habían sido sustituidos por policía estatal vestida de paisano, transferida directamente bajo el mando de Royce.

Si esta información era transmitida por un reportero a una emisora de radio o de televisión, estaría en el aire en cuestión de minutos. Y eso sonaría muy bien, pensó Royce. La gente que escuchara la medida, la aprobaría porque, después de todo, la policía estaba cumpliendo una tarea. 

Pudiera ser incluso que aquello disminuyera un poco su indignación la próxima vez que fueran multados por exceso de velocidad. Pero en contra de las ventajas de una buena prensa, Royce tuvo en cuenta un hecho muy importante: el asesino podría disponer de radio en su coche y, sin duda alguna, estaría interesado en conocer los detalles de los planes que se habían hecho para atraparle.

Un timbre sonó en la mesa del radiofonista y escucharon el crujido de la radio, con una voz distante que informaba. El radiofonista se volvió rápidamente y miró al capitán Royce, que se había adelantado hasta la puerta de su despacho.

—Salida cinco informando, señor —dijo—. El presidente está en la autopista. Es un convoy de ocho coches, con nuestras patrullas al frente y detrás. Viajando por el carril de la derecha a setenta y cinco aproximadamente.

—¿Han informado de su posición todas las demás patrullas? —preguntó Royce.

—Sí, señor.

Royce asintió y se pasó una mano por su frente sudorosa. Después, regresó ante el mapa. Podía visualizar el progreso del convoy y conocía la densidad del tráfico que le rodeaba y las condiciones del tiempo en aquel trozo de autopista. Ninguno de estos elementos era favorable: la autopista estaba resbaladiza por la lluvia y el tráfico se movía con lentitud y pesadez.

—¡Capitán Royce! —llamó con un grito el radiofonista—. ¿Quiere venir un momento, señor?

Royce, con Tonelli y Trask siguiéndole, llegó junto al radiofonista de varias largas zancadas.

—El coche dieciséis acaba de informar, señor —dijo rápidamente el radiofonista—. Termina de investigar a un coche detenido. El conductor aparcó en la cuneta porque desde el coche que iba delante alguien lanzó un delantal de Howard Johnson que se pegó a su parabrisas. El delantal procedió de la ventanilla del conductor de un «Ford» del cincuenta y dos, con matrícula de Nueva York. La esposa consiguió ver los tres últimos números de la matrícula: seis, cuatro, dos.

—¿Dónde ocurrió eso?

—La patrulla dieciséis se detuvo en el poste kilométrico ochenta y seis, en... —el radiofonista consultó sus referencias—. Recibí su solicitud de cerrar la autopista hace dos minutos.

Royce hizo un rápido cálculo: el «Ford» del 52 llevaba esos dos minutos de ventaja, además del tiempo que el conductor hubiera tardado en detener a un coche patrulla. Un total de unos cinco minutos; lo que situaría al asesino cerca del poste kilométrico ochenta, en la salida 5.

—¿Quién está cerca del ochenta? —preguntó ásperamente.

—O'Leary. Patrulla veintiuno. Va detrás del presidente, a unos doscientos metros de distancia —y añadió sin necesidad—: Manteniendo el tráfico detrás del lento convoy.

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Cuando O'Leary recibió sus órdenes del radiofonista del cuartel general, se encontraba en el carril central del tráfico que se dirigía hacia el sur, cerca del poste kilométrico setenta y seis. El convoy presidencial se encontraba unos pocos cientos de metros por delante de él, rodando suavemente por el carril de la derecha; podía ver la luz roja giratoria del coche patrulla de cola, brillando en la oscuridad.

O'Leary estaba sentado recto, con sus grandes manos apretadas sobre el volante. Repitió los tres números que le había dado el radiofonista y dijo:

—¡Recibido! —después, colgó el receptor.

Su corazón latía lleno de esperanza y excitación. Había estado acortando lentamente la distancia que le separaba del convoy durante los últimos cinco minutos y estaba completamente seguro de que no había pasado a ningún sedán «Ford» del 52. 

Aquello significaba que el asesino estaba delante de él, en alguno de los carriles llenos de tráfico que se movía entre él y el convoy. Después de mirar por su espejo retrovisor, O'Leary se situó en el carril de la izquierda, controlando el suave y poderoso vehículo como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Pasó junto a tres coches más lentos y tras comprobar sus matrículas, volvió al carril del centro. 

Permaneció allí el tiempo suficiente para comprobar las matrículas de los coches que tenía ante él y a su derecha; después, volvió al carril de adelantamiento y sobrepasó a los coches que había eliminado. La lluvia dificultaba su trabajo, pero realizaba todos sus movimientos con una precisión deliberada, saliendo y volviendo a entrar en el tráfico con una habilidad que no le costaba ningún esfuerzo.

Estableció contacto en el poste kilométrico sesenta y nueve; el «Ford» viajaba en el carril central, a unos cincuenta metros por detrás del convoy presidencial, pero ganando distancia con lentitud.

O'Leary extendió discretamente la mano y cogió el receptor del soporte situado junto al volante.

—O'Leary, veintiuno —informó al sargento Tonelli—. Lo tengo. Poste kilométrico sesenta y nueve, dirección sur, carril central.

—¡Espere un momento! Aquí el capitán —dijo el capitán Royce ásperamente—. O'Leary, ¿ha conseguido ver al conductor?

—No, señor. Estoy detrás de él, a tres o cuatro coches de distancia.

—¿Alguna señal de la mujer?

—No, señor.

—¡Adelántele! A partir de ahora le cubriremos con coches no identificados.

—¡Recibido!

O'Leary se disponía a situarse en el carril de la izquierda cuando vio cómo, de repente, el «Ford» cobraba velocidad y se dirigía hacia el convoy presidencial. El convoy de ocho vehículos avanzaba ahora a unos noventa kilómetros por hora, con intervalos de aproximadamente cincuenta metros entre cada coche.

—¡Dios mío! —murmuró O'Leary entre dientes.

El «Ford» se estaba moviendo hacia el extremo derecho del carril central, doblando lentamente hacia la derecha, para situarse en uno de los espacios que separaban los coches del convoy. Cogió el micrófono-receptor y gritó duramente:

—¡Tonelli! Está tratando de situarse en el convoy. ¡Eso es lo que ha estado esperando todo el tiempo!

Era un plan salvaje y desesperado, pero no dejaba de haber cierta brillantez en él. Si el «Ford» se introducía en el convoy, situándose delante de un coche lleno de agentes del Servicio Secreto, sería detectado instantáneamente. Pero si se colocaba en el espacio entre periodistas o ayudantes presidenciales, podría pasar desapercibido. 

Y una vez dentro del convoy, el asesino tenía asegurada una salida libre de la autopista porque el presidente no sería detenido en ninguna caseta de cobro de peaje..., todo el convoy pasaría, siendo saludado con deferencia.

El capitán Royce ya estaba dando órdenes que restallaban como disparos en el receptor de O'Leary. Informó de la situación y número de matrícula del «Ford» a las patrullas no identificadas 30 y 40, y les ordenó interceptarlo, reducir su marcha y apartarlo del convoy. A O'Leary le ordenó:

—¡Colóquese a su lado! No intentará nada estando usted ahí. Cuando las patrullas treinta y cuarenta estén en posición, adelántele unos pocos cientos de metros. Y por el amor de Dios, lleve mucho cuidado. No podemos tener ningún accidente, ni provocar ningún tiroteo.

—¡Recibido! —dijo O'Leary.

Se introdujo en el carril de la izquierda. Cuando se situó al lado del «Ford», pudo ver al conductor inclinado un poco sobre el volante, pero la lluvia le impedía captar los detalles de sus rasgos; tuvo la impresión de que era un hombre corpulento, y observó el brillo de unas gafas, pero nada más. 

O'Leary disminuyó la marcha para adaptarse a la del «Ford», que aún seguía basculando hacia la parte derecha del carril central. En el carril de la derecha, el convoy presidencial rodaba suavemente por la autopista, con una velocidad constante y decorosa, y con coches patrulla situados a la cabeza y a la cola de la columna. 

O'Leary se dio cuenta de que el «Ford» regresaba gradualmente al centro de su carril. Sin duda alguna, el conductor le había visto y había decidido retrasar su movimiento. En su espejo retrovisor, O'Leary vio un par de faros que se le acercaban rápidamente a través de la lluvia que caía con fuerza en la oscuridad.

Debía ser el primero de los coches patrulla no identificados. O'Leary se adelantó un poco al «Ford», después otro poco más, dejando espacio al patrullero que venía tras él para que se colocara en el carril central y situara su coche frente al del asesino.

O'Leary pensó que Sheila debía estar echada en el suelo del «Ford», y aquel pensamiento le resultó exasperante; odiaba tener que abandonar ahora su puesto, pero allí no cabía realizar ningún tipo de heroicidad, y menos cuando se trataba de patrullar la autopista. Por otra parte, sus años de entrenamiento y disciplina eran lo bastante fuertes como para contrapesar cualquier tentación de llevar a cabo una acción individual. 

Si ella estaba en el coche, sus mejores posibilidades de seguridad se encontraban en el trabajo en equipo de la policía. Si ella estaba en el coche... este pensamiento le hizo sentirse enfermo. Pero sabía que el asesino podría haberla dejado inconsciente, o haberla matado, arrojando su cuerpo en los campos que había a lo largo de la autopista.

Detenerse para desembarazarse de su cuerpo sólo le habría costado unos pocos segundos, y en ese breve espacio de tiempo habría corrido muy poco riesgo de ser detectado por un coche patrulla.

O'Leary apretó el acelerador y se dirigió hacia la cabeza del convoy; en su espejo retrovisor vio cómo un convertible negro se situaba lentamente por delante del «Ford».

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Harry Bogan maldijo su suerte, maldijo la cortina de lluvia que caía en delgadas columnas plateadas por delante de las luces de los faros. Se inclinó hacia adelante y limpió con la palma de la mano la pequeña capa de vapor que se había fijado en la parte interior del parabrisas.

Unos pocos minutos antes estuvo riéndose con un turbulento buen humor. El plan iba a salir bien; estaba convencido de ello. Los espacios que separaban a los vehículos del convoy eran grandes, y la lluvia resultaba una cobertura excelente para el movimiento que había planeado realizar. 

Había leído en los periódicos algo sobre el viaje del presidente, que acudía a una ceremonia en un hospital de veteranos de Plankton, cerca de la salida 5 y que planeaba regresar a Washington aquella misma noche.

Y entonces, cuando Bogan se aproximaba a la salida 5, escuchó en una emisora local de Plankton un informe por el que pudo comprobar que sus planes para interceptar el convoy del presidente se desarrollaban con toda exactitud. 

El alcalde estaba siendo entrevistado; habló del honor que representaba para el pueblo la visita del presidente, del inspirador mensaje que el presidente había enviado no sólo al pueblo, sino a toda la nación, dirigido a los hombres libres de todo el mundo. 

Bogan había escuchado atentamente, irritado por las palabras grandilocuentes, por la voz de estilo oratorio que llenó el coche. Y entonces, el alcalde dijo: «Aunque sólo hace unos pocos momentos que se ha marchado, le echamos profundamente de menos, y nuestros corazones le desean un buen viaje de regreso.»

Aquello era precisamente lo que quería saber Bogan: el momento de la partida del presidente de Plankton. Hasta entonces, todo lo que había hecho eran suposiciones; ahora estaba seguro.

Pero de repente, cuando estaba preparado para ejecutar el paso final, un coche de la policía se situó junto a él, permaneciendo allí con una inquietante persistencia. Y cuando finalmente se decidió a pasarle, alejándose, un tonto que conducía un convertible negro se situó delante de él, obligándole a reducir su marcha a sesenta y cinco kilómetros por hora, ignorando arrogantemente el furioso sonar de su claxon.

El convoy se alejó de él, con las luces rojas de los coches patrulla perdiéndose en la oscuridad, y fue entonces cuando el convertible negro giró lentamente hacia el carril de la derecha dejando el paso libre a Bogan. Pero entonces, otro tonto se le adelantó, un hombre que conducía una camioneta y que parecía ser un borracho o un suicida; osciló erráticamente frente a él, frustrando todos sus intentos de pasarle.

Bogan ya no se sintió inflado por la orgullosa sensación de dominio. Todo empezó a resultar confuso e insensato, como sucedió cuando rompió con su hermano y durante los largos años de amargas desilusiones sin sentido; no había ninguna conexión ni relación con lo que le estaba sucediendo ahora, sólo permanecía la sensación de haber sido burlado de algún modo y la necesidad de devolver el golpe a quienes le atormentaban. Pero el curso de sus fragmentados pensamientos llegaron a un final sostenido: todas las manos se habían elevado para destruirle. Pero no lo encontrarían tan fácilmente.

Habló con aspereza a la mujer que estaba en el suelo de la parte de atrás:

—Crees que te vas a casar con ese enorme y elegante patrullero, ¿verdad? Crees que te devolveré a él sana y salva, ¿eh? Bonita y dulce para que te pueda manosear con sus manazas. ¿Es eso lo que estás esperando?

Sheila se había colocado sobre un costado. En esa posición le era posible trabajar con la hebilla que aseguraba el cinturón alrededor de sus tobillos.

—¿Adonde me lleva? —preguntó.

No tenía ningún sentido preguntarle aquello. Sólo confiaba en poder distraerle de aquella terrible preocupación sobre ella y Dan. No podía soportar la amenaza de obscena excitación que percibía en su voz, el frenesí de sus insinuaciones.

—Lo sabrás cuando hayamos llegado —contestó él.

Ya había abandonado la esperanza de que alguien hubiera encontrado su delantal. Se lo imaginaba húmedo y arrugado sobre la autopista, convertido en una masa irreconocible después de que miles de ruedas hubieran pasado sobre él. Ahora, la única oportunidad que le quedaba la encontraría cuando él se detuviera en la salida para pagar el peaje; si fuera posible, si no descubriera hasta entonces que se había librado las manos, abriría la puerta y se arrojaría del coche. 

El dispararía contra ella, claro; sabía por lo que había estado diciendo y por el sonido de su voz que tenía la intención de matarla de una forma u otra. Pero ella elegiría la forma; y sabía muy bien que una bala sería infinitamente preferible a quedarse sola con él en la anónima oscuridad que se extendía al otro lado de la autopista.

De repente, Bogan se echó a reír. La camioneta se había apartado de su camino. Sólo había perdido unos pocos minutos. El convoy presidencial estaba viajando por debajo del límite de velocidad, y probablemente sólo estaba a dos o tres kilómetros por delante de él. Aún tenía tiempo para alcanzarle. Apretó el pie sobre el acelerador.

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En el cuartel general se estaban trazando planes de actuación. El sargento Tonelli había marcado en el mapa la posición del asesino con una chincheta roja, mientras que una docena de chinchetas verdes indicaban los coches patrulla que le rodeaban. 

El capitán Royce chupó su pipa apagada y consideró el problema que tenía que resolver; cogerían al asesino, desde luego, pero la tarea consistía en cogerle sin que nadie más sufriera el menor daño. Ahora, el convoy presidencial se había alejado y estaba fuera de peligro. 

Después de alejarse del coche bloqueado del asesino, el convoy osciló hacia el carril de la izquierda y aumentó su velocidad hasta alcanzar los ciento quince kilómetros por hora, con un coche patrulla delante, dejando libre el camino con el sonido de su sirena. Ahora, el convoy se estaba acercando a la última salida y lo más probable era que el asesino ya no pudiera alcanzarle; y aun cuando su coche fuera lo bastante rápido, disponía de suficientes coches patrulla para cortarle el paso.

—Podemos atraparle en la misma autopista —sugirió Tonelli—. Se le puede encajonar y hacerle salir de la carretera. Tendrá varias armas frente a su cabeza antes de que sepa lo que ha ocurrido.

Royce miró el mapa con el ceño fruncido, considerando el tráfico y las condiciones atmosféricas en la zona donde se hallaba el asesino. No le gustó la idea de Tonelli; encajonar a un coche a alta velocidad nunca era una misión fácil de realizar, pero esta noche sería especialmente difícil. 

Confiaba en sus hombres y sentía un gran orgullo por su habilidad y buen juicio, pero no tenía la intención de exponerles a los caprichos de un loco, al menos bajo aquellas circunstancias. También tenía que considerar a los conductores civiles; si se producía un tiroteo, o si el asesino intentaba evadir a los coches patrulla, podría producirse un pánico que podría tener como resultado un sangriento accidente.

—Le permitiremos salir de la autopista —dijo Royce—. Sólo le quedan otras tres oportunidades, en las salidas tres, dos y una. Le cogeremos cuando no exista riesgo de que alguien más se vea envuelto.

—¿Y qué pasa con la chica?

Royce se apartó del mapa y se quedó mirando por las ventanas; en el exterior, el tiempo había empeorado y la lluvia caía en grandes oleadas por las grandes hojas de cristal. Podía ver las luces del tráfico moviéndose lentamente a través de la tormenta.

—Trataremos de mantenerle tan ocupado que no tenga tiempo para preocuparse por ella —dijo con lentitud—. Es todo lo que podemos hacer. Y no es mucho. Ahora mismo, es un hombre peligroso. Ha perdido el contacto con el convoy y si no está completamente loco se habrá dado cuenta de que ya no puede alcanzarle. 

Sus planes han salido mal y esperará algún tipo de problemas —se frotó la frente con la mano—. Si pudiéramos calmarle un poco, hacerle sentirse confiado. Entonces podríamos... —Royce se detuvo; seguía mirando por las ventanas; una ceñuda sonrisa se extendió por sus rasgos duros y curtidos—. ¿Está buscando el convoy, verdad, sargento? Supongamos que organizamos uno para él.

—¿Qué quiere decir?

—Escuche, y después actúe de prisa. Comunique a la salida dos y al sargento Brannon, en la subemisora sur. Vamos a situar un convoy en la autopista, delante del asesino. Será nuestro convoy. Con patrullas de escolta delante y detrás. Le dejaremos que se meta en él. Después apretaremos la trampa.

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Los ocho coches negros fueron enviados por las administraciones municipales de las ciudades situadas en el extremo sur de la autopista. Fueron conjuntados en columna de convoy quince minutos después de que la orden de Royce fuera transmitida al sargento Brannon, y un minuto después de las diez rodaban suavemente por la entrada 2 y se introducían en el tráfico de la autopista que avanzaba en dirección sur. 

El convoy marchaba por el carril de la derecha, con las patrullas de escolta abriendo camino con sus sirenas. A la cabeza de la columna iba el patrullero Frank Sulkowski, un curtido veterano que mantuvo la velocidad del convoy a ochenta kilómetros por hora. Al final se encontraba Dan O'Leary. 

Miraba continuamente su espejo retrovisor para comprobar si veía acercarse el «Ford» del asesino. Los ocho sedanes que tenía ante él iban conducidos por patrulleros y detectives vestidos con ropas de paisano, y los conductores dejaban a propósito un invitador espacio entre cada vehículo. El convoy era una trampa móvil, con siete huecos creados para atraer al asesino.

O'Leary levantó el receptor y se comunicó con Sulkowski.

—Creo que vamos demasiado rápidos, Frank. Reduzcamos un poco.

—Recibido.

Sus intercomunicaciones estaban dirigidas por el radiofonista del cuartel general, quien las comunicaba al capitán Royce.

—El convoy está en el carril tres, poste kilométrico veintiocho. Reduciendo velocidad por debajo de los ochenta.

Royce asintió y comprobó la posición del coche del asesino sobre el mapa. Detrás de él estaba, de pie, el mayor Townsend, comandante en jefe de la policía estatal. Había llegado hacía unos minutos —era un hombre delgado, pero fuerte, cercano a los sesenta años—, para recibir un informe personal de Royce sobre la situación.

—Poste kilométrico veintiocho —dijo Townsend—. ¿Y dónde está el «Ford»?

—Medio kilómetro detrás. Lo tenemos bajo vigilancia. Se está acercando continuamente.

—¿Y si pica? ¿Qué se hará entonces?

—El convoy irá cerrando huecos y pasará al carril central. Coches no identificados se situarán en los carriles uno y tres, colocándose a ambos lados de él. Se encontrará entonces encajonado entre cuatro coches.

—Suponga que no pica. ¿Hay algo en el aspecto de nuestro convoy que pueda hacerle sospechar?

—No lo creo, mayor. A menos que sea capaz de leer nuestros pensamientos. En nuestro convoy no hay nada que lo distinga del convoy presidencial, sobre todo en una noche oscura y lluviosa como ésta. Su velocidad es constante y ahora se está moviendo por el carril de la derecha, donde el asesino espera encontrarlo... por el carril de la derecha, con el mismo número y tipo de coches que los que acompañan al presidente, con patrullas delante y detrás, con las luces rojas giratorias encendidas.

—Está bien —dijo el mayor—. Supongo que meterá la cabeza en el agujero. ¿Dónde se propone arrestarlo?

Royce se acercó más al mapa y señaló la salida 1, la última de la autopista.

—Justo aquí, señor.

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O'Leary no identificó el «Ford» hasta que éste le pasó por el carril central; hasta aquel preciso momento sólo había sido un contorno impreciso de luces que se aproximaban en su espejo retrovisor. Ahora, pudo ver la corpulenta silueta del conductor y, cuando el vehículo le adelantó, comprobó su número de matrícula. Descolgó el receptor y habló con Sulkowski:

—Acaba de pasarme, Frank.

Otras voces sonaron en el radio-receptor de O'Leary... el radiofonista en el cuartel general, y después los patrulleros que habían seguido al «Ford» en sus coches no identificados.

O'Leary observó cómo el coche del asesino avanzaba lentamente al lado del convoy, con sus luces rojas de posición brillando en la lluviosa oscuridad. Entonces, el coche aumentó su velocidad de repente y giró a la derecha; las luces de posición desaparecieron de golpe. El asesino se había introducido entre el tercer y el cuarto coche del convoy.

—¡Está dentro, Frank! —informó O'Leary secamente.

—¡Recibido! —dijo Sulkowski—. Ahora, cierren huecos y manténgase así.

Los conductores del tercer y cuarto coche del convoy fueron acortando hábilmente las distancias entre ellos y el «Ford», y después, cuando el vehículo de Sulkowski cambió ágilmente al carril del centro, toda la columna de coches le siguió. Los coches patrulla no identificados se situaron suavemente en los carriles uno y tres, a ambos lados del coche del asesino. La misión, tan cuidadosamente cronometrada, había sido terminada; ahora el asesino estaba encajonado por todos los lados, cogido en una trampa móvil que se dirigía, junto con él, hacia la última salida de la autopista.

Los planes del capitán Royce para capturar al asesino se basaban sobre todo en la simplicidad y la sorpresa; el convoy de la policía sería escoltado hasta la caseta de peaje situada en el extremo derecho de la salida, siendo mantenido parte del tráfico normal de la autopista. Después de la salida, la autopista se extendía por poco más de un kilómetro hacia el puente sobre la bahía de Washington, y toda esa zona estaba bloqueada; todo el resto del tráfico estaba siendo desviado por carreteras secundarias.

En el cuartel general, Royce explicó los últimos detalles al mayor Townsend.

—Detendremos el convoy justo aquí —dijo, volviéndose hacia el mapa y señalando la cabina de peaje de la derecha, en la salida 1—. A unas cincuenta yardas a esta parte de la cabina hemos situado luces rojas intermitentes de tráfico, que son normales. Cuando el convoy se detenga, un patrullero saludará al primer coche, y señalará hacia esas luces, indicando que el conductor debe permanecer a la derecha de ellas. Después, saludará de nuevo y permitirá al coche pasar la cabina de peaje. Repetirá lo mismo con los dos coches siguientes. 

El coche del asesino es el que viene después. Naturalmente, el asesino estará observando, pero todo lo que verá será a un respetuoso patrullero introduciendo el convoy presidencial en el carril adecuado, facilitando su salida de la autopista —Royce recorrió la superficie del mapa con su dedo—. Mientras tanto, otros patrulleros se acercarán al coche por detrás, con las armas preparadas. 

Dan O'Leary, que es la escolta de la cola, abandonará su coche y se moverá hacia la derecha. Patrulleros y detectives del convoy se le unirán, cubriendo al asesino desde ambos lados. Lo cogerán por detrás, y le matarán si se resiste —Royce se quedó mirando al mayor Townsend y preguntó—: ¿Ve algún impedimento en todo esto?

—No, parece correcto. No me gusta exponer a los patrulleros situándolos frente al asesino. Y tampoco me gusta el hecho de que la mujer esté en el coche. Pero si las cosas fueran tan simples como a mí me gustaría que fuesen, podríamos irnos a pescar y dejar que un puñado de chicas exploradoras hicieran el arresto.

—Lo sé —dijo Royce, volviendo a pasarse la mano por la frente; en las líneas que mostraba alrededor de su boca y de sus ojos se podía ver la tensión sostenida durante las tres últimas horas—. Necesitamos buena suerte.

El radiofonista abandonó su emisora y corrió a la oficina de Royce.

—Capitán, un camionero ha descubierto el cuerpo de un joven en el Howard Johnson número 1. En una zanja cerca del aparcamiento reservado a los camiones. Está inconsciente, pero creen que se encuentra en buenas condiciones. Sus documentos demuestran que es el propietario del «Ford» que conduce el asesino.

—¿Ya va una ambulancia hacia allí?

—Sí, señor.

—Y ese joven, ¿tiene alguna oportunidad?

—Parece que sí, señor. Ha perdido algo de sangre y tiene una horrible hinchazón en la cabeza, pero está respirando bastante bien.

—Eso es al menos una buena noticia —dijo Royce—. Quizá tengamos ahora otra racha de buena suerte —se volvió y se quedó mirando el mapa—. Lo sabremos dentro de unos pocos minutos.

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Introducido ya en el convoy, Bogan se estaba riendo suavemente, aliviado y excitado a la vez. Se sentía abrigado y confiado entre la columna rodante de coches oficiales; frente a él y tras él, tranquilizadoramente cerca, se encontraban los privilegiados coches negros del convoy presidencial, y a ambos lados suyos, como una feliz coincidencia, había otros dos coches que parecían viajar exactamente a la misma velocidad que el convoy. Ahora, nadie podría alcanzarle; dentro de aquella caja de acero rodante se sentía seguro de todos, dirigiéndose hacia la libertad detrás de un invencible escudo protector lleno de poder y autoridad.

Una vez más, se sintió astuto y triunfante, y todas sus emociones se elevaron hasta alcanzar un apasionante extremo de excitación. Llamó a la chica y dijo:

—No tardaremos en dejar la autopista. Cortesía de la policía —se echó a reír suavemente, sintiendo cómo una cálida confianza recorría todo su cuerpo—. Somos gente muy importante, ¿te das cuenta de eso? Estamos viajando en compañía del presidente. La policía nos saludará y se inclinará cuando pasemos ante ella. Es una lástima que no puedas estar sentada aquí, a mi lado, para verlo.

Para entonces, Sheila se las había arreglado para desatar el cinturón que tenía alrededor de los tobillos, pero las palabras de Bogan destruyeron todas sus esperanzas. Si no se detenían ante la cabina de peaje, ¿qué había conseguido liberándose las piernas?

—Está cometiendo un error al llevarme con usted —dijo, desesperadamente—. La policía me estará buscando. Si me deja marchar, le prometo que no... —se detuvo, sabiendo la inutilidad de su súplica, y despreciando el sonido de temor animal y de súplica que había en su voz.

—No dirás nada sobre mí, ¿es eso lo que ibas a decir? Estoy seguro de que no lo harás —comentó, con un pesado sarcasmo—. Pero la policía no nos encontrará. No te preocupes por eso. Al menos, no antes de que hayamos conversado un poco tú y yo. Iremos a algún sitio bonito y tranquilo. Y compraré algo de café y pastas dulces. Conozco un tipo de pastas que te gustarán mucho. Están todas cubiertas de azúcar, y en su interior hay una gruesa capa de mermelada. Te desataré y estarás cómoda.

Bogan frunció el ceño y se llevó la mano a la frente, sintiendo allí un dolor extraño y confuso. ¿Qué era lo que quería explicarle a la mujer? Tenía algo que ver con el enorme patrullero con quien deseaba casarse. Sí. Tenía que decirle que aquello no estaba bien. 

Y estaba lo otro sobre su familia, su padre y su hermano y la joven pareja de Nueva York, la mujer con las piernas delgadas y desnudas que exhibía tan cruelmente. Recordaba que no se habían portado amablemente con él, y pensó que también habría sido interesante hablar con los dos. Pero ahora ya no podía hacerlo. De algún modo, se habían alejado de él.

Con un instinto de salvación, Bogan sabía que no debía estar pensando ahora en aquellas cosas; le confundirían y le enojarían y ahora necesitaba de toda su astucia y fortaleza para luchar contra las fuerzas que se le oponían.

—Cállate —dijo con petulancia y de mal humor—. Tú me has metido en todo este problema. Eso es lo que voy a hablar contigo más tarde. Espera y verás.

—Por favor —dijo ella, y por primera vez su voz se quebró; sabía que él deseaba matarla—. Por favor, no...

—¡Cállate! —gritó él con una voz baja y dura, inclinándose después hacia adelante, y estrechando sus ojos, llenos de tensión.

El convoy estaba reduciendo su velocidad. Delante de él vio las luces arqueadas de la salida 1, brillando en la oscuridad. La corriente de tráfico de la autopista se iba extendiendo a medida que penetraba en la ancha zona de aproximación a la última salida. 

El convoy pasó junto a una línea de patrulleros, que saludaron, y giró hacia las luces intermitentes y la cabina de peaje situada en el extremo derecho de la salida. Se estaban deteniendo, y el corazón de Bogan empezó a latir con temor; todo aquello era un error, nadie podía detener el convoy del presidente..., a menos que estuvieran buscando algo. 

El pensamiento produjo un luminoso destello de terror en su mente. Sacó el revólver de su bolsillo y bajó la ventanilla, dejándola a media altura. Una rociada de lluvia fría le dio en el rostro. Unas gotas húmedas se acumularon sobre sus gafas, y las luces giratorias de los coches de la policía se fragmentaron sobre ellas, como lanzas amenazadoras. En el silencio, pudo escuchar la rápida respiración de la mujer.

—No te muevas ni hagas ningún ruido —le dijo, tranquilamente—. Si lo haces, serás responsable de los hombres que tendré que matar.

Bogan se limpió las gafas con la punta de su dedo índice, abriendo un pequeño túnel de visibilidad a través de la lluvia, las luces y las sombras. Cuando vio a un patrullero aproximarse al primer vehículo del convoy, Bogan elevó su revólver hasta la altura del cristal semibajado. Pero el patrullero se detuvo a unos dos metros del primer coche, se puso firmes y saludó perfectamente.

 Señaló hacia la línea de luces intermitentes, dirigiendo sin duda alguna al conductor hacia la derecha; después, volvió a saludar y el coche comenzó a moverse lentamente. El mismo procedimiento fue repetido con el segundo coche y Bogan se dio cuenta de que era un simple procedimiento rutinario; un policía respetuoso dirigiendo el convoy hacia el carril privilegiado que se le señalaba. 

Apartó el revólver de la ventanilla y fue tranquilizando su respiración. Todo estaba bien; la sensación de alivio fue tan intensa, que casi se echó a reír en voz alta. Ahora, el coche situado delante de él empezaba a moverse, y el patrullero se dirigía hacia el suyo con pasos largos y ondulantes; era una alta figura negra bajo la lluvia.

Bogan oyó moverse a la chica detrás de él y escuchó el click metálico de la puerta de atrás, al soltarse; después, una pequeña ráfaga de aire frío le dio en la nuca. Se revolvió desesperadamente, sintiendo cómo el temor se apoderaba de él, en oleadas repentinas y horribles. 

Vio que la mujer se había liberado; el cinturón había desaparecido de sus tobillos y tenía agarrado con las manos el abridor de la portezuela, parcialmente abierta ya. No sintió nada, excepto un desesperado dolor por la traición; ella era mucho peor que todos los demás, engañándole en silencio, conspirando astutamente para frustrar todos sus planes.

Y entonces, a través del espejo retrovisor. Bogan vio la figura de un hombre uniformado corriendo agachado hacia su coche. Maldijo furiosamente y soltó el pedal del embrague al mismo tiempo que se volvía y disparaba contra el patrullero que se aproximaba al coche de frente. 

El empuje del coche, puesto a toda velocidad, hizo que la puerta de atrás se cerrara de un golpe, y Bogan oyó a la mujer gritar de dolor.  «Sus dedos», pensó, haciendo girar el coche hacia un lado para evitar al patrullero, que se había arrojado al suelo, esquivando el disparo de Bogan. 

 Dedos blancos y delgados, tan suaves al acariciar como el terciopelo. Bogan giró salvajemente el volante, librándose del patrullero y avanzando después directamente hacia el paso de salida. Era importante escapar y no quedarse allí, haciendo el tonto, bajo la lluvia. Más tarde me encargaré de él, más tarde me encargaré de todos.

O'Leary se encontraba a dos metros por detrás del «Ford» cuando Bogan disparó contra el patrullero. Se lanzó hacia adelante, cubriendo la distancia de una zancada, pero el coche ya empezaba a alejarse de él, girando fuertemente a la izquierda; pero después giró de nuevo locamente hacia la derecha, enfilando el paso de salida y O'Leary pudo agarrarse a la puerta de atrás, cogiendo el manillar con las dos manos. 

La velocidad del coche le levantó del suelo, haciendo oscilar su cuerpo en forma de arco, pero se mantuvo agarrado por un precioso segundo y finalmente se las arregló para soltarse y abrir la portezuela.

El «Ford» se movió espasmódicamente cuando Bogan cambió la marcha, y durante esa pérdida momentánea de velocidad O'Leary arrojó la parte superior de su cuerpo sobre el asiento trasero. 

Agarró a Sheila por las rodillas y después dejó caer todo su peso y cuando el coche volvió a adquirir velocidad sus piernas se arrastraron por el suelo y después se sintió libre golpeando dolorosamente contra el hormigón húmedo, pero con el ligero peso de Sheila desesperadamente agarrado entre sus brazos.

O'Leary se puso de rodillas y la sostuvo contra sí por un instante, protegiéndola contra el bramido de los coches y el destello de los disparos. Ella estaba gritando histéricamente, repitiendo su nombre una y otra vez, pero no mostraba señas de haberle reconocido, ni en sus ojos ni en la expresión de su rostro. El terror no la abandonaría en un tiempo, pero ahora estaba abrazada a alguien que estaría con ella hasta que pasara.

O'Leary la dejó con los detectives que habían bajado de los coches del convoy y corrió hacia su propio coche patrulla. El «Ford» había pasado rápidamente por la línea de salida y ahora avanzaba a toda velocidad por la autopista de casi un kilómetro que conducía al puente sobre la bahía. 

Pero ahora ya no tenía escape posible. Tres coches patrulla le seguían a toda velocidad, maniobrando con despiadada precisión para situarse en buena posición. No había ningún otro coche en la carretera. Bogan pasó por un túnel desierto, con los coches patrulla cercándole por tres lados.

O'Leary traspasó la línea de salida poco después que los coches perseguidores de la policía, llevándose el micrófono a los labios.

—Está solo —dijo—. La chica ha salido del coche y está a salvo.

Su informe sonó en los coches patrulla que le precedían y en el cuartel general de Riverhead.

—No se descuiden ahora —dijo el capitán Royce—. No corran ningún riesgo. Por ahí no va a ninguna parte.

Y dio una orden a la policía del puente para que lo elevaran.

Las barreras del puente se cerraron automáticamente y los poderosos cables que sujetaban las cuatro esquinas del puente empezaron a girar en sus tambores, elevando lentamente en el aire la calzada del puente.

—Cogedle cuando se detenga —ordenó Royce.

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 Bogan vio la lluvia centelleando ante él, extendiéndose como un prado tranquilo y espacioso al atardecer, con un viento suave que doblaba ligeramente las hojas de hierba, de modo que relucían bajo los últimos rayos del atardecer. Era muy hermoso. Todo estaba tranquilo y en paz. Pero él no podía dejar de llorar. Las lágrimas surgían de sus ojos pacíficos y bajaban fríamente por sus mejillas. Necesitaba a alguien que le consolara; alguien de quien no tuviera miedo.

Los coches patrulla le estaban dando caza desde atrás. Los veía... acechándole como enormes y peligrosos animales.

Unas brillantes luces rojas produjeron destellos en sus ojos y vio una barrera, y tras ella una pesada cadena que se balanceaba de parte a parte de la autopista. Y detrás de aquello sólo quedaba el espacioso y pacífico prado que parecía agua en la curiosa confusión de luces nocturnas y sombras. Escuchó el choque de su coche contra la barrera y después el sonido de la sacudida contra la cadena, que cedió, y finalmente se vio libre, elevándose hacia el oscuro y suave prado, tan fácilmente como un pájaro, o como el avión de papel de un niño.

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 Dan O'Leary detuvo su coche y apagó la sirena y la luz roja giratoria. Se quedó allí sentado por un momento, con los brazos cruzados sobre el volante y la frente descansando sobre el dorso de las manos. Todo había pasado; el «Ford» se había abalanzado contra la bahía de Washington y tras el ruido del choque y un surtidor de espuma blanca no quedó nada, excepto los cada vez más extensos círculos sobre la superficie del agua negra y silenciosa.

O'Leary rezó una oración por el hecho de que Sheila estuviera a salvo. Después, volvió a poner el coche en marcha para dirigirse a la entrada 1, donde ella le estaba esperando. Condujo a menos de la velocidad máxima permitida, de un modo constante y preciso, con sus grandes manos firmemente agarradas al volante, y los ojos mirando alertas la carretera que tenía ante él. Ahora ya no había necesidad de correr por este último kilómetro que le separaba de la entrada 1, pensó, sintiéndose agradecido. Lo más importante de él mismo ya estaba allí.

(CONTINUARA...)