Por un Jumento robado de peleaban dos Ladrones. Mientras llovían puñetazos, llega un tercer Ladrón y se lleva el Borriquillo.
Por un Jumento robado de peleaban dos Ladrones. Mientras llovían puñetazos, llega un tercer Ladrón y se lleva el Borriquillo.
Un mensajero del Gran Turco se vanagloriaba, en el palacio del Emperador de Alemania, de que las fuerzas de su soberano eran mayores que las de este imperio.
Un alemán le dijo: “Nuestro Príncipe tiene vasallos tan poderosos que por sí pueden mantener un ejército.”
El mensajero, que era varón sesudo, le contestó: “Conozco las fuerzas que puede armar cada uno de los Electores, y esto me trae a las mientes una aventura, algo extraña, pero muy verídica. Hallábame en lugar seguro, cuando ví pasar a través de un seto las cien cabezas de una hidra. La sangre se me helaba, y no había para menos. Pero todo quedó en susto: el monstruo no pudo sacar el cuerpo adelante. En esto, otro dragón, que no tenía más que una cabeza, pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto! Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron las colas sin tropiezo: esta es la diferencia que hay entre vuestro Emperador y el nuestro.”
(AL SR. DUQUE DE LA ROCHEFOCAULD)
Un Hombre enamorado de sí mismo, y sin rival en estos amores, se tenía por el más gallardo y hermoso del mundo. Acusaba de falsedad a todos los espejos, y vivía contentísimo con su falaz ilusión.
La Suerte, para desengañarle, presentaba a sus ojos en todas partes esos mudos consejeros de que se valen las damas: espejos en las habitaciones, espejos en las tiendas, espejos en las faltriqueras de los petimetres, espejos hasta en el cinturón de las señoras.
¿Que hace nuestro Narciso? Se esconde en los lugares más ocultos, no atreviéndose a sufrir la prueba de ver su imagen en el cristal. Pero un canalizo que llena el agua de una fuente, corre a sus pies en aquel retirado paraje: se ve en él, se exalta y cree divisar una quimérica imagen. Hace cuanto puede para evitar su vista; pero era tan bello aquel arroyo, que le daba pena dejarlo.
Comprenderéis a dónde voy a parar: a todos me dirijo: esa ilusión de que hablo, es un error que alimentamos complacidos. Nuestra alma es el enamorado de sí mismo: los espejos, que en todas partes encuentra, son las ajenas necedades que retratan las propias; y en cuanto al canal, cualquiera lo adivinará: es el Libro de las Máximas.
Cierto día un Ratón de la ciudad convidó a comer muy cortésmente a un Ratón del campo. Servido estaba el banquete sobre un rico tapiz: figúrese el lector si lo pasarían bien los dos amigachos.
La comida fue excelente: nada faltaba. Pero tuvo mal fin la fiesta. Oyeron ruido los comensales a la puerta: el Ratón ciudadano echó a correr; el Ratón campesino siguió tras él.
Cesó el ruido: volvieron los dos Ratones: “Acabemos, dijo el de la ciudad. -¡Basta ya! replicó el del campo. ¡Buen provecho te hagan tus regios festines! no los envidio. Mi pobre pitanza la engullo sosegado; sin que nadie me inquiete. ¡Adiós, pues! Placeres con zozobra poco valen.”
Una Golondrina había aprendido mucho en sus viajes. Nada hay que enseñe tanto. Preveía nuestro animalejo hasta las menores borrascas, y antes de que estallasen, las anunciaba a los marineros.
Sucedió que, al llegar la sementera del cáñamo, vio a un labriego que echaba el grano en los surcos. “No me gusta eso, dijo a los otros Pajaritos. Lástima me dais. En cuanto a mí, no me asusta el peligro, porque sabré alejarme y vivir en cualquier parte. ¿Veis esa mano que echa la semilla al aire? Día vendrá, y no está lejos, en que ha de ser vuestra perdición lo que va esparciendo. De ahí saldrán lazos y redes para atraparos, utensilios y máquinas, que serán para vosotros prisión o muerte. ¡Guárdeos Dios de la jaula y de la sartén! Conviene, pues, prosiguió la Golondrina, que comáis esa semilla. Creedme.”
Los Pajaritos se burlaron de ella: ¡había tanto que comer en todas partes! Cuando verdearon los sembrados del cáñamo, la golondrina les dijo: “Arrancad todas las yerbecillas que han nacido de esa malhadada semilla, o sois perdidos. -¡Fatal agorera! ¡Embaucadora! le contestaron: ¡no nos das mala faena! ¡Poca gente se necesitaría para arrancar toda esa sementera!”
Cuando el cáñamo estuvo bien crecido: “¡Esto va mal! exclamó la Golondrina: la mala semilla ha sazonado pronto. Pero, ya que no me habéis atendido antes, cuando veáis que está hecha la trilla, y que los labradores, libres ya del cuidado de las mieses, hacen guerra a los pájaros, tendiendo redes por todas partes, no voléis de aquí para allá; permaneced quietos en el nido, o emigrad a otros países: imitad al pato, la grulla y la becada. Pero la verdad es que no os halláis en estado de cruzar, como nosotras, los mares y los desiertos: lo mejor será que os escondáis en los agujeros de alguna tapia.” Los Pajaritos, cansados de oírla, comenzaron a charlar, como hacían los troyanos cuando abría la boca la infeliz Casandra. Y les pasó lo mismo que a los troyanos: muchos quedaron en cautiverio.
Así nos sucede a todos: no atendemos más que a nuestros gustos; y no damos crédito al mal hasta que lo tenemos encima.
La Ternera, la Cabra y la Oveja, hicieron compañía, en tiempos de antaño, con un fiero León, señor de aquella comarca, poniendo en común pérdidas y ganancias.
Cayó un ciervo en los lazos de la Cabra, y al punto envió la res a sus socios. Presentáronse éstos, y el León le sacó las cuentas. “Somos cuatro para el reparto,” dijo, despedazando a cuartos el ciervo, y hechas partes, tomó la primera, como rey y señor. “No hay duda, dijo, en que debe ser para mí, porque me llamo León. La segunda me corresponde también de derecho: ya sabéis cual derecho, el del más fuerte. Por ser más valeroso, exijo la tercera. Y si alguno de vosotros toca la cuarta, en mis garras morirá”
Era un Lobo, y estaba tan flaco, que no tenía más que piel y huesos: tan vigilantes andaban los perros de ganado. Encontró a un Mastín, rollizo y lustroso, que se había extraviado. Acometerlo y destrozarlo, cosa es que hubiese hecho de buen grado el señor Lobo; pero había que emprender singular batalla, y el enemigo tenía trazas de defenderse bien.
El Lobo se le acerca con la mayor cortesía, entabla conversación con él, y le felicita por sus buenas carnes.
“No estáis tan lucido como yo, porque no queréis, contesta el Perro: dejad el bosque; los vuestros, que en él se guarecen, son unos desdichados, muertos siempre de hambre. ¡Ni un bocado seguro! ¡Todo a la ventura! ¡Siempre al atisbo de lo que caiga! Seguidme, y tendréis mejor vida.”
Contestó el Lobo: “¿Y qué tendré que hacer?
–Casi nada, repuso el Perro: acometer a los pordioseros y a los que llevan bastón o garrote; acariciar a los de casa, y complacer al amo. Con tan poco como es esto, tendréis por gajes buena pitanza, las sobras de todas las comidas, huesos de pollos y pichones; y algunas caricias, por añadidura.”
El Lobo, que tal oye, se forja un porvenir de gloria, que le hace llorar de gozo.
Camino haciendo, advirtió que el perro tenía en el cuello una peladura. “¿Qué es eso? preguntóle.
–Nada.
_¡Cómo nada!
_Poca cosa.
_Algo será.
_Será la señal del collar a que estoy atado.
_¡Atado! exclamó el Lobo: pues ¿que? ¿No vais y venís a donde queréis?
–No siempre, pero eso, ¿qué importa?
-Importa tanto, que renuncio a vuestra pitanza, y renunciaría a ese precio el mayor tesoro.”
Dijo, y echó a correr. Aún está corriendo.
Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.
“Mirad, hermanas, decía a sus compañeras; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él? –No.- ¿Y ahora?- Tampoco. -¡Ya lo logré! -¡Aún estás muy lejos!”
Y el bichuelo infeliz hinchóse tanto, que reventó.
Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas.
Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.
Estaba un señor Cuervo posado en un árbol, y tenía en el pico un queso. Atraído por el tufillo, el señor Zorro le habló en estos o parecidos términos: “¡Buenos días, caballero Cuervo! ¡Gallardo y hermoso sois en verdad! Si el canto corresponde a la pluma, os digo que entre los huéspedes de este bosque sois vos el Ave Fénix.”
Al oír esto el Cuervo, no cabía en la piel de gozo, y para hacer alarde de su magnífica voz, abrió el pico, dejando caer la presa. Agarróla el Zorro, y le dijo: “Aprended, señor mío, que el adulador vive siempre a costas del que le atiende; la lección es provechosa; bien vale un queso.”
El Cuervo, avergonzado y mohino, juró, aunque algo tarde, que no caería más en el garlito.