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El cuento de Omar y Dilaram - Wilhelm Raabe

–Doctor Hagen, usted que peregrinó por el desierto, ¡relátenos un cuento!

–¡Bravo! –gritó el científico–. La señorita Eugenia siempre tiene las ideas más sensatas. ¡Aligere usted los caballos y alivie al camello del aburrimiento! ¡Adelante, doctor! Ya me siento como si estuviera en la costa oriental del mar Rojo... Pero por favor ningún pensamiento morboso o de muerte, ¡se lo ruego, Hashid!

–Sí, ¡cuéntenos un cuento, doctor! –dijo Lida–. Como los que usted acostumbraba relatarme antes de dormir, cuando llegaba demasiado cansada de la ópera y me quedaba tensa. Cuente, pues...

–Bien. Sucede en un fantástico país de Oriente –dijo al momento Hagen–. Escuchen ustedes: hace muchos años, se hallaba un joven en la gran ciudad de Bagdad. Sentado, bajo la luz de la lámpara, descifraba un antiguo manuscrito cuyas letras estaban escritas con los caracteres más extraños. Un amigo suyo se lo había obsequiado como recuerdo de la maravillosa e increíble ciudad de Bizancio. 

Era entonces una hermosa noche de verano. La Luna se elevaba por encima de los jardines del califa, hacia la otra orilla del Tigris; en el azul obscuro de la noche flotaba radiante y pura. Un ligero airecillo transportaba el perfume de los árboles, rebosantes de pétalos, hacia la ventana. En ocasiones, alguna góndola cruzaba velozmente sobre la superficie lustrosa del agua y por momentos se escuchaba a lo lejos una lira y, de vez en cuando, la estrofa de una canción de pescadores. 

El joven lector se sintió un tanto extraño. De los pergaminos que leía surgía un Mundo maravilloso que lo envolvía. En el momento de llegar a un pasaje borroso, imposible de leer, levantaba la vista y sentía entonces como si tuviera que bajarla otra vez de inmediato, encima del rollo que leía, para no perder ese sueño encantador. Palpitaba allí un inmenso mar de exuberantes islas con temibles desfiladeros habitados por excelentes y hermosos nativos y horripilantes monstruos. 

Un pueblo pagano había destruido una ciudad grande y magnífica situada a las orillas del mar. En la corriente, las huestes lavaban sus armas teñidas de sangre, así como sus heridas; luego subieron a sus navíos, rumbo a su patria, cada líder agrupando a los suyos, todos cargados con su botín. 

Había en aquellas tierras un rey lo mismo amado que odiado por diosas y dioses, protegido y a la vez amenazado de quedar en la ruina; y, habiendo sido expulsado de una isla por la tempestad y habiéndose tragado el mar a sus hombres, relataba a otro rey sus aventuras y desventuras: cómo lo había amado una hermosa e inmortal deidad; cómo había luchado contra los monstruos, las olas y los gigantes; cómo había descendido al Averno para visitar a sus guerreros muertos, a los hombres y mujeres del pasado. 

El joven leía por momentos en voz alta la estrofa de una canción, como si se deleitara con el agradable sonido de las palabras, semejantes al fragor ondulante y melodioso de las armas, como si fuese el murmullo de las olas o el palpitar de un corazón humano.

–Alá, Alá –exclamó–. ¡Esto es hermoso, es magnífico! ¡Ay! Y pensar que yo sólo estoy aquí sentado con el corazón desbordante. Alá, Alá. Así llevan tan lejos tu nombre y el de tu Profeta a través de todos los mares y países.

Un fuego salvaje se reflejaba en los ojos del joven. Pero muy pronto se extinguió, tan rápido como se había encendido.

–¡Ah! –dijo, con voz sorda–. ¿No está también, al otro extremo de las márgenes del mar poniente, el gran Okbah? El condujo su blanco camello hacia el torrente de las aguas y exclamó: “Alá, tú eres testigo de que no me fue posible continuar más adelante”.

–Georg Wilhelm Friedrich Hegel y la filosofía alemana. ¡Brrr...! –dijo el científico, que se sentía muy feliz cuando podía darle una patada a la Idea absoluta.

Pero Hagen no se dejó interrumpir. Sonriente, continuó en seguida:

–¡Ah! Pero él pudo continuar –exclamó el joven lector–. ¿Acaso los jinetes del desierto no trajeron al rey noticias de los fieles, la nueva de que los soldados de Alá luchaban una vez más contra los hombres de piel blanca, lejos, muy lejos del brazo del mar en el poniente? Dios es grande... Se dirigen de nuevo hacia el Oriente, hacia el Sol naciente, y arremeten contra el enemigo. ¡Ay, y tener que estar aquí sentado marchitándose con una mujer del harem!

El joven se había sobresaltado; miraba a través de la superficie del río. Se apoyó con una mano en el borde de la ventana y unas lágrimas rodaron de sus ojos. De pronto, detrás suyo, una puerta se abrió y una muchacha entró cautamente a la habitación. 

Traía consigo un cesto con flores y frutas lleno hasta los bordes y se quedó de pie al ver al pensativo joven acodado en la ventana. Cruzó en silencio la alfombra, hizo a un lado los manuscritos extendidos sobre una tabla, depositó su aromática cesta y extrajo una rosa blanca. Sonriente, con el dedo en los labios, se acercó lo más callada que pudo al joven soñador y depositó la rosa en su mano, que él tenía puesta en el borde de la ventana. Asombrado, él se dio vuelta.

–¡Dilaram! –exclamó y entonces la hermosa niña lo abrazo.

–¿Otra vez triste, Omar? –preguntó ella–. ¿Qué te preocupa, amigo mío?

–Te equivocas, corazón, no estoy triste. ¿Qué habría de preocuparme?

–Pobres de los hipócritas en aquel Día, dice el sagrado Corán –dijo la muchacha–. ¿Habrás leído otra vez durante largas horas tus horribles y paganos libros que tratan de magia hasta olvidarte de todo lo que te rodea, y también de mí? –añadió ella, amenazándolo traviesamente con su índice.

–¿Quién te podría olvidar, niña? Eres para mí lo que el Sol para la Tierra.

–¡Tú, tú! –dijo la muchacha sonriendo y sentándose en el borde de la ventana, al lado del joven–. ¡Ven, platiquemos! ¡Qué hermosa está la noche, y cómo brillan las ondas del río! ¿Dónde tienes mi lira, pues no la veo?

–¡Aquí está! –dijo Omar.

–Gracias. ¡Pero qué cara has puesto! Avergüenzate ante mi velo... Escucha al ruiseñor... ¡bul, bul, bul! ¡Qué hermoso! ¿Quieres que cante?

–¡Canta la Alabanza al desierto, al inmenso desierto, la alabanza al inmenso mar!

–¡Ay! –dijo la muchacha, algo compungida–. No conozco el desierto ni el mar. Pero pon atención, voy a cantarte otra cosa.

Acarició con sus dedos las cuerdas del instrumento y empezó entonces con una, diáfana y tersa voz:

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué se unen los combatientes del Profeta?

¡De armas resuenan los mercados, de armas las calles!

¡El pueblo de Dios responde al llamado del gran califa!

¡A Oriente y Occidente van las multitudes de fieles!

¡El hombre deja a su mujer, el hijo a su madre!

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana!

¡En la ciudad del mar, temeroso está el rey de los francos,

y el de los persas rasga su vestido...! ¡Llora y se lamenta

la niña en la joven ciudad, a orillas del Tigris!

Los ejércitos del Profeta van a la batalla.

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana...!

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué ese regocijo en las calles de Bagdad?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¡Destrozada está la defensa de los persas y muerto el padre!

Inclinada está la cabeza del rey de los francos...

Muerto está el hermano...

Regocijo en las calles de Bagdad.

Sentada, la doncella llora...

¿Quién protege a la huérfana,

Quién consuela a la desamparada...?

 

La muchacha dejó caer la lira y su voz se perdió en apagados sollozos. Con mirada fulgurante, Omar tomó el instrumento y continuó la canción:

 

La arena de los caminos de Dios

reluce en el día del Gran Juicio...

Dichosos los combatientes en el Paraíso.

A la huérfana abandonada, la consuela ¡el amor...!

 

–¡El amor! –exclamó la muchacha entre lágrimas–. El amor, el santo amor. Es como la sombra que la palmera brinda al cansado caminante del desierto. ¡Para el niño abandonado, es como el agua para la gacela perseguida! Sagrado es el lugar donde nos encontramos, mi adorado. ¡Que la hora en la cual yo te vi por primera vez sea afortunada para todos los hombres y rebosante de bendiciones para toda la Tierra...!

–¡Dilaram! ¡Dilaram! ¡Paz de mi corazón! –exclamó el joven.

–¡Omar mío...! ¡Mira, tu frente se ha tornado alegre! Ahora tengo que irme. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches, querido!

–¿Ya quieres abandonarme? ¡Quédate conmigo!

–Notarán mi ausencia. ¡Buenas noches, buenas noches!

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Dulce soñar bajo el cielo nocturno del Oriente! ¡Grande es la ciencia de Makachefa, grande el arte de reconocer los sentimientos del corazón! ¡Poderosas las fuerzas con las que Alá se ha permitido conmover las almas de las personas...!

Omar tomó su rollo de debajo de las flores que Dilaram había llevado. Pero no volvió a leer más. Se le cerraban los párpados y su cabeza cayó sobre los almohadones del diván. Así dormitó. A través del río, el viento nocturno llegaba más fresco y más intenso. La lámpara llameaba como si estuviera próxima a apagarse. De un lado a otro, ondeaban los tapices bordados con arabescos de oro sobre sentencias coránicas...

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Grande es el poder de los que han sido creados por Alá...!

Una barca ricamente engalanada en oro cruzó velozmente la superficie del río, iluminada por la Luna. El agua refulgía en destellos de plata bajo los remos de los seis esclavos negros que la conducían. Una mujer, envuelta en amplísimos velos, descansaba sobre un hermoso almohadón en la popa de la góndola. Bajo los velos, la mirada de los negros y fulgurantes ojos asaeteaba hacia los muros de las casas y jardines próximos a la ribera del río.

La mujer se incorporó sobre su asiento bajo la ventana de Omar, y dijo:

–¡Aquí!

Los negros levantaron los remos y la barca permaneció inmóvil. De un salto, la mujer de los velos se puso de pie. Así se mantuvo, como una elevada figura, con la mirada fija en la arqueada e iluminada ventana de la casa del joven. En su duermevela, tembloroso, Omar se movió con el pecho agitado, como si buscara el alivio de una pesada carga que lo oprimía. La lámpara llameó por última vez antes de apagarse. Una lira resonó muy tenuemente a través del aire. El joven se despertó y escuchó...

¡Ésa no era la voz de Dilaram! Los tonos que llegaban hasta sus oídos eran más cálidos, más exuberantes, más salvajes y sensuales; dejaron su corazón estremecido. ¡Esa no era la paz de su alma, no eran las amorosas canciones de cuna! Era el lenguaje de la pasión, de la pasión salvaje, del instinto, que se consume como la llama.

–¡La diosa de la boca de fuego!

–¡Aquí está otra vez! –murmuró el joven–. ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿En qué le ha perturbado mi dichoso destino, mi paz? ¡Así viene cada noche, de manera que durante el día tengo que andar como en un sueño! ¡Pobre de mí!

Una silueta de hechizo lo atrajo irresistiblemente hacia la ventana. Inmóvil, la barca permanecía a poca distancia. Mudas, las gotas de los remos de la barca caían sobre el agua. Estrechamente envuelta en su albeante vestido, con el velo echado hacia atrás, la figura de la mujer se mantenía de pie. No se movió en el momento en que Omar apareció en el marco de la ventana. A sus pies estaba la lira con la cual lo había despertado...

–¡Pobre de mí! ¿Qué quiere esa mujer? ¿Qué quiere? –se decía Omar–. ¿Le hablaré...?

–¡Habla! –se oyó una voz, como si la extraña pudiera leer los pensamientos del corazón.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué perturbas mi vida?

La figura levantó el brazo en señal de saludo.

–¡Ven!

–¡No te conozco! ¿Eres una mortal? ¿Eres un hada?

–¡Ven!

–Me inspiras temor...

Como a una señal oculta, los remos se sumergieron de nuevo en el agua. La barca dio un lento viraje.

–¡Ya voy, ya voy! –exclamó el joven.

Se levantó precipitada y alocadamente, abalanzándose contra el borde de la ventana. Descendió entre las vides que circundaban el arco. La barca se acercó como una flecha hasta el muro de la casa. Vacilante, se acercó a la seductora figura, como abrazado por un vértigo...

–¡Mírame! –dijo la mujer–. ¡Yo... te amo!

Omar guardó silencio. Estaba fascinado por el destello de los ojos, que resplandecían como brasas negras, semejantes a los ojos del ángel de la Muerte.

–¡Expulsa su imagen de tu corazón! –dijo la mujer–. ¡Ella es una niña! Sígueme a mí... Me perteneces, eres mío...

–¡Paz de mi corazón, paz de mi corazón! –murmuraba Omar como en un sueño.

Un miedo infinito lo estremecía. Podría apuñalar a la hermosa mujer; tomó la empuñadura de su filosa daga en el cinturón... ¡Ella sonreía...! Dejó caer la mano, sentía como si el Mundo circundante, toda su vida anterior, todos sus esfuerzos y sus propósitos se hubiesen perdido. Estaba solo con ella. ¡Todo era... ella...!

–Has ansiado salir de tu limitado espacio –dijo la mujer–. Tú no me conoces... Sin embargo, piensa como si yo fuese el Mundo... la vida...

La barca se deslizó con lentitud hacia la corriente, pero cuando hubo llegado al centro del agua su velocidad aumentó hasta que, finalmente, se precipitó río abajo impulsada por los remos de los mudos y negros esclavos... ¡Se acabó! Perdidos estaban los pensamientos de gloria y honor. Olvidada la paz del hogar paterno... ¡Paz de mi corazón!... ¡Perdida! ¡Perdida...!

Se quedó recostado a sus pies, su cabeza descansaba en su regazo. Su mano jugaba con sus rizos, ella le susurraba palabras al oído... Con los ojos cerrados, ignoraba el destino al que ella lo conducía. En esos momentos, él únicamente vivía bajo el hechizo mágico de su voz. Al abrir los ojos, vio encima suyo el negro cielo nocturno engalanado con el esplendor de las estrellas de Oriente. 

Vio inclinarse sobre sí su hermoso y magnífico rostro, entonces pálido bajo la luz de la Luna; miró muy de cerca sus ojos negros, semejantes al destello de las estrellas. Entonces se estremeció, estaba convertido en un niño carente de voluntad. Nada de él había quedado. ¡Todo era ella!

–¡Soy tuyo! ¡Soy tuyo! –murmuró, mientras ella sonreía.

–¡Ahora te conozco! –dijo él–. Eres la mágica reina Labe, la reina de los espíritus. Tú eres la vida, la libertad. Tú eres... ¡Ay, me vas a matar, lo sé, pero me amas... una noche... una hora!

Ella sonreía mientras la barca proseguía su rumbo.

Maravillosas son las noches de verano a orillas del Tigris...

Donde el Diala del desierto mezcla sus tibias aguas con las del gran río, un pobre pescador sacaba sus redes desde la orilla; sin prestarle mucha atención a sus presas, las dejaba caer sobre la tierra. Más tarde, vio en una olla del río flotar un cadáver hasta que quedó atrapado en un juncal de la orilla...

–Alá –exclamó el hombre–. ¡Qué joven y hermoso! –meneó la cabeza al arrastrar el cuerpo hacia la orilla.

Era notorio que estaba acostumbrado a semejantes cosas. Con ávida mano, despojó al cadáver de sus vestidos y le extrajo la daga del corazón. Desvalijado de esa manera, el pescador lo devolvió a las aguas con una patada.

–¡Vete! –dijo–. ¡Que Alá guíe tu alma al lugar de la piedad!

El cadáver siguió flotando hacia Seleusis, a la cual los fieles de hoy llaman Al-Modaín. Y paz de mi corazón.

–¿Qué le ocurre, señorita Lida? –exclamó el científico, levantándose precipitadamente y un tanto asustado.

–¡Luz, luz! –gimió la cantante con un miedo indescriptible en su voz–. ¡Por Dios, enciendan la luz!

Ninguno de los allí presentes se había dado cuenta de que, durante el fantástico relato del médico, había caído por completo la noche.

–¿Qué ha hecho usted, Hagen? –exclamó Ostermeier–. ¡Oh, Isis y Osiris! Esto sucede cuando uno escucha tales cuentos de fantasmas... 

Un maravilloso cuento oriental de un santo desnudo - Wilhelm Heinrich Wackenröder

El Oriente es la patria de todo lo maravilloso. En la antigüedad y en los inicios de las costumbres de tan lejanos países, se hallan consejas y enigmas extremadamente raros que aún se resisten a la razón, según ella misma más sabia. 

Viven también en estos parajes seres extraños que nosotros consideramos locos pero que, en aquellas tierras, son adorados como seres sobrenaturales. 

El espíritu oriental considera a estos santos desnudos como depositarios maravillosos de un genio más elevado que, desde el firmamento, se ha precipitado en el cuerpo humano, que ahora no sabe comportarse humanamente. 

Pues, según vemos, todas las cosas en el Mundo son ya de una u otra manera, según las observemos. La razón humana es un filtro maravilloso que, a su solo contacto, convierte todo cuanto existe de acuerdo con nuestros deseos.

Así, uno de estos santos desnudos vivía en una remota caverna o gruta, a cuyo lado corría un hilo de agua. Nadie podía decir cómo había llegado hasta allí. Como quiera que haya sido, su presencia se había notado desde hacía pocos años. Lo descubrió una caravana y, desde entonces, se sucedieron frecuentes peregrinaciones hasta su solitaria morada.

Este curioso ser no gozaba de paz ni en la noche ni en el día, tenía siempre la impresión de estar bajo el continuo zumbido de las rotaciones de la Rueda del Tiempo.

Nada podía hacer frente a ese ruido, nada podía proponerse. Un miedo inmenso lo agotaba en su trabajo continuo, impidiéndole también escuchar otra cosa que no fuese –en su incansable movimiento– el estrépito de la terrible rueda, la cual llegaba hasta las mismas estrellas o incluso las sobrepasaba. 

Como una cascada de caudalosas y retumbantes corrientes que caían desde el firmamento, derramándose para la eternidad, suspendida en el instante, carente del sosiego de un segundo, así sonaba en sus oídos, y sus sentidos todos se hallaban fijamente concentrados sólo en ella. La efusión de su miedo, cautiva cada vez más en el remolino de una salvaje confusión, era arrastrada a su yo interior, y los sonidos, mezclados unos con otros, se tornaban atrozmente indómitos. 

No podía descansar, día y noche se le veía en el ajetreo más laborioso y enérgico, como si intentara darle vueltas a una enorme rueda. De sus incoherentes frases podía sacarse en limpio que se sentía repelido por ella, que quería reforzar la veloz y desenfrenada rotación con todo el esfuerzo de su cuerpo, con objeto de que el tiempo no cayera en peligro de inmovilizarle un solo instante. Como se le preguntara qué estaba haciendo, gritaba entonces convulsivamente:

–¡Infelices! ¿No estáis oyendo la fragorosa Rueda del Tiempo?

Y acto seguido continuaba trabajando más desenfrenadamente aún, derramando sudor sobre la tierra, y con gestos desarticulados posaba la mano sobre su palpitante pecho, como si quisiera sentir el enorme engranaje de la perpetua marcha. Se enfurecía cuando los peregrinos llegaban a él y permanecían de pie, tranquilamente, observándolo o susurrando entre sí. 
 
Se estremecía apasionadamente al mostrarles la incontenible rotación de la perpetua Rueda del Tiempo, veloz, uniforme y regular. Crecía su cólera frente a aquellos que no sentían ni notaban nada del mecanismo, en el que estaban también engranados férreamente; los apartaba de sí cuando, en medio de su furor, alguien se le aproximaba demasiado.

Si no querían verse expuestos, tenían que imitar vivazmente su esforzado movimiento. Pero su enojo se volvía mucho más feroz y peligroso sí a su lado un desconocido emprendía cualquier trabajo físico, como sembrar en las proximidades de su caverna o bien arrancar yerbas o cortar ramas. Entonces, en virtud de que, hallándose bajo el terrible fluir del tiempo, alguien fuera capaz de pensar en estas míseras ocupaciones, él solía reírse inconteniblemente. 

Saltaba de su cueva como un tigre y, si llegaba a alcanzar a un infeliz, le arrancaba la vida de un solo golpe. Regresaba de inmediato a su caverna y con mayor vehemencia que antes, daba vuelta a la Rueda del Tiempo. Sin embargo, durante varios días seguía enfurecido; les hablaba a los hombres con frases sin sentido, reclamándoles cómo era posible que se ocuparan de otras cosas y emprendiesen trabajos tan indignos. 

No era capaz de alargar el brazo hacia cualquier cosa para tomarla con la mano, no podía dar ningún paso como otro cualquiera. Un miedo estremecedor lo recorría por dentro al intentar, aunque fuera una sola vez, interrumpir ese vertiginoso caos. 

Apenas en contadas ocasiones, cuando las noches lucían hermosas y la Luna se elevaba delante de su obscura gruta, se abrazaba de pronto a sí mismo, gemía y lloraba desesperado, pues el ruido de la gigantesca Rueda del Tiempo no lo dejaba en paz para que él, que era un santo, pudiera realizar y crear algo sobre la faz de la Tierra. 

En aquellos momentos sentía un anhelo por todo lo hermoso y desconocido, y hacía esfuerzos por levantarse y poner manos y pies en movimientos suaves y tranquilos, ¡pero todo esfuerzo era inútil! Buscaba algo especial, desconocido, que pudiera tocar y a lo cual quería entregarse. 

Aspiraba a salvarse de sí mismo dentro o fuera de sí mismo, pero ¡era imposible! Su desesperación y su llanto no podían ser mayores. Lanzando un fuerte bramido, se levantaba de un salto y empujaba de nuevo la tremendamente ruidosa Rueda del Tiempo.

Así continuó durante varios años, días y noches enteros. En cierta ocasión, en verano, en una hermosa noche de Luna llena, el santo estaba, como otras veces, en el suelo de su caverna, gimoteando y retorciéndose las manos. 

La noche era fascinante: en el azuloso firmamento las estrellas lucían como adornos dorados sobre un amplio y sólido escudo; de las claras mejillas del rostro de la Luna irradiaba una tenue luz bajo la cual la verde Tierra se bañaba. Las copas de los árboles emergían, bajo esa maravillosa iluminación, como nubes que navegaban sobre troncos, y las chozas de los lugareños se hallaban convertidas en obscuras figuras rocosas y en albeantes palacios fantasmagóricos. Los hombres, no más cegados por los rayos del Sol, vivían con sus miradas en el firmamento, y sus almas se reflejaban hermosamente en el celestial esplendor de la noche de Luna.

Dos amantes, que gustaban de abandonarse a las maravillas de la soledad nocturna, remontaron esa noche el río en un bote ligero, que pasó ante la caverna del santo. Los penetrantes rayos lunares habían alumbrado y diluido sus más íntimos y obscuros rincones en las almas de los amantes. Habían fundido sus sentimientos más delicados y, unidos, navegaban dentro de las ilimitadas corrientes. 

Desde su embarcación se esparcía una música etérea que flotaba ascendiendo hacia el espacio celeste. Dulces trompetas y algunos otros encantadores instrumentos recrearon un mundo de flotantes sonidos melodiosos y, a través de ellos, se escuchaba la siguiente canción:

 

Una ansiada y dulce lluvia 
recorre los campos y los ríos.
Tersos rayos de Luna preparan el tálamo 
a los arrobados sentidos del amor.
¡Ay! ¡Cómo murmuran las aguas! ¡Cómo reflejan
sus rizados hilos en la bóveda celeste!
Amor habita el firmamento,
como oleaje puro nos inflama
en una gloria luminar que no se encendería
si Amor no infundiera fortaleza.
Y, tocado por el hálito del Cielo,
Cielo, agua y Tierra se sonríen.
El claro de Luna se prolonga en las flores,
robadas por el sueño fueron las palmeras,
el follaje corona los santuarios
y, elevando sus tiernos suspiros,
desde su quimera, palmeras y flores,
hijas de Amor, esparcen todos sus sonidos.

 

A las primeras notas de la música y los versos, desapareció en el santo la frenética Rueda del Tiempo. Eran las primeras notas que se habían escuchado en esos solitarios parajes. El incierto anhelo se había cumplido dando fin al hechizo, el genio perdido se había librado de su envoltura terrenal. 

El cuerpo del santo desapareció; esta forma espiritual, bella como un ángel, tejida en ligeros perfumes, se elevó desde la cueva, alargó sus delgados brazos, pleno de ansiedad, hacia el Cielo, y fue ascendiendo acorde con la melodía de la música, en movimientos danzantes, hacia las alturas.

Cada vez más alto, hacia el firmamento, la eterna y diáfana figura flotó, elevada por los tonos suavemente ondulantes de las trompetas y el canto. Con alegría celestial, la figura danzaba aquí y allá, intermitentemente, sobre las blancas nubes que nadaban en el espacio aéreo, balanceándose cada vez más alto en rítmicos movimientos hasta que, finalmente, voló hacia los astros en espirales ascendentes. Entonces el firmamento se dejó oír a través de los aires con estruendoso clamor, puro y celestial, hasta que el genio penetró en su inmensidad.

Caravanas de viajeros admiraron la milagrosa aparición nocturna, y los amantes creían estar viendo al genio del amor y de la música.

Hurleburlebutxz - Hermanos Grimm

 Érase un rey que estaba cazando y se perdió; entonces se le apareció un pequeño hom­brecillo de pelo blanco y le dijo:
          -Señor rey, si me dais a vuestra hija me­nor, os sacaré del bosque.
          El rey, por el miedo que tenía, se lo prometió; el hom­brecillo le llevó por el buen camino, se despidió de él y cuando el rey se iba le gritó aún:
          -¡Dentro de ocho días iré a recoger a mi novia!
          En casa, sin embargo, el rey se puso muy triste por lo que había prometido, pues la hija menor era a la que más quería. Las princesas se lo notaron y quisieron saber qué era lo que le preocupaba. Finalmente tu­vo que admitir que había prometido que le daría a la más joven de ellas a un pequeño hombrecillo de pelo blanco que se le había aparecido en el bosque, y que éste iría a recogerla dentro de ocho días. Pero ellas le dijeron que se animara, que ya engañarían ellas al hom­brecillo.
          Después, cuando llegó el día señalado, vistieron a la hija de un pastor de vacas con sus vestidos, la sentaron en su habitación y le ordenaron:
          -¡Si viene alguien a recogerte, ve con él!
          Ellas, en cambio, se marcharon todas de la casa.
          Apenas se habían ido llegó al palacio un zorro y le dijo a la muchacha:
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          La muchacha se sentó en la cola del zorro y, así, se la llevó al bosque.
          Pero en cuanto los dos llegaron a un bello y verde lugar donde el sol brillaba bien claro y cálido, dijo el zorro:
          -¡Bájate y quítame los piojos!        
          La muchacha obedeció.
          El zorro colocó la cabeza en su regazo y empezó a despiojarlo.
          Mientras lo estaba haciendo dijo la muchacha:    
          -¡Ayer a estas horas el bosque estaba aún más her­moso!
          -¿Cómo es que viniste al bosque? -le preguntó el zorro.
          -¡Pues porque saqué con mi padre las vacas a pastar!
          -¡O sea, que tú no eres la princesa! ¡Móntate en mi ruda cola! ¡Volvemos al palacio!
          El zorro la devolvió y le dijo al rey:
          -Me has engañado: ésta es la hija de un pastor de vacas. Dentro de ocho días volveré a recoger a la tuya.
          Al octavo día, sin embargo, las princesas vistieron lu­josamente a la hija de un pastor de gansos, la dejaron allí sentada y se marcharon. Entonces llegó de nuevo el zorro y dijo:
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          En cuanto llegaron al lugar soleado del bosque, dijo de nuevo el zorro:
          -¡Bájate y quítame los piojos!
          Y mientras la muchacha estaba despiojando al zorro suspiró y dijo:
          -¿Dónde estarán ahora mis gansos?                                                                  -¿Qué sabes tú de gansos?
          -Mucho, pues todos los días los sacaba con mi padre al prado.
          -¡O sea, que tú no eres la hija del rey! ¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Volvemos al palacio!        
          El zorro la devolvió y le dijo al rey:
          -Me has vuelto a engañar: ésta es la hija de un pastor de gansos. Dentro de ocho días volveré y como enton­ces no me des a tu hija, te irá muy mal.
          Al rey le entró miedo y cuando volvió el zorro le dio a la princesa.
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          Entonces ella tuvo que marcharse montada en la cola del zorro, y cuando llegaron al lugar soleado le dijo a ella también:
          -¡Bájate y quítame los piojos!
          Pero cuando el zorro le puso la cabeza en su regazo la princesa se echó a llorar y dijo:
          -¡Yo que soy hija de un rey tengo que quitarle los piojos a un zorro! ¡Si ahora estuviera en mi alcoba, po­dría ver mis flores en el jardín!
          Entonces el zorro vio que tenía a la verdadera novia, se transformó en el pequeño hombrecillo de pelo blan­co, y aquél era ahora su marido y tuvo que vivir con él en una pequeña cabaña, hacerle la comida y coserle, y así se pasó una buena temporada.
          El hombrecillo, sin embargo, hacía cualquier cosa por ella.
          Una vez le dijo el hombrecillo:
          -Me tengo que marchar, pero pronto llegarán vo­lando tres palomas blancas, pasarán volando muy a ras del suelo. Coge la que esté en el medio y cuando la ten­gas córtale enseguida la cabeza, pero ten cuidado de no coger otra que no sea la del medio u ocurrirá una gran desgracia.
          El hombrecillo se marchó. Y no pasó mucho tiem­po hasta que, efectivamente, llegaron volando las tres palomas blancas.
          La princesa puso mucha atención, agarró la del me­dio, cogió un cuchillo y le cortó la cabeza. Pero en cuan­to cayó al suelo apareció ante ella un joven y hermoso príncipe, y dijo:
          -Un hada me encantó y me condenó a perder mi fi­gura humana durante siete años, al cabo de los cuales, convertido en paloma, pasaría volando al lado de mi es­posa entre otras dos palomas, y si ella no me atrapaba o si atrapaba a otra y yo me escapaba estaría todo perdido y ya no habría salvación para mí. Por eso te pedí que pusie­ras mucha atención, pues yo soy el hombrecillo canoso y tú mi esposa.
          La princesa se quedó entonces muy complacida y se fueron juntos a casa del padre, y cuando éste murió he­redaron su reino.