INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta hechizo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hechizo. Mostrar todas las entradas

El cuento de Omar y Dilaram - Wilhelm Raabe

–Doctor Hagen, usted que peregrinó por el desierto, ¡relátenos un cuento!

–¡Bravo! –gritó el científico–. La señorita Eugenia siempre tiene las ideas más sensatas. ¡Aligere usted los caballos y alivie al camello del aburrimiento! ¡Adelante, doctor! Ya me siento como si estuviera en la costa oriental del mar Rojo... Pero por favor ningún pensamiento morboso o de muerte, ¡se lo ruego, Hashid!

–Sí, ¡cuéntenos un cuento, doctor! –dijo Lida–. Como los que usted acostumbraba relatarme antes de dormir, cuando llegaba demasiado cansada de la ópera y me quedaba tensa. Cuente, pues...

–Bien. Sucede en un fantástico país de Oriente –dijo al momento Hagen–. Escuchen ustedes: hace muchos años, se hallaba un joven en la gran ciudad de Bagdad. Sentado, bajo la luz de la lámpara, descifraba un antiguo manuscrito cuyas letras estaban escritas con los caracteres más extraños. Un amigo suyo se lo había obsequiado como recuerdo de la maravillosa e increíble ciudad de Bizancio. 

Era entonces una hermosa noche de verano. La Luna se elevaba por encima de los jardines del califa, hacia la otra orilla del Tigris; en el azul obscuro de la noche flotaba radiante y pura. Un ligero airecillo transportaba el perfume de los árboles, rebosantes de pétalos, hacia la ventana. En ocasiones, alguna góndola cruzaba velozmente sobre la superficie lustrosa del agua y por momentos se escuchaba a lo lejos una lira y, de vez en cuando, la estrofa de una canción de pescadores. 

El joven lector se sintió un tanto extraño. De los pergaminos que leía surgía un Mundo maravilloso que lo envolvía. En el momento de llegar a un pasaje borroso, imposible de leer, levantaba la vista y sentía entonces como si tuviera que bajarla otra vez de inmediato, encima del rollo que leía, para no perder ese sueño encantador. Palpitaba allí un inmenso mar de exuberantes islas con temibles desfiladeros habitados por excelentes y hermosos nativos y horripilantes monstruos. 

Un pueblo pagano había destruido una ciudad grande y magnífica situada a las orillas del mar. En la corriente, las huestes lavaban sus armas teñidas de sangre, así como sus heridas; luego subieron a sus navíos, rumbo a su patria, cada líder agrupando a los suyos, todos cargados con su botín. 

Había en aquellas tierras un rey lo mismo amado que odiado por diosas y dioses, protegido y a la vez amenazado de quedar en la ruina; y, habiendo sido expulsado de una isla por la tempestad y habiéndose tragado el mar a sus hombres, relataba a otro rey sus aventuras y desventuras: cómo lo había amado una hermosa e inmortal deidad; cómo había luchado contra los monstruos, las olas y los gigantes; cómo había descendido al Averno para visitar a sus guerreros muertos, a los hombres y mujeres del pasado. 

El joven leía por momentos en voz alta la estrofa de una canción, como si se deleitara con el agradable sonido de las palabras, semejantes al fragor ondulante y melodioso de las armas, como si fuese el murmullo de las olas o el palpitar de un corazón humano.

–Alá, Alá –exclamó–. ¡Esto es hermoso, es magnífico! ¡Ay! Y pensar que yo sólo estoy aquí sentado con el corazón desbordante. Alá, Alá. Así llevan tan lejos tu nombre y el de tu Profeta a través de todos los mares y países.

Un fuego salvaje se reflejaba en los ojos del joven. Pero muy pronto se extinguió, tan rápido como se había encendido.

–¡Ah! –dijo, con voz sorda–. ¿No está también, al otro extremo de las márgenes del mar poniente, el gran Okbah? El condujo su blanco camello hacia el torrente de las aguas y exclamó: “Alá, tú eres testigo de que no me fue posible continuar más adelante”.

–Georg Wilhelm Friedrich Hegel y la filosofía alemana. ¡Brrr...! –dijo el científico, que se sentía muy feliz cuando podía darle una patada a la Idea absoluta.

Pero Hagen no se dejó interrumpir. Sonriente, continuó en seguida:

–¡Ah! Pero él pudo continuar –exclamó el joven lector–. ¿Acaso los jinetes del desierto no trajeron al rey noticias de los fieles, la nueva de que los soldados de Alá luchaban una vez más contra los hombres de piel blanca, lejos, muy lejos del brazo del mar en el poniente? Dios es grande... Se dirigen de nuevo hacia el Oriente, hacia el Sol naciente, y arremeten contra el enemigo. ¡Ay, y tener que estar aquí sentado marchitándose con una mujer del harem!

El joven se había sobresaltado; miraba a través de la superficie del río. Se apoyó con una mano en el borde de la ventana y unas lágrimas rodaron de sus ojos. De pronto, detrás suyo, una puerta se abrió y una muchacha entró cautamente a la habitación. 

Traía consigo un cesto con flores y frutas lleno hasta los bordes y se quedó de pie al ver al pensativo joven acodado en la ventana. Cruzó en silencio la alfombra, hizo a un lado los manuscritos extendidos sobre una tabla, depositó su aromática cesta y extrajo una rosa blanca. Sonriente, con el dedo en los labios, se acercó lo más callada que pudo al joven soñador y depositó la rosa en su mano, que él tenía puesta en el borde de la ventana. Asombrado, él se dio vuelta.

–¡Dilaram! –exclamó y entonces la hermosa niña lo abrazo.

–¿Otra vez triste, Omar? –preguntó ella–. ¿Qué te preocupa, amigo mío?

–Te equivocas, corazón, no estoy triste. ¿Qué habría de preocuparme?

–Pobres de los hipócritas en aquel Día, dice el sagrado Corán –dijo la muchacha–. ¿Habrás leído otra vez durante largas horas tus horribles y paganos libros que tratan de magia hasta olvidarte de todo lo que te rodea, y también de mí? –añadió ella, amenazándolo traviesamente con su índice.

–¿Quién te podría olvidar, niña? Eres para mí lo que el Sol para la Tierra.

–¡Tú, tú! –dijo la muchacha sonriendo y sentándose en el borde de la ventana, al lado del joven–. ¡Ven, platiquemos! ¡Qué hermosa está la noche, y cómo brillan las ondas del río! ¿Dónde tienes mi lira, pues no la veo?

–¡Aquí está! –dijo Omar.

–Gracias. ¡Pero qué cara has puesto! Avergüenzate ante mi velo... Escucha al ruiseñor... ¡bul, bul, bul! ¡Qué hermoso! ¿Quieres que cante?

–¡Canta la Alabanza al desierto, al inmenso desierto, la alabanza al inmenso mar!

–¡Ay! –dijo la muchacha, algo compungida–. No conozco el desierto ni el mar. Pero pon atención, voy a cantarte otra cosa.

Acarició con sus dedos las cuerdas del instrumento y empezó entonces con una, diáfana y tersa voz:

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué se unen los combatientes del Profeta?

¡De armas resuenan los mercados, de armas las calles!

¡El pueblo de Dios responde al llamado del gran califa!

¡A Oriente y Occidente van las multitudes de fieles!

¡El hombre deja a su mujer, el hijo a su madre!

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana!

¡En la ciudad del mar, temeroso está el rey de los francos,

y el de los persas rasga su vestido...! ¡Llora y se lamenta

la niña en la joven ciudad, a orillas del Tigris!

Los ejércitos del Profeta van a la batalla.

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana...!

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué ese regocijo en las calles de Bagdad?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¡Destrozada está la defensa de los persas y muerto el padre!

Inclinada está la cabeza del rey de los francos...

Muerto está el hermano...

Regocijo en las calles de Bagdad.

Sentada, la doncella llora...

¿Quién protege a la huérfana,

Quién consuela a la desamparada...?

 

La muchacha dejó caer la lira y su voz se perdió en apagados sollozos. Con mirada fulgurante, Omar tomó el instrumento y continuó la canción:

 

La arena de los caminos de Dios

reluce en el día del Gran Juicio...

Dichosos los combatientes en el Paraíso.

A la huérfana abandonada, la consuela ¡el amor...!

 

–¡El amor! –exclamó la muchacha entre lágrimas–. El amor, el santo amor. Es como la sombra que la palmera brinda al cansado caminante del desierto. ¡Para el niño abandonado, es como el agua para la gacela perseguida! Sagrado es el lugar donde nos encontramos, mi adorado. ¡Que la hora en la cual yo te vi por primera vez sea afortunada para todos los hombres y rebosante de bendiciones para toda la Tierra...!

–¡Dilaram! ¡Dilaram! ¡Paz de mi corazón! –exclamó el joven.

–¡Omar mío...! ¡Mira, tu frente se ha tornado alegre! Ahora tengo que irme. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches, querido!

–¿Ya quieres abandonarme? ¡Quédate conmigo!

–Notarán mi ausencia. ¡Buenas noches, buenas noches!

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Dulce soñar bajo el cielo nocturno del Oriente! ¡Grande es la ciencia de Makachefa, grande el arte de reconocer los sentimientos del corazón! ¡Poderosas las fuerzas con las que Alá se ha permitido conmover las almas de las personas...!

Omar tomó su rollo de debajo de las flores que Dilaram había llevado. Pero no volvió a leer más. Se le cerraban los párpados y su cabeza cayó sobre los almohadones del diván. Así dormitó. A través del río, el viento nocturno llegaba más fresco y más intenso. La lámpara llameaba como si estuviera próxima a apagarse. De un lado a otro, ondeaban los tapices bordados con arabescos de oro sobre sentencias coránicas...

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Grande es el poder de los que han sido creados por Alá...!

Una barca ricamente engalanada en oro cruzó velozmente la superficie del río, iluminada por la Luna. El agua refulgía en destellos de plata bajo los remos de los seis esclavos negros que la conducían. Una mujer, envuelta en amplísimos velos, descansaba sobre un hermoso almohadón en la popa de la góndola. Bajo los velos, la mirada de los negros y fulgurantes ojos asaeteaba hacia los muros de las casas y jardines próximos a la ribera del río.

La mujer se incorporó sobre su asiento bajo la ventana de Omar, y dijo:

–¡Aquí!

Los negros levantaron los remos y la barca permaneció inmóvil. De un salto, la mujer de los velos se puso de pie. Así se mantuvo, como una elevada figura, con la mirada fija en la arqueada e iluminada ventana de la casa del joven. En su duermevela, tembloroso, Omar se movió con el pecho agitado, como si buscara el alivio de una pesada carga que lo oprimía. La lámpara llameó por última vez antes de apagarse. Una lira resonó muy tenuemente a través del aire. El joven se despertó y escuchó...

¡Ésa no era la voz de Dilaram! Los tonos que llegaban hasta sus oídos eran más cálidos, más exuberantes, más salvajes y sensuales; dejaron su corazón estremecido. ¡Esa no era la paz de su alma, no eran las amorosas canciones de cuna! Era el lenguaje de la pasión, de la pasión salvaje, del instinto, que se consume como la llama.

–¡La diosa de la boca de fuego!

–¡Aquí está otra vez! –murmuró el joven–. ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿En qué le ha perturbado mi dichoso destino, mi paz? ¡Así viene cada noche, de manera que durante el día tengo que andar como en un sueño! ¡Pobre de mí!

Una silueta de hechizo lo atrajo irresistiblemente hacia la ventana. Inmóvil, la barca permanecía a poca distancia. Mudas, las gotas de los remos de la barca caían sobre el agua. Estrechamente envuelta en su albeante vestido, con el velo echado hacia atrás, la figura de la mujer se mantenía de pie. No se movió en el momento en que Omar apareció en el marco de la ventana. A sus pies estaba la lira con la cual lo había despertado...

–¡Pobre de mí! ¿Qué quiere esa mujer? ¿Qué quiere? –se decía Omar–. ¿Le hablaré...?

–¡Habla! –se oyó una voz, como si la extraña pudiera leer los pensamientos del corazón.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué perturbas mi vida?

La figura levantó el brazo en señal de saludo.

–¡Ven!

–¡No te conozco! ¿Eres una mortal? ¿Eres un hada?

–¡Ven!

–Me inspiras temor...

Como a una señal oculta, los remos se sumergieron de nuevo en el agua. La barca dio un lento viraje.

–¡Ya voy, ya voy! –exclamó el joven.

Se levantó precipitada y alocadamente, abalanzándose contra el borde de la ventana. Descendió entre las vides que circundaban el arco. La barca se acercó como una flecha hasta el muro de la casa. Vacilante, se acercó a la seductora figura, como abrazado por un vértigo...

–¡Mírame! –dijo la mujer–. ¡Yo... te amo!

Omar guardó silencio. Estaba fascinado por el destello de los ojos, que resplandecían como brasas negras, semejantes a los ojos del ángel de la Muerte.

–¡Expulsa su imagen de tu corazón! –dijo la mujer–. ¡Ella es una niña! Sígueme a mí... Me perteneces, eres mío...

–¡Paz de mi corazón, paz de mi corazón! –murmuraba Omar como en un sueño.

Un miedo infinito lo estremecía. Podría apuñalar a la hermosa mujer; tomó la empuñadura de su filosa daga en el cinturón... ¡Ella sonreía...! Dejó caer la mano, sentía como si el Mundo circundante, toda su vida anterior, todos sus esfuerzos y sus propósitos se hubiesen perdido. Estaba solo con ella. ¡Todo era... ella...!

–Has ansiado salir de tu limitado espacio –dijo la mujer–. Tú no me conoces... Sin embargo, piensa como si yo fuese el Mundo... la vida...

La barca se deslizó con lentitud hacia la corriente, pero cuando hubo llegado al centro del agua su velocidad aumentó hasta que, finalmente, se precipitó río abajo impulsada por los remos de los mudos y negros esclavos... ¡Se acabó! Perdidos estaban los pensamientos de gloria y honor. Olvidada la paz del hogar paterno... ¡Paz de mi corazón!... ¡Perdida! ¡Perdida...!

Se quedó recostado a sus pies, su cabeza descansaba en su regazo. Su mano jugaba con sus rizos, ella le susurraba palabras al oído... Con los ojos cerrados, ignoraba el destino al que ella lo conducía. En esos momentos, él únicamente vivía bajo el hechizo mágico de su voz. Al abrir los ojos, vio encima suyo el negro cielo nocturno engalanado con el esplendor de las estrellas de Oriente. 

Vio inclinarse sobre sí su hermoso y magnífico rostro, entonces pálido bajo la luz de la Luna; miró muy de cerca sus ojos negros, semejantes al destello de las estrellas. Entonces se estremeció, estaba convertido en un niño carente de voluntad. Nada de él había quedado. ¡Todo era ella!

–¡Soy tuyo! ¡Soy tuyo! –murmuró, mientras ella sonreía.

–¡Ahora te conozco! –dijo él–. Eres la mágica reina Labe, la reina de los espíritus. Tú eres la vida, la libertad. Tú eres... ¡Ay, me vas a matar, lo sé, pero me amas... una noche... una hora!

Ella sonreía mientras la barca proseguía su rumbo.

Maravillosas son las noches de verano a orillas del Tigris...

Donde el Diala del desierto mezcla sus tibias aguas con las del gran río, un pobre pescador sacaba sus redes desde la orilla; sin prestarle mucha atención a sus presas, las dejaba caer sobre la tierra. Más tarde, vio en una olla del río flotar un cadáver hasta que quedó atrapado en un juncal de la orilla...

–Alá –exclamó el hombre–. ¡Qué joven y hermoso! –meneó la cabeza al arrastrar el cuerpo hacia la orilla.

Era notorio que estaba acostumbrado a semejantes cosas. Con ávida mano, despojó al cadáver de sus vestidos y le extrajo la daga del corazón. Desvalijado de esa manera, el pescador lo devolvió a las aguas con una patada.

–¡Vete! –dijo–. ¡Que Alá guíe tu alma al lugar de la piedad!

El cadáver siguió flotando hacia Seleusis, a la cual los fieles de hoy llaman Al-Modaín. Y paz de mi corazón.

–¿Qué le ocurre, señorita Lida? –exclamó el científico, levantándose precipitadamente y un tanto asustado.

–¡Luz, luz! –gimió la cantante con un miedo indescriptible en su voz–. ¡Por Dios, enciendan la luz!

Ninguno de los allí presentes se había dado cuenta de que, durante el fantástico relato del médico, había caído por completo la noche.

–¿Qué ha hecho usted, Hagen? –exclamó Ostermeier–. ¡Oh, Isis y Osiris! Esto sucede cuando uno escucha tales cuentos de fantasmas... 

Terror en el espacio (Capítulo 1) - Leigh Brackett

Capítulo 1 

Lundy conducía con sus propias manos el convertible aeroespacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de los pies y la mitad superior aún más insensible, con excepción de dos dolores separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el otro en la cabeza.

Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.

Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a Farrell.

Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas exclamaciones que nada significaban.

Luchaba y se debatía a causa de aquello.

En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.

A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar a toda su inteligencia y valor para devolver aquéllo a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar también consigo mismo.

El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.

Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su cansancio... porque aquello permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte, esperando que alguien se desmoronase.

Farrell se había desmoronado completamente, desde luego, pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas sean completamente falsas...»

Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan innumerables secretos de su vida pretérita.

Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras y tranquilas.

Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía socorro.

–Tengo frío –dijo Smith–. Oye, enanito.

Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos obscuros y una sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día de año nuevo.

–Tienes frío, ¿eh? –dijo con voz ronca, pasándose la lengua por los labios empapados de sudor–. ¡Tanto mejor! Eso es lo que necesitamos.

Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y claros y una tez que parecía cuero reseco.

–En Mercurio, donde nací –dijo– el clima es adecuado para los seres humanos. Vosotros, los pisaverdes del Viejo Mundo... –se interrumpía, palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados–: ¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
–Te salvarás –le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de los Montes de la Nube Blanca.

Lundy aún recordaba con horror lo sucedido.
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.

Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablos!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No dejará nunca de chillar?»

Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado, muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.

Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se dirigía hacia Vhia. Quizá aquello ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se estrellase.

El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.

Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.

Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo mirase.

A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.

Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus. Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell, que causó muertes y cosas aún peores.

Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo discernir.

Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa. Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado «La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».

Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para ellos les bastaba con ver a... Ella. Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.

Ella constituía un verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso ser que lo tenía hechizado.

Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
–Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un azogado.
–No puedo dejar los mandos, Jackie.
–Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.

Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico. Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban convenientemente.
–Muy bien –Lundy tendió la mano para cerrar el interruptor señalado con una A. –Pero dejaré que Miguelito se encargue de dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de estallar.

Miguelito, el piloto automático, se convertía en una verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.

Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.

Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la cabeza. Lundy le gruñó:
–¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y déjame tranquilo!

Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus nervios.

Farrell había dejado de gritar.

Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.

Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy se detuvo, presa de súbita inmovilidad.

En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni siquiera humanos.

Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de sangre, pero esto a él no parecía importarle.
–He roto las correas –dijo, dirigiendo una sonrisa a Lundy–. Ella me llamó y rompí las correas.

Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
–Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en el cofre. Tiene frío y quiere salir.

Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
–Tú la has visto.
–No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.

Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que estaba llorando.
–Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
–Ábrelo, enanito –susurró–. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa.
–No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó. Se volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese a llorar.
–¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti. Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
–Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.

Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.

Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible bailaba como una hoja en brazos del huracán. El mecanismo automático de seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.

Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo se entendía Ella y plegó su asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.

Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en dirección al cofre.

La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje, sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.

Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta, gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.

La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre aquel negro mar.

El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.

Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeños dragones marinos agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía hasta. las profundidades.

Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.

(CONTINUARA...) 

La señorita Cubbidge y el dragón del romance - Lord Dunsany

Esta historia se cuenta en los balcones de Belgrave Square y entre las torres de Pont Street; los hombres la cantan al anochecer en Brompton Road.

Poco antes de su decimoctavo cumpleaños, la señorita Cubbidge, que vivía en el número 12A de Prince of Wales' Square, pensó que antes de que otro año pasara de largo ella perdería de vista aquel deforme rectángulo que por tanto tiempo había sido su casa. 

Y si además le hubieran dicho que en ese mismo año se habría desvanecido de su memoria cualquier vestigio de aquella supuesta plaza y del día en que su padre fue elegido por abrumadora mayoría para tomar parte en la dirección de los destinos del imperio, simplemente habría dicho con esa voz afectada que tenía: "¡Sí, ya!".

La prensa diaria no dijo nada al respecto, la política del partido de su padre no lo había previsto, no apareció ni por asomo en las conversaciones de las reuniones vespertinas a las que acudía la señorita Cubbidge: nada hubo que le avisara de que un repugnante dragón de escamas doradas, que agitaba al andar, surgiría limpiamente de la flor y nata del romance y atravesaría Hammersmith de noche (por lo que sabemos), y vendría a Ardle Mansions, para luego torcer a la izquierda, lo que le conduciría por supuesto a la casa del padre de la señorita Cubbidge.

La señorita Cubbidge se sentó al atardecer en su balcón completamente sola a esperar que a su padre le nombraran baronet. Llevaba botas, sombrero y un traje de noche escotado; pues un pintor estaba haciendo su retrato en aquel momento, y ni ella ni el pintor vieron nada raro en la extraña combinación. Ella no reparó en el estruendo de las escamas doradas del dragón, ni distinguió por encima de las múltiples luces de Londres el insignificante brillo rojo de sus ojos. 

De pronto levantó la cabeza, un resplandor dorado, hacia el balcón; no parecía un dragón amarillo, pues sus relucientes escamas reflejaban la belleza que Londres únicamente luce al atardecer y por la noche. Ella gritó, mas no a un caballero; no sabía a qué caballero llamar, ni adivinaba dónde estaban los vencedores de dragones de los lejanos tiempos románticos, ni cuáles eran las piezas más poderosas que ahora perseguían, o las batallas que libraban; tal vez estuviesen ocupados todavía al servicio de Armageddon.

En el balcón de la casa de su padre en Prince of Wales' Square, pintado de gris oscuro y cada año más ennegrecido, el dragón, desplegando sus rápidas alas, alzó a la señorita Cubbidge y Londres desapareció como una moda anticuada. Y desapareció Inglaterra, y el humo de sus fábricas, y el sonoro mundo material que despliega gran actividad alrededor del sol, agitado y perseguido por el tiempo; hasta que aparecieron las eternas y antiguas tierras del romance, que permanecían ocultas bajo los mares místicos.

No os imaginaríais a la señorita Cubbidge acariciando distraídamente con una mano la cabeza dorada de uno de los dragones de la canción, mientras con la otra jugaba de cuando en cuando con perlas procedentes de solitarios parajes marinos. 

Llenaron de perlas enormes conchas de haliotis y las pusieron a su lado; le llevaron esmeraldas que ella se apresuró a ostentar entre las trenzas de su larga cabellera negra; le llevaron zafiros ensartados para su manto; todo eso hicieron los príncipes de fábula y los elfos y gnomos de la mitología. 

Y, aunque todavía estaba viva, también formaba parte del pasado y de aquellos sagrados cuentos que las nodrizas contaban cuando los niños se portaban bien, y había llegado la noche y el fuego estaba encendido, y el suave golpeteo de los copos de nieve en el cristal era como la huella furtiva de las espantosas criaturas de los antiguos bosques encantados. 

Si al principio ella echó de menos aquellas primorosas novedades entre las cuales se había criado, el viejo y competente cántico del mar místico celebrando la tradición de las hadas la apaciguó momentáneamente y acabó por consolarla. 

Incluso se olvidó de aquellos anuncios de píldoras que son tan queridos en Inglaterra; incluso olvidó los tópicos políticos y las cosas de las que se suele discutir, y aquellas de las que no; y por fuerza debió contentarse viendo navegar enormes galeones cargados de oro para Madrid, y la divertida calavera y las tibias cruzadas de los piratas, y el diminuto nautilo saliendo al mar, y los navíos de los héroes que circulan por los romances o de los príncipes que buscan islas encantadas.

No fue con cadenas como el dragón la retuvo allí, sino con un sortilegio de los de antaño. Para aquellos a los que durante tanto tiempo las facilidades de la prensa diaria les han sido concedidas, los sortilegios han perdido todo su encanto -habría que decir- así como, al cabo de un tiempo, los galeones y todas las cosas anticuadas. Al cabo de un tiempo.

Pero ella no sabía si habían pasado siglos o años o nada de tiempo en absoluto. Si algo indicaba el paso del tiempo, era el ritmo de los cuernos de los elfos ascendiendo a las alturas. Si los siglos pasaron para ella, el sortilegio que le ataba le dio también juventud eterna y mantuvo siempre encendido el farol a su lado, y libró del deterioro al palacio de mármol situado frente al mar místico. 

Y si el tiempo no pasó por ella, su único momento en aquellas maravillosas costas se convirtió, por así decirlo, en un cristal que reflejaba miles de escenarios. Si todo fue un sueño, fue un sueño que no conoció comienzo ni se desvaneció. La corriente siguió su curso cuchicheando misterios y mitos, mientras cerca de aquella dama cautiva, dormido en su tanque de mármol, el dragón dorado soñaba. 

Y no muy lejos de la costa, todo lo que soñaba el dragón se veía borrosamente en la neblina que cubría el mar. Nunca soñó con ningún caballero salvador. Mientras soñaba, llegó el crepúsculo; mas cuando salió ágilmente de su tanque, cayó la noche y brillaron las estrellas en sus chorreantes escamas doradas.

Tanto él como su cautiva vencieron allí al Tiempo, o nunca se enfrentaron del todo a él. Mientras tanto, en el mundo que conocemos hacía estragos Roncesvalles u otras batallas todavía por venir... desconozco qué parte de los romances le contó a ella. 

Tal vez se convirtiese ella en una de esas princesas de las que nos hablan las fábulas amorosas, mas baste decir que vivía allí junto al mar; y gobernaron reyes y demonios, y volvieron de nuevo los reyes, y muchas ciudades retornaron a su polvo originario, y ella permaneció todavía allí, y su palacio de mármol no pasó aún a mejor vida, ni la fuerza del sortilegio del dragón.

Y tan sólo en una ocasión llegó hasta ella un mensaje del mundo que conocía de antiguo. Llegó en un barco nacarado a través del mar místico; procedía de una antigua amiga del colegio que había tenido en Putney, simplemente una nota, no más, con letra pequeña, clara y redonda. Decía:

"No es propio de ti estar allí sola".

La piedra del diablo - Beatrice Heron-Maxwell

 Declinaba ya una tarde templada y crepuscular de un día particularmente cálido, vaporoso y apacible en Aix-les-bains, en Saboya, cuando atravesé el jardín del hotel dispuesta a dar un lánguido paseo por las calles de la pequeña ciudad. Estaba harta de no tener nada que hacer ni nadie con quien hablar; los otros huéspedes del hotel eran en su mayoría extranjeros y, al margen de eso, carecían por completo de interés; en cuanto a mi padre, era casi como si no existiera para mí en ese momento, hasta que su «camino» hubiese terminado. Se pasaba el día, desde primera hora de la mañana hasta que la tarde lo cubría todo de rocío, sumergido en el agua, por fuera, por dentro o de las dos formas; y más allá de alguna ocasión en que lo veía fugazmente, ataviado con un traje que le daba apariencia de jeque árabe y llevado en silla de manos con gran pompa hacia los baños o de vuelta de ellos, yo era, metafóricamente hablando, huérfana hasta la table d’hôte.

Cuando cruzaba la terraza, alguien se levantó de una tumbona y, dejando a un lado el libro que estaba leyendo, dijo:

—¿Dónde va, señorita Durant? ¿Me permite acompañarla?

—Si le apetece —respondí, con tanta cortesía como indiferencia—; solo voy a buscar cucharas.

—A buscar ¿qué?

—Cucharas. Las colecciono, ya sabe; una afición como cualquier otra… Y siempre puede uno regalarlas si se cansa de ellas.

Paseamos, pues, uno al lado del otro; y al poco empecé a sentirme menos aburrida, y más reconciliada con las tribulaciones de la existencia, y, finalmente, divertida, interesada y halagada.

Aquel hombre de mediana edad de aspecto apacible —a quien mi padre me había presentado dos días antes como un amigo suyo, y al cual yo había catalogado mentalmente como «bastante agraciado, quizá inteligente, posiblemente presuntuoso y probablemente casado»— se estaba mostrando simpático como solo puede hacerlo un hombre cultivado, refinado y con mucho mundo que desea causar una impresión favorable; poco a poco, me descubrí reconociendo que su rostro oscuro e intelectual, con su corona de pelo ondulado y de color gris hierro, era algo más que agraciado, y que su inteligencia era suficiente para llevarlo más allá de la presunción, aunque, al parecer, no lo colocaba por encima del placer más que evidente que le procuraban la compañía y la conversación de una joven. 

Ya había tomado nota de casi todos mis gustos y ocupaciones, y me sonsacó, valiéndose de una empatía magnética, algunas confesiones acerca de mis aspiraciones y pensamientos más íntimos; a cambio, él me contó que viajaba con desaliento en busca de reposo, atendiendo a una orden imperiosa de su médico, y que lamentaba su solitaria soltería, cuando mi atención quedó atrapada por unas extrañas cucharas medio ocultas entre otros insulsos objetos de plata en el escaparate de una desolada tiendecita a la que nuestros pasos sin rumbo nos habían conducido por callejuelas estrechas y sombrías.

—Me gustaría saber cuánto cuestan —dije; y, pidiéndome que esperase fuera, el coronel Haughton desapareció en el oscuro interior de la tienda.

Yo me quedé mirando un momento a través del escaparate, y después, impelida por no sé qué vano impulso, seguí caminando lentamente.

El sonido de una ventana abriéndose por encima de mi cabeza y una risa de mujer me detuvieron, y alcé la vista. Era una risa extraña: baja y controlada, pero que encerraba una burla maliciosa que parecía el remate apropiado para un discurso mordaz; y justo detrás de la celosía abierta, con los brazos apoyados en el alféizar y la barbilla ligeramente reclinada sobre las manos entrelazadas, estaba la mujer más bella que he visto nunca. Apenas alcancé a ver su pelo castaño rojizo sobre una blanca frente, sus ojos como pensamientos marrones y sus labios partidos, que parecían pétalos escarlatas sobre la perfecta palidez de sus mejillas redondeadas, pero ha quedado fotografiada para siempre en mi cabeza. Pues, mientras la miraba, la mano y el brazo de un hombre, bronceado, delgado y muy ágil, con dedos nerviosos, en uno de los cuales brillaba una piedra verde, rodeó su cuello y le hundió una daga en el corazón. La sonrisa tembló en los bonitos labios antes de congelarse, pero de estos no salió ningún sonido, y los ojos se le pusieron en blanco y se cerraron; mientras se tambaleaba en la ventana abierta, el hechizo que me tenía paralizada se rompió y salí huyendo con un grito aterrado. Corrí y corrí —ciega, loca, desesperadamente—, sin sensación ni pensamiento ni emoción alguna salvo un miedo irrefrenable. Una niebla roja pareció cerrarse en torno a mí, y mientras luchaba contra ella sentí que me fallaban las fuerzas, y todo se quedó negro y en calma.

Percibí una voz que hablaba en esa oscuridad, el tacto de una mano en mi cara, un destello de luz, la dolorosa sensación de que alguien estaba sufriendo, y luego recobré la conciencia y la memoria. Mi padre estaba inclinado sobre mí con rostro preocupado, y su voz, como si hablase desde una gran distancia, dijo:

—Theo, ¿te encuentras mejor, cariño? No, no te levantes; descansa, y tómate esto.

Volví a recostarme, y comprendí vagamente que estaba en mi habitación del hotel, y que había allí un desconocido, médico sin duda. Me encareció que guardase reposo absoluto hasta que me visitase de nuevo, y pidió que se le informase de inmediato si se repetían los desmayos. Más adelante, cuando yo estuviera en condiciones de explicar la causa de aquel ataque, podría recetarme algo. La luz del crepúsculo luchaba por entrar a través de las cortinas, y supe que debía de haber estado muchas horas inconsciente. Con el esfuerzo de borrar todos los recuerdos de la terrible escena que había presenciado, vino el aletargamiento, y, poco después, un sueño profundo y tranquilo.

Varios días de reclusión y reposo me devolvieron parcialmente la salud y el ánimo, y empecé a pensar que lo ocurrido no había sido más que una especie de sueño diabólico, un horror que sería mejor olvidar. Mi padre, cuando escuchó mi historia, se mostró incrédulo al principio; después, impresionado a su pesar por la seriedad con que se lo conté, decidió creerme a regañadientes, pero me suplicó que no se lo contase a nadie. No consiguió encontrar ninguna noticia sobre un asesinato en los periódicos locales, ni pudo determinar si el trágico suceso que yo había presenciado había ocurrido en realidad, y, como no quería ver mezclado mi nombre en ninguna investigación, dejó correr el asunto. 

No volví a hablarlo con él, pero el recuerdo no desapareció del todo. Me atormentaba la visión de aquel rostro adorable, y el sonido de aquella risa con su espantoso desenlace. También di en pensar que aquella cara me resultaba en cierto modo familiar; me pasaba horas tumbada con los ojos cerrados, intentando en vano averiguar a quién se parecía. En esas reflexiones andaba enfrascada un día cuando salí de mi ensoñación y me topé con mi propio reflejo en un espejo colgado en la pared de enfrente. Me quedé mirándolo fijamente, sin aliento, mientras un terror nuevo se apoderaba de mí. Allí estaba el parecido que andaba buscando: el pelo castaño rojizo, los profundos ojos negros, la cara pálida con labios rojos partidos. No tan bonita, quizá, como la que había visto en la ventana; de hecho, cuando comprendí poco a poco que estaba mirándome a mí misma, no vi belleza en aquellos rasgos conocidos; pero sí parecido: ¡un parecido extraordinario y terrible! Y fue entonces cuando empecé a dudar por primera vez de la realidad de mi visión, y a esperar con impaciencia que al recuperar las fuerzas se borrase de mi cabeza. Decidí poner fin al descanso y las ensoñaciones, y esa tarde bajé al jardín.

—¡Por fin! —dijo el coronel Haughton, cogiéndome las dos manos—. Creí que no volveríamos a verla. He estado reprochándome haberla cansado en exceso aquel día… y haberla dejado sola; no tenía intención de alejarme de usted más que un momento, y quiero explicarle por qué me entretuve. Cuando salí y vi que no estaba, pensé que habría vuelto aquí, y me apresuré, con la fortuna de que la encontré un segundo antes de que se desmayase. Su padre me ha dicho que ha tenido un poco de malaria, y espero… Pero la estoy angustiando, señorita Durant; la estoy agotando. Permítame que le busque una silla cómoda y la deje descansar.

—No, no —grité ansiosamente—; quédese. Dígame, ¿dónde consiguió ese anillo?

En su dedo brillaba una extraña piedra verde que parecía idéntica a la que había visto en la mano que empuñaba la daga.

—Eso es precisamente lo que quiero contarle —dijo—. Después de comprarle las cucharas, vi, en un estuche tallado, este anillo. Es una piedra muy peculiar. Como puede comprobar, ahora mismo parece desprovista de brillo; sin embargo, puede llegar a relucir con el esplendor de un diamante. Y en la parte de atrás lleva tallada parte de la cabeza de una serpiente. Solo he visto otro anillo como este, y fue hace muchos años en un templo de la India. La llamaban la Piedra del Diablo y le rendían admiración. Me contaron, además, su historia. La había descubierto un santo varón hacía varios siglos, engastada en una reliquia sagrada, y le había construido un santuario, de donde la robaron. En el siguiente capítulo de su historia, un marajá la dividió en dos partes iguales y encargó que se hicieran con ellas dos anillos, uno de los cuales lo llevaba siempre puesto, y el otro se lo regaló a su maharaní, a la que amaba con locura. Un día descubrió que ella ya no lo llevaba en el dedo y, en un arrebato de celos, la mató y se suicidó. Su anillo pasó a manos de los brahmanes, pero el de ella no se encontró nunca. 

Ellos dicen que antes o después los dos anillos volverán a unirse, y que hasta entonces el anillo perdido llevará a cabo su misión, que, según se cree, es impulsar a su portador a cometer actos violentos y a destruirse a sí mismo; y, cuando el espíritu maligno que hay en su interior está satisfecho, el anillo resplandece. Dicen también que, si te deshaces de él, te desprendes también de toda la felicidad de tu vida y pierdes la oportunidad de volver a conseguirla nunca. Sin embargo, si lo llevas puesto, toma las riendas de tu destino. En cuanto lo vi, reconocí en él el anillo perdido, y le pregunté al hombre por cuánto lo vendía. Pero se negó a darme un precio; dijo que no estaba a la venta, de modo que me fui, porque no quería hacerla esperar más; pero volví al día siguiente y logré que me lo vendiera. El hombre, un anciano italiano bastante peculiar, se mostró muy reticente, pero parecía haber hecho algunas averiguaciones sobre la leyenda del anillo, y me dijo que estaba «maldito», y que no era aconsejable ni venderlo ni llevarlo. A él se lo había vendido un compatriota suyo, dijo, un hombre con una oscura historia, demasiado dispuesto siempre a echar mano de su navaja, y que había acabado mal. Le dije que lo robaría, y que podía cobrarme lo que quisiera por otros artículos que le comprase, y así fue como resolvimos el dilema.

—¿No tiene miedo de llevarlo? —pregunté—. Me estremezco solo de verlo. Encierra algún tipo de hechizo, estoy segura.

—No le tengo miedo a nada —dijo con ligereza—, excepto a su desagrado, señorita Theo. Si le molesta, me lo quitaré, pero he de confesarle que siento una gran fascinación por él. No creo en supersticiones, pero me gusta la piedra por su antigüedad y su curiosa historia. Algún día se lo enviaré a mis amigos los brahmanes; mientras tanto, no me inspira ninguna propensión maligna, y, dado que le ha interesado, estoy satisfecho con él de momento.

Así pues, resolví alejar de mis pensamientos el anillo y su historia y puse toda mi atención en el nuevo aliciente que había surgido en mi vida. Los siguientes días transcurrieron tan felizmente, y me resultaba tan natural que Lionel Haughton estuviera siempre a mi lado que no me paré a preguntarme la razón de nuestra estrecha relación…, aunque creo que, en mi fuero interno, la sabía. Y cada día, cada hora que pasaba con él, nos acercaba más y nos unía con lazos que no sería fácil romper.

—Haughton ha mejorado una barbaridad —dijo mi padre un día— desde que lo conocí hace muchos años; su hermano era un gran amigo mío, y a él no lo traté demasiado; al parecer, ha pasado buena parte de su vida en la India, e imagino que su salud se ha resentido. Supongo que no volverá allí. Tengo que convencerlo de que venga a visitarnos cuando estemos en casa, ¿no crees, Theo?

Una tarde, cuando nuestra estancia llegaba a su fin, pensamos en ir al casino y probar mi suerte en el juego.

—Siempre tengo suerte en lo que depende del azar —dije—, y me temo que no he aprovechado esa cualidad desde que llegué aquí. Vayamos a apostar esta noche, y ganaré una fortuna para todos nosotros.

Esa noche, sin embargo, el coronel Haughton no nos acompañó como de costumbre en la table d’hôte, y más tarde me llegó una nota suya en la que me informaba de que se había sentido indispuesto, pero que ya se encontraba mejor y se reuniría con nosotros en el casino. Era la primera vez en mi vida que apostaba, y pronto resultó evidente que mi profecía sobre mi suerte se estaba cumpliendo: gané, y gané, y gané otra vez, hasta que tuve ante mí un montón de oro y billetes que me convirtió en el centro de las miradas de toda la mesa. Jugaba de modo temerario, y, aun así, no había forma de que perdiera, hasta que mi atención se vio distraída de pronto por la llegada del coronel Haughton, que se inclinó por encima de mi hombro y dejó su apuesta al lado de la mía. Al hacerlo, tuve la impresión de que el anillo emitía un leve destello, y sentí como si mi despreocupada buena fortuna me hubiera abandonado. Ahora quería ganar, mientras que antes había apostado solo por la emoción, con el verdadero espíritu del jugador. Sin embargo, a partir de ese momento perdí. Él también perdió, grandes sumas, tan grandes que me pregunté si sería tan rico como para tomárselo con la filosofía con que parecía hacerlo. No obstante, tanto había ganado yo al principio que, aunque muy mermada, seguía siendo una pequeña fortuna lo que me llevé cuando abandonamos las mesas.

—Me ha traído usted mala suerte —le dije al coronel Haughton cuando volvíamos caminando al hotel—. ¿Sabe?, creo que fue su anillo.

—No volvería a ponérmelo nunca si pensara eso —respondió. Después, cuando llegamos al jardín y mi padre entró en el salón, dijo—: Theo, espere un segundo. Tengo algo que decirle. Querida, la amo; la amo más que a mi vida: ¿intentará sentir un poco de afecto por mí a cambio? Quiero que sea mi esposa. ¡La adoro!

¡Oh, Lionel! ¡Querido! ¡No hacía falta que me aseguraras tu amor para tener la certeza del mío por ti! Si alguna vez las puertas del cielo se han abierto a ojos mortales, esa noche estaban entreabiertas para nosotros; el jardín iluminado por las estrellas se convirtió en un auténtico Edén, por el que caminamos con asombrado regocijo, y no nos paramos a pensar en un ángel con espada de fuego que esperaba en silencio para sacarnos de nuestro paraíso y llevarnos a la oscuridad exterior.

Todavía no eran las doce cuando empezamos al día siguiente el ascenso al Dent du Chat, uno de los picos de montaña que dominaban Aix.

—Me siento como si tuviera alas y tuviera que elevarme a una atmósfera más alta —dije alegremente—. Dado que no podemos volar, escalemos. Quiero llegar a lo alto de la montaña contigo, y dejar el mundo a nuestra espalda. Vamos.

Íbamos a recorrer una parte del camino a caballo, para desmontar después y alcanzar el punto más alto a pie. Llevábamos tres guías que nos seguían sin prisa, hablando y gesticulando entre ellos, sin prestarnos demasiada atención, si no era para incitar a las mulas con un potente grito cuando nos aproximábamos a una curva peligrosa del sinuoso sendero, lo que tenía el efecto de crear una momentánea sensación de incertidumbre y peligro en lo que, por lo demás, era un ascenso tranquilo. No nos disgustó cuando, al cabo de dos o tres horas avanzando de esta forma, los guías nos dijeron que debíamos hacer un alto y que se quedarían a cargo de las mulas hasta que volviéramos. Era una subida bastante ardua, y el sol caía a plomo sobre nosotros, pero nos sentimos recompensados cuando, cerca ya de la cima, llegamos a una meseta en la que pudimos descansar, mientras una brisa fresca procedente de los lejanos picos nevados nos reanimaba.

—Aquí tienes un sillón listo para ti —dijo Lionel, llevándome a un mullido lecho de musgo a la sombra de un alto saliente de roca. Un par de metros más allá, la escarpada ladera de la montaña descendía, vertical e intransitable, hasta casi el pie, terminando en un barranco oscuro y estrecho entre dos cadenas de montañas. Muy abajo, a nuestra izquierda, se acurrucaba Aix, y a su lado, el lago Bourget, con su isla monasterio rodeada por aguas tan azules como las del propio lago Lemán.

—¡Qué preciosidad! —exclamé—. Hasta ahora no sabía lo bonita que puede ser la vida.

—Ni yo —respondió él—; he estado esperando a que mi esposa me lo enseñara.

Entonces me habló de su vida en la India, y de las muchas aventuras que había vivido, y por último me habló otra vez del anillo y de mi extraña y repentina enfermedad aquel día.

—Algún día te hablaré de eso —dije—, y de por qué tengo un extraño sentimiento de rechazo al anillo. Me gustaría que no lo llevases; sin embargo, ahora que lo tienes en tu poder, tengo el mal presentimiento de que, si te deshaces de él, se vengará de ti de alguna forma. Estoy segura de que lo vi brillar anoche cuando las cartas se volvieron contra nosotros. Tuviste una suerte pésima.

—Desafortunado en el juego, afortunado en el amor —citó; pero advertí una sombra en su rostro—. ¿Qué has hecho con tu fortuna, pequeña jugadora? Todavía no te ha dado tiempo a gastarla.

—Aquí está —dije, sacando mi monedero, donde había embutido los billetes—; pero le he cogido manía… Creo que debería darlo. Preferiría ser afortunada en otro sentido —y lo dejé a mi lado en la hierba.

—Mandaré el anillo a la India el día de mi boda —exclamó Lionel—; hasta entonces, ¿lo llevarás por mí? —Y, quitándoselo de su dedo, se dispuso a ponerlo en el mío.

Pero no le dejé hacerlo, y, dejándolo encima de los billetes de banco, dije:

—¡Es una contradicción! ¡Buena suerte y mala suerte lado a lado! Dejémoslas ahí —añadí, medio en broma, medio en serio— y empecemos de cero.

De repente me dio la espalda, y, temiendo haberle ofendido, puse mi mano en su brazo; pero él se la quitó de encima con un leve movimiento, y entonces me di cuenta de que estaba muy pálido, y de que su respiración era rápida y corta, y de que sus ojos tenían una expresión extrañamente preocupada y concentrada.

—Lionel, ¿estás enfermo? —grité—. ¿Qué te pasa, amor mío? ¿Qué puedo hacer por ti?

—No es nada —dijo débilmente, pero su voz había cambiado—: se me pasará. Volveré con los guías y beberé un poco de agua. Espera aquí hasta que vuelva.

—Déjame acompañarte —le rogué, pero él negó con la cabeza y dijo que se encontraba mejor y que se recuperaría del todo si hacía lo que me pedía; y así empezó el descenso. Yo lo observé durante un rato, hasta que lo perdí de vista en un recodo del sendero, antes de volver a mi asiento. Pero el sol se había puesto y todo parecía frío y oscuro, y un sentimiento grave y gris me oprimía el corazón. Estaba muy sola sin él, y el tiempo pasaba lento y triste, hasta que la quietud y la incertidumbre me resultaron insoportables.

Decidí que esperaría solo cinco minutos más antes de ir a buscarlo, y me recosté y cerré los ojos, superada por el cansancio. Sufrí una especie de desfallecimiento, pues estaba agotada, y el cambio repentino de la felicidad más absoluta a esta angustia, esta indefinible preocupación, me había dejado helada y aturdida.

Puede que hubieran pasado solo unos pocos minutos, o quizá más (no sabría decirlo), cuando fui consciente de pronto de que, aunque no había oído pasos, tenía a alguien cerca. Me quedé completamente quieta y escuché con atención, y, si bien no se advertía ningún ruido o movimiento manifiestos, percibía una sutil agitación en la quietud que me rodeaba, una respiración leve que auguraba peligro. Me sentí paralizada por la misma impotencia que se había adueñado de mí cuando se representara ante mis ojos la tragedia en la ventana. Se me ocurrió que tal vez fuera un ladrón, que, atraído por los billetes y el anillo que tenía a mi lado, se acercaba sigilosamente creyéndome dormida. Mi mano casi los tocaba, y, al bajar la vista para comprobar si podía alcanzarlos sin moverme, comprobé con un estremecimiento de inefable terror que la piedra verde brillaba con mil rayos de luz fulgurante.

En ese momento… algo se movió detrás de mí, y rodeando mi cuello apareció una mano que empuñaba un pequeño y afilado cuchillo como los que suelen llevar los indios, y lo colocó sobre mi corazón como si fuera a clavármelo. En un agónico impulso de rebelión desesperada contra mi destino inminente, cogí el anillo y lo lancé hacia el precipicio. Mientras la piedra emitía destellos por el aire, el asesino soltó el cuchillo y salió corriendo hacia el borde en un vano intento por atraparlo antes de que se perdiera. Pero tropezó, perdió el equilibrio y, soltando un grito terrible y moviendo las manos con desesperación para intentar aferrarse a algo, cayó de espaldas al abismo.

No era otro que Lionel, ¡mi amado!

Cuando los guías vinieron a buscarnos, les dije con una sonrisa que al caballero inglés se le había caído el anillo y, al intentar recuperarlo, se había resbalado y había caído por el precipicio.

Me acompañaron en la bajada, tratándome con gran amabilidad y hablando entre ellos en voz baja, si bien alcancé a oír cómo decían:

—Ten en cuenta que el coronel inglés estaba enamorado de la hermosa dama, y ha muerto delante de sus ojos… Es algo terrible, y la ha dejado trastornada.

Cuando unos días después mi padre me dijo con mucho tacto que lo habían encontrado y que iban a enterrarlo ese día en el pequeño cementerio, rompí a reír abiertamente.

Pero nunca he vuelto a sonreír desde entonces… y ahora estoy perfectamente cuerda; creo que he tenido suficiente risa para lo que me queda de vida. Y a veces me pregunto por qué tuvo que ocurrir todo aquello, y si hay alguna otra explicación que no sea la única que se me ocurre.