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Una esfera perfecta - Eduardo Vaquerizo

 1

Una esfera perfecta, roja, trémula en la punta de mi dedo. Apenas un movimiento y caerá. Se apagaran las mil velas de la sala del trono, arderán las sillas de los regidores y el sol teñirá de fuego por última vez las cúpulas de la ciudad alta.

Indiferentes, los pájaros sagrados gritarán al atardecer como han hecho siempre, como siempre seguirán haciendo.

Esa esfera al borde del abismo, más allá de la velocidad, de las pasiones, de la vida.

Una mañana escuché tumulto. Justo delante del puesto unos orgos oscuros, de músculos nudosos como raíces barnizadas, apartaban a la gente a empellones. Sin esfuerzo aparente transportaban un aparatoso palanquín ornado de cobre y plata que se bamboleaba debido a su paso vivo. 

Una niña de unos doce años, rapada según una condantía hereditaria y vestida con el ocre de la niñez, asomó desde detrás del terciopelo de la cortina y me miró de medio lado. 

Tan asombrado estaba que no pude moverme. Esa mirada... nunca había visto nada igual. No había desprecio, solo una indiferencia pulida por un uso de siglos, dura como la piedra y tan implacable como la espada. Baje la vista y miré a los gusanos que vendíamos, oscuros, sedosos, gruesos como mi brazo y removiéndose apenas en el balde lleno del estiércol. 

Sentí claramente que ellos y yo no éramos muy diferentes para esos ojos manchados con el dorado de los ofibles. De golpe supe que el simple universo de mi niñez estaba rodeado de otro mucho más grande, cubierto de aristas nítidas, afiladas y dolorosas. 

Mi vida hasta entonces había transcurrido dentro de un escondido teatro de marionetas. Aquella tarde me fue dado atisbar por encima del decorado y descubrir que el horror y la infelicidad son lo único real.

De alguna manera ya lo sabía. Hubiera sido imposible que durasen el goce sin límite, las risas, los atardeceres calurosos bañándonos en las aguas del Todolo y las noches sin lunas en que el cielo parecía una red que había pescado ojos de sarpontes, millones de iris brillantes como si infinitos peces muertos nos mirasen desde el cielo. Lo sabía. 

Cuando los adultos nos gritaban con voces estentóreas "escondeos" no era un juego mas. Escuchábamos desde los árboles los disparos, los gritos de las mujeres, las voces de los mayores suplicando y todos sabíamos que no era un juego. 

Luego, cuando volvíamos a la aldea, olvidábamos con fuerza, negábamos los rostros curtidos de dolor, las chozas quemadas y los llantos. Seguíamos riendo y jugando.

Una de aquellas ocasiones mi madre, como las de muchos otros antes, había gritado largas horas sobre el barro mientras los orgos disfrutaban con sus juegos. Yo no entendí, no quise hacer encajar ese hecho en mi simple universo, como si lo hacía en el de mi padre y mis hermanos mayores, cabizbajos, apretando su mano yerta, vaciando un tronco para su último viaje a lomos del Todolo.

Sin embargo aquella mirada no me daba opción, tan clara, tan irrebatible. Sin saber qué te ofende es difícil odiar. Una vez que se conoce, las heridas no cicatrizan, el pecho se abre y se descubre que por dentro todo esta envenenado del encono mas negro: intestinos, músculos, hígado, cerebro, rezuman violencia. Hasta los ojos submarinos en el cielo y el sol resbalando lánguidamente sobre la piel son armas, piedras y lanzas que se atesoran para el futuro.

 

2

Abandoné la aldea con quince años. No podía continuar allí con aquella llama devoradora batiendo mi interior. No había juego ni amistad que calmase la ira y todo me remitía a esa mirada de desprecio acrecentada mil veces en mi imaginación. 

Llegué a la ciudad abriendo y cerrando las manos vacías, como buscando las herramientas que me permitirían escarbarme el pecho y arrancar esos esquistos dolorosos, perforar hasta llegar a aquellos ojos crueles que seguían mirándome en mi memoria.

Trabajé como poco más que un arquete, en las piraguas de pesca, transportando cosas, limpiando calles, construyendo chozas. En seguida alguien me habló del Volre y sus juramentados.

El Volre, aparentemente la antítesis, la esperanza, en realidad el movimiento subversivo ancestral, conocido y tolerado por los ofibles. De vez en cuando se freía públicamente a alguno de sus miembros en medio de grandes ceremonias, tamboreros y alfanjes, sólo para que las ofibles sensibles arrugaran la nariz ante el olor a fritanga que subía hasta las ventanas de la ciudad alta.

De no ser por Kanan el Volre me habría abrazado con su enloquecedora lentitud y enlodado el filo de mi odio en acciones estériles, como había ya hecho con muchos otros, como correspondía a su función dentro de la estratificada sociedad del Imperio. 

Kanan -delgado y barbudo, casi perdido dentro de las telas de su toquilla- era un consejero menor, ya tan anciano que nadie se esforzaba en escuchar su voz, suave brisa, con la que relataba historias, pensamientos, pequeños vuelos de la imaginación, grandes saltos de la mente, todo resumido en sonidos escasos y terribles. Como el decía "pequeñas palabras de dientes afilados que te muerden la cabeza y te arrancan las mentiras".

Así encontré un nombre para cada una de las ideas que ya estaban dentro de mí. Sílabas que cristalizaban la amarilla furia en forma de ámbar que me hería con sus aristas concretas y afiladas. El destino, la historia, el tiempo, el cambio. Conocí al fin el porqué de desear un futuro sin Cachol, sin arquetes, ofibles ni humiltres. El porqué que revestía de dignidad mi odio irracional, lo hacía más digno, más humano y a la vez más terrible.

Sin embargo aquellos conocimientos hacían daño. Cuanto más sabía, más me indignaba el Volre. Grandes ceremonias, mística vacía, aburridas costumbres milenarias. Cumplimos únicamente alguna amenaza a un ofible demasiado cruel con sus criados o estériles intimidaciones a los jeclas que maltrataban a sus arquetes. Acciones pequeñas, mezquinas, inútiles, dirigidas por el círculo interior, jerarquía de los que luchan contra la jerarquía.

Pasé cinco años en los círculos inferiores. Sentía continuamente la falta de una herramienta en mis manos, algo que las hiciese eficaces para vaciarme el pecho de esa angustia. Sin embargo no podía luchar yo solo contra el Cachol, necesitaba al Volre. Continuaba atado a la organización, luchando contra ella, penando para ascender en su interior y lograr cambiarla, depurarla hasta descostrarla de ineficacia y connivencia.

Fue por aquellas fechas, el año que la luna blanca adelantaba a la roja en tres cuartos de esfera, cuando murió el anciano Cachey. Como mandaba la tradición, la muralla externa se abrió y muchos subimos hasta la ciudad alta. 

Apenas me sorprendí: lo que fuera de sus murallas era adobe, allí era piedra cubierta de azulejos esmaltados en verdes y oros. No se conocían los tejados de paja, todo eran deslumbrantes cúpulas de bronce. Caprichosas fuentes de mármoles lustrados por el agua adornaban plazas rodeadas por macizos edificios embellecidos de azulejos y hiedra.

Las calles estaban abarrotadas y a pesar del clima fresco de la quinta estación, sudábamos en silencio solemne, apretados unos contra otros y luchando por ver algo mas allá de la multitud de cabezas. Se hacia difícil respirar y la tentación de gritar y salir de allí era fuerte. 

Pero todos podíamos ver perfectamente a los orgos colocados en balcones y aleros, prestos los fusiles para abatir al que rompiese el silencio ritual. Solo los pájaros sagrados, mas allá de cualquier norma, gritaban al atardecer persiguiéndose continuamente unos a otros en una alegría indiferente a los asuntos humanos.

Miles de cabezas, tocadas de diferentes gorros y turbantes, se orientaban hacia la fortaleza del Cachey, una mole cuadrada construida de piedra roja y erizada de esbeltas torres esmaltadas en azul metálico. Esperamos mucho, hasta que el sol bajó en el cielo iluminando las cúpulas con destellos de horno. Algunos se desmayaron. 

Dentro del palacio se estarían cumplimentando las alabanzas de los arciunis, los grandes gongs de acero cantarían sin cesar entre nubes de aromas inhalatorios y miles de velas crearían cascadas de luz al reflejarse infinitamente en espejos de oro.

Sin aviso previo se soplaron interminablemente las trompetas metálicas que arremedan el mugido del jamecle. Descomunales compuertas de hierro se abrieron en la muralla de palacio. De ellas salió un gran caudal de agua inundado el canal fúnebre. Cientos de miles de cántaros de agua, acarreados por miles de arquetes desde la última muerte imperial bajaban desbocados en busca del Todolo. 

Había sido un rey poderoso y longevo, por eso el río era crecido y retrasaron un poco la suelta del barcud. Era un espectáculo fascinante escuchar el refrescante correr del agua río abajo, buscar su ser completo en el agua del Todolo, colina abajo.

Pasado un tiempo indeterminado -¿el vuelo de un pájaro?, ¿una hora?- se abrió una pequeña puerta atrapando el sol de la tarde en una filigrana de oro bateado, y el barcud descendió como una exhalación, trastabillando, oscilando. El cuerpo del Cachey, amortajado y sujeto por sedas rojas, se tambaleaba mientras la veloz corriente le arrastraba hacia donde acabamos todos, al río que nos acoge a todos sin preguntarnos nuestra condición.

El gentío no dejaba de admirar el espectáculo mientras yo sólo tenía ojos para el agua, aquella ingente cantidad de agua subida a hombros de arquetes aguaderos, todo para que el cadáver de un hombre alcanzase el río.

Encima mismo de aquella puerta dorada había asomado el sucesor, una figura solitaria sobre la que se concentraba todo el poder, la punta de la pirámide del Cachol. Se decía que rondaba los veinte, que no le gustaban las intrigas, la política, y sí las artes, las largas excursiones, el saber de los arciunis. Sólo en los últimos años se había reconciliado con su padre y aceptado sus responsabilidades sucesorias.

La silueta permaneció un momento absorta y después nos miró. ¿Qué pensaría viendo toda aquella agua llevarse a su padre y la multitud de cabezas que se extendían por las calles de la ciudad alta, sobre los edificios, en todas partes? ¿Cómo iba a ser su vida a partir de ese momento? ¿Se le habría ocurrido, como a mí, que no volvería a ver abiertas aquellas enormes puertas de hierro?

Para todo el Cachol él no era una persona sino un símbolo, y como símbolo desee poder matarlo, hacerlo acompañar río abajo a su padre y mandar con ellos a todos los ofibles, a aquellos rastreros humiltres que ya empezaban a vitorearlo, ratones que gritaban lealtad enfervorecida al águila que les desgarraba las entrañas.

Mirando la silueta del nuevo Cachey me abrumó una sensación de responsabilidad, de enorme tarea por hacer, como si yo mismo hubiese de ser el encargado de trasegar esa enorme cantidad de agua. Luego imagine que yo no tendría que trabajar con agua sino con sangre y ese pensamiento me hizo feliz.

 

3

Pasaron cuatro años, tiempo para vivir varias vidas o para no vivir ninguna. Todo ese tiempo busque el arma que colmase la fuerza encerrada en mis brazos sin encontrar más que sucedáneos. Los sentimientos que retenía dentro de mí, las esperanzas, el odio renegrido, amenazaban por convertirse en costumbres, llanos hábitos de odio que me acompañarían siempre.

Kanan murió, una mañana lluviosa se había apagado definitivamente su voz. Terminaron las noches contemplativas, las estrellas, el frío relente de las vigilias rituales soportando el rocío, y había nacido el esfuerzo de hablar, de convencer, de forzar, de amenazar y... también de matar.

De una forma que me era natural, sin premeditación o duda alguna, empecé a pasar de las palabras a los hechos. Dejé de verme como un adolescente entregado a vanos trabajos dentro del Volre, y percibí la realidad desde fuera, tan clara como si mis ojos hubiesen tenido el brillo de estrellas. 

Había de sortear aquellas tradiciones paralizantes, abolirlas, luchar contra ellas desde fuera, nunca desde dentro del sistema. Con la lentitud y precisión de una araña, ajeno a la virulencia que el odio me dictaba, tejí un entramado de planes, una estrategia certera. Después dejé que mi cuerpo la siguiese ciegamente, como un tonel que bajase sin control una empinada cuesta.

Y el primer hito concebido era el templo de la mente, el lugar donde todos los sacerdotes del dios arquitecto adquirían sus conocimientos de ingeniería, medicina, leyes. El Arci era un edificio muy antiguo en la frontera con la ciudad alta y consagrado a los antepasados que bajaron del cielo. Aunque yo no tenía vocación me sobrecogían sus conceptos. 

Espacio, tiempo, aritméticas sin números, gramática sin palabras, estrellas girando unas sobre otras en vacíos aterradores. Había estado en sus salas enormes, al principio solo, luego acompañado, hablando con los estudiantes, los futuros mestres, contables, astrónomos servidores del dios arquitecto que no rinde devoción ni la pide, cegado por la evolución de las grandes leyes del universo.

Casi recuerdo cada una de las miles de conversaciones frente al té oscuro, aquellas frases y pensamientos enrevesados que prendieron en las polvorientas orejas de los mestres mayores. Ellos las llamaron herejía y despotricaron un rato desde sus tarimas elevadas. Después, como viejos ratones de memoria débil, las olvidaron sin consciencia de su fuerza. 

Nuestras palabras, las palabras que nosotros divulgamos en los enormes claustros decorados de estucos medio caídos, viajaron lejos, por todo el país, adheridas a las mentes de los nuevos arciunis consagrados, construyendo la espina dorsal de nuestro éxito futuro.

Allí encontré lo que sería el núcleo de mi ejército. Éramos apenas una docena, aquellos en los que las ideas habían prendido como una llama en un tonel de aceite. Se veía arder la pasión en sus ojos, atisbo de un horno interior presto a volcarse en acciones.

Con ellos a mis espaldas volví la vista al Volre. El corro sagrado, sus lerdos consejeros y sus ceremonias vacías, quedaron transformadas en poco más que un pasatiempo comparado con las palabras de Kanan que nosotros hacíamos resonar por los pasillos subterráneos, en los corrillos de las plazas, rebotar en los oídos de todos como ecos de insidiosos gamelanes, la música de la verdad gritada por fin a pleno pulmón.

La lucha fue dura, pero era la guerra previa, imprescindible. Tuvimos, mes a mes, nuevos adeptos, los jóvenes levantaban la cabeza desde la posición de meditación y nos escuchaban.

El camino trazado en la telaraña llegó a un punto que temía: los consejeros antiguos se resistían, retenían el poder de las viejas consignas, los secretos de los escondites, las células, los juramentos. Estorbaban, peor aún, colaboraban con el Cachol. Llegó la hora de empezar a trasegar sangre, y de acudir a aquéllos en los que las ideas de Kanan no eran una opción, sino la única verdad posible. 

Me acordé muchas veces de mi aldea, de la maldad impersonal, casi infantil, de los orgos practicando sus crueldades con nosotros. Cuando planeé aquella reunión plenaria, cuando ordené desempolvar y afilar los aceros, me sentía como ellos, jugando, y eso me helaba el sudor en la frente. Descubrí que no costaba toda una vida adquirir esa facilidad para matar y torturar, era fácil, muy fácil...

Pero había que continuar, seguir el plan. Aquella noche de media luna, cuando pálidos rayos de luna iluminaban el círculo interno, el corro del Volre, salimos de las sombras repartiendo silenciosos y fatales argumentos.

Habíamos aprendido pronto a ser crueles, algo en que los ofibles siempre nos habían superado. No fue difícil, pero a la vez tuvimos que tolerar la ponzoña de la violencia, controlar su avance, evitar que nos dominase con un yugo más cruel aún que el del Cachol, y usarla sólo cuando era necesaria, contra los espías y traidores de la Gicía de los que estábamos infectados.

Todos los avances no eran bastante, nada lo era. Seguía bajando al mercado y viendo niños arquetes atados a estacas y castigados con hierros candentes. El cadalso rebosaba de azotados y mutilados humiltres. La interminable hilera de aguaderos seguía subiendo la colina de la ciudad alta. Siempre, día y noche, levantaba la vista y veía el camino de antorchas, la larga fila caminando bajo el monzón terrible, espaldas encorvadas y castigadas por el fuego del sol, los arquetes que a menudo caían rodando la cuesta abajo.

 

4

El Cachey... todavía no he hablado de él. En el mercado, sobre una de las inmensas paredes, habían colocado su retrato esmaltado en miles de azulejos. Muchos codos de alto y ancho para una cara delgada, sencilla, ojos negros y tristes que el pintor había intentado hacer parecer amenazadores sin conseguirlo. Tras los primeros días de murmullos y admiración todo el mundo lo había olvidado y seguían comerciando a gritos entre el gentío, los olores, los vapores de las cocinas y las especias. 

Yo transitaba intranquilo bajo su mirada inteligente y calma mientras iba o venía de alguna reunión. Siempre terminaba por levantar la vista y automáticamente recordaba el enagua de su padre, esa diminuta figura de blanco sobre las almenas contemplándonos a nosotros, un campo de cabezas mecidas por brisas de tiempo e historia sobre los que tenía poder absoluto.

Su gobierno había sido extraño, tanto que redoblamos los esfuerzos por introducir espías en la corte. Según ellos había pasado día y noche investigando en las bibliotecas, consultando con Arcis, conociendo la geografía y estado de todas las provincias, comprendiendo el entramado leyes, lazos de sangre y costumbre que ligaban mestres, ofibles, humitres y arquetes hasta conglomerar el imperio Cachol a lo largo del Todolo, desde Ba hasta la lejana Hui, en el delta del oro.

Lo más sorprendente: él y sus colaboradores habían escrito una nueva ley. Según ella los ofibles perdían el derecho de vida y muerte sobre los arquetes, al igual que, en teoría, ya no lo tenían sobre los humiltres. La corte entera, el palacio, toda la ciudad alta y el piélago de ofibles que poblaban el país desde el Todolo hasta las fronteras del oeste y el sur se oponían. 

Era como arrancarles el dorado de sus ojos, un privilegio demasiado fundamental. Enemigos irreconciliables, ordenes de ofibles enfrentadas a muerte y el Arci, todos unidos por una vez, habían impuesto su poder para que las sillas de los regidores estuvieran llenas de ancianos prestos a impedir que el Cachey impusiese esa ley.

No entendíamos nada. ¿El Cachey saboteando el Cachol? La mera idea era extraña. Investigamos, nuestros espías hablaron con las ayas, las criadas, los cocineros, los arciunis mestres de palacio. Descubrimos que el nuevo Cachey odiaba a los guardias orgos y a sus juegos. Detestaba a la Gicía, a los jeclas mayordomos y sus castigos sobre los arquetes que habían cometido una equivocación. 

Anécdotas, iras de su padre, reprimendas por no empuñar los fusiles enjoyados, todos aquellos informes fueron construyendo una inhabitual imagen del Cachey. La magnificencia abrumadora de escayolas chapadas en oro, ventanas sobre jardines olorosos, delicadas sedas y alfombras, fuentes de mármol y cristal, criados mudos e invisibles haciendo funcionar todo con sudor, miedo y dolor. 

Las hacinadas habitaciones de los arquetes, los abusos, castigos, el látigo presto, el cuchillo sorgo que corta manos y lenguas. Enormes partidas a la caza del monsgre, tres monteros por cazador portando armadura y aceros aguzados y un arquete pequeño atado a una estaca como cebo vivo, el único que hace acudir al monsgre.

El Cachey había demostrado mirar por encima del Cachol, de los lujos, el poder económico y militar. Ser capaz de ver personas que sufren y no filtrar ese dolor ajeno tras la espesura de la tradición, de la casta, de la herencia divina. Igual había hecho yo, sólo que al revés, él desde lo alto, yo desde lo más bajo. Por eso podía entender sus motivos, pero no imaginaba sus sentimientos. 

Sabía mía en exclusividad esa rabia casi sólida, pedazos de cristal de aristas afiladas rodando dentro del pecho. Quizás a él le calaba una lenta lluvia de pena, una melancolía infinita... No lo supe entonces. Me limité a no intentar pensar más en él, tratarle como el símbolo odiado que era.

Cuando su proyecto fracasó supuse -todos supusimos- que la frustración le había embargado de tal manera que quiso huir de todo. La ciudad entera escuchó el bando: el Cachey marchaba a la isla de Siley, dos días río arriba pero tan lejana para todos nosotros como el mismísimo firmamento del que los antepasados bajaron montados en grandes edificios de metal.

Era una mañana de sol radiante. Nos acumulábamos en las orillas mientras por el Todolo de aguas lentas y doradas circulaban treinta barachas pintadas en una sutil sucesión del ocre al rojo. Cuernos de jamecle soplados por gigantescos fuelles atronaban el aire matutino. 

Oropeles de terciopelo y seda ondulaban a la brisa y desnudos adolescentes arquetes remaban al compás de los cuernos, batiendo las aguas oleaginosas tal como si la cuenca del Todolo fuese un crisol de oro fundido y ellos los orfebres. 

Era un sueño que pasaba cerca de ti sin tocarte. Abrías la boca, admirabas la sutileza de las líneas, el brillo dorado de las barachas, las sucesivas transformaciones de colores, sin saber en qué momento pasaría la última o en cuál viajaría el Cachey.

La multitud de los que nos agrupábamos en la orilla se dispersó apenas la última baracha dobló el meandro del norte. De la algarabía sólo se distinguía una palabra: Siley, Siley. Corrían tantas leyendas sobre aquel lugar que cabían dos opciones: que ninguna fuera cierta, o que lo fueran todas y aun así no hicieran justicia al lugar.

El hombrecillo fracasado se marcha despechado a disfrutar de sus privilegios, eso pensábamos todos. Hablé con mis hermanos del Volre. Habitaba allí una frustración distinta, en sus corazones se celebraba el funeral de la esperanza: el fin del Cachol sin lucha ya no era posible. Yo ya lo había supuesto, pero aun así dos días después seguía sin dormir. Me removía inquieto entre los linos del lecho, sudaba y terminaba por levantarme e ir a pasear sobre la azotea al fresco de la noche. 

Buscaba la hilera de antorchas, los arquetes subiendo cántaros hasta el palacio y la oscuridad de la noche que se hacía más intensa, hervía y me mordía la piel con saña. No era frustración. Cuando se odia tanto y durante tanto tiempo, termina haciéndose un hábito y hay que aumentar la intensidad para no dejar consumirse ese dulce dolor de la rabia acumulándose en tu pecho, aumentar la reserva de veneno gota a gota, esperar el día en que todo esa ponzoña estalle en acciones definitivas. Eso hacía yo, noche tras noche, contemplando cómo subían los cántaros por las cuestas empedradas.

Casi como si hubiese tomado la decisión mucho tiempo atrás, tiré algunos enseres y ropas en el fondo de una piragua y la deslicé en las suaves aguas del Todolo. La luna carmesí reinaba alta en el cielo nocturno. Su escasa luz era un fluido corinto empapando mis manos, espuma roja rompiendo en quilla y resbalando por el remo. 

Detrás de mí, la ciudad de Ba era apenas unas luces amarillas, bultos oscuros y algunos reflejos de color rojo sobre las cúpulas de la ciudad alta. Ninguna chalupa, ningún fuego en la ribera, nadie se atrevía a salir en una noche de sangre como aquella. Quizás por eso los guardias estaban mas relajados y no me vieron atracar entre la maleza de la isla. 

Nada se movía, no había viento ni insectos zumbantes, sólo el lento canto del pabra rasgaba el velo de silencio. Me agazapé escuchando el rápido latido de mi corazón y el transcurrir del agua a mi espalda. No recuerdo qué pensamientos vagaban por mi mente; era, de nuevo, ajeno a mi voluntad. 

Volví a escuchar el grito del pabra y por fin inicié la marcha. Tras unos cuantos pasos quedó atrás el olor fresco del río y enseguida los aromas estancados de la selva me rodearon como un asfixiante velo sobre la boca. A mí alrededor miles de orquídeas nocturnas, pálidas, grandes como mi puño, se abrían en un esplendor de palidez y hedor enfermizo, dispuestas a beber la luz sangrienta de la noche. 

Me moví con pasos de monsgre cauteloso halando a través de un fluido grumoso de roja penumbra, hojas y aromas que me arropaban por todos lados. Sin transición aparente, pase de las ramas y lianas salvajes al suelo ajardinado, el césped, los setos, los muretes ornamentales, los árboles podados. 

No puedo describir mucho de Sisley. Sólo recuerdo retazos de aquella noche color sangre gangrenada, imágenes fragmentadas como de fresco al que se le han desprendido grandes partes: campos de hierba cortada con esmero, lagos de formas suaves, piedras que parecían haber escogido el lugar idóneo donde erguirse, cascadas artificiales. Siempre adelante me guiaba el resplandor del palacio reflejándose en las lustrosas hojas de palmas, en el mármol de fuentes delicadas como suspiros.

De repente, como sucede en los sueños -y yo estaba en la isla de los sueños- delante de mí apareció un prado ocupado por gente, iluminado por pebeteros y velas. Me petrifiqué inmediatamente, una sombra entre las sombras. Comprendí que era el Cachey, sentado a menos de veinte metros de mí y de mi cuchillo que ya aferraba sin sacarlo todavía de su funda. 

Estaba cenando rodeado de sirvientes vestidos con derroche de bordados. Él sólo llevaba una camisa blanca y una sencilla falda larga. Un trío de hermosas mujeres tañía instrumentos de cuerda y sus sones llegaban hasta la selva como delicadas telas de araña sonoras. Todo era lujo sin límites, en la ropa, en la mesa y los cubiertos, oro, diamantes incrustados, marfil. Justo detrás se distinguía la gran mole oscura del palacio, almenas y techos de suave pendiente que caían hasta el suelo.

Los derroches no me cautivaron. Miraba únicamente su rostro, pálido, grandes ojos, largo cuello, ese cuello delicado, de piel suave, fácil de cortar con el filo serrado de mi cuchillo. Sólo tenía que correr veinte metros. Llegaría, sabía que lo haría. Casi sin dar tiempo a esa fuerza que me dominaba, el Cachey se levantó masticando un frusgo, caminando despreocupadamente sobre la hierba. 

La música cesó y el viento barrió con un soplo las últimas notas mientras acortaba la distancia que nos separaba. Con cada paso yo desenterraba un poco más la hoja letal. Cuando sólo nos separaban dos zancadas, se detuvo. No podía ver de él mas que la silueta y el brillo de sus ojos que parecían clavados en mí. Yo era una sombra oscura más, imposible de distinguir, sin embargo, sentía aquella mirada calarme el pecho, retener el resorte que almacenaba energía en mi brazo. 

En ese momento me alcanzó la sensación que antes solo pude suponer. Ví, sentí a la multitud mirándome, el río de agua, el barcud navegando en busca del Todolo, y me abrumó un sentimiento largo, tan largo como mis días sobre la tierra, como los gritos de mi madre sobre el barro, como las palabras del anciano, como el dolor del niño castigado en el mercado, como el despecho de aquella mirada infantil. 

Era una tristeza intensa, desgarrada, desnudada de redención por la impotencia, por fuerzas mayores que uno mismo, por el destino que navega en aguas inundadas de atardeceres y muerte.

Volví por el mismo camino. No encontré las trampas tan nombradas, ni los miles de orgos, ni los monsgres amaestrados. Quizás sólo fue suerte, o quizás la isla se proteja con murmullos y fantasías. Sólo sé que volví vacío, sin energía apenas para reprocharme no haberlo matado, sólo con fuerzas suficientes para arrastrar la piragua hasta el agua y dejarla llevarse río abajo, hacia Ba.

 

5

No comprendí aquella cobardía. Tampoco me la reproché. Simplemente continué viviendo. La fuerza interior, la misma que me había alimentado todos esos años de lucha, había decidido no matar al Cachey y me había abandonado dejando mustios los brazos que antes sentía rebosantes de fuerza. 

Lo acepté, regrese al seno del Volre y seguí trabajando, espesando la red de espías, comprando traiciones, emboscando a orgos, quemando almacenes de ofibles, hurgándole en la nariz al gigante sin casi despertarlo. Como mucho, conseguía que la Gicía nos persiguiese durante uno o dos días, como el jamecle que espanta insectos durante un rato y luego se cansa y los ignora.

Una especie de borrachera de monotonía me iba ganando, anegando las ideas, los futuros, desdibujando el presente hasta no ser más claro que los jirones de niebla que se deslizan sobre el Todolo al amanecer. La rutina era un manto confortable sobre mis hombros. Hablaba largo rato en las supremas juntas del Volre regidor, visitaba juramentados, estudiaba el Cachol, todo sin percibir apenas el paso del tiempo. 

No tenía a mi lado nadie a quien llamar por su nombre, con la que reír al lado de una botella y una vela; a la que besar mientras las lunas circulan por el cielo al antojo de los enamorados. Y no me importaba, estaba ya muerto, sólo la inercia del impulso inicial me permitía seguir moviéndome, disfrazando la carencia de propósito con los ropajes del hábito.

Eso sí, observaba. Casi como las aguas de río traen aguas de colores diferentes, basuras flotando o el pez que rompe el agua en un salto, por delante de mí pasaba un continuo fluir de rostros distintos manchados de ira, de muerte, riendo, apretando los dientes con sed de venganza. 

Me había convertido en un imparcial espectador de la injusticia, un colector de pasiones, de cegueras, delitos, crímenes, venganzas, agravios... todas estériles gotas de lluvia que calaban menos en mí que el recuerdo de suaves chaparrones empapando mi piel infantil mientras cuidaba de los gusanos.

Sólo me sentía cerca de alguien en esa alfombra de complejísimo dibujo humano. En los breves instantes en la isla supe que sólo los dos contábamos. Personificaciones de ideas diferentes y antagónicas, no estábamos hechos para vivir -para eso ya habíamos tenido infancia- sino para llevar adelante un destino. Nunca hablé con el Cachey pero supe que conocer nuestro papel no nos impedía añorar la indiferencia -quizás la felicidad- de los que viven sin más, sin propósito, sin un destino.

Cuando un gran cambio se avecina normalmente no lo preceden tremendas manifestaciones. La época de las lluvias comienza con una sola gota de agua que cae anónima sobre una alta azotea, cala un rostro tendido al cielo o riega la tierra sedienta. Sin embargo, la siguen multitud, cuatro semeses, trece lunas de lluvia continua. Así ocurrió entonces. 

Llovía, nos habíamos acostumbrado al cielo grisáceo, al tamborileo del agua sobre las lonas. El Todolo crecía día tras día, los humiltres habían empezado a elevar sus chamizos sobre troncos, como hacían todos los años. Una tarde, igual a muchas otras, contemplaba cómo se oscurecían los colores del río sentado en un pequeño techado donde se servía comida y bebida. 

A mí alrededor, el perpetuo movimiento de la ciudad baja me arropaba, me daba seguridad. Veía pasar caras jóvenes, viejas, asustadas, cansadas, felices, las caras de aquellos a los que intentaba convencer para que se rebelasen y que sin embargo, estaban ya tan lejos de mí. Nada me avisó. Como una más, llego la cara de Jupere, la persona que me tenía que informar sobre las células del sur. Mi indolencia no me permitió alterarme, sólo levanté el vaso hasta apurar el vino de arroz. 

Jupere miraba a derecha e izquierda una y otra vez, se movía compulsivamente. Al final pareció verme y se dirigió a mi mesa directamente. No me moví mientras se sentaba a mi lado. Algo más tranquilo, en su cara la expresión de miedo dio paso a otra más intensa que no supe interpretar inmediatamente: no me sentí alarmado, solo curioso. 

"Los han matado a todos... Cercaron Nobella, nos cogieron. Capturaban a uno e iban tirando del hilo. Los colgaban en la plaza del delante del Arciley y les daban tormento hasta que decían otro nombre, entonces lo buscaban y continuaban con el procedimiento. Después, cuando quedo claro que no quedaba vivo nadie del Volre, arrasaron todo aquello que les había pertenecido, quemaron sus casas, a menudo con sus familias dentro, cerraron sus negocios y colgaron sus cabezas de la muralla". Me aferró la mano con desesperación mientras miraba por encima del hombro. "Tenemos que huir, escondernos por una temporada".

Como si la certeza hubiese estado volando a mi lado y sólo entonces se posase, reconocí su expresión, era de remordimiento. Vi las lesiones que tenía en la cara, el pánico en el fondo de los ojos, un miedo que ya empaparía siempre todo su ser. Me levanté bruscamente, derribé la mesa y con ella medio chamizo, y salte a la lluvia. 

Sólo entonces escuché el retintineo de las armaduras, vi confusamente avanzar una compañía de orgos. Jupere no había escapado, nadie del Volre de Nobella había escapado. Pensé que quizás entonces le cortarían el cuello y conseguirían que el miedo fluyese de su garganta abierta, que desalojase esa mirada espantosa, lo deseé fervientemente mientras corría entre la multitud derribando tienduchas, girando frecuentemente, sin pararme siquiera a mirar atrás. 

Hubiera debido sentirme mal, triste, rabioso, pero era otro el sentimiento que animaba mi huida: la fuerza había muerto, sólo mi cuerpo que no quería morir se movía. Escuché el ruido seco de un arma disparándose. Identifiqué el picotazo en mi pierna, la repentina rigidez de ese miembro, pero continué corriendo, cojeando cada vez más. Llegué a la selva en poco tiempo. No me siguieron. A los orgos no les gustaba la espesura empapada, la maraña de vegetación que impide la vista, que oculta la mano que cae de improviso, mata y vuelve a desaparecer.

El dolor casi no me dejaba andar. Busqué la aldea, no había vuelto allí desde mucho tiempo atrás, sin embargo, mis pasos fueron seguros, encontré el camino. El Todolo ya había inundado la orilla, veía las casas alzadas sobre pilotes y me arrastré sobre el barro gritando. Pero mis palabras se ahogaban en lluvia. No sé cómo, al final alguien me vio. Me acogieron sin preguntas bajo uno de aquellos techos de arlanca gris punteados por el interminable aguacero. Eran mi familia.

Toda la temporada de lluvias duró la caza. Las noticias llegaban lentas, pero llegaban. Uno a uno, casa por casa, chamizo por chamizo, corredor por corredor, la Gicía, repentinamente eficaz, estaba desbaratando el Volre. 

Los cadáveres adornaban los muros de la ciudad alta con sus intestinos pudriéndose como guirnaldas de un festejo macabro; los verdugos no daban abasto atendiendo a todos los clientes que esperaban en celdas. Nadie estaba a salvo de una denuncia.

Era evidente que el Cachol se sacudía una molesta pulga.

Y reinando sobre todo aquella feria del terror, el Cachey, aquel hombre que había tenido al alcance de mi cuchillo. Parecía como si la persona que había intentando la liberación de los arquetes no fuese la misma que ahora dirigía toda aquella masacre. 

Con el tiempo llegaron nombres: Fer, el nuevo comandante de la Gicía, un hombre eficaz traído de los puestos avanzados del norte. Arla, Jlei, Hol, miembros del renovado consejo de los regidores, una panda de asesinos promovidos al poder por ambición y lujuria de sangre.

¿Y yo? Sólo sentía una vaga tristeza genérica. No tenía amigos cuya muerte lamentar, no había querido a ninguna mujer, sólo había tenido esa fuerza interior que ya no estaba.

Visto desde la distancia aquel periodo fue confuso. Agua en el cielo, agua en el suelo, agua en el ambiente, el azo servido con gusano, los cuidados de un arciuni de la aldea vecina, el sabor salado del mafrugo recién recogido del árbol. Mi pierna iba curando. Mientras rememoraba el pasado, mi infancia entre aquellas chozas miserables, el tiempo en el que aún era humano. 

Sólo interrumpían mis recuerdos las noticias de Ba, tal o cual ejecución, tal matanza en tal plaza... Absurdas, vanas, reseñas de otro mundo que ya no existía, ficción, fantasía mas allá de la selva borrada por ese aguacero del destino que había llegado hasta mí aquella tarde en la tabernucha.

Estaba derrotado, lo había estado desde el día del encuentro en el río y ajeno a todo lo demás, observaba sin embargo, a la gente de mi aldea. Según llegaban las noticias sus caras mudaban al horror, al miedo, y al fin... a la rabia. No sabían quién había sido, si no me habrían sacudido hasta obligarme a luchar por ellos.

La lluvia acabó. El sol volvió a lucir en el cielo. Sumido en mi nube de negación, por no decidir, fui otra vez uno de ellos borrando de mi mente todos mis años de ciudad como si sólo hubieran sido un mal sueño. 

Trabajábamos limpiando el suelo según el agua se retiraba, removiendo el barro y cebándolo de vegetación muerta para lograr que se pudriese y acudiesen los gusanos, laborando el barro en silencio mientras el sudor resbalaba por mi frente, y la mente permanecía en blanco, vacía y obsesivamente pendiente de los detalles, el tacto rugoso de la azada, el brillo del sol en las alas de un insecto, perdida en el infinito detallismo de un presente sin pasado ni futuro.

Cuando la cosecha de gusanos creció lo suficiente fuimos a venderlos a Ba. Colocamos las largas brazadas de aquella temblorosa carne negra en cestos de mimbre humedecidos y ascendimos el Todolo en las piraguas. Ir a la ciudad a vender no era un hecho trascendental. 

Ya había olvidado mis años de ciudad y bromeaba con los humiltres de mi aldea mientras el sol caía de plano sobre nosotros, reverberaba en el agua tranquila y los pájaros graznaban desde las copas de los árboles.

Tras un meandro del río, la selva se abrió, comenzó la ciudad. El cielo ya no era verde y azul, sino que estaba tapiado del ocre inmenso de las murallas. Las mil cúpulas doradas de Ba eran mil soles brillando intolerablemente. Nosotros, los humiltres, callamos un momento ante la magnificencia. Después continuamos remando, esquivando esquifes, piraguas, botes de vela y armadías de troncos hasta alcanzar la embarrada orilla. Ya no volvimos a reír.

El sol parecía haber venido a iluminar la sangre que ni tres semeses de lluvia habían podido diluir. En muchas plazas había picas con empalados medio podridos. Pasábamos como fantasmas cargados de fardos por largas calles destartaladas, vacías de la alegre turbamulta que yo recordaba. Entreveíamos mucho naranja mortuorio, lentas siluetas que caminaban arrastrando su dolor.

Levanté la vista, y sí, allí continuaba la larga fila de arquetes aguadores transportando los cántaros hasta el aljibe del enagua. Por motivos extraños, aquella continuidad me conmovió más que los cadáveres y los llantos de las viudas.

En silencio pagamos el tributo y entramos en el mercado. Una gran parte de los puestos estaban vacíos. Descubrí ausente la habitual algarabía de gritos, la saturación de aromas, niños corriendo por todas partes, tumultos, discusiones, regateos a voces. La gente callaba y miraba de reojo apretando los dientes. 

En un rincón extendimos nuestras mercancías y esperamos. No podía dejar de hacerlo, miraba las caras de los hombres y mujeres que venían a comprar, humiltres, arquetes, arciunis, todos parecían taciturnos, bruscos, asustados. Algo me hacía torcer el gesto al verlos pasar deprisa, comprar y volver a sus casas... pero no sabía qué era, todavía no recordaba quién había sido, cómo había aprendido a leer los rostros de las multitudes y sólo me sorprendía la diferencia de aquel mercado con el que mi memoria me mostraba. 

Empecé a comprender viendo cómo orgos vestidos de acero paseaban volteando sus varas de madera, tomando lo que querían de los puestos y golpeando a quien protestaba.

Levanté la vista y el enorme retrato del Cachey me miraba desde la pared teselado en baldosines de colores. Estaba manchado, le habían arrojado frutas podridas, entrañas, desperdicios de la peor condición que hedían a pesar de la distancia.

En ese momento pasó cerca un ofible rodeado de orgos, el único que había visto desde que huí de Ba. Era una nube de escarlatas y aceros abriéndose paso a grandes zancadas que resonaban sobre las losas de piedra. A su paso la gente detenía sus conversaciones. Una nube de silencio, de odio, descendió sobre el mercado. 

Desde dentro de su escarlata caperuza bordada en oro el marqueno volvía la cabeza de un lado a otro. En la oscuridad de la prenda acerté a distinguir el brillo de una expresión, unos ojos dorados llenos de miedo. Una amplia sonrisa me iluminó la cara, entendí al fin. 

La herramienta del destino -aparcada durante un tiempo- volvía a ser afilada, esta vez para cortar definitivamente un árbol podrido. Como una ola de agua limpia barre los restos putrefactos de la orilla, quede despejado del limo pegajoso de la desidia y la derrota y pasé, en un instante, a sentirme de nuevo lleno de esa fuerza incontenible, de ese odio que me taladraba el pecho con su fuerza.

El recuerdo de unos ojos, mucho tiempo atrás, me había impulsado hasta aquel momento. Una fugaz visión de ojos ofibles enterrados en terciopelo y oro, era, de nuevo, mi catapulta hacia el futuro.

 

6

Era la temporada del barro. El sol primaveral todavía no había logrado secar todos los charcos ni arrancar la humedad de las murallas. La ciudad parecía recuperarse mal de las lluvias. Las reparaciones tardaban, la pesca parecía escasa, desganada. Ya no se veían Arcis hablando de las lejanas estrellas.

Mis familiares regresaron a la aldea, nada tenía que decirles ni ellos a mí pues era de nuevo el hombre de ciudad, el caudillo secreto de un Volre renacido sólo en mi pecho. Recogí dinero y ropas de los escondites y comencé a moverme por las calles de Ba. Una alegría malsana me animaba todo el tiempo. 

Disfrutaba del aire, de los aromas a comida flotando por el mercado, el hedor de los curtidores metidos en sus pozos de tinte, de las miradas, ya no tan alegres, de las prostitutas en el barrio este. Era frecuente escuchar los pasos apresurados de los orgos en medio de la noche, el tintineo brutal de las armaduras, el estruendo de una puerta derribada y los gritos nocturnos. El Todolo acogía más muertos de lo normal, cadáveres desmembrados, sin ojos, sin lengua, con la tripa abierta o los miembros dislocados.

Veía todo aquello y sentía intensamente esa especie de felicidad que toma prestado de lo que vendrá.

Recorrí muchas veces los barrios embarrados con la aparente ligereza del paseo y caminando en realidad sobre garras cargadas de veneno. De vez en cuando me cruzaba con una cara conocida. Muchos fingían no reconocerme. Los menos me hablaban. 

Había precaución, rigidez en sus gestos disimulando torpemente para no mirarme a los ojos. Los escuchaba desgranar historias atroces, muertes, torturas, y por dentro sonreía mientras musitaba algunas palabras de consuelo. 

Conversaba con antiguos compañeros, con jóvenes y viejos, todos sumisos ante el terror de la Gicía, comentábamos la situación, el poder absoluto del Cachey emanando por el canal de los enaguas hasta caer sobre nosotros con la dureza de la roca. "El Volre está muerto", repetíamos todos al lado de una jarra de vino. 

Ante tanta desgracia, debía disimular el júbilo, el pecho inundado poco a poco de un sol calmo, de victoria. Ya lo he dicho otras veces: perdí mi humanidad. El "yo" que siente las muertes y llora por ellas no estaba, quizás todavía permanecía cultivando junto a las gentes de mi aldea.

A pesar de mi quietud, la Gicía empezó a buscarme. Seguramente alguien les habló de mí. Yo me sentía como bañado en un aura de sol dentro de la cual nada podía hacerme daño. Escapaba a los registros en el último momento. Esquivaba patrullas con una suerte imposible.

Y todo el rato esperaba, reposaba como un monsgre todavía sin demasiada hambre, pero que sabe que la tendrá a raudales, que llegará como un viento imparable arrollándolo todo.

Una mañana pasé delante del Arci. Había ardido y sólo quedaban paredes ennegrecidas, restos de los estucos ocres, de las pinturas murales representando el abismo de estrellas, el viaje de los antepasados. Tanta belleza, los conocimientos, las tardes tomando té mientras la lluvia lustraba las grandes hojas del jardín, todo quemado. 

Mi alegría cedió un poco y recordé al Cachey, a su tristeza mientras nos miraba desde lo alto de la muralla, esa sensación lánguida abrumándome, quemándome por dentro lentamente. Había comprendido entonces que nos unía un destino antagónico. Ahora veía subitamente, como escrito en las cenizas del Arci, que su parte era la más dura. Se enfrentaba a sí mismo en una lucha de la que no podía ser ni vencedor ni vencido.

 

7

La ascensión era larga, muy larga, y el cántaro aumentaba de peso con cada escalón. El sol de la estación seca era una densa catarata de calor descendiendo desde el cielo, rebotando en la piedra, la cerámica y el bronce, percutiendo con dolor sobre nuestros hombros. Sin embargo, el peso excesivo, el calor sofocante, eran una ayuda más que una carga. Recordaba cuántos había sufrido igual que yo entonces y una alegría invencible me ayudaba a subir, paso tras paso, la tremenda cuesta.

Miré hacia atrás un instante jugándome un latigazo. Conocía a casi todos los que me acompañaban. Caras sudorosas, esforzadas, mirándose los pies unos a otros, compañeros todos del Volre, el nuevo Volre que había surgido de las cenizas torturadas y pisoteadas del anterior. 

Había sido sencillo convertir todo el temor y el dolor sembrado durante aquellos semeses en rabia, un alud de odio que nada, salvo la muerte, podía parar.

Fer, el mestre de la Gicía, había luchado bien, pero el mero peso del número era muy difícil de combatir. Si caían diez, cien les sustituían. Cualquier acción de ellos actuaba en su contra, mientras que las nuestras multiplicaban su efecto. Fácil, había sido fácil pero duro... Parece que la sangre es un bien escaso porque de él se alimentan la mirada de los niños, las caricias nocturnas, las risas, y sin embargo, siempre se sabe cómo desperdiciarla con generosidad.

Pasamos la gran puerta de los monsgres, bajo sus mandíbulas deformadas por aguzados dientes de bronce y plata. Dentro de la ciudad alta el sonido cantarino de las fuentes aumentaba la sed. Los ecos de nuestros pasos sobre el adoquinado se confundían con los de las chicharras. 

Ni un alma, salvo orgos y jeclas nos acompañaban en aquellas horas tórridas. Todos ellos daban muestras de necesitar una siesta. Pero la fila no puede parar nunca, de enagua a enagua la columna de arquetes transportaba el esplendor del Cachey, la garantía de su poder.

Seguimos subiendo, a veces resbalando con las piedras mojadas por el gotear de algún cántaro, adentrándonos en la ciudad alta. En poco tiempo llegamos hasta una puerta en medio de la gran mole de la muralla este. Era la entrada al aljibe, al palacio. Modesta, estrecha, ella sola guardaba el honor mortuorio del Cachey, de toda la organización del Cachol y por extensión de todos los ofibles.

La duda me hizo detenerme un instante. ¿Merecía la pena? Habría más muerte, más padecimientos. Algo, quizás la fuerza innominada que se apoderaba de mí, lanzó el cántaro contra el orgo guardián golpeándole en la cabeza y lanzándole contra la pared. El cántaro se rompió y la espada que había dentro tintineo sobre el suelo hasta que la recogí y la levante sobre mi cabeza. 

No había tiempo ya para pensar. Todos me siguieron. El aire se lleno del ruido estruendoso de cascotes rompiéndose. Ajusticiamos a todos los orgos y jeclas visibles y, como estaba acordado, un grupo se ocupó de buscar el cuerpo de guardia exterior mientras los demás entrábamos en el palacio por aquella estrecha puerta.

Recuerdo que nos demoramos un latido de corazón asombrados de la tremenda cantidad de agua oscura, fresca, que se almacenaba allí. Un Todolo estancado, retenido por la fuerza de mil hombres para que otro pudiese morir con pompa.

Como una tromba, como el propio aljibe liberado, fuimos subiendo, adentrándonos en el palacio siguiendo una ruta concreta y estudiada, peleando brevemente con orgos, degollando ofibles o jeclas por los pasillos. Sabíamos que la mayoría del acuartelamiento interior estaría descansando o jugando. 

En silencio rodeamos el pabellón de la guardia. No éramos mas de cien, pero nos bastamos para cerrar las puertas, abrir los depósitos secretos de pez -pensados para prevenir rebeliones- y prenderle fuego. No teníamos tiempo, no podíamos pararnos a escuchar los horribles gritos, el olor sofocante de la carne achicharrada. 

Seguimos corriendo, conquistando pasillo por pasillo, habitación por habitación de aquel enorme palacio cuyo plano era de lo poco que se había salvado del Arci calcinado. Avanzábamos ciegos a los lujos, a las alfombras de color azul, las pinturas, los pebeteros en oro, las ventanas ovaladas sobre jardincillos remotos.

Alcanzamos al fin las estancias últimas, dentro de tres círculos internos de murallas. Recuerdo que me detuve ante la puerta de madera tallada. ¿Habría funcionado la rebelión en las demás provincias? ¿En todos los acuartelamientos? Era tarde para preguntarse. Entramos derribando la puerta, arracimados, enredando torpemente cortinajes de seda sutiles como soplos de aire, rompiendo cerámicas casi transparentes, como una manada de jamecles desbocados.

Creo que me esperaba, llevaba años haciéndolo. Estaba tendido, mirando el meandro del Todolo. Volvió la vista brevemente y volví a ver aquellos ojos oscuros que recordaba jóvenes, ya casi muertos, gastados, consumidos por el sufrimiento. Se decía que no dormía, acosado por terribles pesadillas y su cuerpo estaba delgado, apenas piel, huesos y fibra tensa. 

Imaginé sus manos, las misma que reposaban tranquilamente en el terciopelo del asiento, apretadas largos años, obligadas por una mente implacable a firmar las leyes, los nombramientos crueles, las estrategias alocadamente opresoras que tanto nos había ayudado a vencer, y sentí de nuevo una identidad común con aquella persona. Me llegó su amargura, el dolor y la culpa que sentía por todos aquellos muertos inocentes y la firme convicción que le había mantenido luchando contra sí mismo, obligándose al papel que el destino había tejido para él.

Sí, mi papel fue fácil, aunque nadie me crea, hasta que tuve que clavarle la espada, obligar a mi brazo a presionar el mango sintiendo la resistencia de su pecho al abrirse y dejar camino hasta el corazón, ese corazón que palpitaba y sufría por todos nosotros.

Fue entonces, sólo entonces, cuando me alcanzó el cansancio de tanta sangre, el ahogo de tantos llantos. En las estancias abiertas del ultimo jardín del último circo, mi humanidad que cultivaba gusanos desde niño, que reía y amaba, por fin pudo alcanzarme y cobrarse el tributo de culpa que todavía hoy padezco.

Ese dolor en el pecho durante tantos años... la espada lo ha roto. Atrás dejo muerte, desolación... espero que futuro y justicia. Qué absurdo, qué vana voluntad intentar la felicidad, la perfección cuando esa gota de sangre colgando de mi dedo es perfecta, roja como los labios que no besé, redonda y sedosa como el perfil del viento, profunda como una noche sin luna, y breve, tan breve que no le da tiempo a sufrir cuando ya cae, ya cae...

Beatriz - Ramón Del Valle Inclán

1

Cercaba el palacio un jardín señorial, lleno de noble recogimiento. Entre mirtos seculares blanqueaban estatuas de dioses. ¡Pobres estatuas mutiladas! Los cedros y los laureles cimbreaban con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas. Algún tritón, cubierto de hojas, borboteaba a intervalos su risa quimérica, y el agua temblaba en la sombra, con latido de vida misteriosa y encantada.

La Condesa casi nunca salía del palacio. Contemplaba el jardín desde el balcón plateresco de su alcoba, y con la sonrisa amable de las devotas linajudas, le pedía a Fray Ángel, su capellán, que cortase las rosas para el altar de la capilla. 

Era muy piadosa la Condesa. Vivía como una priora noble retirada en las estancias tristes y silenciosas de su palacio, con los ojos vueltos hacia el pasado. ¡Ese pasado que los reyes de armas poblaron de leyendas heráldicas! Carlota Elena, Aguiar y Bolaño, Condesa de Porta--Dei, las aprendiera cuando niña deletreando los rancios nobiliarios. 

Descendía de la casa de Barbanzón, una de las más antiguas y esclarecidas, según afirman ejecutorias de nobleza y cartas de hidalguía signadas por el Señor Rey Don Carlos I. 

La Condesa guardaba como reliquias aquellas páginas infanzonas aforradas en velludo carmesí, que de los siglos pasados hacían gallarda remembranza con sus grandes letras floridas, sus orlas historiadas, sus grifos heráldicos, sus emblemas caballerescos, sus cimeras empenachadas y sus escudos de diez y seis cuarteles, miniados con paciencia monástica, de gules y de azur, de oro y de plata, de sable y de sinople.

La Condesa era unigénita del célebre Marqués de Barbanzón, que tanto figuró en las guerras carlistas. Hecha la paz después de la traición de Vergara --nunca los leales llamaron de otra suerte al convenio--, el Marqués de Barbanzón emigró a Roma. Y como aquellos tiempos eran los hermosos tiempos del Papa-Rey, el caballero español fue uno de los gentiles-hombres extranjeros con cargo palatino en el Vaticano. 

Durante muchos años llevó sobre sus hombros el manto azul de los guardias nobles y lució la bizarra ropilla acuchillada de terciopelo y raso. ¡El mismo arreo galán con que el divino Sanzio retrató al divino César Borgia!

Los títulos de Marqués de Barbanzón, Conde de Gondariu y Señor de Goa, extinguiéronse con el buen caballero Don Francisco Xavier Aguiar y Bendaña, que maldijo en su testamento, con arrogancias de castellano leal, a toda su descendencia, si entre ella había uno solo que, traidor y vanidoso, pagase lanzas y anatas a cualquier Señor Rey que no lo fuese por la Gracia de Dios. 

Su hija admiró llorosa la soberana gallardía de aquella maldición que se levantaba del fondo de un sepulcro, y acatando la voluntad paterna, dejó perderse los títulos que honraran veinte de sus abuelos, pero suspiró siempre por aquel Marquesado de Barbanzón. Para consolarse solía leer, cuando sus ojos estaban menos cansados, el nobiliario del Monje de Armentáriz, donde se cuentan los orígenes de tan esclarecido linaje.

Si más tarde tituló de Condesa fue por gracia pontificia.

2

La mano atenazada y flaca del capellán levantó el blasonado cortinón de damasco carmesí:

--¿Da su permiso la Señora Condesa?

--Adelante, Fray Ángel.

El capellán entró. Era un viejo alto y seco, con el andar dominador y marcial. Llegaba de Barbanzón, donde había estado cobrando los florales del mayorazgo. Acababa de apearse en la puerta del palacio, y aún no se descalzara las espuelas. Allá, en el fondo del estrado, la suave Condesa suspiraba tendida sobre el canapé de damasco carmesí. Apenas se veía dentro del salón. Caía la tarde adusta e invernal. La Condesa rezaba en voz baja, y sus dedos, lirios blancos aprisionados en los mitones de encaje, pasaban lentamente las cuentas de un rosario traído de Jerusalén.

Largos y penetrantes alaridos llegaban al salón desde el fondo misterioso del palacio: agitaban la oscuridad, palpitaban en el silencio como las alas del murciélago Lucifer... Fray Ángel se santiguó:

--¡Válgame Dios! ¿Sin duda el Demonio continúa martirizando a la Señorita Beatriz?

La Condesa puso fin a su rezo, santiguándose con el crucifijo del rosario, y suspiró: ¡Pobre hija mía! El Demonio la tiene poseída. A mí me da espanto oírla gritar, verla retorcerse como una salamandra en el fuego...

Me han hablado de una saludadora que hay en Celtigos. Será necesario llamarla. Cuentan que hace verdaderos milagros. Fray Ángel, indeciso, movía la tonsurada cabeza:

--Sí que los hace, pero lleva, veinte años encamada.

--Se manda el coche, Fray Ángel.

--Imposible por esos caminos, señora.

--Se la trae en silla de manos.

--Únicamente. ¡Pero es difícil, muy difícil! La saludadora pasa del siglo... Es una reliquia...

Viendo pensativa a la Condesa, el capellán guardó silencio: era un viejo de ojos enfoscados y perfil aguileño, inmóvil como tallado en granito.

Recordaba esos obispos guerreros que en las catedrales duermen o rezan a la sombra de un arco sepulcral. Fray Ángel había sido uno de aquellos cabecillas tonsurados que robaban la plata de sus iglesias para acudir en socorro de la facción. 

Años después, ya terminada la guerra, aún seguía aplicando su misa por el alma de Zumalacárregui. La dama, con las manos en cruz, suspiraba. 

Los gritos de Beatriz llegaban al salón en ráfagas de loco y rabioso ulular. El rosario temblaba entre los dedos pálidos de la Condesa, que, sollozante, musitaba casi sin voz:

--¡Pobre hija! ¡Pobre hija!

Fray Ángel preguntó:

--¿No estará sola?

La Condesa cerró los ojos lentamente al mismo tiempo que, con un ademán lleno de cansancio, reclinaba la cabeza en los cojines del canapé:

--Está con mi tía la Generala y con el Señor Penitenciario, que iba a decirle los exorcismos.

--¡Ah! ¿Pero está aquí el Señor Penitenciario?

La Condesa respondió tristemente:

--Mi tía le ha traído.

Fray Ángel habíase puesto en pie con extraño sobresalto.

--¿Qué ha dicho el Señor Penitenciario?

--Yo no le he visto aún.

--¿Hace mucho que está ahí?

--Tampoco lo sé, Fray Ángel.

--¿No lo sabe la Señora Condesa?

-- No... He pasado toda la tarde en la capilla. Hoy comencé una novena a la Virgen de Bradomín. Si sana mi hija, le regalaré el collar de perlas y los pendientes que fueron de mi abuela la Marquesa de Barbanzón.

Fray Ángel escuchaba con torva inquietud. Sus ojos, enfoscados bajo las cejas, parecían dos alimañas monteses azoradas. Calló la dama suspirante.

El capellán permaneció en pie.

-- Señora Condesa, voy a mandar ensillar la mula, y esta noche me pongo en Celtigos. Si se consigue traer a la saludadora, debe hacerse con un gran sigilo. Sobre la madrugada ya podemos estar aquí.

La Condesa volvió al cielo los ojos, que tenían un cerco amoratado.

-- ¡Dios lo haga!

Y la noble señora, arrollando el rosario entre sus dedos pálidos, levantóse para volver al lado de su hija. Un gato que dormitaba sobre el canapé saltó al suelo, enarcó el espinazo y la siguió maullando... Fray Ángel se adelantó: la mano atezada y flaca del capellán sostuvo el blasonado cortinón. La Condesa pasó con los ojos bajos y no pudo ver cómo aquella mano temblaba.

3

Beatriz parecía una muerta: con los párpados entornados, las mejillas muy pálidas y los brazos tendidos a lo largo del cuerpo, yacía sobre el antiguo lecho de madera, legado a la Condesa por Fray Diego Aguiar, un Obispo de la noble casa de Barbanzón tenido en opinión de santo. 

La alcoba de Beatriz era una gran sala entarimada de castaño, oscura y triste. Tenía angostas ventanas de montante donde arrullaban las palomas, y puertas monásticas, de paciente y arcaica ensambladura, con clavos danzarines en los floreados herrajes. 

El Señor Penitenciario y Misia Carlota, la Generala, retirados en un extremo de la alcoba, hablaban muy bajo. El canónigo hacía pliegues al manteo. Sus sienes calvas, su frente marfileña, brillaban en la oscuridad. Rebuscaba las palabras como si estuviese en el confesionario, poniendo sumo cuidado en cuanto decía y empleando largos rodeos para ello. 

Misia Carlota le escuchaba atenta, y entre sus dedos, secos como los de una momia, temblaban las agujas de madera y el ligero estambre de su calceta. Estaba pálida, y sin interrumpir al Señor Penitenciario, de tiempo en tiempo repetía anonadada:

--¡Pobre niña! ¡Pobre niña!

Como Beatriz lloraba suspirando, se levantó para consolarla. Después volvió al lado del canónigo, que con las manos cruzadas y casi ocultas entre los pliegues del manteo, parecía sumido en grave meditación. Misia Carlota, que había sido siempre dama de gran entereza, se enjugaba los ojos y no era dueña de ocultar su pena.

El Señor Penitenciario le preguntó en voz baja:

--¿Cuándo llegará ese fraile?

Tal vez haya llegado.

--¡Pobre Condesa! ¿Qué hará?

--¡Quién sabe!

--¿Ella no sospecha nada?

--¡No podía sospechar!

Es tan doloroso tener que decírselo.

Callaron los dos. Beatriz seguía llorando. Poco después entró la Condesa, que procuraba parecer serena. Llegó hasta la cabecera de Beatriz, inclinóse en silencio y besó la frente yerta de la niña. Con las manos en cruz, semejante a una dolorosa, y los ojos fijos, estuvo largo tiempo contemplando aquel rostro querido. 

Era la Condesa todavía hermosa, prócer de estatura y muy blanca de rostro, con los ojos azules y las pestañas rubias, de un rubio dorado que tendía leve ala de sombra en aquellas mejillas tristes y altaneras. El Señor Penitenciario se acercó.

--Condesa, necesito hablar con ese Fray Ángel.

La voz del canónigo, de ordinario acariciadora y susurrante, estaba llena de severidad. La Condesa se volvió sorprendida.

Fray Ángel no está en el palacio, Señor Penitenciario.

Y sus ojos azules, aún empañados de lágrimas, interrogaban con afán, al mismo tiempo que sobre los labios marchitos temblaba una sonrisa amable y prudente de dama devota. Misia Carlota, que estaba a la cabecera de Beatriz, se aproximó muy quedamente.

-- No hablen ustedes aquí... Carlota, es preciso que tengas valor.

--¡Dios mío! ¿Qué pasa?

--¡Calla!

Al mismo tiempo llevaba a la Condesa fuera de la estancia. El Señor Penitenciario bendijo en silencio a Beatriz, y sin recoger sus hábitos talares salió detrás. Misia Carlota quedó en el umbral. Inmóvil y enjugándose los ojos, contempló desde allí cómo la Condesa y el Penitenciario se alejaban por el largo corredor. Después, santiguándose, volvió sola al lado de Beatriz y posó su mano de arrugas sobre la frente tersa de la niña.

--¡Hijita mía, no tiembles!... ¡No temas!...

Cabalgó en la nariz los quevedos con guarnición de concha, abrió un libro de oraciones, por donde marcaba el registro de seda azul ya desvanecida, y comenzó a leer en voz alta:

ORACIÓN ¡Oh, Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que siguiendo las huellas de vuestro amantísimo Hijo, y mi Señor Jesucristo, llegasteis al Monte Calvario, donde el Espíritu Santo quiso regalaros como en monte de mirra y os ungió Madre del linaje humano! 

Concededme, Virgen María, con la Divina Gracia, el perdón de los pecados y apartad de mi alma los malos espíritus que la cercan, pues sois poderosa para arrojar a los demonios de los cuerpos y las almas. Yo espero, Virgen María, que me concedáis lo que os pido, si ha de ser para vuestra mayor gloria y mi salvación eterna.

Amén.

Beatriz repitió:

--¡Amén!

4

Los ojos del gato, que hacía centinela al pie del brasero lucían en la oscuridad. La gran copa de cobre bermejo aún guardaba entre la ceniza algunas ascuas mortecinas. En el fondo apenas esclarecido del salón, sobre los cortinajes de terciopelo, brillaba el metal de los blasones bordados:

La puente de plata y los nueve róeles de oro que Don Enrique II diera por armas al Señor de Barbanzón, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Las rosas marchitas perfumaban la oscuridad, deshojándose misteriosas en antiguos floreros de porcelana que imitaban manos abiertas. 

Un criado encendía los candelabros de plata que había sobre las consolas. Después la Condesa y el Penitenciario entraban en el salón. La dama, con ademán resignado y noble, ofreció al eclesiástico asiento en el canapé, y trémula y abatida por oscuros presentimientos, se dejó caer en un sillón. El canónigo, con la voz ungida de solemnidad, empezó a decir:

-- Es un terrible golpe, Condesa...

La dama suspiró.

--¡Terrible, Señor Penitenciario!

Quedaron silenciosos. La Condesa se enjugaba las lágrimas que humedecían el fondo azul de sus pupilas. Al cabo de un momento murmuró, cubierta la voz por un anhelo que apenas podía ocultar:

-- ¡Temo tanto lo que usted va a decirme!

El canónigo inclinó con lentitud su frente pálida y desnuda, que parecía macerada por las graves meditaciones teológicas.

--¡Es preciso acatar la voluntad de Dios!

--¡Es preciso!... ¿Pero qué hice yo para merecer una prueba tan dura?

--¡Quién sabe hasta dónde llegan sus culpas! Y los designios de Dios nosotros no los conocemos.

La Condesa cruzó las manos dolorida.

-- Ver a mi Beatriz privada de la gracia, poseída de Satanás.

El canónigo la interrumpió:

--¡No, esa niña no está poseída!... Hace veinte años que soy Penitenciario en nuestra Catedral, y un caso de conciencia tan doloroso, tan extraño, no lo había visto. ¡La confesión de esa niña enferma todavía me estremece!...

La Condesa levantó los ojos al cielo.

--¡Se ha confesado! Sin duda Dios Nuestro Señor quiere volverle su gracia.

¡He sufrido tanto viendo a mi pobre hija aborrecer de todas las cosas santas! Porque antes estuvo poseída, Señor Penitenciario.

-- No, Condesa; no lo estuvo jamás.

La Condesa sonrió tristemente, inclinándose para buscar su pañuelo, que acababa de perdérsele. El Señor Penitenciario lo recogió de la alfombra.

Era menudo, mundano y tibio, perfumado de incienso y estoraque, como los corporales de un cáliz.

-- Aquí está, Condesa.

-- Gracias, Señor Penitenciario.

El canónigo sonrió levemente. La llama de las bujías brillaba en sus anteojos de oro. Era alto y encorvado, con manos de obispo y rostro de jesuita. Tenía la frente desguarnecida, las mejillas tristes, el mirar amable, la boca sumida, llena de sagacidad. Recordaba el retrato del cardenal Cosme de Ferrara que pintó el Perugino. Tras leve pausa continuó:

-- En este palacio, señora, se hospeda un sacerdote impuro, hijo de Satanás...

La Condesa le miró horrorizada.

--¿Fray Ángel?

El Penitenciario afirmó inclinando tristemente la cabeza, cubierta por el solideo rojo, privilegio de aquel Cabildo.

-- Esa ha sido la confesión de Beatriz. ¡Por el terror y por la fuerza han abusado de ella!...

La Condesa se cubrió el rostro con las manos, que parecían de cera. Sus labios no exhalaron un grito. El Penitenciario la contemplaba en silencio.

Después continuó:

-- Beatriz ha querido que fuese yo quien advirtiese a su madre. Mi deber era cumplir su ruego. ¡Triste deber, Condesa! La pobre criatura, de pena y de vergüenza, jamás se hubiera atrevido. Su desesperación al confesarme su falta era tan grande que llegó a infundirme miedo. ¡Ella creía su alma condenada, perdida para siempre!

La Condesa, sin descubrir el rostro, con la voz ronca por el llanto, exclamó:

--¡Yo haré matar al capellán! ¡Le haré matar! ¡Y a mi hija no la veré más!

El canónigo se puso en pie lleno de severidad.

-- Condesa, el castigo debe dejarse a Dios. Y en cuanto a esa niña, ni una palabra que pueda herirla, ni una mirada que pueda avergonzarla.

Agobiada, yerta, la Condesa sollozaba como una madre ante la sepultura abierta de sus hijos. Allá afuera las campanas de un convento volteaban alegremente anunciando la novena que todos los años hacían las monjas a la seráfica fundadora. En el salón, las bujías lloraban sobre las arandelas doradas, y en el borde del brasero apagado dormía, roncando, el gato.

5

Los gritos de Beatriz resonaron en todo el Palacio... La Condesa estremecióse oyendo aquel plañir, que hacía miedo en el silencio de la noche, y acudió presurosa. La niña, con los ojos extraviados y el cabello destrenzándose sobre los hombros, se retorcía. 

Su rubia y magdalénica cabeza golpeaba contra el entarimado, y de la frente, yerta y angustiada, manaba un hilo de sangre. Retorcíase bajo la mirada muerta e intensa del Cristo: un Cristo de ébano y marfil, con cabellera humana, los divinos pies iluminados por agonizante lamparilla de plata. 

Beatriz evocaba el recuerdo de aquellas blancas y legendarias princesas, santas de trece años ya tentadas por Satanás. Al entrar la Condesa, se incorporó con extravío, la faz lívida, los labios trémulos como rosas que van a deshojarse. Su cabellera apenas cubría la candidez de los senos.

--¡Mamá! ¡Mamá! ¡Perdóname!

Y le tendía las manos, que parecían dos blancas palomas azoradas. La Condesa quiso alzarla en los brazos.

--¡Sí, hija, sí! Acuéstate ahora.

Beatriz retrocedió con los ojos horrorizados, fijos en el revuelto lecho.

--¡Ahí está Satanás! ¡Ahí duerme Satanás! Viene todas las noches. Ahora vino y se llevó mi escapulario. Me ha mordido en el pecho. ¡Yo grité, grité! Pero nadie me oía. Me muerde siempre en los pechos y me los quema.

Y Beatriz mostrábale a su madre el seno de blancura lívida, donde se veía la huella negra que dejan los labios de Lucifer cuando besan. La Condesa, pálida como la muerte, descolgó el crucifijo y le puso sobre las almohadas.

--¡No temas, hija mía! ¡Nuestro Señor Jesucristo vela ahora por ti!

--¡No! ¡No!

Y Beatriz se estrechaba al cuello de su madre. La Condesa arrodillóse en el suelo. Entre sus manos guardó los pies descalzos de la niña, como si fuesen dos pájaros enfermos y ateridos. Beatriz, ocultando la frente en el hombro de su madre, sollozó:

-- Mamá querida, fue una tarde que bajé a la capilla para confesarme... Yo te llamé gritando.. Tú no me oíste... Después quería venir todas las noches, y yo estaba condenada...

--¡Calla, hija mía! ¡No recuerdes!...

Y las dos lloraron juntas, en silencio, mientras sobre la puerta, de arcaica ensambladura y floreados herrajes, arrullaban dos tórtolas que Fray Ángel había criado para Beatriz... La niña, con la cabeza apoyada en el hombro de su madre, trémula y suspirante, adormecióse poco a poco. La luna de invierno brillaba en el montante de las ventanas y su luz blanca se difundía por la estancia. Fuera se oía el viento, que sacudía los árboles del jardín, y el rumor de una fuente.

La Condesa acostó a Beatriz en el canapé, y silenciosa, llena de amoroso cuidado, la cubrió con una colcha de damasco carmesí, ese damasco antiguo que parece tener algo de litúrgico. Beatriz suspiró sin abrir los ojos.

Sus manos quedaron sobre la colcha: eran pálidas, blancas, ideales, transparentes a la luz; las venas, azules, dibujaban una flor de ensueño.

Con los ojos llenos de lágrimas, la Condesa ocupó un sillón que había cercano. Estaba tan abrumada que casi no podía pensar, y rezaba confusamente, adormeciéndose con el resplandor de la luz que ardía a los pies del Cristo en un vaso de plata. 

Ya muy tarde entró Misia Carlota, apoyada en su muleta, con los quevedos temblantes sobre la corva nariz. La Condesa se llevó un dedo a los labios indicándole que Beatriz dormía, y la anciana se acercó sin ruido, andando con trabajosa lentitud.

-- ¡Al fin descansa!

-- Sí.

-- ¡Pobre alma blanca!

Sentóse y arrimó la muleta a uno de los brazos del sillón. Las dos damas guardaron silencio. Sobre el montante de la puerta la pareja de tórtolas seguía arrullando.

6

A medianoche llegó la saludadora de Celtigos. La conducían dos nietos ya viejos, en un carro de bueyes, tendida sobre paja. La Condesa dispuso que dos criados la subiesen. Entró salmodiando saludos y oraciones. 

Era vieja, muy vieja, con el rostro desgastado como las medallas antiguas, y los ojos verdes, del verde maléfico que tienen las fuentes abandonadas, donde se reúnen las brujas. La noble señora salió a recibirla hasta la puerta, y temblándole la voz preguntó a los criados:

--¿Visteis si ha venido también Fray Ángel?

En vez de los criados respondió la saludadora con el rendimiento de las viejas que acuerdan el tiempo de los mayorazgos:

-- Señora mi Condesa, yo sola he venido, sin más compaña que la de Dios.

--¿Pero no fue a Celtigos un fraile con el aviso?...

-- Estos tristes ojos a nadie vieron.

Los criados dejaron a la saludadora en un sillón. Beatriz la contemplaba.

Los ojos, sombríos, abiertos como sobre un abismo de terror y de esperanza. La saludadora sonrió con la sonrisa yerta de su boca desdentada.

--¡Miren con cuánta atención está la blanca rosa! No me aparta la vista.

La Condesa, que permanecía en pie en medio de la estancia, interrogó:

--¿Pero no vio a un fraile?

-- A nadie, mi señora.

--¿Quién llevó el aviso?

-- No fue persona de este mundo. Ayer de tarde quedéme dormida, y en el sueño tuve una revelación. Me llamaba la buena Condesa moviendo su pañuelo blanco, que era después una paloma volando, volando para el Cielo.

La dama preguntó temblando:

--¿Es buen agüero eso?...

--¡No hay otro mejor, mi Condesa! Díjeme entonces entre mí: vamos al palacio de tan gran señora.

La Condesa callaba. Después de algún tiempo, la saludadora, que tenía los ojos clavados en Beatriz, pronunció lentamente:

-- A esta rosa galana le han hecho mal de ojo. En un espejo puede verse, si a mano lo tiene, mi señora.

La Condesa le entregó un espejo guarnecido de plata antigua. Levantóle en alto la saludadora, igual que hace el sacerdote con la hostia consagrada, lo empañó echándole el aliento, y con un dedo tembloroso trazó el círculo del Rey Salomón. Hasta que se borró por completo tuvo los ojos fijos en el cristal.

-- La Condesita está embrujada. Para ser bien roto el embrujo han de decirse las doce palabras que tiene la oración del Beato Electus al dar las doce campanadas del mediodía, que es cuando el Padre Santo se sienta a la mesa y bendice a toda la Cristiandad.

La Condesa se acercó a la saludadora. El rostro de la dama parecía el de una muerta y sus ojos azules tenían el venenoso color de las turquesas.

--¿Sabe hacer condenaciones?

-- ¡Ay, mi Condesa, es muy grande pecado!

--¿Sabe hacerlas? Yo mandaré decir misas y Dios se lo perdonará.

La saludadora meditó un momento.

-- Sé hacerlas, mi Condesa.

-- Pues hágalas...

--¿A quién, mi Señora?

-- A un capellán de mi casa.

La saludadora inclinó la cabeza.

-- Para eso hace menester del breviario.

La Condesa salió y trajo el breviario de Fray Ángel. La saludadora arrancó siete hojas y las puso sobre el espejo. Después, con las manos juntas, como para un rezo, salmodió:

--¡Satanás! ¡Satanás! Te conjuro por mis malos pensamientos, por mis malas obras, por todos mis pecados. Te conjuro por el aliento de la culebra, por la ponzoña de los alacranes, por el ojo de la salamantiga. 

Te conjuro para que vengas sin tardanza y en la gravedad de aqueste círculo del Rey Salomón te encierres y en él te estés sin un momento te partir, hasta poder llevarte a las cárceles tristes y oscuras del infierno el alma que en este espejo agora vieres. Te conjuro por este rosario que yo sé profanado por ti y mordido en cada una de sus cuentas. ¡Satanás! ¡Satanás!

Una y otra vez te conjuro.

Entonces el espejo se rompió con triste gemido de alma encarcelada. Las tres mujeres, mirándose silenciosas, con miedo de hablar, con miedo de moverse, esperan el día, puestas las manos en cruz. Amanecía cuando sonaron grandes golpes en la puerta del palacio. Unos aldeanos de Celtigos traían a hombros el cuerpo de Fray Ángel, que al claro de luna descubrieran flotando en el río... ¡La cabeza yerta, tonsurada, pendía fuera de las andas!