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Doble Vista - Ramsey Campbell

Key esperaba a Hester la primera vez que su piso comenzó a tener aquel aire hogareño. La pareja que vivía en el de arriba había salido un rato, y se habían acordado de apagar la televisión. Él recorrió las habitaciones de su casa en medio de aquel placentero silencio, haciendo sonar bajo sus pies los listones del suelo de madera, y cuando la puerta de la cocina se cerró tras él, reconoció el sonido. 

Por primera vez, el piso le pareció cálido de verdad, y no sólo debido a la calefacción central. Se encontraba en plena tarea de preparar café cuando se preguntó a qué hogar se parecía su piso.

El timbre sonó con suavidad; él había amortiguado el tono de la caja de resonancia. Retrocedió, cruzó la sala dejando atrás la estantería de libros y discos y tras recorrer el breve vestíbulo, le abrió la puerta a Hester. Ésta le rozó la mejilla con sus carnosos labios; sus largas pestañas le tocaron el
párpado como la promesa de otro beso.

–Lamento llegar tarde. Tuve que grabar al alcalde –murmuró ella–. ¿Listo para empezar?

–Acabo de preparar café –repuso queriendo decir que sí.

–Traeré la bandeja.

–Puedo hacerlo yo solo –protestó, aunque lamentó en el acto su petulancia.

O sea, que el hecho de envejecer traía consigo volverse así de quisquilloso. Se sintió azorado y divertido a la vez por haber contestado a Hester de mal modo, después que ella se hubiera tomado el trabajo de ir hasta allí para grabarle.

–No me hagas caso, soy un viejo gruñón –masculló. Pero se vio recompensado por una caricia en los labios de aquellos dedos largos y frescos.

Se sentó a la luz del sol de marzo que, entre nube y nube, penetraba por la ventana, y repasó los discos que había escuchado ese mes; despotricó contra la acústica de las grabaciones de Brahms, elogió la claridad de Tallis. Una vez en la emisora de aquella radio, Hester ilustraría las críticas de Key con fragmentos de aquellas composiciones musicales.

–Otro monólogo impecable y sin guión –comentó ella–. ¿Iremos al cine esta semana?

–Si quieres... Desde luego, no faltaría más. Perdóname por no mostrarme más sociable –se disculpó–. Será que me ha asaltado la segunda infancia.

–Con tal que te mantenga joven...

Key se echó a reír ante ese comentario y le dio unas palmaditas en la mano; sin embargo, de repente, la ansiedad de que se marchara, para poder pensar, lo asaltó. ¿No habría dicho la verdad, acaso sin pretender hacerlo? Sin duda, aquello debería alegrarle: había tenido una infancia feliz, no hacía falta que pensara en las consecuencias negativas de aquella casa. 

En cuanto el coche de Hester se hubo alejado, se apresuró a volver a la cocina y cerró la puerta, una y otra vez, mientras escuchaba con atención. Cada segundo que pasaba le hacía sentirse menos seguro de cuánto se parecía el ruido producido por la puerta al de otra que había en la casa donde transcurrió su niñez.

Cruzó la cocina, que había fregado a fondo aquella mañana, y se dirigió hacia la puerta trasera. Al quitarle el cerrojo, creyó oír los arañazos de un perro en ella; pero afuera no encontró ningún animal. Pasado el breve jardín, el viento soplaba sobre los campos enfangados, a través de los árboles rechinantes, y le llevó aromas de la incipiente primavera y una ráfaga de lluvia que le empapó el rostro. 

Desde la puerta trasera de la casa de su infancia se alcanzaba a ver el cementerio, pero aquello no le había molestado en aquel entonces: incluso llegó a inventar historias para asustar a sus amigos. Sin embargo, en ese momento, los campos abiertos le infundieron valor. El olor a madera húmeda que penetró en la cocina sería producto del tiempo. Cerró la puerta con llave y, durante un rato, se dedicó a leer las aventuras de Sherlock Holmes, hasta que las manos comenzaron a temblarle. «El cansancio», se dijo.

La pareja del piso de arriba no tardó en regresar. Key les oyó dejar las bolsas de las compras en el suelo de la cocina, y después, sus pasos apresurados hasta el televisor. Al cabo de un momento, comenzaron a charlar, a voz en cuello, sobre el trasfondo de un tiroteo en Abilene o Dodge City o algún corral, como si no se hubiesen enterado de que los espectadores debían mantenerse silenciosos o al menos, no levantar demasiado la voz. 

A la hora de la cena, en el piso de arriba, los vecinos se sentaron a la mesa casi al mismo tiempo que Key, y la doble imagen del sonido de cubiertos le hizo sentir como si se encontrara en la cocina de arriba y en la suya propia al mismo tiempo. Aunque tal vez la de ellos no despediría aquel leve olor a madera húmeda debajo del linóleo.

Después de la cena, se colocó los auriculares y puso una sinfonía de Bruckner en el compact disc. En la oscuridad, la música se elevó con sus montañosas formas. Cuando la sintonía concluyó, estaba más que dispuesto a irse a la cama, pero, una vez acostado, no pudo conciliar el sueño. 

De repente, el ruido producido por la puerta de su habitación le había sonado mucho más familiar que de costumbre. ¿Y qué había de malo si le recordaba la puerta de su antiguo dormitorio? Envejecer consistía en revivir antiguos recuerdos. Pero sus ojos se abrieron de mala gana y miraron fijamente en la oscuridad, porque había descubierto que la disposición de las habitaciones era la misma que la de la planta baja de la casa de su infancia.

Hubiera sido mucho más extraño si la disposición fuese diferente. No había por qué asombrarse: de joven se había pasado años sintiéndose vulnerable después de haber estado tan cerca de la muerte. De todos modos, descubrió que aguzaba el oído para ver si le llegaban sonidos que prefería no sentir, de manera que cuando por fin se durmió, soñó con el día en que la guerra apareció en su vida.

Ocurrió al comienzo de uno de aquellos ataques aéreos que a punto estuvieron de lograr que aquel pueblo pasara al olvido. Él se sentía impaciente de tanto ocultarse debajo de la escalera cada vez que las sirenas aullaban, de esperar a que sus papeles de reclutamiento llegaran para poder ir a combatir contra los nazis. 

Aquel día había salido del refugio en cuanto la señal de «ha pasado el peligro» empezó a sonar. Se había dirigido hacia la parte trasera de la casa y mirando fijamente el cielo, azul y transparente; aquella pacífica claridad consiguió ensimismarle. Entonces, un bombardero extraviado sobrevoló el lugar y dejó caer una bomba que debía de estar destinada al astillero del río.

Hasta que la sirena no aulló, ya tarde, fue incapaz de moverse. En el último instante, se había arrojado al suelo, aplastando el parterre de flores de su padre, y lo lamentó mucho, a pesar del pánico. La bomba cayó en el cementerio. Key vio cómo las tumbas saltaban por los aires y, a su espalda, oyó hacerse añicos la ventana de la cocina. Una onda expansiva que arrastraba tierra, lápidas, fragmentos de un ataúd y todo aquello que la explosión había levantado cayó sobre él y ennegreció el cielo, la luz brillante. 

Tuvo que luchar durante largo rato para despertarse en su piso, y mucho más para convencerse de que no seguía sumergido en el sueño.

Se pasó el día haciendo su valoración de algunos discos y esperando a Hester. No dejaba de creer que oía arañazos en la puerta trasera, pero quizá fueran las descargas de estática del televisor de los vecinos, que aquel día sonaba mucho más lejano. Hester le dijo que no había visto animales cerca de los apartamentos, pero olfateó con fuerza cuando Key se puso el abrigo.

–Tendré que hablar con el propietario de tu casa sobre esto de la humedad.

En el cine, un almacén situado cerca del astillero y convertido en sala cinematográfica, proyectaban Ciudadano Kane. La habían filmado el mismo año de la bomba, y en aquel entonces había esperado verla ansiosamente. Ahora, por primera vez en su vida, sintió que las películas tenían demasiado diálogo. No cesaba de recordar el levantamiento del cementerio, que pareció deseoso de tragárselo.

Y entonces siguieron las desastrosas consecuencias. Mientras sus padres lo llevaban al hospital, un vecino había cubierto con madera la ventana destrozada. Al regresar a casa, Key había oído a sus padres discutir por lo de la ventana. Tumbado, casi indefenso, en la cama, se había dado cuenta de que sus padres no estaban seguros de dónde había salido la madera que estaba clavada de un extremo al otro del marco.

El vecino había jurado que era madera que le había sobrado de unas obras que hiciera en su casa. Y la madera tenía aspecto de estar bastante nueva: el ligero olor podía emanar del cementerio.

De todos modos, Key había dado un recital de piano, en cuanto se encontró bien, para poder reponer el cristal. Pero incluso después de que lo cambiaran, la ventana había conservado aquel asqueroso olor a madera podrida.

Quizá estuviera relacionado con el levantamiento del cementerio, aunque, para entonces, ya lo habían limpiado todo, pero ¿acaso no eran demasiados? La locuacidad de Ciudadano Kane cedió por fin paso a la música. Key estuvo bebiendo con Hester en el bar hasta la hora de cerrar, y fue entonces cuando advirtió que no deseaba quedarse solo con sus crecientes recuerdos. 

Al invitar a Hester a su piso para tomar café no hizo más que posponer esos recuerdos, pero, a su edad, era lo único que podía esperar de la chica.

Cuídate –recomendó ella al despedirse en la puerta, mientras le sujetaba el rostro entre sus frescas manos y lo miraba con fijeza.

Cuando Hester se alejó en su coche, aún le quedaba el sabor de los juveniles labios. No le apetecía irse a la cama hasta no sentirse más tranquilo. Se sirvió una generosa copa de escocés.

Los preludios de Debussy pudieron haberle calmado, pero los auriculares no lograron cubrir el ruido que le llegaba de arriba. Los aviones pasaban en vuelo rasante, las armas disparaban de manera acompasada... y, entonces, alguien lanzó una bomba. La explosión estremeció a Key. Se quitó los auriculares, apartó de un empellón el pequeño piano y se disponía a subir la escalera como una tromba para quejarse cuando oyó otro sonido. La puerta de la cocina se abrió.

«Quizá el impacto de la bomba la ha entreabierto», pensó distraído. Se dirigió veloz hacia la puerta. Se disponía a aferrar el pomo cuando el olor a madera podrida le dio de lleno, ¡y vio la cocina! La cocina de sus padres, el cristal viejo sobre el antiguo fregadero de piedra, la puerta trasera cuarteada en la que creyó oír unos arañazos. 

Cerró de un portazo. Aquel sonido le resultó ineludiblemente familiar; se dejó caer sobre la cama, su único refugio posible. Permaneció tumbado e intentó que tanto él como su sentido de la realidad dejaran de estremecerse. Ahora que la televisión podía haberle ayudado a convencerse del lugar en que se encontraba, alguien de arriba la había apagado. 

Se dijo que no podía haber visto lo que creyó ver. Tal vez el olor y los arañazos fueran ciertos, pero ¿qué significaba eso? ¿Iba a dejarse arrastrar de nuevo por las sensaciones que experimentara después de salir del hospital, por el miedo de aventurarse en las habitaciones de su propia casa, por el terror de no saber qué podía estar esperándolo allí? 

No era preciso que se levantara para probarse a sí mismo que eso no iba a ocurrir, siempre y cuando tuviera la certeza de que podría levantarse. Nada le ocurriría mientras siguiera tumbado. Y fue esa creciente convicción la que, a la larga, le permitió quedarse dormido.

El sonido de los arañazos lo despertó. Medio adormilado, recordó que no había cerrado la puerta del dormitorio, y seguramente, la puerta de la cocina habría vuelto a abrirse, de lo contrario, hubiera sido imposible que oyese los impacientes zarpazos. 

Se sentó en la cama con un gesto de rabia, como si esa rabia lograra impulsarle a cerrar las dos puertas antes de tener la ocasión de sentirse incómodo. En ese momento, sus párpados se abrieron, pegajosos, y se quedó helado; el aliento se le cortó en la garganta. Se encontraba en su dormitorio, en el dormitorio que llevaba sin ver desde hacía casi cincuenta años.

Lo miró con los párpados entornados: miró el techo, bajo e inclinado; las floreadas cortinas, de desiguales medidas; el rincón en el que el nuevo papel pintado no tapaba del todo el antiguo... 

Todo lo vio con una especie de pavor paralizante, como si temiera que su solo aliento lo hiciese desaparecer. El jadeante silencio fue roto por los arañazos cada vez más fuertes, más urgentes. De sólo pensar que tenía que buscar la causa de aquel sonido, el pánico lo invadió, y tendió la mano hacia el teléfono que había junto a su cama. Si alguien lo acompañaba. Hester, por ejemplo, seguramente desaparecería el panorama de aquel cuarto que no era. Pero en el dormitorio de su infancia no había teléfono, y en ese momento, allí, tampoco.

Se acurrucó contra la almohada, aterrorizado: después, se levantó. En aquella otra ocasión, tantos años atrás, se había negado a dejarse intimidar y juró por Dios que tampoco se dejaría asustar en ese momento. Cruzó la habitación a grandes zancadas y se dirigió hacia el cuarto principal.

Seguía en la casa de sus padres. Unas sillas desvencijadas se acurrucaban alrededor del hogar. Los rescoldos crepitantes ardían con fuerza y, de reojo, vio su reflejo en el espejo que había encima de la chimenea. Nunca se había visto tan envejecido.

–Al viejo todavía le queda vida –gruñó.

Abrió la puerta de la cocina de par en par y avanzó a paso largo, dejando atrás el hornillo ennegrecido y el fregadero de piedra para enfrentarse a los arañazos. La llave que siempre había estado en la puerta trasera le quemó la palma de la mano con su frialdad. La hizo girar en la cerradura y entonces, los dedos se le agarrotaron, el miedo los volvió torpes. 

El pavor le había borrado la memoria, pero ahora recordaba lo que había tenido que olvidar hasta que él y sus padres se mudaron después de la guerra. Los arañazos no provenían de la puerta..., se producían a su espalda, debajo del suelo.

Giró la llave con tal violencia que la partió. Estaba atrapado. En aquella otra ocasión, tantos años atrás, sólo había oído los arañazos, pero ahora vería de qué se trataba. Los urgentes zarpazos cedieron para dar paso al sonido de madera astillada. Se obligó a volverse con piernas temblorosas, para que, al menos, no lo cogieran por la espalda.

El gastado linóleo se había partido como una fruta podrida; la abertura tendría su misma altura, y por ella asomaban los listones partidos. El hedor a tierra y a podredumbre se elevó hacia él; y hacia él también se irguió una forma borrosa.... una mano, o una parte suficiente de una mano como para hacerle una seña temblorosa.

–Ven con nosotros –susurró una voz desde una boca que parecía taponada de barro–. Te esperábamos.

Key avanzó, tambaleante, atrapado en el trance que lo tenía prisionero desde que despertara. Luego se echó a un lado para apartarse del profundo abismo. Si tenía que morir, no sería así. A la carrera cruzó el cuarto principal, y estuvo a punto de caer cuando tropezó con una novela en Braille.

Corrió hacia la puerta principal y se lanzó a la calle, al aire nocturno, que se estrelló contra su rostro como si fuera hielo fino. Un sonido agudo le llenó los oídos y avanzó hacia él a toda velocidad.

Creyó que se trataba de la sirena, de la señal indicadora de que el bombardeo había pasado. Pero estaba ciego, como lo había estado desde que la bomba cayera. No comprendió que era un camión hasta que se encontró en su camino. Poco antes de que el vehículo lo embistiera, deseó haber podido ver, una vez al menos, el rostro de Hester en el fugaz instante en que recuperó la vista.

El Holandés Errante - Ward Moore

Mientras el minutero del reloj de pared rebasaba suavemente la manecilla de las horas, todavía enhiesta, el calendario automático, situado bajo la esfera, se estremeció bruscamente y al número diez le sucedió el once.

Salvo aquel ligero espasmo, tal vez atribuible a un imperfecto funcionamiento del mecanismo, las plaquitas en que estaban inscritos los signos «noviembre» y «1998» permanecieron inmóviles. En la sala de control, dotada de aire acondicionado, un termómetro situado junto a la puerta señalaba invariablemente una temperatura de 68° Fahrenheit.

No había nadie en la sala de control para observar el reloj, el calendario, el termómetro, la pantalla de radar o cualquiera de los diversos indicadores instalados en las paredes o en las mesas. 

Aun suponiendo la presencia de empleados o intrusos, no les hubiera sido posible leer señal alguna ya que la oscuridad era completa. No sólo estaban apagadas las luces de la sala; tupidos cortinajes las protegían contra los traicioneros rayos de la Luna que eventualmente pudieran reflejarse en las superficies pulimentadas.

La ausencia de luz y de personal técnico no alteraba el trabajo de los prodigiosos aparatos del aeropuerto, pues habían sido diseñados para funcionar automáticamente con una inteligencia casi humana y con una precisión que sobrepasaba a la del hombre en cualquier emergencia, excepto en los casos de un ataque directo del enemigo o de un tiro cercano que averiara no sólo los instrumentos sino también los aparatos de reparación y ajuste.

Cuando el sonar y el radar captaron el sonido y la imagen de una aeronave que se aproximaba por el norte, instantánea y correctamente fue identificada como amiga; en efecto, era un RB-87 que regresaba a su base. 

La información fue transferida a las baterías antiaéreas, a la oficina de información, situada a treinta millas de distancia; a los tabuladores que registraban el curso de los bombarderos, al control de combustible oculto a gran profundidad y al depósito de municiones, protegido por capas y más capas de cemento y plomo.

No existía balizaje automático en el aeropuerto, por supuesto, pero esto no significaba inconveniente alguno para el poderoso bombardero de ocho motores, ya que no dependía de percepciones y reacciones humanas sino de un cálculo matemático totalmente ajustado a su plan de vuelo, sensible a la más sutil variación atmosférica, a la configuración del terreno, e incluso a una repentina imperfección de su propio mecanismo. Durante el vuelo, segundo tras segundo, estos instrumentos calculaban, compensaban y mantenían a la aeronave en la ruta prevista.

El RB-87, ajustado a la velocidad y dirección del viento, así como a cierto número de factores, apuntó la proa hacia la pista de cemento de dos millas de longitud y se deslizó suavemente sobre ella, hasta el final, para detenerse finalmente con las hélices girando en punto muerto entre dos trazos de pintura: el lugar exacto que indicaban los cálculos que regían su navegación.

Mientras se detenían los motores y las hélices giraban cada vez con mayor lentitud, los complejos servicios de la base aérea comenzaron a funcionar, al detectar los instrumentos de la oscura sala de control la invisible imagen del bombardero que regresaba. 

Del depósito de combustible serpenteó una manguera aparentemente interminable, atravesando el campo; al acercarse al bombardero, sus movimientos reptantes se hicieron más pronunciados cuando, guiada por impulsos electrónicos alzó la cabeza y trepó por un costado del aparato, buscando a ciegas los vacíos tanques de gasolina. Un diminuto receptor le respondió al mensaje de un transmisor también minúsculo; saltó el tapón y el cuello de la manga se introdujo en la abertura. 

Este contacto actuó en las profundidades del depósito de combustible; comenzaron a funcionar las bombas y la larga manguera se puso rígida al pasar la gasolina por su interior. A muchos kilómetros de distancia comenzaron a trabajar las bombas, impulsando su carga a través de los oleoductos. Toda la maquinaria de una refinería se puso en movimiento para elaborar petróleo en crudo y enviarlo transformado en gasolina de alto octanaje. 

A medio continente de distancia, se elevaba desde las profundidades de un pozo de materia prima que iría a parar al interior de un depósito vacío.

La manguera de gasolina, pieza fundamental, era el aparato más simple de la sala de control. Llenos ya los tanques, el tapón del depósito en su sitio y la manguera enrollada en su horquilla, hicieron su aparición las maquinarias más complejas. La manguera de engrase se desplazaba de un motor a otro, los cuales vomitaban finas capas de aceite negro quemado, luego reemplazadas por lubricantes de un color verde-dorado, fresco y viscoso. 

El dispositivo mecánico de engrase, un increíble pulpo sobre ruedas, circulaba por el campo aplicando sus tentáculos a las innumerables junturas que requerían sus servicios. Al otro lado del campo, los dispositivos automáticos de carga transportaban su precioso equipo en lenta procesión. Iban al encuentro del bombardero y constituían también mecanismos complejos y sutiles, guiados por delicados artificios, que colocaban suave y cuidadosamente las valiosas bombas en las cavidades de la nave. 

Aguardaban pacientemente su turno, dispuestos y regulados contra toda posible colisión. Al igual que los aparatos de control de combustible, también eran el resultado de la labor de muchos servomecanismos; galerías subterráneas despachaban a gran profundidad el material de repuesto por medio de tubos neumáticos, que se introducían bajo la superficie de la tierra a varios kilómetros de profundidad.

Los poderosos motores se enfriaron. La veleta —una especie de cono de lona—, en lo alto de la torre del aeropuerto, se movió ligeramente. En la oscura sala de control, el reloj marcaba las 3:58. Débiles partículas de polvo se filtraron subrepticiamente a través de las rendijas de las ventanas y un pequeño trozo de cemento, desprendido por el viento, cayó al suelo. 

A unos cuantos kilómetros de distancia, una hilera de árboles secos y resquebrajados rehusaban ásperamente, con fúnebre tozudez, a doblegarse lo más mínimo ante las duras acometidas del viento.

Exactamente a las 4:50, un impulso eléctrico procedente de la sala de control, según normas predeterminadas, puso en marcha los motores del avión. Hubo un momento en el que falló el motor número siete, pero pronto recuperó el ritmo habitual. Durante un largo intervalo, los motores se calentaron. La aeronave emprendió la marcha con aparente impremeditación, pero en el exacto instante previsto.

La pista se extendía a gran distancia. Pese a ganar velocidad, parecía como si el avión se mantuviera pegado a ella, reacio a dejar tierra. Después de un ligero balanceo, se abrió al fin un espacio entre las ruedas y el cemento, que se agrandó con rapidez. 

El aparato se elevó a gran altura, sobrepasando por un amplio margen la red de cables de alta tensión que se extendía más allá del aeropuerto. Ya en el aire pareció vacilar un momento, mientras los instrumentos medían y calibraban, pero no tardó en enfilar la proa hacia el norte, surcando con decisión el firmamento.

Volaba a enorme altura, por encima de las nubes, por encima de la sutil capa de aire oxigenado. Los motores palpitaban uniformemente, excepto el número siete, en el que de vez en cuando se percibían desfallecimientos y vacilaciones. Los expertos instrumentos del bombardero guiaban y comprobaban constantemente su vuelo, manteniéndolo en ruta hacia el objetivo a una altura fuera de posibles interferencias.

La pálida luz del amanecer hirió los contornos del avión sin resultado. La pintura pardusca del camuflaje no producía reflejos, pero aquí y allá aparecían ligeros rasguños, dejando al descubierto el brillante y traicionero aluminio. A medida que la luz se intensificaba, se hizo patente que tales desperfectos no eran sino pequeños signos de la debilidad del gran bombardero. 

Un golpe aquí, una abolladura allá, un cable deshilachado, una ligera erosión, señales que evidenciaban malos tratos, ominosas limitaciones. Sólo los instrumentos y los motores eran perfectos, aunque incluso éstos, considerando las alteraciones del número siete, no parecían destinados a durar indefinidamente.

Rumbo norte, rumbo norte, rumbo norte. El blanco había sido fijado, años atrás, por hombres maduros de rostro inexpresivo. La ruta fue establecida por hombres más jóvenes, con cigarrillos entre los labios, y los instrumentos esenciales fueron instalados por otros hombres todavía más jóvenes, envueltos en guardapolvos y mascando chicle. 

El blanco no era originalmente objetivo exclusivo del «Holandés Errante» —nombre que un mecánico jovial pintó años atrás en el fuselaje de la aeronave—, sino que estaba a cargo de un escuadrón completo de aviones del modelo RB-87, pues constituía un importante centro industrial, una parte esencial para el poder militar del enemigo cuya destrucción era necesaria.

Los hombres maduros que habían decidido el plan estratégico conocían muy bien la naturaleza de la guerra que estaban afrontando. Todo se había preparado cuidadosamente, teniendo en cuenta las posibles eventualidades. Planes de todas clases, cuantas alternativas eran posibles, se habían planificado con el mayor celo. 

Se daba por descontado que aquella capital y las ciudades más importantes serían destruidas casi de inmediato, pero los autores del plan habían ido mucho más allá de la simple descentralización. 

En las guerras precedentes, las operaciones finales dependían de los humanos, cuyo carácter frágil y falible conocían muy bien los estrategas. Pensaban con disgusto en la inutilidad de los soldados y mecánicos cuando se les somete a bombardeos ininterrumpidos o sufren los efectos de las armas químicas o biológicas, en los civiles refugiados en los más profundos rincones de las cavernas y minas subterráneas, con la voluntad anulada para la lucha e implorando servilmente el retorno de la paz. 

Los estrategas habían luchado ardorosamente contra este factor de incertidumbre. Organizaron una guerra no sólo completamente automatizada, sino además en la que botones y más botones actuasen en una cadena sin fin. La población civil podría encorvarse y temblar, pero la guerra no se detendría hasta alcanzar la victoria.

El «Holandés Errante» avanzaba velozmente hacia un blanco familiar servido y reforzado por una intrincada red de instrumentos, dispositivos, factorías, generadores, cables subterráneos y recursos básicos, todos ellos casi envidiables e inexpugnables, capaces de funcionar hasta el agotamiento, que no llegaría —gracias a su perfección— hasta dentro de cien años. El «Holandés Errante» volaba hacia el norte, una creación del hombre que ya no dependía de su autor.

Volaba hacia la ciudad que, largo tiempo atrás, había quedado convertida en pequeños cascos pulverizados. Volaba hacia las distantes pilas de baterías antiaéreas, donde los pocos cañones que todavía quedaban indemnes lo localizarían con sus pantallas de radar, apuntando y disparando automáticamente, para atraerlo al destino que sufrieron otros aviones a su imagen y semejanza. 

El «Holandés Errante» volaba hacia el país del enemigo, un país cuyos ejércitos habían sido aniquilados y cuyo pueblo había perecido. Volaba a tal altura que, desde un punto muy inferior al de sus extendidas alas y potentes motores, la superficie de la Tierra quedaba limitada por una gran línea curva. La Tierra, un planeta muerto en el cual hacía ya tiempo, mucho tiempo, que no alentaba ningún ser viviente.