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Irlandeses detrás de un gato - Rodolfo Walsh

El chico que más tarde llamaron Gato apareció sin anuncio ni presentaciones contra la pared norte del patio, durante el último recreo anterior a la cena. Nadie sabía desde cuándo estaba acurrucado junto a la ventana de la galería que comunicaba los claustros. En realidad, allí no tenía nada que hacer, porque era a fines de abril y las clases habían estado funcionando un mes entero, devorando la última luz del fastidioso otoño interrumpido por largos y aburridos períodos de lluvia. 

Estaba oscureciendo y el patio era muy grande, consumía el corazón mismo del enorme edificio erigido en los años diez por piadosas damas irlandesas. La penumbra, pues, y el vasto espacio que ni siquiera ciento treinta pupilos entregados a sus juegos podían empequeñecer, explican que nadie lo viera antes. 

Eso, y la propia naturaleza oculta del recién venido, que lo impulsaba a permanecer distante y camuflado, con su cara gris y su guardapolvo gris contra el borrón de la pared más alejada del comedor hacia el que, insensiblemente, habían ido deslizándose durante los últimos veinte minutos las bolitas, la arrimadita y la payana.

El chico parecía enfermo, su rostro era como un limón inmaduro espolvoreado de ceniza. Aún no había cumplido doce años, era muy flaco y los primeros que se le acercaron vieron que los ojos le brillaban febrilmente. Tenía una manera de moverse extraña e inhumana, hecha de bruscos arranques y fogonazos de pasión, o lo que fuera, mezclados con el más sutil escurrimiento, alejamiento, de un cuerpo sinuoso y evasivo. 

Era alto, y sin embargo podía parecer mucho más pequeño gracias a un solo movimiento, en apariencia, de la cintura y de los hombros, como si no tuviera huesos a pesar de su flacura. Todo esto resultaba inquietante y ofensivo.

Este chico al que más tarde llamaron el Gato y que en pocas horas más iba a revelar una porción tan inesperada de su naturaleza gatuna, había viajado la mayor parte del día, y toda la noche anterior, y el día anterior, porque vivía lejos, con una madre que iba envejeciendo, con la que estaban rotos los puentes del cariño y que al traerlo lo paría por segunda vez, cortaba un ombligo incruento y seco como una rama, y se lo sacaba de encima para siempre. 

Es cierto que en el último minuto, cuando lo dejó en la rectoría con el padre Fagan, consiguió derramar unas lágrimas y besarlo tiernamente, pero el chico no se engañó con eso, porque él mismo lloró un poco y la besó, y sabía perfectamente que tales gestos no importan mucho fuera del momento o el lugar que los provocan o estimulan.

Lo que predominaba en la mente del chico era una perseguidora memoria de caminos embarrados bajo una amarilla luz de miel, de pequeñas casas que se desvanecían y de hileras de árboles que parecían las paredes de ciudades bombardeadas; porque todo eso había pasado continuamente ante sus ojos durante el largo viaje en tren y se había sumergido de tal modo en su espíritu que aún de noche, mientras dormía a los sacudones sobre el banco de madera del vagón de segunda, había soñado con esa combinación simplísima de elementos, ese paupérrimo y monótono paisaje en que sintió disolverse a un mismo tiempo todas sus ideas y sueños de distancia, de cosas raras y desconocidas y gente fascinante.

Su desilusión en esto tenía ahora el tamaño de la infatigable llanura, y eso era más de lo que se atrevía a abrazar con el solo pensamiento.

Exigencias más urgentes vinieron luego a rescatarlo. El padre Fagan lo transfirió al padre Gormally, y el padre Gormally lo llevó al borde del patio enmurado, inmerso, hondo como un pozo, rodeado en sus cuatro costados por las inmensas paredes que allá arriba cortaban una chapa metálica de cielo oscureciente —esas paredes terribles, trepadoras y vertiginosas— y le mostró los ciento treinta irlandeses que jugaban, y cuando volvió a mirar las paredes verticales, él que nunca había visto otra cosa que la llanura con sus acurrucadas rancherías, una sensación de total angustia, terror y soledad lo poseyó. 

Fue sólo una erupción de puro sentimiento, que le puso de punta cada pelo de la piel; algo parecido a lo que siente la piel de un caballo cuando huele un tigre en el horizonte. Tal vez comprendió que estaba a punto de conocer a la gente de su raza, a la que su padre no pertenecía, y de la que su madre no era más que una hebra descartada. 

Les temía intensamente, como se temía a sí mismo, a esas partes ocultas de su ser que hasta entonces sólo se manifestaban en formas fugitivas, como sus sueños o sus insólitos ataques de cólera, o el peculiar fraseo con que a veces decía cosas al parecer comunes, pero que tanto perturbaban a su madre.

A primera vista, sin embargo, parecían completamente inofensivos esos chicos campesinos, pecosos, pelirrojos, de uñas y dientes sucios, bolsillos abultados de bolitas, medias marrones colgando flojamente bajo las rodillas, con sus amarillos botines Patria de punteras gastadas por la costumbre de patear piedras, latas y pelotas de fútbol, plantas, raíces de árboles y hasta sus propias sombras; piernas fuertes y macizas bien calzadas en esos pesados botines trituradores, cazadores, que uno (él) veía instintivamente apuntados a sus tobillos, o a la parte blanda de la rodilla, donde el agua se junta y se hincha durante semanas.

Lo cierto es que ahí estaba ahora, el Gato acorralado, contra una ventana, y por supuesto lo primero que dijo Mulligan, que parecían mandar el grupo, cuando lo vio allí acurrucado, como listo para saltar, y no queriendo saltar sin embargo, no queriendo pelear, ni siquiera hablar, lo primero que se dijo, tal vez en su idioma, tal vez en el idioma de su madre que él oscuramente comprendía, dijo Mulligan:

—Hé, parece un gato.

Y cuando hubo obtenido la razonable cuota de reconocimiento y de risa, y el sobrenombre quedó pegado para siempre al chico que desde entonces llamaron el Gato, inciso en su corazón o en lo que fuera más receptivo al castigo y a la burla, en cualquier cosa que se abriera como un tajo para recibir el cuchillo (porque la herida está allí antes que el cuchillo esté allí, la parte blanda antes que la parte dura, la carne antes que la hoja), cuando estuvo así marcado y al fin sabiendo lo que era, alguien, que podía ser Carmody, Delaney o Murtagh, dijo:

—Cómo te llamas, ¿pibe?.

Planteando el terreno, firme para ellos y para él desconocido, porque pudo sospechar que una pregunta tan sencilla tenía un sentido oculto, y por lo tanto no era en absoluto una pregunta sencilla, sino una pregunta muy vital que lo cuestionaba entero y que debía meditar antes de responder, antes de seguir, como siguió, un curso oblicuo y propiciatorio, antes de decir

—O'Hara —como dijo.

Pero el nombre ofrecido no quiso hundirse, simplemente flotó como una manzana descartada o una papa podrida flotan en el río. Se lo tiraron de vuelta, chorreando desprecio y exasperación:

—Ese no. Tu verdadero nombre, como si fuera transparente para ellos. Entonces dijo:

—Bugnicourt.

Que era, ése sí, el nombre de su padre, al que nunca amó ni siquiera conoció bien, un hombre perdido para siempre en las arenas movedizas del agrio recuerdo y la invectiva, su memoria pisoteada por los hombres que siguieron, un fantasma apenado que tal vez espiaba a través de los agujeros de la ácida memoria a la mujer que fue su esposa y después, sin explicación, se volvió la puta del pueblo, pero una puta piadosa, una verdadera puta católica que llevaba al cuello una cadena de oro con una medalla de la Virgen María.

—¿Qué clase de nombre es ése? ¿Sos polaco? —y en seguida, con sombría sospecha—: ¿Judío?

—No —gritó—. No soy judío —profundamente lastimado, sintiendo por primera vez ese impulso de arañar a ciegas cuyo síntoma fue que flexionó suavemente los dedos, como si los guardara y replegara hasta sentir el filo de las uñas en las palmas.

—¿O'Hara es tu madre? —preguntaron.

—Sí.

—¿De dónde es?

—De Cork. Cork en Irlanda.

—Corcho —tradujo Mullahy, que sabía geografía—. Un corcho en el culo —mientras el Gato se movía inquieto en la penumbra, y luego, con repentina decisión, se anotaba el primer punto, su primera movida exitosa frente a la batalla inminente y la pregunta inevitable.

—Mi madre es una puta —dijo sin afectación y así los demoró un instante, horrorizados, incrédulos o secretamente envidiosos de la audacia que permitía decir una cosa como ésa, capaz de hacer temblar el cielo donde planeaban con sus grandes alas membranosas las madres invulnerables y de precipitarlas en un monstruoso cataclismo.

—Oyeron eso —murmuró Kiernan, indagando en la general consternación, en el silencio, en la distancia abierta que ahora sólo podía franquear un jefe.

—Bueno, Gato —dijo Mulligan—. Bueno, Gato —dijo—. Eso me gusta. Sos el polaco, el franchute o el judío más cojonudo que conozco. Lo único que tenés que hacer ahora es pelear con uno de nosotros, después te dejaremos estar y hasta nos olvidaremos de tu vieja, aunque sea una yegua que coge.

—No quiero pelear —repuso el Gato—. Estoy cansado.

—No tenes que pelear conmigo, Gato, yo podría hacerte tiras con una mano atada. Vas a pelear con Rositer, que no tiene más que un buen juego de piernas, pero no pega con la zurda, y al fin y al cabo es un pajero.

—Déjenme solo —dijo el Gato—. No quiero pelear con nadie.

—Pero si te pegamos, Gato —dijo Mulligan—. Si yo te pego. No vas a hacer un papelón, y además tenemos que saber en qué lugar del ranking te ponemos, o vos te crees que esto es un quilombo.

—No sé —dijo el Gato, y de pronto le vieron en la cara una sonrisa extraña, soñadora y cenicienta—. ¿No podríamos dejarlo para mañana? —tomándolos nuevamente de sorpresa.

Parecieron deliberar, sin decir nada, las preguntas y las respuestas iban y venían en el parpadear de un ojo, el tic de una mejilla, una larga y acalorada discusión sin palabras, hasta que nació un consenso, no el resultado de una votación democrática, sino del peso y la autoridad que fluían por sus canales naturales, hasta que los últimos remolinos de disentimiento se desvanecieron y el lago de la conformidad mostró su cara inocente y pacífica.

—Está bien —dijo Carmody, porque esta vez fue él quien, frente a la pesada inmediatez de Mulligan, inclinó la balanza—. Está bien —desconcertado, sin saber por qué condescendía, si no era por el aguijón de lo nuevo e inesperado y en consecuencia teñido, aún en perspectiva, con algo de lo diabólico. Ahora, de todos modos, era el custodio de la voluntad general y se proponía hacerla cumplir.

Pero otros, por disciplinados que estuvieran en la aceptación de esa voluntad general se alarmaron. Sólo alguien que fuese absolutamente extraño a ellos, más, alguien que en verdad participara de la condición de un Gato, podía postergar una de piñas. Por lo tanto, pensaron, esto ya no era un juego, si es que alguna vez lo había sido.

Y así ocurrió que Carmody, después de imponer su punto de vista, quedó malparado, resbalando sobre un ilusorio punto de equilibrio, sintiéndose abandonado e incapaz de evitar nada de lo que pudiera seguir. Porque tal es la naturaleza de las inciertas victorias que se ganan sobre oscuros pálpitos del corazón.

Mulligan sintió volver la marea, esa honda corriente que hace el prestigio.

—Eh, Gato —dijo—. Eh, ¿cómo es que llegas tan tarde al colegio?

El Gato lo miró de frente y algo parecido a una partícula de ceniza, un diminuto destello, pareció moverse en cada uno de sus ojos.

—Estaba enfermo —respondió.

Y ahora retrocedieron, como si temieran tocarlo. El Gato lo sintió, una fugitiva sonrisa volvió a jugar en su cara flaca y hambrienta; con asombrosa previsión se lanzó sobre ese fragmento de la suerte, lo arrebató, lo manejó como una pelota atada a una gomita.

—Tiña —dijo, y sacudió la cabeza, y les mostró—. El que me toca se jode —tocándose, en honda burla y parodia de sí mismo.

De nuevo retrocedieron, sin dejar de mirar, y a la luz del crepúsculo creyeron ver en la cabeza del Gato manchas amarillas y grises, y más tarde Collins aseguró que eran como algodón sucio o flores de cardo. Todo el mundo comprendió entonces que la cosa sería más difícil de lo que pensaban, porque el corazón humano se resiste a golpear llagas infestadas o males escondidos, y la índole del obstáculo que ahora los frenaba era, más o menos, del mismo orden que impide o impedía en viejos tiempos levíticos que un hombre toque a su mujer en ciertos días.

Con la cabeza agachada el Gato subrayaba su ventaja y se reía por dentro, observándolos desapasionadamente desde sus ojos curvados hacia arriba, eligiendo a éste o aquél para los futuros días de la retribución y del placer gatunos, porque no menospreciaba la caza ni ignoraba las mudanzas del tiempo.

Los puños se abrieron, ola tras ola de placer desaparecido, de legítima excitación robada escalaron como nubecitas de humo las vertiginosas paredes. En mitad de ese asombro sonó la campana llamando a cenar. 

Formaron sin ganas contra la pared del comedor, bajo los ojos saltones e inyectados del celador de turno que —certeros para atrapar el motivo central de cualquier desgracia— llamaban la Morsa, por esos dos incisivos que, como largas tizas, quedaban siempre a la vista, aun cuando cerrara la boca. Sin que nadie se lo indicara, el Gato encontró su lugar en la fila, y ese lugar que encontró sin previo ensayo le cuadraba perfectamente de modo que ahora quedaba inadvertido entre Allen y O'Higgins, aunque la fila entera sentía su presencia impune como un ultraje.

Después del rezo, el Gato comió despacio. Bajo la lámpara de pantalla verde, entre los azulejos y sobre las mesas de mármol, en esa enfermiza y espectral blancura que daba al comedor el aire de una sala de hospital, su aspecto no mejoró. Parecía más enfermo, ladino y gris, incómodo para mirar, irradiando esa escandalosa certeza de que uno no podía ser él, bajo ninguna circunstancia y mediante ningún esfuerzo de la imaginación, mientras que podía ser Dashwood, o Murtagh, o Kelly, casi sin desearlo, como en efecto ocurría a veces. 

Su ajenidad era abominable, y los seis chicos sentados con él en la última mesa, que eligió con la misma precisión con que había tomado su lugar en la fila, apenas se decidían a comer. El guardapolvo nuevo del Gato brillaba con un lustre metálico y verdoso, usaba corbata negra y el cuello de su camisa estaba arrugado. Pero lo que más impresionó a los que realmente se atrevieron a inspeccionarlo fue el largo, largo cuello, y la forma en que se arrugaba cuando ladeaba de golpe la cabeza, y el espectro, el fantasma, la adivinada y odiosa sombra de un bigote gris. Era feo el Gato.

Luego los platos y las fuentes quedaron vacíos, y todos los ojos vacíos miraron al frente, y a una sola señal de la Morsa, la conversación murió. Exteriormente, nada había ocurrido. Sin embargo, en el alma misma del rebaño acababa de producirse un cambio. Silenciosamente, entre el primero y el séptimo y el último bocado de la sémola friolenta, blancuzca, apelmazada que noche a noche mantenía al pueblo con vida, sus líderes fueron derrocados, mediante un proceso desconocido inclusive para ellos. 

Mulligan y Carmody lo supieron, aunque nadie dijo una palabra. Habían fallado ante su gente, y otros desconocidos aún, ocupaban sus lugares. Así debía ser. El pueblo no quedaba ligado por la palabra dada en un momento de debilidad por un sentimental fracasado como Carmody.

¿Lo adivinó el Gato? Apenas tragó la última cucharada, sus pies comenzaron a moverse sin ruido, pedaleando sobre el piso en un estacionario corre-corre-corre, como un ciclista que se entrena o un boxeador haciendo sombra contra el cercano futuro que se agranda, zambulléndose en la corriente de los hechos, siendo arrastrado cada vez más lejos por su propia ansiedad, corriendo en una amortiguada pesadilla.

La Morsa lo sintió también mientras rondaba el callado comedor, poniéndose cada vez más colorado, sintiendo la necesidad de decir algo, oliendo oscuramente el aire asesino, enfureciéndose, hasta que al fin se paró frente a todos y barbotó:

—¡Pórtense bien, ustedes! ¡O les rompo el alma a patadas!

Y de este modo se expuso a un silencio ridículo.

Salieron al patio y la noche y volvieron a ponerse en fila. Había en el aire un mensaje de los campos tras las altas paredes, un aroma dulzón que el Gato sintió, y entonces miró al cielo que en ese preciso momento, siete de la noche, fines de abril de 1939, ostentaba una Cruz majestuosa y una proliferante Argonave.

Pero el suelo era de piedra, grandes lajas de pizarras grises o celestes, pulidas por el tropel de las generaciones hasta un hermoso acabado de finas vetas, extendiéndose lejos hacia las gráciles arcadas de los claustros que brillaban casi blancos contra el mar de sombra que empezaba detrás. 

En algún momento del día había llovido, quedaban charquitos de agua en las hondonadas de la piedra, y el Gato los cotejó contra las suelas de sus botines nuevos, mientras algo todavía refrenaba a la Morsa, que no daba la orden de romper filas, y por un momento pareció que volvería a hablar, pero al fin se encogió de hombros, dio la orden y el Gato saltó.

Saltó, otros dicen que voló por encima de sus cabezas, elevándose tal vez dos yardas, y la fuerza de su quemante impulso lo llevó hacia adelante como en un sueño, planeando, cinco, diez yardas, navegando sobre su flotante guardapolvos hasta que al fin tocó la piedra y las punteras de fierro de sus botines arrancaron de la dormida piedra un chaparrón de chispas, un doble chorro de fuego, signo por el cual fue reconocido más de una vez en esa larga noche, cuando ya parecía haber desaparecido para siempre. ¡Fogoso Gato! ¡Tu terrible desafío aún vibra en mi memoria, porque yo era uno de ellos!

¡Pero qué fue más admirable, ese espantoso salto, o la serena determinación con que Irlanda mandó al frente a sus guerreros! Fácilmente se desplegaron, casi a paso de marcha, Dolan en una punta, Geraghty en el centro, el pequeño pero ingenioso Murtagh a retaguardia, y este único y sencillo movimiento bloqueó todas las posibles retiradas y siguió invisible hacia adelante, entre la renovada prestidigitación del dinenti y el candor del hoyo-zapatero y las conversaciones que disimulaban todo, de suerte que ni siquiera los ojos adiestrados de la Morsa (siempre al acecho de algo que mereciera castigo excepcional) vieron otra cosa que ese enloquecido chico nuevo, el Gato, que como un rayo pasaba en diagonal hacia el claustro de la derecha.

En algún lugar del patio se oyó el sonido de la armónica, que Ryan tocaba en un agudo bailarín y gozoso, como un pífano guerrero, alentando la fiebre del combate. A la izquierda Murtagh corrió un poco, apenas lo bastante para taponar la galería entre los claustros, y llegó a tiempo para ver la sombra del Gato, a sesenta yardas de distancia en el extremo opuesto.

El Gato probó allí la primera cucharada de un amargo dilema. A su derecha estaba la puerta abierta de la capilla, exhalando un enfermizo olor a cedro, cirios y flores marchitas. Se asomó y vio a un cura muy viejo arrodillado ante el altar, murmurando una oración o, tal vez, durmiendo en voz alta, con los ojos cerrados. A su izquierda el largo corredor, con una puerta de vidrio que daba a la rectoría y la agazapada sombra de Murtagh en contraluz. Y al frente, una escalera que se internaba en la oscuridad. Subió ciegamente.

Murtagh abrió una ventana de la galería y con el pulgar hacia arriba hizo una seña a Geraghty, que aguardaba sin prisa en el centro del patio. Geraghty, a través de anónimos mensajeros, comunicó la novedad a Dolan, que se había quedado muy atrás, a la derecha del largo semicírculo de cazadores, y sobre quien había descendido silenciosamente el águila del mando. Dolan reflexionó y dio sus órdenes. 

Mandó a Winscabbage, que era estúpido pero de anchas espaldas, a retener la encrucijada que tanto había desconcertado al Gato e impedir a toda costa su regreso. Después transmitió a Murtagh la señal de tomar sus propias disposiciones, y Murtagh llamó al pequeño Dashwood y le ordenó que se quedara allí y gritara si venía el Gato, porque el pequeño Dashwood no podía pelear a nadie, pero era capaz de exorcizarse los propios demonios del aullido. Hecho esto, la línea entera se replegó, mientras los jefes se reunían para deliberar y escuchar el consejo de Pata Santa.

Pata Santa Walker tenía una pierna más corta que la otra, terminada en un botín monstruosamente alto, rígido, inanimado como un tronco muerto que arrastraba al caminar, y una noble cara afilada y olivácea de ojos visionarios. 

No era un líder y nunca podría serlo, aunque aseguraba descender de reyes y no de pobres chacareros de Suipacha, pero la intensidad y concentración de sus ideas lo sustraían al círculo de la piedad en que otros simples desgraciados —un epiléptico y un albino, dos rengos más y un tartamudo— chapoteaban.

A Pata Santa le sobraba tiempo para pensar mientras los demás jugaban al fútbol o al hurling, y los líderes tenían que escucharlo.

—Subirá al dormitorio —vaticinó como si realmente estuviera viendo al Gato—, y después irá hacia atrás.

—¿Y después?

—Puede aparecer a nuestra espalda. Si lo dejamos bajar, lo perdemos. Se convierte en uno de nosotros.

—Hay que mantenerlo arriba —concordó Murtagh.

Dolan mandó a Scally y Lynch a cubrir las otras dos salidas del patio.

El Gato estaba ahora en una trampa. Cuatro lados, cuatro ángulos, cuatro escaleras, cuatro salidas, todas custodiadas. Moviéndose cautelosamente en la oscuridad, encontró un descanso y una puertita de madera que daba al coro. Se asomó y vio una vez más el altar, el cura inmóvil, el Cristo sangrante y repulsivo y el par de arcángeles de plumas azules sosteniendo candelabros eléctricos. 

En el coro había un órgano empinando la silueta en la penumbra y rosetas de vidrio que daban a alguna parte de la noche y del cielo. Pero algo ajeno a él mantenía al Gato en movimiento; retrocedió, siguió subiendo y volvió a encontrarse en los ángulos rectos de la decisión. A su izquierda había una larga serie de puertas que se abrían sobre un pasillo; a su derecha, un dormitorio con dos hileras de camas blancas. 

Se acurrucó, reflexionó, después, caminó sigilosamente por el desierto dormitorio, la interminable perspectiva de camas. No había luz, salvo dos bombitas de veinticinco vatios, separadas por cincuenta pasos, como dos grandes gotas traslúcidas de sangre. 

El Gato se asomó a una ventana, vio un parque con luz de estrellas, oscuros pinos y araucarias, el portón de entrada por donde había venido con su madre y, más lejos, el blanco camino pavimentado y la señal del ferrocarril que cambiaba de rojo a verde. Así que ése es el sur, pensó, pero no exactamente el sur. 

Bajó la vista al camino de guijarros; la distancia era siete u ocho veces la altura de su cuerpo, y de todas maneras él no quería volver al sur. Ahora trató de recordar el aspecto que tenía el edificio cuando lo vio por primera vez esa tarde, pero no pudo, y maldijo la estéril emoción que bloqueaba ese recuerdo. Su madre iba de regreso al pueblo en un tren lejano.

En el patio la Morsa se paseaba frenéticamente, persiguiendo la persecución, exigiendo una parte en la invisible ceremonia, pero cada movimiento sospechoso resultaba pertenecer a un juego inofensivo que, cuando se paraba a preguntar, se le aferraba en forma de otras preguntas inocentes, dirigidas en debida y respetuosa forma a un superior y adulto, robándole tiempo y atención, embotando su iniciativa y de ese modo impidiéndole ubicar la zona donde verdaderamente transcurría el mal. 

En eso también la comunidad era astuta, su población civil distraía al enemigo o al intruso. Y así la Morsa no descubrió nada y supo que no iba a descubrir nada a menos que mentalmente pudiera identificar al jefe, pero apenas pensó en Carmody lo vio a cuatro pasos de distancia, cambiando el Pez Torpedo por Bernabé Ferreyra, y en seguida vio a Mulligan junto a la pared midiendo con la palma chata sobre el suelo las chapitas de la arrimada. 

Así que maldijo en voz baja, sabiendo que debía esperar casi una hora antes de tocar la campana para el rosario, y volvió a maldecir contra la luz fangosa del patio e incluso contra esas viejas piadosas y amarretas de la caritativa Sociedad de San José. 

Fue entonces cuando en el centro del patio estalló una falsa gresca, y al amparo de esa conmoción Dolan y sus secuaces de derramaron por la escalera posterior de la derecha, mientras Murtagh y los suyos iban por la izquierda seguidos por la armónica que alternaba el fino sentimiento de Mother Machree con el denuedo de Wear on the Green.

Arriba el Gato siguió avanzando hasta encontrarse nuevamente en un ángulo recto, en un rellano, mirando hacia abajo, a la sombra, y queriendo tomar una decisión. Bruscamente resolvió probar las defensas allí y bajó como una catarata.

Desde el centro del patio, donde la ilusoria pelea se desvanecía rápidamente en presencia de la Morsa, la escena se vio así: primero hubo un grito penetrante, luego un breve choque, y en seguida el pequeño Dashwood salió despedido, pateando y gimiendo como un cachorro loco. 

En el acto se formó a su alrededor un círculo, y entonces todos observaron la marca del Gato: una serie de profundos rasguños, paralelos y sangrientos, en su mejilla derecha. McClusky y Daly ocuparon silenciosamente su lugar, mientras otros lo llevaban al surtidor para lavarle la cara y oírle decir:

—¡Le pegué! ¡Le pegué! ¿No me quieren creer?

Se corrió la voz: el Gato había golpeado. Ahora las caras estaban sombrías, pero nadie perdió su valor.

Tras enfrentar y aporrear a Dashwood, el Gato desanduvo su camino. La pelea estaba ahora dentro de él, se derramaba por su sangre en una incesante, incontenible filtración. Sentía su propio olor, acre, humeante, inhumano, como el que deja un rayo al golpear la tierra, y un deseo casi intolerable de matar y huir, de hacer frente y volver a golpear y huir nuevamente, que le inundaba el cerebro y lo dejaba a merced de oscuras corrientes que fluían insensatas por su cuerpo. 

Se sentía transportado y repelido, se agazapaba y se zambullía y se ocultaba y volvía a cargar sin un momento de reflexión, nadando en esa poderosa corriente de miedo y de odio mientras dejaba atrás otro pasillo y otra hilera de puertas que probó y encontró cerradas con llave menos una, fileteada de luz, que filtraba una música lánguida y envolvente, y que no quiso probar. 

Escuchó allá delante un tropel de pasos, se apelotonó y rodó al interior de un baño, el hedor de una letrina, y oyó pasar voces amortiguadas y llenas de excitación, "Por aquí, tiene que haber venido por aquí". El Gato adivinó que enseguida volverían, las aletas de la nariz empezaron a temblarle, llegó a pensar Aquí no, y salió antes que la red terminara de cerrarse.

Lo vieron, giraron sin prisa, como si estuvieran seguros de que ahora no podría escapar. Ese pausado movimiento asustó más al Gato que una arremetida, y aun antes de volver a saltar comprendió por qué: habían dejado un retén en el descanso. Eran dos y lo esperaban, sólidos, inconmovibles, sin miedo, con las piernas bien separadas, los puños enarbolados. "Venga, gatito" dijo uno. "Vamos, minino, ahora tiene que pelear." Vio la brecha entre ambos y se zambulló, y ese movimiento tan simple volvió a tomarlos desprevenidos porque eran peleadores a golpe de puño que no concebían otro tipo de lucha.

El Gato cayó sobre el codo derecho y el hueso propagó por todo su cuerpo un instantáneo ramaje de dolor. Sus perseguidores se habían precipitado sobre sus piernas y no sólo lo golpeaban a él sino que se daban entre ellos. Ahora el Gato estaba parado, arrastrando a uno que se aferraba a su guardapolvo, y los demás venían a toda carrera. 

El Gato hizo un solo movimiento con la cabeza, una breve media vuelta, y el hueso de la frente chocó en carne blanda, que podía ser una mejilla o un ojo. El otro chico no gritó ni soltó el guardapolvo hasta que se desgarró, y ese gran pedazo de tela gris fue Llamado la Cola del Gato y llevado en triunfo desde entonces como un trofeo, un estandarte, un anuncio de la próxima victoria.

Pero el Gato estaba libre y corría hacia una puerta, y detrás de la puerta otra larga sala penumbrosa con dos hileras de camas, y mientras corría, de una cama tras otra se alzaban espectrales sombras que se sentaban y lo miraban con ojos huecos como los muertos saliendo de sus tumbas, y fue entonces cuando sus ferrados botines volvieron a arrancar de los mosaicos de la enfermería un doble surtidor de chispas y por primera vez imaginó que eso no estaba ocurriendo, pero no se paró, una nueva inyección de pánico se resolvió en otro gigantesco salto y de ese modo había llegado a la cuarta esquina en lo alto del mundo.

En el patio la Morsa se había apoderado de Dashwood y lo sacudía sin conseguir que hablara o por lo menos que dejara de balbucir una absurda invención de haberse golpeado contra una pared. Lo dejó parado en el centro del patio y por un momento pensó en llamar en su ayuda a Dillon que estaría en su pieza leyendo novelas policiales o escuchando valses en su viejo fonógrafo, pero no lo llamó. 

Puedo arreglarme, pensó. Y luego: Yo les voy a enseñar, poniéndose al acecho en uno de los claustros hasta que vio una sombra que cruzaba silenciosamente la arcada, diez pasos más lejos. Corrió tras ella, atrapó a Murphy por el cuello y lo abofeteó en la oscuridad. Murphy chilló y la Morsa volvió a abofetearlo.

—¿Así que se divierten, eh? ¿Dónde están todos?

—¿Quiénes? —gimió Murphy—. ¿Quiénes?

—No te hagas el imbécil. Los que persiguen al nuevo.

—No sé nada —dijo Murphy—. Tengo que vestirme para la bendición.

—Ah, sí —dijo la Morsa dándole un coscorrón en la cabeza.

—¡El padre Keven me espera! —chilló Murphy.

—Ah, sí —dijo la Morsa, y entonces otra voz a su lado dijo—: Ah, sí —y vio la mandíbula de fierro y los ojos helados del padre Keven que con la estola en la mano lo miraba desde la puerta de la sacristía—. Véame mañana, en la rectoría —mientras acariciaba suavemente a su lastimado monaguillo.

Dolan y su estado mayor aguardaban en el cuarto descanso. Oyeron el tumulto en la enfermería y de golpe el Gato apareció cruzando la puerta, se paró y se quedó mirándolos.

—Hola —dijo Dolan, que no era alto, pero sí era fuerte y tenía ojos pardos en una cara cuadrada y maciza como la de un bulldog, con un mechón de pelo amarillo, caído sobre la frente, que se sacudía cada vez que hablaba—. Hola —dijo.

—Me doy por vencido —jadeó el Gato.

Al oírlo todos se echaron a reír.

—Peleo con el que quieran —dijo.

—No habrá pelea —dijo Dolan—. Te dimos una chance y no quisiste. ¿Sabes lo que habrá? Te desnudaremos hasta el hueso.

—Uno de ustedes tiene que pegar primero —propuso el Gato—. Déjenme pelear con ése.

—¿Para qué?

—Para que vean que no le tengo miedo a ninguno.

Volvieron a reírse y sin embargo un cuña había penetrado en ese sólido frente, el desafío colgaba como un trapo rojo y el grupo empezó a disolverse en individuos y a deliberar en silencio como antes, mientras el Gato se movía sin moverse, se deslizaba casi imperceptible y resbaloso y gris hacia una puerta oscura, lenta pero rápidamente mejorando su posición, sintiendo contra la espalda la dura pared que le daba una nueva seguridad, la promesa de un redoblado brinco, pero sin quitar los ojos de Dolan, que ahora vaciló un instante, y eso bastó para que alguien saltara al frente diciendo:

—Déjenme.

Y antes que Dolan pudiera oponerse hubo una gran ovación que sólo fue quebrada por el Gato mismo, alzando una mano y ordenando casi a los demás que retrocedieran, cosa que hicieron casi con pesar sintiendo una absurda salpicadura de autoridad que de pronto emanaba del Gato quien al fin se había colocado en guardia, lúgubre y sereno y plantado con justeza, y entonces todos vieron el buen estilo y el perfil medido, el puño izquierdo alargado casi con despreocupación, el dorso del derecho levemente apoyado en la base de la nariz bajo los ojos deslumbradoramente vivos, el Gato que empezaba a girar en círculo alrededor y alrededor de Sullivan, hasta que su espalda estuvo contra el oscuro hueco de la puerta, y entonces simplemente caminó hacia atrás y se fue, jugándoles la última pero más fantástica broma de esa noche.

Aquel refugio final era el lavadero, una gran habitación cuadrada y sofocante con una sola puerta y una ventana en la que se recortaban sombrías arboledas. En el centro se erguía una enorme máquina de lavar cuyos cilindros de cobre brillaban suavemente en la luz almacenada y reflejada por montañas de sábanas que se alzaban desde el piso hasta el techo exhalando un ácido olor a sueño, transpiración y solitarias prácticas nocturnas. 

El Gato tropezó, cayó, se hizo una pelota y salió convertido en fantasma hacia la ventana, guiando la caliente ola de persecución que de pronto inundó la estancia con un sordo reverbero de pasos y de gritos. Casi en un solo movimiento abrió la falleba y trepó al antepecho. Una mano lo sujetó, pero ya saltaba hacia la vertiginosa oscuridad.

Diez minutos antes de lo establecido la Morsa tocó la campana llamando a bendición y empezó a meter a todo el colegio en la capilla, casi por la fuerza, yendo y viniendo con prisa frenética a lo largo de la fila, gruñendo y matoneando, "Vamos, vamos, pronto", sin detenerse a contarlos, "Pronto, no se queden dormidos", mientras rezagados y desertores de la cacería volvían trotando y se incorporaban sin ser interrogados, porque mañana habría tiempo para eso, para la distribución de culpas y castigos que esta vez, se prometió apretando los dientes, haría temblar a las piedras, "Pronto, dije", dando un coscorrón al último y allá adelante Murphy prendía las velas del altar mientras el padre Keven salía en oro y esplendor mirando desconfiado hacia la puerta y Dillon bajaba la escalera ajustándose la corbata para recibir su turno con la cara llena de sueño y de estupor.

—Después te explico —le dijo—, y empezó a subir por el camino del Gato.

Debajo de la ventana del lavadero había una leñera con techo de chapas que resonó como un cañonazo bajo el impacto del Gato, poblando el aire nocturno de chillidos de pájaros y remotos ladridos de perros. Mientras se incorporaba sintió que se había recalcado el tobillo y recordó la mano que lo había sujetado desviándolo de su línea de equilibrio. Resbaló cautelosamente por la pared del cobertizo, vio las caras blancas de sus perseguidores allá arriba en la ventana y mientras rengueaba hacia un alto cerco de alambre oyó la campana en la capilla que llamaba a bendición, como la serena voz de Dios o como esas otras voces dulces que a veces se oyen en sueños, incluso en los sueños de un Gato.

En el oscuro centro del patio, el pequeño Dashwood estaba olvidado. Sabía que la caza continuaba porque no había visto regresar a los líderes.

En un momento deseó correr a la capilla, arrodillarse y rezar con los demás, unir su voz al coro rítmico y cálido que en elogio de la Santa Virgen María brotaba ahora de la puerta en ondas mansas y apaciguadoras. Pero nadie lo había relevado de su deber. Además, estaba herido en combate y quería saber cómo terminaba. Acalló sus temores y empezó a deambular por el vasto edificio, buscando una señal o un ruido.

Desde el lavadero, Dolan vio al Gato que se alejaba en la sombra. A su espalda se ataban sábanas para formar una larga cuerda, mientras Murtagh y otros bajaban corriendo la escalera y saldrían por los fondos en, quizás, treinta segundos. La lucha no había concluido.

Amargado, sombrío, sentado en una pila de sábanas, Walker callaba y despreciaba. De puro pálpito, gracias a una imaginación infatigable y certera, había conseguido estar en el lugar de la batalla en el momento justo, para que ese montón de imbéciles la dejara evaporarse. No podía correr, como había hecho Murtagh, no podía volar, como en ese mismo instante estaba haciendo Dolan, sólo podía pensar. Tardaría más de cinco minutos en bajar la escalera y salir por el fondo. Su rostro se desfiguraba en una mueca de tormento espiritual al ver cómo los dioses se perfilaban nuevamente contra él.

El Gato no trató de saltar el cerco. Una sola mirada, dada por el tobillo lastimado, el dolor incluido en el circuito de visión, le demostró que era inútil. Además, detrás del cerco estaban el mundo y su casa, adonde no quería volver. Prefería jugar su chance aquí. 

Se tendió tras una pila de cajones, apoyando la cara en el pasto dulce y frío, y a través de los resquicios de la pila vio los guerreros que se derramaban por el campo, desde el frente y desde el fondo, y luego a Dolan que bajaba flotando como una enorme araña nocturna en su plateado hilo de sábanas. De los vitrales de la capilla venía un manso arroyo de palabras extrañas, destinadas quizás a condoler y aplacar

Turris ebúrnea

Pray for us!

 pero el Gato no se sintió condolido ni aplacado.

El pequeño Dashwood había encontrado su camino hacia la puerta del frente y salió al penumbroso parque de pinos y araucarias. Ahora temblaba un poco porque estaba completamente solo en un mundo exterior cuyas reglas ignoraba. Nunca se había atrevido a ir tan lejos. De golpe lo asaltó una aguda nostalgia de su madre. 

No se oía otro ruido que el sordo retemblor de un camión en la ruta o el chistido más agudo de las gomas de un auto, hasta que repentinamente todas las ranas se pusieron a cantar. Dobló hacia la izquierda, canturreando él también, en voz muy baja, para no tener miedo.

Los cazadores se habían desplegado en un amplio semicírculo cuyos extremos se apoyaban en el cerco. Dolan les ordenó algo mientras examinaba el terreno. Vio a la izquierda un gran tanque de agua sobre pilotes de cemento; chorreando sonoramente su exceso en una charca; en el centro, oscuros matorrales; a la derecha, una pila de cajones. 

En algún lugar de ese semicírculo de ochenta yardas de diámetro debía esconderse el Gato, pero no tenían que apretujarse alrededor sino formar una barrera en terreno despejado hasta encontrar un método que lo sacara de su escondite. Se sentó en el pasto y encendió un cigarrillo mientras pensaba.

En la capilla el padre Keven mostraba la custodia a un soñoliento auditorio. Era un hombre áspero, con una úlcera que lo roía especialmente durante los oficios divinos, lo que sin duda era debido al enfermizo olor del incienso. El celador Dillon miró su reloj y se ubicó junto a la entrada.

La Morsa recorría a la inversa la ruta de la caza. En el descanso del lavadero pasó junto a una sombra acurrucada en la oscuridad, sin verla. Era Walker que había agotado la tortura de la cavilación y se sentía nuevamente guiado por una furiosa certeza que en seguida volvió a ponerlo en movimiento, arrastrando escaleras abajo su pata inútil y pesada como una culpa, tomándose de la baranda y dejándose caer escalón por escalón.

Cuando la Morsa entró en la enfermería, los enfermos se alzaron unánimes en una ola llena de índices y exclamaciones que por supuesto lo mandaron en la dirección equivocada, y cuando lo vieron irse se arracimaron nuevamente junto a una ventana lateral que les permitía observar algo de lo que ocurría abajo. La Morsa bajó por la otra punta del edificio, salió al campo, ambuló, perdido, rumbo a la desierta cancha de paleta.

El Gato vio apagarse las luces de la capilla, después del destello de agonía de los cirios del altar, sintió un flujo de movimiento hacia arriba, una tibia corriente de vida que ascendía rumbo al sueño por sus cauces prefijados, dejándolo solo, él y sus enemigos, ese oscuro círculo señalado de tanto en tanto por la brasa de un cigarrillo. 

Una raya instantánea de luz recorrió las ventanas superiores del dormitorio. Entonces Dolan dio una orden y una rala hilera de exploradores comenzó a converger sobre el escondite del Gato, mientras los demás se aguantaban en campo descubierto.

El Gato miró hacia el este, vio un manchón de luz cenicienta entre las ramas bajas de los árboles. Estaba saliendo la luna. Su mano apretaba una piedra del tamaño de una manzana mientras el terror volvía a cabalgarle en la sangre.

En el parque, Dashwood se había cansado y extraviado. Su hermosa cara estaba desfigurada por el zarpazo del Gato, la sentía inflamada y dolorida. De tanto en tanto había creído oír los ecos de la caza, un grito, un acorde suelto de la armónica, pero siempre se había equivocado. Las campanadas de la bendición quedaban muy atrás, entre sus recuerdos de ayer y del pasado en general. Ese corte en el flujo de la realidad lo asustó: bruscamente sintió ganas de correr hacia el camino y no volver más, nunca más. 

El edificio del colegio se alzaba como un dragón alto y sombrío con su reluciente dentadura de luces en los dormitorios. Quería que su madre lo hiciera dormir. De pronto se sintió muy triste y se sentó en el pasto, metió la mano en el pantalón y empezó a acariciarse. Eso le dio consuelo, una especie de indefinida felicidad, como flotar muy alto sobre los campos y los pueblos, liviano como un chajá que baña su plumaje en la luz del sol y la altura de las nubes, un placer sereno que nunca llegaba a culminar, porque era muy chico para eso, pero ya no le importaba que el dragón avanzara sobre él con sus dientes amarillos y lo devorase.

La parábola de la piedra estuvo medida al centímetro. Silbó aguda en la noche, sin que nadie la oyera salvo el Gato, hasta que chapoteó sordamente en la charca debajo del tanque. Entonces ya nadie quiso escuchar las órdenes y maldiciones de Dolan, el círculo se fundió en una única embestida, la red se disolvió en una sola ola de excitación y coraje, y hasta la armónica asumió los primeros compases de la Carga de la Brigada Ligera, alegrando inclusive el corazón del Gato que ya se arrastraba invisible hacia la leñera, empujaba la puerta entreabierta, se confundía con la tiniebla que olía a humedad y piquillín, a sarcasmo y a refugio.

Allí su suerte lo alcanzó. La puerta se abrió de un golpe o de un grito, y allí estaba Walker, recortado en la luna, arrastrando su pata santa y su quemante aliento, la cara saturnina brillando con la luz de la verdad y la revelación. 

El Gato se ordenó saltar, pero en cambio gimió, atrapado en el aura supersticiosa que emanaba de su verdugo, en la ley que ordenaba que el más pesado y lento de todos, el que no podía correr ni volar, lo reclamara como presa.

Cuando llegó al lugar Richard Enright, 23 años, por mal nombre la Morsa, la batalla había sido librada, y ganada y perdida. Las sombras de los guerreros seguían filtrándose por las entradas del edificio dormido y la luna brillaba sobre la forma casi insensible del chico que desde entonces llamaron el Gato, tendido sobre el pasto, diciendo palabras que Enright no intentó comprender. 

El celador lo miró, terriblemente golpeado como estaba, y comprendió que ya era uno de ellos. La enemistad de la sangre había sido lavada, ahora quedaban todas las otras enemistades. En diez días, en un mes, se convertiría realmente en un gato predatorio al acecho de tentadores pajaritos. Los aguardaría en un pasillo oscuro, detrás de la puerta de un baño, escondido en un matorral, y golpearía. 

Si le daban botines de fútbol, trituraría tobillos; si le daban un palo de hurling, apuntaría astutamente a las rodillas. Con un poco de libertad, con un poco de suerte, con un poco de la fiebre del deseo, con un relumbre de la gloria de las batallas, el águila del mando bajaría a su turno sobre él. Y sin embargo Enright sabía que el alma del Gato estaba llagada y sellada para siempre. Trató de imaginar lo que sería cuando fuera un hombre, trató de inducir alguna ley más general. Pero no pudo, no era demasiado inteligente y al fin y al cabo no era cosa suya.

—Vamos, pibe —le dijo tomándolo de la mano, ayudándolo a levantar, aguantándose firme contra la mirada fija y sangrienta con que un solo ojo del Gato lo miraba—. Vamos —palmeándole la espalda, como los demás lo palmearían mañana, la semana que viene—. Parece que perdiste el camino al dormitorio.

El Gato sollozó brevemente, después retiró la mano.

—Puedo caminar solo —dijo.

Los mundos Sí - Stanley G. Weinbaum

Me detuve camino del aeropuerto de Staten Island para llamar por teléfono. Indudablemente fue un error, puesto que tenía la oportunidad de conseguirlo de otra manera. Pero en la oficina se mostraron amables.

—Retrasaremos la salida cinco minutos —dijo el empleado—. No podemos hacer nada más.

    Así pues, volví a mi taxi, nos elevamos hasta el tercer nivel y recorrimos el puente Staten como un cometa que avanza por un arco iris de acero. Yo tenía que estar en Moscú al anochecer, a las veinte horas para ser exactos, con objeto de asistir a la apertura de ofertas sobre el túnel de los Urales ya que el gobierno exigía la presencia personal de un agente de cada licitador. 

    Pienso que la empresa hubiese podido designar a alguien mejor que yo, Dixon Wells, aunque la N. J. Wells Corporation es, por decirlo así, mi padre. Yo me había labrado una..., bien, una inmerecida reputación de llegar tarde a todo. Jamás dejaba de faltarme el acontecimiento inesperado que me retrasaba; no era nunca culpa mía. 

    Esta vez fue un encuentro casual con mi antiguo profesor de física, el viejo Haskel van Manderpootz, No podía limitarme a un «cómo está usted» y a decirle adiós; yo había sido uno de sus favoritos en el curso univer­sitario de 2014.

Perdí el avión, por supuesto. Me hallaba todavía en el puente Staten cuando oí el rugido de la catapulta y vi cómo el cohete sovié­tico «Baikal», con su larga cola llameante, zumbaba sobre nosotros como una bala trazadora.

Sin embargo, conseguimos el contrato lo cual no sirvió para mejo­rar mi reputación: la empresa había llamado a nuestro agente en Beirut y fue él quien voló a Moscú. No obstante, me sentí muchí­simo mejor cuando vi los periódicos de la tarde: el «Baikal», al intentar una maniobra para sortear una tormenta había chocado con un transporte británico y sólo se salvaron cien de los quinientos pasajeros. Había estado a un paso de convertirme en el difunto señor Wells.

Concerté una cita para la semana siguiente con el viejo Van Manderpootz. Al parecer lo habían trasladado a la universidad de Nueva York como jefe del departamento de Física Moderna, esto es, de Relatividad. 

Se lo merecía; el buen anciano era un genio y aún ahora, ocho años después de salir de la universidad, yo recordaba más de su curso que de media docena en cálculo, vapor, gas, mecá­nica y otras materias necesarias para la educación de un ingeniero. Así pues, la noche del martes acudí a nuestra cita... a decir verdad con una hora de retraso. Hasta media tarde no recordé el compromiso.

El profesor estaba leyendo en una habitación tan desordenada como de costumbre.

—Vaya —gruñó—, veo que el tiempo lo cambia todo, menos la costumbre. Eras un buen estudiante, Dick, pero creo recordar que siempre llegabas a clase a mitad de la conferencia.

—Es que siempre tenía alguna otra en una facultad distinta —me disculpé—. Me era imposible llegar a tiempo.

—Bien, ya es hora de que aprendas a llegar a tiempo —rezongó. Luego sus ojos relampaguearon—. ¡Tiempo! —exclamó—, La palabra más fascinante que existe en todo el idioma. La hemos usado ya cuatro veces en el primer minuto de nuestra conversación. Cada uno de nosotros entiende al interlocutor, sin embargo la ciencia no está más que comenzando a aprender el significado de esa palabra. ¿He dicho ciencia? Quiero decir que estoy aprendiendo a comprender.

Me senté.

—Usted y la ciencia son sinónimos —sonreí—. ¿No es usted uno de los más relevantes físicos del mundo?

—¡Uno de ellos! —resopló—. Uno de ellos, ¿eh? ¿Y quiénes son los demás?

—Pues Corveille, Hastings, Shrinski...

—¡Bah! ¿Vas a mencionarlos en la misma frase donde figure el nombre de Van Manderpootz? No son más que chacales que se ali­mentan de las migajas que caen de mi banquete de pensamientos. Si hubieses retrocedido al siglo pasado, habrías encontrado nombres como los de Einstein y De Sitter, dignos tal vez de codearse con el de Van Manderpootz.

Otra vez sonreí, divertido.

—Einstein no estaba mal considerado, ¿ verdad? —comenté—. Después de todo, fue el primero que enlazó tiempo y espacio en el laboratorio. Antes de él, no eran más que conceptos filosóficos.

—¡No lo hizo! —protestó el profesor—. Tal vez de una manera oscura y primitiva mostró el camino, pero yo, yo, Van Manderpootz, he sido el primero en apoderarme del tiempo, arrastrarlo a mi laboratorio y experimentar allí con él.

—¿De veras? ¿Qué clase de experimento?

—¿Qué experimento que no sea la simple medición es posible realizar? —replicó él.

—Pues... no lo sé. ¿Viajar en él?

—Exactamente.

—¿Como esas máquinas del tiempo que son tan populares en las revistas? ¿Poder ir hacia el futuro o hacia el pasado?

—¡Tonterías! El futuro o el pasado, ¡uf! No se necesita ser ningún Van Manderpootz para ver la falacia que se esconde en eso. Ya Einstein nos lo demostró.

—¿Cómo? Pero es concebible, ¿no?

—¿Concebible? ¿Y tú, Dixon Wells, estudiaste con Van Mander­pootz? —Se puso rojo de emoción, luego recobró una calma ceñu­da—. Escúchame. Sabes cómo el tiempo varía con la velocidad de un sistema, la relatividad de Einstein.

—Sí.

—Muy bien. Pues supón ahora que el gran ingeniero Dixon Wells inventa una máquina capaz de viajar a una velocidad enorme, diga­mos a nueve décimas partes de la velocidad de la luz. ¿Me sigues? Bien. 

Luego llenas de combustible esa nave milagrosa para una pequeña excursión de un millón de kilómetros, lo que, puesto que la masa, y con ella la inercia, aumenta según la fórmula de Einstein con la velocidad, consume todo el combustible del mundo. Pero tú lo resuelves: utilizas energía atómica. 

Entonces, puesto que a nueve décimas partes de la velocidad de la luz tu nave pesa tanto como el Sol, desintegras Norteamérica para proporcionarte suficiente potencia motriz. Arrancas a esa velocidad, a doscientos setenta mil kilómetros por segundo; la aceleración te ha hecho morir aplastado, pero has penetrado en el futuro. —Hizo una pausa, sonriendo sarcásticamente—. ¿No es así?

—Sí.

—¿Y cuánto tiempo? Vacilé.

—¡Usa la fórmula de Einstein! —chilló—. ¿Cuánto tiempo? Voy a decírtelo: ¡un segundo! —Esbozó una triunfal sonrisa burlona—. Así es como resulta posible viajar en el futuro. Y en cuanto al pasado... En primer lugar, tendrías que superar la velocidad de la luz, lo que inmediatamente exige el uso de un número más que infi­nito de caballos de vapor. 

Vamos a suponer que el gran ingeniero Dixon Wells resuelve también ese pequeño problema, aunque la ener­gía extraída de todo el universo no es un número infinito de caballos de vapor. Entonces aplica este poder más que infinito para viajar a trescientos treinta mil kilómetros por segundo durante diez segundos. Y ya ha penetrado en el pasado. ¿En cuánto tiempo?

Vacilé de nuevo.

—Te lo diré. En un segundo. —Me miró con ojos llameantes—. Ahora todo lo que tienes que hacer es diseñar una máquina así, y Van Manderpootz admitirá la posibilidad de viajar en el futuro durante un limitado número de segundos. En cuanto al pasado, he tratado de explicarte que toda la energía del universo es insuficiente.

—Pero —tartamudeé desconcertado—, usted mismo acababa de decir que...

—No dije nada de viajar ni en el futuro ni en el pasado, cosa, como te acabo de demostrar, imposible: una imposibilidad práctica en un caso y una imposibilidad absoluta en el otro.

—Entonces, ¿cómo viaja usted en el tiempo?

—Ni siquiera Van Manderpootz puede realizar lo imposible —dijo el profesor, ahora tenuamente jovial. Dio unas palmaditas a un grueso montón de holandesas, que tenía en la mesa junto a él—. Mira, Dick, esto es el mundo, el universo. —Pasó un dedo sobre él—. Es largo en tiempo y —pasando la mano de arriba abajo— es ancho en espacio, pero —ahora aplastando el dedo contra el centro del montón— es muy delgado en la cuarta dimensión. 

Van Mander­pootz adopta siempre el rumbo más corto, el más lógico. Yo no viajo a lo largo del tiempo, ni hacia el pasado ni hacia el futuro. No. No viajo a través del tiempo, al sesgo.

Tragué saliva.

—¡Al sesgo! ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué puede haber ahí?

—¿Qué es lo que puede haber? —resopló—. Por delante está el futuro; por detrás, el pasado. Esos son reales, los mundos del pasado y del futuro. ¿Qué mundos no son ni pasados ni futuros, sino contemporáneos y sin embargo extratemporales, mundos que existen, por decirlo así, en un tiempo paralelo al nuestro?

Sacudí la cabeza.

—¡Idiota! —me increpó—. ¡Los mundos condicionales, natural­mente! Los mundos «si». Por delante están los mundos que van a ser; por detrás están los mundos que fueron; a ambos lados están los mundos que podrían haber sido: los mundos «si».

—¿Cómo? —pregunté, desconcertado—. ¿Quiere usted decir que puede ver lo que ocurrirá?

—¡No! —resopló—, Mi máquina no revela el pasado ni predice el futuro. Mostrará, como te dije antes, los mundos condicionales. Podrías expresarlo así: «Tal cosa o tal otra habrían sucedido si yo hubiera actuado de esta o de esa manera».

—Pero, ¿cómo diablos consigue eso la máquina?

—Para Van Manderpootz es algo muy sencillo. Utilizo luz polari­zada, no en planos horizontales o verticales, sino polarizada en dirección de la cuarta dimensión, un asunto fácil. No hay más que utilizar espato de Islandia a una presión colosal, eso es todo. 

Y como los mundos son muy delgados en la dirección de la cuarta dimen­sión, basta con el espesor de una sola onda de luz, aunque sea de millonésimas de milímetro. Una considerable mejora sobre el viaje en el tiempo hacia el pasado o el futuro con sus velocidades imposibles y sus distancias ridículas.

—Pero..., esos mundos «si», ¿son reales?

—¿Reales? ¿Qué es real? Son reales, quizás, en el sentido de que uno es un número real como opuesto a raíz de menos uno, que es imaginario. Son los mundos que habrían sido si... ¿Comprendes ahora?

Asentí.

—Un poco. Usted podría ver, por ejemplo, lo que habría sido Nueva York si las Trece Colonias hubiesen perdido la guerra contra Inglaterra.

—Ese es el principio, cierto, pero no podrías verlo en la máquina, parte de ella es un psicómata Horsten, robado de una de mis ideas, dicho sea de paso; tú, el usuario, llegas a formar parte del artilugio. Es necesario que tu propia mente suministre el fondo de la acción. 

Por ejemplo, si George Washington pudiese haber usado el meca­nismo después de firmada la paz, podría haber visto lo que tú sugieres. Nosotros no podemos. Tú no puedes ni siquiera ver lo que habría sucedido de no haber inventado yo ese chisme. En cambio, yo sí puedo. ¿Comprendes?

—Desde luego. Usted quiere decir que el fondo de lo ocurrido tiene que hallarse en las pasadas experiencias del usuario.

—Te estás haciendo inteligente —se burló él—. Sí, El aparato te mostrará diez horas de lo que habría sucedido si... Condensado, naturalmente, como en una película, a media hora de nuestro tiempo real. —Oiga, eso me parece interesante.

—¿Te gustaría verlo? ¿Hay algo que te gustaría averiguar? ¿Algo en tu vida que preferirías haber cambiado?

—Yo diría que miles de cosas. Me gustaría saber qué habría suce­dido si hubiese vendido mi existencia de mercancías en 2009 en lugar de en 2010. Entonces yo era un millonario indiscutible, pero tardé..., bien, tardé un poco en vender.

—Como de costumbre —comentó Van Manderpootz—. Vamos al laboratorio.

La residencia del profesor estaba a una manzana del campus universitario. Me llevó al pabellón de física y de allí a su propio labo­ratorio de investigación, muy parecido al que yo había visitado en mis años de estudiante. 

El aparato, que él llamaba «subjuntivisor», puesto que operaba en mundos hipotéticos, ocupaba toda la mesa del centro. En su mayor parte se trataba de un psicómata Horsten, pero agente polarizador, el prisma de espato de Islandia de una transpa­rencia cristalina, él era el corazón del instrumento.

Van Manderpootz señaló a la pieza principal.

—Enchúfala —me ordenó, Y yo me senté mirando fijamente la pantalla del psicómata.

Supongo que todo el mundo está familiarizado con el psicómata Horsten. Hace pocos años tuvo tanto éxito como el tablero ouija hace un siglo. Sin embargo, no es precisamente un juguete; a veces, lo mismo que el tablero ouija, constituye una ayuda real para la memoria. 

Se consigue que un amasijo de sombras vagas y coloreadas se deslice por la pantalla y uno las mira mientras contempla cualquier escena o circunstancia que está tratando de recordar. Un dial permite cambiar la disposición de luces y sombras, y cuando, por casualidad, el dibujo corresponde con el cuadro mental del espec­tador, ¡ya está! Allí aparece la escena recreada ante los ojos de éste. Por supuesto, es su propia mente quien añade los detalles. 

En realidad, todo lo que la pantalla muestra son manchas coloreadas, luces y sombras, pero el conjunto puede resultar asombrosamente real. En ocasiones, yo podría haber jurado que el psicómata mostraba cua­dros casi tan nítidos y detallados como la realidad; la ilusión es a veces tan asombrosa como para llegar a eso.

Van Manderpootz apagó la luz y el juego de sombras comenzó.

—Ahora recuerda las circunstancias que determinaban el mercado, digamos medio año antes de su hundimiento, Gira el botón hasta que el cuadro se aclare, luego para. En ese momento yo dirigiré la luz del subjuntivisor sobre la pantalla y tú no tienes más que mirar.

Hice lo que me había indicado. Se formaron y desaparecieron cuadros momentáneos. Los sonidos engendrados por el artilugio zumbaban como voces distantes, pero sin la sugerencia añadida por el cuadro no significaban nada. Mi propio rostro centelleaba y se disolvía hasta que, por fin, lo tuve. Me contemplé a mí mismo sentado en una habitación mal definida; eso era todo. Solté el botón e hice un ademán.

Siguió un chasquido. La luz se enturbió, luego se abrillantó. La escena se perfiló y, sorprendido, vi emerger a mi lado la figura de una mujer. La reconocí; era Whimsy White, estrella de primera mag­nitud en la televisión, primera actriz del programa «Variedades de 09». Se veía algo cambiada, pero la reconocí.

Trataré de resumir la situación. Había estado persiguiéndola durante los años de la prosperidad, tratando de casarme con ella mientras el viejo N. J. se enfurecía y despotricaba amenazando con desheredarme y dejarlo todo a la Sociedad para la recuperación del desierto de Gobi. 

Creo que aquellas amenazas fueron las que impidieron a Whimsy aceptarme, pero después que retiré mi propio dinero y lo convertí en un par de millones en aquel mercado loco de 2008 y 2009, se ablandó. Temporalmente, claro. 

Cuando el mer­cado se hundió en la primavera de 2010 y me vi obligado a volver junto a mi padre y a entrar en la empresa de N. J. Wells, los favores de Whimsy decrecieron una docena de puntos. En febrero está­bamos prometidos, en abril apenas nos hablábamos. En mayo me despidieron. Una vez más había llegado tarde.

Y ahora, allí la tenía, en la pantalla del psicómata, indudable­mente más gorda y ni mucho menos tan bonita como mi memoria la recordaba. Me estaba mirando con una expresión de hostilidad y yo le contestaba con iguales miradas furiosas. Los zumbidos se convirtieron en voces.

—¡Tú, zángano! —chilló ella—, No puedes tenerme enterrada aquí. Necesito volver a Nueva York, donde hay un poco de vida. Me abu­rrís tú y tu golf.

—Y a mí me aburrís tú y tu pandilla de chiflados.

—Por lo menos están vivos. Tú eres un cadáver andante. Simple­mente porque tuviste suerte para hacer dinero en el momento opor­tuno, te crees una especie de dios.

—Bueno, no creo que tú seas Cleopatra. Esos amigos tuyos se arrastran detrás de ti porque das fiestas y gastas dinero, mi dinero.

—Mejor es gastarlo así que aporreando una pelota de un lado a otro del monte.

—¿Tú crees? Deberías probarlo, Marie. —Ese era su nombre verdadero—. Te ayudaría a conservar la línea, aunque dudo que sea posible,

Me miró con ojos centelleantes de rabia y... bien, fue una penosa media hora. No contaré todos los detalles, pero lo cierto es que me alegré cuando la pantalla se disolvió en coloreadas nubes sin sentido.

—¡Uf! —resoplé, mirando a Van Manderpootz, que había estado leyendo.

—¿Te ha gustado?

—¡Gustado! Mire, me parece que tuve una suerte enorme cuando me dejaron sin un céntimo. De ahora en adelante no lo lamentaré en lo más mínimo.

—Esa —dijo el profesor grandilocuentemente— es la gran contri­bución de Van Manderpootz a la felicidad humana. De todas las lamentaciones, la más triste es: «¡Podría haber sido!» Y eso ya no es verdad, amigo Dick. Yo, Van Manderpootz, he demostrado que la exclamación correcta es: «¡Podría haber sido... peor!»

Era muy tarde cuando volví a casa y, consiguientemente, muy tarde cuando me levanté, e igualmente tarde cuando llegué a la ofi­cina. Mi padre se irritó de un modo innecesario, pero exageró al decir que nunca llego a tiempo. Se olvida de las ocasiones en que me ha despertado y me ha llevado con él literalmente a rastras. 

Tampoco era necesario que se refiriese tan sarcásticamente a mi retraso en ocasión del viaje con el «Baikal», Le recordé el trágico fin del avión cohete, y me respondió fríamente que de no haberme retrasado, el «Baikal» habría salido a su hora y no habría chocado con el trans­porte británico. 

También fue igualmente superfluo que mencionara el hecho de que cuando concertábamos pasar unas semanas de golf en las montañas, incluso la primavera se retrasaba. Yo no podía hacer nada en ese caso.

—Dixon —concluyó—, no tienes ni la menor idea de lo que es el tiempo. Ni la menor idea.

Me acordé de la conversación mantenida con Van Manderpootz y me sentí impulsado a preguntar:

—¿Y la tiene usted, señor?

—La tengo —respondió ceñudamente—. Claro que la  tengo.  El tiempo —dijo como un oráculo— es dinero.

Uno no puede argüir frente a semejante punto de vista.

Pero aquellas alusiones suyas escocían, especialmente la relativa al «Baikal», Yo podía ser un remolón, pero resultaba difícilmente concebible que mi presencia a bordo del avión cohete hubiese podido evitar la catástrofe. 

Era un pensamiento que me irritaba. En cierto modo, me hacía responsable de las muertes de aquellos centenares de personas y eso no me hacía ninguna gracia.

Desde luego, si habían esperado cinco minutos más por mí, o si yo hubiera llegado a tiempo y ellos hubiesen zarpado conforme al horario en lugar de cinco minutos más tarde o si... si...

¡Si...! La palabra evocaba a Van Manderpootz y a su subjuntivisor: los mundos «si», los mundos extraños que existían al lado de la realidad, ni pasados ni futuros, sino contemporáneos, pero fuera del tiempo. 

En algún sitio entre las fantasmales infinidades de aque­llos mundos existía uno que representaba el mundo que habría sido si yo hubiese embarcado en el avión cohete. Sólo tenía que llamar por teléfono a Haskel van Manderpootz, concertar una cita, y luego... descubrir lo que fuese.

Pero no era una decisión fácil. De un modo u otro había penetrado en mí la duda. Empezaba a sentirme responsable de lo ocurrido, no sabía en qué medida, una especie de responsabilidad moral tal vez. Y temía descubrir que era cierto. Me desagradaba igualmente no descubrirlo. La incertidumbre también tiene sus tormentos, tan dolorosos como los del remordimiento. 

Podría resultar menos enervante saberme responsable que perder el tiempo sumido en vanas dudas y fútiles reproches. Así pues, manejé el visífono, marqué el número de la universidad y por fin distinguí en la pantallita los rasgos joviales e inteligentes de Van Manderpootz, interrumpido por mi llamada en una clase matinal.

Me encontraba más que listo para la cita a la noche siguiente, y podría en realidad haber llegado a tiempo, a no ser por un intransi­gente guardia de tráfico que insistió en multarme por ir a velocidad excesiva. A pesar de eso, Van Manderpootz se mostró impresionado.

—¡Vaya! —exclamó—, Un minuto más y no me encuentras, Dixon. Ahora mismo me iba al club. No te esperaba antes de una hora. ¡Sólo diez minutos de retraso! Vaya, vaya...

Pasé por alto el comentario.

—Profesor, necesitaría hacer uso de su..., bueno, de su subjuntivisor.

—¿Cómo? ¡Ah, sí! Pues tienes suerte. Estaba a punto de desman­telarlo.

—¿Desmantelarlo? ¿Por qué?

—Ya ha cumplido su misión. Ha dado origen a una idea mucho más importante que él mismo, Necesitaré el espacio que ocupa.

—Pero, ¿cuál es la idea, si no es demasiado presuntuoso por mi parte preguntarlo?

—No es demasiado presuntuoso. Pronto será pública, pero tú vas a tener el privilegio de oírla de labios de su autor. Se trata nada menos que de la autobiografía de Van Manderpootz. Hizo una pausa impresionante. Me quedé boquiabierto.

—¿Su autobiografía?

—Sí. El mundo, aunque quizá no se dé cuenta, está clamando por ella. Detallaré mi vida, mi trabajo. Revelaré en sus páginas que soy el responsable de la larga duración de la guerra del Pacífico.

—¿Usted?

—Ningún otro. Si en aquel tiempo yo no hubiese sido un leal subdito holandés y por tanto neutral, las fuerzas de Asia se habrían visto aplastadas en tres meses, en lugar de en tres años. El subjuntivisor me lo dijo: yo habría inventado un calculador para predecir los resultados de cada combate; Van Manderpootz habría suprimido el obstáculo o el elemento carencial en la conducción de la guerra. —Frunció el ceño solemnemente—. Ésa es mi idea. La autobiografía de Van Manderpootz. ¿Qué te parece?

Recobré la serenidad.

—¡Es..., bien, es colosal! —asentí vehementemente—. Compraré un ejemplar. Varios ejemplares. Se los enviaré a mis amigos.

—Te dedicaré tu ejemplar —dijo Van Manderpootz expansiva­mente—. Será algo que no tendrá precio. Escribiré una frase apro­piada, algo así como Magnificus sed non superbus. Eso describe muy bien a Van Manderpootz, quien a pesar de su grandeza es sencillo, modesto y nada afectado. ¿No te parece?

—¡Perfecto! Una descripción muy apropiada. Pero, ¿no podría ver su subjuntivisor antes de que usted lo desmantele para hacer un hueco a su más importante obra?

—¡Ah! ¿Deseas descubrir algo?

—Sí, profesor, ¿Recuerda usted el desastre del «Baikal» hace una o dos semanas? Yo tenía que haber tomado ese avión para Moscú. Lo perdí por los pelos —y le conté los detalles.

—¡Hum! —gruñó—. Quieres descubrir lo que habría pasado si lo hubieses alcanzado, ¿eh? Bien, veo varias posibilidades. Entre los mundos «sí» están el que habría sido real si hubieses llegado a tiem­po, el que habría surgido si el avión cohete te hubiese esperado hasta tu llegada y el que habría nacido si llegas dentro de los cinco minu­tos que te concedieron de plazo. ¿En cuál estás interesado?

—¡Oh... en el último!

Eso me pareció lo más apropiado. Después de todo, era mucho esperar que Dixon Wells pudiera llegar a tiempo alguna vez y, en cuanto a la segunda posibilidad, bien... puesto que no me habían esperado, en alguna forma me libraba del peso de la responsabilidad.

—¡Vamos! —ordenó Van Manderpootz.

Lo seguí a través del pabellón de física hasta su desordenado labo­ratorio. El aparato estaba todavía encima de la mesa y me senté ante él, mirando fijamente la pantalla del psicómata Horsten. Las nubes oscilaban y cambiaban de posición mientras yo trataba de concentrarme en esas sugestivas masas vaporosas para captar en alguna de ellas algún detalle de aquella mañana desaparecida.

Y luego lo tuve. Descubrí la vista del puente Staten y me vi acele­rando en dirección al aeropuerto. Hice una señal a Van Manderpootz, el cacharro soltó un ruidito seco y el subjuntivisor se puso en marcha.

El recortado césped y la arcilla del campo aparecieron. Hay una cosa curiosa en el psicómata: uno ve solamente a través de los ojos de sí mismo en la pantalla. Esto le presta una extraña realidad al trabajo de la máquina; supongo que una especie de autohipnotismo es parcialmente responsable de ese efecto.

Yo corría por el campo hacia el brillante proyectil de plateadas alas que era el «Baikal», Un ceñudo funcionario me invitó a darme prisa y me precipité arriba por la empinada escalerilla. La puerta se cerró y oí un largo suspiro de alivio.

—¡Siéntese! —gritó un funcionario, indicando un asiento desocupado.

Caí en mi asiento. El avión tembló bajo el impulso de la catapulta y rechinó duramente al ponerse en movimiento. Los chorros rugieron al instante, luego se produjo un estremecimiento más amortiguado y pude ver bajo mí la isla Staten, perdiéndose a nuestras espaldas. El cohete gigante estaba en camino.

—¡Uf! —suspiré de nuevo—. ¡Que todo vaya bien!

Capté una mirada divertida de alguien que estaba a mi derecha. Era una muchacha. Quizá realmente no era tan deliciosa como me parecía; después de todo, yo la estaba viendo a través de la pantalla de semivisión de un psicómata. 

Desde entonces no dejo de decirme que ella no podía haber sido tan bonita como parecía, que eso se debía a mi imaginación que completaba los detalles. No lo sé; sólo recuerdo que me quedé mirando unos ojos de un extraño y deli­cioso color azul plateado, unos finos cabellos castaños, una boquita risueña y una naricilla descarada, Me quedé mirando hasta que ella se ruborizó.

—Lo siento —dije rápidamente—.  Estaba...  estaba  sorprendido.

A bordo de un cohete transoceánico reina una atmósfera cordial. Los pasajeros se ven obligados a convivir en estrecha intimidad de siete a doce horas y no hay mucho sitio para moverse. 

Por lo general, uno traba conocimiento con sus vecinos; las presentaciones no son necesarias y la costumbre es simplemente hablar a cualquiera que usted elija, algo así como aquellos viajes cotidianos en los trenes del pasado siglo, supongo. Uno hace amigos durante el transcurso del viaje y luego, nueve veces de cada diez, nunca vuelve a oír hablar de quienes fueron sus compañeros.

La muchacha sonrió.

—¿Es usted la persona responsable del retraso en la partida? Lo reconocí.

—Parece   que   siempre   tengo   que   estar  retrasado.   Incluso   los relojes atrasan cuando me los pongo.

Ella se echó a reír.

—No deben de ser muy pesadas las responsabilidades que usted tenga que soportar.

Bueno, desde luego no lo eran, aunque resulta sorprendente hasta qué punto muchos casinos, camareros y coristas han depen­dido de mí en diversas ocasiones en partes apreciables de sus ingresos. Mas por una causa u otra no me sentía inclinado a hablar de estas cosas a la muchacha de los ojos de plata.

Charlamos. Resultó llamarse Joanna Caldwell y se dirigía a París. Era una artista, o esperaba serlo algún día, y desde luego no hay ningún sitio en el mundo que pueda proporcionar a la vez entre­namiento e inspiración como París. Por eso se dirigía allí para pasar un año de estudios, y, no obstante sus labios risueños y sus ojos traviesos, pude notar que el asunto era de gran importancia para ella. 

Conjeturé que había trabajado duramente para costearse aquel año en París, había hecho equilibrios y ahorrado durante tres años como figurinista para alguna revista de modas, aunque no podía tener mucho más de veintiún años. Su pintura significaba mucho para ella, y eso yo podía comprenderlo. También yo sentí alguna vez de un modo parecido respecto al polo.

Por ello se comprende que simpatizáramos desde el principio. Me di cuenta de que yo le gustaba y era evidente que ella no rela­cionaba a Dixon Wells con la N. J. Wells Corporation. Y en cuanto a mí..., bueno, después de aquella mirada a sus fríos ojos plateados, simplemente no me interesaba mirar a ningún otro sitio. Las horas parecían transcurrir como minutos mientras yo la contemplaba.

Ustedes saben cómo ocurren estas cosas. Sin darme cuenta me vi llamándola Joanna y ella a mí Dick; parecíamos viejos amigos. Decidí pararme en París a mi regreso de Moscú y le arranqué la promesa de que nos veríamos. Puedo asegurar que era una muchacha diferente; no tenía nada que ver con la calculadora Whimsy White y todavía menos con las muchachitas de sonrisa boba, casquivanas y aficionadas al baile que uno conoce en las salas de fiestas. Era sencillamente Joanna, fría y seria, pero simpática y jovial, y tan bonita como una figura de mayólica.

Quedamos admirados cuando la azafata pasó para preguntarnos qué queríamos en el almuerzo. ¿Ya habían pasado cuatro horas? Parecía como si hubiesen sido cuarenta minutos. Y tuvimos un agra­dable sentimiento de intimidad al descubrir que a los dos nos gustaba la ensalada de langosta y en cambio detestábamos las ostras; era otro lazo. Le dije solemnemente que se trataba de un augurio y ella no puso ninguna objeción.

Después caminamos por el estrecho pasillo hacia el acristalado que se hallaba a proa. Estaba abarrotado de gente, pero no nos importó en absoluto, ya que nos obligaba a sentarnos juntitos. Estuvimos allí bastante tiempo antes de notar lo enrarecido del aire.

La catástrofe ocurrió justamente cuando estábamos de vuelta en nuestros asientos. No hubo ninguna advertencia excepto un repen­tino bandazo, resultado, supongo, del inútil, último y desesperado intento del piloto por evitar la colisión. Luego un crujido desgarrador y una terrible sensación de estar girando, y tras eso un coro de gritos que sonaban como el estruendo de una batalla.

Y lo era. Quinientas personas poniéndose en pie, pisándose, empu­jándose, siendo empujadas sin defensa mientras el gran avión cohete, con su ala izquierda convertida en un corto muñón, caía, describiendo círculos, hacia el Atlántico.

Sonaron los gritos de los oficiales y un altavoz atronó:

—Manténganse en calma. Ha habido una colisión. Hemos chocado con una nave de superficie. No hay ningún peligro. No hay ningún peligro.

Me esforcé en levantarme entre los restos de los destrozados asientos. Joanna había desaparecido. Cuando al fin di con ella, acu­rrucada en un rincón, el cohete chocó con el agua con un crujido que volvió a ponerlo todo en danza. El altavoz atronaba:

—Coloqúense los cinturones salvavidas. Los salvavidas están bajo los asientos.

Tiré de un salvavidas y lo coloqué alrededor de Joanna, luego me puse yo otro. La muchedumbre avanzaba ahora hacia adelante y la cola del avión empezaba a hundirse. Había agua detrás de nosotros, chasqueando en la oscuridad a medida que las luces se apagaban. Un oficial se deslizó junto a nosotros, se detuvo y colocó un salvavidas alrededor de una mujer sin conocimiento,

—¿Están todos bien? —gritó y siguió adelante sin esperar que le respondiesen.

El altavoz debía de haberse interrumpido por un cortocircuito en la batería. Pero repentinamente ordenó:

—Y aléjense todo lo que les sea posible. Salten por la escotilla de proa y procuren alejarse. Hay un barco cerca. Los recogerá a todos. Salten desde...

De nuevo enmudeció.

Saqué a Joanna de entre los restos. Estaba pálida; tenía cerrados sus ojos de plata. Empecé a arrastrarla lenta y penosamente hacia la escotilla de proa y el balanceo del suelo fue aumentando hasta pa­recer el de un trampolín de saltos. El oficial pasó otra vez.

—¿Podrá usted llevarla? —preguntó, y de nuevo se alejó corriendo.

Yo ya estaba llegando. La multitud apiñada junto a la escotilla parecía más pequeña. ¿O es simplemente que estaban más apre­tados? Luego, de pronto, un gemido de miedo y desesperación se alzó y hubo un estruendo de agua. Las paredes del mirador habían cedido. Vi el gran asalto de las olas y un diluvio rugiente se precipitó sobre nosotros. Otra vez llegué tarde.

Eso  fue  todo.   Impresionado  y  consternado,   alcé  los   ojos  del subjuntivisor para mirar a Manderpootz, que estaba garrapateando algo en el filo de la mesa.

—¿Qué tal? —preguntó él. Me estremecí.

—¡Horrible! —murmuré—, Nosotros... conjeturo que no habría­mos estado entre los supervivientes.

—Nosotros, ¿eh? ¿Nosotros?

Le chispeaban los ojos. No le expliqué nada. Le di las gracias, le deseé buenas noches y me fui dolorosamente a casa.

Incluso mi padre notó algo raro en mí. El día que llegué a la oficina con sólo cinco minutos de retraso me llamó para hacerme con ansiedad algunas preguntas respecto a mi salud. Naturalmente no pude decirle nada. ¿Cómo iba a explicarle que había llegado tarde una vez más y que me había enamorado de una muchacha que hacía dos semanas que estaba muerta? Aquel pensamiento me volvía loco. 

¡Joanna! Joanna con sus plateados ojos yacía ahora en el fondo del Atlántico. Yo andaba de un lado a otro medio aturdido, casi sin hablar. Una noche llegó a faltarme la energía para volver a casa y me quedé sentado fumando en el sillón supertapizado de mi padre en su despacho particular hasta que terminé por dormirme. A la mañana siguiente, cuando el viejo N. J. entró y me encontró allí ante él, se puso blanco como el papel, se tambaleó y jadeó: «¡Dios mío!»

Fueron necesarias muchas explicaciones para convencerlo de que no se trataba que yo hubiera llegado temprano a la oficina, sino que no me había movido de allí.

Por último comprendí que no me era posible seguir soportando aquello. Pensé finalmente en el subjuntivisor. Podía ver, sí, podría ver qué habría ocurrido si el avión no hubiese naufragado. Podría se­guir el rastro de aquella fantástica e irreal historia de amor oculta en algún sitio entre los mundos hipotéticos. Podría quizás extraer un gozo sombrío y precario de las cosas que podrían haber sido. ¡Podría ver a Joanna una vez más!

A últimas horas de la tarde llegué a la residencia de Van Man­derpootz. Él no estaba allí; lo encontré por fin en el vestíbulo de la Facultad de Física.

—¡Dick!  —exclamó—. ¿Estás enfermo?

—¿Enfermo? No, no físicamente, profesor. Tengo que usar de nuevo su subjuntivisor. No me queda más remedio.

—¿Cómo? ¡Ah, ese juguete! Llegas demasiado tarde, Dick. Ya lo he desmantelado. He encontrado una utilización mejor para ese espacio.

Lancé un lastimero gemido y sentí tentaciones de condenar la autobiografía del gran Van Manderpootz. Un destello de compasión apareció en sus ojos. Me agarró de un brazo y me llevó al despachito adjunto a su laboratorio.

—Cuéntame —ordenó.

Lo hice. Creo que le hice ver con bastante claridad la tragedia, porque sus hirsutas cejas se unieron en un ceño de lástima.

—Ni siquiera Van Manderpootz puede resucitar a los muertos —murmuró—. Lo siento, Dick. Procura no pensar en eso. Incluso si mi subjuntivisor estuviera disponible, no te permitiría utilizarlo. Eso no sería más que remover el cuchillo en la herida. —Hizo una pausa—. Busca otra cosa en la que ocupar tu mente. Haz como hace Van Manderpootz. Encuentra el olvido en el trabajo.

—Sí —respondí sombríamente—. Pero, ¿quién querrá leer mi au­tobiografía? Eso sólo es bueno para usted.

—¿Autobiografía? ¡Ah, ya recuerdo! No, he abandonado el proyecto. La historia misma se encargará de recoger la vida y las obras de Van Manderpootz. Ahora estoy metido en un proyecto mucho más grandioso.

—¿De veras? —pregunté con el más lúgubre y profundo desin­terés.

—Sí. Ha estado aquí Gogli, el escultor. Va a hacerme un busto. ¿Qué mejor legado puedo dejar al mundo que un busto de Van Manderpootz, esculpido en vida? Quizá deba regalárselo a la ciudad, quizás a la universidad, Se lo daría a la Royal Society si se hubiesen mostrado un poco más receptivos, si se hubiesen... sí... ¡si...! El último «si» lo pronunció en un grito.

—¿Qué pasa? —pregunté,

—¡Si...! —exclamó Van Manderpootz—. Lo que tú viste en el subjuntivisor fue lo que habría ocurrido si hubieses tomado el avión.

—Ya lo sé.

—Pero realmente podría haber ocurrido algo completamente dis­tinto. ¿No lo comprendes? Ella... ella... ¿dónde están esos periódicos viejos?

Revolvía una pila de ellos, Finalmente blandió uno.

—¡Aquí!  ¡Aquí está la lista de supervivientes!

Como letras de fuego, el nombre de Joanna Caldwell saltó a mis ojos. Había incluso una gacetilla referente al asunto:

«Por lo menos una veintena de supervivientes deben la vida a la bravura del piloto de veintiocho años Orris Hope que estuvo patru­llando en los pasillos durante el pánico, colocando salvavidas a los heridos y llevando a muchos hasta la escotilla. Permaneció hasta el final en el avión que se hundía hasta que por último pudo abrirse camino hasta la superficie a través de las rotas paredes del mirador. Entre los que deben su vida al joven oficial se encuentran: Patríck Owensby, Nueva York; señora Campbell Warren, Boston; señorita Joanna Caldwell, Nueva York...»

Supongo que mi rugido de alegría se oyó en el edificio de la ad­ministración, a varias manzanas de distancia. No me importaba; si Van Manderpootz no hubiese estado defendido por tremendas pati­llas, lo habría besado. Quizá lo hice; no puedo estar seguro de mis acciones durante aquellos caóticos minutos en el diminuto despacho del profesor.

Por último me calmé.

—¡Podré verla! —gritaba, resplandeciente—. Tiene que haber de­sembarcado con los demás supervivientes y todos estaban en el mercante británico «Osgood» que atracó hace días. Debe de estar en Nueva York, y si se ha ido a París, lo averiguaré y la seguiré.

Bueno, es un extraño desenlace. Estaba en Nueva York, pero comprendan ustedes, Dixon Wells había conocido a Joanna Caldwell por medio del subjuntivisor, pero Joanna nunca había conocido a Dixon Wells. Y se había casado con Orris Hope, el joven piloto que la rescató. Una vez más llegué tarde.