II
—Realmente,
no quería matarles —dijo Bogan unos momentos después, cuando ya rodaban
tranquilamente por la autopista.
El
joven se llamaba Alan Perkins, y Bogan le había dado instrucciones para que
condujera despacio, por el carril de la derecha, y a una velocidad aproximada
de setenta y cinco kilómetros por hora. En el exterior todo era oscuridad y
viento, y la lluvia salpicaba las luces de los faros, pero en el interior del
coche se estaba cómodo y caliente.
Bogan se sintió agradecido y en paz consigo
mismo cuando estudió el reflejo de sus dientes y de sus gafas en el parabrisas.
El joven Perkins sería una agradable compañía. Tenía un rostro bien formado e
imberbe, e iba bien vestido, con una chaqueta de lana puesta sobre un suéter.
Bogan pensó que era muy amable y obediente, con su corbata de lazo y sus gafas,
y con sus delgadas manos blancas asidas al volante. Conducía con cuidado,
ligeramente inclinado hacia adelante y sin dejar que sus ojos se dirigieran
hacia el arma que brillaba bajo las luces de los instrumentos del salpicadero.
Con
una voz cuidadosa, el joven dijo:
—Si
no quería matarles, quizá sea mejor que se lo diga así a la policía.
Bogan
sonrió, admirando en el reflejo la luminosidad, que surgió de repente, de sus
grandes dientes blancos.
—No,
eso no sería lo mejor. No hay necesidad de decirle nada a la policía.
Bogan
se tocó la frente con las yemas de sus dedos. No era de aquello de lo que
quería hablar: era de lo otro; el calor rojo del verano, mientras les observaba
noche tras noche desde la húmeda oscuridad de su habitación. Sí, eso tenía que
dejarlo muy claro.
—No
hacía mucho tiempo que estaban casados —dijo, sintiéndose contento por el tono
bajo y juicioso de su voz—. Naturalmente, eran egoístas... Ya sé, es algo que
no puede evitar la gente joven. Pero es una maldad por su parte demostrárselo a
todos los demás.
Se
detuvo, dándose cuenta de que su respiración había empezado a acelerarse.
Realmente, era todo tan simple, tan evidente, pero cuando trató de convertir
sus pensamientos en palabras, se le escaparon como ratones.
La
joven pareja dirigía una pequeña tienda de muebles en la Tercera Avenida, cerca
de la calle Cuarenta y ocho. Eso era exacto. Bogan lo sabía; él mismo les había
observado desde su habitación, al otro lado de la calle. Ella era delgada y
rubia; él era alto y tenía el pelo rojo. Reían mucho, pero eran serios en
cuanto se refería al negocio.
Vendían secciones de mesas y sillas sin pintar y
mesas que podían ser montadas con cola o con unos pocos clavos. Trabajaban
frecuentemente por la noche y el joven se encargaba de traer bocadillos y
cerveza, y comían y bebían, sentados en el mostrador, llevando la chica unos
pantalones cortos, con sus doradas piernas desnudas a la luz del suave
atardecer, mientras el joven la miraba sonriente.
Bogan
sintió acelerarse demasiado su respiración, en el cuello. El recuerdo de la
pareja que había matado, le hizo acordarse del patrullero y de la delgada
muchacha de pelo negro del restaurante Howard Johnson. El estaba rígido de
dolor. Eran de la misma clase, egoístas y codiciosos, apartando a todos los
demás del resplandor de su amor. Trazaban un círculo mágico alrededor de ellos,
y nadie podía atravesarlo.
—¿Tienes
novia? —preguntó de repente, mirando fijamente el rostro bien formado y joven
de Perkins.
—No
—dijo Perkins, intentando entonces buscar algo que aliviara la tensión que
podía percibir en el hombre sentado junto a él—. Las chicas pueden ser una gran
pérdida de tiempo. Supongo que más adelante ya habrá tiempo para eso.
Bogan
hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Si todos esperaran un poco, en
lugar de precipitarse juntos, para mirarse a sí mismos en el interior del
círculo encantado. Aquello era lo más enloquecedor de todo con aquella pareja
de la tienda de muebles. En dos ocasiones se había detenido allí para hacer una
compra insignificante y ellos le habían hecho sentirse como un intruso, como
algo grande y feo que estaba profanando su feliz aislamiento.
Fueron bastante
amables, al menos superficialmente, rápidos, con una sonrisa y un comentario
sobre el tiempo, pero no le dieron ni calor ni afecto. Eso era demasiado
precioso para malgastarlo con cualquier otra persona que no fueran ellos
mismos. No podía recordar cuándo había decidido asesinarles; puede que aquel
pensamiento siempre hubiera estado allí.
La
planificación había sido un asunto aburrido y bastante confuso... comprar el
arma a un inquietante prestamista y después la tediosa búsqueda de un vehículo,
que había sido el problema más difícil de todos. Pero al fin encontró lo que
necesitaba: el «Buick» utilizado para sus entregas por parte del droguero de la
esquina. Evidentemente, el joven que lo conducía en aquella ocasión debía
llevar mucha prisa, porque no quitó la llave del contacto cuando se metió en la
tienda a recoger sus paquetes.
Siempre que dejaba el coche aparcado en la
curva, dejaba puesta la llave de contacto. Bogan estableció este hecho después
de una semana de paciente observación. Así pues, el tiempo de su último acto
tuvo que estar determinado por el plan de entregas de la droguería. Y, por
alguna oscura razón, aquello agradó a Bogan; dejaba un aspecto caprichoso y no
premeditado a todos sus planes.
Bogan
se llevó la mano a los bolsillos, buscando una tableta de chocolate, pero
entonces recordó que había dejado su pequeña provisión de dulces en el abrigo.
Sintió los ojos llenos de lágrimas; necesitaba algo dulce, pero se había
sentido tan presionado y excitado que no había recordado llevarse los dulces de
su abrigo. Aquello no era justo.
Bogan
estaba sentado, en posición recta. De repente pensó en la camarera de pelo
negro del restaurante, la que le había vendido el café. ¿Por qué había sido tan
tonto? La necesidad de tomar algo caliente y dulce había sido poderosa, pero
tendría que haberla resistido; ella le diría a la policía cuál era su aspecto,
y disfrutaría haciéndolo, pensó, sintiéndose triste y desgraciado. A ella le
gustaría hablar sobre él, poniéndole en problemas. Lo sabía por el rostro y por
los ojos de la mujer; en ellos no había calor, sólo una insignificante
amabilidad.
«No
te excites», se dijo a sí mismo, dejando que sus suaves labios formaran
silenciosamente las palabras. El patrullero no le preguntó por mí; aún tenía
tiempo.
Después,
dirigiéndose a Perkins, le dijo tranquilamente:
—Vamos
a tener que dar la vuelta.
—Pero
eso no es legal. Nos detendrán.
—Sólo
nos tenemos que asegurar de que no haya coches patrulla frente a nosotros o
detrás —dijo Bogan sencillamente—. Cualquier otra persona pensará que somos un
coche enmascarado de la policía.
Bogan
colocó el cañón de su arma junto al costado de Perkins, y dijo:
—Eres
un joven muy agradable. No quiero hacerte daño. Pasa al carril de la izquierda
y veremos si hay una de esas aberturas que utilizan los coches de la policía.
Bogan
sintió cómo una agradable excitación le recorría todo el cuerpo; casi se sentía
contento por la forma en que se estaban desarrollando las cosas. Sería una gran
satisfacción tener en sus manos a aquella arrogante muchacha. Y se dio cuenta
de que disponía del cebo adecuado para atraerla: el nombre que había oído
pronunciar al mozo de la gasolinera: «Dan O'Leary.»
.-.-.-.-.-.-.-.-.-
El
teniente Trask y O'Leary no obtuvieron ninguna información del combinable
blanco «Edsel»; había sido conducido diecinueve kilómetros desde el restaurante
Howard Johnson número 1 al 2, siendo abandonado después; el conductor había
desaparecido como un fantasma.
El teniente Trask había interrogado a las
camareras y cajeros del restaurante mientras O'Leary y un equipo de patrulleros
buscaban por el suelo e inspeccionaban los camiones alineados en la zona de
aparcamiento reservada a ellos, como enormes animales. Despertaron a los
conductores y examinaron las cuerdas y las cerraduras, para ver si alguna de
ellas había sido forzada.
Después,
O'Leary habló con los mozos de la gasolinera. Nadie recordaba nada que pudiera
ser de alguna ayuda. Sin embargo, obtuvo un poco de información irrelevante;
uno de los mozos mencionó que alguien —un hombre que se mantenía en las
sombras, junto a la oficina— había hecho algún comentario sobre la velocidad
con que él llegó conduciendo a la zona, unos diez o quince minutos antes. El
mozo informó que le había dicho al hombre que el patrullero O'Leary sabía lo
que se hacía... o algo así. El mozo no estaba completamente seguro de lo que
había dicho, pero, en cualquier caso, no era importante, decidió O'Leary.
Se
reunió con Trask, que había vuelto al «Edsel». Trask se había puesto en
contacto con el capitán Royce. Ahora, disponían de una identificación del
propietario del «Edsel», el hombre, ya entrado en años, que había sido
asesinado en el Howard Johnson número 1.
—Vivía
en Watertown —dijo Trask, arrojando su cigarrillo hacia la oscuridad—. Se
llamaba Nelson, Adam Nelson, un viudo y ejecutivo retirado de la factoría de
pinturas de allí. Consiguieron una pista sobre él a través de las marcas de la
lavandería de su camisa.
Aquellas
marcas —que en este caso eran las cifras 356 situadas debajo de un triángulo—
habían sido enviadas por radio al cuartel general de la policía estatal, donde
habían sido cotejadas con la lista de todas las marcas de lavandería del
estado.
El sargento a cargo de la sección había establecido la dirección de la
lavandería a partir del triángulo; una llamada telefónica hecha al director del
establecimiento permitió establecer la identidad del cliente, a partir de las
cifras 356.
—Iba
de viaje para pasar unos pocos días con una hija casada que tiene en Camden
—dijo Trask—. Pero todo eso en nada nos ayuda a nosotros.
O'Leary
tenía el ceño ligeramente fruncido. Había estado intentando hacerse una idea
del asesino y, por alguna razón, sus suposiciones sobre el hombre le
preocupaban; la imagen era imperfecta por falta de consistencia, y O'Leary
tenía la atormentadora sensación de que algún hecho oculto se escondía en
alguna parte de toda aquella borrosa imagen.
¿Qué
era, en el nombre de Dios? O'Leary trató de analizar las deducciones a las que
había llegado a partir del comportamiento del hombre. El asesino era atrevido y
deliberado. Había matado brutal y rápidamente, sin dejar señales de pánico.
Había cometido un error al coger un coche demasiado notorio, pero había
corregido su error muy inteligentemente, lo cual significaba que estaba
pensando con claridad, incluso bajo presión.
Y no había cometido de nuevo su
primer error: había abandonado el «Edsel» sin que nadie le viera y ahora se
podía suponer con seguridad que estaba viajando en un vehículo menos notorio.
También parecía estar actuando de acuerdo con un plan; el tiempo no era nada
importante para él o habría aceptado el riesgo, intentando salir por una de las
salidas de la autopista con el «Edsel».
Después de todo, no podía saber con
toda seguridad que la policía ya había identificado el coche desaparecido. Pero
no había corrido ese riesgo; no tenía ninguna prisa. Por otra parte, daba a la
policía el crédito que se merecía, por considerarla tan astuta como él mismo.
Era
la imagen de un hombre implacable y muy astuto. Un hombre que pensaba con
claridad y consideraba sagazmente sus oportunidades. Y allí era donde la
inconsistencia se convertía en algo aparente; la imagen estaba surcada por
imperfecciones; había algo que estaba fuera de su lugar, algo incongruente.
Porque el asesino había cometido una tontería...
—¿Qué
le ocurre? —preguntó Trask.
O'Leary
se llevó ambas manos a los oídos; el tráfico de la autopista pasaba
rápidamente, como un río de ruido y luz, y trató de aislarse de él, trató furiosamente
de encontrar la verdad que estaba oculta en alguna parte de este conglomerado
de hechos y presentimientos, de deducciones e intuiciones. Entonces le pareció
como si una luz clara y brillante se hubiera encendido de pronto en su mente;
ahora lo tenía.
Cogió
a Trask por el brazo.
—El
hombre muerto, Nelson, había cenado, ¿verdad? Había abandonado el restaurante y
se dirigía a su coche. Pero junto a su cuerpo encontramos un vaso de café, y
una de esas pequeñas bandejas de plástico en las que sirven salchichas
calientes. ¿Recuerda?
—Seguro
—el rostro sombrío de Trask permanecía impasible, pero una luz de comprensión
apareció en sus ojos—. Siga.
—La
bandeja y el vaso pertenecían al asesino —dijo O'Leary—. Comió y bebió allí,
tras el coche de Nelson. Después, los arrojó al suelo.
—Lo
que quiere decir que, después de todo, entró en el restaurante —dijo Trask,
aguzando el tono de su voz—. Pero usted me dijo que habló con las camareras.
Debían haber recordado a un tipo que no llevaba sombrero ni abrigo en una noche
como ésta.
—No
pregunté a todas —dijo O'Leary, sintiéndose repentinamente enfermo, con una
sensación de culpabilidad y aprensión—. Hablé con la camarera jefe. Ella habría
recordado a alguien así que buscara una mesa. Después, fui al mostrador de
servicio al exterior. Pero sólo le pregunté a una de las chicas que estaban de
servicio. Yo... se me olvidó preguntarle a la otra.
—¿Se
le olvidó? —preguntó ásperamente Trask—. ¿Qué quiere decir con eso?
—Es
amiga mía; se llama Sheila Leslie —O'Leary dio un profundo suspiro—. Estaba más
interesado en ella, que en mi trabajo; eso es todo, teniente. Pero en aquellos
momentos no estaba siguiendo la pista a un asesino. Simplemente buscaba al
propietario de un coche aparcado, aunque eso no sea una excusa, claro.
—Supongo
que no lo es —observó Trask—. Pero, en cualquier caso, nos ha proporcionado la
pista correcta. Encontraremos a la chica que le vendió aquel café. Cuando
sepamos qué aspecto tiene, cerraremos a cal y canto esta autopista, hasta que
no le quede por donde respirar. Vamos. Llamaré por el camino al capitán Royce.
O'Leary
echó a correr hacia su coche. El asesino tuvo que haberle comprado el café a
Sheila. De no haber cometido aquella acción impulsiva y peligrosa, quizá nunca
le pudieran encontrar. Podría haberse escabullido entre sus redes como una
columna de humo. Y entonces, O'Leary recordó algo que le hizo sentir una
extraña frialdad en el estómago. El asesino había corregido un error. Se había
desembarazado del «Edsel». ¿Trataría de corregir aquel otro error...
desembarazándose del único testigo que podía identificarle?
O'Leary
puso en marcha la luz roja giratoria y apretó su pie contra el acelerador.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Harry
Bogan estaba sentado en el asiento trasero del sedán de Alan Perkins, que ahora
estaba aparcado cerca de la entrada del Howard Johnson número 1. Estaba
sonriendo suavemente. Habían tenido que realizar dos giros en forma de U para
llegar al restaurante y por la atención que les prestó la gente podrían haber
estado circunvalando un pueblo dormido en una tarde de domingo. Mantenía su
revólver de modo que apuntara hacia la cabeza de Perkins.
—Tendremos
que esperar a que un coche aparque junto a nosotros —dijo—. ¿Recuerdas lo que
tienes que decirle al conductor?
—Sí,
lo recuerdo —contestó Perkins.
—Eres
un buen chico. No deseo hacerte ningún daño.
Estaban
lo bastante cerca del restaurante como para que Bogan pudiera ver a la mujer
del pelo negro, trabajando tras el mostrador. Era delgada y fría, y se movía
rápidamente en su uniforme blanco; su piel aparecía tersa y brillante bajo las
brillantes luces, y sus dientes relampagueaban de vez en cuando, en rápidas
sonrisas.
No significaban nada, lo sabía, y aquello hacía que su corazón
latiera más de prisa, lleno de rabia. Un hueso arrojado a un perro hambriento,
nada más. La sonrisa que demostraba sus verdaderos sentimientos no era
malgastada con las solitarias y miserables personas alineadas junto al
mostrador. Esa las reservaría para el patrullero, invitándole con sus ojos y
sus labios al cálido y egoísta círculo de su amor.
No
tuvieron que esperar mucho tiempo. Un hombre bajo, de mediana edad, vistiendo
una chaqueta de cuero, aparcó su coche junto al de ellos y bajó de él.
—Está
bien —dijo Bogan tranquilamente, tocando la nuca del joven con el cañón de su
arma.
Perkins
bajó la ventanilla y llamó al hombre de la chaqueta de cuero.
—Perdón,
señor, ¿podría hacerme un favor?
El
hombre se volvió, mirando en la oscuridad hacia el lugar de donde procedía la
voz de Perkins. El rostro del joven estaba rodeado por las sombras, que
oscurecían por completo a Bogan. El hombre se acercó un poco más, adelantando
ligeramente la cabeza.
—Bueno,
si puedo, no me importa —dijo, con un suave acento sureño.
—Hay
en el restaurante una camarera a la que desearía enviar un mensaje —dijo
Perkins—. La puede ver usted desde aquí... Es la que tiene el pelo negro, en el
mostrador de servicio al exterior.
El
hombre miró hacia el restaurante y asintió lentamente con la cabeza.
—La
veo, está bien. ¿Qué clase de mensaje quiere que le diga?
—Dígale
simplemente que el patrullero O'Leary quiere verla aquí fuera por un momento.
Bogan
sonrió en la oscuridad; el nombre del patrullero había sido un verdadero regalo
caído del cielo, una inapreciable circunstancia de buena suerte, y él lo
aceptaba como un talismán de éxito. La misteriosa confluencia de efectos que
actuaban en su favor, le llenaban de confianza.
—El
patrullero O'Leary, ¿no es eso? —repitió el hombre—. Bien, se lo diré de su
parte —y se echó a reír suavemente—. Un hombre que lleva mensajes a chicas
bonitas se puede ver envuelto a veces en una serie de problemas. Pero esto
parece diferente.
Cuando
el extraño se alejó hacia el restaurante con un paso tranquilo, arrastrando los
pies, Perkins se volvió a Bogan y le dijo:
—Escúcheme,
por el amor del cielo. Esto no dará resultado. Ella se asustará. Puede ponerse
a gritar o hacer algo —fue girando la cabeza más, con lentitud y precaución,
hasta que pudo ver el brillo reflejado en las gafas de Bogan—. Por favor, no
hay ninguna necesidad... de hacer daño a nadie. Le llevaré a cualquiera parte a
la que desee ir. Puede viajar en el portamaletas, si quiere. Le doy mi palabra
de honor.
—No
necesito tu ayuda para salir de la autopista —dijo Bogan, riendo con suavidad—.
Ahora haz exactamente lo que te he dicho. Cuando ella reciba el mensaje,
conduces el coche hasta la entrada del restaurante, y lo detienes allí. Y mantén
el motor en marcha. Eso es de lo único que te tienes que preocupar —pinchó la
mejilla del joven con su revólver, con rapidez y crueldad—. ¿Comprendes?
—Sí,
está bien —apenas pudo balbucir Perkins.
Observaron
cómo el hombre de la chaqueta de cuero avanzaba por el abarrotado restaurante,
dirigiéndose hacia el mostrador. Se quitó el sombrero, y levantó una mano para
llamar la atención de la mujer del pelo negro.
La
chica le sonrió y cuando él habló, ella se inclinó ligeramente hacia adelante,
ladeando un poco la cabeza hacia un lado. Miró hacia las ventanas; el hombre
había hecho un gesto en aquella dirección, diciéndole, sin duda alguna, el
lugar donde había recibido el mensaje.
La mujer le ofreció una rápida y cálida
sonrisa, salió con rapidez del mostrador y se dirigió hacia las puertas
giratorias del restaurante, arreglándose con una mano un mechón de cabello que
le caía sobre la frente. Se detuvo un momento para hablar con la camarera jefe,
que estaba junto al mostrador del cajero. Bogan, sonriendo ligeramente, pensó
que estaba pidiendo permiso para salir un momento. Ahora empezó a moverse de
nuevo, dirigiéndose hacia la entrada.
—Está
bien —dijo serenamente.
Perkins
hizo recular el «Ford», sacándolo del aparcamiento; después, giró las ruedas y
lo condujo hacia la entrada, que estaba marcada como zona donde quedaba
prohibido aparcar. Las puertas giratorias brillaron al moverse y la mujer salió
a la amplia acera. Un toldo la protegía de la lluvia, pero el viento frío
arremolinó la falda de su uniforme blanco alrededor de sus delgadas piernas.
Perkins
se detuvo, y Bogan se hizo a un lado y abrió la portezuela delantera. La mujer
se acercó al coche, inclinándose para mirar al oscuro interior.
—Dan,
¿eres tú? —preguntó con una voz clara, en la que no había el menor vestigio de
preocupación.
Bogan
miró rápidamente por el cristal de atrás. Una familia se apresuraba hacia el
restaurante, una madre, un padre y cuatro niños pequeños, pero los padres
estaban preocupados por cumplir su responsabilidad con los niños, y no
prestaron atención al vehículo detenido y a la mujer que estaba junto a él.
—Tengo
un mensaje de Dan —dijo Bogan.
—¿Qué
es?
Ella
adelantó la cabeza hacia el coche, apoyándose con una rodilla contra el asiento
delantero. La familia con los cuatro niños había desaparecido de la vista y
cuando ella volvió a preguntar «¿Qué es?», aunque ahora un poco más
ásperamente. Bogan la cogió por un brazo y la arrastró hacia el asiento
delantero.
—¡Vamos!
—le ordenó a Perkins.
Y
antes de que ella pudiera gritar, le puso el revólver ante el rostro, mientras
cerraba la puerta de un portazo y el coche comenzaba a avanzar.
Ella
habría gritado, a pesar del revólver, pero la voz de Perkins le cortó su
terror.
—¡No!
—exclamó—. Por favor, haga lo que él dice. Disparará.
—Eso
es cierto —confirmó Bogan, sintiéndose contento con el joven—. Y ahora, conduce
hasta donde aparcan los camiones.
Seguía
manteniendo a la mujer cogida por un brazo y podía sentir los temblores que
sacudían su cuerpo.
—¿Qué
es lo que quiere de mí? —preguntó ella con una voz cuidadosa y seca.
—Eso
tendrá que esperar un poco. Ya tendremos tiempo para hablar más tarde.
El
temor que vio en sus ojos y en su rostro, satisfizo algo profundo dentro de él;
y recordó entonces cómo le había mirado la mujer de la tienda de muebles cuando
levantó el revólver, con el rostro blanco por el pánico, los ojos con una
mirada salvaje y exasperada.
En cierta ocasión, siendo niño, vio un caballo
atrapado en una cuadra ardiendo; y los ojos de la mujer eran como los del pobre
caballo, de mirada demencial e impotente. La visión de su temor había sido casi
insufriblemente excitante.
La
zona de aparcamiento reservada a los grandes camiones se encontraba a unos cien
metros por detrás de la gasolinera; era una extensión oscura de hormigón, del
tamaño de un campo de fútbol, con espacios para el aparcamiento indicados
mediante líneas de pintura blanca.
Bogan dirigió a Perkins hacia el extremo más
alejado de la zona. El coche, moviéndose lentamente, terminó por confundirse
con la oscuridad, pasando a ser una sombra casi invisible, débilmente recortada
contra los campos pantanosos que se extendían en la distancia.
En
el silencio que se produjo cuando Perkins apagó el motor, Bogan pudo escuchar
la difícil respiración de la chica, y cómo tragaba saliva. El sonido le resultó
satisfactorio. «Ahora ya no ríe, ni se muestra confiada —pensó—; ya no se
siente calentada por los ojos admiradores que descansan sobre su delgado
cuerpo.» Ahora, le prestaría atención.
Utilizando un tono de voz
deliberadamente tranquilo, Bogan les explicó lo que quería que hicieran, y
ellos obedecieron con cuidado y serenidad, como niños que tratan de apaciguar a
un temible adulto, de reacciones imprevisibles. No respondían al revólver, sino
a la tensión que se percibía bajo su aparente calma superficial. Gracias a una
especie de instinto primitivo, sabían que, de algún modo, esperaba que le desobedecieran,
y que echaría mano de cualquier excusa para perder su autocontrol.
Salieron
del coche, quedándose junto al lugar donde había estado la mujer, y esperaron a
que él se les uniera. Después, ante una orden, la mujer subió a la parte de
atrás y se tumbó en el suelo, con el rostro hacia abajo. Bogan ya se había
quitado su lazo y su cinturón, que entregó a Perkins. Este ató el lazo
alrededor de las muñecas de la mujer y después, con el cinturón, amarró sus
tobillos, haciéndolo todo con dedos temblorosos. Cuando se levantó, Bogan
inspeccionó su tarea y después cerró la puerta de atrás.
—Ahora,
sube al asiento de delante —le ordenó.
Pero
cuando Perkins se volvió para obedecer, Bogan le pegó pesadamente con la culata
del arma justo sobre la oreja derecha. Perkins vaciló hacia adelante, gimiendo
de dolor, pero Bogan le recogió antes de que cayera al suelo y le arrastró
después hasta el campo situado junto a la zona de aparcamiento. Dejó rodar el
cuerpo sobre una zanja llena de barro, y regresó al vehículo, silbando
suavemente entre los dientes.
Se
sentía lleno de seguridad, como un bálsamo que le producía una cálida
complacencia. Perkins no recuperaría el conocimiento durante horas, si es que
lo recuperaba; y el otro testigo que podría identificarle estaba echado,
impotente, en el suelo de la parte trasera de su coche. Ahora, lo único que
tenía que hacer era salir de la autopista. Y sabía muy bien cómo solucionar ese
problema.
Puso
en marcha el motor, y condujo el vehículo a lo largo de la amplia y curvada
línea que llevaba hacia la autopista, echándose a reír cuando se introdujo
suavemente en la corriente de tráfico que avanzaba hacia el sur. La lluvia
empezaba a caer con más fuerza, rebotando sobre el brillante hormigón, y el
«Ford» no tardó en perderse en la oscura corriente de vehículos, como una hoja
más en medio de una tormenta, o como una pequeña ramita llevada por una
corriente de agua. Los rayos de los faros de los coches que le pasaban se
reflejaban en sus gruesas gafas, compitiendo con la excitada luz de sus ojos.
—¿Estás
bien? —preguntó en voz alta y contenta—. ¿Estás cómoda?
La
mujer estaba echada con sus puños atados a la espalda, la mejilla apoyada en
sentido plano a la basta alfombrilla que había sobre el suelo del coche. Estaba
temblando de frío y de temor, pero se las arregló para preguntar:
—¿Adonde
me lleva usted?
—Bueno,
no estoy seguro —contestó Bogan.
En
realidad, no lo sabía. Pero, de todos modos, cuando abandonaran la autopista,
tomaría una decisión. Ya encontraría un lugar lo bastante oscuro y tranquilo.
Un campo, pensó, o la ribera de un río, donde pudiera descansar, donde ambos
pudieran hablar un rato.
Miró
rápidamente por encima de su hombro. Ella estaba echada con las rodillas
dobladas y los pies elevados en el aire, y vio las suelas de sus pequeños
zapatos blancos y el brillo de su propio cinturón atado alrededor de sus
tobillos. Por el momento, todo estaba marchando bastante bien.
—Lo
que tienes que hacer es no preocuparte por nada —dijo, sonriendo.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-
En
la oficina del director del Howard Johnson número 1, Trask y O'Leary
interrogaron al hombre de la chaqueta de cuero que había transmitido el mensaje
a Sheila Leslie.
—Intentémoslo
otra vez —dijo Trask sin alterarse, después de que el hombre les hubiera
contado su historia por tercera vez.
Habían
comprobado su identificación y sabían que era un hombre con familia, empleado
desde hacía tiempo en una empresa constructora de Filadelfia. Llevaba una
tarjeta de crédito para gasolina en su cartera, y fotos de su esposa e hijos, y
parecía ser un ciudadano responsable. Pero Trask le dijo:
—Vamos
a repasarlo todo otra vez, desde el principio..., cada detalle, cada una de las
cosas que vió, escuchó y dijo.
El
hombre estaba sentado en una silla de respaldo recto, bajo unas luces claras y
suaves que caían del techo. Tenía unos cincuenta años, el pelo muy fino, manos
callosas por el trabajo manual, y llevaba unos pantalones vaqueros y una camisa
de lana debajo de su chaqueta de cuero.
—Bueno,
como ya le he dicho —empezó a decir, parpadeando nerviosamente—, en primer
lugar, el nombre me llamó, habiéndome con amabilidad, y me pidió que le hiciera
un favor. El coche en el que estaba sentado era uno de tipo popular, pero no le
puedo decir exactamente de qué tipo. No era nuevo. Quizá del 50 o del 51. Tenía
un color oscuro, como ya le he dicho antes. Así es que me pidió que le dijera a
esa chica, o sea, transmitirle que el patrullero O'Leary deseaba hablar con
ella.
O'Leary
cerró los ojos y se pasó una mano por el rostro. Ella había desaparecido,
impotente en manos de un asesino, y todo por culpa suya. No había realizado
bien su trabajo; en lugar de haberla interrogado suave e impersonalmente, había
parloteado y sonreído como un tonto, permitiendo que sus sentimientos por ella
se interpusieran entre él y su trabajo.
—Bueno,
yo fui al restaurante y se lo dije —siguió diciendo el hombre de la chaqueta de
cuero—. Y ella sonrió muy graciosamente y me lo agradeció, y salió. Yo me senté
a cenar donde estaba cuando llegaron ustedes y empezaron a preguntar quién me
dio el mensaje.
Una
de las camareras había recordado que alguien había hablado con Sheila justo
antes de que ésta saliera; Trask y O'Leary habían pedido silencio en el restaurante,
y cuando explicaron lo que deseaban, el hombre de la chaqueta de cuero se
levantó, sintiéndose muy incómodo.
—No
creí estar haciendo nada malo —dijo ahora, mientras su mirada pasaba
rápidamente de Trask a O'Leary—. Sólo le estaba haciendo un favor a un hombre.
—¿Está
usted seguro de que utilizó mi nombre? —le preguntó O'Leary con aspereza—.
¿Está seguro de que dijo O'Leary?
—Sí,
estoy completamente seguro de eso.
—Volvamos
al principio —dijo de nuevo Trask—. El hombre que le dio el mensaje, ¿era
joven?
—Por
lo que pude ver, sí.
—¿Y
estaba solo en el coche?
—Bueno,
parecía haber una sombra confusa al fondo, pero no vi a nadie —el hombre dudó
un momento y entonces dijo—: La voz del joven parecía un tanto divertida,
quiero decir que habló muy rápidamente, como si estuviera repitiendo palabras
que había memorizado antes.
O'Leary
se forzó a sí mismo a pensar; sus emociones reventaban en su interior,
oscureciendo su memoria y su buen juicio. Mientras Trask volvía a repasar la
historia del hombre, O'Leary se puso a pasear por el pequeño despacho, mientras
las luces del techo se proyectaban sobre sus gestos duros y el pálido color de
su piel.
Consiguió recuperarse gracias a un esfuerzo consciente. Se le ocurrió
pensar una vez más que el modelo de acción del asesino sugería que disponía de
tiempo abundante; ya eran dos las ocasiones en que podía haber intentado salir
de la autopista, la primera en el «Edsel» blanco, y la segunda en el coche en
el que fue a recoger a Sheila. Pero ni siquiera lo había intentado. Aquello
significaba que tenía algún plan especial para salir de la autopista, que había
encontrado un hueco en las defensas de la vía. Pero ¿cómo explicar el hecho de
que hubiera utilizado el nombre de O'Leary para atraer a Sheila? ¿Cómo se había
enterado del nombre? ¿Y cómo suponía que Sheila respondería al escucharlo?
En
aquel momento, O'Leary recordó el pequeño fragmento de información que había
recibido del mozo de la gasolinera del Howard Johnson número 2. Alguien había
mencionado el estilo de conducción de O'Leary y el mozo había pronunciado su
nombre y había dicho que él conducía más seguro a ciento sesenta kilómetros por
hora que la mayor parte de la gente a ochenta. O había sido algo así. Pero
¿había utilizado el mozo su nombre? ¿Lo había hecho realmente?
Trask
completó su interrogatorio al hombre de la chaqueta de cuero, le dio las
gracias y le pidió excusas. Una vez que el hombre se hubo marchado, O'Leary le
contó a Trask la conversación que había tenido con el mozo del Howard Johnson
número 2.
—Váyase
allí —dijo Trask, jurando por lo bajo—. Tenemos que conseguir una pista, y
rápido.
—Lleva
a la chica en su coche —dijo O'Leary desesperadamente—. Eso es una pista, ¿no?
Podemos buscar en cada uno de los malditos coches que hay en la autopista.
Trask
apartó la mirada de O'Leary, dolorido por lo que vio en el rostro del alto
patrullero. Hizo un gesto de impaciencia hacia el brillo del tráfico, que
podían ver a través de las ventanas de la oficina del director.
—Ahí
fuera, hay veinticinco o treinta mil vehículos en marcha. Doctores que acuden a
llamadas de emergencia, mujeres embarazadas, hombres de negocios que quieren
conectar con el avión o con el tren, padres que se apresuran a acudir al lado
de sus hijos enfermos. ¿Cómo podemos detener todo ese tráfico? ¿Y de dónde
vamos a sacar a los hombres para investigar los coches? La autopista quedaría
colapsada en cuestión de minutos. Quizá pudiéramos detener a todos los coches
de una clase determinada..., del mismo modo que detuvimos a aquellos tres
«Edsel». O podríamos detener a hombres que respondieran a una descripción
general. Pero no podemos detener todo el tráfico sin una pista más concreta,
Dan. Ahora, váyase al número 2. Quizá ese mozo pueda darnos la pista que
necesitamos.
O'Leary
recorrió los diecinueve kilómetros en ocho minutos, haciendo sonar la sirena de
alarma y con la luz giratoria encendida. El mozo con quien había hablado antes
era un hombre joven con un pelo corto y rojo y una complexión sana y curtido
por el tiempo. Recordó el incidente.
—Estaba
saliendo de la oficina en ese momento, y un hombre que estaba allí, de pie,
dijo algo así como que tú parecías llevar mucha prisa. Bueno, le dije que tú
sabías cómo manejar tu coche. Eso es todo.
—Piensa
a fondo —le dijo O'Leary—. ¿Utilizaste mi nombre?
—Sí,
claro. Creí que te lo había dicho. Dije: el patrullero O'Leary, o quizá Dan
O'Leary, pero sé que mencioné tu nombre.
—¿Qué
aspecto tenía ese hombre?
—Estaba
de pie entre las sombras. Yo sólo le miré por encima de mi hombro; ya sabes, de
la forma en que se suelen hacer las cosas cuando no te importan demasiado. Era
bastante corpulento. Eso es al menos lo que yo diría. Y llevaba gafas. Lo sé
porque las vi relucir cuando volvió la cabeza.
Un
hombre corpulento con gafas, pensó O'Leary con desesperación; una descripción
que podría acoplarse a la mitad de los hombres que estaban conduciendo aquella
noche en la autopista. Preguntó después a los otros mozos, con la esperanza de
que alguno de ellos hubiera observado al hombre abandonando las sombras de la oficina.
Pero no consiguió nada. Ninguno de ellos le había visto, ni se había dado
cuenta de ninguna actividad anormal por las cercanías de los surtidores.
O'Leary
regresó a su coche patrulla y llamó al sargento Tonelli, en el cuartel general.
Le transmitió la información que había conseguido, pero su corazón pareció
hundírsele en el pecho cuando repitió la escasa descripción de que disponía...
un hombre corpulento con gafas. Lo mismo podría haber dicho que tenía dos
brazos y dos piernas.
—Recibido
—le dijo Tonelli con su voz dura e impersonal— Ahora, O'Leary, se dirigirá
hacia el sur. Informe al sargento Brannon, en la salida cinco, y reciba órdenes posteriores de él. Va a trabajar con el convoy
presidencial.
O'Leary
estaba lleno de un amargo sentido de culpabilidad y desesperación;
evidentemente, los planes que se estuvieran haciendo para encontrar al asesino,
no le incluían a él. Ni siquiera le quedaba el pobre consuelo de tratar de
salvar a Sheila. Sus manos se apretaron con fuerza sobre el volante.
—Sargento,
sólo una cosa. El asesino no tiene ninguna prisa por salir de la autopista. ¿Se
ha dado cuenta de eso?
La
pregunta de O'Leary quedaba fuera de lugar, pero el sargento Tonelli era un
hombre que comprendía toda una serie de cosas que no estaban especificadas en
el manual de entrenamiento del departamento, ni en las directrices de
entrenamiento. Por eso, contestó tranquilamente:
—Ya
nos hemos dado cuenta, Dan. Pero aún no sabemos lo que se esconde detrás de
eso. Y ahora, muévase.
—Recibido
—dijo O'Leary, y dio la vuelta a su coche para introducirse en la curva de
salida que desembocaba en la autopista.
Se
sentía impotente y desdichado, consumido por un pesado temor.
.-.-.-.-.-.-.-.-
Sheila
había conseguido dominar sus primeras sensaciones de pánico, que habían sido
como los temores a morir ahogada, sentidos durante su niñez. Una vez, cuando era
muy pequeña, su hermano y sus amigos la habían encerrado en un baúl durante el
transcurso de un juego, y después se habían marchado, olvidándose de ella.
Después de aquello, y durante un largo período de tiempo, no pudo soportar nada
que amenazara con ahogarla, ya fuera nadar debajo del agua, el taco de algodón
de un dentista en su boca; hasta la ligera presión de un medallón en la base de
su cuello era suficiente para que su corazón latiera más de prisa, lleno de
terror. Pero, finalmente, había conseguido dominar aquel miedo; se había
enfrentado al hecho con sentido común, negándose a sentir lástima de sí misma y
a estar encadenada por temores mórbidos.
Ahora,
echada impotentemente en el suelo posterior del coche de Bogan, trató de
aplicar la misma terapia a sus nervios, sometidos a un esfuerzo excesivo. Hasta
el momento, no le había sucedido nada; sentía el cuerpo frío y encogido, y el
polvo de la alfombrilla le había hecho llorar los ojos, pero eso era todo.
Sabía que podía sentirse segura mientras se encontraran en la autopista. Una
vez que salieran de allí, se encontraría totalmente impotente. Él la podría
llevar a cualquier parte y hacer con ella lo que quisiera.
Se enfrentó a este
hecho con claridad. Aquello significaba que tenía que separarse de él antes de
que abandonaran la autopista. Tenía que conseguir que se detuviera de algún
modo. Dan le había dicho que todo vehículo que se detenía, era rápidamente
investigado por la policía, con el patrullero amparado por sus propios faros y
apareciendo de la zona luminosa con una mano sobre el revólver.
Parecía
una horrible ironía que ella se hubiera divertido con su seria discusión sobre
los diferentes métodos utilizados por la policía en la autopista —sintiéndose
incluso un poco aburrida por el entusiasmo que mostraba por su trabajo—, cuando
eran precisamente aquella habilidad y energía lo único que podría salvar su
vida.
Trató de dejar de pensar en Dan O'Leary. De seguir así, eso la haría
llorar, lo sabía, y ahora no quedaba tiempo para sentir aquella clase de
autocompasión. Más tarde podría pensar en él; en su forma alerta y enérgica de
andar, en el fino y oscuro velo que cubría el dorso de sus grandes y bien formadas manos, en la forma cómo comprendía un chiste un
fragmento de segundo después que ella y en cómo la miraba, un poco sumisamente,
ante su mayor capacidad de comprensión.
Ahora
tenía que conseguir que aquel malvado detuviera el coche.
—Por
favor —dijo con un débil tono de voz—. Voy a vomitar. Estoy mareada.
—Bueno,
eso no es nada malo. Pero ya no nos queda mucho.
Bogan
echó un vistazo a su reloj, y después observó el numerado poste kilométrico que
brillaba delante de él, en la oscuridad. Llevaba un poco de retraso, pero no
era nada serio. La lluvia le había hecho perder tiempo. Sonrió, estudiando el
cambiante reflejo de su rostro sobre el parabrisas.
Aunque su coche era oscuro,
había luz suficiente, procedente de los vehículos que le pasaban, para
proyectar la cuadrada imagen de su rostro sobre el parabrisas, por cuya parte
exterior chorreaba el agua. El agua emborronaba sus rasgos a intervalos
rítmicos, y después, el limpiaparabrisas volvía a permitir verlos con claridad;
resultaba interesante esta alternativa nitidez y emborronamiento de su reflejo.
—Por
favor —volvió a suplicar ella—, me estoy helando. No hay circulación en mis
manos y piernas. Deténgase un momento y desáteme los tobillos.
—Ya
sé que eres la chica del patrullero O'Leary —dijo él—. Vi cómo os sonreíais el
uno al otro. ¿Te vas a casar con él? —seguía sonriendo, observando cómo su
rostro aparecía y desaparecía de foco al compás del movimiento del
limpiaparabrisas— Contéstame. ¿Te vas a casar con él? —volvió a preguntar
fríamente.
Ella
guardó silencio; el cambio en el tono de su voz hizo que un escalofrío
recorriera su cuerpo encogido. Trató de imaginar los pensamientos del hombre,
formarse alguna idea de sus necesidades e impulsos, pero aquello era tan inútil
como intentar hacer un rompecabezas con los ojos vendados.
—No
estoy segura —dijo al fin.
—No
estás segura —repitió él, imitándole la voz, con un acento petulante.
Aquella
pequeña mentirosa. Se casarían y comprarían una pequeña casa y bajarían todas
las cortinas para que nadie pudiera verles. Y mantendrían a todo el mundo
alejado de su pequeño círculo de placer.
Recordó
cómo había sido todo en su propia casa; las largas noches que sólo pertenecían
a su padre y a su madre y, finalmente, su culpable alivio y felicidad tras la
muerte de su padre. Entonces, sólo quedaron su madre y su hermano, y todo fue
muy bonito. Ella cocinaba pasteles dulces y les contaba historias. Y todo
siguió así durante un largo y agradable período de tiempo. Hasta que su hermano
trajo a casa a una chica.
Se habían peleado por ello; Bogan le advirtió de la
cosa tan terrible que estaba haciendo, pero su hermano se casó de todos modos,
y después sólo quedaron su madre y él, y aquélla fue la mejor época de todas. Él
trabajaba como vigilante de noche, porque la luz del sol le hacía daño en los
ojos, demasiado débiles.
Ella mantenía el apartamento en sombras durante todo
el día, y veían juntos la televisión, y ella cocinaba para él y cuidaba de sus
ropas. Cuando murió, le pidió a su hermano si podía vivir con él, pero ya tenía
hijos y no había habitación para él. Fue entonces cuando alquiló aquel pequeño
lugar en la Tercera Avenida y empezó a observar a la pareja de la tienda de
muebles.
Bogan
sacudió la cabeza; sus pensamientos le estaban distrayendo, danzando de un lado
a otro por entre la tranquila oscuridad de su mente.
—¡Por
favor! —volvió a gritar la mujer—. Están subiendo humos del escape por entre
las rendijas. No puedo respirar.
—Bajaré
la ventanilla —dijo él, sonriendo—. No voy a parar, así es que puedes olvidarte
de tus pequeños trucos.
El
aire, frío y húmedo, se abalanzó sobre su helado cuerpo. De repente, se sintió
muy cerca del pánico; eso era lo que le excitaba a él: jugar con ella como el
gato con el ratón, saboreando su desamparo. Si no podía hacer que se detuviera,
no habría ninguna esperanza..., a menos que un coche patrulla le hiciera
señales para que se detuviera. Pero, evidentemente, la policía no tenía forma
de identificarle. En caso contrario, no estaría conduciendo tan confiadamente.
¿Cómo podía atraer la atención de la policía? Hacia ella misma, o hacia el
coche, eso daba lo mismo.
Pero
no podía hacer nada mientras permaneciera atada. Empezó a tensar las cintas que
tenía alrededor de sus puños, rozando las manos una contra otra hasta que la
piel enrojeció, ejerciendo toda su nerviosa fortaleza contra el tejido de seda.
El joven no había hecho un trabajo tan eficiente, y le bendijo por ello. Quizá
le proporcionó deliberadamente esta oportunidad. Los nudos estaban sueltos, y
sus esfuerzos consiguieron abrir un precioso hueco de un centímetro y medio.
Aquello ya casi fue suficiente, pues sus manos eran bastante pequeñas. Lo
intentó de nuevo, rozándose en silencio sus muñecas, con desesperación, hasta
que los nudos volvieron a deshacerse. Aquello ya era suficiente. Se liberó las
manos y se las llevó a la boca para silenciar los sonidos de su rápida
respiración.
Pero
con aquello no podía hacer gran cosa. Podía levantar el abridor de la puerta de
atrás, pero conseguir abrir la puerta, teniendo que luchar contra la corriente
de aire, sería casi imposible estando como estaba. Y tampoco le serviría de
nada, a menos que intentara arrojarse del coche. Este pensamiento le condujo
instantáneamente a otro...
Si no se podía lanzar ella misma, ¿qué otra cosa
podía arrojar del coche? Sobre todo, a través de la ventanilla abierta situada
junto al asiento del conductor. El lazo de seda que había atado sus muñecas no
llamaría la atención de nadie. Tanteó cautelosamente por el suelo del coche,
pero sólo encontró un periódico arrugado y lo que parecía ser un paquete vacío
de cigarrillos. Nada útil. Tenía que ser algo que diera una pista sobre ella.
Pensó
en quitarse un zapato, pero tras un doloroso esfuerzo se dio cuenta de que le
era imposible. Podía doblar la espalda hacia atrás y cogerse los tobillos con
las manos, pero no podía soltar el cinturón, ni deshacerse el nudo de los
zapatos en aquella posición. Y no podía arriesgarse a dar la vuelta y quedar
echada boca arriba.
Seguramente, él vería la parte superior de su cabeza por el
espejo retrovisor. Pero el pensamiento de los zapatos la impulsó a hacer un
pequeño inventario personal. Anillo, un pequeño peine, una cinta del pelo, un
bolígrafo sujeto al bolsillo de su uniforme. Eso era todo; y ninguno de
aquellos objetos tenía ningún significado especial. No representarían nada para
quien los encontrara.
—Ya
está bien de aire —dijo Bogan, y empezó a subir la ventanilla.
—¡No,
por favor! —su corazón empezó a latirle violentamente; acababa de recordar el
delantal que llevaba; el corto y almidonado delantal con el nombre de Howard
Johnson bordado en rojo sobre el bolsillo superior—. Por favor, no cierre la
ventana. Me estoy sofocando.
El
terror que se notaba en su voz era verdadero. Si él cerraba ahora la ventana,
habría desaparecido su única oportunidad.
—Bueno,
no queremos que pase eso —comentó él, volviendo a bajar el cristal de la
ventanilla—. Queremos que estés bonita y saludable para tu elegante patrullero.
Y no estarías bonita si te sofocaras hasta morir.
(CONTINUARA...)