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El pollito chiquitito - James Finn Garner

El Pollito Chiquitito vivía en un tortuoso sendero campestre rodeado por altos robles. (Conviene señalar aquí que el nombre «Chiquitito» es simplemente un apellido, y no un apodo despreciativo derivado del tamaño del individuo. El hecho de que El Pollito Chiquitito poseyera, efectivamente, un tamaño inferior a la media no obedece sino a una simple casualidad.) Un día, El Pollito Chiquitito estaba jugando en la carretera cuando entre los árboles sopló una ráfaga de viento que hizo que una bellota se desprendiera y le golpeara de lleno en la cabeza.

Ahora bien, por más que El Pollito Chiquitito poseyera, efectivamente, un cerebro de tamaño reducido desde el punto de vista fisiológico, también es cierto que sabía aprovechar al máximo sus posibilidades. Así pues, cuando chilló «¡Se cae el cielo, se cae el cielo!», no estaba llegando a una conclusión errónea, estúpida o absurda, sino simplemente limitada desde un aspecto lógico.

El Pollito Chiquitito echó a correr carretera abajo hasta llegar a casa de su vecina, la Gallina Catalina, quien se encontraba a la sazón ocupada en arreglar su jardín. No se trataba de una tarea complicada, ya que para ello no empleaba insecticidas, herbicidas ni fertilizantes y, además, permitía que plantas silvestres autóctonas no comestibles de toda clase (conocidas a veces como «hierbajos») se mezclaran con sus cosechas alimenticias. 

Así pues, semioculta entre el follaje, la Gallina Catalina oyó la voz del Pollito Chiquitito mucho antes de verle. —¡Se cae el cielo, se cae el cielo!

La Gallina Catalina asomó la cabeza por encima de la fronda del jardín y dijo: —¡Pollito Chiquitito! ¿Por qué gritas de ese modo?

Repuso el Pollito Chiquitito: —Porque estaba jugando en la carretera cuando un trozo de cielo enorme se cayó y me golpeó en la cabeza. Mira, ¿lo ves? Este chichón lo demuestra. 

—Sólo podemos hacer una cosa —dijo la Gallina Catalina. 

—¿Y qué es? —inquirió el Pollito Chiquitito. 

—¡Demandar a esos canallas! —dijo la Gallina Catalina. 

—¿Demandarlos por qué? —preguntó el Pollito Chiquitito, desconcertado. 

—Por daños personales, discriminación, provocación deliberada de angustia emocional, provocación negligente de angustia emocional, agresión dolosa, ofensas, agravios... todo lo que se te ocurra. Los demandaremos. 

—¡Dios mío! —dijo el Pollito Chiquitito—. ¿Y qué ganaremos con ello? 

—Podemos obtener una compensación económica en concepto de dolor y padecimientos, daños y perjuicios, daños punitivos, invalidez y desfiguración, recuperación a largo plazo, angustia mental, menoscabo de tu estima personal y capacidad laboral... 

—¡Persona, qué buena idea! —exclamó alegremente el Pollito Chiquitito—. ¿Y a quién demandaremos? 

—Bueno, no creo que el cielo se encuentre reconocido per se como entidad procesable por parte del Estado —dijo la Gallina Catalina. 

—Opino que deberíamos ir a buscar un abogado que nos dijera a quién podemos demandar —dijo el Pollito Chiquitito, esforzando al máximo su diminuto cerebro. 

—Buena idea. Y, ya que estamos, aprovecharé para que me digan a quién puedo demandar por estas ridículas patitas huesudas que tengo. Durante toda la vida no me han causado otra cosa que angustia y vergüenza, y alguien debería compensarme de algún modo por ello.

Dicho esto, siguieron corriendo por el sendero hasta llegar a la casa de su vecino, el Ganso Manso. El Ganso Manso estaba ocupado enseñando a su compañera animal canina a comer hierba con objeto de poder así librarse de los sentimientos de culpa que experimentaba tras alimentarla con cadáveres animales procesados y enlatados. 

—¡Se cae el cielo, se cae el cielo! 

—¡Demandemos a esos canallas, demandemos a esos canallas!

El Ganso Manso se asomó por encima de la valla y dijo: —¡Por todos los diablos! ¿Por qué gritáis de ese modo? 

—Porque estaba jugando en la carretera y se me cayó un trozo de cielo en la cabeza —explicó el Pollito Chiquitito. —Así que vamos en busca de un abogado que nos diga a quién podemos demandar tanto por sus lesiones como por mis patas huesudas. 

—¡Qué bien! ¿Os importa que os acompañe para demandar a alguien por este cuello tan flaco y tan larguirucho? No sé, no encuentro nada que le siente bien, hasta el punto de que he llegado a convencerme de que existe en la industria de la moda una conspiración contra las aves acuáticas de cuello prolongado.

Y los tres echaron a correr por la carretera en busca de asistencia legal. 

—¡Se cae el cielo, se cae el cielo! 

—¡Demandemos a esos canallas, demandemos a esos canallas! 

—¡Acabemos con la conspiración, acabemos con la conspiración!

Algo más adelante, se encontraron con el Zorro Listorro, que iba ataviado con un traje azul y portaba un maletín. Al verles, levantó una pata para detener a la comitiva. —¿Puede saberse adónde os dirigís en un día tan hermoso? —dijo el Zorro Listorro. 

—¡Buscamos a alguien a quien poder demandar! —gritaron los tres al unísono. 

—¿Qué cargos os proponéis presentar? ¿Lesiones personales? ¿Discriminación? ¿Provocación deliberada de angustia emocional? ¿Provocación negligente de angustia emocional? ¿Agresión dolosa? ¿Ofensas y agravios? 

—¡Oh, sí, sí! —exclamaron los tres con enorme excitación—. ¡Todo eso y más! 

—Bien, pues en ese caso estáis de suerte —dijo el Zorro Listorro—. Precisamente tengo la agenda relativamente descargada, por lo que podré representaros en todos cuantos litigios queráis presentar.

Los tres miembros del trío prorrumpieron en vítores y batieron sus alas, y el Pollito Chiquitito preguntó: —Pero, ¿a quién vamos a demandar?

El Zorro Listorro, sin inmutarse, dijo: —¿A quién no vamos a demandar? Ante tres víctimas indefensas como vosotros podemos encontrar más responsables de los que caben en una sala de tribunal. Vayamos todos a mi despacho para discutir la cuestión en profundidad.

El Zorro Listorro se encaminó hacia una pequeña puerta de metal negro emplazada en la ladera de una loma cercana. —Adelante. Entrad aquí —dijo, descorriendo el cerrojo. Pero la puerta negra se negaba a abrirse. 

El Zorro Listorro la manipuló con una pata, y luego con la otra, pero la puerta seguía cerrada. El zorro tiraba y empujaba violentamente, profiriendo maldiciones que incluían tanto a la puerta en sí como a su capacidad mental e historial sexual. 

Pero al fin, ésta se abrió de par en par y de ella surgió una enorme bola de fuego. ¡En realidad, se trataba de la puerta que daba acceso al horno del Zorro Listorro! Pero, desgraciadamente para él, la bola de fuego le envolvió la cabeza, le quemó hasta el último de sus cabellos y bigotes y le dejó totalmente catatónico. 

En cuanto al Pollito Chiquitito, la Gallina Catalina y el Ganso Manso, salieron todos huyendo y felicitándose de no haber resultado devorados.

No obstante, los familiares del Zorro Listorro se apresuraron a arreglar cuentas con ellos. Además de demandar al fabricante de la puerta del horno en nombre de su pariente, presentaron una querella contra las tres aves de corral anteriormente mencionadas por aprisionamiento, imprudencia temeraria y fraude, exigiendo compensaciones económicas en concepto de dolor y padecimientos, daños y perjuicios, daños punitivos, invalidez y desfiguración, recuperación a largo plazo, angustia mental, menoscabo de capacidad laboral y estima personal y pérdida de una buena cena. Las tres aves apelaron posteriormente y, hasta la fecha, siguen todos batallando en los tribunales.