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Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 2)

—¡Louisa! —intervino incisivo su esposo según se enderezaba en el asiento—. ¡Reacciona!

Lo había dicho en tono más alto, de pronto cortante. Ella alzó vivamente la mirada.

—¡Tú estás celoso, Edward!

—¿De un miserable gato gris?

—Entonces, ¿a qué esa aspereza, ese cinismo? Si es así como piensas comportarte, mejor será que vuelvas a tu trabajo en el jardín y nos dejes en paz, el uno con el otro. ¿Verdad que sí, tesoro? —añadió dirigiéndose al gato en tanto le acariciaba la cabeza—, ¿verdad que será lo mejor para todos? Y luego, esta noche, los dos, tú y yo, volveremos a disfrutar tu música. Oh, sí —prosiguió mientras besaba repetidamente al animal en el cuello—, y también podríamos obsequiarnos un poco de Chopin. Sí, no hace falta que me lo digas: sé bien que te entusiasmaba Chopin. Fuisteis grandes amigos, ¿verdad, encanto? Lo cierto es que en casa de Chopin fue donde conociste al gran amor de tu vida, Madame No Sé Cuántos. Tuviste con ella tres hijos naturales, ¿no es verdad? Claro que sí, tunante, no intentes negarlo. De manera que —lo besó de nuevo— te ofreceré un poco de Chopin, y eso te hará evocar toda suerte de bellos recuerdos, ¿a que sí?

—¡Louisa, basta ya de esto!

—Oh, no seas pesado, Edward.

—Te estás comportando como una perfecta idiota. Y, eso aparte, olvidas que esta noche vamos a jugar a la canasta a casa de Bill y Betty.

—Oh, ahora me sería de todo punto imposible salir. Ni hablar de eso.

Edward se puso en pie lentamente, se inclinó para apagar la colilla en el cenicero y, en tono apacible, dijo:

—Una cosa: todas estas monsergas de que estás hablando no te las tomarás en serio, ¿verdad?

—Pues claro que sí. Creo que ya no puede haber duda al respecto. Y lo que es más: considero que esto nos carga con una enorme responsabilidad... a los dos. A ti también, Edward.

—¿Sabes qué pienso? Pienso que habrías de consultar con un médico. Y lo antes posible, por cierto.

Dicho esto, dio media vuelta y salió a trancos de la habitación por la puerta encristalada, camino del jardín. Después de esperar a que hubiese cruzado la superficie plantada de césped, al reencuentro de sus zarzas y sus fogatas, y cuando por fin se hubo perdido de vista, Louisa se volvió y, con el gato todavía en brazos, corrió hacia la puerta principal. Momentos más tarde conducía el coche en dirección a la ciudad.

Estacionó frente a la biblioteca pública, dejó el gato en el coche, cerró con llave, subió presurosa la escalinata que daba acceso al edificio y encaminóse derecho hacia la sala de información, donde se puso a consultar las fichas referentes a dos temas: LISZT y REENCARNACIÓN.

En el apartado REENCARNACIÓN halló algo escrito por un tal F. Milton Willis y publicado en 1921 con el título de Repetición de las vidas terrenales: cómo y por qué. Sobre Liszt encontró dos biografías. Tomó en préstamo los tres volúmenes, volvió al coche y emprendió el regreso.

Llegada a la casa, puso al gato en el sofá y sentóse a su lado con los tres libros, dispuesta para un rato de lectura seria. Decidió empezar por la obra de F. Milton Willis. El libro, aunque delgado y un tanto manido, tenía peso y resultaba agradable al tacto, y el nombre del autor sonaba en cierto modo a autoridad.

La doctrina de la reencarnación, leyó, sostiene que las almas pasan por formas animales cada vez más perfectas. «Así, por ejemplo, al igual que un adulto no puede volver a la niñez, tampoco puede un hombre renacer convertido en animal». Releyó la frase. Pero ¿cómo sabría eso el autor? ¿Cómo podía estar tan seguro? Era ilógico. Nadie podía estar cierto sobre una cosa semejante. Su afirmación, al mismo tiempo, la desalentó en gran medida.

«En torno a nuestro centro consciente, en todos nosotros existen, además del cuerpo denso exterior, otros cuatro cuerpos, invisibles para el ojo de la carne, pero perfectamente observables para aquellos en quienes las facultades de percepción de lo superfísico han experimentado el necesario desarrollo...».

Esto no lo entendió en absoluto, pero siguió leyendo, y así alcanzó, poco más adelante, un interesante pasaje donde se señalaba el tiempo que por lo regular un alma permanecía ausente de la tierra antes de regresar a otro cuerpo. Los plazos variaban según el tipo de individuo, y el señor Willis ofrecía el siguiente detalle sobre el particular:

Borrachos e incapaces de empleo: 40/50 años.

Obreros no especializados: 60/100 años.

Obreros especializados: 100/200 años.

La burguesía: 200/300 años.

Clase media alta: 500 años.

Terratenientes de máxima categoría: 600/1.000 años.

Introducidos en la Senda de la Iniciación: 1.500/2.000 años.

Consultó de prisa uno de los dos libros restantes para averiguar cuánto tiempo llevaba muerto Liszt. La biografía lo declaraba fallecido en Bayreuth, en 1886. Hacía de ello sesenta años. Así pues, y según el señor Willis, para volver tan pronto tenía que haber sido un obrero no especializado, cosa que no parecía hacer en absoluto al caso. 

Los métodos de clasificación del autor no le merecían, por otra parte, una opinión demasiado favorable. Según él, los «terratenientes de máxima categoría» eran poco menos que los seres supremos de la tierra. Chaquetas rojas, brindis de monteros y sádico asesinato de zorros... No, resolvió, no me parece correcto. Y encontró placer en ese principio de duda al respecto del señor Willis.

En un punto posterior, tropezó con una lista de las reencarnaciones más famosas. Epicteto, se le informó, había vuelto a la tierra en la persona de Ralph Waldo Emerson; Cicerón, en la de Gladstone; Alfredo el Grande, en la de la reina Victoria; y Guillermo el Conquistador, en la de Lord Kitchener. Ashoka Vardhana, rey de la India en 272 a. C., había regresado en la persona del coronel Henry Steel Olcott, prestigioso abogado americano. Pitágoras se reencarnó en el Maestro Koot Hoomi, fundador de la Sociedad Teosófica junto con Madame Blavatsky y el coronel H. S. Olcott (el prestigioso abogado americano, alias Ashoka Vardhana, rey de la India). 

No se mencionaba quién fue Madame Blavatsky. Se decía, en cambio, que «Theodore Roosevelt ha desempeñado, a través de numerosas reencarnaciones, el papel de conductor de hombres... De él descendía la estirpe real de la antigua Caldea, de cuyo territorio fue nombrado gobernador, en los alrededores del año 30.000 a. C., por la Entidad que conocemos como César, y que en aquel entonces era rector de Persia. Roosevelt y César, repetidamente reunidos en el poder administrativo y militar, habían sido en un tiempo, muchos milenios atrás, marido y mujer...».

Louisa no necesitó leer más. El señor F. Milton Willis no era, bien a las claras, sino un conjeturador. Sus dogmáticas aseveraciones no la habían impresionado. Aunque el buen hombre andaba probablemente por buen camino, sus declaraciones eran extravagantes, sobre todo la que formulaba en el mismo principio del libro, relativa a los animales. 

Confiaba ella que en breve estaría en condiciones de poner en un aprieto a toda la Sociedad Teosófica, con su demostración de que un ser humano podía, en efecto, renacer en forma de animal inferior. Y también que, para reaparecer en un plazo inferior a los cien años, no era preciso haber sido obrero no especializado.

Seguidamente pasó a una de las biografías, que hojeaba sin demasiada atención cuando volvió su marido, procedente del jardín.

—¿Qué haces? —quiso saber.

—Oh... nada importante: unas pequeñas comprobaciones aquí y allá. Dime, cariño, ¿sabías que Theodore Roosevelt fue en un tiempo la mujer de César?

—Mira, Louisa, ¿por qué no acabamos con estas majaderías? No me gusta verte hacer el ridículo de esta manera. Dame de una vez ese condenado gato y yo mismo lo llevaré a la comisaría.

Louisa no pareció oírle. Boquiabierta, tenía la vista clavada en un retrato que de Liszt ofrecía el libro visible en su regazo.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Edward, mira!

—¿Qué?

—¡Esto! ¡Las verrugas que tiene en la cara! ¡Ya las había olvidado! Sus grandes verrugas, que llegaron a hacerse famosas. Sus mismos discípulos, ansiosos de parecerse a él, se dejaban en la cara, justo donde él las tenía, pequeños grupos de pelos.

—Y eso ¿qué tiene que ver con el asunto?

—¿Lo de los estudiantes? Nada. Pero lo de las verrugas, sí.

—Oh, Dios. Oh, santo Dios todopoderoso.

—¡También el gato las tiene! Fíjate, te lo voy a demostrar.

Se acomodó al animal en la falda y se puso a examinarle la cara.

—¡Aquí! ¡Aquí hay una! ¡Y aquí, otra! ¡Un momento! ¡Estoy segura de que las tiene en el mismo sitio! ¿Dónde está ese retrato?

Tratábase de un famoso retrato que representaba al músico en su vejez, con su rostro de espléndidos y poderosos trazos enmarcado por una espesa cabellera gris que le cubría las orejas y la mitad de la nuca. Las grandes verrugas del rostro, cinco en total, habían sido reproducidas fielmente.

—Veamos, el retrato muestra una encima de la ceja derecha. —Examinó la cabeza del animal en esa zona—. ¡Sí! ¡Aquí está! ¡Exactamente en el mismo sitio! Luego, otra, a la izquierda, en la parte alta de la nariz. ¡Pues también está aquí! Y otra, un poco más abajo, ya en la mejilla. Y, las dos últimas, bastante juntas, bajo el lado derecho del mentón. ¡Edward! ¡Edward! ¡Ven a ver esto! ¡Corresponden exactamente!

—Eso no demuestra nada.

Alzó la mirada y la fijó en su esposo, quien, plantado en pie en mitad de la sala, todavía con el suéter verde y los pantalones caqui, seguía sudando en abundancia.

—Tienes miedo, ¿verdad, Edward? Miedo de perder tu preciosa dignidad y de que la gente, por una vez en la vida, piense que estás haciendo el ridículo.

—Lo que ocurre, sencillamente, es que me niego a abandonarme a la histeria.

Louisa volvió a su libro y leyó un poco más.

—Esto es interesante —dijo—. Dice aquí que Liszt adoraba toda la obra de Chopin, con una excepción: el Scherzo en si bemol. Esa pieza, al parecer, la aborrecía. La llamaba el «Scherzo de la institutriz», y aseguraba que debía reservarse a las mujeres que practicasen esa profesión, y solo para ellas.

—¿Y qué?

—Escúchame, Edward. En vista de que insistes en esa horrenda actitud sobre todo esto, te diré lo que voy a hacer. Voy a interpretar ahora mismo ese scherzo, y tú te quedas aquí y observas lo que ocurra.

—Tras lo cual te dignarás, a lo mejor, a preparar un poco de cena.

Louisa se puso en pie y tomó del estante un gran volumen encuadernado en verde, que contenía todas las obras de Chopin.

—Aquí está. Oh, sí, lo recuerdo. Desde luego, es bastante feo. Y ahora, escucha, o, mejor dicho, observa. Observa qué hace el gato.

Colocó la partitura en el piano y tomó asiento. Su marido se quedó en pie. Tenía las manos en los bolsillos y un cigarrillo entre los labios y, bien que a pesar suyo, vigilaba al gato ahora adormecido en el sofá. 

El primer efecto, en cuanto Louisa inició su interpretación, fue tan espectacular como en las anteriores ocasiones. El animal se enderezó de un brinco, como aguijoneado, y por espacio de al menos un minuto se mantuvo inmóvil, con las orejas de punta y todo el cuerpo trémulo. 

Luego, inquieto, comenzó a recorrer el sofá arriba y abajo en toda su longitud. Por último saltó al suelo y, con la nariz y la cola en alto, abandonó lenta, majestuosamente la habitación.

—¡Ahí tienes! —exclamó Louisa al tiempo que se levantaba de un salto y corría detrás del gato—. ¿Qué quieres más? ¡Esto lo demuestra!

Volvió cargada con él y lo dejó en el sofá. La cara de la mujer irradiaba entusiasmo toda ella; los puños, de puro comprimidos, los tenía blancos; y el pequeño moño que le coronaba la nuca empezaba a aflojársele, cayéndole a un lado.

—¿Qué me dices ahora, Edward? ¿Qué opinas? —indagó riendo nerviosa.

—Debo reconocer que ha resultado muy divertido.

—¡Divertido! Mi querido Edward, esto es lo más maravilloso que haya ocurrido jamás. ¡Oh, válgame Dios! ¿No es fantástico pensar que tenemos a Franz Liszt viviendo en casa?

—Vamos, Louisa, no nos pongamos histéricos.

—No puedo evitarlo, no puedo. ¡Y pensar que se va a quedar con nosotros para siempre...!

—¿Cómo has dicho?

—¡Oh, Edward! Oh, Edward, estoy tan emocionada que apenas acierto a hablar. ¿Y sabes lo que voy a hacer? Como todos los músicos del mundo querrán conocerle, porque eso es seguro, y preguntarle acerca de la gente que conoció... Beethoven, Chopin, Schubert...

—No sabe hablar —observó su marido.

—Bueno... de acuerdo. Pero eso no impedirá que quieran conocerle, siquiera por verlo, tocarlo, interpretar para él sus composiciones, cosas modernas que jamás había escuchado...

—Tampoco fue tan eminente. Si hablásemos de Bach, o de Beethoven...

—Por favor, Edward, no me interrumpas. Total que lo que voy a hacer es notificarlo a todos los compositores importantes del mundo entero. Es mi deber. Les diré que Franz Liszt está aquí y les invitaré a visitarle. ¿Y qué ocurrirá? Que vendrán a verlo desde todos los rincones de la tierra, en avión.

—¿A ver un gato gris?

—Eso, vida mía, no importa. Se trata de él. Su aspecto nos tiene a todos sin cuidado. ¡Oh, Edward, será la cosa más emocionante que haya ocurrido jamás!

—Pensarán que estás loca.

—Ya lo veremos.

Tenía al gato en brazos y le acariciaba con ternura, sin por ello perder de vista a su marido, que había avanzado hasta la puerta encristalada y desde allí contemplaba el jardín. Con el principio de la anochecida, el césped viraba lentamente del verde al negro, y allá lejos se elevaba en blanca columna el humo de su fogata.

—No —dijo él sin volverse—, no me avengo a eso. No lo verá esta casa. Pasaríamos por dos perfectos imbéciles.

—Edward, ¿qué quieres decir?

—Ni más ni menos lo que he dicho. Me niego en redondo a que rodees de publicidad una tontada como esta. ¿Que has ido a topar con un gato adiestrado? Perfecto, magnífico. Quédatelo, si eso te complace. No tengo nada en contra. Pero de ahí no quiero que pases. ¿Me has entendido, Louisa?

—¿De dónde no debo pasar?

—No quiero oír más majaderías de estas. Te comportas como una chiflada.

Lentamente, Louisa dejó al gato en el sofá. Luego, con la misma lentitud, se puso en pie, tan alta como lo permitía su corta estatura, y avanzó un paso.

—¡Que el diablo te lleve, Edward! —gritó al tiempo que descargaba una patada en el suelo—. ¡Por una vez que algo emocionante ocurre en nuestras vidas, te mueres de miedo de comprometerte, no sea que fueran a reírse de ti! Es eso, ¿no es cierto? No irás a negarlo, ¿verdad?

—Louisa, ya basta. Vuelve en ti y acaba de una vez con esto.

Cruzó la sala, tomó un cigarrillo de la caja que estaba sobre la mesa y lo encendió con el descomunal encendedor acharolado. A su esposa, que se había quedado mirándole, comenzó a manarle el llanto por los lagrimales en dos arroyuelos que surcaron sus empolvadas mejillas.

—Estas escenas vienen repitiéndose demasiado a menudo en los últimos tiempos, Louisa —estaba diciendo el hombre—. No, no me interrumpas. Escúchame. Me hago perfectamente cargo de que esta puede ser una difícil época de tu vida y de que...

—¡Oh, Dios santo! ¡Si serás idiota! ¡Si serás fatuo e idiota! ¿Acaso no te das cuenta de que esto es distinto, de que esto es... de que esto es un milagro?

En ese punto, atravesando la habitación, él la asió con firmeza por los hombros. Tenía en la boca el cigarrillo recién encendido, y allí donde la copiosa transpiración habíase secado en cercos resaltaba, en pálidas manchas, la textura de su cutis.

—Me vas a escuchar —replicó el hombre—. Tengo hambre, he renunciado al golf y me he pasado el día entero trabajando en el jardín; estoy extenuado y hambriento y necesito cenar un poco. Y tú también. De manera que andando a la cocina y a ver si me preparas algo apetitoso.

Louisa retrocedió un paso y llevóse ambas manos a la boca.

—¡Cielos! —exclamó—. Lo había olvidado por completo. Tiene que estar lo que se dice famélico. Aparte un poco de leche, no le he dado nada de comer desde que llegó.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser? A él, claro está. Es preciso que me ponga a prepararle en seguida algo verdaderamente especial. Ojalá supiese cuáles eran sus platos favoritos. ¿Qué crees tú que podría gustarle, Edward?

—¡Louisa... maldita sea...!

—Vamos, Edward, por favor; siquiera por una vez, quiero hacer las cosas a mi manera. Y tú —añadió mientras se agachaba para acariciar al gato suavemente con los dedos—, quédate aquí; no tardaré.

Entró en la cocina y se detuvo un instante a pensar qué cosa especial podría prepararle. ¿Y si le hiciera un soufflé, un buen soufflé de queso? Sí, eso resultaría bastante refinado. Claro que a Edward los soufflés no le complacían demasiado, pero, en fin, la cosa no tenía arreglo.

Cocinera solo mediana, no siempre estaba segura de acertar los soufflés; pero en esta ocasión se esmeró y tuvo cuidado en esperar a que el horno alcanzase la temperatura indicada. Mientras aguardaba a que se cociera el soufflé, y mientras revolvía en busca de algo con que acompañarlo, se le ocurrió que a buen seguro Liszt no había probado jamás ni los aguacates ni los pomelos y resolvió darle a conocer ambas cosas, mezcladas en ensalada. Sería interesante ver su reacción. Desde luego que sí.

Cuando todo estuvo listo, lo puso en una bandeja y lo llevó a la sala de estar. En el preciso instante en que entraba en el cuarto vio a su marido, que, procedente del jardín, trasponía la puerta de cristales.

—Aquí tiene su cena —anunció Louisa en tanto la depositaba en la mesa y se volvía hacia el sofá—. ¿Dónde está?

Su marido cerró con llave la puerta de acceso al jardín y cruzó la estancia para procurarse un cigarrillo.

—Edward, ¿ dónde está?

—¿Quién?

—Ya lo sabes.

—Ah, sí. Sí, sí, claro. Pues, verás...

Atento a encender el pitillo, tenía adelantada la cabeza y las manos en torno al enorme encendedor acharolado. Al levantar la mirada vio que su mujer tenía la vista fija en él: en sus zapatos, en los bajos de sus pantalones caqui, húmedos de caminar por la hierba alta.

—He salido un momento, a ver qué tal seguía la hoguera... —continuó.

La mirada de ella fue ascendiendo lenta, hasta detenerse en las manos.

—Todavía sigue ardiendo —prosiguió—. Creo que durará toda la noche.

Pero la forma en que ella le miraba le tenía violento.

—¿Qué ocurre? —preguntó al apartar el encendedor. Y como bajara la vista, advirtió por primera vez el largo, delgado arañazo que le cruzaba la mano de nudillo a muñeca.

—¡Edward!

—Sí, ya lo sé —respondió—. Esas zarzas son terribles. Le destrozan a uno. Pero bueno, Louisa, espera... ¿Qué te ocurre?

—¡Edward!

—Oh, por amor de Dios, mujer, siéntate y no pierdas la calma. No hay motivo para ponerse así. ¡Louisa! ¡Louisa, siéntate!