Aquella madrugada de verano de 1891 (sí, de 1891) en que Pepe el Romano huye con la virginidad de Adela, mas no con su cuerpo, todo parece haber terminado de una manera sumamente trágica para las cinco hijas de Bernarda Alba: Adela, la amante de Pepe, colgando de la viga de su cuarto de soltera, Angustias con sus cuarenta años de castidad intactos, y el resto de las hermanas, Magdalena, Amelia y Martirio, también condenadas a la soltería y al claustro.
No sucedieron las cosas, sin embargo, de esa manera. Y si García Lorca dejó la historia trunca y confusa, lo justificamos. Aún más arrebatado —y con razón— que sus propios personajes, se fue detrás de Pepe el Romano, «ese gigante con algo de centauro que respiraba como si fuera un león»... Pocas semanas después (pero ésa es otra historia) el pobre Federico perecía a manos de aquel espléndido truhán, quien luego de desvalijarlo, ay, y sin siquiera primero satisfacerlo (hombre cruelísimo), le cortó la garganta.
Pues bien, mientras Bernarda Alba disponía, con implacable austeridad, los funerales de su hija, las cuatro hermanas, ayudadas por la Poncia, descolgaron a Adela y entre bofetadas, gritos y reproches la resucitaron o, sencillamente, la hicieron volver de su desmayo.
Ya la voz de Bernarda Alba conminaba a las cinco mujeres a que abrieran la puerta, cuando, todas a una, decidieron que, antes de seguir viviendo bajo la égida de aquella vieja temible, era mil veces preferible darse a la fuga. Ayudadas por la Poncia, las cinco hermanas saltaron por la ventana de la casa, saltaron también la tapia y el establo y ya en pleno descampado (bajo una luna —hay que reconocerlo— espléndidamente lorquiana) el hecho de que se sintieran por primera vez libres abolió momentáneamente sus recíprocos rencores. Las cinco hermanas se abrazaron llorando de alegría y no sólo juraron abandonar aquella casa y aquel pueblo, sino toda Andalucía y toda España. Un tramo después las alcanzó la Poncia, a pesar de su cólera, y con un júbilo que tenía por origen no la felicidad de las señoritas sino la caída de Bernarda Alba, les entregó todas las joyas de la casa, sus propios ahorros y hasta la dote reservada para la boda de Angustias. Las muchachas le rogaron que las acompañara. Pero su sitio —respondió ella— no estaba del otro lado del mar, sino junto a la habitación de Bernarda Alba, cuyos gritos de rabia la arrullarían —así dijo— mejor que el mismísimo océano.
Se fueron.
Mientras Federico expiraba insatisfecho, ellas, cantando a veces los versos del poeta moribundo, atravesaron infinitos campos de girasoles, abandonaron Córdoba y Sevilla, se internaron en la Sierra Morena y ya en Cádiz sacaron un pasaje para La Habana, donde llegaron un mes después todavía eufóricas y como rejuvenecidas.
Alquilaron casa en la calle del Obispo, cerca del mar. Y esperaron (demasiado seguras) el arribo de los futuros amantes. Pero con excepción de Adela, ninguna de las otras hermanas parecía tener suerte con los hombres. Angustias se pasaba día y noche junto a la reja de la ventana, pero en vano. Magdalena, larga y treintona, paseaba todas las tardes por El Prado, logrando sólo que un Teniente de Dragones la atropellase con el caballo además de insultarla por obstruir el tráfico. Amelia, con su joroba, no recogía más que burlas y una que otra pedrada propinada por algún negrito del Manglar (por cierto que una noche, varios jovencitos del cuerpo de Voluntarios Españoles intentaron tirarla a los fosos del Castillo de la Fuerza, acusándola de bruja y de haberle faltado el respeto a los soldados del Rey). En cuanto a Martirio, tal vez con la esperanza de que algo se le pegara, no le perdía pie ni pisada a Adela, cuyo vientre aumentaba por días al igual que el número de sus amantes.
Pero aunque las demás hermanas sabían, y se resentían, de la vida amorosa que con tantos éxitos llevaba Adela en La Habana, el escándalo y la condena unánime sólo estallaron cuando ella dio a luz. Veinticinco hombres rotundos (entre ellos seis negros, cuatro mulatos y un chino) reclamaron la paternidad del niño, alegando que el mismo era sietemesino. Las cuatro hermanas, que vieron en el rostro del recién nacido la imagen de Pepe el Romano, no pudieron tolerar aquella ofensa —aquel triunfo— de Adela. La declararon maldita y decidieron abandonarla. También decretaron que el niño no era digno de vivir con una madre tan disoluta, por lo que se lo llevaron, no sin antes bautizarlo en la Catedral con el nombre de José de Alba. Adela lloró con sinceridad, pero allí estaban sus veinticinco pretendientes para consolarla.
Angustias, Magdalena, Amelia y Martirio decidieron establecerse cerca del mar, en un pueblo retirado. Luego de hacer numerosas indagaciones optaron por instalarse en Cárdenas.
El pueblo (ahora lo llaman ciudad) era minúsculo, absolutamente provinciano y aburrido, tan diferente de la calle del Obispo, siempre llena de pregones, carruajes, olores, mujeres, caballos y hombres. Cosas todas que de algún modo las desesperaban, obligándolas a ponerse el mejor traje, las mejores prendas, el mejor perfume, y salir a la calle... Pero en Cárdenas nada de eso era necesario. Las vecinas no se oían, y en cuanto a los hombres, siempre estaban lejos, pescando o trabajando en la tierra.
—Nacer mujer es el mayor de los castigos— dijo en voz alta Angustias cuando terminaron de instalarse en la nueva vivienda.
Y, tácitamente, desde ese mismo instante las cuatro hermanas se prometieron dejar de ser mujer.
Y lo lograron.
La casa se llenó de cortinas oscuras. Ellas mismas se vistieron de negro y, a la manera de su tierra, se encasquetaron cofias grises que no se quitaban ni en los peores días de verano, verano que aquí es infinito. Los cuerpos, sin aspiraciones, se abandonaron al sopor y a la desmesura del trópico, perdiendo las pocas formas que aún tenían. Todas se dedicaron, con pasión bovina y reglamentaria, a la educación del sobrino.
Desde luego, en aquella casa jamás se mencionó el nombre de Adela ni por equivocación. José, o Pepe, era para ellas, y aun para él, el sobrino traído de España luego de la muerte en parto de la madre. La historia era tan verosímil como cualquier otra, y como era además patética, todos, hasta ellas mismas, terminaron creyéndola. También con el tiempo —y ya habían pasado dieciocho años de su llegada a la isla— hasta ellas mismas se olvidaron no sólo de la historia de Adela, sino de la misma Adela. Por lo demás, las nuevas calamidades que hubieron de enfrentar unidas les fueron creando nuevos recuerdos o pesadillas: la guerra de independencia, que a ellas las discriminaba, la hambruna del 97, el nacimiento de una república que, en lugar de instaurar el fin de la guerra, parecía más bien desencadenar incesantes rebeliones. Y como si todo aquello fuera poco, una suerte de insolente populacho —la morralla, lo llamaban ellas— se había instalado por todos los sitios, y de alguna forma (ya las llamaban despectivamente «las monjas españolas») querían que ellas se integrasen a aquella suerte de barahúnda no sólo escandalosa sino también grotesca.
Pero las hermanas Alba se amurallaron aún más en su castidad y también en la próxima vejez, dedicando todos sus esfuerzos al cuidado de su sobrino, quien era ya un bello adolescente, tímido y de pelo ensortijado (como su padre), y que sólo salía a la calle a vender las flores de papel y esperma o los tejidos de punto que sus tías le entregaban.
A pesar de la envidia de algunos, la vida recogida y realmente intachable de las cuatro hermanas adquirió en toda Cárdenas una suerte de distante admiración. «Las monjas españolas» llegaron a ser las mujeres más respetadas del pueblo. Y cuando se quería elogiar en alguna mujer su moralidad, casi siempre se decía «es tan casta como una de las hermanitas Alba». El cura del pueblo (ellas iban siempre a misa acompañadas por su sobrino) las citaba como ejemplo de «tesón y moralidad cristiana». La fama llegó a su apoteosis cuando el párroco las elogió en un sermón un domingo de Pascua. Cierto que Angustias hacía también a veces de sacristana del viejo cura y, acompañada por sus tres hermanas, desempolvaba el altar, barría la iglesia y baldeaba el piso con tanta disciplina que tal parecía que el espíritu de Bernarda Alba la estuviese supervisando. Pero hay que reconocer que aquel trabajo lo hacían ellas no por obligación o por hipocresía, sino por devoción.
Lo único que interrumpía la monótona vida de las cuatro mujeres eran sus visitas dominicales a la orilla del mar. Vestidas de negro hasta los tobillos con sus mejores trajes, con grandes sombrillas también negras, llegaban hasta la costa más bien desolada de Cárdenas y allí, de pie entre la arena y los pedernales, permanecían a veces más de una hora, como extraños y gigantescos cuervos a quienes el incesante batir del mar los hechizase. Antes del oscurecer emprendían el regreso a la casa envueltas en esa luz insólitamente violeta que es atributo exclusivo de aquella región. Entonces parecía como si vinieran de una fiesta. José, sentado en el portal, las esperaba con el producto de la venta que ese día, por ser domingo, era mayor. Ellas entraban en la casa no sin antes mirar con cierto discreto orgullo la pequeña placa (VILLALBA FLORES Y TEJIDOS) que desde hacía años habían colocado junto a la puerta.
Todo parecía indicar que la vida de aquellas mujeres, cada día más devotas y silenciosas, iba a derivar hacia una beatería casi enfermiza donde todos sus movimientos estarían regidos por el toque de las campanas.
También es necesario tomar en cuenta el comportamiento del sobrino. Solitario, tímido, correctamente vestido (esto es, asfixiándose dentro de aquellos trajes negros), no tenía más trato con el exterior que el estrictamente necesario para realizar la venta de la mercancía de la cual vivían. Tenía dieciocho años, pero nadie le conocía novia o amiga alguna. Tampoco parecía que necesitase de otro cariño que de aquél, maternal y a la vez distante, que sus tías le brindaban. Y ese cariño compartido bastaba también para llenar la vida de las cuatro mujeres. Sí, ninguna de ellas se acordaba ya de haber tenido —las palabras son de la Poncia— «una lagartija entre los pechos». Mucho menos de que alguna vez llevaran entre las piernas —la expresión es de Martirio— «una especie de llamarada».
Cierto que nadie puede conocer su fin, pero el de las hermanas Alba en Cárdenas parecía que iba a ser apacible o, al menos, muy remoto de toda exaltación o escándalo.
Algo insólito tendría que ocurrir para sacar aquellas vidas, extasiadas en su propia renuncia, de sus sosegadas rutinas. Y así fue. Un acontecimiento fuera de lo común sucedió en aquella primavera de 1910. La tierra fue visitada por el cometa Halley.
No vamos a enumerar aquí las espeluznantes catástrofes que, según la prensa de aquella época, ocurrirían a la llegada del cometa. Las bibliotecas conservan esos documentos. Baste con decir que el más popular (y hoy justamente olvidado) de los escritores de aquel momento, el señor García Markos (quien, naturalmente, también se consideraba astrónomo), autor de libros como Astrología para las damas y Lo que las señoritas deben conocer de las estrellas, además de El amor en los tiempos del vómito rojo, dio a la publicidad una serie de artículos que en pocas semanas recorrieron el mundo y donde, con cierta verborrea seudocientífica, se explicaba que al entrar la cola del cometa en la atmósfera terrestre, ésta se vería contaminada («enrarecida») por un gas mortal que significaría el fin de la vida en todo nuestro planeta, pues, citamos, «al combinarse el oxígeno de la atmósfera con el hidrógeno de la cola cometaria, la asfixia inmediata sería inevitable». Esta descabellada información (descabellada ahora que han pasado cuarenta años de su publicación), quizás por lo insólita y dramática fue tomada muy en serio. Por otra parte, como hipótesis no era fácil de rebatir: el cometa, según García Markos, se acercaba un poco más a la tierra cada vez que repetía su visita. Ese año —¿por qué no?— podía llegar el fin... También el seudocientífico afirmaba que, conjuntamente con el fin del mundo, nos azotaría una plaga de centauros, hipogrifos, peces ígneos, extrañas aves viscosas, ballenas fosforescentes y «otros monstruos estratosféricos» que, producto de la colisión, caerían también sobre este mundo junto con una lluvia de aerolitos. Y todo eso fue también tomado al pie de la letra por la inmensa mayoría. No olvidemos que aquéllos (como todos) eran tiempos mediocres en los que la estupidez se confundía con la inocencia y la desmesura con la imaginación.
El cura de Cárdenas acogió con fanático beneplácito las predicciones apocalípticas del señor García Markos y todos sus seguidores. En un sermón inspirado y fatalista vaticinó abiertamente el fin del mundo. Un fin clásico, tal como lo anunciaba la Biblia, envuelto en llamas. Y, naturalmente, ese fin se debía a que las incesantes cadenas de excesos e impiedades cometidos por el hombre durante toda su trayectoria habían colmado ya la cólera divina. El fin no sólo era, pues, inminente, sino merecido. Lo cual no impidió, sin embargo, que muchos de los habitantes de Cárdenas (y seguramente de otros sitios) se dedicaran a la construcción de refugios subterráneos donde perentoriamente guarecerse hasta que el fatídico cometa se alejase de nuestra órbita. Es cierto que también algunos cardenenses, en vez de tomar precauciones contra el desastre, lo adelantaron quitándose la vida. En el municipio se conservan cartas desesperadas de madres que antes que enfrentarse a la conflagración universal prefirieron adelantarse a ella junto con toda su prole.
El cura, por supuesto, condenó esos suicidios, así como también la construcción de albergues para evitar el fin. Ambas acciones, declaró en otro sermón, eran actos soberbios, paganos y hasta ilegales, puesto que intentaban eludir la justicia divina.
Cuando Angustias, Martirio, Magdalena y Amelia volvían de escuchar el sermón, encontraron a su sobrino en el jardín, donde acababa de construir un refugio con capacidad para cinco personas.
—Vuelve a tapar ese hueco —ordenó Angustias con voz lenta pero imperturbable.
Y como el sobrino protestara, las cuatro hermanas volvieron a colocar la tierra en su sitio. Terminada la faena, Martirio comenzó a sembrar las plantas que Pepe había arrancado.
—Mujer —le llamó la atención Magdalena—, no comprendes que todo eso ya es inútil.
Martirio, que sostenía en alto unas posturas de jazmines del Cabo, empezó a llorar.
—Entren —ordenó Angustias empujando a las hermanas—. ¿No se dan cuenta de que están dando un espectáculo? ¿Qué dirán los vecinos?
—¿Y tú no te das cuenta de que eso tampoco tiene ya ninguna importancia? —le dijo entonces Martirio secándose las lágrimas.
Por un momento Angustias pareció dudar, pero enseguida dijo:
—Tal vez nuestros últimos actos sean los que más se tomen en cuenta.
Y las cuatro hermanas entraron en la casa.
Oscurecía.
Llegaba, pues, la fatídica noche del 11 de abril de 1910. Para las primeras horas de la madrugada estaba anunciada la conjunción del Halley con la tierra, y, por lo tanto, el fin del mundo.
Es de señalarse que, a pesar de las apasionadas e incesantes prédicas del señor cura, algunos cardenenses no las tomaron en consideración. Otros, aunque estaban convencidos de que esa noche sería el fin, no se dedicaron al arrepentimiento y la oración, sino que, por el contrario, como eran ya las últimas horas que les quedaban en este mundo, decidieron disfrutarlas por lo grande. Desde por la tarde empezaron a salir a la calle grupos de jóvenes borrachos, quienes, además de provocar un barullo insólito para aquel pueblo, cantaban cosas atrevidísimas y usaban expresiones no menos desvergonzadas. A esos grupos se les unieron varias mujeres que hasta entonces llevaban una vida más o menos discreta. De modo que el barullo alteraba a veces hasta la letanía de las oraciones que, encabezada por Angustias, era repetida por sus hermanas.
En medio de aquel escándalo, oyeron el ruido de un carruaje que se detenía frente a la casa, y pocos segundos después los golpes de alguien que tocaba a la puerta.
—¡No abran! —gritó Angustias sin soltar el rosario.
Pero los golpes se hacían cada vez más fuertes, por lo que las cuatro hermanas, escoltadas por José de Alba, decidieron asomarse al exterior.
Frente a la puerta, que ahora se acababa de abrir con innumerables precauciones, estaba Adela. Vestía un hermosísimo traje de noche hecho de tafetán verde con encajes rojos, guantes blancos, mantilla también roja y espléndidos botines de fieltro; en las manos traía un bellísimo abanico hecho con plumas de pavo real y un bolso de lentejuelas que tiró al corredor para abrazar a sus hermanas. Pero éstas retrocedieron espantadas. Adela, sin inmutarse, entró en la casa contoneándose a la vez que le hacía una señal al cochero para que bajase el equipaje, un monumental baúl con excelentes vinos, copas de Baccarat, un gramófono y un óleo que era una reproducción ampliada del retrato de Pepe el Romano.
—Parece que la única cristiana que hay en esta familia soy yo
—dijo avanzando por la sala—. Me he acordado de ustedes en el momento extremo. Y, además, las perdono.
—Pero nosotros no —rechazó Angustias.
—Chica —respondió Adela, y ya se quitaba los zapatos—, entonces no sé cuál es tu religión, si ni siquiera en un momento como éste eres capaz de perdonar a tu propia hermana.
Y miró para el rosario que Angustias aún sostenía entre los dedos y que en estos momentos le pareció un objeto extraño, casi un estorbo.
—Hermanitas —dijo Adela emocionada y aprovechando la confusión que sus últimas palabras habían causado—, he venido porque ésta es la última noche. ¿No se dan cuenta? ¡La última noche que nos queda en el mundo! Al igual que nos escapamos juntas de aquel mundo que nos pertenecía y aborrecíamos, también quisiera que nos fuéramos juntas de éste donde de tan diferente manera hemos vivido, pero donde nunca, ¡ni un solo día!, he dejado de recordarlas.
Y si algo más iba a agregar no pudo hacerlo. Su cabeza se hundió entre los rojos tules de su falda y comenzó a sollozar.
Martirio fue la primera en acercársele y, arrodillándose, le abrazó las piernas. Al momento llegaron Amelia y Magdalena, también llorando. Por último Angustias le tomó una mano y señalando hacia José de Alba, le dijo a Adela:
—Ése es tu hijo. No creo que tengas ya mucho tiempo para explicarle quién eres.
—Ni es necesario —contestó Adela—. Él ya es un hombre y lo puede comprender todo.
Un hombre, era un hombre, se dijo para sí mismo con júbilo José de Alba, y no pudo impedir que sus mejillas se ruborizasen.
—Un hombre —repitió Adela—. Y muy guapo, como su padre.
Y luego de decirle al cochero que atendiese los caballos, fue hasta el gran baúl y comenzó a desempacar. Puso las copas y las botellas de vino sobre la mesa, sacó el enorme retrato de Pepe el Romano y, antes de que pudiera levantarse protesta alguna, colgó el espléndido lienzo (era una obra de Landaluze) en la pared de la sala.
Ante la vista de aquella imagen, las hermanas Alba quedaron súbitamente transformadas.
—Sí —continuó Adela, mirando arrobada al cuadro y luego a su hijo—, es el retrato de su padre, aunque más guapo. Y pensar que he venido a conocerte precisamente cuando se acaba el mundo. ¡Un sacacorchos!
—¿Cómo? —dijo Angustias, asombrada ante esa transición en el discurso de Adela.
—Sí, chica, un sacacorchos. ¿O es que vamos a esperar el fin del mundo sin tomarnos una copa?
Angustias fue a poner alguna objeción. Pero allí estaba Martirio con un sacacorchos.
—¿De dónde lo sacaste? —interrogó Magdalena asombrada—. En esta casa eso nunca se había utilizado.
—No lo utilizas tú porque nunca has cocinado. Pero, ¿con qué crees que se abren aquí las botellas de vinagre?
—¡Hombre! Pero parece mentira —interrumpió Adela llenando las copas de un excelente vino rojo—; se acaba el mundo y ustedes discuten por un sacacorchos. Tomad las copas y vamos al jardín a ver el cometa.
—No aparece hasta la medianoche —dijo Amelia.
—Se ve que no estás al día —objetó Adela—. A medianoche es cuando se acaba el mundo, pero desde que oscureció se puede ver el cometa. ¿Es que no han leído los diarios de La Habana?
—Nunca leemos esas cosas —protestó Angustias.
—Ustedes se lo pierden —dijo Adela—, y ya sí que es demasiado tarde.
Y tomando la mano de su hijo que la contemplaba embelesado, salieron al jardín.
Era una noche espléndida como sólo en ciertos lugares del trópico, y específicamente en Cuba, suelen observarse. De la tierra y del mar brotaba una pálida fosforescencia. Cada árbol parecía sobrecogerse sobre su propia aureola. El cielo, en aquel pequeño pueblo donde aún se desconocía la electricidad, resplandecía con la potencia de un insólito candelabro. Allí estaban todas las constelaciones, las más lejanas estrellas, lanzando una señal, un mensaje tal vez complicado, tal vez simple, pero que ya ellos no podrían descifrar jamás. La Cruz de Mayo (aunque estábamos en abril) se dibujaba perfectamente; Las Siete Cabrillas eran inconfundibles, Orión parpadeaba rojizo, lejano y a la vez familiar. Una luna de primavera se elevaba sobre el mar formando un camino que se perdía sobre las aguas. Sólo un cuerpo como una serpiente celeste rompía la armonía de aquel cielo. El cometa Halley hacía su aparición en la tranquila y rutilante inmensidad de la bóveda austral. Entonces, con voz remota, pero muy clara, Adela empezó a cantar.
Abrir puertas y ventanas
las que vivís en el pueblo,
el segador pide rosas
para adornar su sombrero.
Y súbitamente, como si un poderoso impulso, por muchos años contenido, se desatase, el resto de las hermanas la corearon.
El segador pide rosas
para adornar su sombrero.
Cantaban, y Adela, que había tenido la precaución de llevar una botella de vino, volvió a llenar las copas.
Abrir las puertas y ventanas
las que vivís en el pueblo.
Vamos a casarnos a la orilla del mar.
A la orilla del mar...
Y otra vez se vaciaron las copas. Entonces Adela comenzó a hablar.
—Sí —dijo, señalando para el cometa—. Esa bola de fuego que ahora cruza el cielo y que dentro de pocas horas nos aniquilará, es la bola de fuego que todas ustedes —y señaló tambaléandose a sus cuatro hermanas— llevan entre las piernas y que, por no haberla apagado en su momento oportuno, ahora se remonta y solicita justa venganza —aquí algunas intentaron protestar, pero Adela siguió hablando a la vez que servía más vino—. Esa bola de fuego es el carbón encendido que Bernarda Alba quería ponerle en la vagina a la hija de la Librada por haber sido mujer. ¡Hermanas!, esa bola de fuego son ustedes, que no quisieron apagar en vida sus deseos, como lo hice yo, y ahora van a arder durante toda la eternidad. Sí, es un castigo. Pero no por lo que hemos hecho, sino por lo que hemos dejado de hacer. ¡Pero aún hay tiempo! ¡Pero aún hay tiempo! —gritó Adela irguiéndose en medio del jardín, mezclando su voz con las canciones que los borrachos cantaban por las calles en espera del fin—. Aún hay tiempo, no de salvar nuestras vidas, pero sí de ganarnos el cielo. ¿Y cómo se gana el cielo? —interrogó ya ebria, junto a una de las matas de jazmín del Cabo—. ¿Con odio o con amor? ¿Con abstinencia o con placer? ¿Con sinceridad o con hipocresía? —se tambaleó, pero José de Alba, que ya se había transfigurado en la viva estampa de Pepe el Romano, la sujetó, y ella, en agradecimiento, le dio un beso en la boca—.¡Dos horas! ¡Nos quedan dos horas! —dijo mirando su hermosísimo reloj de plata, regalo de un pretendiente holandés—. Entremos en la casa y que nuestros últimos minutos sean de verdadera comunión amorosa.
Las seis figuras entraron tambaleándose en la sala. El calor del trópico las hizo despojarse, con la ayuda de Adela, de casi todas las indumentarias. Las cofias, los guantes, los sobretodos, las faldas y hasta las enaguas desaparecieron. La misma Adela desprendió a su hijo del bombín, el saco, la corbata y hasta la camisa. Así, semidesnudo, lo llevó hasta el retrato de Pepe el Romano y propuso un brindis general. Todos levantaron las copas.
—No sé lo que va a pasar aquí —dijo Angustias, pero sin acento de protesta; y como se tambaleara, buscó apoyo en el brazo de su sobrino.
—Un momento— dijo Adela, y llegándose hasta el baúl extrajo el gramófono que colocó en la mesa de centro.
De inmediato toda la casa se llenó con la música de un cuplé cantado por Raquel Meller.
No fue necesario organizar las parejas. Angustias bailaba con Pepe, Magdalena lo hacía con Amelia, y Martirio conducía a Adela, quien en ese momento, desprendiéndose de la blusa, confesaba que nunca se había acostumbrado al calor del trópico.
—No fue por amor a Pepe el Romano por lo que te delaté ante mamá —le dijo Martirio a manera de respuesta—, sino por ti.
—Siempre lo sospeché —le respondió Adela. Y ambas mujeres se abrazaron.
Como el clamor de los borrachos en la calle era ensordecedor (sólo faltaban una hora y tres minutos para que se acabase el mundo), decidieron cerrar las ventanas, correr las cortinas y poner el gramófono a todo volumen. Alguien, en uno de sus giros, apagó las luces. Y toda la casa quedó iluminada sólo por las estrellas, la luna y el cometa Halley.
Cuando la Meller cantaba Fumando espero (y de acuerdo con los cálculos sólo faltaban cuarenta y cinco minutos para el fin del mundo), Adela, entreabriendo la puerta, le hizo una señal al cochero para que entrase. Éste, un liberto estupendo del barrio de Jesús María, hizo una aparición jubilosa, liberándose al momento de su librea, su chaqueta y sus botas de cuero.
Antes de que se le acabase la cuerda al gramófono, tanto José de Alba como el cochero habían abrazado respectivamente a las cinco mujeres ya muy ligeras de ropa. Volvieron a llenarse las copas, y todos, ya desnudos, se entregaron al amor bajo el enorme retrato de Pepe el Romano.
—No vamos a esperar el fin del mundo dentro de estas cuatro paredes —dijo Adela—. Salgamos a la calle.
Las cinco hermanas Alba salieron desnudas a la calle acompañadas por José, que no se había quitado los calzoncillos, y por el cochero, quien sólo llevaba puestas sus espuelas.
Nunca, mientras el cielo gire (y confiamos en que no cese de girar jamás), se oirán en las calles de Cárdenas alaridos tan descomunales como los que entonces se emitieron. El cochero, instruido, justo es confesarlo, por Adela, poseía sucesivamente a las cinco mujeres, siendo sustituido de inmediato por José de Alba, quien debutó con verdadera maestría. Por último, numerosos campesinos («gañanes», según palabras de la propia Angustias) se unieron también a la cabalgata, poseyendo repetidamente a todas las mujeres, quienes al parecer no se daban por vencidas. Sólo Martirio aprovechaba a veces la confusión para abandonar los brazos de algún rufián e irse hasta los pechos de Adela. Hubo un momento en que estas dos hermanas (y ya sólo faltaban quince minutos para el fin del mundo) entraron en la casa, regresando al momento con el cuadro de Pepe el Romano.
—Ahora podemos continuar —dijo Adela, poniendo el óleo de cara a las estrellas.
Sólo faltaban cinco minutos para que el cometa Halley ocupase el centro del cielo.
Y lo ocupó. Y siguió su trayectoria. Y desapareció por el horizonte. Y amaneció. Y al mediodía, cuando las hermanas Alba despertaron, se sorprendieron, no por estar en el infierno o en el paraíso, sino en medio de la calle mayor de Cárdenas completamente desnudas y abrazadas a varios campesinos, a un cochero y a José de Alba, cuya juventud, inmune a tantos combates, emergía una vez más por entre los cuerpos sudorosos. Lo único que había desaparecido era el retrato de Pepe el Romano, pero nadie lo echó de menos.
—Pues a la verdad que parece que no se acabó el mundo —dijo medio dormida Adela, y desperezándose convenció a sus hermanas de que lo mejor que podían hacer era volver a la casa.
Guiaba la procesión Angustias, cuyos cincuenta y ocho años por primera vez recibían en pelotas la luz del sol; la seguía Magdalena del brazo del cochero; detrás, Amelia, con alguien que decía ser carpintero sin empleo. Y remataba la comitiva la apretada trilogía formada por Martirio, Adela y José. Así cruzaron el jardín, siempre oloroso a jazmines del Cabo, y entraron en la casa.
Pero antes de trasponer el corredor, Adela arrancó la placa de la puerta, VILLALBA FLORES Y TEJIDOS, sustituyéndola esa misma tarde por otra más pintoresca y reluciente que ostentaba el nombre de EL COMETA HALLEY.
El Cometa Halley fue uno de los más famosos y prestigiosos prostíbulos de toda Cárdenas, e incluso de toda Matanzas. Expertos en la materia afirman que podía competir con los de la misma Habana y aun con los de Barcelona y París. Durante muchos años fue espléndidamente atendido por sus fundadoras, las hermanas Alba, educadas y generosas matronas como ya en esta época (1950) no se encuentran. Ellas congeniaban el amor con el interés, el goce con la sabiduría, la ternura con la lujuria...Pero aquí hacemos mutis, pues nuestra condición de respetables caballeros de la orden de la Nueva Galaxia (sí, somos astrónomos y condecorados por el municipio de Jagüey Grande) nos impide dar más detalles sobre la vida de esas señoras. Sólo podemos afirmar, y con amplio conocimiento de causa, que ninguna de ellas murió virgen.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
La casa del Juez - Bram Stoker
Próxima la época de exámenes, Malcolm Malcolmson decidió ir a algún lugar solitario donde poder estudiar sin ser interrumpido. Temía las playas por su atractivo, y también desconfiaba del aislamiento rural, pues conocía desde hacía mucho tiempo sus encantos. Lo que buscaba era un pequeño pueblo sin pretensiones donde nada le distrajera del estudio. Refrenó sus deseos de pedir consejo a algún amigo, pues pensó que cada uno le recomendaría un sitio ya conocido donde, indudablemente, tendría amigos. Malcolmson deseaba evitar las amistades, y todavía tenía menos deseos de establecer contacto con los amigos de los amigos. Así que decidió buscar por sí mismo el lugar. Hizo su equipaje, tan sólo una maleta con un poco de ropa y todos los libros que necesitaba, y compró un billete para el primer nombre desconocido que vio en los itinerarios de los trenes de cercanías.
Cuando al cabo de tres horas de viaje se bajó en Benchurch, se sintió satisfecho de lo bien que había conseguido borrar sus pistas para poder disponer del tiempo y la tranquilidad necesarios para proseguir sus estudios. Acudió de inmediato a la única fonda del pequeño y soñoliento lugar, y tomó una habitación para la noche. Benchurch era un pueblo donde se celebraban regularmente mercados, y una semana de cada mes era invadido por una enorme muchedumbre; pero durante los restantes veintiún días no tenía más atractivos que los que pueda tener un desierto.
Al día siguiente de su llegada, Malcolmson buscó una residencia aún más aislada y apacible que una fonda tan tranquila como «El Buen Viajero». Sólo encontró un lugar que satisfacía realmente sus más exageradas ideas acerca de la tranquilidad. Realmente, tranquilidad no era la palabra más apropiada para aquel sitio; desolación era el único término que podía transmitir una cierta idea de su aislamiento. Era una casa vieja, anticuada, de construcción pesada y estilo jacobino, con macizos gabletes y ventanas, más pequeñas de lo acostumbrado y situadas más alto de lo habitual en esas casas; estaba rodeada por un alto muro de ladrillos sólidamente construido. En realidad, daba más la impresión de un edificio fortificado que de una simple vivienda. Pero todo esto era lo que le gustaba a Malcolmson. «He aquí —pensó— el lugar que estaba buscando, y sólo si lo consigo me sentiré feliz.» Su alegría aumentó cuando se dio cuenta que estaba sin alquilar en aquel momento.
En la oficina de correos averiguó el nombre del agente, que se sorprendió mucho al saber que alguien deseaba ocupar parte de la vieja casona. El señor Carnford, abogado local y agente inmobiliario, era un amable caballero de edad avanzada que confesó con franqueza el placer que le producía el que alguien desease alquilar la casa.
—A decir verdad —señaló—, me alegraría mucho, por los dueños, naturalmente, que alguien ocupase la casa durante años, aunque fuera de forma gratuita, si con ello el pueblo pudiera acostumbrarse a verla habitada. Ha estado vacía durante tanto tiempo que se ha levantado una especie de prejuicio absurdo a su alrededor, y la mejor manera de acabar con él es ocuparla..., aunque sólo sea —añadió, alzando una astuta mirada hacia Malcolmson— por un estudiante como usted, que desea quietud durante algún tiempo.
Malcolmson juzgó inútil pedir detalles al hombre acerca del «absurdo prejuicio»; sabía que sobre aquel tema podría conseguir más información en cualquier otro lugar. Pagó pues por adelantado el alquiler de tres meses, se guardó el recibo y el nombre de una señora que posiblemente se comprometería a ocuparse de él, y se marchó con las llaves en el bolsillo. De ahí fue directamente a hablar con la dueña de la fonda, una mujer alegre y bondadosa a la que pidió consejo acerca de qué clase y cantidad de víveres y provisiones necesitaría. Ella alzó las manos con estupefacción cuando él le dijo dónde pensaba alojarse.
—¡En la Casa del Juez no! —exclamó, palideciendo.
Él respondió que ignoraba el nombre de la casa, pero le explicó dónde estaba situada. Cuando hubo terminado, la mujer contestó:
—¡Sí, no cabe duda..., no cabe duda que es el mismo sitio! Es la Casa del Juez.
Entonces él le pidió que le hablase de la casa, por qué se llamaba así y qué tenía ella en contra. La mujer le contó que en el pueblo la llamaban así porque hacía muchos años (no podía decir exactamente cuántos, puesto que ella era de otra parte de la región, pero debían ser al menos unos cien o quizá más) había sido el domicilio de cierto juez que en su tiempo inspiró gran espanto a causa del rigor de sus sentencias y de la hostilidad con la que siempre se enfrentó a los acusados en su tribunal. Acerca de lo que había en contra de la casa no podía decir nada. Ella misma lo había preguntado a menudo, pero nadie la supo informar. De todos modos, el sentimiento general era que allí había algo, y ella por su parte no aceptaría ni todo el dinero del Banco de Drinkswater si a cambio se le pedía que permaneciera una sola hora a solas en la casa. Luego se excusó ante Malcolmson ante la posibilidad que sus palabras pudieran preocuparle.
—Es que esas cosas, señor, no me gustan nada, y además el que usted, un caballero tan joven, se vaya, y perdone que se lo diga, a vivir allí tan solo... Si fuera hijo mío, y perdone que se lo diga, no pasaría usted allí ni una [sola] noche, aunque tuviera que ir yo misma en persona y hacer sonar la gran campana de alarma que hay en el tejado.
La pobre mujer hablaba de buena fe, y con tan buenas intenciones, que Malcolmson, además de regocijado, se sintió conmovido. Le expresó cuánto apreciaba el interés que se tomaba por él y luego, amablemente, añadió:
—Pero mi querida señora Witham, le aseguro que no es necesario que se preocupe por mí. Un hombre que, como yo, estudia matemáticas superiores, tiene demasiadas cosas en la cabeza para que pueda molestarle ninguno de esos misteriosos «algos»; por otra parte, mi trabajo es demasiado exacto y prosaico como para permitir que algún rincón de mi mente preste atención a misterios de cualquier tipo. ¡La progresión armónica, las permutaciones, las combinaciones y las funciones elípticas son ya misterios suficientes para mí!
La señora Witham se encargó amablemente de suministrarle provisiones, y él fue en busca de la vieja que le habían recomendado para «ocuparse de él». Cuando, al cabo de unas dos horas, regresó
con ella a la Casa del Juez, se encontró con la señora Witham, que le esperaba en persona, junto con varios hombres y chiquillos portadores de diversos paquetes, e incluso de una cama que habían transportado en una carreta, puesto que, como dijo ella, aunque era posible que las sillas y las mesas estuvieran todas muy bien conservadas y fueran utilizables, no era bueno ni propio de huesos jóvenes descansar en una cama que no había sido oreada desde hacía por lo menos cincuenta años.
La buena mujer sentía a todas luces curiosidad por ver el interior de la casa, y recorrió todo el lugar, pese a manifestarse tan temerosa de los «algos» que al menor ruido se aferraba a Malcolmson, del cual no se separó ni un solo instante.
Tras examinar la casa, Malcolmson decidió ocupar el gran comedor, que era lo suficientemente espacioso como para satisfacer todas sus necesidades; y la señora Witham, con ayuda de la señora Dempster, la asistenta, procedió a ordenar las cosas. Una vez desempaquetados los bultos, Malcolmson vio que, con mucha y bondadosa previsión, la mujer le había enviado de su propia cocina provisiones suficientes para varios días. Antes de marcharse, la mujer expresó toda clase de buenos deseos y, ya en la misma puerta, se volvió para decir:
—Quizá, señor, puesto que la habitación es grande y con muchas corrientes de aire, puede que no le venga mal instalar uno de esos biombos grandes alrededor de la cama por la noche... Pero, laverdad sea dicha, yo me moriría de miedo si tuviera que quedarme aquí encerrada con toda esa clase de..., ¡de «cosas» que asomarán sus cabezas por los lados o por encima del biombo y se pondrán a mirarme!
La imagen que acababa de evocar fue excesiva para sus nervios y huyó precipitadamente.
La señora Dempster, con aires de superioridad, lanzó un despectivo resoplido cuando se hubo ido la otra mujer y afirmó categóricamente que ella por su parte no se sentía en absoluto inclinada a atemorizarse ni ante todos los duendes del mundo.
—Le diré a usted lo que pasa, señor —dijo—. Los duendes son toda clase de cosas..., ¡menos duendes! Ratas, ratones y escarabajos; y puertas que crujen, y tejas caídas, y tiradores de cajones que aguantan firmes cuando usted tira de ellos y luego se caen solos en medio de la noche. ¡Observe el zócalo de la habitación! ¡Es viejo..., tiene cientos de años! ¿Cree usted que no va a haber ratas y escarabajos ahí detrás? ¡Claro que sí! ¿E imagina usted que no va a verlos? ¡Claro que no! Las ratas son los duendes, se lo digo yo, y los duendes son las ratas..., ¡y no crea otra cosa!
—Señora Dempster —dijo gravemente Malcolmson con una pequeña inclinación de cabeza—, ¡sabe usted más que un catedrático de matemáticas! Permítame decirle que, en señal de mi estima hacia su indudable salud mental, cuando me vaya le daré la posesión de esta casa y le permitiré que resida aquí usted sola durante los dos últimos meses de mi alquiler, puesto que las cuatro primeras semanas bastarán para mis propósitos.
—¡Muchas gracias por su amabilidad, señor! —respondió ella—. Pero no puedo dormir ni una noche fuera de mi dormitorio: vivo en la Casa de Caridad Greenhow, y si pasara una sola noche fuera de mis habitaciones perdería todos los derechos de seguir viviendo allí. La reglas son muy estrictas, y hay demasiada gente esperando una vacante para que yo me decida a correr el menor riesgo. Si no fuera por esto, señor, vendría con mucho gusto a dormir aquí para atenderle durante su estancia.
—Mi buena señora —dijo apresuradamente Malcolmson—, he venido aquí con el propósito de estar solo, y créame que le estoy profundamente agradecido al difunto señor Greenhow por haber organizado su casa de caridad, o lo que sea, de forma tan admirable que me vea privado por la fuerza de la oportunidad de tan terrible tentación. ¡San Antonio en persona no habría podido ser más rígido al respecto!
La vieja se rió secamente.
—¡Ah! —dijo—, ustedes los señoritos jóvenes no se asustan de nada. Puede estar seguro que encontrará aquí toda la soledad que desea.
Y se puso a trabajar en la limpieza y, al anochecer, cuando Malcolmson regresó de dar su paseo (siempre llevaba uno de sus libros para estudiar mientras paseaba), se encontró con la habitación barrida y aseada, un fuego ardiendo en la chimenea y la mesa servida para la cena con las excelentes provisiones de la señora Witham.
—¡Esto sí es comodidad! —dijo mientras se frotaba las manos.
Tras terminar de cenar y poner la bandeja con los restos de la cena al otro extremo de la gran mesa de roble, volvió a sus libros: echó más leña al fuego, despabiló la lámpara y se sumergió en su duro trabajo. No hizo ninguna pausa hasta más o menos las once, cuando suspendió su tarea durante unos momentos para avivar el fuego y despabilar de nuevo la lámpara y hacerse una taza de té.
Siempre había sido muy aficionado al té; durante toda su vida universitaria solía quedarse estudiando hasta muy tarde, y siempre tomaba té y más té hasta que dejaba de estudiar. El descanso era un lujo para él, y lo disfrutaba con una sensación de delicioso y voluptuoso desahogo. El fuego reavivado saltó y chisporroteó y proyectó extrañas sombras en la vasta y antigua habitación y, mientras tomaba a sorbos el té caliente, gozó con la sensación de aislamiento de sus semejantes. Fue entonces cuando notó por primera vez el ruido que hacían las ratas.
«Seguro que no han hecho tanto ruido durante todo el tiempo que he estado estudiando —pensó—. ¡De lo contrario me hubiera dado cuenta!» Luego, mientras el ruido iba en aumento, se tranquilizó diciéndose que aquellos rumores eran realmente nuevos. Resultaba evidente que al principio las ratas se habían asustado por la presencia de un extraño y por la luz del fuego y de la lámpara, pero a medida que transcurría el tiempo se habían ido volviendo más atrevidas, y ya se hallaban entretenidas de nuevo en sus ocupaciones habituales.
¡Y eran realmente activas! ¡Subían y bajaban por detrás del zócalo que revestía la pared, por encima del cielo raso, por debajo del suelo, se movían, corrían, bullían, roían y arañaban!
Malcolmson sonrió al recordar las palabras de la señora Dempster: «los duendes son las ratas y las ratas son los duendes». El té empezaba a hacer su efecto estimulante sobre nervios e intelecto, y el estudiante vio con alegría que tenía ante sí una nueva inmersión en el largo hechizo del estudio antes que terminase la noche, cosa que le proporcionó tal sensación de comodidad que se permitió el lujo de echar un ojeada por la habitación. Tomó la lámpara en una mano y recorrió la estancia, preguntándose por qué una casa tan original y hermosa como aquélla había permanecido abandonada durante tanto tiempo. Los paneles de roble que recubrían las paredes estaban finamente labrados, y el trabajo en madera de puertas y ventanas era hermoso y de raro mérito. Había algunos cuadro viejos en las paredes, pero estaban tan densamente cubiertos de polvo y suciedad que no pudo distinguir ningún detalle a pesar que levantó la lámpara todo lo posible para iluminarlos. Aquí y allá, en su recorrido, topó con alguna grieta o agujero bloqueados por un momento por la cabeza de una rata, cuyos brillantes ojos relucían a la luz, pero al instante la cabeza desaparecía, con un chillido y un rumor de huida. Sin embargo, lo que más intrigó a Malcolmson fue la cuerda de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un rincón de la estancia, a la derecha de la chimenea. Arrastró hasta cerca del fuego una gran silla de roble tallado y respaldo alto y se sentó para tomar su última taza de té. Cuando hubo terminado, avivó el fuego y volvió a su trabajo, sentado en la esquina de la mesa, con el fuego a su izquierda. Durante un buen rato las ratas perturbaron su estudio con su continuo rebullir, pero acabó por acostumbrarse al ruido, del mismo modo que uno se acostumbra al tic-tac de un reloj o al rumor de un torrente; y así se sumergió de tal forma en el trabajo que nada en el mundo, excepto el problema que estaba intentando resolver, hubiera sido capaz de hacer mella en él.
Pero de pronto, sin haber conseguido resolverlo aún, levantó la cabeza: en el aire notó esa sensación tan peculiar que precede al amanecer y que tan temible resulta para los que llevan vidas dudosas. El ruido de las ratas había cesado. Desde luego, tenía la impresión que había cesado hacía tan sólo unos instantes, y que precisamente había sido este repentino silencio lo que le había obligado a levantar la cabeza. El fuego se había ido apagando, pero todavía arrojaba un profundo y rojo resplandor. Al mirar en esa dirección, y a pesar de toda su sang froid, sufrió un sobresalto.
Allí, sobre la silla de roble tallado y alto respaldo, a la derecha de la chimenea, había una enorme rata que le miraba fijamente con sus tristes ojillos. Hizo un gesto para ahuyentarla, pero la rata no se movió. Ante lo cual hizo ademán de arrojarle algo. Tampoco se movió, sino que le mostró encolerizada sus grandes dientes blancos; a la luz de la lámpara, sus crueles ojillos brillaban con una luz de venganza.
Malcolmson se asombró, y, tomando el atizador de la chimenea, corrió hacia la rata para matarla. Pero antes que pudiera golpearla, ésta, con un chillido que parecía concentrar todo su odio, saltó al suelo y, trepando por la cuerda de la campana de alarma, desapareció en la oscuridad donde no llegaba el resplandor de la lámpara, tamizado por una pantalla verde. Al instante, y eso fue lo más extraño, el ruidoso bullicio de las ratas tras los paneles de roble se reanudó.
Esta vez Malcolmson no consiguió sumergirse de nuevo en el problema; pero, cuando el gallo cantó afuera anunciando la llegada del alba, se fue a la cama a descansar.
Durmió tan profundamente que ni siquiera se despertó cuando llegó la señora Dempster para arreglar la habitación. Sólo lo hizo cuando la mujer, una vez barrida la estancia y preparado el desayuno, golpeó discretamente en el biombo que ocultaba la cama. Aún se sentía un poco cansado de su duro trabajo nocturno, pero una cargada taza de té lo despejó pronto y, tomando un libro, salió a dar su paseo matutino, llevándose consigo unos bocadillos por si no le apetecía volver hasta la hora de la cena. Encontró un sendero apacible entre los olmos, y allí pasó la mayor parte del día estudiando su Laplace. A su regreso pasó a saludar a la señora Witham y a darle las gracias por su amabilidad. Cuando ella le vio llegar a través de una ventana de su sanctasanctórum, emplomada con rombos de vidrios de colores, salió a la calle a recibirle y le pidió que pasase. Una vez dentro, le miró inquisitivamente y negó con la cabeza al tiempo que decía:
—No debe trabajar tanto, señor. Esta mañana está usted más pálido que otras veces. Estar despierto hasta tan tarde y con un trabajo tan duro para el cerebro no es bueno para nadie. Pero dígame, señor, ¿cómo ha pasado la noche? Espero que bien. ¡No sabe cuánto me alegré cuando la señora Dempster me dijo esta mañana que le había encontrado tan profundamente dormido cuando llegó!
—Oh, sí, todo ha sido estupendo —repuso él con una sonrisa—; todavía no me han molestado los «algos». Sólo las ratas. Tienen montado un auténtico circo por todo el lugar. Había una, de aspecto diabólico, que hasta se atrevió a subirse a mi propia silla, junto al fuego, y no se habría marchado de no haberla yo amenazado con el atizador; entonces trepó por la cuerda de la campana de alarma y desapareció allá arriba, por encima de las paredes o el techo; no pude verlo bien debido a la oscuridad.
—¡Dios nos asista! —exclamó la señora Witham—. ¡Un viejo diablo, y sobre una silla junto al fuego! ¡Tenga cuidado, señor! ¡Tenga mucho cuidado! A veces hay cosas muy verdaderas que se dicen en broma.
—¿Qué quiere usted decir? Palabra que no la comprendo.
—¡Un viejo diablo! El viejo diablo, quizá. ¡Oh, señor, no se ría usted! —pues Malcolmson había estallado en una franca carcajada—. Ustedes, la gente joven, creen que es muy fácil reírse de cosas que hacen estremecer a los viejos. ¡Pero no importa, señor! ¡No haga caso! Quiera Dios que pueda usted continuar riendo todo el tiempo. ¡Eso es lo que le deseo!
Y la buena señora rebosó de nuevo alegre simpatía, olvidados por un momento todos sus temores.
—¡Oh, perdóneme! —dijo entonces Malcolmson—. No me juzgue descortés, es que la cosa me ha hecho gracia..., eso que el viejo diablo en persona estaba anoche sentado en mi silla...
Y al recordarlo se rió de nuevo. Luego se fue a su casa a cenar.
Aquella noche el rumor de las ratas empezó más temprano; con toda seguridad se había iniciado ya antes de su regreso, y sólo dejó de oírse unos momentos mientras les duró el susto causado por su imprevista llegada. Después de cenar se sentó un momento junto al fuego a fumar y, tras limpiar la mesa, empezó de nuevo su trabajo como otras veces. Pero esa noche las ratas le distraían más que la anterior. ¡Cómo correteaban de arriba abajo, por detrás y por encima! ¡Cómo chillaban, roían y arañaban! ¡Y cómo, más atrevidas a cada instante, se asomaban a las bocas de sus agujeros y por todas las grietas y resquebrajaduras del zócalo, con sus ojillos brillantes como lámparas diminutas cuando se reflejaba en ellos el fulgor del fuego! Pero para el estudiante, habituado sin duda a ellos, esos ojos no tenían nada de siniestro; por el contrario, sólo veía en ellos un aire travieso y juguetón.
A menudo, las más atrevidas hacían incursiones por el suelo o a lo largo de las molduras de la pared.
Una y otra vez, cuando empezaban a molestarle demasiado, Malcolmson hacía un ruido para asustarlas, golpeaba la mesa con la mano o emitía un fiero «Ssssh, ssssh» para que huyesen inmediatamente a sus escondrijos.
Así transcurrió la primera mitad de la noche; luego, a pesar del ruido, Malcolmson fue sumergiéndose cada vez más en el estudio.
De repente, alzó la vista, como la noche anterior, dominado por una súbita sensación de silencio. No se oía ni el más leve ruido de roer, chillar o arañar. Era un silencio de tumba. Entonces recordó el extraño suceso de la noche anterior, e instintivamente miró a la silla que había junto a la chimenea. Una extraña sensación recorrió entonces todo su cuerpo.
Allá, al lado de la chimenea, en la gran silla de roble tallado de respaldo alto, estaba la misma enorme rata mirándole fijamente con unos ojillos fúnebres y malignos. Instintivamente tomó el objeto que tenía más al alcance de su mano, unas tablas de logaritmos, y se lo arrojó. El libro fue mal dirigido y la rata ni se movió; así que tuvo que repetir la escena del atizador de la noche anterior; y de nuevo la rata, al verse estrechamente cercada, huyó trepando por la cuerda de la campana de alarma. También fue muy extraño que la fuga de esta rata fuese seguida inmediatamente por la reanudación del ruido de la comunidad. En esta ocasión, como en la precedente, Malcolmson no pudo ver por qué parte de la estancia desapareció el animal, pues la pantalla de su lámpara dejaba en sombras la parte superior de la habitación y el fuego brillaba mortecino.
Miró su reloj y observó que era casi medianoche y, no descontento del divertissement, avivó el fuego y se preparó una taza de té. Había trabajado perfectamente sumergido en el hechizo del estudio y se creyó merecedor de un cigarrillo; así pues, se sentó en la gran silla de roble tallado junto a la chimenea y fumó con delectación. Mientras lo hacía, empezó a pensar que le gustaría saber por dónde lograba meterse el animal, ya que empezaba a acariciar la idea de poner en práctica al día siguiente algo relacionado con una ratonera. En previsión de ello, encendió otra lámpara y la colocó de forma que iluminase bien el rincón derecho que formaban la chimenea y la pared. Luego apiló todos los libros que tenía, colocándolos al alcance de la mano para arrojárselos al animal si llegaba el caso. Finalmente, levantó la cuerda de la campana de alarma y colocó su extremo inferior encima de la mesa, pisándolo con la lámpara. Cuando tomó la cuerda en sus manos no pudo por menos que notar lo flexible que era, sobre todo teniendo en cuenta su grosor y el tiempo que llevaba sin usar.
«Se podría colgar a un hombre de ella», pensó para sí. Terminados sus preparativos, miró a su alrededor y exclamó, satisfecho:
—¡Ahora, amiga mía, creo que vamos a vernos las caras de una vez!
Reanudó su estudio, y aunque al principio le distrajo el ruido que hacían las ratas, pronto se abandonó por completo a sus proposiciones y problemas.
De nuevo fue reclamado de pronto por su alrededor. Esta vez no fue sólo el repentino silencio lo que llamó su atención; había, además, un ligero movimiento de la cuerda, y la lámpara se tambaleaba. Sin moverse, comprobó que la pila de libros estuviese al alcance de su mano y luego deslizó su mirada a lo largo de la cuerda. Pudo observar que la gran rata se dejaba caer desde la cuerda a la silla de roble, se instalaba en ella y le contemplaba. Tomó un libro con la mano derecha y, apuntando cuidadosamente, se lo lanzó. La rata, con un rápido movimiento, saltó de costado y esquivó el proyectil. Tomó entonces un segundo y luego un tercero, y se los lanzó uno tras otro, pero sin éxito. Por fin, y en el momento en que se disponía a arrojarle un nuevo libro, la rata chilló y pareció asustada. Esto aumentó más aún su deseo de dar en el blanco; el libro voló, y alcanzó a la rata con un golpe resonante. El animal lanzó un chillido terrorífico y, echando a su perseguidor una mirada de terrible malignidad, trepó por el respaldo de la silla, desde cuyo borde superior saltó hasta la cuerda de la campana de alarma, por la cual subió con la velocidad del rayo. La lámpara que sujetaba la cuerda se tambaleó bajo el repentino tirón, pero era pesada y no llegó a caerse.
Malcolmson siguió a la rata con la mirada y la vio, gracias a la luz de la segunda lámpara, saltar a una moldura del zócalo y desaparecer por un agujero en uno de los grandes cuadros colgados de la pared, indescifrable bajo la espesa capa de polvo y suciedad.
—Mañana le echaré una ojeada a la vivienda de mi amiga —dijo en voz alta el estudiante, mientras recogía los volúmenes tirados por el suelo—. El tercer cuadro partir de la chimenea: no lo olvidaré. —Tomó los libros uno a uno, haciendo un comentario sobre ellos mientras iba leyendo sus títulos—. Secciones cónicas no la rozó, ni tampoco Oscilaciones cicloideas, ni los Principia, ni los Cuaternios, ni la Termodinámica. ¡Éste es el libro que la alcanzó! —Malcolmson lo tomó del suelo y miró el título y, al hacerlo, se sobresaltó y una súbita palidez cubrió su rostro. Miró a su alrededor, inquieto, y se estremeció levemente mientras murmuraba para sí—: ¡La Biblia que me dio mi madre!
¡Qué extraña coincidencia!
Volvió a sentarse y reanudó su trabajo; las ratas del zócalo volvieron a sus cabriolas. Sin embargo, ahora no le molestaban; al contrario, su presencia le proporcionaba una cierta sensación de compañía. Pero no pudo concentrarse en el estudio y, después de intentar inútilmente dominar el tema que tenía entre manos, lo dejó con desesperación y fue a acostarse, justo cuando el primer resplandor del amanecer penetraba furtivamente por la ventana que daba al este.
Durmió pesadamente pero inquieto, y soñó mucho; cuando le despertó la señora Dempster, ya muy entrada la mañana, su aspecto era de haber descansado mal, y durante algunos minutos no pareció darse cuenta exacta de dónde se encontraba. Su primer encargo sorprendió bastante a la criada.
—Señora Dempster, cuando me ausente hoy de casa quiero que tome la escalera, saque el polvo y limpie bien todos esos cuadros..., especialmente el tercero a partir de la chimenea. Quiero ver qué hay en ellos.
Hasta bien entrada la tarde estuvo Malcolmson estudiando a la sombra de los árboles; a medida que transcurría el día notó que sus asimilaciones mejoraban progresivamente y fue volviendo al alegre optimismo del día anterior. Ya había conseguido solucionar satisfactoriamente todos los problemas que hasta entonces le habían eludido, y se encontraba en un estado tal de euforia que decidió hacer una visita a la señora Witham en «El Buen Viajero». La encontró en su confortable cuarto de estar, acompañada por un desconocido que le fue presentado como el doctor Thornhill. La mujer no parecía hallarse totalmente a gusto, y esto, unido a que el hombre se lanzó de inmediato a hacerle toda una serie de preguntas, hizo pensar a Malcolmson que la presencia del doctor no era casual, así que dijo sin ambages:
—Doctor Thornhill, contestaré gustosamente cualquier pregunta que quiera hacerme, si primero me contesta usted a una que deseo hacerle yo.
El doctor pareció sorprenderse, pero sonrió y respondió al momento:
—¡De acuerdo! ¿De qué se trata?
—¿Le pidió a usted la señora Witham que viniera aquí a verme y aconsejarme?
El doctor Thornhill, se mostró por un momento desconcertado, y la señora Witham enrojeció
vivamente y volvió la cara hacia otro lado; sin embargo, el doctor era un hombre sincero e inteligente y no dudó en contestar con franqueza:
—Así fue, en efecto, pero no quería que usted se enterase. Supongo que han sido mi torpeza y mi apresuramiento los que le han hecho sospechar. Pero en fin, lo que me dijo fue que no le gustaba la
idea que estuviese usted en esa casa completamente solo, y tomando tanto té y tan cargado. Deseaba que yo le aconsejase que dejara el té y no se quedara a estudiar hasta tan tarde. Yo también fui un buen estudiante en mis tiempos, y por ello espero que me permita tomarme la libertad de darle un consejo sin ánimo de ofenderle, puesto que no le hablo como un extraño, sino como un universitario puede hablarle a otro.
Malcolmson le tendió la mano con una radiante sonrisa.
—¡Choque esos cinco!, como dicen en Norteamérica —exclamó—. Le agradezco mucho su interés, y también a la señora Witham; y su amabilidad me obliga a pagarles en la misma moneda.
Prometo no volver a tomar té cargado, ni sin cargar, hasta que usted me autorice. Y esta noche me iré a la cama a la una de la madrugada lo más tarde. ¿De acuerdo?
—Estupendo —dijo el médico—. Y ahora cuénteme usted todo lo que ha visto en el viejo caserón.
Malcolmson relató con todo detalle lo sucedido en las dos últimas noches. Fue interrumpido de vez en cuando por las exclamaciones de la señora Witham, hasta que finalmente, al llegar al episodio de la Biblia, toda la emoción reprimida de la mujer halló salida en un tremendo alarido, y hasta que no se le administró un buen vaso de coñac con agua no se repuso. El doctor Thornhill lo escuchó todo con expresión de creciente gravedad, y cuando el relato llegó a su fin y la señora Witham quedó tranquila preguntó:
—¿La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma?
—Sí, siempre.
—Supongo que ya sabrá usted —dijo el doctor tras una pausa— qué es esa cuerda.
—¡No!
—Es —dijo el doctor lentamente— la misma que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.
Al llegar a este punto fue interrumpido de nuevo por otro grito de la señora Witham, y hubo que poner otra vez en juego los medios para que volviera a recobrarse. Malcolmson, tras consultar su reloj, observó que ya era casi hora de cenar y se marchó a su casa tan pronto como ella se hubo recobrado.
Cuando la señora Witham volvió totalmente en sí, asaetó al doctor Thornhill con coléricas preguntas acerca de qué pretendía metiendo aquellas horribles ideas en la cabeza del pobre joven.
—Ya tiene allí demasiadas preocupaciones —añadió.
El doctor Thornhill respondió:
—¡Mi querida señora, mi propósito es bien distinto! Lo que yo quería era atraer su atención hacia la cuerda de la campana y mantenerla fija allí. Es posible que se halle en un estado de gran sobreexcitación, por haber estudiado demasiado o por lo que sea, pero de todas formas me veo obligado a reconocer que parece un joven tan sano y fuerte mental y corporalmente como el que más.
Pero luego están las ratas..., y esa sugerencia del diablo... —El doctor agitó la cabeza y prosiguió—: Me habría ofrecido a ir a pasar la noche con él, pero estoy seguro que eso le hubiera humillado.
Parece que por la noche sufre algún tipo de extraño terror o alucinación, y de ser así deseo que tire de esa cuerda. Como está completamente solo, eso nos servirá de aviso y podremos llegar hasta él a tiempo aún de serle útiles. Esta noche me mantendré despierto hasta muy tarde y tendré los oídos bien abiertos. No se alarme usted, señora Witham, si Benchurch recibe una sorpresa antes de mañana.
—Oh, doctor, ¿qué quiere usted decir?
—Exactamente esto: es muy posible, o mejor dicho probable, que esta noche oigamos la gran campana de alarma de la Casa del Juez.
Y el doctor hizo un mutis tan efectista como se podía esperar.
Cuando Malcolmson llegó a la casa descubrió que era un poco más tarde que de costumbre y que la señora Dempster ya se había marchado: las reglas de la Casa de Caridad Greenhow no eran de desdeñar. Se alegró mucho de ver que el lugar estaba limpio y reluciente, un alegre fuego ardía en la chimenea y la lámpara estaba bien despabilada. La tarde era muy fría para el mes de abril, y soplaba un pesado viento con una violencia que crecía tan rápidamente que podía esperarse una buena tormenta para la noche. El ruido que hacían las ratas cesó durante unos pocos minutos tras su llegada, pero tan pronto como se volvieron a acostumbrar a su presencia lo reanudaron. Se alegró de oírlas, y una vez más notó que en su bullicioso rumor había algo que le hacía sentirse acompañado.
Sus pensamientos retrocedieron hasta el extraño hecho que las ratas sólo dejaban de manifestarse cuando aquella otra rata (la gran rata de ojillos fúnebres) entraba en escena. Sólo estaba encendida la lámpara de lectura, cuya pantalla verde mantenía en sombras el techo y la parte superior de la estancia, de tal modo que la alegre y rojiza luz de la chimenea se extendía cálida y agradable por el pavimento y brillaba sobre el blanco mantel que cubría la mesa. Malcolmson se sentó a cenar con buen apetito y espíritu alegre. Después de cenar y fumar un cigarrillo se entregó firmemente a su trabajo, decidido a que nada le distrajese, pues recordaba la promesa hecha al doctor y quería aprovechar de la mejor manera posible el tiempo que disponía.
Durante más de una hora trabajó sin problemas, y luego sus pensamientos empezaron a desprenderse de los libros y a vagabundear por su cuenta. Las actuales circunstancias en las que se hallaba y la llamada de atención sobre su salud nerviosa no eran algo que pudiera despreciar. Por aquel entonces, el viento se había convertido ya en un vendaval, y el vendaval en una tormenta. La vieja casa, pese a su solidez, parecía estremecerse desde sus cimientos, y la tormenta rugía y bramaba a través de las múltiples chimeneas y los viejos gabletes, produciendo extraños y aterradores sonidos en los pasillos y las estancias vacías. Incluso la gran campana de alarma del tejado debía estar sufriendo los embates del viento, pues la cuerda subía y bajaba levemente, como si la campana estuviera moviéndose un poco, y el extremo inferior de la flexible cuerda azotaba el suelo de roble con un ruido duro y hueco.
Al escucharlo, Malcolmson recordó las palabras del doctor: «Es la cuerda que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.» Se acercó al rincón de la chimenea y la tomó entre sus manos para contemplarla. Parecía sentir como una especie de morboso interés por ella, y mientras la estaba observando se perdió un momento en conjeturas sobre quiénes habrían sido esas víctimas y sobre el lúgubre deseo del juez de tener siempre ante su vista una reliquia tan macabra.
Mientras permanecía allí, el suave balanceo de la campana del tejado había seguido comunicando a la cuerda cierto movimiento, pero ahora, de pronto, empezó a notar una nueva sensación, una especie de temblor en la cuerda, como si algo se estuviera moviendo a lo largo de ella.
Levantó instintivamente la vista y vio a la enorme rata que, lentamente, bajaba hacia él mirándole con fijeza. Soltó la cuerda y retrocedió con brusquedad, mascullando una maldición; la rata dio la vuelta, trepó de nuevo por la cuerda y desapareció; y en ese instante Malcolmson se dio cuenta que el ruido de las ratas, que había cesado hacía un momento, volvía a comenzar.
Todo esto le dejó pensativo; entonces recordó que no había investigado la madriguera de la rata ni mirado los cuadros como había pensado hacer. Encendió la otra lámpara, que no tenía pantalla, y levantándola se situó frente al tercer cuadro a la derecha de la chimenea, que era por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.
A la primera ojeada retrocedió, tan bruscamente sobresaltado que casi dejó caer la lámpara, y una mortal palidez cubrió sus facciones. Sus rodillas entrechocaron, pesadas gotas de sudor perlaron su frente, y tembló como un álamo. Pero era joven y animoso, y consiguió armarse nuevamente de valor; tras una pausa de unos segundos avanzó lentamente unos pasos, alzó la lámpara y examinó el cuadro, que una vez desempolvado y limpio era ya claramente distinguible.
Era el retrato de un juez vestido de púrpura y armiño. Su rostro era fuerte y despiadado, maligno, vengativo y astuto, con una boca sensual y una nariz ganchuda de rojizo color y forma semejante al pico de un ave de presa. El resto de la cara era de un color cadavérico. Los ojos, de un brillo peculiar, tenían una expresión terriblemente maligna. Contemplándolos, Malcolmson sintió frío, pues en ellos vio una réplica exacta a los ojos de la enorme rata. Casi se le cayó la lámpara de la mano cuando vio a ésta mirándole con sus ojillos fúnebres desde el agujero de la esquina del cuadro y notó el repentino cese del ruido de las demás. Pese a ello, volvió a reunir todo su valor y continuó examinando la pintura.
El juez estaba sentado en una gran silla de roble tallado de respaldo alto, a la derecha de una chimenea de piedra junto a la cual colgaba desde el techo una cuerda que yacía con su extremo inferior enrollado en el suelo. Con una sensación de horror, Malcolmson reconoció en esa escena la habitación donde se hallaba ahora, y miró despavorido a su alrededor, como esperando hallar alguna extraña presencia a su espalda. Luego volvió a dirigir su mirada al rincón que formaba la chimenea y, lanzando un grito desgarrado, dejó caer la lámpara que llevaba en la mano.
Allí, en la silla del juez, con la cuerda colgando tras ella, se había instalado aquella enorme rata que tenía la misma fúnebre mirada que éste, ahora diabólicamente intensa. Excepto el ulular de la tormenta, todo mantenía un completo silencio.
La lámpara caída hizo que Malcolmson volviera a la realidad. Por fortuna, era de metal y el aceite no se derramó. Sin embargo, la necesidad de recogerla de inmediato serenó sus aprensiones nerviosas. Cuando hubo apagado la lámpara se secó el sudor y meditó un momento.
—Esto no puede ser —se dijo en voz alta—. Si sigo así voy a volverme loco. ¡Basta ya! Prometí al doctor que no tomaría té. ¡Por Dios que tenía razón! Mis nervios han debido llegar a un estado terrible. Es curioso que yo no lo note. Nunca en mi vida me he encontrado mejor. Pero ahora todo vuelve a ir bien, no volveré a comportarme como un necio.
Se preparó un buen vaso de brandy y se sentó resueltamente para proseguir su estudio. Llevaba así cerca de una hora cuando levantó la vista del libro, atraído por el súbito silencio. Sin embargo, el viento ululaba y rugía más fuerte que nunca, y la lluvia golpeaba en ráfagas los cristales de las ventanas como si fuera granizo; en el interior de la casa, sin embargo, no se oía nada, excepto el eco del viento bramando por la gran chimenea como un arrullo de la tormenta. El fuego casi se había apagado; ardía ya sin llama, arrojando sólo un resplandor rojizo. Malcolmson escuchó con atención, y entonces oyó un tenue y chirriante ruido, casi inaudible. Provenía del rincón de la estancia donde colgaba la cuerda, y el estudiante pensó que debía producirlo el roce de la cuerda contra el suelo cuando el balanceo de la campana la hacía subir y bajar. Sin embargo, al mirar hacia allí, observó sorprendido que la rata, agarrada a la cuerda, la estaba royendo. La cuerda estaba ya casi roída por completo; se podía ver un color más claro en el punto donde las hebras internas habían quedado al descubierto. Mientras observaba, la tarea quedó completada y la cuerda cayó con un chasquido sobre el piso de roble, al tiempo que, por un instante, la gran rata permanecía colgada, como una monstruosa borla o campanilla, del cabo superior, que empezó a balancearse a uno y otro lado. Malcolmson sintió por un momento otra oleada brusca de terror al darse cuenta que la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior y pedir auxilio había quedado cortada, pero este sentimiento fue reemplazado en seguida por una intensa cólera y, agarrando el libro que estaba leyendo, lo arrojó contra la rata. El tiro iba bien dirigido, pero antes que el proyectil pudiera alcanzarla, la rata se dejó caer y aterrizó en el suelo con un blando ruido. Malcolmson se abalanzó al instante sobre ella, pero el animal salió disparado y desapareció en las sombras de la estancia.
Malcolmson comprendió que el estudio había terminado, al menos por aquella noche, y decidió alterar la monotonía de su vida con una cacería de ratas. Retiró la pantalla de la lámpara para conseguir un mayor radio de acción de la luz. Al hacerlo, se disiparon las tinieblas de la parte superior de la estancia, y ante aquella invasión de luz, cegadora en comparación con la oscuridad anterior, los cuadros de la pared destacaron limpiamente. Desde donde estaba Malcolmson pudo ver, justo frente a él, el tercero a la derecha de la chimenea. Se frotó con sorpresa los ojos, y luego un gran miedo empezó a invadirle.
En el centro del cuadro había un espacio vacío, grande e irregular, en el que se veía el lienzo pardo tan limpio como cuando fue colocado en el bastidor. El fondo del cuadro estaba como antes, con la silla, el rincón de la chimenea y la cuerda, pero la figura del juez había desaparecido.
Malcolmson estremecido de terror, fue girando lentamente, y entonces empezó a estremecerse y a temblar como afectado por un ataque de parálisis. Sus fuerzas parecían haberle abandonado, dejándole incapaz de hacer el menor movimiento, incluso casi incapaz de pensar. Sólo podía ver y oír.
Allí, en la gran silla de roble de alto respaldo, estaba sentado el juez, con su atuendo de púrpura y armiño, los fúnebres ojos brillando vengativos, una sonrisa de triunfo en la boca, firme y cruel, mientras sostenía en sus manos un negro birrete. Malcolmson notó que la sangre huía de su corazón, como lo que se siente en los momentos de prolongada ansiedad. Le silbaban los oídos. Sin embargo, podía oír el bramar y el aullar de la tempestad y, atravesándola, deslizándose sobre ella, le llegaron las campanadas de medianoche, en grandes repiques, desde la plaza del mercado. Durante un tiempo que se le antojó interminable permaneció inmóvil como una estatua, casi sin respiración, con los ojos desorbitados, heridos de horror. A medida que iba sonando el reloj se intensificaba la sonrisa de triunfo en la cara del juez, y cuando hubo sonado la última campanada de medianoche se colocó el negro birrete en la cabeza.
Lenta, deliberadamente, el juez se levantó de su asiento y tomó el trozo de cuerda que yacía en el suelo, lo palpó con sus manos como si su contacto le produjese placer, y luego empezó a anudar uno de sus extremos. Apretó y comprobó el nudo con el pie, tirando fuertemente de él hasta quedar satisfecho, y entonces lo transformó en un nudo corredizo, que alzó en su mano. Después empezó a moverse a lo largo de la mesa, por el lado opuesto a donde se encontraba Malcolmson, con la mirada fija en él, hasta que le rebasó; entonces, con un rápido movimiento, se colocó ante la puerta. Malcolmson empezó a darse cuenta en ese momento que había caído en una trampa, e intentó pensar qué debía hacer. Había cierta fascinación en los ojos del juez que no se apartaban de él, y cuya mirada Malcolmson se veía forzado a sostener. Vio que el juez se le aproximaba (sin dejar de mantenerse entre la puerta y el joven), levantaba el lazo y lo arrojaba en su dirección, como para capturarle. Con un gran esfuerzo hizo un rápido movimiento lateral y vio cómo la cuerda caía a su lado y la oyó golpear contra el suelo de roble. De nuevo levantó el nudo el juez y trató de cazarle, sin apartar sus fúnebres ojos de él, y el estudiante consiguió evitarlo haciendo un poderoso esfuerzo.
Esto se repitió muchas veces, sin que el juez pareciera desanimarse por sus fracasos, sino más bien gozar con ellos, como un gato con un ratón. Por fin, en la cumbre de su desesperación, Malcolmson arrojó una rápida mirada a su alrededor. La lámpara parecía reavivada y una brillante luz inundaba la estancia. En las numerosas madrigueras y en las grietas y agujeros del zócalo vio los ojos de las ratas; y esta visión, puramente física, le proporcionó un destello de bienestar. Miró y pudo darse cuenta que la cuerda de la gran campana de alarma estaba plagada de ratas. Cada centímetro estaba cubierto de ellas, cada vez salían más a través del pequeño agujero circular del techo de donde emergían, de tal modo que, bajo su peso, la campana empezaba a oscilar.
Osciló hasta que el badajo llegó a tocarla. El sonido fue muy tenue, pero apenas había comenzado su vaivén, y poco a poco iría aumentando la potencia del tañido.
Al oírlo, el juez, que había mantenido los ojos fijos en Malcolmson, los levantó, y un gesto de diabólica ira contrajo su rostro. Sus ojos relucieron como carbones encendidos y golpeó el suelo con el pie, haciendo un ruido que pareció estremecer toda la casa. El pavoroso estruendo de un trueno estalló sobre sus cabezas al mismo tiempo que el juez volvía a levantar el lazo y las ratas seguían subiendo y bajando por su cuerda, como si luchasen contra el tiempo. Pero esta vez, en lugar de arrojarlo, se fue acercando a su víctima, y fue abriendo el lazo a medida que se aproximaba. Al llegar frente al estudiante pareció irradiar algo paralizante con su sola presencia, y Malcolmson, permaneció rígido como un cadáver. Sintió sobre su garganta los helados dedos del juez mientras éste le ajustaba el lazo. El nudo se apretó. Entonces el juez, tomando en sus brazos el rígido cuerpo del muchacho, lo levantó, colocándolo en pie sobre la silla de roble y, subido junto a él, alzó su mano y tomó el extremo de la oscilante cuerda de la campana de alarma. Al alzar la mano, las ratas huyeron, chillando, por el agujero del techo. Tomando el extremo del lazo que rodeaba el cuello de Malcolmson, lo ató a la cuerda que colgaba de la campana y entonces, descendiendo de nuevo al suelo, quitó la silla.
Al comenzar a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez se congregó de inmediato un gran gentío. Aparecieron luces y antorchas y, silenciosamente, la multitud se encaminó presurosa hacia allí. Golpearon fuertemente la puerta, pero nadie respondió. Entonces la echaron abajo y penetraron en el gran comedor; el doctor iba a la cabeza de todos.
El cuerpo del estudiante se balanceaba del extremo de la cuerda de la gran campana de alarma; en el cuadro, el rostro del juez mostraba una sonrisa maligna.
Cuando al cabo de tres horas de viaje se bajó en Benchurch, se sintió satisfecho de lo bien que había conseguido borrar sus pistas para poder disponer del tiempo y la tranquilidad necesarios para proseguir sus estudios. Acudió de inmediato a la única fonda del pequeño y soñoliento lugar, y tomó una habitación para la noche. Benchurch era un pueblo donde se celebraban regularmente mercados, y una semana de cada mes era invadido por una enorme muchedumbre; pero durante los restantes veintiún días no tenía más atractivos que los que pueda tener un desierto.
Al día siguiente de su llegada, Malcolmson buscó una residencia aún más aislada y apacible que una fonda tan tranquila como «El Buen Viajero». Sólo encontró un lugar que satisfacía realmente sus más exageradas ideas acerca de la tranquilidad. Realmente, tranquilidad no era la palabra más apropiada para aquel sitio; desolación era el único término que podía transmitir una cierta idea de su aislamiento. Era una casa vieja, anticuada, de construcción pesada y estilo jacobino, con macizos gabletes y ventanas, más pequeñas de lo acostumbrado y situadas más alto de lo habitual en esas casas; estaba rodeada por un alto muro de ladrillos sólidamente construido. En realidad, daba más la impresión de un edificio fortificado que de una simple vivienda. Pero todo esto era lo que le gustaba a Malcolmson. «He aquí —pensó— el lugar que estaba buscando, y sólo si lo consigo me sentiré feliz.» Su alegría aumentó cuando se dio cuenta que estaba sin alquilar en aquel momento.
En la oficina de correos averiguó el nombre del agente, que se sorprendió mucho al saber que alguien deseaba ocupar parte de la vieja casona. El señor Carnford, abogado local y agente inmobiliario, era un amable caballero de edad avanzada que confesó con franqueza el placer que le producía el que alguien desease alquilar la casa.
—A decir verdad —señaló—, me alegraría mucho, por los dueños, naturalmente, que alguien ocupase la casa durante años, aunque fuera de forma gratuita, si con ello el pueblo pudiera acostumbrarse a verla habitada. Ha estado vacía durante tanto tiempo que se ha levantado una especie de prejuicio absurdo a su alrededor, y la mejor manera de acabar con él es ocuparla..., aunque sólo sea —añadió, alzando una astuta mirada hacia Malcolmson— por un estudiante como usted, que desea quietud durante algún tiempo.
Malcolmson juzgó inútil pedir detalles al hombre acerca del «absurdo prejuicio»; sabía que sobre aquel tema podría conseguir más información en cualquier otro lugar. Pagó pues por adelantado el alquiler de tres meses, se guardó el recibo y el nombre de una señora que posiblemente se comprometería a ocuparse de él, y se marchó con las llaves en el bolsillo. De ahí fue directamente a hablar con la dueña de la fonda, una mujer alegre y bondadosa a la que pidió consejo acerca de qué clase y cantidad de víveres y provisiones necesitaría. Ella alzó las manos con estupefacción cuando él le dijo dónde pensaba alojarse.
—¡En la Casa del Juez no! —exclamó, palideciendo.
Él respondió que ignoraba el nombre de la casa, pero le explicó dónde estaba situada. Cuando hubo terminado, la mujer contestó:
—¡Sí, no cabe duda..., no cabe duda que es el mismo sitio! Es la Casa del Juez.
Entonces él le pidió que le hablase de la casa, por qué se llamaba así y qué tenía ella en contra. La mujer le contó que en el pueblo la llamaban así porque hacía muchos años (no podía decir exactamente cuántos, puesto que ella era de otra parte de la región, pero debían ser al menos unos cien o quizá más) había sido el domicilio de cierto juez que en su tiempo inspiró gran espanto a causa del rigor de sus sentencias y de la hostilidad con la que siempre se enfrentó a los acusados en su tribunal. Acerca de lo que había en contra de la casa no podía decir nada. Ella misma lo había preguntado a menudo, pero nadie la supo informar. De todos modos, el sentimiento general era que allí había algo, y ella por su parte no aceptaría ni todo el dinero del Banco de Drinkswater si a cambio se le pedía que permaneciera una sola hora a solas en la casa. Luego se excusó ante Malcolmson ante la posibilidad que sus palabras pudieran preocuparle.
—Es que esas cosas, señor, no me gustan nada, y además el que usted, un caballero tan joven, se vaya, y perdone que se lo diga, a vivir allí tan solo... Si fuera hijo mío, y perdone que se lo diga, no pasaría usted allí ni una [sola] noche, aunque tuviera que ir yo misma en persona y hacer sonar la gran campana de alarma que hay en el tejado.
La pobre mujer hablaba de buena fe, y con tan buenas intenciones, que Malcolmson, además de regocijado, se sintió conmovido. Le expresó cuánto apreciaba el interés que se tomaba por él y luego, amablemente, añadió:
—Pero mi querida señora Witham, le aseguro que no es necesario que se preocupe por mí. Un hombre que, como yo, estudia matemáticas superiores, tiene demasiadas cosas en la cabeza para que pueda molestarle ninguno de esos misteriosos «algos»; por otra parte, mi trabajo es demasiado exacto y prosaico como para permitir que algún rincón de mi mente preste atención a misterios de cualquier tipo. ¡La progresión armónica, las permutaciones, las combinaciones y las funciones elípticas son ya misterios suficientes para mí!
La señora Witham se encargó amablemente de suministrarle provisiones, y él fue en busca de la vieja que le habían recomendado para «ocuparse de él». Cuando, al cabo de unas dos horas, regresó
con ella a la Casa del Juez, se encontró con la señora Witham, que le esperaba en persona, junto con varios hombres y chiquillos portadores de diversos paquetes, e incluso de una cama que habían transportado en una carreta, puesto que, como dijo ella, aunque era posible que las sillas y las mesas estuvieran todas muy bien conservadas y fueran utilizables, no era bueno ni propio de huesos jóvenes descansar en una cama que no había sido oreada desde hacía por lo menos cincuenta años.
La buena mujer sentía a todas luces curiosidad por ver el interior de la casa, y recorrió todo el lugar, pese a manifestarse tan temerosa de los «algos» que al menor ruido se aferraba a Malcolmson, del cual no se separó ni un solo instante.
Tras examinar la casa, Malcolmson decidió ocupar el gran comedor, que era lo suficientemente espacioso como para satisfacer todas sus necesidades; y la señora Witham, con ayuda de la señora Dempster, la asistenta, procedió a ordenar las cosas. Una vez desempaquetados los bultos, Malcolmson vio que, con mucha y bondadosa previsión, la mujer le había enviado de su propia cocina provisiones suficientes para varios días. Antes de marcharse, la mujer expresó toda clase de buenos deseos y, ya en la misma puerta, se volvió para decir:
—Quizá, señor, puesto que la habitación es grande y con muchas corrientes de aire, puede que no le venga mal instalar uno de esos biombos grandes alrededor de la cama por la noche... Pero, laverdad sea dicha, yo me moriría de miedo si tuviera que quedarme aquí encerrada con toda esa clase de..., ¡de «cosas» que asomarán sus cabezas por los lados o por encima del biombo y se pondrán a mirarme!
La imagen que acababa de evocar fue excesiva para sus nervios y huyó precipitadamente.
La señora Dempster, con aires de superioridad, lanzó un despectivo resoplido cuando se hubo ido la otra mujer y afirmó categóricamente que ella por su parte no se sentía en absoluto inclinada a atemorizarse ni ante todos los duendes del mundo.
—Le diré a usted lo que pasa, señor —dijo—. Los duendes son toda clase de cosas..., ¡menos duendes! Ratas, ratones y escarabajos; y puertas que crujen, y tejas caídas, y tiradores de cajones que aguantan firmes cuando usted tira de ellos y luego se caen solos en medio de la noche. ¡Observe el zócalo de la habitación! ¡Es viejo..., tiene cientos de años! ¿Cree usted que no va a haber ratas y escarabajos ahí detrás? ¡Claro que sí! ¿E imagina usted que no va a verlos? ¡Claro que no! Las ratas son los duendes, se lo digo yo, y los duendes son las ratas..., ¡y no crea otra cosa!
—Señora Dempster —dijo gravemente Malcolmson con una pequeña inclinación de cabeza—, ¡sabe usted más que un catedrático de matemáticas! Permítame decirle que, en señal de mi estima hacia su indudable salud mental, cuando me vaya le daré la posesión de esta casa y le permitiré que resida aquí usted sola durante los dos últimos meses de mi alquiler, puesto que las cuatro primeras semanas bastarán para mis propósitos.
—¡Muchas gracias por su amabilidad, señor! —respondió ella—. Pero no puedo dormir ni una noche fuera de mi dormitorio: vivo en la Casa de Caridad Greenhow, y si pasara una sola noche fuera de mis habitaciones perdería todos los derechos de seguir viviendo allí. La reglas son muy estrictas, y hay demasiada gente esperando una vacante para que yo me decida a correr el menor riesgo. Si no fuera por esto, señor, vendría con mucho gusto a dormir aquí para atenderle durante su estancia.
—Mi buena señora —dijo apresuradamente Malcolmson—, he venido aquí con el propósito de estar solo, y créame que le estoy profundamente agradecido al difunto señor Greenhow por haber organizado su casa de caridad, o lo que sea, de forma tan admirable que me vea privado por la fuerza de la oportunidad de tan terrible tentación. ¡San Antonio en persona no habría podido ser más rígido al respecto!
La vieja se rió secamente.
—¡Ah! —dijo—, ustedes los señoritos jóvenes no se asustan de nada. Puede estar seguro que encontrará aquí toda la soledad que desea.
Y se puso a trabajar en la limpieza y, al anochecer, cuando Malcolmson regresó de dar su paseo (siempre llevaba uno de sus libros para estudiar mientras paseaba), se encontró con la habitación barrida y aseada, un fuego ardiendo en la chimenea y la mesa servida para la cena con las excelentes provisiones de la señora Witham.
—¡Esto sí es comodidad! —dijo mientras se frotaba las manos.
Tras terminar de cenar y poner la bandeja con los restos de la cena al otro extremo de la gran mesa de roble, volvió a sus libros: echó más leña al fuego, despabiló la lámpara y se sumergió en su duro trabajo. No hizo ninguna pausa hasta más o menos las once, cuando suspendió su tarea durante unos momentos para avivar el fuego y despabilar de nuevo la lámpara y hacerse una taza de té.
Siempre había sido muy aficionado al té; durante toda su vida universitaria solía quedarse estudiando hasta muy tarde, y siempre tomaba té y más té hasta que dejaba de estudiar. El descanso era un lujo para él, y lo disfrutaba con una sensación de delicioso y voluptuoso desahogo. El fuego reavivado saltó y chisporroteó y proyectó extrañas sombras en la vasta y antigua habitación y, mientras tomaba a sorbos el té caliente, gozó con la sensación de aislamiento de sus semejantes. Fue entonces cuando notó por primera vez el ruido que hacían las ratas.
«Seguro que no han hecho tanto ruido durante todo el tiempo que he estado estudiando —pensó—. ¡De lo contrario me hubiera dado cuenta!» Luego, mientras el ruido iba en aumento, se tranquilizó diciéndose que aquellos rumores eran realmente nuevos. Resultaba evidente que al principio las ratas se habían asustado por la presencia de un extraño y por la luz del fuego y de la lámpara, pero a medida que transcurría el tiempo se habían ido volviendo más atrevidas, y ya se hallaban entretenidas de nuevo en sus ocupaciones habituales.
¡Y eran realmente activas! ¡Subían y bajaban por detrás del zócalo que revestía la pared, por encima del cielo raso, por debajo del suelo, se movían, corrían, bullían, roían y arañaban!
Malcolmson sonrió al recordar las palabras de la señora Dempster: «los duendes son las ratas y las ratas son los duendes». El té empezaba a hacer su efecto estimulante sobre nervios e intelecto, y el estudiante vio con alegría que tenía ante sí una nueva inmersión en el largo hechizo del estudio antes que terminase la noche, cosa que le proporcionó tal sensación de comodidad que se permitió el lujo de echar un ojeada por la habitación. Tomó la lámpara en una mano y recorrió la estancia, preguntándose por qué una casa tan original y hermosa como aquélla había permanecido abandonada durante tanto tiempo. Los paneles de roble que recubrían las paredes estaban finamente labrados, y el trabajo en madera de puertas y ventanas era hermoso y de raro mérito. Había algunos cuadro viejos en las paredes, pero estaban tan densamente cubiertos de polvo y suciedad que no pudo distinguir ningún detalle a pesar que levantó la lámpara todo lo posible para iluminarlos. Aquí y allá, en su recorrido, topó con alguna grieta o agujero bloqueados por un momento por la cabeza de una rata, cuyos brillantes ojos relucían a la luz, pero al instante la cabeza desaparecía, con un chillido y un rumor de huida. Sin embargo, lo que más intrigó a Malcolmson fue la cuerda de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un rincón de la estancia, a la derecha de la chimenea. Arrastró hasta cerca del fuego una gran silla de roble tallado y respaldo alto y se sentó para tomar su última taza de té. Cuando hubo terminado, avivó el fuego y volvió a su trabajo, sentado en la esquina de la mesa, con el fuego a su izquierda. Durante un buen rato las ratas perturbaron su estudio con su continuo rebullir, pero acabó por acostumbrarse al ruido, del mismo modo que uno se acostumbra al tic-tac de un reloj o al rumor de un torrente; y así se sumergió de tal forma en el trabajo que nada en el mundo, excepto el problema que estaba intentando resolver, hubiera sido capaz de hacer mella en él.
Pero de pronto, sin haber conseguido resolverlo aún, levantó la cabeza: en el aire notó esa sensación tan peculiar que precede al amanecer y que tan temible resulta para los que llevan vidas dudosas. El ruido de las ratas había cesado. Desde luego, tenía la impresión que había cesado hacía tan sólo unos instantes, y que precisamente había sido este repentino silencio lo que le había obligado a levantar la cabeza. El fuego se había ido apagando, pero todavía arrojaba un profundo y rojo resplandor. Al mirar en esa dirección, y a pesar de toda su sang froid, sufrió un sobresalto.
Allí, sobre la silla de roble tallado y alto respaldo, a la derecha de la chimenea, había una enorme rata que le miraba fijamente con sus tristes ojillos. Hizo un gesto para ahuyentarla, pero la rata no se movió. Ante lo cual hizo ademán de arrojarle algo. Tampoco se movió, sino que le mostró encolerizada sus grandes dientes blancos; a la luz de la lámpara, sus crueles ojillos brillaban con una luz de venganza.
Malcolmson se asombró, y, tomando el atizador de la chimenea, corrió hacia la rata para matarla. Pero antes que pudiera golpearla, ésta, con un chillido que parecía concentrar todo su odio, saltó al suelo y, trepando por la cuerda de la campana de alarma, desapareció en la oscuridad donde no llegaba el resplandor de la lámpara, tamizado por una pantalla verde. Al instante, y eso fue lo más extraño, el ruidoso bullicio de las ratas tras los paneles de roble se reanudó.
Esta vez Malcolmson no consiguió sumergirse de nuevo en el problema; pero, cuando el gallo cantó afuera anunciando la llegada del alba, se fue a la cama a descansar.
Durmió tan profundamente que ni siquiera se despertó cuando llegó la señora Dempster para arreglar la habitación. Sólo lo hizo cuando la mujer, una vez barrida la estancia y preparado el desayuno, golpeó discretamente en el biombo que ocultaba la cama. Aún se sentía un poco cansado de su duro trabajo nocturno, pero una cargada taza de té lo despejó pronto y, tomando un libro, salió a dar su paseo matutino, llevándose consigo unos bocadillos por si no le apetecía volver hasta la hora de la cena. Encontró un sendero apacible entre los olmos, y allí pasó la mayor parte del día estudiando su Laplace. A su regreso pasó a saludar a la señora Witham y a darle las gracias por su amabilidad. Cuando ella le vio llegar a través de una ventana de su sanctasanctórum, emplomada con rombos de vidrios de colores, salió a la calle a recibirle y le pidió que pasase. Una vez dentro, le miró inquisitivamente y negó con la cabeza al tiempo que decía:
—No debe trabajar tanto, señor. Esta mañana está usted más pálido que otras veces. Estar despierto hasta tan tarde y con un trabajo tan duro para el cerebro no es bueno para nadie. Pero dígame, señor, ¿cómo ha pasado la noche? Espero que bien. ¡No sabe cuánto me alegré cuando la señora Dempster me dijo esta mañana que le había encontrado tan profundamente dormido cuando llegó!
—Oh, sí, todo ha sido estupendo —repuso él con una sonrisa—; todavía no me han molestado los «algos». Sólo las ratas. Tienen montado un auténtico circo por todo el lugar. Había una, de aspecto diabólico, que hasta se atrevió a subirse a mi propia silla, junto al fuego, y no se habría marchado de no haberla yo amenazado con el atizador; entonces trepó por la cuerda de la campana de alarma y desapareció allá arriba, por encima de las paredes o el techo; no pude verlo bien debido a la oscuridad.
—¡Dios nos asista! —exclamó la señora Witham—. ¡Un viejo diablo, y sobre una silla junto al fuego! ¡Tenga cuidado, señor! ¡Tenga mucho cuidado! A veces hay cosas muy verdaderas que se dicen en broma.
—¿Qué quiere usted decir? Palabra que no la comprendo.
—¡Un viejo diablo! El viejo diablo, quizá. ¡Oh, señor, no se ría usted! —pues Malcolmson había estallado en una franca carcajada—. Ustedes, la gente joven, creen que es muy fácil reírse de cosas que hacen estremecer a los viejos. ¡Pero no importa, señor! ¡No haga caso! Quiera Dios que pueda usted continuar riendo todo el tiempo. ¡Eso es lo que le deseo!
Y la buena señora rebosó de nuevo alegre simpatía, olvidados por un momento todos sus temores.
—¡Oh, perdóneme! —dijo entonces Malcolmson—. No me juzgue descortés, es que la cosa me ha hecho gracia..., eso que el viejo diablo en persona estaba anoche sentado en mi silla...
Y al recordarlo se rió de nuevo. Luego se fue a su casa a cenar.
Aquella noche el rumor de las ratas empezó más temprano; con toda seguridad se había iniciado ya antes de su regreso, y sólo dejó de oírse unos momentos mientras les duró el susto causado por su imprevista llegada. Después de cenar se sentó un momento junto al fuego a fumar y, tras limpiar la mesa, empezó de nuevo su trabajo como otras veces. Pero esa noche las ratas le distraían más que la anterior. ¡Cómo correteaban de arriba abajo, por detrás y por encima! ¡Cómo chillaban, roían y arañaban! ¡Y cómo, más atrevidas a cada instante, se asomaban a las bocas de sus agujeros y por todas las grietas y resquebrajaduras del zócalo, con sus ojillos brillantes como lámparas diminutas cuando se reflejaba en ellos el fulgor del fuego! Pero para el estudiante, habituado sin duda a ellos, esos ojos no tenían nada de siniestro; por el contrario, sólo veía en ellos un aire travieso y juguetón.
A menudo, las más atrevidas hacían incursiones por el suelo o a lo largo de las molduras de la pared.
Una y otra vez, cuando empezaban a molestarle demasiado, Malcolmson hacía un ruido para asustarlas, golpeaba la mesa con la mano o emitía un fiero «Ssssh, ssssh» para que huyesen inmediatamente a sus escondrijos.
Así transcurrió la primera mitad de la noche; luego, a pesar del ruido, Malcolmson fue sumergiéndose cada vez más en el estudio.
De repente, alzó la vista, como la noche anterior, dominado por una súbita sensación de silencio. No se oía ni el más leve ruido de roer, chillar o arañar. Era un silencio de tumba. Entonces recordó el extraño suceso de la noche anterior, e instintivamente miró a la silla que había junto a la chimenea. Una extraña sensación recorrió entonces todo su cuerpo.
Allá, al lado de la chimenea, en la gran silla de roble tallado de respaldo alto, estaba la misma enorme rata mirándole fijamente con unos ojillos fúnebres y malignos. Instintivamente tomó el objeto que tenía más al alcance de su mano, unas tablas de logaritmos, y se lo arrojó. El libro fue mal dirigido y la rata ni se movió; así que tuvo que repetir la escena del atizador de la noche anterior; y de nuevo la rata, al verse estrechamente cercada, huyó trepando por la cuerda de la campana de alarma. También fue muy extraño que la fuga de esta rata fuese seguida inmediatamente por la reanudación del ruido de la comunidad. En esta ocasión, como en la precedente, Malcolmson no pudo ver por qué parte de la estancia desapareció el animal, pues la pantalla de su lámpara dejaba en sombras la parte superior de la habitación y el fuego brillaba mortecino.
Miró su reloj y observó que era casi medianoche y, no descontento del divertissement, avivó el fuego y se preparó una taza de té. Había trabajado perfectamente sumergido en el hechizo del estudio y se creyó merecedor de un cigarrillo; así pues, se sentó en la gran silla de roble tallado junto a la chimenea y fumó con delectación. Mientras lo hacía, empezó a pensar que le gustaría saber por dónde lograba meterse el animal, ya que empezaba a acariciar la idea de poner en práctica al día siguiente algo relacionado con una ratonera. En previsión de ello, encendió otra lámpara y la colocó de forma que iluminase bien el rincón derecho que formaban la chimenea y la pared. Luego apiló todos los libros que tenía, colocándolos al alcance de la mano para arrojárselos al animal si llegaba el caso. Finalmente, levantó la cuerda de la campana de alarma y colocó su extremo inferior encima de la mesa, pisándolo con la lámpara. Cuando tomó la cuerda en sus manos no pudo por menos que notar lo flexible que era, sobre todo teniendo en cuenta su grosor y el tiempo que llevaba sin usar.
«Se podría colgar a un hombre de ella», pensó para sí. Terminados sus preparativos, miró a su alrededor y exclamó, satisfecho:
—¡Ahora, amiga mía, creo que vamos a vernos las caras de una vez!
Reanudó su estudio, y aunque al principio le distrajo el ruido que hacían las ratas, pronto se abandonó por completo a sus proposiciones y problemas.
De nuevo fue reclamado de pronto por su alrededor. Esta vez no fue sólo el repentino silencio lo que llamó su atención; había, además, un ligero movimiento de la cuerda, y la lámpara se tambaleaba. Sin moverse, comprobó que la pila de libros estuviese al alcance de su mano y luego deslizó su mirada a lo largo de la cuerda. Pudo observar que la gran rata se dejaba caer desde la cuerda a la silla de roble, se instalaba en ella y le contemplaba. Tomó un libro con la mano derecha y, apuntando cuidadosamente, se lo lanzó. La rata, con un rápido movimiento, saltó de costado y esquivó el proyectil. Tomó entonces un segundo y luego un tercero, y se los lanzó uno tras otro, pero sin éxito. Por fin, y en el momento en que se disponía a arrojarle un nuevo libro, la rata chilló y pareció asustada. Esto aumentó más aún su deseo de dar en el blanco; el libro voló, y alcanzó a la rata con un golpe resonante. El animal lanzó un chillido terrorífico y, echando a su perseguidor una mirada de terrible malignidad, trepó por el respaldo de la silla, desde cuyo borde superior saltó hasta la cuerda de la campana de alarma, por la cual subió con la velocidad del rayo. La lámpara que sujetaba la cuerda se tambaleó bajo el repentino tirón, pero era pesada y no llegó a caerse.
Malcolmson siguió a la rata con la mirada y la vio, gracias a la luz de la segunda lámpara, saltar a una moldura del zócalo y desaparecer por un agujero en uno de los grandes cuadros colgados de la pared, indescifrable bajo la espesa capa de polvo y suciedad.
—Mañana le echaré una ojeada a la vivienda de mi amiga —dijo en voz alta el estudiante, mientras recogía los volúmenes tirados por el suelo—. El tercer cuadro partir de la chimenea: no lo olvidaré. —Tomó los libros uno a uno, haciendo un comentario sobre ellos mientras iba leyendo sus títulos—. Secciones cónicas no la rozó, ni tampoco Oscilaciones cicloideas, ni los Principia, ni los Cuaternios, ni la Termodinámica. ¡Éste es el libro que la alcanzó! —Malcolmson lo tomó del suelo y miró el título y, al hacerlo, se sobresaltó y una súbita palidez cubrió su rostro. Miró a su alrededor, inquieto, y se estremeció levemente mientras murmuraba para sí—: ¡La Biblia que me dio mi madre!
¡Qué extraña coincidencia!
Volvió a sentarse y reanudó su trabajo; las ratas del zócalo volvieron a sus cabriolas. Sin embargo, ahora no le molestaban; al contrario, su presencia le proporcionaba una cierta sensación de compañía. Pero no pudo concentrarse en el estudio y, después de intentar inútilmente dominar el tema que tenía entre manos, lo dejó con desesperación y fue a acostarse, justo cuando el primer resplandor del amanecer penetraba furtivamente por la ventana que daba al este.
Durmió pesadamente pero inquieto, y soñó mucho; cuando le despertó la señora Dempster, ya muy entrada la mañana, su aspecto era de haber descansado mal, y durante algunos minutos no pareció darse cuenta exacta de dónde se encontraba. Su primer encargo sorprendió bastante a la criada.
—Señora Dempster, cuando me ausente hoy de casa quiero que tome la escalera, saque el polvo y limpie bien todos esos cuadros..., especialmente el tercero a partir de la chimenea. Quiero ver qué hay en ellos.
Hasta bien entrada la tarde estuvo Malcolmson estudiando a la sombra de los árboles; a medida que transcurría el día notó que sus asimilaciones mejoraban progresivamente y fue volviendo al alegre optimismo del día anterior. Ya había conseguido solucionar satisfactoriamente todos los problemas que hasta entonces le habían eludido, y se encontraba en un estado tal de euforia que decidió hacer una visita a la señora Witham en «El Buen Viajero». La encontró en su confortable cuarto de estar, acompañada por un desconocido que le fue presentado como el doctor Thornhill. La mujer no parecía hallarse totalmente a gusto, y esto, unido a que el hombre se lanzó de inmediato a hacerle toda una serie de preguntas, hizo pensar a Malcolmson que la presencia del doctor no era casual, así que dijo sin ambages:
—Doctor Thornhill, contestaré gustosamente cualquier pregunta que quiera hacerme, si primero me contesta usted a una que deseo hacerle yo.
El doctor pareció sorprenderse, pero sonrió y respondió al momento:
—¡De acuerdo! ¿De qué se trata?
—¿Le pidió a usted la señora Witham que viniera aquí a verme y aconsejarme?
El doctor Thornhill, se mostró por un momento desconcertado, y la señora Witham enrojeció
vivamente y volvió la cara hacia otro lado; sin embargo, el doctor era un hombre sincero e inteligente y no dudó en contestar con franqueza:
—Así fue, en efecto, pero no quería que usted se enterase. Supongo que han sido mi torpeza y mi apresuramiento los que le han hecho sospechar. Pero en fin, lo que me dijo fue que no le gustaba la
idea que estuviese usted en esa casa completamente solo, y tomando tanto té y tan cargado. Deseaba que yo le aconsejase que dejara el té y no se quedara a estudiar hasta tan tarde. Yo también fui un buen estudiante en mis tiempos, y por ello espero que me permita tomarme la libertad de darle un consejo sin ánimo de ofenderle, puesto que no le hablo como un extraño, sino como un universitario puede hablarle a otro.
Malcolmson le tendió la mano con una radiante sonrisa.
—¡Choque esos cinco!, como dicen en Norteamérica —exclamó—. Le agradezco mucho su interés, y también a la señora Witham; y su amabilidad me obliga a pagarles en la misma moneda.
Prometo no volver a tomar té cargado, ni sin cargar, hasta que usted me autorice. Y esta noche me iré a la cama a la una de la madrugada lo más tarde. ¿De acuerdo?
—Estupendo —dijo el médico—. Y ahora cuénteme usted todo lo que ha visto en el viejo caserón.
Malcolmson relató con todo detalle lo sucedido en las dos últimas noches. Fue interrumpido de vez en cuando por las exclamaciones de la señora Witham, hasta que finalmente, al llegar al episodio de la Biblia, toda la emoción reprimida de la mujer halló salida en un tremendo alarido, y hasta que no se le administró un buen vaso de coñac con agua no se repuso. El doctor Thornhill lo escuchó todo con expresión de creciente gravedad, y cuando el relato llegó a su fin y la señora Witham quedó tranquila preguntó:
—¿La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma?
—Sí, siempre.
—Supongo que ya sabrá usted —dijo el doctor tras una pausa— qué es esa cuerda.
—¡No!
—Es —dijo el doctor lentamente— la misma que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.
Al llegar a este punto fue interrumpido de nuevo por otro grito de la señora Witham, y hubo que poner otra vez en juego los medios para que volviera a recobrarse. Malcolmson, tras consultar su reloj, observó que ya era casi hora de cenar y se marchó a su casa tan pronto como ella se hubo recobrado.
Cuando la señora Witham volvió totalmente en sí, asaetó al doctor Thornhill con coléricas preguntas acerca de qué pretendía metiendo aquellas horribles ideas en la cabeza del pobre joven.
—Ya tiene allí demasiadas preocupaciones —añadió.
El doctor Thornhill respondió:
—¡Mi querida señora, mi propósito es bien distinto! Lo que yo quería era atraer su atención hacia la cuerda de la campana y mantenerla fija allí. Es posible que se halle en un estado de gran sobreexcitación, por haber estudiado demasiado o por lo que sea, pero de todas formas me veo obligado a reconocer que parece un joven tan sano y fuerte mental y corporalmente como el que más.
Pero luego están las ratas..., y esa sugerencia del diablo... —El doctor agitó la cabeza y prosiguió—: Me habría ofrecido a ir a pasar la noche con él, pero estoy seguro que eso le hubiera humillado.
Parece que por la noche sufre algún tipo de extraño terror o alucinación, y de ser así deseo que tire de esa cuerda. Como está completamente solo, eso nos servirá de aviso y podremos llegar hasta él a tiempo aún de serle útiles. Esta noche me mantendré despierto hasta muy tarde y tendré los oídos bien abiertos. No se alarme usted, señora Witham, si Benchurch recibe una sorpresa antes de mañana.
—Oh, doctor, ¿qué quiere usted decir?
—Exactamente esto: es muy posible, o mejor dicho probable, que esta noche oigamos la gran campana de alarma de la Casa del Juez.
Y el doctor hizo un mutis tan efectista como se podía esperar.
Cuando Malcolmson llegó a la casa descubrió que era un poco más tarde que de costumbre y que la señora Dempster ya se había marchado: las reglas de la Casa de Caridad Greenhow no eran de desdeñar. Se alegró mucho de ver que el lugar estaba limpio y reluciente, un alegre fuego ardía en la chimenea y la lámpara estaba bien despabilada. La tarde era muy fría para el mes de abril, y soplaba un pesado viento con una violencia que crecía tan rápidamente que podía esperarse una buena tormenta para la noche. El ruido que hacían las ratas cesó durante unos pocos minutos tras su llegada, pero tan pronto como se volvieron a acostumbrar a su presencia lo reanudaron. Se alegró de oírlas, y una vez más notó que en su bullicioso rumor había algo que le hacía sentirse acompañado.
Sus pensamientos retrocedieron hasta el extraño hecho que las ratas sólo dejaban de manifestarse cuando aquella otra rata (la gran rata de ojillos fúnebres) entraba en escena. Sólo estaba encendida la lámpara de lectura, cuya pantalla verde mantenía en sombras el techo y la parte superior de la estancia, de tal modo que la alegre y rojiza luz de la chimenea se extendía cálida y agradable por el pavimento y brillaba sobre el blanco mantel que cubría la mesa. Malcolmson se sentó a cenar con buen apetito y espíritu alegre. Después de cenar y fumar un cigarrillo se entregó firmemente a su trabajo, decidido a que nada le distrajese, pues recordaba la promesa hecha al doctor y quería aprovechar de la mejor manera posible el tiempo que disponía.
Durante más de una hora trabajó sin problemas, y luego sus pensamientos empezaron a desprenderse de los libros y a vagabundear por su cuenta. Las actuales circunstancias en las que se hallaba y la llamada de atención sobre su salud nerviosa no eran algo que pudiera despreciar. Por aquel entonces, el viento se había convertido ya en un vendaval, y el vendaval en una tormenta. La vieja casa, pese a su solidez, parecía estremecerse desde sus cimientos, y la tormenta rugía y bramaba a través de las múltiples chimeneas y los viejos gabletes, produciendo extraños y aterradores sonidos en los pasillos y las estancias vacías. Incluso la gran campana de alarma del tejado debía estar sufriendo los embates del viento, pues la cuerda subía y bajaba levemente, como si la campana estuviera moviéndose un poco, y el extremo inferior de la flexible cuerda azotaba el suelo de roble con un ruido duro y hueco.
Al escucharlo, Malcolmson recordó las palabras del doctor: «Es la cuerda que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.» Se acercó al rincón de la chimenea y la tomó entre sus manos para contemplarla. Parecía sentir como una especie de morboso interés por ella, y mientras la estaba observando se perdió un momento en conjeturas sobre quiénes habrían sido esas víctimas y sobre el lúgubre deseo del juez de tener siempre ante su vista una reliquia tan macabra.
Mientras permanecía allí, el suave balanceo de la campana del tejado había seguido comunicando a la cuerda cierto movimiento, pero ahora, de pronto, empezó a notar una nueva sensación, una especie de temblor en la cuerda, como si algo se estuviera moviendo a lo largo de ella.
Levantó instintivamente la vista y vio a la enorme rata que, lentamente, bajaba hacia él mirándole con fijeza. Soltó la cuerda y retrocedió con brusquedad, mascullando una maldición; la rata dio la vuelta, trepó de nuevo por la cuerda y desapareció; y en ese instante Malcolmson se dio cuenta que el ruido de las ratas, que había cesado hacía un momento, volvía a comenzar.
Todo esto le dejó pensativo; entonces recordó que no había investigado la madriguera de la rata ni mirado los cuadros como había pensado hacer. Encendió la otra lámpara, que no tenía pantalla, y levantándola se situó frente al tercer cuadro a la derecha de la chimenea, que era por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.
A la primera ojeada retrocedió, tan bruscamente sobresaltado que casi dejó caer la lámpara, y una mortal palidez cubrió sus facciones. Sus rodillas entrechocaron, pesadas gotas de sudor perlaron su frente, y tembló como un álamo. Pero era joven y animoso, y consiguió armarse nuevamente de valor; tras una pausa de unos segundos avanzó lentamente unos pasos, alzó la lámpara y examinó el cuadro, que una vez desempolvado y limpio era ya claramente distinguible.
Era el retrato de un juez vestido de púrpura y armiño. Su rostro era fuerte y despiadado, maligno, vengativo y astuto, con una boca sensual y una nariz ganchuda de rojizo color y forma semejante al pico de un ave de presa. El resto de la cara era de un color cadavérico. Los ojos, de un brillo peculiar, tenían una expresión terriblemente maligna. Contemplándolos, Malcolmson sintió frío, pues en ellos vio una réplica exacta a los ojos de la enorme rata. Casi se le cayó la lámpara de la mano cuando vio a ésta mirándole con sus ojillos fúnebres desde el agujero de la esquina del cuadro y notó el repentino cese del ruido de las demás. Pese a ello, volvió a reunir todo su valor y continuó examinando la pintura.
El juez estaba sentado en una gran silla de roble tallado de respaldo alto, a la derecha de una chimenea de piedra junto a la cual colgaba desde el techo una cuerda que yacía con su extremo inferior enrollado en el suelo. Con una sensación de horror, Malcolmson reconoció en esa escena la habitación donde se hallaba ahora, y miró despavorido a su alrededor, como esperando hallar alguna extraña presencia a su espalda. Luego volvió a dirigir su mirada al rincón que formaba la chimenea y, lanzando un grito desgarrado, dejó caer la lámpara que llevaba en la mano.
Allí, en la silla del juez, con la cuerda colgando tras ella, se había instalado aquella enorme rata que tenía la misma fúnebre mirada que éste, ahora diabólicamente intensa. Excepto el ulular de la tormenta, todo mantenía un completo silencio.
La lámpara caída hizo que Malcolmson volviera a la realidad. Por fortuna, era de metal y el aceite no se derramó. Sin embargo, la necesidad de recogerla de inmediato serenó sus aprensiones nerviosas. Cuando hubo apagado la lámpara se secó el sudor y meditó un momento.
—Esto no puede ser —se dijo en voz alta—. Si sigo así voy a volverme loco. ¡Basta ya! Prometí al doctor que no tomaría té. ¡Por Dios que tenía razón! Mis nervios han debido llegar a un estado terrible. Es curioso que yo no lo note. Nunca en mi vida me he encontrado mejor. Pero ahora todo vuelve a ir bien, no volveré a comportarme como un necio.
Se preparó un buen vaso de brandy y se sentó resueltamente para proseguir su estudio. Llevaba así cerca de una hora cuando levantó la vista del libro, atraído por el súbito silencio. Sin embargo, el viento ululaba y rugía más fuerte que nunca, y la lluvia golpeaba en ráfagas los cristales de las ventanas como si fuera granizo; en el interior de la casa, sin embargo, no se oía nada, excepto el eco del viento bramando por la gran chimenea como un arrullo de la tormenta. El fuego casi se había apagado; ardía ya sin llama, arrojando sólo un resplandor rojizo. Malcolmson escuchó con atención, y entonces oyó un tenue y chirriante ruido, casi inaudible. Provenía del rincón de la estancia donde colgaba la cuerda, y el estudiante pensó que debía producirlo el roce de la cuerda contra el suelo cuando el balanceo de la campana la hacía subir y bajar. Sin embargo, al mirar hacia allí, observó sorprendido que la rata, agarrada a la cuerda, la estaba royendo. La cuerda estaba ya casi roída por completo; se podía ver un color más claro en el punto donde las hebras internas habían quedado al descubierto. Mientras observaba, la tarea quedó completada y la cuerda cayó con un chasquido sobre el piso de roble, al tiempo que, por un instante, la gran rata permanecía colgada, como una monstruosa borla o campanilla, del cabo superior, que empezó a balancearse a uno y otro lado. Malcolmson sintió por un momento otra oleada brusca de terror al darse cuenta que la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior y pedir auxilio había quedado cortada, pero este sentimiento fue reemplazado en seguida por una intensa cólera y, agarrando el libro que estaba leyendo, lo arrojó contra la rata. El tiro iba bien dirigido, pero antes que el proyectil pudiera alcanzarla, la rata se dejó caer y aterrizó en el suelo con un blando ruido. Malcolmson se abalanzó al instante sobre ella, pero el animal salió disparado y desapareció en las sombras de la estancia.
Malcolmson comprendió que el estudio había terminado, al menos por aquella noche, y decidió alterar la monotonía de su vida con una cacería de ratas. Retiró la pantalla de la lámpara para conseguir un mayor radio de acción de la luz. Al hacerlo, se disiparon las tinieblas de la parte superior de la estancia, y ante aquella invasión de luz, cegadora en comparación con la oscuridad anterior, los cuadros de la pared destacaron limpiamente. Desde donde estaba Malcolmson pudo ver, justo frente a él, el tercero a la derecha de la chimenea. Se frotó con sorpresa los ojos, y luego un gran miedo empezó a invadirle.
En el centro del cuadro había un espacio vacío, grande e irregular, en el que se veía el lienzo pardo tan limpio como cuando fue colocado en el bastidor. El fondo del cuadro estaba como antes, con la silla, el rincón de la chimenea y la cuerda, pero la figura del juez había desaparecido.
Malcolmson estremecido de terror, fue girando lentamente, y entonces empezó a estremecerse y a temblar como afectado por un ataque de parálisis. Sus fuerzas parecían haberle abandonado, dejándole incapaz de hacer el menor movimiento, incluso casi incapaz de pensar. Sólo podía ver y oír.
Allí, en la gran silla de roble de alto respaldo, estaba sentado el juez, con su atuendo de púrpura y armiño, los fúnebres ojos brillando vengativos, una sonrisa de triunfo en la boca, firme y cruel, mientras sostenía en sus manos un negro birrete. Malcolmson notó que la sangre huía de su corazón, como lo que se siente en los momentos de prolongada ansiedad. Le silbaban los oídos. Sin embargo, podía oír el bramar y el aullar de la tempestad y, atravesándola, deslizándose sobre ella, le llegaron las campanadas de medianoche, en grandes repiques, desde la plaza del mercado. Durante un tiempo que se le antojó interminable permaneció inmóvil como una estatua, casi sin respiración, con los ojos desorbitados, heridos de horror. A medida que iba sonando el reloj se intensificaba la sonrisa de triunfo en la cara del juez, y cuando hubo sonado la última campanada de medianoche se colocó el negro birrete en la cabeza.
Lenta, deliberadamente, el juez se levantó de su asiento y tomó el trozo de cuerda que yacía en el suelo, lo palpó con sus manos como si su contacto le produjese placer, y luego empezó a anudar uno de sus extremos. Apretó y comprobó el nudo con el pie, tirando fuertemente de él hasta quedar satisfecho, y entonces lo transformó en un nudo corredizo, que alzó en su mano. Después empezó a moverse a lo largo de la mesa, por el lado opuesto a donde se encontraba Malcolmson, con la mirada fija en él, hasta que le rebasó; entonces, con un rápido movimiento, se colocó ante la puerta. Malcolmson empezó a darse cuenta en ese momento que había caído en una trampa, e intentó pensar qué debía hacer. Había cierta fascinación en los ojos del juez que no se apartaban de él, y cuya mirada Malcolmson se veía forzado a sostener. Vio que el juez se le aproximaba (sin dejar de mantenerse entre la puerta y el joven), levantaba el lazo y lo arrojaba en su dirección, como para capturarle. Con un gran esfuerzo hizo un rápido movimiento lateral y vio cómo la cuerda caía a su lado y la oyó golpear contra el suelo de roble. De nuevo levantó el nudo el juez y trató de cazarle, sin apartar sus fúnebres ojos de él, y el estudiante consiguió evitarlo haciendo un poderoso esfuerzo.
Esto se repitió muchas veces, sin que el juez pareciera desanimarse por sus fracasos, sino más bien gozar con ellos, como un gato con un ratón. Por fin, en la cumbre de su desesperación, Malcolmson arrojó una rápida mirada a su alrededor. La lámpara parecía reavivada y una brillante luz inundaba la estancia. En las numerosas madrigueras y en las grietas y agujeros del zócalo vio los ojos de las ratas; y esta visión, puramente física, le proporcionó un destello de bienestar. Miró y pudo darse cuenta que la cuerda de la gran campana de alarma estaba plagada de ratas. Cada centímetro estaba cubierto de ellas, cada vez salían más a través del pequeño agujero circular del techo de donde emergían, de tal modo que, bajo su peso, la campana empezaba a oscilar.
Osciló hasta que el badajo llegó a tocarla. El sonido fue muy tenue, pero apenas había comenzado su vaivén, y poco a poco iría aumentando la potencia del tañido.
Al oírlo, el juez, que había mantenido los ojos fijos en Malcolmson, los levantó, y un gesto de diabólica ira contrajo su rostro. Sus ojos relucieron como carbones encendidos y golpeó el suelo con el pie, haciendo un ruido que pareció estremecer toda la casa. El pavoroso estruendo de un trueno estalló sobre sus cabezas al mismo tiempo que el juez volvía a levantar el lazo y las ratas seguían subiendo y bajando por su cuerda, como si luchasen contra el tiempo. Pero esta vez, en lugar de arrojarlo, se fue acercando a su víctima, y fue abriendo el lazo a medida que se aproximaba. Al llegar frente al estudiante pareció irradiar algo paralizante con su sola presencia, y Malcolmson, permaneció rígido como un cadáver. Sintió sobre su garganta los helados dedos del juez mientras éste le ajustaba el lazo. El nudo se apretó. Entonces el juez, tomando en sus brazos el rígido cuerpo del muchacho, lo levantó, colocándolo en pie sobre la silla de roble y, subido junto a él, alzó su mano y tomó el extremo de la oscilante cuerda de la campana de alarma. Al alzar la mano, las ratas huyeron, chillando, por el agujero del techo. Tomando el extremo del lazo que rodeaba el cuello de Malcolmson, lo ató a la cuerda que colgaba de la campana y entonces, descendiendo de nuevo al suelo, quitó la silla.
Al comenzar a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez se congregó de inmediato un gran gentío. Aparecieron luces y antorchas y, silenciosamente, la multitud se encaminó presurosa hacia allí. Golpearon fuertemente la puerta, pero nadie respondió. Entonces la echaron abajo y penetraron en el gran comedor; el doctor iba a la cabeza de todos.
El cuerpo del estudiante se balanceaba del extremo de la cuerda de la gran campana de alarma; en el cuadro, el rostro del juez mostraba una sonrisa maligna.
Modificación de último momento - Héctor Sandro
COMPOSICIÓN. TEMA: MI CASA
Mi casa es muy linda y a mí me gusta mucho. No es una casa porque es un departamento. Tiene tres ambientes, cocina, baño, balcón y lavadero. Mi casa está en un quinto piso y es a la calle por un lado y por otro no. El cuarto de mis padres y el livin tienen salida al balcón y mi cuarto está entre el baño y la cocina. Las paredes de mi casa son todas color cremita menos las mías que son rosadas y las del lavadero que son blancas y las del baño que son de azulejos todas hasta el techo. Los muebles de mi casa son muy lindos y hay muchos adornos. Hay cuadros y floreros. Y también hay una alfombra grande. A los costados de la cama de mis padres hay dos alfombritas. Yo también tengo una redonda que parece de piel. A mí me gusta mucho mi casa. En mi casa viven mi papá, mi mamá y yo. A veces también vive mi tía Chela cuando viene y se queda a dormir porque vive lejos. Mi tía Chela no es tía mía porque no es hermana ni de mi papá ni de mi mamá ni está casada con un hermano de mi mamá o de mi papá como mi tía Rosa o mi tía Virginia o mi tía Cuqui. Pero es como si fuera mi tía y yo la quiero como a las otras. Mi casa es grande y tiene mucha luz y hay macetas en el balcón. En el lavadero está el lavarropas y la jaula de Alfonso que es un canario medio anaranjado. Hay también un banquito. Mi casa está en una calle con árboles. Mis padres tienen un placar grande y yo tengo uno más chico. En mi placar está mi ropa y un piloto y un camisón y un bolsón de mi tía Chela. Yo tengo mis muñecas y los libros de cuentos que me regaló mi tío Agustín en una repisa grande que es como un modular. En el livin hay una vitrina con tacitas. Mi casa está cerca de la esquina. En mi casa paso hermosos momentos en compañía de mis padres. En mi casa no puedo correr porque se raya el piso pero igual la quiero mucho.
Evaluación: Muy bien. Living va con G al final. Placard va con D al final. Debes poner más comas y no hacer oraciones tan largas.
COMPOSICIÓN. TEMA: MI FAMILIA
Mi familia principal son mis padres. A ellos los quiero mucho. Pero también tengo más familia. Tengo abuelos, tíos, tías, primas y primos. También tengo madrina que es mi tía Virginia y padrino que es mi abuelo Luis. Mi tío Agustín es hermano de mi papá y es el marido de mi tía Cuqui. Mi tía Virginia también es hermana de mi papá y es soltera. Mi tía Rosa es hermana de mi mamá y está casada con mi tío Miguel Ángel. Ellos tienen dos hijos que se llaman Faviana y Marcelo. Los padres de mi mamá son mi abuela María y mi abuelo Tulio. Yo quiero mucho a mis parientes porque son mi familia. A la que más quiero es a Chela, que no es mi tía pero no importa. Ahora vive en mi casa y es como si fuera más tía todavía que las otras. Vivía lejos y como trabaja en el centro tenía que levantarse más temprano que yo, que voy al colegio de tarde, me despertaba a mí. Desde la semana pasada duerme con mi papá y mi mamá. Mi tía Cuqui es rubia y mi tía Rosa es morocha. Mi abuelo Tulio usa anteojos. Mi tío Agustín tiene ojos verdes que son los ojos que más me gustan. Mi tía Chela es muy linda y tiene el pelo cortito como el de mi papá. Yo quiero mucho a toda mi familia.
Evaluación: Las oraciones están ahora mejor construidas, pero todavía faltan comas. Debes utilizar también el punto y aparte. No uses tanto la conjunción QUE. Fabiana va con b larga.
COMPOSICIÓN. TEMA: MIS VACACIONES
Este año las vacaciones de invierno fueron más lindas que las del año pasado, que me quedé en mi casa. Fui a Córdoba, que no conocía. Fui con mi mamá y tía Chela que pidió permiso en el trabajo para no dejar sola a mamá. Mi papá no pudo ir porque se quedó en Buenos Aires. Como llovió siempre hicimos una sola excursión. Ese día vi paisajes muy lindos. Por suerte en el hotel había una nena de mi edad y jugamos mucho todos los días, mientras mi mamá y tía Chela dormían la siesta. Córdoba es muy hermosa. Mi mamá me dijo que vamos a volver en el verano si me porto bien y saco buenas notas. El hotel era chiquito pero muy lindo y limpio. A mí me tocó un cuarto con ventana. El cuarto de mamá y tía Chela era muy hermoso también, con una cama grande como la de mi casa.
Yo le escribí una postal a mis primos Fabiana y Marcelo y otra a mi papá. También junté piedritas y me saqué una foto arriba de un burro el día que salió el sol. Leí un libro que me regaló el tío Agustín y hice problemas para no olvidarme. Estoy muy contenta con estas vacaciones. Mi mamá y tía Chela también están muy contentas y les oí decir que nunca fueron tan felices. Yo también fui feliz.
Evaluación: Recuerda que la Y se reemplaza por E cuando va antes de una palabra que empieza con I o con HI, como el caso de HICE.
Las oraciones están bien. Trata de utilizar el punto y coma.
COMPOSICIÓN. TEMA: MIS PADRES
Yo quiero mucho a mis padres. Ellos son los que me dieron la vida.
Mi mamá se llama Dora y mi papá Osvaldo. Mi mamá se ocupa de los quehaceres de la casa y mi papá trabaja. Mi papá ahora está de viaje y mi mamá me dijo que va a volver pronto. Yo lo extraño mucho.
Por suerte está tía Chela que le hace compañía a mi mamá. Mi tía Chela es muy buena y siempre la acaricia y la besa y dice que se olvide no sé de qué. Mi mamá es hermosa y cuando sea grande yo quiero ser como ella. A los padres hay que obedecerlos y respetarlos. Mis padres son muy buenos y me quieren mucho. El día que mi papá se fue, yo estaba en el Colegio y él me dejó una cartita diciéndome que me portara bien. Yo la guardo debajo de mi almoada así que no me olvido. Yo me acuerdo mucho de él. Cuando de noche veo a mi tía Chela que se va a dormir con mi mamá me parece que fuera mi papá, porque tía Chela ahora usa pijama como yo y no camisón como mi mamá. El tercer domingo de octubre es el Día de la Madre y el tercer domingo de junio el Día del Padre.
Evaluación: Almohada va con H intermedia. Bien la redacción.
Mi casa es muy linda y a mí me gusta mucho. No es una casa porque es un departamento. Tiene tres ambientes, cocina, baño, balcón y lavadero. Mi casa está en un quinto piso y es a la calle por un lado y por otro no. El cuarto de mis padres y el livin tienen salida al balcón y mi cuarto está entre el baño y la cocina. Las paredes de mi casa son todas color cremita menos las mías que son rosadas y las del lavadero que son blancas y las del baño que son de azulejos todas hasta el techo. Los muebles de mi casa son muy lindos y hay muchos adornos. Hay cuadros y floreros. Y también hay una alfombra grande. A los costados de la cama de mis padres hay dos alfombritas. Yo también tengo una redonda que parece de piel. A mí me gusta mucho mi casa. En mi casa viven mi papá, mi mamá y yo. A veces también vive mi tía Chela cuando viene y se queda a dormir porque vive lejos. Mi tía Chela no es tía mía porque no es hermana ni de mi papá ni de mi mamá ni está casada con un hermano de mi mamá o de mi papá como mi tía Rosa o mi tía Virginia o mi tía Cuqui. Pero es como si fuera mi tía y yo la quiero como a las otras. Mi casa es grande y tiene mucha luz y hay macetas en el balcón. En el lavadero está el lavarropas y la jaula de Alfonso que es un canario medio anaranjado. Hay también un banquito. Mi casa está en una calle con árboles. Mis padres tienen un placar grande y yo tengo uno más chico. En mi placar está mi ropa y un piloto y un camisón y un bolsón de mi tía Chela. Yo tengo mis muñecas y los libros de cuentos que me regaló mi tío Agustín en una repisa grande que es como un modular. En el livin hay una vitrina con tacitas. Mi casa está cerca de la esquina. En mi casa paso hermosos momentos en compañía de mis padres. En mi casa no puedo correr porque se raya el piso pero igual la quiero mucho.
Evaluación: Muy bien. Living va con G al final. Placard va con D al final. Debes poner más comas y no hacer oraciones tan largas.
COMPOSICIÓN. TEMA: MI FAMILIA
Mi familia principal son mis padres. A ellos los quiero mucho. Pero también tengo más familia. Tengo abuelos, tíos, tías, primas y primos. También tengo madrina que es mi tía Virginia y padrino que es mi abuelo Luis. Mi tío Agustín es hermano de mi papá y es el marido de mi tía Cuqui. Mi tía Virginia también es hermana de mi papá y es soltera. Mi tía Rosa es hermana de mi mamá y está casada con mi tío Miguel Ángel. Ellos tienen dos hijos que se llaman Faviana y Marcelo. Los padres de mi mamá son mi abuela María y mi abuelo Tulio. Yo quiero mucho a mis parientes porque son mi familia. A la que más quiero es a Chela, que no es mi tía pero no importa. Ahora vive en mi casa y es como si fuera más tía todavía que las otras. Vivía lejos y como trabaja en el centro tenía que levantarse más temprano que yo, que voy al colegio de tarde, me despertaba a mí. Desde la semana pasada duerme con mi papá y mi mamá. Mi tía Cuqui es rubia y mi tía Rosa es morocha. Mi abuelo Tulio usa anteojos. Mi tío Agustín tiene ojos verdes que son los ojos que más me gustan. Mi tía Chela es muy linda y tiene el pelo cortito como el de mi papá. Yo quiero mucho a toda mi familia.
Evaluación: Las oraciones están ahora mejor construidas, pero todavía faltan comas. Debes utilizar también el punto y aparte. No uses tanto la conjunción QUE. Fabiana va con b larga.
COMPOSICIÓN. TEMA: MIS VACACIONES
Este año las vacaciones de invierno fueron más lindas que las del año pasado, que me quedé en mi casa. Fui a Córdoba, que no conocía. Fui con mi mamá y tía Chela que pidió permiso en el trabajo para no dejar sola a mamá. Mi papá no pudo ir porque se quedó en Buenos Aires. Como llovió siempre hicimos una sola excursión. Ese día vi paisajes muy lindos. Por suerte en el hotel había una nena de mi edad y jugamos mucho todos los días, mientras mi mamá y tía Chela dormían la siesta. Córdoba es muy hermosa. Mi mamá me dijo que vamos a volver en el verano si me porto bien y saco buenas notas. El hotel era chiquito pero muy lindo y limpio. A mí me tocó un cuarto con ventana. El cuarto de mamá y tía Chela era muy hermoso también, con una cama grande como la de mi casa.
Yo le escribí una postal a mis primos Fabiana y Marcelo y otra a mi papá. También junté piedritas y me saqué una foto arriba de un burro el día que salió el sol. Leí un libro que me regaló el tío Agustín y hice problemas para no olvidarme. Estoy muy contenta con estas vacaciones. Mi mamá y tía Chela también están muy contentas y les oí decir que nunca fueron tan felices. Yo también fui feliz.
Evaluación: Recuerda que la Y se reemplaza por E cuando va antes de una palabra que empieza con I o con HI, como el caso de HICE.
Las oraciones están bien. Trata de utilizar el punto y coma.
COMPOSICIÓN. TEMA: MIS PADRES
Yo quiero mucho a mis padres. Ellos son los que me dieron la vida.
Mi mamá se llama Dora y mi papá Osvaldo. Mi mamá se ocupa de los quehaceres de la casa y mi papá trabaja. Mi papá ahora está de viaje y mi mamá me dijo que va a volver pronto. Yo lo extraño mucho.
Por suerte está tía Chela que le hace compañía a mi mamá. Mi tía Chela es muy buena y siempre la acaricia y la besa y dice que se olvide no sé de qué. Mi mamá es hermosa y cuando sea grande yo quiero ser como ella. A los padres hay que obedecerlos y respetarlos. Mis padres son muy buenos y me quieren mucho. El día que mi papá se fue, yo estaba en el Colegio y él me dejó una cartita diciéndome que me portara bien. Yo la guardo debajo de mi almoada así que no me olvido. Yo me acuerdo mucho de él. Cuando de noche veo a mi tía Chela que se va a dormir con mi mamá me parece que fuera mi papá, porque tía Chela ahora usa pijama como yo y no camisón como mi mamá. El tercer domingo de octubre es el Día de la Madre y el tercer domingo de junio el Día del Padre.
Evaluación: Almohada va con H intermedia. Bien la redacción.
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