El teléfono sonó a las cinco y media de la tarde. Era diciembre, y hacía mucho que había oscurecido cuando Thompson lo cogió.
—¿Hola?
—Hola, ¿Herb?
—Ah, eres tú, Allin.
—¿Está tu mujer en casa, Herb?
—Claro, ¿por?
—Mierda.
Herb Thompson sostuvo el auricular en silencio.
—¿Pasa algo? Te noto raro.
—Me gustaría que vinieras esta noche.
—Tenemos visita.
—Me gustaría que te quedaras a dormir. ¿Cuándo se va tu mujer?
—La semana que viene —dijo Thompson—. Pasará en Ohio nueve días o así. Su madre está enferma. Iré entonces.
—Ojalá pudieras venir esta noche.
—Ojalá pudiera. Tenemos visita, mi mujer me mataría.
—Ojalá pudieras venir.
—¿Qué pasa? ¿Otra vez el viento?
—No, qué va. No.
—¿Es por el viento? —preguntó Thompson.
La voz al teléfono vaciló.
—Vale. Sí, es por el viento.
—Hace buena noche, apenas hace viento.
—Hace lo justo. Se cuela por la ventana y mueve un poco las cortinas. Lo justo para que lo note.
—Oye, ¿por qué no vienes y te quedas a dormir aquí? —dijo Herb Thompson, mirando a un lado y a otro del pasillo iluminado.
—No, no. Es tardísimo. Podría atraparme de camino. Queda lejos de puñetas. No me veo capaz, pero gracias aun así. Son cincuenta kilómetros, pero gracias.
—Tómate un somnífero.
—Llevo una hora plantado en la puerta, Herb. Veo cómo se está levantando en el oeste. Hay algunas nubes y he visto cómo una de ellas se hacía jirones. Viene viento, está clarísimo.
—Bueno, tú tómate una pastillita para dormir. Y me llamas a la hora que sea. Más tarde, si quieres.
—¿A la hora que sea? —dijo la voz al teléfono—. Vale. Lo haré, pero ojalá pudieras venir. Aunque no me gustaría fastidiarte. Eres mi mejor amigo y no me gustaría. Igual es mejor que me enfrente a esto yo solo. Lo siento. Te he molestado.
—Caray, ¿para qué están los amigos? Haz una cosa, siéntate y pasa la noche escribiendo —dijo Herb Thompson, cambiando el peso de un pie a otro en el pasillo—. Así te olvidas del Himalaya, del Valle de los Vientos y de esa preocupación tuya por las tormentas y los huracanes. Termina otro capítulo de tu próximo libro de viajes.
—Igual lo hago. Igual sí, no lo sé. Igual sí. Igual lo hago. Muchas gracias por dejar que te moleste.
—Qué gracias ni gracias. Deja ya el teléfono, anda. Mi mujer me está llamando para que vaya a cenar. —Herb Thompson colgó.
Fue a sentarse a la mesa a cenar, y su mujer se sentó frente a él.
—¿Era Allin? —preguntó. Herb asintió—. Allin y esos vientos suyos que si soplan para arriba que si soplan para abajo y que si vientos cálidos que si vientos fríos —dijo mientras le ponía un plato lleno de comida.
—Lo pasó mal en el Himalaya, durante la guerra —dijo Herb Thompson.
—No te creerás lo que cuenta del valle ese, ¿no?
—La historia es buena.
—Venga a escalar por ahí, venga a escalar. Para qué escalan los hombres, ¿para asustarse?
—Estaba nevando.
—¿Sí, eh?
—En aquel valle estaba lloviendo y granizando, y hacía viento, todo a la vez. Allin me lo ha contado decenas de veces. Lo cuenta muy bien. Había ascendido bastante. Había nubes y demás. El valle hacía ruidos.
—Seguro que sí.
—Como si hubiese muchísimos vientos en lugar de uno solo. Vientos de todo el mundo. —Comió un poco—. Eso dice Allin.
—Pues no tendría que haber ido a ver aquel sitio, eso para empezar —dijo ella—. Vas a meter las narices y cuando quieres darte cuenta tienes alucinaciones. Los vientos se enfadan contigo por haberlos importunado y te persiguen.
—Déjate de bromas, es mi mejor amigo —soltó Herb Thompson.
—¡Es todo una ridiculez!
—Aun así, lo pasó muy mal. Y luego aquella tormenta en Bombay, y dos meses después aquel tifón en Nueva Guinea. Y aquella vez en Cornualles.
—No me da ninguna lástima un hombre que no hace otra cosa que toparse con vientos y huracanes, y luego le entra manía persecutoria.
Justo entonces sonó el teléfono.
—No lo cojas —dijo ella.
—Igual es importante.
—Es otra vez Allin.
No se levantaron, el teléfono sonó nueve veces y no contestaron. Finalmente, dejó de sonar. Terminaron de cenar.
En la cocina, las cortinas se movían suavemente con la ligera brisa que entraba por una ventana entreabierta.
El teléfono sonó de nuevo.
—No puedo dejarlo sonar —dijo Herb, y lo cogió—. Ah, hola, Allin.
—¡Herb! ¡Ya está aquí! ¡Está aquí!
—Tienes el teléfono demasiado pegado, sepárate un poco.
—Me quedé a esperarlo en la puerta abierta. Lo vi bajar por la autopista, sacudiendo los árboles, uno a uno, ¡hasta que sacudió los árboles de delante de casa y se lanzó en picado hacia la puerta y se la cerré en las narices!
Thompson no dijo nada. No se le ocurría nada que decir, su mujer estaba observándolo desde la puerta del pasillo.
—Qué interesante —dijo por fin.
—Tiene la casa rodeada, Herb. No puedo salir, no puedo hacer nada. Pero lo engañé, le hice creer que me tenía pillado, ¡y justo cuando se me echaba encima di un portazo y cerré con llave! Estaba preparado, llevaba semanas preparándome.
—¿Sí, eh? Cuéntame más, Allin, amigo. —Herb Thompson fingió jovialidad al teléfono, y el cuello empezó a sudarle mientras su mujer seguía observándolo.
—Empezó hace seis semanas.
—Ah, ¿sí? Vaya, vaya.
—… pensé que lo había resuelto. Pensé que había dejado de seguirme y de intentar atraparme. Pero estaba esperando, nada más. Hace seis semanas oí al viento reír y murmurar en las esquinas de mi casa, fuera. Durante una hora o así, no mucho, no muy fuerte. Luego desapareció.
Thompson asintió con el teléfono en la mano.
—Me alegra saberlo, me alegra saberlo.
Su mujer lo miraba fijamente.
—A la noche siguiente, regresó. Retumbó en las contraventanas y levantó chispas en la chimenea. Volvió cinco noches seguidas, cada vez un poco más fuerte. Si abría la puerta, venía a por mí e intentaba sacarme a rastras, aunque no tenía fuerza suficiente. Pero esta noche, sí.
—Me alegra saber que te sientes mejor —dijo Thompson.
—No estoy mejor, ¿a ti qué te pasa? ¿Tu mujer está escuchando?
—Sí.
—Ah, entiendo. Debo de parecer tonto, lo sé.
—Para nada. Sigue. —Su mujer regresó a la cocina. Thompson se relajó. Se sentó en una sillita junto al teléfono—. Sigue, Allin, suéltalo, así dormirás mejor.
—Ahora tiene la casa rodeada, se mete en todos los gabletes como una aspiradora gigante. Está zarandeando los árboles.
—Qué curioso, aquí no hace viento, Allin.
—Pues claro que no, tú le traes sin cuidado, pero yo no.
—Es una manera de explicarlo, supongo.
—Es un asesino, Herb, un puñetero asesino prehistórico, el más grande que jamás haya ido tras una presa. Un sabueso enorme que intenta dar con mi rastro, encontrarme. Tiene su gran hocico frío y húmedo pegado a la casa, husmeando, y si estoy en la salita, pues ahí arremete, y si estoy en la cocina, allá que va. Está intentando colarse por las ventanas, pero las he reforzado y también he puesto goznes nuevos en las puertas, y cerrojos. Es una casa sólida. Antiguamente las construían sólidas. Ahora tengo todas las luces de la casa encendidas. Está toda la casa iluminada, llena de luz. El viento me ha seguido de habitación en habitación, asomándose a todas las ventanas mientras las encendía. ¡Ah!
—¿Qué pasa?
—¡Acaba de arrancar la puerta mosquitera de delante!
—Ojalá pudieras quedarte a dormir aquí, Allin.
—¡No puedo! Dios, no puedo salir de la casa. No puedo hacer nada. Conozco este viento. Dios, es fuerte y es listo. Hace un momento he intentado encenderme un cigarrillo y una corriente de aire ha apagado la cerilla. Al viento le gusta gastarme bromas, le gusta atormentarme, se entretiene a mi costa; tiene toda la noche. ¡Y ahora! Dios, ahora mismo, uno de mis viejos libros de viajes, en la mesa de la biblioteca, ojalá pudieras verlo. Una brisa, sabrá Dios por qué agujerito de la casa estará entrando, una brisa ligera está… pasando las páginas una a una. Ojalá pudieras verlo. Mi dedicatoria. Herb, ¿recuerdas la dedicatoria de mi libro sobre el Tíbet?
—Sí.
—Dedico este libro a quienes perdieron la partida contra los elementos, escrito por alguien que ha visto, pero siempre ha escapado.
—Sí, la recuerdo.
—¡Se han apagado las luces! —El teléfono chisporroteó—. Acaba de irse la luz. ¿Estás ahí, Herb?
—Te oigo.
—Al viento no le gusta que haya tantas luces en mi casa, ha echado abajo los postes de la luz. Seguro que lo siguiente es el teléfono. ¡Ah, menuda fiesta tenemos el viento y yo, ya te digo! Un segundo.
—¿Allin?
Silencio. Herb se encorvó sobre el teléfono. Su mujer se asomó desde la cocina.
Herb Thompson esperó.
—¿Allin?
—Ya estoy aquí —dijo la voz al teléfono—. Entraba corriente por la puerta y la he tapado por debajo para que el viento no me dé en los pies. Al final me alegro de que no hayas venido, Herb, no me gustaría que te vieras en este follón. ¡Ay! ¡Acaba de romper una de las ventanas del salón y se ha formado todo un vendaval dentro de la casa, está tirando los cuadros de la pared! ¿No lo oyes? —Herb Thompson escuchó. Por el teléfono se oían sirenas, silbidos y golpes. Allin gritó por encima de todo aquello—. ¿No lo oyes?
Herb tragó en seco.
—Lo oigo.
—Me quiere vivo, Herb. No se atreve a derribar la casa de una sola embestida. Así me mataría. Me quiere vivo, para poder despedazarme, un dedo tras otro. Quiere lo que llevo dentro. Mi mente, mi cerebro. Quiere mi fuerza vital, mi fuerza psíquica, mi ego. Quiere mi intelecto.
—Me llama mi mujer, Allin. Tengo que secar los platos.
—Es un nubarrón de vapores, vientos de todo el mundo. El mismo viento que barrió las islas Célebes el año pasado, el mismo pampero que asoló Argentina, el tifón que se cebó con Hawái, el huracán que golpeó las costas de África a principios de este año. Es parte de todas las tormentas de las que he escapado. Me ha seguido desde el Himalaya porque no quiere que sepa lo que sé sobre el Valle de los Vientos, donde se reúne para planear sus destrucciones. Hace mucho tiempo, algo lo ayudó a cobrar vida. Yo sé dónde se alimenta, sé dónde nace y dónde mueren algunas de sus partes. Por eso me odia; y mis libros cuentan cómo derrotarlo. Quiere que abandone mi prédica. Quiere incorporarme a su inmenso cuerpo, para absorber el conocimiento. ¡Me quiere en su bando!
—Tengo que colgar, Allin, mi mujer…
—¿Qué? —Una pausa, el ruido del viento en el teléfono, lejano—. ¿Qué has dicho?
—Llámame en una hora o así, Allin.
Colgó.
Fue a secar los platos. Su mujer lo miró y Thompson miró los platos mientras los frotaba con un trapo.
—¿Qué tal noche hace? —dijo.
—Buena. No hace mucho frío. Hay estrellas —dijo ella—. ¿Por?
—Por nada.
El teléfono sonó tres veces durante la hora siguiente. A las ocho, llegaron las visitas, Stoddard y su mujer. Estuvieron sentados charlando hasta las ocho y media, y luego sacaron las cartas y se pusieron a jugar al Gin.
Herb Thompson barajó las cartas varias veces con un ruido chasqueante como de persianas, y las repartió de una en una a los otros tres jugadores. La conversación iba y venía. Herb se encendió un puro en cuya punta se formó una ceniza fina y gris, recolocaba las cartas que tenía en la mano y de vez en cuando levantaba la cabeza para escuchar. Fuera de la casa no se oía ningún ruido. Su mujer lo sorprendió. Herb dejó de hacerlo de inmediato y soltó la sota de bastos.
Daba caladas lentas al puro, y todos hablaban en voz baja entre pequeñas carcajadas ocasionales, y en el reloj del pasillo dieron con delicadeza las nueve en punto.
—Pues aquí estamos —dijo Herb Thompson, sosteniendo su puro y mirándolo con aire pensativo—. La vida es curiosísima.
—¿Eh? —dijo el señor Stoddard.
—Nada, que aquí estamos, viviendo nuestras vidas, mientras en otros lugares de la tierra hay miles de millones de personas viviendo las suyas.
—Eso es una perogrullada.
—La vida —se llevó de nuevo el puro a los labios— es algo muy solitario. Incluso entre personas casadas. A veces, puedes estar en los brazos de una persona y sentirte a millones de kilómetros de distancia.
—Eso me gusta —dijo su mujer.
—No lo decía en ese sentido —explicó, sin ninguna prisa; no se sentía culpable, así que se tomó su tiempo—. Me refiero a que todos creemos lo que creemos y vivimos nuestras vidas mínimas mientras otras personas viven vidas completamente distintas. O sea, estamos aquí sentados mientras miles de personas se están muriendo. Algunas de cáncer, otras de neumonía, otras de tuberculosis. Imagino que en Estados Unidos hay ahora mismo una persona agonizando dentro de un coche destrozado.
—Qué conversación más estimulante —dijo su mujer.
—Quiero decir que todos vivimos sin pensar cómo piensan o cómo viven los demás sus vidas o cómo mueren. Esperamos a que la muerte venga a por nosotros. Me refiero a que estamos aquí sentados sobre nuestros confiados traseros mientras, a cincuenta kilómetros de aquí, en un viejo caserón, completamente sumido en la noche y sabe Dios en qué más, una de las mejores personas que hay en el mundo…
—¡Herb!
Dio una calada y unos mordiscos al puro con la mirada fija en sus cartas.
—Lo siento. —Parpadeó rápidamente y mordió el puro—. ¿Me toca?
—Te toca.
La partida continuó entre un revoloteo de cartas, murmullos y charla en torno a la mesa. Herb Thompson se hundió aún más en su silla y empezó a parecer indispuesto.
Sonó el teléfono. Thompson saltó de la silla, corrió a contestar y lo cogió de golpe.
—¡Herb! No he parado de llamar. ¿Cómo está la cosa por tu casa, Herb?
—¿A qué te refieres?
—¿Han llegado las visitas?
—Caray, sí, sí han…
—¿Estáis charlando y riendo y jugando a las cartas?
—Pues sí, pero ¿qué tiene que ver eso con…?
—¿Te estás fumando un puro?
—Por Dios, sí, pero…
—Estupendo —dijo la voz al teléfono—. Me parece estupendo. Ojalá pudiera estar ahí. Ojalá no supiera lo que sé. Ojalá pasaran un montón de cosas.
—¿Te encuentras bien?
—Por ahora sí. Ahora mismo estoy encerrado en la cocina. Ha derrumbado una parte de la fachada delantera. Pero tengo la huida planeada. Cuando la puerta de la cocina ceda, iré directo al sótano. Con suerte, aguantaré ahí hasta mañana por la mañana. Tendrá que echar abajo toda la puñetera casa para atraparme, y el suelo del sótano es bastante sólido. Tengo una pala y podría... cavar más.
Se oyó algo parecido a un montón de voces distintas al teléfono.
—¿Qué ha sido eso? —exigió Herb Thompson, helado, tiritando.
—¿Eso? —preguntó la voz al teléfono—. Eso son las voces de las doce mil personas que mató un tifón, las siete mil que mató un huracán, las tres mil que sepultó un ciclón. ¿Te estoy aburriendo? Eso es el viento. Un montón de personas muertas. El viento las mató, les arrebató la mente para ganar inteligencia. Se hizo con sus voces para transformarlas en una sola voz. Millones de personas asesinadas durante los diez últimos milenios, torturadas y llevadas de un continente a otro a lomos y en las tripas de monzones y tornados. Ay, Dios, ¡qué poema podría escribir uno con eso!
En el teléfono se oyó un eco y resonaron voces y gritos y gemidos.
—Ven aquí, Herb —exclamó su mujer desde la mesa.
—Es así como el viento se vuelve más inteligente cada año, sumando un cuerpo tras otro, una vida tras otra, una muerte tras otra.
—Te estamos esperando, Herb —gritó su mujer.
—¡Joder! —contestó, gruñendo casi—. ¡Espera un momento, haz el favor! —De nuevo al teléfono—. ¡Allin, si quieres que vaya, lo haré! Tendría que haber ido antes.
—Ni se te ocurra. Esto es una revancha, de nada serviría que te metieras. Será mejor que cuelgue. La puerta de la cocina tiene mala pinta. Tendré que meterme en el sótano.
—¿Me llamas más tarde?
—Puede ser, si tengo suerte. No creo que me libre. He logrado zafarme y escapar demasiadas veces, pero creo que ahora me tiene pillado. Espero no haberte molestado mucho, Herb.
—Tú no has molestado a nadie, puñetas. Llámame.
—Lo intentaré.
Herb Thompson regresó a la partida de cartas. Su mujer lo fulminó con la mirada.
—¿Cómo está tu amigo Allin? —preguntó—. ¿Está sobrio?
—No ha bebido alcohol en toda su vida —dijo Thompson enfurruñado mientras se sentaba—. Hace horas que tendría que haberme acercado.
—Pues lleva seis semanas llamando todas las noches y te has quedado a dormir en su casa como diez veces y no has visto nada raro.
—Necesita ayuda. Podría hacerse daño.
—Estuviste allí hace dos noches, no puedes estar encima de él constantemente.
—Mañana a primera hora voy a llevarlo a un psiquiátrico. No quería. Por lo demás, parece bastante cuerdo.
A las diez y media sirvieron café. Herb Thompson se bebió el suyo despacio, con la mirada en el teléfono. Me pregunto si estará en el sótano, pensó.
Herb Thompson fue hasta el teléfono, solicitó una conferencia, dio el número.
—Lo siento —dijo la operadora—. Las líneas están cortadas en ese distrito. Cuando las reparen, pasaremos su llamada.
—¡O sea que las líneas están cortadas! —gritó Thompson. Dejó caer el teléfono. Se volvió, abrió de golpe la puerta del armario y cogió su abrigo—. Ay, Dios —dijo—. Ay, Dios, Dios —dijo, ante la sorpresa de sus invitados y su mujer, que tenía la cafetera en la mano.
—¡Herb! —gritó su mujer.
—¡Tengo que ir! —dijo él, poniéndose el abrigo.
Se oyeron unos golpecitos suaves, leves, en la puerta. Todos se tensaron y se enderezaron.
—¿Quién será? —preguntó su mujer.
Los golpecitos se repitieron, muy ligeros.
Thompson cruzó el pasillo a la carrera y luego se detuvo, alerta. Fuera, muy leve, oyó una risa.
—Me cago en la leche —dijo Thompson. Puso la mano en el pomo, con una agradable sensación de estupor y alivio—. Reconocería esa risa en cualquier parte. Es Allin. Al final ha venido en coche. No ha podido esperar a mañana para contarme sus condenadas historietas. —Thompson sonrió con desgana—. Seguramente se ha traído unos amigos. Me parece oír un montón de…
Abrió la puerta. El porche estaba vacío.
Thompson no pareció sorprendido; su expresión se tornó divertida y maliciosa. Se rio.
—¿Allin? ¡Vale ya de bromitas! Venga. —Encendió la luz del porche, se asomó y miró a un lado y a otro—. ¿Dónde estás, Allin? Venga ya.
Notó una brisa en la cara.
Thompson esperó unos instantes, muerto de frío de repente.
Salió al porche y miró a su alrededor con inquietud, con mucho detenimiento.
Se levantó un viento repentino que le agitó las solapas del abrigo y le revolvió el pelo. Creyó oír risas de nuevo. El viento rodeó la casa, arremetiendo desde todas direcciones al mismo tiempo y luego, tras arreciar durante un minuto entero, amainó.
El viento se calmó, triste, sollozando entre los árboles altos, hasta desaparecer; regresó al mar, a las Célebes, a Costa de Marfil, a Sumatra y al cabo de Hornos, a Cornualles y a Filipinas. Debilitándose, debilitándose cada vez más.
Thompson se quedó allí, helado. Entró, cerró la puerta, se apoyó en ella y, sin moverse, cerró los ojos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó su mujer.
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