Cuarentena - William Voltz
El conejo dormitaba al sol del crepúsculo delante de su madriguera. Formaba una peluda bola, de la que sólo destacaban las orejas. Ignoraba yo cuántos conejos había en la isla. Posiblemente los habían importado antes de mi llegada, para que tuviera ocasión de practicar la caza. Observé al pequeño animal por entre los árboles. Ofrecía una imagen plácida. Noté en mi cerebro, cual tenues latidos, los débiles y primitivos impulsos mentales del roedor. Eran unas sensaciones instintivas, de las que se adivinaba fácilmente la perezosa tranquilidad que gozaba. Extraje una flecha metálica del carcaj. No me habían dejado armas de fuego. Si esforzaba el oído, percibía el murmullo de las olas. El sol se hundía en el horizonte y formaba una centelleante cinta sobre el agua. En las ramas de los árboles gorjeaban algunos pájaros. Estaban tan acostumbrados a verme, que apenas demostraban temor. Yo era parte de su soledad, igual que ellos lo eran de la mía. Tensé el arco. Resulta sorpre...