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Cuarentena - William Voltz

El conejo dormitaba al sol del crepúsculo de­lante de su madriguera. Formaba una peluda bola, de la que sólo destacaban las orejas. Ignoraba yo cuántos conejos había en la isla. Posiblemente los habían importado antes de mi lle­gada, para que tuviera ocasión de practicar la caza. Observé al pequeño animal por entre los árboles. Ofrecía una imagen plácida. Noté en mi cerebro, cual tenues latidos, los débiles y primitivos impul­sos mentales del roedor. Eran unas sensaciones ins­tintivas, de las que se adivinaba fácilmente la pere­zosa tranquilidad que gozaba. Extraje una flecha metálica del carcaj. No me habían dejado armas de fuego. Si esforzaba el oído, percibía el murmullo de las olas. El sol se hundía en el horizonte y formaba una centelleante cinta sobre el agua. En las ramas de los árboles gorjeaban algunos pájaros. Estaban tan acostumbrados a verme, que apenas demostra­ban temor. Yo era parte de su soledad, igual que ellos lo eran de la mía. Tensé el arco. Resulta sorpre...

Terrible, cuando piensa uno en ello - Graham Greene

Cuando el niño me miró y guiñó los ojos desde su cesto de mimbre, depositado en el asiento frente al mío y en algún lugar entre Reading y Slough, me sentí incómodo. Era como si hubiera descubierto mi oculto interés. Es terrible lo poco que cambiamos. Con mucha frecuencia un antiguo conocido, alguien con quien no nos hemos cruzado en cuarenta años, desde que ocupaba un pupitre lleno de cicatrices y manchado de tinta no lejos del nuestro, nos para en la calle con su inoportuna memoria.  Ya de niños llevamos el futuro en nosotros. La ropa no puede cambiarnos, las ropas son el uniforme de nuestro carácter y nuestro carácter cambia tan poco como la forma de la nariz y la expresión de los ojos. En los trenes mi afición ha sido siempre descubrir en los rasgos de un niño al hombre futuro, el que frecuenta los bares, el que vagabundea por las calles, el que asiste a bodas elegantes.  Sólo hay que imaginarlo con la gorra de género o el sombrero de copa gris, el uniforme del triste, aleg...