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El sueño de la mosca horripilante


Li Wei soñaba que una mosca horripilante rondaba por su habitación, interrumpiendo inoportunamente una de sus profundas meditaciones. Molesto, comenzó a perseguirla tratando de acallar con un golpe su desagradable zumbido. Portaba en la mano, con tal objetivo, la primera edición de Con la copa de vino en la mano interrogo a la luna, poema épico de su entrañable amigo Li Taibo. Corrió y corrió incansablemente entre el reducido espacio de esas cuatro paredes, sacudiendo sus brazos cual si fuera él mismo una mosca. Dicha empresa le sirvió de poco. La mosca, posada en el marco del retrato de su amada, lo miraba con aburrida indiferencia.
Exhausto por la persecución, Li Wei se despertó agitado. Sobre la mesa de luz estaba posado, distraído, el fastidioso insecto. De un viril manotazo, el filósofo acabó con la corta vida de la triste mosca.
Li Wei jamás sabrá si mató a una mosca o a uno de sus sueños

El paraíso de los gatos - Émile Zola

Una tía mía me legó un gato de angora que sin duda es el animal más estúpido que conozco. Esto es lo que me contó mi gato una tarde de invierno, al amor de las brasas. 

I

Tenía yo dos años por entonces, y era el gato más gordo e ingenuo que se viera. A esa tierna edad aún mostraba la presunción de un animal que desdeña las comodidades del hogar. Y sin embargo, ¡cuánto tenía que agradecer a la Providencia que me hubiera acomodado en casa de su tía! La buena mujer me adoraba. En el fondo de un armario yo tenía un verdadero dormitorio, con tres colchas y un cojín de pluma. La comida no le iba a la zaga. Nada de pan ni sopa; solo carne, carne roja de la buena.   

Pues bien, en medio de aquellos placeres yo no tenía más que un deseo, un sueño: deslizarme por la ventana entreabierta y escapar por los tejados. Las caricias me parecían insulsas, la blandura de mi cama me producía náuseas, y estaba tan orondo que me asqueaba a mí mismo. 

Y me aburría el día entero de ser tan feliz. Debo decirle que, alargando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Cuatro gatos se peleaban allí aquel día, con la piel erizada y la cola en alto, rodando sobre la azulada pizarra, calentándose al sol y lanzando juramentos de alegría. 

Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Entonces me convencí de que la verdadera felicidad se hallaba en aquel tejado, detrás de la ventana que cerraban con tanto cuidado. Me lo demostraba el hecho de que cerraran así las puertas de los armarios tras los cuales escondían la carne.   
 
Concebí el proyecto de huir. En la vida debía haber algo más que carne roja. Algo ideal, desconocido. Y un día que olvidaron cerrar la ventana de la cocina, salté a un tejadillo que había debajo.    

 II

¡Qué bonitos eran los tejados! Los bordeaban largos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Seguí voluptuosamente aquellos canalones, hundiendo las patas en un fino barro de una tibieza y suavidad infinitas. Me parecía estar caminando sobre terciopelo, y hacía calorcito al sol, un sol que derretía mi grasa. No le negaré que temblaba como un flan. 

El miedo se mezclaba con la alegría. Me acuerdo sobre todo de una terrible impresión que a punto estuvo de hacerme caer sobre el asfalto. Tres gatos bajaron de la techumbre de una casa y se acercaron a mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me llamaron gordinflón y me dijeron que lo hacían para divertirse. Me puse a maullar con ellos. Era delicioso. Aquellos fulanos no estaban tan estúpidamente gordos como yo, y se burlaron de mí cuando resbalé como una bola sobre las placas de cinc recalentadas por el sol de mediodía. 

Un viejo gato de aquella banda me tomó especial aprecio y se ofreció a educarme, lo que acepté agradecido.   
¡Ay, cuán lejos estaban las comodidades de su tía! Yo bebía de los canalones, y ninguna leche azucarada me había sabido tan dulce. Todo me parecía bueno y hermoso. Una gata deslumbrante pasó a mi lado, una gata que me colmó de una emoción desconocida. 

Hasta entonces solo en sueños había visto esas deliciosas criaturas cuyo espinazo parece tan adorablemente flexible. Mis tres compañeros y yo nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté al resto y, cuando me disponía a cortejar a la encantadora gata, uno de mis camaradas me mordió salvajamente en el cuello. Lancé un grito de dolor. —¡Bah! —me dijo el viejo gato, apartándome—. Ya habrá otras.  

III
 
Al cabo de una hora de paseo sentí un hambre feroz. —¿Qué se come en los tejados? —le pregunté a mi amigo. —Lo que se encuentra —me respondió él, sabiamente. Su respuesta me desconcertó, pues por mucho que buscaba, no encontraba nada. Por fin, en una buhardilla vi a una joven obrera que se estaba preparando la comida. Sobre la mesa, debajo de la ventana, se veía una hermosa chuleta de un rojo apetitoso. «Esta es la mía», pensé con toda ingenuidad.   
 
Y salté sobre la mesa para coger la chuleta. Pero la obrera, al verme, me atizó un terrible escobazo en el lomo. Solté la carne y huí, lanzando un terrible juramento. —¿Es que acabas de llegar del pueblo? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas es para desearla de lejos. Donde hay que buscar es en los canalones. Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. 

Mis tripas comenzaban a quejarse seriamente. El gato me remató diciendo que había que esperar a la noche. Entonces bajaríamos a la calle y escarbaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar a la noche! Y lo decía tan tranquilo, como un filósofo curtido. Yo me sentí desfallecer ante la sola idea de aquel ayuno prolongado.    

IV
 
La noche llegó lentamente, una noche brumosa y helada. Empezó a caer una lluvia fina y penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Bajamos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido el calorcillo gustoso, el sol resplandeciente, los tejados blancos de luz en los que revolcarse a placer. 

Mis patas resbalaban sobre el pavimento, y recordé con amargura mis tres colchas y mi cojín de pluma. Tan pronto estuvimos en la calle, mi amigo empezó a temblar. Se encogió hasta hacerse pequeño y corrió furtivamente delante de las casas, diciéndome que lo siguiera lo más rápidamente posible. 

Cuando encontró una puerta cochera, se refugió presto en ella, dejando escapar un ronroneo de satisfacción. Al preguntarle por esa huida, me dijo: —¿Viste a ese hombre que llevaba un capacho y un garfio? —Sí. —Pues si nos hubiera visto, nos habría matado y comido asados. —¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!    

V

Entretanto habían arrojado las basuras delante de las puertas. Escarbé en los montones con desesperación y encontré dos o tres huesos mondos que habían tirado a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculenta es la comida de su tía. Mi amigo hurgaba con destreza entre las sobras. Me tuvo corriendo hasta el amanecer, examinando cada adoquín, sin apresurarse. 

Tras casi diez horas bajo la lluvia, yo tiritaba de frío. ¡Maldita calle, maldita libertad! ¡Cómo añoraba mi cárcel! Por la mañana, el gato, viéndome flaquear, me preguntó con aire extraño: —¿Has tenido bastante? —Ya lo creo —respondí. —¿Quieres volver a casa? —Claro, pero ¿cómo encontrarla? —Ven. Al verte salir esta mañana, comprendí que un gato rollizo como tú no está hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Sé dónde vives. Te dejaré en la puerta. 

Aquel digno gato dijo esto con toda sencillez. Cuando llegamos me dijo sin mostar ninguna emoción: —Adiós. —¡No —exclamé—, no nos despediremos así! Ven conmigo, compartiremos la misma cama y la misma comida. Mi ama es una buena mujer... No me dejó acabar. —Calla —dijo bruscamente—, eres tonto. Yo me moriría en la calidez de tu hogar. 

Tu vida regalada es buena para gatos bastardos, pero los gatos libres nunca pagarán con la prisión tus manjares y tu cojín de plumas. Adiós. Y trepó de nuevo a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer al sentir los rayos del sol naciente. Cuando entré en casa, su tía cogió el zurriago y me administró un correctivo que recibí con profunda alegría. Saboreé a fondo el placer de sentir calor y ser castigado. Mientras ella me zurraba, yo me relamía pensando en la comida que me daría después.    

VI

—¿Lo ve? —concluyó mi gato, estirándose frente a las brasas—. La verdadera felicidad, el paraíso, mi querido amo, consiste en ser encerrado y golpeado en una habitación donde haya carne. Hablo de los gatos, claro.   

El silencio de las sirenas - Franz Kafka

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación.
He aquí la prueba: Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos.
El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bién quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría. Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio.
No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus
cantos, aunque nunca de su silencio.
Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción. Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.