INICIO

La casa del pasado - Algernon Blackwood

 Una noche una Visión vino a mí, trayendo con ella una antigua y herrumbrosa llave. Me llevó a través de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmesa y sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las sombras de la madrugada. Advertí que las persianas eran de un pesado negro y que la casa parecía revestida por una tranquilidad absoluta.

-Ésta -susurró ella en mi oído-, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y recorreremos algunas de sus habitaciones y pasadizos; pero apresúrate, pues no tendré la llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. Aún así, por ventura, ¡debes recordar!

La llave produjo un espantoso ruido cuando giró en la cerradura, y cuando la puerta estuvo abierta a un vestíbulo vacío y hubimos entrado, escuché los sonidos de murmullos y llantos, y el roce de telas, como de gente moviéndose en sueños, a punto de despertar. Entonces, instantáneamente, un espíritu de gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y picar y en mi corazón advertí una extraña sensación, como si algo que había dormido por años se desenrollara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindió inmediatamente al espíritu de la melancolía más profunda, y el dolor de mi corazón, mientras las Cosas se movían y despertaban, por un momento se hizo demasiado fuerte para expresarlo en palabras....

Mientras avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon delante nuestro hacia el interior de la Casa, y me di cuenta que el aire estaba lleno de manos suspendidas, de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan tristes y nostálgicos, que las lágrimas -que ya casi desboradaban de los míos-, se retenían por milagro ante la contemplación de tan intolerable anhelo.

-No permitas que esta tristeza te aplaste-susurró la Visión a mi lado-. No despiertan frecuentemente. Duermen por años y años y años. Los cuartos están todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos, jamás despertarían por propio acuerdo. Pero cuando uno se agita, el sueño de los otros también se ve perturbado, y también despiertan, hasta que el movimiento es comunicado de una habitación a otra y así finalmente, a través de toda la Casa... Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande como para soportarla, y la mente se debilita. Por esta razón, la Memoria les entrega el sueño más dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora -agregó ella, tomándome la mano- ¿no oyes acaso, el temblor del aire a través de toda la Casa, que se asemeja al murmullo de agua cayendo? ¿Y quizá ahora tú..........recuerdas?

Aún antes de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el inicio de un nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los sótanos bajo nuestros pies, y también desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo, y el crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se elevaba como una cuerda tañida suavemente de entre las inmensas e invisibles cuerdas pulsadas en algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había escuchado el lento despertar de los Espíritus del Pasado.

¡Ay de mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía allí, con los ojos inundados, escuchando las tenues voces muertas hace mucho tiempo atrás... Porque de hecho, toda la Casa estaba despertando; y en ese momento llegó hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, por largo tiempo conservadas, con la tinta borrosa y las cintas desteñidas; de olorosas trenzas, doradas y castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las flores prensadas que aún conservaban la profunda delicadeza de su olvidada fragancia; la aromática presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo y expandió, mientras me rendía sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos Espíritus del Pasado -olvidados en el tumulto de memorias más recientes- se apretaban alrededor mío, tomaron mis manos en las suyas y, siempre susurrando lo que yo hace tiempo había olvidado, siempre suspirando, exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las épocas muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso en piso.

Pero no todos los Espíritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan poco que sólo dejaban una impresión indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi con reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como anhelando retornar a mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir imperturbados hasta el Día Final, cuando no fallaré en reconocerlos.

-Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo -dijo la Visión a mi lado- que despiertan sólo a duras penas. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y recuerdan, aunque tú no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cuándo los conociste y con qué causas particulares de tu evolución pasada están asociados, no podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes cuando vuestros ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento les sea devuelta por la tuya, están obligados a regresar a su sueño, silenciosa y desconsoladamente -sus manos sin estrechar, sus voces sin ser oídas-, para soñar un sueño inmortal y paciente, hasta que...

En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y tomé conciencia de un abrumandor sentimiento de deleite y alegría. Algo me había tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi corazón y envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso latía locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza del lugar fue instantáneamente disipada, como por arte de magia. Volviéndome con una exclamación de júbilo, que de inmediato fue tragada por el coro de sollozos y suspiros que me rodeaban, observé...e instintivamente adelanté mis brazos en un rapto de felicidad hacia...hacia la vision de un Rostro...cabello, labios, ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo perfume del Este -¡por las estrellas, cuánto hace de ello!- estaba en su aliento. Sus labios nuevamente estaban en los míos; su cabello sobre mis ojos; sus brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la mía a través de unos ojos todavía fulgurantes y claros. Oh, el feroz tumulto, la maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese recordar!....Aquel aroma, sutil y disipador de brumas, de muchas eras atrás, una vez tan familiar...antes de que las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas comenzaran a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa; comienzo a recordar. Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo ver más allá. Pero el espantoso elástico de los años, horrible y siniestro, milenio tras milenio..... Mi corazón se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva y otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace visible, interminable, corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. ¡Y he aquí, que ellas también se mueven!, elevándose, iluminándose. Finalmente veré… ya comienzo a recordar… la piel morena... la gracia Oriental, los maravillosos ojos que contenían el conocimiento de Buda y la sabiduría de Cristo, aún antes que aquéllos hubieran soñado con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño, me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesión de todo mi ser... la forma esbelta... las estrellas en aquel mágico cielo Oriental... los susurrantes vientos entre las palmeras... el murmullo del río y la música de los setos al inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena. Hace miles de años, hace evos de distancia. Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir nuevamente. ¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes... aquellos párpados de venas de encaje. Oh, quién me ayudará a recordar, pues se encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo completamente; aunque mis labios aún se estremecen, y mis brazos se encuentran aún extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con palabras, al darse cuenta que no es reconocida.... ella, cuya mera presencia pudo una vez extinguir para mí el universo entero... y ella se devuelve, lentamente, tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño, para soñar y soñar con el día en que la recordaré y que vendrá a donde pertenece...

Me observa desde el final de la habitación, donde las Sombras comienzan a cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueño de siglos en la Casa del Pasado.

Estremeciéndome entero, con el extraño perfume aún en mi nariz y el fuego en mi corazón, me di la vuelta y seguí a mi Sueño por una amplia escalera, hacia otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento pasar cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de mí hasta que sentí como si todo mi cuerpo fuera un solo corazón, doliente, tenso, palpitante, como si fuera a quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar al rededor de la Casa del Pasado.

-Recuerda -murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada pregunta- que estás escuchando la canción que ha cantado por incontables siglos y para miríadas de incontables oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese simple salmo, profundo en su terrible monotonía, se encuentran las asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas y luchas de toda tu existencia previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas íntima-agregó- y es por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es la canción de las cosas por siempre incompletas, inaconclusas, insatisfechas.

Mientras pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que nadie se agitaba. Realmente no había ningún sonido, sólo una impresión general de una respiración profunda y colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas los cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos, fila tras fila... Y, desde los pisos inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las Sombras llorosas al retornar a su sueño, instalándose nuevamente en el silencio, la oscuridad y el polvo. El polvo....oh, el polvo que flotaba en esta Casa del Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilzaba el corazón; tan suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente, acumulándose, posándose sobre todo, que el aire lo sostenía como una fina bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas.

-Y éstas son las más antiguas -dijo mi Sueño- las dormidas hace más tiempo- apuntando hacia las filas repletas de silenciosos durmientes-. Nadie aquí ha despertado por siglos, demasiados para contarlos; y aún si despertaran no podrías reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo que son los recuerdos de tus etapas más tempranas a lo largo de el gran Camino de Evolución. Algún día, sin embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a sí mismos a través de tí, quien les dio la vida.

-¡Ay de mí! -pensé, escuchando y entendiendo a medias estas palabras- cuántas madres, padres, hermanos pueden entonces estar dormidos en este cuarto; cuántos fieles amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me confrontarán, y yo deberé encontrarme con sus ojos nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y ser perdonado.... los recuerdos de todo mi Pasado...

Me volteé para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se disolvió en el brillo del cielo oriental, y escuché a los pájaros cantando y vi las nuves arriba velando las estrellas en la luz del día que se acercaba.

Los habitantes del pozo - Abraham Merritt

 Hacia nuestro norte, un dardo de luz se alzaba hasta casi llegar el cenit. Surgía por detrás de la áspera montaña hacia la que nos habíamos estado dirigiendo durante todo el día. El dardo atravesaba una columna de niebla azul cuyos costados estaban tan bien delimitados como la lluvia que cae de los bordes de una nube tormentosa. Era como el haz de un proyector que atravesase una nube azul, y no creaba sombras.

Mientras subía a lo alto recortaba con aristas duras y fijas las cinco cimas, y vimos que la montaña, en su conjunto, estaba modelada en forma de mano. Y, mientras la luz los silueteaba, los gigantescos picos que eran los dedos parecían extenderse, y la tremenda masa que formaba la palma empujar. Era como si se moviese para rechazar algo. El haz brillante permaneció así durante unos momentos, luego se dispersó en una multitud de pequeños globos luminosos que se movían de uno a otro lado y caían suavemente. Parecían estar buscando algo.

El bosque se había quedado muy silencioso. Cada uno de los ruidos que antes lo llenaban contenía la respiración. Noté como los perros se apretaban contra mis piernas. También ellos estaban silenciosos, pero cada uno de los músculos de sus cuerpos temblaba; tenían el pelo de los lomos erizado, y sus ojos, clavados fijamente en las chispas fosforescentes que caían, estaban cubiertos por una fina película de terror.

Me volví hacia Starr Anderson. Estaba mirando al Norte, por donde, una vez más, había aparecido el rayo de luz, subiendo a lo alto.

- ¡La montaña con forma de mano! - hablé sin mover los labios. Mi garganta estaba tan seca como sí Lao T'zai la hubiera llenado con su polvo de terror.

- Es la montaña que hemos estado buscando - me contestó en el mismo tono.

- Pero... ¿qué es esa luz? Seguro que no es la aurora boreal - dije.

- ¿Quién ha oído hablar de una aurora boreal en esta época del año?

Había expresado el pensamiento que yo tenía en mente.

- Algo me hace pensar que ahí arriba están persiguiendo a alguien – prosiguió -. Esas luces están buscando... llevan a cabo alguna terrible persecución... es bueno que estemos fuera de su alcance.

- La montaña parece moverse cada vez que ese haz se alza – comenté -. ¿Qué es lo que trata de mantener alejado, Starr? Me hace recordar la mano de nubes heladas que Shan Nadour colocó frente a la Puerta de los Ogros para mantenerlos en las madrigueras que les había excavado Eblis.

Alzó una mano, mientras escuchaba algo.

De lo alto, desde el Norte, llegó un susurro. No era el roce de la aurora boreal, ese sonido, crujiente y quebradizo, que parece hecho por los fantasmas de los vientos que soplaron durante la Creación mientras corren por entre las hojas que dieron cobijo a Lilith. No, este susurro contenía una orden. Era autoritario. Nos llamaba para que fuéramos hacia donde brillaba la luz. ¡Nos... atraía!

Había en él una nota de inexorable insistencia. Aferraba mi corazón con un millar de minúsculos dedos con uñas de miedo, y me llenaba de una tremenda ansia por correr hasta fundirme en la luz. Era algo similar a lo que debió sentir Ulises cuando se debatía contra el mástil para tratar de obedecer al canto de cristal de las sirenas.

El susurro se hizo más fuerte.

- ¿Qué demonios les pasa a los perros? - gritó salvajemente Starr Anderson -. ¡Míralos!

Los perros esquimales, aullando lastimeramente, estaban corriendo hacia la luz. Los vimos desaparecer entre los árboles. Hasta nosotros llegó un gemido lleno de tristeza. Luego esto también murió, y solo dejó tras de sí el insistente murmullo en lo alto.

El claro en el que acampamos miraba directamente al Norte. Supongo que habíamos llegado al primer gran meandro del río Kuskokwim, a unos quinientos kilómetros en dirección al Yukon. Lo que era seguro es que nos hallábamos en una parte inexplorada de los bosques. Habíamos partido de Dawson al iniciarse la primavera, siguiendo una pista bastante convincente que prometía llevarnos a una montaña perdida entre cuyos cinco picos - al menos eso nos había asegurado aquel hechicero de la tribu Athabascana - el oro corre como el agua por entre una mano extendida.

No conseguimos que ningún indio aceptase venir con nosotros. Decían que la tierra de la Montaña con forma de Mano estaba maldita.

Habíamos visto la montaña por primera vez la noche anterior, con su recortada cima dibujada sobre un resplandor pulsante. Y ahora, iluminados por la luz que nos había guiado, veíamos que realmente era el lugar que andábamos buscando.

Anderson se puso rígido. Por entre el susurro se dejaba oír un curioso sonido apagado y un roce. Sonaba como si un oso pequeño se estuviera acercando a nosotros.

Eché una brazada de leña al fuego y, mientras la llama se alzaba, vi como algo aparecía entre los matorrales. Caminaba a cuatro patas, pero no parecía ser un oso. De repente, una imagen se formó en mi mente: era como un niño subiendo unas escaleras a gatas. Las extremidades delanteras se alzaban en un movimiento grotescamente infantil. Era grotesco, pero también era... horrible. Se acercó. Tomamos nuestras armas... y las dejamos caer. ¡Súbitamente, supimos que aquella cosa que gateaba era un hombre!

Era un hombre. Se acercó al fuego con aquel mismo apagado forcejeo. Se detuvo.

- A salvo - susurró el hombre, con una voz que era un eco del susurro que se oía por sobre nuestras cabezas -. Estoy bastante a salvo aquí. No pueden salir del azul ¿saben? No pueden cogerle a uno... a menos que uno les responda...

- Está loco - dijo Anderson; y luego, con suavidad, dirigiéndose a aquella piltrafa de lo que había sido un hombre -:

- Tiene razón... nadie le persigue.

- No les respondan - repitió el hombre -. Me refiero a las luces.

- Las luces - grité, olvidándome hasta de mi compasión -. ¿ Qué son esas luces?

- ¡Los habitantes del pozo! - murmuró. Luego se desplomó sobre un costado.

Corrimos a atenderle. Anderson se arrodilló a su lado.

- ¡Dios mío! – gritó - ¡Mira esto, Frank!

Señaló a las manos del desconocido. Las muñecas estaban cubiertas por jirones desgarrados de su gruesa camisa. Sus manos... ¡solo eran unos muñones! Los dedos se habían pegado a las palmas, y la carne se había desgastado hasta que el hueso sobresalía. ¡Parecían las patas de un diminuto elefante! Mis ojos recorrieron su cuerpo. Alrededor de su cintura llevaba una pesada banda de metal dorado de la que colgaba una anilla y una docena de eslabones de una brillante cadena blanca.

- ¿Quién puede ser? ¿De dónde vendrá? - preguntó Anderson -. Mira, está profundamente dormido... y, aún en sueños, sus brazos tratan de escalar y sus piernas se alzan una tras la otra. Y sus rodillas... ¿Cómo, en el nombre de Dios, ha podido moverse sobre ellas?

Era como él decía. Hasta en el profundo sueño en que había caído el desconocido, sus brazos y piernas continuaban alzándose en un deliberado y aterrador movimiento de escalada. Era como si tuvieran vida propia... realizaban sus movimientos con independencia del cuerpo inerte. Eran unos movimientos de semáforo. Si ustedes han ido en alguna ocasión en la cola de un tren y mirado como suben y bajan los brazos de los semáforos sabrán a lo que me refiero.

De pronto, el susurro en lo alto cesó. El chorro de luz cayó y no volvió a alzarse. El hombre que gateaba se quedó quieto. A nuestro alrededor comenzó a aparecer un suave resplandor: la corta noche del verano de Alaska había terminado. Anderson se frotó los ojos y volvió hacia mi un rostro trasnochado.

- ¡Chico! – exclamó -. Parece que hayas estado enfermo.

- ¡Pues si te vieras tu mismo, Starr! – repliqué - ¡Ha sido algo realmente horroroso! ¿Qué sacas en claro de todo ello?

- Estoy creyendo que la única respuesta la tiene ese individuo - me contestó, señalando a la figura que yacía, completamente inmóvil, bajo las mantas con que la habíamos arropado -. Sea lo que fuese eso... lo perseguía a él. Esas luces no eran una aurora boreal, Frank. Eran como la abertura a algún infierno del que nunca nos hablaron los predicadores.

- Ya no seguiremos adelante hoy – dije -. No lo despertaría ni por todo el oro que corre por entre los dedos de los cinco picos... ni por todos los demonios que puedan estar persiguiéndolo.

El hombre yacía en un sueño tan profundo como la laguna Estigia. Le lavamos y vendamos los muñones que antes habían sido sus manos. Sus brazos y piernas estaban tan rígidos que más parecían muletas. No se movió mientras hacíamos esto. Yacía tal como se había desplomado, con los brazos algo alzados y las rodillas dobladas.

Comencé a limar la banda que rodeaba la cintura del durmiente. Era de oro, pero de un oro distinto a todo otro oro que yo jamás hubiera visto. El oro puro es blando. Este también lo era... pero tenía una vida sucia y viscosa que le era propia.

Embotaba la lima y hubiera podido jurar que se retorcía como un ser vivo cuando lo cortaba. Lo hendí, lo doblé arrancándolo del cuerpo, y lo lancé a lo lejos. Era... ¡repugnante!

Durante todo el día, el hombre durmió. Llegó la obscuridad, y seguía durmiendo. Pero aquella noche no hubo ninguna columna de luz azulada detrás de los picos, ni escudriñantes globos luminosos, ni susurros. Parecía que aquella horrible maldición se hubiera retirado... aunque no muy lejos. Tanto a Anderson como a mí nos parecía que la amenaza estaba allí, tal vez oculta, pero acechante.

Ya era mediodía de la jornada siguiente cuando el hombre se despertó. Di un salto cuando oí sonar su placentera pero insegura voz.

- ¿Cuánto tiempo he dormido? - preguntó. Sus pálidos ojos azules se poblaron de ansiedad mientras yo lo contemplaba.

- Una noche... y casi dos días - le respondí.

- ¿Hubo luces allá arriba la pasada noche? - señaló con la cabeza, ansiosamente, hacia el Norte - ¿ Se oyeron susurros?

- Ninguna de las dos cosas - le contesté.

Su cabeza cayó hacia atrás y se quedó mirando al cielo.

- Entonces, ¿han abandonado la persecución? - preguntó al fin.

- ¿Quién le perseguía? - preguntó Anderson.

Y, una vez más, nos contestó:

- ¡Los habitantes del pozo!

Nos quedamos mirándole y de nuevo, débilmente, sentí aquel deseo enloquecedor que había parecido acompañar a las luces.

- Los habitantes del pozo – repitió -. Unas cosas que algún dios malvado creó antes del Diluvio y que, en alguna forma, escaparon a la venganza del Dios del Bien. ¡Me estaban llamando! - añadió simplemente.

Anderson y yo cruzamos las miradas, con el mismo pensamiento en nuestras mentes.

- No - intervino el hombre, adivinando cual era -, no estoy loco. Denme algo de beber. Pronto moriré. ¿Me llevarán tan al Sur como puedan antes de que esto suceda? Y después, ¿elevarán una pira y me quemarán en ella? Quiero quedar en una forma en la que ninguna infernal vileza que intenten pueda arrastrar a mi cuerpo de vuelta hasta ellos. Estoy seguro que lo harán cuando les haya hablado de ellos - finalizó, cuando vio que dudábamos.

Bebió el coñac y el agua que le llevamos a los labios.

- Tengo los brazos y las piernas muertos – comentó -, tan muertos como yo mismo lo estaré pronto. Bueno, cumplieron bien con su misión. Ahora les diré lo que hay allá arriba, detrás de aquella mano: ¡Un infierno!

«Escuchen. Mi nombre es Stanton...- Sinclair Stanton, de la promoción de 1900 en Yale. Explorador. Salí de Dawson el año pasado para buscar cinco picos que formaban una mano en una tierra embrujada y por entre los cuales corría el oro puro. ¿Es lo mismo que ustedes andan buscando? Ya me lo pensé. A finales del pasado otoño, mi compañero se puso enfermo, y lo mandé de vuelta con unos indios. Poco después, los que seguían conmigo averiguaron lo que perseguía. Huyeron, abandonándome. Decidí proseguir. Me construí un refugio, lo llené de provisiones y me dispuse a pasar el invierno. No me fue muy mal... recordarán que fue un invierno poco riguroso. Al llegar la primavera, empecé de nuevo la búsqueda. Hace unas dos semanas divisé los cinco picos. Pero no desde este lado, sino del otro. Denme algo más de coñac.

»Había dado una vuelta demasiado grande – prosiguió -. Había llegado demasiado al Norte: tuve que regresar. Desde este lado no ven más que bosques hasta la base de la mano. Por el otro lado...»

Estuvo callado un momento.

- Allí también hay bosques, pero no llegan muy lejos. ¡No! Salí de ellos. Ante mí se extendía, por muchos kilómetros, una llanura. Se veía tan rota y gastada como el desierto que rodea las ruinas de Babilonia. En su extremo más lejano se alzaban los picos. Entre ellos y el lugar en que me hallaba se alzaba, muy a lo lejos, lo que parecía ser un farallón de rocas de poca altura. Y entonces... me encontré con el sendero.

- ¡El sendero! - gritó asombrado Anderson.

- El sendero - afirmó el hombre -. Un buen sendero, liso, que se dirigía recto hacia la montaña. Oh, seguro que era un sendero... y se veía gastado como si por él hubieran pasado millones de pies durante millares de años. A cada uno de sus lados se veía arena y montones de piedras. Al cabo de un tiempo comencé a fijarme en esas piedras. Estaban talladas, y la forma de los montones me hizo venir la idea de que, tal vez, hacía un centenar de millares de años, hubieran sido casas. Parecían así de antiguas. Notaba que eran obra del hombre, y al mismo tiempo las veía de una inmemorable antigüedad.

»Los picos se fueron acercando. Los montones de ruinas se hicieron más frecuentes. Algo inexplicablemente desolador planeaba sobre ellas, algo siniestro; algo que me llegaba desde las mismas y golpeaba mi corazón como si fuera el paso de unos fantasmas tan viejos que solo podían ser fantasmas de fantasmas. Seguí adelante.

»Vi entonces que lo que había tomado por unas colinas bajas situadas al pie de los picos era en realidad un amontonamiento más grande de ruinas. La Montaña de la Mano estaba, en realidad, mucho más lejos. El sendero pasaba por entre esas ruinas, enmarcado por dos rocas altas que se alzaban como un arco. - El hombre hizo una pausa. Sus manos comenzaron a golpear rítmicamente de nuevo. En su frente se formaron pequeñas gotitas de sudor sangriento. Tras unos momentos, se quedó tranquilo de nuevo. Sonrió.

- Formaban una entrada. – continuó -. Llegué hasta ella. La atravesé. Me tiré al suelo, aferrándome a la tierra con pánico y asombro, pues me hallaba en una amplia plataforma de piedra. Ante mí se extendía... ¡el vacío! Imagínense el Gran Cañón del Colorado, pero tres veces más ancho, más o menos circular y con el fondo hundido. Así tendrán una idea de lo que yo estaba contemplando.

«Era como mirar hacia abajo, por el borde de un mundo hendido, allí a la infinidad en donde ruedan los planetas. En el extremo más alejado se alzaban los cinco picos. Se veían como una gigantesca mano irguiéndose hacia el cielo en un signo de advertencia. La boca del abismo se apartaba en curva a ambos lados de donde yo estaba.

»Podía ver hasta unos trescientos metros más abajo. Entonces comenzaba una espesa niebla azul que cortaba la visión. Era como el azul que se acumula en las altas colinas al atardecer. Pero el pozo... ¡era aterrador! Aterrador como el Golfo de Ranalak de los maories, que se alza entre los vivos y los muertos y que tan solo un alma recién salida del cuerpo puede cruzar de un salto... aunque ya no le queden fuerzas para volverlo a saltar hacia atrás.

»Me arrastré, alejándome del borde, y me puse en pie, débil y estremeciéndome. Mi mano descansaba sobre una de las rocas de la entrada. Había en ella una talla. En un bajorrelieve profundo se veía la silueta heroica de un hombre. Estaba vuelto de espaldas y tenía los brazos extendidos sobre la cabeza, llevando entre ellos algo que parecía el disco del sol, del que irradiaban líneas de luz. En el disco estaban grabados unos símbolos que me recordaban el antiguo lenguaje chino. Pero no era chino. ¡No! Habían sido realizados por manos convertidas en polvo eones antes de que los chinos se agitasen en el seno del tiempo.

»Miré a la roca opuesta. Tenía una figura similar. Ambas llevaban un extraño sombrero aguzado. En cuanto a las rocas, eran triangulares, y las tallas se encontraban en los lados más próximos al pozo. El gesto de los hombres parecía ser el de estar echando hacia atrás algo, el de estar impidiendo el paso. Miré las figuras de más cerca. Tras las manos extendidas y el disco, me parecía entrever una multitud de figuras informes y, claramente, una hueste de globos.

»Los resegui vagamente con los dedos. Y, al pronto, me sentí inexplicablemente descompuesto. Me había venido la impresión, no puedo decir que lo viese, la impresión de que eran enormes babosas puestas en pie. Sus henchidos cuerpos parecían disolverse, luego aparecer a la vista, y disolverse de nuevo... excepto por los globos que formaban sus cabezas y que siempre permanecían visibles. Eran... inenarrablemente repugnantes. Atacado por una inexplicable y avasalladora náusea, me recosté contra el pilar y, entonces... ¡Vi la escalera que descendía al pozo!

- ¿Una escalera? - coreamos.

- Una escalera - repitió el hombre con la paciencia de antes -. No parecía tallada en la roca, sino más bien construida sobre ella. Cada escalón tendría aproximadamente siete metros de largo y dos de ancho. Surgían de la plataforma y desaparecían en la niebla azul.

- Una escalera - dijo incrédulo Anderson - construida en la pared de un precipicio y que lleva hacia las profundidades de un pozo sin fondo...

- No es sin fondo - interrumpió el hombre -. Hay un fondo. Sí. Yo lo alcancé - prosiguió desmayadamente -. Bajando las escaleras... bajando las escaleras.

Pareció aferrar su mente, que se le escapaba.

- Sí - continuó con más firmeza -. Descendí por la escalera, pero no aquel día. Acampé junto a la entrada. Al amanecer llené mi mochila de comida, mis dos cantimploras con agua de una fuente que brota cerca de las ruinas, atravesé los monolitos tallados y crucé el borde del pozo.

«Los escalones bajan a lo largo de las paredes del pozo con un declive de unos cuarenta grados. Mientras bajaba, los estudié. Estaban tallados en una roca verdosa bastante diferente al granito porfírico que formaban las paredes del pozo. Al principio pensé que sus constructores habrían aprovechado un estrato que sobresaliese, tallando la colosal escalinata en él, pero la regularidad del ángulo con que descendía me hizo dudar de esta teoría.

»Después de haber bajado tal vez un kilómetro, me hallé en un descansillo. Desde él, las escaleras formaban un ángulo en V y descendían de nuevo, aferrándose al despeñadero con el mismo ángulo que las anteriores. Después de haber hallado tres de esos ángulos, me di cuenta de que la escalera caía recta hacia abajo, fuera cual fuese su destino, en una sucesión de ángulos. Ningún estrato podía ser tan regular. ¡No, la escalera había sido erigida totalmente a mano! Pero, ¿por quién? ¿Y para qué? La respuesta está en esas ruinas que rodean el borde del pozo... aunque no creo que jamás sea hallada.

»Hacia el mediodía ya había perdido de vista el borde del abismo. Por encima de mi, por debajo de mi> no había sino la niebla azul. No sentía mareos, ni miedo, tan solo una tremenda curiosidad. ¿Qué era lo que iba a descubrir? ¿Alguna antigua y maravillosa civilización que había florecido cuando los polos eran jardines tropicales? ¿Un nuevo mundo? ¿La clave de los misterios del Hombre mismo? No hallaría nada viviente, de eso estaba seguro... todo era demasiado antiguo para que quedase nada con vida. Y, sin embargo, sabía que una obra tan maravillosa debía de llevar a un lugar igualmente maravilloso. ¿Cómo sería? Continué.

»A intervalos regulares había cruzado las bocas de unas pequeñas cavernas. Debían de haber unos tres mil escalones y luego una entrada, otros tres mil escalones y otra entrada... así continuamente. Avanzada ya la tarde, me detuve frente a uno de esos huecos. Supongo que habría bajado entonces a unos cinco kilómetros de la superficie, aunque, debido a los ángulos, habría caminado unos quince kilómetros. Examiné la entrada. A cada uno de sus lados estaban talladas las mismas figuras que en la entrada del borde del pozo, pero esta vez se hallaban de frente, con los brazos extendidos con sus discos, como reteniendo algo que viniese del pozo mismo. Sus rostros estaban cubiertos con velos y no se veían figuras repugnantes tras ellos.

»Me introduje en la caverna. Se extendía unos veinte metros, como una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Podía ver, fuera, la niebla azul alzándose como una columna. Noté una extraordinaria sensación de seguridad, aunque anteriormente no había experimentado, conscientemente, miedo alguno. Notaba que las figuras de la entrada eran guardianes, pero... ¿contra qué me guardaban? Me sentía tan seguro que hasta perdí la curiosidad sobre este punto.

»La niebla azul se hizo más espesa y algo luminescente. Supuse que allá arriba seria la hora del crepúsculo. Comí y bebí algo y me eché a dormir. Cuando me desperté, el azul se había aclarado de nuevo, e imaginé que arriba habría despuntado el alba. Continué. Me olvidé del golfo que bostezaba a mi costado. No sentía fatiga alguna y casi no notaba el hambre ni la sed, aunque había comido y bebido bien poco. Esa noche la pasé en otra de las cavernas y, al amanecer, descendí de nuevo.

»Fue cuando ya terminaba aquel día cuando vi la ciudad por primera vez...

Se quedó silencioso durante un rato.

- La ciudad - dijo al fin - ¡La ciudad del pozo! No una ciudad como las que ustedes han visto habitualmente... ni como la haya visto ningún otro hombre que haya podido vivir para contarlo. Creo que el pozo debe de tener la forma de una botella: la abertura que se encuentra frente a los cinco picos es el cuello de la misma. Pero no sé lo amplia que es su base... puede que tenga millares de kilómetros. Y tampoco conozco lo que pueda haber más allá de la ciudad.

»Allá abajo, entre lo azul, se habían empezado a ver ligeros destellos de luz. Luego contemplé las copas de los... árboles, pues supongo que eso es lo que eran. Aunque no eran como nuestros árboles, estos eran repugnantes, reptiloides. Se erguían sobre altos troncos delgados y sus copas nidos de gruesos tentáculos con feas hojuelas parecidas a cabezas estrechas... cabezas de serpientes.

»Los árboles eran rojos, de un brillante rojo airado. Aquí y allá comencé a entrever manchas de amarillo intenso. Sabía que eran agua porque podía ver cosas surgiendo en su superficie, o al menos podía ver los chapoteos y salpicones, aunque nunca logré ver lo que los producía.

»Justamente debajo mío se hallaba la ciudad. Kilómetro tras kilómetro de cilindros apretujados que yacían sobre sus costados, apilados en pirámides de tres, de cinco o de docenas de ellos. Es difícil lograrles explicar a ustedes cómo se veía la ciudad. Miren, imagínense que tienen cañerías de una cierta longitud y que colocan tres sobre sus costados y sobre esas colocan otras dos, y sobre estas otra; o supongan que toman como base cinco y sobre esas colocan cuatro y luego tres, dos y una. ¿Lo imaginan? Así es como se veía.

»Y estaban rematadas por torres, minaretes, ensanchamientos, voladizos y monstruosidades retorcidas. Brillaban como si estuviesen recubiertas con pálidas llamas rosas. A su costado se alzaban los árboles rojos como si fueran las cabezas de hidras guardando manadas de gigantescos gusanos enjoyados.

»Unos metros más abajo de donde me hallaba, la escalera llegaba a un titánico arco, irreal como el puente que sobrevuela el Infierno y lleva a Asgard. Se curvaba por encima de la cumbre del montón más alto de cilindros tallados y desaparecía en él. Era anonadador... era demoniaco...

El hombre se detuvo. Sus ojos se pusieron en blanco. Tembló, y de nuevo sus brazos y piernas comenzaron aquel horrible movimiento de arrastre. De sus labios surgió un susurro que era un eco del murmullo que habíamos oído en lo alto la noche en que llegó hasta nosotros. Puse mi mano sobre sus ojos. Se calmó.

- ¡Execrables cosas! – dijo - ¡Los habitantes del pozo! ¿He susurrado? Si... ¡pero ya no pueden cogerme ahora... ya no!

Al cabo de un tiempo continuó, tan tranquilo como antes:

- Crucé aquel arco. Me introduje por el techo de aquel... edificio. La oscuridad azul me cegó por un momento, y noté cómo los escalones se curvaban en una espiral. Bajé girando y me hallé en lo alto de... no sé como decírselo. Tendré que llamarle habitación. No tenemos imágenes para reflejar lo que hay en el pozo. A unos treinta metros por debajo mío se hallaba el suelo. Las paredes bajaban, apartándose de donde yo me hallaba en una serie de medias lunas crecientes. El lugar era colosal... y estaba iluminado por una curiosa luz roja moteada. Era como la luz del interior de un ópalo punteado de oro y verde.

»Las escaleras en espiral seguían por debajo. Llegué hasta el último escalón. A lo lejos, frente a mí, se alzaba un altar sostenido por altas columnas. Sus pilares estaban tallados en monstruosas volutas, cual si fuesen pulpos locos con un millar invisible que se hallaba sobre el altar, y me arrastré por el suelo, al lado de los pilares. Imagínense la escena: solo en aquel lugar extrañamente iluminado y con el horror arcaico acechando encima mío... una Cosa monstruosa, una Cosa inimaginable... una Cosa invisible que emanaba terror...

»AI cabo de algún tiempo recuperé el control de mí mismo. Entonces vi, al costado de uno de los pilares, un cuenco amarillo lleno con un líquido blanco y espeso. Lo bebí. No me importaba si era venenoso; pero mientras lo estaba tragando noté un sabor agradable, y al acabarlo me volvieron instantáneamente las fuerzas. Veía a las claras que no me iban a matar de hambre. Fueran lo que fuesen aquellos habitantes del pozo, sabían bien cuales eran las necesidades humanas.

»Y otra vez comenzó a espesarse el rojizo brillo moteado. Y de nuevo se alzó allá afuera el zumbido, y por el círculo que era la puerta entró un torrente de globos. Se fueron colocando en hileras hasta llenar totalmente el templo. Su murmullo creció hasta transformarse en un canto, un susurrante canto cadencioso que se alzaba y caía, mientras los globos se alzaban y caían al mismo ritmo, se alzaban y caían.

»Las luces fueron y vinieron toda la noche, y toda la noche sonaron los cantos mientras ellas se alzaban y caían. Al final, me noté como un solitario átomo de conocimiento en aquel océano de susurros, un átomo que se alzaba y caía con los globos de luz.

»¡Les aseguro que hasta mi corazón latía a ese mismo ritmo! Pero por fin se aclaró el brillo rojo, y las luces salieron; murieron los murmullos. De nuevo estaba solo, y supe que, en mi mundo, se había iniciado un nuevo día.

»Dormí. Cuando me desperté, hallé junto al pilar otro cuenco del líquido blanquecino. Volví a estudiar la cadena que me ataba al altar. Comencé a frotar dos de los eslabones entre sí. Lo hice durante horas. Cuando comenzó a espesarse el rojo, se veía una muesca desgastada en los eslabones. Comencé a sentir una cierta esperanza. Existía una posibilidad de escapar.

»Con el espesamiento regresaron las luces. Durante toda aquella noche sonó el canto susurrado, y los globos se alzaron y cayeron. El canto se apoderó de mí. Pulsó a través de mi cuerpo hasta que cada músculo y cada nervio vibraban con él. Se comenzaron a agitar mis labios. Palpitaban como los de un hombre tratando de gritar en medio de una pesadilla. Y por último, también ellos estuvieron murmurando... susurrando el infernal canto de los habitantes del pozo. Mi cuerpo se inclinaba al unísono con las luces.

»Me había identificado, ¡Dios me perdone!, en el sonido y el movimiento, con aquellas cosas innombrables, mientras mi alma retrocedía, enferma de horror, pero impotente. Y, en tanto susurraba... ¡los vi!

»Vi las cosas que había bajo las luces: Grandes cuerpos transparentes parecidos a los de caracoles sin caparazón, de los que crecían docenas de agitados tentáculos; con pequeñas bocas redondas y bostezantes colocadas bajo los luminosos globos visores. ¡Eran como los espectros de babosas inconcebiblemente monstruosas! Y, mientras las contemplaba, aún susurrando e inclinándome, llegó el alba y se dirigieron hacia la entrada, atravesándola. No caminaban ni se arrastraban... ¡flotaban! Flotaron, y se fueron.

»No dormí, sino que trabajé durante todo el día en frotar mi cadena. Para cuando se espesó el rojo, ya había desgastado un sexto de su espesor. Y toda la noche, bajo el maleficio, susurré y me incliné con los habitantes del pozo, uniéndome a su canto, a aquella cosa que acechaba encima mío.

»De nuevo, por dos veces, se espesó el rojo y el canto se apoderó de mí. Y finalmente, en la mañana del quinto día, rompí los eslabones desgastados. ¡Estaba libre! Corrí hacia la escalera, pasando con los ojos cerrados al lado del horror invisible que se hallaba más allá del borde del altar, y llegando hasta el puente. Lo crucé, y Comencé a subir por la escalera de la pared del pozo.

»¿Pueden imaginarse lo que representa subir por el borde de un mundo hendido... con el infierno a la espalda? Bueno... a mi espalda quedaba algo peor aún que el infierno, y el terror corría conmigo.

»Para cuando me di cuenta de que ya no podía subir más, hacia ya tiempo que la ciudad del pozo había desaparecido entre la niebla azul. Mi corazón batía en mis oídos como un martillo pilón. Me desplomé ante una de las pequeñas cavernas, notando que allí lograría, al fin, refugio. Me metí hasta lo más profundo y esperé a que la neblina se hiciese más densa. Esto ocurrió casi al momento, y de muy abajo me llegó un vasto e irritado murmullo. Apretándome contra el fondo de la caverna, vi como un rápido haz de luz se elevaba entre la niebla azul, desapareciendo en pedazos poco después; y mientras se apagaba y descomponía, vi miradas de los globos que constituyen los ojos de los habitantes del pozo cayendo hacia lo más profundo del abismo. De nuevo, una y otra vez, la luz pulsó, y los globos se alzaron con ella para caer luego.

»¡Me estaban persiguiendo! Sabían que debía encontrarme todavía en alguna parte de la escalera o, si es que me ocultaba allá abajo, que tendría que usarla en algún momento para escapar. El susurro se hizo más fuerte, más insistente.

»A través mío comenzó a latir un deseo aterrador por unirme al murmullo, tal como lo había hecho en el templo. Algo me dijo que, silo hacia, las figuras esculpidas ya no podrían guardarme; que saldría y bajaría para regresar al templo del que ya no escaparía nunca. Me mordí los labios hasta hacerme sangre para acallarlos, y durante toda aquella noche el haz de luz surgió desde el abismo, los globos planearon, y el susurró sonó... mientras yo rezaba al poder de las cavernas y a las figuras esculpidas que todavía tenían la virtud de poder guardarlas.

Hizo una pausa, se estaban agotando sus energías.

Luego, casi inaudiblemente, prosiguió:

- Me pregunté cuál habría sido el pueblo que las habría tallado, por qué habrían edificado su ciudad alrededor del borde, y para qué habrían construido aquella escalera en el pozo. ¿Qué habrían sido para las cosas que vivían en el fondo, y qué uso habrían hecho de ellas para tener que vivir junto a aquel lugar? Estaba seguro de que tras de todo aquello se escondía un propósito. En otra forma, no se hubiera llevado a cabo un trabajo tan asombroso como era la erección de aquella escalera. Pero, ¿cuál era ese propósito? Y, ¿por qué aquellos que habían vivido sobre el abismo habían fenecido hacía eones, mientras que los que habitaban en su interior seguían aún con vida?

Nos miró.

- No pude hallar respuesta. Me pregunto si lo sabré después de muerto, aunque lo dudo.

»Mientras me interrogaba sobre todo ello, llegó la aurora y, con ella, se hizo el silencio. Bebí el líquido que restaba en mi cantimplora, me arrastré fuera de la caverna y comencé a subir otra vez. Aquella tarde cedieron mis piernas. Rompí mi camisa y me hice unas almohadillas protectoras para las rodillas y unas envolturas para las manos. Gateé hacia arriba. Gateé subiendo y subiendo. Y una vez más me introduje en una de las cavernas y esperé que se espesase el azul, que surgiese de él el haz de luz? y que empezase el murmullo.

»Pero había ahora una nueva tonalidad en el susurro. Ya no me amenazaba. Me llamaba y me tentaba. Me... atraía.

»El terror se apoderó de mí. Me había invadido un tremendo deseo por abandonar la caverna y salir a donde se movían las luces, por dejar que me hicieran lo que deseasen, que me llevasen donde quisieran. El deseo se hizo más insistente. Ganaba fuerza con cada nuevo impulso del haz luminoso, hasta que al fin todo yo vibraba con el deseo de obedecerlo, tal y como había vibrado con el canto en el templo.

»Mi cuerpo era un péndulo. Se alzaba el haz, y yo me inclinaba hacia él. Tan solo mi alma permanecía inconmovible, manteniéndome sujeto contra el suelo de la caverna, y colocando una mano sobre mis labios para acallarlos. Y toda la noche luché con mi cuerpo y con mis labios contra el hechizo de los habitantes del pozo.

»Llegó la mañana. Otra vez me arrastré fuera de la caverna y me enfrenté con la escalera. No podía ponerme en pie. Mis manos estaban desgarradas y ensangrentadas, mis rodillas me producían un dolor agónico. Me obligué a subir, milímetro a milímetro.

«Al rato dejé de notar mis manos, y el dolor abandonó mis rodillas. Se entumecieron. Paso a paso, mi fuerza de voluntad llevó a mi cuerpo hacia arriba sobre mis muertos miembros. Y en diversas ocasiones caía en la inconsciencia... para volver en mí al cabo de un tiempo y darme cuenta de que, a pesar de ello, había seguido subiendo sin pausa.

»Y luego... tan solo una pesadilla de gatear a lo largo de inmensas extensiones de escalones... recuerdos del abyecto terror mientras me agazapaba en las cavernas, mientras millares de luces pulsaban en el exterior, y los susurros me llamaban y tentaban... memorias de una ocasión en que me desperté para hallar que mi cuerpo estaba obedeciendo a la llamada y que ya me había llevado a medio camino por entre los guardianes de los portales, al tiempo que millares de globos luminosos flotaban en la niebla azul contemplándome. Visiones de amargas luchas contra el sueño y, siempre, una subida... arriba, arriba, a lo largo de infinitas distancias de escalones que me llevaban de un perdido Abbadon hasta el paraíso del cielo azul y el ancho mundo.

»Al fin tuve conciencia de que sobre mí se alzaba el cielo abierto, y ante mí el borde del pozo. Recuerdo haber pasado entre las grandes rocas que forman el portal y de haberme alejado de ellas. Soñé que gigantescos hombres que llevaban extrañas coronas aguzadas y los rostros velados me empujaban hacia adelante, y adelante y adelante, al tiempo que retenían los pulsantes globos de luz que buscaban atraerme de vuelta a un golfo en el que los planetas nadan entre las ramas de árboles rojos coronados de serpientes.

»Y más tarde un largo, largo sueño... solo Dios sabe cuán largo, en la hendidura de unas rocas; un despertar para ver, a lo lejos, hacia el Norte, el haz elevándose y cayendo, a las luces todavía buscando y al susurro, muy por encima mío, llamando... con el convencimiento de que ya no podía atraerme.

»De nuevo gatear sobre brazos y piernas muertos que se movían... que se movían como la nave del Antiguo Marino... sin que yo lo ordenase. Y, entonces, su fuego, y esta seguridad.

El hombre nos sonrió por un momento, y luego cayó profundamente dormido.

Aquella misma tarde levantamos el campo y, llevándonos al hombre, iniciamos la marcha hacia el Sur. Lo llevamos durante tres días, en los que siguió durmiendo. Y, al tercer día, sin despertarse, murió. Hicimos una gran pira con ramas y quemamos su cadáver, como nos había pedido. Desparramamos sus cenizas, mezcladas con las de la madera que le habla consumido, por el bosque.

Se necesitaría una poderosa magia para desenmarañar esas cenizas y llevarlas, en una nube, hacia el pozo maldito. No creo que ni sus habitantes tengan un tal encantamiento. No.

Pero Anderson y yo no volvimos a los cinco picos para comprobarlo. Y, si el oro corre por entre las cinco cimas de la Montaña de la Mano como el agua por entre una mano extendida, bueno... por lo que a nosotros se refiere, puede seguir así.

La bruja del ámbar - Lady Duff-Gordon

 Cuando comparecimos de nuevo ante el tribunal, la sala estaba abarrotada, y algunos se estremecieron al vernos, mientras que otros rompieron a llorar; mi hija volvió a negar la acusación de que era una bruja. Pero cuando llamaron a declarar a nuestra vieja sirvienta Ilse, a la que no habíamos visto porque estaba sentada en un banco del fondo, la entereza de la que el Señor había dotado a Mary la abandonó de nuevo, y repitió las palabras de nuestro Salvador: «El que come conmigo se ha vuelto contra mí»; y se agarró con fuerza a mi silla. La vieja Ilse también se tambaleaba al caminar debido a la pena, las lágrimas le impedían hablar y se contorsionaba como si la estuvieran sometiendo a un suplicio. Pero, cuando el Dom. Consul la amenazó con que el alguacil la ayudaría a hablar, declaró que mi hija se despertaba a menudo por la noche y llamaba en voz alta al abyecto demonio.

P: ¿Alguna vez ha oído que Satanás le respondiera?

R: No, nunca le he oído.

P: ¿Ha observado que la rea[37] tenga un familiar[38], y en qué forma? Recuerde que se encuentra bajo juramento y ha de decir la verdad.

R: Nunca he visto ninguno.

P: ¿La ha oído alguna vez salir volando por la chimenea?

R: No, siempre ha salido en silencio por la puerta.

P: ¿Nunca ha echado en falta por la mañana su escoba o su horca?

R: Una vez la escoba no estaba, pero la encontré detrás de la cocina, donde pude haberla dejado yo por equivocación.

P: ¿Alguna vez ha oído a la rea lanzar un maleficio, o desearle mal a esta o aquella persona?

R: No, nunca; lo único que les ha deseado siempre a los vecinos es el bien; y no solo eso, sino que, en las épocas en que más acuciaba el hambre, se ha quitado el pan de la boca para dárselo a otros.

P: ¿Está al tanto del ungüento que se ha encontrado en el cofre de la rea?

R: ¡Sí, claro! Mi joven señora lo trajo de Wolgast para su piel, y me dio un poco en una ocasión en que yo tenía las manos agrietadas, y me alivió mucho.

P: ¿Tiene algo más que decir?

R: No. Solo cosas buenas.

Llamaron a continuación a mi criado, Claus Neels. También él se presentó llorando, pero respondió a todas las preguntas con un «no», y al final declaró que nunca había visto ni oído nada malo de mi hija, y que no tenía conocimiento de sus actividades nocturnas, puesto que dormía en el establo con los caballos; tenía además el absoluto convencimiento de que algunas personas malvadas —al decir esto miró a la vieja Lizzie— la habían arrastrado a esta desgracia, y creía que era completamente inocente.

Cuando le llegó el turno a aquella extremidad de Satanás, que era la testigo principal, mi hija volvió a declarar que no aceptaba el testimonio de la vieja Lizzie contra ella, y pidió justicia al tribunal, pues esa mujer la odiaba desde pequeña y tenía costumbres y fama de bruja desde mucho antes que ella.

Pero la vieja arpía exclamó:

—Que Dios perdone tus pecados; todos en el pueblo saben que soy una mujer devota y fiel servidora del Señor.

Apeló entonces al viejo Zuter Witthahn y a mi coadjutor, Claus Bulk, quienes así lo atestiguaron. El viejo Paasch, en cambio, se quedó de pie negando con la cabeza; sin embargo, cuando mi hija dijo: «Paasch, ¿por qué mueves la cabeza?», él se sobresaltó y respondió:

—¡Oh, por nada!

No obstante, el Dom. Consul también se había dado cuenta, y le preguntó si tenía alguna acusación que hacer contra Lizzie; de ser así, debía rendir gloria a Dios y formularla; item[39], todos estaban en la obligación de hacerlo; es más, el tribunal les exhortaba a que dijeran todo lo que supieran.

Pero, por miedo a la vieja arpía, todos callaron como ratoncillos, de forma que podía oírse a las moscas sobrevolando la escribanía. Entonces me puse en pie, cargando con toda mi desdicha, extendí los brazos hacia mis asombrados y pusilánimes sirvientes, y les hablé así:

—¿Seréis capaces de crucificarme de esta forma junto a mi pobre hija? ¿Acaso merezco esto de vosotros? Hablad, pues; ¡ay de mí!, ¿es que vais a guardar silencio?

Lo cierto es que oí cómo varios lloraban amargamente, pero nadie dijo una palabra; y en ese momento mi pobre hija fue obligada a guardar silencio.

Y tal fue la maldad de la vieja arpía que no solo acusó a mi hija de los actos más horribles de brujería, sino que contó también que un día la muchacha se había entregado a Satanás para que le robase su honor de doncella; y dijo que sin duda Satanás la había deshonrado. Mi hija no respondió, pero bajó la mirada y el rostro se le encendió de vergüenza ante semejante obscenidad; y a la otra calumnia blasfema que la vieja arpía lanzó con muchas lágrimas, esto es, que mi hija había entregado a su marido (el de Lizzie), en cuerpo y alma, a Satanás, ella reaccionó como lo había hecho antes. Pero, cuando la vieja bruja pasó a relatar cómo la había visto bautizándose de nuevo en el mar, y dijo que, mientras buscaba fresas en el bosquecillo, había reconocido la voz de mi hija y se había acercado sigilosamente a ella, y había observado aquella conducta diabólica, mi hija sonrió y respondió:

—¡Mujer malvada! ¿Cómo pudiste oír mi voz si yo estaba en el mar y tú en el bosque en lo alto de la montaña? Está claro que mientes, puesto que el murmullo de las olas te lo habría impedido.

Esto enfureció a la arpía y, al intentar deshacer el error, lo agravó aún más diciendo:

—¡Vi el movimiento de tus labios, y así fue como supe que estabas llamando a tu amante el Diablo!

A lo que mi hija replicó:

—¡Vieja impía! Acabas de decir que estabas en el bosque cuando oíste mi voz; ¿cómo pudiste ver desde allí si yo, que estaba abajo en el agua, movía los labios o no?

Estas contradicciones asombraron incluso al Dom. Consul, por lo que amenazó a la vieja bruja con el potro de tortura si seguía mintiendo; a lo que ella respondió:

—¡Escuche, entonces, y verá si miento! Cuando se metió desnuda en el agua, no tenía ninguna marca en el cuerpo, pero, cuando volvió a salir, vi entre sus pechos una marca del tamaño de un penique de plata, por lo que deduje que se la había hecho el Diablo, si bien no lo había visto con ella, ni había visto tampoco ningún espíritu o humano, pues parecía estar completamente sola.

En ese momento, el gobernador civil saltó de su asiento y gritó:

—¡Hay que buscar esa marca ahora mismo!

A lo que el Dom. Consul respondió:

—Sí, pero no lo haremos nosotros, sino dos mujeres de buena reputación.

Haciendo oídos sordos a las protestas de mi hija, que intentaba explicarle que se trataba de un lunar y que lo tenía desde la infancia, mandó buscar a la mujer del alguacil y, cuando se presentó, le murmuró algo al oído. Como los ruegos y las lágrimas no sirvieron de nada, obligaron a mi hija a ir con ella. No obstante, le concedieron el favor de que no fuera Lizzie Kolken la otra mujer, como a esta le habría gustado, sino nuestra vieja doncella Ilse. También yo las acompañé, con gran pesar, pues no sabía lo que podían hacerle esas dos mujeres. Mary lloró amargamente mientras la desvestían, y se tapó los ojos con las manos, incapaz de soportar la vergüenza.

¡Ay de mí!, su cuerpo era tan blanco como el de mi difunta esposa; aunque de niña, si mal no recuerdo, era muy amarilla, y vi con asombro el lunar entre sus pechos, del que nunca antes había oído hablar. De pronto soltó un fuerte grito y dio un salto hacia atrás, pues la mujer del alguacil, cuando nadie la miraba, le había clavado un alfiler en el lunar, tan profundamente que la sangre roja goteaba entre sus pechos. Esto me enfureció, pero la mujer dijo que lo había hecho por orden del juez, lo que resultó cierto[40], pues, cuando volvimos al tribunal y el gobernador civil le preguntó cómo había ido, ella testificó que tenía una marca del tamaño de un penique de plata, de color amarillento, pero que tenía sensibilidad, dado que la rea había gritado cuando ella, sin que se diera cuenta, la había pinchado con un alfiler. Sin embargo, el Dom. Camerarius, entretanto, se había levantado de pronto y, acercándose a mi hija, le levantó los párpados y exclamó, poniéndose a temblar:

—Contemplad la señal que nunca falla.

Toda la sala se puso en pie y miró el pequeño punto debajo de su párpado derecho, que era en verdad la marca de un orzuelo, pero nadie quiso creernos.

—¡Mira, Satanás te ha marcado el cuerpo y el alma! —dijo el Dom. Consul—. Y tú sigues mintiendo ante el Espíritu Santo; pero no te servirá de nada, pues recibirás el castigo más severo. ¡Mujer desvergonzada! Has negado el testimonio de la vieja Lizzie; ¿negarás también el de todas estas personas, que te han oído llamar en la montaña a tu amante el Diablo, y lo han visto aparecer en forma de gigante barbudo que te besaba y te acariciaba?

Al oír esto, el viejo Paasch, la señora Witthahn y Zuter se presentaron para dar testimonio de que habían visto cómo esto sucedía en torno a la medianoche, y tan seguros estaban que lo habrían jurado por su vida. Contaron que la vieja Lizzie los había despertado un sábado a las once de la noche, les había dado una jarra de cerveza y los había convencido para que siguieran a escondidas a la hija del párroco y espiaran lo que hacía en la montaña. Al principio se negaron, pero, con el fin de averiguar la verdad sobre la brujería en el pueblo, y después de rezar con fervor una oración, consintieron por fin en hacer lo que se les pedía y la siguieron en nombre del Señor.

No tardaron en ver a través de los arbustos a la bruja bajo la luz de la luna; parecía estar cavando, sin dejar de hablar mientras tanto en una lengua extraña, cuando apareció de pronto el horrible demonio y se lanzó a su cuello. Huyeron entonces despavoridos, pero, con la ayuda de Dios Todopoderoso, en quien habían depositado su fe desde el primer momento, quedaron a salvo del poder del Maligno. Pues, aunque se dio la vuelta al oír un crujido en los arbustos, no tuvo poder suficiente para hacerles daño.

Finalmente, a mi hija le imputaron como delito incluso que se hubiera desmayado en la carretera de Coserow a Pudgle; nadie creyó que hubiera sido a causa de la humillación producida por las habladurías de la vieja Lizzie, y no por mala conciencia, como afirmó el juez.

Cuando se hubo interrogado a todos los testigos, el Dom. Consul le preguntó si había provocado ella la tormenta, cuál era el significado de la rana que había saltado en su regazo, item, del erizo que se había cruzado en su camino. A todo esto respondió que sabía tan poco de una cosa como de la otra, en vista de lo cual el Dom. Consul negó con la cabeza y ordenó que se la sometiera a tortura para determinar la verdad. El tribunal acordó de inmediato que debía hacerse al día siguiente, y se levantó la sesión. A mi hija se la llevaron a prisión, donde tendría que esperar a su interrogatorio.

El jueves, día 25 de Augusti, a mediodía, el honorable tribunal entró en la prisión en la que yo estaba haciendo compañía a mi hija, como era mi costumbre. El alto alguacil se asomó por la puerta de la celda y, con una sonrisa, gritó:

—¡Ajajá! Ya están aquí, ya están aquí; ahora empiezan las cosquillas.

Mi hija se estremeció, pero no tanto por la noticia como por la visión de aquel sujeto. Apenas se había ido cuando volvió de nuevo para quitarle los grilletes y llevársela. La acompañé al tribunal, donde el Dom. Consul leyó la sentencia del honorable y alto tribunal como sigue: que debía ser interrogada una vez más con buenos modos en relación a los artículos incluidos en la acusación; y, si persistía en mostrarse testaruda, debería ser sometida a la peine forte et dure, puesto que la defensio presentada resultaba insuficiente y había indicia legitima, prægnantia et sufficientia ad torturam ipsam[41]; a saber:

1. Mala fama.

2. Maleficium, publicè commissum.

3. Apparitio dæmonis in monte[42].

El honorabilísimo tribunal central citó entonces más de veinte auctores, de los que, sin embargo, solo recuerdo unos pocos. Cuando el Dom. Consul le hubo leído esto a mi hija, alzó la voz una vez más y la conminó con muchas palabras a confesar por voluntad propia, pues era hora de que la verdad saliese a la luz.

Ella respondió con rotundidad que esperaba una sentencia mejor, pero que, como era la voluntad de Dios someterla a una prueba aún más dura, se ponía resignadamente en Sus manos misericordiosas, y solo podía confesar lo que ya había dicho antes: esto es, que era inocente y que algunas personas malvadas la habían arrastrado a esta desgracia. El Dom. Consul le hizo entonces una señal al alguacil y este abrió de inmediato la puerta de la sala contigua para dejar entrar al Pastor Benzensis con su sobrepelliz, a quien el tribunal había llamado para que la conminara de forma más efectiva valiéndose de la Palabra de Dios.

Suspiró profundamente y dijo:

—Mary, Mary, ¿es así como tenemos que volver a vernos?

Al oír esto, mi hija rompió a llorar con amargura y a declarar su inocencia una vez más. Pero él hizo caso omiso de su aflicción, y en cuanto la oyó rezar el Padrenuestro, «Los ojos de todos están puestos en Ti» y «Dios Padre habita en nosotros», alzó su voz y le recordó el odio del Dios vivo a todos los brujos y brujas, pues no solo se les castiga con el fuego en el Antiguo Testamento, sino que lo dice el Espíritu Santo en el Nuevo Testamento (Gálatas, 5), que «los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios», sino que «serán arrojados al lago de fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Apocalipsis, 21). Por eso no debía ser testaruda ni murmurar contra el tribunal cuando fuera torturada, puesto que todo se hacía por amor cristiano y para salvar su alma desdichada. No debía retrasar más su arrepentimiento, porque solo conseguiría torturar su cuerpo y entregarle su alma desgraciada a Satanás, quien con toda seguridad no cumpliría en el infierno las promesas que le había hecho en la tierra, ya que era «un asesino desde el principio, y no dice nunca la verdad, porque es el padre de la mentira» (Juan, 8).

—¡Ay, Mary, hija mía! —exclamó—, tú que tantas veces te has sentado en mis rodillas, y por quien ahora imploro cada noche y cada mañana a mi Dios, si no te apiadas de ti ni de mí, apiádate al menos de tu honrado padre, a quien no soy capaz de mirar sin que se me salten las lágrimas al ver que su pelo se ha vuelto del color de la nieve en tan solo unos días. Salva tu alma, hija mía, y ¡confiesa! Tu Padre Celestial sufre por ti tanto como tu padre terrenal, y los santos ángeles ocultan su rostro por el dolor que les causa ver a quien fue una vez su hermana querida convertida ahora en la hermana y novia del Diablo. ¡Regresa, pues, y arrepiéntete! Hoy el Salvador te llama, pobre cordero descarriado, para que vuelvas a Su rebaño. «¿No debería esta mujer, que es hija de Abraham, y a quien Satanás ha maniatado… ser liberada de esta atadura?». Tales son sus compasivas palabras (Lucas, 13); item, «Regresa, apóstata Israel, dijo el Señor, y no descargaré mi ira contra ti, pues soy misericordioso» (Jeremías, 3). ¡Regresa, pues, alma apóstata, junto al Señor tu Dios! Él, que escuchó la oración del idólatra Manasés, cuando «buscó al Señor su Dios y se humilló» (2 Crónicas, 23); Él, que mediante Pablo aceptó el arrepentimiento de los brujos de Éfeso (Hechos, 19); el mismo Dios misericordioso que ahora te grita a ti como lo hizo al ángel de la iglesia de Éfeso, diciendo: «Recuerda, por lo tanto, de dónde has caído y arrepiéntete» (Apocalipsis, 2). ¡Oh, Mary, Mary, recuerda, hija mía, de dónde has caído, y arrepiéntete!

Con esto guardó silencio, y pasó un rato hasta que las lágrimas y los sollozos permitieron hablar a mi hija, quien al fin respondió:

—Si las mentiras no le resultan menos detestables a Dios que la brujería, no puedo mentir, sino más bien declarar, por la gloria de Dios, lo mismo que he declarado siempre: que soy inocente.

Esta respuesta enojó sobremanera al Dom. Consul, que frunció el ceño y le preguntó al alguacil si estaba todo listo; item, si las mujeres estaban preparadas para desvestir a la rea; a lo que el alguacil respondió con una sonrisa, como era su costumbre, y dijo:

—Ja, ja, ja. Nunca he faltado a mi deber, y no lo haré hoy; le haré cosquillas de tal forma que no tardará en confesar.

A continuación, el Dom. Consul se volvió hacia mi hija y dijo:

—Eres estúpida, y no sabes el tormento que te espera, por eso sigues obstinándote en tu actitud. Ahora sígueme a la cámara de tortura, donde el verdugo te mostrará los instrumenta, y tal vez recapacites cuando veas a lo que te enfrentas.

Pasó entonces a otra sala, y el alguacil lo siguió con mi hija. Cuando me disponía a acompañarlos, el Pastor Benzensis me sujetó, con muchas lágrimas, y me suplicó que me quedase donde estaba. Pero no le presté atención y me zafé de él, y juré que, mientras corriese una gota de sangre por mi desgraciado cuerpo, no abandonaría a mi hija. Así pues, pasé a la sala contigua, y de ahí a un sótano, donde estaba la cámara de tortura, sin ventanas para que desde fuera no se oyeran los gritos del torturado. Cuando entré, ya ardían dos teas, y aunque al principio el Dom. Consul me ordenó que me marchara, al cabo de un rato se compadeció de mí y me permitió quedarme.

Después, aquel perro del infierno que era el alguacil se adelantó y primero le enseñó a mi pobre hija el potro, diciendo con salvaje regocijo:

—¡Mira! En primer lugar, te tumbarás aquí, y te ataremos de pies y manos. A continuación, te colocaremos estas empulgueras[43], que enseguida harán que la sangre mane a chorros de la punta de tus dedos; como tal vez hayas observado, todavía están manchadas con la sangre de la vieja Gussy Biehlke, a la que quemaron el año pasado, y que, como tú, no quería confesar al principio. Si tú sigues negándote a confesar, lo siguiente que te pondré serán estas botas españolas[44], y, si te vienen demasiado grandes, les pondré una cuña, para que la pantorrilla, que ahora tienes en la parte posterior de la pierna, sea empujada hacia el frente, y la sangre saldrá a borbotones de tu pecho, como cuando aplastas moras en una bolsa.

»Si a pesar de todo sigues sin confesar…

Dando un fuerte bramido, abrió de una patada la puerta que tenía detrás, de tal modo que el sótano tembló, y mi pobre hija cayó de rodillas, asustada. Al poco tiempo, dos mujeres trajeron un caldero burbujeante, lleno de brea y azufre hirviendo. Aquel perro del infierno ordenó que pusieran el caldero en el suelo y, de debajo de la capa roja que llevaba puesta, sacó un ala de ganso, de la que arrancó cinco o seis plumas que sumergió en el azufre hirviente. Después de tenerlas un rato en el caldero, las tiró al suelo, donde se retorcieron y salpicaron azufre por todas partes. A continuación, llamó a mi pobre hija de nuevo:

—¡Mira! Echaré estas plumas sobre tus lomos blancos, y el azufre hirviente irá penetrando en tu carne hasta llegar al hueso, lo que te servirá de anticipo de las diversiones que te esperan en el infierno.

Al oírlo hablar así, entre risas y burlas, se apoderó de mí tal furia que salí del rincón en el que estaba de pie, apoyando mis temblorosas articulaciones en un viejo barril, y grité:

—¡Oh, perro infernal! ¿Dices todo eso por ti mismo, o te lo han ordenado otros?

Aquel hombre me propinó tal golpe en el pecho que me caí de espaldas contra la pared, y Dom. Consul me gritó lleno de cólera:

—¡Viejo demente!, si quieres estar aquí, ni se te ocurra molestar al alguacil; de lo contrario, haré que te echen inmediatamente. Se limita a cumplir con su deber, y lo que ha dicho es exactamente lo que le ocurrirá a tu hija si no confiesa, o si parece que el abyecto demonio le ha dado un hechizo contra la tortura[45].

En ese momento, el perro del infierno se acercó a hablar con mi pobre hija sin prestarme la menor atención, excepto para reírse en mi cara.

—¡Mira! Cuando ya estés bien rota, ja, ja, ja, te levantaré mediante estas dos anillas que hay en el suelo y en el techo, te extenderé los brazos por encima de la cabeza y los ataré bien al techo, para luego coger estas dos antorchas y ponerlas debajo de tus hombros hasta que tu piel parezca la corteza de un jamón ahumado. A partir de ese momento, tu amante infernal ya no podrá ayudarte, y confesarás la verdad. Ahora ya has visto y oído todo lo que voy a hacerte, en nombre de Dios y por orden de los magistrados.

El Dom. Consul se adelantó una vez más y la conminó a confesar la verdad. Pero ella se atuvo a lo que llevaba diciendo desde el principio; así pues, él la puso en manos de las dos mujeres que habían traído el caldero para que le quitasen la ropa hasta dejarla como Dios la trajo al mundo y le pusieran la vestidura negra de los torturados; hecho lo cual, se dispusieron a conducirla descalza ante el honorable tribunal. Pero una de esas mujeres era el ama de llaves del gobernador civil (la otra era la esposa del insolente alguacil), y mi hija dijo que no permitiría que la tocasen más que mujeres honradas, algo que el ama de llaves estaba lejos de ser, y le rogó al Dom. Consul que mandase buscar a su doncella, quien estaba en su celda leyendo la Biblia, si no tenía a mano a otra mujer decente. Esto hizo que el ama de llaves soltase una extraordinaria andanada de insultos e imprecaciones, pero el Dom. Consul la reprendió, y le respondió a mi hija que también en este asunto accedería a su deseo, ordenando a la mujer del descarado alguacil que hiciese venir de la prisión a la doncella. Después me cogió del brazo y me rogó tan encarecidamente que lo acompañase arriba, dado que mi hija todavía no iba a sufrir ningún daño, que no pude negarme.

No había pasado mucho rato cuando ella misma subió, acompañada por las dos mujeres; iba descalza y con la vestidura negra de tortura, y estaba tan pálida que a mí mismo me costó reconocerla. El odioso alguacil, que las seguía de cerca, la agarró de la mano y la llevó ante el honorable tribunal.

Dieron comienzo una vez más las reprensiones, y el Dom. Consul le ordenó que mirase las manchas marrones de la túnica negra, pues era la sangre de la vieja señora Biehlke, y que se parase a pensar en que, dentro unos pocos minutos, se mancharía también con su propia sangre; a lo que ella respondió:

—Lo he pensado muy bien, pero confío en que mi fiel Salvador, que me ha deparado este tormento aun conociendo mi inocencia, me ayudará también a soportarlo, como ayudó a los santos mártires de la antigüedad; porque, si ellos, con la ayuda de Dios y de su fe, soportaron los tormentos que les infligieron los ciegos paganos, también yo soportaré los tormentos que me inflijan otros ciegos paganos que, de hecho, se hacen llamar cristianos, pero son más crueles que los de antaño; porque aquellos se limitaban a hacer que las santas vírgenes fueran despedazadas por bestias salvajes, pero vosotros habéis recibido el nuevo mandamiento: «Que os améis unos a otros, como vuestro Salvador os ha amado; que os améis unos a otros, pues así todos sabrán que sois Sus discípulos» (Juan, 13); vosotros mismos seréis las bestias salvajes y despedazaréis a una doncella inocente, hermana vuestra, quien nunca os ha hecho el menor daño. Haced, pues, como se os antoje, pero pensad bien cómo responderéis de ello ante el Juez supremo. Y os digo una vez más, nada teme el cordero, pues está en manos del Buen Pastor.

Después de que mi incomparable hija hubo hablado de ese modo, el Dom. Consul se puso en pie, se quitó el casquete negro que llevaba siempre porque ya estaba calvo en la coronilla, hizo una reverencia al tribunal y dijo:

—En ese caso, le hacemos saber al honorable tribunal que el interrogatorio ordinario y extraordinario de la testaruda y blasfema bruja Mary Schweidler va a comenzar, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Ante estas palabras, toda la sala se puso en pie excepto el gobernador civil, que ya se había levantado antes y caminaba inquieto de un lado a otro. De lo que ocurrió a continuación, y de lo que hice yo mismo, no recuerdo una palabra, pero lo relataré tal y como me lo contaron mi hija y otros testes[46].

Cuando el Dom. Consul, después de hablar así, cogió el reloj de arena de encima de la mesa y se dirigió hacia la puerta, yo me dispuse a seguirlo. Entonces el Pastor Benzensis me rogó con muchas palabras que desistiera de mi propósito, y, al ver que no servía de nada, mi hija me acarició las mejillas y me dijo:

—Padre, ¿alguna vez has leído que la Santísima Virgen estuviera presente cuando su cándido Hijo fue azotado? Aléjate de mí, entonces. Estarás junto a la pira en la que me quemen, te lo prometo; igual que la Santísima Virgen estuvo al pie de la cruz. Pero ahora vete; ¡vete, te lo ruego, porque no serás capaz de soportarlo, ni yo tampoco!

En vista de que tampoco esto lograba convencerme, el Dom. Consul le ordenó al alguacil que me llevase a la fuerza a otra sala y me encerrase allí; sin embargo, me zafé de él y caí a los pies del magistrado, suplicándole por las heridas de Cristo que no me separase de mi hija; le prometí que nunca olvidaría su amabilidad y su misericordia, y que rezaría por él día y noche; es más, el día del juicio final yo sería su intercesor con Dios y los santos ángeles si me permitía estar junto a mi hija; no movería un dedo ni diría una palabra, le aseguré, pero tenía que ir con ella.

Tanto conmovieron mis palabras al digno hombre que rompió a llorar, y tanto tembló de pena por mí que el reloj de arena se le cayó de las manos y rodó hasta los pies del gobernador civil, como si el mismísimo Dios quisiera darle a entender que tenía las horas contadas; y así debió de interpretarlo él, porque estaba tan blanco como la pared cuando lo recogió y se lo devolvió al Dom. Consul. Este por fin accedió a dejarme ir con ellos, diciendo que aquel día le iba a quitar diez años de vida, pero le ordenó al insolente alguacil, que también nos acompañaría, que me sacase de allí si hacía el menor rumor durante la tortura. Y con esto el tribunal en pleno bajó al sótano, a excepción del gobernador civil, quien dijo que le dolía la cabeza y que creía que su antiguo malum, la gota, lo estaba atacando de nuevo, por lo que se fue a otra sala; item, el Pastor Benzensis también se marchó.

Abajo, en la cámara de tortura, el alguacil trajo antes de nada mesas y sillas para que se sentase el tribunal, y el Dom. Consul también me acercó a mí una silla, pero no la utilicé, sino que me arrodillé en un rincón. Entonces empezaron de nuevo con sus viles amonestaciones, y como mi hija, a semejanza del cándido Salvador ante Sus injustos jueces, guardó silencio, el Dom. Consul se levantó y le ordenó al alguacil que la tumbara en el potro de tortura.

Ella tembló como una hoja de álamo mientras la ataba de pies y manos; y cuando estaba a punto de vendarle sus preciosos ojos con un trapo viejo, mugriento y asqueroso en el que mi doncella le había visto llevar pescado el día anterior y que aún estaba lleno de brillantes escamas, me percaté y saqué mi pañuelo de seda, rogándole que utilizara este en lugar de aquel, como así hizo. Acto seguido, le pusieron las empulgueras, y le preguntaron otra vez si estaba dispuesta a confesar libremente, pero ella se limitó a mover su pobre cabecita cegada, y a repetir con un suspiro las palabras en arameo de su Salvador agonizante: «Eli, Eli, lama sabachthani?», y en griego: «Theé mou, Theé mou, giatí me enkataleípsate?»[47]. El Dom. Consul retrocedió asustado e hizo la señal de la cruz (pues, como no sabía griego, creyó, como reconoció él mismo después, que estaba llamando al Diablo para que la ayudase), y entonces le ordenó con un grito al alguacil:

—¡Atornilla!

Pero, al oír esto, lancé tal alarido que tembló toda la cámara; y cuando mi pobre hija, que estaba muerta de miedo y desesperación, escuchó mi voz, forcejeó primero intentando librarse de las ataduras como un cordero moribundo en el matadero, y por fin gritó:

—Soltadme y confesaré lo que queráis.

Lo cual supuso una alegría tal para el Dom. Consul que, mientras el alguacil la desataba, cayó de rodillas y le dio gracias a Dios por evitarle aquella angustia. Pero, en cuanto soltaron a mi desesperada hija y hubo dejado a un lado su corona de espinas (es decir, mi pañuelo de seda), saltó del potro y fue corriendo hacia mí, que estaba desplomado y medio muerto en el rincón después de haber sufrido un desmayo.

Esto enojó mucho al honorable tribunal, y, cuando el alguacil me hubo sacado de allí, la rea fue conminada a confesar conforme a lo prometido. Pero, en vista de que estaba demasiado débil para tenerse en pie, el Dom. Consul le ofreció una silla, pese al ostensible descontento del Dom. Camerarius, y estas fueron las principales preguntas que le hicieron por orden del honorabilísimo tribunal central, formuladas por el Dom. Consul y registradas ad protocollum.

P: ¿Sabe embrujar?

R: Sí, sé embrujar.

P: ¿Quién le ha enseñado?

R: El mismo Satanás.

P: ¿Cuántos diablos tiene?

R: Con uno me basta.

P: ¿Cómo se llama?

Lo pensó un momento.

R: Se llama Disidæmonia.

El Dom. Consul se estremeció y dijo que debía de ser un diablo verdaderamente terrible, pues no había oído nunca ese nombre, y que tenía que deletrearlo, para que el Scriba no cometiese ningún error. Y así lo hizo ella, después de lo cual, el interrogatorio continuó.

P: ¿En qué forma se le ha aparecido?

R: En forma de gobernador civil, y a veces como una cabra con cuernos enormes.

P: ¿La ha rebautizado Satanás? ¿Dónde?

R: Sí, en el mar.

P: ¿Qué nombre le ha dado?

R: …

P: ¿Algún vecino estuvo presente cuando la rebautizaron? ¿Quiénes?

En este punto, mi incomparable hija alzó la mirada al cielo, como si se debatiese entre deshonrar o no a la vieja Lizzie, pero finalmente dijo:

R: ¡No!

P: Debe de haber tenido padrinos. ¿Quiénes son? ¿Cuál fue su regalo de bautizo?

R: Allí solo había espíritus; por eso la vieja Lizzie no vio a nadie cuando me descubrió rebautizándome.

P: ¿Alguna vez ha vivido con el Diablo?

R: Nunca he vivido en ningún sitio más que en la casa de mi padre.

P: Creo que ha preferido no entenderme. Lo que quiero decir es si ha tenido relaciones licenciosas con Satanás, y si le conoce carnalmente.

Ante esta pregunta, ella se sonrojó, y fue tal su vergüenza que se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. Y, como después de muchas preguntas siguió sin dar respuesta, la conminaron otra vez a decir la verdad; de lo contrario, el verdugo volvería a ponerla en el potro. Por fin dijo: «¡No!»; sin embargo, el venerable tribunal no la creyó, y ordenó al verdugo que la apresara de nuevo, y entonces ella respondió: «¡Sí!».

P: ¿Encontró al Diablo caliente o frío?

R: No lo recuerdo.

P: ¿Ha concebido y dado a luz a algún hijo de Satanás? ¿Qué forma tenía?

R: No, a ninguno.

P: ¿Le ha hecho el abyecto demonio alguna señal o marca en el cuerpo? Si es así, ¿dónde?

R: El tribunal ya ha tenido oportunidad de ver la marca.

La acusaron entonces de toda la brujería practicada en el pueblo, y ella asumió la responsabilidad de todo, excepto de la muerte del viejo Seden, item, de la enfermedad de la pequeña Paasch; y tampoco quiso, por último, reconocer que había echado a perder mi cosecha y llenado mi huerto de orugas. Aunque trataron de asustarla tumbándola una vez más en el potro y poniéndole las empulgueras, ella se mantuvo firme, y dijo:

—¿Por qué tendríais que torturarme, si he reconocido delitos mucho más graves que esos, y negar estos no me va a ayudar a salvar mi vida?

Finalmente, el honorable tribunal se dio por satisfecho, y le permitieron levantarse del potro de tortura, sobre todo porque había confesado el articulus principalis; esto es, que Satanás se le había aparecido en la montaña en forma de gigante barbudo. De la tormenta y la rana, igual que del erizo, nada se dijo, pues para entonces el honorable tribunal ya había comprendido lo absurdo de suponer que podía haber desatado una tormenta mientras estaba sentada tranquilamente en un carruaje. Por último, rogó que le concedieran el deseo de morir vestida con la misma ropa que había llevado cuando fue a saludar al rey de Suecia; item, que le permitieran a su desdichado padre acompañarla a la hoguera y quedarse a su lado mientras la quemaban, pues así se lo había prometido en presencia del honorable tribunal.

Con esto la dejaron una vez más a cargo del alto alguacil, a quien se le ordenó que la pusiera en una celda más segura y austera. Pero aún no había salido con ella de la cámara cuando el hijo bastardo del gobernador civil, el que había tenido con el ama de llaves, entró con un tambor y se puso a tocar y a gritar:

—¡Vamos a asar el ganso! ¡Vamos a asar el ganso!

Esto enfureció mucho al Dom. Consul, que salió corriendo detrás de él; pero no consiguió atraparlo, pues el pequeño bellaco se conocía todas las entradas y salidas de la cámara. Fue en ese momento cuando el Señor hizo que me desmayase, y mis sentidos abandonaron este terrible lugar donde no parecía que hubiera reposo ni para mí ni para mi pobre hija, tan injustamente condenada.

[Nota del editor: gracias sobre todo al esfuerzo de su padre (nuestro narrador), Mary consigue finalmente quedar absuelta de todos los cargos de brujería, pero no antes de una serie de episodios dramáticos que la acercan peligrosamente a la hoguera].