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Te reconocería en cualquier parte - Edward D. Hoch


16 de noviembre de 1942

Desde lo alto de la duna no se podía ver nada en ninguna dirección... nada, excepto la imperturbable y siempre cambiante monotonía del desierto africano. Contrell se limpió la arena, mezclada con el sudor de su rostro, e hizo una seña a los otros para que avanzaran. El tanque, un enorme monstruo enfermo que solo deseaba que lo abandonaran para morir, se puso lentamente en movimiento, arrojando pulverizados chorros de arena por entre sus cadenas.

—¿Has visto algo? —preguntó Grove, acercándose a él por detrás.

—Nada. No hay alemanes, ni italianos, ni siquiera árabes.

Willy Grove se descolgó la carabina de su hombro.

—Deberían estar por aquí. Nuestros aviones de reconocimiento los han localizado siguiendo este camino.

—Con la vieja «Bertha» tal y como está —gruñó Contrell—, será mejor que no nos encontremos con ellos. Seis hombres y un viejo tanque armado contra el orgulloso Afrika Korps de Rommel.

—Pero recuerda que ellos se están retirando, y nosotros no. Quizá estén dispuestos a rendirse.

—Claro que pueden estarlo —asintió Contrell dudosamente.

Solo hacía un mes que conocía a Willy Grove —su nombre completo era Willoughby McSwing Grove, imposible de pronunciar—. Lo conocía desde que lo había encontrado poco antes de la invasión del norte de África. 

Su primera impresión fue que era un hombre como él, arrojado en sus primeros veinte años a una guerra imposible que amenazaba con envolverlos a todos en sangre y llamas. Pero, a medida que transcurrieron las semanas, fue surgiendo gradualmente un Willy Grove diferente; una persona que ahora estaba cerca de él, explorando con cuidado el vacío valle lleno de arena que se extendía ante ellos.

—¡Maldita sea! ¿Dónde estarán?

—Parece como si estuvieras listo para entablar batalla. ¡Demonios! Creo que si los veo venir echaré a correr en dirección contraria —Contrell cogió los restos de un arrugado y casi vacío paquete de cigarrillos—. Una duna arenosa, cerca de la frontera con Túnez, no es el lugar más adecuado para un par de cabos.

Grove se sentó en cuclillas, dejando la carabina ligeramente apoyada contra su rodilla.

—Estás en lo cierto... al menos sobre lo de ser cabos. Ya sabes lo que he estado pensando durante estas últimas semanas... Si regreso de una pieza a Estados Unidos, voy a ingresar en la academia militar para convertirme en oficial.

—Ya has encontrado un hogar.

—Ríete si quieres. Un tipo como yo puede hacer cosas mucho peores para vivir.

—Claro. Podrías robar bancos. ¿Qué demonios hacen los oficiales de un ejército cuando no hay ninguna guerra?

Willy Grove pensó un momento en aquella pregunta.

—No te preocupes. Va a haber una guerra en alguna parte durante un largo tiempo, quizá durante el resto de nuestras vidas.

—¿Crees tú que Hitler resistirá tanto?

—Hitler, Stalin, los japoneses. Siempre habrá alguien, no te preocupes.

Contrell dio otra chupada a su cigarrillo y de repente observó con toda su atención. Había algo que se movía sobre la cima de una de las dunas, algo...

—¡Mira!

Grove sacó sus prismáticos.

—¡Maldita sea! Está bien, son ellos. Todo el podrido ejército alemán.

Contrell arrojó su cigarrillo y se dejó caer por la duna para decírselo a los otros. El oficial al mando era un capitán que conducía el moribundo tanque como si fuera su tumba. Miró hacia el suelo mientras Contrell le informaba y después dio una orden tajante.

—Llevaremos a «Bertha» a lo alto de la duna y nos dejaremos ver. Pueden pensar que tenemos muchos más por aquí y largarse.

—A la orden, señor.

Y entonces, Contrell pensó que también podían enviarle al infierno.

Cuando el herido monstruo de acero estuvo situado en posición, el primero de los tres tanques alemanes ya estaba a tiro. Contrell observó cómo los grandes cañones se enfilaban uno al otro... dos gigantes inútiles, capaces únicamente de destruir. Se preguntó cómo sería el mundo si los cañones también tuvieran el poder de reconstruir. 

Pero tuvo poco tiempo para pensar en aquello o en cualquier otra cosa antes de que el cañón alemán rebufara con un destello de fuego, seguido, un instante después, por la sorda onda de sonido que los alcanzó. Una eclosión de arena y humo llenó el aire a su izquierda cuando el proyectil cayó cerca de su objetivo.

—¡A tierra! —gritó Grove—. ¡Nos han localizado!

La vieja «Bertha» devolvió el fuego, errando el tiro por muy poco contra el tanque más cercano. Pero el número y la potencia de fuego estaban en contra de ella. El segundo proyectil alemán explotó contra las cadenas de la izquierda, y el tercero dio contra la torreta. «Bertha» estaba prácticamente muerta. Alguien lanzó un grito... Contrell pensó que podía haber sido el capitán.

Grove estaba tendido sobre la arena a unos metros de distancia.

—Esos malditos trastos son como ataúdes de hierro —dijo, notando el olor de la carne quemada.

Contrell empezó a levantarse.

—¿Ha quedado alguien con vida?

—Nadie. ¡Échate a tierra! Vienen en esta dirección.

—¡Dios! —aquello fue como una oración en labios de Contrell—. ¿Qué hacemos?

—No te muevas. Ya saldremos de esto de algún modo.

Dos de los tanques enemigos permanecieron inmóviles en la distancia, mientras que el tercero empezó a acercarse. Sobre la parte de atrás había dos soldados alemanes, que saltaron a tierra echando a correr. Uno de ellos llevaba un rifle y el otro lo que parecía ser una pistola ametralladora. Contrell puso su cuerpo en tensión, en espera de los probables disparos, manteniendo su rostro casi enterrado en la arena.

El comandante del tanque alemán apareció en la torreta, gritando algo. El soldado que llevaba la pistola ametralladora se volvió... y de pronto Willy Grove se puso en pie. Su carabina traqueteó casi como una ametralladora, alcanzando al alemán por la espalda. Con su mano izquierda, lanzó una granada hacia el tanque y después se lanzó contra el segundo alemán antes de que este pudiera elevar su arma.

La granada explotó lo bastante cerca como para dejar fuera de combate al oficial y Contrell empezó a moverse. Corrió en zigzag hacia el vehículo alemán, sabiendo que Grove estaba justo detrás de él, corriendo.

—Los he alcanzado a los dos —gritó Willy—. ¡Quédate abajo!

Subió al vehículo, apartó al moribundo oficial de lo alto de la torreta y disparó una rociada de balas al interior del tanque. Después, hizo girar la ametralladora del calibre 50.

—¡Espera! —gritó Contrell—. ¡Se están rindiendo!

En efecto, se rendían. Las tripulaciones de los otros dos tanques estaban abandonando sus vehículos y empezaban a avanzar hacia ellos, a través de la arena, con los brazos en alto.

—Supongo que ya están hartos de guerra —dijo Grove, apuntando la ametralladora hacia ellos.

—¿No lo estamos todos?

Grove esperó hasta que los ocho hombres se encontraron a unos treinta metros de distancia. Entonces, su dedo apretó el gatillo y una repentina rociada de balas salpicó toda la zona. Los alemanes, totalmente sorprendidos, trataron de dar media vuelta y echar a correr, pero murieron así, de pie.

—Pero ¿qué demonios has hecho? —gritó Contrell, subiendo al tanque y colocándose junto a Grove—. ¡Se estaban rindiendo!

—Quizá sí; quizá no. Podían haber tenido granadas escondidas bajo los brazos o algo. No se pueden correr riesgos.

—¿Te has vuelto loco o algo así, Grove?

—Estoy vivo, y eso es lo que importa —Grove saltó del vehículo, cayendo a tierra de pie, con un movimiento fácil y seguro—. Daremos nuestra propia versión de la historia, muchacho, y terminaremos con medallas.

—¡Los has asesinado!

—Eso es lo que se hace en la guerra —dijo Grove tristemente—. Se los mata, y después se recogen las medallas.

 

 30 de noviembre de 1950

Corea era un país lleno de colinas y de sierras, con una tierra demasiado pobre para arar y en la que resultaba imposible combatir. El capitán Contrell la vio por primera vez con una mezcla de resignación y de desesperación, pensando únicamente en la facilidad con que toda su compañía podría ser eliminada sin tener la menor oportunidad de defenderse contra un ejército mucho más familiarizado con el terreno.

Ahora, mientras noviembre hacía que las fáciles victorias del otoño se convirtieran en las amargas derrotas del invierno, tuvo buenas razones para recordar aquellas primeras impresiones. Los chinos habían empezado a tomar parte en la lucha y a cada hora que pasaba llegaban nuevos informes de todo el valle de Chongchon, indicando que su número no solo se podía contar por miles, sino por cientos de miles. La palabra que estaba en la mente de todo el mundo, aunque nadie se atreviera a pronunciarla, era «retirada».

—Nos echarán al mar, capitán —le dijo a Contrell uno de sus sargentos.

—Ya está bien de hablar de eso. Reúna a los hombres por si tenemos que largarnos rápido. Compruebe la colina 314.

Las colinas eran tan numerosas y anónimas que habían tenido que numerarlas de acuerdo con su altura. Solo eran lugares para morir y, para los hombres que estaban ante sus armas, todas eran iguales.

Algunos tanques, cubiertos de barro helado, rodaban atravesando la neblina de la mañana, retirándose. Contrell se plantó ante el vehículo que iba en cabeza y le hizo señas para que se detuviera. Entonces vio que se trataba de cañones autopropulsados «Bofors» de 40 milímetros, un arma antiaérea que había sido utilizada con efectividad como apoyo a la infantería. Como consecuencia de la distancia y de la neblina, le habían parecido tanques y, en realidad, lo eran para todos los propósitos prácticos.

—¿Qué demonios ocurre, capitán? —le espetó una voz.

—¿Puede llevar a algunos hombres con usted?

El oficial saltó a tierra y Contrell observó algo en aquel movimiento que le recordó repentinamente una escena desértica, ocho años antes.

—¡Willy Grove! ¡Que me condenen si no eres tú!

Grove pestañeó con rapidez, pareciendo enfocar más nítidamente con sus ojos y, por la insignia de su cuello, Contrell se dio cuenta de que ahora era mayor.

—Bien, Contrell, ¿no es eso? Me alegro de volver a verte.

—Hace ya mucho tiempo; desde África, Willy.

—Mucho más frío aquí, ya lo sé. Pensé que habías abandonado el ejército después de la guerra.

—Lo abandoné durante tres semanas y no pude resistirlo. Supongo que esta vida militar se le mete a uno en el cuerpo al cabo de un tiempo. ¿Qué tal van las cosas por allá delante?

El rostro de Grove se ensombreció.

—Si fueran algo bien, ¿crees que estaríamos siguiendo este camino?

—¿Te retiras por el paso?

—Es el único camino que queda. He oído decir que los chinos también están a punto de cortarlo.

—¿Podemos retirarnos sobre sus vehículos?

Grove se rio entre dientes y dijo:

—Claro. Podéis coger las granadas y dejarlas aquí —se dio una palmada en la pistola del calibre 45 que llevaba al cinto, como si fuera su cartera, y añadió—: Subid a bordo.

Contrell dio una orden seca a su sargento y esperó hasta que la mayor parte de sus mermadas fuerzas encontraran hueco en los vehículos. Después, él mismo subió al «tanque» del mayor Grove. En la distancia de la mañana pudieron escuchar el loco sonar de las cornetas, lo que normalmente significaba otro avance chino.

—Están cerrando la trampa —dijo.

—Todo es como te lo dije una vez —dijo Grove, asintiendo—. La lucha nunca termina. Sin embargo, nunca supuse que tendríamos que luchar contra los chinos.

—¿No te gusta luchar contra los chinos?

—No hay ninguna diferencia —dijo el mayor, encogiéndose de hombros—. Los chinos mueren como cualquier otra persona. Incluso con más facilidad cuando están drogados con eso que suelen fumar.

La columna se introdujo en el paso, la única ruta que aún quedaba abierta hacia el sur. Pero casi inmediatamente se dieron cuenta de que las colinas y tramos boscosos que había a ambos lados de la carretera estaban llenos de enemigos que les esperaban. Contrell miró hacia atrás y vio cómo su sargento se doblaba y caía al suelo, con el cuerpo casi cortado por la ráfaga de una ametralladora camuflada. Ante ellos, la carretera aparecía cortada por un camión incendiado. Grove se puso de pie para ver mejor.

—¿Podemos rodearles? —preguntó Contrell, respirando con dificultad.

—Rodearles o pasar a través de ellos.

—Se trata de surcoreanos.

Los que aún estaban vivos y eran capaces de correr, salían a toda prisa del camión incendiado y echaban a correr hacia el vehículo de Grove.

—¡Fuera de aquí! —gritó Grove—. ¡Atrás!

Se inclinó hacia abajo y empujó a uno de los surcoreanos que trataba de encaramarse al vehículo, arrojándole sobre la polvorienta carretera. Cuando otro empezó a subir por el mismo sitio, Grove se sacó tranquilamente la pistola del calibre 45 y le metió una bala en la cabeza.

Contrell lo observó todo como si estuviera viendo una vieja película olvidada después de varios años. «Ya he estado antes aquí —pensó, recordando las mismas medallas que compartieron después del episodio de África del Norte—. Los hombres como Grove nunca cambiaban... al menos para mejorar».

—Eran surcoreanos, Willy —dijo tranquilamente, acercando su boca al oído del mayor.

—¿Y qué demonios me importa a mí eso? ¿Acaso se creen que dirijo un maldito servicio de autobuses?

No volvieron a hablar más del asunto hasta que se encontraron viajando hacia el sur, en medio del ejército norteamericano en retirada. Contrell se preguntaba dónde terminaría todo aquello, la retirada. ¿En el mar, en Tokio... o en California?

Se detuvieron a fumar un cigarrillo y Contrell dijo:

—No tenías por qué haber matado a aquel hombre, Willy.

—¿No? ¿Y qué es lo que se suponía que debía hacer? ¿Dejar que subieran ellos y que nos mataran a nosotros allí mismo? Adelante, informa si quieres. Conozco muy bien mi ley militar, y también conozco mi ley moral. Ocurre lo mismo que con el bote salvavidas cuando está abarrotado.

—Creo que lo que a ti te gusta es matar.

—¿Y a qué soldado no le gusta?

—A mí.

—¡Demonios! Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Por diversión o por juego?

—Creí que podría hacer algo para ayudar al mundo a mantenerse en paz.

—El único medio de mantener el mundo en paz es matando a todos los que causan problemas.

—¿Y aquel soldado causaba problemas?

—Para mí sí, aunque solo fuera en aquel momento.

—Pero tú disfrutaste haciéndolo. Casi podía verlo en tu rostro. Fue lo mismo que en el norte de África.

El mayor Grove se volvió, apartando el rostro.

—Conseguí una medalla por lo de África del Norte, compañero. Eso me ayudó a convertirme en un mayor.

—Sí, dan medallas por matar —asintió Contrell con tristeza—. Y creo que a veces no les interesa saber muchos detalles.

Alguien dio una orden y Grove arrojó el cigarrillo.

—Vamos, muchacho. No te preocupes por eso. Nos vamos.

Contrell asintió y le siguió. Y una vez, solo una vez, se volvió para mirar el camino por donde habían venido... 

 

 24 de agosto de 1961

Hacía solo tres horas que el mayor Contrell se encontraba en Berlín cuando escuchó mencionar el nombre de Willy Grove en una conversación mantenida en el club de oficiales. Quien hablaba era un capitán ligeramente borracho al que le gustaba aparentar que había estado defendiendo Berlín de los rusos desde que terminó la guerra.

—Grove —dijo, con un ligero tono de respeto en su voz—. Coronel Willoughby McSwing Grove. ¡Ese es su nombre! Dicen que se convertirá en general antes de que termine el año. ¡Si hubierais visto cómo se enfrentó a aquellos rusos la semana pasada! ¡Si lo hubierais visto!

—He oído decir que estaba en Berlín —le dijo Contrell sin mayor comentario—. Lo conozco de los viejos tiempos.

—¿Corea?

Contrell asintió y añadió:

—Y el norte de África, hace casi veinte años, cuando todos nosotros éramos un poco más jóvenes.

—No sabía que hubiera luchado en la Segunda Guerra Mundial.

—Eso fue antes de convertirnos en oficiales.

—Resulta difícil imaginarse al viejo Grove antes de que fuera oficial —dijo el capitán—. Debía haberle visto usted la semana pasada... Estaba allí, de pie, observando cómo construían aquel maldito muro y no tardó en dirigirse en línea recta hacia la línea divisoria. El oficial ruso también estaba allí y se quedaron de pie, uno frente al otro, a solo unos centímetros de distancia, mirándose, en espera de que uno u otro hiciera un falso movimiento. 

El ruso no tardó en volverse y se marchó ¡y que me condene si el viejo Grove no sacó su 45! Por un momento, todos nosotros pensamos que iba a cargarse a aquel comunista, y creo que todos habríamos estado de su parte si se hubiera decidido a hacerlo. 

Ya sabe usted, se pasa uno demasiado tiempo con todo este asunto... ese aumento y disminución de las tensiones... y al cabo de un tiempo solo se desea que surja alguien como el coronel Grove, capaz de apretar un gatillo o un botón y conseguir que todos nos dediquemos de una vez y para siempre al asunto que nos interesa.

—¿El asunto de matar?

—¿Qué otra cosa puede hacer un soldado?

Contrell dejó su copa sin contestar, y preguntó:

—¿Dónde está Grove? ¿Se ha casado ya?

—Si se ha casado, no existe el menor vestigio de esposa. Vive en el edificio del cuartel general, en la base aérea.

—Gracias —Contrell dejó sobre el mostrador un billete arrugado—. Yo pago las bebidas. Me entretuve mucho con su conversación.

Encontró al coronel Grove después de haberle buscado durante una hora. No estaba en su alojamiento, sino en su oficina, observando las calles principales del Berlín Oeste. Su pelo aparecía un poco más blanco y su actitud era un poco más enérgica, pero seguía siendo el mismo Willy Grove. Un hombre que ya estaba en la cuarentena. Un soldado.

—¡Contrell! ¡Bienvenido a Berlín! He oído decir que te habían destinado aquí.

Se estrecharon las manos como dos viejos amigos. Contrell dijo:

—Tengo entendido que has conseguido dominar bastante bien la situación.

—La tenía perfectamente dominada hasta que empezaron a construir ese maldito muro la pasada semana. Casi me cargué a un oficial ruso.

—Ya lo he oído comentar. ¿Por qué no lo hiciste?

El coronel Grove sonrió.

—Me conoces demasiado bien para mentirte, mayor. Hemos pasado juntos algunas cosas. Tú eres el que siempre ha dicho que tengo una cierta debilidad por matar.

—«Debilidad» no es la palabra exacta para definirlo.

—Bueno, da igual. En cualquier caso, eres probablemente el que mejor conoce mis sentimientos en estos momentos. En aquella situación, le podía haber matado. Pero me controlé. Se dice que me van a hacer general, muchacho. Así es que estos días tengo que mantener bien limpia la nariz. Nada de disputas.

—Y yo sigo siendo un mayor. Supongo que no sigo el camino correcto.

—Tú no tienes el instinto de matar, Contrell. Nunca lo tuviste.

El mayor Contrell encendió lentamente un cigarrillo.

—No creo que un soldado necesite tener instinto de matar en estos tiempos, Willy. Pero ya hemos estado discutiendo la misma cuestión desde hace casi veinte años, cada vez que nos hemos visto.

—Y, sin embargo, no la hemos discutido a fondo —dijo Willy Grove sonriendo—. Siento no tener en esta ocasión a nadie a quien matar para ti.

—¿Qué habrías hecho en la vida civil, Willy?

—No lo sé. Nunca he pensado mucho en eso.

—De haber vivido hace cien años, probablemente te habrías convertido en un pistolero en el Oeste. Hace cuarenta años habrías sido un contrabandista de Chicago, con una ametralladora. Ahora, solo te queda el ejército.

Grove sonrió duramente, pero no pareció asombrarse. Se levantó de detrás de la mesa y se dirigió hacia la ventana. Mirando hacia la abarrotada calle, dijo:

—Quizá estés en lo cierto. En realidad no lo sé. Lo único que sé es que he matado a cincuenta y dos hombres en toda mi vida, lo que resulta ser un buen promedio. A la mayor parte de ellos les miré directamente a los ojos antes de disparar. A otros pocos les alcancé por la espalda, como estuvo a punto de pasarle a ese ruso la semana pasada.

—Con eso podrías haber iniciado una guerra.

—Sí. Y algún día quizá lo haga. Si tuviera el poder para... —se detuvo, sin terminar de pronunciar la frase.

—Gracias a Dios, no todos son como tú —dijo Contrell.

—Pero tengo a bastantes de ellos a mi lado. Hay bastantes que saben que el ejército significa guerra, y que la guerra significa muerte. No puedes escapar a ese hecho; no importa lo duramente que lo intentes. No puedes escapar.

Miró al coronel de pelo blanco y recordó al capitán con quien había hablado aquella tarde en el bar. Quizá estaban en lo cierto. Quizá era él el único que estaba equivocado. ¿Acaso había desperdiciado toda su vida persiguiendo un sueño imposible de un ejército sin necesidad de guerra ni de matar?

—De todos modos, seguiré mi camino —dijo.

—Buena suerte, mayor.

Una semana más tarde Contrell oyó decir que un guardia ruso había sido muerto junto al muro durante un intercambio de disparos con la policía del Berlín Occidental. Según una versión de los hechos, un oficial norteamericano había disparado personalmente la bala fatal. Pero a Contrell le fue imposible comprobar la veracidad de este rumor.

 

 5 de abril de 1969

Era el Sábado Santo en Washington, una ciudad expectante bajo un cálido sol primaveral. Los pasillos del Pentágono estaban más vacíos que de costumbre para ser un sábado, y solo había cierta actividad en una oficina situada en el ala occidental del edificio. El general Willoughby McSwing Grove, recientemente nombrado presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, se encontraba en sus oficinas.

El coronel Contrell lo encontró inclinado sobre los cajones de una mesa, distribuyendo y colocando en los lugares adecuados el contenido de un abultado maletín. Levantó la mirada y quedó un tanto sorprendido al ver a su visitante.

—Bien... Contrell, ¿verdad? No te he visto desde hace bastantes años. ¿Coronel? Vas saliendo adelante.

—No tan rápido como tú, general.

Grove sonrió ligeramente, aceptando el comentario como una especie de cumplido.

—Ahora estoy en la cúspide. Un buen lugar para un hombre de mi edad. Tengo todo el pelo blanco, pero me siento muy bien. ¿Tengo el aspecto de siempre, coronel?

—Te reconocería en cualquier parte, general.

—Hay mucho que hacer, muchísimo. He esperado y trabajado durante toda mi vida para alcanzar este puesto, y ahora lo he conseguido. Nuestro nuevo presidente me ha prometido rienda suelta en cuanto se refiera al tratamiento de la situación internacional.

—Pensé que lo haría así —dijo Contrell tranquilamente—. ¿Tienes ya algún plan?

—He tenido planes durante toda mi vida —se dio la vuelta en su cómodo sillón giratorio y se quedó mirando por la ventana hacia la distante ciudad—. Les voy a demostrar para qué sirve un ejército.

El coronel Contrell carraspeó, aclarándose la garganta.

—¿Sabes una cosa, Willy? Me ha costado la mayor parte de mi vida, pero al final me has convencido de que a veces puede ser necesario matar.

—Bien, me alegro de que hayas venido para...

El general Grove empezó a volverse en el sillón y Contrell le disparó una sola bala en la sien izquierda.

Después de haberlo hecho y durante un instante, Contrell se quedó mirando el cuerpo, sin darse cuenta de que el arma se había ido deslizando de sus dedos hasta caer al suelo. En su mente solo había un pensamiento que desplazaba a todos los demás: ¿Cómo podría explicarlo todo en la corte marcial?