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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 1)

Recuerdo que después de la conversación me aparté del teléfono como en un revoloteo romántico. Aunque solo había hablado una vez con el gran cirujano, Roland Maradick, aquella tarde de diciembre pensaba yo que el hablar con él, aunque fuese una sola vez..., el verle en la sala de operaciones una hora nada más... era una aventura que dejaba sin color ni interés todo el resto de la vida. 

Después de tantos años de trabajar en casos de tifoidea y pulmonía, todavía siento el delicioso temblor de mis jóvenes latidos; aún veo los rayos del sol invernal cayendo oblicuamente, a través de las ventanas del hospital, sobre las batas de las enfermeras.

—No ha pronunciado mi nombre. ¿No podría tratarse de una equivocación? —Yo estaba de pie, incrédula, pero estática, delante de la inspectora del hospital.

—No, no ha habido ningún error. Estuve hablando con él antes de que usted bajara. —La enérgica faz de Miss Hemphill se suavizaba al mirarme. Era una mujer alta, decidida, pariente lejana de mi madre, y una de esas enfermeras —esto lo había descubierto yo durante el mes que hacía desde que llegara de Richmond— que los hospitales del Norte, aunque quizá no los pacientes del Norte, parecen preferir y elegir instintivamente.

Desde el primer momento, y a pesar de su aspereza, había concebido cierto aprecio —no me atrevería a llamar «cariño» a una preferencia tan impersonal— por su prima de Virginia. Al fin y al cabo, no todas las enfermeras del Sur, recién terminados sus estudios, pueden presumir de parentesco con una inspectora de un hospital de Nueva York.

—¿Y le ha dado a entender claramente que se refería a mí? —Sencillamente, aquello era tan maravilloso que no podía creerlo.

—Ha preguntado particularmente por la enfermera que estaba con Miss Hudson la semana pasada, cuando él operó. Creo que ni se acordaba siquiera de que tengas un nombre. Cuando le he preguntado si se refería a Miss Randolph, me ha repetido que quería la enfermera que estuvo con Miss Hudson. Era bajita, me ha dicho, y de aspecto vivaracho. Las características, por supuesto, concordarían con otras dos o tres chicas; pero ninguna de ellas estuvo con Miss Hudson.

—Entonces, supongo que es cierto, realmente cierto. —Y los pulsos me cosquilleaban—. ¿Y tengo que estar aquí a las seis?

—Ni un minuto más tarde. La enfermera de día deja el servicio a dicha hora, y a Mistress Maradick no la dejan sola ni un instante.

—Es cosa mental, ¿verdad que sí? Con lo cual resulta más extraño todavía que me haya elegido a mí, porque yo he tenido muy pocos casos mentales.

—Muy pocos casos de cualquier clase. —Miss Hemphill estaba sonriendo, y yo me preguntaba si cuando sonreía las demás enfermeras la reconocían—. Cuando ya estés habituada a la marcha de los asuntos en Nueva York, Margaret, habrás perdido muchísimas cosas, además de la inexperiencia. Me pregunto cuánto tiempo conservarás la simpatía y la imaginación que te caracterizan. Al fin y al cabo, ¿no habrías sido mejor novelista que enfermera?

—No puedo dejar de entregarme en cuerpo y alma a mis casos. Supongo que no debería hacerlo...

—No se trata de lo que uno debería, sino de lo que debe hacer. Cuando hayas agotado hasta el último vestigio de simpatía y entusiasmo y no hayas recibido nada a cambio por ello, ni siquiera que te den las gracias, entenderás por qué trato de evitar que te eches a perder.

—Pero seguramente en un caso como este..., para el doctor Maradick...

—Ah, sí, naturalmente, para el doctor Maradick. —Debió de percibir que solicitaba su confianza, porque al cabo de un minuto dejó caer un rayo de luz sobre la situación—. Sí, es un caso muy triste, si uno piensa en cuán encantador y gran cirujano es el doctor Maradick. —Yo sentí que la sangre se me agolpaba a las mejillas, más arriba del almidonado cuello del uniforme.

—He hablado con él una sola vez —murmuré—, pero es realmente encantador... y tan bondadoso y guapo..., ¿verdad?

—Sus pacientes le adoran.

—Ah, sí. Lo he visto. Todo el mundo frecuenta sus visitas.

Como los pacientes y las demás enfermeras, yo también me había acostumbrado, deliciosa, paulatina y casi imperceptiblemente, a procurar asistir a las visitas diarias del doctor Maradick. Supongo que aquel hombre había nacido para ser idolatrado por las mujeres. 

Desde mi primer día en el hospital, desde el momento que le vi, por entre los semientornados postigos, cuando él bajaba del coche, jamás dudé de que le habían asignado el papel de protagonista de la función. Si no hubiese estado enterada ya de su encanto, del hechizo que ejercía sobre aquel hospital, lo habría percibido en el silencio expectante, como un aliento contenido, que se produjo después de haber pulsado él el timbre de la puerta y que precedió a sus imperiosas pisadas por las escaleras. 

Aun después de los terribles acontecimientos del año siguiente, la primera impresión que conservo de él consiste en un recuerdo a la vez despreocupado y magnífico. 

En aquel instante, mientras estaba mirando por las rendijas de los postigos y le veía con su abrigo de piel oscura, cruzando la acera sobre los pálidos rayos de sol, comprendí más allá de toda duda, lo supe por una especie de presentimiento infalible, que en el futuro mi hado estaría indisolublemente unido al suyo. 

Lo sabía, repito, a pesar de que Miss Hemphill siguiera insistiendo en que esta premonición nacía de una recolección sentimental e indiscriminada efectuada en toda suerte de novelas. Pero no; no fue un flechazo amoroso, por muy impresionable que mi pariente me pudiera considerar. Era solamente la figura de aquel hombre. 

Y aún más que su aspecto, más que el negro brillante de aquellos ojos, el castaño plateado del cabello, el fulgor moreno de su rostro, aún más que su hechizo y su majestad, creo que lo que me ganó el corazón fue la hermosura y simpatía de su voz. Era una voz que, tal como oí más tarde decir a no sé quién, hubiera debido estar recitando siempre poemas.

De modo que ustedes verán por qué... —¡si no puedo hacérselas comprender desde el principio, jamás podré confiar en que comprendan cosas imposibles!—, de modo que ustedes verán por qué acepté la llamada, cuando llegó, como una orden imperativa. No habría podido permanecer alejada, después de haberme llamado él. Por más que hubiese intentado no ir, sé que al final habría acudido. 

Por aquellos días, cuando aún tenía la esperanza de escribir novelas, solía hablar mucho del «destino»; desde entonces he aprendido ya lo tontas que son esa clase de digresiones y supongo que era mi «destino» el verme cogida en la tela de araña de la personalidad de Roland Maradick. Pero no soy la primera enfermera enferma de amor por un médico que jamás se fijó en ella.

—Me alegra que te llamase, Margaret. Puede significar muchísimo para ti. Trata únicamente de no ser demasiado emocional. —Recuerdo que mientras hablaba, Miss Hemphill tenía en la mano un pelargonio —una paciente suya se lo había dado— de una maceta que tenía en el cuarto, y el olor de la flor persiste en mi olfato..., o en mi recuerdo. Desde entonces..., oh, sí, muchísimas veces desde entonces... me he preguntado si también se había dejado coger en la tela de araña.

—Me gustaría estar más enterada del caso. —Yo insistía en que me iluminasen—. ¿Ha visto usted alguna vez a Mistress Maradick?

—Oh, sí, querida. Hace poco más de un año que se casaron; y al principio ella solía venir al hospital y aguardaba fuera mientras el doctor hacía las visitas. Entonces era una mujer de aspecto dulce..., no bonita, precisamente, pero rubia y esbelta, con la sonrisa más adorable, creo yo, que haya visto en mi vida. 

Durante aquellos primeros meses, estaba tan enamorada que nosotros solíamos comentarlo y reírnos. Ver cómo se iluminaba la cara cuando el doctor salía del hospital y cruzaba la acera para subir al coche era todo un espectáculo. No nos cansábamos de observarla. Yo no era inspectora entonces, de manera que tenía más tiempo para mirar por la ventana, cuando estaba de guardia de día. Un par de veces, la dama trajo a su hijita para que viese a un paciente. La niña se le parecía tanto, que cualquier persona habría adivinado, sin que se lo dijeran, que eran madre e hija.

A mí me habían dicho que, cuando conoció al doctor, Mistress Maradick era viuda y tenía una sola hija, por lo cual pregunté, buscando una iluminación que no había hallado todavía:

—Había una gran cantidad de dinero de por medio, ¿verdad?

—Una gran fortuna. Si no hubiera sido tan atractiva, supongo que la gente habría dicho que el doctor Maradick se casaba con ella por el dinero. Solo que —y parecía hacer un esfuerzo por recordar— creo haber oído algo relativo a que estaba depositado de forma que Mistress Maradick perdía todo derecho sobre el mismo si volvía a casarse. 

Ni que me fuera la vida en ello, no podría recordar exactamente cómo era; pero se trataba de un testamento extraño, y sé que Mistress Maradick no podía entrar en posesión del dinero salvo en el caso de que la niña no llegase a mayor. Lo lamentable del caso...

Una enfermera joven entró en el despacho a pedir algo —las llaves del quirófano, creo— y Miss Hemphill se interrumpió sin terminar la frase y salió corriendo. Era una pena que hubiese cortado la narración en el punto en que la cortó. ¡Pobre Mistress Maradick! Quizá yo fuese demasiado emotiva; pero ya antes de verla había empezado a percibir su ternura y su aislamiento.

Los preparativos me costaron muy pocos minutos. Por aquellos días yo siempre tenía una maleta preparada y a punto para llamadas repentinas, y no eran todavía las seis cuando doblaba la calle Diez para entrar en la Quinta Avenida, y me paraba un minuto antes de subir los escalones a contemplar la casa en la que vivía el doctor Maradick. 

Era una casa antigua; las paredes parecían húmedas, aunque esto podía ser debido a la lluvia, y tenía una reja en forma de araña que subía junto a los peldaños de piedra hasta la puerta negra, a través de cuyo anticuado abanico percibí un leve destello de luz. 

Más tarde me enteré de que Mistress Maradick había nacido en la casa —su apellido de soltera era Calloran— y que nunca quiso vivir en ninguna otra parte. Cuando la conocí mejor, supe que era una mujer que tomaba muchísimo apego lo mismo a las personas que a los lugares, y aunque, después de la boda, el doctor Maradick probó de convencerla de que se trasladaran a las afueras de la ciudad, ella no atendió a los deseos del marido y continuó adicta a la antigua casa de la parte baja de la Quinta Avenida. 

Esas mujeres dulces, amables, especialmente si son ricas desde la infancia, resultan a veces singularmente obstinadas. Desde entonces he cuidado a tantas —mujeres de afectos muy fuertes e intelectos débiles— que he llegado a reconocer su especie con solo verlas.

Toqué el timbre y acudieron con cierto retraso. Al entrar en la casa advertí que el vestíbulo estaba completamente a oscuras salvo por el reflejo mortecino de un fuego encendido en la biblioteca. Cuando dije cómo me llamaba y añadí que era la enfermera de noche, el criado opinó, al parecer, que mi humilde persona no merecía mayores iluminaciones. 

Era un anciano mayordomo negro, heredado quizá de la madre de Mistress Maradick, quien, según supe después, era oriunda de Carolina del Sur, y mientras pasaba junto a mí para emprender el ascenso de las escaleras, le oí murmurar vagamente, en un inglés casi incomprensible, que «no iba a encender las luces hasta que la niña hubiese terminado de jugar».

A la derecha del vestíbulo, el leve resplandor me llevó hacia la biblioteca y, cruzando el umbral con paso tímido, me paré junto al fuego para que se me secara el mojado abrigo. Mientras permanecía inclinada hacia la lumbre, con la intención de erguirme en cuanto oyera una pisada, iba pensando en lo acogedora que resultaba aquella habitación después de haber visto las húmedas paredes del exterior, a las que se pegaban unas despojadas plantas trepadoras, y estaba contemplando las extrañas formas y los raros dibujos que el fuego proyectaba sobre la vieja alfombra persa, cuando los faros de un motor que giraba lentamente posaron su luz sobre mí, a través de las blancas cortinas de la ventana. 

Todavía cegada por aquel resplandor, volví la cabeza y vi venir rodando hacia mí, saliendo de la habitación vecina, una pelota de goma de colores rojo y azul. Un momento después, mientras realizaba un infructuoso intento por coger la bola que rodaba por mi vera, cruzó la puerta airosamente una niñita dotada de una ligereza y una gracia singulares; pero se detuvo de pronto, como sorprendida al ver a una persona extraña. 

Era menudita, tan pequeña y delgada que sus pasos no producían el menor ruido en el pulido suelo del umbral, y recuerdo que al mirarla pensé que tenía la cara más seria y dulce que hubiera visto en mi vida. No podía tener —esto me lo dije luego— más de seis o siete años, y, sin embargo, permanecía plantada allí con un curioso aire de dignidad remilgada, como la que habría correspondido a una persona mayor, y me miraba con ojos enigmáticos. 

Vestía una falda escocesa a pliegues, con un trocito de cinta encarnada en el pelo, que llevaba cortado formando flequillo sobre la frente y cayendo, lacio, sobre los hombros. Con todo su hechizo, desde el cabello castaño hasta los calcetines blancos y las zapatillas negras de sus piececitos, lo que recuerdo más vivamente es la mirada singular de sus ojos, que a la oscilante luz parecían de un color indeterminado. Porque lo raro de aquella mirada era que no correspondía, en modo alguno, a una niña. No era el mirar de la infancia, sino de una experiencia profunda, de un conocimiento amargo.

—¿Entrabas a buscar la pelota? —pregunté. Pero mientras tenía aún en los labios la amistosa pregunta, oí que el criado negro regresaba. En mi confusión, hice un intento inefectivo por coger el juguete, que se alejaba rodando y se perdía en las sombras de la sala de estar. Luego, al levantar la cabeza, vi que también la niña había desaparecido de aquellas habitaciones, y, sin buscarla, seguí al negro hasta el agradable estudio del piso superior, donde me esperaba el famoso cirujano.

Hace diez años, cuando el duro trabajo de enfermera no se había cobrado todavía una contribución tan onerosa de mi espíritu, yo me sonrojaba con gran facilidad, de modo que en el instante en que cruzaba el estudio del doctor Maradick me daba cuenta de que tenía las mejillas del color de las peonías. 

Naturalmente, era una tonta —nadie lo sabe mejor que yo—, pero hasta entonces nunca había estado a solas con él, ni por un instante, y para mí aquel hombre era más que un héroe; era —y ahora ya no hay motivo alguno para que me sonroje al confesarlo— casi un dios. 

Por aquellos años yo perdía el juicio ante las maravillas de la cirugía, y, en el quirófano, Roland Maradick tenía bastantes facultades de mago para hacerle perder la carta de navegar a una cabeza más madura y sensata que la mía. Añádase a su reputación y a su maravillosa pericia el hecho de ser —estoy completamente segura— el hombre más guapo, incluso a sus cuarenta y cinco años, que se pueda imaginar. 

Si se hubiera mostrado descortés conmigo, y hasta francamente grosero, yo habría seguido adorándole; pero cuando me tendió la mano y me saludó con el hechizo especial que tenía para las mujeres, comprendí que habría sido yo capaz de morir por él. 

No es raro que por el hospital corriera la voz de que todas las mujeres que operaba se enamoraban de él. En cuanto a las enfermeras..., bueno, no había ni una sola que se hubiera librado de su fascinación; ni siquiera Miss Hemphill, a pesar de que no podía faltarle ni un solo día para cumplir los cincuenta años.

—Me alegra que haya podido venir, Miss Randolph. ¿Estaba usted con Miss Hudson la semana pasada, cuando operaba yo?

Asentí con un movimiento de cabeza. Ni para salvar la vida habría podido pronunciar una palabra sin sonrojarme muchísimo más.

—Me fijé entonces en la animación de su cara. Animación, creo yo, es lo que Mistress Maradick necesita. A la enfermera de día la encuentra deprimente. —Sus ojos se posaron en mí con una expresión tan cariñosa que desde entonces he sospechado que no le pasaba por alto la adoración que yo sentía por él. El cielo sabe que era un muy pequeño motivo de halago a su vanidad, una enfermera recién salida del colegio, pero en algunos hombres no hay tributo demasiado insignificante para que no les dé placer.

—Usted hará cuanto pueda, estoy seguro. —Vaciló un instante, bastante largo solamente para que yo percibiese la ansiedad escondida bajo la sonrisa jovial de su rostro, y luego añadió gravemente—: Deseamos evitar, siempre que sea posible, el mandarla fuera de casa.

Yo solo supe murmurar unas breves frases de respuesta, y después de unas palabras cuidadosamente escogidas sobre la enfermedad de su mujer, el doctor tocó el timbre e indicó a la doncella que me acompañase arriba, a mi habitación. Hasta el momento de subir las escaleras del tercer piso no se me ocurrió que, en realidad, el doctor Maradick no me había explicado nada. Estaba tan en ayunas respecto a la naturaleza de la enfermedad de Mistress Maradick como cuando entré en la casa.

 

(CONTINUARÁ...)