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El tótem de Amarillo - Emma Lindsay Squier

Quizá ya me hayan oído alguna vez hablar de Amarillo. Era un gato de ese color que llegó hasta nosotros procedente del bosque, cuando mi hermano y yo todavía vivíamos en la pequeña cabaña de troncos, en las costas de Puget Sound. 

En aquellos días fue para nosotros un amigo muy especial. Su llegada a casa fue de
lo más espectacular, y su partida fue igualmente sensacional. La gran escena final de su historia, según me contaron quienes lo cuidaron durante sus últimos años, es tan curiosa y tiene tantos tintes melodramáticos que temo que algunos puedan ponerla en duda. 

Como explicación de por qué creo que es ci
erta, solo puedo ofrecer el dato de que Amarillo siempre fue un gato de lo más atípico. Y la prueba de ello es que está inmortalizado en el pueblo de Old Man House, tallado y pintado en un tótem. La tribu de los skokomish solo honra así a los seres verdaderamente grandes.

Creo que Amarillo nació en el bosque. Y creo además que sus antepasados próximos fueron completamente salvajes. Sus orejas eran copetudas como las de un lince, sus ojos rasgados y de color ámbar, y en sus momentos de reposo parecía un mandarín chino placenteramente sumido en sus pensamientos.
 
Había crecido en una región en la que imperaba la ley del más fuerte. Había librado muchas batallas y las había ganado, así que había crecido hasta alcanzar un tamaño increíble para un gato corriente, otro dato que daba serios indicios de que su linaje no tenía nada que ver ni con la domesticidad ni con la tranquilidad de un hogar.
 
No obstante, se relacionaba con el hombre de forma instintiva. Cuando llegó hasta nosotros por primera vez, con su bonito pelo revuelto y cubierto de sangre, estaba gravemente herido y arrastraba una pata rota y magullada. Maullaba lastimosamente y avanzaba hacia nosotros, aunque tenía miedo de que lo tocáramos y retrocedía saltando y resoplando con odio. 

Pero el instinto que lo había traído desde el bosque hasta la cabaña, donde sabí
a que encontraría auxilio para su herida, hizo que por fin nos aceptara. Nos dejó examinar la pata herida y nos permitió lavarla y untarla con una pomada. 

Después, totalmente incapaz de cazar y de cuidar de sí mismo, nos dejó que le brindásemos la hospitalidad de nuestro hogar. Llegó a querernos, nos aceptó y, ya recuperado, se quedó con nosotros y se hizo nuestro amigo.
 
Mi hermano y yo teníamos tanto cariño a aquel gato de color amarillo que no veíamos ninguno de sus defectos; cuando los mayores llamaban nuestra atención al respecto, los disculpábamos y fingíamos que no tenían importancia. 

Nos acompañaba durante todo el día y, algunas veces, cuando yo dormía fuera de la casa, en un saco de dormir, solía oír durante la noche su suave «prrt», que significaba que estaba a punto de saltar junto a mí; a continuación sentía el impacto de su cuerpo blando y pesado. 

Pero los mayores no compartían nuestra aprobación incondicional tanto de Amarillo como
de su modo de actuar. Él, que nunca había tenido conocimiento alguno de la civilización, no sabía, y tampoco podía aprender, que había que respetar a los pollos, no atraparlos y devorarlos cada vez que estaba hambriento. 

Tampoco se le podía permitir que molestase a las palo
mas, que trepase hasta sus nidos y matase a los polluelos. Así que, cuando hubo fracasado nuestra capacidad de persuasión y tras muchos intentos de imponer disciplina, se llegó a la conclusión de que Amarillo debía marcharse. Esto hizo que mi hermano y yo nos pusiéramos muy tristes.
 
No resultó difícil encontrarle un nuevo hogar. Todo el que lo veía quedaba encantado, así que podíamos elegir entre muchos lugares posibles. 

Pero cre
ímos que lo mejor era dejarlo al amable cuidado de un pescador amigo nuestro, un enorme hombre moreno de ojos dulces y sonrientes, un hombre cuyos antepasados tenían sangre india y española, y cuya mujer y familia pertenecían a la tribu de los skokomish. Vivían en el remoto pueblo de Old Man House, al que los indios llamaban Suquamish.
 
Sabíamos que iban a ser cariñosos con Amarillo. No tenían pollos ni palomas a los que este pudiera matar ilícitamente, y en el bosque había ratas y mucha caza menor con la que podría satisfacer sus instintos cazadores.
 
Así que, el día fijado para su marcha, llevamos a nuestro amigo Amarillo a la barca de pesca que estaba anclada en nuestro embarcadero y, con todo el dolor de nuestro corazón, colocamos un plato lleno de leche sobre la cubierta. 

Esperábamos que se entretendría co
miendo y que no se daría cuenta de que se estaba yendo de nuestro lado hasta que ya fuera demasiado tarde. El pescador indio se alejó del muelle muy despacio y no encendió el motor hasta que la barca, empujada por la corriente, se hubo separado unos treinta metros o más. 

Pero cuando el zumbido de la bobina sobresaltó a Amarillo, y el batir de la hélice hizo girar el agua en remolinos blancos y verdes, se dio cuenta de que se lo estaban llevando en contra de su voluntad y sin previo aviso.
 
Saltó sobre la regala de la barca y, por un momento, se quedó de pie, mirándonos con sus rasgados ojos de color ámbar llenos de inquietud. El pescador indio le habló con dulzura y se acercó a él extendiendo una mano amigablemente. Pero era demasiado tarde, ya que Amarillo, sin dudarlo un instante, había saltado. 

Vimos el destello de su cuerpo amarillo al saltar y el chapoteo al hundirse ante nuestra vista. Gritamos, convencidos de q
ue se iba a ahogar. Pero no era su intención un final tan poco glorioso. Al cabo de un momento estaba nadando hacia nosotros, con facilidad, con fuerza; sus orejas copetudas se aplastaban sobre la cabeza y su cuerpo formaba una ágil línea amarilla en el azul del agua. 

Cuando llegó al embarcadero saltó, se sentó con perfecta compostura y empezó a asearse con gran formalidad y elegancia. Parecía no pensar en absoluto en el baño que acababa de tomar. Aquel día, debido a nuestras súplicas, permitieron que se quedara con nosotros.
 
Pero sabíamos que aquello no era más que un aplazamiento de la sentencia. Al día siguiente volvimos a despedirnos de nuestro amigo. Esta vez metimos a Amarillo en un saco y, cuando la lancha empezó su ruidosa marcha hacia la bahía azul, vimos las frenéticas contorsiones de la arpillera y oímos débilmente los maullidos de protesta por encima de la vibración del motor. 

Nos quedamos mirando con tristeza desde el embarcadero hasta que la
barca de pesca no fue más que una pequeña mancha oscura a través del verdor que sobresalía del cabo. Entonces la perdimos de vista y supimos que Amarillo se había marchado de nuestro lado para siempre.
 
 
En los años siguientes tuvimos noticias de nuestro amigo Amarillo muy de cuando en cuando. Una vez el pescador indio rodeó especialmente el cabo con su ruidosa barca y llegó hasta nuestra diminuta cabaña para traernos noticias. Y en otra ocasión el viejo pescador que vivía con nosotros se presentó en el pueblo de Suquamish para saber de primera mano cómo se encontraba Amarillo. 

Estaba bien y era feliz; había impuesto su reinado e
ntre los gatos del pueblo, que eran más pequeños, de modo que ninguno de ellos se atrevía a poner en cuestión su autoridad. Pero no me enteré de todos los detalles de su tempestuosa vida hasta que, habiendo superado ya la infancia y llevando muchos años alejada de aquella región de aguas grisáceas y pinos cantarines, regresé al bosque y a las aguas de Puget Sound. 

En Suquamish pude ver a nuestro querido y viejo pescador; las huellas del tiempo no habían marcado sus mejillas rosadas ni el claro cente
lleo de sus ojos; vi también al pescador indio y a su mujer, los que habían dado asilo a Amarillo; por ellos y por su joven hijo ciego supe la historia de su trágica y triunfante vida.
 
El muchacho, aunque ciego, era tallador de tótems. En su gran oscuridad, sin un rastro de luz, había encontrado consuelo recordando los extraños y casi olvidados cuentos de los indios de Sound. Había decidido recuperarlos tallándolos ingeniosamente sobre troncos de pino, y los pintaba con mucho cuidado, bajo la atenta mirada de quienes podían ver. 

Actualmente, en la plaza del pueblo hay un tótem tallado por el muchacho ciego. En él está representada la historia de cómo Teet’ Motl, con su novia Hoo Han Hoo, cabalgó a lomos de un delfín en dirección a un lejano país
en el que el Gran Espíritu les había prometido hallar descanso y prosperidad. Su marcha fue interrumpida por un banco de peces negros, esos tigres de mar a los que los indios llaman «asesinos». 

Pero el valiente delfín, después de dar ánimos a la pareja que cabalgaba sobre su lomo, se sumergi
ó en las profundidades del mar y se llenó la boca de guijarros. Entonces, como se desencadenó una gran tormenta, Teet’ Motl y Hoo Han Hoo se deslizaron hasta el interior de la boca del delfín para ponerse a salvo. 

Dentro encontraron los brillantes guija
rros que el pez gigante había recogido. Cuando por fin la tormenta amainó, el delfín los había llevado sanos y salvos a un bonito país de verdes árboles y bayas llenas de frutas. Los indios que habitaban ese país no utilizaban monedas, sino guijarros brillantes. Como Teet’ Motl y Hoo Han Hoo tenían muchos, fueron ricos y prósperos para siempre. 

El muchacho ciego decía que incluso en aquellos días, si
los asesinos llegasen del sur, volvería a desencadenarse una tormenta. Por eso decidió tallar en el tótem a Teet’ Motl y a su novia a salvo en la barriga del delfín.
 
Cuando Amarillo llegó a su nueva casa, el muchacho ciego estaba tallando este tótem. De forma bastante curiosa, Amarillo ofreció su amor y su eterna fidelidad precisamente al muchacho que vivía en la oscuridad, aunque también sentía mucho aprecio por el pescador indio y por su mujer, que pertenecía a la tribu de los skokomish. 

Cazó los ratones que desde mucho tiempo
atrás se habían divertido en la cabaña, e incluso una vez, en plena noche, dio la alarma de un fuego que había prendido a partir de una chispa fortuita, y lo hizo maullando y frotando su frío hocico contra la cara del pescador indio. 

Compensó la hospitalidad que le habían brindado con una amistad incondicional y verdadera. Per
o solo amó al muchacho ciego. Creo, y me gustaría que ustedes lo creyeran también, que fue así porque sabía que el muchacho vivía en la oscuridad y que de algún modo su amigo era un ser indefenso.
 
Pero como quería tanto al pequeño ciego, Amarillo tenía celos de todo aquello a lo que este dedicaba su atención. Durante las largas noches, cuando el muchacho ciego tallaba el tótem, Amarillo solía sentarse junto a él en la mesa, mirándolo con sus rasgados ojos de color ámbar, mientras los dedos jóvenes y sensibles se deslizaban por el gran tronco de pino, tanteando con una navaja afilada los contornos del delfín, de los peces asesinos y de las toscas figuras de Teet’ Motl y su novia. 

Cuando Amarillo consideraba que su am
igo estaba dedicando demasiada atención a la tarea de tallar, estiraba una pata peluda y amarilla y daba una palmadita en la mano del muchacho ciego. Si no recibía respuesta bostezaba de un modo asombroso, se levantaba, se estiraba y frotaba su amplio lomo contra la cara del muchacho ciego, caminando intencionadamente sobre el tronco para que no pudiera seguir tallando. 

Entonces, si su amigo insistía en continuar con su tarea, Amarillo solía lanzar un maullido agudo, con un tono algo enf
adado que terminaba en un gruñido. Entonces agitaba violentamente la cola, saltaba de la mesa haciendo un gran ruido y se metía debajo del hornillo haciendo mohínes, negándose a salir por más que lo llamaran o le dedicaran cariñosas palabras.

Pero Amarillo no fue el único inquilino de cuatro patas que vivió en la casa del pescador indio. En su pequeña cabaña se brindaba hospitalidad a cualquier criatura que necesitase refugio o ayuda, y rara era la ocasión en que no estuviesen cuidando a algún habitante del bosque que hubiera sufrido un percance. 

En ci
erta ocasión encontraron un nido de faisán; junto al nido estaba el cuerpo sin vida de la madre, acribillada a balazos, y los polluelos marrones recién salidos del cascarón. Se llevaron a los pequeños a la cabaña y los alimentaron con tanto cuidado que todos ellos lograron sobrevivir; habrían llegado a ser faisanes adultos de no haber sido por Amarillo.

Al principio no resultó difícil mantener apartados a los diminutos polluelos de faisán. Muy pronto aprendieron a salir corriendo hacia la puerta de su jaula de alambre cuando oían que unos pasos se aproximaban; eran tan amigables como si sus padres nunca hubiesen vivido en estado salvaje. 

Amarillo los miraba con ojo
s hoscos de color ámbar, agitando un poco la cola, y los músculos de sus hombros daban un ligero respingo en cuanto veía que las crías de faisán corrían de un lado para otro protegidas por la jaula de alambre. 

Pero nunca se atrevió a molestarlas. Tampoco intentó saltar sobre ellas cuando se habían hecho tan grandes que creyer
on que la jaula era demasiado pequeña para que pudieran estar cómodas dentro, así que les permitieron vagar en libertad; quizá tenía en mente el castigo que se le había impuesto en nuestra cabaña por haberse atrevido a matar a los pollos.

Pero un día el muchachito ciego se dirigió a la jaula de alambre y llamó a los faisanes, quienes acudieron corriendo a picotear las migas que el muchacho sostenía en la palma de su mano; ese día, Amarillo declaró la guerra a los invasores de color marrón. 

La verdad es que ni el pescador indio ni su mujer lo descubrieron nunca tratando de forma vi
olenta a los faisanes, pero estos fueron desapareciendo uno a uno, dejando un puñado de plumas como único testimonio de su paso por la casa. 

Una vez Amarillo entró en la cabaña con una pequeña pluma todavía colgando de sus bigotes; había olvidado elimin
ar las pruebas. Era la última pluma del último faisán. Le dieron un sonoro azote; él gruñó, bufó y salió corriendo hacia el bosque; no apareció por allí en dos días, durante los cuales el muchacho ciego lo echó mucho de menos. 

Cuando volvió lo hizo con pasos hoscos, precavidos, y sus ojos de color ámbar eran tan
esquivos como si pusiese en duda que fueran a recibirlo bien. Pero la familia le perdonó el asunto de los faisanes, se alegró mucho de su regreso y el muchacho ciego lloró, apretando muy fuerte al gato amarillo contra sus mejillas. 

Entonces Amarillo ronroneó profundamente, como un órga
no, hundió sus patas en los hombros de su amigo y aquella noche durmió en la cama del muchacho ciego sin que le hubieran reñido. Durante una semana no perdió de vista al niño; lo seguía como si fuese un perro y cada noche se sentaba junto a él mientras tallaba el tótem.

Poco después del incidente de los faisanes, otro amigo del bosque recibió el cuidado del pescador indio y de su mujer. Un día, estando en el bosque, cerca del pueblo de Suquamish, el pescador indio vio a una pequeña hembra mapache que había caído en una de esas trampas para mapaches que suelen ponerse en la región de Puget Sound. 

Alguien había agujereado
un pequeño tronco y, dentro del agujero, a bastante profundidad, había metido un panal. Después había rodeado el agujero de clavos, de tal manera que un mapache, al intentar sacar el panal, no pudiera hacerlo sin arrancarse totalmente la piel. 

El pescador indio encontr
ó a la hembra mapache con una pata metida en el agujero; sus ojos brillantes parpadeaban asustados rodeados por una mancha negra que atravesaba de extremo a extremo su cara, como si se tratara del antifaz de un bandolero. 

La verdad es que había sido tonta empeñándose en no soltar el panal, ya
que, si se hubiera detenido a pensarlo y se hubiera decidido a comprimir su pequeña garra negra, podría haberla sacado de la hilera de clavos sin hacerse daño. Pero quería el panal, se negaba a soltarlo, de modo que seguía prisionera, tal y como sin duda había previsto quien había colocado la trampa.
 
El pescador indio no podía soportar ver cautiva a la pequeña hembra mapache. Pronto iba a tener bebés. Con mucho cuidado sacó los clavos. Mientras tanto ella permanecía muy rígida, atenta a todo lo que él estaba haciendo, aunque negándose testarudamente a soltar la golosina de dentro del agujero. 

El pescador deslizó su sombrero sobre la mapache; entonces, asustada de repente, retiró la
pata, que estaba pegajosa a causa del panal. El pescador indio la llevó a la cabaña, aunque el animal no dejaba de protestar retorciéndose y agitándose.
 
Pronto, la mapache se dio cuenta de que disponía de un cómodo corral en el que vivir y de que toda la familia le prestaba mucha atención. Llegada la fecha en que nacieron sus pequeños sentía ya que el nuevo entorno era su hogar y aceptaba de buen grado todas las atenciones que la familia le dispensaba.
 
La llamaron Betty, y sus hijos nacieron en una caja detrás del hornillo de la cocina. Poco después la instalaron en una cómoda jaula en la leñera. Pero un día escapó de ella y entró en la casa. Sus tres hijos la seguían en fila, con las colas enroscadas por encima de la espalda, como si hubiesen aprendido a colocarla de forma correcta; todas sus diminutas caras mostraban un antifaz a través del cual unos ojos brillantes parpadeaban con amistosa curiosidad por el nuevo mundo en el que se encontraban.
 




Amarillo observó esta extraña procesión con un asombro no desprovisto de preocupación. Cuando el pescador indio había llegado a la cabaña con Betty, él estaba cazando en el bosque; después, el hombre se había preocupado de que no tuviese acceso ni a la jaula ni a la caja que colocaron detrás del hornillo de la cocina. 

La verda
d es que Amarillo nunca había visto una cría de mapache, con su antifaz negro en la cara y su cola arremolinada primorosamente por encima de la cabeza. Saltó a una silla y resopló con fuerza mientras la pequeña procesión atravesaba el suelo de la cocina en dirección a un cuenco de leche situado detrás del hornillo. Betty no se dio cuenta de su presencia, así que siguió su camino, con sus tres hijos siguiéndola en fila, uno inmediatamente detrás del otro.
 
Amarillo se inclinó en el borde de la silla y gruñó terroríficamente. Betty levantó hacia él su antifaz de bandolero y, al verlo, sus ojos centellearon. Mostró una hilera de dientes blancos y amenazadores. Amarillo continuó gruñendo desde lo más profundo de su garganta, pero no se movió, excepto para afirmarse de puntillas, mirar y decidir qué hacer. 

Si Betty y sus pequeños hubiesen
estado fuera de la casa se habría lanzado sobre ellos sin demora. Pero su presencia en la cocina le inquietaba, le obligaba a plantearse qué hacer con ellos. Lo habían castigado muchas veces por meterse con los amigos de la casa. Se relamió y continuó gruñendo.
 
Entonces, de repente, sin poder contener su impaciencia, saltó. El pescador indio corrió a proteger a la hembra mapache, cuya vida pensó que estaba en peligro. Pero Betty era muy capaz de defenderse tanto a sí misma como a su familia. 

Aunque parecía no haber prestado atención al gato amarillo, estaba ya lista para recibir su ataque. Lanzó un grito agudo y se precipitó tan rápidamente hacia un lado que ni la rapidez de Amarillo habría podido igualarla. Antes de que el gato de color amarillo hubiera podido darse cuenta de lo que estaba pasando, la mapache había caído sobre él; sus pequeñas patas negras se aferraron al cuello del gato y sus afilados dientes le atravesaron la gruesa piel y la carne que había debajo. 

Amarillo gruñó y gim
ió de dolor. Dio varias vueltas, intentando en vano clavar las garras en el asustado y esbelto cuerpo de la hembra mapache. Las crías mapache huyeron hacia el hornillo, debajo del cual se sentaron y miraron fijamente con ojos brillantes e inquisidores el torbellino rodante y confuso de pelo amarillo y marrón. 

En esta desigual batalla fue Amarillo quien por fin gritó «basta». Su autoridad había sido incuestionable durante tanto tiempo que su rendición fue, si cabe, más completa. Se precipitó hacia la puerta abierta, maullando aterrorizado. Betty seguía montada en él como un jockey, con las garras clavadas con fuerza en su pelambrera y los ojos cruelmente burlones a través de su negro antifaz de bandolero.
 
Por fin, Amarillo consiguió librarse de su inoportuno jinete rodando sobre el suelo con desesperada energía. Cuando se hubo soltado subió a un árbol, bufando a cada paso; fue a encontrar refugio en una rama, a mucha altura del suelo, donde gruñó y bufó, se lamió las heridas y dedicó gran cantidad de pensamientos duros y amargos tanto a los mapaches como al mundo en general.
 
Por su parte, Betty se tomó su victoria con modesta sencillez. Enroscó su cola por encima de la cabeza y regresó tranquilamente a la cocina, donde estaban sus pequeños. Después de beber un refrescante trago de la leche del cuenco se dispuso a dar de comer a sus hijos, mientras se arreglaba el pelo desordenado, expulsándose los trozos de ramitas y los mechones de pelo amarillo que se le habían quedado pegados durante la batalla. 
 
Amarillo regresó al bosque, tal como era su costumbre siempre que se sentía insultado, y permaneció allí durante tanto tiempo que la familia temió haberle perdido la pista definitivamente. 

Pero por fin
volvió, muy resentido y malhumorado, hasta que se dio cuenta de que realmente era bienvenido, en especial por parte del muchacho ciego, que lo había echado mucho de menos. Así pues ronroneó y rodó por el suelo como un minino, y por la noche durmió en la cama del muchachito. 

No volvió a molestar a la familia mapache, que para entonces
vivía en la casa. Betty y sus hijos entraban en la cocina y en la sala cuando querían, incluso comían de la mano del muchacho ciego, y Amarillo no hacía nada por evitarlo. Algunas veces solía gruñir quedamente, pero cuando Betty lo miraba con severidad desde detrás de su antifaz, optaba por parpadear, mirar hacia otro lado y fingir que no había dicho esta boca es mía.
 
Los mapaches eran muy limpios. En el porche tenían siempre a su disposición una gran palangana llena de agua, y en ella solían lavar la comida antes de llevársela a la boca. Se bañaban con frecuencia; se sentaban alrededor de la palangana como pequeños muñecos de peluche, sumergían sus negras patas en el agua y se lavaban la cara y el cuello con mucha delicadeza y corrección. 

Sabían dónde el pescador indio varaba la pequeña b
arca en la que cargaba el pescado para ir a venderlo. Al final de su jornada diaria, este tenía la costumbre de dejar algunos peces pequeños en la barca por el simple placer de ver a Betty conduciendo a sus hijos a través del bosque hasta la costa rocosa, los cuatro en fila india, con sus colas enroscadas por encima de sus cabezas, y todos ellos canturreando la curiosa y monótona cancioncita que cantan los mapaches cuando están en camino y disfrutan de la vida.
 
Cuando llegó el otoño, las crías de mapache, para entonces bastante crecidas, marcharon al bosque, y más tarde también Betty se fue; estuvo ausente durante todo el invierno. Esperaban que regresara en primavera, pero no lo hizo, así que nunca supieron qué había sido de la pequeña e intrépida hembra.
 
Como pueden imaginar, Amarillo no sintió ningún dolor por su ausencia. Su reinado volvía a ser incuestionable, y era feliz disfrutando de la amistad del pescador indio y de su mujer, y del cariño que le ofrecía el muchacho ciego. Se habían vuelto más inseparables que nunca. 

En esas fechas era muy raro que Amarillo saliese al bosque a cazar
. Al contrario, prefería quedarse con su querido muchacho, seguirlo cuando andaba por el patio con pasos vacilantes e inseguros, propios de quien no puede ver, y dormir en su cama por la noche.
 
A su debido tiempo Amarillo encontró a una gata que le gustó, así que la llevó a vivir a la cabaña. La gata dio a luz a un solo minino, de color casi tan amarillo como el de su progenitor. Y me alegra poder decir que, en su papel de padre, Amarillo imitaba más a sus antepasados salvajes que a sus semejantes domésticos. 

Se preocupaba del minino con mucha más ternura que la madre gat
a, ya que, después de todo, esta demostró ser una mujerzuela descuidada a la que no le preocupaban en absoluto los sentimientos de Amarillo. 

Poco después de destetar a su hija se largó al bosque, así que el minino, a quien el pescador indio había puesto el horrible nombre de
«Whiskey Susan», creció bajo la completa supervisión de su padre.
 
Whiskey Susan era el único ser, además del propio Amarillo, a quien la familia podía acariciar sin que a este le importase. No tenía celos del cariño que sentían por ella, y el muchacho ciego podía incluso colocarla en su regazo mientras tallaba el tótem; Amarillo solía sentarse en la mesa junto a él, ronroneaba desde lo más profundo de su garganta y cerraba los ojos formando una fina hendidura de satisfacción.
 
Pero un día, muchos meses después, tuvo lugar otro percance, esta vez definitivo, en la vida de Amarillo. El pescador indio encontró un pequeño pato real que se había quedado atrapado entre las redes; como se había roto una pata, estaba enredado, desvalido, golpeando el agua con sus alas. 

El pescador indio
lo liberó con mucho cuidado y lo llevó a la cabaña, donde su mujer se hizo cargo del inválido, le entablilló la pata herida y atendió todas sus necesidades. La primera noche, Amarillo, al entrar en la cabaña, descubrió al recién llegado. 

El muchacho ciego, que no podía ver que Amarillo se acercaba, estaba inclinado sobre el pato herido y l
o acariciaba suavemente. Al verlo, Amarillo lanzó un silbido agudo y saltó. Su brinco tan solo lanzó al atónito pato al suelo, pero la mujer del pescador no estaba dispuesta a tolerar que su inválido recibiera semejante trato. 

Dio un fuerte manotazo a Amarillo; este la miró fijamente con furiosos ojos de color ámbar, después inclinó las orejas hacia atrás, salió corriendo de la casa, con su pelo formando gruesas y apretadas arrugas, y se dirigió directamente al bosque.
 
Una semana después todavía no había vuelto; tampoco lo había hecho a las dos semanas. El muchacho ciego estaba cada día más preocupado y se sentía más solo. Empezó a vagar por el patio llamando a Amarillo. 

Cuand
o su madre estaba ocupada, de modo que no podía impedírselo, solía tantear el camino, cruzar la puerta y avanzar por la senda que lleva a la espesura del bosque andando muy despacio, con las manos extendidas hacia delante, llamando a Amarillo con la esperanza de que el gato lo oyera y regresara a su lado.
 
Pero no era seguro adentrarse solo o desarmado en la espesura del bosque. Acechaban muchos peligros en sus oscuras profundidades, y se habían contado muchas historias sobre ataques de pumas y linces que descendían de las altas montañas empujados por el hambre o los incendios forestales. 

No obstant
e, el muchacho ciego siempre regresaba sano y salvo, ya que solo se aventuraba por un corto trecho del camino y volvía antes de que pudieran darse cuenta de su ausencia.

Pero un día, confiando en que ya conocía el sendero, se marchó sin que se dieran cuenta. Avanzó más que en otras ocasiones y, a medida que creía que no podían oírlo desde la cabaña, llamaba a Amarillo en voz cada vez más alta. 

El camino se volvió más escabroso y sus pies no estaban acostumbrados a él, per
o aun así continuó; por fin, se dio cuenta de que el ambiente era frío, lo cual significaba que se había hecho de noche. 

El bosque permanecía silencioso; lo único que rasgaba
ese silencio era el claro sonido de las hojas cayendo al suelo o la llamada distante de una garza que volaba hacia un nido situado en lo alto de un gran pino. Un poco asustado, el muchacho ciego se dispuso a regresar a casa, pero sus pies habían perdido la confianza en sí mismos. Giró por una senda accidentada y sinuosa que lo alejaba del camino correcto.

A medida que la noche se hacía más fría, sus pies tropezaban con las raíces que se extendían por el suelo y las ramas bajas le golpeaban en la cara. Se dio cuenta de que se había perdido y de que estaba desamparado. 

Entonces dejó de llamar a Amarillo; alzó la voz en
un grito agudo y oscilante, como el que suelen hacer los indios. Este sonido atraviesa grandes espacios sin dificultad, así que los indios lo utilizan como señal de peligro.
 
En la cabaña, ya casi se había puesto el sol cuando descubrieron la ausencia del muchacho; tanto el pescador indio como su mujer habían estado zurciendo redes en la playa. Cuando llegó la noche y volvieron a casa se miraron uno a otro con ojos asustados, y un gran temor se apoderó de sus corazones. Sabían que el oscuro bosque era una amenaza. 
 
El pescador indio llamó al resto de la tribu de los skokomish y, con la astucia propia de los indios, encontraron las claras y vacilantes huellas del niño marcadas en la blanda tierra y las siguieron por el bosque hasta que la oscuridad les impidió seguir distinguiéndolas. Se habían detenido a escuchar cuando, de repente, desde muy lejos, llegó hasta sus oídos un grito agudo y oscilante. Respondieron con todas sus fuerzas y salieron corriendo en esa dirección, con las tenues luces de sus linternas proyectando oscuras y grotescas sombras en el camino que tenían ante sí.
 
Pero de pronto oyeron otro grito y, por un momento, se quedaron sin respiración, estremecidos de frío y de horror. Se trataba del grito salvaje y depredador del lince, el grito que lanza al saltar sobre su presa. Dispararon sus rifles furiosamente y corrieron hacia el lugar del que habían procedido los dos gritos, el grito que pedía ayuda y el grito de muerte. 

Les resultó fácil encontrar el camino, ya
que el bosque había recuperado la vida con los sonidos salvajes de una pelea, gritos extraños que hacían que los pájaros se agitaran nerviosamente y que los hombres apretasen los dientes temiendo lo que pudieran encontrar.
 
Cuando doblaron el accidentado y sinuoso camino oyeron por encima de los gruñidos y chillidos la voz de un muchacho que sollozaba de miedo. El resplandor de las linternas iluminó una salvaje maraña de ojos brillantes, dientes blancos que castañeteaban y cuerpos que rodaban y se retorcían por el suelo. 

El muchacho
ciego se acurrucó entre los helechos, junto al camino, y se arrastró extendiendo los brazos hacia unos rescatadores a los que no podía ver. Su padre lo levantó con un gran sollozo. Una ráfaga de disparos cayó cruelmente sobre el torbellino de cuerpos retorcidos. De repente, se produjo un profundo silencio. Los cuerpos cayeron pesadamente, se agitaron durante un momento y quedaron tendidos, inmóviles.
 
Entonces el muchacho gritó muy fuerte:
 
—¡No disparen! ¡No disparen! ¡Van a herir a Amarillo!
 
Los hombres miraron al suelo. Por primera vez, el pescador indio se alegró de que su hijo no pudiera ver, ya que, ante ellos, en el camino, estaba tendido el felino cadáver de un lince, con sus crueles garras clavadas en el cuerpo de un gato: el valiente cuerpo de Amarillo. 

Su piel estaba desgarrada casi en
jirones, y yacía en medio de un charco de sangre. Pero el lince también había sufrido lo suyo, ya que los dientes de Amarillo estaban hundidos en su garganta y ni siquiera la muerte había logrado que la soltase.
 
Regresaron a la cabaña llevando el pobre y desgarrado cuerpo de Amarillo con mucha ternura; el muchacho ciego sollozó sobre el hombro de su padre. Más tarde le contó que, en aquella fría oscuridad, había oído crujir las hojas y después el familiar «prrt» que le hizo saber que Amarillo lo había oído por fin y que se dirigía hacia él. 

Pero en cuanto se hubo arrodillado y extendido los brazos para dar la bienvenida a Amarillo con todo su corazón, no
tó que las ramas situadas por encima de su cabeza se agitaban y oyó el salvaje grito de un lince. A continuación, el lince había saltado y lo había golpeado en la cara. 

Pero antes de que aquella criatur
a sedienta de sangre hubiera podido saltar sobre él de nuevo, había aparecido Amarillo, luchando salvajemente, y el lince, sorprendido por el repentino ataque, se había visto obligado a defenderse, olvidándose por un momento de la presa humana a la que había estado acechando.
 
Y así sucedió que, muchos años después, cuando fui al pueblo de Old Man House, al que los indios llaman Suquamish, encontré al viejo pescador, al pescador indio y a su mujer, que pertenecía a la tribu de los skokomish. Encontré también al muchacho ciego, que era ya casi un adulto, y en la plaza del pueblo pude ver el tótem que contaba la historia de cómo Teet’ Motl y Hoo Han Hoo encontraron la tierra prometida.
 
Allí, en el patio de la cabaña, hay una pequeña tumba. No han colocado sobre ella una lápida, como habría hecho un hombre blanco en memoria de un amigo. Hay un monumento más noble, más digno de gratitud y amor: un tótem tallado y pintado. 

Al pie del tótem puede verse la cara fiera y rugiente de un lince, en la q
ue se han tallado unos colmillos blancos y crueles. Sobre esta cara rugiente descansa la impasible figura de un pato real con una pata tiesa y entablillada. 

Más arriba hay dos ojos cerrados, ojos que no pueden ver la luz. Y en el extremo superior, en el lugar de honor, puede verse el retrato
tallado de Amarillo, con su cara bondadosa y casi sonriente, sus orejas copetudas erectas y alerta.
 
Si pudiera saberlo, estoy segura de que se sentiría orgulloso, pues la tribu de los skokomish solo honra así a los seres verdaderamente grandes.