Siempre
he pensado que el encontrar a un fantasma habría de ser una cosa bastante
reconfortante. Cuando un hombre ha pasado de los cincuenta y tiene edad
suficiente para hacerse una idea de la muerte, todo lo que demuestre que no se
llega a un final completo y absoluto, vacío de significado, ha de ser un
consuelo. ¡Ni siquiera el verse uno condenado a frecuentar un determinado
lugar, a solas, durante toda la eternidad tiene el horror del no ser!
Naturalmente,
la religión proporciona esperanzas a ciertas personas; pero la mayoría no
tenemos ya la fe de nuestros mayores. Un fantasma debería constituir una prueba
en contra de la inimaginable finalidad de la muerte.
Así
solía pensar yo. Ahora, no lo sé. Ojalá supiera explicar lo de Jimmy...
Le
oíamos, no cabe duda. A la muerte de mamá, toda la familia le oyó, incluso mi
hermana Agnes, que es la atea más convencida que conozco. Hasta su hermana
menor, que se hallaba en el piso de abajo a la sazón, subió corriendo para ver
quién era el otro niño. No, no se trató de una alucinación colectiva, como
tampoco se trató de algo que pueda explicarse por las leyes naturales que
conocemos.
El
doctor también oyó aquello, y por la cara que puso me figuro que había oído a
Jimmy anteriormente y más de una vez. De todos modos, no quiere hablar del
asunto, y los otros no habían podido vivir una experiencia anterior, porque
nunca habían estado allí. Yo soy el único que puede declarar que he oído a
Jimmy en otras ocasiones, aparte de aquélla. Ojalá no hubiera de reconocerlo
así, ni siquiera ante mí mismo.
Eramos
una familia numerosa, aunque la tradición de las familias numerosas estuviera
dando ya las últimas boqueadas, a la vuelta del siglo. Mamá y papá lo habían
querido así, y las cuatro niñas que perecieron antes de tener la menor
posibilidad de vivir no cambiaron mucho las cosas. Quedamos con vida seis
muchachos y tres chicas, y para mamá esto lo justificaba todo.
Me figuro que
habríamos sido una familia más numerosa aún, si un toro enfurecido no hubiese
matado a papá, mientras yo estaba lejos, salvando al mundo para la Democracia.
Quizá mamá hubiera encontrado otros maridos —la extensa finca de lowa, con su
grande y antigua casona se los habría proporcionado—, pero se había pronunciado
resueltamente contra semejante posibilidad.
Nosotros, los hermanos mayores, nos
fuimos a trabajar a la ciudad, ayudando a los otros a cursar sus estudios hasta
que también ellos encontraron empleos. Con el tiempo, mamá se quedó sola en la
vieja casa, mientras la ciudad crecía y se desparramaba, hasta que la finca fue
vendida a parcelas, porque ya se hallaba en la periferia.
Eso
le procuró a mamá una pequeña fortuna, particularmente después de la Segunda
Guerra Mundial. No parecía necesitarnos, y se iba volviendo una persona de
conducta atontada y con la cual resultaba difícil tratar. De modo que, poco a
poco, nuestras visitas se fueron haciendo más escasas.
Yo trabajaba en Des
Moines y era el que vivía más cerca de ella; pero tenía mi propia vida, y, por
otra parte, mamá parecía dichosa y capaz, a pesar de haber dejado bastante
atrás los setenta años.
Yo
le enviaba felicitaciones en su cumpleaños y en las fiestas importantes —o al
menos Liza se las enviaba en mi nombre— y seguía cultivando el propósito de ir
a verla. Pero mi hijo mayor pareció desmoronarse, después de la Segunda Guerra
Mundial; mi hija se casó con un camionero y tuvo gemelos antes de encontrar un
apartamento decente; a mi hijo pequeño lo hicieron prisionero en Corea; a mí me
ascendieron a presidente de la compañía de materiales para tejados, y, en el
club, un profesor nuevo me entrenaba a marcar más de noventa la mayor parte del
tiempo.
Entonces
mamá empezó a escribir cartas; las primeras cartas de verdad que escribía en
muchos años. Eran bastante animadas, estaban llenas de pequeñas noticias sobre
algunos vecinos, los nuevos cortinajes de las ventanas, una receta para
preparar pastel de mantecado de limón, y cosas así. Al principio lo consideré
una señal excelente. Luego advertí algo en ellas que empezó a inquietarme. De
todos modos, hasta la quinta no encontré nada concreto.
En
ésa escribía unas cuantas palabras sobre el maestro nuevo de la antigua
escuela. Yo repasé la carta un par de veces antes de recordar que el edificio
escuela había sido demolido quince años atrás. Después de darme cuenta de este
detalle, otras cosas empezaron a conjuntarse. Las cortinas que mencionaba las
había puesto hacía varios años, y la receta era la primera que preparó...
¡aquella que siempre salía demasiado dulce, antes de que la modificara! Había
otras cosas, además.
Todo
ello no cesaba de inquietarme, y por eso telefoneé. Mamá tenía una voz
excelente, aunque estaba un poco preocupada temiendo que me hubiera pasado
algo. Habló un par de minutos; luego murmuró algo acerca de tener el almuerzo
en la estufa, y colgó rápidamente. No podía ser más normal. Saqué mis palos y
había bajado la mitad de los escalones de la fachada cuando algo me hizo
retroceder para repasar nuevamente sus cartas.
Después
telefoneé al doctor Matthews. Al cabo de medio minuto invertido en
identificarme, le pregunté por mi madre.
Su
voz se revistió inmediatamente del acento profesional. La anciana estaba muy
bien... en unas condiciones físicas notablemente buenas para una mujer de su
edad. No, no había motivo alguno para que fuera allá en seguida. No le pasaba
nada, en absoluto.
El
médico extremaba la nota, al mismo tiempo que no sabía esconder por completo la
inquietud de su voz. Supongo que por aquellas fechas yo había pensado en
tomarme unos días de vacaciones, en el futuro, para ir a verla. Pero apenas
hubo colgado el teléfono el médico, volví a dejar los palos en el armario y me
cambié de ropa. Liza estaba fuera, en algún club de perfeccionamiento, y le
dejé una nota. Ella se había llevado el convertible, de modo que yo estaba de
suerte.
Habíamos traído recientemente el «Cadillac» nuevo de que le hicieran un
repaso y estaba ideal para una buena carrera. Además, con él corría menos
peligro de que me regalaran una papeleta de multa, si pisaba con algún exceso
el acelerador; la mayoría de guardias se sienten inclinados a mostrarse menos
duros con los personajes que conducen coches de esa categoría. Así pues, corrí
bastante todo el camino.
Matthews
seguía viviendo en la misma casa; pero la blancura de su cabello me causó una
viva impresión. Me miró arrugando la frente, examinándome con la mirada desde
la cintura hasta el poco cabello que me quedaba, para descender de nuevo hacia
el rostro. Luego levantó la mano pausadamente, dirigiendo una rápida ojeada al
«Cadillac».
—Supongo
que ahora todo el mundo te llama A. J. —comentó—. Y puesto que ya estás aquí,
entra.
Me
hizo cruzar la sala de espera y me acompañó al consultorio. Sus ojos volaron de
nuevo hacia el coche, en el exterior. No sé de dónde, sacó una botella de buen
whisky escocés. Viendo el signo afirmativo que le hice, mezcló licor con agua
de una nevera. Luego se acomodó, estudiándome mientras ocupaba su sillón
habitual.
—Conque
A. J., ¿eh? —comentó otra vez. Pero me pareció advertir cierto deje ácido en
sus palabras—. Esto da a entender que has triunfado. Pensaba que tu madre había
dicho algo acerca de que, hace unos años, tú te encontraste en un apuro.
—No
financiero —puntualicé. Yo habría pensado que sólo se acordaba Liza de aquello.
A la sazón debió de escribir a mi madre; porque yo había cuidado de que la
noticia no llegara a los periódicos. Y luego que me avine a comprar la línea de
camiones para mi yerno, Liza acabó perdonándome definitivamente. No era asunto
de la incumbencia de Matthews; pero me acordé de que por aquellas latitudes los
médicos se consideran con derecho a saberlo todo y enterarse de todo—. ¿Por
qué, doctor?
El
hombre me estudió, dejó que sus ojos volvieran a recorrer el coche, y luego
levantó el vaso para apurar el whisky.
—Simple
curiosidad... No, caramba, tanto da que sea sincero. Al fin y al cabo, la verás
dentro de unos momentos. Es una anciana, Andrew, y posee una fortuna que
podríamos calificar de muy saneadita. Cuando los hijos, que no se han acordado
de ella durante años enteros se presentan de pronto, puede que no sea por
cariño. ¡Pero yo no permitiré que ahora le pase nada a Martha!
Las
implicaciones de estas palabras encajaban demasiado con mis propias sospechas,
que noté se consolidaban, mezclándose con disgusto y un toque de miedo. No
quería hacer la pregunta. Quería enojarme con él, y acusarle de viejo
entrometido. Pero había de saberlo.
—¿Quiere
decir... demencia senil?
—No
—respondió prestamente, enarcando un poco una ceja—. ¡No, Andrew, no está loca!
Está en excelentes condiciones físicas, y bastante cuerda para cuidar de sí
misma durante los quince años que es probable que aún viva. No necesita médicos
de lujo ni psiquiatras. Acuérdate de esto, nada más, y de que es una anciana.
¡Trece hijos en menos de veinte años! Viuda antes de los cuarenta. Solitaria
todos estos años últimos, aunque sea demasiado independiente para molestar a
sus hijos. Las ancianas tienen derecho a toda suerte de felicidad que puedan
proporcionarse. ¡No lo olvides!
Se
interrumpió; pareció sorprendido de sí mismo. Luego se puso en pie y cogió el
sombrero.
—Vamos,
te acompañaré.
El
buen médico me fue dando una lección de historia local mientras corríamos por
unas calles en las que, la última vez que estuve por allí, se cultivaba el
maíz. Donde antes había la arboleda, ahora se levantaba un hospital, y la
fuente antigua quedaba escondida por una casa de vecinos. La casona en que
nacimos nosotros continuaba en pie, extendiéndose con fea afectuosidad entre
aquellas imitaciones de cajas de piano a las que hoy en día llaman casas.
Quise
volverme; pero Matthews me hizo seña de que le siguiera por la acera. La puerta
de la calle continuaba abierta. El médico entró, ladeando la cabeza hacia las
escaleras.
—¡Martha!
¡Eh, Martha!
—Ha
vuelto Jimmy, doctor —respondió desde arriba una voz. Era la de mi madre,
inalterada, salvo por un canturreo desconcertante, que no le había oído nunca,
y exhalé un profundo suspiro de alivio.
—Muy
bien, Martha —contestó el médico—. Le veré un momento, pues, y más tarde la
visitaré a usted. Porque cuando vea a quién le traigo, no me querrá por aquí.
¡Es Andrew!
—¡Qué
bien! ¡Dígale que se siente, y me visto en un minuto!
El
doctor levantó los hombros.
—Pasaré
unos minutos sentado en el jardín —me dijo—. Luego regresaré allá en taxi.
Pero, recuérdalo: tu madre merece toda la dicha que se pueda procurar. ¡No se
la arruines!
El
médico salió por la puerta del fondo; yo encontré el saloncito y me dejé caer
en el viejo sofá. Luego arrugué la frente. Lo habíamos subido al ático en 1913,
cuando papá compró el mobiliario nuevo. Afiné la mirada a través de la
semioscuridad y fui distinguiendo todos los muebles antiguos.
Hasta la alfombra
era la misma que había cuando yo era pequeño. Entonces pasé a las otras
habitaciones, y las encontré tal como estaban cuarenta años atrás, excepto por
el televisor de la sala de estar y la cocina, completamente moderna, con una
olla de sopa burbujeando a lomos del fogón.
Volvía
a sentir una especie de nudo en la garganta y la misma inquietud que
experimentaba anteriormente, cuando el sonido de pasos en las escaleras me hizo
levantar los ojos.
Mamá
bajaba, con cierta lentitud, pero sin ningún signo de debilidad. No apoyaba la
mano en la baranda. Habría podido hacer juego perfectamente con los muebles de
la casa, salvo por las arrugas y el cabello blanco. Llevaba un vestido nuevo,
¡aunque copia exacta del que solía llevar cuando yo era niño todavía!
Parece
que no oyó la exclamación que emití. Su mano se levantó para coger la mía, y
todo su cuerpo se inclinó adelante para besarme en la mejilla.
—Tienes
muy buen aspecto, Andrew. Ea, veamos, veamos. Hummm. Liza te alimenta bien, lo
noto. Pero apuesto a que te comerías una sopa y un pastel realmente preparados
en casa, ¿eh? Ven a la cocina. Te los preparo en un minuto.
No
sólo estaba en excelente forma física, sino que parecía quince años más joven
de lo que realmente era. Y hasta se acordó de llamarme Andrew, en lugar de los
varios apodos cariñosos que utilizó durante mi infancia. ¡Aquello no era
senilidad!
Una mujer senil habría echado mano del más antiguo de dichos apodos,
según yo recordaba muy bien, en particular por haber tenido que luchar
denodadamente para conseguir que abandonase los nombrecitos de la niñez. Sin
embargo, la casa...
Mi
madre iba y venía por la cocina, y me sirvió una sopa caliente riquísima.
Cuando yo era niño, mi madre no era buena cocinera; pero había ido mejorando
continuamente, y ahora resultaba superlativa.
—Supongo
que el doctor ha pronunciado bien el nombre de Jimmy —dijo con toda
naturalidad—. Ahora se ha ido a correr por ahí. Bueno, después de pasarse dos
semanas encerrado aquí con el sarampión, no puedo reprochárselo. Recuerdo cómo
estabas tú cuando lo tuviste. ¿Te has fijado en cómo he ordenado la casa,
Andrew?
—Me
he fijado en los muebles antiguos. Pero ¿ese Jimmy...?
—Ah,
tú no le conoces, ¿verdad que no? No importa; le conocerás. ¿Cuánto tiempo vas
a quedarte, Andrew?
Procuré
imaginarme la situación, mientras maldecía al doctor por no haberme avisado.
Claro, había oído algo acerca de que uno de mis varios sobrinos había quedado
viudo. ¿Sería el que tenía ese muchacho joven? Pero ¿no se marchó a Alaska? No,
ése era el hijo de Frank. Además, ¿por qué había de cargar nadie a mi madre con
las tareas de cuidar a un chiquillo? Había una multitud de mujeres más jóvenes
en la familia.
Advertí
que me miraba fijamente, y recobré la compostura.
—Saldré
dentro de un par de horas, madre. Solamente...
—Has
sido muy amable viniendo —me interrumpió, siguiendo su vieja costumbre de
interrumpir nuestras respuestas—. Tenía siempre el propósito de ir a veros a ti
y a Liza; pero el arreglo de la casa me tuvo muy ocupada. Dos hombres bajaron
los muebles del ático; pero todo lo demás lo hice yo sola. Con estos muebles
antiguos aquí, me siento más joven.
Echó
en un plato una cuarta parte de pastel de melocotón y me lo puso delante, junto
con una buena taza de café caliente. También ella se sirvió pastel de melocotón
y se llenó la taza de café. Yo me representaba mentalmente a Liza con sus
vitaminas y sus dietas. ¿Cuál era la senil?
—Ahora
Jimmy va a la escuela —dijo—. Está loco por su profesora, además. ¿Más pastel,
Andrew? Tendré que guardar un trozo para el pequeño Jimmy, pero todavía quedan
dos.
Se
oyó un ruido súbito en el exterior; mamá se levantó de un salto y fue
apresuradamente hacia la puerta trasera. Luego volvió a entrar en la cocina.
—No
era nada —explicó—. Sólo el hijo de una vecina tomando un atajo. De todos
modos, me gustaría que fuesen más agradables y jugasen con Jimmy. A veces se
siente solo. ¿Te gusta mi cocina, Andrew?
—Es
bonita —dije con cautela, procurando no perder los hilos de la conversación—.
Pero bastante moderna.
—La
cocina y el televisor, en efecto —convino alegremente—. Hay cosas modernas que
son bonitas. También lo son algunas antiguas. En la cama tengo un colchón de
espuma de caucho; pero el resto del cuarto... Sube, Andrew. ¡Te enseñaré una
cosa que me parece elegante de veras!
La
casa estaba limpia y no tenía ninguna habitación cerrada. Yo lo iba meditando
mientras subíamos las escaleras. Y no había visto ninguna criada. Mi madre
soltó un bufido de desprecio cuando mencioné el hecho.
—Claro
que lo hago yo. Es trabajo de mujer, ¿verdad? Además, Jimmy me ayuda un poco.
Se está volviendo muy servicial.
El
dormitorio era algo digno de ser contemplado. Me recordó lo que había visto yo
en grabados y películas sobre los años noventa del siglo pasado; lleno de
voluntes y chucherías. El resto de la casa quedaba apagado por el trabajo que
habían realizado los años, al pasar, decolorando tapizados y papeles de las
paredes. En cambio, aquí todo parecía brillante y nuevo.
—Contraté
a un joven decorador de Chicago para que la arreglase —explicó con orgullo—.
Como la hubiera querido yo cuando era niña. Costó una fortuna; pero Jimmy me
dijo que debía hacerlo, puesto que lo quería así. —Y se rió de buena gana—.
Siéntate, Andrew. ¿Qué tal van Liza y tú? ¿Se siguen peleando por aquella
bribonzuela con la que te sorprendió, o Liza ha seguido mi consejo? Fue muy
tonta al dejar que te enterases de que lo sabía. Yo he comprobado que nunca se
muestra tan amoroso un hombre como cuando tiene un pecadillo..., especialmente
si a la sazón la mujer le trata con verdadera dulzura.
Pasamos
una hora larga hablando de varias cosas, y me sentí muy a gusto. Le expliqué
cómo, finalmente, nos devolvían nuestro hijo menor; embarcaría pronto. Me dejé
regañar por consentir cómo consentía que mi hijo mayor abusara de mí, y por lo
que ella llamaba mi estupidez en relación a mi yerno. Su idea de dejarle, al
principio, reducido únicamente a la condición de socio joven no era mala.
Hubiera debido ocurrírseme a mí mismo. También me explicó todas las habladurías
referentes a la familia. Fuese como fuere, seguía la marcha de los
acontecimientos.
Yo no me había enterado siquiera de la defunción de Pete;
aunque sí había tenido noticia de otras dos. Tuve el propósito de asistir a los
entierros; pero hubo entonces aquel considerable negocio con la Midcity Asphalt
y luego el ímprobo trabajo que nos dio el meter a nuestro hombre en el
Congreso. Son cosas que siempre suelen presentarse en los momentos menos
oportunos.
Cuando
me levanté por fin, no sentía el menor temor de que mi madre pudiera poner en
ridículo a la familia. Si Matthews se figuraba que podía molestarme el hecho de
que hubiera vuelto a instalar los muebles antiguos y de que hubiera hecho
decorar esta habitación a estilo ultramoderno, y no importa lo que le hubiera
costado, él era quien estaba senil.
En verdad, me sentía a gusto. Aquello había
sido mejor que una partida entera de golf, ganando yo. Me puse a decirle que
pensaba volver pronto. Hasta pensaba traer a Liza y la familia, cuando hiciera
las vacaciones, en lugar de irnos a Bermuda como habíamos hablado.
Ella
se levantó para besarme otra vez. Luego se contuvo.
—¡Dios
santo! Ya te marchas, y todavía no conoces a Jimmy. ¡Siéntate un momento, nada
más, Andrew!
Levantó
prestamente la persiana, dando paso al olor de las rosas de detrás de la casa.
—¡Jimmy!
¡Jimmy! Se hace tarde. Entra. Pero lávate la cara y las manos antes de subir.
Quiero que conozcas a tu tío Andrew.
Mamá
regresó, sonriendo como si pidiera excusas.
—Es
mi mimado, Andrew —dijo—. Yo siempre procuré ser equitativa en el amor a mis
hijos; ¡pero pienso que a Jimmy le tengo un cariño especial!
Abajo
se oyó el ruido de una puerta cerrándose con cuidado; luego percibí las pisadas
apagadas de un muchacho subiendo hacia la cocina. Mamá continuaba sonriendo con
ancha sonrisa, más dichosa de lo que la había visto yo en muchos años... desde
que murió papá, en realidad. Luego las pisadas sonaron en las escaleras.
Yo
sonreía para mí mismo pensando que Jimmy debía de subir los escalones de dos en
dos, utilizando la baranda para darse impulso. De pequeño, yo siempre lo hacía
así. Estaba meditando en cuán similares son todos los muchachos cuando las
pisadas llegaron al rellano y se encaminaron hacia la habitación.
Me
disponía a mirar hacia la puerta; pero el cambio operado en el rostro de mi
madre me llamó la atención. De pronto parecía incluso joven, y los ojos le
brillaban mientras fijaba la mirada en la puerta, detrás de mí.
Oí
el leve ruido de la misma al abrirse y cerrarse, e inicié el movimiento de
volverme. Pero entonces sentí un cosquilleo en el espinazo. ¡Allí había algo
anormal!
Luego,
al dar media vuelta, lo reconocí. Cuando se abre una puerta, el aire de la
habitación se mueve. Y aunque nunca nos fijamos en este movimiento, si no se
produce nos llama la atención. Entonces, esta anormalidad nos dice que no pudo
tratarse de una puerta auténtica. Esta vez, el aire no se había movido.
Ahora
los pasos sonaban delante de mí, indecisos, como los de un muchachito tímido,
de unos seis años. Pero allí no había nadie. La gruesa alfombra no se hundía
siquiera mientras el suave sonido de los pasos se acercaba y se paraba,
enfrente mismo de mí.
—Este
es tío Andrew, Jimmy —anunció mi madre, gozosa—. Dale la mano como un niño bien
educado, vamos. Ha venido de lejos, de Des Moines, para verte.
Yo
tendí la mano, impulsado por un vago deseo de complacerla, al mismo tiempo que
sentía correr un sudor frío por los brazos y las piernas. Hasta moví la mano
como si alguien me la estrechara. Luego me dirigí con paso inseguro hacia la
puerta, la abrí de golpe y empecé a bajar las escaleras.
Detrás,
sonaban inciertos los pasos del niño, siguiéndome hasta el rellano. Pero a
continuación los apagaron las pisadas de mi madre, al bajar rápidamente las
escaleras para alcanzarme.
—¡Andrew,
pienso que en presencia de un niño te vuelves tímido! Tú no me engañas. ¡Te
marchas corriendo, sólo porque no sabes qué decirle a Jimmy! —Y sonreía
divertida. Luego me cogió la mano de nuevo—. Vuelve pronto, muy pronto, Andrew.
No
sé cómo, pero creo que pronuncié las frases oportunas. Ella se volvió para
subir las escaleras de nuevo, al mismo tiempo que yo oía el crujido de unas
pisadas arriba, allí donde no había nadie. Luego salí de la casa y subí al
coche. Tuve la buena suerte de encontrar un par de sorbos de whisky en una
botella de la guantera. Aunque el licor no me sirvió de mucho.
Evité
el pasar por delante de la vivienda del doctor Matthews. Me dirigí hacia la
carretera principal y apuré al máximo el potente motor, sin que me importara la
policía. Quería poner toda la distancia que pudiera entre mi persona y las
pisadas espectrales del pequeño Jimmy. ¿Un fantasma? ¡Ni eso siquiera! Sólo
unas pisadas y el ruido levísimo de una puerta que no se abrió. Jimmy no era ni
un fantasma siquiera; no podía serlo.
Tuve
que disminuir la marcha cuando brotó de mi garganta la primera carcajada. Salí
de la carretera y dejé que la risa me sacudiese, hasta que el dolor de costado
acabó por cortarla.
Después
de este desahogo me sentí mejor. Y cuando volví a poner el «Cadillac» en
marcha, empezaba a pensar. Al llegar a las afueras de Des Moines lo tenía
resuelto y explicado todo.
Se
trataba de una alucinación, por supuesto. El doctor Matthews había tratado de
avisarme de que mi madre sufría una determinada forma de chochez. Se había
creado un hijo para sí, retrocediendo hasta su propia juventud. El colegio que
no existía, la pasión por la profesora, el sarampión..., todo eran cosas reales
que volvía a vivir a través de Jimmy.
Pero como se mantenía tan completamente
cuerda sobre cualquier cuestión excepto esta única fantasía, me había engañado,
me había hecho creer que estaba en posesión de todas sus facultades. Cuando
explicó el retorno de los muebles antiguos, eliminó todas mis dudas, que se
habían centrado en este punto.
Sí,
me hizo dar por descontado que Jimmy era un niño real. Y me había inducido a
oír pisadas cuando su propia actitud de persona que escucha me había preparado
para ello. Sus propias, ligeras reacciones, me habían atraído a seguir su
imaginación... sin duda vi algún leve gesto y seguí su propia marcha. Aquello
había sido estupendamente real, para ella... y yo había sufrido una ilusión de
los sentidos.
No
era imposible. Ahí está el secreto de muchas de las grandes ilusiones del
escenario. Contribuyeron al fenómeno mis propios recuerdos de la vieja casona,
y le dio vida el hecho de que ella creía en los pasos como ningún ilusionista
de escenario podría creer. Me convencí a mí mismo casi por completo. Tenía que
convencerme. Acabé casi desterrando de mi mente aquellas pisadas y no pensé
sino en mi madre.
Las palabras del médico me volvieron a la memoria, y moví la
cabeza asintiendo. Se trataba de una fantasía inofensiva, y mi madre tenía
derecho a gozar de este placer. Estaba sobradamente cuerda para cuidar de sí
misma, sin duda alguna, y mucho mejor, físicamente, de lo que podía reclamar.
Con el interés que demostraba el doctor Matthews por ella, no había motivo para
que yo me inquietase por nada.
Así
que cuando metía el coche en el garaje ya estaba haciendo planes otra vez para
organizar la empresa de transportes, siguiendo el consejo que me había dado
mamá de constituirme en el socio más antiguo. No había perdido el día, después
de todo.
La
vida continuaba casi exactamente igual que de costumbre. Mi hijo menor había
regresado a casa por una temporada. Yo había esperado su retorno con gran
emoción; pero en cierto modo el Ejército había roto los lazos entre nosotros.
Ni cuando yo tenía tiempo, nunca hallábamos muchos temas de conversación.
Se me
figura que sentimos una especie de alivio cuando se fue a ocupar un empleo en
Nueva York; en todo caso yo estaba muy atareado despejando las consecuencias de
una camorra en que se había metido el hijo mayor. Mi hija estaba encinta de
nuevo, y su marido daba pruebas de una incapacidad total por colaborar conmigo.
No me quedaba mucho tiempo para pensar en el pequeño Jimmy. Liza no me había
preguntado detalles del viaje, y era una suerte, porque así nada me impedía
olvidarlo en buena parte.
De
vez en cuando escribía a mi madre, ahora. Sus cartas se hicieron más largas, y
a veces aparecía en ellas el nombre de Jimmy, junto con unos consejos sobre el
negocio de los transportes. La mayor parte eran perfectamente inútiles, por
supuesto; pero vi que sabía mucho más de negocios de lo que yo me figuraba. Lo
cual me daba motivo para volverle a escribir.
Durante
un tiempo pagué unos crecidos honorarios a un psiquiatra; pero en general se
limitó a confirmar las conclusiones que yo mismo había sacado. Y como las otras
tonterías que quería meterme en la mollera no me interesaban, al cabo de un
tiempo dejé de consultarle.
Luego
me olvidé por completo de esta cuestión. Fue cuando la New Mode Roofing and
Asphalt lanzó el primer globo sonda sugiriendo una fusión. Yo había echado la
semilla de esta idea durante meses; pero el conseguir que se hiciera de modo
que la dirección quedara en mis manos resultó un problema espinoso. Finalmente
tuve que ceder en parte, aviniéndome a trasladar la sede general a Akron,
cortando, de la noche a la mañana, nuestras raíces de donde las habíamos
clavado y aposentándonos de nuevo.
Liza me armó una escena tremenda, y nuestra
hija se negó lisa y llanamente a trasladarse. Hete ahí que cuando el negocio de
los transportes empezaba a dejar ganancias, tuve que resignarme a entregárselo
por entero a mi yerno. Aunque la separación se nos iba echando encima ya desde
que él se negó a despedir a mi hijo mayor de la tarea de conducir un camión con
remolque.
Quizá
diera lo mismo. Al chico parecía gustarle el cambio. Estaríamos en Akron, nadie
sabría nada de lo sucedido, y él saldría mejor librado que cuando rondaba con
alguno de los amigos que tenía antes. Pensaba escribir a mamá sobre este
asunto, puesto que una vez me lo sugirió, y yo hasta sospechaba que ella tuvo
algo que ver. Pero el traslado acaparó toda mi atención. Luego hubo el problema
de organizar la nueva empresa.
Decidí
visitar a mi madre en lugar de escribirle. Esta vez no me dejaría engañar por
aquella alucinación. El nuevo psiquiatra me lo aseguró, y me aconsejó que
fuera. Yo había señalado ya en mi calendario la fecha del mes próximo para la
visita.
El
proyecto no pudo llegar a buen fin. El doctor Mattews me telefoneó a las dos de
la madrugada, después de haber perdido dos días averiguando mi paradero a
través de amigos y conocidos. Naturalmente, a nadie se le ocurrió buscar mi
nombre en una guía comercial.
Mamá
tenía pulmonía y la prognosis era desfavorable.
—A
su edad, estas cosas son serias —dijo. Y esta vez no daba un tono profesional a
la voz—. Será mejor que vengas tan pronto como puedas. Ella ha preguntado por
ti varias veces.
—Contrato
un avión al momento —respondí. Esto desataría el infierno en la reunión que
teníamos convocada para discutir el asunto de las acciones; pero,
evidentemente, yo no podía dejar de acudir al lado de mi madre. Casi me había
convencido, días atrás, de que la buena mujer continuaría en pie veinte años
más. Y ahora—... ¿Cómo ha sido?
—Fue
la tormenta de la semana pasada. ¡Salió con los chanclos y un paraguas, en
medio de la tormenta, para recoger a Jimmy en el colegio! Se mojó hasta los
huesos. Cuando llegué a su casa ya tenía fiebre. Lo he probado todo; pero...
Colgué
el aparato sintiendo náuseas. ¡El pequeño Jimmy! Por un minuto deseé que fuera
bastante real para poderlo estrangular.
Llamé
a la puerta de Liza y le encargué que contratase el avión mientras yo hacía el
equipaje y despertaba a mi secretaria por el otro teléfono. Liza me llevó al
aeropuerto, donde el aeroplano se estaba calentando mientras esperaba. Me
volvía para decir adiós a mi esposa y me encontré con que estaba sacando otra
bolsa del portamaletas.
—Te
acompaño —anunció llanamente. Inicié una discusión, vi la cara que ponía, y lo
dejé.
Unos
minutos después, despegábamos.
La
mayor parte de nuestros familiares estaban allí ya, rondando por las cercanías
del dormitorio recién decorado donde mi madre yacía bajo una tienda de oxígeno;
puñados de familiares grandes y pequeños ocupaban todas las habitaciones del
segundo piso, fijas las miradas en la cerrada puerta y hablando y discutiendo
con los ásperos susurros que la gente emplea en el escenario de la muerte.
Matthews
les indicó, con el ademán, que se retiraran y se acercó a mí inmediatamente.
—Me
temo que no hay esperanza, Andrew —dijo, con lágrimas en los ojos.
—¿No
podemos hacer nada? —preguntó Liza, cuya voz descendió, adoptando el murmullo
áspero de las otras—. ¿Nada en absoluto, doctor?
Matthews
meneó la cabeza.
—He
hablado ya con los mejores colegas de la región. Lo hemos intentado todo. Hasta
las plegarias.
Desde
un costado del vestíbulo, Agnes emitió un bufido sonoro. Al parecer su ateísmo
militante no se dejaba domesticar por nada. No importaba. La casa estaba
invadida por la muerte; su presencia era tan clara que se olía. A mí siempre me
ha fastidiado el derroche y la banalidad de la muerte. Pero ahora aquello me
afectaba personalmente, y era peor. Detrás de aquella puerta cerrada yacía mi
madre, moribunda, y no podía hacer nada por socorrerla.
—¿Puedo
entrar? —pregunté, contra mi deseo.
Matthews
hizo un gesto de asentimiento.
—Ahora
ya no puede perjudicarla. Y ella quería verte.
Entré
detrás del médico, con los ojos de los demás clavados en mi espalda. Matthews
hizo una seña a la enfermera para que saliese y se acercó a la ventanilla. El
sonido de asfixia que producía su garganta dominaba el leve silbido del
oxígeno. Yo vacilé; después me acerqué a la cama.
Mamá
estaba tendida en ella, y tenía los ojos abiertos. Los dirigió hacia mí; pero
no se notó que me reconociera. Sus delgadas manos tiraban de la transparente
tienda que la cubría. Yo miré a Matthews, quien movió la cabeza lentamente en
signo afirmativo.
—Ahora
ya no importará.
El
médico me ayudó a apartar la tienda. La mano de mi madre tentaba el aire,
mientras el ruido sibilante de su respiración aumentaba de volumen. Probé de
seguir la dirección de su dedo al señalar. Pero fue Matthews quien cogió un
retrato pequeño de un muchachito y se lo puso en las manos. Ella se lo acercó
al pecho.
—¡Mamá!
—El grito me salió más fuerte de lo que me proponía—. ¡Soy Andy! ¡Estoy aquí!
Volvió
los ojos de nuevo y movió los apergaminados labios.
—¿Andrew?
—preguntó con voz débil. Luego pasó brevemente por su rostro la sombra de una
sonrisa. Meneó un poquitín la cabeza—. ¡Jimmy! ¡Jimmy! —Sus manos levantaron el
retrato hasta que pudo verlo—. ¡Jimmy! —repitió.
De
abajo subió el sonido de una puerta cerrándose dulcemente, y unas pisadas
cruzaron el suelo del piso. Luego emprendieron las escaleras, de dos en dos;
pero ahora las pisadas eran rápidas, sin necesidad de la baranda. Cruzaron el
rellano. La puerta continuó cerrada, pero se oyó el ruidito de una empuñadura
al girar. Unas pisadas jóvenes cruzaron la alfombra, invisibles; era un sonido
que parecía reducir al silencio a todos los demás. Las pisadas llegaron a la
cama y se detuvieron.
Mamá
volvió los ojos en aquella dirección, y la sonrisa se encendió de nuevo. Una
mano se levantó. Luego mi madre se echó atrás y dejó de respirar.
El
silencio quedó interrumpido nuevamente por el ruido de unos pies..., unos pies
más pesados, más seguros, que pareció se plantaban en el suelo bajando de la
cama. Sonaron dos series de pisadas. Unas podían ser las de un muchachito. Las
otras eran unos sones rápidos, secos que sólo puede producir una mujer joven
que se apresura con su primogénito al lado. Las pisadas cruzaron la habitación.
Esta
vez no hubo ningún titubeo ante la puerta, ni ruido alguno de que ésta se
abriera o cerrara. Las pisadas continuaron por el rellano y las escaleras.
Mientras Matthews y yo seguíamos hacia el vestíbulo, las pisadas parecieron
acelerarse en dirección a la puerta trasera. Ahora, por fin, se percibió el
ruidito suave, pausado de una puerta al cerrarse, y luego el silencio.
Yo
miré atrás bruscamente y vi los ojos de todos los demás fijos en la puerta
trasera, mientras las estiradas faces revelaban unas emociones de las que nunca
había sido testigo. Agnes se levantó despacio, con los ojos hacia lo alto. Sus
delgados labios se abrieron, vacilaron y se cerraron en una línea tensa. Volvió
a sentarse como una mujer–palo que se plegase, dirigiendo una mirada a su
alrededor para ver si los otros se habían fijado.
Su
hija subía del piso inferior, corriendo escaleras arriba.
—¡Mamá!
¡Mamá!, ¿quién era el niño que he oído pasar?
Yo
no esperé la respuesta, ni las palabras roncas con que Matthews confirmó la
noticia del fallecimiento de mi madre. Yo había vuelto al lado del pobre cuerpo
anciano, y le quité el retrato de las cerradas manos.
Liza
me había seguido; su faz empezaba apenas a recobrar el color.
—Espectros
—dijo con voz trastornada. Luego movió la cabeza y su acento se dulcificó—. Era
tu madre y una hija que ha venido del otro mundo, a buscarla. Yo siempre
pensé...
—No
—le dije—. No es una de aquellas hermanas mías que murieron demasiado jóvenes.
No es tan sencillo, Liza. No es tan cómodo. Era un niño. Un niño que tuvo el
sarampión a los seis años, que subía los escalones de dos en dos..., un niño
llamado Jimmy...
Ella
me miró fijamente, con expresión dubitativa; luego bajó los ojos hacia el
retrato que yo tenía en la mano..., un retrato de mí mismo a los seis años.
—Pero
tú... —empezó. En seguida se volvió, sin terminar, mientras los otros empezaban
a entrar desordenadamente en la habitación. Tuvimos que quedarnos para la
ceremonia, naturalmente, aunque me figuro que mi madre no me necesitaba en el
funeral. Ya tenía a su Jimmy.
Mamá
quiso que yo me llamase James, en honor a su padre; pero papá se empeñó en que
me llamara Andrew, en honor al suyo. Venció papá, y me pusieron Andrew en
primer lugar. Pero hasta que cumplí los diez años, mamá siempre me llamó Jimmy.
Jimmy, Andy, Andrew, A. J. Recordé que, según las antiguas creencias, el nombre
de un hombre formaba parte de su alma.
De
todos modos, aquello no tenía sentido, por mucho que quisiera analizarlo. Probé
de discutirlo con Matthews; pero el médico no quiso hacer ningún comentario. Lo
intenté también con Liza cuando estábamos en el aeroplano, de regreso.
—Creo
en el espíritu de mi madre —terminé diciendo. Lo había pasado y repasado todo
tantas veces por mi mente, que había acabado aceptando el hecho—. Pero ¿quién
era Jimmy? Todos le oímos, hasta la hija de Agnes le oyó desde abajo. De manera
que no se trató de una ilusión de los sentidos. Pero no puede ser un fantasma.
¡Un fantasma es un espíritu que ha retornado, el alma de un hombre que
falleció!
—¿Y
bien...? —preguntó Liza fríamente. Yo aguardé, pero ella continuó mirando por
la ventanilla del aeroplano, sin pronunciar ni una palabra más.
Antes
solía pensar yo que el conocer un fantasma había de infundirle seguridad a un
hombre. Ahora no lo sé. Si al menos pudiera explicarme lo del pequeño Jimmy...