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Siddhartha - Hermann Hesse



Siddharta declaró:
-Tú ya sabes, amigo, que de joven, cuando vivía con los ascetas, en el bosque, llegué a creer que debía desconfiar de las doctrinas y los profesores, y darles la espalda. No he cambiado de opinión.
No obstante, he tenido muchos otros maestros desde entonces. Incluso una bella cortesana fue mi instructora por un largo tiempo, así como un rico comerciante y unos jugadores de dados. También lo ha sido en una ocasión un discípulo de Buda; estaba sentado a mi lado, en el bosque, cuando yo me había adormecido en mi peregrinar. También aprendí de él, y le estoy agradecido, de veras. Sin embargo, de quien aprendí más fue de este río y de mi antecesor, el barquero Vasudeva. Era una persona muy sencilla; no se trataba de ningún filósofo, y sin embargo, sabía tanto como Gotama: era perfecto, un santo.
Govinda exclamo:
-¡Me parece, Siddharta, que todavía te gusta la burla! Te creo y sé que no has seguido a ningún profesor. ¿Pero, acaso no has encontrado tú mismo esta doctrina, con algunos razonamientos o conocimientos tuyos, que te ayuden a vivir? Si quisieras decirme alguna de esas teorías, alegrarías mi corazón. Siddharta repuso:
-He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí cómo se percibe la vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza.
-¿Bromeas? -inquirió Govinda.
-No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que ya de joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores.
«He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente tomarás por broma o chifladura, pero, en realidad, se trata de mi mejor pensamiento. Es éste: ¡Lo contrario a cada verdad es igual de auténtico! O sea: una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras; todo lo unilateral, todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad».
«Cuando el venerable Gotama enseñaba el mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en sansara y nirvana en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el que desea enseñar. No obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo sansara o del todo nirvana nunca un ser es completamente santo o pecador. Nos parece que es así porque nos hacemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda, lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión».
-¿Qué quieres decir? -preguntó Govinda angustiado.
-¡Escucha bien, amigo, escucha bien! El pecador, que lo somos tú y yo, es pecador, pero algún día volverá a ser Brahma, llegará a nirvana será buda..., y ahora fíjate bien: ese «algún» es una ilusión. ¡Es sólo metáfora! El pecador no está en camino hacia el budismo, no se encuentra en un desarrollo, aunque no nos lo podemos imaginar de otra forma. No; en el pecador, ahora y hoy, ya está presente el buda futuro, todo su futuro, en él, en ti, en todo se debe respetar el posible buda escondido.
«EI mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se encuentra en un camino lento hacia la perfección. No; él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón, todos los lactantes, la muerte; todos los moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de ver en el otro en qué situación se halla dentro de su camino: en el ladrón y en el jugador espera el buda, en el brahmán espera el ladrón».
«En la profunda meditación existe la posibilidad de anular el tiempo, de ver toda la vida pasada, presente y futura a la vez, y entonces todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello, lo que existe me parece bueno; creo que todo debe ser así, tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad, la inteligencia o la necedad; todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme».
«He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a gusto».
«Estas son, Govinda, algunas de las ideas que se me han ocurrido».
viernes, 31 Julio 2015

La operación- José León Cano



Con delicada saña pasó la hoja del bisturí sobre la piel rozándola apenas. Al hacerlo, sintió la euforia de un patinador sobre hielo que acabara de realizar una graciosa pirueta. El vientre desnudo de la muchacha se ofrecía a sus manos de cirujano como un fruto prohibido. Luego posó sus dedos enguantados sobre la tentación del pubis y el ombligo y no pudo evitar un hondo estremecimiento.

Era la adolescente más hermosa que había tocado en su vida. Advirtió cómo, pese a la anestesia, la piel de la enferma se erizaba con aquel contacto. Tenía diecisiete años y había ingresado poco tiempo atrás en el hospital, aquejada de una peritonitis. Era necesario operar de inmediato.

En el mejor de los casos -pensó-- le quedará la huella de la cuchillada para siempre. Esta idea le produjo un extraño sentimiento, en el que participaban por igual la compasión y la complacencia. Porque con el bisturí entre las manos se creyó un ser todopoderoso, capaz de otorgar la vida o la muerte a su capricho, y en este último caso, impunemente. Al fin hundió su instrumento en el sitio preciso, y de la piel cortada comenzó a manar la sangre con una insistencia que a él casi le pareció gozosa. El espectáculo de la sangre caliente puso en funcionamiento un tortuoso mecanismo de su mente, cuyo resultado (si de sangre femenina se trataba) era una creciente satisfacción de carácter sexual. Observar su roja fluidez, sentir su tibia textura, apreciar su olor agridulce y penetrante, su curso lento y cada vez más viscoso le estimulaba hasta la excitación, compensándole su impotencia crónica, sublimándole el temible deseo de la cópula. Por eso -reconoció eufórico- se había hecho cirujano.

La mañana, sin embargo, era especialmente desagradable y triste. Como lo habían sido, en general, los cuarenta años de su vida. La soledad y el resentimiento se acumulaban en su pasado, como esas grisáceas brumas de otoño que intentaban traspasar los grandes ventanales del hospital. En compensación, deseó poseer de aquella chica algo más que el equívoco calor de la sangre: quiso experimentar el placer supremo de los sacerdotes aztecas ante la losa de los sacrificios. Proclamar, en su fuero interno, la realidad de un poder ilimitado.

La tentación del sacrificio fue acogida por su conciencia, al principio, con irónico distanciamiento. Pero la belleza de la muchacha le turbaba tanto como le exasperaba la imposibilidad de poseerla. Adivinó las apetecibles formas de sus muslos, sin duda desnudos y anhelantes bajo las sábanas. Deseó conocer su rostro y, suspendiendo su labor cisoria pero sin que su mano abandonara el bisturí, ordenó a una de las enfermeras que levantase la tela que lo cubría. El cabello rubio le caía, con abundancia casi impertinente, sobre la redonda tersura de los hombros. Le atrajo como una llamada imperiosa su boca entreabierta, de labios abultados y gesto sugerente. Sus pequeños senos quedaron igualmente al descubierto, palpitantes en el sincronismo de la respiración, en la dulce simetría de los pezones. Levantó uno de los párpados de la anestesiada y contempló la mirada ciega de un espléndido ojo azulado, en cuyo iris se reflejó la adusta y ansiosa cara del oficiante. Aunque la presencia de las dos enfermeras le impedían besar esa boca, atraer hacia el suyo aquel cuerpo delicioso, cuyo vientre acababa de conocer la violación simbólica de su bisturí, advirtió, por la forma en que le miraban, que una y otra estaban sorprendidas ante su inusual forma de actuar. N o tuvo más remedio, por tanto, que volver a centrar su atención en la incisión del vientre.

Introdujo sus dedos en la herida y profanó el secreto de los intestinos. Descubrió la raíz del mal y operó con impecable destreza, sajando, saturando y cosiendo donde era menester. Pero oprimió también determinado conducto venoso, cierta zona vulnerable donde se concentraba el fluido de la vida. Un rayo de maldad iluminó su mente, producido por la insania de un placer prohibido. Porque oprimir ese punto era como apretar el corazón de la muchacha. Sentía en las yemas de los dedos el ritmo de la sangre detenida como los golpes de un tambor, y la muchacha sufrió las primeras convulsiones.

-¡Rápido! ¡La mascarilla de oxígeno!

Sabía ahora lo que significaba ser dueño de una vida, tenerla enteramente a su merced. Imaginó la inmensa alegría del verdugo con el hacha levantada, segundos antes de descargar el golpe mortal. Pero se contuvo, tratando de prolongar lo más posible aquel placer terrible y desconocido. Mientras las enfermeras le obedecían con puntualidad, colocando los conductos del oxígeno sobre la boca de la paciente, aflojó la presión de su mano. Su propia audacia le asustó, y a la vez que una parte de su ser se compadecía de la muchacha, la otra estaba exultante por el triunfo de su poder: la anestesia era impotente para contener el horror de la respiración entrecortada, ansiosa, y un alarido animal se escapó de la garganta de la chica. Flotó la sombra de la muerte en el quirófano, invocada por los dedos asesinos del cirujano.

-¡Es el corazón, doctor Rand!

-¡El corazón ... ! Sí... ¡Más oxígeno! ¡Inyectar escopolamina!

Pero los dedos de su mano seguían acariciando el conducto peligroso, y de nuevo volvía a ejercer presión sobre él. Tanta, que la cara de la muchacha se contrajo, echando espuma por la boca, y un tinte amoratado cubrió sus mejillas ... Las enfermeras vieron cómo se nublaban los ojos del doctor Rand, cómo dejaba asomar la punta de su lengua y cómo trataba de ocultar, en vano, un obsceno gesto de placer. Mientras, el cuerpo de la muchacha se estremecía, su respiración se agotaba cada vez más, y la inminencia de un final inevitable parecía reflejarse en la terrible lucidez de sus ojos, triunfante a duras penas de la anestesia. Irrumpió, de pronto, toda la fuerza de su juventud. Se incorporó en un supremo esfuerzo, cayendo al suelo la mascarilla de oxígeno, sin que los histéricos gestos de las enfermeras pudieran evitarlo. Pero la muerte segó su movimiento antes de que pudiera  liberarse de aquella infame mano que oprimía sus entrañas. Cayó sobre la mesa de operaciones como un pelele, inundada de odio. Acto seguido, el semen fluyó y manchó los calzoncillos del doctor Rand.

El cuerpo sin vida de la muchacha componía una figura atroz mientras la sangre goteaba inexorablemente, manchando los ladrillos del suelo. Una última lágrima, producto tal vez de la desesperación póstuma, rodaba por su mejilla hasta sumirse en la magnificencia del cabello. Los brazos tensos, las manos agarrotadas, caían a ambos lados de la mesa, señalando en un imposible gesto acusatorio el charco de sangre cada vez mayor que se iba formando en el suelo. Los destrozos ocasionados en el vientre constituían un espectáculo nauseabundo, pues saltaba a la vista el pálido y complicado trenzado de las vísceras, el horrendo contraste de la incisión sanguinolenta en una piel que rezumaba delicadeza y seguía inspirando el deseo, a pesar de todo.

El doctor Rand contemplaba su macabra labor atónito, como si le costara trabajo despertarse a la terrible realidad que había creado. Los ojos de la muchacha continuaban abiertos, y el horror que había sellado sus últimos momentos los seguían empujando fuera de las órbitas. «Si esos ojos pudieran volver a la vida y me miraran -pensó-, no podría soportarlo».

Sintió asco de sí mismo, y al recordar su miserable acción no pudo evitar el vómito. Luego se puso a temblar, lloró sin proferir un solo gemido, y su camisa se empapó de un sudor viscoso y frío. En ese estado, ayudado por las dos enfermeras, logró salir del quirófano.

Regresó a su casa más temprano que de costumbre, agobiado por el peso de su conciencia, deseando dar cuanto le quedase de vida a cambio de poder borrar de su pasado lo sucedido por la mañana. Hay angustias que el ser humano no puede soportar sin perder la razón, pero el doctor Rand no temía tanto esa pérdida como la horrorosa prueba de verse a solas consigo mismo, en la soledad de su casa. Pese a lo cual había traspasado la puerta de su apartado chalet una hora antes de lo acostumbrado, harto de vagar con su culpa a cuestas por las heladas calles de la ciudad. Estaba dispuesto a tomar un fuerte somnífero, beberse media botella de whisky y meterse inmediatamente en la cama con la esperanza de perder el sentido y, con un poco de suerte, no volver a recuperarlo nunca.

El sol, agonizante y perdido entre las brumas, aún repartía un poco de luminosidad por el cielo. Envuelto en sombras, fundiéndose con las del interior, un viento helado penetró en su casa cuando el doctor Rand abrió la puerta. Pulsó el interruptor de la luz, pero las bombillas no se encendieron. «Tal vez el viento -pensó- ha derribado algún poste, y por eso se ha cortado el fluido eléctrico>> El viento, en efecto, comenzaba a ulular por los intersticios de las ventanas mal cerradas. Aceptó que el inconveniente de vivir casi en el campo, aislado de las muchedumbres urbanas, era precisamente que los fenómenos de la naturaleza se percibían con mayor intensidad, y sus consecuencias se sufrían de una forma más directa e inmediata. Pero apenas si le molestó esta fastidiosa circunstancia, sumido como estaba en la densa atmósfera de la desesperación. «Mejor si no hay luz –se dijo-. Así no tendré la oportunidad de verme la cara cuando pase delante de un espejo.»

A tientas, sin molestarse siquiera en encender un fósforo, se acercó al bar y cogió la botella de whisky, dirigiéndose con ella hacia el dormitorio. Dejó la botella sobre la mesilla de noche, cogió el somnífero de uno de los cajones, se lo tomó y se desvistió a oscuras. Una vez en la cama descorchó la botella y bebió un largo trago que le quemó las entrañas. Pero continuó bebiendo con celeridad hasta más allá de donde se había propuesto, y esperó luego la benigna llegada de la inconsciencia.

Sin embargo, la acción del somnífero, combinada con la del alcohol, le produjo justamente un efecto contrario al esperado, puesto que una aguda y distorsionada lucidez se adueñó de su mente, y recordó con espantosa claridad todas las imágenes de lo sucedido por la mañana. Vio de nuevo el cuerpo retorcido y jadeante de la muchacha. El calor de sus entrañas le seguía quemando la mano, y las lágrimas brotaron inútil y abundantemente de sus ojos. Jamás se había sentido tan solo, tan deseoso de dar por terminada de una vez su miserable existencia.

El viento bramaba en los cristales, mientras la noche extendía por todas partes su negro poderío. El silencio comenzó a poblarse de susurros sigilosos, apenas audibles cuando el viento cesaba momentáneamente en su furia. Un calor nauseabundo, procedente del alcohol acumulado con exceso en el estómago, le anegó el cerebro, sin perder por ello la conciencia de sí, del mundo circundante y de los espantosos recuerdos de la mañana.

Creyó percibir cómo se abría lentamente, tal vez empujada por una mano invisible, la puerta de su dormitorio. Se incorporó sobresaltado, logrando reprimir un grito. Dedujo, en plena oscuridad, que era eso lo que estaba ocurriendo, habida cuenta del gruñido característico de las bisagras, de ese ruido familiar que ahora, sin embargo, le tenía paralizado. El gruñido se estiraba despacio, muy despacio, como si la fuerza que intentaba abrir esa puerta encontrara dificultades en el empeño o careciera absolutamente de prisa. Una angustia intolerable parecía querer arrancarle el corazón, y éste se resistía bombeando desesperadamente, reproduciendo en su propio pecho la horrible cadencia de latidos que su mano había cercenado por la mañana.

«Será una corriente de aire -trató de engañarse-. Sin duda es eso. Las ventanas no encajan como debieran.»

Pero el lento chirriar de las bisagras era demasiado lento, demasiado persistente y prolongado como para atribuirlo a una causa tan inocente. De pronto, un pavor irresistible se apoderó de su respiración, suspendiéndola: estaba viendo los dedos de una mano fosforescente, pálida como el papel, empujar la puerta.

Y entonces ya no pudo reprimir el grito que pugnaba por escapársele de las entrañas desde hacía largos minutos. Durante un segundo, su cerebro chisporroteó, espoleado por el terror, con mil ideas contradictorias. Quería levantarse rápidamente y cerrar la puerta, antes de que se abriera por completo, dejando ver la figura que la empujaba; quería extender el brazo izquierdo y encender la luz de la mesilla de noche; quería esconderse debajo de la cama; quería el poder de atravesar las paredes y lograr escapar de esta forma; quería que su tamaño se redujese hasta el punto de hacerse inencontrable; quería ... Pero lo cierto es que su cuerpo se negaba a obedecerle, que permanecía inmóvil sobre el lecho, que comunicaba a la cama las vibraciones de su temblor irreprimible, que su esfínter se había aflojado, que había desaparecido la tensión de la vejiga, y que el alma quería escapársele, aterrorizado, por todos los poros de su cuerpo.

La puerta, empujada por aquella mano inconcebible, continuaba lentamente su recorrido. El doctor Rand no veía otra cosa que el halo fosforescente de unos dedos acercándose cada vez más. Pero al fin la puerta se abrió del todo, y la figura abominable de una pesadilla se mostró a sus ojos. Algo como una leve gasa negra semiocultaba la increíble fosforescencia de un cuerpo femenino desnudo, apenas esbozado entre las sombras, que portaba en la mano izquierda un bisturí. Pero lo que más impresionó al hombre acurrucado sobre la cama eran los movimientos rígidos, casi automáticos, de esa figura hierática cuya palidez semejaba la de un cadáver; la expresión de un rostro enajenado cuyos ojos sonámbulos, carentes de iris, aparecían con los glóbulos limpios como los ojos de las estatuas griegas; la boca entreabierta, grotesca, de belfo caído y dientes puntiagudos, de cuyas comisuras brotaba un líquido espeso y rojizo; el cabello enmarañado, pastoso, cuyo color pajizo lo hacía semejante a una estopa.

Escuchó un sonido gutural, inarticulado, mientras la figura, ya traspuesta del todo la puerta, señalaba a su vientre con la mano derecha. El doctor Rand observó entonces la existencia de una cicatriz sanguinolenta, y el miedo congeló la médula de sus huesos. Incapaz de reaccionar fue testigo del lento avance de la figura, cuyo bisturí expandía un brillo siniestro.

Algo cayó entonces sobre su cabeza, ocultándole la visión e impidiéndole todo movimiento. Los últimos resortes del instinto le hicieron gritar de nuevo, con la desesperación atenazándole la garganta. Sus gritos se transformaron en aullidos cuando sintió la presencia de un cuerpo aplastándose contra el suyo, de una respiración afanosa junto a su cara cubierta por la sábana que no le dejaba moverse, de unas manos que aferraban tenazmente sus muñecas. Pero sus aullidos no le impidieron escuchar una voz femenina, proferida con tranquila furia:

-¡Cerdo!

Luego sintió la espantosa caricia del bisturí adentrándose en su vientre. En vano trató de incorporarse para repeler la agresión. No se lo permitieron la sábana que le había echado encima y las manos que le sujetaban. De nuevo sintió el bisturí adentrándose cruelmente en las entrañas, y otra vez escuchó la vengativa voz:

-¡Cerdo! jcerdo! jcerdo!

El insulto resonó largamente en su cerebro agonizante hasta las puertas mismas de la muerte. Las atravesó con el cuerpo cubierto de una infame mezcla: la que formaban su sangre y sus defecaciones. Aceptó como parte del castigo el no llegar a conocer la identidad de sus ejecutores. Si su mente no hubiera estado tan alterada por el somnífero, el alcohol y el remordimiento, no le hubiera costado trabajo reconocer a las dos enfermeras que le habían asistido durante la operación.


Diabólica Advertencia - Pedro Montero


Cuando las casas se quedan vacías, cuando la última persona de la familia sale a la calle y cierra la puerta tras sí, ellos tienen su oportunidad. Se desprenden de las paredes silenciosamente y se van sentando en torno a la mesa camilla hundiendo sus pies en las ascuas del brasero, con la vana esperanza de calentar sus cuerpos yertos. Cuando los vivos se van a sus quehaceres y los otros van llegando y descansan un instante en su vagar eterno, el pájaro se retira tembloroso al fondo de su jaula y queda mudo, el gato se estrella repetidas veces contra el cristal de la ventana y acaba por refugiarse en un rincón hecho un ovillo, los perros aúllan de esa manera tan particular y fúnebre, y los peces, si los hay, desorbitan sus ojos y se quedan entre dos aguas sigilando su propio silencio. Por eso, si sois los últimos en abandonar la casa y advertís que se os ha olvidado algo, haríais bien en no volver a entrar, pero si acaso las circunstancias os obligaran a hacerlo, introducid ruidosamente la llave en la cerradura, llamad al timbre, aunque sepáis que no hay nadie, y entrad silbando. De lo contrario ellos podrían verse sorprendidos y vosotros seríais los únicos en sufrir las horrendas consecuencias por haber interrumpido tal género de reunión. Esta advertencia que acabo de hacer sólo reza para las casas antiguas, aquellas en las que ha fallecido más de una persona. Si ese es vuestro caso no seáis imprudentes. Obrad tal y como acabo de advertiros, y si es invierno dejad el brasero encendido. Cuesta tan poco ilusionar a los que ya están para siempre desilusionados ... Encerrad al gato en una habitación y poned el capuchón a la jaula del pájaro y, si os es posible, circunstancialmente, dejad sobre la mesa camilla un recipiente con un poco de sangre.
* * *
David recogió los libros, los guardó en la carpeta de plástico y se puso el abrigo. Apagó la luz del comedor y a tientas avanzó por el pasillo hasta la puerta del piso. Recorriendo la pared con la mano dio con las llaves colgadas de un clavo próximo al marco. Todavía no había logrado acostumbrarse a  este tipo de exploraciones en la oscuridad; uno nunca sabe con lo que puede toparse: una araña, un saltamontes perdido ... o quizás otra mano que se aferra a la nuestra.
Abrió la puerta y, dirigiéndose hacia el interior de la casa, gritó:
-¡Hasta luego!
Mientras echaba la llave pensó que la depedida había sido inútil. No  quedaba nadie en el piso, pero había sentido la necesidad de decir adiós, quizás a los muebles, seguramente al perro, se dijo. Mowgly corrió hacia la puerta y arañó repetidas veces la madera, aullando lastimeramente. Volvió sus acuosos ojos hacia el interior del piso y de una carrera se refugió en la cocina. Su cerebro irracional alcanzaba a comprender que a ellos no les interesaban los alimentos encerrados en aquel mueble alto, blanco y frío.   Había que esconderse en el lugar más gélido posible. La situación ideal era la covacha húmeda encima de la cual se encontraban las pilas del fregadero; lo malo era que desde allí se veía parte del comedor y no había ni que pensar en cerrar la puerta: estaba bien sujeta con una cuña de madera en previsión de las corrientes. Levantó el hocico, olisqueando el aire, y vio al pájaro en su jaula en un rincón de la otra habitación. Flosy no había vuelto a cantar desde que ellos visitaban la casa; los trinos se quebraban en su diminuta garganta y sólo emitía un ronco silbido, cuyo eco desconcertaba al propio pájaro. Mowgly extendió las patas delanteras e hizo reposar su hocico sobre el suelo húmedo. Permaneció así durante un buen rato con la esperanza de que esta  vez nada ocurriría, pero cuando iba quedándose medio dormido se oyó un aleteo en la jaula de Flosy, y una vibración que fue convirtiéndose en grave rumor comenzó a inundar la casa, acompañada de un zumbido que hacía temblar las paredes.
Cuando David regresó eran ya cerca de las doce. Lucas y él habían decidido quedarse a estudiar gran parte de la noche, lo que significaba más o menos hasta la una y media.
-Esta habitación está congelada --comentó David.
-Huele a humedad -señaló su compañero.
-Cuando no estoy no me gusta dejar el brasero encendido. ¡Mowgly! -llamó.
El perro salió de la cocina parsimoniosamente y con el rabo entre piernas. Sus grandes ojos se enrojecían en el lagrimal y le daban un aire de profunda tristeza. Al ver a su amo movió ligeramente el rabo, como por compromiso, y sin más ceremonias se acurrucó junto al brasero que David acababa de encender.
-No sé lo que le pasa a este perro --dijo David-; cada día está más mustio. Como esas plantas -añadió señalando unas macetas.
Flosy emitió un trino afónico.
-¡Greg! -remedó Lucas-. Eres un pájaro estúpido.
-Y se sentó en una butaca.
-¡Oh, Dios mío! ¡Qué asco! -exclamó casi acto seguido, poniéndose en pie de un salto y señalando con el dedo el asiento-. ¡Gusanos!
¿Es broma? -preguntó David. Pero no lo era. Por el almohadón que servía de asiento al sillón se arrastraban tres o cuatro gusanos blancuzcos y gordos.
Haciendo ascos, David tomó el cojín y fue a sacudirlo en el inodoro; luego tiró de la cadena con tal fuerza que estuvo a punto de desprenderla.
-Lo siento, chico -se excusó-. No me explico de dónde pueden haber salido.
-No importa; de la fruta, de las ramas de esos árboles ...
Cerca de las tres menos cuarto los dos amigos se miraron, significándose mutuamente que tampoco era cosa de cometer excesos, y casi al unísono cerraron aparatosamente sus libros, proporcionando un susto suplementario a Flosy, que revoloteó dentro de su jaula.
David propuso a su compañero que se quedara a pasar la noche en el piso; de esta forma podrían levantarse un rato antes y repasar los temas más dicífiles.
Lucas vaciló en principio, pero una ojeada a través de la ventana a la cruda noche invernal fue suficiente para que aceptara el ofrecimiento de su amigo.
-Puedes acostarte aquí -indicó David, abriendo una puerta-. Era el cuarto de la abuela.
La alcoba no tenía ventanas al exterior, y la única luz que recibía era la que se filtraba a través de los cristales esmerilados de la puerta que daba al comedor.
La decoración era recargada, casi asfixiante. Pesados cortinones parecían albergar en su interior, a juzgar por sus pliegues y abultamientos, una raza de seres deformes. Un vetusto armario de luna ocupaba todo un lienzo de pared, y su inmenso espejo devolvía las imágenes desfiguradas y contrahechas. Sobre una mesilla y armario bajo podía verse toda una exhibición · de estampas y cuadros de arte sacro, y al lado de las pinturas había una colección de palmatorias de cristal todavía con restos de cera. El conjunto estaba presidido por una horrorosa y monumental reproducción de la Resurrección de Lázaro, de Van der Wyener, que colgaba de la pared frontera al lecho.
Cristo, en una actitud hierática, ocupaba el centro de la pintura; a su derecha Marta y María, con el resto de los asistentes al prodigio, contemplaban con gesto de asombro el milagro narrado en el Nuevo Testamento. Toda la parte izquierda del lienzo estaba destinada al que volvía de entre los muertos. Lázaro, envuelto en un sudario y con el rostro cubierto por una palidez cadavérica, fijaba su profunda mirada no en el Maestro ni en sus familiares, sino en cualquiera que entrase en el dormitorio no importaba la posición que ocupara en la estancia.
A Lucas no pareció agradarle la idea de dormir bajo la mirada de un resucitado, pero no hizo ningún comentario.
-Todo está igual que como ella lo dejó al morir.
En esta cama murió el abuelo, y a los pocos meses ella. Pero no te preocupes --dijo David sonriente-.He cambiado las sábanas.
-Está bien. Me muero de sueño --aseguró Lucas, deseando caer rápidamente en el más profundo de los sopores-. ¿Me llamarás?
David aseguró que así lo haría, y abandonó la habitación cerrando la puerta tras él.
Lucas comenzó a desnudarse de espaldas al cuadro; abrió la cama, cuyas sábanas aparecían inmaculadamente blancas, y se dispuso a entrar en el lecho. La mirada de Lázaro era ominosa. Sin duda se trataba de una ilusión óptica debida a la fatiga, pero le había parecido que la figura de Cristo había vuelto ligeramente la cabeza y le había mirado de soslayo.
Antes de apagar la luz advirtió que había algo debajo de la almohada que producía un abultamiento molesto. Un pijama, pensó. Tanteó bajo el cabezal y sus dedos tocaron algo frío y resbaladizo. No se trataba de una prenda de hombre, sino de un camisón; por lo menos así lo creía, aunque provisto también de una especie de capucha para la cabeza. La hechura de la vestimenta tenía evidentes semejanzas con el sudario de Lázaro.
Hizo un lío con la prenda y la arrojó sobre una butaca, oprimiendo acto seguido la pera que remataba el cordón eléctrico. La habitación quedó a oscuras, pero al cabo de un momento, cuando los ojos de Lucas se fueron acomodando, observó que la oscuridad no era tal, por lo menos no absoluta. A través de la puerta acristalada penetraba un leve resplandor, que a su vez procedía de la ventana del comedor, con tal fatalidad, que la mayor parte de aquella luz incidía en el espejo, el cual la enviaba hasta la reproducción de Van del Wyener. La figura de Lázaro emergiendo del sepulcro adquiría, merced a aquella fantasmal iluminación, tonos de horripilante pesadilla. Sus ojos permanecían fijos en los de Lucas, y para colmo su mano derecha parecía salirse del cuadro, señalando algo blanquecino que yacía arrebujado sobre un sillón del dormitorio.
Lucas se durmió casi al instante y su sueño estuvo poblado de pesadillas. Vio cómo del sepulcro de Lázaro emergía toda una procesión de gentes con sus cuerpos horrendamente carcomidos por la putrefacción y los gusanos. Cristo volvía de vez en cuando la cabeza y le miraba como diciéndole: <<¿Quieres ser de los míos?» Después, las santas mujeres Marta y María descendían del cuadro y, despojando a Lázaro de su sudario, cubrían con él a Lucas, que notaba por su cuerpo un hormigueo como de gusanos arrastrándose.
En cierto momento sintió sobre sus piernas una gran presión, como si alguien se sentase sobre ellas. Tan vívida fue la sensación que se despertó sudando. El cuarto estaba ahora a oscuras. La luna había cambiado de posición, y su luz, tamizada por los cristales de la puerta, ya no incidía en el espejo. Lucas no se atrevió a moverse. Sobre sus piernas continuaba notando el peso de algo que le impedía efectuar el menor desplazamiento. La opresión fue subiendo por todo su cuerpo que se aposentó en su pecho, presionándole de tal forma que le impedía respirar. La sensación de ahogo fue aumentando hasta que se hizo insoportable. Lucas hizo acopio de todas sus fuerzas y, con el resto del aire que le quedaba en los pulmones, lanzó un espantoso alarido.
David abrió la puerta de la habitación y se quedó mirando a su compañero unos instantes.
-He... he debido... Ha sido una pesadilla. Lo siento. ¿Te he despertado?
-Ya estaba levantado -dijo David-. Son las ocho. ¿Has tenido frío? -preguntó a su amigo, y abandonó la habitación.
Lucas no comprendió el sentido de la pregunta hasta que hizo un esfuerzo para tirarse de la cama. Algo obstaculizaba sus movimientos, algo frío y resbaladizo. Lázaro parecía contemplarle ahora con una mirada más cálida. Lucas se vio reflejado en el espejo y advirtió que llevaba puesto aquella especie de sudario que la noche anterior encontrara bajo la almohada.
-A decir verdad la abuela estaba medio chiflada --explicó David mientras desayunaban-. Ella y su marido eran adeptos a una especie de remota religión que prometía la vida eterna, la resurrección o algo por el estilo. Al parecer la cosa viene de antiguo. Los abuelos de mis abuelos ya la practicaban, pero a ninguno le dio resultado por lo que se ve. Mi abuela se empeñó en hacerse un camisón como el sudario que viste Lázaro en ese cuadro y quiso que la enterráramos con él, pero mi madre no lo consintió. Creo recordar que el rostro de Jesús no es el del cuadro original; mi bisabuela fue describiéndoselo al copista y él lo pintó al dictado. Sabe Dios quién será. Cosas de locos; la familia de mi abuela lo daba de aquí –explicó David señalando su sien con el índice-. Todos están muertos y bien muertos.
Cuando los dos amigos abandonaron la casa, Flosy se acurrucó en un rincón de su jaula y escondió la cabeza bajo un ala. Mowgly huyó a la cocina y se· cobijó debajo del fregadero. Una nube ocultó el sol de la mañana invernal y las flores de las plantas de geranio se cerraron como si se aproximara el crepúsculo.
Una especie de temblor subterráneo, un vibración de tonos graves fue invadiendo la casa desde el dormitorio de la abuela. El imperfecto espejo del armario no enviaba ahora ningún reflejo hacia el cuadro de Lázaro, pero el lienzo comenzó a desprender una extraña fosforescencia. La leve sonrisa de las santas mujeres pareció acentuarse. La aureola que rodeaba la cabeza del Maestro vibraba como un arco voltaico. La mirada de Lázaro se hizo más profunda y su palidez más intensa. La expresión de terror de algunos samaritanos asistentes al milagro aumentó considerablemente. De pronto codo el cuadro se animó. Las hermanas del resucitado se arrodillaban, maravilladas e incrédulas; los asistentes hacían gestos de asombro; Cristo volvía la cabeza y miraba misteriosamente de soslayo. Lázaro, tambaleándose como un remoto Frankensteín, avanzó vacilante y dejó paso a la procesión que emergía del sepulcro.
Todo un cortejo de cadáveres andantes, descarnados, putrefactos, agusanados comenzó a abandonar la sepultura y a caminar por la habitación. La abuela, la abuela de la abuela, el hijo fallecido en la infancia, el nieto muerto en las trincheras y horrendamente mutilado. Aquella fantasmal procesión se encaminaba hacia el comedor. Cristo seguía volviendo la cabeza y mirando sonriente. Cuando el sepulcro dejó de vomitar cadáveres todo volvió a inmovilizarse. En torno a la mesa camilla, silenciosos, horrendos, los familiares así resucitados constituyeron una espeluznante y muda tertulia intentando acercar sus descarnados pies al brasero que no estaba encendido.
Al salir del examen, David y Lucas intercambiaron impresiones. Ninguno de los dos se mostraba satisfecho, pero tratándose de un ejercicio parcial el previsible suspenso no tenía caracteres de catástrofe definitiva. Al menos éste fue el argumento que los dos esgrimieron para consolarse. Lucas, no obstante, se abstuvo de confesar a David que lo que sí podía haber descrito perfectamente, con pelos y señales, era el cuadro del dormitorio de su casa. Cuantas veces había fijado sus ojos en el papel para intentar responder a una cuestión, tantas otras se le había aparecido la reproducción de Van del Wyener. Y los ojos de Lázaro se clavaban en los suyos.
Quedaron de acuerdo para continuar estudiando por la noche, pero Lucas se las arregló para dejar bien claro, sin ofender a su amigo, que, aunque terminaran muy tarde, se iría a dormir a su propia casa.
Cuando Lucas, después de haber cenado, llegó a casa de su compañero, el portero le entregó las llaves del piso y le comunicó que David se retrasaría un poco; había tenido que salir a unos asuntos.
Lucas dio las gracias al empleado y prefirió subir andando en lugar de tomar el asmático ascensor. Se detuvo un momento en la puerta intentando averiguar cuál de aquel manojo sería la llave del departamento. Probó dos de ellas, pero la primera ni siquiera entraba en la cerradura y la segunda no giraba más de un cuarto de vuelta. A la tercera intentona dio con la adecuada.
El pasillo estaba oscuro como boca de lobo. Mientras tanteaba la pared para buscar la llave de la luz se le pasó por la imaginación que Mowgly podía abalanzarse sobre él en cualquier momento tomándole por un ladrón. Supuso que el perro reconocería su voz y le llamó:
-Mowgly ... -Su voz sonó extrañamente opaca en la oscuridad-. Mowgly, bonito -repitió, pero no obtuvo ninguna clase de respuesta.
Finalmente encontró el interruptor. El comedor estaba helado y olía más que nunca a humedad. Tuvo la sensación de que había interrumpido algo, como cuando alguien entra en una habitación y los presentes se callan porque estaban hablando del recién llegado. Encendió el brasero y depositó los libros sobre la mesa. Se sentó en una butaca y deseó fervientemente que David llegara cuanto antes. Poco a poco la camilla se fue caldeando, y Lucas introdujo las piernas bajo las faldillas. Los antiguos tenían razón: no hay nada que sustituya a una mesa camilla para propiciar una reunión, se dijo, y al instante se arrepintió sin saber por qué de haber tenido aquel pensamiento.
Buscó al perro por toda la casa, pero no logró dar con él. No puede estar en el dormitorio de la abuela, reflexionó; la puerta está cerrada. Tuvo que reconocer, no obstante, que aquella habitación era la única que no había registrado. Abrió la puerta de cristales y, asomando la cabeza, susurró:
-Mowgly ... -Algo brillaba en la oscuridad, pero para encender la luz era preciso atravesar la estancia hasta alcanzar la pera situada a la cabecera de la cama Rígidamente, sin mirar a un lado ni a otro, se llegó hasta el interruptor y lo pulsó con crispación. Lo que brillaba a los pies del cuadro de la resurrección era la correa de paseo del perro.
Visto desde la base del lienzo, Lázaro parecía casi humano y no cesaba de mirarle. Lucas recogió la cadena y abandonó la habitación. Se sentó junto a la camilla, jugueteando con los eslabones metálicos y esperó. De pronto tuvo la sensación de que en la parte derecha del cuadro, junto a uno de los asistentes al prodigio, había visto dibujada la figura de un perro, cosa en la que antes no había reparado. Estuvo tentado de levantarse para comprobarlo, pero un cierto recelo le mantuvo al amor del brasero.
Calculó que se había quedado adormilado durante media hora. Un ruido que en principio le pareció procedente de la cerradura de la entrada le despertó. Pero no era todavía David. ¿Y el perro? ¿Se lo habría llevado con él?, se preguntó. No era probable a aquellas horas, y, además, sin la cadena. Durante su corto sueño había creído oír un aullido lejano, un aullido tristísimo y fúnebre como los lamentos que emiten los perros cuando presienten que alguien va a morir durante la noche.
Cerca ya de las doce se oyó el ruido de la llave girando dentro de la cerradura y entró David. Las luces del comedor estaban encendidas, y sobre la mesa había tres libros.
-¿Lucas? ... -llamó, pero no obtuvo respuesta-.
¿Mowgly? ...
Quizás Lucas se habría cansado de esperar y hubiera sacado al perro a dar un paseo por el barrio, pensó. Lanzó una maldición cuando notó que el brasero estaba encendido, aunque no lo desenchufó. Siempre estaba remiendo un incendio desde que leyó algo en un periódico sobre las personas que se ausentan dejando la calefacción individual encendida.
Entró en el cuarto de la abuela, pero también estaba vacío. Desde el cuadro, Lázaro le miraba de manera casi insolente, y el rostro de Cristo (estaba seguro aunque la figura no permitiera verlo bien) debía de mostrar una sonrisa de triunfo.
Pensó que lo más indicado era dar una vuelta por las calles de la vecindad y buscar a Lucas. Tomó el llavero, se puso el abrigo y salió del piso.
Apenas se oyó el porrazo que indicaba la salida de David, un aullido lastimero procedente de la habitación de la abuela fue invadiendo todos los rincones del piso. El lienzo de Van del Wyener comenzó a emitir una extraña fosforescencia, como de fuego fatuo, y la angustiosa vibración que hacía retemblar los cristales se extendió por toda la vivienda. Los ojos de Lázaro parpadearon y clavaron en el Maestro una mirada de inteligencia. Varios de los asistentes al prodigio dieron un paso atrás y algunas santas mujeres se taparon sus ojos con las manos. Un olor fétido fue llenando la estancia cuando Lázaro puso el pie en el suelo.
Cuando se encontraba ya en la placita –después de transcurrido un largo rato- y sin haber localizado a Lucas, David se dio cuenta de que se había  dejado el brasero encendido. Volvió sobre sus pasos, subió apresuradamente las escaleras y, ya en la puerta de su casa, se detuvo jadeante. Del interior del piso llegaban murmullos como de conversaciones o de rezos, y a intervalos se oían aullidos lastimeros. Con toda precaución introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar abriendo la puerta milímetro a milímetro y entró en casa, cerrando tras sí con las mismas precauciones. El murmullo de rezos se hizo más intenso David avanzó lentamente por el oscuro pasillo hacia el comedor y cuando, desde lejos todavía, pudo vislumbrar un fragmento de la habitación, observó que Lucas estaba sentado en una de las butacas y, rodeándole; había una serie de personas. Avanzó un poco más, aspirando un olor insoportable y nauseabundo, y cuando estuvo lo suficientemente cerca para mirar sin ser visto, se quedó petrificado de espanto. Algo, un espectro, un cadáver medio corrompido era lo que él había tomado por su amigo, y sin duda aquello era inequívocamente Lucas. A su alrededor, buscando el calor del brasero con sus pies putrefactos, había media docena de seres igualmente repugnantes murmurando un bisbiseo de preces. Aquel espectáculo hizo que la sangre se helara en sus venas. Los pavorosos contertulios miraban al infinito y sus bocas desdentadas no cesaban de emitir extrañas jaculatorias. A los pies, si así pudieran llamarse, de uno de aquellos monstruos había algo que le pareció la figura de su perro. En aquel instante crujió una de las maderas del pasillo y la macabra asamblea interrumpió sus murmullos. Aquello que parecía ser Lucas levantó su repulsiva faz y clavó en David una terrible mirada. Una mirada mezcla de profunda tristeza, compasión y sombría bienvenida. David reunió las pocas fuerzas que le quedaban, y cuando ya parecía a punto de desmayarse, dio un grito de auxilio pidiendo ayuda a su fiel perro:
-¡¡Mowgly!! ¡¡A mí, Mowgly!! -exclamó.
El perro levantó la cabeza al oír su nombre. Sus vísceras colgaban como jirones a través de sus amarillentas costillas; en el lugar en donde debieran estar sus ojos sólo había dos cuencas vacías. Pese a todo lo cual, el fiel Mowgly se incorporó e, iniciando una carrera, se aprestó a cumplir la orden de su amo. Corrió pasillo adelante, dio un gigantesco salto y hundió sus afilados colmillos en la garganta de David. En el cuadro de la alcoba el Maestro volvió ligeramente la cabeza y cruzaba una mirada de complicidad con Lázaro.
Al cabo del tiempo, en la casa abandonada, cada noche tenía lugar la misma representación del cuadro. Tres cuerpos lo habían aumentado: David, Lucas y el perro Mowgly. Pero nadie encendía el brasero ...