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El leve Pedro - Enrique Anderson Imbert

Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarla y que él no sabía qué hacer... Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.

-Oye -dijo a su mujer- me siento bien, pero ¡no sé!, el cuerpo me parece... ausente. Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda.
-Languideces -le respondió su mujer.
-Tal vez.

Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña y llevarla en carretilla hasta el galpón. Pero según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.

-Te has mejorado tanto -observaba su mujer- que pareces un chiquillo acróbata.

Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario, pero no milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.

Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, tomó el hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo.

Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión, levitando allá, a la altura de los techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.
Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un rollizo tronco.

-¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!
-Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?

Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le reconvino:
-Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.
-¡No, no! -insistió Pedro-. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.

Pedro soltó el tronco que lo anclaba pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.

-¡Hombre! -le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir en vertiginoso galope-. ¡Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.
-¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya comienza la ascensión.

Esa tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se rió convulsivamente, y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión, como un buzo que se quitara las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a cogerlo de los pantalones y lo atrajo a la tierra. 

Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó a los barrotes de la cama y le advirtió:

-¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.
-Mañana mismo llamaremos al médico.
-Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago aeronauta.

Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.

-¿Tienes ganas de subir?
-No. Estoy bien.

Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.
Al otro día, cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo.
Parecía un globo escapado de las manos de un niño.

-¡Pedro, Pedro! ... -gritó aterrorizada.

Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.

-Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea qué es lo que pasa.

Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.

Aterrizaba.

En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y, como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un grito y la cuerda se le escapó de las manos. Cuando corrió a la ventana ya su marido, desvanecido, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje al infinito. Se hizo un punto y luego nada.

La tenebrosa casa de los Oidores

 A mediados del siglo xvi, existía un edificio de dos pisos en el centro de la Nueva España, sobre la acera oriente de la actual calle de Bolívar. Su aspecto, frío y lúgubre, correspondía con sus funciones: era el albergue de los oidores, temidos funcionarios del Santo Oficio.

Día con día, los oidores se reunían en este sitio para acordar los castigos que impondrían a los herejes, brujos y relapsos (Que reincide en un pecado del que ya había hecho penitencia o en una herejía a la que había renunciado).

Alrededor de la mesa, sus mentes enfermizas trabajaban sin parar, deseosos de imponer tortura a quienes profesaban una religión contraria a la católica, como los llamados “judaizantes”, o que practicaban métodos curativos que eran calificados invariablemente de “brujerías”.

El Santo Oficio perseguía a cualquiera que “amenazara la fe”, incluyendo especialmente a aquéllos que habían logrado hacerse de fortuna y bienes, todo lo cual terminaba en manos del clero; ya fuera que el condenado, encontrado culpable, fuera ejecutado, o bien si éste consiguiera la absolución, cuyo favor era obtenido una vez que aceptara “donar” sus riquezas al clero, con tal de salvarse.

Entre los funcionarios destacaba el oidor Pedro de Montoya, por su dureza y sadismo. Su fama había llegado hasta la Península, donde se recomendaba a quienes viajarían próximamente a la Nueva España, se cuidasen de él.

Durante su gestión, muchas personas murieron por decisión suya, en forma cruel, y despojados de su fortuna. El descontento de la población cada vez era mayor; las críticas hacia los oidores y hacia Pedro de Montoya en especial fueron tantas, que el virrey, Don Luis de Velasco II, temió desórdenes mayores.

Así, por real mandato, el virrey ordenó una investigación y posteriormente, la clausura del edificio de los oidores. Cerró sus puertas al fin “la casa del odio”, como se le llamaba en ese tiempo.

A partir de entonces, la existencia del oidor Montoya fue en declive. Las autoridades ordenaron su destitución, y como castigo, el Virrey decidió que sus bienes y capital pasarían al clero y al rey por partes iguales.

Montoya se había transformado en un hombre pobre, que vivía escondido para evitar la venganza de las familias de aquéllos a quienes había mandado matar. Cuéntase que murió en la más lastimosa de las miserias, y fue sepultado en una fosa común.

La casa de los oidores permaneció cerrada, en completo abandono, hasta que, en el año de 1711, se alojaron provisionalmente en ella los misioneros del Espíritu Santo, dada la incapacidad del cercano convento de San Francisco. He aquí donde empieza la leyenda.

Desde la mañana en que se trasladaron, los frailes se ocuparon en limpiar el polvo, las telarañas y basuras acumuladas en tanto tiempo. Acomodaron sus camastros de madera en corredores, habitaciones y salones. Así les dio la noche.

Fray Tobías, Fray Peredo, Fray Domingo, y el joven religioso Antonio de Fragoso, ocuparon el gran salón de los oidores. Instalaron sus camastros, uno junto al otro. Detrás de éstos se alzaban las cajas de gruesa madera, que en su tiempo archivaron los dictámenes emitidos por los funcionarios del Santo Oficio. Al frente, a unos cinco metros, se encontraba la mesa de reunión de los oidores.

Dispuestos a descansar después de la ardua jornada, uno de ellos bostezaba, el otro leía la Biblia, uno más reposaba, cuando Fray Tobías ordenó:

—Hermanos, tratemos de descansar. Mañana nos aguarda un día de mucha actividad.

—Tenéis razón. Apagad vuestras velas, y que Dios vele vuestro sueño, hermanos. —Dijo Fray Peredo.

No había transcurrido mucho tiempo de haberse apagado las velas; los frailes dormían tranquilamente cuando un ruido extraño los despertó.

—Hermanos... Hermanos... ¿Escucháis esos ruidos?

—Sí, desde hace un rato.

—¿Qué creéis que sea, hermano?

—No lo sé, me parece crujir de madera.

—Como si alguien caminara en el salón.

Los ruidos, fuertes, pero lejanos al principio, empezaron a hacerse más cercanos, más firmes, como si de una marcha de soldados se tratara.

—¡Hermanos, los ruidos se acercan!

—¡Encomendaos a Dios, mientras yo enciendo una luz!

—¡Alabado sea el Señor Sacramentado... ¡¡Ay!!

—¿Qué os sucede? ¡Por el amor de Dios! —apremió Fray Domingo, tomando una vela que apenas alumbraba.

—¡Algo ha pasado sobre mis pies! ¡Alumbrad aquí, Fray Domingo!

—Encended todos vuestras velas —Ordenó Fray Domingo.

—Pronto, aún lo siento cerca de mí... Por piedad...

Al encender al fin las velas y alumbrar con ellas, descubrieron ratas, una gran cantidad de ellas, que al momento corrieron en todas direcciones, asustadas con la luz.

—Ah, son ratas. Vienen tras el pan con queso que guarda Fray Peredo bajo su almohada. Volved ya a vuestras camas. Estos roedores no nos harán ningún daño.

Con la oscuridad, las ratas volvieron a salir; rodearon otra vez los camastros, chillando y carcomiendo madera, como antes. De repente, huyeron, se dispersaron hacia todas partes, como si algo las asustase. Entonces vino un silencio absoluto, inquietante, que antecedía algo, que presagiaba algo. Un ruido diferente inundó la sala, no era el mismo que se había escuchado.

Fray Peredo fue el primero que se levantó:

—Hermanos, ese ruido no es de ratas. Oigo como si alguien se sentara en uno de los sillones.

—¿En los sillones que ocuparon los oidores? —preguntó asustado el joven Antonio de Fragoso.

—¡Encended la luz, que mi mano tiembla sin poder hacerlo! —Dijo Fray Tobías.

Fray Domingo encendió su vela; adelantó unos pasos hacia el salón, que se le hacía interminable, y dirigió la débil luz hacia éste. Recorrió la mesa, los sillones de cuero y terciopelo, y, al detenerse en uno de los sillones, el más grande y elegante, descubrió la horrible figura: una rata enorme, sentada en cuclillas, con las manos extendidas hacia el frente, y unos ojos pequeños y brillantes, que le miraban con una expresión inteligente y siniestra.

—¡Mirad! ¡Qué rata tan horrible!

—¡Nos clava sus ojos diabólicos! Fray Domingo, ¡Ahuyentadla!

Fray Domingo acercó la luz al animal, pero éste no se movió. Fray Tobías, sacando valor, le lanzó una de sus alpargatas (Calzado de tela con suela de esparto, cáñamo o caucho), pero la rata continuó en el mismo sitio. Después, Fray Peredo le arrojó un jarro de agua con vino. El animal seguía impasible, hasta que Fray Antonio de Fragoso le arrojó un libro, que rozó al animal. La rata dio un chillido agudo, espantoso. Saltó de la silla y corrió, a unos pasos del salón, para trepar en seguida por una cuerda, donde desapareció.

Los frailes acercaron sus velas al lugar.

—¿Qué indicará esta cuerda?

—No lo sé, pero la rata ha subido por aquí.

—¿Hasta dónde terminará?

—Lo ignoro, pero donde termine, estará este horrible animal y su nido.

—Volvamos a nuestras camas. Fray Fragoso, levantad vuestro libro. —Ordenó Fray Domingo.

Fray Peredo lo recogió en lugar del joven religioso, mas cuando esto hacía, Fray Fragoso lo observó, se acercó a tomar el libro.

—¡Aguardad, hermano! ¡Mirad! Ahora sé por qué vosotros errasteis y yo no. ¡Alabado sea Dios! ¡Es el libro de San Mateo!

—¿Qué pensáis de esto, Fray Domingo? —Señaló Fray Peredo.

—¡Que sólo un objeto sagrado pudo hacer huir a ese animal que... quizá provenga del infierno!

—¡Ampáranos, Señor!

El trabajo y la claridad del día siguiente, consiguió aligerar el ánimo de los frailes, y hacerles olvidar la vivencia de la noche pasada.

Un fraile que limpiaba los muros, llamó la atención a los otros sobre una inscripción, encerrada en un marco bellamente dibujado:

—¡Mirad, he descubierto una sentencia escrita en el muro!

Ésta decía: Nolo mortem impii, sed ut comvertatur vivel.

Poco después, el mismo fraile señalaba otra inscripción, esta vez escrita en castellano. Atraído por la inquietud del grupo de frailes que se congregaron ante ésta, Fray Azpeitia, anciano superior de la congregación, leyó:

“Aquel de nosotros que se haya excedido en la aplicación de castigos, castigado será también. La campana del perdón no tocará hasta que su alma sea purificada”.

Los padres preguntaron por el significado de la sentencia. Y para responderlo, Fray Azpeitia los condujo hasta el salón de los oidores, en cuyo extremo colgaba una cuerda.

—¿Veis esta cuerda? Sabéis que con ella se hace tañer la campana del perdón.

Al mirarla, Fray Domingo palideció, pensó, para sus adentros: “¡Alabado sea Dios, es la misma por donde anoche subió la rata!”. Entonces, preguntó a Fray Azpeitia:

—¿La campana del perdón? No la conozco, padre.

—La tocaban los oidores cuando el reo, condenado al cadalso, era perdonado. Su sonido se escuchaba hasta el edificio de la Santa Inquisición.

—¿Y alguien fue salvado por esta campana, Fray Azpeitia?

—Sí, al sonar once veces la campana, algunas almas se salvaron.

Llegada la noche, volvió la inquietud de los cuatro frailes que se alojaban en el salón de los oidores. No fue un temor infundado, porque otra vez se escucharon los ruidos. Las ratas volvieron a poblar el lugar, a rodear los camastros, lanzando pequeños chillidos. Pero poco tiempo estuvieron, volvieron a huir, como la noche anterior, y entonces sobrevino el silencio.

Los frailes se levantaron, vela en mano, y acudieron al salón, en cuyo sillón principal se encontraba, otra vez, la rata gigantesca. Los miraba con sus ojillos brillantes, siniestros, que parecían los de un ser humano. A pesar de ello, controlaron su miedo. Fray Domingo les mostró un balde con agua bendita.

—¡Mirad! ¡La ahuyentaré con ella!

Mas en cuanto se acercó a la rata, ésta huyó despavorida.

Casi al instante, las ratas volvieron a salir. Los religiosos se calmaron al verlas, en su presencia vieron la señal de que todo entraba en un estado de normalidad.

El tercer día transcurrió entre las actividades de limpieza de la gran casa. Llegada la noche, el cansancio y el hambre daba lugar a una merecida tregua, era la hora de la cena.

—Fray Fragoso ¿No bajáis al refectorio?

—No. Creo que he comido demasiado queso y pan con aceite.

—En ese caso, me comeré vuestra cena.

Los tres frailes dejaron al joven religioso, entretenido en la lectura de su libro de dialéctica. Por corto tiempo permaneció así, luego se levantó, quizá había comido demasiado, y no podía concentrarse por completo cuando esto sucedía.

Caminó un poco, y al volverse a sentar, tuvo un pensamiento singular. ¡Estaba sentado frente a la mesa de los oidores, frente a ese sillón extraño! ¿Por qué había ido allí? Seguramente se había distraído. Al momento, tuvo el impulso de levantarse. Pero el sillón era cómodo, las velas daban bastante luz en ese lugar, y más importante aún, tenía la inquietud de seguir estudiando, empeñado como era en el estudio de la filosofía y la teología. Retomó la lectura, pero entonces, escuchó un ruido.

Era un ruido familiar, las ratas entraban al salón, en tropel; se disgregaban por el lugar donde él se encontraba. Acostumbrado como estaba ya a su presencia, no hizo caso, y continuó leyendo. De pronto, las ratas saltaron, chillaron, salieron huyendo.

Fray Fragoso, sin darle importancia al hecho, continuó su lectura; el silencio era cada vez más hondo, propicio a sus razonamientos filosóficos. Luego, volvió a escuchar otro ruido.

—Qué extraño... parece que alguien hubiera entrado en el salón. ¿Será otro fraile que se ha quedado sin cenar?

Sin quitar la vista de su libro, continuó leyendo, al no escuchar nada más. Mas otro pensamiento lo inquietó:

—Siento la presencia de alguien, de algo que quiere llamar mi atención.

No quería levantar los ojos del libro, sentía una fuerza extraña, magnética que lo obligaba, que lo atraía; los escalofríos recorrían su cuerpo, sus ojos se nublaban, ya no veía las pequeñas letras. No pudo más, y al levantar los ojos, descubrió la horrible visión:

—¡Alabado Dios! ¡El fantasma de un oidor!

Sentado en el sillón, un ser vestido a la usanza antigua, de extrema delgadez, cuya calvicie resaltaba un gesto duro y una mirada plena de brillo y de cinismo, no dejaba de mirarlo.

Presa de miedo, Fray Fragoso se lanzó escaleras abajo.

—¡Le he visto! ¡Os juro en nombre de Dios que le he visto!

—¡Calmaos, hermano! ¿Qué os sucede?

—Un fantasma... el fantasma de un oidor sentado en su sillón. ¿Y sabéis, hermanos? ¡Se parece a la rata!

—¿Cuál rata? —Preguntó Fray Azpeitia.

Fray Domingo aclaró:

—Una rata gigantesca ronda en nuestro salón, padre. Pero creo que Fray Fragoso se ha sugestionado, cree que las ratas son fantasmas o los fantasmas son...

—¡Os aseguro, fray Domingo, que el fantasma de ese oidor tenía el mismo rostro que la rata!

—Bah, figuraciones vuestras. ¡Volvamos todos al salón! —Ordenó Fray Domingo.

Los cuatro frailes regresaron al salón y Fray Domingo trató de calmar los ánimos del joven. Recorrieron la estancia, todo se veía en calma. Fray Domingo ordenó se acostasen a descansar.

Al día siguiente, la luz matinal alejó los temores. Los religiosos casi acababan de instalarse; terminaban de quitar los cuadros e imágenes de los oidores. Con el apoyo de unas escaleras, Fray Fragoso se hallaba ante el último cuadro de la galería situada en esa ala de la casa.

Sin embargo, al descolgar el cuadro, sintió un terrible escalofrío. Debajo de la capa de polvo que cubría el cuadro, brillaron unos ojos siniestros. Fray Fragoso soltó el cuadro, que cayó en el suelo.

—¡Dios me ampare! ¡Es el oidor que vi!

Con los gritos, sus compañeros de dormitorio se acercaron.

—¿Qué os sucede?

—¡Mirad! ¡Ese es el oidor cuyo fantasma vi anoche, sentado en el sillón!

—¡Tiene un rostro ratonil y ojos demoníacos!

—¡Idénticos a los de la rata que hace huir a las demás!

—¡Dios mío! ¿Creéis que esa rata encarne el alma del oidor?

La conversación se interrumpió cuando un fraile, que limpiaba el cuadro en tanto escuchaba, lo mostró, libre de polvo.

—Mirad, si estoy en lo cierto, es el oidor Pedro de Montoya.

Fray Peredo agregó:

—Dicen que fue uno de los más crueles en la aplicación de castigos en las cámaras de tortura. ¿Qué pensáis de todo esto Fray Domingo? Vos sois el más viejo y sabio de nosotros.

—Pienso que el alma de ese desdichado anda penando la crueldad que mostró en vida, y busca su perdón.

—¿Y creéis que lo alcance?

—Creo que nosotros tenemos el deber de hacer que lo logre. Y será esta misma noche. Vosotros seréis testigos. —Señaló determinante Fray Domingo.

Fue el día más largo en la vida de los cuatro frailes, pero su término llegó y al fin, cerca de la medianoche, los frailes supieron que era el momento. Las ratas salieron, merodearon, y pronto huyeron, dando chillidos espantosos.

Desde sus camastros, de pie, los frailes esperaban. Llegó el silencio y tras él, en el sillón principal de los oidores, apareció una luz, que semejaba gasas delgadísimas que se disolvían; tras ella, tomó forma una silueta, cuyo contorno se iluminaba vivamente, lo mismo que dos puntos al centro del rostro que no se veía. Lentamente, tras la luz más tenue, el espectro se dejó ver por entero. Sentado con majestad, la cabeza levantada al frente, su calva brillante, los ojos firmes, y la boca, apenas una línea acostumbrada a la ironía, creó una mueca en su intento por suavizar su expresión.

Entonces se dejó escuchar una voz ronca, hueca, cuyas cuerdas vocales se articulaban con dificultad, como si estuvieran enmohecidas.

—Os agradezco vuestra ayuda generosa, para mi alma, atormentada en los confines infernales...

Fray Domingo, sobreponiéndose a su miedo, preguntó:

—¿Penáis por el exceso de crueldad que mostrasteis al aplicar los castigos a gente inocente?

—Mayor castigo vengo sufriendo desde que mi alma abandonó su envoltura carnal.

—Decid: ¿Cómo podremos liberaros del penar?

—Haced una procesión con el Santísimo... Orad por mi alma hasta que hagáis sonar la campana del perdón.

—Os lo prometo en nombre de esta comunidad. Retiraos ahora, y aguardad el veredicto del Señor.

Cuenta la leyenda que el horrible fantasma se diluyó entre las sombras y en su lugar quedó una rata, la enorme rata, que escapó, al tiempo que Fray Tobías y Fray Antonio de Fragoso se desmayaban.

Muy temprano, al día siguiente, Fray Antonio enteró de lo sucedido a Fray Azpeitia, padre superior de la congregación. Luego de escucharlo, Fray Azpeitia decidió atender la petición del muerto.

—Pasado mañana, viernes, se hará la primera procesión para salvar a esa alma.

Durante tres viernes seguidos, se celebró la procesión en voto del alma del oidor Montoya. Así, también, después de los maitines, la congregación se entregó a la oración, en solicitud del perdón para el alma en pena. Una noche, por fin...

—¡Escuchad, hermanos! ¡La campana del perdón está tañendo!

—¡Bendito sea Dios que nos ha escuchado! ¡Irá a su descanso el alma del oidor Montoya!

Impulsados por la curiosidad, los frailes acudieron al lugar donde ésta se encontraba, pero se llevaron una sorpresa: la rata gigantesca subía por la cuerda, y tras ella, subían las ratas rápidamente, atropellándose, mordiéndole las patas, en una persecución encarnizada, que hacía sonar la campana con su movimiento.

—¡Mirad quien hace sonar la campana del perdón!

—¡Las ratas!

—Parece que la persiguen... ¡Mirad! ¡Se pierde más allá del techo! ¿Hacia dónde irán, Fray Domingo?

—No tratéis de averiguar cosas del Arcano.

Los frailes oraron esa noche, la última en que se sintió el temor en la casa de los oidores. Huyeron los roedores desde entonces, y no se volvió a aparecer la rata gigantesca, ni el fantasma del oidor Pedro de Montoya, según cuenta la leyenda.

Pedro Urdemales lo sabe todo - Cuento de América latina

 Por los caminos andaba Pedro Urdemales y todos hablaban de sus mil trampas y picardías. Un estanciero, que conocía su fama, creyó que sería fácil quitarle las mañas. Un patrón severo, que lo tratara con rigor, era todo lo que necesitaba ese atrevido para marchar derecho. Y lo tomó a su servicio.

–Usted va a hacer exactamente lo que yo le diga.

–Pero claro, patroncito –dijo Pedro–. Le voy a cumplir tal cual lo que usted ordene.

–Muy bien –dijo el patrón, contento, pensando que con un par de gritos ya lo tenía controlado–. Mañana se va a arar el campo bien temprano. ¡Y no me ande con vueltas!

Al día siguiente, bien temprano, Pedro Urdemales se levantó, unció los bueyes al arado y se largó a arar el campo todo derecho. Siguió derecho hasta llegar al alambrado, cortó el alambrado y siguió nomás, por el camino, por los campos de los vecinos. A la noche tuvieron que ir a buscarlo. Había llegado hasta otra provincia arando todo derecho sin parar.

El patrón estaba furioso, pero tuvo que reconocer que Pedro no había hecho más que cumplir exactamente sus palabras: ¡no le anduvo con vueltas! Entonces lo intentó otra vez.

–Mañana se va a arar otra vez, pero cuando llega al límite del campo, da la vuelta. ¿Entendió?

–Sí que entendí, patroncito. Doy la vuelta, nomás.

Y a la mañana siguiente, allí se fue Pedro con los bueyes y el arado. Iba de una punta a la otra y daba vuelta... siempre yendo y viniendo por el mismo surco. A la tardecita habían cavado el surco tan profundo que parecía una trinchera y sólo se veía sobresalir del pozo el sombrero de Pedro y los cuernos de los bueyes.

El patrón estaba furioso, pero otra vez tuvo que aceptar que Pedro no había hecho más que cumplir sus órdenes al pie de la letra. Entonces trató de pensarle una tarea que no tuviera nada que ver con arar el campo.

–Para mañana le encargo que me haga un corral de ovejas.

–¿Un corral de ovejas? ¿Está seguro, patroncito?

–¡Segurísimo! ¿Cuántas veces tengo que repetirle las cosas? ¡Un corral de ovejas!

Al día siguiente Pedro se fue a buscar las ovejas, las mató toditas y se puso a apilarlas en forma de corral. Ni qué decir el ataque que le dio al patrón cuando le fueron a contar. Estaba a punto de estallar de furia.

–¡Un corral para las ovejas te mandé hacer, maldito!

–Y me lo hubiera dicho así, patroncito. Usted me dijo un corral de ovejas. A mí me pareció raro, por eso le pregunté...

Ya lo único que quería el hombre era librarse de Pedro. Ese pícaro era un peligro: por su culpa, todos los trabajadores se burlaban de su patrón. Por eso, antes de dejarlo ir, quiso hacerle pasar un papelón en público.

El domingo después de misa reunió a todos los hombres que trabajaban sus campos y a sus familias para que vieran cómo ponía en problemas a Pedro haciéndole preguntas que no podría responder.

–¿Qué estoy pensando en este momento, Pedro? –le preguntó el hacendado.

–Está pensando en cómo me puede embromar –contestó Pedro, tan rápido y tan certero que el otro no lo pudo negar.

–¿Dónde está el centro del mundo? –preguntó el hacendado.

–Aquí nomás, donde pisa la pata izquierda de mi mula –dijo Pedro–. Y si no me cree, hágalo medir.

–¿Y qué distancia hay de aquí hasta el cielo?

–Está muy cerca. Tanto que si a usted lo matan y se va para arriba, aunque yo le hable desde aquí, muy bajito, igual me va a oír bien. Si quiere, hacemos la prueba.

–¿Cuántas estrellas hay en el cielo?

–Tantas como pelos hay en su bigote.

–¡Disparates!

–Si tiene dudas, suba a contarlas.

–¿Y cuántos pelos hay en mi bigote?

–Yo se los cuento enseguida. Eso sí: para no equivocarme, se los voy a tener que arrancar uno por uno.

–¿En cuántas carretadas se puede llevar enterito todo ese cerro?

–En una sola, amigo –contestó Pedro–. Sólo tiene que conseguir un carro que sea justo de ese tamaño.

El hacendado se tuvo que dar por vencido, entre las risas de sus trabajadores, que aplaudían a Pedro con todas sus ganas.

Diabólica Advertencia - Pedro Montero


Cuando las casas se quedan vacías, cuando la última persona de la familia sale a la calle y cierra la puerta tras sí, ellos tienen su oportunidad. Se desprenden de las paredes silenciosamente y se van sentando en torno a la mesa camilla hundiendo sus pies en las ascuas del brasero, con la vana esperanza de calentar sus cuerpos yertos. Cuando los vivos se van a sus quehaceres y los otros van llegando y descansan un instante en su vagar eterno, el pájaro se retira tembloroso al fondo de su jaula y queda mudo, el gato se estrella repetidas veces contra el cristal de la ventana y acaba por refugiarse en un rincón hecho un ovillo, los perros aúllan de esa manera tan particular y fúnebre, y los peces, si los hay, desorbitan sus ojos y se quedan entre dos aguas sigilando su propio silencio. Por eso, si sois los últimos en abandonar la casa y advertís que se os ha olvidado algo, haríais bien en no volver a entrar, pero si acaso las circunstancias os obligaran a hacerlo, introducid ruidosamente la llave en la cerradura, llamad al timbre, aunque sepáis que no hay nadie, y entrad silbando. De lo contrario ellos podrían verse sorprendidos y vosotros seríais los únicos en sufrir las horrendas consecuencias por haber interrumpido tal género de reunión. Esta advertencia que acabo de hacer sólo reza para las casas antiguas, aquellas en las que ha fallecido más de una persona. Si ese es vuestro caso no seáis imprudentes. Obrad tal y como acabo de advertiros, y si es invierno dejad el brasero encendido. Cuesta tan poco ilusionar a los que ya están para siempre desilusionados ... Encerrad al gato en una habitación y poned el capuchón a la jaula del pájaro y, si os es posible, circunstancialmente, dejad sobre la mesa camilla un recipiente con un poco de sangre.
* * *
David recogió los libros, los guardó en la carpeta de plástico y se puso el abrigo. Apagó la luz del comedor y a tientas avanzó por el pasillo hasta la puerta del piso. Recorriendo la pared con la mano dio con las llaves colgadas de un clavo próximo al marco. Todavía no había logrado acostumbrarse a  este tipo de exploraciones en la oscuridad; uno nunca sabe con lo que puede toparse: una araña, un saltamontes perdido ... o quizás otra mano que se aferra a la nuestra.
Abrió la puerta y, dirigiéndose hacia el interior de la casa, gritó:
-¡Hasta luego!
Mientras echaba la llave pensó que la depedida había sido inútil. No  quedaba nadie en el piso, pero había sentido la necesidad de decir adiós, quizás a los muebles, seguramente al perro, se dijo. Mowgly corrió hacia la puerta y arañó repetidas veces la madera, aullando lastimeramente. Volvió sus acuosos ojos hacia el interior del piso y de una carrera se refugió en la cocina. Su cerebro irracional alcanzaba a comprender que a ellos no les interesaban los alimentos encerrados en aquel mueble alto, blanco y frío.   Había que esconderse en el lugar más gélido posible. La situación ideal era la covacha húmeda encima de la cual se encontraban las pilas del fregadero; lo malo era que desde allí se veía parte del comedor y no había ni que pensar en cerrar la puerta: estaba bien sujeta con una cuña de madera en previsión de las corrientes. Levantó el hocico, olisqueando el aire, y vio al pájaro en su jaula en un rincón de la otra habitación. Flosy no había vuelto a cantar desde que ellos visitaban la casa; los trinos se quebraban en su diminuta garganta y sólo emitía un ronco silbido, cuyo eco desconcertaba al propio pájaro. Mowgly extendió las patas delanteras e hizo reposar su hocico sobre el suelo húmedo. Permaneció así durante un buen rato con la esperanza de que esta  vez nada ocurriría, pero cuando iba quedándose medio dormido se oyó un aleteo en la jaula de Flosy, y una vibración que fue convirtiéndose en grave rumor comenzó a inundar la casa, acompañada de un zumbido que hacía temblar las paredes.
Cuando David regresó eran ya cerca de las doce. Lucas y él habían decidido quedarse a estudiar gran parte de la noche, lo que significaba más o menos hasta la una y media.
-Esta habitación está congelada --comentó David.
-Huele a humedad -señaló su compañero.
-Cuando no estoy no me gusta dejar el brasero encendido. ¡Mowgly! -llamó.
El perro salió de la cocina parsimoniosamente y con el rabo entre piernas. Sus grandes ojos se enrojecían en el lagrimal y le daban un aire de profunda tristeza. Al ver a su amo movió ligeramente el rabo, como por compromiso, y sin más ceremonias se acurrucó junto al brasero que David acababa de encender.
-No sé lo que le pasa a este perro --dijo David-; cada día está más mustio. Como esas plantas -añadió señalando unas macetas.
Flosy emitió un trino afónico.
-¡Greg! -remedó Lucas-. Eres un pájaro estúpido.
-Y se sentó en una butaca.
-¡Oh, Dios mío! ¡Qué asco! -exclamó casi acto seguido, poniéndose en pie de un salto y señalando con el dedo el asiento-. ¡Gusanos!
¿Es broma? -preguntó David. Pero no lo era. Por el almohadón que servía de asiento al sillón se arrastraban tres o cuatro gusanos blancuzcos y gordos.
Haciendo ascos, David tomó el cojín y fue a sacudirlo en el inodoro; luego tiró de la cadena con tal fuerza que estuvo a punto de desprenderla.
-Lo siento, chico -se excusó-. No me explico de dónde pueden haber salido.
-No importa; de la fruta, de las ramas de esos árboles ...
Cerca de las tres menos cuarto los dos amigos se miraron, significándose mutuamente que tampoco era cosa de cometer excesos, y casi al unísono cerraron aparatosamente sus libros, proporcionando un susto suplementario a Flosy, que revoloteó dentro de su jaula.
David propuso a su compañero que se quedara a pasar la noche en el piso; de esta forma podrían levantarse un rato antes y repasar los temas más dicífiles.
Lucas vaciló en principio, pero una ojeada a través de la ventana a la cruda noche invernal fue suficiente para que aceptara el ofrecimiento de su amigo.
-Puedes acostarte aquí -indicó David, abriendo una puerta-. Era el cuarto de la abuela.
La alcoba no tenía ventanas al exterior, y la única luz que recibía era la que se filtraba a través de los cristales esmerilados de la puerta que daba al comedor.
La decoración era recargada, casi asfixiante. Pesados cortinones parecían albergar en su interior, a juzgar por sus pliegues y abultamientos, una raza de seres deformes. Un vetusto armario de luna ocupaba todo un lienzo de pared, y su inmenso espejo devolvía las imágenes desfiguradas y contrahechas. Sobre una mesilla y armario bajo podía verse toda una exhibición · de estampas y cuadros de arte sacro, y al lado de las pinturas había una colección de palmatorias de cristal todavía con restos de cera. El conjunto estaba presidido por una horrorosa y monumental reproducción de la Resurrección de Lázaro, de Van der Wyener, que colgaba de la pared frontera al lecho.
Cristo, en una actitud hierática, ocupaba el centro de la pintura; a su derecha Marta y María, con el resto de los asistentes al prodigio, contemplaban con gesto de asombro el milagro narrado en el Nuevo Testamento. Toda la parte izquierda del lienzo estaba destinada al que volvía de entre los muertos. Lázaro, envuelto en un sudario y con el rostro cubierto por una palidez cadavérica, fijaba su profunda mirada no en el Maestro ni en sus familiares, sino en cualquiera que entrase en el dormitorio no importaba la posición que ocupara en la estancia.
A Lucas no pareció agradarle la idea de dormir bajo la mirada de un resucitado, pero no hizo ningún comentario.
-Todo está igual que como ella lo dejó al morir.
En esta cama murió el abuelo, y a los pocos meses ella. Pero no te preocupes --dijo David sonriente-.He cambiado las sábanas.
-Está bien. Me muero de sueño --aseguró Lucas, deseando caer rápidamente en el más profundo de los sopores-. ¿Me llamarás?
David aseguró que así lo haría, y abandonó la habitación cerrando la puerta tras él.
Lucas comenzó a desnudarse de espaldas al cuadro; abrió la cama, cuyas sábanas aparecían inmaculadamente blancas, y se dispuso a entrar en el lecho. La mirada de Lázaro era ominosa. Sin duda se trataba de una ilusión óptica debida a la fatiga, pero le había parecido que la figura de Cristo había vuelto ligeramente la cabeza y le había mirado de soslayo.
Antes de apagar la luz advirtió que había algo debajo de la almohada que producía un abultamiento molesto. Un pijama, pensó. Tanteó bajo el cabezal y sus dedos tocaron algo frío y resbaladizo. No se trataba de una prenda de hombre, sino de un camisón; por lo menos así lo creía, aunque provisto también de una especie de capucha para la cabeza. La hechura de la vestimenta tenía evidentes semejanzas con el sudario de Lázaro.
Hizo un lío con la prenda y la arrojó sobre una butaca, oprimiendo acto seguido la pera que remataba el cordón eléctrico. La habitación quedó a oscuras, pero al cabo de un momento, cuando los ojos de Lucas se fueron acomodando, observó que la oscuridad no era tal, por lo menos no absoluta. A través de la puerta acristalada penetraba un leve resplandor, que a su vez procedía de la ventana del comedor, con tal fatalidad, que la mayor parte de aquella luz incidía en el espejo, el cual la enviaba hasta la reproducción de Van del Wyener. La figura de Lázaro emergiendo del sepulcro adquiría, merced a aquella fantasmal iluminación, tonos de horripilante pesadilla. Sus ojos permanecían fijos en los de Lucas, y para colmo su mano derecha parecía salirse del cuadro, señalando algo blanquecino que yacía arrebujado sobre un sillón del dormitorio.
Lucas se durmió casi al instante y su sueño estuvo poblado de pesadillas. Vio cómo del sepulcro de Lázaro emergía toda una procesión de gentes con sus cuerpos horrendamente carcomidos por la putrefacción y los gusanos. Cristo volvía de vez en cuando la cabeza y le miraba como diciéndole: <<¿Quieres ser de los míos?» Después, las santas mujeres Marta y María descendían del cuadro y, despojando a Lázaro de su sudario, cubrían con él a Lucas, que notaba por su cuerpo un hormigueo como de gusanos arrastrándose.
En cierto momento sintió sobre sus piernas una gran presión, como si alguien se sentase sobre ellas. Tan vívida fue la sensación que se despertó sudando. El cuarto estaba ahora a oscuras. La luna había cambiado de posición, y su luz, tamizada por los cristales de la puerta, ya no incidía en el espejo. Lucas no se atrevió a moverse. Sobre sus piernas continuaba notando el peso de algo que le impedía efectuar el menor desplazamiento. La opresión fue subiendo por todo su cuerpo que se aposentó en su pecho, presionándole de tal forma que le impedía respirar. La sensación de ahogo fue aumentando hasta que se hizo insoportable. Lucas hizo acopio de todas sus fuerzas y, con el resto del aire que le quedaba en los pulmones, lanzó un espantoso alarido.
David abrió la puerta de la habitación y se quedó mirando a su compañero unos instantes.
-He... he debido... Ha sido una pesadilla. Lo siento. ¿Te he despertado?
-Ya estaba levantado -dijo David-. Son las ocho. ¿Has tenido frío? -preguntó a su amigo, y abandonó la habitación.
Lucas no comprendió el sentido de la pregunta hasta que hizo un esfuerzo para tirarse de la cama. Algo obstaculizaba sus movimientos, algo frío y resbaladizo. Lázaro parecía contemplarle ahora con una mirada más cálida. Lucas se vio reflejado en el espejo y advirtió que llevaba puesto aquella especie de sudario que la noche anterior encontrara bajo la almohada.
-A decir verdad la abuela estaba medio chiflada --explicó David mientras desayunaban-. Ella y su marido eran adeptos a una especie de remota religión que prometía la vida eterna, la resurrección o algo por el estilo. Al parecer la cosa viene de antiguo. Los abuelos de mis abuelos ya la practicaban, pero a ninguno le dio resultado por lo que se ve. Mi abuela se empeñó en hacerse un camisón como el sudario que viste Lázaro en ese cuadro y quiso que la enterráramos con él, pero mi madre no lo consintió. Creo recordar que el rostro de Jesús no es el del cuadro original; mi bisabuela fue describiéndoselo al copista y él lo pintó al dictado. Sabe Dios quién será. Cosas de locos; la familia de mi abuela lo daba de aquí –explicó David señalando su sien con el índice-. Todos están muertos y bien muertos.
Cuando los dos amigos abandonaron la casa, Flosy se acurrucó en un rincón de su jaula y escondió la cabeza bajo un ala. Mowgly huyó a la cocina y se· cobijó debajo del fregadero. Una nube ocultó el sol de la mañana invernal y las flores de las plantas de geranio se cerraron como si se aproximara el crepúsculo.
Una especie de temblor subterráneo, un vibración de tonos graves fue invadiendo la casa desde el dormitorio de la abuela. El imperfecto espejo del armario no enviaba ahora ningún reflejo hacia el cuadro de Lázaro, pero el lienzo comenzó a desprender una extraña fosforescencia. La leve sonrisa de las santas mujeres pareció acentuarse. La aureola que rodeaba la cabeza del Maestro vibraba como un arco voltaico. La mirada de Lázaro se hizo más profunda y su palidez más intensa. La expresión de terror de algunos samaritanos asistentes al milagro aumentó considerablemente. De pronto codo el cuadro se animó. Las hermanas del resucitado se arrodillaban, maravilladas e incrédulas; los asistentes hacían gestos de asombro; Cristo volvía la cabeza y miraba misteriosamente de soslayo. Lázaro, tambaleándose como un remoto Frankensteín, avanzó vacilante y dejó paso a la procesión que emergía del sepulcro.
Todo un cortejo de cadáveres andantes, descarnados, putrefactos, agusanados comenzó a abandonar la sepultura y a caminar por la habitación. La abuela, la abuela de la abuela, el hijo fallecido en la infancia, el nieto muerto en las trincheras y horrendamente mutilado. Aquella fantasmal procesión se encaminaba hacia el comedor. Cristo seguía volviendo la cabeza y mirando sonriente. Cuando el sepulcro dejó de vomitar cadáveres todo volvió a inmovilizarse. En torno a la mesa camilla, silenciosos, horrendos, los familiares así resucitados constituyeron una espeluznante y muda tertulia intentando acercar sus descarnados pies al brasero que no estaba encendido.
Al salir del examen, David y Lucas intercambiaron impresiones. Ninguno de los dos se mostraba satisfecho, pero tratándose de un ejercicio parcial el previsible suspenso no tenía caracteres de catástrofe definitiva. Al menos éste fue el argumento que los dos esgrimieron para consolarse. Lucas, no obstante, se abstuvo de confesar a David que lo que sí podía haber descrito perfectamente, con pelos y señales, era el cuadro del dormitorio de su casa. Cuantas veces había fijado sus ojos en el papel para intentar responder a una cuestión, tantas otras se le había aparecido la reproducción de Van del Wyener. Y los ojos de Lázaro se clavaban en los suyos.
Quedaron de acuerdo para continuar estudiando por la noche, pero Lucas se las arregló para dejar bien claro, sin ofender a su amigo, que, aunque terminaran muy tarde, se iría a dormir a su propia casa.
Cuando Lucas, después de haber cenado, llegó a casa de su compañero, el portero le entregó las llaves del piso y le comunicó que David se retrasaría un poco; había tenido que salir a unos asuntos.
Lucas dio las gracias al empleado y prefirió subir andando en lugar de tomar el asmático ascensor. Se detuvo un momento en la puerta intentando averiguar cuál de aquel manojo sería la llave del departamento. Probó dos de ellas, pero la primera ni siquiera entraba en la cerradura y la segunda no giraba más de un cuarto de vuelta. A la tercera intentona dio con la adecuada.
El pasillo estaba oscuro como boca de lobo. Mientras tanteaba la pared para buscar la llave de la luz se le pasó por la imaginación que Mowgly podía abalanzarse sobre él en cualquier momento tomándole por un ladrón. Supuso que el perro reconocería su voz y le llamó:
-Mowgly ... -Su voz sonó extrañamente opaca en la oscuridad-. Mowgly, bonito -repitió, pero no obtuvo ninguna clase de respuesta.
Finalmente encontró el interruptor. El comedor estaba helado y olía más que nunca a humedad. Tuvo la sensación de que había interrumpido algo, como cuando alguien entra en una habitación y los presentes se callan porque estaban hablando del recién llegado. Encendió el brasero y depositó los libros sobre la mesa. Se sentó en una butaca y deseó fervientemente que David llegara cuanto antes. Poco a poco la camilla se fue caldeando, y Lucas introdujo las piernas bajo las faldillas. Los antiguos tenían razón: no hay nada que sustituya a una mesa camilla para propiciar una reunión, se dijo, y al instante se arrepintió sin saber por qué de haber tenido aquel pensamiento.
Buscó al perro por toda la casa, pero no logró dar con él. No puede estar en el dormitorio de la abuela, reflexionó; la puerta está cerrada. Tuvo que reconocer, no obstante, que aquella habitación era la única que no había registrado. Abrió la puerta de cristales y, asomando la cabeza, susurró:
-Mowgly ... -Algo brillaba en la oscuridad, pero para encender la luz era preciso atravesar la estancia hasta alcanzar la pera situada a la cabecera de la cama Rígidamente, sin mirar a un lado ni a otro, se llegó hasta el interruptor y lo pulsó con crispación. Lo que brillaba a los pies del cuadro de la resurrección era la correa de paseo del perro.
Visto desde la base del lienzo, Lázaro parecía casi humano y no cesaba de mirarle. Lucas recogió la cadena y abandonó la habitación. Se sentó junto a la camilla, jugueteando con los eslabones metálicos y esperó. De pronto tuvo la sensación de que en la parte derecha del cuadro, junto a uno de los asistentes al prodigio, había visto dibujada la figura de un perro, cosa en la que antes no había reparado. Estuvo tentado de levantarse para comprobarlo, pero un cierto recelo le mantuvo al amor del brasero.
Calculó que se había quedado adormilado durante media hora. Un ruido que en principio le pareció procedente de la cerradura de la entrada le despertó. Pero no era todavía David. ¿Y el perro? ¿Se lo habría llevado con él?, se preguntó. No era probable a aquellas horas, y, además, sin la cadena. Durante su corto sueño había creído oír un aullido lejano, un aullido tristísimo y fúnebre como los lamentos que emiten los perros cuando presienten que alguien va a morir durante la noche.
Cerca ya de las doce se oyó el ruido de la llave girando dentro de la cerradura y entró David. Las luces del comedor estaban encendidas, y sobre la mesa había tres libros.
-¿Lucas? ... -llamó, pero no obtuvo respuesta-.
¿Mowgly? ...
Quizás Lucas se habría cansado de esperar y hubiera sacado al perro a dar un paseo por el barrio, pensó. Lanzó una maldición cuando notó que el brasero estaba encendido, aunque no lo desenchufó. Siempre estaba remiendo un incendio desde que leyó algo en un periódico sobre las personas que se ausentan dejando la calefacción individual encendida.
Entró en el cuarto de la abuela, pero también estaba vacío. Desde el cuadro, Lázaro le miraba de manera casi insolente, y el rostro de Cristo (estaba seguro aunque la figura no permitiera verlo bien) debía de mostrar una sonrisa de triunfo.
Pensó que lo más indicado era dar una vuelta por las calles de la vecindad y buscar a Lucas. Tomó el llavero, se puso el abrigo y salió del piso.
Apenas se oyó el porrazo que indicaba la salida de David, un aullido lastimero procedente de la habitación de la abuela fue invadiendo todos los rincones del piso. El lienzo de Van del Wyener comenzó a emitir una extraña fosforescencia, como de fuego fatuo, y la angustiosa vibración que hacía retemblar los cristales se extendió por toda la vivienda. Los ojos de Lázaro parpadearon y clavaron en el Maestro una mirada de inteligencia. Varios de los asistentes al prodigio dieron un paso atrás y algunas santas mujeres se taparon sus ojos con las manos. Un olor fétido fue llenando la estancia cuando Lázaro puso el pie en el suelo.
Cuando se encontraba ya en la placita –después de transcurrido un largo rato- y sin haber localizado a Lucas, David se dio cuenta de que se había  dejado el brasero encendido. Volvió sobre sus pasos, subió apresuradamente las escaleras y, ya en la puerta de su casa, se detuvo jadeante. Del interior del piso llegaban murmullos como de conversaciones o de rezos, y a intervalos se oían aullidos lastimeros. Con toda precaución introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar abriendo la puerta milímetro a milímetro y entró en casa, cerrando tras sí con las mismas precauciones. El murmullo de rezos se hizo más intenso David avanzó lentamente por el oscuro pasillo hacia el comedor y cuando, desde lejos todavía, pudo vislumbrar un fragmento de la habitación, observó que Lucas estaba sentado en una de las butacas y, rodeándole; había una serie de personas. Avanzó un poco más, aspirando un olor insoportable y nauseabundo, y cuando estuvo lo suficientemente cerca para mirar sin ser visto, se quedó petrificado de espanto. Algo, un espectro, un cadáver medio corrompido era lo que él había tomado por su amigo, y sin duda aquello era inequívocamente Lucas. A su alrededor, buscando el calor del brasero con sus pies putrefactos, había media docena de seres igualmente repugnantes murmurando un bisbiseo de preces. Aquel espectáculo hizo que la sangre se helara en sus venas. Los pavorosos contertulios miraban al infinito y sus bocas desdentadas no cesaban de emitir extrañas jaculatorias. A los pies, si así pudieran llamarse, de uno de aquellos monstruos había algo que le pareció la figura de su perro. En aquel instante crujió una de las maderas del pasillo y la macabra asamblea interrumpió sus murmullos. Aquello que parecía ser Lucas levantó su repulsiva faz y clavó en David una terrible mirada. Una mirada mezcla de profunda tristeza, compasión y sombría bienvenida. David reunió las pocas fuerzas que le quedaban, y cuando ya parecía a punto de desmayarse, dio un grito de auxilio pidiendo ayuda a su fiel perro:
-¡¡Mowgly!! ¡¡A mí, Mowgly!! -exclamó.
El perro levantó la cabeza al oír su nombre. Sus vísceras colgaban como jirones a través de sus amarillentas costillas; en el lugar en donde debieran estar sus ojos sólo había dos cuencas vacías. Pese a todo lo cual, el fiel Mowgly se incorporó e, iniciando una carrera, se aprestó a cumplir la orden de su amo. Corrió pasillo adelante, dio un gigantesco salto y hundió sus afilados colmillos en la garganta de David. En el cuadro de la alcoba el Maestro volvió ligeramente la cabeza y cruzaba una mirada de complicidad con Lázaro.
Al cabo del tiempo, en la casa abandonada, cada noche tenía lugar la misma representación del cuadro. Tres cuerpos lo habían aumentado: David, Lucas y el perro Mowgly. Pero nadie encendía el brasero ...