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Aullidos de libertad - Manuel Yáñez

Pesaba ciento cuarenta kilos, medía dos metros y treinta centímetros de estatura y se hallaba encadenado a la pared. Todo en él era odio y deseos de venganza. No sabía que los seres humanos nacidos de mujer tienen un nombre propio. Le habían crecido en el rostro, especialmente sobre el labio superior, unos pelos que le parecían muy distintos a los que cubrían su cabeza. Vivía en la oscuridad aunque no podía ser considerado ciego.

Sus recuerdos, escasos y primarios, se formaban de unos sonidos y de unas emociones apenas sin imágenes y carentes de palabras. Había sabido hablar, de eso hacía mucho tiempo, pero terminó por perder la voz de tanto gritar que le sacaran de allí. Por eso actuaba con su instinto racional, a la espera de la ocasión de descargar la hiel que almacenaba. Ignoraba la existencia del espejo, del peine y de la higiene personal. Sólo conocía aquel sótano, su reducido universo, aunque la imaginación le decía que tras aquella puerta, tan cercana e inalcanzable, debía encontrarse algo distinto, apetecible e invitador, cuyo conocimiento necesitaba más que su propia existencia. Por eso no cesaba de luchar para comprobarlo, sin importarle que sus medios resultasen muy limitados y rudimentarios, y que siempre fuera a estrellarse contra el obstáculo, cada vez más violento, que se lo impedía de una forma despiadada. Hasta el punto de que su empeño bordeaba en ocasiones los límites del suicidio.

Realmente, no hacía otra cosa que obedecer a ese impulso básico y ancestral, tan común en todas las criaturas que pueblan la Tierra, que se llama libertad.

Cuando las dos únicas personas que le trataban –sabía que eran Padre y Madre, pero no los sentía como algo suyo– entraban a traerle la comida y el agua, lo hacían abriendo la puerta, con lo que la oscuridad quedaba anulada, provocadoramente, gracias a la claridad del exterior. Y quizá fuese este cambio el origen de las convulsiones enloquecidas a la que se veían sometidos sus brazos y sus piernas, a la vez que se le nublaba el cerebro y se le reventaba el propósito de mantenerse tranquilo. Porque olvidaba, al verse sumido en su lucha desesperada por librarse de las cadenas, el bestial castigo al que se iba a hacer merecedor.

Luego, irremisiblemente, escuchaba los restallidos del látigo, le alcanzaban los impactos dolorosos, la carne se le abría en infinidad de heridas sangrientas, y no tardaba en sentirse dominado por un sentimiento de indefensión. Entonces, cuando antes había sido un brevísimo volcán en erupción o una epilepsia sobrehumana, su voluntad se transformaba en una necesidad de que el cuerpo consiguiera incrustarse en la pared y encogerse, para así escapar del martirio haciéndose lo más pequeño posible. Y con los mocos, las babas y los estertores, sordos y rabiosos pero sin lágrimas, le volvía a amansar el miedo y el convencimiento de que jamás le permitirían salir del sótano. Pero no le desaparecía el odio y el ansia de cobrarse la más despiadada represalia.

No siempre había alimentado los mismos sentimientos. Tiempo atrás, cuando era más pequeño y blando, no le mantenían encadenado, a pesar de que, en todo momento, quisiera rebasar la hipnótica frontera de la puerta. Nada más que ésta se abría, él corría en busca del exterior, impulsado por la catapulta de una obsesión cada vez más exacerbada, aunque no irracional. Pero, al momento, encontraba cerrándole el paso el corpachón de Padre; y las manos de éste le sujetaban, comunicándole toda su repulsión y una gran amenaza. Esto lograba detenerle, sin que se silenciaran sus quejas y se le secaran las lágrimas. Seguidamente, Madre venía a abrazarle, le devolvía a las sombras y, tranquilizándole con sus palabras, le empezaba a dar de comer utilizando un objeto metálico, cuyo nombre él había olvidado porque llevaba demasiado tiempo alimentándose con sus propias manos y hasta metiendo la boca en el mismo plato.

Cierto día, después de permanecer esperando junto a la puerta, estuvo a punto de conseguir escapar. Sólo fue un parpadeo de novedad: un amago que le abrió todas las esperanzas, porque, en el instante que la emoción le invitaba a reír, Padre le apresó por una pierna, como si quisiera rompérsela y, luego, le golpeó salvajemente con los puños hasta dejarle sin sentido.

Cuando volvió a la realidad, se encontró atado a la pared por medio de una cuerda. No pudo entender aquello. Quiso caminar por la reducida estancia y cayó de bruces sobre la paja del suelo al encontrar obstaculizados sus movimientos por lo que rodeaba uno de sus pies. Enloquecido, intentó quitárselo, pero sólo consiguió llagarse el tobillo y destrozarse los dedos de ambas manos...

¡Qué alivio sintió cuando Madre le cuidó las heridas!

No obstante, el dolor sufrido únicamente significó una tregua, ya que continuó luchando contra sus ataduras, hasta que consiguió romperlas. Nada más coronar la hazaña, advirtió que dentro de su cuerpo se había formado una emoción similar a la que conoció al superar la puerta por primera y única vez. La alegría fue muy corta, aunque no le arrebataron la esperanza, a pesar de que Padre le golpeó más que nunca, sirviéndose de los puños y de los pies calzados con botas provistas de suelas claveteadas; después, le volvió a atar con otra cuerda, de mayor grosor que la anterior, y le hizo probar el suplicio del látigo, mientras le gritaba:

–¡Jamás saldrás de aquí! ¡Este es tu único mundo! ¡Y da gracias a que te permitimos seguir vivo!

Puede decirse que él había aprendido a hablar escuchando las crueles amenazas de Padre y las ahogadas exclamaciones, los rezos y los susurros cariñosos de Madre. Con este conocimiento le nacieron las preguntas, a las que faltaban unas respuestas que no fuesen las que nacían del castigo y del desprecio. También acabaron por brotar los aullidos de protesta, que él convirtió en un arma al comprobar que a su verdugo le enfurecían. Inútil esfuerzo. Con el tiempo enronqueció hasta dañarse incurablemente las cuerdas vocales, y se quedó sin voz después de un largo proceso de sufrimientos.

Más tarde, la imposibilidad de hablar le convirtió en una criatura intuitiva, en un animal casi irracional que aceptaba mantener un papel sumiso, con el único propósito de encontrar una nueva oportunidad de escapar. Sin embargo, cometió infinidad de errores, todos los cuales se debieron a un mal aprovechamiento de su fuerza descomunal. Y es que en varias ocasiones consiguió romper las gruesas cuerdas que le ataban a la pared más lóbrega del sótano, pero siempre le aturdió la emoción de su breve triunfo. Después, cegado por la claridad que había brotado al abrirse la puerta, quedaba convertido en una fácil presa de la violencia de Padre, con lo que terminaba viéndose unido a la pared. Por último le colocaron las cadenas...

¿Cuánto tiempo hacía que las venía sufriendo?

No conocía el reloj ni el calendario, tampoco sabía cuándo era de día o de noche. Pero su mente había encontrado una forma de intuir en qué momento se iba a abrir la puerta, y sus ojos, así como la totalidad de su cuerpo y de su cerebro, se concentraban en ese suceso excepcional, en esa alteración emotiva, tantas veces dramática, que le cegaba la vista con el asalto enloquecedor de la claridad, renovaba la acre atmósfera del sótano y le sometía, a él, a una convulsión nerviosa y esquizofrénica.

En algunas ocasiones, no recordaba cuántas por su reducido número, había pasado más tiempo sin que ellos viniesen. Hasta llegó a temer por su vida, debido a que el hambre y la sed le llevaron al borde del delirio. Entonces comenzó a buscar alimentos: esas cucarachas que había pisado sin querer, por culpa de que estaba dormido o se hallaba cegado por la claridad que entraba por la puerta. No le desagradó el sabor, como tampoco le asqueó masticar la paja más húmeda del suelo y hasta sus secos excrementos.

Cuando ellos volvían a aparecer, a través de los llorosos susurros de Madre, sabía que Padre había estado enfermo o ausente: «ha caído malo» o «se tuvo que marchar de aquí», eran las únicas explicaciones que escuchaba de quien jamás se atrevía a entrar sola en aquel lugar. A él le costaba entender el significado de las palabras, acaso porque jamás había «caído malo». En esas ocasiones que simulaba estar durmiendo, había llegado a escuchar algo parecido a esto: «pobre desgraciado, en ti todo resulta tan extraño, que hasta las heridas que te causa el látigo cicatrizan de un día para otro...»; pero sí terminó por comprender el sentido de la frase «se tuvo que marchar de aquí»: era algo similar a poder rebasar la puerta para escapar de aquel maldito sótano.

En esos tiempos que era más pequeño y blando, por lo que no le mantenían atado, y hasta cuando le dejaron sujeto a la pared con las cuerdas, Madre le cambiaba las ropas y le lavaba, pero adoptando siempre las mayores precauciones y suplicándole, a la vez, que no le devolviese «mal por bien». Ya que en algunas ocasiones él la había golpeado, dejándose arrastrar por la desesperación, al olvidar que ella era su única aliada y el freno que había impedido, en infinidad de suplicios, que los latigazos llegasen a matarle.

También recordaba sus juegos con las ratas y con toda la variedad de insectos y lombrices que le acompañaban en su prisión. Sumido en la oscuridad a la que se había habituado, y pudiendo ver lo que se hallaba cerca de su cuerpo, sobre todo lo que se movía, le gustaba dejar que los animales le subiesen por las piernas y por los brazos, sin importarle que esas peludas bestezuelas llegaran hasta su rostro para lamerle la grasa y los restos de comida que se habían resecado sobre su piel. Tampoco se negaba a compartir el contenido de los pucheros metálicos y de los baldes de dura madera.

Pero, al poco tiempo de verse encadenado, el odio comenzó a formar parte de cada una de sus acciones, a constituirse en un aliento de supervivencia, aunque no lo pudiese controlar en ese instante excepcional que se abría la puerta y la claridad le devolvía, brutal y enloquecedoramente, la obsesión de escapar de allí. Por eso quedaba a merced de la epilepsia sobrehumana que le llevaba a ser reo de un castigo terrible y aniquilador. Así terminó volcando el odio sobre las pequeñas criaturas que vivían en el sótano. Fue empezando por recrearse dándoles caza, para después martirizarlas arrancándoles las patas, una a una, y gustando cruelmente de sus convulsiones de dolor, aplastándolas la cabeza y el cuerpo, y comiéndoselas con la lentitud del que desconoce las prisas porque sabe que no puede ir a ninguna parte.

De esta manera iba cultivando su sed de venganza, entrenando esa represalia con el martirio de los animalillos cuando su meta inconsciente, aún no aceptada de una forma externa, era el hombre que blandía el látigo y le comunicaba tan honda repulsión. Lo más emocionante lo encontraba al apresar a las ratas. Las primeras se dejaron coger con facilidad porque eran sus amigas; pero, luego, en el momento que las nuevas le vieron como un rival muy peligroso, debió comenzar a desarrollar una estrategia hecha de paciencia y de astucia, pues dejaba que sus víctimas se confiaran creyéndole dormido. Para descargar el ataque definitivo, fulminante, cuando sabía que el fracaso ya era imposible. Las bestezuelas iban devorando los restos de comida que las aproximaba a la trampa, en la que caían sin contar con ninguna escapatoria. La mayoría le mordían las manos, y todas se agitaban enloquecidas hasta que les llegaba la muerte. No cedían en su protesta, mientras él les partía las patas, la cabeza y el cuerpo. Seguidamente, todo esto lo iba masticando con el mayor placer.

Su odio llegó a ser tan agresivo, que ni siquiera toleraba el contacto de Madre cuando le lavaba o le cambiaba de ropa. Por eso ellos recurrieron a echarle algo en la comida que le dejaba dormido. Esto lo descubrió una vez que se despertó cuando ella le estaba atendiendo. Su reacción fue arrojarla lejos de su cuerpo, lo que realizó con un arrebato de furia animalesca. Acto seguido, a la vez que volvía a ser herido y martirizado por el látigo, pudo escuchar a Madre decir:

–Esta vez no has preparado la dosis suficiente... ¡Por favor, deja de golpearle! ¡Reconoce que él no tiene la culpa de que tú estés tan preocupado con esos experimentos...! ¿Acaso no quieres ver que ya es imposible que pueda alcanzarme... porque no da más de sí su cadena...? ¡Fíjate en lo que haces, y no pagues con este pobre desgraciado tus errores!

Habían sido muy pocas las veces que ella protestaba de esa forma. Más tarde, abrazado por la oscuridad, el gigante solitario luchó por encontrar una respuesta sirviéndose de las palabras que acababa de escuchar. No estaba acostumbrado a deducir, pero los elementos a relacionar eran tan elementales: esas ganas insoportables de echarse a dormir que venía padeciendo últimamente al poco de terminar de comer y la primera frase que Madre había pronunciado. Le costó más de tres nuevas visitas de ellos dar con la respuesta: le obligaban a coger el sueño para así cambiarle de ropa y lavarle.

Su primera reacción fue la de aprovechar este conocimiento para tenderles una trampa similar a la que empleaba para cazar a las ratas. Sin embargo, el odio y los juegos de astucia le habían permitido desarrollar una inteligencia primaria, que le llevó a tener en cuenta la existencia de la cadena: «¿de qué valdría matarlos y devorarlos si continuaba atado a la pared?». Además, ya había intentado repetidamente romper la dura sujeción, y sabía que en un momento más o menos cercano lo conseguiría.

Pero comprobó sus posibilidades: dejó intacta la comida y el agua; después, simuló que se había quedado dormido. Ellos tardaron en aparecer, por lo que le martirizaba un hambre irresistible. También estuvo a punto de estropearlo todo los efectos de la claridad que invadía el sótano al abrirse la puerta... ¿Cómo pudo olvidarse de esta reacción? Gracias a que se hallaba de espaldas, y a que apretó con fuerza los párpados, contuvo a tiempo el arrebato nervioso. Al poco rato se dio cuenta de que había cometido otro error.

–¿Cómo se ha podido quedar dormido sin probar bocado? –preguntó Padre, muy cerca–. El balde de agua también está sin tocar. ¡Qué raro!

–¡Tú siempre con tus recelos! Se sentiría agotado... ¿Sabemos lo que hace cuando le dejamos solo? Si tanto miedo le tienes, quédate a mi lado con ese maldito látigo levantado, pero déjame que le cuide...

Se silenciaron las palabras repletas de crispaciones. Pronto el coloso prisionero fue atendido por unas manos que eran incapaces de ocultar la repugnancia por mucho que lo intentasen. Mientras tanto, le dominaba una nueva sensación, por primera vez, superior a todas las que ellos le habían provocado. Porque con el hecho de permanecer inmóvil, con los ojos cerrados y manteniendo una respiración monocorde, estaba dando un nuevo paso en su entrenamiento para la venganza. Sabía que ésta llegaría en su momento, no le importaba cuándo porque le habían «amaestrado» para que desconociese las prisas. Por otra parte, la impaciencia era otra de las muchas palabras que carecían de significado para él, debido a que nunca la había padecido.

Después de la cuarta o quinta llegada de ellos, repitió la experiencia, pero cuidándose de ocultar entre las pajas parte de la comida y de derramar el agua del balde en la proporción que acostumbraba a beber. La prueba funcionó a su plena satisfacción; sin embargo, no se conformó con este triunfo, ya que repitió el desafío emocionante en infinidad de ocasiones, debido a que lo veía como un juego mucho más interesante que cazar a las ratas, aunque a éstas no las olvidó en ningún momento. Sometido a estos procesos de acumulación de astucias y crueldades, fue creciendo en su ánimo una seguridad que le permitió utilizar todavía más su corta inteligencia.

¡Y por fin consiguió arrancar la larga cadena del punto de sujeción en la pared!

No podía saber que la oxidación del metal, unido a su permanente forcejeo, había sido la causa de su conquista. Sólo tenía conciencia de la libertad que acababa de obtener, unido a que todas las bazas le serían favorables si conseguía contener la borrachera de júbilo que le embargaba. Dispuso del tiempo suficiente para serenarse. Luego planeó su estrategia de ataque. No podía fallar. Rasgó un trozo de tela de los bajos de su camisa, pretendiendo conseguir un vendaje para sus ojos. Tuvo que repetir la acción unas tres veces porque le había fallado el cálculo de lo que realmente necesitaba. Acto seguido, se encontró con el problema de conseguir que aquello se sujetara, porque no sabía lo que era un nudo. Lo logró después de varios intentos, aunque fue de una manera tosca pero segura.

De repente, ese «sexto sentido», la intuición, le permitió saber que ellos estaban a punto de llegar al sótano. Esperó pegado a la pared, levantando la cadena con la mano derecha en posición de golpear, y teniendo la mano izquierda dispuesta para cerrar la puerta en cuanto «sus enemigos» estuviesen dentro del sótano. No tardó en escuchar los pasos pausados, los susurros de Madre, las secas protestas de Padre, el tintineo del llavero y el chirrido de los cerrojos al ser desplazados. Cerró con fuerza los ojos, temeroso de que la claridad que iba a inundarlo todo fuese capaz de atravesar la defensa de tela. Debía impedir que se le desatara esa epilepsia sobrehumana que le dejaría de nuevo indefenso...

El crujido de las bisagras y la renovación del aire, unido a esa sensación de erección gozosa que acusaba todo el vello abundante de su cuerpo, le dijeron que había llegado el instante crucial. El odio se convirtió en una frialdad inusitada, en una tranquilidad sobrenatural que no se dejaría traicionar por todo lo que iba a escuchar.

–¿Dónde estás...? –gritó Padre al descubrir que el apresado no se hallaba donde siempre; pero ya había entrado en el sótano–. ¡Si ha roto la cadena...! ¡Yo le mato... Esta vez será la definitiva...!

–¡No, por favor...! ¡Es tu hijo, más que mío...! –suplicó Madre, llorando con una voz desgarrada, cuando también se hallaba en la lóbrega estancia.

Entonces, haciendo gala de la crueldad de un verdugo, el que acechaba cerró la puerta de golpe. El lugar quedó completamente a oscuras –tuvo esta certeza por medio de los ruidos y de las quejas intranquilas de ellos–. Ya todas las ventajas eran suyas, porque conocía a la perfección cada palmo de aquel sótano.

–¡Ha sido él... quien ha cerrado la puerta...! –exclamó Padre, luchando por recuperar la seguridad–. ¿Por qué no ha intentado escapar... como en aquella ocasión...? ¡No puede ser más inteligente que yo! –Le estaba volviendo la repulsión y la violencia, como demostró al restallar el látigo en el aire–. ¡Oye el sonido del cuero que va a arrancarte esa vida que no te pertenece! ¡Por mucho que te escondas, te encontraré para desollarte el cuerpo hasta que te deje muerto!

–¡No, no, te lo suplico...! –gritó Madre, asustada e indefensa–. ¡Es tuya la culpa de que él sea así...!

Mientras, él látigo no cesaba de buscar a su víctima; sin embargo, los continuos golpes al vacío precipitaron la frecuencia de los restallidos, evidenciando el gran nerviosismo que dominaba al fallido verdugo, al ser inteligente que se enfrentaba a una situación incomprensible, fuera de toda lógica racional. Tan preocupado se hallaba por la falta de una respuesta concreta y por la imposibilidad de ver en aquella oscuridad, que no escuchó los pasos del enemigo, ni tampoco percibió el chirrido de la cadena; pero sí sufrió el impacto de la misma: un golpe envolvente que le destrozó la nariz, las orejas y la zona del occipital. El dolor fue tan enorme, tan evidente su derrota-ejecución, que aulló como la bestia que un día quiso ser –en la pretensión demencial de imitar al doctor Jekyll convirtiéndose en míster Hyde–, sin saber que así estaba consiguiendo que aumentara la sed homicida de su enemigo. Volvió a recibir un mayor castigo, mediante unos impactos que le destrozaban el cuerpo, las piernas y los brazos, sin brindarle la ocasión de suplicar y de encogerse, porque ya había perdido el control sobre sus nervios y músculos. Luego, en una destrucción de todo lo vivo que había existido en su humanidad, le llegó la nada de la muerte: ese error imperdonable para un científico por la imposibilidad de rectificarlo.

El vengador continuó descargando la cadena hasta que se le cansó el brazo. Ya hacía mucho tiempo que Padre había dejado de moverse. Acto seguido, respondiendo a un impulso ancestral, a esa fuerza que le obligaba a devorar gustosamente a los escarabajos, las cucarachas y las ratas, se arrodilló junto al cadáver y clavó sus dientes en la carnosidad y en los huesos de la cabeza, que eran una pulpa sanguinolenta, y comenzó a devorar a su presa: desgarró, trituró y tragó con una voracidad en aumento, dejándose arrastrar por un impulso que era más poderoso que cualquier otro de los que le animaban.

Luego le nació una nueva reacción desconocida, que no contuvo porque algo le decía que formaba parte de su auténtica personalidad: aulló a pesar de la rotura de sus cuerdas vocales. Con el fiero sonido vomitado por su garganta supo que era el más fuerte. Por eso ya no retrasó el momento de ir al encuentro de la claridad. Se quitó la tela de los ojos y corrió hasta la puerta. La abrió con cierta lentitud, receloso. ¿Qué encontraría más allá?

La luz hirió sus ojos habituados a la oscuridad, obligándole a cerrarlos con fuerza. Pero no le asaltó el ataque de epilepsia sobrehumana, debido a que la libertad se encontraba a su alcance. Se apoyó en la pared, conteniendo el ahogo de excitación...

Repentinamente, volvió a sufrir el azote del látigo. Se dio la vuelta y vio a Madre. Más cruel que nunca y llena de repulsión.

–¡Tú no puedes escapar de aquí! ¡Debo matarte antes de dejarte en libertad... Porque harás a los demás lo que acabas de hacerle a tu padre...! –gritó ella, rabiosa, castigándole de nuevo con el cuero–. ¡Supe aprender a quererte mientras estabas en mi vientre...! Pero, ¿por qué no aborté... o te estranguló tu padre cuando te sacó de mí en el parto...? ¡Le has devorado... Esa sangre que cubre tus ropas... y rezuma de tu boca es de él...! ¡Dios mío, ¿acaso es éste el castigo que nos merecemos por haberte concebido...?!

La mujer balbucía su protesta sin dejar de caminar hacia atrás. Porque los golpes del látigo no detenían al enemigo, a esa bestia a la que seguía considerando su hijo, sino que, al contrario, le impulsaba a avanzar blandiendo la cadena de una forma aterradora. Este acoso se detuvo cuando su espalda encontró el freno de la pared. Le vio abrir los ojos, mirarla con odio y...

Ya estaba muerta en el momento que la cadena se estrelló contra su cabeza. Su corazón no había resistido tanto sufrimiento. Luego, él siguió golpeando con una furia que era la erupción de un odio acumulado durante muchísimo tiempo. Poco después, siguiendo el ciclo de la experiencia anterior, también devoró una parte del cadáver. Tampoco faltó el aullido salvaje de su triunfo. Seguidamente, bañado de sangre y eructando de placer, atravesó el umbral de la puerta, precipitadamente. Como había dejado que la cadena arrastrase unida a uno de sus pies, provocó que ésta golpease un objeto que nunca había visto, el cual se rompió originando un pequeño estrépito, con lo que su contenido cayó sobre la paja que cubría el suelo del sótano. Al instante se produjo un incendio...

Era la primera vez que contemplaba el fuego. ¡Sintió un terror insoportable, demencial, por lo que le desapareció toda la seguridad! ¡Sólo quería huir de allí, lo más lejos posible!

Corrió por los escalones de piedra, resbalando en multitud de ocasiones por culpa de la precipitación y por la torpeza de unas piernas tan poco acostumbradas a caminar y mucho menos a desplazarse con tanta rapidez. Pero consiguió llegar arriba. La densa humareda le asfixiaba. Encontró su camino cerrado por una puerta, más pequeña que la anterior y que estaba situada en el techo. Al principio se detuvo pensando que no podría abrirla.

Le obligó a reaccionar la proximidad de las llamas, el intenso calor, el humo y la necesidad de conseguir la libertad. Estrelló contra el obstáculo todas las fuerzas de su cuerpo gigantesco, con lo que consiguió que saltara el pequeño cerrojo. Después salió a un jardín y a la noche, sin darse cuenta del cambio porque le enloquecía el miedo a morir bajo ese calor tan intenso. Apoyado en el tronco de un árbol, exhausto y con los ojos llenos de lágrimas y escozores, comenzó a adquirir la certeza de que había superado el peligro. Se sentía muy cansado, por lo que se echó sobre la hierba y no tardó en quedarse dormido.

Le despertó el frío de la naturaleza. Se incorporó con los ojos abiertos. Le asombraba la ausencia de esa claridad que él creía que siempre iba a encontrar al escapar del sótano. Se incorporó muy despacio e intentó caminar, pero se notó atado. Una rabia salvaje volvió a su cerebro, por lo que aulló y se convulsionó desesperadamente. De pronto se dio cuenta de que ya no estaba sujeto a ninguna pared. Tardó en comprender que la cadena se enganchaba en los múltiples obstáculos del suelo, por eso se cuidó de llevarla recogida en su mano izquierda.

Ya todo lo asombraba y le sobrecogía. Cada sombra moviente de las ramas, los arbustos, el cloqueo de los búhos, el susurro del aire y... ¡la luna llena! Había llegado a una zona abierta del bosque, sobre el cual se encontraba un gran círculo blanco, que parecía mirarle. Sin entender porqué lo hacía, levantó la cabeza y aulló, repetidamente, en una especie de canto ancestral: aullidos de libertad de una criatura racional, que había nacido para encontrarse allí y no encerrada en un sótano. Únicamente silenció la cantinela cuando desapareció la celeste provocación. Entonces siguió caminando, sin olvidarse de mantener sujeta la cadena para impedir que arrastrara.

Cayó al suelo en varias ocasiones debido a la torpeza de sus andares y a las piedras y a las raíces salientes, con las que tropezaba. En un momento dado, cuando se acababa de quedar inmóvil ante una barrera de agua, le dejó anonadado el amanecer. Se quedó sentado en la hierba, extasiado por aquel espectáculo que le revelaba que había merecido la pena escapar. Lentamente, con la emoción creciente del instante, supo que era esa la auténtica claridad, y no la que entraba por la puerta del sótano al aparecer ellos. No le dolían los ojos, ya que había dispuesto del tiempo suficiente para adaptarse a aquel cambio radical y excitante.

Tenía sed. Se incorporó con torpes movimientos, recogió la cadena y se acercó al agua. Con cierta dificultad se arrodilló en el suelo y acercó su boca al espejo del remansado líquido...

¡De repente, como una agresión desafiadora, vio ante él a un ser de fauces abiertas, grandes colmillos salientes sobre el labio inferior y superior, ojos pequeños inyectados de sangre, narices aplastadas de negros orificios, rostro peludo y orejas afiladas!

No soportó el reto que aquella aparición representaba. Saltó a por el enemigo, y se zambulló en el río. Durante unos momentos peleó contra la nada, chapoteando y aullando. Luego, cansado y satisfecho, se dio cuenta de que estaba solo. Por eso aulló a la libertad que le había permitido librarse de su enemigo, bebió en el agua revuelta de tierra y cieno y volvió a la orilla.

Se notaba poderoso, más fuerte que nunca, porque ignoraba que su rostro era una combinación de los que correspondían al jabalí y al lobo, que su instinto era el propio de Una bestia carnicera y que si su humanidad ofrecía cierto aspecto humano era porque podía caminar sobre dos piernas. Sin embargo, esto no impediría que fuese combatido hasta el exterminio por esos seres, parecidos a Padre y a Madre, con los que no iba a tardar en tropezarse...

Una noche de espanto - Antón Chéjov

Iván Ivanovitch Panibidin estaba pálido cuando, con voz cargada de emoción, comenzó a narrar su experiencia:

«Una espesa niebla cubría todo el pueblo en el último día del año. Yo volvía a mi hogar después de haber celebrado una fiesta en el de un amigo. La mayor parte del tiempo la dedicamos a comentar sucesos relacionados con el espiritismo. Las calles oscuras que me vi obligado a cruzar carecían de alumbrado, aunque me he acostumbrado a caminar sirviéndome de las manos para no tropezar con los obstáculos que, por cierto, acostumbran a estar siempre en el mismo lugar, debido a que en mi barrio no sucede casi nada. He de advertir que estaba residiendo en Moscú, casi en el extrarradio. El camino resultaba bastante largo, lo que propició que empezaran a bullir mis pensamientos. Pronto noté que un cierto pesar agobiaba mi corazón y mi mente...

»“Tu vida agoniza... Debes pedir perdón de tus pecados y errores...”, me advirtió el espíritu de Espinosa, al que me atreví a consultar durante la sesión.

»Le supliqué que me comunicara algo más preciso y entonces, además de insistir con el mismo mensaje, incorporó otro más amenazador:

»“Va a suceder esta misma noche”.

»Yo nunca había creído en los espíritus. Sin embargo, debo reconocer que las ideas sobre la muerte y las apariciones, junto a toda la parafernalia que se monta a su alrededor, me repelen... ¿Acaso se deba a que me aterrorizan?

»Reconozco que la muerte puede llegar a ser necesaria y, sin que lo podamos remediar, es inevitable. No obstante, resulta un concepto que me deja demolido, como una piltrafa humana...

»Y en aquel momento, atravesando la niebla del suburbio moscovita, a lo que se había venido a unir una lluvia persistente que calaba los huesos, junto a un viento que ululaba a la manera de un fantasma gimiente, yo me notaba indefenso. Estaba solo, ya que no se escuchaba la presencia de ningún peatón, así como era imposible saber si las ventanas de las casas próximas se hallaban iluminadas. Mi alma comenzó a dejarse invadir por un miedo lógico. Cuando me tenía por un hombre ajeno a los prejuicios más convencionales de la sociedad, empecé a correr de prisa sin atreverme a mirar hacia atrás. Presentía que si giraba la cabeza, para comprobar lo que sucedía a mis espaldas, descubriría que me estaba persiguiendo un fantasma o cualquier otro espectro...».

Panibidin suspiró profundamente, se sirvió un vaso de agua, lo bebió y prosiguió con una voz más nítida:

«Ese pavor ilógico, aunque comprensible después de la experiencia vivida, seguía conmigo, obstinado en no dejarme. Subí por la escalera hasta llegar al cuarto piso del edificio y, al momento, procuré buscar refugio en mi dormitorio. Se hallaba a oscuras. El viento ululaba con más fuerza en la chimenea, igual que si se lamentara de que no le hubiese dejado entrar en casa.

»Si debía aceptar las advertencias de Espinosa, me iba a morir aquella misma noche... ¿Quizá lo que estaba escuchando era el fúnebre preámbulo sonoro de mi final? ¡Qué espanto! Encendí una cerilla. Entonces la intensidad del viento se incrementó, hasta el punto de que sus gemidos se transformaron en unos aullidos rabiosos. Los postigos de las ventanas se agitaron como si fueran a saltar de un momento a otro. Es posible que alguien estuviera tirando de ellos hacia dentro.

 »“Pobres desgraciados los que no cuentan con una vivienda como la mía en una noche tan horrible como ésta”, me dije, angustiado.

»A partir de aquel momento dejé de ser dueño de mis pensamientos, es decir, no pude controlarlos de una forma coherente... Ya que en el momento que la llamita de la cerilla me permitió ver lo que había en mi dormitorio... ¡Algo pavoroso, increíble, apareció ante mis ojos!

»Ahora lamento que una ráfaga de viento no hubiese brotado antes para apagar la débil fuente de luz, que yo sujetaba con dos dedos. Dado que esto me hubiese librado del motivo que me dejó sin habla, erizó mis cabellos y llenó mi cuerpo de temblores... Aullé, di unos pasos hacia atrás, dirigiéndome instintivamente a la puerta y, preso del terror, de un arrebato de locura y desesperación terminé por cerrar los ojos...

»“¡Y es que en el centro de mi dormitorio había un ataúd!”

»La llamita de la cerilla se consumió pocos segundos más tarde. En medio de la oscuridad, caí en la cuenta de que no desaparecía la imagen del ataúd, porque se hallaba grabada en mi cerebro, con la nitidez de un reflejo que se perpetúa en el cristal, con la particularidad de que yo no lo veía mentalmente al revés... Sabía que estaba tapizado en rosa, que en la tapa abierta destacaba una cruz de galón dorado y que sus asas y pies eran de bronce... ¿Podía importarme algo estar deduciendo que hasta los personajes más ricos de Moscú hubieran querido dormir su último sueño en un ataúd como el que a mí me esperaba?

»Sin pararme a analizar lo ocurrido, preferí abandonar mi piso y, como si me persiguiera el peor de mis enemigos, bajé corriendo por las escaleras. Volví a servirme de las manos, tanteando para localizar la barandilla, las paredes y las otras referencias que me permitieron salir a la calle. Todo estaba a oscuras, y casi tropecé al enredarse mis pies con los bajos de mi abrigo, que era excesivamente largo. Todavía me resulta incomprensible cómo pude seguir avanzando sin romperme ningún hueso en una caída.

»Nada más que me encontré en la calle, busqué el apoyo de un farol encendido. Intenté tranquilizarme. La niebla se había aligerado. Casi podía escuchar mi corazón alterado, al mismo tiempo que lo sentía dolorido. Además se me había quedado reseca la garganta... Es posible que me hubiera asombrado menos descubrir que en mi dormitorio estaba actuando un ladrón, un perro hidrofóbico y hasta el fuego... Tampoco me hubiera causado tanta impresión el desplome del techo o si se hubiera abierto el piso bajo mis pies... Todos estos accidentes forman parte de lo inesperado, dentro de una lógica racional...

»Pero, ¿con qué diabólica intención se había dejado un ataúd en mi dormitorio? Debo reconocer que era ostentoso, acaso lo que yo hubiera deseado para mi entierro, muchos años más tarde... ¿Quién había decidido llevarlo a la humilde vivienda de un miserable empleado público? ¿Por qué no comprobé si estaba vacío o había un muerto en su interior? ¿Y quién podía ser el desgraciado que merecía como velatorio mi habitación?

»“En el caso de no responder a un milagro, sólo puede ser un homicidio”, pensé, cada vez más asustado.

»Mi mente se estaba perdiendo en un laberinto de vacilaciones. De pronto, recordé que yo siempre dejaba cerrada la puerta de mi casa, y el escondite de la llave sólo lo conocían mis amigos más íntimos. Sin embargo, ninguno de ellos sería capaz de introducir un ataúd en mi dormitorio. Es posible que el fabricante lo dejase allí por equivocación; pero si aceptaba esta suposición, debía considerar absurdo que no se lo hubiera llevado al comprobar que nadie le pagaba la mercancía o le firmaba un justificante de entrega.

»Quizá ese espíritu que me anticipó la muerte se había cuidado de traérmelo o de “materializar” el ataúd allí donde yo lo pudiese ver.

»Debo insistir que no creía en el espiritismo, como sigo pensando actualmente. Sin embargo, debo aceptar que un hecho de esas características puede desconcertar a la persona con los nervios más templados.

»“Tiene que haber una respuesta lógica –me decía–. Soy un pusilánime que se deja llevar por lo que no comprende, un chiquillo que huye de lo que le asusta. Seguro que he sufrido una alucinación. Cuando entré en casa, me hallaba tan sugestionado por la sesión de espiritismo, que mis ojos contemplaron lo que no existía. ¡Ésta es la verdad! ¿Existe otra respuesta más coherente?”

»La lluvia me estaba empapando. El viento se obstinaba en tirarme al suelo y el gorro y el abrigo parecían querer abandonarme... Me notaba calado hasta los huesos... Era un suicidio continuar quieto en aquel lugar. Pero, ¿adónde podía dirigirme? ¿Regresar a mi hogar para enfrentarme a la realidad de ese ataúd? Me negué a pensar esta posibilidad. Me hallaba convencido de que enloquecería si volvía a tenerlo delante, porque acaso guardase un cadáver. Preferí ir a pasar el resto de la noche en la casa de mi mejor amigo...».

Panibidin sacó un pañuelo y se secó el sudor que cubría su frente, dejó escapar un suspiro y, después, continuó la narración de su historia:

«Mi amigo no se encontraba en su hogar. Llamé repetidamente en la puerta y, cuando me convencí de su ausencia, busqué la llave detrás de una de las vigas del techo. Contaba con su autorización para hacer uso de la vivienda cuando lo creyese necesario. Abrí y entré en aquel lugar tan confortable. Nada más quitarme el abrigo empapado, me dejé caer en un sofá. Me notaba agotado. Allí no se veía nada, y de nuevo había debido recurrir a las manos para no caerme. Saqué la caja de cerillas y encendí una. Pero la débil claridad no me dejó satisfecho. Al contrario, lo que pude contemplar aumentó el terror que ya sentía. Dudé unos momentos, creyendo estar delante de una alucinación, hasta que escapé de aquel lugar... ¡Porque allí había otro ataúd, pero que doblaba en tamaño al primero!

»Creo que el color marrón le confería un aspecto más macabro... ¿Cómo había llegado allí? No podía aceptar otra idea: en los dos casos había sufrido una alucinación... Aunque debiera considerar imposible que en todos los lugares donde pudiera entrar tuviera que cargar con la visión del ataúd... o de la muerte.

»Al parecer yo estaba sufriendo una enfermedad nerviosa, desencadenada por la sesión de espiritismo y por las macabras advertencias de Espinosa.

»“¡Me estoy volviendo loco!”, pensé, cada vez más confundido, y cogiéndome la cabeza con las dos manos. “¡Dios! ¿Habrá una solución para todo esto?”

»La cabeza no dejaba de darme vueltas... Sentía las piernas tan flojas que casi eran incapaces de sostenerme... Llovía cada vez con más intensidad, y mis ropas estaban empapadas. Había perdido el gorro y el abrigo, ya que los dejé en la casa de la que acababa de escapar... No me atreví a recuperarlos. Continuaba diciendo que era víctima de una alucinación y, no obstante, el pánico me paralizaba. Mi cara se hallaba inundada de sudor, que la lluvia no conseguía lavar del todo. Los pelos se me erizaban...

»Me dominaba la locura y no tardaría en coger una pulmonía. Por fortuna, me acordé de que en aquella misma calle residía un médico conocido, que también había asistido a la sesión espiritista. Decidí ir a pedirle ayuda y consejo. Como todavía no se había casado, su hogar estaba en el quinto piso de un gran edificio.

»Mis nervios aún debieron enfrentarse a un nuevo choque emocional... En el momento que empezaba a subir por la escalera, escuché un ruido tremendo. Pronto comprendí que alguien estaba bajando frenéticamente, después de haber cerrado una puerta con gran estrépito, al mismo tiempo que no dejaba de chillar: “¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡A mí, portero!”

»Unos momentos más tarde llegó a mi lado alguien, al que debí sujetar antes de que cayera rodando por los escalones.

»–¡Pagostof! –exclamé al reconocer al médico–. ¿Qué le ha ocurrido? ¿De qué huye usted?

»Aquel infeliz se me quedó mirando, angustiado, y me cogió las manos de una forma convulsiva. Su rostro aparecía lívido y le costaba respirar. Le temblaba el cuerpo y sus ojos no podían fijar la atención en un punto, al mismo tiempo que estaban demasiado abiertos...

»–¿De verdad que es usted, Panibidin? –me preguntó con voz vacilante–. ¿Realmente es usted? ¡Su rostro no puede verse más pálido, como el mío! ¡Cielo santo! ¿No forma parte de la alucinación? ¡Al verle mi pánico aumenta...

»–Pero, ¿qué le sucede a usted? ¿Cómo actúa de una forma tan demencial?

»–¡Amigo del alma! ¡Lo mucho que me alegra tenerle ante mí! ¡Ha llegado en el momento más oportuno! Ahora sé que la sesión espiritista ha trastocado mis nervios... ¿Se imagina lo que he encontrado en mi dormitorio? ¡Un ataúd!

»Sin poder creer lo que acababa de oír, le pedí que lo repitiera.

»–¡Es un ataúd! ¡Un verdadero ataúd! –exclamó el médico, dejándose caer en el rellano de la escalera–. Nunca me he tenido por un cobarde; sin embargo, hasta el mismo Satanás se aterrorizaría si encontrara un ataúd en su dormitorio, nada más salir de una sesión de espiritismo.

»Seguidamente, le conté mi experiencia, aunque entrecortadamente y balbuciendo. Esto supuso que nos quedásemos mudos, mirándonos sin poder comprender la realidad. Después, para asegurarnos de que todo aquello no formaba parte de una pesadilla, en la que nosotros jugábamos el papel de sonámbulos, nos pellizcamos uno al otro.

»–Ambos hemos sentido el dolor dijo el médico, después de concederse unos minutos para la reflexión–. Ahora sabemos que no formamos parte de un sueño o de una alucinación. Los ataúdes no son producidos por un fenómeno óptico, pues existen realmente. ¿Qué podemos hacer?

»Estuvimos más de una hora entrecruzando suposiciones y realizando conjeturas. Mientras tanto, nos habíamos helado. Al final decidimos controlar nuestro pánico y entrar en la casa del médico. Antes solicitamos la presencia del portero, con el fin de que fuese testigo de lo que iba a suceder. Nada más entrar, encendimos una vela, y nos encontramos ante un ataúd tapizado con brocado blando y borlas doradas. Nuestro acompañante se persignó con devoción.

»–Ahora vamos a comprobar –dijo el médico, tembloroso– si se encuentra vacío... u ocupado por un cadáver.

»Pero no nos atrevíamos a dar ese paso. Minutos más tarde, el médico se aproximó y, rechinándole los dientes de pavor, levantó la tapa con manos temblorosas. Miramos el interior... y comprobamos que el ataúd se hallaba vacío.

»Allí no se encontraba ningún muerto, pero sí una nota en la que se había escrito lo que sigue:

»“Entrañable amigo: Creo que estarás al tanto de que los asuntos económicos de mi suegro anclan mal: le acosan los acreedores. Pronto se verá ante la humillación de sufrir un embargo, lo que supondrá la ruina de la familia y el deshonor. Acabamos de tomar la decisión de esconder todo lo valioso que poseemos. Dado que la fortuna de mi suegro se compone de ataúdes (desde antiguo tiene fama de fabricar los mejores del pueblo), vamos a salvar los más valiosos. Espero que tú, al ser un buen amigo, me ayudarás en tan amargo momento. Con esta idea te hago depositario de uno de los ataúdes, con el ruego de que lo conserves hasta que dejemos de vemos amenazados. Precisamos la ayuda de algunos amigos y conocidos. Te lo ruego, hazme este favor. Sólo vas a tener el ataúd una semana, ¡te lo prometo! Estoy pidiendo la misma ayuda a cada uno de mis amigos, sabiendo que no se negarán a ser solidarios con mi infortunio. Tu amigo, Tchelustin.”

»Como consecuencia de lo sucedido aquella noche estuve enfermo de los nervios a lo largo de tres meses. Por otra parte, nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, conservó casi toda su fortuna y su honor. Actualmente dirige una funeraria y construye mausoleos y panteones. Sin embargo, como he sabido que sus negocios marchan mal, todas las noches, en el momento que entro en mi casa, temo encontrar junto a mi lecho un catafalco o un panteón entero».

La mano - Guy de Maupassant

La mayoría de los ocupantes de la estancia rodeaban al señor Bermutier, que desempeñaba el cargo de juez de instrucción, debido a que estaba ofreciendo su parecer sobre el misterioso asesinato de Saint-Cloud. Todo un mes llevaba el caso apasionando a los habitantes de París. Se formulaban infinidad de hipótesis, pero nadie parecía contar con la definitiva.

El magistrado se hallaba en pie, dando la espalda a la chimenea, mientras exponía sus razonamientos. Se apoyaba en las pruebas proporcionadas y, sin embargo, no terminaba por dar una opinión definitiva.

A pesar de esto, varias mujeres continuaban mirándole atentamente, a la vez que le escuchaban estremeciéndose, debido a que las frases que salían de aquellos labios no podían ser más apasionadas. En realidad sentían más miedo que curiosidad, acaso por esa tendencia tan humana de querer satisfacer sus dosis de terror, como si ésta fuera una necesidad propia de nuestra época.

Hasta que una de ellas, la más decidida y pálida, se atrevió a decir:

–Es algo terrible. Lo que usted cuenta, señoría, puede ser considerado algo «sobrenatural». Los seres humanos nunca podremos conocer la verdad.

El juez se giró muy despacio, con evidente solemnidad, y miró a la señora.

–Debo admitir que acaso nos quedemos sin desvelar ese misterio. Pero el término «sobrenatural» que usted ha empleado no corresponde a nuestro caso. Tenemos delante un homicidio perfectamente planeado y realizado, para que quedara envuelto en una maraña de pistas que nos vemos incapacitados para desenredar. Recuerdo que hace unos años tuve que intervenir en un caso que realmente presentaba unas circunstancias extraordinarias, casi irreales. Me vi obligado a sobreseerlo al no poder disponer de unas pruebas creíbles.

Varias de las mujeres se unieron en esta petición:

–¡Tiene que contárnoslo, juez!

El señor Bermutier formó una sonrisa, sin que este gesto le restara ni una mínima parte de la severidad propia de su cargo.

Finalmente, comenzó a narrar lo siguiente:

«De partida, no quiero meter en sus cabezas que en este suceso se produjo algún hecho sobrehumano. Yo nada más que tengo presente las circunstancias naturales, lo que se puede explicar. Por eso prefiero llamar «inexplicable» a todos esos casos que las gentes acostumbran a tachar de «sobrenaturales». De todas las maneras, en lo que van a escuchar se produjeron algunas cosas sorprendentes, sobre todo en los momentos iniciales. Comenzaré la historia, aunque les anticipo que no les agradará mi explicación final:

»Me habían nombrado juez de instrucción en Ajaccio, que es una ciudad de pequeñas dimensiones emplazada en el interior de un golfo circundado por unas elevadas montañas.

»Las tragedias más habituales en aquel lugar vienen producidas por lo que en corso se llaman vendettas. Se producen de todas las características más brutales: trágicas, salvajes y hasta valerosas. En aquellas tierras uno se enfrenta a los más interesantes casos que es posible suponer, casi siempre provocados por odios alimentados durante siglos, que se han adormecido durante algún tiempo, pero que se mantienen encendidos como las brasas bajo un montón de cenizas. De repente, estallan las astucias más horribles, los homicidios que acaban por degenerar en auténticas matanzas, algunas de ellas capaces de alimentar leyendas inolvidables. Sin embargo, durante los primeros dos años de mi estancia lo único que me tocó escuchar fue el desprecio que se tenía a la vida humana, por culpa de esa tradición corsa de cargar las ofensas recibidas sobre el causante de la misma y toda su familia, sin perdonar ni al pariente más lejano. Llegué a comprobar cómo se había decapitado a ancianos, a chiquillos y a primos por lo que nosotros consideraríamos auténticas nimiedades.

»Un día fui informado de que un caballero inglés había alquilado una villa edificada en la zona central del golfo. Le acompañaba un servidor francés, que por lo visto había contratado en Marsella.

»Como todos hablaban de este extranjero con mucho interés, acaso porque vivía solo, sin compañía femenina, a la vez que sus únicas aficiones eran la pesca y la caza, comencé a sentir una gran curiosidad. Al parecer se comportaba igual que un misántropo, ya que no hablaba con las gentes de la ciudad ni bajaba nunca a la misma. Sólo se escuchaban sus disparos de carabina o pistola, debido a que solía ejercitarse tirando al blanco durante dos horas al día.

»En seguida comenzaron a circular historias sobre ese personaje. Unos le consideraban un fugitivo político, y otros hablaban de que huía de un crimen cometido en su país. Además, escuché otras cosas peores, que no viene al caso comentar ahora.

»Como yo era el juez de la localidad, asumí la responsabilidad de efectuar una investigación, aunque no fuera oficial, ya que carecía de motivos para ello. Primero me enteré que se llamaba John Rowell y que tenía el título de sir.

»Me dispuse a seguirle muy de cerca, lo que me llevó a comprobar que su comportamiento no podía ser más legal.

»Sin embargo, como las gentes no dejaban de hablar en su contra, me aproximé más a él. Como yo también soy aficionado a la caza, empecé a practicarla en las cercanías de su villa.

»Pasaron algunas semanas, hasta que se presentó la oportunidad. Gracias a que pude abatir una perdiz de gran tamaño delante del inglés, en el momento que mi perro la recogió, me disculpé ante quien no cesaba de mirarme y, acto seguido, le regalé la pieza.

»Mi gesto le agradó. Me encontraba delante de un gigante fornido, de cabello rojizo y que presentaba todo el aspecto de un atleta maduro. Dado que no era tan parco en palabras como se contaba, me habló con un francés cargado de acento sajón. Pasados unos veinte días, ya habíamos intimado lo suficiente para detenernos a charlar.

»Cierta tarde, mientras paseaba delante de su casa, le vi fumando una pipa en el jardín. Nada más que le saludé, me invitó a entrar para compartir una botella de cerveza. Como estaba esperando esta ocasión, no dudé en aceptar.

»Fui atendido con esa meticulosidad tan propia de los ingleses. Pronto se dedicó a hablar maravillas de Francia y de Córcega, hasta que me confesó que le encantaba mucho “ese” nación y “ese” costa.

»Aproveché la oportunidad para formularle algunas preguntas, intentando no aparecer como un juez, debido a que él conocía mi condición de tal. Quería saber algo de su vida y de las intenciones que le habían traído a Ajaccio. Me contestó con la mayor naturalidad que era un viajante contumaz, lo que le había permitido conocer muchos lugares de África y América. Por último, sin poder contener la risa, exclamó:

»–¡He vivido “muchos” cacerías y hecho “gordas” proezas, oh, yes!

»Después hablamos de caza, lo que a él le permitió disertar sobre la forma de acosar al elefante, al tigre, al hipopótamo y al gorila. Bastante impresionado, le dije:

»–Tengo entendido que todas esas bestias son muy peligrosas.

»Formó una sonrisa de niño grande.

»–¡No, de ninguna manera! ¡Nadie supera en malignidad a los hombres!

»Acompañó esta afirmación con unas estruendosas carcajadas, propias de un inglés de noble carácter. Como estaba complacido, añadió sin dejar de sonreír:

»–En ocasiones me he visto obligado a dar caza a “duros” hombres.

»Acto seguido, me invitó a ver su colección de fusiles, carabinas y pistolas.

»Entramos en una sala decorada con tonos negros, en cuyas paredes dominaba el mismo color, sobre todo en los tapices, aunque en éstos se acompañaba con unos bordados de oro.

»También había enormes flores amarillas, las cuales resplandecían igual que las llamas al quemar la seca hierba del campo.

»–Tiene ante usted “una” tapiz de Japón.

»En seguida despertó mi curiosidad un extraño objeto, que se encontraba en el panel mayor. Era algo oscuro destacando sobre un fondo de rojo terciopelo. Me aproximé, para quedar asombrado. ¡Era una mano de hombre! No la de un esqueleto, con los huesos blancos y limpios, sino disecada de tal manera que había adquirido un tono negruzco, que se rompía en las uñas amarillentas; sin embargo, se apreciaban los abultamientos de los músculos y los tendones. También pude advertir que había sangre y grasa en la zona del corte, el cual debió realizarse con un hacha a la altura del antebrazo.

»Lo que más llamó mi atención, dentro de lo muy impresionado que me sentía, fue que alrededor de la muñeca destacaba una gruesa cadena de acero, que alguien había soldado a la mano mugrienta, con el fin de fijarla en la pared mediante una argolla, similar a las que se utilizaban antiguamente con los condenados.

»No me quedó más remedio que preguntar:

»–¿Qué significa esto?

»Sir John Rowell contestó con la mayor tranquilidad:

»–Es la mano de mi “más bueno” rival. La he traído de América. La corté con un “seco” tajo de mi afilado sable. Más adelante, retiré la piel con una piedra afilada y la dejé secar unos ochos días bajo el sol. ¡Sí, es un trofeo que a mí “gustó” bastante!

»A pesar del asco que me daba, toqué aquel testimonio humano, mientras pensaba que su propietario debió ser tan grande como mi anfitrión: los dedos eran muy largos, los tendones gruesos y sobre algunos músculos quedaban pedazos de una piel acartonada. La mano resultaba horripilante en su conjunto, acaso más por lo que sugería... ¿Quizá una vendetta despiadada?

»–Su rival debió ser un coloso, ¿no es cierto?

»El inglés se tomó su tiempo para contestar, aunque no dejó de sonreír.

»–Ah, yes; pero yo le vencí con mi fuerza y astucia, aunque esa cadena tardé en colocarla –se puso muy serio, como si unas ideas que le disgustaban estuvieran acudiendo a su mente; por último, añadió–: Lo hice cuando me di cuenta de que estaba intentando escapar..., ya que la encontré en diferentes lugares del suelo, siempre cerca de las puertas o ventanas. Pero hace tiempo que permanece quieta. Acaso ya no necesite estar sujeta.

»Tuve que mirarle fijamente, queriendo comprobar si me estaba hablando un loco o un burlón dispuesto a tomarme el pelo.

»Como su rostro no había alterado la expresión, debí convencerme de que él creía lo que acababa de contarme. No me sucedía a mí lo mismo, por eso procuré llevar la conversación por otros derroteros.

»En el momento que me dediqué a examinar la colección de rifles, pude comprobar que había tres revólveres cargados. Esto me hizo suponer que mi anfitrión vivía permanentemente bajo una amenaza, ante la cual pretendía mantenerse siempre alerta... ¿Qué podía ser?

»No encontré la respuesta. Volví a esa casa unas tres o cuatro veces más, sin que sucediera nada anormal. Esto vino acompañado de una temporada de gran actividad en mi juzgado, por lo que dejé de visitar al inglés.

»Por otra parte, las gentes se habían cansado de inventar fábulas sobre ese extranjero, al haberse acostumbrado a su presencia en las cercanías de la ciudad.

* * *

»Creo que llegó a pasar un año. Cierta mañana de otoño, tengo idea de que fue a últimos de noviembre, mi servidor me levantó de la cama, debido a que sir John Rowell había aparecido muerto aquella noche.

»Poco más tarde, yo entraba en la villa del inglés, en compañía del jefe de la policía local, que era el capitán de la gendarmería. El criado estaba sentado en la puerta, llorando desconsoladamente. Debo reconocer que le consideré sospechoso, en un principio; sin embargo, tardé muy poco en comprobar su inocencia, con sólo formular unas pocas preguntas.

»He de admitir que nunca encontramos al culpable.

»Nada más llegar al salón pude contemplar, con la primera observación, que el cadáver estaba caído en el centro de la estancia. Su chaqueta aparecía desgarrada, al mismo tiempo que una de las mangas había sido arrancada. El mejor testimonio para deducir que la víctima se había ido al otro mundo después de librar una cruenta pelea.

»Lo más evidente era que la muerte había sido causada por estrangulación. Lo revelaban el rostro hinchado y negruzco, terrible, y un gesto de terror demencial. Pude advertir, además, que el cadáver sujetaba algo entre los dientes; al mismo tiempo, en el cuello se veían cinco orificios, que parecían haber sido causados por el mismo número de agujas de hierro. De todos ellos brotaban unos hilillos de sangre reseca, que habían formado un pequeño charco en la alfombra.

»Dejé la inspección ocular ante la llegada del médico. Éste se dedicó un tiempo prudencial a realizar su trabajo, pero se entretuvo más de lo habitual comprobando las heridas del cuello. Cuando terminó, se volvió hacia mí para ofrecerme esta sorprendente información:

»–Las marcas sangrientas sólo han podido ser causadas por cinco huesos. Creo que la estrangulación la efectuó un esqueleto.

»Me sobresalté enormemente, igual que si hubiera sido atacado por una corriente de viento helado. Entonces llevé mis ojos hacia la pared, donde pude examinar, hacía casi un año, la terrible mano despellejada. Allí no se encontraba; sin embargo, de la pared colgaba la cadena rota.

»Acto seguido, me agaché junto al cadáver, para extraer de entre los dientes un dedo. El médico tuvo que ayudarme para conseguirlo. Finalmente, pude comprobar que el dedo pertenecía a la mano disecada. Correspondía a la segunda falange del índice. Esto me llevó a suponer que el inglés lo pudo arrancar, de un mordisco, mientras luchaba desesperada, e inútilmente, por defender su vida.

»Realizamos un exhaustivo estudio de la casa, sin encontrar ninguna pista; las puertas y ventanas no presentaban testimonios de haber sido forzadas. Por el servidor supimos que ninguno de los dos perros había ladrado en toda la noche.

»Pero este personaje nos contó algo demasiado revelador. Al parecer su amo llevaba unos meses bastante intranquilo, acaso porque venía recibiendo, desde hacía bastante tiempo, unas cartas misteriosas, que al leerlas le obligaban a maldecir y, luego, a quemarlas como quien destruye algo aborrecible. En infinidad de ocasiones descolgaba un látigo y, dominado por un arrebato de locura, comenzaba a golpearlo sobre la mano disecada, como si pretendiera indicarla que él era el más fuerte...

»¡No obstante, la mano había conseguido soltarse, como se podía deducir al ver la cadena rota! ¿Acaso se soltó antes del crimen?

»Sir John Rowell acostumbraba a acostarse muy tarde, sin dejar de tomar las mayores precauciones. Nunca dejaba de tener los revólveres cargados cerca de sus manos. Según nos contó su criado, muchas noches le había oído gritar en sueños, tan alto que le despertaba, por eso pudo comprobar esta anormalidad. En los gritos parecía estar discutiendo con un rival misterioso.

»Singularmente, aquella noche la villa había permanecido sumida en el silencio más absoluto. Por eso el servidor no pudo descubrir el cuerpo muerto de su amo hasta la mañana, en el momento que entró en el salón para abrir las ventanas, como era su costumbre. Sin embargo, no pudo ayudarnos a la hora de poder identificar al asesino.

»Aquella misma tarde, mientras redactaba el informe judicial, me puse en contacto con los otros magistrados y los gendarmes. Estos recibieron la orden de peinar toda la isla, en busca de algún extraño, acaso un americano o cualquier otro extranjero. Pero no se localizó a nadie.

»Cierta noche, pasados unos tres meses del homicidio, sufrí una terrible pesadilla: me vi acosado por aquella mano disecada, horripilante amenaza, igual que un alacrán o un escorpión obsesionado por clavarme su envenenado aguijón. Yo corría a esconderme tras las cortinas, para ver a aquel bicho espantoso deslizarse por la pared en busca de mi garganta. En tres ocasiones me desperté sudando, y cuando lograba recuperar el sueño, de nuevo me asaltaba la misma alucinación... ¡Siempre esa mano yendo en busca de mi cuerpo, con una inusitada velocidad al haber convertido sus dedos en unas patas!

»Precisamente, a la mañana siguiente el sepulturero me trajo la mano. La había encontrado sobre la tumba de sir John Rowell, cuando allí nunca había estado. En seguida pude ver que le faltaba el índice, el cual comprobé, a los pocos minutos, que era el mismo que guardábamos como prueba, después de extraerlo de entre los dientes del cadáver.

»Hasta aquí llega mi historia. No puedo contarles nada más».

Las curiosas señoras se habían quedado pálidas y muy excitadas. Una de ellas, la más decidida, hizo oír su reproche:

–¿Cómo nos puede dejar así, señoría, al contar un suceso que no tiene final ni una explicación lógica? A todas nosotras nos va a costar coger el sueño mientras no conozcamos lo que sucedió de verdad.

El magistrado compuso una severa expresión.

–Vaya, como me ha colocado usted ante el compromiso de ser el responsable de sus insomnios, no me queda más remedio que evitarlo. Estoy convencido de que el dueño de esa mano nunca murió, por eso terminó por acudir en su búsqueda. Desconozco cómo logró entrar en la villa. El hecho es que se cobró su vendetta.

Entonces otra de las mujeres protestó:

–Eso es imposible... ¡Las puertas y las ventanas no estaban forzadas! ¿Cómo pudo entrar?

El juez formó una sonrisa amigable y, luego, finalizó el asunto con estas palabras:

–Recuerden la advertencia que les hice de que no les iba a agradar mi explicación